Un gramo de esperanza - Irving Arreguin - E-Book

Un gramo de esperanza E-Book

Irving Arreguin

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Beschreibung

Escocia, Glasgow, siglo XXI. Bonnibelle arriesga su vida. Lo único que tiene frente a sus ojos es una escena del crimen, todo apunta a que su esposo es culpable de un acto atroz e inhumano. Intentará encontrar la verdad confiando en sus sentidos, pasará de ser una enfermera con una vida cotidiana a convertirse en una mujer con riesgo de perderlo todo: su familia, su trabajo y su propia cordura. ¿Encontrar la verdad le dará descanso? Nunca pensó que confiar en el hombre que amaba le costaría tanto. Un gramo de esperanza es una historia desgarradora y desesperante para el lector que se involucrará con los sentimientos de una mujer que no eligió su suerte, ni es capaz de controlar su destino. Serás testigo de las transformaciones tan radicales que una persona puede tener si se le lleva al límite de sus capacidades y las múltiples máscaras que los personajes ofrecen con tal de llevar sus planes hasta ultimarlos.

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Seitenzahl: 387

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Irving Arreguin

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-167-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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Dedicatoria

A Daniela Salazar, siempre será el apoyo que necesite para seguir haciendo lo que más me motiva: escribir. Te amo.

A mi esposa, a mis hijos y a Dina Maciel, psicoterapeuta que me ha ayudado con mis investigaciones y a sanar personalmente mis problemas con la ansiedad.

Capítulo 1 La fiesta

Los amigos se quedaron bebiendo y charlando hasta la madrugada. Cuando el sol salió y Bonnibelle bajó a limpiar el desorden de la fiesta, vio a René tirado sobre la mesa, totalmente desalineado. No era la pinta de un borracho, parecía más la de un boxeador derrotado. Debajo de su silla había un charco de sangre obscuro y metálico, también estaba el zapato de Gavin sobre la mancha rojiza.

Bonnibelle intentó despertar a su esposo, pensando que tal vez no estaría vivo; por fortuna, lo escuchó roncar. Pudo observar que los puños de René estaban hinchados y morados, como si hubiera golpeado la pared desesperadamente. Sobre sus piernas, dobladas sobre la silla, estaba su chamarra. Bonnibelle la quitó y vio la desnudez de su esposo.

—¡René! —gritó con desesperación y un poco de asco. Se mostró preocupada porque las gemelas podrían bajar en cualquier momento.

Estaba totalmente dormido, sus manos se abrieron sobre la mesa y observó que había cabellos entre sus dedos, como si hubiera deshecho alguna fibra, el color de esos hilos capilares no coincidían con los de su esposo.

Bonnibelle sacó su teléfono y marcó desesperadamente a Bowie, con quien había tomado toda la madrugada, pero no tuvo suerte al encontrarlo. Escuchó que las niñas se habían despertado, bajaron las escaleras directo a la cocina para prepararse cereal con leche y sentarse largas horas a ver la televisión; sin embargo, fueron detenidas por un grito agudo de su madre.

—¡Primero arreglen su cuarto! ¡Estoy cansada de ser su mucama! —Se sintió ridícula al inventar tal excusa, pero no había forma de que vieran a su padre en calidad de borracho.

Las gemelas se vieron entre ellas y torcieron sus ojos, regresaron a rastras hasta su cuarto.

Bonnibelle intentó una vez más despertar a René, pero el sonido de la puerta llamó su atención haciendo que saltara hacia atrás.

—¿Sí? —dijo Bonnibelle, pensando en despachar a los vendedores que solían rondar muy temprano en el barrio.

—Es la policía, abra, tenemos una orden.

La enfermera quedó paralizada al escucharlos, volvió la mirada hacia su esposo desnudo, dormido, con sangre y con signos de pelea, y no encontró ninguna respuesta. Su cabeza se movió rápido y pensó en limpiar todo, mandar a René a su cuarto y atender a los policías que seguro estaban confundidos, pero su cuerpo se quedó inmóvil, como un girasol que toma el sol a medio día.

Las gemelas cerraron la puerta del salón y fue muy evidente el sonido que avisaba que estaban bajando.

La policía volvió a repiquetear sobre la puerta de madera.

—No volveremos a tocar, si se niega a abrir, entraremos a la fuerza.

Bonnibelle reaccionó, se asomó por un resquicio de la ventana y pudo ver al menos a cinco patrullas y a más de diez uniformados esperando para entrar. Los vecinos estaban aún en batas por la hora temprana del día, tratando de averiguar entre ellos por qué la policía estaba presente en la casa de una familia tan respetada.

—Chismosos —chistó mientras se escondía de nuevo en sus problemas.

El hogar de Bonnibelle se volvió una cámara sin salida, la respiración de la enfermera fue trayendo signos de ansiedad, sus palmas estaban transpirando por las dudas que le embargaban en ese momento. Recordó que ese sentir sólo lo había vivido en el trabajo, cuando sus pacientes convalecían y no había algún doctor cerca que le ayudara.

—Última advertencia —dijo el policía ahora con un tono tan amenazador que le ocasionó unas tremendas ganas de orinarse encima.

—¿Mamá? —Francia, la más grande de las gemelas por segundos en el alumbramiento, estaba apoyada sobre el barandal de las escaleras, viendo lo que parecía una escena del crimen.

Bonnibelle observó a sus hijas que tenían su cabello rojizo y chino arremolinado y descuidado como todas las mañanas. Las gemelas miraron el charco de sangre y a su padre desnudo sobre él, con la boca llena de preguntas, sobre todo al observar a su madre que parecía un convaleciente a punto de dar su último respiro.

—¿Qué le pasó a mi papá? —dijo Andrea, la gemela más callada, sabia y reservada, la que desde el nacimiento tuvo más acercamiento con su padre.

Pero Bonnibelle no encontró las palabras correctas. No tenía idea de qué decir a sus hijas ni qué hacer con la policía.

—Están tocando mamá —dijo Francia mientras abría la puerta.

Una bocanada de aire fresco y matutino entró a la casa y refrescó todo el ambiente que apestaba alcohol y sangre. Bonnibelle se quedó de espaldas a la calle, observando a su marido y a Andrea, que tenía sus manos sobre la boca, tratando de consolarse por la imagen de su padre.

