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'Un adicto en casa' ofrece una guía práctica, detallada paso a paso, para lidiar con la adicción de un ser querido, desde aceptar la realidad de la enfermedad hasta sobrevivir a los repetitivos ciclos de recuperación y recaída. Además, aprenderás a animarle a que busque ayuda, a superar las trabas emocionales de tener un miembro adicto en la familia y a mantener límites sólidos. Si quieres tomar decisiones informadas sobre cómo apoyar a tu familiar de la mejor manera posible, este libro te puede ayudar en cada uno de los pasos del trayecto.
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Seitenzahl: 297
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Una guía práctica para ayudar a las familias a superar la adicción y la recuperación
ROBIN BARNETT
Título original: Addict in the House: A No-Nonsense Family Guide through Addiction and Recovery. (2016)
Esta edición se publica por acuerdo con New Harbinger Publications a través de Yañez, parte de International Editors’ Co. S.L. Agencia Literaria.
© Del texto
Robin Barnett
© De la traducción
Mar Cobos Vera
© Next Door Publishers, SL
Primera edición: octubre 2022
Editor: Oihan Iturbide
Diseño: Ex.Estudi
Corrección y composición: NEMO Edición y Comunicación, SL
Next Door Publishers, SL
c/ Emilio Arrieta 5, entlo. dcha., 31002 Pamplona
+34 948 206 200
www.nextdoorpublishers.com
www.yonkibooks.com
ISBN: 978-84-125063-8-9
ISBN eBook: 978-84-125063-9-6
DEPÓSITO LEGAL: NA 1980-2022
Gráficas Alzate
El papel utilizado tiene certificado FSC y PEFC que garantizan la gestión sostenible de las materias primas y una trazabilidad completa desde los bosques de origen.
Reservados todos los derechos. No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea mecánico, electrónico, por fotocopia, por registro u otros medios, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.
El fin de esta publicación es proporcionar información rigurosa y acreditada en torno al tema tratado. Su venta no implica el compromiso del editor de ofrecer servicios psicológicos, financieros, legales o profesionales de cualquier tipo. En el caso de requerir ayuda profesional o asesoramiento, se aconseja acudir a los servicios de profesionales competentes en la materia.
Prólogo
Introducción
1. Entender la adicción
2. La conducta de los adictos… y la tuya
3. Comunicación
4. Fijar límites sólidos
5. Opciones de tratamiento
6. Apoyar la recuperación de tu familiar
7. Sanar las relaciones familiares
8. El adicto adolescente
9. Hacia una independencia sana
10. Recuperación para toda la vida
Los Doce Pasos de Alcohólicos Anónimos
Referencias
Agradecimientos
Odio la enfermedad de la adicción.
El National Institute on Drug Abuse recientemente estimó que el coste económico derivado del abuso de tabaco, alcohol y drogas ilícitas supera los setecientos billones de dólares anuales. Esta cifra tan absurdamente enorme refleja una sangría económica en cuanto a criminalidad, pérdida de productividad laboral y atención sanitaria, y esto solo en Estados Unidos.
Desde luego que esa cifra es impactante, pero parece muy estéril, muy impersonal, en comparación a cómo se manifiesta la adicción diariamente. Estos números no abordan ni de lejos el terrible efecto dominó de la adicción: el impacto en otras personas provocado por continuos encarcelamientos, crisis sanitarias y muertes prematuras; son cicatrices sufridas generación tras generación. Lo que tampoco pueden abordar esas cifras es la pérdida de potencial humano, todas las cosas fantásticas y extraordinarias que nunca llegarán a materializarse debido al azote de la adicción. Tampoco los proyectos ni las relaciones ni otras contribuciones que, simplemente, nunca tendrán lugar.
Sin embargo, lo que resulta todavía más frustrante es que no tiene por qué ser así.
Por supuesto, todo esto lo sé no solo porque lo haya estudiado en el ámbito clínico y lo conozca intelectualmente, sino porque lo he vivido.
Cuando era un crío, siempre me sentía como si mirara desde fuera hacia dentro, como si todo el mundo tuviera un manual de usuario que lo ayudara a navegar con éxito a través de los avatares de la vida, y yo no hubiera estado el día en que lo repartieron. Tampoco ayudaba mucho que fuese un chico gordo, terriblemente incómodo con su cuerpo.
