Último tango en Auschwitz - Andrés Sorel - E-Book

Último tango en Auschwitz E-Book

Andrés Sorel

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Beschreibung

Alguien llama a la muerte pero la muerte no termina de acudir… Este tren no tiene destino a Salzburgo, hoy, dentro de cincuenta años continuará sonando la misma música de cámara y este tren jamás pasó por Salzburgo… Ya abrió el alemán la puerta, los miembros del "Sonderkommando" se precipitan en el interior, nuevamente es la hora de las manos y los ganchos, cuando terminen de sacar de las cámaras de gas todos los cuerpos procederán a ventilarlas, acondicionarlas para que puedan acoger a nuevas víctimas, no puedo hablarte de otra cosa, compréndelo, te cansa mi relato, pero no existen otras historias, la vida era solamente esto… Te quedaba una última, fugaz, inmediatamente olvidada visión de aquellos ojos desorbitados, estallados, de vómitos, excrementos, de bocas abiertas, de dientes encajados, cuerpos revueltos, otra vez, otra vez como dicen los niños cuando alguien les cuenta el cuento del lobo que viene, que viene, asiéndose a sus madres con las blancas uñas de sus dedos clavadas en sus pechos, asiéndose a sus lágrimas… El último tango perfuma la noche, un tango dulce que dice adiós… "Último tango en Auschwitz, hermosísimo documento sobre la repugnancia que merece la indignidad, nos invita al ejercicio del insomnio y a iniciar el trabajo intelectual de cada amanecer con los ojos abiertos y los puños cerrados." (Félix Grande) "Una novela excepcional, nada parecido a lo que anda por los escaparates. Una historia con una profundidad y un compromiso extraordinarios." (Germán Gullón) "La idea de que los tangos sean la música de fondo es espléndida: el tango es egoísta, como son los fascistas, pero sobre todo es compasivo y sentimental, y los fascistas, no." (José Carlos Mainer) "Último tango en Auschwitz es una obra que ayuda a la reflexión, a la introspección y al análisis, a movilizar el pensamiento que en los medios actuales anda perdido y prófugo, una profunda reflexión ética" (Francisco Morales Lomas)

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Seitenzahl: 404

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Akal / Literaria / 66

Andrés Sorel

Último tango en Auschwitz

Diseño de portada

Sergio Ramírez

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Andrés Sorel, 2013

© Ediciones Akal, S. A., 2013

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-3837-5

Nadie lee nada; si lee, no comprende nada;

si comprende, lo olvida enseguida.

Ley de Lem (Stanislaw Lem)

Nadie habla de Auschwitz; si habla, no comprende nada;

si comprende, lo olvida enseguida.

Ley de Auschwitz (sin autor)

Hoy Alemania figura como la escoria de la Humanidad y un ejemplo del mal. La justicia y la verdad, sofocadas; la mentira, con la exclusiva de la palabra, la libertad pisoteada; el carácter y toda decencia, abatidos y una corrupción que clama al cielo en todos los estratos; gentes todas adoctrinadas desde la infancia en un delirio calumniador de superioridad racial; predestinación y derecho a la violencia; educadas para nada más que la codicia, el robo y el saqueo; eso ha sido el nacionalsocialismo.

Thomas Mann (1945)

Negra leche del alba bebemos de tarde

la bebemos a mediodía de mañana la bebemos de noche

bebemos y bebemos

cavamos una fosa en los aires no se yace allí estrecho

Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes que escribe

que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro Margarete

lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus

mastines

silba a sus judíos hace cavar una fosa en la tierra

nos ordena tocar a danzar

[…]

Tu pelo de ceniza Sulamit cavamos una fosa en los aires no se

yace allí estrecho

Grita hincad los unos más hondos en la tierra los otros cantad y tocad

agarra el hierro del cinto lo blande con sus ojos azules

hincad los unos más hondo los palos los otros seguid tocando a danzar

[…]

Grita que suene más dulce la muerte es un Maestro Alemán

grita más oscuro el tañido de los violines así subiréis como humo en el aire

así tendréis una fosa en las nubes no se yace allí estrecho.

Paul Celan, Fuga de muerte (fragmento)

Este poema apareció publicado en la revista de Bucarest Contémporanul traducido con el título de Tango de muerte.

En un folleto editado en varias lenguas por el Ejército Rojo, año de 1944, se relataba que, según escribe John Falstiner, en el Lager de Lublin-Majdenek, los componentes de la orquesta judía allí internados interpretaban tangos durante las marchas hacia los campos de trabajo y en las selecciones realizadas entre los condenados a morir en las cámaras de gas, y que otra orquesta judía, ésta en el campo de Janowska, ejecutó una pieza titulada Tango de la muerte, inspirada en una melodía del compositor argentino Eduardo Vicente Blanco anterior a la Segunda Guerra Mundial. Se conserva una foto de la orquesta del campo.

Eduardo Vicente Blanco era el autor de la letra y la música del Tango de la muerte. En su origen se llamó Plegaria y estuvo dedicada al rey Alfonso XIII. Algunas informaciones señalan que el tango fue interpretado en una ocasión en el año 1939, durante un concierto ofrecido, entre otras personas, a Hitler y Goebbels. Fue grabado en versión alemana en Berlín en 1939.

Por ser tocado en los campos nazis de exterminio pasó a denominarse Tango de la muerte. Diferentes autores argentinos, como Alberto Novio –grabado por Carlos Gardel– y Horacio MacKintosh, éste sin letra y origen de una película, lo incluyeron en su repertorio. El original de Plegaria decía en una de sus estrofas:

Plegaria que llega a mi alma

al son de lentas campanadas,

plegaria que es consuelo y calma

para las almas desamparadas.

¡Ay de mí!

¡Ay Señor!

Cuánta amargura y dolor.

Cuando el sol se va ocultando

y se muere lentamente,

cruza un alma doliente

en el atardecer.

Primera secuencia

Me llamo K

Caminito que el tiempo ha borrado,

que juntos un día nos viste pasar,

he venido por última vez,

he venido a contarte mi mal.

. . .

Desde que se fue

nunca más volvió.

Seguiré sus pasos,

caminito, adiós…

1

«Apaguen crematorios, apaguen crematorios.»

Voces. Otra noche más. Voces sacudiendo, cortando el atormentado sueño de la noche. Se repetían encadenando la orden de forma suplicante y amenazadora al tiempo. Unían a su tradicional retumbo desabrido un tono de inquietud y zozobra, casi pavor, que las convertía en más perversas e inquietantes.

