Tocan las campanas a concejo - Alfonso González Matorra - E-Book

Tocan las campanas a concejo E-Book

Alfonso González Matorra

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Beschreibung

Desde el momento en que Honorio Balbuena salió de su casa monte arriba esa mañana sin decir nada, el destino de su pueblo cambiaría… Tocan las campanas a Concejo narra la historia de un conflicto entre las gentes sencillas de unos pueblos montañeses apegados a su tierra y el poder establecido. Son tiempos de cambios en aras de un "progreso" que amenaza con la destrucción de una forma de vida. Las noticias de lo que les espera corren de casa en casa y la vida cotidiana entre las gentes pasa a serlo solo en apariencia. Las promesas de un futuro mejor alimentan en algunos el deseo del adiós a una vida que sienten miserable; y también la codicia de quienes anhelan alcanzar otros sueños de grandeza; y la ignorancia...no tiene límites. Sólo ellos, los niños, parecen ser capaces de mostrarse como son, sinceros y vitales. Los hermanos Balbuena, representantes del pueblo, se ven obligados a tomar la decisión que nunca antes hubieran imaginado y hacen sonar las campanas a Concejo llamando al pueblo para defenderse de un Estado totalitario. Casi nadie habla entonces de sus miedos o intereses en particular, y ninguno sabe lo que va a pasar, pero así lo han hecho siempre, y juntos, así lo harán… Un relato inspirado en la comarca de Riaño, provincia de León.

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Seitenzahl: 830

Veröffentlichungsjahr: 2021

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Alfonso González Matorra

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda y Pilar González

Ilustraciones: Mónica Conde Diez y Peio Valbuena Manzana (epílogo)

Fotografía de portada de Heraclio Alonso

Fotografía de guardas: «Todo el pueblo de Anciles», de la familia García, de Anciles (León)

Fotografía de contraportada: Campanil del Concejo en Lario (León), de José Ramón Lueje

ISBN: 978-84-1114-113-0

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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A mi madre

PRÓLOGO

Querida lectora, querido lector:

Permite que hable, a favor de la palabra (a modo de “prólogo”) de este libro, en forma de carta. Y que me dirija a ti en singular, porque de hacerlo de otra manera sería una descortesía y un error en función a lo que vas a leer capítulo tras capítulo.

Su autor, agustin lasai (en minúsculas y sin tilde), es un personaje de la realidad, quizá también sea real porque ha escrito su mundo, con su lenguaje lleno de palabras y expresiones del terruño. De un lugar que ya no existe, porque fue sepultado bajo millones de litros de agua con un embalse vacío de sentido.

No es una obra plañidera, ni reivindicativa. Se trata de una novela que el autor susurra al oído de quien la lea. No únicamente por el sonido que sugiere el paisaje y que lo describe tal cual, sino porque a medida que te metas en la historia irás a un paisaje humano, demasiado humano, entre conversaciones, comentarios y discursos. Retrata de esta manera, mediante la escritura, una manera de ser colectiva y de personas convertidas en personajes, de una época, de un lugar de la montaña: El paisanaje. Como dice Alphonse de Lamartine “el ser humano es el paisaje”. Al leer esta novela añado que somos nuestro paisaje, en el que vivimos, el que recordamos y a veces soñamos.

Lasai logra que los personajes sean de carne y hueso, incluso imperfectos, no meros figurines de una historia. A lo largo de toda la trama se mantiene la emoción, no tanto porque esconda lo que va a suceder, que hasta puede ser predecible, sino porque es capaz de contarte casi a viva voz lo que escribe, lo cual hace que lo que vas a leer sea literatura, letras en acción. Pero sobre todo con sabor a pueblo, de andares con garbo en la montaña. Un estilo llamado de al pan pan y al vino vino: Vaca, tetuda, “Linda”, gañán”, vecera, carajillo, barruntar, zagal, tronzar, bocadillo de jamón, aluche y demás. Sobre un lugar en el que sus gentes, con sus motes, se despiden de las vacas, las cuales tienen nombre propio, igual que dan los buenos días y el adiós a los lugareños. Todos viven en “su pequeño mundo”. En él hay amores, ensoñaciones, prostitutas, peleas, amenazas, sinsabores. En definitiva la vida.

Sentimientos, costumbres, el deseo, el amor, las rutinas, las maneras de ser se intercalan en contextos que se entrelazan para descubrir una historia ubicada en los años 50 y 60 del pasado siglo. Describe un molde que sigue funcionando: El dinero por encima de todo. Hará que te veas metido en una tesitura al posicionarte en uno u otro grupo.

Sí, se trata de un pueblo, de una comarca, que en un momento determinado la burocracia elige para hacer un gran embalse, un “pantano”, que hará desaparecer incluso el espacio que ocupa. Mentiras, intereses, engaños, medias verdades, codicia, ignorancia, todo esto se confabula en personas que no tienen reparos en hacerse ricas a costa de lo que sea. Pero no todas las personas están dispuestas a sacrificar su mundo, su manera de vivir, y plantan cara. Contrasta el mundo de los despachos (“despachos sin alma”) con sus moquetas en las calles asfaltadas de la ciudad y el mundo de las casas de piedra, donde sus chimeneas arden la madera del bosque, en calles de tierra y boñigas, en las que se anda con madreñas.

“¿Vale más un pueblo lleno de boñigas que el dinero que nos darán?” No es una visión bucólica ni idealizada, sino ruda y en cierta medida cruel, porque basta que un grupo de “bastardos de esa tierra”, por pequeño que sea, con su influencia tiren de la pata de aquella comarca para que se vaya al traste. Lo que según la cultura popular: Tanto mata el que mata como el que tira de la pata.

Es la historia de conversaciones, de cuyo eco el autor habrá escuchado contar alguna vez, ha oído cosas que sucedieron antes de que naciera. Se convierten en un eco que retumba cuando las casas de la comarca de Riaño cayeron al ser demolidas por máquinas que custodiaban las fuerzas del orden, que previamente habían bajado de los tejados a quienes resistieron. Cada casa fue una trinchera que se defendió una por una. Sucede esto treinta años después de lo que cuenta la novela. Y otros treinta años después Lasai escribe como si te llamara a ese rincón de la Historia, en donde duerme la conciencia de unos hechos previos a todo lo que vino después. Forma una amalgama de sucesos, de recuerdos, de no se sabe qué para dar a conocer una experiencia que le tocó vivir y que quiere entender cómo fue posible llegar a semejante sinsentido. Te lo cuenta para que vuelvan a sonar las campanas, para que el concejo adquiera vida e importancia, nuevamente. Porque hay algo por encima de todo que no han podido hundir, ni comprar, ni en la novela ni en lo que sucedió posteriormente, ni en el tiempo transcurrido hasta ahora: la dignidad.

No trata de enlazar un hecho con otro, sino de relacionar circunstancias que se cruzan acompañadas de pasiones, de miradas, de olvidos, de lealtades en la amistad y de vecindad. Con nombres modificados señala cada lugar, a cada personaje-persona para desarrollar la trama, que no es tal y como hubo sucedido, sino que es mucho más exacto porque narra la esencia de aquello que ocurrió. Lo escribe con una precisión que desgarra y que con la propia narrativa nos da un coscorrón al leer para decir “anda deja de contemplaciones y sigue”. O como dice Serapio “algo sucede que no sabemos”. Un destino que no es sino el ser humano al desnudo, el cual cuando desata su ceguera da lugar a “acontecimientos incapaces de cambiar su rumbo”.

Vas a leer una novela en la que el realismo se mezcla con el surrealismo, a veces el de la misma realidad, como cuando una reina extranjera visita el lugar, o cuando las ovejas acaban protagonizando una reunión solemne en el cine del pueblo, lo que te dará lugar a sonreír y a reflexionar al mismo tiempo. Porque ¿dónde sucede? No es ésta una pregunta baladí. Ni mucho menos, porque la novela es una historia más real que la misma realidad de lo que aconteció. Logra explicar lo inexplicable. Desde la vida cotidiana que plasma esta obra hace visible una forma de ser. Al mismo tiempo que señala el caciquismo rural como átomo de lo que fue una Dictadura. Pero con ésta, todavía se mantuvo en pie la libertad del pueblo y de pueblo: los concejos. En esa dualidad aparecen el Poder y la resignación; La ignorancia y los listillos de turno; La avaricia y el egoísmo; Quienes son ricos y los que viven de su trabajo. Envolviéndolo todo, como una niebla espesa: Las envidias.