Aún peor fue que, debido al último matrimonio (uno de ellos) de mi madre, nos habíamos mudado de California a Oregón y luego a Virginia, donde vivíamos a las afueras de una zona bastante adinerada (cuando digo «las afueras» quiero decir en un piso cutre cerca de las mansiones de ladrillo y columnas blancas donde vivían mis compañeros de colegio). Los chicos que me rodeaban pasaban por la vida con una aparente gracia y unas comodidades que yo simplemente no tenía. Llevaban zapatos náuticos y camisas con pequeños cocodrilos y jugadores de polo, mientras que yo utilizaba una marca de vaqueros de los grandes almacenes Toughskins de la talla XL, que también era conocida como «vaqueros para los perdedores gordos». Ellos hacían cosas que me parecían de marcianos, como aparecer por clase, estudiar latín y hacer los deberes.
Cuando tenía doce años, en el séptimo curso, en una de mis clases me asignaron el proyecto de escribir una redacción sobre una futura carrera profesional. La página de portada la tengo enmarcada y colgada en mi despacho. Con la cuidada escritura en cursiva propia de un estudiante de instituto, decía lo siguiente: «Esta es la historia de lo que yo, Darren Kavinoky, seré dentro de diez años. O, más bien, una especulación de lo que seré dentro de diez años. Creo que, así como las características físicas de una persona puedan cambiar, su psique será la misma. Si mi filosofía es cierta, seguramente seré un holgazán. O, peor aún, un abogado. En cualquier caso, acabas bebiendo de algo que llevas oculto en una bolsa de papel marrón. La única diferencia es dónde.
Mi discurso era extrañamente profético, puesto que por aquel entonces todavía no había probado la bebida ni ninguna otra cosa que alterara la mente o el estado de ánimo (¡excepto la comida basura!), pero estaba claro que eso era justo lo que necesitaba
Sin embargo, todo aquello cambió solo un año después. Yo tenía trece años, todavía llevaba los Toughskins de talla supergrande, y me encontré en una fiesta donde no pintaba nada, en medio de todos los «chicos guais». Algunos de ellos se estaban fumando un porro, y uno lo pasó en mi dirección. Ojalá pudiera decirte que tuve una crisis de conciencia en ese momento. Ojalá pudiera decirte que se cruzaron por mi mente las advertencias de mis padres, profesores o cualquier formato del «¡Simplemente di no!». Pero eso sería mentira. Si te sintieras como yo me sentía conmigo mismo en aquel momento, y uno de los chicos guais te ofreciera un porro, solo tendrías una opción: aceptarlo.
En ese momento, todo cambió. En ese momento, me sentí como si estuviera mirando hacia dentro desde fuera. Ya podía salir con los chicos guais, e incluso ellos se reían con mis chistes. Ya podía conversar con las chicas más guapas, con las que siempre había querido hablar, pero no me atrevía. Ya no sentía el botón de mis Toughskins de talla XL pinchándome en la tripa. Ya no sentía el peso insoportable de ser yo.
Recuerdo que mi cerebro de trece años pensaba deliberadamente: «De ahora en adelante me voy a sentir como en este preciso momento». Y durante los veinte años siguientes, casi hasta la fecha, cumplí aquella promesa.
Una de las lecciones que he aprendido con dolor es que nunca podemos calcular con precisión el coste de nuestra conducta errónea, pero siempre suele estar por encima de lo que pensamos. Tiene que ser así. Si hubiera podido ver con exactitud los costes futuros, no me habría comportado de aquella forma. Pero las semillas de la negación se siembran y se recogen a la velocidad del rayo. En mi caso, eso significó notas cada vez peores en el instituto, dejar la universidad y ser arrestado en cinco ocasiones diferentes (en tres países distintos) por varios comportamientos desafortunados, todos relacionados con estar colocado por completo.
La década de 1990 resultó ser muy desagradable para mí, pues empecé a comprender que yo era el denominador común de todos mis problemas. Lo que una vez fue una solución —las drogas y el alcohol— ahora se había vuelto contra mí con un efecto bumerán, y se había convertido precisamente en el problema. Por aquel entonces, necesitaba drogas y alcohol como un hombre que se está ahogando necesita aire, y hubiera hecho cualquier cosa para no quedarme sin reservas, algo impensable para un adicto. Pasé por cinco centros de rehabilitación, pero, después de cada uno de ellos, volvía a sucumbir al pensamiento autodestructivo que caracteriza el estado mental del adicto. Y así hasta otro momento crucial en mi vida.
En ese punto, yo vivía prácticamente en la calle, aunque mi exmujer (que me había echado un par de años atrás) me estaba dejando quedarme en su casa (la que solía ser nuestra casa) solo por la bondad de su corazón.
