ETA - Andrés Sorel - E-Book

ETA E-Book

Andrés Sorel

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Beschreibung

"Partiendo de una breve panorámica de la historia, la articulación social y la cultura del País Vasco, el libro se adentra en los fundamentos sobre los que se ha levantado y evolucionado el nacionalismo vasco en general y el abertzale en particular. A continuación se centra en la historia de ETA propiamente dicha, desde el preámbulo de la formación del Consejo Vasco de Resistencia de 1947 hasta 1965: un relato en el que toman la palabra algunos de sus protagonista directos y en el que se ponen de relieve las relaciones de la incipiente organización con el pueblo, los intelectuales y los trabajadores vascos. A partir de aquí se desarrolla la parte principal del libro, en la que se irán encadenando las principales historias del terrorismo de ETA, en sucesión cronológica, contrapunteadas por otros testimonios sobre las represiones legales o ilegales, y su impacto siempre sobre la población, en un relato redactado de forma descriptiva, como si se tratara de un informe policial basado siempre en hechos reales y contrastados, pero ofrecidos en forma continuada de una manera atractiva y rigurosa, cuidada en el lenguaje, no burocrática e incidiendo en el factor humano. Así hasta llegar a la fase final en busca de la paz, en la que adquiere especial relevancia la voz del propio Sorel en tanto que participante en buena parte de esos debates. El resultado es un libro incómodo que se aleja de la narrativa dominante que tratan de imponer desde las instituciones oficiales; que no oculta el papel lleno de sombras (y de actuaciones ilegales y torturas) desempeñado por las fuerzas de seguridad del Estado; que tampoco quiere contemporizar con el sector abertzale; un relato que bebe de fuentes directas obviadas intencionadamente por quienes han escrito y promovido esa historia de buenos y malos, de vencedores y vencidos, en que se ha convertido el relato oficial."

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Seitenzahl: 501

Veröffentlichungsjahr: 2018

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foca investigación

154

Diseño de cubierta: RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Andrés Sorel, 2018

© Ediciones Akal, S.A., 2018

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

facebook.com/EdicionesAkal

ISBN: 978-84-16842-15-5

Andrés Sorel

ETA

Para algunas (muchas) personas, los acontecimientos son muy fáciles de abordar: todo se articula en un esquema binario de buenos y malos, de blanco y negro. Una perspectiva simplificadora tan reconfortante como cuestionable, en especial cuando toca enfrentarse a asuntos delicados y complejos como el de ETA. La versión oficial al respecto es clara: no hay otra opción que no sea la de vencedores y vencidos, y cualquiera que trate de cuestionarla, por levemente que sea, verá cómo su nombre es contado entre las despreciables filas de los «equidistantes», cuando no directamente entre los «terroristas».

Este libro se propone ir más allá de esta limitación, para, al margen de dogmatismos y con la mayor objetividad posible, poner sobre la mesa lo acontecido en Euskadi en los últimos cincuenta años, un periodo tensionado por unas violencias, variadas y de origen diverso, que se acabaron extendiendo al resto de España. Para ello es necesario contar la historia de ETA con todas sus luces y sombras, desde sus inicios hasta su convulso final, pero sin olvidar el fundamental papel desempeñado en ella por la represión –desde el franquismo hasta nuestros días, torturas incluidas– llevada a cabo por las fuerzas gubernamentales.

Podremos cerrar los ojos, pero no por ello va a cambiar la realidad.

Nacido en Segovia durante la Guerra Civil, de padre castellano y madre andaluza, estudió Magisterio y Filosofía y Letras. Durante el franquismo colaboró en la prensa clandestina del Partido Co­munista y fue corresponsal de Radio Es­paña Independiente de 1962 a 1973. Durante su exilio en París dirigió la publicación Información Española, que se realizaba para los emigrantes españoles en Europa. En 1974 fue excluido del Partido Comunista por diferencias ideológicas y políticas. La censura de Fraga Iribarne prohibió la publicación de sus novelas en Seix Barral y Ciencia Nueva. Muerto el Dictador, colabora en periódicos y publicaciones de España y Europa. Fue fundador, presidente y responsable de Cultura del diario Liberación.

Galardonado en 2013 con el premio José Luis Sampedro, ha publicado 50 libros, entre novelas y ensayos, e impartido más de 1.000 conferencias en diversas ciudades del mundo. En Ediciones Akal ha publicado Las voces del estrecho, Último tango en Auschwitz e …y todo lo que es misterio.

España es un país atado a un potro de tormento histórico.

John Berger

La condena de la violencia terrorista no ha de volvernos ciegos respecto a las causas que la alimentan ni respecto a las armas con que podemos combatirla. De algunas de aquellas causas somos en parte responsables; algunas de estas armas pueden volverse contra nosotros.

Juan Mayorga

PresentacIÓN

Este libro busca reflejar, lo más objetivamente posible, pese a la disparidad de los datos y análisis, los 50 últimos años del devenir de Euskadi, teniendo en cuenta las violencias que lo tensionaron y que acabaron extendiéndose al resto de España. Y al tiempo reflejar la historia de ETA, desde sus preinicios hasta su convulso desarrollo y final. Y ello sin olvidar la represión –desde el franquismo hasta nuestros días, torturas incluidas– llevada a cabo por las fuerzas gubernamentales.

Los datos, las fechas, los nombres, a veces pueden ser contradictorios, pero se han reflejado los más consignados en las diversas fuentes consultadas, de una y otra parte. Veamos por ejemplo como se dan las víctimas causadas por ETA:

– Según el Ministerio del Interior, entre 829 y 856.

– Según Covite, 858.

– Según el Gobierno Vasco, 837.

– Secuestros, entre 1970 y 1997. Se subrayan 86.

– Acciones terroristas: 2.472.

– Se fijan en 3.800 militantes los miembros activos de ETA, y en 3.300 los encarcelados.

En cuanto a la organización terrorista GAL, se sitúan en 27 los asesinatos cometidos por ella. Sin embargo, no se especifica el número de las víctimas causadas por sus antecedentes, el Batallón Vasco Español, la Triple A o el Antiterrorismo ETA. El Gobierno Vasco habla de 187 víctimas vascas, las causadas por la policía y la Guardia Civil.

José Paulo Rodríguez –un portugués que combatió en Angola («Me gustaba matar, me gustaba ver sangre») y que luego fue miembro del GAL– declaraba en el documental Tierra de Nadie de Salome Lamas: «La sangre y la pólvora son como la coca y la heroína […] En el GAL no éramos guerrilleros. Éramos asesinos y punto». Y subraya que por cada miembro de ETA –a veces incluso no lo eran– que mataban les daban en pesetas el equivalente a 60.000 euros. Sería condenado en 1986 por el asesinato del bar Batzoki. Felipe González no permitió que se investigaran los fondos reservados del Ministerio del Interior con los que se pagaba el GAL.

Hemos abordado tres figuras fundamentales de ETA: Txabi Etxebarrieta, primer muerto de la organización al que vengaron con el asesinato de Melitón Manzanas; Pertur, caso no resuelto en cuanto a quiénes lo asesinaron y dónde lo enterraron, y Yoyes, asesinada por dos importantes miembros de ETA. Y no olvidamos los asesinatos cometidos por ETA por el extremo rechazo que generaron: Hipercor, Miguel Ángel Blanco y otros cuyas víctimas incluyeron a mujeres y niños.

Insistimos: es posible que algunos nombres –diferencias entre el euskera y el español–, fechas e incluso lugares puedan variar según las fuentes consultadas.

Las nuevas reflexiones sobre las violencias, que encuadran el desarrollo de la obra, no son sino una apuesta por la paz, el diálogo y la condena de todos los asesinatos, los ejecuten quienes los ejecuten.

capítulo i

El marco histórico de Euskal Herria

Defenderé

la casa de mi padre

contra los lobos,

contra la sequía,

contra la usura,

contra la justicia

defenderé la casa

de mi padre…

me quitarán las armas

y con las manos defenderé

la casa de mi padre;

me cortarán las manos

y con los brazos defenderé

la casa de mi padre;

me dejarán sin brazos,

sin hombros

y sin pechos,

y con el alma defenderé

la casa de mi padre.