—Buscamos a René Petit, ¿está en casa? —El oficial Edwin se mantuvo al límite de entrar, como si una pared de cristal le impidiera el paso, pero se permitió echar un vistazo a través del cuerpo inerte de Bonnibelle.

—¿Mamá? —Francia tocó el hombro tratando de hacerla reaccionar. Como si le hubieran tocado el botón de encendido, la enfermera se hizo a un lado.

Los policías entraron de inmediato.

Un grupo de policías apartaron a Bonnibelle y Francia de la entrada y después Edwin apuntó su pistola hacia René, que seguía inconsciente por el alcohol.

—¿Qué les pasa? —pregonó Francia que trataba de zafarse de los fuertes brazos de los policías—. ¡Dejen de apuntar a mi padre, no tienen derecho, malditos! ¡Madre, haz algo, diles que es mi papá!

Pero Bonnibelle estaba sentada en la codera del reclinable que solía usar René después de un día largo del trabajo mientras leía cualquier libro que estuviera en la mesa de las llaves.

Andrea empezó a llorar con gimoteos que podían escucharse hacia afuera de la casa.

—¡No lo toques! —gritó Francia cuando vio a un agente acercarse a su padre.

—Está ebrio —dijo el uniformado dirigiéndose a Edwin.

—Despiértalo —ordenó el comandante.

El policía empezó a zangolotearlo en medio de los gritos acalorados de Francia y los gemidos melancólicos de Andrea.

René despertó como si estuviera ahogándose en el mar. Su alteración hizo que Edwin y otro policía le pusieran el rostro sobre la mesa. Intentó con desesperación sacudirse a los oficiales que tenía sobre su espalda, pero fue en vano. Todavía estaba tratando de tragar aire. Las bocanadas de aire le llenaban los pulmones, pero su intento por escapar fue inútil.

—No se resista, señor.

René alzó la vista y pudo ver que su casa estaba destruida, Francia discutía con los policías, Andrea lloraba, hasta que, en un instante, se encontró con la mirada de su esposa. Estaba tan sutilmente extraviada, con dudas en todo su esplendor. René quiso saber qué pasaba, pero la expresión en el rostro de su esposa le hizo sentir culpable.

—René Petit, queda arrestado por el delito de abuso sexual y violación agravada, tiene derecho…

Bonnibelle recibió la puñalada que le faltaba, el punto final de la historia, la última gota que derramó el vaso con agua; no podía creer lo que estaba escuchando, los derechos fueron pronunciados, pero todo pasó en cámara lenta, como si sus oídos se hubieran atrofiado por un fuerte golpe. Miró cómo los uniformados se llevaban a su esposo desnudo y esposado fuera de casa.

Andrea corrió por las escaleras hasta su cuarto y pudo ver a Francia gritar desde la entrada de la casa, como un energúmeno, como un loco en un manicomio pidiendo clemencia.

La enfermera tomó su abrigo y lo puso sobre su bata, tomó las llaves del auto y cerró la puerta en las narices de su hija. No pensaba lo que hacía, su cuerpo empezó a reaccionar en automático, lo único que sabía es que haría hasta lo imposible por demostrar la inocencia de su esposo.

—No le abran a nadie, no hablen con nadie, quédense en casa. —Bonnibelle les advirtió antes de partir.

—Pero mamá, déjame ir contigo. ¿A dónde vas? ¿Por qué se llevaron a mi papá?

Bonnie arrancó el auto y salió directa hacia la casa de Gavin Bowie.

Al llegar pudo ver que la conmoción de su casa no era la misma que la de Gavin. El vecindario estaba tranquilo como lo estaba su vida antes de esa mañana. En el camino defendió a su esposo de toda acusación que su mente le causaba por las palabras del comandante Edwin, pero mientras más se acercaba a la casa de Gavin, más pensaba que tal vez las acusaciones eran ciertas, que tal vez se había cansado de ser esposo y padre, y se había salido a divertir con Gavin y otras mujeres y ahora lo estaban culpando, pero todo pensamiento negativo era callado por muchas voces internas que le decían que era imposible que René obligara a una mujer a tener sexo con él. Lo conocía desde años, incluso sabía que de tener sexo con otras mujeres lo habría hecho hace mucho tiempo; siendo psicólogo —y un muy buen psicólogo— se enteró de muchas pacientes inmorales por tenerlo desnudo sobre el diván. Bonnie sabía lo atractivo que era aquel francés, y lo era aún más con aquel poder de sanar mentes.

Bonnibelle estacionó su auto en la cera de la casa de Gavin. La misma era de madera tanto en su interior como el exterior, estaba adornada por hamamelis, típicas flores escocesas amarillentas y rojizas en primavera, estas habían sido plantadas por la señora Bowie cuando tuvo vida, ahora la casa le pertenecía al mejor amigo de René, quien también era un afamado psicólogo, pero no tanto ni con el mismo prestigio como el que tenía su esposo.

La acera estaba adornada con adoquines grises y cafés y formaban un curioso camino que obligaba a la gente a caminar sobre ellos para no pisar el césped verde y siempre cuidado. Bowie no era un fanático de la naturaleza, pero sin duda era un obsesionado con el orden; su imagen, su casa, su ropa, su piel, todo era cuidado con suma meticulosidad.

Bonnibelle sintió que se desmayaba cuando descendió del vehículo. Se recargó sobre el toldo y tomó una bocanada de aire, inhaló lo suficiente para no respirar ni una sola vez hasta que llegó a los escalones de la casa de su amigo.

La puerta estaba abierta, pero decidió tocar. Nadie abrió. Pensó que posiblemente la policía pudo a ver llegado primero a la casa de Gavin. Quiso entrar, pero un vecino se acercó con rapidez.

—Yo no lo haría —dijo él.

—Gavin es mi cuñado. —Pudo haber mentido Bonnibelle sobre el parentesco, pero el trato siempre fue así, como si fuera la esposa de su hermano. Realmente no supo por qué mintió, no había nada de malo en su visita, era el mejor amigo de la familia; sin embargo, la primicia de su visita era un grito acalorado de que algo andaba mal y de su boca sólo salieron mentiras.

—Gavin no querrá ver a nadie que se relacione con su familia, señora —dijo el jocoso vecino que al mismo tiempo jaló el picaporte de la puerta y le echó llave—. El señor Bowie me dijo que vendría, pero que no la dejara entrar.