¿Dónde sucede y adónde te va a llevar cuando lo leas? No he parado de preguntármelo al finalizar y durante una segunda lectura. ¿Acaso no se ha dicho que somos el sueño de un sueño? agustin lo muestra porque ha escrito con el corazón anclado en el imaginario de una memoria que clama en el desierto de agua, pero sobre todo con el cariño de recomponer los trozos rotos de su ser. La tierra es el alma. Y lo hace buscando, y lo que escribe es esa búsqueda, sí. Con sus palabras te hará volar, porque él vuela. La verdad se guarda en un sueño, el de un niño. Pero este niño que sueña, anda y duerme, despierta en el fondo del inconsciente que naufraga cada día en ellas profundidades del embalse convertido en un canto de sirena, en un susurro del aire y así lo cuenta, al oído. Su verdad es ser sincero, con él y contigo como lector. Es necesario que escuches a medida que leas, para ser uno más en lo que sucede.

Y el sueño se convirtió en pesadilla (incluidas las futuras cargas policiales), y al despertar, o mejor renacer, el mismo Lasai es el sueño de un recuerdo. En el fondo del embalse hay un pueblo, hay ocho pueblos anegados, un valle. En el fondo del recuerdo y de los hechos está el inconsciente en donde el autor se ha inmiscuido, al que ha viajado en ese sueño de escribir, el del niño de la novela, el de los personajes. Toda escritura es simbólica, pero esta obra es un símbolo en sí misma, es decir: es la representación de aquello que está en el fondo. En el fondo, o en la cueva de lo que ha escrito, en el fondo de su mente donde ha buscado y desde donde le han saltado y asaltado las ideas, las imágenes, y desde el fondo de lo que sucedió, tanto antaño en los años 50-60, como lo que ocurrió el año 1987. Pero no olvides que es también el fondo de nuestro presente, donde siguen habiendo víctimas de un sacrificio, ¡en tantas ocasiones para nada! El hilo conductor de lo que va pasando es el pulso entre quienes aman la tierra y los que aman al dinero que creen que se “va a convertir el agua en oro”.

Y presente es en la novela el sonar de las campanas, que fue el Internet y los teléfonos móviles de aquellos tiempos y de otras épocas más atrás del tiempo. Es la pregunta que se hacen algunos personajes sobre si hacer un pantano allá es locura o negocio. Es la respuesta hoy: Las dos cosas a la vez. Y la locura se expande y el negocio se estrella. Es lo que nos cuenta agustin lasai: “Todo por un tintineo de monedas que les ensordecieron”.

Hundieron una cultura, aquellos del hormigón, pero hay algo que sigue flotando: la dignidad en esta novela que es la misma de antaño y la de antes que también cuenta en referencia a la tribus vadinienses, moradoras de aquellas montañas previas a que llegaran los romanos con su Imperio a cuestas. Y comparte la dignidad que será en un futuro y siempre. Porque los derrotados son los que siembran el futuro, como le sucedió a Eneas al marchar de Troya incendiada, devastada, aniquilada, sembrando una nueva civilización después. Mientras que los triunfadores quedan ahogados en su oro y oropel, el de aquellos a quien Telesforo inunda las tierras y el alma. Le premian por su generosidad caudillista con una medalla del vil metal con el escudo del pueblo, que sobrevivirá por encima de todo.

Esta novela, querido lector, querida lectora, es el latido del embalse de Riaño, Riángulo, que palpita en su fondo, en su historia y leyendas. Sus páginas se oirán en el oleaje del “pantano” y en el silencio. Y más que tendrá que contar. Entre otras cuestiones su historia, la del autor agustin lasai. ¡Hay tantas cosas y tanto que decir en las profundidades! En las profundidades del alma, en las del valle anegado, en las de los negocios, en la de la montaña y sus cuevas, en la de la Historia y en la de las historietas, en la de cada uno de nosotros. Como tesoros escondidos que nos hará encontrar esta novela al llevarnos a ellos con su escritura llana, diáfana, rural, de pueblo, sincera, de tú a tú y a la vez exquisita porque se ha esforzado en que lo sea.

Así pues, recréate en su lectura.

Atentamente.

Ramiro Pinto Cañón

AGRADECIMIENTOS

Mi más sincero agradecimiento a todos los que habéis leído y comentado los primeros borradores del manuscrito deTocan las campanas a Concejo. A Mónica Conde por ser la primera lectora además de su genial ilustradora; a Peio Valbuena por su preciosa acuarela; a Ramiro Pinto por su energía y ánimo constante; a Javier Martínez Seisdedos por compartir tantos sueños; a mi hermano Antonio por su ayuda y buenos consejos; y en especial a mi hermana Pilar por el excelente trabajo realizado con el texto.

Gracias a ti Ana Jesús y a nuestros hijos Andrés y Clara por soportarme y hacer que todo tenga sentido cada día; a mis padres, a mis hermanos, a toda mi familia y amigos, a mi pueblo, que han sido además de un apoyo constante fuente de inspiración.

Tocan las campanas a Concejocomenzó con una pequeña idea escrita sobre un cuaderno mientras jugaba a escribir con mi hija de ocho años una tarde. Busqué a partir de ahí más inspiración en mis recuerdos y en numerosas fuentes, entre las que se incluyen comentarios, conversaciones, publicaciones de revistas (en especial laRevista Comarcal Montaña de Riaño), blogs, webs, redes sociales, libros con la temática de la Montaña de Riaño que figuran entre mis favoritos:Por el Norte de Españade Hans Gadow;El Concejo de Burón, Riaño, cinco villas, Tierra de la Reina,de José María Canal Sánchez-Pagín; Éscaro. Sociedad y creenciasde Gerardo Fernández y Pilar González Fernández;La lucha secular en la Montaña de Riaño,de Pedro Gómez Gómez;Peñas arriba,de José María de Pereda;La Montaña de Valdeburón,Roma contra cántabros y astures,de Eutimio Martino;Los Espejos de la Reina,de Roberto Gordaliza;Acebedo. 20 siglos en la montaña de León, de Tomás Álvarez;Los señoríos en la Montaña Oriental de León, de Siro Sanz y Ramón Gutiérrez Álvarez; ¿Hay quién luche?,de Olegario Rodríguez Cascos y Camino Gallego;Los Caminos del Esla, de Juan Pedro Aparicio y José María Merino;RIAÑO VIVE,de Enrique Martínez Fidalgo;RIAÑO, de Vicente Pueyo;La lentitud de los bueyes, de Julio Llamazares.

Especiales gracias a la tía Manuela, la tía Demetria, Paz, Pepe Valbuena, Pedrín, Vicente, Geño y Valentín… las personas que aparecen en la fotografía de portada y que son el alma de esta historia; y a la familia Alonso por esta fotografía realizada en Riaño por Heraclio Alonso en 1946.

Gracias a Manuel García Rodríguez y familia, por permitir adaptar la proclama de su Tío Albino publicada en 1960 y titulada:A MIS PAISANOS DE RIAÑO Y PUEBLOS COMARCANOS; aFélix Conde de Cossío por permitirme adaptar la carta de su Padre al periódico ABC publicada en 1960 y titulada:RIAÑO Y LOS PANTANOS.

Gracias a «ese petardo lírico», Emilio Gastón, por su poesía, y a un montón de personas por ser quien son y compartirlo conmigo.

