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Peter Kent es un extraño para la sociedad londinense. Acaba de heredar el ducado de Stanhope, pero se ha criado en Nueva Orleans, así que sus ideas políticas son# radicales. Y sus modales no son intachables. Y su reputación# Bueno, no es que sea precisamente la mejor, lo cual hace difícil que pueda adoptar a sus hermanastros. ¿La solución? Casarse como un hombre respetable. Y para encontrar a la candidata ideal, ¿qué mejor consejera que la inteligente lady Selina? Aunque, si por él fuera, la elegida sería precisamente ella. El problema es que lady Selina tiene un secreto: dirige una biblioteca secreta para mujeres. Y cuando eso se descubra, su reputación quedará destruida.
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Seitenzahl: 455
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Portadilla
Dirección editorial: Berta Márquez
Coordinación editorial: Alejandra González
Dirección de arte: Lara Peces
Diseño: Marta Mesa
Título original: Ne’er Duke Well
Publicado por acuerdo con St. Martin’s Publishing Groups en asociación con International Editors & Yáñez’ Co. Barcelona. Todos los derechos reservados.
© del texto: Alexandra Vasti, 2024
© de las ilustraciones: Petra Braun, 2024
© de la traducción: Mónica Rodríguez Rodríguez, 2026
© Ediciones SM, 2026Impresores, 2Parque Empresarial Prado del Espino 28660 Boadilla del Monte (Madrid)
ISBN: 978-84-1011-618-4
Coordinación técnica: Equipo SM
Digitalización: ab seveis
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares,
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A los bibliotecarios, libreros y cualquier lector que le haya tendido alguna vez un libro a alguien y haya dicho: «Dale una oportunidad. Creo que te gustará». Cambiáis vidas.
Y a Matt, siempre.
[...] Puede que te interese saber que Peter Kent por fin ha heredado. Lo recuerdas, ¿verdad? Acompaño en el sentimiento a todos los miembros de la Cámara de los Lores.
De lady Selina Ravenscroft a su hermano, lord William Ravenscroft, de la séptima división del Ejército de Su Majestad, 1815.
Peter sospechaba que aquel plan estaba condenado al fracaso. No había sido una buena idea. Seguramente podría haber encontrado otra forma de satisfacer el antojo de su hermanastra por un estoque, una que no implicara vestirla con ropa de muchacho y meterla a hurtadillas en una sala de esgrima de Bond Street.
Lo sensato habría sido encargar uno, no acompañarla a buscarlo. Incluso podría haber enviado a alguien a recogerlo.
Se suponía que era un duque, por el amor de Dios.
Peter Kent era el noveno duque de Stanhope, pese a no haber puesto jamás un pie en Inglaterra hasta hacía dos años, cuando se convirtió en el heredero del ducado y el conde de Clermont lo arrancó sin contemplaciones de su hogar en Luisiana.
Así que ahora era duque. Lo llevaba siendo ya tres cuartas partes de un mes.
La gente lo llamaba «excelencia» y el dinero le salía por las orejas.
Nada de aquello parecía importarles a sus medio hermanos.
–Lu –llamó a su hermana, ligeramente horrorizado al oír un deje de súplica en su propia voz–. ¿Estás segura de que no quieres el gatito? Podríamos comprarle un collar de su tamaño...
Aquella mañana había llevado a sus hermanos un gatito suave y peludo de color gris en una cesta. Freddie, su hermanastro de diez años, casi había saltado fuera de su propia piel al ver al animal, pero Lu había sofocado su entusiasmo con una sola mirada ceñuda.
–No –respondió con sequedad–. Nada de gatitos. Tenía la cola como un cepillo de chimenea.
–La cola parecía suave... –murmuró Freddie, desconsolado.
–Tiene garras –aportó Peter–. Y dientes. Dientes pequeños y afilados.
Se había vuelto loco en el carruaje de camino a casa esa misma mañana, tratando de meter al gatito en la cesta. Le había parecido una gran idea. ¿Qué niño podría resistirse a un gatito? Había mandado traerlo desde su casa de campo en Sussex, porque, aunque no sabía cómo narices lo había conseguido, tenía una casa de campo en Sussex. Y había personas que le traían cosas si lo pedía.
Pero el maldito gato no dejaba de saltar fuera de la cesta, treparle por la manga del abrigo con sus diminutas garras como agujas, clavarle sus minúsculos dientes en la oreja y chillar como si los mismísimos sabuesos del infierno le estuvieran pisando los talones.
«Pop, pop», hacían sus garras mientras se lo arrancaba del abrigo. Y luego «¡Miauuu!», cuando lo metió a empellones en la cesta. Y más tarde: «¡Ay, demonios y culebras, malandrín de bodega, plaga con rabo, suéltame el puñetero pulgar!».
Y, para colmo, Lu ni siquiera había querido al minino. Había alzado la nariz como si ella fuera la novena duquesa de Stanhope y no simplemente su hermana ilegítima de doce años, hija biológica de un hombre difunto.
Peter, por su parte, no había conocido la existencia de sus hermanos hasta que no hubo pisado Inglaterra. No había podido protegerlos de la negligencia y crueldad de su padre, del mismo modo que tampoco pudo proteger a Morgan.
Sin embargo, ahora daría su vida por protegerlos.
Le sería de gran ayuda, no obstante, conseguir que los niños confiaran en él. O, al menos, que le tomaran cierto aprecio. O, si no era mucho pedir, que toleraran su presencia sin lanzarle miradas recelosas.
–Quiero un estoque –anunció Lu–. Para poder atravesar a la gente con él.
«A ti. –Confesaban sus ojos–. Para poder atravesarte a ti con él».
–No estoy del todo seguro de que en la esgrima puedas atravesar a nadie de verdad.
–¿Cómo lo sabes? –preguntó Lu–. ¿Practicas esgrima? ¿Existe acaso la esgrima en Estados Unidos?
–La practico.
Santo cielo, la niña no necesitaba un estoque para saber con exactitud dónde clavarle el cuchillo en las entrañas y retorcerlo. Sí, era norteamericano. Sí, se hallaba muy fuera de lugar en aquella fría y brumosa isla, en la sala de esgrima y en la Cámara de los Lores. Y no, no había estudiado en Eton ni en Oxford, y no sabía cómo persuadir al Tribunal de Cancillería para que le otorgara la tutela de sus hermanos, ni tampoco sabía cómo ganarse a Lu.
No, no y no.
Pero, en lo que al estoque se refería, podía decir que sí.
–Pienso exigir la reparación de mi honor por este agravio. Del mundo entero –murmuró Lu, casi inaudible en el rumor de la calle.
Dios, qué criatura tan aterradora.
–Bien –respondió él–. Iremos a por un estoque. Pero, escucha, Lu, ni se te ocurra abrir la boca, ¿de acuerdo?
La niña frunció el ceño.
–¿Por qué no?
–Porque, para ser tan pequeñita, se te nota demasiado el mal genio de dama caprichosa.
Lo fulminó con la mirada.
–No soy una dama caprichosa.
–Pues lo parece, así que calla.
–¿Por qué dices eso? ¿Acaso hay damas...?