—¿Dónde está Gavin? —preguntó Bonnibelle enfadada, pues cualquier relación con el entrometido vecino no sería tan fuerte como para que tomara esas actitudes.

—Dónde más, está con la policía. —Concluyó enojado el joven que no tenía más de veinte años; su acné en el rostro lo delataba a pesar de tener una actitud muy propia de un adulto maduro.

La enfermera pasó rauda hacia su auto, empujando al vecino que tropezó sobre las hamamelis. Llegó de inmediato a la comandancia que ya recibía los fuertes rayos del sol del mediodía. La Estación de Policía de Glasgow mostraba una arquitectura sobria y cuasi castillo, como todo a su alrededor, exceptuando el parque Seven Lochs Wetland que mantenía sus puertas cerradas por mantenimiento.

La determinación de Bonnibelle se vio privada al ver los uniformes amarillos y azules de la policía y el estridente ruido del metro, las chirriantes vías metálicas y engrasadas hacían que la enfermera de encorvara cuando el tren frenaba, chasqueaba sus dientes ante el sórdido eco. Cerró su gabardina y subió las escaleras de piedra que estaban protegidas por una decena de policías apoyados en los barrotes metálicos. Con cada paso que daba sentía que las miradas de los presentes se clavaban en su sien, se sintió avergonzada, pero también colérica, pues en su mente aún habitaba el firme deseo de gritarle al mundo entero que se equivocaba al enjuiciar a tan respetado psicólogo, padre y esposo de un delito tan vulgar y sin escrúpulos.

El ambiente dentro de la estación era sofocante, lo que normalmente debería pasar como un lugar que traiga tranquilidad, para Bonnibelle era un nosocomio.

El suelo pulcro y brillante despampanaba su visión, había decenas de puertas que la desorientaron, sólo podía leer los letreros pegados en los pasillos. Hasta que se detuvo frente a la ventanilla de informes.

—Disculpe —pronunció Bonnibelle a un cristal obscuro donde pudo observar su desalineado rostro, amarillento, pálido y desencajado—. Estoy buscando a mi esposo.

—¿Cuál es su nombre? —Del otro lado del cristal, Bonnibelle pudo imaginarse a una policía obesa, de esas que prefirieron el trabajo de oficina por desistir del entrenamiento en campo, o tal vez alguna lesión en la rodilla le hizo pasar su futuro postrada a una silla giratoria.

Bonnie estaba por contestar, cuando vio el reflejo de Gavin sentado en la sala que tenía justo detrás.

La enfermera giró su mirada y pudo verlo, sentado con una frazada de la policía y un café que burbujeaba de lo caliente que estaba.

—¡Gavin! —gritó Bonnibelle y medio pasillo viró hacia ella.

—Bonnibelle —contestó el amigo con un tono mesurado, avergonzado y hasta cierto punto denotaba que quería pasar desapercibido, sin duda su rictus no era amistoso ni mucho menos.

—¿Dónde está mi esposo?

—Donde debe estar —dijo Gavin con los ojos rojos al borde del llanto. Ella se adentró a la sala sin realmente poner atención a su respuesta: «Donde debe de estar».

—¿Qué pasó? ¿Por qué se lo llevaron? Lo están acusando de violación. ¡Es increíble! —Bonnibelle había articulado una frase, preguntas y más de dos palabras por primera vez en el día, después de la aparición de la policía en su casa, el ver el rostro de la última persona que vio a su esposo antes de ser acusado y que, posiblemente, le tendría una respuesta, le supo a alivio.

—Lo siento, Bonnie, tal vez soy el menos indicado de responder tus preguntas, yo sólo…

—¿Qué te pasa, Gavin? ¿Por qué no estás preocupado? ¿Por qué dices que René está donde se merece? Tú no eres así —interrumpió.

Gavin dio media vuelta y dejó ver la otra mitad de su rostro, su ojo estaba cerrado y morado como pasa recién sacada de un envoltorio. Tenía múltiples moretones en el rostro y la enfermera logró ver que le faltaban mechones de cabello sobre su cabeza. De inmediato hubo conexiones en sus recuerdos, el cabello que vio en las manos de su esposo por la mañana encajaba con lo que sus ojos veían ahora, sintió un calambre en el pecho.

—¿Qué pasó ayer, Gavin? Dime la verdad.

Bowie regresó a su posición inicial, no quería que nadie viera su rostro magullado, las lágrimas afloraban sobre sus ojos, pero él las contuvo con un suspiro y, queriendo poner fin a la plática, se puso de pie, aunque el dolor en su cuerpo lo obligó a recargarse sobre la mesa de madera, que era lo único que había en la sala, además de dos ventanas que prohibían la luz del sol.

—Lo siento, Bonnibelle, estoy cansado, he repetido la historia más de las veces que puedo recordar. Pobres mujeres, pobres víctimas. Pasar por todo esto, después del… —Gavin hizo una pausa considerable. Bonnibelle lo observaba con un rostro que contenía una mezcla de lástima, pena y escepticismo—. Del acto tan deplorable que vivimos —continuó Gavin, tratando de tragar saliva en su última frase.

—Conozco a René, él no —Bonnibelle intentó consolarse, antes que a su amigo.

—¡Yo también pensaba conocerlo! ¡Yo más que nadie! —Gavin explotó en cólera, pero su cuerpo estaba muy lastimado incluso para alzar la voz, así que regresó de inmediato a la silla, poniendo su mano sobre sus costillas—. Yo no quería esto, Bonnibelle, yo no lo creía capaz. Perdón, pero estoy cansado, no quiero hablar. —Los dos quedaron en un absoluto silencio que causaba que los vellos ser erizaran—. Después de declarar, los policías me tomaron muchas fotos, no me malinterpretes, me trataron bien, pero quisieron cada detalle de lo que pasó. Temo haber olvidado decir algo. Después me pasaron con el médico, bueno, realmente fue una doctora. Vi su rostro, Bonnibelle, estaba sorprendida, me dijo sin pronunciar ni una sola palabra que esto era inusual. Creo que en toda su carrera nunca había atendido a un heterosexual violado, no me sentí cómodo, mucho menos con la revisión. Bonnibelle, si todos supieran por lo que pasa una mujer cuando es violada y declara, pasarían muchas cosas. O no habría denuncias por el miedo a que la intimidad sea violada de nuevo, o habría más policías y doctores que futbolistas o artistas.

