Tórridas noches de verano - Leslie Kelly - E-Book

Tórridas noches de verano E-Book

Leslie Kelly

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Beschreibung

eLit 397 Mimi Burdette tenía muy claro su objetivo en la vida: convertirse en la directora general de la empresa de su familia y salir con el hombre de confianza de su padre. El único inconveniente era que no ardía la menor pasión entre ellos. Peor aún, Mimi empezaba a albergar peligrosas fantasías con su nuevo y sexy vecino, el bombero Xander McKinley. Tal vez fuese el extraño té que le proporcionaba su casero lo que provocaba sus sueños eróticos. O quizá las galletitas de la suerte. O el irresistible atractivo de Xander. Pero, ya se tratara de la magia de una noche de verano o de simple y puro deseo carnal, Mimi estaba dispuesta a infringir todas las reglas… empezando por las suyas. Eternamente juntos Julie Elizabeth Leto Después de tantos años tomando las decisiones equivocadas, Danielle Stone por fin tenía su vida bajo control. Y qué mejor manera de empezar que elegir un amante... especialmente si ese amante tenía el aspecto del guapísimo Nick Vaux. Alto, misterioso y muy, muy sexy; además Nick tenía el poder de entrar en el alma de Danielle. La conexión entre ellos era tan fuerte, que ella habría asegurado que habían sido amantes en otro tiempo. Y así era...

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

 

© 2012 Leslie Kelly

© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Tórridas noches de verano, n.º 57 - noviembre 2023

Título original: Blazing midsummer nights

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

 

I.S.B.N.: 9788411805636

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

1

 

 

 

 

 

Alguien dijo una vez que el río del amor jamás fluía tranquilo. Pero al ver a sus dos buenos amigos abrazados en un baile romántico, Mimi Burdette no pudo estar más en desacuerdo. Desde el momento en que se conocieron, todo el mundo había podido ver que era amor verdadero lo que unía a la joven pareja.

—Se parecen a un príncipe y su princesa —comentó Anna, su vecina, amiga, casera y anfitriona de aquella noche—. O mejor dicho, al rey y la reina de un cuento de hadas…

Muy apropiado para el entorno, pensó Mimi. El bosque que rodeaba el jardín trasero de la vieja hacienda a las fueras de Athens, Georgia, se había convertido en un escenario de leyenda. Al caer la noche y aparecer miles de lucecitas en el cielo, todos los asistentes a la fiesta de compromiso se habían detenido para apreciar la belleza que los rodeaba.

Un trío de músicos interpretaba una suave melodía lírica que flotaba en la cálida brisa estival. El musgo de los robles relucía como un manto de plata bajo el rocío de la tarde y la pálida luz de las luciérnagas. Magnolias del tamaño de un plato salpicaban los árboles como un millar de lunas que impregnaban el aire con su embriagadora esencia. Los farolillos colgaban de las ramas bajas de los esbeltos pinos, y en las pérgolas arqueadas se mezclaban el oloroso jazmín con los racimos maduros de las parras.

Tal vez las uvas y la vid fueran de plástico, pero el efecto era espectacular.

—Te has superado —le dijo a Anna, que, ataviada con la misma ropa colorida y vaporosa que siempre, observaba sonriente el desarrollo de la fiesta.

—Preparar el escenario para esta obra tan romántica es fácil cuando los actores están hechos el uno para el otro, como Duke y Lyssa —se rio—. Aunque tampoco está de más contar con el vestuario y el atrezo con que la compañía teatral del centro preparó El sueño de una noche de verano.

Con sus coloridas y vaporosas ropas de siempre y su pelo largo y gris, suelto y entrelazado con florecillas, Anna se parecía más a una hippie que a una jubilada. Quizá no fuera tan sorprendente que pudiera transformar un simple jardín de Georgia en el escenario de una fantasía shakesperiana.

—Solo han hecho falta unas cuantas luces y un poco de tela… Todo muy fácil.

—Para ti, tal vez, pero para mí esto es pura magia.

La novia y el novio se merecían una boda de ensueño. Eran dos personas maravillosas y Mimi echaría de menos tenerlos como vecinos. Ya se habían mudado a su nueva casa, pero hasta una semana antes habían sido inquilinos, al igual que Mimi, en aquella vieja y enorme mansión.