Me moriré,

se perderá mi alma,

se perderá mi prole,

pero la casa de mi padre

seguirá

en pie.

Gabriel Aresti

INTRODUCCIÓN GENERAL

Resultaría difícil hablar de los últimos 50 años de Euskal Herria, y realizar un análisis ideológico y político de ETA, sin referirnos, de una parte, a la historia del País Vasco y, de otra, sin hablar del franquismo y lo que supuso, en sus cuatro décadas de poder, para sus habitantes, el desarrollo y la ruptura del proceso histórico de Euskadi.

Y es así como podemos entrar en el análisis de las violencias, las violencias y no sólo la violencia, que convulsionaron el país. Porque nos equivocaríamos si obviáramos una de las violencias que engendró la otra. No se trata sólo de comparar, como a veces se hace, qué violencia ha causado mayor número de muertos: el que mata es terrorista. Y algunos pensamos que no existen mayores terroristas que aquellos jefes de Estado, reyes, papas, que desde el poder, en cualquier tiempo histórico, desatan guerras, cruzadas, exterminios, que causan miles o millones de víctimas.

Toda violencia ejercida sobre un ser humano es terrorismo. La tortura también es terrorismo. Y mientras no se analice así y se condene, continuará existiendo terrorismo individual, de grupo o de Estado.

Albert Camus:

Con dos siglos de anticipación, en una escala reducida, Sade exaltó las sociedades totalitarias. En él comienza realmente la historia y la tragedia contemporáneas.

El crimen, que él quería que fuese el fruto excepcional y delicioso del vicio desencadenado, no es el presente, sino la triste virtud de una costumbre que se ha hecho policial.

El terrorismo nunca es justo ni puede ser silenciado, y menos aún justificado. Y la muerte del inocente, que no busca morir y es obligado a morir –sea en un atentado o en un bombardeo–, es un acto terrorista.

Claro que razonamientos similares jamás serán comprendidos por exministros como Fernández Díaz, para el que quienes hablan de los muertos del franquismo son aquellos que quieren ganar ahora la guerra que entonces perdieron. O, como dijo el 20 de septiembre de 2016 en Bilbao el coronel de la Guardia Civil Valentín Díaz, en la conferencia que tituló «ETA. ¿Lo dejó o se vio obligada a dejarlo?», con rotundidad y satisfacción (otro que también parece vivir en los días «gloriosos» de 1939): «Se vio obligada a dejarlo. Debe haber un vencedor y somos nosotros».

La guerra, para ellos, siempre parece un juego. Y las víctimas son, a lo sumo, «daños colaterales».

Otro tema que debemos tener en cuenta a la hora de analizar una historia tan profunda y controvertida como la que aquí abordamos es el de la información y, como consecuencia, la conformación mental del lector, inducido casi siempre por unos medios de comunicación parciales al servicio del Estado, o por los grandes monopolios de la publicidad, a un análisis parcial. De ahí que continuamente se hable de la violencia y no de las violencias, identificando lo ocurrido desde 1939 en Euskadi como si sólo se hubiese producido una violencia. El parcialismo mediático inoculó, de la alta Castilla al estrecho de Gibraltar, una información sesgada y que terminó identificando a los vascos, genéricamente, con el terror, provocando un desprecio en la otra España a gran parte de sus habitantes, la idea de que la mayor parte de ellos fueron terroristas o simpatizantes de los terroristas. Como siempre, existieron excepciones en algunos informadores y analistas, pero esto no era suficiente para contrarrestar la animadversión creada por la mayor parte de las televisiones, radios, periódicos y revistas. Las mentes, los pensamientos y hasta el consumo y los gestos, sean literarios, musicales o políticos, se uniformizan, se acomodan al bombardeo mediático que los acosa y termina destruyendo su propia libertad.

Ya en 1921, décadas antes de que existiera la televisión, Albert Einstein escribía: «La prensa, controlada en su mayoría por intereses encubiertos, ejerce una influencia excesiva en la opinión pública».

Para comprender lo que es la propaganda política, su utilización, desde Fraga Iribarne hasta nuestros días, y su influencia sobre gran parte de la población a la hora de tratar el tema de Euskadi, veamos unas citas de astutos y preclaros representantes del mayor terrorismo que conoció nunca la Humanidad:

Para captar la atención de las masas, la propaganda debe limitarse a un pequeño número de palabras y repetidas constantemente. […] Ninguna diversidad debe modificar el contenido […] Su éxito depende de la duración […] Su acción debe apelar siempre al sentimiento, y muy poco a la razón. (Adolf Hitler)

Así se han expresado en España durante los últimos años en temas como el que tratamos: asesinos, criminales, terroristas vascos… Sólo es la Ley la que combate, en defensa de los ciudadanos, a los terroristas. Día tras día, incluso cuando ya no hay atentados, ellos son los únicos culpables, contra ellos debe combatirse siempre, incluso en la paz… Sus víctimas, los sufrimientos de sus familiares y de quienes les apoyan, sus lágrimas, los «seres queridos», no pueden ser olvidados nunca.

La propaganda es el arte del argumento más simplista con su lenguaje popular […] El arte de la repetición constante, el arte de dirigirse sobre todo a los instintos, a las emociones, a los sentimientos y a las pasiones populares […] un arte de mentir siendo creíble […] y presentar los hechos siempre con apariencia de objetividad. (Goebbels)

Así, con semejantes formulaciones, no se buscó nunca, dentro de la condena de las actividades de ETA, razonamientos, análisis, diálogos que impidieran la continuidad de sus atentados, y la confrontación de los intereses e informaciones de la otra violencia que desde el poder se impulsaba, de las causas históricas que habían conducido a aquel brutal enfrentamiento, como si unos y otros sólo terminaran creyendo en el infernal discurso de la acción-represión-acción-represión, hasta el agotamiento de un pueblo que era la víctima real de aquella situación.

El Partido Popular ha cuidado con esmero e importantes cantidades económicas concedidas desde el Gobierno a «sus» Asociaciones de Víctimas del Terrorismo. Calla cuando algunos de sus dirigentes han sido involucrados en desviaciones de dinero para sus propios intereses o negocios. Rechaza a otras. Tiene miedo al impacto electoral que plantearía ser más neutral con ellas. Mientras, cuando se intenta recordar a las víctimas del franquismo, sus causas, el lugar en que las asesinaron, se hace el sordo, cuando no insulta a sus críticos. Mas el problema, en un análisis racional, es algo más que sentimental. El problema es que no debiera hacerse política con las víctimas. El dolor es tan inconmensurable como íntimo. No tendría que ser mediático y menos aún puesto al servicio de un partido que crea otro tipo de víctimas, no ya las asesinadas, sino las que son condenadas lentamente a su explotación en todos los órdenes de vida. A las víctimas ya de poco les sirven las flores, los discursos, los minutos de silencio. Perdieron lo único que tenían: la existencia, algo que nadie les puede devolver. La mejor memoria que ha de envolverlas es la que condene las violencias, clamor para que ni atentados ni guerras existan. No matar, no torturar, ninguna justificación ha de avalar estos principios. Ni en la política ni en los ejércitos. Abominar, condenar sin paliativos todas las violencias, buscar la creación de un nuevo ser humano que tenga, desde que nace, conciencia de su rechazo, de que nadie puede alentarlas ni ejecutarlas, ni políticas, ni sexuales, raciales, educativas, económicas. Que nunca se debe glorificar a los vencedores, ni poner rosas pronto marchitas, como sus vidas, a los vencidos. Aquí comienza el único diálogo que tendría sentido en la vida. Porque enumerar las distintas violencias que se han dado y se dan en el mundo nos ocuparía horas sólo el enunciarlas. Y únicamente un segundo el decir que ninguna tiene justificación. Durante siglos se ha argumentado, por unos u otros de quienes las emplean, que únicamente se puede responder a la violencia con la violencia. ETA militar lo explicitaba en su método rechazable de acción-represión-acción. Si cuantos así razonan, la han aplicado y continúan aplicándola, hubieran rechazado ese método para imponer sus argumentos; hubie­sen creído más en la palabra, el diálogo, la razón, la movilización de los más para llevar a buen término sus tesis hasta conseguir que las armas de quienes no creen más que en ellas se oxidaran y volvieran impotentes al quedar en absoluta minoría; por mucho poder que detentaran, y al tiempo denunciaran y transformaran las leyes, las religiones, que también amparan las violencias, se habría tal vez –hablamos no de situaciones concretas, sino de principios universales– conseguido desterrar del pensamiento y de la práctica su uso. Claro que resulta difícil repartir millones de libros con pensamientos de Einstein por todo el mundo. Es utopía. Pero sin utopía nunca se terminarán las injusticias que rigen el mundo. Y al menos, a la hora de realizar análisis sobre realidades dramáticas, uno no debe desterrarlas y envolverse en lo fácil: estar con unos o con los otros.