Bonnibelle tocó el hombro de Gavin, este de inmediato saltó espantado sobre su silla y después recuperó el aliento, colocó su mano sobre la ella.

—No sé qué decirte, Gavin, estás hablando con la esposa de tu amigo, yo… —Se tragó sus palabras, quería seguir defendiendo a René, pero el estado emocional de su amigo no le permitió decir más. Estaba tan sorprendida como Bowie, no cabía en su mente la posibilidad de que su esposo hubiera lastimado de tal manera a quien quiso como un hermano—. No pido que me entiendas, pero necesito saber qué pasó, te lo imploro.

Gavin observó a Bonnibelle por un par de minutos, notaba la desesperación de una inocente esposa que también tendría que lidiar con los actos de un hombre que destrozó la vida de varias personas, no sólo la de él.

—Cuando todos se acostaron —comenzó el relato con bastante pesadez en sus palabras, su mirada se dirigía a su taza de café que enfriaba a cada segundo que pasaba—, fuimos por más alcohol, se había acabado, pero teníamos ganas de escuchar un poco de música, ya sabes, por los viejos tiempos, entonces nos encaminamos hacia el bar Neeson’s. —Era el lugar donde ambos habían estrenado su mayoría de edad y se había vuelto rutina convivir hasta altas horas de la madrugada, el lugar perfecto de René para ligar con mujeres, hasta que se casó y pusieron puntos suspensivos a sus visitas—. Pedimos cervezas en la barra, aún estábamos conscientes de lo que bebíamos, pero René estaba muy diferente. —Gavin no pudo evitar soltar las primeras lágrimas en su relato—. De haberme dado cuenta no hubiera seguido tomando ni lo hubiera llevado con mi dealer.

—¿Se drogaron? —preguntó Bonnibelle. Ella y René habían acordado, como todas las parejas que se unen en amor y hacen promesas que seguro fallarán, como el tender la cama cuando se despertara el último o no hablar mal de la suegra, que él no consumiría ninguna droga, era algo que Bonnibelle no soportaba oler ni escuchar que pasara en su círculo más íntimo, en su trabajo de enfermera veía muchos casos deplorables.

—Sólo deja que continúe —dijo Gavin aún con la cabeza agachada.

Bonnibelle se sentó sobre la mesa, tratando de ver el rostro de su amigo mientras relataba lo que pasó en el bar.

—René estaba raro, me tocaba la pierna, no como amigo, más bien como un ebrio que trata de propasarse con alguna mujer. Yo lo tomé normal al principio, porque es mi amigo, carajo, ¿Quién iba a creer que algo pasaría? —Gavin sorbió su café frío, haciendo un ruido nada cómodo—. Estuvo acariciando mi pierna, mi entrepierna, y aprovechaba el ruido del bar para acercarse a mí, alegando que no lo escuchaba. Cada vez que se acercaba su mano la hundía más hacia mi pene. —Bowie sollozaba a cada palabra que escupía con dificultad—. Susurraba y respiraba muy cerca de mi oreja. Hasta el barman, Duncan, ¿lo recuerdas? —Bonnibelle asintió, tratando de no interrumpir el relato—. Bueno, pues Duncan intentó parar el acoso evidente de René con preguntas sobre el trabajo. Todo era muy obvio, Bonnibelle, pero te juro que no sabía lo que pasaría en tu casa. —La enfermera no podía creer todo lo que estaba escuchando, imaginó a su esposo, al padre de sus hijas, borracho y drogado, intentando forzar a su mejor amigo de la infancia a tener sexo en su propia casa, sabiendo que su mujer dormía en el piso contiguo, el estómago se le revolvió y el calor corporal empañó sus lentes de aumento. Algo dentro de ella le parecía extraño, quería salir corriendo.

—Estuvimos una hora, más o menos, la mayor parte del tiempo René estuvo jugando con mi cabeza y mi embriaguez. Yo sentí que se enojó cuando me paré al baño y cerré con seguro para que no entrara, lo hice por miedo, yo lo vi seguirme en cuanto me puse de pie. En cuanto salí, él estaba recargado sobre el marco, prohibiéndome el paso.

—Ni que tuvieras algo diferente a mí —dijo René.

—No, pero sí más grande —bromeó Gavin. Su amigo ebrio sonrió y agarró su pene aprisionado contra su pantalón.

—Muéstrame.

Gavin se movió rápido contra la puerta del baño y esta se abrió, llevándolo hacia el suelo.

René se colocó encima de su amigo, y se rio de verlo caer. Gavin observó con detenimiento su mirada, era lasciva y burlona. La sensación de miedo y una enorme extrañeza de sentirse traicionado por alguien en quien confiaba demasiado, que quería como su familia, le hizo vomitarse encima.

René le ofreció su mano y sonrió como siempre, hizo pensar a Gavin que todo era un malentendido y él suspiró aliviado, aunque su rostro denotaba una preocupación inherente por el mal trago que estaba pasando.

—Vamos, Gavin —dijo René, abrazándolo por el hombro, atrayéndolo hacia él, como cualquier amigo haciendo una demostración de machos— llévame con tu dealer.

—Claro —dijo Gavin con el nerviosismo vehemente.

Los amigos salieron del bar casi tropezándose por el alcohol que habían consumido, el aire frío escoces no ayudó a su condición, pues cuando llegaron con el vendedor de drogas, René tuvo que quedarse en la esquina para vomitar. Hasta ese momento, Gavin estaba tratando de olvidar los sucesos del bar e intentaba convencerse de que todo había sido un malentendido por los tragos.

—¡René! —gritó Bowie—, ¿qué tan idiota te quieres poner?

Del otro lado de la acera René seguía combatiendo contra su embriaguez y sólo levantó la mano, lo único que quería era ir a casa.

—Sólo compré marihuana, Bonnibelle. —La enfermera escuchaba perpleja la historia de Gavin, sin saber qué era verdad y qué se suponía que podría ser, en extremo, casualidad.

Los hombres caminaban y cantaban sobre la avenida Blair Beth 64, cerca de la primaria Saint Mark’s, lugar donde estudiaron cuando pequeños.