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PERSONAJES

Niños:

El niño inquieto de pelo negro con el flequillo cortado al ras

Ángel José, de la cuadrilla de tebi

Betín, hijo de Tino el de Sarlia

Carmina, hermana pequeña de Pedro el motril

Carlos, amigo íntimo de tebi

Chavi el Australiano, hermano de Juan Víctor, cuadrilla de amigos de tebi

Esteban, tebi, hijo de Chencha y Ramón, del barrio La Espina

Javito, visitante asiduo de la tía Genara

Juan Víctor el Australiano, hermano de Chavi y amigo de Betín

Luis, Fernán y Elena, niños leyendo tebeos en el carro

Luisín, Toñín (Tolio) y Javito, cuadrilla de amigos de tebi

Míchel Cordero, del barrio de La Cimavilla, amigo de Betín y Pedro el motril

Pancho y Ricardo, amigos del barrio La Redonda

Pili, la de Pedrosa de la Ponte

Rogelio, la pedrada en la tenada

Adolecentes:

Acotaya, niño pobre del garaje 

Federico, el de Lodares, luchador del Porma 

José Manuel, hijo de Francisco del Corral (Paquitín Calderillas) el comerciante 

Luismi, el de La Porta 

Ordoño y Silvilio, de Sarlia 

Pedro Villarroel (Pedro el motril), amigo de Betín 

Vidalín, hijo pequeño de Basilio

Jóvenes:

Antonio el Nin, vecino de La Redonda y amigo de Kilian 

Kilian, hijo mayor de Basilio 

MaríaFlor, novia de José Manuel, el hijo del comerciante 

Purita, hija del sargento Ventura 

Teófilo y Rufo, hijos de Rufo el Tralla 

Mujeres:

Celestina, hermana de Saturnino (el tío Badanas) 

Chencha, hija de Silverio y esposa de Ramón, de los Quigualdos. Madre de José, Ignacio, Esteban, Eugenia y la más pequeña, Paloma, y Agustín, que está en camino 

Dora, amiga de Fani y Mari Flor 

Dorita, la denostada Dorita

Esperanza, encargada de la taberna de Mariano 

Fani, hija del bodeguero 

Gertrudis, esposa de Francisco del Corral 

Ignacia, esposa de Edelmiro 

Josefina, hermana de Serapio 

Julia, esposa de Felipón, el madreñero de La Porta 

Inés (Tía), la suegra de Tino el de Sarlia, enfermera en la guerra 

Luz Divina, esposa de Julianín, de Llerenes 

Nita, esposa de Basilio 

Primitiva, esposa de Segismundo Prontofraguas 

Quintina (La Tía), amiga de Celestina 

Saturnina, del Hotel Moralejas 

Hombres mayores:

Antón Torío, tío de Perico el alcalde y dueño de la fábrica de harinas de arriba 

Antonino, amigo de Vicente Prieto y Chaco. Hijo de Lorenzo 

Balerio (tío Balerín), padre de Basilio 

Benito el Morato, vecino del barrio de La Golosa 

Bernardino, el sabueso de confianza de Tiquio Burón 

Chaco, viajante hijo de emigrante, que regresó de Argentina 

Ciano, pastor de la cabaña en Hormas 

Federico, el de Llerenes 

Feliciano el Trucha, y sus relatos. Amigo de Galindo 

Felipe (Felipón), el madreñero de La Porta. 

Fermín Bragales, padre de Balerio, original de Valdeliegos. 

Filiberto Botines, transportista 

Francisco del Corral (Paquitín Calderillas), comerciante 

Galindo, ganadero y labrador de la Redonda 

Indalecio el bodeguero, padre de Fani 

Isaac, el carretero del barrio de Señal 

Jacinto, hijo de la tía Manuela 

José Fernández (Pepón), el luchador de Llerenes con pata de palo 

José Mari (Josechu), ingeniero de caminos casado en Riángulo 

José María Ponce de Torío, hermano de Perico el alcalde 

Julianín, el de Llerenes, primo de Saturnino  

Justino Álvarez, amo del huerto vallado con alambre de espino 

Leoncio (el tío Canal) 

Luciano y Vicentín, socios albañiles de la familia de los Quigualdos (Canteros Cantores) 

Manolín Liébana, labrador, pescador y trampero 

Manuel Balbuena, hijo de la tía Manuela, primo de Serapio y sobrino de la tía Genara  

Melecio, Fortunato y Jesusa (Jesusona), hijos de Zoilo 

Melecio, hermano de Serapio, Honorio y Josefina 

Nicasio Montes, y su jamelgo llamado Duque 

Olegario, el zapatero 

Pascasio el Vaquero, dueño del rebaño de merinas en Tendeña 

Patricio, peón albañil de Barneto trabajando para los Quigualdos 

Patrocinio, el peluquero de la Cimavilla 

Pedro Luis García, comerciante 

Prudencio, taxista de Holende en el viaje del alcalde a los Madriles

Ramón González, socio albañil de la familia de los Quigualdos (Canteros Cantores) 

Rodrigo, yerno de Samuel Lincon 

Rufo el Tralla, padre de Teófilo y Rufo el Barrenero 

Salomón, labrador y trabajador en la mina 

Samuel Sierra (Samuel Lincon), oriundo de Valdeón 

Saturnino (el tío Badanas), con el mejor coñac. Hermano de Primitiva, la mujer de Segismundo 

Secundino, amigo confidente de Zoilo 

Segismundo Manuel (el Prontofraguas), cuñado de Saturnino. Socio albañil de la familia de los Quigualdos (Canteros Cantores) 

Tito Liébana, labrador hermano de Ignacia 

Toño, taxista en la noche estrellada 

Yuri, el ruso 

Zoilo, viudo de Juana Altares 

Autoridades concejiles:

Abelino García, presidente del Concejo de Llerenes y concejal de Riángulo 

Basilio, socio albañil de los Canteros Cantores y vocal del Concejo 

Honorio, presidente del Concejo de Riángulo 

Isidro, presidente del Concejo de Pedrosa de la Ponte. Amigo de Manolín y Honorio 

Serafín Gómez, presidente del Concejo de Buradone 

Serapio Balbuena, hermano de Honorio 

Sidoro, vocal del Concejo de Sarlia 

Silverio Matorra, molinero en la fábrica de arriba y vocal del Concejo 

Sindo, el presidente, y Paco, vocal del Concejo de Holende 

Suso, vocal del Concejo y amigo íntimo de la familia Balbuena 

Tino, padre de Betín y presidente del Concejo de Sarlia 

Vicente Prieto, alguacil del Concejo de Riángulo 

Víctor, sobrino de Abelino García y alguacil del Concejo de Llerenes 

Autoridades del Ayuntamiento Riángulo:

Benitón, exconcejal 

Clodomiro Álvarez, maestro de escuela y concejal 

Eufrasio, el alguacil 

Florencio, hermano de Samuel Lincon y alcalde durante la República  

Jonás Pildorita, boticario y exconcejal 

Juanito Alonso, dueño de la fábrica de harinas de abajo y concejal 

Malaquías Álvarez, secretario del Ayto. 

Maturino Sierra, cuñado de Perico Ponce y concejal  

Mauro Ortega, heredero hacendado, concejal y casero de Silverio 

Onésimo (Don), médico y concejal 

Perico Ponce de Torío (Periquito), el alcalde 

Teótimo Domínguez, primo de Perico, concejal y presidente sustituto del Concejo 

Otras personalidades locales:

Clemente (Don), cura de Riángulo

Benigno, cura de Sarlia

Ribera, médico de Cisterna

Autoridades provinciales y nacionales:

Carmen (Señorita), hija de Telesforo La Virgen, y esposa de Lafranc 

Ceferino Albores, agregado gubernamental para relaciones con los reyes de visita en el Parador 

Demetrio Madriles y Jaime González y González, responsables del Ministerio de Agricultura del Estado 

Domingo Herrero (Don), ministro de Gobernación del Estado 

Emiliano Billar, presidente Confederación Hidrográfica del Dubro 

Fausto Hernández, gobernador provincial de Legio 

Juan Puyas, director técnico de la Confederación Hidrográfica del Dubro 

Marcelino, gerente del Parador Nacional de Turismo de Riángulo 

Matías Llorante, representante del sindicato vertical de agricultores de Castiella 

Obispo (Sr.), de Legio 

Pedro Contreras Lafranc, presidente de Paradores Nacionales 

Rey y reina de un país de la vieja Europa de veraneo en el Parador 

Llendelagua (Señor Don Tomás), político y empresario de Buradone 

Telesforo La Virgen, general en jefe del Estado (el gran capitán) 

De empresas eléctricas y constructoras:

Alfonso Ballesta, primer secretario de Oriolez 

Duarte (Señor), dueño de Duarte y Cía., grupo de empresas constructoras 

Galante (Señor), secretario de Duarte y Cía. 

