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Una historia profunda y reveladora sobre el poder trascendente del amor en tiempos de guerra En un pequeño pueblo de Chechenia, Havaa, de ocho años, observa desde el bosque cómo los soldados rusos secuestran a su padre en mitad de la noche y después prenden fuego a su casa. Cuando Akhmed, su vecino de toda la vida, encuentra a Havaa escondida entre los árboles con una extraña maleta azul, toma una decisión que cambiará sus vidas para siempre. Buscará refugio en el hospital semiabandonado de la ciudad vecina, donde la única doctora que queda, Sonja Rabina, trata a los heridos. Para Sonja, la llegada de Akhmed y Havaa es una desagradable sorpresa. Agotada y sobrecargada, no tiene ningún interés en asumir nuevos riesgos ni responsabilidades. Pero en el transcurso de cinco días extraordinarios, el mundo de Sonja se desplazará de su eje y revelará la intrincada red de conexiones que entrelaza los pasados de estos tres dispares compañeros y, de manera inesperada, decide su destino. Una historia profunda y reveladora sobre el poder trascendente del amor en tiempos de guerra. «Un destello en el cielo que te levanta el ánimo y te hace creer en los milagros... Hacía años que una novela no me impresionaba tanto. Un libro de obligada lectura». —Washington Post «Poderosa, convincente, bella. Resulta increíble que Una Constelación sea una opera prima. Un escritor a seguir y saborear». —T.C. Boyle, New York Times «Un relato poderoso... capaz de competir en fuerza emocional con cualquier escrito de Michael Ondaatje». —Boston Globe «Extraordinaria... El Guerra y Paz del siglo XXI». —The New York Times Book Review
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Veröffentlichungsjahr: 2021
ANTHONY MARRA
Una constelación de fenómenos vitales
Traducción de Jacinto Pariente
www.armaeniaeditorial.com
Título original: A Constellation of Vital Phenomena
Edición original: Hogarth, New York, 2013
2.ª edición: junio 2020
1ª edición ebook: agosto 2021
Ilustración de cubierta: Adoon Kitimoon © CM Portrait Paintings (Thailand), 2016
Fotografía de solapa: © Smeeta Mahanti, 2013
Copyright © Anthony Marra, 2013
Copyright de la traducción © Jacinto Pariente, 2016
Copyright de la edición en español © Armaenia Editorial, S.L. 2016, 2020, 2021
Esta traducción está publicada bajo acuerdo con Hogarth, un sello de Crown Publishing Group, una división de Penguin Random House LLC y International Editors Co.
Armaenia Editorial, S.L.
www.armaeniaeditorial.com
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
ISBN: 978-84-18994-23-4
A mis padres y hermana
El cardo aplastado en medio del campo arado me hizo recordar esta muerte.
L. TolstoiHadji Murat
el primer y segundo día
1
La mañana después de que los federales quemaran su casa y se llevaran a su padre, Havaa se despertó de un sueño de anémonas marinas. Mientras la niña se vestía, Akhmed, que no había pegado ojo en toda la noche, daba vueltas frente a la puerta del dormitorio y veía cómo el cielo se iluminaba al otro lado del cristal de la ventana; nunca antes el amanecer le había hecho sentir que iba con retraso. Cuando salió de la habitación, con aspecto de tener más de los ocho años que en realidad tenía, Akhmed le cogió la maleta y ella salió detrás de él por la puerta de la casa. Condujo a la niña hasta la mitad de la calle antes de elevar la mirada hacia lo que había sido su hogar. –Havaa, tenemos que irnos–, dijo. Pero ninguno de los dos dio un paso.
