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El sujeto ético no es un sujeto en el que la razón proporciona ciertas creencias y la voluntad aporta los deseos, sino un sujeto con determinada sensibilidad, un sujeto que ve cierto tipo de hechos y actúa motivado por esa percepción. Ello no quiere decir que no pueda producirse ocasionalmente un desajuste entre percepción y motivación, ni que la motivación moral pueda siempre sobreponerse a cualquier otro tipo de motivación, sino que existe una conexión constitutiva entre la percepción de ciertos rasgos morales de una situación y la motivación a actuar de un modo u otro. Sólo en atención a circunstancias excepcionales podremos entender que alguien nos diga que los crímenes cometidos por los nazis son moralmente repugnantes pero que no siente la más mínima inclinación a hacer algo que pueda contribuir a evitar que se repitan o a que los culpables sean debidamente juzgados.
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Seitenzahl: 270
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Un lugar para la moral
www.machadolibros.com
Intervenciones enLa balsa de la Medusa:
99. Carlos Thiebaut, De la tolerancia
101. Valeriano Bozal, Necesidad de la ironía
103. Antonio Valdecantos, Contra el relativismo
117. Carmen González Marín, De la mentira
Josep E. Corbí
Un lugar para la moral
La balsa de la Medusa, 132
Colección dirigida por
Valeriano Bozal
Intervenciones
Serie dirigida por Carlos Thiebaut
© Josep E. Corbí, 2003
© de la presente edición, Machado Grupo de Distribución, S.L.
C/ Labradores, 5. Parque Empresarial Prado del Espino
28660 Boadilla del Monte (Madrid)[email protected]
ISBN: 978-84-9114-203-4
Para un niño golpeado
1. Virtu?experiencias
2. Sensaciones del desencanto
3. El contenido de un reproche
4. Motivos para actuar
5. La rueda de la fortuna
6. Conflicto de valores en la Tierra Prometida
7. Deliberar y mirar
8. La noche de Copérnico
9. Objetividad de la moral
Nota bibliográfica y agradecimientos
1
1. Acurrucada en la trinchera, escucha María el silbido de los aviones, el estallido estremecedor de las bombas: tiene miedo. Sus compañeros guardan silencio, temen como ella que alguna de esas bombas caiga sobre sus cabezas. Esta noche ha habido suerte, a los pilotos les ha faltado puntería. Oyen cómo se aleja el ruido de los motores mientras respiran aliviados, piensan que están vivos y que todavía les quedan unas horas de sueño antes de que despunte el alba y vuelva el calor implacable del estío aragonés.
En este punto dulce de la experiencia empiezan a encenderse las luces del pequeño salón en el que se encuentran María y sus amigos, indicando que la sesión de tarde ha concluido. Les ha sabido a poco y piensan volver el próximo domingo para vivir una nueva secuencia de la guerra civil, es un tema que les apasiona. En realidad, estos Saloncitos de Virtuexperiencia son muchos más impactantes que la mejor película porque uno no necesita identificarse con el personaje para compartir sus penas y alegrías. Uno mismo es ahora el verdadero protagonista de la historia, el sujeto de la virtuexperiencia. Durante la sesión de virtuexperiencia, María no temía por que el protagonista muriera destrozado por la metralla de una bomba, sino que lo que realmente le asustaba era que ella misma pudiese morir en aquella perdida trinchera.
Afortunadamente, aquello no era más que un sueño, aunque ciertamente nada en la virtuexperiencia le hiciera pensar que así fuera. María vivió su temor igual que si realmente estuviese en una trinchera. No percibía nada en el fragor del bombardeo que le permitiese sospechar que no se trataba, al fin y al cabo, más que de una virtuexperiencia. Esta es, sin duda, la principal novedad de los Saloncitos que empiezan a florecer en la ciudad. Nos seducen hasta tal punto que ya no se trata de que María se identifique con el papel de una valiente y utópica miliciana a sabiendas de que no es más que un juego, un papel que decide representar por un rato como quien se pone un disfraz. La novedad de la virtuexperiencia estriba, más bien, en que uno se encuentra en un estado hipnótico, ha perdido la conexión con la experiencia real e interpreta la virtuexperiencia como un fragmento más de su experiencia efectiva. Eso es lo que tiene de verdaderamente apasionante. Poder vivir con la mayor intensidad muchas experiencias que en la vida cotidiana nos están vedadas, por su excesivo coste, por nuestras limitaciones físicas, por su riesgo.