Utopía es también, desde que el mundo es mundo, luchar por la libertad, la justicia, la igualdad y la fraternidad, contra las explotaciones, colonialismos, irracionalismos y fundamentalismos de toda índole. Lo único que sí sabemos es que fuera de la utopía solamente reinan los crímenes, los genocidios y la desigualdad social. Por eso los utópicos, en su razonamiento, prefieren soñar con ella a resignarse a vivir con todas las violencias que impiden el desarrollo de la civilización. La violencia, partera de la historia. La paz, éxtasis amoroso de quien busca que el ser humano sea humano. Y a la hora de escribir sobre Euskadi y las violencias, lo más importante es situarse racionalmente con los perdedores: todas las víctimas de la historia.

Joseba Sarrionandia. Palabra poética que es palabra política:

En el País Vasco no hay sino piedra, vasquismo sordo, vasquismo mudo. En la piedra vasca no hay sino ruido de golpes, y ecos […] A veces da la sensación de que los huecos de la tierra se llenan con nuestros muertos y nuestros sueños.

Joseba Sarrionandia es para mí, junto a Bernardo Atxaga, el más profundo e importante escritor vasco de la actualidad. Autor, entre otras obras, de Yo no soy de aquí, que dedica a «los compañeros que luchan por la independencia y la revolución social», nació en Iurreta, Vizcaya, en 1958. Escribe en euskera y, pese a su clandestinidad, ha publicado libros de poemas, narrativa, ensayo y literatura infantil. Estudió Filología Vasca en Deusto. Fue detenido en 1980 acusado de ser militante de ETA. En 1985 se escapó de la cárcel de Martutene en los bafles que el equipo del cantante Imanol llevó para dar un concierto en la prisión. En 1998, tras decretarse una tregua de ETA, declaró, seguramente desde su exilio en algún lugar de Cuba:

Mantener la guerra, y habría que llamarla así aunque haya sido de baja intensidad, se ha demostrado negativo para todos, tanto estratégica como moralmente. Sólo ha sido rentable para algunos cargos policiales españoles que han hecho del antiterrorismo su negocio particular.

En su obra literaria evoca a compañeros muertos en prisión, «cárcel de exterminio», denomina –él estuvo en el Puerto de Santa María y Martutene–, como Joseba Asensio, muerto en junio de 1986 en Herrera de La Mancha; Josu Retolaza, mayo de 1987; Mikel Lopetegui, marzo de 1988, y, en junio, Herrera de La Mancha, Juan Carlos Alberdi, y Teodoro Aramendi en septiembre de 1988.

Gurutz Jáuregui, autor del libro Entre la tragedia y la esperanza. Vasconia ante el nuevo milenio, aparecido en 1996, explicitaba cómo, «al igual que Oteiza, yo también me encontraba con una impresionante y triste realidad, caminando solo, en la calle, con una vela en la mano». Y, a su vez, Oteiza escribe:

Hemos preferido la seguridad de un acomodamiento al sentimiento y al riesgo de crear […] y, como consecuencia, toda nuestra historia última sea una historia de vasallos.

Porque la cultura de las violencias no ha sido patrimonio exclusivo de ETA. Lamentablemente esa cultura se halla fuertemente enraizada en los Estados –y, dentro de Europa, España ha sido en el siglo xx de los que más uso hicieron de ella–, aunque se llamen democráticos, particularmente en sus elites políticas. La razón de Estado, que tantas veces se invoca para justificar lo injustificable, es la manifestación más clara de la cultura de las violencias, o, para ser más exactos, ciertas interpretaciones y aplicaciones incorrectas de la misma que consistían en dar por buenos todos los medios empleados por el Estado con el objeto de conseguir una serie de fines que se presentaban como de interés general. Y en esto coincidieron el franquismo y el socialismo en la Transición, y así se crearon el Batallón Vasco Español, el GAL y otros grupos parapoliciales. E incluso cuando la acción-represión vio su afortunado final, todavía restaban nostálgicos y partidarios que se situaban contra el «adiós a las armas» queriendo imponer sus tesis ideológicas de que el discurso de la violencia no debe morir; por eso se niegan a la amnistía y a mejores condiciones de vida y de cumplimiento de condena de los presos; precisan machacar y machacar desde el poder que la guerra no puede concluir salvo que Euskadi termine aceptando las razones de la ocupación de su territorio por el centralismo avasallador y único, el español.

ETA ha pasado por dos fases, la del franquismo, con el atentado que costó la vida a Carrero Blanco, y la posterior, con numerosas escisiones y conversión, en el transcurso de los años, en un grupo cada vez más ayuno de ideología, que sobrevive a base de atentados, a veces incluso contra algunos de sus militantes, que se habían convencido de que era un camino que ya no llevaba a ninguna parte, que suponía el distanciamiento de parte del pueblo que los había apoyado y en cuyo nombre dicen luchar. Organización fanática que no duda en separar, castigar e incluso eliminar a quienes no sustentan sus tesis, ya distanciadas de las que impulsaron su nacimiento contra el Estado opresor del franquismo. Son los años de plomo y asesinatos indiscriminados, regueros de sangre ayunos de ideas y que se alejan en gran medida de su pueblo nacionalista, que quiere definir su propia estructura estatal y de vida social y desarrollo cada vez más independiente, con un bienes­tar para el conjunto de la población más justo, y que pasa del apoyo al silencio e incluso a la movilización contra esa violencia anárquica. Ya no existen para el grupo de lucha armada ni factores humanos ni discusiones ideológicas, aunque sus más lúcidos integrantes y dirigentes busquen una salida al cul de sac en que se encuentra sumida la Organización. También el Estado que debiera ser neutral, Francia, se alinea totalmente con el español, sin que se organicen movilizaciones de protesta entre la población francesa. Y será la sociedad civil, aquella que, desde la ética, la razón y el diálogo, busca la libertad política, social y cultural de su pueblo, la más perjudicada por la deriva de ETA militar.

Una política que sea no sólo proclive a la independencia territorial, lingüística, social y económica, sino que frente al enfrentamiento busque el entendimiento, primero con el Estado en que se encaja, después con otros pueblos y culturas del mundo, que condene la xenofobia, el fascismo y el neoliberalismo, la explotación y el imperialismo, la violencia engendrada, también en su población, por quienes sólo desean someterlos y explotarlos. Reconstruirse a sí mismo como país es también ideologizar el futuro de la civilización, en una interacción cada vez más universal y menos autóctona, lejos de la endogamia y el etnocentrismo, abriéndose a todas las influencias que sean renovadoras, fraternales, que busquen la igualdad entre los pueblos y los seres humanos.

Autodeterminación es colaboración y no explotación y dependencia, sea del Estado español o de una Europa que, lejos de los bancos y los monopolios, consiga un día ser de los pueblos y los ciudadanos que la conforman y para los que se ha de legislar, una política ajena a la monopolización de la economía y la cultura, como siempre ha realizado, incluso por la violencia de las armas, Estados Unidos. La realidad humana, la paz en la igualdad, la aceptación de las diferencias, son factores ideológicos fundamentales para fijar no sólo un territorio más libre y justo, sino una sociedad extraterritorial no tan canalla, esclavizante, violenta, como la que vivimos actualmente.

Y atención a los que piensan sólo en un Estado que es opresor y se olvidan del súper-Estado que a todos los domina, humilla y unifica bajo su poder centralizador. La teoría, la reflexión, el pensamiento, las ideas, han de imponerse siempre sobre la lucha revolucionaria.