La nieve se fundía alrededor de sus botas mientras contemplaban el amplio trozo de tierra completamente carbonizado al otro lado de la calle. Aquí y allá algún rescoldo naranja siseaba aún entre charcos de nieve sucia, pero el resto eran cenizas. No habían pasado ni siquiera siete años desde que Akhmed ayudara a Dokka a ampliar la casa para construirle a la niña su propia habitación. Había dibujado los planos, había talado los árboles, había cortado los tablones y había levantado una habitación con ellos; y cuando Dokka le prometió hacer lo mismo por él si alguna vez tenía un hijo, le dio las gracias, se fue a su casa, y el nudo que se le había hecho en la garganta se deshizo en un sollozo cuando por fin cerró la puerta tras de sí. Cargar la madera los cuarenta metros que separaban la casa del bosque le había dejado los nudillos llenos de ampollas y las axilas empapadas, pero de pronto, en unas pocas horas, las llamas se habían llevado por delante meses de diseño, semanas de transporte, días de construcción; todo menos los clavos y los remaches, todo menos las bisagras y los cerrojos, todo se había convertido en humo. Así habían desaparecido también los pequeños tesoros que convertían la casa de Dokka en su hogar. Sobre una mesita redonda, el ajedrez tallado a mano; al moverlo, el achaparrado rey blanco, al que Dokka llamaba su majestad Boris Yeltsin, daba tumbos de lado a lado como un borracho que apenas pudiera mantenerse en pie. El jarrón de porcelana adornado con arabescos de estilo persa al lado de un radiocasete que descansaba sobre una guía telefónica y cuya antena, aunque llegaba al techo, no recogía más que interferencias. El Corán que el abuelo de Dokka había comprado en la Meca ochenta y cinco años atrás, con su sinuosa caligrafía en la cubierta de color morado. Todo eso había y todo eso lo devoraron las llamas, y dado que el fuego no distingue entre la palabra de Dios y la de la Compañía Soviética de Teléfonos, tanto el Corán como la guía telefónica habían retornado a Su boca en el mismo hálito de humo.
Los dedos de la niña rodeaban su muñeca como una pulsera. Hubiera querido echársela al hombro y salir corriendo hacia el norte hasta que el bosque se tragara al pueblo, y sin embargo, allí, de pie frente a las maderas ennegrecidas, era incapaz de reunir las fuerzas necesarias para que de sus labios saliera una palabra de consuelo, para sostener la mano de la niña en la suya propia, para dirigir sus pies en la dirección que quería tomar.
–Eso es mi casa–. La voz de la niña rompió el silencio y él la escuchó como si fuera el único sonido en un pasillo vacío.
–No pienses más en ella así–, dijo él.
–¿Así cómo?
–Como si aún fuera tuya.
Le envolvió el cuello con su pañuelo de color naranja brillante y frunció el ceño ante la huella tiznada de un dedo en su mejilla. La noche anterior él estaba despierto en la cama cuando llegaron los federales. Primero el murmullo de un motor diésel, un ruido sordo y débil que había aprendido a temer más que a los disparos, después voces que hablaban en ruso. Fue al salón y se asomó por detrás de las cortinas tanto como le permitió su osadía. A través del triángulo de cristal, los faros de un vehículo partían la noche. Cuatro soldados fornidos, bien alimentados, bajaron del furgón. Uno de ellos bebía vodka de una botella y maldecía la nieve dando trompicones. La mañana en que se presentó en el centro de reclutamiento de Vladivostok, su abuelo le había contado que de no ser por las dotes entumecedoras del vodka habría perecido en Stalingrado; el soldado, de mejillas erosionadas tras años de aplicarse pasta de dientes sobre el acné juvenil, opinaba que la guerra de Chechenia era peor que la de Stalingrado y se dosificaba el vodka proporcionalmente. Desde el salón de su casa Akhmed quería gritar, batir los tambores de alarma, encender una bengala. Pero al otro lado de la calle los soldados ya llegaban a la puerta de Dokka y él ni siquiera miró el teléfono, sin línea desde hacía diez años. Golpearon la puerta una vez, dos veces, y la echaron