Nadie cuando entra en los Saloncitos de Virtuexperiencias teme por su vida, aunque parte de su atractivo resida precisamente en participar en experiencias en las que parece que inevitablemente la vida de uno está en peligro. Emoción y seguridad. O, al menos, eso es lo que a primera vista parece, pues se sospecha que en algunos de esos Saloncitos los clientes se someten a formas de virtuexperiencia que pueden acabar alterando radicalmente sus vidas. Se han desarrollado recientemente programas que incorporan a la virtuexperiencia la experiencia del despertar o, para ser más exactos, la experiencia de la desconexión o del retorno a la experiencia real.
El experienciador –así es como se denomina a los humanos en el argot de estas empresas– creerá que está abandonando el Saloncito para retirarse a su casa a cenar, pero, de hecho, está todavía sentado en el Saloncito y la experiencia del despertar no será más que una virtuexperiencia proporcionada por la máquina. En este tipo de virtujuegos, el experienciador no tiene ni idea de lo que están haciendo con él. Creerá estar llevando una vida normal, incluyendo sus visitas periódicas al Saloncito de Virtuexperiencias, pero, en realidad, seguirá conectado a la máquina de la ilusión. Tal vez toda nuestra vida no sea más que una virtuexperiencia.
No hace falta, en cualquier caso, acudir a los Saloncitos para caer en la cuenta de esa posibilidad. Con frecuencia creemos que algo que estamos soñando nos está ocurriendo realmente; si bien, al despertar, respiramos con alivio (o con pesar) al descubrir que no era así. Los sueños son a menudo caóticos y raramente nos sentimos atrapados por ellos, pero si los sueños mantuviesen una estructura coherente, ¿cómo podríamos distinguir entre el sueño y la vigilia? ¿No podríamos pensar en un perverso neurocirujano que se cuidase de manipular nuestro cerebro para que nada en nuestros sueños suscitase nuestra sospecha, para que fuesen ordenados y coherentes, para que nada traicionase su carácter onírico? Pero si existe esa posibilidad, ¿no podría ocurrir que nuestra experiencia fuese ya, de hecho, el resultado de esa astuta manipulación?
Podría ser, pero esa duda es demasiado genérica como para inquietarnos genuinamente. Ni siquiera los filósofos se la toman realmente en serio, no queda en su vida cotidiana rastro alguno de esa duda. No se trata sólo de que para vivir deba el filósofo seguir creyendo en la solidez del suelo en el que se apoya o en la existencia de la manzana que ahora saborea, sino que su manera de conducirse, de actuar, no se ve en absoluto alterada por esa duda genérica. Su vida sigue exactamente igual. Esa duda es para él como un paréntesis vacacional: le relaja, le divierte, pero no le transforma. Hay, sin embargo, otras dudas de las que no es tan fácil desentenderse.
2. Las empresas de virtuexperiencia están diseñando una forma de incertidumbre mucho más desazonadora que la anterior. No les basta con jugar con sus clientes como si fuesen peleles, con confundirles hasta el punto de que lo que creen que les ocurre no tenga nada que ver con lo que de hecho les está ocurriendo, con hacerles vivir una vida totalmente ilusoria. Esta no es en cierto modo más que una alteración superficial; al fin y al cabo, el cliente sigue creyendo (aunque equivocadamente) que puede distinguir entre sus experiencias y sus virtuexperiencias. La mera posibilidad genérica del engaño no es suficiente para socavar esa confianza. Pero hay otras situaciones que podrían acabar minando esa certidumbre.
