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La serie Triannual se desarrolla en períodos sucesivos de tres años, con un primer volumen, de 2015 al 2017. El volumen actual, Triannual II, contempla el excepcional trienio posterior, del 2018 al 2020. Los dos libros forman un ciclo temporal que intenta percibir el horizonte del futuro, con una sistemática muy elástica, como reflejo de los avatares de la vida social e individual. Publicados en 2018 y 2021, van enlazando las causas y los efectos de lo que acontece y anticipando, de modo subjetivo, su repercusión en la estabilidad del mundo ordinario, enfrentado al porvenir. Los textos se articulan en Comentarios diversos, independientes o en cascada, como un proceso diseñado para contemplar, en cierto modo, el devenir ordinario de la Historia, positiva o negativa. Ambos libros de la serie comportan continuidad en el tiempo pero, al estar centrados en períodos diferentes, en Triannual II se han ido incorporando nuevos hechos, nuevos resultados y contingencias que sitúan a este segundo libro de la serie, en ciertos momentos y situaciones, con un calado intenso, tan repentino y de tanta incidencia humana que el posicionamiento de su autora, siempre en difícil equilibrio, se desmarca, simple y llanamente, hacia la disconformidad y la protesta. Nuevos tiempos, nuevos retos, nuevos obstáculos y una supuesta nueva normalidad que, simplemente, nunca ha sido real.
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Seitenzahl: 502
Veröffentlichungsjahr: 2021
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TRIANNUAL II
Sara Téllez
© Sara Téllez
© Triannual II
Julio de 2021
ISBN papel: 978-84-685-5928-5
ISBN ePub: 978-84-685-5927-8
Editado por Bubok Publishing S.L.
Tel: 912904490
C/Vizcaya, 6
28045 Madrid
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Índice
Prólogo:Reiniciando en 2018
Primer comentario: Llegar ¿hasta dónde?
1. Sequía y vegetación
2. Buscando agua y campo
Segundo comentario:Pasado o futuro
1. Antes
2. Después
Tercer comentario:Tomorrowland
1. La robótica en el cine
Cuarto comentario:Rutinariamente disconformes
Quinto comentario:Incongruencia
1. Unión y senderos legales
2. Efemérides variadas
Sexto comentario:Nieve justiciera
1. La AP-6 y la DGT (Dirección General de Tráfico)
2. 3.500 vehículos atascados durante 18 horas
Séptimo comentario:La llegada
1. Incógnitas espaciales
2. A enormes velocidades
Octavo comentario:¿Todos contentos con la energía?
1. Tierra devastada
2. Víctimas
3. Tecnología fallida
Testimonial-1:Acuciante pasadode forastero en tierra propia
Noveno comentario:Solo en unos días…
Décimo comentario:Un día de excepción…
Décimo primer comentario:Algo pasado, mal llevado
Décimo segundo comentario:Cándidos pero espabilados
1. Obras y autores
2. Historias y paradojas
3. Los efectos
Décimo tercer comentario:Y de viajes individuales en el tiempo
1. Una crónica de fuste y postín
2. Los sueños mandan menos que la Física
3. El pasado es el pasado
Décimo cuarto comentario: Difícil de entender
Testimonial-2:La Atlántida en un charco
Décimo quinto comentario:Entorno y responsabilidad
Décimo sexto comentario:Materias muy oscuras
Décimo séptimo comentario:Tormentas en el suelo
Décimo octavo comentario:Pasajeros somos todos(Passengers)
1. Tecnología y humanidad
2. Lo finito en lo infinito
Décimo noveno comentario:Inteligencia artificial
1. La robótica
2. La sociedad
Vigésimo comentario: La Hispana,La última legión
1. Traída y llevada, pero no nombrada
2. Debatiendo interpretaciones
3. Caos idiomático ¿o marginaciones voluntarias?
Vigésimo primer comentario:Otra burbuja y vuelta a empezar
Vigésimo segundo comentario: 2020, Historia e historias, pero no cuentos
Testimonial-3 :Jornada laboral
Vigésimo tercer comentario:Cambio de tercio, desde marzo de 2020
Vigésimo cuarto comentario:El año de la gran pandemia
Vigésimo quinto comentario:Sí o sí
1. Imponer el objetivo político, y «pasar» en todo lo demás
2. Improvisar a toda prisa
3. ¡Peluquerías!
Vigésimo sexto comentario:¿En serio, les importan…?
1. Los niños, en silencio
2. Los mayores, inmovilizados
Vigésimo séptimo comentario:Cabeceras de prensa y situaciones
Vigésimo octavo comentario:La Cumbre del Clima de Chile… en Madrid
1. La ONU y la Conferencia de París
2. La cumbre de Chile… pero en Madrid
Vigésimo noveno comentario:De montañas y desescaladas fantasmas
Trigésimo comentario: In other words, I love you… Moon?
Trigésimo primer comentario:Pasado-presente
1. Del blog Triannual: «De la inmovilidad, a las prisas»
2. Comisiones, asesores y plantillas flotantes
Trigésimo segundo comentario:Cansino y aburrido
Trigésimo tercer comentario:Animales, hombres, dioses: planeta Tierra
1. ¡Qué difícil es ser Dios!
2.El valor de las palabras
Trigésimo cuarto comentario:Salir por la tangente
1. El cielo y más allá
2. Aprender de las anticipaciones
Trigésimo quinto comentario:El pulso de la Historia
Trigésimo sexto comentario:Y a ver cómo seguir
Comentario final:Añoranzas bien fundadas
Adiós, sigloxx, adiós
In memoriam
Índice de referencias
Prólogo:Reiniciando en 2018
Saludos de nuevo, al comenzar el primero de los tres años previstos para completar este texto, en continuidad con la línea del volumen anterior, Triannual I, publicado en 2018 y referente al período de 2015 a 2017. Aquí empieza este Triannual II, donde considerar, según mi criterio y durante los siguientes tres años, determinados acontecimientos de la vida diaria conocidos por la información de los medios, al paso de los días, sin olvidar nunca la vitalidad del entorno natural, primigenio y básico. También incluirá referencias subjetivas a creaciones literarias o audiovisuales de temática individual o colectiva, imaginaria o real y, en el caso de películas, según resulte de sus guiones respectivos, especialmente cuando el argumento esté basado en una obra literaria previa, adaptada, filmada y presentada en pantalla grande.
Claro está que todo acontecimiento, ya proceda de los medios de información, o que esté ofrecido por actuaciones artísticas, o venga sugerido por las experiencias personales, tendrá distinto impacto, positivo o no, en cada lector o espectador individual conforme sean sus conclusiones sobre el asunto de que se trate. De ahí que los comentarios de este libro puedan coexistir con múltiples y diversos enfoques y preferencias que han de presentarse pacíficamente en libertad, porque para gustos, están los colores y, sobre todo, sus muy diversos matices.
Y, como mero ejemplo, aunque el mundo tiene muchas, muchísimas cosas oscuras, sobre todo se caracteriza por la inmensa paleta de color, potencia y variedad creativa y evolutiva que ofrece y por cómo todo ello, con la maestría propia y única de la naturaleza, se acopla y relaciona entre sí, puliendo sus diferencias para crear la definición global de la vida como es. O como debería ser, quizá, si no hubiéramos irrumpido en ella de forma tempestuosa.
