… Y todo es misterio - Andrés Sorel - E-Book

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Andrés Sorel

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"Paul Celan-Ingeborg Bachmann: un amor apasionado que recorre el siglo xx y desemboca, como la época, en la locura y en diversos modos de muerte. La memoria histórica de la mayor tragedia conocida por la Humanidad se mezcla con la evocación del gran amor-dolor de dos seres excepcionales. En su camino se cruzan otros personajes asimismo decisivos en la literatura y el pensamiento de su tiempo: Martin Heidegger, Hannah Arendt, Thomas Bernhard. Los escenarios donde se desenvuelve la historia: Rumania, Austria, Alemania, Francia, Inglaterra, Italia, España. Los narradores: dos sobrevivientes del bombardeo de Alcañiz (Teruel) por los aviones italianos, año 1938, uno de ellos salvado después de Auschwitz. La evocación de esta historia recorre, en el amor y el infortunio, años decisivos de nuestro presente histórico desde el escalofrío más profundamente humano de los narradores y la creación poética más sublime: la de los protagonistas."

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Seitenzahl: 479

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Akal literaria

69

 

Diseño de portada

RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Andrés Sorel, 2015

© Ediciones Akal, S. A., 2015

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

facebook.com/EdicionesAkal

@AkalEditor

ISBN: 978-84-460-4550-2

Andrés Sorel

…y todo lo que es misterio

Paul Celan-Ingeborg Bachmann

Paul Celan-Ingeborg Bachmann: un amor apasionado que se desarrolla en el siglo xx y desemboca, al compás de su tiempo, en la locura y en diversos modos de muerte. La memoria histórica de la mayor tragedia conocida por la Humanidad se mezcla con la evocación del amor-dolor de dos seres excepcionales.

En el camino se cruzan otros personajes asimismo decisivos en la literatura y el pensamiento: Martin Heidegger, Hannah Arendt, Thomas Bern­hard.

Los escenarios de esta historia son: Rumanía, Austria, Alemania, Francia, Inglaterra, Italia, España.

Los narradores: dos sobrevivientes del bombardeo de Alcañiz (Teruel) efectuado por los aviones italianos, año 1938. Uno de ellos se salvaría, después, de Auschwitz.

Esta novela recorre años decisivos de nuestro presente histórico desde el escalofrío más profundamente humano de los narradores y la creación poética más sublime: la de los protagonistas.

Nacido en Segovia durante la Guerra Civil, de padre castellano y madre andaluza, estudió Magisterio y Filosofía y Letras. Durante el franquismo colaboró en la prensa clandestina del Partido Co­munista y fue corresponsal de Radio Es­paña Independiente de 1962 a 1973. Durante su exilio en París dirigió la publicación Información Española, que se realizaba para los emigrantes españoles en Europa. En 1974 fue excluido del Partido Comunista por diferencias ideológicas y políticas. La censura de Fraga Iribarne prohibió la publicación de sus novelas en Seix Barral y Ciencia Nueva. Muerto el Dictador, colabora en periódicos y publicaciones de España y Europa. Fue fundador, presidente y responsable de Cultura del diario Liberación.

Galardonado en 2013 con el premio José Luis Sampedro, ha publicado 50 libros, entre novelas y ensayos, e impartido más de 1.000 conferencias en diversas ciudades el mundo. Su última novela es Último tango en Auschwitz, publicada en esta misma colección.

Eres desierto y mar y todo lo que es misterio.

Ingeborg Bachmann a Paul Celan, 24 de junio de 1949

 

 

Cuando te conocí, fuiste para mí lo sensual y lo intelectual.

Eso no podrá separarse jamás, Ingeborg.

Paul Celan a Ingeborg Bachmann, 31 de octubre de 1957

 

 

I

Amapola y memoria

1948-1953

¿Qué vale todo lo que los hombres

hacen y piensan durante milenios

frente a un solo momento de amor?

¡Y es también lo más logrado,

lo más hermosamente divino de la naturaleza!

A él conducen todos los estados

desde el umbral de la vida.

De él venimos. A él vamos.

Hölderlin

Yo no sabía nada mejor que amarte

Yo nací el dieciséis de mayo de 1948. Cuando tu sonrisa triste y tus ojos luminosos y perdidos en lejanías inasibles traspasaron con su belleza todos los poros de mi piel. Parecía como si hasta ese momento hubiera permanecido encerrada en un cuarto sombrío, en un laberinto que me abría múltiples salidas, aunque todas ellas me conducían a la angustia de un corazón clausurado. Cuando nuestras miradas se encontraron creí hallarme desnuda ante la inmensidad del mar y del desierto. Entonces tu voz melodiosa me acarició con palabras misteriosas y oscuras, nuevas y de profunda trascendencia, que al principio me costó esfuerzo interpretar. Supe, desde aquel instante, que pronto entraría en ti, que tú anidarías en mi cuerpo, y todo cuanto era enigma en tu existencia se posesionaría de inmediato de mi ser.

Apenas puedo recordar más de esa noche que evoco, del lugar en que nos encontrábamos, las personas que nos acompañaban. Y solamente han transcurrido setenta y dos horas desde mi nacimiento. Rasgaste el velo de lo arcano. Y has desterrado la muerte de mis pensamientos, porque vida y muerte configuran este único soplo de la realidad en que nos hemos unido.

Sólo la noche abandonada en la fosa del cielo en que yacen las cenizas de tantas almas muertas puede ser el lugar que nos acoja, donde continuemos amándonos –que eso es lo único que quiero obrar–, en el que habitemos sin tiempo ni relojes, para siempre Paul, para la eternidad, como ellos, los convertidos en humo por la barbarie. La bóveda celeste es memoria y en ella pronunciaremos nuestras palabras, escribiremos nuestros poemas, desarrollaremos el regenerador lenguaje, el idioma de los asesinos, me has dicho y yo ratifico tus palabras, para destruir el recuerdo del pasado. Ya pregunto: ¿podrá ser así, escaparemos a la herencia de lo execrable, conseguiremos que el amor nos regenere, consuma, devore, hasta que la utopía se confirme al fin en realidad? Sé que, apenas sorprendiste mi primera mirada, acunada en tus ojos, y comprobaste que mis manos temblaban impelidas por el deseo de acariciar las tuyas, fuiste consciente de que iniciábamos la más dulce y peligrosa travesía balanceada por los sueños, la de la pasión que borra y paraliza el fluir del tiempo, la que puede conducir nuestra relación a los límites de la locura. Fuera de ti, los caminos que pudiera recorrer, si nos separábamos, ya se han extinguido devorados por el misterio en que decidimos sumergirnos. Y en los nombres de las mujeres de tu pueblo, asesinadas o perdidas, nombres bíblicos, nombres también de las que existieron y se deleitaron con los besos de tu boca, las que como Ruth, Noemí, Miriam, Lía, Rosa, Marianne, Corín, nunca abandonarían tu memoria, yo, la extraña me llamarías, me preguntaba sobre el momento deseado y envolvente en que mi mirada se nutriría con la sombra de aquel caballero oscuro que irradiaba dulzura desde sus ojos almendrados– así los cantan las indias–, mientras me acariciaba sin palabras, y en cuya frente contemplaba las cenizas depositadas por quienes existieron antes de mis temblores, las desprovistas de ataúdes que alojaran sus cuerpos invisibles, que no yacían estrechas en la inmensa fosa del cielo, habías escrito. Y tus dedos se enredaban en mis cabellos que creí bañados a su contacto por lágrimas de felicidad. Y mientras bebías mis labios, sonaban músicas melódicas y embriagadoras, saltaban las aguas de las fuentes del Jordán sobre la roja alfombra de la primavera y yo ofrecía con mis acompasados jadeos no ser para ti la extraña que supliera a las desaparecidas, sino quien te acompañara durante la travesía del futuro que pudiera descubrirnos el mar de Bohemia de nuestro amado Shakespeare.