—Llegamos a la casa, Bonnibelle, eran las cuatro de la madrugada, más o menos. —La historia de Gavin estaba cerca de llegar al clímax. La enfermera quería irse y no escuchar la barbarie, no sabía si estaba lista, pero segura estaba de que el rompecabezas tenía que ser armado, muy por encima de los horrores que iba a escuchar. Rechinaron sus dientes y apretó la mandíbula. Los dedos de sus pies se contrajeron, al igual que su corazón.

—Fumamos en tu jardín, en la casa del árbol de las gemelas, yo me puse mal, sentía que iba a vomitar, recuerdo que le dije que ya no quería ni tomar, que me quería dormir. Él no dijo nada, Bonnibelle, él sólo me observaba como lo hizo en el bar. Recuerdo que cerré los ojos, todo me daba vueltas, me acosté sobre la alfombra y me quedé dormido, no sé cuánto tiempo fue, pero cuando desperté René me estaba besando y arremolinaba mi cabello con sus dedos.

Bonnie sintió que una cavidad se abría en su estómago, hizo una arcada, pero contuvo el vómito. Empezó a sudar y tuvo que recargarse en el cuerpo de Gavin, que trató de calmarla.

—No es necesario seguir, Bonnibelle, puedo entender lo que sientes.

—No puedo creer lo que me dices, Gavin, me niego a creerlo.

—¿No lo crees o no lo quieres creer? No tengo ninguna necesidad de estar aquí.

—Destruyendo su amistad —interrumpió Bonnibelle, que de a poco recuperaba la sobriedad.

—Yo no la destruí, Bonnibelle. Por eso no quería hablar contigo. Es mejor que te vayas y esperes a que la policía te diga qué sigue con René, yo también quiero irme. —Gavin intentó levantarse, pero ella lo detuvo.

—Tienes razón, yo pedí esto, perdóname, no era mi intención. —Sus palabras salieron en automático, no creía necesario disculparse y tampoco estaba creyendo la historia que inculpaba a su esposo.

—No estoy enojado contigo, Bonnie, entiendo tu postura.

—Quiero que sigas.

—¿Segura? —La enfermera asintió con la cabeza. Gavin se llevó las manos a la cabeza y rascó con fiereza sus cabellos—. Está bien —dijo tras un largo soplido—. En cuanto desperté y lo vi encima de mí, lo quité, lo empujé lejos. Él me dijo que no me hiciera de rogar, que él sabía de mis gustos. Bonnibelle —interrumpió Gavin su propio relato—, estoy seguro de que fue el alcohol y la fumada que tenía encima. —Ella sólo lo observaba. Sus cejas arqueadas y su mirada únicamente mostraban indignación.

—Sólo continua, por favor.

—Sí. —Gavin tomó aire y prosiguió—. Antes de bajarnos del árbol me dijo que estaba seguro de que yo era homosexual, que yo siempre había querido una aventura con él. Fue en ese momento cuando su actuar cambió por completo, recargó su cabeza sobre mi pecho y empezó a llorar, no me dijo nada y no pregunté, sólo dejé que pasara el mal momento y una vez calmado nos bajamos y entramos a la casa. Mi intención era dejarlo en la sala e irme, pero en cuanto nos sentamos volvió a intentar tocarme y… —Gavin volvió a hacer una pausa para limpiar sus lágrimas. Miró a Bonnibelle que parecía no pestañear—. Esta vez René fue más allá, su fuerza era descomunal, yo todavía no me recuperaba, aún estaba mareado y no pude defenderme. Me quitó la chamarra. Puso sus dedos en mi boca, yo intenté morderlo, pero mis fuerzas estaban fugadas. —Los músculos de Gavin se tensaban a casa segundo que pasaba—. Yo, te juro que intenté quitarlo, pero no podía, él era una bestia. Él sólo siguió con su maldito juego. Me desabotonó el pantalón y empezó a acariciar mi pene, mis testículos. Me aventó al suelo, me golpeé la cabeza. Me arrastré hacia las escaleras, no sé qué es lo que buscaba, tal vez que te despertaras. Fue ahí donde quise gritar, pero él me tapó la boca con su mano, yo estaba sin pantalones, René estaba sobre mí, empecé a patalear, y creo que lo hizo enojar porque empezó a golpear mi rostro, yo no pude defenderme. Azotó mi cara contra el suelo, cerca de la mesa. Yo tenía miedo, sólo podía llorar, mi garganta estaba cerrada, mis gritos eran callados por mis propios nervios. —Gavin hizo una larga pausa, era evidente para ambos que lo que seguía era indescriptible.

—¿Te dijo algo después?

—No —contestó Bowie mientras se llevaba sus manos al rostro—, recuerdo que tomó mi chamarra y se sentó en la mesa, tapó su cuerpo con mi ropa, no me miró, no me dijo nada, sólo se quedó dormido sobre…

—¿La sangre? —preguntó con gran preocupación Bonnibelle.

—Sí —contestó Gavin con la boca completamente seca.

Bonnibelle miró al techo mugriento de la comisaría, tratando de encontrar en la divinidad del cielo una explicación al giro tan repentino que había tomado su vida. Gavin había sido amigo de la familia desde hace años y de toda una vida de su esposo, había escuchado su relato y visto su sufrimiento, pero se trataba de René, aún existían dudas en su mente, a pesar de que las pruebas coincidían y de no encontrar razón alguna para que Gavin pudiera hacerle daño al que quería como su hermano.

—No trates de entenderlo. —Gavin rompió el incómodo silencio que rodeaba la habitación, se puso de pie con mucho trabajo—. En mi situación no he encontrado alivio, Bonnie, es muy temprano para asimilarlo.

—No me toques —dijo Bonnibelle, pero apenas pudo escucharse.

—¿Disculpa? —preguntó Gavin al no entenderla.

—¡Que no me toques!

—Pero, Bonnie. —Gavin retiró su mano del hombro de la enfermera y dio un paso hacia atrás, extrañado por su actitud.

—No creo ni media palabra de esto, Gavin. Conozco a René, algo más pasó y no me lo has dicho, pero te juro por mis hijas que voy a descubrirlo todo.

