Tormenta de primavera - Nancy Brysson Morrison - E-Book

Tormenta de primavera E-Book

Nancy Brysson Morrison

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Beschreibung

Los elementos que reúne esta novela publicada en 1933 –un padre ensimismado y severo, pastor protestante de una pequeña congregación campesina; una madre ingenua y bondadosa que vive conforme a su fe; sus tres hijas, en su camino a la vida adulta; la sirvienta de toda la vida, que atesora una sabiduría consoladora, todo ello enmarcado en la naturaleza abrupta de la exuberante Escocia– podrían darle al lector de hoy la impresión de que estamos ante una novela de corte tradicional. Sin embargo, Nancy Brysson Morrison, dibujando en toda su complejidad a sus protagonistas, las tres hermanas Lockhart, las presenta alejadas de los roles arquetípicos que se les suele atribuir a las mujeres en las novelas de la época. Ni Julia, ni Emmy, ni Lisbet, la narradora, son mujeres aletargadas, ahogadas en el desempeño de unas funciones tradicionales (la rebelde, la abnegada, la romántica). Todas poseen una interesante personalidad, se apoyan y se llevan bien entre ellas; todas le plantan cara, en la medida de sus posibilidades, a las imposiciones de un mundo que, en ocasiones, todavía es una camisa de fuerza que las aprisiona entre lo que se espera de ellas y sus propios deseos.  Tormenta de primavera es, amén de un bello y lírico recorrido por los paisajes de la Escocia rural de principios del siglo XX, un retrato valiente de lo que supone la lucha por la libertad y por el reconocimiento de un lugar propio en un mundo plagado de normas que no siempre tienen sentido.

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Seitenzahl: 263

Veröffentlichungsjahr: 2025

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LARGO RECORRIDO, 208

Nancy Brysson Morrison

TORMENTA DE PRIMAVERA

TRADUCCIÓN DE ÁNGELES DE LOS SANTOS

EDITORIAL PERIFÉRICA

PRIMERA EDICIÓN: abril de 2025

TÍTULO ORIGINAL: The Gowk Storm

 

 

 

© Nancy Brysson Morrison, 1933

© de la traducción, Ángeles de los Santos, 2025

© de esta edición, Editorial Periférica, 2025. Cáceres

[email protected]

www.editorialperiferica.com

 

ISBN:978-84-10171-46-6

 

La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.

PRÓLOGO

Recuerdo los árboles del jardín de nuestra casa. La casa parroquial estaba construida en un lugar muy resguardado, para llegar a ella desde la carretera había que cruzar un bosque, donde quedaba protegida de los vendavales del lago por altos árboles a los que el viento había arrancado la corteza por un costado. En el jardín, la gran arboleda dejaba poco sitio para nada más. Los matalobos amarillos eran muy resistentes, y en otoño, entre las esqueléticas hojas grises, encontrábamos flores de azafrán veteadas. Todo crecía con cierto desorden en aquel abrigado y silencioso lugar. Los árboles dedicaban toda la energía a alcanzar su elevada estatura y parecían estirarse hacia arriba en un intento de ver por encima de la cabeza despeinad­a de su vecino.

La mayor parte del mobiliario era demasiado grande para las irregulares habitaciones. Los muebles procedían de la casa de mamá y, aunque algunos estaban en buenas condiciones, todos habían conocido días mejores, de modo que la casa irradiaba un ajado esplendor. El voluminoso reloj del abuelo era un estorbo en el pequeño recibidor y en una tarde tranquila su tictac podía oírse en todas las habitaciones de la casa. Una vez, tras morir la abuela, se paró, y después de que papá lo arreglara siempre daba las horas a menos veinte. Nos acostumbramos a eso y llegó a parecernos que los relojes de los demás estaban estropeados.

Nannie también procedía de la casa de mamá, donde la había criado a ella y a sus ocho hermanos en los días en que el siglo XIX era tan joven como ellos. Nannie había mostrado una marcada predilección por los chicos, a quienes les daba los mendrugos de pan blanco, mientras que a las niñas les daba de comer pan moreno. Pese a todo, ella era una Graham y no consentía que ningún hombre se saliera con la suya. Cuando alguno de los hermanos tenía una pataleta o estaba de mal humor, le decía que le daría unos azotes, ah, sí, aunque fuera el mismísimo duque de Buccleuch.