No, Ingeborg, no puedes equivocarte, siempre serás la más amada, eternamente la extraña, milagro acaecido en la tierra que no existe, en el bosque petrificado cuya localización se encuentra vedada al resto de los humanos, los dos seremos extraños para todos menos para nosotros mismos. Porque cuando tú llegaste y te vi, te llamé la extraña, sí, procedías de un mundo diferente al de las mujeres que irradian mi memoria, fuesen literarias o reales, era como si la vida se inundara de sonidos anteriores al éxodo y al castigo, por eso te colmé de amapolas, con ellas adorné tus pechos y tu pubis, tenías que ser la más bella y aromática de todas, y no lo dudé: dormiríamos juntos. No hace muchos meses yo había escrito:

Amapola, cara con sangre arañada

de rodillas, bebe sin tardanza.

Así que bebe, extraña, bebe sin tardanza.

Yo también huía del pasado, Paul. Alguna vez te lo contaré. Soñaba con experimentar el amor en toda su intensidad, con la entrega que atraviesa todas las barreras que hombres y dioses hayan interpuesto para impedirlo. Y que en el abrazo y las caricias, con el calor que transmites a mi cuerpo cuando lo penetras, me convertiría en una de las estrellas que mis ojos persiguen cuando viajan sin controles que lo impidan por el cielo.

Ingeborg, cuento yo ahora, Alma, tras el primer encuentro con Paul en Viena, escribe a sus padres dos cartas fechadas en mayo y junio de aquella primavera de 1948. Como una joven adolescente, que, aunque fuese acompañada por su amante Hans Weigel a aquel encuentro, experimenta lo que es por primera vez la profundidad del amor, necesita comunicar la pasión que la desborda y se transforma en grito ininterrumpido que ha de expeler para continuar respirando. ¿A quién mejor que a sus padres? En la primera misiva les relata cómo en un lugar donde se reunió mucha gente, la casa del pintor Jené, pudo contemplar por primera vez al joven poeta Paul Celan, y aquel encuentro no resultó fortuito ni banal: lo descubrió fascinante. Y lo trascendente es que él se enamoró de ella de inmediato. Y la habitación donde ella dormía se convirtió en un campo de amapolas con las que él la inundó, y yacieron juntos. Era el veinte de mayo de 1948, ella contaba veintiún años de edad, él veintisiete, y también podría decir sin rubor alguno como escribiera este poeta apátrida, hombre tan bello como inteligente: «¡Miren, duermo con ella!», porque ya se habían amado y dormido acoplados el uno y el otro.

Y es que la extraña libaba el presente, el incendio del amor y el diálogo con el único bien que le restaba a él –judío sobreviviente, proscrito, desterrado, huérfano de padres asesinados en un campo de exterminio–: la lengua, y a través de ella, la creación poética. La había abrazado para que se convirtiera en el agua que vivificase los nombres perdidos. La había transmitido su dolor y adornado con el papel que guardaba en el medallón que almacenaba y transmitía su memoria, y tras el llanto, las canciones y las risas, fundieron sus cuerpos en una barca mecida por las aguas fluidas del placer. Y ella, confesó, gozó en el viaje por el río que carecía de nombre y de destino, con el poeta oscuro de la voz melodiosa, como nunca volvería a gozar ni a olvidar en su vida. Y Celan le dijo entonces, escribiéndolo años más tarde:

Cuando te encontré, fuiste para mí lo sensual y lo intelectual. Eso no podrá separarse jamás, Ingeborg.

Añadiendo: de tu cuello, que como el de un cisne se dibuja y estiliza buscando el remanso de tus pechos, prenderé este medallón que contiene el enigma, único y subsistente, de mi pasado, para que lo arcano pueda transformarse en presente. Nunca te desprendas, olvides, pierdas la hoja que guarda.

Paul, contestó ella, ahora que me has legado tu memoria y donado el amor, ahora que descubro dónde la vida guarda su deleite más abismal, comienzo ya a tener miedo a que pueda perderte algún día, consciente de que el dolor sería para mí irresistible. Significaría mi muerte. Conservaré el medallón que en mi cuello prendiste porque tú eres ya con tu historia mi vida, y con tu cuerpo mi carne, y si un día me abandonas, envejeceré de golpe cien años. No habría más amaneceres, y la luz, tu luz, y la de la lamparita que juntos saldremos siempre a buscar, se extinguiría irremediablemente.

El pasado, tiempo de torturas, de huidas, de pensamientos apartados a manotazos ahora que sus besos encadenados les unían y ahogaban, quedó en suspenso. Paul era consciente de que en el cuerpo, en el sexo de Ingeborg, habitaba otro lenguaje, no menos poético, oscuro y necesario, que el por él creado en sus poemas. Y que le exigía recorrerlo, beberlo, hundirse en él, acariciarlo ininterrumpidamente afanándose con sus labios para no dejar una sola milésima de la piel de ella sin recorrer; solamente la asfixia, la parálisis del corazón podría en aquellos momentos desligarle de su físico. Su contemplación del cuerpo amado le transportaba a la experimentada turbación sentida en su juventud al leer los luminosos versos del Cantar de los Cantares y aparcaba momentáneamente todo el dolor y la rabia acumulados ante la crueldad ejercida sobre sus padres, familiares, sobre su pueblo, sobre él mismo; el horror tenebroso de lo «ocurrido» se difuminaba, perdía en este espejo que tras navegar por sus ojos incitaba a todos sus miembros a incrustarse en él. Tómame, tómame, gritaba Ingeborg y sin palabras Paul surcaba aquel idílico paisaje creado por Dios antes de que impusiera el trabajo y el sufrimiento, para encontrar por fin algún sentido a la existencia humana. Aspiraba todos los sabores emanados desde la boca, los senos, las piernas, el sexo de ella, se sumía en ellos. Como si regresara al regazo protector que antecedió al espasmo, grito al tiempo de liberación y de terror con el que saludó la expulsión del vientre materno hacia el ancho territorio de la vida. Cuando ahíto, fatigado, mermado de fuerzas para proseguir navegando en el océano sin límites de la mujer, se hizo a un lado del lecho, Bachmann le dijo: «¿Ves? Hoy ni es ayer ni es mañana. Hoy tú y yo somos uno. El tú que buscabas, al que te dirigías, era mi cuerpo. Abrasamos nuestras pieles para liberarnos del fuego con el que nos torturan y conseguir que corra, dulcificado, por el interior de nuestro ser, el que nos entregamos el uno al otro. Lástima que este momento único no pueda trasladarse a la escritura. Nosotros, Paul, no somos la historia de nuestros libros, por eso nadie podrá contar nunca lo que ahora sentimos y hablamos».

Celan permanece silencioso, los ojos clavados en el techo, los brazos pasados por debajo del cuello de Ingeborg, apoyada la cabeza entre sus pechos. Ella se incorpora levemente en la cama. Toma con sus manos el miembro de él, todavía humedecido de semen, y se lo lleva a su boca. Comienza a succionarlo con suavidad y lentitud, no tardando en conseguir que crezca de nuevo. Paul enloquece por momentos. ¿Es un continente oscuro el amor?

Allí siempre estás de rodillas

y él te rechaza y te escoge con razón.

Y no le dice con palabras, pero sí con sus ojos semicerrados y sus gemidos: te quiero, Ingeborg, te amo, Ingeborg, me matas, Ingeborg.

Y volvió sin más dilaciones a poseerla, como si ya no pudiese despegar su miembro del sexo de ella.