Para seleccionar un tema a comentar me ajusto a ese «chispazo» involuntario que actúa para impulsar el interés personal frente a una cuestión casual que —para el autor— estará dotada de un impulso preciso, propio y único entre otros varios. Y que luego se traslada, en su caso, a una entrada escrita que forma parte de un catálogo cuyos temas podrán estar, o no, interconectados entre sí pero compartiendo y administrando, aunque sea parcialmente, el «croma» básico del entorno en el que se originan, de un modo a la vez circunstanciado y plural. Entradas o textos ajustados a una sincronía de proximidad que, con una rotundidad a veces rebelde o redundante, no se ajusta a protocolo previo ni a medida temporal, salvo los límites cronológicos que el calendario o el alcance del asunto impongan en cada momento…
(Notainformativa, introducida en el prólogo en diciembre de 2020: El comentario vigésimo segundo, en el último tercio de este libro, se habrá redactado en enero de ese año, cuando aún no había referencias sobre la pandemia vírica que se extendía silenciosamente por el país, aunque algunos datos informativos, vistos posteriormente, indicaron que ya había datos esporádicos, o ignorados, de lo que luego iba a ser su posterior desarrollo epidémico. En febrero de 2020 incorporé el último Testimonial de este libro, también sin aún conocer lo que iba a comenzar unas semanas después. A partir del vigésimo tercer comentario, la mayor parte de todo el texto del último tercio anual de esta obra está centrado concretamente en la situación del país asolado por la pandemia, contemplado desde un punto de vista personal).
… El hecho de expresar la opinión individual requiere, en cualquier caso, tanto de un entorno de efectiva libertad, como de la ponderación ética en su desarrollo. De nuevo indicar que la elección de los temas tratados en este libro representa solamente un interés particular, una opinión parcial, un criterio individual de alguien sin significancia asociativa alguna, redactado por alguien sin militancia personal en superestructuras socio-políticas, emitido por alguien sin especialidad tecnológica ni científica, en un lugar cualquiera de la ciudadanía normalizada. Sin más pretensión que la de ampliar o expandir lo que, en principio, tan solo supone un monólogo privado, diría que basado sencillamente en el sentido común. Las circunstancias y sus conclusiones solo conseguirán eficacia con el valor añadido que cada uno les otorgue, desde el exterior.
Sin que el difundir una opinión redundando en la noticia o, en su caso, darle forma y entendimiento individual a una creación, realización, asunto o suceso externo difundido, cambie el hecho de que se trata esencialmente de una interpretación personal que procede de una mente autónoma, de una sistemática propia, de un criterio privado y que no ha pasado por el tamiz previo de la opinión o la crítica, ni siquiera por el debate de origen amistoso o allegado.
Con lo que el resultado estará, pues, en situación «estática» hasta que su posible difusión lo pueda diversificar para obtener así, en resumen, su vidilla independiente, cualquiera que la misma sea, positiva o negativa en su totalidad o en el ámbito de todos o algunos de sus cortes.
Esto es, la eficacia trascendental que solo puede dar el criterio paralelo del lector interesado.
Primer comentario: Llegar ¿hasta dónde?
Y empiezo con hasta dónde y, a la vez, hacia dónde, como unos profundos interrogantes que solo serán contestados según vaya apareciendo el porvenir, que será uno entre un puñado de cuerdas de posibles futuros, siempre en una peligrosa tensión de ruptura camino del presente. Sin embargo, al menos, desde dónde ya lo sé: desde aquellos años recordados, pero ya lejanos, en los que solía caer en España una lluvia constante, día y noche, durante semanas de cada mes de octubre, antes de finalizar el pasado siglo. De hecho se salía a la calle —como en una película británica clásica— con el paraguas no solo en la mano, sino casi permanentemente abierto para luego plegarlo, salpicando sobre el suelo al entrar en un establecimiento y depositarlo goteando en un rincón o embutirlo en un cubo, cuando lo había, repleto con otros cuantos más de variopintos tejidos y diversos mangos o tamaños.
Luego se recuperaba, a la salida, aún más húmedo de lo que lo estaba al entrar, en este caso por capilaridad entre las apretadas telas. Para después desplegarlo al llegar a la calle, otra vez bajo la incesante lluvia, y acceder a un transporte público de interior impregnado con una más que sutil y exhalada humedad en suelo, cristales y aire, dirigir la chorreante punta hacia algún lugar del piso evitando apuntar sobre el calzado propio o ajeno y sujetarlo bien rígido para facilitar la descarga del agua por los pliegues, mientras se iba formando un riachuelo entre las pisoteadas marcas del solado del vehículo, brillante por la humedad.
Aunque aquellas no eran lluvias violentas, sino más bien serenas y persistentes, resultaban ser un trascendental aporte hídrico que diluía el polvo exterior y limpiaba el ambiente y el asfalto durante días. A la vez, los campos y los jardines iban absorbiendo el agua sin agobios ni desperdicios, favoreciendo las siembras y filtrándose hasta abastecer a los manantiales subterráneos, como último recurso de las raíces cuando, ya en los calores veraniegos, apenas caería lluvia desde el cielo.
Se llenaban los embalses con tanta mojadura, aunque por aquel entonces no eran detalles que a uno le importara conocerlos pues, con esa continuidad pluvial periódica, se daba por sentado que habría agua suficiente para el consumo ordinario a lo largo de todo el año, incluso en los lugares de secano, dándose por sentado el beneficio más que la molestia. Luego seguirían otros caudales invernales y, en lo más crudo de la estación del frío, culminaría con la aparición de la nieve y su tardío deshielo en muchos sitios de las alturas, donde su descongelación sería paulatina. Pero, según iban pasando los años, en las tierras llanas la nieve ya empezaba a ser una situación cada vez más excepcional, hasta que, hoy por hoy, salvo en las cumbres más altas, la nieve apenas aparece, al menos en las llanuras mesetarias por debajo del Sistema Central, salvo por temporales pasajeros y esporádicos.
1. Sequía y vegetación
Al comenzar estos comentarios, cuando se inicia el período de tres años previsto para su conclusión, aún pulsa con fuerza el recuerdo de los últimos meses del finalizado año 2017, porque algunas situaciones de entonces no fueron comentadas a tiempo, o porque se le rinde el último homenaje de despedida o es que, simplemente, las recuerdo ahora. Y una cuestión muy característica de esos momentos pasados también se refiere al agua, por el escasísimo caudal caído durante ese año.
Vamos, en realidad es que en esa anualidad no llovió durante largos períodos de tiempo en gran parte del país, hasta el punto de que me he preguntado muchas veces de dónde y cómo se surten los servicios para abastecer el alto gasto doméstico y de regadío en muchos lugares. Por lo general el agua canalizada procede, lógicamente una vez higienizada, de los embalses que, sin duda, han rozado condiciones extremas y han dejado el lodo al descubierto en más de un caso.
