Triannual - Sara Téllez-Torre - E-Book

Triannual E-Book

Sara Téllez-Torre

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Beschreibung

El presente libro contiene una serie de comentarios críticos sobre diferentes temas de actualidad: la tecnología, el medioambiente, la política local e internacional… Un acercamiento inconformista, crítico del presente y desconfiado del futuro, caracteriza este ensayo repleto de referencias y reflexiones. Triannual es, en definitiva, una llamada de atención sobre la necesidad de reordenar el presente con sentido común individual y colectivo, para hacer frente a los problemas y retos globales que amenazan el futuro.

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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© Sara Téllez

© Triannual

ISBN formato papel: 978-84-685-2252-4

ISBN formato epub: 978-84-685-2254-8

Depósito legal: M-13987-2018

Impreso en España

Editado por Bubok Publishing S.L.

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Índice
Introducción
Primer comentario: Piedras y estrellas
Segundo comentario: Culpables sin culpa
Testimonial: Si me empeño, lo sueño
Tercer comentario: Entes del espacio profundo
Cuarto comentario: La ciencia y la ficción juntas. Wow!
Quinto comentario: No hay que ser imprudentes… Ni cándidos, por favor
Sexto comentario: ¡Cándidos e imprudentes!
Séptimo comentario: Animales y animalillos
Testimonial: Cine y más cine
Octavo comentario: Y el ciudadano sin protección, una vez más…
Noveno comentario: Mucha acción pero, sobre todo, «anticipación»
Décimo comentario: Y muchas cosas raras en la historia del Planeta
Testimonial: Somos niños en la naturaleza
Décimo primer comentario: Imprudentes… pero emotivos
Décimo segundo comentario: Todo mal resuelto o sin resolver
Décimo tercer comentario: Actores que dan vida a personajes
Testimonial: De un futuro muy presente
Décimo cuarto comentario: Lecturas de absurdos y malas suertes
Décimo quinto comentario: Tras una parada «técnica»
Décimo sexto comentario: Por casualidad, más de lo mismo
Testimonial: No somos nadie…
Décimo séptimo comentario: Los músicos deberían vivir siempre
Décimo octavo comentario: Catástrofe y más catástrofe
Testimonial: ¿Volviendo a dónde?
Décimo noveno comentario: Mirando el agua
Vigésimo comentario: Más película
Vigésimo primer comentario: Uno, dos, tres, cuatro
Vigésimo segundo comentario: Cómo y por qué
Vigésimo tercer comentario: Un alza a la baja
Testimonial: Pasando por los 90 y sin crisis
Vigésimo cuarto comentario: Noche de Hulk
Vigésimo quinto comentario: Un poco de vuelta atrás en el tiempo
Vigésimo sexto comentario: Derivando, por nada
Testimonial: ¡Basta ya!
Vigésimo séptimo comentario: Barrer para dentro
Vigésimo octavo comentario: Nada de desalmados
Vigésimo noveno comentario: Lectura de un día tonto
Testimonial: Las horas… de una historia
Trigésimo primer comentario: Bandazos a diestro y siniestro
Trigésimo segundo comentario: Ideas coincidentes
Trigésimo tercer comentario: Recopilatorio
Testimonial: Andar sin saber a dónde
Comentario final: Hoy y mañana

Introducción

Hola, he escrito artículos en distintas ocasiones porque son un medio que sirve para sugerir criterios sobre distintas cuestiones surgidas del transcurso de la vida ordinaria, contemplada paso a paso. A la vez, claro está, he trabajado en empleos sucesivos y exigentes, como cualquier miembro normal y corriente de la sociedad actual, con los matices personales propios distintivos de cada persona. He vivido, como todos, el período de la crisis socioeconómica reciente pero tuve suerte en conservar mi sueldo, por recortado que resultara, y mi casa, porque para entonces ya había terminado de pagar la inmanejable hipoteca. Pero he seguido atentamente, en los medios, las circunstancias por las que mucha gente perdió una o ambas cosas y los sucesivos desastres humanos consiguientes. Lo que me llevó un día, ya muy avanzado el año 2015, a ponerme de nuevo al teclado, tratando de controlar el pesimismo, analizar sus causas y concretar cómo los dirigentes políticos, de aquí y de allí, han dejado difuminarse los avances y los logros que habían surgido, prometedores, en el siglo pasado para desplomarse hasta mínimos en el presente.

Y según amanecían las noticias y mi día, así han ido surgiendo estos comentarios, procedentes de sucesos reales o de evasiones de ficción contemplativa (cinematográfica, literaria) con los que me permito filtrar, depurar, compensar y, en lo posible, resolver carencias, anhelos y dificultades personales y sociales y seguir observando con empeño, mezclando la realidad y la imaginación. Así he transcrito con asiduidad cronológica, desde finales de 2015 hasta finales de 2017, lo que mi curiosidad, mi protesta, mis aficiones y mi deber hacia el mundo me han urgido expresar por escrito, en un torbellino de distintos y en-red-ados Comentarios…

… que se convertirán en opinión meditada sobre lo que acontece, de ordinario, en esta terrestre y mínima mota de polvo en el vacío, este pequeño Planeta perdido en una esquina del espacio que hemos convertido en «territorio» parcelado, como hacemos con cualquier bien patrimonial humano, objeto de lucha y reparto. Desde nuestro ínfimo lugar en un sistema estelar infinito, podría parecernos que el Universo será objeto de nuestra siguiente apropiación, asentamiento y sometimiento, ¿así de simple? Miren al suelo y al cielo… Piedras y estrellas.