Hay enfermedades mentales en las que, con frecuencia, experiencias ilusorias aparecen con la vivacidad de las verídicas. A la persona enferma le cuesta reconocer su enfermedad, tiende a pensar que los demás le engañan al negar que ciertos sonidos y voces se han producido realmente, o bien que está dotado de una sensibilidad superior y que tiene acceso a hechos cruciales que a los demás se les escapan. Mas, en los casos en que acaba aceptando su enfermedad, el paciente empieza a dudar de su capacidad de discriminación, de su habilidad para discernir si los sonidos y voces que escucha se están o no produciendo realmente. Esta situación de confusión tiene, no obstante, sus límites, afecta tan sólo a una parte de la experiencia. El enfermo está sobre aviso, sabe que cierto tipo de situaciones son especialmente desfavorables, que debe de desconfiar de cierta clase de experiencias, pero no en general.
En la virtuexperiencia puede superarse fácilmente este límite. La nueva generación de virtujuegos pretende aniquilar la confianza del experienciador en su capacidad de distinguir la virtuexperiencia de la experiencia real. Para ello, el juego empieza insertando fragmentos con la apariencia de una tenue virtualidad en periodos de experiencia verídica. Tales fragmentos engarzan perfectamente con la secuencia efectivamente vivida, al experienciador sólo le resulta extraño el tenue aire de virtualidad que acompañaba a la experiencia. Se distorsionan también experiencias verídicas tiñéndolas de una apariencia virtual. Llega un momento en que el contenido del virtujuego está tan entremezclado con lo que el sujeto entiende que es su vida real que éste no se siente en ningún momento seguro de si su experiencia es real o virtual. Para conseguir más fácilmente estos efectos, la acción del virtujuego se despliega a distancia, no es necesario desplazarse al Saloncito, sino que un receptor implantado en el cerebro procesa las órdenes que recibe del virtujuego.
Ni siquiera las opiniones y comentarios de otra persona pueden ayudarle. De nada le sirve al experienciador que otro le diga que tal y tal cosa no ocurrió realmente, que le insinúe que ha sido víctima de una virtuexperiencia o que, por el contrario, le confirme el carácter verídico de su experiencia. Al fin y al cabo, las opiniones ajenas pueden formar parte ellas mismas de una virtuexperiencia. Pero eso no es demasiado importante, ya hemos señalado que no nos sentimos amenazados por la mera posibilidad de que toda nuestra experiencia sea ilusoria. El verdadero desasosiego del experienciador empieza cuando el virtujuego se encarga de que las voces y cuerpos de sus vecinos y amigos se tiñan ocasionalmente de una suave aura de virtualidad, de que algunas de las situaciones más plausibles, más cotidianas, se distorsionen ligeramente para que parezcan criaturas de su imaginación o, por el contrario, que situaciones extravagantes queden subrayadas por los nítidos perfiles de lo real, de manera que el experienciador acabe sintiéndose inseguro, no esté nunca convencido de que está hablando con un interlocutor real ni tampoco se sienta capaz de descartarlo como un ser meramente imaginario.
Podemos sospechar el desasosiego del experienciador ante esa situación ambigua, ciertamente no nos gustaría vernos en su experiencia, pero, ¿durante cuánto tiempo permanecerá su desazón? ¿Hasta cuándo preguntará desencajado si lo que cree estar viviendo le está ocurriendo o no realmente? ¿No acabará extinguiéndose ese desasosiego cuando se convenza de que nunca podrá sentirse mínimamente seguro acerca de si los hechos acontecieron realmente o fueron una mera virtuexperiencia? El virtujuego estará diseñado para que su vida se vea plagada de incertidumbres de ese tipo, para que el experienciador se acostumbre a ellas y deje de darles importancia.
3. Podría ocurrir que, dada la desconfianza del experienciador en su capacidad para distinguir la experiencia verídica de la ilusoria, acabe perdiendo su interés en saber si realmente ha matado a su vecino o si fue sólo una ilusión, si realmente su hijo está sano o si su salud es un espejismo generado por la virtuexperiencia. Dicho de otro modo, en su vida la experiencia ilusoria acabará teniendo la misma importancia que la real. La misma importancia, pero ¿qué grado de importancia? ¿La enorme importancia que atribuimos a un homicidio, o la escasa relevancia que le concedemos a un sueño, a una ilusión? ¿Se creará, acaso, un nuevo espacio experiencial en el que el sujeto adopte una actitud intermedia? ¿Cómo será esa actitud intermedia?