Cae la nieve, diluida en pequeñas pavesas de color rojizo, como si fueran lágrimas de sangre, bailando en el aire, sin llegar a cuajar en el suelo. Pese a que el cielo aparece cubierto por una extensa manta blanca de nubes, brillan en él miles de estrellas rojas y amarillas en forma de entrecruzados triángulos. La sangre licuada en cenizas invade el terreno morosamente.

Lejanos se escuchan roncos zumbidos emanados por los motores de los bombarderos que navegan entre las nubes. Se acrecientan los gritos de los centinelas sacudiendo la fatiga de los presos derrumbados en las cajoneras de los barracones. Algunos reaccionan cubriéndose los oídos con las manos, intentando aislarse de los aullidos procedentes de las torres de control. La mayoría se quedan yertos, inmóviles, con los ojos abiertos, como si se hubieran transformado ellos también en musulmanes.

«Apaguen las luces, reflectores, todas las luces apagadas», ladran ahora desde las atalayas de vigilancia. Cuando se extingue el resplandor y cesan las llamaradas emanadas de las bocas de los hornos crematorios, cuando Auschwitz se sume en una impenetrable oscuridad y la ventisca cambia de color, los ojos de Mosin Kals, de pie ante la puerta de su cuarto situado a la entrada del Block, contemplan los copos de nieve, ahora negros, que sobrevuelan el campo.

Siento una mano arrastrándose por mi petate. Tantea buscando mi rostro al tiempo que una voz, apenas audible, pronuncia mi nombre. Me incorporo en la koia y adivino más que veo la presencia de Kals en la mancha oscura situada de pie junto a mí. Vuelven a surgir en el exterior las voces asolando mis oídos, trepanando mi cerebro, invadiendo todo mi ser. Crematorios, luces, apaguen, apaguen. Cuando al fin cesan, escucho, más cercano, profundo y retumbante, el estruendo producido en su vuelo por los aviones.

«Ven conmigo, ven conmigo», me dice Kals. Incorporándome de la yacija, procurando no golpear al compañero que se ovilla a mi lado, me dejo conducir por él. Me lleva al habitáculo que como kapo de la orquesta ocupa. Nos sentamos en el camastro. «Antes de dormirme –habla– escuché, no muy lejano, el estrépito producido por algunas bombas caídas cerca de donde estamos. Pero no creo que bombardeen el campo. Pudieron hacerlo hace horas, cuando se encontraban a pleno rendimiento los crematorios, que el humo se divisa desde lejos, y no lo hicieron. Ahora, parados y apagadas todas las luces, les resultaría más difícil. Y las baterías antiaéreas de los alemanes emplazadas cerca de Auschwitz ya han sido desplazadas a otros frentes. Me dijeron que hasta hubo soldados que se quejaron del olor a carne quemada que tenían que soportar. Te he llamado porque me preocupa lo que está ocurriendo. Algunos internos –bajó el tono de voz, apenas era un susurro–, afortunadamente ninguno de este bloque, aprovechándose de la oscuridad, y pensando que tampoco funcionará la electrificación de las alambradas, parece ser que quieren fugarse. He visto deslizarse varias sombras en dirección a la rampa. Los guardias se encuentran al acecho y patrullan con perros y linternas por la Lagerstrasse. Habrá que permanecer atentos a cuanto ocurra. Mañana va a ser un mal día para todos nosotros.»

Se quedó en silencio, sumido en sus conjeturas. Se debilitaba, alejándose, el zumbido provocado por el planeo de los aviones. Decrecía la intensidad de la nevada y tímidamente un gajo de luna pugnaba por abrirse paso entre las nubes. De pronto escuchamos el tableteo de dos fusiles ametralladores. Y aunque faltaban horas para el amanecer, oímos el repiqueteo de la campana llamándonos a formar.

Giselle Park interrumpió su faena. Se encontraba cerrando con pinzas las narices de tres criaturas recién alumbradas que, faltas de respiración, abrían sus bocas desmesuradamente, momento que aprovechaba para introducir en ellas la dosis mortal de veneno que las inmovilizaba para siempre. Entre lágrimas, sus madres colocaban los cuerpos de las víctimas en las cajas de cartón que las habían trasladado desde el barracón a la enfermería. Ya no las acompañarían en el camino que conducía a los hornos crematorios. «Deprisa, deprisa –les apremió Giselle–, ha sonado la campana y no tardarán en venir.»

Apenas transcurrieron unos minutos cuando ya los componentes de la Lagerkapelle, portando nuestros instrumentos musicales, nos encontrábamos alineados ante el bloque. «Los, los», repetía, desencajado el rostro, el Blockführer. Ordenó a Mosin Kals que interpretáramos marchas militares alemanas mientras desfilábamos en dirección a la plaza del pase de lista. Nos detuvimos a la altura de la alambrada junto a la que yacían, muertos, los cuatro prisioneros que habían intentado la fuga. Ya en la plaza y en posición de firmes, las cabezas descubiertas, los reclusos del campo contemplaban aquellos cuerpos que habían sido colocados boca arriba para que pudiésemos observar sus rostros, desfigurados, cubiertos por cuajarones de sangre negruzca. No dejábamos de tocar. Y una vez más, unidos en torno a los cadáveres que iban a ser conducidos al pequeño, cerrado y bien atendido receptáculo cuadrado cuajado de flores en el que se alzaban las horcas que bailarían sus cuerpos durante veinticuatro horas antes de que se desintegraran en los crematorios, nos ordenaron interpretar el himno «Mañana a la Patria». Nuestros pies se hundían en el fangal y el frío comenzaba a entumecer nuestros miembros.

Me despierto. Como en otras noches semejantes mi pijama se encuentra empapado. Parece como si hubiese salido de una bañera. Desprendiéndolo de mi cuerpo lo arrojo sobre el suelo y yazgo desnudo encima de la cama. Tiemblo. Permanezco con la mirada petrificada en el techo del dormitorio, sin poder ni descansar ni dormir. Contemplo los números grabados en mi antebrazo izquierdo: 178.825. Ése es mi nombre. Constatan que no ha sido simplemente una pesadilla lo que he sufrido, nada de lo soñado me es ajeno, se trata de una secuencia de la inextinguible memoria.