abajo a patadas. A través de la entrada Akhmed veía la luz de las linternas moviéndose por las paredes. Así pasaron los dos minutos más largos de su vida hasta que los soldados reaparecieron en el umbral con Dokka. La cinta americana que le tapaba la boca ahogaba sus gritos. Le pusieron una capucha negra en la cabeza. ¿Y Havaa? La frente de Akhmed estaba perlada de sudor. Sentía las manos imposiblemente pesadas. Cuando los soldados agarraron a Dokka por los hombros y el cinturón y lo lanzaron a la parte trasera del furgón, la sensación de alivio que invadía a Akhmed se trocó en desprecio hacia sí mismo porque él estaba vivo y a salvo en el salón de su casa, mientras que al otro lado de la calle, a menos de veinte metros de distancia, dentro del furgón Dokka era ya hombre muerto. Sobre el parachoques del vehículo, la marca 02 pintada en blanco indicaba su pertenencia al Ministerio del Interior, lo cual significaba que no quedaría registro del arresto, lo cual significaba que Dokka nunca había sido oficialmente detenido, lo cual a su vez significaba que nunca se le volvería a ver. –¿Dónde está la niña?–, se preguntaban los soldados unos a otros. –Aquí no está. –¿No estará escondida bajo la tarima? –No. –Ocupaos de ello por si acaso. El soldado borracho destapó una lata de gasolina y entró dando tumbos en casa de Dokka. Mientras salía, lanzó una cerilla por encima del hombro y cerró la puerta. Las llamas treparon por las cortinas delanteras, los cristales del alfeizar se empañaron. ¿Y Havaa? Cuando el furgón partió finalmente las llamas ya se habían extendido por las paredes y el techo. Akhmed esperó hasta que las luces traseras del vehículo se habían convertido en cerezas de luz en la distancia antes de cruzar la calle. Rodeando las llamas penetró en el bosque que había detrás de la casa. Sus botas quebraban el matorral congelado y a la luz del fuego habría podido contar los anillos de los tocones de los árboles. Detrás de la casa, escondida entre los árboles, titilaba la cara de la niña. De sus ojos salían líneas de piel blanca que atravesaban las manchas de ceniza que tenía en las mejillas. –Havaa–, la llamó. La niña estaba sentada sobre una maleta y no respondía a su nombre. La levantó en sus brazos como a un hato de leña fina, la llevó a su casa y le limpió la frente de ceniza con un paño húmedo. La metió en la cama junto a su mujer inválida y ya no supo qué más hacer. Podía haber salido a tirar bolas de nieve a la casa en llamas o quedarse en la cama para que la niña sintiera el calor de dos cuerpos adultos, o realizar las abluciones y rezar, pero hacía horas que había hecho la plegaria del isha’a y si cinco oraciones diarias no habían salvado a Dokka, una sexta no iba a apagar el incendio. Finalmente fue al salón, descorrió las cortinas y observó cómo la casa que había ayudado a construir desaparecía entre las llamas. Ahora, a la mañana siguiente, mientras le envolvía el cuello con su pañuelo naranja, descubrió la huella de un dedo en la mejilla de la niña, y como podía ser la huella de Dokka, allí la dejó.
–¿Dónde vamos?–, preguntó ella. Estaba de pie sobre los surcos congelados de las ruedas de la noche anterior. La nieve se extendía a ambos lados. Akhmed no se había preparado para esto. No alcanzaba a imaginar qué podían querer de Dokka los federales, y mucho menos de la niña. Y allí la tenía, no más alta que su estómago, no más pesada que un cesto de leña, pero para él, una criatura inmensa y abrumadora a la que estaba destinado a fallar.
–Vamos al hospital–, dijo con el tono más decidido que pudo.
–¿Por qué?
–Porque es un lugar seguro. Es donde va la gente cuando necesita ayuda. Además allí conozco a alguien, a una doctora–, dijo a pesar de que todo lo que sabía de ella era su nombre. –Ella nos ayudará.
–¿Cómo?
–Le voy a preguntar si te puedes quedar con ella–. ¿Qué estaba diciendo? Al igual que la mayoría de sus planes, este también parecía muy sólido en teoría pero se desplomaría como un ave no voladora en cuanto lo soltara al aire. La niña frunció el ceño.