Parece, en cualquier caso, que el experienciador perdería la capacidad de identificarse plenamente con su experiencia y, con ello, desaparecería curiosamente el mayor encanto de los Saloncitos de Virtuexperiencia, pues si el experienciador no siente que puede trazar esa distinción con certeza, se diluye también su capacidad de sumergirse en la virtuexperiencia y de vivirla como una experiencia a secas. El problema es que nuestras experiencias de responsabilidad moral, la relevancia que asignamos a los vínculos personales en nuestras vidas, parece que también descansan en ese supuesto, en esa confianza en la capacidad de distinguir la experiencia real de la virtual.
En la medida en que las acciones moralmente relevantes se confundan con las virtuacciones, en que el sujeto desconfíe de su capacidad para discernir entre ambas situaciones, se irá erosionando la idea de responsabilidad moral, ¿podrá sentirse el sujeto moralmente responsable de una virtu?acción, es decir, de una acción que no se siente capaz de identificar como virtual o como real? ¿No se vería significativamente alterado nuestro concepto de responsabilidad moral? Según ese nuevo concepto, ¿sería uno igualmente responsable tanto de lo que hace como de lo que virtuhace? Algo semejante ocurre con los vínculos personales, ¿qué tipo de vínculo es posible con una virtu?persona, es decir, una persona que el sujeto no se siente capaz de identificar como virtual o como real?
Como vemos, los Saloncitos de Virtuexperiencias al transformar la relación del sujeto con su experiencia, al debilitar su identificación con la misma, acaba alterando el contenido mismo de la experiencia. Nuestra experiencia de la responsabilidad moral o de los vínculos personales, por recordar los ejemplos anteriores, se redefiniría conservando sólo un tenue lazo de unión con lo que todavía entendemos por tales experiencias. Hay, no obstante, una alteración igualmente sustantiva que hasta ahora nos ha pasado desapercibida y que, sin embargo, acentúa la amenaza que se cierne sobre nosotros.
Hemos supuesto que el sujeto, el experienciador, permanece de algún modo estable a través de las virtuexperiencias, que el carácter y los rasgos psicológicos del mismo no se ven significativamente alterados por el juego. O, dicho de otro modo, no hemos mencionado la posibilidad de que el virtujuego manipule también el carácter del experienciador. Pero, tras saltar tantas barreras, ¿qué nos impediría rebasar esta?
En esos virtujuegos, el experienciador podría elegir sus rasgos psicológicos con el fin de descubrir cómo vive el mundo una persona diferente. Un experienciador inicialmente tímido, podrá solicitar, por ejemplo, una experiencia del mundo como la que disfruta una persona abierta y desenfadada; un experienciador irascible buscará tal vez sosiego en un personaje pacífico y relajado, etc. De este modo, en los modestos Saloncitos, el sujeto podrá recorrer tantas vidas como desee, tantas actitudes y carácteres como le atraigan. Estará así en una situación envidiable para valorar sus respectivos límites y ventajas. Tal vez se defienda la bondad de estos juegos argumentando que favorecen la comprensión entre diferentes razas y culturas. El americano blanco podría ponerse por un rato en la piel de un americano negro, el señorito andaluz en la piel de uno de sus temporeros, el gitano en la piel del payo, etc.
Estos cambios nos resultan atractivos porque estamos tácitamente suponiendo que el experienciador tiene un carácter al que volver, un carácter que reconoce como el suyo, frente al resto de los carácteres por los que esporádicamente deambula y que percibe como ajenos o postizos. Pero recordemos que la nueva generación de virtujuegos no sólo nos permite cambiar aleatoriamente de carácter, sino que, además, el experienciador ya no confía en su capacidad de distinguir cuándo está dentro o fuera de la virtuexperiencia, cuándo se trata de un carácter que ha adoptado transitoriamente y cuándo el carácter que en un momento le guía es genuinamente su carácter. En esa situación, ¿cómo podrá el experienciador identificar uno de esos carácteres como su carácter? ¿No deberá generar un nuevo modo de relación con los carácteres que vayan surgiendo en el curso de su experiencia? ¿No será esa relación necesariamente distante de tal manera que el sujeto no pueda ya identificarse plenamente con un carácter, reconocerlo como su carácter? Mas, ¿qué quedaría entonces de él, pues lo que vale para el carácter también se aplica a los deseos, proyectos, compromisos, ilusiones, etc. del experienciador en cuestión? El desarrollo de la virtuexperiencia, como veremos al final del capítulo 5, puede acabar disolviendo la pregunta misma por la identidad del sujeto, del experienciador.