Los postes electrificados se curvan al final de las alambradas como si fuesen horcas. Las costillas al desnudo de los alineados parecen gruesos renglones de escritura sobre los que se dibujan los signos del hambre. Reunidos los kapos, algunos eran alemanes condenados por violaciones, asesinatos, robos, desacato a las autoridades, se acuchillan entre sí con gestos e imprecaciones cruzadas en crescendo hiriente. La algarabía unió pronto voces extrañas a las por ellos emitidas. «Yo no soy responsable», dijo uno. «Yo tampoco», le contestaban. «Yo no soy responsable», gritaban miles. «¿Acaso cuándo tú sufres por un dolor padece el que se encuentra a tu lado?», razonaba alguien. Y pronto se rebatían unos a otros. «Lo que hacen con el vecino no va conmigo, y mientras a mí no me lo hagan…» «Yo escuchaba voces suplicantes, pero no eran de mi familia, ni de los míos, y acabas acostumbrándote a las lágrimas, a las increpaciones, tan ajenas, tan lejanas…» «Cuando nos llevaron todos se reían y regocijaban, no vuelvas más por aquí, buen viaje, cerdo judío. Y luego corrían para apoderarse de nuestras casas y pertenencias.» Y a los presos que se dolían de sus destinos sucedían rostros iracundos o desapasionados de quienes ya preferían no responderles, les ignoraban. Y yo vi entre ellos a oficinistas, profesores, albañiles, arquitectos, campesinos, ingenieros, periodistas, banqueros, músicos. Nosotros, y ahora eran miles de miles los que componían el coro, exclamaban, no somos responsables. Y todos miran a uno, el que no hablaba. Le señalaban con sus manos extendidas: él lo hizo, él, él es Dios, Dios es el único responsable.

Siempre trenes. Ruido de trenes. Trenes que cruzan campos, túneles, puentes, ciudades. Trenes corriendo hacia las puertas que conducen a la muerte. Percusión en los oídos. Raíles desplazándose por las sienes. Vías abandonadas. Hierbas comiéndoselas, hombres desnudos devorando las hierbas, perros saltando sobre los hombres. Humo, por todas partes columnas de humo, los humos de las locomotoras se fusionan con el emanado de los hornos crematorios. Compondremos una oda al humo, me dice Kals. Lluvia. Nieve. Niebla. Noche y niebla y soledad y silencio. Gritos: salgan, salgan, rápido. El trabajo os hará libres. Sé limpio. Un piojo, tu muerte. Ya dejaron los deportados en la sala de desinfección sus ropas sobre los ganchos situados encima de las bancadas. Sólo se escucha el paso de los SS que patrullan la estancia, sus alrededores. Con la cabeza entre las manos los Sonderkommandos esperan. Trepan, trepan, ya las luces se cortaron dentro de la sala de la muerte y los más fuertes trepan. Hacia arriba, hacia el techo, como el gas que se expande de abajo arriba. Respirar. No puedo respirar, solloza antes del fin, cuando ya su cuerpo comienza a hincharse y su rostro se torna violáceo. Los niños, los viejos, las mujeres, se funden en un no buscado abrazo sobre los suelos. Sangran las orejas, sangran las narices, todo se va volviendo como una masa compacta de mazacotes graníticos. Os duchamos, os desinfectamos, y os encontraréis limpios como ángeles que vuelan sobre el cielo. El alemán, a la diestra del Ser Supremo que le recibe en Berlín, sonríe, llora emocionado cuando toca el violín, se enternece acariciando a sus perros. Abre el alemán la puerta de la cámara de gas. Como bloques de cemento los cadáveres caen sobre el recinto en que se encuentran los Sonderkommandos, ya sus ganchos se hunden en los cuerpos de los gaseados intentando separar a unos de otros, vamos, vamos, por vuestro bien, deprisa, no habrá niños entre ellos, ni hombres, ni mujeres, niebla y olvido, la nieve es blanca, pura, y entierra el campo, sólo el denso humo lo identifica, trenes, raíles, raíles, trenes.

Se ha detenido el tren. En agosto, la sed y la disentería. En enero, la nieve y el barro helado. Con los huesos machacados se fabrica jabón. Si son triturados, abono. Con los cabellos de las mujeres, telas para alfombras y mantas para lechos. La elegante ropa de las SS es diseñada por Hugo Boss. «No me gusta ir a la Buna», le digo al compañero español que contempla como escribo, y le doy un trozo de pan que no consumí en la tarde para que corra con él al mercado en el que hasta las cucharas de los que acaban de morir entran en el trueque. Amanece. La nieve se ha vestido en las explanadas de azul. Ya no queda nadie en las barracas. Contemplo cómo a lo lejos vuelve a salir el humo por las bocas de los crematorios. Ese judío, Simón, no va a acercarse a nosotros, no quiere mirarnos, a él no le gustan los músicos, es más que un prominente, un promotor. Comercia con la vida de sus hermanos. Vuelca en ellos, sobre todo en los más desgraciados de su pueblo, el odio que contrasta con la adulación y servilismo ofrendado a sus opresores. El oro es el supremo norte de la civilización para él como para tantos otros. Y la sangre de los suyos con la que comercia le ayuda a mantener su impunidad. Para Simón, como para sus víctimas, vale la reflexión del polaco Stanislaw Lec: «Sé de dónde viene la leyenda sobre la riqueza de los judíos. Los judíos pagan por todo».

Un ejército de sombras numeradas. Sin historia ni voluntad se alinean para el pase de la lista. Al guía que dirige la alineación le han permitido dejarse crecer el pelo. Porta un uniforme impecable. Reluce de limpio su gorro de fieltro azul. Lustró el Pippel sus zapatos de cuero americano. Incluso refulge el triángulo rojo cosido en su pecho. Sonríe. Sonreirá mientras no caiga en desgracia.

Me dijo Kals al poco de integrarme en la orquesta: «Pronto lo comprenderás. Cuando tus ojos piensan en la comida que recuerdas haber tomado pocas semanas atrás y aquí ha dejado de existir. Cuando seas consciente de que sólo puedes preocuparte por la comida. Cuando sueñes noche tras noche con comida y persigas el sabor de la hierba. Cuando las arañas, las pulgas, los piojos y las ratas te parezcan que también pueden convertirse en comida. Eso les pasa a ellos, para los que tocamos cuando marchan al trabajo o regresan de él. De eso escapamos nosotros. Y que así sea. Porque quienes ven comida por todas partes se encuentran vivos. Lo peor llega, y por eso se transforman en musulmanes, cuando dejas de sentir, cuando ya no te molesta el viento, la humedad, el frío, el olor a muerte. Y sobre todo cuando no sientes hambre. Ese es el camino que conduce al fuego. No lo olvides, muchacho. No lo olvides si quieres sobrevivir al infierno».