Anna y su marido, Ralph, apodado Obi Wan por ser un fanático de La guerra de las galaxias así como por su omnisciente sabiduría, habían comprado la casa muchos años atrás y allí habían criado a su familia. Cuando los hijos se marcharon, dividieron la mansión de tres plantas en seis pequeños apartamentos con la intención de vivir cómodamente de las rentas. Pero con el apartamento que habían dejado los novios vacante, al igual que otro en la segunda planta, se respiraba una desagradable sensación de vacío. Además, el inconstante matrimonio de Anna y Obi Wan volvía a estar en crisis. Obi Wan era tremendamente celoso y siempre acusaba a otros hombres de ir tras su mujer. Su última acusación había enfurecido tanto a Anna que esta se había instalado en uno de los apartamentos vacíos para darle una lección.

En la situación económica actual no se podían permitir tener tres apartamentos con los que no obtuvieran ingresos, y Mimi se preguntaba de dónde habría sacado Anna el dinero para organizar aquella fiesta. Se había ofrecido a ayudarla económicamente, pero el orgullo de Anna le impedía aceptar. Lo más que aceptó fue aprovechar el generoso descuento con que contaba Mimi para comprar comida.

A veces ser la hija del dueño de una cadena de supermercados tenía sus ventajas, además de ser la responsable de marketing y tener el futuro asegurado en la empresa de su familia.

Algunas personas se preguntaban por qué vivía de alquiler en un pequeño y viejo apartamento cuando podía permitirse tener su casa o vivir a costa de sus padres. Pero a Mimi le encantaba aquel lugar, la historia que allí se respiraba y, sobre todo, la libertad que le brindaba para ser ella misma, sin tener que plegarse a las formalidades de los de su clase.

—¡Ah, se me olvidaba! —exclamó Anna, haciendo chasquear los dedos—. Vas a tener nuevos vecinos. Mi hija, Helen, y su hijo pequeño vienen de Atlanta el próximo fin de semana y se quedarán en el apartamento del segundo piso. Y hoy he alquilado el que está frente al tuyo.

—¿En serio? ¡Es estupendo!

—Invité al nuevo inquilino a la fiesta, pero no quería molestar… Se ha instalado esta tarde.

—Debes de estar muy contenta —dijo Mimi, aliviada al saber que sus caseros se habían librado de una pesada carga financiera. No creía que fueran a recibir un alquiler de su hija, quien seguía recuperándose de un feo divorcio.

—Y por cierto, está como un queso —comentó Anna, meneando las cejas.

—Hay cosas más importantes que el físico.

Mucho más importantes. Mimi había salido con más de un tío bueno y le habían quedado sus buenas cicatrices psicológicas para demostrarlo. El último novio supersexy que tuvo acabó tomando «prestada» su tarjeta de crédito para comprar dos motocicletas idénticas.

Y lo peor no fue eso, sino que una de las motocicletas no era para ella…

Por nada del mundo volvería a fijarse en el aspecto. Desde aquel último fracaso solo se interesaba por la personalidad, la inteligencia y la seguridad de un hombre en sí mismo. Si todo eso venía acompañado de un cuerpazo, perfecto, pero el mero atractivo físico ya no podía cautivarla.

Por suerte, era posible tenerlo todo en uno. Solo tenía que mirar a su rubio acompañante para corroborarlo.

Dimitri era perfecto. Todo lo que se había dicho a sí misma que necesitaba, y todo lo contrario a los hombres que la habían engañado, traicionado y decepcionado. Además lo había escogido su padre, extremadamente difícil de complacer. En otras circunstancias a Mimi no le habría gustado nada que le dijeran con quién debía salir, pero teniendo en cuenta sus anteriores fracasos y la imperiosa necesidad de llevarse bien con su padre, a quien aspiraba suceder al frente de la empresa cuando él se jubilara, la jugada se podía calificar de inteligente.

La guinda del pastel era el atractivo físico de Dimitri.

«Pero no basta con el atractivo físico. Disfrutar con alguien no es lo mismo que arder de pasión».

