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Las abuelas nunca hablaron de la guerra, eso era cosa de hombres. Pero la vivieron igual. Estamos en un pueblo. La expresión " tocan a muerto " se usa para nombrar las campanadas que anuncian la muerte de una persona: dos si es un hombre, tres si se trata de una mujer. Laura Vivar toma la expresión para dar título a su novela, una obra que recrea la voz de las mujeres –madres, primas, tías, vecinas: todas– desde la ruina de la posguerra y que, magistralmente, va enhebrando instantáneas familiares que tienen en común la carestía, la pobreza, la violencia, el luto riguroso, la dureza de la vida cotidiana, la injusticia, la emigración de las jóvenes a las grandes ciudades, el silencio. Con un castellano precioso, lleno de hallazgos verbales y pleno de historias, Tocan a muerto propone con imaginación y crudeza algunas posibles respuestas a la pregunta sobre qué es lo que sabríamos de nuestros pueblos si el dolor de la guerra civil española no hubiera cortado sus formas de vida y la transmisión de su memoria.
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Seitenzahl: 146
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Tocan a muerto
Laura Vivar
Cubierta
Portada
Dedicatoria
Epígrafe
1. No me hagas hablar
2. Sebo de muñeca
3. Parto sin llanto de criatura
4. Pastillas de tinte
5. cuatro letras nada mas
6. El perro que mató al abuelo Ignacio
7. Los pobres también toman café
8. Inocenta Notario
9. Erizo con chato de vino
10. Tocan a muerto
11. Qué se le ofrece
12. ¿Pegas? Pues pégame
13. Si tienes huevos, pasas a por pan
14. Súbete el mandil
15. Chitón
16. Y te lo cuento y qué
17. La analfabeta
Sobre la autora
Créditos
Cubierta
Tabla de contenidos
Portada
Créditos
Tocan a muerto
A todas las mujeres que no supieron escribir su nombre
Deberíamos hacer algo que no fuera morir.
FRANCISCA AGUIRRE
La mirada,
que es a veces más órgano que el ojo,
suele a veces regresar.
ROBERTO JUARROZ
Tampoco hay mucho que contar, qué quieres que te cuente. Nada. En los pueblos era todo lo mismo, hija, en la ciudad sería otra cosa, pero en los pueblos qué, pues deslomarse a trabajar y a Dios gracias si tenías un cuscurro de pan que echarte a la boca. Después de la guerra la vida no valía dos pesetas. Mi padre, que en paz descanse, tenía unos dolores que para qué y era de haber estado toda la vida arriñonado en el campo, pero es que entonces no había las máquinas que hay ahora ni dinero para comprarlas. Y mi madre solo conoció el negro. No tengo yo recuerdo de ella vistiendo otro color. Da lo mismo el retrato que saques, mira, lo mismo es. En esta foto sale con el tío Manolo en brazos, ahí sentada en el poyo que estaba en frente de la casa de la tía Juliana. Los otros deben de ser el tío Ángel y el Damián. Ahí sentadita con su moña bien hecha y los faldones negros hasta el suelo, que hasta los calcetines y las alpargatas son oscuros, fíjate. Qué maña se daba con las horquillas. Por las mañanas hacía zas, zas y ya tenía el pelo arreglado todo el día. Uy, tu bisabuela Rosa no llevaba nunca un pelo fuera. Pues serían fiestas o algo, qué sé yo, porque los niños van vestiditos de blanco. Dime a ver si pone el año, pero su padre había muerto ya hacía largo y la mujer se quedó con el luto igual y ni alivio ni nada.
Ah, sí, este es mi hermano también, les hacían a los niños los retratos en la escuela con el mapa y los libros. Qué orejas, santo Dios, pero la misma cara de pillo. Anda que no hizo novillos para irse a cazar palomas con la escopeta de perdigones. El Jacinto y él, que luego las echaban a la chasca en el muro atrás del cementerio y ya tenían para almorzar. Qué pescozones le metía mi padre cuando se enteraba y mi madre, que como era su ojito derecho, déjale, déjale, que ya mañana va y aprende la lección. No fue nunca buen estudiante, le gustaba más la jarana que los libros.