Con los besos de su boca le había inoculado placeres más generosos que los provocados por el más deleitoso de los vinos que enrojecían y recorrían su cuerpo, había gozado como nunca amante alguno semejante placer degustara, ya ella había dejado de errar por los caminos buscándole y Paul descansaba en los pechos más generosos brotados en la más exuberante de las viñas, con sus dedos trenzaba rosas en la amarga yerba de su pubis, despertaría de su enloquecedor viaje con la boca teñida por los dibujos trazados con el rojo sanguinolento de sus labios, ningún guardián podría borrarla nunca de su memoria, celada de piedra para los sueños del delirio agostados. Y ahora intercalaban sus palabras en el descanso de sus amores y sería la vida, no la muerte, la que el lenguaje les ofrendara.

Horas más tarde, cuando Celan se alejó de su lado, y faltaban días, meses y años para que dijesen sus últimos silencios, todavía no abandonada en el reino del desamor en que después habría de habitar hasta su muerte, Ingeborg recordó la conversación precedente al prolongado coito. Le dijo a Paul que nunca podrían vivir juntos allí, donde habitaban los hombres, los edificios se erigían como cárceles y las obligaciones y rutinas de la existencia cotidiana eran las rejas que encriptaban a unos y a otros. Solamente en un bosque, ¿verdad, princesa?, en el castillo perdido en un silencioso y profundo bosque al que tuvieran acceso únicamente los pájaros y las flores, ¿no es así? Sí, sonrió ella, en un bosque donde deberíamos alimentar en exclusiva nuestro amor. ¿Y después del amor, Ingeborg, qué nos quedaría? ¿Acaso nos habría abandonado también la memoria?

La tristeza se profundizó en los ojos, heló de inmediato los labios de Paul. La memoria. Si no perdía la memoria, no se encontrarían solos en el bosque, ejércitos de sombras pulularían en derredor de ellos, los espectros que se proyectan en el reino de los desaparecidos, porque Paul nunca había dejado de habitar en el reino de los muertos, sólo cuando hacían el amor, cuando la boca de Ingeborg se transformaba en la flor más dulce que jamás buscara, cuando recorría con sus labios a lo largo y a lo ancho, en sus protuberancias y en sus honduras, todo su cuerpo, cuando lamía y mordisqueaba, consumía sus jugos, cuando navegaba por él acompasando su ritmo y los movimientos, uniéndose en sus espasmos a los gritos por ella emitidos; después, culminado el placer, ya con los ojos desmesuradamente abiertos –e Ingeborg se sentía igualmente acosada por un ejército de sombras que pretendían poseerla, inútil gritar, eran incorpóreas, gelatinosas, no necesitaban tocarla para introducirse en sus entrañas, para aposentarse en su corazón, aunque encendiera todas las luces de la estancia en ella únicamente contemplaría las tinieblas, tinieblas que la hechizaban, la atraían devorándola–, regresaban los fantasmas incrustados en su memoria.

Paul volvió a acostarse a su lado. En la mano portaba una flor. Con la otra acarició su pubis. Comenzó a masajearlo. Después llevó los labios a los senos, lamiendo, mordisqueando sus pezones. Regresaba la luna a la ventana, se colaba a través de ella reflejando las aguas del río desde el que había surgido el hombre de la voz melodiosa envuelto por una capa negra, sintió Ingeborg cómo sus brazos ahuecaban su cuerpo, su miembro la penetraba por enésima vez, se movía el lecho tan suavemente como el pez en las aguas estancadas del lago, se dejaba llevar y con cada movimiento se contraía con punzadas de placer, había depositado él la flor en su pecho y, después de besarla en los ojos, salió a través de la ventana para cabalgar hacia la luna, al río no, al río no, gritó ella contemplando el agitado y ennegrecido despertar de sus aguas, al bosque, huyamos al bosque, cabalguemos juntos, abrazados, protégeme con tu capa, es nuestra única oportunidad, no tendremos otra, Paul, el bosque o la muerte, y lloró, lloró hasta que comenzó a enloquecer, nada conseguía calmarla, carecía de fuerzas para fumar, beber, incorporarse de la cama, al bosque, su voz se debilitaba, la fatiga pronto la adormeció, cuando despertara se encontraría sola, sola en el camino de las infinitas soledades.

Cuando Alma le relataba a Tristán cuanto iba conociendo e imaginando de las relaciones de Ingeborg Bachmann y Paul Celan, el amor sublime y trágico, decía, surgido y desarrollado entre dos personas de inusual sensibilidad humana y creativa, y la genialidad pensaba ella lindaba siempre con las fronteras de la locura, Tristán le contestó que no necesitaba insistir en desarrollar aquellos argumentos para que él comprendiera sus palabras. Intuyó en Celan cómo su silencio, tan frecuente en los encuentros que mantuvieran en París, transparentaba en su mirada y en su ensimismamiento ese mutismo y aura de misterio. Nunca había conocido ser humano como él, tan dubitativo y meditabundo, que reflejara la angustia de un dolor antiguo pero perenne imposible de expresarse, acunado por su memoria y habitando en ella. Por eso cuando le leía las cartas publicadas de Paul a Inge podía imaginarle escribiéndolas, sumergido en los temores y deseos que se alternaban en sus pensamientos, incluso en los accesos de furia que le acometían y llevaban a destruir algunas de ellas; quiere huir de su encierro parisién para acudir al encuentro de Ingeborg, pero renuncia a última hora entre ataques de pánico, el temor y el deseo le provocan accesos de fiebre, sabe del agua que purifica pero también del fuego que calcina, está a punto de entregarse a las llamas, mas, si su cuerpo logra hurtarlas, su mente no apacigua su ansiedad, necesita calmarse para escribir y entonces, avanzaba hacia su final noviembre de 1948, recibe palabras de ella que le sumen en la desesperación y la angustia, compañeras desde su juventud, inventa banales excusas para no dejarse llevar por la pasión que le consume, como carecer de medios económicos para ir a Viena y que puedan volver a amarse, si pudiera trasladarse de inmediato cerraría los ojos y navegaría por los cielos en compañía suya, Ingeborg, Ingeborg, que le escribe:

tendría que ir, mirarte, sacarte, besarte

bésame, bésame Ingeborg, siento que me precipito hacia el abismo, Inge, sálvame, todo me da vueltas, es el vacío, recógeme, no consientas mi caída

veo con mucho miedo que te alejas a la deriva por un gran mar pero yo voy a construirme un barco y a recogerte del desamparo

porque, Alma, ella es consciente ahora de que tiene que ayudarle, necesita Paul su ternura y amor, ese es el sostén que ha de prestarle siempre,

todavía sigues tomándome y oscureciéndome con ese pesado sueño en el que yo quiero ser luminosa.