4. Ante una situación desesperada, siempre hay personas que buscan formas de consuelo. Alguien podría decir que las virtuexperiencias de las que tanto hablo todavía son un ejercicio de ciencia-ficción, que el mundo virtual al que estamos habituados es todavía torpe e incompleto. Los videojuegos que apasionan a los jóvenes (y no tan jóvenes) reconstruyen cada vez más aspectos de las circunstancias reales, favorecen que se diluya la distancia entre el mundo virtual y el mundo real, pero sólo en casos patológicos el sujeto lo vive como una virtuexperiencia, como si lo que allí ocurre le aconteciese a él realmente. Eso es cierto, todavía estamos lejos de la virtuexperiencia. Pero incluso a quien busca consuelo se le escapa la palabra «todavía». Esa palabra apunta a una expectativa, a un temor.
¿Tiene algún fundamento ese miedo? ¿Tenemos razones para pensar que los Saloncitos de Virtuexperiencias podrán rebasar algún día los límites de la ciencia-ficción? Todo en nuestra visión del mundo invita a responder afirmativamente.
Pensemos en María regresando de su sesión vespertina en el Saloncito. Camino de casa hay un pequeño quiosco que abre los domingos por la tarde y donde venden rosas rojas para los transeúntes despistados y nostálgicos. María se detiene a menudo a mirar las flores, de vez en cuando compra una para que le haga compañía durante la semana. Este domingo ve que las flores están particularmente tersas y hermosas, se para un instante, las contempla, se acerca un poco para oler su perfume y sigue.
Centrémonos, no obstante, en el momento en que María contempla las rosas. Son muchas las cosas que pueden decirse sobre ese instante, sobre la experiencia de María, pero consideraremos lo que inicialmente sólo parece un aspecto de la situación. Las rosas reflejan parte de la luz que incide sobre ellas. Esas ondas reflejadas alcanzan los ojos oscuros y cansados de María, provocan una alteración en la retina y acaban estimulando su nervio óptico. Se activan finalmente ciertas zonas de su cerebro y María acaba viendo que esta tarde también hay rosas en el quiosco. En términos abstractos, podríamos decir que si María ve las rosas, es porque tiene lugar una secuencia causal que, iniciándose en el reflejo de ciertas ondas lumínicas por parte de la rosa, concluye en la estimulación de un conjunto de neuronas en su cerebro.
¿Quién duda de que este proceso causal es al menos parte de lo que tiene lugar cuando María contempla la rosa? Sin embargo, esta tarde las rosas no eran de verdad, eran artificiales, y su olor emanaba del perfume con el que el quiosquero las había rociado cuidadosamente. María se habría sentido decepcionada si hubiese llegado a saber que las rosas eran artificiales, pero afortunadamente no se dio cuenta, fue víctima de un engaño inocente. Volvamos a los términos abstractos: el engaño fue posible porque la rosa artificial fue diseñada para que reflejase la luz del mismo modo que una rosa natural y el perfume para que oliese igual que la rosa. Este es el artificio que facilitó el engaño.
Pero todos sabemos que, aunque la verdad sea una, los caminos de la distorsión y la mentira son innumerables. El arte de la seducción practicado por los fabricantes de flores artificiales es uno de los más antiguos y nobles, pero abre las puertas a otras formas más sofisticadas de distorsión. La rosa de plástico refleja ciertas ondas lumínicas que alcanzan los hermosos ojos de María. El engaño prospera porque las ondas lumínicas que emanan de la rosa artificial son iguales que las que emanarían de la rosa verdadera. Lo importante no es, como vemos, de dónde emanan las ondas, sino qué ondas llegan a los oscuros ojos de María. Esas ondas pueden haber emanado de una rosa verdadera (y entonces no habría engaño), o de una rosa artificial, pero también podrían haber sido generadas por un emanador de ondas lumínicas, es decir, un aparato diseñado para emanar el tipo de ondas lumínicas que en cada momento deseemos. Este aparato es mucho más cómodo y funcional que las rosas artificiales porque con un sólo aparato podemos generar multitud de ilusiones ópticas. Podemos gozar con una rosa, pero también podríamos disfrutar de la ilusión de una nueva casa sin apenas esfuerzo. Y la ilusión, aun a sabiendas de que lo es, tiene su encanto: al fin y al cabo, las rosas artificiales también se venden.
