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Leonor ha cumplido 45 años y se entera de que su madre padece Alzhéimer. Esto la lleva a explorar la esencia de su madre y la relación de ambas. Un relato sobre el Alzhéimer, la identidad, la memoria, la sanación y el amor filial.
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Seitenzahl: 129
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© LOM ediciones Primera edición, septiembre 2024 Impreso en 1.000 ejemplares ISBN Impreso: 978-956-00-1850-2 ISBN Digital: 9789560018977 RPI: 2024-a-8079 Imagen de portada: «Tu memoria en mis ojos» de Emiliana Rojas Dresdner Diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Santiago de Chile
A Rodolfo. Por todo. Por siempre
No solo he tenido siempre problemas para distinguir lo que sucedió de lo que simplemente pudo haber sucedido, sino que sigo sin estar nada convencida de que esa distinción, de cara a lo que a mí me ocupa, importe en absoluto.
Joan Didion
Tengo 50 años. Cumplidos. Y puedo decir que esta historia que voy a contar comenzó el día de mi cumpleaños 45. Puedo decirlo. También puedo decir que lo que pasó ese día me cambió la vida. O escribirlo. O reescribirlo. Como lo estoy haciendo ahora.
Reescribirlo. Más o menos así.
–Feliz cumpleaños, mamá.
El reloj marcaba las 6.48. La alarma había sonado hace 18 minutos, pero no lograba reaccionar. No sentía a mi lado la respiración de Marcos, lo que indicaba que se había levantado.
–Feliz cumpleaños, mamá.
Las palabras de Camila terminaron de despertarme. Sentí su peso sobre mi cuerpo y sus labios en la mejilla. La abracé y le besé la frente.
–Gracias. Te quiero –respondí.
No contestó. Hundió la cabeza en mi cuello. Un mechón de su pelo me hizo cosquillas en la piel sobre el labio superior.
Miré hacia la pieza. Parado a los pies de la cama, Marcos sonreía. Abrazaba un gran paquete plateado con una roseta roja.
–¿Te gusta? –me preguntó Camila apuntando al dibujo que puso en mis manos.
Tomé su mano y miré el papel: en grafito, una niña de pelo largo y liso, mirando fija e inexpresivamente con un solo ojo. El otro, tapado por un mechón de pelo. En los brazos, un gato. La imagen que Camila tiene de Camila.
–Es hermoso –contesté.
Me senté en la cama. Me dolía un poco la cabeza. No dormí bien. A eso de las tres y media de la mañana me desperté. Inquieta. Cuando supe que no volvería a dormirme, me levanté. Escribí algo sobre viajar. Solo alrededor de las cinco me acosté de nuevo.
Camila me dio otro beso. Se levantó y salió de la pieza. Marcos corrió las cortinas, se acercó, me dio un beso en la boca y me entregó el paquete plateado. ¿Me gustaría? Siempre existía esa duda. Muchos de sus regalos no me habían gustado. Y se lo había dicho. Cada vez. Y cada vez había sido incómodo. A él le molestaba que yo no fuera capaz de aparentar, de decir palabras de buena crianza. Engañarlo por cortesía. A mí me generaba inseguridad: si Marcos me regalaba cosas que no tenían que ver conmigo, significaba que no me conocía bien.
Lo mismo pasaba cada año con mi madre. Regalos equivocados. Pero en el caso de ella dejó de preocuparme hace mucho. Solo confirmaba lo que ya sabía: que nunca me había conocido.
–Mejor voy a buscar el desayuno para que lo abras a solas –dijo Marcos y salió de la pieza.
El sol entraba por la ventana, primaveral. Cerré los ojos y respiré profundo. Me sentí agradecida.
Pensé nuevamente en mamá. Cuando era pequeña, la celebración de mi cumpleaños era la fecha más importante del año. Más que Navidad, incluso. Era mi día. Cuando yo era el centro de atención. Despertaba muy temprano y simulaba estar dormida, esperando que ella llegara. Cuando entraba –sonriente– me cantaba, me abrazaba y me entregaba su regalo. Que casi siempre estaba mal. Al principio, los juguetes eran para niñas menores que yo. Como la casa de muñecas rosada, cuando cumplí once. Luego, la ropa era para adolescentes más recatadas. Como blusa con flores y botones de perlas, cuando cumplí dieciséis. Finalmente, los adornos eran para casas más formales que la mía. Como el jarrón de cristal cuando cumplí 42, y recién me había mudado a mi casa actual. Siempre equivocado. Pero eso nunca importó cuando era pequeña. La canción y el abrazo eran lo fundamental. Y su sonrisa.