Los había consolado en la tristeza y los había cuidado en la enfermedad, les había frotado con mante­quilla los moratones, se había ocupado de que los inquietos muchachos no se levantaran demasiado temprano, y a George y Frederick, al tío Oscar, que murió hace mucho, y a Octavius, su favorito, cuando eran lo bastante pequeños como para sentarse en su regazo, les había cantado:

He aquí un ilustre granujilla

sentado sobre mis rodillas,

cerrando la mano, sacudiendo el pie,

gritando con alegría.

 

¿Estás listo para ir de caza?

¿Y listo para correr?

¿Listo para el puñal, el escudo y la daga?

¿Para el honor o para el desdén?

 

Ay, mi ilustre golfillo,

quédate aquí conmigo:

tiempo tienes para seguir en tu afán

y hacer tu propia voluntad.

Papá, cuya parroquia era pequeña y cuyos feligreses eran pobres, no podía permitirse una niñera, así que Nannie tenía que ser doncella, cocinera y niñera al mismo tiempo. No podía mostrar favoritismo entre nosotras porque todas éramos niñas, lo cual creo que fue una gran decepción para ella. Yo no sabría decir a cuál quería más. Creo que estaba más orgullosa de Julia, y que a Emily la quería porque era la que necesitaba más cuidados, y a mí porque era la más pequeña.

Nannie era muy sabia y estricta; el pan y la mantequilla, incluso en los cumpleaños, siempre tenían que ser lo primero, y a la hora del té teníamos que dejar un poco en la mesa como signo de buenos modales. Hablaba con una voz suave y una entonación montañesa cantarina. Cuando quería decir que hacía una noche de tormenta utilizaba la palabra aciaga; cuando quería decir que alguien era muy parlanchín, decía lenguaraz. Cuando una manzana no estaba buena, decía que estaba pocha, y yo no era la más pequeña, sino los restos de la cazuela.

A sus ojos nunca crecimos. Cuando Julia volvía a casa, creo que, al verla, Nannie la confundía con el recuerdo de la niña que jugaba sola y pensativa delante de la chimenea; y cuando Emmyfue ya bastante mayor, Nannie siguió tratándola como si fuera una niña caprichosa.

Cuando decía sí, era sí, y cuando decía no, era no. A veces, si no me daba lo que quería, me echaba a llorar y le decía que a lo mejor me moriría pronto, y entonces ella se arrepentía. Únicamente los muy buenos y los muy viejos se mueren, me decía Nannie, sin inmutarse.

LIBRO PRIMERO

UNO

Una pálida luz verde se derramaba desde el cielo invernal, como si la tierra estuviese iluminada por unos fortuitos rayos provenientes de otro mundo. Silenciosas, las grises ovejas comían nabos en los campos parduzcos. La nieve se había derretido en las tierras bajas, dejando tristes manchas oscuras, y sólo quedaban vetas en las laderas, que parecían esqueletos de enormes animales prehistóricos. La silueta ondulada de las montañas se recortaba en el horizonte, y el detalle de sus arroyos, peñascos y quebradas se perdía en la inmensidad de su masa umbría. Era como si, en aquellos apacibles minutos que transcurrían entre el amanecer y la plena luz del día, el mundo recuperase los contornos y las materias que lo componían antes de que el hombre pisara su tierra y aspirara su aire.

Aún no era la hora del desayuno cuando entré en la casa. Me senté en el alféizar interior de la ventana del salón dispuesta a esperar, mirando hacia el musgoso muro del jardín y releyendo en silencio «La tumba inquieta» de mi Libro de baladas. La casa que había dejado tan silenciosa cuando salí a dar un paseo a solas ya estaba despertando. Oí a Julia hablar en voz alta en la habitación de arriba, diciéndole a Emmy que tenía que levantarse, y los estruendosos pasos de Nannie por la cocina para retirar del fogón la tetera hirviendo.