Mimi suspiró profundamente, intentando acallar esa vocecita interior aun sabiendo que era verdad lo que decía.

El atractivo era suficiente, y punto. Quería estar con un hombre atractivo y apuesto que le sujetara la puerta, que fuese impecablemente afeitado y bien vestido, que rezumara cortesía y personalidad y que despertase la envidia de los hombres y las fantasías de las mujeres. Y que el beso de buenas noches con lengua fuese lo suficiente apasionado para provocar pero no lo bastante para molestar.

Todo eso era Dimitri.

Pero nada más.

Por atractivo que fuese, no era sexy.

Un hombre sexy era duro, curtido, rudo incluso, impredecible. Olía a sudor y virilidad, no a carísima colonia. Sus músculos estaban bien trabajados y hacían que una mujer se sintiera exquisitamente femenina. Un hombre sexy tenía una vena peligrosa y no siempre era cortés ni trataba a su amante como un objeto delicado. Tenía una voz grave y profunda, unos ojos penetrantes y un mentón sin afeitar con el que cualquier mujer desearía que le frotase los muslos. Un hombre sexy sabía cómo cautivar a una mujer… en cuerpo y alma.

Se abanicó con la mano. No le quedaba más remedio que aceptar la verdad. Estaba con un hombre atractivo, pero hacía mucho que no conocía a uno realmente sexy.

Y así debía ser, porque los hombres sexys solo acarreaban problemas.

Se sacudió las turbadoras imágenes que le poblaban la cabeza. Ya estaba bien de fantasías. Su apuesto acompañante le llevaba una copa de vino y atraía las miradas de todas las mujeres presentes en la fiesta.

Era suyo, si ella lo deseaba. Y ella lo deseaba, maldita sea. Habría que estar loca para no desearlo.

Pero la verdad era que empezaba a tener dudas. De hecho, ni siquiera había salido de ella invitarlo a la fiesta. Había sido Anna, al tropezarse con él en la tienda. Mimi no sabía por qué había aceptado, teniendo en cuenta que allí no conocía a nadie aparte de ella. Al aceptar dio por hecho que sería el acompañante de Mimi, un privilegio por el que cualquier otra mujer hubiese matado.

—Muy bien, señorita Sabionda, si el físico no lo es todo, ¿te importaría explicarme por qué has traído a ese caballero tan apuesto?

—Porque tú lo invitaste.

—Lo hice porque habíais salido juntos unas cuantas veces.

—Ya… Mi familia asegura que es perfecto para mí. Y en verdad es muy atractivo. Pero… —bajó la voz, como si hablara consigo misma— para que algo funcione tiene que haber química.

—Siento desilusionarte, pero entre vosotros no la hay.

Mimi suspiró.

—¿Tan evidente resulta?

—Solo para una experta como yo.

Y para Mimi también. Ya había comprobado que la belleza no siempre prendía la chispa, y que salir con un hombre no era lo mismo que desear acostarse con él. Si así fuera, Dimitri y ella ya estarían comprometidos, que era lo que su padre intentaba conseguir por todos los medios.

Dimitri era la mano derecha de su padre en Burdette Quality Foods, la empresa de la familia. Era culto, galante y refinado. El hombre perfecto en todos los aspectos.

Salvo para ella.

Anna sacudió la cabeza y chasqueó con la lengua.

—Cariño, es evidente que estás pasando por una pequeña sequía sexual…

—¿Pequeña? Es como atravesar el Sáhara —admitió ella.

—¿Y qué esperas? ¿Encontrarte a Brad Pitt o a Johnny Deep en un oasis?

Dimitri podría rivalizar con los actores más guapos del mundo, pero ni siquiera cuando la besaba la hacía arder. Era una sensación agradable, pero Mimi nunca había sentido la irrefrenable necesidad de desgarrarle la camisa, empujarlo contra la pared y meterle la lengua hasta la garganta. Tampoco habían hecho más que besarse. Él no había insistido y ella no había querido que insistiera. Para salir de aquella pertinaz sequía tendría que encontrar a un verdadero macho. No se conformaría con unas pocas gotas de sexo mediocre.