Al 102.404 le han llevado al bloque 11. Antes de que se edificaran las modernas y eficientes cámaras de gas y hornos crematorios, los internados en Auschwitz esquivaban pasar por delante de él. Tras la utilización del monóxido de carbono para asfixiar a los detenidos allí comenzó a experimentarse con el zyklon B. Selladas y tapadas las ventanas con arena, protegidos los SS con máscaras de gas, fueron presos soviéticos sus primeras víctimas. Ahora se utiliza como cámara de tortura. El 102.404 se ha convertido en un insecto al que le niegan la comida y no le dan de beber. Colgado de los pies en su minúscula celda, su única esperanza radica en que deje de moverse su cabeza situada a pocos centímetros del suelo y se le paralice el corazón. Cuando entren a golpearle los guardianes encontrarán así ya listo al insecto para ser conducido al crematorio.

¿Dónde estoy, me pregunto abriendo los ojos, qué sucede a mi alrededor, por qué vienen a mí estas imágenes, cómo es que Paul Celan escribió, antes de que todo ocurriera, en La contraescarpa:

fluyó a tu mirada un humo, que era ya de mañana?

¿O acaso lo escribió después de Auschwitz aunque se publicara años antes de que fueran creados los campos de exterminio?, ¿tampoco existió entonces Celan?

El viento del oeste trae el hedor a muerte. El viento del oeste golpea nuestros rostros con su sabor a muerte. Un jarabe dulzón y picante a la vez que tapona nuestras narices y se estanca en las gargantas, escocidas, irritadas, atoradas. El viento del oeste nos asfixia ahora con su carga de muerte.

Había dejado la luz encendida cuando recuperé el sueño. En la mesilla de noche se encontraba la cuartilla en la que escribiera mis últimas palabras del día anterior. Decían: yo, K, veinte años después de que Jean Amery se suicidara, recojo su reflexión de 1977: «¿A qué viene, a estas alturas, mi tentativa de reflexión sobre la condición inhumana de las víctimas del Tercer Reich? ¿No está ya todo superado?». Pero yo, como Amery, no intento escribir sino «una confesión personal, interrumpida por meditaciones».

Mosin Kals, número 34.594, le guiaba por la pista de nieve en que se había convertido la calzada. Arrastraba el piano mientras ellos, cuatro, pulsaban con el arco las cuerdas de sus violines. Les acompañaba Janos Kando, el Sonderkommando con el que K había mantenido algunas conversaciones y al que colgaron tras la insurrección del 7 de octubre de 1944. Los ojos del judío húngaro se habían hundido en las órbitas, cavernas de un rostro cada vez más demacrado y cadavérico. Semejaban cabezas de cerillas fosforescentes, diminutas brasas a punto de consumirse. La nariz, curvada y aguileña, le había crecido desmesuradamente. Ya no mostraba la expresión de locura habitual en él, pero conservaba el repulsivo olor que tantos vómitos provocaba a quienes se cruzaban en su camino. Andaba encorvado, empequeñecido repentinamente su gran cuerpo. Se asemejaba ahora a su homónimo de Dusseldorf creado por Fritz Lang, pero más deshumanizado. Avanzaba el grupo, interpretando la obra que Kals había elegido, en medio del vacío y el silencio, como si edificios y seres vivientes se hubieran extinguido y ante ellos solamente se alzaran las alambradas que escoltaban su marcha. Se dirigían hacia las chimeneas que expulsaban el humo en busca de un cielo ceniciento y demasiado cercano. La música se diluía en la amanecida gris y fría que congelaba las gotas de lluvia deslizadas en el aire. Como si careciera de tiempo, espacio reconocible, la música fue borrando el paisaje e invadiendo por completo mi sueño. Era el Quinteto con piano, opus 44 de Schumann. Ningún texto literario podría expresar el rigor, el lenguaje del ser humano herido, atormentado, con la pujanza de aquella composición. No existían palabras comparables a los sonidos emanados por aquella música que hurgaba en las entrañas de quienes la escuchaban. Porque ellos, los ejecutantes, ya no la interpretaban. La vivían con tal fuerza que ni las lágrimas podían brotar en sus ojos, contenida su respiración por el asombro y la fatiga transportada a sus almas. No les servían tampoco las imágenes, suponiendo pudiesen contemplar al hombre que la compuso retorciéndose de dolor y angustia por los suelos de la habitación en que se enjaulaba solo y abandonado. Un piano y cuatro violines perdidos en la carretera central del Lager con el único paisaje visible de los hornos crematorios en pleno funcionamiento deshaciéndose de quienes fueron arrastrados hacia ellos desde las cámaras de gas, cuerpos de niños, ancianos, hombres y mujeres que jamás existieron, que al entrar en aquellos recintos perdieron nombre e historia y regresaron a la nada. Yo navegaba por la música como podía haberlo hecho por las páginas de Macbeth o de El rey Lear que tanto me impresionaron cuando las leí en mi juventud. El piano, como las palabras del anciano rey, se convertía en lágrima viviente y los violines acompasaban su dolor, espectadores de la tragedia absoluta del hombre. Y ya unidos, encadenándose uno a los otros, elevaban su plegaria a la Historia: ¿cómo se ha podido causar tanto dolor, quién puede explicárnoslo? Será el piano el que se sobreponga de nuevo a las cuerdas que los cuatro tañíamos: no, no, nadie, insistí. Los violines, que comprenden aquella súplica, se limitan a acompasar su tristeza, no, no, nadie, ¡oh dolor, oh dolor!, claman hasta que se sumen en el silencio. Aunque todavía les restan fuerzas para acometer un conato de rebelión y se persiguen entre ellos como pretendiendo descubrir al hacedor de aquella desdicha. Todo es humo, niebla, nada, nada. La vieja fábrica edificada junto al campo que sirviera para adiestramiento de caballos, dotada de varias decenas de cuadras ahora reconvertidas en barracas para presos, metamorfoseada en quemadero de seres humanos, exhala vahídos dulzones y viscosos que se cosen a todo el tejido de la piel de los músicos, que el Sonderkommando ya hace tiempo que perdió la suya. Los que van a morir, sombras borrosas deslizadas en la neblina, sin rostros visibles, se cruzan con los que salen a trabajar fuera del campo. Los músicos tocan para todos. ¿Quién se acordará un día de los trenes que llegaban renqueantes a la polaca Oswiecin? ¿Quiénes pensarán en aquellos que ahora mismo reptan por el serpenteante camino que no saben a dónde conduce y gritan: ¿y ahora, qué va a pasar, dónde nos llevan? Nadie recordará el ayer, traspasará las fronteras de la amanecida. ¿Por qué los han dividido, separado a las familias? Tropa de infantes, viejos, moribundos, tullidos, madres o ancianas. Las voces se estrellan contra las vallas electrificadas. Kals se vuelve hacia mí gritándome: lo que importa es que sepas organizar, quien no es capaz de organizar se muere, los presos odian la música y nos odian a quienes la interpretamos por reírnos de su sufrimiento y de su muerte con el ruido que para ellos es tortura cuando piden silencio que al menos no les golpee, pero no todos piensan entre nosotros así, fíjate. Adam Kopczynski, que fue aquí director de la orquesta, un día dirá muchos años después, cuando ya nada exista, ni la memoria siquiera, que la música fue un medicamento para la psique enferma del preso, y tú vas a tener tiempo de comprobar cómo la música lejos de eso, no hace sino deprimir más a los presos, inducirlos a una más profunda postración física y psíquica.