Juan María Oriolez y Urquijo, presidente de Hidrolas y de la corporación eléctrica FUNESTA, consejero del Banco Bilbaíno (banco eléctrico), procurador de las Cortes telesforistas 

Servando Aurrekoetxea, ejecutivo de Hidrolas (Eléctricas Españolas S. A.) 

FUNESTA, Foro Unión Nacional Eléctrica Sociedad Toda Anónima

Guardias civiles:

Alfredo Ventura, sargento del puesto un tiempo atrás 

Barrena (Sargento), jefe del puesto 

Bernardino, subordinado de confianza de Tiquio 

Tiquio Burón, guardia retirado natural de Riángulo 

Con más edad:

Edelmiro Diez (tío Yimi), vecino de Serapio 

Gabino (El Tío) propietario del hórreo de la plaza La Redonda, donde se celebran concejos 

Genara (Tía), anciana señora de la casa de humo 

Manuela (La Tía), tía protectora de Josefina y hermanos

Marcofias (El difunto tío), dueño del hórreo en plaza del Mercado, donde se celebran concejos 

Tomasón, un señor mayor vecino de Antonio el Nin 

Otros personajes (mención):

Arsenio (Tío), de Sarlia, sentado sobre el viejo madero 

Benitín, el de Las Salas, árbitro del corro de aluches en Cima la Cueva 

Bonifacio, el relojero 

Caritos, con su nervio preciso 

Carmen, la pastora de Peña Mura, del Concejo de Ískaro 

Chuchi, dueño de la cuadra negra 

Ción (Tía), vecina de Arsenio 

Ción la barberina, y su marido Abel, peluquero de La Redonda 

Cipriana, del barrio La Peta 

Cirila, madre de Ángel José 

Dámasa (Tía), su cuadra al lado del hórreo del tío Gabino 

Dominga (Tía), la tía de Carlos, amigo de tebi 

Eliseo, vecino del barrio La Peta, ayudante de Isaac el carretero 

Emilio, hermano de Manolín 

Esteban, ayudante de Silverio en la fábrica de harinas 

Eulalia, madre de Betín 

Eusebio, el Pajarín, dueño del hostal El Pajar de Riángulo 

Feli (Señora), hija de Justino Álvarez 

Felicísimo, guarda de la reserva 

Felisuca, mujer que atiende la casa de Samuel Sierra 

Félix, el de la cárcel  

Ferino, amigo de la familia de Pascasio el Vaquero 

Fernando, el hijo del frutero 

Filiberta, encargada de la cantina de Llerenes 

Galipuche, el hijo del caminero 

Honorato y su hija Silvina, del bar de Barneto 

Inés Pispierno, de visita en la cocina del bar de Barneto 

Isidoro el Pajarero 

Jesús González, el Gallo, luchador de La Porta 

Juan (Tío), tío de tebi 

Juana la Coja, mayordoma en la iglesia 

Juanita la Villalona 

Juyayo, con su moto todoterreno 

Lorenzo, padre de Antonino 

Luis, el carnicero 

Luisín, hermano pequeño de Manolín y Emilio 

Lupercio Rodríguez, comerciante Marañón 

Mari Carmen, vecina del tío Canal 

Marianín Sierra, luchador apodado el Zorro 

Maruja, hermana de Vicente Prieto 

Maximino el del hotel Nuevos Tiempos 

Pablo, hermano de Galindo 

Pancracio, suegro de Luz Divina, de Llerenes 

Pedro (Tío), tío de Míchel Cordero 

Pepe, el de la tía Manuela 

Revilarga (La), cobradora de los pagos por la compra casa Silverio 

Sasi, confidente de Teófilo, el hijo de Rufo el Tralla 

Sobrino (El) de Serafín Gómez 

Terencio Celeras, visitador de Marujina 

Tochón (El), con su furor 

Victoriano, marido de la tía Manuela 

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El viejo roble

Con su grueso tronco cubierto por una rugosa corteza tostada de blanco por tantos días bajo el sol, el viejo roble se yergue orgulloso asomando su copa por encima del dosel del bosque, como un gigante que abre sus brazos al cielo en un sinfín de ramas retorcidas.

¿Cuántos pasos has escuchado dar caminando sobre tu hojarasca al mirar al suelo, gigantón?, ¿y cuántos volando entre las nubes bajo las estrellas cuando miras al cielo azul? Tú mejor que nadie podrías contarnos con visión de futuro la verdad de lo que pasa por aquí… Pero callas…, mejor así.

Salvaste tu pellejo de los cortantes dientes metálicos del tronzador por haber sido hace mucho tiempo un pobre infeliz tullido al que nadie quiso molestarse en llevar hasta el aserradero para convertir en vigas y tablones. Has crecido desde entonces en tu soledad, contemplando a quienes te rodean desde la atalaya del tiempo y ofreciéndoles siempre con generosidad todo lo que la naturaleza te ha proporcionado, como es de ley en tu universo.

Sin inmutarte, has soportado las tormentas y tempestades más violentas y atronadoras, siendo testigo del ocaso de algunos de tus congéneres, atravesados por el fuego inmisericorde de un rayo que apuntó a su corazón, pero tu soledad se inunda de tristeza desde hace un tiempo al escuchar ese sonido estridente de las máquinas cortadoras de árboles, que traen cada año esos despiadados caminantes de dos patas, preguntándote inevitablemente si este será el día en que llegará tu hora.

Capítulo 1. Luces de mayo

Ese niño inquieto de pelo negro con su niqui amarillo de cuello vuelto desabotonado, sale corriendo del patio junto a algunos de sus compañeros de escuela, y ya solo piensa en recorrer libre los pasos que en esta tarde, seguro, le esperan; una tarde fresca de primavera, donde una suave brisa recorre el aire dejando ver a lo lejos oscuras nubes que amenazan tormenta. Todo en medio de un luminoso sol cuyos rayos la piel encandila y a su espíritu alienta. Tira la cartera bajo la escalera al llegar a casa sin ni siquiera entrar en el portal dando media vuelta para echar a volar con destino desconocido; pero hoy no, al niño inquieto le espera su hermano mayor que, ya preparado, se cruza en su camino cortándole sus alas. Poco después, caminan juntos por la calle hacia su destino bajo una misteriosa luz que tiñe la tarde de diferentes colores reflejados en las piedras mojadas de las viejas paredes de las casas que les rodean. El río corre más azul cantando alegre a la tarde su interminable melodía y el aire ha llenado el ambiente de un no sé qué, al mezclarse con las gotas de lluvia que comienzan a caer. Un arcoíris aparece de la nada frente a sus ojos y, por unos instantes, las peñas brillan a lo lejos llenas de destellos.Ese niño lo mira todo, y todo le parece distinto en pocos minutos, produciéndole un extraño placer que, una vez más, le hace olvidarse de esas contrariedades de la vida doméstico terrenal que tan poco le gustan. Se ha quedado solo a las afueras del pueblo con una vaca, a la que ha de cuidar esta tarde por un inesperado encargo de su hermano, ahora desaparecido. «¿Y qué hago yo aquí ahora?», se pregunta sin ni tan siquiera mirar a la vaca. Ensimismado, bajo las luces y colores de esa tarde de mayo…, mira al cielo sentado sobre un peñasco al lado de la puerta, debajo del alero de la pequeña casa de piedra rodeada de prados que, hasta no hace mucho tiempo, ha sido un tumultuoso gallinero.