Primer comentario:Piedras y estrellas

Al iniciar estos escritos, la primera intención era resumir, analizar y sacar conclusiones de algunas historias audiovisuales filmadas, según las fuera visionando, sin más intención que expresar lo mucho o poco que me hubieran sugerido en cada caso. Siempre desde el prisma de una pequeña vida, la mía, que es como la de cualquiera, pero si se trata de un «cualquiera» agobiado por las urgencias de la vida acelerada y por las obligaciones de los trabajos y los días, cuyo ayer ya transcurrió y por tanto es irrevocable, cuyo hoy está sucediendo ahora de un modo incontrolable y cuyo mañana es una pura anticipación sin garantías de permanencia. Pero enseguida la realidad cotidiana ha pedido paso, exigiéndome mezclar piedras y estrellas en el transcurso de los días y de los comentarios.

Sin embargo, me resultará imposible identificarme con cualquiera que practique la indiferencia extrema o, tanto menos, que esté mediatizado por su adhesión radical a superestructuras organizativas, ya sean la economía o la política, o desorganizadoras, como el enfrentamiento o la disensión. Esto es, que voy, e iré, moviéndome dentro de la difícil «normalidad» del día a día.

A la vista de las aventuras o desventuras que a algunas personas nos encallan en arrecifes sociales, confrontados con una existencia personal que, al principio, parece duradera pero que, al final, termina demasiado pronto y demasiado brusca, sitúenme en el medio, entre un 0 y un 10, de la rutina existencial y así el perfil se ajusta a la generalidad social pero, como es una valoración puramente subjetiva, puede ser real o no serlo. Como la vida misma y sus azarosas variaciones, según las circunstancias y las interpretaciones.

Así resulta que, por modesta que sea la percepción del mundo, es una mezcla inevitable de presiones sociales y preferencias privadas, sin pretenderlas ni escasas ni excesivas. Y de ahí surge un producto mestizo de lo que transcurre en el exterior (la vida real y sus vaivenes) y lo que está enraizado en el interior (la razón, la mente, la conciencia), como áreas vivas que iluminan el camino de la comprensión: para llegar a conclusiones necesito, por un lado, consultar la información existencial, real e instrumental en la continuidad de la prensa diaria; y, por otro lado, aceptar el valor esencial intrínseco de la literatura universal, el uso paralelo de mi propia imaginación creativa individual, hasta donde alcance y, posiblemente, admitir una intensa influencia de vivencias virtuales sobre el mundo y sus variaciones, obtenidas del visionado audiovisual, ya provenga del cine o de la televisión.

Estos últimos medios, evocadores de ilusiones y también de realidades perceptibles, se ajustan en cada caso a mis preferencias que, por afición, se enfocan, en cierta medida, hacia las creaciones de ciencia ficción (SF), preñadas tanto de posibilidades de futuro como de alternativas a la rutina, al actuar de relajación individual frente a la exigente pulsación de la vida real. Son una evasión temporal, un freno al discurrir cotidiano de los hechos comunes, esos que suelen provocar hastío involuntario cuando uno intenta aclarar puntualmente las diatribas partidistas, los enredos de la política y los políticos, los errores gubernamentales, la complejidad administrativa, el exceso fiscal, el caos del tráfico, la presión laboral, la insuficiencia económica y los líos ciudadanos.

Por suerte hay otra vida, y muchas más, en el mundo virtual. Elegirlo o rechazarlo, recurrir a su potencial o ignorarlo, es una cuestión —por lógica— exclusivamente personal pero, sin duda, habrá mucho que decir y concluir del reino de lo audiovisual, si lo consideramos atentamente. Y si lo controlamos lo suficiente como para no colgar toda nuestra existencia de esa única parcela.

Para equilibrar, en lo posible, las distintas influencias externas que puedan influir en la dinámica de los comentarios, es por lo que, entendido a veces como des-carga de tensiones y otras como carga de la experiencia vivida, o sospechada, incorporo narraciones independientes de los comentarios del día. Tienen un carácter simplemente «Testimonial», espigados de mi archivo de escritos inéditos para alterar la paridad «comentarista» (lo real y lo visionado) con un tercer ingrediente. Son cuentos, conectados o no con distintas y dispares realidades, formando parte de un mundo personal. Pequeñas historias, de expresión libre y autónoma, imaginadas o vividas a caballo entre dos siglos que, con simples o complejas cosas de la vida plural, abarcan un espacio para la imaginación y el recuerdo, cuando la intimidad alcanza a barnizar de templanza las dificultades de ser un ciudadano de a pie que trata de superar cada día de hoy, matizándolo con el recuerdo de lo que fue ayer y con el anhelo de lo uno quisiera que fuera mañana. Como uno de los pocos símbolos de libertad que no exigen ajustarse a protocolos.

… Y siempre teniendo muy en cuenta la decaída naturaleza, dado que es la gran perjudicada de la actividad humana que agobia y degradael Planeta, predominantemente consistente en apropiaciones, destrucciones y basuras de muchos tipos y de mucho calado.