Mamá fue la primera que se reunió conmigo en el salón. Era una mujer corpulenta y caminaba despacio. A diferencia de papá, era ingenua en su fe; la esperanza encendía su exuberante corazón y el entusiasmo caldeaba su vida, y esto la mantenía siempre joven. Su fe en la oración era ilimitada y nunca le había fallado; su confianza había llegado a tal extremo que no concebía que pudiera ocurrir ni siquiera el hecho más probable, a menos que ella lo hubiera deseado.

Seguía siendo una mujer atractiva, aunque ya no prestaba ninguna atención a su aspecto. Al echar la vista atrás, me doy cuenta, cuando pienso en su despreocupada educación y su alegre juventud, de lo monótonos que debieron de antojársele los días en la casa de Barnfingal, aunque ella los aceptaba sin preguntas ni quejas y siempre se consideró feliz. Pero cuando cosía junto a la chimenea del salón o cuando estaba sentada a la mesa tapando los tarros de mermelada de Nannie (ahora se sentaba para hacer la mayoría de las cosas), los recuerdos debían de revolotear en su mente como inquietas polillas atraídas por la llama de una vela, hasta hacerle sentir que la vida ya no le ofrecía más que aniversarios.

–Menos mal que ha amainado el viento –comentó, levantando el cubretetera para ver si Nannie había llevado el té–, no me gusta oírlo, es como alguien que no para de discutir contigo.

Nannie entró con el desayuno, estirando sus largos brazos por encima de la mesa. Hablaba más alto de lo necesario a consecuencia del viento constante. En la puerta se hizo a un lado, con su delantal rígido y su bata descolorida de tantos lavados, para dejar pasar a papá.

En el discurso de papá no había divagaciones como en el de mamá. Él decía lo que tuviera que decir de la manera más breve posible, después se encerraba en sí mismo y se abismaba en sus pensamientos. Su obsesión era tal que sólo reconocía a las personas si las veía en sus lugares habituales. Pasaba la mayor parte del día a solas en su estudio, con sus papeles, diccionarios y la Concordancia de Cruden, escribiendo o recopilando temas para su sermón del domingo.

Julia se reunió con nosotros, pero Emmy se retrasaba, y yo aguardé con temor mientras la oía correr de un lado a otro en la habitación de arriba y abrir y cerrar cajones con gran estrépito. Llegó cuando estábamos a mitad del desayuno, y la vi mirar a papá de soslayo, intentando calcular el efecto que su tardanza iba a producir en él.

–Si esto vuelve a ocurrir –dijo, mirándola fijamente–, te quedarás sin desayuno.

–No me importaría perderme el desayuno si pudiera quedarme más tiempo en la cama –murmuró Emmy, con un disimulado desafío que yo temía pudiese estallar en una abierta insurrección en cualquier momento.

–No debes quedarte sin desayunar –dijo mamá, entrando en la discusión con dificultad–, estás en una edad en la que necesitas todo el alimento posible.

–No volverás a llegar tarde –declaró papá con frialdad–, por lo tanto, no habrá necesidad de que te quedes sin desayuno.

Si bien en cualquier otro momento sólo el tono de su voz habría sido suficiente para acallar a Emmy, aquella mañana estaba dispuesta a presentarle batalla a cual­quiera, incluso a papá. Se tocó el cuello del vestido, volvió la cara hacia él y abrió la boca para decir algo.

–Es un texto precioso, papá –dijo Julia con suavidad, refiriéndose a la conversación que la llegada de Emmy había interrumpido–, uno de los más bellos… Creo que incluso yo podría escribir un sermón sobre él.

Papá siempre era el primero en abandonar el comedor después del desayuno. Aquella mañana la puerta apenas se había cerrado tras él cuando Emmy preguntó:

–¿Por qué no puedo llegar tarde si quiero? Es mi desayuno el que se enfría y el de nadie más.

–Porque entonces se quedan los platos en la mesa y tiene que venir Nannie a recogerlos –dijo mamá.

–Es que tardo mucho en arreglarme el pelo –suspiró Emmy–, y no es que tenga tantos rizos, pero esta mañana tenía unos enredos que parecían arañas. ¿De qué texto estabais hablando, Julia?

–«Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida»1 –citó Julia con su voz profunda y suave.