Peter la observó con el ceño fruncido y, para su sorpresa, la niña cerró la boca. ¿Debía fruncir el ceño siempre, pues? ¿Era así como debía comportarse un tutor? Dios santo, esperaba que no, pues aquella expresión lo hacía sentirse como su padre, y lo detestaba con cada fibra de su ser.
–¿En Nueva Orleans? –terminó por ella–. Sí, Lu, hay damas en Nueva Orleans. Mi madre era una dama.
–Oh –musitó la niña.
Bajo la mano admonitoria de Lu sobre su hombro, Freddie preguntó:
–¿Era?
–Murió hace ya mucho tiempo.
–Nuestra madre también murió –comentó el niño.
–Ya lo sabe, Freddie –replicó la niña con fastidio–. Por eso intenta, aunque fracase, apartarnos de la tía tatarabuela Rosamund.
Ah, sí, su actual tutora. La querida tía tatarabuela Rosamund, quien, según lo que tenía entendido, no estaba en realidad emparentada con los niños y ni siquiera parecía reconocerlos cada vez que se los devolvía tras alguna de sus salidas.
Tras la muerte de su madre, los niños habían sido trasladados, como cachorros no deseados, de una casa a otra, hasta terminar en el hogar de una tía lejana, ya muy entrada en años. Rosamund cabeceaba a mitad de una conversación, rara vez se levantaba del sillón y en ocasiones llamaba a Lu «Lucinda», «Lettie» y, a veces, «Horatio Nelson».
A pesar de todo esto, Lu se comportaba como si quisiera quedarse a vivir con ella, aun cuando Peter podría comprarle una habitación llena de maestros de esgrima, enviar a Freddie a Eton y darles cuanto él siempre había deseado y jamás había tenido.
–Lu –susurró–, te aseguro que, si abres la boca, no funcionará. Así que demuéstrame cuánto quieres esa espada manteniendo el pico bien cerrado, y saldremos de aquí con una ceñida a tu cinto.
Ella refunfuñó por lo bajo, pero obedeció. Entraron con total naturalidad en el salón de esgrima.
Un cuarto de hora después, ya salían. Lu estaba encendida de la vergüenza después de escuchar las extravagantes mentiras que Peter había inventado para justificar su mudez. Freddie ahogaba la risa en una mano, y Peter sostenía el estoque por encima de su cabeza para asegurarse de que su hermana no hiriera a nadie con él.
Así fue como se encontró con lady Selina Ravenscroft: flanqueado por dos niños y con una pequeña espada por los aires, fuera del alcance de Lu, que aún resoplaba.
[...] Recuerdo a Peter Kent. ¿No fue él quien te arrojó a un charco de barro en Broadmayne? Y te robó el caballo. ¿Y no sucedió algo también en relación a una boda en St. George, dos ovejas y un duelo?
De Will Ravenscroft a su hermana Selina, carta enviada desde Bruselas.
Selina se colocó bien el sombrero, se escabulló por el callejón trasero de las oficinas del editor y apareció bajo el sol de Bond Street. El ala de su capota era demasiado grande y sobresalía más allá de su rostro como si fuera la proa de seda verde de una nave. Desentonaba de forma atroz con el abrigo largo rosa que llevaba anudado sobre su vestido de paseo de rayas amarillas, adornado con escandalosos volantes. Si mantenía la cabeza inclinada, su rostro quedaba oculto casi por completo.
No iba disfrazada. No había tenido necesidad de ponerse el áspero vestido de sarga propio de una criada que llevaba más de un año guardado en el fondo del armario. Hecho que Selina consideraba, en cierto modo, un alivio.
Si lady Selina Ravenscroft, hermana menor del duque de Rowland, fuese sorprendida deambulando por Londres con un atuendo de sirvienta, las publicaciones sensacionalistas dedicadas a los chismes echarían humo a la mañana siguiente.
Pero así, con aquel atuendo tan pasado de moda, el cabello recogido bajo la capota y el rostro bajo la sombra de su extravagante ala, no iba disfrazada, no del todo. Solo resultaba casi irreconocible, que era tal y como prefería mostrarse.
Y si alguien llegara a reconocerla con aquellas ropas tan ridículas, no sería motivo suficiente para provocar un escándalo. Bueno, quizá uno muy leve, dado que paseaba sin acompañante ni doncella. Pero solo debía cruzar dos manzanas hasta donde el carruaje de los Rowland la aguardaba (dentro ya estaba esperando Emmie, su doncella, una mujer muy fácil de sobornar para su propio beneficio), y entonces estaría a salvo. No habría ningún escándalo.
Al menos de momento.
Por supuesto, solo era cuestión de tiempo que alguien descubriera la verdad.
Lanzó una mirada de soslayo hacia la oficina de Jean Laventille, el radical inmigrante trinitense que era a la vez su editor y su único confidente. Y aquel fue su error, pues, con el ala de la capota bloqueándole la vista y los volantes del vestido agitándose en torno a su cuerpo, no vio al pequeño que se cruzó en su camino hasta que fue demasiado tarde.
Chocaron con un golpe seco y Selina sintió que se le escapaba el aliento. Intentó evitar darle una patada en la pantorrilla y acabó perdiendo el equilibrio.
–¡Rayos y centellas! –exclamó el niño, con voz dulce y los ojos oscuros y enmarcados por largas pestañas abiertos como platos.
Selina extendió las manos hacia adelante, mientras su mente registraba con presteza una serie de hechos.
El primero: aquella criatura quizá no fuese un niño.
El segundo: su rostro estaba a punto de encontrarse, de manera muy abrupta, con un adoquín.
Tercero: aquellos guantes iban, sin duda alguna, a quedar destrozados, y le gustaban mucho...
Y entonces, un fuerte brazo masculino la sujetó por el torso para devolverla sobre sus pies con cautela.
–Santo cielo, Lu –dijo el dueño del brazo–. Tienes suerte de que no hayas atravesado a esta dama por accidente, porque ni siquiera los lores del reino están exentos de las consecuencias legales por asesinato.
Y...
Oh.
Oh, no.
Selina conocía esa voz y ese leve acento. Conocía al dueño de aquel brazo. Conocía esa peculiar mezcla de palabras sencillas y encanto disparatado, y sabía, sin necesidad de mirar, que en el rostro del hombre se dibujaba una sonrisa un tanto animal.
El estúpido Peter Kent.
No podía alzar la vista ni una fracción, porque entonces el ala de la capota dejaría al descubierto su rostro y la reconocería. Y ella no quería que nadie la reconociera. Ni mucho menos él.
Estaba sola, aunque a Peter eso no le importaría. Sin embargo, podría preguntarle qué hacía allí, en Bond Street, sin compañía. Era una posibilidad. Incluso podría haberla visto salir de la oficina de Laventille. ¡Dios mío! No podía permitir que la relacionaran con el editor, porque entonces podrían relacionarla con Belvoir y quedaría atrapada por completo en la red de engaños que ella misma había tejido. Tal vez no hallara jamás el modo de salir.
Además, acababa de rescatarla, lo cual resultaba humillante.
Y, para colmo, llevaba aquel disfraz tan ridículo.
No es que le importara lo que aquel hombre pensara de su atuendo. No es que pensara en Peter Kent de esa manera.
Ni de ninguna. Nunca.
–Disculpe –murmuró, alejándose con la vista fija en sus botas polvorientas. Le dio la sensación de que había otro niño al lado de Peter, pero no se atrevió a girar la cabeza para comprobarlo.