De vuelta a la actualidad de la sociedad global, destaco dos características repetitivas: que parece que nos hemos entregado, sin condiciones, a las herramientas electrónicas (lo cual implica haber cedido voluntariamente al sistema informático —tan solo a cambio de poder usarlo— nuestra personalidad, aficiones, percepciones y previsiones de futuro), arriesgando el desarrollar una dependencia extrema de la nueva instrumentación; y que paralelamente —no sé si como consecuencia de lo anterior— hemos favorecido una inmensa afición por lo que nos narran historias con un alto porcentaje de efectos especiales electrónicos realistas o, en otros casos, optando por vivencias virtuales alternativas, hasta el extremo de que podría decirse que una parte de nuestra vida ordinaria ya «es soñada», lo cual no tiene nada que ver con el calificativo «somnolienta», aunque quizá —como ya se contempla en algunas anticipaciones literarias de SF— la primera termine convirtiéndose también en la segunda. O la segunda fagocitando a la primera.

Comprendo que la influencia de los medios electrónicos, a nivel personal y colectivo, no admite una pacífica vuelta atrás ni lo pretendo, dejando de lado algún toque de añoranza, porque si el género humano ha progresado como lo ha conseguido es por la característica esencial de ser adaptable, y lo demuestra claramente con esa aceptación total de las técnicas de cobertura electrónica universal que ya parecen irrenunciables, por necesidad. Pero es tal su potencia que afecta rígidamente y con extrema velocidad a todo lo que ha sido y es nuestra casa, la sociedad global y su relación con la naturaleza y nuestro destino personal y colectivo. Queda por saber cómo y hasta dónde el resultado afectará al mundo que nos sustenta. Por eso me planteo preguntas, que no van a tener más contestación final que la que cada uno quiera darles…

¿Cómo es que la literatura escrita nos ha llevado a desembocar irremediablemente en la impronta electrónica que, finalmente, solo es un alucinante/alucinado «pixelado» luminoso como medio preferido para acceder al conocimiento? ¿Cómo hay ya muchas vivencias personales que se prefieren virtuales, adquiridas fuera del campo de la realidad ordinaria? ¿Cómo los juegos, antes dinámicos y activos, se han concentrado en un stick y una pantalla hasta absorber la atención y detener la movilidad, al margen del sentido del tiempo? ¿Cómo la herencia bibliográfica tangible se ha acoplado a un río electrónico que no cesa y nos exige participar sin esfuerzo pero también sin autocontrol? ¿Cómo hasta el necesario movimiento físico personal ha derivado hacia un catálogo de ejercicios organizados apretadamente en protocolos de gimnasios o se inhibe forzadamente ante pantallas durante horas? ¿Cómo el traslado entre lugares simplemente a pie o con elementos básicos de transporte se ha transformado en rutina vehicular que, en contra de la comodidad pretendida, transcurre en un caos circulatorio del que ni sabemos ni podemos salir? Aunque quizá, en lugar de preguntarme cómo debería y debo preguntarme por qué. O ambos, a la vez aún sin saber si tengo —o tendré— contestación.

Ya que todo ello, además, se produce pagando por la nueva mercancía tecnológica y no me refiero solo al dinero que nos cuesta, que también; sino que hemos comprado la «modernidad», en la rutina cotidiana, a cambio de ceder, minorar o renunciar a la privacidad como primordial motor de desarrollo de la independencia esencial.

Facilidades electrónicas contemporáneas que, por progreso tecnológico, quede claro que no desdeño en absoluto aunque, en ausencia de autocrítica, su aceptación sin condiciones podría debilitar la potencia de las voluntades (eso que, en esencia, se define como «libre albedrío») si no encontramos un correcto equilibrio entre lo anterior y lo actual. Porque si se decide no pensar en blanco y negro o en color, habrá que hacerlo en un único gris. Y al convertir un sistema estático en fórmula rutinaria, pues es difícil ser libre en un entorno programado y se difumina la capacidad de elegir.

Y, se quiera o no se quiera, somos peones en el juego del progreso. Que no sé claramente si el mismo es o no es… evolución.

Segundo comentario:Culpables sin culpa

Estando ya avanzado el año 2015, y revolviendo en mi archivo de noticias encontré un link atrasado (del ya lejano 2012), convocando a los actos del día en que se celebra la Hora del Planeta, la cual —a mi modesto e insignificante alcance— llevo respetando, en concreto desde 2010, cada año, día y hora conmemorativos, y el haber vuelto a consultar el citado enlace me ha «refrescado» informaciones que, aún atrasadas cronológicamente, son un reflejo de problemas que parecen cada vez más acuciantes y que «La Hora…» recuerda anualmente, alentando la participación individual y colectiva. De modo que, cuando la prensa anuncia la proximidad del día convocado, me acuerdo de apagar las luces durante una horita al año, cosa que permite meditar, en el lapso de oscuridad, sobre las causas por las que se es partícipe en el apagón. O sobre cualquier otra cosa en la que previamente no se haya pensado «por falta de tiempo». De hecho, es un encuentro amistoso con uno mismo.