Cuando transcurrió el pasado y seco verano de 2017 con sequía absoluta en mi entorno, el solitario par de tormentas caídas en proximidad aportó una lluvia tan violenta que lo que hacía era más destruir que conservar, llenar cada bache y recodo de imponentes lagunas sucias, cuando no aceitosas por arrastrar vertidos del tráfico. Y en alguna ocasión taladrando las hojas de los árboles con los disparos de un granizo imprevisto y repentino, cuajado en bolas de un tamaño considerable, de esas que perforan persianas domésticas o amenazan cabezas indefensas, además de destruir pequeñas plantaciones o, en las grandes, los incipientes brotes. Durante unos pocos minutos parecía imitar a una nevada sobre el terreno que, al menos, aportaría algo de líquido de deshielo, generalmente ensuciado por el polvo y los restos acumulados, pero agua que se filtraba al suelo donde aún quedase algo de tierra para, finalmente, humedecerla unos pocos milímetros hacia el interior.
No puedo olvidar los síntomas bruscos de trastorno climático, manifestado por la aparición de fenómenos meteorológicos extremos cada vez más repetitivos, como si la atmósfera quisiera compensar la escasez con el exceso, sin importar lo que se derrumbe en el intento. Tras la seca primavera, pasó un casi inexistente otoño cronológico que no compensó el agobiante verano de 2017. Luego fue el turno de un invierno soleado, y ya en el presente 2018, un día empezó a caer una mansa y prometedora lluvia en las planicies, de la que le gusta a la tierra productiva, de la que cala sin destruir, que siguió fluyendo otro día más, incluso en algunos momentos con mayor aporte de ruido y caudal pero sin destrozar cosa alguna. Bueno, salvo la paciencia de los conductores zonales que, desacostumbrados ya ante el «mal» tiempo, que es cada vez más raro, parece que no saben despertar de nuevo sus capacidades, mohínas por la sequía, y desparraman enormes atascos de tráfico por las vías principales, a las horas punta de la jornada.
Pero tampoco en este caso duró lo bueno en esas fechas: la lluvia terminó, en mi zona, con dos únicos días de aporte y, al iniciarse la tercera jornada, la mojadura del suelo solo conservó la gris humedad subsiguiente aunque, ya se sabe, mañana deniebla, tarde de paseo. Así que vuelta al reino del sol, a lo que dura normalmente en este clima, tan alterado como amenazado. Las avenidas de agua habrán diluido algo el limo de los pantanos, sin regenerarlos hasta la abundancia. Sí que habrán limpiado las calles, que falta les hacía, pero solo durante ese par de días. Al volcarse al alcantarillado, habrán filtrado un poco, por dilución, la acumulación de químicos de los productos de limpieza ordinarios, sin hablar de otros vertidos indebidos, esto es, los desechos diversos que confluyen en las redes sanitarias subterráneas. También ahí el agua, aun sucia, habrá dado un bañito a las ratas, que debían de tener ya el pelo pegado al cuero por nadar en cieno y alimentarse en la incesante porquería humana medio estancada, mientras que el caudal canalizado pudo haber arrastrado algunos puñados de cucarachas hasta más allá de sus dominios habituales en los núcleos habitados.
Ciertamente, incluso siendo tan leve la humedad, consiguió aliviar en buena parte a mis pequeños árboles, perennes o no, siempre dependientes del tenor del clima, constantemente decaídos en sus hojas por la falta de alimento en continuidad por más que reciban, rutinariamente, las aguas domésticas de limpieza de verdura y del simple enjuague de manos, que no aportan más química que la del agua del grifo (que ya debe de ser bastante). Y además la resultante de dejar filtrando, en un recipiente de recogida, las bolsitas de infusiones diarias, una vez cumplida su primera obligación y retiradas de la taza antes de tomarse la bebida, para que aporten sus últimas sustancias para mísero beneficio de la vegetación suburbana.
Con tan solo esos dos días de lluvia, ramas y hojas relucían ya vivaces, apuntando al cielo, al viento y al sol, mostrando su alegría. Estaban anémicas y habían recibido un par de banquetes naturales. Claro que iniciaron el camino del decaimiento otra vez, en poco más de tres jornadas, al depender solo del escuálido riego doméstico ordinario que, a mi parecer, apenas alcanzaría a humedecer el terreno superficial, de nuevo reseco, por estar en arriates o en alcorques donde sus jóvenes raíces todavía no han podido penetrar con suficiente profundidad para resistir por sí mismas en la tierra, que ejerce de madre endurecida y caduca. Tras los dos días remojados, un raro sol, que no se sabía si era de otoño caluroso o de adelantada primavera esplendente, ya dentro de un invierno que realmente ni siquiera parecía serlo, lucía en una incalificable confusión estacional, y volvía a desecar todo.
2. Buscando agua y campo
Pero ¿qué hacer? ¿Prescindir de árboles y arbolitos, compañeros desde el amanecer de la historia? ¿Contemplarlos morir o abandonarlos, voluntariamente? ¿Dejar la tierra expuesta y estéril para que la próxima tormenta la arrastre y la diluya camino de las asfaltadas calles, en modo barro? Claro, en muchos lugares, hablando de jardines urbanos, está el césped que sujeta el terreno y retiene el riego en su zona pero ¿a qué coste? Pues en agua canalizada, muchísimo gasto para el dueño del regadío o de la casa ajardinada, que es quien lo paga. También un enorme uso del agua en los municipios, que se empeñan en adornar con céspedes vivos grandes rotondas y paseos bien irrigados artificialmente (agua salpicada que en parte se pierde al formar grandes charcos en el cercano asfalto), asumiendo el precio sin plantearse mejor destino, por aquello de que el dinero de todos es dinero de nadie, a la hora de gastarlo.
Por su parte, la empresa de abastecimiento de agua —al ser usada para el riego intensivo en estos casos— desperdicia (pero la repercute en la factura, a buen precio) la inversión realizada para su tratamiento y depuración, ventaja que al jardín o al sembrado los tiene sin cuidado pero que se «sustrae» así del consumo humano para dedicarla a usos que no necesitarían de la higienización. Esto es, aún menos agua tratada disponible para las necesidades y requerimientos domésticos habituales y masivos. Aunque está claro que el gasto beneficia económicamente a los concesionarios empresariales del servicio para consumo básico, en el hoy-por-hoy del lucro inmediato.
Entiendo que es muy cierto, como he leído en la prensa que manifestaba un científico extranjero —y me excuso porque no recuerdo su nombre ni tampoco el medio que lo presentaba—, que en muchos sectores territoriales, de esos roturados o adoptados por muchos ciudadanos como la forma de residir denominada «vivir en el campo», repito que dicho científico afirmaba que esta es en realidad una definición incongruente. Y coincido en su apreciación, aunque todavía permanecen como entorno natural en nuestro país los bosques de la cornisa cantábrica y los Pirineos, así como las sierras y cimas peninsulares o insulares húmedas y los parques regionales o las zonas marítimas lluviosas.
Continuaba el científico considerando que, de hecho, en pueblos y terrenos urbanizados o urbanizables no hay campo sino más bien vegetación forzada en torno a los edificios. En cuanto a las zonas rurales, por su lado, aglutinan explotaciones con maquinaria compleja que, por sus efectos, de campo natural ya tienen poco (quizá lo es, pobremente, en las estáticas dehesas), salvo porque el suelo sustentador es el manto de una tierra tratada, modificada y mixtificada.
Aunque aún permanezca esa tierra primitiva bajo los solados de ciudades y pueblos o bajo los surcos o explotaciones rurales, el resultado es una colonización urbanita o una imitación artificial que rechaza u oculta lo que pudiera quedar aún de naturaleza, siempre domeñada en todas partes. En conclusión resumida, que acosamos y destruimos la vida natural para luego intentar reproducir sectores esperpénticos, repetitivos, artificiosos, que la imiten.