Pero, entonces, horror de los horrores...
La reconoció de todos modos.
–¿Selina?
Vaya, fracaso absoluto.
Alzó la cabeza para encontrarse con su mirada. Y luego un poco más. Y más. La capota, que tan bien había servido para disfrazar su aspecto, en aquel momento resultaba bastante deficiente a la hora de permitir un trato social normal.
Por fin encontró su rostro.
Sí, era Peter Kent (Stanhope, –se recordó a sí misma–; ahora era el duque de Stanhope), y sí, le sonreía con ese aire juguetón tan suyo mientras la estudiaba desde arriba.
Era alta, pero él lo era más. Sus vivos ojos castaños brillaban con calidez y con aquella familiaridad cómoda e indomable que lo llevaba a dirigirse a ella sin el tratamiento debido. Llevaba los oscuros rizos revueltos con esmero. Se preguntó si no sería obra de un ayuda de cámara armado con unas tenacillas calientes. Su piel clara estaba dorada por el sol de Luisiana, sus labios eran carnosos de una forma insultante para un hombre, y...
Esa. Esa era la razón por la que, en los dos años que habían transcurrido desde que se conocieran y él la arrojara a un charco de barro, no pensaba en Peter Kent.
Selina ejecutó una reverencia ensayada, cortés pero no deferente.
–Excelencia. Qué agradable sorpresa.
La sonrisa de Peter se ensanchó.
–No dirías eso si te hubiera atravesado con la espada de Lu.
Como de costumbre, Selina no tenía la menor idea de a qué se refería. No veía ninguna espada.
Peter se volvió y señaló al menor de los dos niños que lo acompañaban.
–Vamos, Freddie, dámela antes de que Lu te la quite y ensarte a alguien.
–Creía que no estaba afilada –comentó el muchacho, escandalizado–. Dijiste que era para practicar.
–Lu podría ensartar a alguien hasta con una cuchara.
El muchacho (Freddie, por supuesto) sacó lo que parecía ser un estoque de juguete y se lo entregó a Peter, cuya ancha mano lo envolvió casi por completo. El objeto resultaba ridículo.
Volvió a girarse hacia Selina.
–Ahora que las armas están a buen recaudo...
Ella alzó una ceja. ¿A buen recaudo? Estaba sosteniendo la espalda en alto.
Peter captó su mirada y la ignoró.
–Lady Selina Ravenscroft, te presento a mis hermanos. Esta es la señorita Lucinda Nash –utilizó el florete para señalar a la mayor de los dos– y este es el jovencito Frederick Nash.
Frederick Nash le dedicó una cortés reverencia.
Lucinda Nash se quitó la boina, liberando una cascada de relucientes rizos color chocolate, e hizo una reverencia tan acentuada que a punto estuvo de postrarse en el suelo. Luego se irguió, mirando a Selina con unos ojos brillantes y fieros, como si la desafiara a hacer algún comentario sobre su ropa masculina.
Selina supuso que no estaba en posición de criticar el estilismo de nadie aquella tarde.
–Señorita Nash –susurró, inclinando la cabeza para saludarla–. Señorito Nash. Es un placer conoceros.
–Lu –corrigió la muchacha, hecha una furia–. No Lucinda. Lu.
–Lu –murmuró Freddie, con gesto incómodo–. No debes corregir al duque en público...
–Freddie, cállate, que pueden oírte.
Selina se mordió el interior de la mejilla para contener una carcajada. Dios, habría detestado que se rieran de ella a esa edad.
–Mi hermano Nicholas también es duque –comentó en su lugar–. Y os aseguro que lo corrijo en público con frecuencia.
Los ojos de la niña refulgieron con interés.
–No, por favor –intervino Peter–. Te ruego que no la alientes.
–¿Y es vuestro hermano un duque tan aburrido como este? –preguntó Lu, como si Peter no hubiera hablado.
¿Aburrido? Vaya. «Aburrido» no era precisamente la palabra que le venía a la mente cuando pensaba en Peter. Escandaloso, quizá. Desconcertante. Inquietante.
Pero no pensaba en él, por supuesto que no.
–Sí, mi hermano el duque es, en efecto, muy aburrido.
Dirigió una disculpa mental hacia los Rowland. Nicholas no era exactamente aburrido, pero, cuando ella era niña, le había parecido bastante serio. Tal vez un tanto demasiado aristocrático.
En resumen, aburrido.
–¿Y vuestro hermano el duque es también tan viejo como este?
¡Por todos los cielos, cómo no iba a reírse!
–Pues sí –respondió Selina–. Igual de, eh, decrépito.
Peter emitió un sonido ahogado.
–¿Y vuestro...?
–Gracias, Lu –interrumpió Peter, echándole un brazo amistoso sobre los diminutos hombros–. Creo que por hoy ya has apuñalado bastante mi reputación.
–Está bien –repuso la niña–. Perdóname por conversar con la primera persona interesante que nos encontramos en Londres.
En cierta manera, aquel cumplido, aunque fuera uno a medias, logró que Selina se sintiera bastante complacida consigo misma. Iba vestida de un modo absurdo y estaba ya a medio camino del escándalo, pero al menos aquella graciosa criatura la encontraba interesante.
–No creo que sea la primera –protestó Peter.
A Selina se le desinfló el ánimo.
–Acabo de llevarte a conocer a Angelo, ¿no es cierto? –prosiguió el hombre–. Eso sí ha sido interesante.
–No me has dejado hablar, así que no he podido entablar una conversación con él.
Selina no pudo evitar soltar:
–¿Ha llevado a su hermana a un salón de esgrima?
Desde luego, aquello explicaba lo del atuendo masculino.
Peter, Freddie y Lu volvieron hacia ella unas miradas de idéntica culpabilidad, y a Selina la impresionó muchísimo el parecido entre los tres. Los mismos rizos castaños, encendidos aquí y allá por reflejos cobrizos gracias al sol. Los huesos frágiles y ligeros de los niños se repetían en la complexión esbelta y musculosa de Peter. Y en el rostro aniñado de Lu podía verse el mismo encanto travieso que él tenía.
–Voy a aprender esgrima –anunció Lu con cierta dignidad.
–Aunque probablemente no en el salón de Angelo –añadió Peter.
–Desde luego que no –repuso Selina–. A mí me enseñaron esgrima en casa, que es el único lugar aceptable para que una dama que se precie aprenda tal arte.
–¡¿De veras?! –exclamó Lu, perdiendo del todo la compostura.
Las comisuras de los labios de Peter se curvaron hacia arriba.
–¿Estás sugiriendo que Lu aprenda esgrima... en tu casa?
Selina gruñó.
–En absoluto. Lo que quiero decir... Oh, menudo patán, sabe perfectamente a qué me refiero.
Lu mostró lo que Selina empezaba a considerar como la sonrisa característica de los Kent.
–Me cae bien.
–Claro que sí –dijo Peter–. Quiere que aprendas a ensartar a la gente.
–¿Puedo sugerir –interrumpió Selina de manera tajante– que contratéis a un maestro de esgrima para que instruya a ambos hermanos en la residencia de Stanhope?
Peter frunció el ceño y Selina alzó las cejas. No estaba segura de haberle visto esa expresión antes.
–Los niños no viven conmigo.