Copio de la información del link citado: … Se trata de una iniciativa mundial para luchar contra el cambio climático y concienciar a la población sobre la necesidad de promover un consumo sostenible y respetuoso con el medio ambiente… Empezó a conmemorarse en Australia en 2007, promovida por WWF, seguida por 2 millones de personas… El siguiente año fueron entre 50 y 100 millones de personas las que apagaron sus luces… Objetivos para favorecer la conservación de la naturaleza y promover el ahorro energético (individuos, gobiernos y empresas)… reducir emisiones de CO2 y frenar el progresivo aumento de la temperatura de la Tierra.

Sigo en copia: ¿Cuánta energía se ahorra durante la hora de apagón?… En 2009, Red Eléctrica de España cifró en 300 megavatios el descenso del consumo de energía en el punto más acusado durante la hora que duró el apagón.

Y parece que en 2015 (con varios meses de preparativos y trabajos previos) la cuestión ha dado un salto cualitativo, cuando nada más y nada menos que se ha celebrado, auspiciada por la ONU (Organismo que yo tenía por decadente, si no es que inexistente) una Conferencia sobre el Clima que ha tenido lugar en París en diciembre de este año. Para la Conferencia, 187 países han confeccionado programas nacionales propios, elaborados con tal fin, como aportación voluntaria. Siendo precisamente la Unión Europea (UE) la primera en presentar su contribución unitaria previa al acuerdo, en la que plantea su intención de reducir las emisiones, en un 40 %, para el año 2030. Tan cerca ya, que la mayor parte de la población actual será testigo de la eficacia de lo acordado y de lo que pueda, o no, suceder: los participantes oficiales en esta conferencia tendrán claro su compromiso y su responsabilidad pero, al ser una organización plurinacional, cualquiera sabe si los acuerdos se respetarán, alterarán u omitirán, finalmente…

Han conseguido concluir un acuerdo vinculante para los países firmantes, a ratificar en el plazo de un año contado desde el 22 de abril de 2016 hasta el 21 de abril de 2017. El acuerdo citado lo han pactado 175 naciones y la UE. Que si no equivoco el cálculo estaría formada, en el momento de la conferencia, por 28 países, representados en ella por la Unión Europea unitariamente, si bien la ratificación debería realizarla cada país de forma individual, en el plazo citado, y quienes la hayan otorgado son los que cuentan, finalmente, en el cumplimiento efectivo de los compromisos previstos.

Para ser puesto en marcha, el acuerdo necesitaría ser ratificado (en 2016/17) por al menos 55 países de entre los participantes pero que, a la vez, sean en conjunto responsables de, al menos, el 55 % de las emisiones contaminantes. Esto, a mi modesto entender, me sugiere que es posible «medir» las emisiones nacionales respectivas. Lo cual resultaría de interés trascendental si los países, al menos los firmantes, dieran a sus poblaciones información anual suficiente, leal, sincera y destacada, pues creo que habría muchas personas que asumirían con gusto, por la vía del conocimiento, su intención personal de, como mínimo, mantenerse al día de la situación climática y ambiental, cuando no de ampliar su información y, si buenamente pueden, sus acciones efectivas, personales o colectivas. Esto es, no dar más «palos a ciegas» en materia climática, que es una grave cuestión que nos afecta a todos hoy y, mucho más aún, a quienes han de vivir aquí después, en un período futuro que les afectará directamente y que nosotros, hoy, habremos condicionado, en una u otra dirección.

Vuelvo a la cuestión candente: muy preocupante debe de estarse viendo ya, al menos en lo que se refiere a la responsabilidad de las naciones y sus sociedades, la importancia de las emisiones de gases invernadero a la atmósfera (que, evidentemente, se dan en esta conferencia por indiscutibles), sus consecuencias en el clima (calentamiento global) y las repercusiones en los territorios humanos (desertificación o catástrofes térmicas, deshielo polar y consiguientes inundaciones de regiones afectadas por la elevación futura del nivel oceánico), con sus secuelas previsiblemente enormes en las sociedades de los territorios afectados y, finalmente, en toda la población global. Otra actuación adicional, también promovida por Naciones Unidas (ONU), cada 17 de junio es el Día Mundial para Combatir la Desertificación y la Sequía.

Esto y muchas otras cosas —destaco simplemente las comprobaciones de aficionado, esto es, la observación de cada día— me dan la impresión de que sí que hay determinados e importantes sectores geográficos, o tal vez todos, que quedarían afectados por las consecuencias climáticas, y que la conferencia asume plenamente la necesidad de prever y diseñar medios tanto para atajar los problemas antes de que ocurran, como para aportar los posibles remedios, de suceder. De alguna manera parece que hubieran fijado como año clave el 2030, dado que pretenden establecer un objetivo colectivo para movilizar 100 000 millones de dólares americanos (cifra que consta en la documentación de la conferencia y, en concreto, de la Comisión Europea) entre el 2020 y el 2025, entiendo que precisamente para eso, para tener medios disponibles para impedir desastres o para resolverlos, cuando sucedan, si se producen… Situación y cifras que marean, o no si tenemos en cuenta que el presupuesto militar chino alcanza los 170 000 millones de dólares (oído en la TV), aún superado en cuantía por los EE. UU.