Papá llegaba después. Apurado. Recordando la hora. El desayuno, el colegio, los deberes. Me daba un beso y salía de la pieza apurándonos: «El mundo no se detiene porque es tu cumpleaños».
Años después, cuando yo ya no vivía con mamá –ni ella con mi papá–, la canción y los abrazos en la cama fueron reemplazados por llamadas telefónicas y una invitación a cenar. Que luego se transformó en almuerzo. Entonces el regalo adquirió mayor importancia relativa. Así como el hecho de que siempre fuera equivocado.
Con el tiempo, los almuerzos de cumpleaños se transformaron en un compromiso formal y cada vez más breve. Para mí significaba un esfuerzo verla, pero lo hacía por ella. Y estoy segura de que ella también hacía un esfuerzo, supongo que por mí.
Por eso me sorprendió cuando anoche, pasadas las diez y media, en un horario fuera de sus rutinas, me llamó. Pensé que le había sucedido algo a Sergio, su marido.
–Mañana quisiera que te dejaras un tiempo más largo para nuestro almuerzo –me dijo–. Hay algo que quiero hablar contigo.
Guardé silencio.
–¿Misma hora, mismo lugar, entonces? –preguntó.
–Claro, mamá.
¿Tenía eso que ver con mi desvelo de anoche?
Abrí el regalo de Marcos. De a poco. Una caja de madera con aplicaciones de fierro. Hermosa. Me encantan las cajas. Me encanta guardar cosas. Recuerdos.
Quité el seguro de la cerradura y la abrí: sí me conocía.
Está bien. Hay que contextualizar. Si bien los eventos casi nunca ocurren de manera lógica, cuando uno los narra les adosa detalles que los explican, que los hacen coherentes. Como almohadones para apoyar la mente de manera más cómoda.
Porque mucho de lo que quiero contar sobre el día de mi cumpleaños no lo sentí así de cotidiano. Ni definido. Ni siquiera lo recuerdo de esa manera. Es más, cuando lo pienso se me ocurre que mucho de lo que quiero decir no empieza el día de ese cumpleaños, sino en una conversación con Natalia, mi mejor amiga, hace siete años. Cuando me dijo, sin aviso previo:
–Tengo cáncer.
La miré, creo que sin expresión alguna. Ambas callamos. Hasta que ella se secó una lágrima que bajaba por su mejilla izquierda. Y tomé conciencia –o algo así– de lo que me estaba diciendo.
–¿Cómo que cáncer?
Pregunta estúpida. Como retándola. Como si no tuviera derecho a decirme eso. O no tuviera derecho a tener cáncer.
Era mi amiga. Mi mejor amiga. Mi hermana.
–Está avanzado. Dicen que me quedan algunos meses… Eres la única que lo sabe.
La historia de Natalia ya era triste. Hija de un detenido desparecido, que la policía secreta de Pinochet secuestró cuando ella aún no cumplía un año. Es decir, no tenía recuerdos de él. Su madre la dejó con los abuelos y la recuperó un año y medio después. Cuando ya no pudo seguir buscando a su marido cada día, todos los días. Y se la llevó a Francia, donde Natalia vivió catorce años, hasta que regresó a Chile, a los dieciséis.
Le pregunté por qué volvió.
–Porque si de algo estoy segura es de que mi papá no está en Francia –respondió.
Una no acaba de entender lo que significa una pérdida así en la existencia de una persona. La pérdida de un padre. O una madre. Cuán grande es la carencia, la inestabilidad. La falta de confianza.
Una vez fui a un acto en memoria de los desaparecidos. Natalia habló. De labarbaridad que significa intentar «normalizar» la vida, a pesar de la pérdida. Intentar ser como los otros.Sobrevivir y funcionar cada día, como si nada hubiese pasado. Como si los dolores no hubieran sucedido. O pudieran borrarse.