—¿Tu qué haces aquí? —suena repentina una voz inquisidora que le golpea en los oídos.

Él gira su cabeza para solo conseguir ver una gran sombra entre sus ojos y el sol que le ciega, como si hubiera bajado fugaz desde ahí arriba para despertarle.

—¡Ya estás sacando esa vaca delprao, gañán! ¡Si no quieres que te atice!

Ante él, una enorme mujer como un tonel toda vestida de negro con el brazo en alto y una vara en ristre se le acerca balanceándose. Unos largos cabellos sueltos al viento medio tapan su rostro redondo y velludo, por el que aflora una enorme verruga poblada de largos pelos tiesos como cerdas de jabalí; su voz es tan fea como su visión y pone por fin en guardia al distraído joven, que se levanta como una exhalación.

—¡Tetuda! ¡Más que tetuda! —le grita escapando del alcance de su vara en un violento despertar.

Luces de mayo de vuelta a casa, entre nubes que dejan caer su cortina de suave lluvia en forma de aguanieve, y una franja de colores se dibuja otra vez en ladistancia al atravesar los rayos del sol sus gotas de agua.

¿Y la vaca? Linda se llama la vaca.

Capítulo 2. Del Valle Viejo

Tocan las campanas a Concejo en el campanil del pueblo del Valle Viejo… y de repente, éste parece salir de su rutinario letargo de una tarde de domingo, salpicándose sus calles de gentes que acuden a la llamada. Los primeros en llegar al lugar de reunión, algo impacientes, preguntan por el motivo del inesperado repique, sin encontrar a ningún responsable que les saque de dudas.

En el promontorio natural que se levanta como una terraza a un costado del barrio de abajo del pueblo conocido como el Prao Concejo, no parece ser esta una llamada como las demás, pues pasa el tiempo y todos continúan esperando una respuesta. Bajo la torreta de madera de dos columnas que sostiene el campanil, aguardan los hombres a saber el porqué de tanto misterio. Nadie de los responsables del Concejo aparece todavía por allí y todos se empiezan a preguntar quién habrá sido el gracioso que ha hecho sonar la campana. Todos en el pueblo, como en el resto de los pueblos de estas montañas cantábricas, saben que el tocar las campanas llamando a concejo abierto no es algo para tomárselo a broma, si alguien lo ha hecho, será sancionado sin contemplaciones como mandan las normas del Concejo. Es costumbre desde siempre presentarse a la llamada de la campana un hombre por cada casa, o una mujer, si por circunstancias de la vida es cabeza de familia.

—¡He sido yo! —Se escucha decir entre el grupo de hombres que se arremolinan alrededor de la persona que ha intervenido: es alguien por todos bien conocido, se trata de Serapio.

Serapio es el hermano menor de Honorio, el actual presidente del Concejo de Riángulo, ausente en la cita de esa tarde para todos los que han acudido a ella, excepto para su hermano. Sin escucharse más explicaciones, un silencio expectante se hace omnipresente entre toda la concurrencia en esta tarde serena de mediados de otoño. Serapio parece algo contenido, y con un tono de voz que pocas veces o ninguna nadie de los presentes recuerda haberle escuchado, tan preocupado dice en alto:

—¡Mi hermano hace días que falta de casa!

Capítulo 3. Hombre cabal

El hombre de tranquilo semblante vestido con una chaqueta de pana color tierra se quita su boina y la dobla entre sus grandes y curtidas manos. Comienza así a contar lo sucedido a todos los que han acudido a esta inesperada y extraña reunión del Concejo. Les recuerda que su hermano andaba por esos días algo cabizbajo y las palabras no salían con facilidad de su boca. Él pensó entonces, como tantas otras veces, que serían los problemas de siempre relacionados con el gobierno del pueblo y, como solía suceder, todo se solucionaría.

—El último día por la tarde —comenta Serapio delante de todos—nos dijo que iría al día siguiente al monte de Las Biescas, cuando ese monte no entraba en nuestros planes para este año. «Voy a echar un vistazo para el año que viene», nos dijo.

A la mañana siguiente, de madrugada, Honorio se levantó, desayunó sigilosamente como siempre, unció la pareja de vacas al carro y salió de la portalada rumbo al monte aijada en mano, como lo había hecho tantas otras veces, con la diferencia de que esta vez desde su cuarto, preocupado, le observaba su hermano detrás del cristal empañado de una ventana. Éste miraba el paso del carro debajo de sus pies, circulando al ritmo que Honorio marcaba a las bestias uncidas por el yugo. Abrió la ventana sin poder reprimir el impulso de decirle algo y el aire frío de la madrugada golpeó en su cara, desnudándole del calor que aún traía guardado de su cama. Honorio le vio y, con un gesto de su mano con el brazo alzado, le indicó que volviera dentro. Serapio reprimió entonces su deseo de decirle algo, algo parecido… a que quería acompañarle… y cerró la ventana.

Honorio es hombre cabal y por todos bien conocido. Ejerce con responsabilidad las funciones propias de un presidente del Concejo, o del pueblo, como se ha ido en llamar en los últimos tiempos, y siempre que puede, que son la mayoría de las veces, echa una mano en lo que sea menester relacionado con los bienes y tareas comunales. Mantiene su autoridad en los asuntos que atañen al gobierno del pueblo, teniendo siempre por norma hacer respetar el bien común por encima de los intereses particulares, tal como mandan las normas del Concejo por estas montañas desde tiempos inmemoriales. Su cumplimiento no es cosa de broma, ya que, en la historia de estas gentes, el seguimiento fiel de la norma del Concejo es su modo de vida y, lo que es más importante, la garantía de su medio de supervivencia como pueblo. Sus estudios en el seminario de la vecina Villa de Loides lo posicionaron pronto ante sus vecinos para ser el responsable del Concejo, una vez que abandonó el camino del celibato. Ni qué decir tiene que la buena administración por parte de su presidente es condición indispensable para su buen funcionamiento: algo que requiere de un esfuerzo extraordinario e incluso a veces arriesgado por parte de quien ha de hacer cumplir las normas del pueblo por igual. No hace muchos días le ha sucedido esto mismo a Honorio en las cortas de leña realizadas en el valle de Sosa,un valle donde se escucha siempre el monte de cerca.Allí ha tenido que intervenir para impedir una corta abusiva de suertes de leña donde no estaba permitido hacerlas. Para resolver el asunto ha tenido que soportar de alguno de los vecinos y bien conocidos por él injustas palabras e incluso amenazas en los momentos más acalorados. En cualquier caso, Honorio siempre realiza su trabajo con un alto sentido de la responsabilidad y, como suele decir él mismo en esos momentos delicados a sus convecinos: «No lo haces contra mí, sino contra tu pueblo al que represento». Demuestra de esta manera honesta ante su pueblo que no es de los que se deja amedrentar ni llevar por sus debilidades personales o, dicho de otra forma, por sus intereses particulares y los de su propia familia: condición indispensable para ser elegido presidente del Concejo y por la que este hombre sigue siendo valorado entre sus vecinos con el paso de los años, y ya van para 20. Tanta ha sido su devoción desde muy joven por los deberes comunales de su pueblo que, al cumplir ahora los cuarenta años de edad, muchos dicen haber descuidado la formación de su propia familia. Honorio, al escuchar estos comentarios, asiente, reconociendo que no todas las habladurías que se escuchan por los distintos corrillos vecinales son siempre inciertas.

Capítulo 4. Peñas Arriba

Honorio no volvió a casa ese día, ni tampoco el siguiente, ni el de más allá, como su hermano mismo comenta a todos. Se acercó hasta las Biescas en su busca al día siguiente de su salida sin encontrar nada. Tuvo que pasar otro día para que un vecino diera con la pareja uncida al carro y sujeta a un roble en el monte de Sosa, y a muchos metros de ellas encontraron la aijada de Honorio tirada en el suelo, lo que a su hermano le hizo pensar: «¿Si nunca se separa de ella cuando va con el carro, por qué no se la llevó, y por qué estaba tirada tan lejos del carro?», se pregunta una y otra vez Serapio sin encontrar una respuesta lógica. Caminó por la zona durante días rastreando el terreno, cada vez más preocupado por lo que le pudiera haber pasado a su hermano y sin conseguir encontrar más indicios que los que el hallazgo del carro abandonado y la aijada tirada en el suelo.