–¿No?
No pudo evitar escandalizarse un poco, aunque, en cuanto lo soltó, se dio cuenta de lo absurda que estaba siendo. Claro que no. ¿Qué joven aristócrata apuesto y soltero alojaría a dos niños pequeños en su residencia londinense durante la temporada si tuviera otra opción?
Salvo, por supuesto, su hermano mayor Nicholas.
Ella y su mellizo, Will, tenían seis años cuando murieron sus padres. Y no solo eso: también tenían un terror atroz a qué podría sucederles. Se habían acurrucado juntos bajo las sábanas por primera vez en años, preguntándose si los enviarían a vivir con algún pariente lejano al que no conocían.
Pero, en lugar de eso, Nicholas abandonó Oxford y, con apenas veinte años, regresó a casa para criarlos él mismo.
–No viven conmigo, no –confirmó Peter, en un tono inusitadamente grave–. Pero no por falta de interés.
¿«No por falta... de interés»?
–¿Eso quiere decir que no tiene la tutela de sus hermanos? –preguntó ella. Qué desconcertante le resultaba. Sabía que los padres de Peter habían fallecido, igual que los suyos. Lo normal era que la tutela pasara a él, como la suya y la de Will habían pasado a Nicholas.
–Somos hermanastros –respondió Lu con frialdad.
Entonces lo entendió: eran bastardos. El padre de Peter debía de haber tenido a esos niños con su amante... O quizá ni siquiera eso, tal vez con una mujer aleatoria con la que había mantenido relaciones. Tal vez ni siquiera fueran de la misma madre.
El padre de Selina había tenido una amante estable antes de casarse con su madre. Era algo común entre la nobleza. Y solo entre los varones, claro estaba. Además, no era raro que los lores tuvieran hijos con mujeres que no eran sus esposas. Pero sí lo era que el heredero legítimo los reconociera y los presentara como hermanos ante una desconocida en plena calle.
Peter Kent sabía cómo sorprenderla.
–Ya veo –comentó–. ¿Y dónde resides ahora, Lu?
Lu alzó la barbilla con un ademán brusco.
–Con la tía tatarabuela Rosamund. Queremos mucho a la tía tatarabuela Rosamund.
Freddie dejó escapar un pequeño chillido (Selina supuso que Lu le había dado una patada) y, acto seguido, asintió con firmeza.
–Eh, sí, la queremos mucho. Nos gustan... eh... Nos gustan... –Posó la mirada sobre Selina y, de pronto, le vino la inspiración–. ¡Sus sombreros!
Peter dejó escapar una tos ahogada.
Lu puso los ojos en blanco.
–Gracias, Freddie.
–Parece todo un dechado de virtudes –comentó Selina.
–Oh, sí –replicó Peter–. Sin duda. ¿Qué fue lo que dijo esta mañana cuando fui a recogeros? No creo haberla entendido del todo.
Freddie imitó los suaves ronquidos de la mujer.
–Queremos a la tía tatarabuela Rosamund –repitió Lu–. Y nos quedaremos en su casa.
–A menos que logre sacaros de allí por medios legales –protestó Peter, y volvió a aparecer en su gesto ese ceño fruncido.
A Selina le sorprendió descubrir que no le gustaba verlo así. Lo cual era, probablemente, el pensamiento más extraño que había tenido en todo el día, y eso incluía todas las estrafalarias combinaciones de colores que había imaginado sacar de su guardarropa.
–¿Acaso no sabes –le decía Peter a su hermana– que podría llenarte el salón de la residencia de Stanhope con maestros de esgrima si así lo desearas, Lu?
–Pero no es lo que deseo.
La pequeña mantenía la barbilla alzada; las cejas oscuras arqueadas en un claro desafío.
–He de admitir que es un placer enorme contar con un maestro de esgrima que le instruya a una cuando le plazca –intervino Selina.
Lu la miró también con el ceño fruncido.
–Escucha a lady Selina, ¿quieres? –insistió Peter, suavizando el gesto–. Te cae bien. Te parece interesante. Es, sin duda, la mujer más inteligente de cuantas conozco.
Un leve estremecimiento de deleite se arrebujó, igual que un gato, en el pecho de Selina. Intentó recobrarse enseguida. Santo cielo, había algo en aquellos cumplidos despreocupados de los Kent que podían hechizar a cualquiera hasta hacerle saltar el sombrero de la cabeza. Incluso aquella monumental capota verde.
–De hecho –prosiguió él, girándose hacia ella con las palabras en la punta de la lengua. Sin embargo, se detuvo un instante y dijo–: Sí, creo que...
Los cálidos ojos castaños del hombre se posaron en ella con expresión reflexiva.
–¿Creéis que...? –retomó al cabo del rato. Empezaba a sentir las mejillas un tanto calientes, y no deseaba en absoluto sonrojarse, por el amor de Dios. Ella no se sonrojaba. Se negaba a ello.
–Quisiera hablar contigo y con tu hermano sobre esta situación en particular. ¿Puedo visitaros en Rowland House?
No estaba del todo segura de a qué situación se refería (aquel hombre del diablo siempre la hacía sentir como si hubiera perdido el hilo), pero...
Se conocía. Sabía cuál era su fatal defecto.
Era curiosa. Siempre quería saber más.
–Sí –contestó–. Me alojo allí con el duque y la duquesa.
–Excelente –concluyó Peter–. Os visitaré allí.
Y entonces posó una mano en la nuca de Lu y añadió:
–Intenta hacer bien la reverencia esta vez.
La niña apretó los labios y, sujetándose unas faldas imaginarias, ofreció a Selina una reverencia verdaderamente magnífica, que casi igualó la gran acentuación de la anterior.
–¿Sabes qué? –declaró Selina–. Es cierto, me caes bien.
[...] ¿Has cobrado acaso un nuevo interés por la política tras pasar los últimos dieciocho meses con el Ejército de Su Majestad, Will? Quizá te complazca saber que el nuevo duque de Stanhope (Peter Kent, sin duda lo recordarás) pronunció, en su discurso inaugural, quizá la más devastadora censura contra la esclavitud que jamás se haya oído en la Cámara de los Lores. Estoy muy contento de que haya heredado este nuevo título nobiliario.
De su excelencia Nicholas Ravenscroft, duque de Rowland, para su hermano, lord William Ravenscroft, séptima división del Ejército de Su Majestad.
–Recuérdeme –dijo Mohan Tagore– por qué estamos yendo a Rowland House.
Peter ralentizó el paso para acoplarse al ritmo de la corta zancada de su abogado. Se dio cuenta entonces de que estaba silbando una canción de carnaval en la que llevaba años sin pensar y se obligó a callarse.
–Hace buen día –comentó–. Mueve las piernas, Tagore. Tengo entendido que los músculos se acaban atrofiando si no se usan. Me preocupas.
–¿Insinúa que, si le amordazara durante un mes, su lengua acabaría por atrofiarse? Porque si eso es cierto...
–¡Dios me libre! –repuso Peter–. Te aseguro que, aunque quizá tú no lamentaras la pérdida de ese órgano en particular, conozco muchas damas que no opinarían lo mismo.
Tagore se atragantó brevemente.
–Voy a fingir que no he oído lo que acaba de decir y a preguntarle de nuevo por qué, en nombre de todo lo santo, estamos yendo a Rowland House.