Pero lo que hay es lo que hay, mientras algo no cambie. Así que vuelvo a la sequía del pasado año, que parece alargarse sin tregua ya iniciado el 2018. La verdad, distintas veces me he planteado instalar un par de depósitos para aguas pluviales, esas que provienen exclusivamente del chorrear del tejado de la casa, pero —además de que no sabría dónde situarlos para que no estorben el paso— es que van a servir de poquísimo: no pueden ser muy grandes porque no tengo terreno para ello, pero además estarían infinidad de días vacíos y secos, ya que en este secarral de mi entorno apenas llueve. Y, cuando lo hace, se llenarán tan rápido que solo un ínfimo porcentaje del agua captada será retenida en los modestos contenedores mientras que todo el excedente, que no podrá embalsar en su interior repleto, rebosará con violencia erosionando los alrededores y se perderá por los aliviaderos de desagüe. Luego no habrá más lluvia y los depósitos (hablo de dos, en mi imaginación) se vaciarán con el riego durante otro par de días, o tres, o incluso cuatro. Pero no más.
Total, que la vegetación no sabrá qué hacer consigo misma con tan corto regalo y tal vez sea mejor que siga acoplada a la anemia hídrica natural del entorno llano, acompasándose a la sequía, con mejor o peor fortuna y, según las apariencias, para siempre.
Solo que ahora y más efectivamente que antes ¿será para «siempre»? Solo que ahora y aún más concretamente mañana ¿hasta dónde llegaremos?…
¿Ustedes lo saben? ¿Lo sé yo? Pues no, pero lo adivino.
Segundo comentario:Pasado o futuro
No iba a poder eludir por mucho tiempo, mientras transcurre mi presente, lo que es un componente básico de mis preocupaciones, llámese obsesión (aunque no lo es) o fijación (que a lo mejor sí que resulta serlo) pero, vamos, reiterativo sí que es en cualquier caso y así lo reconozco. Y desde luego no es por placer en ningún caso porque, si se puede elegir, como ente humano prefiero idealmente el ocio al esfuerzo, el descanso a la obligación, la comodidad a la molestia, así que no me interesaría calentarme la cabeza con preocupaciones salvo que, a mi parecer, tengan trascendencia o cumplan una función porque me aclaren algo que ignoro, o que me sugieran posibilidades varias.
Pero, como también prefiero la seguridad a la inseguridad, no puedo obviar algunas que se me aparecen, concretamente a nivel social y universal, como perjudiciales o, en algún caso, directamente amenazadoras o potencialmente destructivas. En consecuencia, cuando reitero los temas es porque siguen sin resolverse y enconados o aún más complicados, abandonados a su suerte o calladamente olvidados sus aspectos peligrosos, yaciendo nada más que en el silencio de los archivos de las hemerotecas y, en algunos casos, solo en pensamientos marginales.
No soy técnico, ingeniero ni físico y, lamentablemente, no puedo convocar al equipo que interpreta la serie TheBig Bang Theory para que me ilustre o me sustituya en el área de la energía nuclear, así que tengo que ir tirando con mis modestas capacidades personales hasta donde lleguen, cuando me enfrento sucesivas veces a las consecuencias de la tecnología. Que es una de las áreas más influyentes en el catastrofismo, siendo en muchas ocasiones un componente básico de creaciones imaginarias pero consistentes, esto es, películas, aunque muchas veces la realidad pueda superar a la ficción.
1. Antes
Y esto no es una ficción creativa sino la cruda realidad: he podido ver una retrospectiva del desastre que sucedió en el reactor nuclear de Chernobil. Encontré hace unos días, a finales de enero, un programa televisivo sobre el suceso, y creí que era el aniversario del accidente de 1986, pero comprobé que el pase audiovisual ha tenido lugar a finales del primer mes del décimo octavo año del siglo xxi. Por resituarlo en concreto, luego he comprobado que el suceso real no ocurrió en enero sino en el cuarto mes del octogésimo sexto año del siglo xx, todo lo cual suena la mar de rimbombante —dicho así por mi tendencia a cierta irónica complejidad— cuando en realidad quería decir, resumiendo: el programa retrospectivo ha sido programado a finales de enero de 2018 (y no he retenido datos del nombre del programa ni de la cadena que lo emitió), pero la fecha del desastre real correspondió a finales del mes de abril de 1986. Lo cual implica que han transcurrido unos treinta y dos años hasta hoy.
Dejando de lado la parafernalia temporal, el caso es que he tenido ocasión de contemplar en la televisión básica una presentación del accidente nuclear ocurrido en su día, recogido en tres documentales enlazados durante un extenso tramo del horario nocturno, sin adecuarse exactamente al aniversario, porque pude comprobar la fecha, una vez más, gracias a la accesibilidad de la información electrónica.
Como el suceso permanece siempre en mi recuerdo, no diré que lo he sacado del olvido solo al ver la programación de enero de este 2018, porque no es así: como ejemplo tremebundo, lo he mencionado en el comentario octavo del primer volumen de Triannual (cuya redacción finalizó en el pasado 2017) pero no había tenido ocasión de ver información actualizada, hasta ahora, aunque que sí que me he referido en distintas ocasiones, y con amplitud, al catastrofismo cinematográfico como un indicio de futuro, contemplado como anticipación posible o incluso probable.
Con esta nueva visión actualizada y real de lo sucedido en época contemporánea, he conseguido entender algunas cuestiones que ignoraba previamente sobre el suceso al que me refiero. Y sobre todo, he podido ver al catastrofismo tangible tomar cuerpo y manifestarse crudamente: como me suele suceder, ya estaba comenzado el programa cuando entré al primero de los tres episodios de la noche de visionado. Informaba sobre el accidente fatal en el reactor cuatro del establecimiento nuclear Vladimir Ilich Lenin, alias Chernobil, sito en el este de Ucrania, que reventó en abril de 1986. Momento en el que todavía era un territorio soviético, pues dejaría de formar parte de la URSS en 1991.
La reacción inmediata a la explosión se centró, en medio de los secretismos habituales (los reactores habían sido de construcción y explotación soviéticas), en sellar apresuradamente el requemado agujero radiactivo resultante mediante los aluviones de arena y cemento que se usaban como protocolo para sepultar y contener tales desastres. Aunque los efectos de un escape nuclear son relativamente conocidos, solo después de estos episodios documentales he obtenido con relativa claridad, en lo posible, una visión amplia del alcance del grave accidente.
La radiactividad producida por la explosión lanzó una nube contaminada que también alcanzó a tres cuartas partes de Europa, como secuela de la explosión. La amenaza radiactiva no solo sigue palpitando en el fondo del enorme agujero taponado (porque conserva más del noventa por ciento del combustible nuclear original), sino que había empezado a abrirse paso de nuevo en años recientes: el cemento con el que enterraron el horno radiactivo se había cuarteado con el paso del tiempo. Con el riesgo de que la potencia mortal que contiene abajo se expanda por el aire, fuera de su ataúd cuarteado, en lugar de permanecer en su encierro durante toda su vida radiactiva previsible, que habría de ser de 23.000 años futuros desde el accidente, de los que han transcurrido aproximadamente 32 cuando ofrecieron esta línea documental.