En medio de una situación de ansiedad e incertidumbre crecientes, Serapio se vio en la necesidad de buscar ayuda, haciendo esa llamada al pueblo a una reunión del Concejo. Una llamada inusual que no obedecía a ninguna tarea ni regla relacionadas con el trato común del pueblo, y que todos recibieron con sorpresa e incredulidad al escucharla.

—¡Mi hermano hace días que falta de casa! —dijo nada más empezar su intervención ante sus paisanos y vecinos—. Todos conocéis a Honorio y sabéis muy bien que no es un hombre de medias lindes. Marchó a leña a Las Biescas, según nos dijo en la mañana de hoy hace tres días y aún no ha vuelto a casa. Ha aparecido en el monte de Sosa la pareja uncida al carro y sujeta a un roble con la soga y su aijada tirada en el suelo a unos cuantos metros de las vacas.

Serapio guardó un pequeño silencio antes de decirles a todos lo que pensaba.

—Creo que a mi hermano le ha pasado algo —afirmó.

El silencio, acompañado de miradas de asombro, se hizo presente entre el grupo de hombres que habían acudido a la reunión. Y de entre todos ellos se oyó una voz.

—Todo esto es muy extraño… ¿Qué propones que hagamos?

Serapio contestó con voz enérgica, pero a la vez dejaba entrever su desesperación por lo que estaba viviendo.

—¡Quiero encontrarlo y os he llamado para que me ayudéis!

Propuso entonces rastrear la zona con todos los elementos posibles. Primero, el monte donde desapareció, y si no aparece, continuar durante días ampliando el radio de búsqueda hasta dar con él de alguna manera.

—Puede que esté herido por haber sufrido un accidente o algo similar y se encuentre impedido para pedir socorro en algún lugar de difícil acceso —añadió fríamente—, por lo que haremos los rastreos especialmente en zonas como la Canal Honda o el Cueto Cabrón,cerca del monte deLas Biescas…, y en Sosa, donde apareció el carro.

Comenzó la búsqueda en su primera batida a la mañana siguiente de madrugada. A la faena acudieron los que se habían comprometido a hacerlo en el Concejo: Serapio junto con el alguacil Vicente Prieto, además de otros vecinos del barrio y parientes; veteranos como Edelmiro, llamado por toda la parentela como el tío Yimi, también están Secundino y Tito Liébana, buenos conocedores de esos terrenos y vecinos todos del pequeño barrio de La Golosa. Organizaron los grupos y emprendieron la búsqueda por las diversas zonas acordadas. Serapio, junto a otros tres convecinos, Eliseo, Manuel y Suso, toman el camino que lleva al monte de Las Biescas,un bosque de hayas que forma una lengua verde en una amplia pendiente mirando al norte entre peñas calizas; a un lado, está el conocido como Cueto Cabrón, y al otro, las crestas calizas de las peñas de Vallarquécoronadas por elPico Gilbo.Cruzando el río grande que serpentea el valle, sobre el Puente Nuevo, desde donde un amplio espacio del valle se contempla al borde del pueblo, señalan las rutas por las que cada uno de ellos realizará su búsqueda. Atraviesan en grupo las zonas llanas del valle entre prados cercados y huertas con árboles frutales, y al llegar al comienzo del bosque, tras superar las pandas de Oncevera,los hombres se despliegan para rastrear el monte abarcando el mayor espacio posible sin perderse de vista los unos de los otros. Suso, vecino y amigo desde siempre de los hermanos Balbuena, en especial de Honorio, con quien ha corrido mil aventuras de niñez y juventud, comentaba con Serapio lo extraño que le estaba resultando todo aquello, más tratándose de Honorio, un hombre a quien nunca nada en la vida le había resultado extraño o perturbador. Al igual que Serapio, Suso no dejaba de preguntarse con preocupación qué le habría podido pasar a su amigo. Con estas dudas en su cabeza, tumbado en el suelo y flexionando con sus brazos todo su cuerpo boca abajo, echa un trago de agua de la fuente que mana al lado del Cueto de la Verdad.Comienzan el ascenso de la pendiente internándose en la penumbra del bosque bajo las hojas teñidas de otoño, caminando sobre la uniforme y perpetua alfombra de hojarasca del hayedo. Acompasando su ritmo de ascenso con los demás ojeadores y sin perderse de vista unos a otros, caminan monte arriba abarcando casi la totalidad de la extensa garganta hacia la Collada de Bachende que señala el final del trayecto.

Suso sube cerca de la gran pared caliza que forma el Cueto Cabrón en su costado, así lo llaman los habitantes de estas montañas por algún motivo relacionado seguramente con la dificultad de su ascensión, más apta para las cabras. Sigue su ascenso oyendo no muy lejos de él la voz de Serapio intentando marcar el ritmo de la marcha. Él contesta cuando escucha su nombre con una voz seca y grave que le identifica. Recuerda entonces los momentos que ha vivido en semejantes circunstancias junto a su amigo Honorio ya hace años. Aquel día que estando al cuidado de la vecera la abandonaron para ir a perseguir a su majestad, de esa forma llamaba Honorio al oso pardo cantábrico (Ursus arctoscantabricuspara los entendidos). La emoción de tener la posibilidad de ver al plantígrado les hizo olvidar su obligación de cuidar aquella tarde el ganado del pueblo durante horas. Desde los prados de las faldas del Pico Gilbo donde se encontraban, con el ganado, marcharon hasta la collada de Bachendea través de pasos entre peñas esperando encontrar su preciada recompensa. Solo encontraron rebecos y más rebecos que huyeron al divisar a dos jóvenes impetuosos brincando entre las rocas casi como ellos. Dos muchachos casi adolescentes que, olvidados de todo, cuando quisieron darse cuenta de lo que estaban haciendo ya era tarde para evitar el desastre de la desaparición del ganado. Cuando volvieron, las vacas ya les esperaban en el pueblo, al igual que un serio correctivo. Luego vino aquel otro inolvidable momento en el que el presidente del Concejo les reunió a los dos en la bolera y pegados uno junto al otro, con la cabeza hacia abajo mirando el suelo, contestaban a sus preguntas sin rechistar. El castigo fue tener que cuidar ambos de la vecera todas las salidas durante más de un mes hasta los últimos días.

—Así aprenderéis, par de gañanes —les advirtieron muy seriamente.

Suso camina ligero por la senda un poco más alta, llegando el primero a la collada. A pocos metros de él, observa la brecha que se abre subiendo por el canto del Cueto Cabrón hasta su cumbre. Esta collada, como tantas otras, tiene algo de lugar confortable y acogedor que invita a quedarse, y eso es lo que Suso inconscientemente hace caminando sobre su manto de hierba rodeado del bosque con la gran peña del cueto aflorando en un extremo. Desde aquí, se asoma al otro lado a una pronunciada hondonada que cae en un corto trecho hasta el río. Suso contempla el lugar mientras espera a sus acompañantes y tiene la impresión de que se retrasan más de la cuenta. Al venir aquí siempre le viene a la memoria la experiencia que vivió subiendo la primera vez por esa canal que parece tan vertical, en una tarde lluviosa de septiembre. Era entonces un chaval de veinte años y no se le ocurrió otra cosa para matar el aburrimiento que coger su hacha y su puñal de aventuras de guerra para subir a aquella mole blanca y redondeada que llevaba toda la vida viendo desde la misma puerta de casa. Así aprendió aquel día que la montaña, por redonda y accesible que parezca a simple vista, siempre te puede sorprender. No son para tomárselas a la ligera de ninguna de las maneras…, esa fue su conclusión y la lección de aquel día.