Ingeborg precisa que Paul la escriba porque así desahogará con palabras de respuesta la profunda amargura y desánimo que la invade. Paul sabe que ella es suya y, si lo desea, pueden juntos salvarse. Y es que, Alma, se había iniciado la vieja contienda entre el amor y sus circunstancias. El principio es lo más luminoso. Imagínalos, jóvenes, paseando abrazados, deteniendo sus pasos para besarse de vez en cuando, por los caminos que bordean un pequeño cementerio. Nada les importa de quienes yazgan allí. Tampoco ven a los que acuden a recordar a sus muertos y se cruzan en su camino con sus abrazos. La muerte y la vida parecen demasiado lejanas, inexistentes, ajenas a ellos, sólo existe ese segundo en que sus manos se entrelazan, las bocas se unen, los ojos de uno se fijan en los ojos del otro, como si el resto constituyera el decorado de una película de la que ellos habían sido excluidos como actores. También Ingeborg paseaba por las cartas transcriptoras de amarguras de su amante con palabras que escribía y después no se atrevía a enviarle. Nos encontramos en el tiempo del corazón, antes de que Celan se sumerja en el pavor e incluso el odio por culpa de los ataques que va a sufrir, acusándole de plagiario o denostando su poesía, de gentes que considera insufladas por las ideas de rechazo a los judíos. Tiempos del corazón capaces de desterrar en sus momentos de éxtasis la muerte, inexistente incluso para ser pensada. Ingeborg sobre todo, cuyas palabras sinceras y que no contemplan convencionalismo alguno desesperan a Paul, inmerso no sólo en problemas morales y literarios, sino también en celos oprimentes cuando, tras confesarle que le ama intensamente, no le oculta que durante su separación se había acostado con algún hombre, de hecho no había aún interrumpido su relación con Hans Weigel, escritor y promotor literario al que conoció en mayo de 1947, cuya compañía mantuvo después de que Celan marchase a París, y que sólo rompió totalmente cuando él publicó su novela Sinfonía inconclusa, en la que no dudó de hablar de la joven provinciana austriaca. Weigel, cuando reeditara la obra en 1992, escribiría al recordar a Ingeborg: «he sabido tanto de tus muertos… he entendido lo que significa para ti hacer que estén vivos conmigo… Y he visto que la amargura que te causa que ellos ya no existan, no te abandona». En la novela Weigel expresaba: «Lo que nos diferencia. Nuestro miedo no es vuestro miedo. Nuestra salvación no es vuestra salvación» refiriéndose a los asesinados o a los nazis nunca desaparecidos de los que Bachmann le ha hablado. Y Weigel fue quien le reveló primero la existencia de Paul Celan, el mayor autor de la catástrofe sufrida por los judíos, le dijo, y quien la acompañó a conocerle. Leyó así las palabras de Alfred Margul-Sperber cuando Celan publicó La arena de las urnas, que era, según el crítico, «el libro de poemas en alemán más importante de los últimos decenios». Y del libro se hablaba en la reunión del Grupo 47 al que Ingeborg pertenecía.

Pese a la distancia que ahora les separaba, Ingeborg también continuaba untando mantequilla en el pan de los desayunos, y no le daba excesiva importancia a la satisfacción experimentada en aquellas relaciones sexuales: suplían a sus dedos y sus sentimientos no podían olvidar en ningún momento a Celan. Tomaría el alimento, recibiría el semen ajeno que en su cuerpo introducían y continuaría habitando en sus inquietudes y sobre todo sufriendo por la ausencia de Paul. Y este tenía que comprenderlo. Nada suponía ya para ella aquel hombre que la había introducido en los círculos artísticos y literarios de Viena. Cumplía o había llenado una necesidad coyuntural y desaparecería como ocurriría después con algún otro sin que con el todo de su ser estableciera vínculo alguno. La ligazón, y condensaba más intensidad que el fuego que en el estío calcinaba los bosques, continuaba siendo la que durante los meses de mayo y junio de 1948 ellos establecieron, esa era la que oprimía y desazonaba a Ingeborg largas horas de cada día, y todos los días, pensaba que indeleble, eterna dentro de la fugacidad de la vida. Aquello sí era amor y no necesidad social o física ocasional, el más bello que los paseantes por el camino bordeante del cementerio pudieron nunca imaginar. Alma, y ahora Tristán se refería a la vida de ellos, que no pretendía relacionar, que sólo tangencialmente apuntaba para contrapuntear o apuntalar, ahondar, en la que ocupaba aquellas conversaciones y escritos, Alma, aquella primavera de 1948 en que tú y yo nos reencontramos y comenzamos a amarnos, yo no buscaba en tus ojos las llamas del fuego que a tus compañeras de juego y estudio devoraron durante el bombardeo de Alcañiz, sino la risa y la vida que yo mismo, tras mi paso por el campo de exterminio, había milagrosamente recuperado. Y en tus ojos y en tus labios, y pienso en ello cuando recreamos la historia, en tu cuerpo, yo también descubrí el fuego al que escapaste aquel día de marzo de 1938 y a mí no me devoró en Auschwitz, un fuego tan dulce como purificador. Y tras amarnos por primera vez contemplé tu cuerpo sabiendo que en todos los poros de tu piel, en todas sus llanuras y hondonadas, podía reflejarse, mirada y contemplación de la belleza, la historia de ellos mismos. Sé que igualmente el recuerdo del pasado, y sobre todo el de tu madre víctima de las bombas, te ha acompañado estos años, al igual que el silencio sobre aquella barbarie, una más de las que yo iba a vivir desde entonces, que en determinados momentos llenarían de desesperanzas y pesadumbres nuestras evocaciones. Y unos y otros nunca abandonaríamos el fuego. Pero conseguimos depurarlo con nuestro amor. Y aunque yo no llevé amapolas para adornarte, mis dedos, como si fuesen flores azules, rozaron tus cabellos, tus pestañas, mientras te anegaba de palabras que alababan tu hermosura. Por eso puedo decirte ahora con el lenguaje de él, el poeta en el que el peso de la memoria terminaría imponiéndose al del amor, el sufriente, el genio de la creación y espejo en el que contemplé reflejada la angustia, desesperanza y miseria de nuestro siglo, no mi amigo, sino algo superior, la sombra sobre la que proyecté mi vida tan plena de derrotas por otra parte: eres, Alma, la única razón de mi existencia, la justificación de mis silencios y de mis palabras. Tal vez esa noche que ahora evocamos, las campanas de las iglesias de Alcañiz voltearon festivas porque al fin dormíamos juntos. También nosotros dormíamos acunados por ellas, y con el recuerdo de las gentes, tu madre en primer término, a las que ellos, asesinos instalados para siempre en la historia del crimen, arrancaron la sonrisa, la canción y el tiempo de vida en las márgenes del río Guadalope, cuyas aguas confluyeron con el Danubio, e irían a morir un día en el Sena.

Y con los de Ucrania, Tristán, arrastrados desde la Bucovina, «nuestra tierra que dejaron asolada».

Me sangró, madre, el otoño, a lo lejos, me quemó la nieve:

busqué mi corazón para que llore, encontré el aliento, ay, del verano,

era como tú.

Se me vino la lágrima. Tejí el pañuelo.