Tales previsiones, desde mi punto de vista, implicarán potenciar necesariamente un enorme montón de actuaciones, teniendo en cuenta los imprevistos y, lamentablemente, también los posibles fallos en lo previsto…

Que pueden ocurrir: si no actúan con responsabilidad y capacidad los gobiernos respectivos (que van y vienen llevados por revueltos vientos y huracanes políticos); si prevalecen los intereses de las multinacionales (que no sé yo por dónde irán, salvo a su beneficio); si se elude la voluntad de cumplimiento por parte del sector empresarial (variopinto y egocéntrico); si se abandonan las actuaciones por los líos internos de los países (que no cesan, sino que aumentan) y si continúa existiendo la fría indiferencia actual de la población (real o provocada), sin dejar en olvido la presión de los conflictos bélicos (interminables e incontrolables).

Pues ellos verán cómo pero, después de un «latigazo» tan fuerte como ha supuesto para el simple lector (yo en este caso) el desarrollo de la Conferencia de París y la firma de sus acuerdos (a impulsar cuando los ratifiquen los firmantes, antes de abril de 2017), tendrán que tomarlo muy en serio y, lo que es aún mucho, mucho, mucho más importante, mantenernos a los ciudadanos comunes (que finalmente somos los que pagamos todo: tanto los miles de millones para actuar, como los potenciales perjuicios si no se interviene a tiempo) constantemente informados tanto de sus acciones como de la verdadera y exacta situación del cambio climático y de todas sus consecuencias, y hacerse desde YA mismo. Pues la población es, y será realmente, la gran perjudicada —como siempre— de las acciones u omisiones de los gobiernos, de las organizaciones, de las industrias y empresas…

Porque si no actúan o no alcanzan metas, pues a verlas venir… Pero quedarse esperando puede desembocar en que, en el curso de este siglo (esto es, nosotros y nuestros hijos y nietos, total ahí mismo a la vuelta de la esquina), podemos tenerlo tan crudo como para añorar incluso la vida en siglos preindustriales sin emisiones contaminantes, esto es, lejos de comodidades domésticas, vehículos a motor, electrodomésticos de la gama que sea, comida para tirar, bebida para aturdir, televisión y programas para aburrir, ordenadores personales para extasiar, transportes globales para no parar, dotaciones sociales para tranquilizar, economías boyantes para convencer. Añoranza a la fuerza, claro, en razón de eventuales sucesos terrestres, uno de los cuales (simplemente previsible) podría consistir —y valga como ejemplo posible el caso deEspaña— en las «mordidas» del nivel del mar en las costas y la imparable desertificación de buena parte del territorio, además de otros problemas (y al perro flaco…).

Porque no lo olvidemos: la Tierra es pequeñita en un Universo imponente e inalcanzable actualmente; la civilización es recientita en un mundo convulso; la población mundial es explosiva en un planeta finito; las naciones no saben ni qué hacer consigo mismas; nuestro continente europeo avanza un paso y retrocede uno y medio; y España, pues la verdad, somos muy pocas cosas en el conjunto global, tanto ahora como antes.

Así que tal parece que somos culpables, aún sin culpa. A ver si tiene remedio, en el caso de que queramos que lo haya. Y si es que se intenta, ya…

Testimonial:Si me empeño, lo sueño

(Y sí que empiezo deprisa a desbarrar… Bueno, luego te cepillas el «barro» y quedas listo.)

Campo de empeños, campo de sueños

Un ciudadano cualquiera, tú, yo, algún otro, una mañana de invierno, una obligación laboral, el coche en la calle aguardando encostrado bajo una rutilante capa frigorífica y siendo su interior una cápsula inhóspita. El toqueteo de múltiples botones, que ayudará —en un rato— a estabilizar la temperatura y que consigue —ya— arrancarlo mientras por fuera se desparraman nubes de blanco humo gasificado.

Apenas salido de las plazas de jardinería interior y recorrido tan solo un trecho, ya tiene que parar al sumergirse en el primer atasco de la jornada. No se puede leer en la espera, aún es de noche, alrededor hay una marea de metal con luces de faros a media altura, a estas horas no se está de humor para noticias radiofónicas y la música no sirve de consuelo cuando el cuerpo casi ni responde. Nada que hacer, nadie con quien hablar, solo esperar al «catálogo arranca-frena» sucesivas veces, sin apenas fijar, más que un poco, la atención.

Consigue remediar el disgusto madrugador buceando en el recuerdo de sí mismo y de la vida que llevó cuando, aún joven, vivía en la falda de la Sierra granítica, junto a una vega rústica. Al tratarse de una finca no disponía de compañeros juveniles, de modo que pretendía ser Livingstone o Stanley por entre los matorrales y peñascos, sin guardias ni porteadores. Tampoco había «nativos» trajinando por una zona que ni de lejos se parecía a una sabana y que no daba para campos de trigo ni de vides. Todo alrededor era rústico aunque no salvaje pero, en la emocionante soledad, podía esperarse algún peligro de bajo nivel, sugerido por algún lagarto listado en negro y glauco o una inocente culebra gris que, al escabullirse, ni siquiera parecían amenazantes.