La senda de la ilusión no se detiene en nuestros ojos. ¿Qué nos impide estimular directamente el nervio óptico, generar en las terminaciones nerviosas las mismas alteraciones que provocan en el nervio las modificaciones del ojo cuando este recibe el impacto de las ondas lumínicas? De este modo, las personas cuya ceguera se debe a algún daño en sus ojos podrían llegar a tener ilusiones ópticas. Alguien podría pensar que no sólo ilusiones ópticas, sino incluso ver, pues los artificios a los que aludimos no sólo pueden provocar engaños amables o perversos, sino que, debidamente diseñados, podrían detectar las ondas lumínicas que emanan de la rosa que se encuentra en el entorno de la persona con los ojos dañados, o simplemente tapados, y estimular el nervio óptico del modo en que lo hacen los ojos sanos cuando reciben el impacto de tales ondas. De este modo, el sujeto vería la rosa a través de ese nuevo artilugio, sin usar los ojos. Nada impide construir este tipo de aparatos. De hecho, parece que cada vez estamos más cerca de conseguirlo.
Ahora bien, una vez que hemos logrado dejar de lado los ojos y estimular directamente el nervio óptico, podemos sentir la tentación de dirigirnos directamente al cerebro y estimular las neuronas correspondientes. Esta es, al fin y al cabo, la esperanza de las personas que son ciegas no porque sus ojos estén dañados, sino porque su nervio óptico está muerto. Esa esperanza es precisamente la que nos conduce de manera inexorable a los Saloncitos de Virtuexperiencias. Los virtujuegos estimulan directamente las neuronas de nuestro cerebro y, por supuesto, si la estimulación es lo suficientemente sutil, el experienciador no puede discernir si ese estímulo procede de un objeto del mundo exterior o es el efecto de una manipulación de su cerebro.
Por eso el experienciador se identifica con la virtuexperiencia como lo hace con la experiencia verídica. María temía los bombardeos en la virtuexperiencia como hubiese temido los bombardeos si se hubiese encontrado efectivamente en una trinchera. La relación del experienciador con la virtuexperiencia es la misma que con la experiencia verídica porque la actividad cerebral de María es la misma en uno y otro caso. No hay modo alguno de que, en el transcurso de la experiencia, María pueda sospechar que se trata sólo de una virtuexperiencia. A no ser, como ya hemos visto, que el virtujuego esté especialmente programado para generar esa sospecha.
Parece inevitable, en cualquier caso, que el desarrollo tecnológico conduzca, tarde o temprano, a la implantación de la virtuexperiencia. O, quizá de un modo más exacto, podríamos decir que parece que no hay nada en nuestra visión del mundo, en la imagen del mundo que nos proporciona la ciencia, que excluya la posibilidad de que se produzcan los avances tecnológicos necesarios para la proliferación de los Saloncitos de Virtuexperiencias.
Es cierto que un halo de misterio envuelve todavía a las operaciones de nuestra mente. Por mucho que el neurocientífico examine los recovecos de nuestro cerebro, nunca encontrará el olor de la rosa ni el miedo de María, sólo redes barrocas de neuronas. Uno no puede dejar de preguntarse: ¿cómo es posible que estas neuronas permitan que María disfrute del olor de la rosa? ¿Por qué una piedra o un conjunto de piedras no lo consiguen? No obstante, a las empresas de virtuexperiencias estos misterios les aburren. Lo que les interesa saber es cómo manipular las experiencias y saben que modificando adecuadamente las neuronas, alteran a su gusto la experiencia del sujeto. Eso es todo lo que ellas desean saber y una parte significativa de lo que nosotros deberíamos temer.