—No lo sé —respondió sinceramente—. Él es todo lo que debería desear, pero…

—¿Pero no es lo que necesitas y anhelas con toda tu alma?

Mimi no necesitaba ni anhelaba a Dimitri. Ni muchísimo menos. Simplemente lo respetaba y apreciaba.

—Como ya he dicho, en la vida hay algo más.

—Recuérdatelo la próxima vez que tengas a un hombre sexy y medio desnudo a tus pies.

—Creo que saldré a pasear durante la próxima tormenta. Tengo más probabilidades de que me alcance un rayo que de que me ocurra lo que has dicho.

—¿Tormenta? —preguntó Dimitri—. No parece que vaya a llover.

Mimi aceptó la copa de vino que le ofrecía, contenta de que no hubiese oído toda la conversación.

—Gracias.

—No hay de qué. ¿Te apetece bailar cuando hayas terminado el vino?

Un baile bajo las estrellas con un apuesto caballero. Debería resultarle divino, pero tan solo le resultaba… agradablemente discreto. Como todo lo demás en su vida.

«Es mejor así que estar sola y dolida, preguntándote qué demonios te pasa para acabar siempre con el corazón destrozado».

Siempre había seguido su libidinoso instinto y siempre había acabado arrepintiéndose. Era el momento de hacerle caso a su cerebro.

—Claro, gracias —dijo. Dejó la copa y permitió que Dimitri la llevara al patio de baldosas, usado como improvisada pista de baile.

Contuvo la respiración mientras contemplaba las perfectas facciones de Dimitri, dignas de ocupar la portada de la revista GQ: fuertes pómulos, cejas ligeramente arqueadas, ojos de un verde intenso que la observaban con atención… Esperaba sentir algo, un atisbo de sensación al rozarse contra aquel cuerpo alto y esbelto. Pero nada sucedió.

«Y puede que siempre sea igual. Tendría que repetirme que es guapo y elegante para ver si siento algo».

Lo apreciaba y respetaba, y estaba convencida de que jamás le haría daño. Y al no estar loca por él no sufriría demasiado si las cosas no salían como su padre pretendía.

En aquellos tiempos ninguna mujer que se preciara se casaría con un hombre solo por complacer a su padre, y ella tampoco iba a hacerlo. Pero después de que Mimi se hubiera pasado su infancia llamándolo de todo menos «papá», únicamente para fastidiarlo, quizá no fuera tan mala idea tender algunos puentes. No solo para mantener un ambiente distendido en el trabajo, sino también para ahorrarle disgustos a su madre, quien había hecho de apaciguadora desde que Mimi dio sus primeros pasos. Además… ¿tan horrible sería embarcarse en una relación con un hombre guapo, rico y encantador con el que soñaría cualquier mujer?

Era hora de abandonar sus fantasías sexuales y pasar a la siguiente fase de su vida, es decir, sentar la cabeza, casarse con un buen hombre y formar una familia. Y para ello tenía que ir pensando en acostarse con Dimitri…

La fiesta acabaría en un par de horas. Ella lo invitaría a tomarse la última copa en su apartamento. Se besarían. Ella se acercaría, le rozaría el torso con los pechos y entrelazaría las piernas con las suyas. Y no se resistiría cuando él le subiera la mano por el muslo hasta llegar a…

—¡Maldita sea! —masculló.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó él.

—Nada, nada —se apresuró a responder ella mientras le ardían las mejillas.

No le ocurría nada, salvo que no iba vestida para la seducción. Por fuera tal vez, pero bajo el ajustado vestido llevaba lo que llevaría cualquier mujer respetable para disimular cualquier imperfección de su figura: una faja reductora de la marca Spanx.

Se había enamorado de aquel vestido en cuanto lo vio, aun siendo una talla más pequeña de la que usaba normalmente. La solución se la dio la faja Spanx, pero desgraciadamente no era la prenda de lencería más apropiada para subir la temperatura. Dimitri necesitaría unas cuantas herramientas para quitársela.

Solo podía hacer una cosa: deshacerse cuanto antes de ella.

Era tarde, estaba oscuro y los invitados bebían sin mucha moderación. ¿Quién se fijaría si se ponía algo más sexy y de repente el vestido le estuviese más apretado de la cuenta?