La imaginada y anhelada «selva» agobiante se concretaba en básicos campos de cardos u ortigas que, al menos, le obligaban a tratar de eludir los picotazos y, cuando no podía evitarlos, consideraba que eran el efecto de aquella causa, esto es, que los que estaban allí por derecho propio eran ellos y él mismo solo era el explorador, el visitante —según los días— civilizado, en resumen, el invasor de una tierra aún no explotada.

Enredada en el brazo derecho llevaba una honda artesana, tosca y fuerte, controlada con sus gomas elásticas y el tirador trasero. No porque fuera a sacarle de algún conflicto salvaje sino porque, teniendo buena puntería, le gustaba probarla en los campos y los roquedales inanimados y al usarla y dar el golpe musitar —cual bosquimano devoto— «¡que el alma de esa roca —o piedra o leño— quiera perdonarme!», para adornar un poco la aventura. Aún sabiendo que el instrumento no era más que un artificio, una herramienta socializada, no desmerecía, por simpleza y primitivismo, del entorno uniforme que, a falta de las anheladas fuentes del Nilo, valía como bosque de pajas secas de medio metro de altura.

Mientras en la ruta ciudadana, ya superado el primer atasco del día, apenas a dos kilómetros desde su casa, tan solo tenía que esperar a pararse de nuevo un poco más allá y luego más y otro más, hasta conseguir, pacientemente, culminar su trayecto… cuando consiguiera recorrer lo que aún le quedaba, otros veinte kilómetros por delante.

Un cúmulo rocoso parecía formar una pirámide irregular que estorbaba su ruta e imponía un rodeo. Fingió un volantazo con un supuesto jeep campestre (el que hubiera podido conducir de encontrarse en la sabana africana) y, debido a la rudeza del sesgo, algo saltó a un lado de sus pies. También le brincó su propia vida en un breve agobio de sorpresa, que más bien era temor. Alcanzó a distinguir un pelo rubio rojizo, culminado en un penacho de blanco puro que ondeaba a la carrera: era una liebre. Y pudo ver, en medio del barullo espiritual que intentaba controlar, llámese susto, por dónde desaparecía, tal vez refugiada en una madriguera.

Se acercó casi olfateando el aire y sin quitar la vista de aquel lugar secreto que, a la sazón, tan solo él conocía. Pensó en volver a la casa y dar «el cante» para que los adultos cogieran sus escopetas y él actuando de ojeador los dirigiera… Anticipaba la aparición del cazador, veía brillar el negro pavonado del arma y olía la pólvora restallante que ya anteriormente había husmeado. ¿Avisarles, traerlos? Él había descubierto la pieza, él decidía…

¿Pieza? ¿Un trozo cualquiera de algo desechable? ¿Una bujía averiada? ¿La tuerca de un tornillo? Eso eran piezas y en nada parecidas a aquel palpitante ser vivo, aquella madeja de vitalidad surcando el aire mientras corría velozmente por su vida, sintiendo, respirando, temiendo como él. Y se la representó muerta, convertida nada más que en pellejo y fibra, perdido el hálito de su existencia y el objetivo de su futuro por el estallido de un artilugio desmesurado y anónimo que mataba sin avisar, a distancia, sin remedio… ¿Y sería capaz de aceptarla luego como manjar, cuando se la sirvieran en la comida?

Muerta no, se dijo, no quería embocarla a su fin como no habría querido ser borrado de la lógica de la vida él mismo por una decisión prescindible. La liebre tenía su lugar en un mundo donde otros también aspiraban cada día a moverse por un entorno sin atropellos, buscando un porvenir para ser vivido. Para seguir existiendo él no requería destruir la esencia de otras vidas. Y si se tenía por valeroso, el mayor valor estaba en dejarla sola y libre, como cualquiera quisiera estarlo, tanto como él mismo.

Esperó un poco por si podía atisbarla un momento y despedirse pero el calor fluía a oleadas, las cosas discurrían por su cauce natural. ¿Qué timbre de honor, y por cuánto tiempo, habría sido el presumir llevando el cuerpo reventado y extinguido de un ser tan indefenso? ¿Acaso la gloria no estaría más bien en poder enfrentarse a un tigre con un cuchillo, como Mowgli? ¿Qué hubiera sido de él entonces cuando su futuro —no entrenado para enfrentar tales amenazas— se extinguiera entre potentes garras, ridículos sus herbívoros dientes y uñas romas en inútil defensa ante una enorme entidad que busca su sustento? Y si él fuera la víctima de un ataque, absurda su estéril honda desmadejada, ¿cuál sería su último sentimiento sobre el atacante?

Pues él debía de ser tigre para aquella figurita rubia y blanca, le parecería un dragón redivivo anunciando el fin de los días. ¡Qué fácil podía resultar sentirse poderoso ante un ser tan frágil e indefenso! Ante tanta inocencia, matarlo, ¡menuda gloria!

Así que se alejó, sin volverse. Justificando ante sí mismo su breve pretensión predadora por la agitación involuntaria del gen prehistórico que alguna vez urgió la comida y que, salvado ese sobresalto instintivo y primario, ya nada tenía que ver con su persona.

Su persona, poco después, se trasladaría a la gran ciudad donde habría de transcurrir su vida de adulto. Como ente civilizado, administrador y garante de la creación… por decir algo.