Paul, si te insisto al decir que yo nací a la vida aquel día de mayo de 1948 en que nos miramos uno al otro directamente a los ojos, también reitero que me sumergí en ellos consciente de que detrás de tu doliente sonrisa las sombras del pasado oscurecían el tiempo del corazón con el destello de la muerte. Ojos tan bellos como melancólicos, albergantes en su profundidad de historias inenarrables, aquello que aconteció, decías, pero que se volcaron en mi mirada demandando paliar el dolor con el encuentro con la vida. Tan hermosos como tus manos que, nos encontrábamos, recuérdalo, sentados muy juntos a la mesa, al rozarse con las mías temblaron provocándome los primeros estremecimientos. Tal vez desde antes de conocerte, breves referencias a tu presencia entre nosotros, veladas alusiones a tu creación poética, evocación del primer viaje del que nos hablaste, contabas entonces 18 años y en tren cruzabas Euro­pa desde Rumanía camino de París cuando en el tránsito te encontraste en la estación de Berlín y pudiste contemplar las cuadrillas y desfiles de jóvenes ataviados con horrísonos uniformes acordes a sus cantos que se dedicaban a incrustar en vuestros ojos los restos de los cristales de los establecimientos comerciales o de ventanas de viviendas de judíos que iban destruyendo mientras detenían o apaleaban a sus habitantes, comprendiste la maldición que iba a acompañarte de por vida, el sino que destruiría a tus padres y consumiría a tu pueblo, la importancia del lenguaje al que por encima de cualquier otra circunstancia, incluso la del amor y el placer que siempre habías perseguido, ibas a dedicar el resto de tu existencia. Y ahora tu voz, dirigiéndose a mí, hablaba de que la poesía no deja de ser misterio y ha de poseer la fuerza suficiente, expresividad en su verdad proclamada, para que nadie pueda corromperla más. Que tu vida se reflejaba en tus palabras, que herido y atormentado por la realidad vivida, de la que huías y ya siempre te encontrarías huyendo, solamente podías refugiarte en el lenguaje y los versos amargos, encadenados, notas de una partitura siempre inconclusa y visualizada, eran el reflejo único y sincero que podías ofrecerme de tu alma. Aquellas miradas, aquella conversación, los posteriores silencios, nos condujeron a la bendita locura del delirio personal. Nunca olvidaré los días de mayo y junio que sólo a nuestros cuerpos y voluntades pertenecieron. En mis posteriores cartas yo te indicaba que era el más bello amor imaginable el que encontré a tu lado, que difícil me resultaba encadenar palabras capaces de expresar semejantes sensaciones, consciente sin embargo de que la más sencilla de ellas puede, si se sabe leer, definir el más profundo sentimiento, y no ignoras mi voracidad para indagar cuanto pueda explicarme. Y aunque en los meses transcurridos desde entonces intento analizar lo sucedido la pasada primavera, no creas que me es fácil describirlo. Y resulta sencillo de explicar por enigmático que parezca. Te quiero. Tanto que, pese a lo que acaezca entre nosotros, creo estaré siempre a tu lado, despierta a tu recuerdo, despejando las nubes que puedan cubrir los cielos, recubro los árboles de las hojas que perdieron y río y grito sin que nadie pueda comprender las razones de mi elocuente alegría: pronto regresará la primavera. O me tumbo en la cama y, como si fueras un muñeco que nunca abandonó el lecho donde duermo, tomo tu cabeza acariciándola, paso mis dedos por tu frente alisándola, despejándola de los surcos que la nublan, te acaricio y pido que olvides, que cantes, cántame como hacías en las noches de la Beatrixgasse. Tus regalos por mi cumpleaños ocupan igualmente muchas horas de mi soledad. Junto al poema «En Egipto», nuestro poema, Paul, contemplo la foto que me enviaste e hizo en Viena Schulder-Muller, cual si estuvieras posando ante mis ojos: veo tus manos acariciadas y acariciadoras apoyadas en las páginas del libro que esperas cerrar cuando te indiquen que ya puedes abandonar la rigidez y recuperar los movimientos, los ojos tan abiertos como huidizos, tan peculiar en ti la expresión, la boca opacando e intentando abrir tu sonrisa apagada pero viva, te sienta bien el jersey de cuello alto sobre el que sobrevuelan las alas de la camisa, pronto aceptarás que te despoje de él para que pueda acariciar tu pecho y tus espaldas en las que gusto de refugiarme, y pienso en esa noche anterior a mi cumpleaños, en el vino que bebimos y desencadenó nuestras risas y entrelazó los dedos de nuestras manos y unió nuestras bocas, en el silencio casi poblado de lágrimas que sucedió a nuestro ardor pasional. Otras veces sufro ante la mudez que guardas pese a la aflicción que dices sufrir para no darme cuenta de tus pesadumbres, te escribo una y otra vez, y concluyo estrujando entre mis manos el papel que no me decido a enviarte, temo contribuir a tu malestar, herirte, me echo a la calle y paseo por el parque donde tantas promesas nos hicimos, hablamos de los poemas por crear, me convierto en el pececito que tú me dibujabas en el estanque diciendo que me habías transformado en uno de los que remoloneaban en sus aguas, que siempre seguirías la estela que iba dejando, contemplo la hoja depositada en el medallón que me regalaste, continúa con su vida propia, ofreciendo calor a mi carne, me agito, es el mundo entero el depositado en nuestros corazones, iré a verte a París, Paul, no puedo resistir más tu ausencia, hemos de continuar desarrollando este maravilloso cuento iniciado el pasado año, nada importa mi trabajo, no me hables irónicamente del éxito que tan joven comienza a acompañarme, solamente quiero estar a tu lado, iré donde te encuentres, Paul, querido Paul.

Se paseaba nerviosa por las calles de la ciudad, jaulas que se cerraban y abrían conforme en ellas se internaba, escapaba, buscaba rutas que acortaran el viaje que de nuevo la arrojaría en sus brazos, se detendría en Innsbruck para serenar su agitado corazón, después en Basilea, cuando Paul la recogiera en París se encontraría así descansada, dispuesta a la nueva batalla en la que necesitaría desplegar todas sus fuerzas para acoplarse a él, no podía desmayar, interrumpir el viaje a los orgasmos que dominaron pensamientos e imaginación de ambos durante tantos días y noches de ausencias transcurridos en idéntica ansiedad y espera, y después, después, ¿qué ocurriría después?, ¿vendría nuevamente la resignada separación?, ¿no existía ninguna otra salida?, ¿por qué no podían continuar juntos?, se angustiaba, temblaba, lloraba incapaz de conformarse a la idea de interrumpir el sueño transformado en realidad, Paul, París, todo podía convertirse en vivificante historia o pesadilla enloquecedora si él no la ataba con sus brazos a su cuerpo, la ungía con clavos más firmes y taladrantes que los del Gólgota a la cruz de su alma, si la abandonaba sería la hidra de cien cabezas quien la penetrara destruyéndola, poseyéndola, pero no, no ahora, cuando cruzaba en trenes tierras que la conducían a su encuentro, eso sería diez años más tarde, aún se encontraba en el tiempo en que resplandecen las rosas, sus imágenes preferidas la acompañaban, las que integran poesía y amor como en la pasada primavera, las que se solidifican a las palabras que aúnan el movimiento acompasado de los amantes, amapola y memoria, ni marchitas ni devastadoras, las que desarrollarán un libro críptico para los lectores de tiempos futuros, abierto para ellos en estos soplos del goce y plenitud de los sentidos, sensaciones que se duermen en las bocas que se buscan y encuentran y, aunque lo intenten, no consiguen separarse, las manos que recorren con las yemas de sus dedos todos los poros de su piel, las angosturas corporales que se exploran y lamen, penetran, acompasan el furor de lentas o salvajes, bailantes embestidas, ahogo que ignora si podrá alcanzar un final o derrumbará exhaustos a los cuerpos, bañados en sudor, semen, lágrimas de felicidad, cómo es posible, balbucea ella con desbordada emoción, que no le haya gritado un millón de veces que le quiere, le quiere, le quiere, las amapolas y las palabras se han incrustado en su carne, quiere ser tocada, mordida de nuevo por él, acariciada hasta que no pueda herirla y desgarrarla más con sus dedos, ser ella quien después le voltee y le lama desde los labios hasta el miembro, le hunda las uñas en la espalda rasgándosela mientras le penetra y cabalga y mueve su sexo de uno a otro lado sin que él pueda, tan fundido se encuentra al suyo, despegarse de sus entrañas, ya ignora de dónde proceden, adónde se dirigen, impulsan su baile pasional, hablan, escriben, murmuran, gritan, cantan, repite ella: eres desierto y mar y todo lo que es misterio, sin nombre, sin origen, sin futuro, ya divisan el castillo, todavía Paul no es el caballero que ha de acudir a rescatarla, que la ha convertido en princesa y la invitará, todo vestido de negro, a montar en su blanca cabalgadura pues ella es quien únicamente conoce la senda que a la fortaleza conduce, se edificó exclusivamente para albergarles a ellos, te quiero, te amo, te deseo, soy tu sierva, señor encantado, adornaremos las paredes con tus poemas y los suelos con amapolas traídas de los campos de Samarkanda y músicos resurreccionados de la corte de Shakespeare tañerán sus violas y laúdes con notas que inventarán el sonido del amor, tú y yo, bésame, Paul, bésame, te quiero, volvamos a empezar, nunca terminaremos, en los campos de tierra sin nombre se componen nuevas Mil y una noches, mil noches estarás dentro de mí y mil días yo me introduciré en ti, y cuando abramos los ojos sin que nunca hayamos dormido, franquearemos los balcones contemplando cómo las aguas del Danubio y del Sena se han volcado en nuestro lecho, ya no existen calles, un único río sobre el que nosotros, convertidos en pececitos, nos deslizamos inocentes y felices.