Peter se tomó un instante para meditar la cuestión. Había considerado servirse del carruaje de los Stanhope para acudir al despacho de Tagore, recogerlo y, juntos, acercarse a la casa de los Rowland. Sin embargo, la idea le pareció absurda en exceso: recorrer apenas una docena de manzanas hasta el despacho de Tagore para luego desandar otro tanto hasta la casa de los Rowland, cuando en realidad podían ir a pie. El cielo era de un intenso azul, un tono que le recordó a Luisiana con esa mezcla de amor, nostalgia y pérdida que lo acompañaba desde que, dos años atrás, llegara a Inglaterra en compañía del conde de Clermont.
Deseaba contemplar el cielo. Deseaba conversar con Tagore antes de llegar a casa de Rowland y que todo se convirtiera en cautela y súplicas disimuladas bajo la apariencia de una simple conversación.
–O quizá –empezó a decir Tagore, al parecer cansado de aguardar la respuesta de Peter– podría explicarme por qué hemos de reunirnos en casa de los Rowland.
–Quiero hablar con Rowland acerca de las próximas semanas. Quiero saber si tiene alguna idea de cómo podríamos hacer que el lord canciller sintiera más empatía ante nuestra petición.
En el plazo de seis semanas, la solicitud de Peter para obtener la tutela de Freddie y Lu habría de presentarse ante lord Eldon, canciller del Tribunal Superior de Justicia. Y, a menos que en ese periodo de tiempo ocurriera algo que alterase drásticamente la situación, Peter estaba destinado a perder.
–Lord Eldon es un problema –convino Tagore–. Pero yo me refería a otra cosa. ¿Por qué en la casa? ¿No es acaso socio del club de Rowland?
Lo era. Y estaba casi seguro de que Rowland había ejercido presión para persuadir al administrador de Brooks’s para que le extendiese un patrocinio, pues le habían ofrecido la membresía casi un año antes de convertirse en duque. Rowland era un maestro en tales tareas: allanar el camino y facilitar las cosas. Peter jamás había poseído un talento como aquel. Ni siquiera estaba cerca de tenerlo. Al menos, no hasta que se hubo trasladado a Inglaterra.
–También quería que hablaras con él –explicó con calma–. Tú estarás conmigo en el Tribunal de Cancillería, no él. Confío en que pueda darnos algún consejo.
Tagore tamborileó los dedos sobre su muslo.
–Es todo un desafío. Lord Eldon se mueve en círculos políticos totalmente ajenos a los de Rowland, por mucho que este sea duque. Rowland es un whig, un reformista. Y Eldon es el más arraigado de los tories.
–Lo sé. Confío en que podamos idear otro enfoque. No una presión política directa, sino... algo distinto.
–Rowland no acepta sobornos. Ni Eldon, ya puestos.
–Nada de sobornos –aseguró Peter.
No es que estuviera en contra de sobornar a la gente, si con ello pudiera quedarse con Freddie y Lu, pero ya había discutido el asunto con Tagore y habían llegado a la conclusión de que no era una opción posible. Sin embargo, Peter estaba decidido, costase lo que costase, a no soltarlos sin luchar antes.
Ya había perdido a un hermano en Nueva Orleans, cuando ambos eran niños. No iba a permitir que volviera a suceder, ni por el ducado ni por el mundo entero. Tenía que haber algo que pudieran hacer. Seguro que había otra manera. Y se moría de ganas de hablar con Selina Ravenscroft.
Esa, aunque no se lo podía confesar abiertamente a su abogado, era la verdadera razón por la que se encaminaban a Rowland House. No iba a encontrar a Selina en el Brooks’s. Y en un baile no podría poner las cartas sobre la mesa ante ella y contemplar cómo se devanaba los sesos en busca de una solución.
En los dos años que habían transcurrido desde que se habían conocido, la había visto en acción en numerosas ocasiones. Había distraído a tías solteronas para facilitar proposiciones matrimoniales sin la inoportuna presencia de una carabina. Había reorganizado corrillos y, ante la mirada inquisitiva de Peter, había murmurado: «Lady Stratton no aguanta al conde de Puddington. No quisiera que un par de puñetazos arruinen la fiesta de mi tía».
La había visto, asimismo, descubrir a una frágil viuda que, entre la multitud, echaba en falta uno de sus guantes, y sacar, como por arte de magia, uno nuevo de la nada.
En una ocasión, en casa de los Breightmet, la había visto empujar a su amiga Lydia Hope-Wallace contra las frondas de una palmera de maceta. Había observado con interés cómo Lydia, al abrigo de miradas indiscretas, se deshacía del contenido de su estómago; y se había quedado aún más estupefacto cuando Selina había logrado sacar a su amiga del baile sin que una sola persona advirtiese su ausencia.
El pasado diciembre había organizado la fuga de Clermont, que con el tiempo se había convertido en uno de los compañeros más cercanos de Peter, y de su querida amiga Faiza Khan. Clermont y Faiza habían dado siempre la impresión de aborrecerse mutuamente. Peter estaba casi seguro de que nadie, salvo él, sabía que Clermont llevaba en el bolsillo el pendiente de Faiza como si fuera un maldito talismán. Pero Selina debía de saberlo. Era evidente que sabía algo, porque un día Clermont y Faiza se estaban gritando acaloradamente durante la cena y, al siguiente, se hallaban de camino a Escocia en un coche de caballos que Selina en persona había contratado.
Era tan eficiente que resultaba molesto. Parecía capaz de estar en dos lugares a la vez. Podía iluminar una estancia entera si así lo deseaba, igual que la dama más solicitada de la alta sociedad, pero también podía desvanecerse en un segundo y pasar desapercibida. Peter no entendía cómo lo lograba, con aquella melena rubia como la miel y esa boca de labios carnosos y tan elocuente. Y esos ojos, de un ámbar claro, como los de un gato o los de un lobo. Había pensado en ellos de vez en cuando durante los dos últimos años.
No tan a menudo, sin embargo, como en lo increíblemente sagaz que era, y en lo mucho que le gustaba que fuera así. Solucionaba todo tipo de asuntos, como su hermano, pero no del mismo modo. Rowland era político; todo en él eran palabras mesuradas, don de gentes y un código ético tan inflexible como aterrador. Selina, en cambio, no dudaba en escabullirse, ocultarse tras una maceta o robar un guante si la ocasión lo requería.
Y cuando vio cómo Lu se encariñaba con ella y cómo se había ganado su confianza, se le ocurrió de pronto que, si alguien podía elucubrar un plan para conseguir la custodia de sus hermanos, esa era Selina Ravenscroft.
Aún pensaba en ella cuando llegaron a Rowland House.
El mayordomo los condujo al interior y se dispuso a averiguar si lord Rowland estaba recibiendo visitas.
–Y a lady Selina –añadió Peter–. Quisiera ver a su excelencia y a lady Selina.
Sintió, más que vio, la mirada aguda, oscura y afilada como la hoja de una navaja de Tagore sobre él.
–¿Una visita social? –preguntó con fingida indiferencia.
–No –contestó Peter–. ¿Conoces ya a lady Selina?
–¿La hermana de Rowland? No he tenido tal placer.
–Cuando la conozcas, comprenderás por qué deseo que esté presente.