En palabras escritas por Joseba Sarrionandia:

El lenguaje de la mentira se halla extendido en todos los ámbitos de la comunicación, las expresiones de la tribu están enturbiadas por los engaños del propio lenguaje. Por ejemplo, cuando todos los políticos institucionales dicen que quieren la paz para el País Vasco, el punto en que se encuentran la realidad y el lenguaje es una impostura. Nadie pone en duda en nuestro país lo inexcusable de la paz; sin embargo, tales portavoces del Estado pretenden que la paz implique las estructuras sociopolíticas establecidas y es este el punto de desencanto. Tales pacificadores, de hecho, pretenden el monopolio de la violencia y para ellos hablar de paz no es sino una simple argucia. Se habla de paz para soslayar los problemas reales, los puntos en que deben de encontrarse la realidad y el lenguaje.

Friedrich Nietzsche decía que no hay razón en el lenguaje, que el lenguaje es una vieja embaucadora y que, mientras sigamos creyendo en la gramática, no ahuyentaremos la idea de Dios, no superaremos nuestras estrechas limitaciones.

No pueden en esta introducción faltar dos de los más lúcidos, profundos y sinceros escritores y pensadores de nuestro tiempo, uno de Euskadi, aunque nacido en Santoña, y el otro que, siendo oriundo de Madrid, terminó residenciándose, desde hace cuarenta años, en Hondarribia. Me refiero a Juan Aranzadi y Alfonso Sastre.

Juan Aranzadi es antropólogo, filósofo y escritor. Claro que él no es parcial, política y culturalmente correcto y, por tanto, triunfador y bestseller en los medios de comunicación y en las ventas de sus libros; y, aparte de ideas críticas contra todas las violencias –todas, insistimos–, tiene una biografía humana diferente a la de quienes hablan persiguiendo el acomodo institucional, el mercado y la publicidad a la hora de referirse a los problemas y la historia de Euskadi.

Dos razonamientos suyos que explican su presencia aquí.

Fui uno de los últimos en pasar por las sucias manos del torturador [habla de Melitón Manzanas] y su asesinato me pilló en la cárcel, justo al salir de los tres días de periodo. En cierto modo es un personaje que marcó mi vida.

A quien rechaza matar o morir se le descalifica como cobarde por quienes, siempre bajo la alienación de catecismos doctrinarios o dogmáticos, prefieren matar o morir antes que razonar.

Aranzadi ve así el origen y desarrollo de ETA:

Si la lucha armada adoptada por ETA en los 60 pudo funcionar en aquel momento es porque existía también una notable deslegitimación de la violencia estatal, del franquismo […] El franquismo permitió e hizo parcialmente real el sofisma del que vivió ETA en sus primeros tiempos: quien está contra Franco está a favor de ETA. Creer que eso era así, sin matices, fue el mayor error político de ETA durante la Transición […] La vigencia del mito de la revolución, de la violencia revolucionaria, que tuvo su punto álgido en los años 60, está hoy de capa caída […] ETA fue posible porque había y hay un empacho de ética. El País Vasco estaba lleno de gente que quería redimir al pueblo, lleno de altruistas deseos de entregar su vida por una causa noble. Los etarras fueron una encarnación perfecta de las virtudes que ahora predican muchos como regeneración […] Los terroristas «normales» en el País Vasco eran ex curas y gente que quería dar la vida por la patria: gente intoxicada de moral […] El mito aranista creo que fue uno de los factores más importantes desde el momento inicial, porque los que en ETA impulsaron el activismo fueron los que estaban empezando a criticar el nacionalismo anterior. En realidad ETA se ha cargado la vigencia ideológica del aranismo: la izquierda abertzale ha asumido que su proyecto se fundamenta en la voluntad y no en la historia, los orígenes, etcétera.

Alfonso Sastre se ha involucrado todavía más en el problema vasco. Ha sido encarcelado varias veces, acusado injustamente y ninguneado por intentar razonar y encontrar causas que expliquen lo sucedido en este medio siglo en Euskadi, fiel a lo que desde su juventud marca su compromiso marxista, ético y literario con la vida, y que él define como su «patria espiritual que se llama insumisión». Denunció la tortura como uno de los mayores crímenes no sólo del franquismo sino de la democracia, y luchó a través del diálogo para que se alcanzara una paz justa para Euskadi, no la de los vencedores de siempre. Pese a su antidogmatismo, a su indagación en el lenguaje y en el pensamiento, que terminó dentro de su eterna tragedia y escritura compleja conformando los diálogos mantenidos entre Sastre y su sombra, a la manera de Allan Poe, no recibió más que insultos, descalificaciones de la cultura oficial, servil al poder y al mercado. Basta para mostrar la incultura de este país en el que vivimos y el fascismo totalizador que lo envuelve a través de quienes dominan los medios de comunicación –salvo las consabidas excepciones–, lo que escribía Vicente Molina Foix en El País el 22 de julio de 1997: «La peste que despide, por ejemplo, un escritor cómplice como Alfonso Sastre, debería llevar a apartarse de él en coloquios y antologías, así como a negarle los premios, subvenciones y homenajes institucionales que tanto se le han prodigado con su farisaica aquiescencia».

Ofrecemos unos breves textos de Alfonso Sastre sobre el tema de ETA y las violencias de Euskadi, de su obra La batalla de los intelectuales o nuevo discurso de las armas y las letras, publicada en 2004:

Muchas veces he dicho que yo estoy contra la «pacificación» de Euskadi –recuerdo, claro está, los horrores de la pacificación norteamericana en Vietnam, o la francesa en Argelia– y sí por la paz, ¡por la paz!, para la que me he ofrecido y me ofrezco a colaborar como señora de la limpieza en la habitación en que se celebraran las conversaciones a tal fin…

El terrorismo no ha merecido, entre los intelectuales españoles, una gran atención, ni filosófica ni poética (ni siquiera política). Tampoco la tortura policiaca, que ha vivido en general con culpable indiferencia…

Los escritores, definitivamente, pasan olímpicamente de estos temas […] se llama terrorismo a la guerra de los débiles, y guerra –y hasta «guerra limpia»– al terrorismo de los fuertes […] En realidad, todas las guerras son terroristas […] Nosotros, hoy como ayer, escritores, artistas, intelectuales, desde nuestra terrible impotencia, sólo podemos seguir clamando por la paz, que es lo mismo que clamar por la justicia frente a las imposiciones de los poderosos…

Ilegalizar un partido político (HB) es una aberración legal apoyada por el 98% de los diputados del Parlamento Español que escriben así una página de la legalidad española que la Historia no podrá olvidar como un episodio vergonzoso de la Democracia de Occidente […] ilegalizado contra la voluntad de la inmensa mayoría de su población […] formación política que representa a una parte muy notable de este pueblo, y en la que ha residido hasta hoy la posibilidad, aunque fuera lejana, de una relación entre los dos frentes de la violencia armada, la subversiva y la represiva […] su desaparición dejará al desnudo y abrirá una zona políticamente desértica en la que sólo ha de oírse el ruido de las armas y ha de asistirse al derramamiento de la sangre […] Yo opino que quienes deseamos realmente la paz y la vida, hemos de oponernos a esta Ley que sólo anuncia una guerra y más muerte, de tal modo que, si Batasuna desaparece, el futuro tendrá que empezar por reinventarla…

La existencia real e indeseable de la violencia en el País Vasco […] es la dudosa base sobre la que los dos grandes partidos, el Popular en el gobierno y el Socialista en la oposición, pretenden legitimizar estas medidas excepcionales que excluirán desde ya el tratamiento político de la cuestión vasca, única vía, evidentemente, por la que este dramático problema podría encontrar una solución y, en suma, conseguirse la paz para este atormentado país.