En mi mano come el otoño su hoja: somos amigos

En aquel año de 1948 comenzaba ya a reflejarse un oculto pero amenazante antisemitismo en Viena, la ciudad que Alois Brunner, agente de Eichmann, había limpiado de judíos tras su ocupación militar. La vida era difícil para la mayor parte de sus habitantes. Disparados los precios, escasos los alimentos, las medicinas secuestradas por un mercado corruptor que las acaparaba para revenderlas a las fuerzas de ocupación aliadas o a las clases pudientes, grandes masas de parados y huelgas extendidas por todas partes. Los refugiados, sobre todo si eran judíos procedentes de los países del Este de Europa, apenas encontraban recursos para subsistir.

Paul Celan tenía miedo del hitlerismo no desaparecido, antes bien, cada vez más presente y vociferante. El siete de diciembre de 1947 había huido de Bucarest portando como única documentación sus poemas de la Bucovina y los escritos en la capital rumana, y a través de las estepas y montañas húngaras, durmiendo en los campos, en granjas aisladas o abandonadas, en desiertas estaciones de ferrocarril, tras recibir ayuda de algunos campesinos –su dominio del alemán y el conocimiento de otras lenguas constituían su mejor salvoconducto– y permanecer una semana en Budapest –donde recibe auxilio de periodistas, escritores y sindicalistas que le conocen de Rumanía o por la incipiente obra que ha comenzado a publicar–, consiguió llegar a Viena. Es el diecisiete de diciembre. Congelada e inhóspita la ciudad –gentes hay que mueren en sus calles o no despiertan bajo los puentes del Danubio donde yacen de noche–, se acoge a un campo de refugiados hasta que unos amigos de sus padres le ceden una pequeña habitación por unos días en su vivienda. Conoce al pintor surrealista Edgar Jené, con el que termina trabando una profunda amistad. Por intermedio de él publica en febrero de 1948 diecisiete poemas en la revista vienesa Der Plan. Los reproduce Die Tet, que se edita en Zurich. Lo que cobra por su publicación le ayuda a sufragar sus primeros gastos en la ciudad. Ofrece una lectura pública de sus poemas y ese día, once de febrero, escribe entusiasmado a un amigo de Bucarest:

Créame: Dios sabe lo feliz que me hizo que me dijera que yo era el más grande poeta de Austria y –que se supiese– también de Alemania.

Lee en la radio austriaca parte de su obra. Y en marzo colabora en la exposición de Jené con textos suyos dentro de una muestra antológica de cuadros de pintores de esa tendencia.

Como brújula que le orientase en busca de ayuda portaba una carta de Alfred Margul-Sperber para el escritor Otto Basil en la que le recomendaba argumentando que «Celan era el único equivalente lírico a la obra de Kafka».

Cuando Celan fue a visitarlo en la sede de Der Platz, Otto Basil se encontró, según sus recuerdos, ante un hombre joven, de rostro delgado y ojos oscuros y tristes. Apenas salía un hilillo de voz de sus sensuales labios. Todo en él reflejaba modestia, temor, deseo de no molestar ni importunar con su visita. Y traslucía el agotamiento, las penurias, tal vez el hambre que dejaba atrás, en su éxodo, que se unía a la fatiga, el miedo a ser sorprendido y detenido, un judío más descubierto en su búsqueda de salvación. Gracias a estas relaciones y a la publicación de sus poemas Celan consigue ante un grupo de escritores y de gentes relacionadas con la literatura elevar su tono de voz, imponer el ritmo necesario en los poemas que les recita. Basil, además de publicarle los poemas, le busca una nueva lectura que rinde a un público entusiasta. Escribe el poema «Corona», que evoca «Día de otoño» de Rilke. Le diría tras su encuentro a Ingeborg:

Estuve días, semanas recordando el primer verso de ese poema: «Señor: es tiempo. Inmenso fue el verano».

No dejaba de hablar de las fuerzas que le aportó en sus momentos de abatimiento. Consciente de que ahí se encontraba la poesía, su futuro, también el del hombre, el de su pueblo. Resurgir. No olvidar; superar la herida. Buscar que la palabra condujera al pensamiento hacia la única salvación posible. Escribir en las pavesas del lenguaje. Aniquilar, borrar la lengua de los asesinos.

En mi mano come el otoño su hoja: somos amigos.

Por eso en su poema tenía que encontrarse ella, Ingeborg. Porque los ojos de Paul contemplaron su cuerpo y su mirada, y cuantas palabras no se dijeron sabían que atravesaban lo oscuro, les inundaban y ofrecían el amor que el mar dispensa al rayo de sangre de la luna que le atraviesa y traspasa. Les observaban desde la calle, y su canto sería para ellos, para la piedra que florece, para el corazón que vuelve a latir. Vendría el otoño, Inge, y Rilke les hablaría del tiempo en que las hojas son arrastradas.

Pero más allá del lenguaje de los poetas, de los amigos, pintores, críticos que le acogían hospitalariamente, se encontraban las gentes que habitan las casas, ocupan los comercios, se arrastran por las calles, las gentes hostiles a su pueblo, a él, al fin un cerdo judío. Y los ojos de Celan, al contemplarlas, vuelven a inundarse, más que de tristeza, de angustia y miedo. Se entrega apasionadamente al amor que le ofrece la joven austriaca. Sintiendo su cuerpo, escuchando sus palabras, ofreciéndole sus poemas, se refugia en ella.

Muchos años después Ingeborg Bachmann continuaría recordando aquella inolvidable primavera de 1948. En su novela Malina fabula el recuerdo emocionado del encuentro de la princesa y el lejano amante:

extranjero llegado del Este, con cálidos ojos oscuros, una voz irresistible y una larga capa negra.

E introduce textos y versos de Celan en los diálogos. Cuando le pregunta la princesa si regresará a su pueblo, el caballero misterioso le responderá que su pueblo es el más antiguo de todos los pueblos del mundo y no tiene ubicación precisa, se esparce por los cuatro vientos.

Celan comprenderá que, pese a la felicidad experimentada el último mes en compañía de Ingeborg, no puede quedarse más tiempo en la ciudad dividida, en la que le resulta imposible encontrar trabajo. Parte vía Innsbruck el cinco de julio de 1948. En Viena, confesará, comprendió, desengañado, que no podía subsistir. En Innsbruck visita la tumba de George Trakl. Éste, con Hölderlin y Rilke, considera que conforman la trilogía de poetas salvadores de la ruina humana y literaria en que se sume Alemania en aquellos tiempos. A través de su ejemplo, de sus obras y de su imaginación y esfuerzo, él mismo va a encaminarse a la búsqueda de un nuevo lenguaje, de la depuración de las palabras que ellos alcanzaron, un idioma que parece encriptado porque arroja el lastre de vulgaridad, mentira y corrupción que lo ha pervertido bajo el nazismo. Frente a las palabras de Adorno sobre la imposibilidad de continuar escribiendo poesía después de Auschwitz, Celan afirma:

No hay nada en el mundo por lo que un poeta dejará de escribir, ni siquiera cuando es judío y la lengua de sus poemas es el alemán.