Tagore resopló.
–No me cabe duda alguna.
El mayordomo regresó para guiarlos hasta un salón decorado en tonos azul y crema. Nicholas Ravenscroft, duque de Rowland, se levantó para recibirlos. Era alto, de cabello oscuro, y debía ser, al menos, media docena de años mayor que él, que tenía ya veintinueve. Su esposa, Daphne, también estaba allí, con una acogedora sonrisa en el rostro y unos rizos alborotados de color caoba que salían disparados en todas direcciones.
Y, en un rincón de la estancia, incorporándose de un sillón de cuero, se encontraba Selina.
Aquel día vestía de un blanco recatado y no había ni rastro de esa inmensa cosa verde que llevaba en la cabeza cuando se toparon por casualidad en Bond Street. No sabría decir si la echaba de menos; en cierto modo, admiraba la manera en que portaba la capota: con altivez, como si fuese una corona y no un sombrero del tamaño de una corbeta. Llevaba los guantes abotonados con esmero a la altura de las muñecas y le dedicó la más cortés de las reverencias cuando él la saludó. Su mirada permanecía baja y, por un instante, no supo si estaba haciendo bien con todo aquel asunto.
Entonces alzó la vista y, cuando aquella feroz mirada de leona se prendió de la suya, Peter supo, en lo más hondo de sus huesos, que había acertado al pensar en ella.
En aquel momento tuvo el pensamiento más extraño de todos: había acertado no solo esa, sino todas y cada una de las veces que había pensado en ella. Cada vez que Selina había cruzado su mente (su agudo ingenio, su resuelta manera de comportarse y, si era del todo honesto consigo mismo, la curva de sus labios y el tierno hueco de su nuca) había sido un acierto. Estaba hecha para ocupar su cabeza.
Lo cual era ridículo hasta para él.
Intentó deshacerse de aquella idea tan absurda y tomó asiento mientras la duquesa servía té para todos. Cuando Daphne se quitó los guantes, advirtió que llevaba los dedos manchados de tinta y recordó que estaba muy implicada en la administración de varias de sus fincas rurales. Se preguntó si no estaría traspasando todos los límites al solicitar el consejo de todos los Ravenscroft acerca de su pequeño problemilla.
Conversaron de manera educada durante unos minutos, hasta que Selina, con una destreza muy oportuna, encaminó la charla hacia el asunto que lo concernía.
–¿Logró llevar sanos y salvos a sus hermanos de regreso a casa de la tía Rosamund? –preguntó, empujando con los dedos su taza de té hasta colocarla en el centro del platillo.
–Así es, sí –respondió Peter, volviéndose hacia el resto del grupo para explicarse–. Lady Selina tuvo el placer, un tanto adulterado, debo decir, de conocer a mis hermanos pequeños la semana pasada en la ciudad, cuando los llevaba de compras.
Selina sonrió, aunque no dijo nada acerca de la esgrima, lo cual, probablemente, era lo más acertado, pues Peter quería que lord Rowland lo considerase un tutor responsable y no un libertino impulsivo que permitía que su hermana se comportase como una moza desenvuelta.
Algo que, en efecto, eran tanto él como Lu.
–¿Lo pasó usted bien en Londres? –inquirió Daphne–. Recuérdeme de nuevo qué edad tienen. Creo que son mayores que nuestros hijos, ¿no es así?
–Lucinda tiene doce años –dijo Peter–. Y Frederick, diez.
Aprovechó la ocasión para relatar, con la debida circunspección, sus antecedentes, procurando evitar hablar de las andanzas amorosas de su padre con algunas damas o de cómo este ofendía a ancianas benévolas.
–Llevamos estos dos últimos años sentando las bases –comenzó a explicar Tagore–, preparando los argumentos legales y fomentando el trato entre lord Stanhope y los niños. Pero no quisimos presentar la solicitud de tutela hasta que su excelencia heredase. Una vez esto ocurrió, presentamos la petición de inmediato al lord canciller, quien verá nuestro caso en un plazo de seis semanas.
Rowland jugueteó con su corbata de lazo.
–Lord Eldon es el obstáculo principal. De haberos tocado el nuevo vicerrector, Plumer, mi inquietud sería menor. Pero Eldon... –dejó la frase en el aire.
Selina frunció el ceño.
–Nicholas, no lo comprendo. ¿Por qué no habrían de concederle la tutela a Stanhope, como hicieron contigo?
Hubo un silencio incómodo, y Selina torció los labios.
–Quiero decir... Es decir... Sé lo que son los hijos naturales. Comprendo por qué no se daría por supuesta la tutela.
Peter observó con fascinación el rubor que, poco a poco, ascendía por la tersa piel de su cuello. En los últimos dos años, pocas veces la había visto sonrojarse. Ni siquiera lo hizo la primera vez que se vieron, cuando se topó con ella en el bosque, aún húmeda tras haberse bañado en el arroyo de su finca de campo. Se había limitado a lanzarle una mirada abrasadora.
Muy a su pesar, debía admitir que le gustaba aquel dulce tono color fresa que adquiría su piel.
La había visto apretar los dientes en numerosas ocasiones, justo como hacía en aquel instante.
–Solo digo que no entiendo por qué tanto problema. Stanhope es duque. Quiere a sus hermanos. ¿Qué dificultad podría haber?
–Hay dos problemas –explicó Peter–. Primero, mi padre nunca reconoció a los niños en público. De hecho, creo que nunca los reconoció de ninguna manera. Sabemos, por los libros de cuentas, que su madre acudió a mi abuelo en busca de ayuda económica, no a mi padre. Entre Tagore y mi administrador de Sussex hemos reunido todo tipo de documentos que demuestran que el anterior duque los mantuvo durante años, pero los niños no aparecen mencionados en su testamento ni en el de mi padre. A efectos legales, bien podría ser un extraño que ha venido a arrebatárselos de las manos a la noble servidora del tribunal, la tía tatarabuela Rosamund.
Terca como ella sola, Selina asimiló aquello con el mentón alzado.
–Aun así, todos los aquí presentes conocemos bien el poder de un ducado. ¿Por qué, entonces, Eldon habría de interponerse en su camino?
–Eldon es el hijo de un estibador de carbón –comentó Nicholas–. Los asuntos de la nobleza lo impresionan menos de lo que cabría esperar, pese a que ahora sea lord Eldon y la voz del rey en el Tribunal Superior.
–Pero ¿qué motivos podría tener para oponerse a que Stanhope se haga cargo de esos críos?
–Yo –respondió Peter, y frunció el ceño ante su propia franqueza–. Su motivo soy yo.
–Ya veo –susurró Selina, aunque su expresión dejaba claro que no lo entendía.
–No me he granjeado la simpatía de lord Eldon este año –prosiguió Peter–. Ni ningún otro, para el caso. Tiene un sentido muy particular del orgullo inglés, así que le irrita que un estadounidense advenedizo haya ascendido de golpe a los más altos rangos del gobierno.
–Pero vuestro padre era inglés –protestó Selina.
–Sí, y mi madre francesa. Para muchos, lo segundo pesa más.
–Y, como ya he mencionado –añadió Nicholas–, Eldon es un tory. De los peores. Odia a los reformistas con auténtica pasión. Cree que Inglaterra alcanzó su mejor época en 1688.