–Sí –respondió Emmy después de un silencio–, ese pasaje me gusta. ¿Qué crees tú que es la corona de la vida?

–La inmortalidad, por supuesto –dijo mamá, preo­cupada por que se pudiera desprender de ahí algún significado poco ortodoxo–, se nombra la vida con toda claridad.

–Dice la corona de la vida –insistió Emmy, yendo hacia el piano–, pero ¿quién puede decir que eso significa la vida? De todas formas, ¿qué importa la corona mientras seas fiel hasta la muerte?

Empezó a tocar. Emmy era la única que utilizaba el piano, y éste estaba vinculado de forma tan íntima a ella que yo tenía la sensación de que, si alguien más tocara sus amarillentas teclas, sin importar dónde estuviese ella, el piano empezaría a vibrar y sus dedos temblarían sintiéndolas una vez más.

Por la tarde, papá, subido en una silla de la cocina, colgó la reproducción de La mayoría de edad en la antigüedad,2que se había caído de la pared de la escalera la semana anterior, lo que hizo que Nannie creyera que había llegado el fin del mundo. Todas estábamos a su alrededor, mirándolo, pues cuando papá hacía cualquier arreglo de la casa le gustaba que hubiera gente ayudándolo con las herramientas. Enderezaba el cuadro en dirección a Julia cuando llamaron a la puerta.

–¿Quién será? –nos preguntó papá absurdamente.

Nannie abrió la puerta y se encontró con el barquero, un hombre muy menudo, allí fuera. Había estado en Dormay y nos traía dos cartas que había visto en la oficina de correos. Le entregó una a Julia y otra a Emmy, y se habría quedado esperando inquisitivamente en el escalón, como si estuviera ansioso por conocer su contenido, si Nannie no hubiera cerrado la puerta con determinación.

–Qué sobrecitos más lindos… ¿De quién pueden ser? –pre­guntó Julia sorprendida, dándole la vuelta al suyo.

–Son de Christine –dijo Emmy–, escribe las tes como si se levantaran el sombrero. Ay, Julia, son invitaciones para un baile. Siempre soñé con algo así. ¿No es una maravilla? «… desea la presencia de la señorita Emily Lockhart…», qué bien suena. ¿Qué vamos a ponernos?

DOS

Emily estuvo a punto de caerse mientras se apoyaba en un solo pie para quitarse las medias de seda. El otro pie lo tenía sobre la cama, con todos los dedos envueltos, como momias, cada uno con un vendaje distinto.

–Fíjate, cada zapato me hace daño en un sitio diferente –explicó–. Tú tienes más suerte, Julia, porque los zapatos se adaptan a tus pies, pero yo adapto mis pies a los zapatos.

El dormitorio era un fascinante caos de enaguas, vestidos, chales y medias tirados sobre las camas y las sillas. Un baile era un acontecimiento único en nuestras vidas, y, como yo quería verlas vestirse, las observaba arrebujada en las mantas para no estorbar.

Julia, por ser la mayor, tenía derecho a usar el espejo la primera. Estaba sentada ante el tocador dándose los últimos toques en el pelo, un lado de su rostro iluminado por la luz de la vela, el otro en profunda sombra. Tenía puesto un vestido largo de seda marrón de mamá, al que le había dado la vuelta, y que ahora le sentaba mejor a Julia, dijo mamá, de lo que nunca le había sentado a ella cuando era nuevo. Julia era habilidosa con las manos, pero quizá mis ojos inexpertos le otorgaban a su vestido una riqueza y elegancia que en realidad no poseía. Sí creo, sin embargo, que Julia habría destacado en cualquier grupo llevara lo que llevara. Era tan alta, demasiado quizá para una mujer, que tenía que agachar la cabeza para no rozar el techo inclinado del dormitorio. Tenía un porte soberbio y la amplia separación entre las cejas y los ojos le confería una expresión de nobleza, aunque su rostro en cualquier otra mujer podría haber resultado poco agraciado. Era su temperamento lo que le otorgaba una resuelta vivacidad. Se le oscurecía y se le iluminaba según sus pensamientos, hablaba con sus gestos tanto como con la voz, y daba gusto observar cómo hacía sombra a todas las caras bonitas de su alrededor.