Una noche estaba sentado en su estudio leyendo un libro sobre la recuperación. Para mí, el mero acto de leer solo tenía sentido con un porro encendido en el cenicero y un whisky con hielo a unos cuantos centímetros de mis manos temblorosas. Cuando pasó mi exmujer y vio aquello, dijo las palabras que me cambiarían la vida: «¿No se supone que tienes que estar sobrio para leer ese libro?».
En ese preciso instante fui capaz de verme con una claridad nueva y poderosa. En ese preciso instante supe que si no cambiaba, me convertiría en un muerto viviente. Aquel momento tuvo lugar el 9 de mayo de 2000, y me siento orgulloso al poder decir que desde entonces no he tomado ninguna sustancia.
La capacidad de transformación del ser humano es realmente alucinante. En mi caso, el niño gordo de los Toughskins de talla supergrande ha hecho siete triatlones Ironman y cabe perfectamente en ropa de la talla estándar. El abogado arruinado que vivía en la calle ahora tiene un exitoso despacho que emplea a decenas de personas y ayuda a otras miles. El marido egoísta a quien su esposa echó de casa (¡merecidamente!) acaba de celebrar veinte años de matrimonio con aquella increíble mujer. Y lo mejor es que ahora tengo una hija de diez años que nunca ha visto a su padre bajo la influencia de nada.
Decir que me alegra que hayas encontrado este libro es quedarme corto. Toda la trayectoria de mi vida cambió porque una noche, mientras estaba sentado leyendo un libro, a alguien le importaba lo suficiente como para decirme la verdad. No tengo ninguna duda de que la transformación ocurre en un instante y de que, si ahora sostienes este libro, bien sea porque sufres la adicción o porque te preocupas por alguien que la padece, el poder del cambio está en tus manos.
Buena suerte.
Darren Kavinoky
Era una noche de invierno de 1994 y la nieve caía abundante. Entonces recibí la llamada: mi hermano me pedía ayuda. Una vez más.
Durante muchos años había sido testigo de cómo se hacía pedazos mi familia a causa de su adicción, que me había llevado a lugares a los que nunca imaginé que iría: moteles de mala muerte, cárceles y hospitales psiquiátricos. Como el resto de mi familia, yo hacía todo lo que estaba en mi mano para salvarlo. Le mostraba todo mi amor, aunque siempre con la duda en mi corazón de si algún día llegaría a recuperarse. Nos mantuvimos a su lado en un periodo de rehabilitación tras otro y una desintoxicación tras otra. Pasamos muchas noches en vela y desarrollamos un terror visceral a que sonara el teléfono. ¿Sería él pidiendo ayuda otra vez o alguien que quería que identificáramos su cadáver?
Aquella noche, era él. Lo que dijo fue una variación más de un discurso ya conocido: «Me voy a morir aquí». Su voz era desesperada, apremiante. «Estoy durmiendo en el banco de un parque».
Me inundó el habitual torrente de miedo, culpa, ira y pánico. Sin embargo, esta vez la corriente traía algo nuevo: la clara sensación de saber lo que había que hacer. En ese instante comprendí que ya no podía participar más en su adicción. Le dije: «Yo te voy a querer siempre, pero hasta que no decidas luchar por vivir, no te voy a ayudar más».
Dicho esto, colgué el teléfono. Inmediatamente, empecé a temblar, asustada, pensando que si moría, yo sería la responsable. ¿De verdad acababa de darle la espalda a mi hermano mayor, la única persona que compartía y entendía de verdad mi experiencia? Cuando mi parte racional entró dando una patada, supe que había tomado aquella decisión no para abandonarlo, sino para salvarme a mí misma.
También supe que esa elección —la de salvarme a mí misma— estaba asimismo disponible para él. Se había vuelto un experto en tratamientos; conocía el sistema mejor que yo. Si quería ayuda, sabía dónde encontrarla. Admití que yo no controlaba ni su vida ni su muerte. Le dejé que tomara su propia decisión.
Mi constatación de aquella noche me liberó. También me inició en el camino que acabó llevándome a escribir este libro, el que desearía haber tenido delante cuando empezaron los problemas de mi hermano. Un adicto en casa reúne el conocimiento, la formación y la experiencia que he ido adquiriendo a lo largo de dos décadas y media en las que he estado en estrecho contacto con la adicción.
Estas lecciones las aprendí, primero, como hermana; luego, como psicoterapeuta; después, como cofundadora de un centro de tratamiento de drogadicción y alcoholismo en Nueva Jersey; y en la actualidad, como especialista en adicciones en televisión a nivel nacional. Para mí, el tratamiento de la adicción es más que una carrera profesional: es el núcleo de mi vida y de la de mi familia. Mi objetivo es compartir mi conocimiento contigo para que puedas aprender a vivir de nuevo, así como ayudar a tu familiar adicto a decidir hacer lo mismo.