—¿Me disculpas? Tengo que entrar un momento.

«A cambiarme la ropa interior».

—Claro —dijo él, soltándola al momento. Ni protestó ni sugirió acompañarla adentro para continuar el baile en privado.

Mimi se dirigió rápidamente hacia la casa, pero entonces oyó el susurro ahogado de una mujer.

—Santa Madre de Dios… ¿quién es ese?

El tono de sobrecogimiento y admiración le hizo mirar hacia la verja del jardín… y también ella ahogó un gemido de estupefacción.

Allí estaba Anna, y junto a ella un extraño. Un desconocido alto y moreno con unos vaqueros de tiro bajo que le quedaban realmente bien y… nada más.

Estaba desnudo de cintura para arriba, descalzo y empapado en sudor. Su piel, mojada y bronceada, relucía bajo las parpadeantes luces que iluminaban el jardín. Por la anchura de sus hombros y poderosa musculatura recordaba a un Atlas humano pasándose la mano por un pelo negro como el carbón.

Mimi no vio si era tan irresistible de cara como de cuerpo, pero sus abdominales estaban tan perfectamente marcados que deberían llevar una etiqueta de advertencia.

—¿Mimi? ¿Estás bien?

Apartó la vista del hombre y miró a Dimitri, quien la observaba con curiosidad.

—Sí, muy bien —le respondió al señor Apuesto.

Que Dios la ayudara, porque lo único que quería saber en aquellos momentos era la identidad del recién llegado.

Alias Señor Cachas.

 

 

Si quería causar una buena impresión a sus nuevos vecinos no podría haberlo hecho peor. Xander McKinley no solo aborrecía las fiestas en el jardín, sino que estaba semidesnudo, sudoroso y seguramente no despedía muy buen olor corporal después de haberse pasado toda la tarde transportando cajas a su nuevo apartamento. Su casera había sido muy amable al invitarlo, pero él no conocía a nadie y ni se le había pasado por la cabeza acudir. Aunque las costumbres de Georgia fueran muy distintas a las de Chicago, sabía que no era de buena educación presentarse en una fiesta a la que solo lo habían invitado por pura cortesía.

Por desgracia, cuando salió a por la última caja que quedaba en la camioneta, sin camisa y sin zapatos, se encontró con la desagradable sorpresa de que no había enganchado la llave nueva en su llavero.

—Lo siento mucho —le repitió a la casera, pero Anna le quitó importancia al asunto.

—Creía que los bomberos sabíais entrar en una casa sin llave…

—Desde luego, pero he pensado que sería mejor avisarte que echar la puerta abajo.

—Y que lo digas. Además, así te has visto obligado a unirte a la fiesta —dijo ella alegremente.

Xander se señaló el pecho, desnudo y sudoroso.

—No voy lo que se dice vestido para una fiesta.

—Pues no pienso dejarte entrar hasta que me prometas que volverás después de haberte lavado un poco.

—No sé si…

—Basta de charla —lo interrumpió Anna, se acercó a las sillas del cenador y agarró un bolso de gran tamaño, cubierto con signos de la paz—. No tengo aquí una llave de tu apartamento, pero sí una llave maestra de todas las puertas secretas…

—¿Puertas secretas?

—Seguramente no te hayas dado cuenta, pero todos los apartamentos tienen una. La del tuyo está en el armario de tu dormitorio, y conduce al porche cubierto —sacó un manojo de llaves y extrajo una pequeña y antigua—. Esta es. Cruza el porche y dirígete a la puerta que está en el rincón derecho —le señaló la dirección y Xander se fijó en la cincuentena de invitados que se interponían entre el porche y él.

Genial. Sencillamente genial. Iba a tener que pasar por delante de una multitud de personas a cada cual más elegante descalzo y semidesnudo.

Alargó la mano hacia la llave, pero antes de agarrarla algo, o mejor dicho, alguien le llamó la atención y le arrancó un silbido de admiración.

—¿Quién es esa? —preguntó, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.