2
1. «La fórmula está oculta en el banjo. Cuando la cuerda número mil se rompa, la caja del banjo se abrirá, su secreto se revelará y su magia restaurará mi vista». Esta es la leyenda que inspira la película «La vida en una cuerda» (1993) de Chen Kaige. Estas palabras las canta un niño de diez años al inicio de la película cuando acaba de fallecer su maestro. El niño, como su maestro, es ciego y la leyenda describe los medios que pueden ayudarle a recobrar la vista. El niño, impulsado por ese deseo, deambula de aldea en aldea tocando su banjo, ganándose la vida, al tiempo que avanza hacia la cuerda número mil. El niño pronto deja de serlo y, tras la edad adulta, se acerca a la vejez y, con ello, a su anhelado objetivo. A los sesenta años, sólo le quedan unas cuantas cuerdas por romper, las gentes lo tratan como si fuese un santo. Se hace acompañar por un joven llamado Shidou, que es también ciego y que espera con inquietud el momento en que el Santo quiebre su última cuerda. Sin embargo, Shidou no acaba de creerse la leyenda, desea ciertamente que sea verdadera, pero necesita comprobar que su magia es efectiva antes de emprender, como el Santo, una vida dedicada a tocar el banjo.
El Santo tampoco está libre de dudas. Al acercarse su última cuerda, siente una cierta desazón, cae en la cuenta de que su vida entera depende de la fórmula que se encuentra en el banjo y se pregunta si esta será realmente efectiva. Le atenaza el temor a que el secreto no funcione, pero también la sospecha de que, aún en el supuesto de que alcanzase a ver, la realidad podría no ser tan bella como el mundo que laboriosamente ha ido imaginando. Mas, en este punto, uno ya no puede volverse atrás: hay que ver.
La cuerda número mil se quiebra y el Santo acude presto a la farmacia con la receta que ha encontrado en el banjo. La receta, sin embargo, consiste en un papel en blanco; el farmacéutico se ríe del Santo, que queda destrozado. Toda su vida pendía de un solo proyecto, de una única cuerda: recobrar la vista gracias a la magia del banjo; mas todo ha sido un engaño, una ilusión. El Santo se torna irascible, se ve a sí mismo como un loco. La película concluye con dos escenas. En una, el Santo canta de nuevo ante el gentío palabras de esperanza, la letra sigue insistiendo en que veremos y oiremos, pero estas palabras tienen ahora un sentido meramente figurativo. En la última escena, el Santo muere y los aldeanos esperan que Shidou siga el camino de su maestro, intentan aclamar a Shidou como el nuevo Santo, pero este los rechaza y se va para iniciar una nueva vida cuyo destino ignora.
La historia de Shidou es también la historia de María. Ella no es ciega, pero alberga sus propios desconsuelos. No encuentra la ternura que necesita, a menudo se siente sola y abandonada. Le cuesta levantarse cada mañana y enfrentarse a sus días llenos de rutina. Sería maravilloso poder creer, como hacía el Santo, en una leyenda que iluminase su quehacer cotidiano, que dotase de sentido a sus penas y fracasos, que espantase, como por ensalmo, la sensación de soledad y de vacío. Una leyenda que incluyese una promesa, la promesa de una vida mejor con la que compensar los esfuerzos del presente. La historia de la humanidad está cuajada de leyendas de esta guisa. Las más robustas tienden a situar el paraíso más allá de los límites de la vida presente, y apelan a un dios como diseñador y garante del plan que debiera finalmente conducir a la tierra prometida. Son muchas las gentes que han organizando (y siguen organizando) sus vidas a la luz de alguna leyenda trascendente. Para estas gentes la cuestión de si uno es o no fiel al plan divino, llena por entero sus vidas. El placer o la satisfacción de sus deseos juega en ellos un papel secundario, al menos en esta vida.
Pero María, como Shidou, es incapaz de creer en esas leyendas trascendentes. María es heredera de Newton y Galileo, ha comprendido que el movimiento de los astros y la organización de la materia responden a leyes estrictas y necesarias, leyes que nada tienen que ver con nuestras ilusiones y querencias. El curso de la naturaleza no está diseñado para que ella viva satisfecha y feliz, sino que sigue sus leyes ciegas e implacables. No hay un plan redentor, un orden providencial que justifique su sufrimiento y lo compense con creces. Cada uno tiene que aprender a navegar en un mar a veces amigo y a menudo hostil. Aunque las leyes sean conocidas, el destino de cada individuo es siempre incierto.