Y en su obra ¿Dónde estoy yo?, publicada en 1994, escribe:

Tanto la violencia como el terrorismo son prácticas altamente indeseables como comportamientos que, sin embargo, parecen esenciales al ejercicio del Poder político, y también cuando esas prácticas tienen como sujeto a personas u organizaciones que se plantean «la lucha por la liberación de sus pueblos» o «la justicia social» en defensa de los ciudadanos de la tierra […] En cuanto a las sociedades, en su seno se ejercita la violencia tanto para el orden, como para el desorden […] Escribo con el deseo de que un día (lo más pronto posible: es urgente) las partes en liza –el Estado español (ahora, pues, el Gobierno socialista), los partidos del llamado Pacto de Ajurianea, por un lado, y el conjunto del MLNV en general y ETA en particular, por otro, así como los media, los intelectuales y los profesionales con incidencia en nuestra opinión como «gente» que somos– se avengan, en un acto fuerte de la inteligencia y la imaginación, a no seguir reproduciendo tozuda y literalmente sus propios discursos paralelos, sólo procuradores de desencuentros. Sería preciso un «tercer discurso» que abriera vías posibles a la paz.

VASCONIA

«Al norte y sur de los Pirineos, terminando en éstos como su columna vertebral, se extienden las tierras de Vasconia, que, constituyendo una sociedad étnica y nacional, no han logrado en la Edad Moderna llegar a su independencia nacional», argumento más empleado por los historiadores nacionalistas. La cita es de Martín Ugalde, nacido en 1921 en Andoain y fallecido en 2004 en Hondarribia. Fue periodista y director del Fomento del euskera.

Define este autor el mapa del País Vasco como configurado por un triángulo revertido con una base marítima de unos 160 kilómetros de costa, mayormente acantilada y escabrosa en dirección este-oeste, y con el vértice de un punto que está situado por debajo de Tudela, en Navarra.

En su viaje de 1799 al País Vasco, Guillermo de Humboldt lo describe así:

Oculto entre montañas hasta las dos laderas de los Pirineos Occidentales, un pueblo que ha conservado por una larga serie de siglos su primitiva lengua y, en gran parte también, su antiguo régimen y costumbres, que se ha sustraído tanto a la mirada del observador como a la espada del conquistador, el pueblo de los vascos […] Constituyen un pueblo dedicado a la labranza, navegación y comercio […] Tienen una organización libre, deliberaciones públicas ordinariamente en la lengua del país […] Todo el poder decisivo en el gobierno de los asuntos de la provincia emana en Guipúzcoa de la Junta de Municipios. No hay que pensar aquí en un sistema representativo: es una pura y completa democracia.

Esta democracia, herencia de una primitiva concepción de la vida y organización social, estará presente, a la muerte de Franco, en muchos de los teóricos independentistas vascos.

Veamos ahora el concepto que de Vasconia tiene uno de sus mayores historiadores, Julio Caro Baroja:

El País Vasco en su conjunto es el país en el que los asentamientos humanos se ajustan al concepto geográfico de vallis –«valle»–, aran e ibar en la lengua vernácula. Los pobladores del valle se distinguirán, ya por una comunidad de intereses y deberes, ciertas costumbres jurídicas, etc. desde antiguo. Cada valle se caracteriza no sólo por su geografía, sino también por rasgos jurídicos, administrativos. Desde el punto de vista lingüístico debe admitirse que en cada valle se habla o se ha hablado una variedad del vasco digna de ser estudiada en sí misma […] La base social, económica, administrativa y religiosa de la vida vasca se halla en un núcleo de construcciones en número mayor o menor que es el «pueblo» en sí […] Este núcleo se halla compuesto de casas (etxeas) dispuestas en varias formas.

Tres son las clases de pueblo:

1. Los situados en una ladera o pendiente, sobre un río o arroyo.

2. Los situados en un cerro o meseta, próximos también a ríos.

3. Los que se extienden por la parte más baja de vegas o en llano.

La verdadera estructura del barrio, la de la simple suma de casas con sus pertenencias, habitadas por una familia cada una. Esta casa se considera como la expresión más clara y definitiva del carácter vasco por propios, extraños, hombres de ciencia y artistas.

Como expresa la canción del poeta vasco-francés Elizamburu: «¿Ves al nacer la aurora, en lo alto de una colina, una casita blanquísima en medio de cuatro grandes robles, un perro blanco a la puerta, y al lado una pequeña fuente? Allí vivo yo en paz».

La unidad fundamental de estos pueblos es la llamada villa, en la que no falta su iglesia o monasterio. Fuentes de alimentación son la agricultura y el ganado, y apenas podemos referirnos a industrias que no sean las de la molturación de granos, siendo de propiedad particular los molinos de agua que la realizan, y naturalmente, por su peso en el uso de los artesanales transportes e instrumentos de trabajo de la época, las herrerías (ferragines), que en numerosas ocasiones se encuentran adscritas a monasterios o dependen de los hacendados más acaudalados de los lugares en que se encuentran instaladas, considerando que no son frecuentes las ciudades o poblaciones de numerosos habitantes.

Caminos y sendas sirven de linderos de las propiedades, cuando no los arroyos o arboledas determinadas.

Es indudable que cualquier viajero que recorra España encontrará en Navarra y Euskadi, más allá de las modernas y grandes concentraciones urbanas, un paisaje que lo diferencia del resto de los pueblos españoles. Y no hablamos de la naturaleza, que también, sino fundamentalmente del hábitat, las concentraciones civiles y las casas diseminadas por los montes, tanto en la forma de construcción como en la manera en que se sitúan en su entorno. Esto, junto a otros caracteres distintivos, la lengua, el folclore, la alimentación, el trato en la familia, sirve también para identificarlos.

Francisco Letamendia, Ortzi (San Sebastián, 1944), abogado defensor en el proceso de Burgos, diputado de Euskadiko Esquerra en las primeras elecciones y de HB después, militancia que abandona en 1983, pasando a ser profesor y escritor. Una de sus obras fundamentales es Historia de España y el nacionalismo vasco y ETA, y entre sus libros de historia destacamos Euskadi, desde sus orígenes a nuestros días. Para Letamendia existen, geográficamente consideradas, dos zonas en Euskadi: la cantábrica, que comprende el Euskadi continental, es decir, Guipúzcoa, Vizcaya, el norte de Álava y la mitad norte de Navarra, y es zona húmeda, de profundos y pequeños valles guardados por montes que dificultan el cultivo y han hecho a lo largo de la historia penoso el trabajo agrícola, y la mediterránea, que corresponde al sur de Álava y Navarra, y es zona ya seca, donde las grandes llanuras posibilitan extensos campos cultivables.

Fernando Sarrailh de Ihartza, Federico Krutwig, al que nos referiremos en los orígenes de ETA, es precisamente el autor de una obra emblemática en tiempos del franquismo, que lleva el título de Vasconia. Escribe en ella:

Un nuevo planteamiento del nacionalismo con base científica, primero deberá dar el valor que merece a la lengua nacional […] Segundo tendrá que ser una fuerza progresista […] Por fin tenemos que plantear el problema vasco sobre la base étnico-económica que hoy reclama el nuevo mundo. El sentimiento de nacionalidad, si ha de ser algo dinámico, tiene que engendrar entre los miembros de un pueblo la idea de estar unidos para alcanzar algo positivo. El estar unidos solamente en la defensa trae consigo el desmoronamiento de los lazo de tal unión tan pronto desaparece el peligro […] El pueblo de Vasconia ha venido, pues, combatiendo la historia contra sus enemigos siempre en posición de inferioridad al no buscar los vascos otro fin que su propia defensa. Es una obligación para todo hijo de Euskal Herria oponerse a la desnacionalización aunque para ello haya que emplazarse la revolución, el terrorismo y la guerra. El exterminio de los nuestros, de los agentes de la desnacionalización es una obligación que la naturaleza reclama de todo hombre.

El derecho del pueblo vasco a su independencia se basa exclusivamente en la existencia de una etnia vasca con conciencia propia y voluntad de ser libre.

Una nación, para muchos teóricos, necesita para existir haber incardinado en un pueblo la diferenciabilidad respecto a los otros pueblos de los que forma parte; esta característica de ser «otra», la otredad, hace que sus habitantes luchen por su independencia. En el caso de Euskadi, al hecho de considerarse vasquista se une la reivindicación idiomática, fundamental al estar dominada y reprimida largo tiempo.