Y ahora convierten el pelo de las mujeres en trenzas esteradas. De pronto se ha hecho de noche y la noche apagará la luz y de seguida la luz se convertirá en dolor y el dolor en humo, toquemos, toquemos para aquellos que nunca yacerán en tierra alguna del Universo. Se habían situado frente a nosotros, petrificados por la escarcha, intentaban combatir nuestra música con sus voces opacas y neutras, como si fuesen esqueletos de hielo a los que alguna oculta moviola prestaba sonido, somos los rayados, cantaban, como cebras humanas nos movemos por la humedad del campo, la lluvia, la nieve y el viento golpean y azotan nuestras rapadas cabezas, para saludar a nuestros bienhechores nos quitamos las gorras, Mutze, Mutze, heil Esman, ellos nos permitieron vivir, nos dan la sopa y autorizan que educadamente y a los sones de la música salgamos del campo a trabajar y al fin, cuando ya no seamos capaces de rendir, lo abandonemos sin ruido por las chimeneas, somos los rayados, nos embutieron en uniformes distintivos e iguales para todos a fin de conformar un ejército al servicio de la gran Patria alemana que crece y se desarrolla con nuestro esfuerzo y sacrificio, gloria a la Patria canta la música y nosotros escuchamos mientras la lluvia corre por nuestros huesos, somos los rayados, y desfilamos, desfilamos en orden por el campo en el que hasta los cuervos huyeron de nuestra presencia, en algún momento de la noche se hace el silencio, nadie conocerá lo que es el silencio en Auschwitz, sobre la rústica madera unas tablas encanilladas sujetas por gruesos clavos, sobre ellas los tres pisos que conforman cada grupo de koias en donde tumbados atravesamos nuestros cuerpos, estrechados unos contra otros y con los pies recogidos, y el silencio se posa sobre las llagas, las pústulas, las heridas sanguinolentas, los huesos afilados, y los piojos y las ratas se estancan o desplazan entre nosotros, ya desaparecieron del pasillo de entrada a la barraca los organizadores que intercambiaban sus tesoros necesarios para sobrevivir y la Luna se planta en el cielo contemplando los campos de Auschwitz, no lejos otros trenes cargados con nuevas remesas de goma sintética fabricada en la Buna abandonan el campo para hinchar las finanzas de I. G. Farben, las empresas nos dan de comer antes de matarnos, todos conocen sus nombres y los seguirán conociendo en el futuro, cada vez más enriquecidas, los esclavos no faltan, a cada cual según su trabajo y circunstancias, ellas siempre engordan, ahora somos los rayados, el día de mañana vestirán otros uniformes, pueden estas empresas llamarse, hoy y dentro de cincuenta años Daw, Lenz, Thyssen, Siemens, Ritcher, Continental, los grandes industriales y banqueros siempre son previsores, anticipan su futuro, IG Farben que agrupaba entre otras industrias a Krupp, Flick, Schnitzler, Vogler, concedieron a Hitler el 22 de febrero de 1933 una ayuda de 3 millones de marcos para su campaña, tampoco olvidan a los medios de comunicación para que orienten a las masas en lo que han de votar: el semanario Stürmer como abanderado de todos ellos, uniformes rayados, uniformes negros, siempre industriales, jueces, policías, sobreviven a la nada, ellos siempre son necesarios para alimentar la vida muerte, la angustia no existe en el Lager, aquí nadie habla de la condición humana, la risa se borró de nuestras costumbres, Kanada, sus miembros han de formar rápidamente, llega un nuevo transporte, a la rampa, todos a la rampa, los guijarros, la yerba, el cemento se han teñido de sangre, una ola de cadáveres rueda desde los vagones del tren a los andenes, un intermitente llanto continuo, se quedó ronca de tantos alaridos como emitía, agua, agua, me abraso, agua, gritaba, extraña suena la dulce canción de la madre intentando dormir a la criatura oprimida entre sus pechos, no encuentro entre los sonámbulos aterrorizados que de los vagones descienden ojos dulces, serenos, ¿seremos capaces algún día, si este día llega a existir, de aislarnos de los gritos de los niños, los alaridos de las mujeres, el crujir de las mandíbulas de los ancianos, los juramentos de los hombres? Todo ha sido ya dicho y nadie ha escuchado, silencio, silencio, silencio para beber la espuma de los enloquecidos, a los miembros del Kommando Kanada nos despertaron los SS en lo más intenso de la noche, llega un tren, trabajo para nosotros que precedemos al funcionamiento de las cámaras de gas y los hornos crematorios, como sonámbulos caminamos en formación hacia la rampa, les ciegan las luces de los reflectores, nada ven, nada sienten, nada comprenden, hace siglos que dejaron de contemplar a los condenados, sólo el jadeo de la locomotora rasga el silencio envolvente de la tiniebla, luego el aullido de los cerrojos convoca la hecatombe de los gritos, fusiles, porras, látigos, rasgada visión de uniformes verdes, uniformes negros, miserables trajes rayados, caen sobre la rampa, se agolpan sobre la rampa, sobre la rampa yacen los vivos y los muertos, tampoco este día les acompañaré a ellos, y mi piel no se irá llenando de ampollas como burbujas cristalinas, ni mis intestinos abandonarán la caja del vientre que los guarda, ni escaparán mis ojos para sobrevolar mi cabeza; me dice Kals: «Cuánto te falta que aprender aquí, hazte a la idea de que, si milagrosamente sales vivo, nada de lo que ahora ves podrás transmitirlo, nadie te escuchará, sólo envenenará tus sueños. Ya no es oscuridad lo evocado por la música, ahora ésta cobra gestos, palabras, nos anonada y aísla de cuanto nos rodea y envuelve, como si nos arrebatara al tiempo, a la circunstancia de nuestra vida, prolonga el lamento, la tristeza, la desolación en que se sume, las notas son el profundo y agitado, en su aparente calma, fluir de las aguas del viscoso océano en que nos hundimos, contaminarán tus sueños, emponzoñarán tus sueños», dice Kals cuando termine de dirigirnos, y el sueño de Auschwitz continúa siendo la vida, mi vida.