Preocuparse por alguien con una adicción —sea tu cónyuge, hija adolescente, padre o madre, tío, primo o cualquier persona de tu entorno— puede ser una experiencia frustrante y agotadora. Tus intentos de ayudar solo parecen empeorar las cosas. Y justo cuando empiezas a sentirte optimista, sucede algo y vuelves a la casilla de salida. Cuando no estás asustado por lo que le pueda pasar, estás enfadado por lo que se ha hecho a sí mismo y a tu familia (la mayoría de las veces, ambas cosas).
Con un escenario tan complicado, puede ser difícil saber dónde te encuentras, por no hablar de qué paso dar después. Este libro es tu guía, la que trazará una senda despejada hacia una vida menos terrible y más satisfactoria.
Esta obra trata la adicción a las drogas y al alcohol. Todas las historias y ejemplos proceden de alcohólicos y toxicómanos reales, y todos los consejos y estrategias para lidiar con la adicción y avanzar han ayudado a miles de familiares como tú. Si tu familiar hace frente a una adicción diferente —como el juego, el tabaco o el sexo—, te insto a buscar un recurso acreditado para ese problema específico, ya que estas conllevan unas complicaciones y opciones de tratamiento especiales que no están tratadas en estas páginas. Dicho esto, todas las estrategias aquí plasmadas están destinadas a ayudar a los familiares a recuperar una vida dichosa, satisfactoria y que sea beneficiosa para todos, sea cual sea el tipo de adicción al que se enfrenta su ser querido.
Comienzo este libro definiendo la adicción y explorando cómo surge, para que puedas empezar a comprender el comportamiento de tu familiar, las razones para la recaída y la carrera de obstáculos hasta la recuperación. Más tarde, hablaré de las maneras más eficientes para ayudar a tu ser querido, así como la forma de reconocer cuándo es más inteligente retirarse.
Exploraremos las principales opciones de tratamiento y los recursos para un apoyo continuo. También analizaré las características especiales de los jóvenes adictos, desde el desarrollo emocional hasta los aspectos legales.
El miedo y la ira generados por una adicción se propagan mucho más allá de la vida del adicto; quizá no te hayas dado cuenta todavía de lo mucho que ha influido en tu propia conducta y tus creencias. La segunda parte del libro se centra en reconstruir tus relaciones y forjar una vida más independiente.
Cada capítulo termina con un ejercicio que te permite poner en práctica tus nuevos conocimientos. A lo largo de la obra, también iré compartiendo más fragmentos de mi propia historia, de cómo mi familia ha hecho frente a la adicción de mi hermano y su larga lucha por combatirla.
Cuando acabes este libro serás capaz de:
•Ayudar a tu familiar a superar la adicción sin sobrecargarte.
•Distinguir entre formas de apoyo efectivas e inefectivas.
•Comunicarte de una manera más eficiente con tu ser querido y otros miembros de la familia sobre la adicción.
•Ayudar a tu familiar a elegir las mejores opciones de tratamiento y a conseguir apoyo continuo.
•Establecer y mantener límites firmes que protejan tu bienestar.
•Emprender tu propia recuperación de los efectos de la adicción (y conectar con otras personas que estén haciendo lo mismo).
•Vivir una vida más gratificante, independientemente de si tu familiar sigue sobrio o no.
La batalla de mi hermano no ha concluido. En el momento en que escribo esto, lleva limpio cuatro años y medio. Cada día me despierto esperanzada por él y por los millones de personas en todo el mundo que están luchando contra la adicción.
No menos importante es que yo vivo una vida intensa y satisfactoria que no depende de cuál sea su estado. Sin embargo, no he llegado hasta aquí sola. Lo he conseguido con la ayuda de todos los adictos y familiares con los que he trabajado, así como de profesionales con los que he estudiado y colaborado en los últimos veinticinco años. No quiero que esperes tanto tiempo, así que he condensado todo lo que sé en los siguientes diez capítulos.
No será un trayecto fácil y estoy segura de que aprenderás más sobre la marcha, pero sé que juntos podemos avanzar hacia una vida más sana y feliz.
Vamos a empezar.
Una noche, cuando aún estábamos en el instituto, vi a Chris tambaleándose hacia la puerta de nuestra casa. Sus amigos lo habían traído en el coche. Al día siguiente tenía una resaca terrible y mis padres lo castigaron, pero no sirvió de mucho. Estando en la universidad, bebía y fumaba hierba, aunque eso era bastante común. Incluso después de la universidad, cuando sus amigos dejaron de ir de fiesta en fiesta, él continuó, pero aquello tampoco parecía nada del otro mundo. Aparentemente, seguía siendo el hermano que siempre había conocido.