En la actualidad se contraponen las sutiles líneas que enmarcan la problemática confusionista entre nación y Estado, máxime con el mestizaje que a partir del siglo xx se desarrolla y la importancia de la telemática, la cibernética y la plurinacionalidad económica, política y cultural imperante en Europa-USA y el control de las relaciones de toda índole por las multinacionales.

Viejas teorías ya cuestionaban ciertos principios nacionalistas.

Renan, siglo xix:

Una nación es un alma, un principio espiritual […] La una está en el pasado, la otra en el presente. La una es la posición en común de un rico legado de recuerdos; la otra es el consentimiento actual, el deseo de vivir juntos, la voluntad de seguir haciendo valer la herencia que se ha recibido indivisa.

Pi i Margall:

Las naciones hoy de mayor cohesión y más prósperas son las que descansan en el libre consentimiento.

El castellano Anselmo Carretero y Jiménez:

La nacionalidad, en último análisis, se funde en la libre y consciente adhesión de los individuos al grupo nacional; es en el fondo un asunto de conciencia, de sentimiento y de voluntad […] resultado de muchos factores y circunstancias geográficas, étnicas, económicas, políticas y culturales.

El idioma es sin duda uno de los factores más destacados a la hora de plantear el problema nacional.

Entramos así en el terreno de la historia, de la lengua, de la cultura. Muchos han escrito al respecto, fundamentalmente desde la academia. Hay, por supuesto, una línea oficial, pues la historia no deja de ser una construcción que responde normalmente a la de la cultura, sobre el que han escrito numerosas personas del ámbito de la academia. No es nuestro objetivo hacer resumen de ello, pero sí poner sobre la mesa voces a las que normalmente no se presta demasiada atención. Por ejemplo, el testimonio de Madoz: «Los vascos […] siempre constituyen una confederación de pequeñas repúblicas hermanadas sólo con el vínculo de su origen y habla común».

Manuel Larramendi. Autor del Compendio Historial de España. Nacido en Andoain, 1690, estudió Filosofía y Teología con los jesuitas. Estuvo cuatro años en Bayona, y desde 1734, hasta su muerte, 1766, en Loyola, es quien inicia el movimiento de recuperaciones de la identidad cultural, cuando se acentuaba la desvasquización. Se le critica por introducir en el nacionalismo la teoría de la «nobleza de sangre», tan nefasta después en la aplicación que harán del tema regímenes fascistas. Pero fue en su tiempo el mayor investigador de la historia guipuzcoana y del euskera, además de las peculiaridades más singulares de los vascos, desde los fueros a la institución de las ferrerías. Su obra más conocida es el Diccionario trilingüe del castellano, bascuence y latín. No publicaría en vida sus Conferencias curiosas sobre los fueros de Guipúzcoa. Para su tiempo fue una auténtica revolución, y para los futuros, fundamentales frases como éstas:

¿Qué razón hay para que esta nación privilegiada no sea nación aparte, nación por sí, nación entera e independiente de los demás? ¿Por qué tres provincias de España (y no hablo ya del reino de Navarra) han de estar dependientes de Castilla –Guipúzcoa, Álava y Vizcaya– y otras tres dependientes de Francia, Labort, Zuberoa y Baja Navarra?

LAS DOS IGLESIAS DE EUSKADI

Ni del pasado ni del presente se puede hablar de Euskadi sin referirse a la relación del pueblo, los movimientos revolucionarios, el Gobierno y la represión con el catolicismo y sus dos líneas, integrista y abertzale. Hábitos, costumbres, represiones y luchas por la liberación nacional tienen que ver con la religión en gran medida.

Fue Euskadi, dentro del Estado español, el territorio en el que por más tiempo pervivieron formas paganas primitivas. Pero poco a poco se fue implantando la religión católica, hasta que alcanzó un dominio pleno en el periodo medieval. Esto ha tenido su reflejo en un intenso poder cural, protagonizado por un clero tradicional que representaba a una Iglesia aliada siempre con el poder y que desempeñó un papel claramente antirrevolucionario; Iglesia a la que, por cierto, estará muy ligado el PNV.

Escribe Krutwig:

En Navarra ha sido la burguesía eclesiástica la fuerza de desnacionalización de primer orden. En el País Vasco, sometido a España, la Iglesia emplea el castellano en sus servicios. Bien se puede decir que la Iglesia católica se representa en Euskal Herria como una fuerza al servicio de la desnacionalización del pueblo vasco y se debería contar a dicha institución entre los enemigos del pueblo vasco, entre las fuerzas que asesinan el alma nacional de Vasconia.

En realidad, Krutwig no descubre el Mediterráneo. En el resto del Estado español, así como en otras naciones donde domina su influencia, ha desempeñado el mismo papel castrador de la inteligencia y la libertad, negativo de la enseñanza racional, aliada a todos los explotadores y alienadores de sus pueblos.

Contundente a favor de la Iglesia católica se muestra Sabino Arana, que alentó los orígenes y el desarrollo del PNV, aunque hoy afortunadamente no sea ninguna referencia para los movimientos revolucionarios. Citemos al «iluminado» Arana:

Fuese pobre Bizcaya y no tuviese más que campos y ganados y seríamos entonces patriotas felices […] proclamo el catolicismo para mi Patria, porque su tradición, su carácter político y civil es esencialmente católico. Si no lo fuera, lo proclamaría también, pero, si mi pueblo se resistiera, renegaría de mi raza, sin Dios no queremos nada. Con esa invasión maketa, gran parte de la cual ha venido a nuestro suelo por vuestro apoyo (para explotar nuestras minas y serviros en los talleres y en el comercio), estáis pervirtiendo la sociedad bizkaina, pues cometa es ese que no arrastra consigo más que inmundicia y no presagia más que calamidades: la impiedad, todo género de inmoralidad, la blasfemia, el crimen, el libre pensamiento, la incredulidad, el socialismo, el anarquismo… todo es obra suya.

No muy acertado andaba también Krutwig cuando, al escribir sobre el delicado tema del nacionalismo, decía que «la raza es la característica nacional que más perdura». Y pasaba a definir el físico de los vascos, reconociendo, eso sí, que no se podía hablar de unidad racial vasca, dado que los antiguos moradores se mezclaban ya con los recién inmigrados, provenientes de Castilla, Andalucía y otras regiones españolas.

Porque las tesis reaccionarias de Sabino Arana, y las que insisten en características raciales, han sido aplastadas en el mundo de la velocidad y los grandes éxodos, en la expansión y fusión de sociedades interculturalizadas que no pueden encerrarse en sí mismas. Y, sobre todo, interesan los conceptos que no pueden anclarse en viejos nacionalismos. Ni la raza ni la religión impulsan las luchas sociales, que afectan a todos aquellos que, nazcan donde nazcan y vengan de donde vengan, buscan un mundo más libre, igualitario y fraternal. Sus enemigos son en todas partes los mismos: los bancos, el capitalismo neoliberal, las empresas multinacionales, la cultura uniforme impuesta por el imperialismo, la destrucción de la diversidad y las diferencias. La raza no debiera marcar otro comentario que el histórico, aquel que sirve para investigar los orígenes y evolución de un pueblo. Con Antonio Machado decimos: «Nadie es más que nadie». No hay razas, sino hombres libres que deben ser celosos no sólo de su libertad, sino de la libertad de otros pueblos. Allí donde termina la libertad del contrario comienza igualmente la esclavitud del propio yo.

Pero regresemos a la religión en Euskadi.

Afortunadamente para los días contemporáneos de este pueblo, no toda la Iglesia ha sido una, cerril, ultramontana e integrista. Desde antes de la República, en el franquismo y posteriormente, muchos sacerdotes condenaron el aranismo, se rebelaron contra el poder de la jerarquía y ayudaron a la lucha del pueblo vasco por su liberación contra la Dictadura.

En los años previos a la guerra hubo corrientes infiltradas en la Iglesia oficial que buscaron acercarse racionalmente a su pueblo, e incluso modernizar la institución en su pensamiento y formas de actuar. En la preguerra, algunos vascos nacionalistas se unieron en torno al grupo Kardaberar, mientras los carlistas giraban alrededor del de Santa Teresa. Ya combatían contra el Estado fuerte y centralista y la patronal represora. El nuevo clero intentaba expandir entre la clase trabajadora las nuevas doctrinas sociales de la Iglesia aperturista. E incluso apostaría por la República frente a la mayor parte de los que, siguiendo al carlismo, creían en la restauración monárquica.