Aquella tarde, el impetuoso joven colocó su hacha y su cuchillo de monte a estrenar, en su cinturón de piel, y presto comenzó el ascenso por la canal sin mayores problemas hasta que a mitad del trayecto se hizo necesario apretar los dedos y pies contra la roca; con sus cuatro extremidades ascendía concentrado cada vez más en cada uno de sus movimientos, pues la situación se volvió exigente y sus pasos debían estar bien sincronizados. Unos pocos, pero interminables minutos y pudo coronar al fin el último peñón bajo sus pies, suspirando de alivio; solo fueron unos segundos los que tardó en recapacitar y pensar con angustia que por ahí debería bajar de nuevo. Olvidado del consuelo de haber coronado, miraba desde arriba la brecha por la que acababa de subir hundida entre dos grandes salientes puntiagudos de arriba abajo: una vista que desde lo alto de la peña resultaba aún más inquietante que desde la base, lo que llevó su mirada hacia el otro lado de la peña esperando encontrar otra posibilidad para bajar. Entre dos contrafuertes, intuye un atisbo de ruta desde la cumbre e inicia decidido el descenso con su hacha y su cuchillo en ristre. Frente a él, las imponentes laderas y hondos abismos de las montañas casi verticales pasan inadvertidos bajando con rapidez entre olagas espinosas y enebros rastreros agarrados a la blanca roca caliza. Pisa sobre ellas como sobre un surco evitando las aristas a veces cortantes de la roca, confía en que le lleven hasta el final, el cual intuye detrás de las hojas de los árboles del bosque que acarician la peña…, pero sin solución de continuidad para él. Por debajo, a varios metros de distancia del suelo detrás de las hojas hay una pared vertical que le impide terminar con éxito su gesta. Una primera intención de saltar hasta las ramas más fuertes del haya es desechada por la peligrosidad de realizar un salto al vacío al más puro estilo ardilla (esguilo por estos parajes). No sin pensarlo dos y tres veces, reanuda el ascenso desandando el camino. Sube agitado por la idea de tener que enfrentarse de nuevo a la brecha y el cielo comienza en ese momento a agitarse también con él en forma de rayos y truenos dejando sentir en su espalda caliente las primeras gotas de lluvia. Se acerca el oscurecer y la situación para el joven Suso ya no admite más alternativas que salir de este cueto llamado tan lindamente Cabrón.Llega a su cumbre con los rayos centelleando y los truenos explotando casi a la vez sobre sus orejas coloradas. El cielo enfurecido se le caía encima cuando lanza el hacha que ha llevado en la mano todo el tiempo por la canal abajo, sin darse tiempo para ver cómo el acero del hacha golpea contra las rocas saltando chispas, comienza el descenso con su mirada solo puesta en sus pies dando unos inseguros primeros pasos dentro de la canal. Unos segundos son suficientes para arrastrar su trasero por la peña, y en algún momento sin darse cuenta estira los brazos apoyando sus manos con fuerza en ambas paredes, consiguiendo así un equilibrio seguro, bien sujeto a la montaña. Sin mayores problemas supera así las partes más delicadas del descenso poniendo al fin sus pies sobre la suave hierba del collado. Se palpa todo el cuerpo para ver si está entero y se da cuenta de que no… le falta su venerado cuchillo de monte con sierra en filo superior y talí de camuflaje que tan orgulloso trajo de la mili para enseñar a sus amigos. Encuentra el hacha, calcinada por un rayo del que no dio ni cuenta.

Una palmada en el hombro le retrotrae a Suso de sus pensamientos de aventuras de juventud.

—¿Qué miras? ¿Has visto algo ahí arriba? —le pregunta Serapio observando su mirada aún medio lejana.

—No, solo estaba recordando viejos tiempos. ¿Habéis encontrado algo vosotros?—y después de mirar a Serapio, antes de que le conteste, le dice—: No, ¿verdad?

Aquella tarde terminó para Suso y todos los demás sin más novedad, esperando seguir al día siguiente con la angustiosa tarea de la búsqueda.

Capítulo 5. Josefina

Serapio y Honorio son hermanos solteros y viven con su hermana Josefina en la casa familiar construida por sus padres y heredada por ella, como es costumbre no escrita en estas montañas. Ninguno de sus progenitores vive ya; su padre, el tío Ángel, como se le conocía en el pueblo, murió en la guerra, y su madre, Ceferina, lo hizo pocos años después a causa de una enfermedad que le impidió seguir cuidando de sus hijos con la devoción que lo hacía. Los hermanos eran aún casi unos niños cuando esto sucedió y encontraron la ayuda y protección que necesitaban para salir adelante gracias a Manuela, su vecina y tía paterna. Josefina, con el paso de los años, tomó el relevo de su madre y de su tía en el cuidado y administración de la casa con los buenos consejos y la experiencia adquirida de la escuela de su tía Manuela. Los lazos de unión entre las dos casas ya eran importantes antes de la desgracia vivida con la desaparición de Ángel y Ceferina, y ahora, quizá por la desgracia de su orfandad, son aún mayores viviendo cada día sin la necesidad ni la sensación de tener que hacer ningún esfuerzo para estrecharlos. Comparten con naturalidad las dos casas, bienes y quehaceres cotidianos: las lechugas del huerto cuando crecen, la patatera y sus cestos de patatas cuando menguan, la leche cuando falta o cuando sobra, las truchas del río cuando salen a pescar, la cocina en matanzas y reposterías varias, el horno de leña y su pan con el recentadero en la masera… y tantas cosas más.

Josefina está también soltera y su casa es la casa de sus hermanos como ella misma dice, aunque con una salvedad: «Si traéis mujer alguna para quedarse a pasar la noche, ya sabéis dónde está la puerta». Pacto y principio de convivencia entre hermanos no escrito pero respetado escrupulosamente por los hombres de la casa. Es Josefina mujer hacendosa, decente ante los ojos del pueblo y disciplinada en su trabajo. Atiende con dedicación las obligaciones domésticas de la casa y su administración y otras tareas añadidas como cuidar las vacas estabuladas en la cuadra propiedad de sus hermanos. Serapio y Honorio trabajan las tierras y se ocupan del ganado, realizando los trabajos y labranzas propias de su tiempo y circunstancias en un lugar como Riángulo, un pueblo de montaña con fértiles tierras de exuberantes primaveras, calurosos estíos, productivos otoñosy fríos y duros inviernos en los que el grueso manto helado de nieve perdura durante meses hasta bien entrada la primavera. Además de los mencionados habitantes, se encuentra en la casa un tercer hermano, también soltero, Melecio, conocido como Mele. Hombre elegante, de traje a medida, corbata a rayas y camisa blanca de diario almidonada que dirige el único banco que, en su apertura, fue el primero en la comarca y buena parte de la provincia. Mele apuntaba maneras y su padre le procuró desde bien pequeño ir a estudiar a los curas de Carrión de los Condes. Allí, entre añoranzas y mucha soledad, con el paso del tiempo aprendió artes y oficios de oficina y economías, mientras sus hermanos hacían lo propio con las vacas, las tierras, su taller y la casa. Quizá por no haber vivido su infancia en compañía de la familia y el calor del hogar de una madre, era Mele hombre de pocas palabras y no gozaba de muchos momentos en compañía de amigos y conocidos, como lo hacían sus hermanos, aunque, eso sí, era hombre de ley y de su casa, de sus costumbres y devotas leyes. Se le podía ver todas las mañanas caminar por los mismos lugares, de manera que, observándole a él, todas las mañanas podían parecer las mismas: cruzando y surcando las calles del barrio camino al banco vestido con sus elegantes trajes a rayas traídos de Barcelona.

Así fue, como cualquier otro día, que Mele volvía a casa a la hora de la comida, donde como siempre le esperaban sus hermanos sentados en la mesa y Josefina de pie, preparándolo todo y meneando con arremango, utensilios y cacharros. Mele entró en la casa y se quitó el abrigo que cuelga de la misma percha que lo colgó ayer en la pared del portal, para acto seguido empujar la puerta entreabierta de la cocina. Josefina le ha visto andando por el corral desde la ventana y ya ha comenzado a servir los platos de un buen potaje de garbanzos de viernes. Sin decir nada, Mele se sienta con Serapio a la mesa en su sitio de siempre del escaño, junto a la lumbre. Hay un silencio que no es como el de otros días; entonces, él mismo siente la necesidad hablar.