Una rama del abeto empapado que había fuera golpeó de repente la oscura ventana y la llenó de gotas de lluvia. Julia levantó la vista.

–Hay que cortar esa rama –comentó–, o cualquier día va a romper el cristal. Además, parece un fantasma.

–No hablemos de fantasmas –dijo Emily–, o tendré pesadillas esta noche. No me daría miedo un fantasma de tiempo atrás, pero te aseguro que un fantasma del futuro sí me daría miedo.

–Es extraño pensar que alguna vez dirán de nosotras que vivimos tiempo atrás –dijo Julia pensativa.

–Sí, sí que será extraño; menos mal que no viviré para entonces –dijo Emmy por último. Iba correteando por la habitación con las medias y descalza, posponiendo todo lo posible el momento de meter los pies encogidos en los zapatos–. ¿Sabes qué?, si papá tuviera dinero y yo me prometiera, creo que no me gustaría que me organizara un baile. Es como gritar tu triunfo a los cuatro vientos. Por supuesto, me alegro mucho de que Christine celebre el suyo. ¿Tú crees que alguien se habrá emocionado tanto como nosotras? Casi me ponía enferma de pensar que pudiera surgir algún contratiempo que me impidiera ir. ¿Sabes quién creo que se ha encargado de que nos invitaran?

–¿Nicholas o Martin?

–No, ese padre suyo tan amable.

–Sí, a lo mejor. ¿Qué crees que se pondrá Christine?

–Algo que me eclipsará por completo. Estoy segura de que ha sido el padre quien pensó en enviarnos el coche. A Christine nunca se le pasaría por la cabeza que nosotras no tenemos coche. Ella pensará que una nace con coche igual que nace con brazos o cabello. Espero no despeinarme antes de llegar a la carretera. ¿Crees que alguna vez estaré lista a tiempo? ¿Dónde está mi peine? Se me ha perdido el peine. ¿Alguien lo ha visto?

–Está ahí, tontita –dijo Julia, poniéndose los guantes blancos.

–¿Dónde?

–Delante de ti.

Emmy alargó ambas manos para buscarlo.

–¡Emmy! –dijo Julia con severidad–, ¿se puede saber qué te pasa en los ojos? Deja que te vea. Vaya, podrías nadar en ellos. ¿Qué has estado haciendo?

–Ssh –rogó Emmy–, prométeme que no dirás nada. Me puse un poquito de la belladona que tiene papá para sus cataplasmas, sólo un poquito. Sé que hice mal y éste es mi castigo, porque ahora no podré distinguir a mis pretendientes.

Sólo veía una borrosa imagen de sí misma en el espejo, como si estuviese mirando su reflejo en aguas agitadas, le confió a Julia, que estuvo riñéndola todo el tiempo mientras la ayudaba a terminar de vestirse.

–Ha venido un hombre a decir que ya está aquí el coche, tesoros –dijo mamá desde abajo. Nos llamaba «tesoro» a cada una de nosotras sin distinción, aunque, estoy segura, ninguna de las tres merecía tal alabanza.

Nannie me subió leche caliente cuando ellas se marcharon y, mientras me la tomaba, se quedó para ordenar la habitación. La agitación no le gustaba, estaba silenciosa y contestaba a mis preguntas sólo con monosílabos. Al marcharse, apagó la vela de un soplo; las sombras temblaron, después se encogieron y la oscuridad las borró.

Seguí acostada escuchando los zarpazos del viento y las cantarinas criaturas de la noche. El abeto volvió a tocar la ventana, esta vez sólo rozándola, como unos deditos que llamaran. Me quedé dormida con la esperanza de que Julia olvidara la idea de cortar la rama.

Me despertó el crujido de los pasos de mis hermanas sobre las tablas sueltas de la escalera. Sólo habían estado fuera unas horas, mas me parecía haber dormido una eternidad. Estaba demasiado cansada para sentarme en la cama y preguntarles cómo lo habían pasado, y me quedé tendida vagando a la deriva entre la vigilia y el sopor. En un momento sus voces resultaban estridentes y al siguiente lejanas como en un sueño.