En 1918, una parte importante del clero vasco apoya las nuevas tendencias nacionalistas. Figura emblemática entre ellos es José Ariztimuño Olaso, Aitzol, nacido en Tolosa en 1896, que fue expulsado de la Universidad Pontificia de Comillas al considerarle divisionista y propagador de la cultura vasca. Fue uno de los más entusiastas euskeristas de la época. Lo fusilaron tras detenerlo y torturarlo, hasta el punto de dejarlo irreconocible, el 17 de octubre de 1936 en las tapias del cementerio de Hernani. De este sacerdote, escritor y protagonista del renacimiento cultural vasco, no hablan la cultura oficial ni los escritores para los que ha existido solamente una violencia en Euskadi.

Vino también la represión interna, la ejercida por la Iglesia vencedora –de jesuitas, misioneros, maristas, capuchinos, pasando por obispos y cardenales– sobre sus propios miembros, expulsados o deportados, cuando no fusilados, en cuanto se comprobaba que habían realizado alguna actividad crítica. En cambio, en la residencia jesuítica de Pamplona se eligió como lectura edificante en las reuniones de la comunidad la vida del general Mola.

Tras la guerra y el aplastamiento de los curas opuestos a desem­peñar el papel de represores de su propio pueblo (16 sacerdotes ejecutados, 278 presos, 1.300 detenidos), vienen un largo silencio y una no menos larga recomposición de aquel movimiento minoritario pero importante a la hora de abordar la Euskadi contemporánea. Iglesias, parroquias, algún convento, sirven de punto de reunión a los miembros de la izquierda vasca, incluso acogen a fugitivos, y hasta surgen, por escasos que sean, sacerdotes que se integran en la lucha contra el franquismo. Otros muchos, si no pasan a la fase activa, hacen de catalizadores y cajas de resonancia de protesta contra la represión estatal en documentos de denuncia, tanto en el plano social como en el político.

En 1950, 130 sacerdotes firman una carta que se considera el primer documento colectivo eclesial de condena de la situación política y social que vive el País Vasco.

Otras fechas clave:

• 1960. 30 de mayo. 339 sacerdotes vascos escriben una carta al obispo y al nuncio Antoniutti en la que dicen:

En las comisarías de nuestro país se emplea el tormento como método de exploración y búsqueda de la transgresión de una ley muchas veces intrascendente e injusta. Una malévola sospecha basta para que la policía o la Guardia Civil flagele irresponsablemente […] No podemos dejar de hablar de un modo más particular de nuestro pueblo, el pueblo vasco al que pertenecemos y en el que ejercemos nuestro apostolado […] Así, ahora denunciamos, ante los españoles y ante el mundo entero, la política hoy imperante en España de preterición, de olvido, cuando no de encarnizada persecución, de las características étnicas, lingüísticas y sociales que nos dio Dios a los vascos. Y ello sin provecho de nadie y con evidente perjuicio para nuestros más altos intereses espirituales.

• Llegó, de inmediato, la reacción. De Antoniutti. De la prensa española. Se piden cabezas. Pero 12.000 vascos firman una carta de apoyo al documento.

• Ya en 1963, al inaugurarse el Concilio Vaticano II, 500 curas vascos escriben una carta en la que afirman: «La causa principal, aunque no la única, del abismo abierto entre la Iglesia y el pueblo es el hecho de estar la Iglesia de España absolutamente ligada al Estado».

• 1967. 80 curas se manifiestan en las calles de Bilbao. Y en junio de ese mismo año 107 sacerdotes vizcaínos escriben al jefe del Estado protestando por el estado de excepción.

• 1968. 16-24 de agosto. 40 sacerdotes ocupan las oficinas del Obispado de Bilbao. Consigna: «Gogorkeriaren auzke, gogortasuna» («Contra la fuerza de la opresión, la fuerza de la unidad»).

• 4 de noviembre de ese mismo año. 60 curas vuelven a ocupar el seminario de Deusto. Exigen la destitución del obispo, franquista, y que no continúen siendo pisoteados los derechos del pueblo vasco. Ya hay curas presos. Y torturas contra quienes protestan. Los sacerdotes ingresados en la cárcel de Zamora, iracundos, queman sus escasos enseres y se declaran en huelga de hambre. Piden ser encarcelados con los políticos. Los cimientos de la vieja Iglesia se resquebrajan en Euskadi.

• 1969. 30 de mayo. 5 sacerdotes se declaran en huelga de hambre en las oficinas del Obispado de Bilbao. La prensa nacional publica sus nombres, que les dan celebridad entre los vascos: Amuriza, Gabikagogeaskoa, Nabaren, Tellería y Kalzada. Escriben: «Los ciudadanos, perseguidos, torturados, se ven obligados a huir o son encarcelados indefinidamente […] Nuestros pueblos, fábricas, iglesias, lugares de reunión y diversión, sufren la presencia de infinidad de chivatos, pagados por la policía».

• Tres de ellos son condenados a 12 años de cárcel; dos, a 10 años. Rebelión militar es la causa de la condena. Sólo un mes había transcurrido desde su escrito.

• La Iglesia también está presente entre los procesados y condenados en el proceso de Burgos.

• 1971. 200 sacerdotes navarros, en abril, leen en las iglesias un documento denunciando la tortura.

• 1974. 24 de febrero. En las iglesias de Bilbao se da lectura a una homilía aprobada por el obispo Añoveros que reconoce la opresión del pueblo vasco y pide «una organización socio política que reconozca su justa libertad». Incluso el obispo y el vicario son sometidos a arresto domiciliario. Arias Navarro envía un avión a Sondica para exiliar a Añoveros. Este se niega.

• 1975. 20 de enero. Detenido el cura navarro Maisterra y los sacerdotes Aguirre, Anduera y Jiménez. 19 sacerdotes son multados gubernativamente. En febrero, en Guipúzcoa, es encarcelado Patxi Altuna. Son los últimos coletazos del franquismo sobre los curas disidentes.

Los sacerdotes vascos, al menos entre su pueblo y en cierta información nacional e internacional, han ganado la batalla al cura tradicional. Han enterrado el «Ami vasco» racista e integrista del sacerdote navarro, muerto en 1907, Evangelista de Ibero.

Sobre la Iglesia vasca y su relación con ETA, Juan Aranzadi escribe:

La Iglesia vasca ha sido muy particular dentro del nacional catolicismo español, ha estado siempre muy vinculada al populismo vasquista y su formulación nacionalista […] El único gremio profesional que no aporta ningún miembro al colectivo de los asesinados por ETA es el de los curas […] El etarra paradigmático de los primeros tiempos es, para los fieles de la religión etarra, el altruista simpático que entrega la vida por su pueblo y que, desgraciadamente, para salvar a su patria tiene que matar.

LA CUESTIÓN CARLISTA. EL PNV

Todavía Euskadi vive las consecuencias de las guerras carlistas, en testimonios enfrentados que incluso en sus controversias condicionan, sobre todo en Navarra, los planteamientos del presente. Numerosos libros y estudios se han ocupado de este asunto, por lo que nos vamos a limitar a ofrecer unas someras referencias para enmarcar el desarrollo histórico de Euskadi antes de entrar en las convulsiones del siglo xx.

La Pragmática Sanción (1830), por la que se excluye del trono a Carlos M.ª Isidro (Carlos V) en beneficio de Isabel II, está en el origen de estos conflictos, que se iniciarán en 1833 con el comienzo de la Primera Guerra Carlista.