Bonnibelle dio media vuelta evitando que Gavin pudiera pronunciar una sola palabra. Sólo el aroma de su cabello siempre perfumado quedó en el ambiente, ella desapareció de la sala dejando a Bowie en el abismo de su soledad.

***

Eran amigos desde la infancia, desde que René se mudó a Escocia, lugar donde echó raíces con Bonnibelle.

La madre de René encontró trabajo en un restaurante como mesera, donde conoció a la cajera de aquel lugar, Mindy, la madre de Gavin. Pasear en bicicleta, jugar al tenis, leer cómics juntos en la vieja casa del árbol que el padre de Gavin dejó como única herencia antes de morir de cáncer de pulmón. La amistad de estos niños se endureció como el azúcar caliente que se convierte en caramelo.

Las madres y el destino decidieron que debían acompañarse en todo momento, desde sus seis años, por diferencia de un grado, Gavin y René estuvieron juntos desde la primaria hasta la universidad, compartieron pupitres muchas veces, los maestros apostaban que se ponían de acuerdo para contestar lo mismo, pues hasta para reprobar obtenían las mismas notas, los mismos errores, no había poder humano que separara sus actividades y pensamientos.

En diferentes ocasiones completaban las frases el otro y esto causaba gracia. Ambos tuvieron parejas y, a pesar de lo que dice la gente, jamás ningún amor logró separar su amistad. Siempre estaba Gavin para prestar su hombro a las lágrimas de René, este siendo más mujeriego, más sensible, con el deseo intacto de encontrar el amor en cada labio que besaba. Gavin era más selectivo, inteligente, y no dejaba que los demás vieran sus sentimientos. Tuvo parejas con relaciones muy cortas que se podían contar con los dedos de una sola mano. Caso contrario a René, el hombre de las mil mujeres, que se enamoraba en menos de una semana, con relaciones efímeras.

Conforme fueron creciendo, la amistad se enraizó en ambos hombres. Las peleas entre ellos eran totalmente normales; sin embargo, siempre René era el primero en dejar su ego y pedir perdón, aun cuando él no era el culpable.

Ambos se graduaron de la universidad como psicólogos, sus madres eran las más orgullosas, fue el mejor regalo que pudo ver en vida Mindy, antes de que el cáncer la enterrara, con la misma suerte que a su esposo difunto, bajo tierra.

René conoció el amor, por vigésima vez, tal vez trigésima, pero en esta ocasión llegó para quedarse; Bonnibelle, una enfermera del hospital general. Se enamoraron, logrando lo que muchas mujeres no pudieron: hacer que René respetara una relación. Después de dos años de casados llegaron las gemelas, Andrea y Francia, dos escocesas pelirrojas y menuditas. Gavin, que no fue sorpresa para nadie, fue el padrino de ambas niñas. El tío se convirtió en uno más de la familia, sin compartir apellido ni sangre.

Ambos se dedicaron a trabajar en la clínica que lograron abrir con sus propios medios.

Capítulo 2 La confesión

Bonnibelle trataba de mostrarse sobria, pero sus pies eran como pilares de madera húmedos y tambaleantes. Las manos no le respondían ni para tomarse firmemente de los barandales. La cabeza le daba vueltas cuando sus ojos se movían hilarantes en todas direcciones. El aire en sus pulmones era irrisorio, pero la perseverancia de ver a su esposo la mantuvo de pie, en un trayecto larguísimo para su estado mental.

Las puertas cristalinas del segundo piso, donde se encontraban los detenidos a espera de un juicio, le parecieron tan juiciosas hacia su persona, aun confiando en la inocencia de su esposo y en el entendido de que ella estaba libre de cualquier culpa. Se detuvo por un instante en la entrada, su visión era borrosa, sentía que las paredes se venían abajo con ella de por medio.

—¿Señora Petit? —Una voz familiar dentro de la sala hizo que Bonnibelle virara hacia el sonido—. Señora Petit, por acá. —Al final del pasillo se encontraba Edwin Duff, el comandante que había esposado a su esposo. Bonnibelle reaccionó de inmediato.

—¿Dónde lo tiene? —Con una voz autoritaria y sórdida Bonnie increpó al oficial.

—Está detenido, a la espera de un careo —contestó sin evasiones.

—Necesito hablar con él, estuve con Gavin allá abajo, usted no puede creer lo que dice.

—Señora Petit, usted no puede hablar con el detenido en estos momentos. Y yo no soy ningún juez para creer a nadie más que a la justicia. Tendrá que esperar a mañana para poder verlo, le aconsejo que traiga un abogado, los de oficio que rondan por acá no suelen ser precisamente de ayuda.

—Necesito ver a mi esposo —rogó Bonnibelle.

—Y yo necesito un expreso, hable con quien tenga que hablar, pero le aseguro que no podrá verlo hoy, haga caso, señora, vaya por un abogado, uno bueno, el caso no pinta bien para su esposo. —Al igual que la tranquilidad que le rodeaba a Bonnie un día antes, el comandante Edwin se esfumó entre la gente que esperaba en la sala.

***

Bonnibelle regresó en su auto hacia su casa, pensando que llegaría directa a su cama y cerraría los ojos para dormir, y que al abrirlos René estaría a su lado, como todas las mañanas frías de Escocia, como los últimos catorce años de matrimonio. Que sería la primera en despertar para prepararle el desayuno a las gemelas, y después abriría la regadera para despertar al amor de su vida y ducharse juntos.

Todo a su alrededor le parecía intrínseco, el andar de los perros abandonados, la pareja que caminaba tomada de la mano sobre la avenida Brownside, el mismo clima frígido y aterido que azotaba imperecederamente en los primeros meses del año, le parecía tan vulgar y corriente, como si la cotidianidad de la vida se burlara de su nueva suerte.

—¿Querías un cambio, René? —gritó dentro del auto—. ¿Estabas aburrido de mí? ¿De las niñas? ¡Pero qué mierdas estabas pensando! Al carajo Gavin, tú no hiciste nada. ¿Y si no miente? No seas idiota, Bonnibelle, Gavin miente. —Los pensamientos de la enfermera eran un barullo como solía ser el tránsito de autos en Calderwood a la una de la tarde.