A lo largo de mi trayectoria como terapeuta y de mi vida personal, he hablado con miles de personas que, como yo, están profundamente preocupadas por alguien que es adicto a las drogas o al alcohol. Si hay una emoción que compartimos todos, es la desesperación. Ver a una persona querida convertirse en alguien a quien apenas reconoces es una experiencia aterradora.
Si tu familiar ha sido adicto durante mucho tiempo, ya sabes que sus luchas pueden no ser otra cosa que un agujero negro que succiona con avidez los recursos emocionales, físicos y económicos de tu familia. Mientras tú lidias por mantenerlo con vida, alejado de otros problemas, o temporalmente sobrio, tus propias necesidades pasarán a un segundo plano.
No obstante, es la desconcertante naturaleza de la adicción lo que hace que sea particularmente desgarrador. «¿Por qué no puede dejarlo sin más?», es la pregunta que con más frecuencia oigo de los familiares de los adictos, seguida por «¿Por qué vuelve a ocurrir?» y «¿Por qué nada de lo que hago parece servir de ayuda?». Para empezar a responder a estas preguntas, es importante, antes que nada, adquirir algún conocimiento básico sobre la adicción y cómo afecta a tu ser querido. Una vez que conozcas a lo que te enfrentas, podrás empezar a aprender las mejores formas de ayudarle y, a la vez, proteger tu propio bienestar.
Tradicionalmente, se ha visto la adicción como un problema de conducta. Los adictos y los alcohólicos eran vistos como personas que simplemente hacían algo —seguir bebiendo y consumiendo en exceso— más que personas que tenían algo (Sandor, 2009). En las últimas décadas, esa perspectiva ha cambiado y la comunidad científica considera ahora la adicción como una enfermedad cerebral crónica. En agosto de 2011, la American Society of Addiction Medicine actualizó su definición de la adicción y la describió como un trastorno cerebral primario y crónico, no el resultado de otras causas, tales como problemas emocionales o psiquiátricos.
Puede parecer contradictorio pensar en la adicción de la misma manera que piensas en el cáncer o en la artritis. Algunas personas discuten que la adicción sea una enfermedad, en parte porque creen que de este modo los adictos se van de rositas y no pagan por su comportamiento. Estoy en desacuerdo con esa postura. Abraces o no la idea de la adicción como enfermedad, lo cierto es que funciona como tal. Exactamente igual que una enfermedad cardiovascular o la diabetes, la adicción debe ser tratada y supervisada durante el resto de la vida del que la padece.
De la misma forma que muchas otras enfermedades crónicas, la adicción conlleva un alto riesgo de recurrencia. De hecho, los índices de recaída en la drogodependencia son similares a los de la diabetes tipo 1, la hipertensión y el asma (National Institute on Drug Abuse, 2008; McLellan, Lewis, O’Brien y Kleber, 2000). Todas estas son enfermedades que pueden ser gestionadas fácilmente con cambios en el estilo de vida, y la recaída implica que no se logra mantener la dieta saludable, el ejercicio o la medicación que tendrán a raya el daño físico producido por la enfermedad.
Debido a los cambios permanentes que la adicción provoca en la química del cerebro, tu familiar no está «curado» simplemente porque haya dejado de consumir la sustancia, ni siquiera si ha estado sobrio durante varios años. Si todo esto suena desalentador, por favor, no olvides que la adicción es altamente tratable. Millones de adictos que en algún momento parecían enganchados irremediablemente a una sustancia han logrado una sobriedad perdurable. Aquellos que mantienen algún tipo de tratamiento continuo están en situación de permanecer sobrios por el resto de su vida (hablaré sobre las opciones de tratamiento en el capítulo 5).
¿Qué hay en la raíz de este trastorno crónico? Veamos cómo trabaja nuestro cerebro. Cuando hacemos algo positivo para nuestro cuerpo, como comer o hacer ejercicio, se activa el sistema de recompensa del cerebro. Este libera unos químicos naturales, tales como la endorfina y la dopamina, que nos hacen sentir bien. Este sistema de recompensa está estrechamente ligado a los recuerdos emocionales y subjetivos. Por lo tanto, no solo nos produce un fuerte deseo de repetir esas actividades placenteras, sino que también nos hace recordar cómo y dónde ocurrió ese momento de placer. Esto explica por qué las actividades que conducen al momento placentero pueden ser tan adictivas como el momento en sí mismo (Horvath et al., 2005-2015a).