Al respecto, describe la situación Francisco Letamendia, Ortzi:

En el bando carlista están los desposeídos, los campesinos en peligro de expropiación y los artesanos explotados; de ahí su fuerza y resistencia y para el espectador actual su grandeza estética y su poder de evocación. Pero estos balbuceos del sentimiento nacional quedan cubiertos, por influencia del clero, bajo una capa de integrismo religioso y de espíritu contrario a todo liberalismo y a toda innovación. Ambas características, unidas a la sumisión prestada por los combatientes de la rama dinámica carlista, convierten a este movimiento, eminentemente popular en Euskadi, en instrumento fácilmente manejable por las capas más retrógradas de la nobleza y los terratenientes españoles. En la segunda guerra carlista, otra clase distinta ya, una burguesía sacristanesca y atemorizada por los fantasmas del progresismo y la Internacional obrera, se añade a la que utilizaba anteriormente en su provecho el impulso popular que prestaba el carlismo en tierra vasca.

Podríamos resumir así:

• Carlistas: campesinos medios y pobres, artesanos, pequeños comerciantes, clero, algunos representantes de la nobleza local.

• Liberales: campesinos enriquecidos, latifundistas, grandes propietarios, comerciantes poderosos, industriales, alta nobleza.

Navarra sería, en la Primera Guerra Carlista, el suelo más sacudido por la insurrección, y Zumalacárregui su personaje más influyente. La crónica escrita por Haningsan es muy descriptiva:

Siempre que entraba en acción, se podía ver por todas partes a los aldeanos corriendo sin aliento por las montañas para darle noticias de todos los movimientos que habían ocurrido, a veces con riesgo inminente de ser fusilados por el partido contrario. El conjunto ofrecía una escena nueva y pintoresca cuando andaba o montaba, según su gusto, a la cabeza de la columna, con su estado mayor, alrededor de 40 o 50 oficiales siguiéndole detrás, y sus batallones desfilaban por el camino de las montañas tan lejos como la vista alcanzaba, con sus mosquetes brillantes y grotescos atavíos. Las facciones originales y severas del general, su chaqueta de piel y su boina, que parecía a lo lejos un turbante rojo, daban más idea de un jefe oriental que de un general europeo.

El euskera era el idioma que con él empleaban sus tropas. Hasta Luciano Bonaparte subrayaría que con Zumalacárregui era el alma de Euskal Herria la que festejaba sus hazañas.

Tras su muerte en 1835, la guerra se estanca hasta que, tras sucesivas derrotas del bando carlista, el Abrazo de Vergara (1839) marca el comienzo del fin.

Como consecuencia del conflicto, Navarra se incorpora a las Cortes Españolas ya como provincia y no como reino. Asimismo se proclama la suspensión de las Diputaciones Forales, y los viejos caseríos, las formas domésticas de vida, sufren fuertes consecuencias que, según Letamendia, hacen que, entre otras cosas, la agricultura autosuficiente y patriarcal quede herida de muerte.

La Segunda Guerra Carlista será breve. Guerra dels Matiners o Madrugadas, se desarrolló sobre todo en Cataluña, al tiempo que partidas aisladas se enfrentan en pequeñas batallas en Navarra, Burgos, Soria, incluso Toledo y Madrid. Va de 1846 a 1849 y su clímax lo alcanza Cabrera en junio de 1848 con su feroz represión en Cataluña contra quienes quieren rendirse. El 25 de abril de 1849, Cabrera, derrotado, huye a Francia. Es tiempo para la soledad del Pretendiente. Le sucede su hijo Carlos de Borbón y Braganza, conde de Montemolín (Carlos VI). Corta vida: nace en Madrid en 1818 y muere en Trieste en 1861. Un año antes de su defunción, capturado con su hermano Fernando, renuncia al trono en Tortosa.

Pasarían 12 años hasta la Tercera Guerra Carlista, que duró 4 años y concluiría en 1876 con la derrota definitiva para los carlistas. Y por la Ley de 21 de julio se decreta la abolición definitiva de los Fueros. La carta que enviaron a los Gobiernos europeos, los define: ellos son «el ejército de Dios, del trono, de la propiedad, de la familia».

Muchos clérigos participaron en las guerras carlistas. Las Juntas Generales de Guipúzcoa, 17 de mayo de 1872, explicitaban: «El Obispado de Vitoria es el origen y causa primordial de estas turbulencias y de la febril agitación a que ha traído al país. Desde el Obispado se han dirigido los alzamientos de 1870 y 1872. Desde allí ha organizado y sostenido la propaganda agitadora un canónigo procesado y emigrado hoy por conspirador».

Para algunos historiadores, la idea religiosa es la generadora del carlismo. Y gran parte del clero vasco lo apoyó para defender la religión perseguida y ultrajada según ellos.

* * *

En julio de 1876, los poderes legislativo y ejecutivo van a ser ejercidos por las Cortes y el Gobierno central de España. Son los gobernadores, directamente nombrados desde Madrid, quienes sustituyen a virreyes y corregidores. Jueces y magistrados impartirán justicia conforme a los códigos civiles y militares españoles. El servicio militar obligatorio pasó a ser para el vasco una experiencia traumática. Muchos fueron los jóvenes que a partir de entonces prefieren emigrar antes que ser llamados a filas. Todavía en 1913 el porcentaje de prófugos era doble en el País Vasco que en todo el conjunto del Estado español. Orden público, policía, costas y fronteras se ponen igualmente en manos del Estado. Si no obedecían, dirá Cánovas, «el Ejército destruiría Vasconia». Palabras que ocultan que de hecho ya lo estaba haciendo.

Pero es el progreso económico el que transforma Euskadi. Desciende el campesinado. Se impulsa el movimiento nacionalista vasco: una nueva doctrina, que intenta no liquidar la historia de Euskadi en beneficio del nuevo Dios, el dinero, y el desarrollo económico, funda el 31 de julio de 1895 el Partido Nacionalista Vasco. En la reunión, dos hermanos: Sabino Arana Goiri y Luis Arana Goiri, además de los patriotas del Euskaldun Batzokija de Bilbao. 100 artículos definen sus Estatutos, que llevaban cinco años redactándose y se aprobarían en Asamblea Constituyente, y fueron editados por el PNV el 25 de noviembre de 1935, en plena República.

Algunos artículos definitorios:

• Artículo 3. Bizkaia será católica, apostólica, romana.

• Artículo 4. Se constituirá principalmente con familias de raza euskariana. El euskera será la lengua oficial.

• Artículo 7. Bizkaia se establecerá sobre una completa e incondicional subordinación de lo político a lo religioso, del Estado a la Iglesia.

• Artículo 9. No recibirá la sociedad más periódicos que los euskerianos que tengan por norma el lema expuesto en el capítulo precedente.

• Artículo 10. No se admitirá en la biblioteca libro ni escrito alguno que sea irreligioso e inmoral.

• Artículo 11. Se prohíben: la blasfemia, los cantares impíos y obscenos, los juegos de azar y los cantos genéricamente españoles.

• Artículo 38. Ningún socio podrá, bajo pena de excomunión, colaborar en periódico o almanaque españolista, ni en extranjero que sea masónico o simplemente liberal.

• Artículo 60. Para pertenecer a la sociedad se precisa:

Profesar la doctrina católica con exclusión de toda otra que sea anticatólica, españolista o liberal. Son políticos anticatólicos todos los liberales, anarquistas, socialistas, republicanos en todas sus formas y la monarquía en sus distintos grados: liberalismo radical, moderado y catolicismo liberal.

En los inicios del PNV, como hemos indicado, estuvieron Sabino Arana y su hermano. Sabino nace el 26 de enero de 1865 en Bilbao. El padre era carlista y propietario de astilleros. En su juventud Sabino también es carlista. Una enfermedad le paralizó dos años, que aprovechó para estudiar el euskera. Rompió con el carlismo y pensó en un nuevo partido. Estudia Derecho en Barcelona. Ya en Bilbao se dedica a la investigación histórica. Publica en 1892 Bizkaia por su independencia. En 1895 nace la Asamblea Nacional (Betzar Nagusia), embrión del PNV, que elige el Bizkai-Buru-Batzar, comité directivo que preside Sabino Arana con su hermano Luis. Fue procesado por algunos artículos publicados en su revista Bizkaitarra, ingresando unos meses en la cárcel. En 1897 publica su obra teórica más importante, El partido carlista y los fueros vasco navarros. Preconiza una Vizcaya tradicional, campesina, contraria a la industria moderna que ya va imponiéndose en Bilbao.

Funda el Euskaldun Batzokija y edita la mencionada revista Biz­kaitarra,