Considera que él, tal vez, va a consumar con su existencia uno de los últimos clamores que proyecten hasta el fin el destino de la intelectualidad judía en Europa. El primer poema que ahora escribe respira todavía el hálito de la pasión que le ha despertado la mujer que a su vez le ha leído algunos de los versos que ella compone, de la que se ha enamorado intensamente y a la que el día de su veintidós cumpleaños se lo ha obsequiado como el más preciado de los testimonios que pueda ofrendarle. Era el veinticinco de junio. Acompaña el poema con un libro de reproducciones pictóricas de Matisse, cigarrillos Gitanes y un arreglo floral de amapolas. La dedicatoria del poema «En Egipto» es:

Para la escrupulosamente exacta. 22 años después de su nacimiento. El escrupulosamente inexacto. Viena 25 de mayo de 1948.

En la noche del día veinticuatro, habían salido a cenar, embriagaron con vino sus palabras y vieron amanecer haciendo el amor. En la memoria de Paul, aparcadas, Ruth, Noemí, Miriam, otras mujeres deslizadas por sus aguas, la literatura y sus recuerdos de Bucovina, quienes alumbraron sus primeros y más sencillos poemas. Ahora, en sus brazos, Ingeborg, poderosa y sensible, devastadora como el fuego que incendia todo su cuerpo, ella, la extraña.

Cuando llegue a París, se domiciliará en el número treinta y uno de la rue Des Ecoles, en pleno barrio latino. Ya ha sido publicado su libro Arena de las urnas, un mes después que el pequeño trabajo que dedicara a su amigo Edgar Jené con el título de «Edgar Jené y el sueño del sueño». Aprende a conocer y detenerse ante la fachada de las casas y hoteles donde han vivido, muerto o se estacionaron escritores como Rilke, Verlaine, Baudelaire. Y escribe. Le consume la fiebre por encontrar las palabras precisas que puedan convertirse en pensamientos profundos e inexcusables. Consulta los libros que va adquiriendo en los bouquinistes o librerías, diccionarios de botánica, de geología, geografía, historia, literarios. A veces su impaciencia, su nerviosismo por precisar el lenguaje que crea, le oprime y desazona; convulsivamente pasea su búsqueda por el silencio en que se ha enclaustrado, como si una prescripción no escrita pero asumida le impidiese hablar. De los poemas que desarrolló en cuatro años considera que solamente ocho se encuentran terminados y aptos para publicarse. Para ganarse la vida trabaja como intérprete, imparte clases de alemán al tiempo que estudia filología y literatura alemanas en la Escuela Normal Superior. Un día visita al poeta judío alsaciano Ivan Goll, traductor al francés del Ulises de Joyce, al que envía su poemario La arena de las urnas que incluye «Fuga de muerte». Goll se encuentra en una clínica enfermo de leucemia. Morirá en 1950. Recibe de él el encargo de que traduzca su poesía del francés al alemán. Celan trabaja incansablemente vertiendo a su lengua nativa los tres tomos de las obras que le entrega. Pero no llegará a publicarse su versión porque Claire Goll, la mujer del poeta, se queja de que en la traducción se mezclan giros, modismos, expresiones y voces del propio Celan. Éste, sin entonces ser consciente de ello, ha inoculado en su vida con este trabajo un cáncer que irá lenta pero progresivamente atacando su cerebro y destruyendo su voluntad.

Recorre las calles de París. Pasa horas en sus librerías, busca el arte que se exhibe en sus museos y galerías, asiste a las películas de estreno o antiguas que se proyectan en sus numerosos cines, lee o conversa en las terrazas de los cafés, estudia los monumentos que narran la historia de la ciudad. Así va conociendo París, sus bulevares y anchas avenidas, callejuelas medievales, plazuelas literarias: pero también la villa que colaboró con los nazis. Ve reflejada esta secuencia, la de las víctimas y resistentes, la que más le interesa, en sus exposiciones pictóricas, que le adentran en el corazón de los orígenes y desarrollo de lo que Celan denomina «lo sucedido», «aquello que ocurrió». París ha dado a conocer en 1947 la novela de un joven escritor que pronto es comentada en todas las tertulias literarias: La peste. París, impulsada por Estados Unidos, va recuperándose de la guerra y se presenta al mundo –ya se pone en marcha el Plan Marshall– como capital de una nación cuyo desarrollo y libertad se ofrecen como dique de contención al nuevo enemigo: el comunismo. París, capital del New Look que lanza Christian Dior.

Aunque a Celan lo que sobre todo le atrae es seguir la ruta que sin palabras ni consecuencias propagandísticas o comerciales, pero con imágenes terribles, le ilustra sobre la herida nunca cerrada en su memoria: la que reproduce realidades y pesadillas de los recientes campos de concentración en cuadros como El infierno organizado de Eugen Kogen, Los días de nuestra muerte de David Rousset, El pequeño bar del campo, Construcciones delicadas, Montaña humana de Wolls, Las Milles ardiendo, Max Ernst en el campo de las Milles de Anton Räderschesdt, Campo de mujeres de Félix Nessbauer, En el campo de Joseph Loos, Hace tanto calor en las barracas de France Hamelin, La cabeza llena de piojos de Boris Taslitry, La disentería,El éxodo de Stelle Gumschian, otras obras de Jacques Gotko, David Breinin.

Acude a la representación de Un superviviente en Varsovia, la ópera de Schönberg. Y al imaginario de la Galería del Luxemburgo que exhibe pinturas, dibujos y grabados de Wols, Bryce, Hartung, Mathieu, Arp, Riopelle, Ubac. Comprueba que fuera del arte, en su vida diaria, los parisinos intentan, por todos los medios, olvidar, y que también esquivan, salvo excepciones, tratar el tema de «los peregrinos de Weimar», los pintores, escritores, músicos que aceptaron la invitación de las autoridades nazis para viajar a Alemania y desarrollar allí o exponer y publicitar su obra, aunque parte de la misma fuera calificada como degenerada y sirviera para que algunos jerarcas nazis, más astutos, guardaran esos cuadros rechazados oficialmente para otros tiempos en que pudieran proporcionarles buenas ganancias. Las autoridades alemanas, ante la llegada a su país de los artistas franceses, no dudarían en mostrar al mundo cómo la Francia «ocupada» colaboraba activamente con sus ocupantes. Matisse escribió entonces a su hijo Pierre: «¡Qué caravana! Penosa. Ha sido malo para ellos. No saben cómo explicarlo. Lo intentan diciendo que les han obligado. ¡Tonterías!».

Los artistas alemanes y austriacos que huyendo del auge del nazismo en los años inmediatos a la guerra habían entrado en Francia, agrupados bajo el nombre de «Unión de Artistas Libres», tuvieron que disolverse en 1939 tras la ocupación. Algunos, como Tristán Tzara, que adoptó este seudónimo para escapar a la represión, lucharían en la resistencia francesa. Tzara ofrecería conferencias en la Sorbona y, tras la contienda, sería internado en un hospital psiquiátrico. Paul Celan se mostraba muy interesado en seguir el rastro de quienes no claudicaron ante Petain y su empeño por restaurar los valores de la vieja Francia –recordaba palabras de Heidegger referidas a la grandeza del pasado alemán que debía ser restituida–, aunar la cultura latina, origen de la elegancia y delicadeza de la francesa, con la gran cultura protagonizada por Alemania, restituir al arte y la cultura lo artesano, puro y ortodoxo, frente a los experimentalismos degenerados, malsanos y enfermizos. «El arte por el arte y el arte moderno –decía Petain– debieran ser sustituidos por el nacionalismo como grandeza, el culto al líder y al orden.»