–Julia, tienes que haberte dado cuenta. Ese hombre te prestó más atención a ti que a nadie. Es encantador y distinguido, mucho más atractivo que cualquiera de sus hijos. ¿Crees que será muy mayor?

–Tendrá cuarenta y pico, como diría Nannie; sí, debe de andar cerca de los cincuenta. Dijo que eres tan bonita, Emmy, ¡que te llevaría en el ojal como una flor!

–¡Julia! Debe de ir en serio, o no se tomaría la molestia de hacerle cumplidos a tu hermana.

–¿Sí?

–¿Cómo es el prometido de Christine? Veía todas las caras borrosas.

–Es guapo, con un aire juvenil y saludable; muy rubio, y va con la cabeza echada hacia atrás como si estuviera siempre subiendo una colina.

–No es posible que notara lo de mis ojos, ¿verdad?

–Es muy difícil. ¿Por qué?

–Tenía la sensación de que me miraba mucho, incluso cuando yo no estaba atenta, pero a lo mejor es sólo mi imaginación. De todas formas, da lo mismo.

Hubo silencio durante un rato, y yo estaba a punto de deslizarme hacia la inconsciencia cuando la voz horrorizada de Julia tiró de mí.

–¡Emmy! No puedes dejar tu ropa así.

–Ah, sí que puedo y lo voy a hacer–oí replicar a mi hermana, y las sábanas dieron un tirón cuando se metió conmigo en la cama.

TRES

Papá y mamá habían ido a hacer su visita anual al doctor Malcolm, que vivía al otro lado del lago, y nosotras estábamos sentadas en la cocina con Nannie, como habíamos hecho desde niñas en las raras ocasiones en que nuestros padres salían de casa.

Las llamas inquietas de la chimenea iluminaban la estancia, proyectando grotescas sombras en las paredes y en las vigas del techo, exagerando la nariz aguileña de Nannie y las puntas de su cofia. Tenía el ceño tan fruncido que parecía rajado, pero en el resto de la cara no tenía arrugas. Sentada junto al fuego, con un ovillo de lana atravesado por agujas de tejer sobre el regazo, parecía que en cualquier momento podría desa­parecer por la chimenea en una nubecilla de humo, dejando tras de sí nada más que un par de botas arrugadas con los cordones desatados.

–¿Tú crees –dijo Emmy– que el reloj se molesta en dar la hora cuando todo el mundo duerme? –Tenía dolor de muelas y la cabeza recostada en el brazo–. ¿Dónde crees que va el dolor cuando se te quita? Me gustaría no estar hecha de nada y así no me dolería nada. Me gustaría… me gustaría… ¡ay, tantas cosas!

–Pensar en el futuro es del todo inútil –comentó Nannie–. Ni el diablo sabe lo rápido que pasa el tiempo.

–¿Cuál es tu primer recuerdo, Nannie? –preguntó Julia, pensativa.

–La caracola que había en el alféizar de la ventana y mi hermano comiéndose una torta de avena sin darme ni un poco.

–Lo primero que recuerdo yo –dijo Julia– es a papá ensayando su sermón con entusiasmo delante de mamá.

–Sí, me acuerdo de eso –dijo Nannie con nostalgia–, y tú pendiente de su voz, con la cuchara en la mesa, hasta que tuvo que regañarte.

–Lo primero que yo recuerdo –intervino Emmy– es que despertaba a mamá cuando se quedaba dormida, para que siguiera cantándome y así dormirme.

–Una de las primeras cosas que recuerdo –dije yo– es la franja de luz, como una ele bocabajo, que se veía en la pared de nuestra habitación por la noche, que se ensanchaba cuando la puerta se abría más.

No quise hablar, por alguna razón desconocida, de mis recuerdos anteriores, cuando, acostada en la cama por la mañana temprano, buscaba formas en las vetas de la repisa de madera de la chimenea. Me quedaba tan quieta que podría haber estado dormida o muerta mientras me decía a mí misma, una y otra vez: «¿Yo qué soy? ¿Yo qué soy? ¿Yo qué soy?». Y siempre, cuando estaba a punto de descubrirlo, cuando había llegado a ese instante en el que el puro conocimiento está al alcance de la mano, me llevaba a mí misma, justo a tiempo, con un rápido tirón, de regreso a la cama.