«Vivir con la ausencia, la pérdida, la duda metida en el cuerpo, tan dentro que no se ve, tanto, que hablar de desaparición se vuelve banal, como si tener un padre desaparecido fuera tan simple como tener un papá abogado, oficinista o cesante, tan natural que logramos sentir que en realidad sí podemos con esto, sí podemos desarrollar nuestras vidas más o menos como cualquier persona, y sí podemos ser felices y jugar con nuestros hijos, y tener vidas cotidianas como cualquiera.Y uno logra moverse por el mundo como si esto fuera normal… hasta que el peso real de la desaparición cae nuevamente sobre nuestros cuerpos y nos hace pedacitos, y nos volvemos a preguntar cómo manejar tanto dolor».
La necesidad de normalizar la vida. Natalia decía que parte esencial de ese proceso era la memoria. Reconstruir. Ella lo intentaba. Pero nunca entendí: ¿cómo reconstruyes la memoria de alguien de quien no tienes registro? ¿Es posible hacer tuyos los recuerdos de otros? ¿Incorporar como propia información que no lo es? Una foto, por ejemplo. Si Natalia no recordaba la cara de su padre, ¿la evocaba a partir de las fotos que su madre tenía? Supongo que sí. Supongo que cuando hablaba de él, lo hacía con una imagen en su cabeza que originalmente no era propia pero que, finamente, le pertenecía porque la había guardado como suya.
No sé si Natalia finalmente logró normalizar su vida. A veces parecía que sí. O yo pensaba que sí. Cuando celebrábamos los cumpleaños de Horacio, su hijo, o nos juntábamos a tomar unas cervezas en la plaza Ñuñoa. Pero sé que nunca dejó de ir a terapia, que tomaba pastillas para dormir y para otras cosas, que había periodos donde tenía demasiada cercanía con el alcohol y que su relación con cualquier circunstancia que requiriera de estabilidad –pareja, trabajo, finanzas– estaba generalmente condenada al fracaso.
Concluí que la pena nunca se fue y que anidó silenciosa en su pecho. Concretamente en el izquierdo. Y creció hasta aparecer un día como una pelota que palpó cuando se jabonaba en la ducha.
–Tengo cáncer.
La pena nunca se fue. Todo lo contrario, se quedó a vivir con ella. Y luego se la llevó.
Ahora sé que es posible tomar prestados recuerdos de otros. Y que puedes vivir con la carencia de una madre ausente. Aunque la madre esté viva.
–¿Qué sentiste cuando nací, mamá?
–Eras una niña muy linda. Gordita, sanita. Me mirabas con tus ojitos hinchados, como si me conocieras…
–Pero… ¿qué sentiste?
–No recuerdo…, había mucha gente, mucho ajetreo… La verdad no lo sé… Alegría, supongo. No lo recuerdo.
Tomamos desayuno en la cama. Jugo de naranja, café con leche, pan negro y palta. Mi preferido. El mismo de todos los días. Con los años uno opta por algunas cosas y se olvida de las otras. Lo que simplifica todo.
Mientras bebía mi café, Camila contó sobre su clase de Historia.
–¿Me puedes ayudar esta tarde con el trabajo de Historia? –preguntó.
–No creo que esta tarde –la interrumpió Marcos–, tenemos invitados.
Había momentos, solo momentos, en los que a Marcos se le notaba que no era el padre biológico de Camila. Una cierta distancia. Una leve tensión. Una disputa. Por mí.
–Quizás alcance –lo contradije–. Trataré de llegar un poco más temprano.
–No te olvides que tenemos que ir al supermercado antes–contestó Marcos.
–No lo he olvidado –dije, poniéndome de pie.
Me bañé y vestí apurada. Nos lavamos los dientes los tres apretados frente al espejo del baño. Vi sus bocas blancas de pasta y les sonreí. Me subí al auto después de dejar las instrucciones de aseo escritas a Elisa, cerrar con llave la puerta del patio, darle de comer a los gatos, cortar el gas y poner la alarma. Miré el reloj: las ocho y diez. Y yo ya estaba cansada. A esa hora. Me pasaba desde hace un par de meses. ¿O años?