Las drogas y el alcohol alteran la producción de esos químicos naturales, e imitan en algunos casos a los mensajeros del cerebro o neurotransmisores (National Institute on Drug Abuse, 2012). Todas las drogas y actividades adictivas liberan cantidades variables del neurotransmisor dopamina, sin embargo, las estimulantes, como la cocaína y la metanfetamina, son las que lo hacen en mayores cantidades. Las sustancias adictivas inundan de dopamina el sistema del usuario. El subidón o descarga resultante es una sensación de placer mucho más intensa que el flujo normal proporcionado por la dopamina.
Aunque la sensación inicial es magnífica, las secuelas no lo son. La expulsión de las drogas y el alcohol del sistema de quien las consume puede provocar dolor físico y depresión, ya que el cuerpo se afana en recuperar su equilibrio químico. Como resultado, se intensifica la motivación por restaurar la sensación placentera.
Cuando se repite el consumo, el cerebro empieza a producir menos cantidad de sus propios químicos de placer y calmantes. De ahí que el adicto necesite consumir cantidades mayores de la sustancia cada vez solo para sentirse normal. Entonces es cuando empieza la dependencia física de la droga. Adquirir la sustancia se convierte en la máxima prioridad. La motivación para repetir el comportamiento se vuelve cada vez mayor, incluso si esas conductas son dañinas. Esto explica por qué tu familiar hará lo imposible para obtener su droga, a pesar del daño que le cause a sí mismo o a otras personas.
En las fases tempranas de la adicción, la placentera experiencia de la droga es lo que mueve al consumidor a repetir la conducta. En fases posteriores, el alivio de los síntomas de la abstinencia —que incluyen malestar físico y psicológico— perpetuará el comportamiento adictivo (Horvath et al., 2005-2015b).
Mientras el sistema de recompensa viaja a la velocidad de la luz, muchas otras partes del cerebro se ven afectadas. Funciones cerebrales como el aprendizaje, la memoria, la toma de decisiones y el control de la conducta se vuelven menos funcionales. Este proceso puede costar desde semanas hasta años, dependiendo de la sustancia y del usuario.
Familiarizarte con las sustancias adictivas más comunes puede ayudarte a entender qué está pasando (ten en cuenta que la mayoría de los adictos consumen múltiples sustancias). La lista de abajo es una breve introducción a algunas de las más habituales; para una información más amplia y profunda, incluidas las tendencias emergentes de consumo, visita la página web del National Institute on Drug Abuse: http://www.drugabuse.gov, que también se puede leer en español.
•Alcohol: Los alcohólicos a menudo parecen tener la cara hinchada o enrojecida. Aunque el alcohol es un depresor, la pérdida de inhibición puede producir un efecto energizante. La tasa de progresión de la adicción al alcohol varía considerablemente: muchos alcohólicos pueden seguir funcionando durante décadas. Los patrones de consumo cubren todo el espectro, desde un aumento progresivo a lo largo del día hasta borracheras de varios días seguidas de periodos de abstinencia.
•Cocaína: Principalmente inhalada o fumada, la cocaína proporciona una sensación de euforia y energía, lo que a menudo lleva a una mayor actividad. Suele consumirse para prolongar la energía mientras se consumen otras sustancias, especialmente el alcohol. El
crack
es una forma de cocaína fumable y más barata que a menudo proporciona un subidón más intenso aunque más breve. Otros nombres son:
coca, farlopa
y
raya
.
•Depresores: El Orfidal (lorazepam), el Valium (diazepam), el Rivotril (clonazepam) y el Trankimazin (alprazolam) son benzodiacepinas que se recetan con una asiduidad preocupante. Los consumidores de estas drogas pueden parecer estar sedados o borrachos; experimentan muchos de los síntomas que produce el alcohol, incluidas la dificultad para hablar y una menor inhibición. También se llaman
benzos
.
•Éxtasis: Se encuentra normalmente en formato pastilla, y su componente químico, el MDMA, produce un efecto energizante y de euforia que suele llevar a una sociabilidad extrema. El término
Molly
denota a menudo una forma más pura de éxtasis, pero las pastillas que se venden con cualquiera de estos nombres suelen contener otras drogas y aditivos. La resaca del MDMA puede incluir depresión aguda. Otros nombres:
éxtasis
y
Adán.