Esa fotografía es de mi prima la pequeña. Es la era del tío, la que linda con las tierras del abuelo Ignacio, no sé quién le sacaría el retrato, igual el novio. Mira qué pendientes lleva más bien puestos y su poco reloj en la muñeca. Era la moderna de la familia, la que nos hacía la permanente en la corrala de la casa, qué buenas risas nos echábamos cuando se la hacíamos a mi madre y a alguna vecina ya cuando fueron mayores, pues anda que no nos costó convencerlas y eran ya los años sesenta, qué te crees. Nos poníamos ahí con nuestra bolsa de rulos rosas y pinzas en el regazo y el peine y nos la hacíamos las unas a las otras con bien de paciencia, que los rulos eran pequeños. No había cuartos para ir a la peluquería, hija, nos apañábamos nosotras. Echábamos toda la tarde hablando de nuestras cosas y con el olisco a amoníaco rancio que dejaba aquello, que nos íbamos atufadas luego a casa, pero con los rizos bien puestos, sí, Señor. Y cuando no hablábamos del embarazo de una, se hablaba de la boda de la otra y nos teníamos al día.
Eso es en la calle de la Conchi, en el pueblo, estaríamos por casarnos. Qué gallardo tu abuelo, no me digas. Eso sí, salía serio en todos los retratos, serio, serio. Toda la vida, cada vez que le sacaban una cámara, se ponía más tieso que un palo. Bien moza yo, qué, como una sílfide estaba, mírame, antes de empezar a parir, qué lástima, cómo se echa una a perder. Esas dos eran dos vecinas amigas mías, anda que no pasamos penurias juntas. La del lazo es la Sabina, qué mala vida le dio el marido, y la otra la Miguela, que tenía mucha maña para la costura, no he visto yo nunca cosa igual, bordaba que era un primor, lo mismo te cogía unos pantalones que te arreglaba un vestido. Quería ser modista la mujer y, claro, pues no pudo.
Ese es mi hermano Teodoro en la mili en Zaragoza, que me mandó carta. Léeme a ver qué dice. Hermana aqui temando esta foto para que tengas un recuerdo de tu hermano que tequiere de berda. Qué flamenco con su uniforme, date cuenta, que luego volvían al pueblo y se ponían la ropa de faena y parecían menos. Esa foto la tuvo mi madre toda la vida puesta en un marquito de plata en el recibidor. A ver las otras cartas que ni sé de quién serán ni qué dicen. Léelas, que igual alguna es de cuando mi madre estuvo sirviendo.
Ahí está el Crecencio, el cura, míralo, míralo, en la procesión de mi virgencita de la Zarza. Se juntaba todo el pueblo, eh, que no había donde tirar aguja, y bien vestidos. Mira qué bullo de gente. Los Priones son esos que están con el alcalde ahí arriba. Antes a la Virgen se la sacaba de la iglesia y se la llevaba a la ermita. Se le daba una vuelta alrededor para espantar al diablo, muertita del miedo iba yo, pero había que hacerlo, allí no faltaba nadie, vamos, ni se nos ocurría, que luego te ponían a caer de un burro, y más a los nuestros, que no podíamos ni menearnos sin que dijeran alguna tontá, así que allí todos juntos y a aguantar las miraditas y los codazos. Hija, la procesión era sagrada o te hacían la cruz en el pueblo y nuestra familia bastante había tenido ya. Qué te crees, que ahora todos muy buenos vecinos, y qué familia tienes, Milagros, eso me dicen, que tengo que estar orgullosa y coñe si lo estoy, pero que bien nos acordamos todos, que no hace tanto, eh, que de mi madre y de las otras no se habla, de eso no, sinvergüenzas. No me hagas hablar, hija. No me tires de la lengua.