Había muchas mujeres en la fiesta, todas ellas muy elegantes y atractivas como era normal en Georgia. Pero aquella lo hizo olvidarse de dónde estaba y qué estaba diciendo. Por unos instantes se quedó embobado, mirando cómo caminaba hacia el porche cubierto. Parecía una criatura mágica saliendo de un libro de cuentos, y Xander tuvo que parpadear unas cuantas veces para volver a la realidad.

Logró sacudirse el encantamiento, pero por mucho que parpadeara no dejaría de parecerle una mujer impresionante, envuelta en un aura mística como un hada nocturna. Era alta, con un vestido largo y reluciente del color del musgo primaveral que se ceñía provocativamente a unas curvas de infarto. El pelo le caía ondulado por la espalda en un torrente de colores terrosos: rojizos, pardos y dorados. No distinguió sus rasgos a aquella distancia y con tan poca luz, pero sí vio unos labios curvados en una sonrisa.

Poco antes había pensado que hacía mucho calor incluso para una noche de verano, pero no comprendió el verdadero significado de la palabra hasta que vio a aquella mujer en la fiesta. Solo de verla cruzando el césped sintió un golpe de calor en el pecho que lo dejó sin aliento.

—Es Mimi Burdette —dijo su casera con una sonrisa, alternando la mirada entre él y la impresionante pelirroja que desaparecía en el porche—. ¿Quieres que te la presente cuando vuelvas?

«Desde luego que sí», fue lo primero que pensó.

—¿Está sola?

—Es soltera —respondió Anna sin dudarlo—. Está enteramente disponible.

Difícil de creer, pero todo el mundo pasaba por alguna mala época de vez en cuando.

—Interesante —murmuró, más para sí mismo que para Anna.

En ningún momento había pensado en conocer a una mujer al mudarse allí. Sus prioridades eran otras. Había abandonado Chicago y se había trasladado a aquella pequeña ciudad sureña de Georgia con la intención de cumplir la promesa que les hizo a sus padres antes de que estos murieran el año anterior: empezar desde cero en otra parte y vivir su propia vida, lejos de las responsabilidades familiares que lo habían atado durante treinta años.

Aunque bien pensado… tal vez una mujer pudiese formar parte de esa nueva vida. Que no la estuviera buscando no significaba que no pudiera tropezarse con alguna. Y si encima era una como aquella…

—Mimi, ¿eh? —el nombre era demasiado inocente para una mujer tan despampanante, aunque también podría ser un apodo.

—Es fabulosa, y tiene mucho dinero —exclamó efusivamente Anna—. Su padre es el dueño de una cadena de supermercados.

Genial. Justo el tipo de mujer que no necesitaba.

No tenía nada contra los ricos, y nunca juzgaba a nadie por el saldo de su cuenta corriente, pero al trabajar como bombero en Chicago había conocido a más de una adinerada mujer deseosa de explorar su lado salvaje con alguien que desempeñara un oficio peligroso. En una ocasión participó en una subasta de solteros para una obra de beneficencia, donde la Junior League trató a todos los participantes como si fueran animales en una feria de ganado. La sexagenaria que compró una cita con él no llegó al acoso sexual, pero le faltó poco, y él se juró que nunca saldría con una mujer rica, tuviera la edad que tuviera.

—Gracias, pero no —dijo, invadido por una profunda decepción. Anna lo miró con una expresión de asombro—. Gracias por la llave —añadió rápidamente, no queriendo dar explicaciones—. Enseguida vuelvo.

—Bien, hasta ahora —carraspeó ligeramente—. Recuerda, cruza el porche hasta la puerta pequeña y antigua en el rincón izquierdo —recalcó la última palabra con especial énfasis.

¿Izquierdo? Uf… menos mal que se lo había repetido, porque la primera vez le había parecido oír el rincón derecho.

Asintió, agradecido, y se dirigió hacia el porche. Allí había al menos una docena de personas, pero ninguna pelirroja. Seguramente había vuelto a salir cuando él no estaba mirando. Aunque hubiera decidido que no quería conocer a una rica belleza sureña no podía negar que deseaba verla de cerca. Sobre todo sus ojos. ¿Serían verdes, como su vestido? ¿O tal vez ambarinos?