El sol vapuleaba la calle Hillend y los tejados naranjas de los vecinos, que en muchas ocasiones le habían parecido tan monótonos a Bonnibelle, pero con sutil extrañeza su casa estaba envuelta de una sombra, por la única nube que se movía libre en el cielo despejado de Cambulang, el distrito donde vivía. Bonnibelle dibujó una sonrisa jocosa al observar las tinieblas de su casa.

—Igual que mi vida, ¿no? —dijo burlona al observar el cielo.

Apenas introdujo la llave, la vecina de lado, que por años había cuidado de su casa cuando salían de vacaciones, incluso guardaba una copia por cualquier emergencia, que había servido como nana de sus hijas, la señora Effie, se acercó sin vacilación.

—No puedo entender lo que pasó esta mañana, pequeña Bonnie. —El apodo de pequeña siempre le había parecido tan desagradable para su persona—. La policía aquí, tu esposo esposado. Te dije que un día un vecino cansado llamaría a la policía.

—¿Un vecino? —Bonnie pareció interesada en las palabras de la señora Effie—. ¿Usted vio o escuchó algo ayer por la noche?

—¿Algo cómo qué?, pequeña Bonnie.

—No, nada, olvídelo, señora Effie.

—La policía se fue minutos después de que salieses en tu auto, estuve al pendiente de tus hijas, pero Francia no me dejó entrar. Debes saber que a esa niña no le caigo bien, Andrea es muy diferente, pero…

—Lo siento, tengo que estar para mi familia.

Bonnibelle cortó de tajo a su vecina y entró a su casa, las niñas esperaban sentadas en la sala, en un intento de reducir el estrés de sus padres, pensando en que regresarían ambos a casa, habían arreglado todo el desorden de la fiesta.

—¿Dónde está mi padre? —preguntó precipitada Francia.

—Sigue detenido. —Andrea volvió a llorar, después de haberle tomado mucho tiempo cobrar serenidad y salió corriendo a su cuarto.

—Madre. —La mayor esperó a que su hermana cerrara la puerta—. La acusación de la policía es algo grave, es algo que mi padre nunca haría, ¿verdad?

Bonnibelle quería callarla, deseaba que no se hubiera enterado de nada. Que la pesadez en sus hombros fuera solo de ella, pero tenía que dar explicaciones. Vaciló un momento y después intentó acallar sus sentimientos, nunca le gustó que sus hijas la vieran llorar, ni su madre, sólo con René lo hacía.

—Necesito que estés tranquila, Fran. No he podido ver a tu padre, pero mañana estoy segura de que se arreglará todo. —Realmente no eran las palabras que quería decirle a su hija, se había dicho que no le prometería nada que no podría culpar, pero quería ser positiva.

—¿No regresará mi padre hoy? ¿A quién se supone que violó? Mierda, ni si quiera puedo afinar a mi padre con esa palabra.

—¡Francia! El lenguaje.

—Por Dios, madre, ¿eres consciente de lo que pasó aquí? Deja de preocuparte por cómo hablo—. Francia tenía razón, ellas tenían otras cosas de las que preocuparse.

—Mientras vivas conmigo, no importa lo que estemos pasando.

—Así el mundo se esté acabando, no maldecirás en esta casa —terminó la frase Francia, balbuceando y arrastrando las palabras.

—Gracias.

Bonnibelle le entregó una tarjeta de presentación a su hija mayor, en ella estaba el número de Kendrick MacIlleMhaoil, un abogado de la clínica donde trabajaba que le había ofrecido sus servicios anteriormente. Lo había visto defender a mucha gente en el hospital. Bonnie no tenía un recetario que le dijera qué hacer, sólo recordó a Kendrick en cuanto Edwin Duff le aconsejó contratar a un abogado.

—Necesito que lo contactes, dile que eres mi hija, que mañana tiene que estar presente en la comandancia de Cambulang, que le explicaré más tarde por teléfono.

—¿A dónde irás? Tengo algo que enseñarte.

—Será después, te necesito con tu hermana.

—Sus lloriqueos me desesperan —dijo ofuscada la mayor.

***

La enfermera llegó a la casa de Gavin, no tenía intención de escuchar más detalles, pero desde el encuentro con el comandante, no había dejado de idear planes, de medir consecuencias, de atar cabos, pero, sobre todo, de encontrar la manera de sacar a René de la cárcel. Sabía que el último encuentro con Bowie no había sido para nada amistoso, pero estaba convencida de que entendería su accionar. Buscaba entrar en la mente del amigo de su esposo y usar la nostalgia de los recuerdos que los unieron en una amistad que parecía que perduraría.

Estacionó el auto, se observó en el retrovisor y acomodó su cabello ondulado y dorado detrás de sus pequeñas orejas. Se dio cuenta de que no había pensado en cambiarse ni un momento del día. Aún tenía su bata sobre su pijama, los zapatos del trabajo y los lentes de lectura que siempre guardaba en el automóvil.

Apenas puso los pies sobre el tibio asfalto, empezó a unir las palabras que le revoloteaban como mariposas en la cabeza. Bonnibelle era una mujer determinante, con convicciones firmes y conservadoras, no era una persona que tomara riesgos, evaluaba siempre la situación y contaba con un plan B la mayoría de las veces. En esta ocasión estaba apostando a la suerte, a los sentimientos de otra persona, sus manos estaban temblorosas y sus mejillas pecosas rojizas.

—¿Otra vez usted? Aún no ha regresado —dijo el vecino de Gavin que había tenido el infortunio de cruzarse con Bonnie por la mañana.

—Sí, de nuevo yo, y la verdad es que no tengo por qué darte explicaciones. Estoy buscando a mi amigo.

—Le he dicho que no está. —Él hizo una mueca mientras mordía una manzana y hablaba con la boca ocupada.

—Creo que empezamos mal —dijo Bonnibelle en señal de paz, extendiendo su mano—. Bonnibelle Petit, mis amigos me dicen Bonnie.

El vecino cruzó la acera, con un brinco de por medio tratando de no estropear las hamamelis pálidas de Gavin Bowie, acto seguido limpió su mano derecha en su pantalón, quitando el dulce del jugo de la manzana que comía.

—Hola, mi nombre es Archie Hamilton, es diminutivo de Archivaldo, a mis papás no les gustó la idea de que en primaria tuviera que escribir un nombre tan largo, así que me pusieron Archie, con i y e al final, no con i griega.