•Heroína: Por lo general, se encuentra en polvo; su color oscila entre el blanco y el negro, dependiendo, en parte, de su pureza. Se puede consumir fumada, inhalada o inyectada. Los consumidores suelen experimentar un estado de felicidad y de relajación que hace que parezcan adormecidos, introspectivos y retraídos. Las sensaciones placenteras disminuyen con el uso repetitivo. Se la conoce también con los siguientes nombres:
caballo, polvo blanco
y
jaco.
•Marihuana: Los consumidores parecen tranquilos y relajados, aunque algunos pueden presentar cuadros de paranoia y ansiedad. Los signos más comunes son los ojos irritados y el olor dulce de la sustancia. El abuso puede llevar al letargo, desorientación y problemas de salud mental. Debes tener en cuenta que la marihuana disponible hoy en día es, en promedio, mucho más potente que la de hace diez o veinte años. Llamada también
hierba
y
maría.
•Metanfetamina: Generalmente fumada, esta droga también puede ser inhalada, inyectada o ingerida. La intensa descarga inicial solo dura unos pocos minutos. Durante el subidón, los consumidores de metas pueden estar exageradamente habladores y exhibir un comportamiento sobreexcitado, grotesco o agresivo. Su abuso puede avanzar rápidamente y causar daños evidentes en la piel y los dientes. Otros nombres:
cristal, meta, speed y hielo.
•Analgésicos: Los calmantes del dolor, tales como el Vicodin (hidrocodona y acetaminofeno o paracetamol) y el OxyContin (oxicodona), son los fármacos de la categoría de los opioides con mayor abuso de consumo. Normalmente se toman en formato pastilla. Los usuarios pueden presentar somnolencia, coordinación alterada y euforia.
Por supuesto, la mayoría de las personas que beben o consumen drogas no quedan atrapadas en el ciclo de la adicción. ¿Qué hace que algunas se vuelvan adictas y otras no? Aunque no hay una prueba irrefutable para ello —ningún factor que determine si alguien llegará a ser adicto—, sí existen algunos elementos comunes que hacen que algunas personas sean más propensas que otras.
Detallar las causas exactas de una adicción es a menudo imposible. Por favor, recuerda que, incluso si obtuvieras ese conocimiento, este tampoco sería suficiente para curar la adicción. No obstante, aprender más acerca de los factores que contribuyen a la enfermedad de tu familiar puede ayudarte a ver el problema desde una perspectiva más objetiva. Además, te puede servir para empezar a pensar en los tipos de tratamiento que mejor le puedan ir.
La mayoría de los adictos se han visto afectados por uno o más de los factores que explico a continuación. Para cada uno, he incluido testimonios de primera mano de personas adictas.
Solía ponerme superansioso. Las pastillas me permitían hablar con la gente. Era como si fuera por fin el tipo relajado que siempre había querido ser. Pero luego, cuando se pasaba el efecto, empezaba a sentirme más ansioso todavía, incluso si estaba solo. Al cabo de algún tiempo, comencé a necesitar las pastillas hasta para salir de la cama y acudir al trabajo.
Parecía que nunca iba a poder disfrutar de la vida y no dejaba de pensar en el suicidio. Cuando bebía, aunque seguía deprimido, me sentía como si pudiera ocuparme mejor de las cosas. Por lo menos, me olvidaba un rato.
La salud mental es, probablemente, el principal problema que subyace en la adicción. De acuerdo a Substance Abuse and Mental Health Services (2010), el 42,8% de los adictos adultos padecen en paralelo una enfermedad mental.
Muchas de ellas, incluyendo trastornos relativamente menores, tienen síntomas que fomentan el abuso de sustancias, lo que puede derivar en la adicción. Por ejemplo, es posible que las personas con depresión busquen una vía de escape de sus problemas, mientras que los que sufren de ansiedad busquen quizá un efecto calmante. Las personas con trastorno bipolar pueden ansiar el placer para estabilizar su estado anímico. El trastorno límite de la personalidad incluye síntomas de conducta impulsiva que pueden llevar al abuso de sustancias.
No sé qué hacer con el dolor que siento dentro. Descubrí que, cuando intenté cortarme las venas, los sentimientos desaparecieron durante un rato. Luego la gente se quedaba mirando mis cicatrices y yo me sentía avergonzada. Solía ocultarlas.
La heroína silenciaba mi vergüenza y mi dolor. Cuando estoy de fiesta, no tengo que sentirme mal.
Perdí un bebé durante el parto. Fue la experiencia emocionalmente más dolorosa de toda mi vida. Había puesto tantas esperanzas en mi bebé y en sacarlo adelante... Beber me ayudó a no pensar. Mi estrés ya no importaba. Podía irme a dormir y dejar de pensar en ello.