El problema actual es que el inmenso «tapón» que le pusieron tras el suceso ha durado solo unos treinta años y agrietándose. Menuda solución fiable para un suceso destructivo que, además, ha dejado a un importante sector del país aislado, desolado, abandonado, destruido en amplias zonas y prácticamente inaccesible, a pesar de que aún existían otros tres reactores en servicio en el complejo nuclear.
Claro, en base al programa televisivo, actualmente los sectores técnicos de vigilancia y mantenimiento del ataúd del reactor han tenido que intervenir y planificar una solución actualizada mediante otro sistema de contención, ante los numerosos desperfectos sufridos por la primitiva cubierta del reactor reventado, con el fin de que la radiactividad no vuelva a escapar a la atmósfera. Pero resulta que los países de aquella zona (que hoy son algunos de los que, en tiempos pasados, permanecían tras el «telón de acero» ideológico, político y militar), no estaban ni están para gastos, además de que, total, ya les invadió el bestial golpe radiactivo desde el principio, dejando en el lugar originario un enorme territorio abandonado, contaminado y prohibido, como seguirá estando en futuros milenios. Pero la degradación de la cubierta original amenazaba con un nuevo escape que no solo sería de graves consecuencias para los países inmediatos sino que, nuevamente, y según por donde discurriera la nube radiactiva, es probable que alcanzase rápidamente a Europa e incluso a distintos sectores del mundo.
El reactor dañado se encontraba, y se encuentra, en un territorio que, a la fecha de construirse la central nuclear, formaba parte de la URSS, como indiqué más arriba: el reactor reventado quedó después situado en un país independiente (Ucrania para nosotros, aunque en su propio idioma se le denomina realmente Ucraína), que comparte fronteras con otros.
El efecto de la «descarga» de radiactividad que produjo el accidente nuclear golpeó de inmediato tanto a esa zona fronteriza de la misma Ucrania, como a sus camaradas de entonces, y luego y ahora vecinos por el este, Bielorrusia (Nota añadida en 2020: país generalmente muy poco conocido y que ha saltado brevemente a la actualidad durante este último año, en razón de problemas políticos internos y unas elecciones gravemente puestas en duda) y Rusia, todos ellos países resultantes de la fragmentación de la vieja URSS. Por tanto, el establecimiento nuclear se entiende que era soviético, por su construcción, gestión e influencia técnica rusa, y asimismo la dirección científica estaba relacionada con el gran vecino.
Para resolver la situación del degradado revestimiento y siendo la seguridad actual del reactor reventado una cuestión de alcance y amenaza universal, los gastos de miles de millones, de euros o de dólares, para reponer la cubierta y contenerlo en momentos más actuales, los han asumido los EE. UU. y la UE. Aquellos supongo que, dada su lejanía territorial, más que por ayudar a minorar un nuevo desastre, que les pillaría algo lejos, habrá sido por perfeccionar y comprobar técnicas válidas frente a posibles problemas de contención y aprender de las soluciones, dado que en su mismo país ya han tenido algún «aviso» desde sus propias centrales.
En cuanto a la UE, lógicamente, preocupa la proximidad territorial del reactor sepultado, porque está claro lo que puede pasar si los escapes se repiten en la misma dirección. También, en parte, porque con Ucrania la UE mantenía negociaciones que habrían desembocado, el 21 de marzo de 2014, en la firma de un acuerdo de asociación (que según otras informaciones, no comprobadas, habría de renovarse o actualizarse durante el año 2017), de cara al ingreso de ese país como miembro de pleno derecho… (Nota añadida tiempo después: Su incorporación a la UE creo que no ha culminado finalmente en esas fechas, por causa de conflictos político-militares sucesivos en el país).
Así pues, queda claro que, al menos los países afectados por la radiación nuclear extensa que se produjo no pueden ignorar lo sucedido. La Unión Europea porque, a consecuencia del suceso, los europeos ya fuimos alcanzados —únicamente los países mediterráneos más cercanos al Atlántico escaparon, en aquel momento— extensamente por la nube radiactiva y es importante controlar la amenaza. O dicho de otro modo, más que importante, es simplemente vital.
2. Después
El documental presentaba la nueva fórmula tecnológica desarrollada para sellar otra vez el cuarteado tapón del reactor: a tal efecto, se ha diseñado y posteriormente construido un enorme semicírculo móvil, en acero y cemento. Fue fabricado en una zona cercana pero apartada del horno nuclear sepultado, para después ser desplazado hacia delante, por el exterior, rodando mediante mecanismos laterales hasta encajarlo sobre la vieja cubierta deteriorada y sellarlo a su alrededor, evitando —hasta donde sea posible— desplazar personal humano a las cercanías de la resquebrajada y radiactiva zona donde se produjo el suceso.
Estupendo. Parece que la técnica avanza que es una barbaridad (nunca mejor dicho). Pero, juzguen ustedes: la validez máxima prevista, estimada en el tiempo de servicio útil, de la carísima cubierta supermoderna que se ha construido (que ya debería de estar definitivamente instalada desde algún tiempo antes de este comentario) es de… cien años. Y la reparación técnica efectuada habrá taponado unos productos nucleares «vivos» de un peligro incalificable, muy agravado porque no se sacó el combustible nuclear antes de sellar el horno que reventó (Nota posterior: como sí que se ha hecho en Fukushima en momentos más cercanos, con un salto tecnológico que incluye una contención mucho más segura y una recuperación del entorno tremendamente efectiva). Por lo tanto, la población europea, e incluso la global, tendremos una expectativa de seguridad relativa (ya se verá lo que aguanta sin grietas otra vez) de 100 años, sobre unos materiales cuya gravísima peligrosidad abarcará unos 22.870 años más, descontados unos 30 de la primera cubierta y, en su caso, los 100 de la segunda, desde que la misma haya quedado instalada.
Así que, en base a esa tecnología moderna, a lo mejor debería, aunque no lo consigo, olvidarme del asunto, dándolo por resuelto… Para reanudar una sencilla e irresponsable vida cómoda, organizada, evolucionada y cronológicamente bastante menor de esos cien años. Claro, siempre que, durante ese plazo y el que tengan los que me sigan en el tiempo, no debamos enfrentarnos a lo mismo una y otra vez, o quizá solo por una y definitiva vez. Menudo legado para que después tengan que volver a enfrentarse con ello otros, que vendrán detrás pero que hoy ya han nacido…
Volviendo a cómo ocurrió el incalificable desastre, dado que no fue por causas naturales, atmosféricas o climáticas (como ocurrió en Fukushima, arrollada por un tsunami y, por cierto, Japón tiene una gran cantidad de reactores nucleares en funcionamiento, a pesar de ser un país siempre amenazado por terremotos, volcanes y, como se ha visto, temporales). Resumiendo, y sin poder definirlo de una manera más científica, el equipo de la central rusa hizo una prueba técnica experimental, consistente en el simulacro de una eventual situación del establecimiento nuclear si se produjera una bajada imprevista del rendimiento eléctrico. Y, o no habían previsto la eventual reacción indeseada o ignorada a nivel tecnológico, o bien tocaron la tecla equivocada pero aquello reventó. No puedo explicarlo con más detalles, sino con la simple idea que me ha quedado de los episodios vistos en el documental, que no he revisado a continuación porque no los tengo en archivo. Por cierto, en una rápida búsqueda de datos complementarios, he visto que Ucrania tiene una enorme cantidad de centrales nucleares (de las mayores en número de Europa), aunque no he aclarado si son antiguas o más modernas.