Dejando los recuerdos en su campo de ensueños, vuelve al atasco ciudadano correspondiente donde se mueven los entes civilizados, los que gestionan el progreso entre nieblas y edificios. Entre escapes y bocinazos, entre aire insoportable, ahíto de dióxido, benceno y plomo.

El presente se apodera del «garante de la creación» hasta que, al detenerse en alguno de los nuevos atascos, deriva con fuerza hacia atrás hasta otro recuerdo más cercano.

Mucho tiempo después de dejar los campos de su juventud para residir entre la adulta ciudadanía, regresó, físicamente, a visitar el ensoñado y fascinante campo de cardos y ortigas.

Múltiples calles asfaltadas delimitaban un paisaje cuajado de gigantescas setas artificiales: doscientos chalets adosados habían arrasado el campo de la liebre, tomando posesión intensiva de todo el entorno.

Siendo evidente que en aquel lugar comprimido ya no habría nunca más presencia de liebres ágiles, policromas y autónomas pero —ya que la vida se empecina en rebrotar por cualquier sitio— estarían cordialmente sustituidas por nuevos colonos en libertad y en vecindad universal, rápidos, monocromos y soterrados: las cucarachas.

De pronto, ¡sorpresa! Algo le urge a aterrizar otra vez desde sus recuerdos hasta la postura contraída en el metálico interior de su cápsula automóvil y es que se ve obligado a retomar su actual vida civilizada, socializada, compartimentada y un tanto trastornada mientras observa, complacido, que ya ha salido del último atasco. Campos, liebres, rocas y libertad, cuestiones de un tiempo pasado que ni siquiera era mejor, pero que parecía que tal vez hubiera podido serlo, en el futuro.

De cualquier modo, lo que ahora cumple es correr, correr, correr, no llegar tarde a fichar.

Pues ¡al tajo! Que es lo que hay…

Tercer comentario: Entes del espacio profundo

La ciencia ficción como medio de conocimiento ha tenido una gran importancia en el desarrollo de mi imaginación, estimulada por sus historias, argumentos o propuestas, como un área creativa que abarca muchos contenidos y anticipaciones acerca de lo que podría ser, a lo largo del paso del tiempo, nuestra evolución existencial, teniendo en cuenta que, en cada minuto que adviene detrás de cada minuto del estricto presente, ya empieza el futuro y sus variantes son infinitas… favorables o no. Y las anticipaciones científicas dibujan vívidamente muchísimas de ellas, posibles e incluso probables.

Voy a recordar los modestos comienzos del género en nuestro entorno: antes del fantástico desarrollo audiovisual actual de ese campo creativo, la afición temprana a ese tipo literario (SF para resumir) consistía localmente en la lectura doméstica de resobadas novelas en primitivas ediciones de libros baratos (no solo de ciencia ficción, sino también novela negra, novela del oeste y novela rosa) que se intercambiaban una y otra vez, en los años 50 del pasado siglo, por otros volúmenes envejecidos y agrisados, en ediciones muy baratas de la misma temática, previo pago de unos céntimos (de los de entonces) en unos pequeños negocios sitos en locales viejos, malolientes y asfixiantes por tener tanto libro, y tan usado, almacenado. Y que desaparecieron después con el lanzamiento de nuevas ediciones favorecidas por un ambiente económico en desarrollo, que ya se conseguían mediante compra individual. Con ello, todos los lectores de esa época se iban asegurando un poco más de higiene personal en el manejo de sus lecturas, mientras que el citado sistema de «reciclado por reutilización extrema» era anulado por las exigencias de la nueva economía.

Al poco tiempo, favorecida en parte por este nuevo tipo de consumo, la afición a la SF impulsaba la inclusión de la ciencia ficción en el catálogo editorial, la aparición de impresionantes revistas temáticas, cómics y libros con una creciente dignidad editorial, excelentes traducciones y un aporte creativo que, aunque liderado por la potencia editora de los norteamericanos, se ampliaba también con autores europeos y latinoamericanos, algunos perfectamente comparables con los mejores de la incesante fuente americana del norte y, entre ellos, autores españoles muy interesantes y capaces. En aquellos momentos, la forma de acceder a la SF era el libro impreso, que ha sido, como sistema de cobertura universal y durante un dilatado tiempo histórico, la base impulsora de la educación y la cultura tanto como de la ciencia y la tecnología.

El apoyo de una afición fervorosa hizo que se multiplicaran los certámenes literarios de SF, estimulando la creatividad de los autores y la adhesión de los lectores, de modo que las ediciones sucesivas de ciencia ficción pasaron a colmar el anhelo unipersonal y colectivo por las materias y materiales «galácticos», como una previsión adivinadora de un futuro mejor o más evolucionado, al menos. Parte de esta anticipación (solo hay que pensar en Verne, y sus creaciones, increíblemente interesantes y realistas a nivel técnico y científico en una época temporal tan temprana técnicamente como fue el siglo xix) terminaría encarnándose en realidad palpable, sugiriendo que lo imaginado podía anunciar un posible porvenir, mientras que salían al mercado cientos de creaciones de un amplio listado de autores, esperadas con ansia por los lectores.