Avanzamos lento, al igual que las decenas de autos, por Dublé Almeyda, hacia avenida Vespucio. Camila conectada a sus audífonos y nosotros escuchando las noticias de la radio. Cuando la habíamos dejado en la puerta del colegio, Marcos preguntó:
–¿A qué hora nos encontramos en la tarde para las compras?
–No lo sé –respondí–, mamá me pidió más tiempo para el almuerzo… Parece que quiere hablar sobre algo… ¿Puedes hacer las compras tú?
–Quizás son nuevos exámenes de Sergio... Pero podemos juntarnos un poco más tarde. Alcanzamos bien. Nadie llegará antes de las nueve –dijo.
Lo miré. Quizás no me había escuchado. Tenía la vista fija en el auto de adelante.
–¿No puedes ir solo? –insistí.
–Si nos juntamos en el supermercado a las seis, tenemos tiempo de sobra…. –respondió.
Me sentí cansada. De nuevo. Le pregunté quiénes venían. Los de siempre dijo, nuestros amigos, los vecinos, los familiares. Casi todos confirmados. ¿Cuántos?, pregunté. Unos treinta, respondió.
Me quedé en silencio. Una señora cruzó la calle de la mano de su hijo pequeño. Mientras llegaban a la otra vereda, lo tironeaba y le decía algo, enojada. El niño caminaba con los ojos cerrados. Yo cerré los míos.
Marcos era publicista. Organizar encuentros sociales le salía natural. Era simpático y creativo. Cuidaba la puesta en escena, la comida, la presentación de la mesa, el buen vino, el chocolate para el café. Armaba conversaciones entretenidas, contaba buenos chistes. Un anfitrión envidiable. A veces más de lo que yo quería. Sobre todo si a mí me correspondía el papel de anfitriona, que no era lo mío.
–¿No serán muchos invitados? – pregunté, mirando hacia la calle.
Encendió un cigarrillo. No contestó.
–Digo… treinta personas… –agregué.
Aspiró el humo, sin mirarme.
–No sé. Invité a los de siempre… La gente que te quiere saludar, a la que se supone tú le tienes cariño…. ¿Hay algún problema?
Volví a cerrar los ojos.
–¿Leonor? –insistió.
–Si hubiera problema, supongo que ya no tiene sentido decirlo…
Bajé la voz. Pero no tanto como para que no me escuchara. Se hizo un nuevo silencio. Ahora más largo.
–Si no querías celebrar como todos los años lo hubieras dicho antes y nos habríamos ahorrado esta conversación…. –dijo finalmente.
Evalué abandonar. No pelear. Pero, al final de cuentas, era mi día:
–Creí haber dicho que no quería hacer algo grande…
–Dijiste que te agradaba la idea de no celebrar, pero no entendí que habías decidido no hacerlo.
–No había decidido no hacerlo, pero tampoco hacerlo…, y si dije que quizás no quería celebrar, hubiera deseado que me preguntaras antes de invitar a treinta personas.
Empezó a golpear la palanca de cambio con la mano abierta. Pequeñas y ágiles palmaditas. Siguió derecho por Diagonal Oriente. Aceleró el auto ante un semáforo en amarillo y una camioneta le tocó la bocina. Frenó bruscamente. Me afirme poniendo la mano en el tablero. No me miró. Acomodó el espejo retrovisor y murmuró un garabato entre dientes. Se detuvo ante la luz roja y dijo:
–Parece que el regalo no te gustó mucho.
Respiré profundo.
–Sí me gustó. Y te lo dije.
Oponerse a costumbres probadas y aprobadas incomoda. Genera problemas. Como si repetir siempre lo mismo fuera lo deseable. ¿Por qué da miedo cambiar la forma de hacer las cosas?
Marcos no tenía la culpa. Nadie la tenía. Pero no quería treinta invitados en la tarde de mi cumpleaños. No lo quería.
–No peleemos. No hoy –dije–. Supongo que alcanzamos a juntarnos en el supermercado a las seis. Pero no estoy segura. Te llamo.
Le di un beso en la mejilla y me bajé del auto.
Da miedo cambiar la forma de hacer las cosas.