—Hoy, me han comentado en el banco que los lobos han podido ser los que han hecho desaparecer a Honorio.

—¿Lobos? ¿Honorio? ¿Quién te ha dicho eso, hermano? —responde Serapio con aire de indiferencia.

—Me lo ha dicho Julio, mi compañero de oficina —continúa diciendo—. A él se lo ha dicho alguien en la ventanilla esta mañana, alguien que no ha querido dar su identidad, pero que asegura haber escuchado una conversación en la que se hablaba de Honorio en circunstancias fatales.

—¡¿Quién, hombre?! —exclamó Serapio con cierto escepticismo.

—El Trallay sus hijos —dijo Mele—. La conversación fue en la Tasca de la Bolera, ya sabes que en el ambiente oscuro y oloroso entre barricas y cajas de vino le gusta hacerse notar. Según parece, estaba borracho y hablaba con unos tratantes de ganado lebaniegos de paso por el pueblo. El Trallafanfarroneaba como siempre, riéndose y haciendo gestos de todo tipo que no pasan desapercibidos; conversaba y bebía trago tras trago como suele hacer, sin dar pie a los extraños a poder desembarazarse de él. Cosa que intentaron varias veces sin conseguirlo, teniendo que seguir soportando las fanfarrias y los continuos gestos amenazantes y desafiantes del Tralla. Ya le conoces. Pues, en una de esas, soltó algo sobre Honorio diciendo que habían enterrado en vida al presidente del pueblo, o algo así.

Serapio quedó en silencio.

Rufo el Tralla,un personaje de sobra conocido en toda la comarca por sus excesos etílicos y sus muchas exhibiciones verbales en público en sus momentos álgidos de excitación, suele dejar entonces su huella en la memoria de quienes lo ven allá por donde pasa. Cuando el tiempo se lo permite avanzada la primavera, abandona su oficio de panadero en un pueblo del llano ribera Eslonza abajo, dando rienda suelta a su otra faceta profesional recorriendo caminos con su carroza y su burro, mula o lo que toque, y parando en los pueblos durante días para vender antiguallas y hasta elixires, junto con todo tipo de objetos que encuentra en los desvanes de nadie sabe dónde. El interior de la carroza es el lecho que comparte con su mujer, y debajo de ella tienen la morada sus hijos. Durante tiempo, sus paradas en los pueblos de la comarca del Valle Viejo han sido esporádicas e imprevisibles, y así siguieron siéndolo hasta que sus hijos crecieron y se hicieron mayores. Riángulo ha sido entonces para ellos su parada principal desde pequeños y el refugio elegido para liberarse del yugo al que su padre les ha sometido durante toda su vida. Heredaron de él la fortaleza física, dejando la casa familiar para tener la suya propia al servicio de algunas familias de ganaderos del pueblo como criados, realizando un duro trabajo que, para ellos, lejos de serlo, ha supuesto la liberación del encadenamiento cruel al que estaban sometidos.

Josefina sirve con el cazo unos garbanzos en el plato a cada uno de los comensales y luego deposita sobre la mesa una fuente humeante repleta de carne y otros restos de la matanza que envuelve toda la cocina con su olor. Mele comenta entonces que la noticia correrá por el pueblo, suponiendo que no serán ahora los únicos en saberlo.

—¿Y por qué ha de ser así? —se pregunta Mele—, si allí no estaban más que los lebaniegos.

» Sí —se responde a sí mismo—, pero ¿no es lógico pensar que igual que a los lebaniegos, con cuatro vinos, se lo han podido contar a María Santísima?

—Igual sí, o igual no —acabó por decir Serapio.

Unos minutos de silencio en la mesa, en los que solo se oía el tintineo de los tenedores sobre los platos, Serapio comenta a sus hermanos que, si eso es verdad, de una forma u otra, más tarde o más temprano, tendrán que vérselas con elTrallay sus hijos.

Josefina, nerviosa y apesadumbrada, dice casi entre sollozos que quizá solo sea una fanfarronada de esedesalmao, y que, según ella, así lleva toda la vida desde que lo conoce, gritando sus fanfarrias sin sentido por todas partes donde pasa.

—¡Y bebe más de cuatro vinos el tío cabrón! —acaba sentenciando la mujer apretando un puño levantado al frente para mostrar todo su enfado.

—Quizá solo sea una más… Y ojalá sea así, hermana —comenta Serapio—. De todas formas, tendremos que averiguarlo.

—¡Ay, Señor! —se lamenta Josefina.

Serapio echa un trago de agua fresca vaciando todo el vaso y dice:

—Mañana lo sabremos… Iré a visitar al Trallatemprano nada más ordeñar.

Capítulo 6. Amanecer blanco

Cae la primera helada sobre los prados y sebes de las vegas del Valle Viejo, tiñendo la mañana toda de blanco. La escarcha cubre de cristal todo lo que alcanza la vista y a través de ella se divisa la silueta oscura de un hombre que camina vacilante. Lleva sobre su espalda un saco o algo similar, que parece pesado por su forma de andar. Cada pocos metros se detiene para coger aliento y continúa después con lo que parece un duro empeño. La silueta oscura desaparece al final entre la vegetación y a duras penas se puede distinguir sus movimientos dentro del bosque blanco teñido de algunas sombras.

Serapio se dirige entonces por una callejuela estrecha hacia la ventana de la casa donde sabe que está el Tralla con sus hijos. Lleva en su mano la vara de acebo sembrada de gruesos y duros nudos que desde hace muchos años deja siempre detrás de la puerta del cuarto de aperos y herramientas donde pasa las largas horas de invierno. Se aproxima por el profundo, aunque espacioso corral hacia la puerta de la casa donde el Tralla,tumbado de costado sobre el escaño, duerme la mona una mañana más tras otra noche de desvelos bañados en tragos de vino. El escaño está debajo de la ventana y no se le puede ver bien desde el exterior.

Capítulo 7. Grita Serapio

Hombre fiel de sus devociones y discreto en sus relaciones desde que tiene uso de razón, Serapio creció junto a su hermano mayor en torno al trabajo diario de la casa, el ganado y las tierras de la familia. Con el tiempo, ambos han quedado al cuidado de todo lo que sus padres habían logrado construir con una vida de esfuerzo. Cada uno a su manera, de ellos aprendieron el oficio de labradores, el único que conocen y da sentido a su vida, igual que a la mayoría de sus vecinos. Lo que también incluye el oficio de artesanos de la madera para construir sus aperos. Manejan con destreza las herramientas dedicándolas tiempo en los largos y oscuros días del invierno dentro del taller frente a la casa. Cuando el manto de nieve todo lo cubre y la vida entre las casas lleva el ritmo que ésta marca, se escucha en el corral el golpeteo del hierro sobre la madera, igual que lo hace el pico del Pito Negro entre los árboles del bosque en primavera. Así, Serapio y Honorio marcan las horas a ritmo de hacha, cepillo y azuela, y así, llegan a aislarse casi por completo del mundo que les rodea. Es Honorio el que más virutas hace desprenderse de las piezas de madera de roble, haya, castaño o fresno, que recogen de los montes del Concejo durante las salidas otoñales, y también en busca del combustible para calentar sus hogares, pero eso en otros lugares. El acarreo de la leña es un trabajo para endurecer cuerpos y manos, y no menos la tarea de elaboración de los distintos aperos en la que Honorio demuestra siempre su maestría por el esmero con que maneja las herramientas, en especial cuando llega el momento de su acabado, y la viruta se desprende cada vez más fina dejando ver la creación final que, una vez terminada, se deja en un lado del taller para continuar con otra. Ahí quedarán hasta que sean llevadas como de costumbre el próximo otoño por San Miguel a su destino.