(Nota añadida algún tiempo después: En el comentario octavo posterior vuelve a tratarse esta cuestión con más información, casi dos años después de este comentario).
Es verdad, todos nos equivocamos. Certeza absoluta, todos somos humanos y errar es de humanos. Entre humanos.
Pero cuando se trata de estos colosos catastróficos, por favor, benditos robots industriales ¿dónde están ellos, tan infalibles, cuando se les necesita?
Tercer comentario:Tomorrowland
Después de mucho tiempo repasando películas ofrecidas una y otra vez en la pantalla de televisión, dadas como programas de relleno, pasan una interesante para mí y que no conocía de antes. Es verdad que el nombrecito del film, Tomorrowland (La tierra del mañana), si lo analizamos desde nuestro punto de vista puede parecer retumbante o rechinante, no sé cómo definirlo, diría que tanto escrito como pronunciado pero así son las cosas al verse desde idiomas dispares. Su historia versa sobre una Tierra del futuro, aunque en relación directa, mediante saltos temporales, con el presente futurista que presenta la historia filmada. La dirigió en 2015 Brad Bird (también realizador, entre otras, de Misión Imposible: Protocolo Fantasma y de Ratatouille) y es de la factoría Disney, cosa que en determinados momentos se nota.
Teniendo en cuenta la realización eran de esperar, y se consiguen, unos efectos especiales muy creíbles y algunos bastante destacables. También son convincentes los actores principales, acreditados por sus muchas interpretaciones fílmicas, como son Georges Clooney y Hugh Laurie. Aunque, para mí, Clooney se me aparece aquí como algo forzado a cumplir con su papel, a veces, y quizá ocasionalmente sobreactuando. En cuanto al otro actor, conocido como el Doctor House por antonomasia, cumple con el suyo, más estático y definido.
Pero realmente los personajes dinámicos, verdaderos impulsores de la acción y con actuaciones francamente bien interpretadas, son las dos jóvenes coprotagonistas quienes —de hecho— concitan toda la atención, al dotar a sus interpretaciones de dinamismo y de calidad realista y creíble. El papel del personaje «humano», asumido por la mayor de las chicas por su apariencia, lo interpreta Britt Robertson, actriz norteamericana nacida en 1990, lo que significaría que durante el rodaje tenía unos veinticinco años, aunque en la filmación pueda parecer más joven.
La otra muchacha resulta ser, en la película, un androide muy evolucionado, autosuficiente, autónomo, imaginativo, dinámico, «femenino», con altas capacidades de acción y reacción, con voluntad propia y con apariencia de niña. De hecho es una avanzada inteligencia artificial (más lo primero que lo segundo) que sobrepasa con mucho el ser definida, nada más, como una variante extrema de la capacidad robótica en un cuerpo símil humano, dado que la interpretación exultante y creativa, impulsiva y simpática de la joven actriz, la británica Raffey Cassidy, nacida en 2001 (con catorce añitos nada más al rodarse la película) consigue centralizar, desde mi punto de vista, el mayor atractivo en el desarrollo del argumento y que habla y convence con el rostro y con unos ojos y mirada tremendamente expresivos.
Una historia de ciencia-ficción, sí, pero nada clásica —aunque los componentes marginales, los saltos en el tiempo y la posible destrucción de la humanidad, etcétera, sí que lo sean— y donde la eventual situación de amenaza contemplada en ella parecería ofrecer uno de los futuros posibles que, en este caso, convierte el clásico «érase una vez…» en un rotundo «y será una vez…». Y la situación —un tanto amenazadora realmente— se remacha en la última parte del film cuando el personaje de Hugh Laurie, convertido en jerarca megalómano, alega, como razón para sus dudosas andanzas, su creencia en que las cosas se habrían degradado tanto en la Tierra, camino de su final, como para requerir de su totalitarismo activo. O de la pura y simple política del «bisturí» demográfico… manejado por un dictador.
Desde luego, la filmación encaja en lo que actualmente se considera cool, en su sentido amplio para definir algo actual, joven, «fresco», dinámico, acelerado, hiperactivo. Me parece que se ve con gusto y sin sobrecargarse en exceso con la acción, abriendo la mente hacia un posible futuro alejado del martillo de Thor, los superhéroes y las agencias despiadadas, tanto si defienden a la población como si pretenden destruirla. Aunque en esta película también hay algo de eso, se concreta de un modo muy distinto que parece más meditado y creíble a pesar de que, especialmente al final, orbita sobre toda la acción algo que puede definirse como el «dulzor» (que no dulzura) o un toque «juguetón» de la sistemática Disney. Además de que, en otro orden de cosas, el título del film coincide con el de las atracciones de algunos parques Disneyland que ofrecen espectáculos de anticipación futurista, idea que fue promovida por el interés personal de su creador, Walt Disney, pocos años antes de su muerte, ocurrida a finales de los años sesenta del siglo pasado.
De vuelta a la película, incluso tras la paliza de carreras sucesivas que se dan los tres protagonistas, el hombre, la chica humana y la chica androide, para evitar los desastres que el «malo» tiene programados, a veces sudando con profusión y con constantes huidas y enfrentamientos, la acción se va contemplando como si estuviéramos convencidos a priori de que son «tropiezos» que finalmente van a desaparecer. Como si el género humano (no sé si también la Tierra, que no me queda claro) nunca estuviera corriendo un verdadero peligro, sino que se trata de simples episodios sectoriales que «algunos» se encargarán de resolver positivamente en la historia, por el bien de la humanidad. O puede inducirnos a pensar que, de darse tales conflictos en la realidad y no en una ficción, lo resolveríamos nosotros mismos, tal vez con el simple desarrollo de nuestras vidas ordinarias, muy alejadas de heroísmos, con la eventual ayuda de personalidades excepcionales, de las que siempre hay alguna. O, de no haberlas, al ignorar voluntariamente el humano común hasta la simple idea de que esos trastornos globales puedan producirse.
Y el film me deja el regusto de que, realmente, por actual, por cool, por fresco y dinámico que parezca… no deja de ser un cuento de la factoría Disney. Repito, un cuento.
Esto es que en este caso —al revés de lo que me sugieren muchos otros— al final sonríes, no te calientas el «coco», no le das más vueltas a la película y su desarrollo, no sacas conclusiones rotundas, ni analizas anticipaciones, ni desastres, ni perspectivas, ni soluciones paralelas porque aquí, aunque haya pasado mucho, finalmente no pasa nada… Y se recupera la rutina, aunque sea habiendo visto un cuento de aventuras realmente anticipador.
1. La robótica en el cine
En un orden de cosas cinéfilo, el personaje de la androide Athena, que es el que interpreta Raffey Cassidy, me ha recordado al protagonista en la obra El hombre bicentenario (The Bicentennial Man), novela de Isaac Asimov, maestro en diseñar literariamente la robótica avanzada y evolutiva y que la escribió en 1976, esto es, con notable anticipación a la realidad actual. La trama gira alrededor de otro androide, en este caso «masculino», con un aspecto más robótico pero igualmente humanizado. Es tratado, de hecho, como un miembro más de la familia con la que convive y, a la vez, interactúa con el entorno y la sociedad como un ente pensante y ético que, por tecnología, sobrevive a las personas inmediatas durante varias generaciones. Llevada al cine en 1999 por Chris Columbus, con el mismo título, la interpretó muy adecuadamente Robin Williams como el robot Andrew, mientras va desarrollando progresivamente todas sus capacidades y actitudes.