–¿No os da pena pensar –dijo Julia después de una pausa– que toda persona, por mala que sea, recuerda un momento, al principio de todo, en que no sabía lo que era el mal?

–Yo tengo demasiados años encima como para desperdiciar mi tristeza con las malas personas –le dijo Nannie con su habitual contundencia–; en este mundo cada cual tiene su oportunidad y es culpa suya si no la aprovecha. Aunque puede que la haya aprovechado y los demás no nos hayamos enterado. Lo que importa no es si sales adelante, sino el esfuerzo que haces.

–Pero las personas cambian, ¿verdad, Nannie? –pre­guntó Julia.

–Si puedes cambiar para lo malo, puedes cambiar para lo bueno.

–Yo no estaba pensando en un cambio así –dijo Julia–. Pero mira papá, por ejemplo; me acuerdo de cuando estaba todo el día más contento que unas pascuas. Parece que la vida te cambia más de lo que uno mismo o los demás puedan esperar.

–Eso es porque te acostumbras demasiado a algo y te lo acabas tomando como una obligación. Tendrías que vivir como si hoy fuera quizá tu último día, y entonces no te sentirías atado a este mundo por cosas que se vuelven más importantes para ti que la propia vida.

El tronco que había en el hogar se resbaló y una lluvia de chispas salió despedida por la chimenea tiznada de hollín.

–Veo soldados en el fuego –dijo Julia, soñadora, con los ojos medio cerrados–, toda una columna, y ahora acaban de disparar sus mosquetes.

–El futuro esposo de Christine es soldado –apuntó Emmy, sentada encima de la mesa y apoyando la mejilla en el cristal de la ventana–. ¿Te gustaría estar casada con un soldado? Yo creo que a mí sí, y compartir con él, aunque fuera de lejos, el peligro. La verdad, tenía que ser emocionante vivir en otros tiempos y verlos marchar a la guerra al son impetuoso de las gaitas.

–Encima de la mesa sólo se sientan las solteronas –comentó Nannie.

–Es que con el calor me duele más la muela –se lamentó Emmy, bajándose de la mesa–, y parece que con el frío se me alivia.

–¡Pobre Emmy! –dijo Julia compadeciéndose.

–No sé si me importaría ser una solterona –reflexionó Emmy–. Acordaos de la pobre anciana Tibby MacNaughtonsusurrándole a mamá, que la había llamado señora MacNaughton: «Soy sólo señorita, pero ya lo voy superando».

–Hay cosas peores que ser una solterona –dijo Nannie, calentando al fuego una toquilla para ponérsela a Emmy en el rostro dolorido–. El matrimonio nunca ha curado el mal carácter ni el egoísmo. Mi abuela decía, hace mucho tiempo: «Nunca te cases por plata o cargarás con un corazón que pesa como el oro, y ten en cuenta siempre que los maridos jóvenes son los más pobres».

–Christine una vez se echó a llorar porque tenía cuatro huesos de cereza en el plato –dijo Emmy–; haría falta algo más que eso para hacerme llorar a mí.

Se acercó de nuevo a nosotras, al resplandor del fuego que nos mantenía juntas, y Nannie le envolvió la cara con la toquilla.

La tetera que estaba en el fogón empezó a silbar. Yo me senté en el taburete, adormilada y contenta. Fuera, la primera oscuridad se había llevado el jardín y los vientos redoblaban por la cañada como los Campbell en su marcha.3 Pero dentro había un fuego que bailaba y una tetera que silbaba, y una luz que resplandecía en la ventana, como una señal brillando entre los árboles para algún bendito forastero que se acercara.

CUATRO

Cuando venían visitas a casa, las tres hablábamos de ellas con todo detalle, sentadas junto al fuego por la tarde. Veíamos a tan pocas personas que tendíamos a magnificar los defectos o virtudes de quienes nos visitaban, disfrutando en exceso de su compañía o exagerando sus debilidades. Había poco que escapara al astuto análisis de Emily o que pasara por alto la mirada de Julia, mientras yo escuchaba las eclesiásticas opiniones del señor Urquhart, el amigo sacerdote de papá, con un embeleso que ahora comprendo era bastante injustificado.