Si yo me fui a casar, y me dijo mi madre, la abuela Rosa, me dijo mira, siéntate, que te voy a decir lo mismo que mi tía me explicó a mí antes de ir al altar. Para ser una buena mujer de tu casa, cuando venga tu hombre, el guiso en la mesa, que te pide una camisa, que la tenga limpia y planchada y no le tuerzas el morro a lo que te diga. Tu casa apañada siempre, que no hay cosa que hable mejor de una mujer. Mala persona tiene que ser tu marido para que, si tú haces lo tuyo, te pegue una zurra. Así que ya lo sabes.
Eso me dijo y eso me quedó. No, si a leer no aprendíamos, pero a limpiar, copito Dios, a limpiar nacíamos sabiendo. Y bien limpia que ha sido tu familia siempre, que no se te olvide eso. Tu bisabuela Rosa, tu madre y servidora, trapo que va y trapo que viene y, ni una mala mota de polvo que viéramos, arreando con el plumero íbamos. Eh, o qué te crees, y lo mismo tú y tu hermana, vuestros baños más limpios que la patena y si luego os echáis un buen marido que os coja alguna vez la escoba, mejor que mejor. El abuelo, que en paz descanse, no valía ni quitarse el plato de la mesa, pero luego era muy buen hombre, os quería mucho a los nietos, uy, madre, con lo chiquero que era él, ¿o que no te enseñó él a jugar al tute y a la brisca ahí sentados en la corrala? y qué risas te entraban a ti, que os veía yo desde la ventana mientras fregaba los cacharros, qué risas cada vez que te salía el as de oros, que se te movían los ricillos y gritabas el huevo frito, el huevo frito y parecías un jilguerillo y yo me mondaba en la cocina mientras frotaba el culo de las ollas, que las he tenido siempre lo mismo que si fueran espejos, que mira cómo tengo las manos con la artrosis y de qué te crees que es.
Las manos bonitas eran de flojas. Pesca que lo primero que hizo mi madre fue eso, mirarle las manos a la novia de mi hermano Manolo para ver si valía dos pesetas la muchacha, como si fuera un caballo, no, si la abuela Rosa sabía latín, quién la iba a cuidar a ella, a ver, que no trajera mi hermano a casa una zángana, eso le tenía dicho. Si recuerdo yo estar de rodillas fregando el suelo de baldosas rojas, que se te ponían las rodillas con un dolor, y arenándolo, eso lo hacíamos con arena y lejía y luego lo frotabas bien bien con el estropajo y cepillo y se quedaba la loza tan limpica, pero que lo que dolía estar ahí, así acabamos todas, con la rodilla de beata, mi madre bien pronto porque la habían puesto a limpiar la iglesia y el suelo del cuartel y qué derecho había de hacerle eso a una buena mujer, pues así que tuvo ya la espalda mal toda la vida, que iba cojita cojita y no tenía los treinta y ya renqueaba cuando subía a la ermita y me pedía que hiciera yo las cosas. Espabilé bien pronto yo, a ver, si no quedaba otra, y decía la abuela Rosa que le daba gusto de ver lo bien mandá que era su hija y luego lo cascaba en el lavadero, que decía mi madre uy mi Milagritos me tiene la chapa como los chorros del oro y se le hinchaban las plumas del orgullo que le daba. Pero qué te piensas, que tuve que aprender, que a lo primero yo estaba frota que frota y la chapa seguía más negra que el tizón y yo le decía a mi madre esto no sale y ella me cago en el copón, decía eso, decía me cago en el copón, eso se limpia con sebo de muñeca, gritaba eso, que había que echarle hígado, hígado. Con el estropajo que había antes que era de esparto y te raspaba las manos que te hacía sangre, que te las desollaba, porque lo menos estabas ahí dale que dale una hora al día. Luego ya le cogí la maña y hasta con una alpargata vieja, echaba la chapa al suelo y olé que olé cómo dejaba la chapa tu abuela Milagros.