2

Me llamo, le dije a la muchacha, K, K de Kafka, K de Kommando, K de Krematorium, otros nombres que irán surgiendo en nuestra relación. Los nombres, mi nombre, no existen. Y el dígito que me identifica, 178.825, a ti nada ha de decirte. Porque hace ya más de medio siglo que no soy sino un número. El día que llegué a Auschwitz perdí mi identidad. Si pasé a ser una cifra, ¿por qué no identificarme ante ti, ante vosotros, con una letra que creo me define plenamente? Fue Adorno quien escribió hace años que «el nuevo mundo es un campo de concentración que, libre de toda contradicción, se considera el paraíso». Y yo, K, pienso al hilo de esta reflexión que quienes hoy habitan este paraíso y hablan de progreso, olvidando las consecuencias devastadoras que para gran parte de la humanidad han alcanzado y alcanzan, «no tienen derecho a hablar de fascismo si no hablan de capitalismo», utilizando sus palabras. Son, o unos ciegos, o herederos continuadores de la historia que te estoy relatando. Porque el nazismo no es una anécdota o un paréntesis en la evolución de la historia, sino consecuencia de la civilización y el progreso encauzados de una manera unidimensional. Pero te estaba hablando, mujer, de mi nombre, K. Exterminio es el nombre de los nombres. Quienes lo conocimos, y solamente una minoría nos salvamos, nacieron pagando la culpa que arrastraban desde su origen, el estigma de una palabra maldita: judío. También pagaron, aunque fuese en menor escala, los gitanos. Y otros por su condición moral o su elección cívica: disidentes, comunistas, homosexuales. Tal vez por encontrarse simplemente entre los vencidos. Víctimas en cualquier caso. Cadáveres culpabilizados y convertidos en humo mientras gotas de su sangre coloreaban la blancura de la nieve o sus cenizas se diluían al conjuro del fuego que las expele hacia el Sol, fuente y alimento de la vida. Todos expandiéndose por los reinos que dicen pertenecen a Dios. Habitando en la «fosa menos estrecha del Universo», que escribió nuestro poeta. Y desde estas primeras líneas te pregunto, y yo te daré un nombre, Kyoko, dulce muchacha, me pregunto: ¿cómo se puede desde la normalidad narrar la anormalidad, y más hoy día, cuando todo se convierte en espectáculo: la literatura, el crimen, las guerras, el amor, la muerte?; ¿cuando la brutalidad individual se sobrepone con nombre, rostro y dramatización a la brutalidad colectiva, al genocidio virtual, burocratizado, sin rostro, expresión o sentimiento alguno? En lo normal se podía juzgar lo anormal; en lo anormal no puede juzgarse lo que ya se considera absolutamente normal. Tenemos, es cierto, libertad para hacerlo. Pero esta libertad ¿conduce a alguna parte? Recuerdo ahora, cuando escribo sobre Auschwitz, conociendo lo inútil del empeño, lo que me dijo Albert Einstein en una de nuestras conversaciones en Estados Unidos. Se encontraba muy preocupado por el macarthismo y el miedo que mostraban los intelectuales, que en algunos se transformó en cobardía y delación. ¿Libertad de expresión? Creo que no existe, no puede existir nunca, se lamentaba. Ninguna ley la amparará cuando más necesaria resulte, no olvides que las leyes nunca tienen otro dueño que el poder que las impone. Un día dan la razón a los nazis, al siguiente a sus vencedores, tiempo después a los nuevos nazis. En Estados Unidos tenemos jueces que hacen prevalecer impunemente el fascismo. Nadie debiera plegarse a declarar ante Mc Carthy. Eso sería libertad de expresión. Y tenemos que luchar por ella. Algún día deberás superar la pesadilla que has sufrido. Lo que no se debe es olvidar aquello que ningún relato ni palabras pueden describir. Y sin embargo, y te animo a que lo hagas, es necesario hablar, condenar, despertar el silencio y dar luz a la ceguera, aunque sólo sea para purificar a quienes creemos que sin libertad el mundo agoniza y algún día perecerá. Para que la existencia no se extinga debe el pensamiento no debilitarse ni uniformizarse. Son los diferentes quienes pueden con su audacia y sensibilidad, y sobre todo conocimiento y valor, desafiar el mal absoluto. Tú lo has vivido. No puedes ocultarlo a quienes merecen conocerlo.

K. Nacido en el absurdo o la ficción. Lo que deseo reseñarte para que me conozcas mejor, única amiga que tuve en mi existencia, es el ser o no ser de ese hombre que ha decidido regresar –aunque nunca dejara de encontrarse allí– por última vez al Lager para que tú cuentes y trascribas su mal. Y reflexiones sobre el hecho de que en lugares como Auschwitz no sólo mueren los seres humanos: también desaparecen los libros, las culturas, la civilización hundida como la Atlántida, y cuyas huellas tampoco se podrán buscar en la memoria extinguida un día que parece cada vez más próximo. Auschwitz, donde el cielo se transformó en cementerio. Como escribiera Paul Celan: «la muerte es un maestro venido de Alemania». Y Goethe, y sus libros, a través de los dorados cabellos de Margarete se transformaron en ceniza brotada desde las chimeneas de los hornos crematorios. También Dios y los ángeles ciegos y errabundos perecieron consumidos en las cámaras de gas. Porque todos carecen ya de nombre. Se dice que el ser libre nació con la democracia. Luego se diluyó, desapareció subsumido por la masa. No pretendo escribir sobre el crimen ni cargar la culpa –palabra que en nuestros días alcanza cada vez menos significado– sobre un puñado de nombres que ofrecían sus rostros como chivos expiatorios para eximir de responsabilidad a todos cuantos les hicieron posible y apoyaron. Significaría ello desdibujar, falsear la historia, acomodarla a la banalidad interpretativa, ahuyentar la realidad de su enmudecimiento.