Una tarde, varias semanas después del baile, dos personas, a las que yo no conocía de nada, nos hicieron una visita inesperada. Eran Christine Strathern y su padre, que venían a invitar a mis hermanas a tomar el té con ellos esa misma tarde. Mamá estaba en la cama con un fuerte resfriado y papá estaba oficiando un funeral, así que mientras Julia y Emmy se vestían para salir, yo me senté sola con ellos en el salón. No se me ocurría nada que decirles, pero, mientras el tictac del reloj afirmaba el silencio, me fijé en todo lo que había de notable en el padre y en la hija.

El gesto amable le daba a él un aspecto bondadoso. Me di cuenta de que sus pensamientos estaban en otra parte, pues no parecía reparar en que yo estaba allí sentada; sin embargo, un par de veces arrugó el ceño y miró a su alrededor, y en algún momento pareció estar escuchando. Ella era menuda y rubia, y su carita asomaba por debajo del sombrero. Sus facciones eran tan indeterminadas que no me causaban ninguna impresión; eran como las de una muñeca de cera que se hubiera derretido ligeramente al fuego. Sin embargo, tenía un aspecto muy agradable con su abrigo marrón con esclavinas ribeteadas de piel. Por primera vez fui consciente de que el vestido de Julia me quedaba demasiado grande y de que los botones de mis zapatos no eran todos iguales. Sentí que, por alguna razón inexplicable, empezaba a ruborizarme.

De buenas a primeras, el hombre se echó hacia atrás hasta que la silla crujió y me sonrió como si fuera la primera vez que me veía. Luego se levantó y se quedó de pie mirando por la ventana.

–Estáis muy cerca del lago –comentó–. Pero nunca se os inunda el jardín, ¿verdad?

Me puse a su lado con entusiasmo por responder.

–Una vez sí –dije–, cuando yo era muy pequeña, hace muchísimo tiempo.

Vi que sonreía y no entendí por qué.

–Y tú –preguntó, asaltado por un pensamiento que hasta entonces no había formulado–, ¿has estado estudiando fuera o has vivido siempre aquí?

–Papá enseñó a Julia –respondí–, y Julia nos enseñó a Emmy y a mí.

–Te pareces mucho a Julia –dijo, mirándome con detenimiento.

–Dicen que Julia y yo nos parecemos a papá –le informé–, y que Emmy se parece a mamá de joven.

Se inclinó en señal de asentimiento. En ese momento entró Julia y la situación volvió a ser cómoda. Christine se levantó y fue hacia ella revoloteando como un pajarito.

–Qué escondida estás aquí, Juley, casi pasamos de largo.

–Hemos tenido que venir por el bosque para encontrar la casa, señorita Julia –dijo el padre de Christine, y la forma en que la miró hizo que el corazón me diera un vuelco.

Cuando Emily bajó las escaleras se prepararon para marcharse. Yo me sentí abrumada, porque no sabía si debía darle la mano primero a Christine o a su padre; entonces, como él me caía mucho mejor, fui hacia él.

–Pero ¿cómo? –preguntó–. Tú también vienes con nosotros, desde luego. Hasta esta tarde yo no sabía que había otra hermana. Ya no te escondas más, ¿de acuerdo? Y si vuelven a dejarte en casa, yo mismo vendré a buscarte.

Subimos todos juntos por el sendero que atravesaba el bosque hasta la verja, donde las hierbas que crecían al pie del terraplén y los musgos que se aferraban a sus ásperas rocas tenían el verde vívido, intenso, de las plantas que habitan en lugares sombríos. El arroyo, profundo como un río, caía, a lo lejos, al fondo del barranco, resonando como un trueno eterno. El sol atravesaba los árboles con fuerza, y las sombras de los troncos pintaban franjas en el suelo.

Era una sensación muy agradable ir en el coche y recorrer todos los sitios que frecuentábamos en nuestros paseos diarios y que ahora resultaban tan poco familiares. Lugares bien conocidos pasaban desapercibidos y los atravesábamos con tanta rapidez que daba la sensación de que el camino era como una cinta métrica encogida.