Las sustancias adictivas pueden proporcionar un escape temporal de las emociones negativas y los recuerdos dolorosos. Las personas que no han desarrollado unas estrategias de afrontamiento adecuadas —por ejemplo, como resultado de un trauma, negligencia o problemas en el desarrollo— son especialmente propensas a automedicarse con diversos tipos de drogas y alcohol. Incluso problemas emocionales relativamente menores pueden inducir a una persona a acudir a sustancias para conseguir alivio.
Tengo siete hermanos. Aunque tanto mi padre como mi madre bebían muchísimo, nos criaron en un hogar lleno de cariño. Por lo que sé, solo dos de sus hijos son «normales» (no adictos). Otros tres estamos en programas de rehabilitación, otro está en la cárcel por tráfico de drogas y dos están muertos.
En mi familia adoptiva no había nadie con problemas de alcohol; aun así, yo me convertí en un alcohólico. Mi enfermedad se volvió incontrolable muy rápido. Justo después de la primera copa de mi vida, ya no fui capaz de parar.
Los rasgos biológicos heredados pueden influir para tener cierta predisposición hacia la adicción. Hasta la fecha, no se ha identificado ningún «gen de la adicción», pero las investigaciones realizadas han indicado que puede tener componentes genéticos (National Council on Alcoholism and Drug Dependence, s. f.). Esto no significa que la enfermedad no pueda desarrollarse sin una predisposición biológica heredada; sin embargo, para aquellos que son genéticamente susceptibles, el ciclo adictivo puede asomar más rápido después de la exposición inicial.
Tuve que someterme a una cirugía en la espalda y la medicación para el dolor no era de ayuda. Pensé que no haría ningún daño si duplicaba mi dosis hasta que remitiera el malestar. Cuando me quedé sin pastillas, antes de lo previsto, el dolor era intolerable. El médico me dio otra receta. Esta situación ocurrió una y otra vez y, por último, tuve que comprarlas sin receta para aguantar el dolor.
Lo pasé muy mal tras la pérdida de mi marido. Fue un golpe tremendo el que un día estuviera y al día siguiente ya no. Mi médico me dio Trankimazin para sobrevivir al funeral y calmarme durante un tiempo. Enseguida me di cuenta de que si no tomaba las pastillas, no podría controlar mi ansiedad, con lo que las consumía cada vez más a menudo. Al final ya no podía prescindir de ellas.
Para mucha gente, la enfermedad física y el dolor crónico abren la puerta a la adicción. Una receta médica de un medicamento para el dolor se convierte en una justificación para tomar el fármaco. La desazón por abandonarlo puede hacer difícil distinguir el dolor original que explicaba la medicación, lo que provoca que sea mucho más arduo poner fin a la situación.
Sentía que no pertenecía a ningún lugar. Entonces conocí a unos chicos en el colegio, me aceptaron por lo que era y nunca tuve que demostrar nada. Cuando hacíamos cosas que no estaban bien, me animaban mucho y me sentía muy unido a ellos.
La primera vez que consumí drogas fue porque mi mejor amiga también lo estaba haciendo y parecía que le gustaba muchísimo. Yo lo entendí después de probarlas. Se convirtió en algo que compartía con ella. Unos meses más tarde, ya no podía pasar sin drogas, estuviera con ella o no.
Los factores ambientales, tales como dónde vive una persona y con quién se asocia, pueden preparar el terreno para la adicción. La necesidad de aceptación de los adolescentes se convierte en un poderoso incentivo para que prueben las drogas y el alcohol. Las situaciones estresantes en casa, en el instituto o en el trabajo pueden conducir también al abuso de sustancias, incluso en ausencia de las personas con las que comparten la adicción.
Quizá resulte difícil hallar la diferencia entre alguien que abusa de una sustancia y alguien que ha cruzado la línea que separa la enfermedad crónica de la adicción. Los factores externos, como, por ejemplo, si la persona es capaz de mantener una carrera profesional próspera, no son suficientes para saberlo. Incluso la cantidad que consume no reflejará si esa persona es adicta. Entonces, ¿en qué se distingue un adicto de alguien que solo bebe o consume demasiado? Casi todos los adictos comparten las siguientes experiencias.
La mayoría de los adictos intentan repetidamente controlar su consumo de la sustancia. Sin embargo, una vez que la sustancia está dentro de su cuerpo, pierden casi totalmente el control de cuánto consumen. Cualquier intención o promesa de tomar la sustancia con moderación se quedará a medio camino.
La adicción es una enfermedad progresiva. A medida que crece la tolerancia del adicto, la necesidad de consumir la sustancia también se incrementa. Al final, empieza