Kyoko, tú, por primera, única y última vez, me enseñaste lo que puede ser el amor. Y si K, que carece de nombre, pronto dejará de existir para ti, tampoco existió para mí. Al final lo único real será Auschwitz. Son demasiadas historias como las de K las que se dieron, tantas como procesos, metamorfosis, castillos infranqueables encontraríamos en los nombres de ciudadanos que pueblan el mundo. K, mejor que el número que me asignaron en Auschwitz y he de portar grabado en mi antebrazo izquierdo con tinta imborrable hasta que regrese, ya de inmediato, a la ceniza a la que nacimos destinados. K, no te lo repetiré más veces, es el único nombre que puede distinguirme. Apropiado para mi origen, destino y muerte. Por el que quien lea, si alguien lee este relato, ha de reconocerme suponiendo que lo narrado sea comprensible. ¿Se puede, te pregunto a ti que eres joven y reflejas vida, escribir o leer de o sobre Auschwitz? Primo Levi ya se refirió a ello. «Sólo quienes fueron internados allí saben qué fue Auschwitz. Nadie más.» Yo fui uno de ellos. Y continúo sin poder explicarlo. En los campos de exterminio murió también el lenguaje. ¿Qué escritor, artista, y sobre todo ser humano, podría expresarse tras el año 1945? He pensado mucho en el tema antes de redactar el presente escrito. A los cadáveres desaparecidos por las chimeneas de los campos les acompañaron en su viaje hacia la nada las palabras, los conceptos y la propia civilización, te decía. Hubo en los años posteriores a Auschwitz quienes removieron cenizas intentando encontrar un nuevo lenguaje. Pero esas cenizas no eran las cenizas de los Lager. Y a pesar de Celan, Adorno, Levi, por darte algunos nombres, el campo pasó de la nada, que era su destino, a integrarse en la sociedad del consumo y el espectáculo. El polaco Stanislaw Jerzy Lec –léelo si lo encuentras, todavía existen pensamientos–, que había nacido en Lvov, donde igualmente vino al mundo Stanislaw Lem, que estuvo preso en el campo de trabajo y exterminio de Tarnopol en Ucrania, y que gracias a su dominio del alemán se fugó vistiendo un uniforme de las SS, escribió: «¡Qué atracción para los turistas! Cuántas ruinas humanas en aquel país». Palabras como éstas me asaltan si intento viajar al lejano-cercano ayer. Cuando comenzaron a surgir libros, documentales, testimonios sobre Auschwitz, y ya no resultaba tan fácil el silencio y la ocultación, se encontró una manera de paliar las consecuencias del horror que pudieran provocar: convertirlo en un parque temático más para turistas del mundo entero. Ahora sólo falta que un millonario norteamericano añada al campo discotecas, campos de golf, algún hotel de lujo y burdeles de alto confort. Será un éxito económico.

En una de nuestras largas conversaciones me preguntaste, Kyoko, dentro de la simpleza que supone siempre definir a las personas por credos, militancias o pensamientos únicos, si yo era comunista. Te respondo ahora. No, no soy ni he sido nunca miembro de ningún partido. No pude ni quise integrarme en organización alguna, fuese del tipo que fuese: religiosa, política o lúdica. Pero sí comparto formulaciones realizadas por determinados pensadores o escritores. Cuando salí de Auschwitz, decidí vivir en la soledad y el silencio. Quienes conservaban memoria y elaboraban dudas, resultaban demasiado molestos para que nadie quisiera escucharlos. Se hablaba de las víctimas de manera retórica, estadística o rutinaria. Como si cada una de ellas no hubiera sido un ser humano. Los seres humanos, individualizados, nunca interesan a los poderes públicos. Einstein sí me pidió que le hablara. Quería, necesitaba escucharme, me dijo. Y lo hizo. Le interesaba mi relato, no discursos teóricos, afirmaciones dogmáticas, anécdotas. Yo hablaba, hablaba con palabras que brotaban y brotaban de mis recuerdos sin orden, sin pensar, como si conformaran un río desconocido y no sujeto a cauce alguno, aguas desbordadas, impetuosas, sin nacimiento, fin, curso conocido, aguas turbulentas, sólo eso. Muchas de esas palabras las encontrarás en estos escritos. También algunas de sus reflexiones, preguntas que tal vez él mismo, al hablar conmigo, se formulaba. Y es que Einstein no era, como hombre, sino otro proscrito. Como lo fue Heinrich Mann, también acosado y perseguido en los Estados Unidos, donde los tres vivíamos como exiliados. Murió en la pobreza Heinrich Mann. Denostado como lo fueron la mayor parte de los sobrevivientes o salvados de los campos, suicidados los más lúcidos o sensibles. Yo tenía estas consideraciones en cuenta. Me preguntaba si antes de desaparecer debía alumbrar mis recuerdos. Diciéndome: si todos nos refugiamos en el silencio, sólo hablarán ellos, quienes no van a desaparecer, los fascistas. Y la multitud permanecerá como siempre, sorda y ciega hasta que alguien la necesite, espolee y la haga vociferar. En Alemania, cuando los nazis preparaban con todos los medios violentos que estaban a su alcance y los apoyos logísticos y económicos de los grandes barones y prominentes –esta palabra que tanto se repetirá en mis memorias– señores de las finanzas y las artes de su país la toma del poder absoluto, y los partidos políticos e instituciones sindicales anteponían sus espurios intereses a los fines éticos y humanos, Einstein, Heinrich Mann, otros intelectuales, difundían carteles por las calles de Berlín pidiendo a socialistas y comunistas que se unieran para impedir el acceso de Hitler al poder. Soñadores. Carlos Marx había desaparecido para siempre y sus últimas cenizas también fueron expelidas por las chimeneas de Auschwitz una vez que Stalin le desterró de la revolución que utilizaba su nombre en vano. Creo que así respondo a tu pregunta sobre mi militancia. Lo único que existe para la mayor parte de los seres humanos, lo sabes bien, que todavía, aunque hayas perdido la inocencia de la niñez, habitas en la felicidad, es comer, beber, follar y dormir. Todo aquello de lo que yo fui excluido desde mi juventud. Las páginas que ahora transcribes son sólo las del sufrimiento. Porque mi única militancia se da en la memoria y la desesperanza.