La distancia entre nuestros deseos y las leyes de la naturaleza se acentúa cuando contemplamos de cerca la batalla que libran las distintas especies por su supervivencia. Darwin nos dio la clave para entender cómo han podido llegar a existir la pluralidad de especies que, de momento, pueblan nuestro planeta. Y esa clave contiene un elemento de ferocidad: el destino de cada individuo no cuenta, lo que en último término importa es la especie.
Los seres humanos sentimos, por ejemplo, el aguijón del hambre, el desasosiego de la sed, la presión del frío. Estas molestias nos incitan a alimentarnos, a beber, a abrigarnos y, de este modo, favorecen nuestra supervivencia. El placer que sentimos al comer o al beber contribuye igualmente a que el individuo se interese por satisfacer sus necesidades más básicas. Sin ese sistema de castigos y recompensas psicológicos, los seres humanos seríamos mucho más frágiles, podríamos desatender nuestras necesidades primarias y perecer.
Es importante comprender, sin embargo, que este sistema de premios y castigos no está pensado para que el individuo sea feliz, sino más bien para que más y más miembros de la especie sobrevivan. Nada en la naturaleza nos garantiza que podamos satisfacer nuestra hambre, colmar nuestra sed o encontrar cobijo. En circunstancias adversas, tendremos que convivir con el malestar que causan esas necesidades básicas cuando no están del todo cubiertas. Este malestar es un acicate para que intentemos cubrirlas y también nuestro castigo por no haberlas satisfecho. De hecho, sabemos que sólo podremos ser felices si respetamos el sistema de castigos y recompensas que la naturaleza nos impone. El individuo que no logra atenderlas porque las circunstancias se lo impiden o porque la naturaleza no le ha dotado de las habilidades oportunas, está condenado a la infelicidad y a la desdicha.
Eso mismo ocurre, aunque de un modo menos tangible, en el caso de las necesidades psicológicas. Parte de la fortaleza que manifiesta la especie humana se debe al carácter profundamente social del ser humano, que siente una necesidad imperiosa de ser reconocido por los otros, de identificarse con ellos. La fuerza de esta necesidad se muestra tanto en los impulsos solidarios con los miembros de la propia familia, del propio grupo social, como en las maniobras de defensa frente a los intereses y agresiones ajenas. En esta necesidad arraigan, como sabemos, las guerras más atroces, los genocidios, la pasión por los deportes y las competiciones. La necesidad de vínculos sociales que tienen los individuos se satisface tanto con la ternura como con la crueldad, con el prestigio como con el desdén, con el respeto como con el desprecio. El desdén y el desprecio se alimentan de la mirada del otro: necesitamos que otros nos miren para poder despreciarlos y, al despreciarlos, se incrementa nuestro ser, se aplaca nuestro anhelo de reconocimiento.
Hace tiempo que María no se engaña, que ha aceptado que el ser humano no ha sido diseñado para que todas sus necesidades se vean razonablemente satisfechas. Sólo importa que el aguijón de la necesidad favorezca la proliferación de la especie. Ni siquiera confía en que las relaciones entre los seres humanos contribuyan necesariamente a su felicidad; pues, como hemos visto, las necesidades sociales de los individuos pueden también cubrirse a través del odio, la destrucción, el daño y la violencia. Podremos diseñar estructuras sociales que palien y atemperen el impacto de tales tendencias, pero no podemos olvidar que quienes realicen ese diseño y participen en esas estructuras estarán sometidos a las mismas tendencias que supuestamente desean moderar.
No hay, pues, leyenda trascendente o inmanente, teológica o social, en la que María pueda hacer descansar su vida, que sirva de norte a su existencia y de bálsamo a sus sinsabores. El mundo aparece ante sus ojos desnudo y desencantado. Ni las leyes que rigen los astros entienden nada de las inquietudes de María, ni los mecanismos de selección natural le permiten confiar en que sus necesidades como individuo se vean razonablemente atendidas. ¿Qué hacer? ¿Hacia donde dirigir la mirada? ¿Cómo dotar de sentido a la propia existencia?
2.