A su vez, la ciencia empezó a convertirse en ciencia avanzada, con una fuerte influencia en el campo de la ficción anticipativa al empezar a descubrirse lejanos sistemas siderales sugerentes de posibles destinos espaciales del futuro, que así se hacían reales. Muchos escritores de ciencia ficción también eran, al mismo tiempo, acreditados científicos trabajando profesionalmente en importantes sectores técnicos del mundo terrenal y que no desdeñaban escribir igualmente en conexión con el Universo celestial. Conocido por muchos, Asimov introdujo definitivamente la robótica en la ficción, no solo en la compilación de sus narraciones —Yo, robot—, sino a lo largo de toda su obra, muy especialmente, para mí y como ejemplo, la titulada El sol desnudo, escrita en 1956, cuando esa instrumentación ni siquiera había comenzado a plantearse y véase su desarrollo actual… y el que le queda.

También el cine empezó a mostrar, con sus adaptaciones de novelas ya publicadas, un tímido interés por la ficción sobre el Universo extraterrestre (colisiones de «mundos», apariciones de entes alienígenas, a veces muy básicos, con fines bien o mal intencionados respecto a la Tierra), pero aún no era el motor impulsor de la afición a la SF en el que se convertiría posteriormente. Claro que ya aportaba realizaciones muy convincentes, y valga como excelente ejemplo, basada en la novela homónima de H.G. Wells, la película La guerra de los mundos, (The War of the Worlds, dirigida en 1953 por Byron Haskin), y que prefiero sin duda alguna a su remake de Spielberg, en 2005, a pesar de que los medios técnicos al uso aún eran artesanales o poco más, pero cuando se basaban en una adecuada realización y un buen guion, convencían a tenor de lo que se narraba, a veces hasta conseguir una inmersión incondicional del espectador en la película hasta donde podía llegar en cada caso. Aunque, para brillar por el espacio infinito, hacía falta darle tiempo al tiempo y desarrollar los sistemas electrónicos

La sucesiva evolución tecnológica lo fue impregnando sucesivamente todo de capacidad creativa: al principio, con una producción especializada mediante maquetas de última generación y sobreimpresiones, ya eran capaces de convencer y asombrar al espectador, convirtiendo a las pantallas de cine en potentes universos comparables a los propios mundos galácticos reales, «abduciendo» a la gente de su simple pasividad contemplativa para llevárselos puestos en el torbellino virtual de la película, insertándonos en el mundo que nos propone, la historia que desarrolla, las personas que la interpretan de modo verosímil y gracias a quienes —por detrás, en el backstage— la realizan, le dan el dinamismo que la hace tan real. Sirva como ejemplo de este primer período técnico El amo del mundo (Master of the World, basada en el relato de Julio Verne titulado Maître du Monde), interpretada por el inolvidable Vincent Price y dirigida, en 1961, por William Witney.

La posterior introducción de los efectos especiales y su impulso, a partir del principio de los años 80, con bases científico-técnicas impresionantes, conformadas y recreadas por la electrónica, marcaron un antes y un después. Y es entonces —ahora— cuando ya la ciencia ficción filmada no solo cuenta con nosotros, los espectadores, sino que asume su propia viabilidad existencial extrema, bien como impactante realidad virtual o como imparable posibilidad potencial. Está ahí delante y se ofrece, con unos medios técnicos y económicos enormes, como forma de acercar al espectador la creación efectiva, aún simbólica, de mundos que, con solo sugerirlos, quedan inventados y anticipados como perfectamente posibles y fabulosamente complejos. Y, no lo olvidemos, presentados ante nuestros propios ojos de modo que parece que los tocamos con las manos, cuando no que vivimos en ellos. Todos conocemos su desarrollo, si recordamos, por ejemplo, desde La Guerra de las Galaxias hasta Avatar. Y tantas más.

Si trascendemos las creaciones filmadas para imaginarlas situadas en universos paralelos (como si realmente esos mundos existieran según defiende alguna teoría científica que lo ha considerado posible), muy bien podría concluirse teóricamente que el más viable (o el realmente «visible») de esos sospechados universos múltiples lo formara precisamente la propia creación audiovisual y sus posibilidades precisas y plausibles, ya sean tecnológicas, creativas, socio-políticas, humanistas, tremendistas, catastrofistas, imperialistas, desarrollistas o involucionistas pero todo sublimado en la presentación de una ficción espacial tan científica, tan potente, tan tremenda como hoy en día es posible conseguir, de modo que uno, andando por aquí (y tan, tan pequeño), se pregunta adónde nos llevan anticipaciones tan calibradas o adónde conseguirán llevarnos: a veces, avisan; o analizan; o crean; o adivinan usando la luz o las tinieblas. Pero tan, tan lúcidas…

O, como en ocasiones lo han interpretado algunas obras de ciencia ficción: ¿si los humanos no seremos más que la ensoñación, más o menos tecnificada, producto de entes ignotos cuya vida consiste, simplemente, en diseñar realidades virtuales en sus mentes —biológicas, electrónicas, robóticas—, una de las cuales seríamos nosotros?

 

 

 

 

 

Cuarto comentario: La ciencia y la ficción juntas. Wow!

 

 

 

Es evidente que mi profundo interés por la ciencia y por la ficción, y muy decididamente por la ciencia ficción (SF), quedará patente en muchos aspectos y como base especulativa y sugerente de una parte de los comentarios, también.