En relación con el film la novela original es muy consistente, dado que refleja la sucesiva evolución «humanizada» del robot protagonista a lo largo de muchos años de historia, pasando a resaltar su lógica —y pacífica— pretensión de ser reconocido como ente humano en atención a sus valores básicos, sus emociones adquiridas y su personalidad privativa y única, lo que logra finalmente. Para ello, el autor lo hace recorrer un denso periplo de relaciones familiares, profesionales, sociales, en las que va desarrollando una «mente» única, evolutiva, responsable y autoasumida, mientras interactúa con las personas de su entorno, durante lo que resulta ser una dilatada historia. La edición original de la obra la publicó Random House Inc. en 1976, como consta en la publicación española a la que he tenido acceso, Ediciones Orbis, S.A., de 1985.
En cuanto a la película que adapta la narración citada, se enfrenta con la dificultad de resumir en el metraje tan larga e intensa evolución como la contemplada en la novela, conservando la idoneidad robótica a la vez que la humanidad de su intérprete. Creo que lo consigue de una forma muy lograda aunque pueda parecer que falta el dinamismo «modernista», esto es, de acción violenta, o al menos acelerada, dado que el robot se caracteriza, precisamente, por su lógica, serenidad y pacifismo, en buena armonía con la sociedad en la que transcurre, durante largo tiempo, su periplo en la narrativa.
¡Vaya!, en este momento me sobresalta, en alguna habitación de la casa, un ruido repetitivo e insistente que no reconozco… Ah, es el pequeño robot doméstico autorrodante, limpiador del pavimento y recién estrenado, que ha tropezado en su camino con una cortina larga que hay delante de un ventanal, y la va retorciendo hacia sus tripas, impasible y empecinado en su función, convirtiéndola sucesivamente en un largo y tenso tirabuzón de tela, de techo a suelo… Y eso que se supone que sus «sentidos» lo advierten de que eso no es polvo…
Así que me pregunto cómo habría acabado la cortina o, por su lado, el robotito, si el humano correspondiente no hubiera aparecido para resolverlo.
¿Qué decir? Pues que robots, androides, animatronics, transformers y vete a saber qué más sobre inteligencia artificial, veredes,Sancho…
Y concluyo: como para quitarle (¿quitarles?) la vista de encima. Menudo estropicio.
Cuarto comentario:Rutinariamente disconformes
Hace tiempo que me vengo preguntando sobre la disconformidad como sentimiento frente a muchas circunstancias, pero que en este caso es aplicable a una determinada «parcelita» (esto es, a un país del ancho mundo) donde sus ciudadanos la manifiestan con frecuencia en múltiples sectores de su vida social. Tal vez así expresan simple descontento porque una hosca cadena montañosa interrumpa el paso hacia su continente natural, que sería su acceso hacia un territorio con mayores oportunidades y más ordenado y evolucionado. O, posiblemente, por estar lejos del próspero (al menos en parte) gran continente paralelo, con sus consiguientes oportunidades, pero separado por un extenso y profundo océano donde la distancia ya implica un difícil y extenso salto a las imponentes aguas colombinas.
Tales razones, a falta de otras o además de otras, pueden haber contribuido a la disconformidad generalizada frente a casi todo, en el territorio referido, de modo que propongo al lector que proceda a adivinar cuál es la situación geográfica concreta de la parcelita citada.
Pero sean cuales sean las razones de otros para estar disconformes, la mía, con categoría global y en un aspecto dado, además ha ido coyunturalmente en aumento: porque, como una secuela del año anterior, el 2017, compruebo la posibilidad tangible —fundamentada en el agobiante verano de entonces, la inexistencia del otoño, y la casi constante omnipresencia del sol en los meses del invierno—, de los efectos de la sequía a caballo entre dos años, además de las esporádicas pero brutales alteraciones nevadas o heladas durante días aislados. Así que me enfrento a la agobiante situación climática que, primero, me ha hecho sudar en el curso del citado año pasado (como posiblemente ocurra también en el actual) durante interminables meses y mantenerme bajo la sombra de techados varios; y segundo, vuelvo a señalarlo, que ha complicado mi cotidiana preocupación de entonces y ahora por mis plantas y arbolillos, casi hasta el agotamiento. Mío pero también de ellos, que ni prosperan ni se lucen con los chorros del agua doméstica reutilizada y siempre escasa, que apenas les permite superar la sequía, además de que ni «reconocen» la estación que debería corresponderles, por causa del lío climático.
Y sí, sabían mirarme con enfado —no a la cara sino a los pies— con sus hojas mortecinas y decaídas, creo que acusándome más por intentar mantenerlos en esas condiciones que si les hubiera dejado a la ventura de su seca continuidad. De modo que mi vegetación ha estado también doblemente disconforme, por un lado con el clima trastornado y, por el otro, conmigo por incapaz de resolverlo. Y eso me ha llevado, entonces y ahora, a estar también absolutamente disconforme con un clima regional que amenaza de esta manera a criaturas tradicionalmente adaptadas a su terreno, camino ya de no estarlo nunca más, salvo artificialmente y solo en algunos casos.
Pero el clima no entiende de protestas ni de reclamos, se limita a ser una justiciera causa-efecto ya que al tiempo atmosférico el ser gélido o tórrido, o cualquiera de sus variantes, le da igual. Ajustado a las leyes naturales, que tal vez nunca fueron las nuestras, responde de un modo coyuntural a situaciones provocadas por nuestros malos modos de gestión habituales y tiene en cuenta los privilegios, emociones y turbaciones de los humanos tanto como le importan las pretensiones imperiales de las hormigas o la agostada situación de mis sedientos árboles.
Así que, dándole muchas vueltas a un asunto tal que escapa a mi capacidad para resolverlo, ¿qué quedaba? Pues tener que contradecirme y forzarme a la conformidad estratégica para vigilar, día tras día, el estado del tiempo climático, teniendo en cuenta que no apareció el que pudo haber sido un otoño compasivo y húmedo, sino que desapareció en el año 2017 sin haber llegado a serlo.
También contemplaba a diario a los que sí que son enormes árboles situados en la acera de la calle urbanita, por fuera de las casas. Situados en un municipio que los plantó años atrás, resultaron ser de los que crecen constantemente pero a los que nunca se atiende. Así que desarrollan un follaje anárquico, desatado en su crecimiento e invasivo de propiedades vecinas con sus ramas acumuladas y enredadas entre sí, antes de que sus hojas caducas caigan cuando ya perciben el invierno. Pero como aparecía tardíamente, entretanto resonaba la caída de alguna rama camino del suelo, tronchada por el viento y dejando al azar de la estadística su posible alcance de alguna cabeza, cosa que no ha ocurrido por el momento, por casualidad.