–Tal vez no tendría que haber pronunciado aquel discurso en la Cámara de los Lores justo después de tomar posesión de mi escaño –se lamentó Peter.
Tagore contuvo un resoplido y Daphne disimuló una risita tosiendo sobre su taza.
–¿Qué discurso? –preguntó Selina–. ¿Qué ocurrió?
–Fue muy conmovedor, sin duda alguna –dijo Nicholas con delicadeza.
Peter hizo girar su taza en el platillo y observó con cierta aprensión cómo el té subía por las paredes y acababa derramándose sobre la porcelana de debajo.
–Defendí la abolición total de la esclavitud en todas las colonias británicas. Con unas palabras, eh..., bastante concretas.
–Creo que fue algo así como: «El mayor mal tangible jamás infligido al género humano» –intervino Nicholas–. «La más grave y vasta calamidad de la historia del mundo y una mancha irredimible en el carácter de nuestra nación».
Peter suspiró.
–Ehm... Sí.
Y aunque siempre había sabido que Rowland era, quizá, su aliado más leal en la Cámara de los Lores en lo relativo a la abolición, el hecho de que pareciera haberse aprendido de memoria las palabras con las que él había condenado la esclavitud resultaba... Por primera vez en su vida, no sabía qué palabras usar.
–Empiezo a entender el problema. Está pidiéndole un favor a un hombre que no le tiene en alta estima y con el que ha chocado políticamente. Un hombre que no tiene obligación legal alguna de darle lo que quiere –concluyó Selina.
–Exacto, y luego está lo del coñac –añadió Tagore.
–¡Por el amor de Dios! –exclamó Peter–. ¿Cómo iba a saber lo del coñac?
Nicholas arqueó una ceja oscura.
–De este asunto sí que no estoy enterado.
A Tagore le brillaban los ojos como si acabaran de regalarle un tintero nuevo o cualquier otro objeto que entusiasmara a un abogado.
–Antes de que su excelencia heredara el título, tuvo noticia de que su abuelo era un gran entendido del coñac y, por ello, antes de que el anterior Stanhope falleciera, el actual Stanhope...
–Kent –lo interrumpió Peter–. Te lo ruego. Llámame Kent. Esta historia no tiene el menor sentido si todos los implicados usamos el mismo título.
Tagore agitó los dedos en un gesto displicente.
–Bien. Kent, aquí presente, decidió que quería que su abuelo disfrutara del mejor coñac antes de su muerte.
–Antes de su muerte –puntualizó Peter–. Yo no estoy muerto.
Estaba bastante seguro de que Daphne se había vuelto a reír, a lo que Selina le lanzó una mirada de reproche.
–Aún –puntualizó el abogado–. En cualquier caso, Kent habló con el administrador de Stanhope y averiguó dónde solía comprar el hombre las botellas de mayor calidad. De contrabando, por supuesto, porque se fabrican en Francia. Con el debido respeto, lady Selina, excelencia.
–Sé lo que es el contrabando –se quejó la aludida.
–Claro. Eh... Por supuesto. La cuestión es que ese coñac en concreto ya no estaba a la venta. Así que Kent contrató a una banda de salteadores de caminos...
–Calumnias puras y duras –lo interrumpió Peter–. Eran miembros respetables sin ningún tipo de tacha en su peculiar gremio...
–Una banda de salteadores de caminos –repitió, pasando por alto la objeción–. Los contrató para robarle el coñac a los contrabandistas. Y lo consiguieron. Se hicieron con los dieciocho barriles.
Nicholas estaba a punto de decir algo, pero, en su lugar, se introdujo una galleta glaseada en la boca.
–No sé en qué estaban pensando. ¡Dieciocho barriles! Yo quería que cogieran solo una botella.
–Pero el verdadero problema –prosiguió Tagore– es que a esos contrabandistas los había contratado lord Eldon en persona. Porque él también está obsesionado con el coñac. Y esos dieciocho barriles eran la última producción de una antigua destilería que fue destruida por los ejércitos de Napoleón.
–Eran carísimos –afirmó Peter con aire sombrío–. Miles de libras.
–Y Kent los robó todos. Luego, como no quería guardar dieciocho barriles de coñac obtenido por medios ilegales en su casa, los hizo trasvasar y repartió las botellas sobrantes por todas las tabernas y mesones del condado de Sussex.
–Así que ahora –retomó Peter–, Eldon está comprando una botella tras otra en todas las tabernas. Pero la noticia del coñac ya ha corrido y los taberneros le están cobrando veinte veces su valor. Veinte mil libras. Seguramente no querrá gastarse veinte mil libras en brandy francés.
–¡Santo cielo! –exclamó Daphne–. Dudo que pudiera usted haber ideado un plan más calculado para caerle mal a Eldon, incluso a propósito.
–Créame –insistió Peter–. No me esforcé mucho.
–¿A su abuelo le gustaba el coñac? –inquirió Selina.
Peter sintió un nudo en el pecho. Dios, vaya pregunta. ¿Había conocido alguna vez a una mujer tan inteligente y a la vez tan dulce?
–Sí –respondió–. Le gustaba mucho.
Nicholas parecía debatirse entre echarse a reír o arrancarse la corbata del disgusto.
–Stanhope, no lo ha puesto precisamente fácil.
–Lo sé –dijo Peter–. Lo sé.
No pudo evitar ponerse en pie, aunque sabía que no era lo más correcto. Pero necesitaba moverse. Hacer algo. ¡Maldita su suerte! No aceptaría que su propia imprudencia le hiciese perder la oportunidad de obtener la custodia de sus hermanos. No podía aceptarlo. Estaba resuelto a cuidarlos y protegerlos, costara lo que costara. Aun cuando eso significara convertirse en otro hombre.
Se acercó a la ventana y apoyó un dedo en el cristal para luego borrar la huella con la manga de su levita.
En Nueva Orleans no había podido proteger a su hermano Morgan, y este había muerto. Pero ahora era un hombre hecho y derecho. Un miembro de la aristocracia. ¡Un par del reino! No permitiría que su padre hiciera daño a esos niños, ni por descuido ni por crueldad. Ni siquiera desde la tumba.
–Excelencia –dijo Tagore–, ¿tiene algún tipo de influencia en el círculo de lord Eldon?
–No tanta como desearía –repuso Nicholas–. Ejerceré toda la presión que pueda, eso por supuesto. Pero Eldon no se encuentra ahora mismo en la Cámara de los Lores. Aunque sé por una fuente fidedigna que estaría dispuesto a estarlo cuando abandone el Tribunal de Cancillería. Detesto decirlo, Stanhope, pero no estoy seguro de cuánto podré ayudarle.
Cuando habló, Selina sonó algo abstraída:
–¿Qué más sabes acerca de Eldon?
Peter se apartó de la ventana para mirarla. Selina tenía los ojos entrecerrados y los labios apretados; la vista fija en un punto lejano. Su hermano jugueteaba de forma distraída con los puños de su camisa.
–Es un tory. Apoyó a Pitt como primer ministro. Ha mostrado una resistencia obstinada a toda sugerencia de reformar el tribunal, pese al cúmulo de causas pendientes y a la escandalosa ineficiencia burocrática del sistema.
–No hablo de política –interrumpió Selina–. ¿Qué sabes de él? ¿Cómo se llama?