3

Cuando K besaba a la mujer, cuarenta años más joven que él, cuando arrastrado por la excitación y el deseo nunca hasta entonces experimentado acariciaba sus suaves y pequeños pechos de sonrosados y endurecidos pezones, cuando se asfixiaba en sus labios que recorría lentamente con los suyos, se convirtió, durante interminables minutos, en alguien ajeno a sí mismo, tal era la vehemencia ejercida por el placer angustioso que el cuerpo de ella le provocaba. Y cuando de ella se despedía comprendió que el relato que ya le había entregado no conseguiría sumergirla, adentrarla en el corazón del mal, su mal. Inmersa en el goce del sexo –al que K solamente había podido acercarse–, desde que era adolescente y llegó con su madre a esta ciudad, sexo del que a veces le habló narrándole algunas de sus experiencias y desengaños, y que a él, tras despertárselo, le negara, seguramente no tardaría en olvidar su historia. A K no iba a restarle tiempo para apurar las horas de su último fracaso en la vida. Él llevaba sumergido en el mal demasiados años para dolerse una última vez por su acoso. Contempló los ojos de Kyoko, que eran verdes, y encontró en su mirada malestar, burla y, al tiempo, piedad. No eran solamente los años quienes les separaban, pensaría más tarde, sino su propio carácter, angustiosa amargura. Porque el mal fue algo más que una anomalía, y como el olor a muerte que llevaban en sus cuerpos y rostros siempre los Sonderkommandos por mucho que se lavaran, era su mera presencia, sus gestos y palabras, quien lo irradiaba. Y del mal tenía que hablar a Kyoko por última vez. Ojalá, consideró, nunca lo hubiera hecho, jamás la hubiese conocido. Una reflexión, le diría, aunque fuese transmitida por uno de los escasos sobrevivientes del campo, no puede reflejar la quiebra terrible que el exterminio produjo: que los hundidos no fueron solamente los muertos sino también los salvados, K entre ellos. Y si no podía explicarse lo ocurrido en Auschwitz, tampoco podrían, ella y los demás, comprender la pasividad de quienes aceptaron la normalidad de la anormalidad, ni conceder más trascendencia a lo que ya para ellos no era otra cosa que una historia pasada más. Lo que no puede ser concebido tampoco puede ni contarse ni entenderse. Era la propia civilización –añadiría K– la que se había vuelto irreconocible. Tal vez la historia, y esto no lo añadió, pudiera encerrarse en la belleza emanada por un cuerpo desnudo como el de la propia Kyoko. Ese cuerpo reflejaba guerras, ambiciones, crímenes, suicidios. En Auschwitz todo el que no se encontraba enfermo y conservaba fuerzas suficientes para ello, una inmensa minoría de los encerrados, soñaba, se obsesionaba con follar con una mujer, como fuera, con el riesgo que comportara. En las letrinas, en la enfermería, en el Kanada, desprendiéndose de su ración de pan, del último objeto de valor que poseyera. Se masturbaban si el compañero que dormía más pegado a su lado era remiso a prestarse a acompañarle en su necesidad. K no podía comprender entonces aquella imperiosa llamada del sexo. Pero Kyoko, tras despertársela, la llevó a su memoria. No pienses que el sexo se encontraba ausente del campo conforme te adentres en la lectura del informe que te he entregado. Aunque yo no hable de ello apenas, otros podrían haberle dedicado muchas páginas. Era, después de la comida, la máxima obsesión y prioridad de quienes no salían a trabajar fuera del campo, que éstos se convertían en esqueletos vivientes. Follar como fuera: unos minutos bastaban para poder satisfacer esa necesidad que los torturaba, sobre todo si el trabajo y la tensión en que se vivía no les habían asesinado el deseo. Privilegiados quienes trabajaban en el hospital: médicos, enfermeras, personal de servicio auxiliar. Montaban servicios de vigilancia entre ellos que les permitieran unas rápidas relaciones, bien entre los que allí se encontraban o con enfermos o enfermas no graves que acudían a la consulta. Los prominentes o colaboradores de las SS podían obtener pases para acudir al burdel. Se encontraba el Puff en el bloque 24, cerca de la entrada principal del campo. Lo había propuesto Himmler cuando visitó Auschwitz en el verano de 1943. Por orden del comandante convirtieron la planta de una antigua nave en pequeñas habitaciones pintadas con elegantes colores. Trajeron de fuera camas e incluso cortinas. Un centenar de presas, polacas en su mayoría, y no judías, atendían a los miembros de las fuerzas alemanas destacadas en el Lager o a presos que por sus cargos o rendimientos especiales obtenían vales para acceder a él. Aunque los judíos no estaban autorizados a visitarlo, un Esman concedió a uno eslovaco que tocaba la tuba en la orquesta un pase. Era de su confianza y siempre respondía a sus deseos a la hora de interpretar las obras que le demandaba. Kazakis, el griego de nuestro grupo de copistas, compuso y recitó una improvisada oración en honor de él que incluso transcribimos e intentamos, en vano, musicalizar. Decía: «Gracias, Himmler, por tus sabios consejos se creó el Puff, y Kupka podrá follar esta noche. Media hora contemplando el cuerpo desnudo de una mujer, acariciando su piel, alabado sea Dios, ni en sus tiempos de libertad le fue tan fácil. Gracias, Himmler, por tus buenos oficios, y por la comida que recibe y le permite tener fuerzas para ello. Follar le hará libre. Sueña con las mujeres polacas. Buenas carnes conservan, que alimentos extras reciben. Follar, follar, este hombre no piensa ya en otra cosa. Un polvo vale más que toda la música del Universo. Y cuando pronto le mandes a los cielos, desde allí te agradecerá esa media hora de gloria que le concediste».

Músicos, Kyoko, sobre todo Broad, amenizaban en el Puff algunas veladas. Uno de los médicos alemanes era el encargado de reconocer a los que tenían acceso al burdel. Mediante sorteo se les asignaba una de las habitaciones ocupadas por las putas. Pasados unos veinte minutos una campana daba fin a la sesión y se cambiaba el cliente. Puertas con mirillas como las de las cámaras de gas permitían que los vigilantes observaran el interior de las habitaciones. Con la instalación del Puff también se buscó frenar el desarrollo de las prácticas homosexuales. A las mujeres se las obligaba a mantener un mínimo de seis relaciones diarias. Gozaban de raciones de comida especial, se cubrían con batas azules, rosas o verde claro, y estaban autorizadas a dar pequeños paseos mientras la mayoría de los presos se encontraban trabajando fuera del campo. Alguna vez tuve que ir yo allí con otros músicos cuando los alemanes decidían montar una pequeña fiesta en su planta baja, donde se había situado la sala de visitas, y nos exigían interpretáramos piezas alegres y bailables, y hablé con alguna de las putas, pero no, yo no podía, ni quería, ni sabía practicar sexo.