El caso era que ni esas hojas de plantíos ajenos caían, resistentes a su cronología, ni habían revoloteado por mi jardín para arremolinarse en grandes montones que exigían llenar personalmente una gran cantidad de bolsas para luego retirarlas hasta los contenedores, como siempre había sucedido en los años anteriores. Ni lluvia alguna advenía, ni el sol amainaba su potencia, ni las aves migraban. Con frecuencia miraba al cielo intentando verlas, hasta que me cansé y volví a mirar al suelo, otra vez conforme por fuerza: tal vez un otoño barnizado de extemporáneo verano cambiaría en algún momento a un invierno crudo y natural.
Pero el tiempo se mantenía estable y, por lo tanto, hube de apreciar la bondad de un sol permanente, sin mantas, ni calefacciones, ni calditos reparadores, sino alegría de camiseta y pantalón corto en el soleado ambiente mesetario, mal imitador de islas tropicales de ocio y descanso, olvidada la obligación rutinaria de la cansina recogida diaria de las hojas otoñales que no habían caído.
Claro que, al mirar hacia abajo, veía la tierra polvorienta, cuarteada y blanca, moteada por algunos restos vegetales quemados por la insolación incesante. Así que, contra costumbre, hube de aceptar finalmente la situación de solanas y sudores, compensando lo que la lógica predice del futuro climático global con lo que la comodidad conforta en el presente personal: esto es, apartando la disconformidad respecto de la situación general del planeta, para vivir la vida como viene en lo que tiene de adaptación egoísta a lo que un humano entiende por buena vida natural, confortable sol y seco aire, para descansar largamente a la sombrita, cuando se puede… Y, tras algún par de días esporádicos y pasajeros de temperatura heladora, procedente de algún sector nórdico ignorado, seguimos por días y días con un sol que brilla sin nubes y se filtra por cada resquicio.
Pero, al acomodarme así, voy a resultar, en este caso, culpable con culpa (cambiando un poco el que fue título del segundo comentario en el primer Triannual), porque no me libero de la disconformidad cuando recuerdo la agenda que estableció la Conferencia de París sobre el Clima, en 2015. Ya han transcurrido sus dos primeros años, sin verse claras las previsiones futuras sobre la eficacia de los acuerdos pactados, porque la situación es la misma o aun peor.
Así que, en un tercer o cuarto plano de conciencia, algo me amarga el brillante sol, el cálido aire, la falsa identificación con un paraíso tropical, la circulación sin atascos en ausencia de lluvia, la ropa que no pesa, el paraguas olvidado, los desplazamientos sin mojaduras, la ausencia de aire helador cortando las mejillas, el no tener que atender a resbalones matinales por las heladas que no han caído…
Y sigo recordando cómo, poco antes de entrar en el nuevo año 2018 de este siglo xxi, estando ya en el invierno cronológico, que no real… un buen día pude percibir un ruido conocido en las alturas del cielo y lo rememoro ahora, solo un par de meses después, y lo recreo: buscando la procedencia, mirando hacia arriba por todas partes, en cierto momento alcanzo a distinguir su causa: sí, por el cielo se aproxima una bandada de grullas huyendo del frío norteuropeo y chillando sin parar en su migración tardía al sur, como para no perderse unas de otras mientras mantienen sus dos filas unidas por el frente. Van muy altas, mucho, hasta parecer, en contra de su considerable tamaño real, pequeños puntos móviles lanzando su agudo pregón en la atmósfera sin nubes.
Y me llama la atención que se detienen casi sobre mí, seguramente a cientos de metros por arriba, deshacen la formación y empiezan a dar vueltas en círculo sobre sí mismas, como un carrusel de feria y sin amainar sus gritos. Nunca lo había visto antes, giran y giran, tanto que estoy a punto de abandonar la forzada postura de atención pero aguanto. Creo que el descontrol climático podría ser la causa del despiste avícola, pero no lo sé, a lo mejor es que algunas veces necesitan reordenar su camino para no perderse, para descansar un poco o para cambiar el turno de la que ejerce de guía, y retomar la corriente de aire en la que navegan. Hasta que, después de un tiempo que se me antoja infinito, una estira el pelotón y las demás la siguen: un poco más adelante ya se ha recompuesto la punta de flecha alada que forman al migrar y, en efecto, van hacia el sur tras modificar la primera dirección en que parecían apuntar hacia el oeste, antes de detenerse. Y ellas, por fin, advierten de la llegada real del tardío invierno con su presencia y sus agudos trompeteos de tropa interconectada, hasta perderse en la distancia.
No fue la única vez que pude verlas, pues en días sucesivos hubo (los chillidos siempre preceden a su paso, desde antes de ponerse a la vista) dos migraciones más, una de ellas pasó sobre mi cabeza sin alteración alguna en su camino con la formación de punta de flecha y el otro grupo volvió a pararse, girando igualmente unas aves en torno a otras para recuperar su ruta, corregida poco después como si la localización de mi modesto jardín fuera un semáforo. Tomada nota para comparar, si todo sigue así, el próximo invierno, si es que lo hay. O habrán aprendido ya, a su costa, el camino correcto… Y, terminado el año 2017, no me he olvidado de que hace tiempo que no he visto migrar a los patos, ¿dónde estarán?
Así que, volviendo al presente e imitando el despiste aviar en tales condiciones, también yo decido hacer un círculo de reordenación, girar unos cuantos segundos absurdos en torno a mis árboles, que ahora ya pierden sus hojas, para su descanso y el mío, mientras pienso en el lío climático del año agotado, y doy unas cuantas vueltas más meditando en qué cambiará las cosas —en uno u otro sentido— el año comenzado. Y, aún más, para decidir si retomo o no mi abandonada disconformidad al pasar al olvido el año 2017 y seguir avanzando por el 2018…
(Nota posterior añadida en 2020: No tuve ocasión de ver la migración hacia el sur en 2018 —en el que tampoco ha habido invierno real— ni la del 2019, aunque tuvieron que viajar previamente al sur ya que pude oír y ver a las grullas, pero ya de regreso hacia el norte español y europeo. Me pareció un retorno muy temprano porque ocurría a mediados de febrero, ya en 2020, formando un pelotón de varios cientos, totalmente desordenado en lentos giros, mezclándose entre ellas mismas. Pasaron tanto tiempo en el aire sin avanzar que no parecían saber qué hacer. La posterior llegada de un pequeño grupo, en correcta punta de flecha, les indicó la dirección cuando pasó por su revuelto lado hacia adelante, y entonces reiniciaron el avance al norte pero no se ordenaron, seguían revoloteando como una deslavazada peonza, en lento desplazamiento giratorio. Puedo suponer que son signos de un clima alterado, aunque no me conste por falta de prueba suficiente, pero —una vez más— tengo que atenerme a lo que veo.)
… Y resulta que sí que reasumo una profunda disconformidad aunque hacerlo signifique que no, no voy a conformarme más con el cambio climático.
Así que decidme, decidme bien alto qué hacer… No me basta con leer sobre la Conferencia de París, ni con contemplar el secarral de mi entorno, ni con prever la desertificación del territorio, o que el agua anegue regiones de contrario, ni con esperar que el mar colonice la tierra, ni con obviar un dudoso futuro, tenéis que gritarme qué hacer, informarme minuciosamente de qué hacéis, alentarme la esperanza en el futuro o, en otro caso, minorarla. Pero no acallarla.
No importa cómo sea porque el caso es conseguir saber lo que no sé: la verdad…