–¿Lord Eldon? John, creo –respondió Nicholas–. John Scott.
–Es de Newcastle –añadió Tagore–. Se le nota el acento norteño cuando habla.
–¿Qué tipo de asuntos le interesan? –preguntó Selina.
–Inglaterra –dijo Nicholas–. Y nuestro refinado carácter nacional.
Peter hizo una mueca.
–Y el coñac, por lo visto –agregó Daphne.
–Quizá puede obsequiarle con una botella de coñac, lord Stanhope –sugirió Selina–. O tal vez no. Tal vez debería evitar recordarle sus problemas del pasado.
–Dicen que era un rufián en la escuela –comentó Nicholas, pensativo–. Un demonio de las travesuras y las novatadas.
–¿De veras? –inquirió el abogado, mostrando de pronto un vivo interés.
–Y también está lo de su esposa –susurró Nicholas.
Cuatro miradas se clavaron en Rowland con expectación.
–Eldon la raptó. Todos lo saben.
Selina alzó las cejas. Estas por poco rozaron el nacimiento de su cabello.
–¿La raptó?
–Bueno –murmuró Nicholas–, quizá «raptar» no sea la palabra adecuada. Eldon estudiaba Derecho en Oxford y estaba en la casa de su familia durante las vacaciones cuando se enamoró perdidamente de la hija de un vecino. Ambas familias se opusieron al enlace: los padres de él querían que se centrara en los estudios, y los de la muchacha consideraban indigno emparentarla con el hijo de un estibador de carbón. Ninguno cedió, de modo que Eldon la sacó de su casa por una ventana en plena noche, se la llevó a Escocia y la desposó al día siguiente.
–Eso es... muy interesante –dijo Selina.
–¿Pensáis apelar a lady Eldon? –preguntó Daphne–. ¿Vive en Londres con el canciller, Nicholas?
–Sí, creo que sí. Y, por lo que sé, sienten una gran devoción el uno por el otro.
Daphne se llevó un dedo manchado de tinta a la barbilla.
–¿Y si los invitamos a cenar? ¿Sería demasiado evidente?
–En absoluto –repuso Nicholas–. Estaré encantado de organizarlo si así lo desea, Stanhope.
–Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa que pueda ser de ayuda. –Asintió Peter.
–Me gusta esa idea. Me complacería mucho hablar con lady Eldon. Pero me pregunto... –Selina dejó la frase a medias, mientras sus dedos empujaban distraídamente la taza sobre el platillo–. Me pregunto...
Alzó de nuevo los ojos y los fijó en Peter. Su mirada fue casi como un tirón, atrayéndolo desde el otro extremo de la estancia, y dio medio paso hacia ella antes de poder contenerse.
–Venga de nuevo mañana –dijo ella–. Quiero hablar primero con Lydia Hope-Wallace. Y luego con usted.
Tenía algo en mente. Peter estaba seguro de ello, no solo por sus palabras, sino también por la lejanía concentrada de su mirada y la firmeza resuelta de su mandíbula. Tenía una idea, y él la conocía lo bastante como para intuir que era una de las buenas.
De pronto sintió una oleada de calor que reconoció como alivio, porque... porque, por primera vez desde que supo de la muerte de la madre de Lu y Freddie, creyó que los niños estarían a salvo.
Aunque, pensándolo bien, había algo en la tozuda inclinación de su cabeza que le recordaba de una forma un poco inquietante a Lu.
–No estarás sugiriendo que debería raptar a los niños, ¿verdad? –preguntó–. Quiero decir, lo haría. Pero no sé si sobreviviría a la experiencia ahora que Lu tiene una espada.
–Eh... –susurró Selina–. No. No creo que deba raptar a los niños. Yo... No. De ninguna de las maneras.
Y aquello le supuso cierto alivio, aunque, en el fondo, ya había empezado a urdir planes acerca de cómo podría sacarlos a través de una ventana en plena noche. Gatitos diminutos armados con lanzas aún más diminutas, quizá. O unos éclairs con forma de espada.
El abogado negó con la cabeza.
–Voy a fingir que no he oído eso, Stanhope.
–No he dicho nada –afirmó el aludido, abandonando el sitio junto a la ventana para pasearse de nuevo hasta su taza de té–. ¿Una galleta?
–Tal vez una para el camino –respondió Tagore, y poco después se despidieron de los Ravenscroft.
Peter se sorprendió silbando otra vez e intentó sofocar la súbita emoción que había brotado en su interior en la casa de Rowland: una mezcla de alivio, una esperanza cautelosa... y unos ojos de un ámbar fulgurante.
[...] La semana pasada recibí una carta de Selina en la que se mencionaba también a Stanhope. Casi temo preguntar, pero ¿de quién es este nuevo proyecto? ¿Tuyo o de Selina?
De Will Ravenscroft para su hermano Nicholas, carta enviada desde Bruselas.
A la mañana siguiente de la fascinante conversación con el duque de Stanhope en Rowland House, Selina se hallaba de nuevo en el salón. En esta ocasión, estaba en medias, con las piernas dobladas sobre el diván color crema, mordiéndose el labio inferior mientras aguardaba la llegada de su mejor amiga, Lydia Hope-Wallace. El día anterior había pasado por la residencia de los Hope-Wallace, a apenas media manzana de su casa, pero Lydia había salido con su madre, sin duda alguna a visitar a alguna modista o sombrerera que la estaría torturando en aquellos precisos momentos.
Selina jamás comprendería por qué la señora Hope-Wallace no podía dejar en paz a Lydia. Eran más ricos que Creso. Al igual que Selina, Lydia no tenía en absoluto la necesidad de contraer matrimonio, y someterla a la tortura de exhibirla en cada compromiso social al que las invitaban no había producido, hasta el momento, resultados que satisficieran ni a Lydia ni a su madre.
Lydia era, con mucha diferencia, la mujer más inteligente que Selina había conocido jamás, con un conocimiento enciclopédico de la política parlamentaria y un talento para el cotilleo que rivalizaba con el de cualquier dama viuda de alta alcurnia.
Sin embargo, en los bailes y cenas (en cualquier ocasión en que se esperaba de ella que entablara conversación con grupos grandes de gente) Lydia se hallaba demasiado atenazada por el terror para articular palabra.
El mercado matrimonial no había sido en modo alguno grato para Lydia. La temporada de 1815 era ya la cuarta para ella (tenía, como Selina, veintitrés años), y su madre, en lugar de resignarse a la falta de popularidad de su hija, parecía empeñada en redoblar sus esfuerzos. Lydia poseía más vestidos y sombreros que un miembro de la familia real. «Como si ponerme una pluma de pavo real en la cabeza –le había dicho con sequedad a Selina, en voz baja, durante una cena reciente– pudiera distraer a un caballero de mi incapacidad para desencajar la mandíbula en su presencia».
Selina había dejado una tarjeta para Lydia en la residencia de los Hope-Wallace, y su amiga le había despachado una nota en respuesta anunciando que acudiría aquella misma mañana. Así pues, Selina la esperaba en el salón, devorando un bolloy dando golpecitos sobre una hoja con una pluma.
Cuando el mayordomo anunció por fin la llegada de Lydia, Selina había desmigajado el panecilloy había dibujado ya decenas de minúsculos puntos negros sobre el papel.