Lo más probable era que fuesen ojos fríos, desalmados e inyectados en sangre. Y mejor así, porque entonces ya no le parecería tan atractiva como se la había imaginado. Solo la vería como una joven rica y hastiada, no como una criatura mágica que relucía bajo la luna estival.

Les sonrió y asintió con la cabeza a las personas que lo saludaron y llegó a la puerta del rincón izquierdo. Era minúscula y estaba oculta tras un gran macetero. Introdujo la llave en la vieja cerradura y se encontró con un pasadizo pequeño y oscuro en el que había mucha más ropa de la que él recordaba haber colgado. Aunque también pudiera ser que solo se lo pareciera desde aquella perspectiva, ya que estaba entrando en el armario desde un lateral.

Se abrió camino entre la ropa y notó el suave olor que impregnaba el aire. El anterior inquilino debía de haber dejado allí un ambientador, porque su ropa no olía a la esencia floral que aspiraba en cada aliento.

Llegó a las puertas que conducían a su nuevo dormitorio y vio que una estaba ligeramente entreabierta y que la luz de la habitación estaba encendida. ¡Qué extraño! No recordaba haber puesto una bombilla en la lámpara de la mesita de noche.

Se disponía a empujar la puerta cuando oyó una voz.

—¿Sencillo y bonito, sexy y sensual o picante y atrevido?

Xander se quedó de piedra. La voz procedía de su dormitorio, y él estaba completamente seguro de no haber encendido la televisión ni la radio.

—¿Qué prefieres?

¿Qué estaba haciendo una desconocida en su habitación?, se preguntó Xander. ¿Se habrían colado un par de invitados para tener sexo?

—¿Te gusta lo que ves?

Esperó una respuesta masculina, pero no oyó nada. O bien aquella insinuante gatita estaba hablando sola o su acompañante se había quedado enmudecido mientras intentaba decidir entre bonito, sexy o atrevido.

Una opción difícil, desde luego. Xander solamente podría decantarse por la opción D, que incluyera todas las anteriores.

Aunque él también se había quedado mudo al darse cuenta del papel de voyeur que estaba interpretando en aquella escena erótica.

—Me parece que prefieres algo sencillo y bonito en vez de sexy —dijo ella con una voz menos ronca, menos maliciosa. De hecho, casi parecía… decepcionada.

Lo cual apoyaba la teoría de que se encontraba sola.

Xander se frotó la frente. Había una mujer en su habitación que hablaba consigo misma de algo sexy y sensual con una voz igualmente sexy y sensual.

Se atrevió a empujar un poco más la puerta y espió la habitación. No pudo ver mucho porque se lo impedía el cuerpo de la mujer, que se estaba mirando en el espejo de la otra puerta del armario. Sí, definitivamente estaba hablando sola. O a su imagen, más bien.

Entonces se dio cuenta de que era la pelirroja del jardín. La mujer de ensueño cuyos ojos, al fin podía verlos, eran de un color tan azul que parecían violetas. La diosa del vestido verde, con la salvedad de que ya no llevaba ningún vestido y de que estaba, maldición, casi desnuda. Los largos mechones rojizos le caían sobre los hombros desnudos y le cubrían el sujetador negro de encaje y las curvas que el sujetador ocultaba.

Mejor así, porque a Xander le habría estallado el corazón si hubiese visto lo que sospechaba que eran unos pechos perfectos. El resto de su cuerpo ya bastaba para dejarlo sin respiración. Desde el sujetador hacia abajo todo era piel blanca y tersa. Dos finas tiras de encaje verde oscuro le cruzaban las redondeadas caderas y se unían en la V que ocultaba su sexo. Unas piernas larguísimas y exquisitamente moldeadas acababan en unos zapatos negros de tacón de aguja.

—Me temo que un tanga será demasiado —dijo ella.

Xander no opinaba igual.

—Qué lástima… porque este no me quedaba mal del todo —se dio la vuelta para mirarse por detrás y Xander casi se desmayó al ver la fina tela que desaparecía entre los glúteos más redondos y perfectos que había visto en su vida.

Avergonzado por actuar como un mirón, cerró con fuerza los ojos. Por alguna razón desconocida aquella mujer había decidido entrar en su habitación para probarse la ropa interior, pero eso no le daba derecho a observarla a hurtadillas.