Y frente a esas palabras que le conducían de nuevo al hitlerismo, Celan contemplaba la obra de la joven praguense Maie Toyen: «Escóndete guerra». Bastaban unas nubes oscuras en movimiento, el volumen de una masa sombría y sin rasgos diferenciales en un paisaje desolado, y unas abstracciones desnudas como osamentas de hierros decorados, para anticipar el horror que consumiría a los seres humanos, espectros renacidos cuando no silenciados. Pensaba Celan, recorriendo incansablemente exposiciones o repasando libros que ilustraban el arte francés, que el lenguaje plástico poseía más facilidad que el poético para expresar directamente la realidad del reciente pasado, de ahí su obsesión por encontrar palabras y construcciones nuevas que dibujaran otro lenguaje, desechando adjetivos tópicos o composiciones tradicionales. Perseguía reflejar la angustia, pesadumbre y rechazo del pasado que le obsesionaba, sin renunciar a la profunda belleza y el rigor conceptual.

Celan había llegado a Francia por segunda vez en 1947, encontrándose con un país, a diferencia de su primera estancia en 1938, que reflejaba con exactitud las palabras de Roland Barthes: «salido de una pesadilla siniestra y glacial». Un país en el que los nazis no solo mataron seres humanos o los deportaron a campos de concentración, sino que robaron cuanto se hallaba a su alcance, fundamentalmente a ciudadanos o comerciantes judíos.

Años más tarde, Celan, en la conferencia que tituló «Meridiano», diría:

Ve con el arte a tu propia angostura.

El poeta judío de lengua alemana nacía en el exilio con la muerte traída por las palabras para borrar aquellas huellas, lanzar al mundo –perverso y genocida como pudo comprobar antes de su viaje al largo y penoso exilio– su condena sumergiéndose en palabras nuevas, con musicalidad no contaminada por el otro exterminio: el del lenguaje

asentada en un lugar donde nada tenga en común con aquella armonía

que, más o menos indiferente, aún consonaba y asonaba con lo más espantoso sufrido por el desarrollo humano e incardinado en nombres, imágenes y obras que bebían en la fuente de los orígenes de la literatura de su pueblo, lo eterno, y partiendo del ayer vislumbra igualmente el futuro.

Porque sólo en la lengua materna, y la suya era el alemán, podría expresar la verdad y la pureza de quienes creían en el lenguaje como comunicación y no pretenderían ni sabrían mentir nunca con él. En la oscuridad y precisión que envolvían sus versos, habitaba ya aquella verdad.

El poema está solo. Está solo y de camino. El que lo escribe queda entregado a él. ¿Y no está el poema precisamente por eso, es decir, ya aquí, en el encuentro, en el secreto del encuentro?

Eres desierto y mar y todo lo que es misterio

Ingeborg contemplaba al poeta no sólo como le habían definido en el Grupo 47 otros escritores e intelectuales, sino como reflejo del hombre más sensible, tierno y bello que nunca pensara haber conocido. Weigel le había regalado el libro aparecido en Dresde sobre la lengua del Tercer Reich. Y de su trascendencia hablaba con Paul. Denominaba al nazismo como una enfermedad mortal. Los sobrevivientes, subrayaba, se encontraban obligados a extirpar el mal, y no resultaría fácil porque sus raíces se extendían por todas partes: los niños nacidos en los años treinta ya en las escuelas y los ámbitos familiares fueron inoculados por él, y peor resultaba para quienes eran jóvenes entonces y se arrojaron en brazos de aquella peste, que escasos fueron quienes se libraron de los hábitos, pensamientos y prácticas brotadas al conjuro de las consignas y leyes nazis. Y sobre todo, y en esto insistía Victor Klemperer, el peor virus inoculado por los nazis fue su lenguaje. Destruir aquellos usos lingüísticos: ¿con qué procedimientos contamos nosotros para realizarlo? Imagínate las escuelas, los libros, los medios de comunicación, todos contaminados por la peste, pero una peste no dolorosa sino necesaria e instructiva para ellos, cómo contraponer su poder al que nosotros únicamente podemos desarrollar con unas obras minoritarias, unas publicaciones e intervenciones públicas que no alcanzan al uno por ciento de la población. Celan asintió: Resulta imposible regenerar un lenguaje deformado hasta la más profunda de sus raíces, Ingeborg, sí podemos crear uno nuevo para nosotros buscando un interlocutor, una minoría que lo comprenda, aunque nos quedemos solos en la aventura, conscientes de que el hitlerío continuará acosándonos. Es un diálogo desesperado, es nuestra creencia del poema como luz de la utopía.

En Viena, la ciudad ocupada y dividida, el judío de Czernowitz vivía como «persona desplazada» recordando a sus propios compatriotas colaboradores del exterminio de su pueblo, nazis entre los nazis tan o más feroces y sanguinarios que ellos, parejos a los ucranianos. Ingeborg le habló de su padre, miembro del Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores. Reflejaba en sus palabras imágenes imborrables de Klagenfurt, de los bombardeos sufridos y que destruyeron gran parte de los edificios de la ciudad matando centenares de personas sin que aquello constituyera obstáculo para que los balcones y ventanas continuaran adornándose con las banderas de las esvásticas. Contra ello escribimos, Paul, para encontrarnos a nosotros mismos. Y le pide que le lea su poema una vez más. ¿Egipto? Mandamiento que escenifica el amor y la palabra, que dibuja el dolor por las víctimas del holocausto, por las mujeres perdidas y ahora reencontradas en la extraña, amor y lenguaje para aunar el ayer y el hoy cuando un nuevo e indisoluble vínculo, Ingeborg, la mujer amada en estos momentos, se constituye en su razón de vida, el agua que se desborda para encontrar la nube que apacigua el dolor con las caricias.

Era el año 1950. Desde mediados de octubre y hasta finales de diciembre Celan y Bachmann conviven en París. Ella le confiesa no haber concebido que pudieran existir unas Navidades tan dichosas. Porque ya sólo piensa en Paul, vive para él. Únicamente desea verle, abrazarle, escucharle, amarle. Lee una y otra vez sus poemas. Tiembla su mano no por el peso de las hojas del libro publicado en Alemania, sino por los versos que va memorizando. En ellos encuentra sus huellas compuestas al hilo de la pasión, porque, tras amarse intensamente, la memoria que sangraba en el rojo de las amapolas que cubrían sus desnudos cuerpos conformaba su otro alimento:

¿Cuándo volvemos a vernos? No te separes nunca de mí. Te necesito, Paul, quiero estar contigo, siempre contigo.

¿Cuántas decenas de años han transcurrido desde aquella primavera de 1948 en que ellos hicieron por vez primera el amor? Y ahora otra vez el tiempo, siempre asesino, vuelve a separarlos un día de marzo de 1951, en que ella regresa a Viena. Lento será el fluir de sus cartas. No siempre se deciden a ponerlas en el correo, aunque no dejen de pensar el uno en el otro, sobre todo por parte de Ingeborg. La primavera no se convierte en un nuevo aniversario. Ella insiste en encontrarse con el pececito que él busca y atrapa con su boca, con sus dedos, con sus palabras. Como si fuese niña siempre prendida de la voz que le va narrando un maravilloso cuento inacabado. Ya ha transcurrido un año desde que en marzo publicara su tesis «La recepción crítica de la filosofía de Martin Heidegger», desde que diera a luz sus primeras narraciones en el periódico Wiener Tageszeitung