—Mucho gusto, Archie —dijo Bonnibelle, que de inmediato vio en el vecino de Gavin un hombre amistoso y joven—. Repito, sé que no empezamos de la mejor manera. Yo sólo quiero hablar con mi amigo, no quiero incomodar tu tarde con mi presencia.

—No lo hace. —Archie cambió por completo su temperamento—. No tengo muchos amigos en el vecindario, Bonnibelle. Hoy por la madrugada me tropecé con Gavin, quise ayudarlo y sin querer supe cosas que no debía.

—¿Qué supiste? ¿Te dijo algo?

—No realmente. Estaba paseando a mi perro, se llama Fletcher, es un caniche marrón. —Bonnibelle pudo darse cuenta de que no hablaba con muchas personas—. Bueno, Gavin parecía tomado, se recargaba en todos los autos del vecindario, primero me espanté, pensé que era un amante de lo ajeno, pero cuando la luz de la acera le apuntó al rostro, Fletcher y yo corrimos hacia él. Al principio no dejó que lo tocara, pero lo acompañé hasta su casa. Le juro, el alcohol le salía por todos los poros.

—¿Te dijo qué lo tenía mal? —interrumpió la enfermera.

—No en ese momento. Yo pienso que si hablaba se le saldría todo lo que había bebido. Entró a su casa y dejó la puerta abierta, se tiró en su alfombra, me di cuenta de que no podía dejarlo solo, así que dejé a Fletcher atado al árbol. —Archie señaló el abedul que daba sombra a la entrada—. Después entré a prepararle un café. El señor Bowie no me permitió sentarlo, pero cuando le llevé su bebida él ya estaba en su sala, parecía aún ebrio, pero estaba muy pensativo. La luz de su lámpara me dejó ver que había recibido una golpiza, pienso que fueron varios hombres, porque sus manos parecían limpias, pero su cabello estaba cómo roído, ¿sabe? Como cuando se alisa el cabello con una plancha de ropa, y estaba sucio. Me senté a su lado y él apenas sorbió un poco de café, por poco se quema, porque se quedó dormido. Yo estaba por irme, pero cuando me levanté él se cayó sobre su sala y vi —Archie se llevó las manos a la cabeza y escupió una semilla de manzana que había masticado por error— que su pantalón tenía una mancha de sangre.

—¿Una mancha? ¿Dónde? —preguntó Bonnibelle.

—Pues al principio pensé que era una mancha de catsup, pero era una gran mancha, ¿sabe? —Archie señaló su trasero apenado y sonriendo como un niño inocente, pero recobró la seriedad de inmediato—. Le juro que imaginé muchas cosas, como si el señor Bowie tuviera problemas intestinales o tal vez una hemorroide. No me da pena, señora Bonnibelle, en la escuela vemos accidentes peores, pero vi toda la escena, estaba golpeado, torturado, estaba mal, y la sangre en el pantalón. ¡Cómo pude olvidarlo!

—¿Qué es?

—No tenía playera, tenía una especie de mantel sobre su torso. En fin, fue fácil deducir lo que pasó. —Archie mostró aires de indulgencia en sus palabras y con su mano sosteniendo la manzana hizo un par de movimientos al estilo Sherlock Holmes, la mordió por última vez y tiró el esqueleto al jardín.

—¿Qué dedujiste? —preguntó cansada de tantas vueltas Bonnie.

—Lo violaron. —La enfermera sintió un calambre en el pecho—. Después lo afirmó, pobre hombre.

—¿Lo afirmó? ¿Él te dijo lo que pasó?

—Sí, no a detalle, las víctimas de una violación tienen problemas para recordar lo que pasó, o al menos eso me ha dicho mi padre que fue militar. Pero después me dijo que lo habían violado, me dijo que había sido su mejor amigo. No podía creer lo que escuchaba, normalmente son cosas que le pasan a las mujeres, ¿no? —lo dijo con una simpleza, como si el acto fuera una parte de la vida de las mujeres que estuviera escrito en los libros de la vida femenina, a Bonnibelle le ofendió la pregunta, pero no dijo nada.

—En fin, le ayudé a llamar a la policía, bueno, una vez que su borrachera se bajó un poco, pues le costaba articular palabras.

—Te agradezco el tiempo, Archie. —Bonnibelle emprendió su camino hacia el auto, había oído suficiente ese día, su estómago estaba revuelto y el sol que empezaba a calentar le parecía sofocante aún para la poca ropa que tenía encima.

—Sí, bueno, me dijo que vendría a buscarlo, pero me ordenó que la despachara. —Archie alzaba más la voz a cada paso que Bonnibelle se alejaba—. Lo siento. ¡No quise ser grosero!

Bonnibelle subió a su auto a toda prisa, puso en marcha el motor y observó todo a su alrededor. La tranquilidad del barrio le pareció singularmente falsa. Sus manos estaban sobre el volante y pudo contemplar su anillo de matrimonio que sólo para dormir y lavar los trastes se lo quitaba, su dedo anular tenía una mancha de uso que había provocado el sol, no pudo evitar llorar. Apretó los dientes y el volante, sus ojos se llenaron de lágrimas y empezó a golpear el tablero una y otra vez.

Se sintió ridícula por un momento y sacó su teléfono.

—¿Mamá? —dijo Bonnibelle con la voz entrecortada.

—Ya estoy en tu casa, Bombón —contestó la señora Lorca, con la voz que caracteriza a las madres cuando saben que sus hijos necesitan de ellas, lo que logró que la enfermera se deshiciera en llanto—. Las gemelas me llamaron. Regresa, mamá está aquí.

***

La noche estrellada había caído con sutileza sobre Cambulang. Los pájaros ya no cantaban y los vecinos llegaban de sus trabajos. Las casas habían encendido sus chimeneas como lo solía hacer la familia Petit, pero en esta ocasión sólo había silencio. Las gemelas estaban encerradas en sus cuartos, evitando cualquier contacto con sus amigos, la noticia que arreciaba en la tranquila Escocia era tendencia. Bonnibelle estaba en cama con su madre.

—Hija, duerme, yo estaré aquí para cuidar tu sueño.

—En qué momento pasó todo esto.

—Deja de tratar de controlar todo, no puedes.

—Nunca hice nada para merecer esto, mi vida se la debo a Dios, a salvar gente.