Y de frotar la ropa con la piedra, eso sí que era duro. Que bajábamos con las cestas de la ropa que pesaban como un demonio, ahí te cargabas con los barreños y los jabones, jabones de corte que hacíamos con sosa, y al lavadero y más valía que bajaras a primera hora y cogieras buen sitio donde salía el agua limpia, eh, que buenas riñas he visto yo, pero hasta tirarse de los pelos. Y qué frío en invierno, no había Dios que aguantara eso, tirabas el saco al suelo para no descarnarte las rodillas más todavía y la mitad con rodillas de beata pues a ver y buenas restregonadas a la ropa con la piedra, que entre el agua fría y el frota que frota se te ponían las manos rojas, que se te hinchaban como globos y ya ni las sentías al rato, que eso era lo mejor, así no dolían tanto, y había que darles bastantes ojos a la ropa, y venga una vuelta y venga otra, porque era ropa de faena y tenía eso más mierda que el palo de un gallinero y si había críos en la casa ya ni te cuento lo que había que lavar. De rodillas, que mi hermano estaría con los brazos en cruz en la escuela, pero yo estaba de rodillas en el lavadero desde bien chica, eso sí que era un castiguito del Señor. Y si era verano, pues tendías en las zarzas y ya te lo subías seco, pero si era invierno, íbamos cuesta arriba con toda la ropa mojada, que llegabas a casa lo mismo que si te hubieran molido a palos y tenías que seguir con la faena y suerte si ese día no te tocaba ir al campo o a la huerta.
Porque ojo con el trabajo en el campo también, que después de la comida, la ropa, los suelos, la chapa, la casa, la huerta, los críos, también echábamos una mano a lo que podíamos en el campo. Si tengo yo el recuerdo de ver a mi madre escardando con la azadilla, arriñonada la mujer, con mi hermano Manolo, que no tendría cinco meses, metido en una canastilla debajo de la choza, mientras mi madre dale que dale a lo lejos. A ver, si es que faltaban manos y no había adelantos ni máquinas como ya hubo después. Anda que no me he deslomado yo a sacar patatas, uy lo que cansa eso, sacando patatas con el azadón ese que pesaba un quintal, y ahí estaba tu abuela, tan bien mandá como siempre. En estas que me vio un día una prima de mi madre y le dijo Rosa, voy a poner a tu hija a servir en Madrid, que va a estar mejor que aquí.
Eso pasaba así, en cuanto una era moza, ya estaba más que lista para ponerse a servir en casa de alguna señora de dineros. En el pueblo las mozas o se iban a Madrid si tenían una conocida que diera buena palabra de ellas o se metían donde los Priones si no les quedaba otra, porque donde los Priones pintaban bastos y ninguna quería ir. Mi madre me dijo que a esa puerta no se me ocurriera llamar en la vida, por mucha hambre que pasara, y yo no entendía por qué leches yo no podía ganarme dos pesetas sirviendo donde los Priones si algunas de mis amigas estaban colocadas allí. Mira si era ignorante yo y que mi madre no abrió la boca, no me contó ella lo que había pasado. Cómo iba a servir yo allí en esa casa si era la hija de la Rosa. Por eso fue que la prima de mi madre me colocó en una casa en Madrid.
Mira si yo no he sido nunca de llorar, pues lloré al otro día de meterme en la casa, en cuanto llegué a Madrid. Que me mandaron de limpiar una lámpara, una lámpara que tenía seis brazos y seis globos azules, que me acuerdo como si la viera, me temblaban las piernas, si yo no había limpiado en mi vida una lámpara que era la primera vez que veía una, en el pueblo solo había candiles. Y comer mal, que en casa de padre mucho no había, pero un tomate, una fruta, siempre se encontraban ya, y allí me ponían medio vaso pequeño de leche con un poco café y unas galletejas, más hambre que pasé, que en el taller de mecánicos que había en frente de la portería me veían sentada en un banco comprándome una barra de pan con el dinero que me dieron mis padres y llorando que estaba y se lo dijeron a la prima de mi madre, le dijeron oiga esa es familia suya, pues sí señor, y le dijeron pues sáquela usted de ahí que se va comiendo el pan llorando por la calle, con catorce años que tenía yo y me volví al pueblo, qué iba yo a hacer en la ciudad más que llorar y comer pan. Cuando volví en el autobús de línea, no dije ni más ni más, me puse de rodillas a limpiar la chapa y a restregar la mierda con el estropajo de esparto y mi madre dijo eso, eso, échale buen sebo de muñeca.