–No va a volver, ¿verdad?–, preguntó. Fijó la vista en la maleta de cuero azul que había entre ellos apoyada en el suelo de la calle. Ocho meses antes su padre le había dicho que preparara una maleta y la pusiera en el armario, y allí se había quedado hasta la noche anterior, cuando se la había puesto en la mano a toda prisa y la había sacado a empujones por la puerta trasera mientras los federales echaban abajo la principal.
–Me parece que no.
–Pero no lo sabes, ¿no?–. No era una acusación, pero a él le sonó como si lo fuera. ¿Era él un médico tan incompetente que la niña dudaba en confiarle la vida de su padre hasta para hacer conjeturas? –Seamos cautelosos–, dijo, –es más seguro pensar que nunca volverá.
–Pero ¿y si vuelve?
El anhelo aparejado a aquella simple pregunta era más de lo que podía soportar. ¿Y si empezaba a llorar? De pronto el llanto de la niña se convirtió en una posibilidad aterradora. ¿Cómo lo detendría? Tenía que mantenerla calmada, tenía que mantenerse calmado. Sabía que el pánico podía extenderse entre dos personas más rápido que cualquier virus. Sus dedos jugueteaban con el pañuelo. De algún modo había sobrevivido al incendio tan naranja como el día que lo sacaron de la cuba de tinte. –¿Qué tal esto? Si vuelve yo le diré dónde estás. ¿Te parece buena idea?
–Mi padre es una buena idea.
–Sí que lo es.
Avanzaron lentamente por la carretera de servicio del bosque de Eldár, el acceso principal al pueblo. Sus huellas comenzaban donde terminaban los surcos de los neumáticos. A ambos lados de la calle Akhmed reconocía las casas por el apellido de sus dueños, no por el número. Un rostro se asomó por una ventana que no estaba claveteada con tablones y desapareció.
–Ponte bien el pañuelo–, le ordenó. A pesar de que los únicos años que había vivido fuera de Eldár eran los que había pasado en la Facultad de Medicina, ya no confiaba en el sistema tradicional de clanes o teips que habían sobrevivido a un siglo de gobierno zarista y a otro de gobierno soviético sólo para desaparecer en una guerra de independencia nacional. Después de una tregua demasiado anárquica como para calificarla de paz, la guerra se había recrudecido y el teip local se había fragmentado en unidades de lealtad cada vez menores hasta que al final el único vínculo inquebrantable era la fidelidad entre padres e hijos. La industria maderera, único sector estable del pueblo, se hundió en cuanto cayeron los primeros obuses y, a falta de perspectivas viables, los que no podían emigrar sobrevivían vendiendo armas a los rebeldes o se convertían en chivatos de los federales.
Mientras caminaban le pasó a Havaa el brazo por encima del hombro. Siempre había sido una niña dura y valiente pero en aquella resignación, en aquella pasividad, había algo diferente. Iba junto a él pisando la nieve con fuerza y dándole patadas a cada paso, así que para animarla le susurró un chiste sobre un imam ciego y una prostituta sorda. No era apropiado en absoluto para una niña de ocho años, pero era el único que recordaba. No sonrió siquiera, pero le escuchaba. Se abrochó el abrigo acolchado que llevaba encima de la sudadera que en Manchester, Reino Unido, había calentado los hombros de cinco hermanos antes de que el sexto, un fervoroso filántropo de seis años, la donara en la colecta de ropa de la Cruz Roja de su colegio de modo que su madre no tuviera más remedio que comprarle una nueva.
Al final del pueblo, donde el bosque se echaba encima de la carretera, pasaron por delante de un retrato de un metro de altura clavado al tronco de un árbol. Dos años atrás, después de la desaparición de cuarenta y un habitantes del pueblo en un solo día, Akhmed dibujó cuarenta y un retratos en cuarenta y una tablas de contrachapado, los impermeabilizó y los colgó por todo el pueblo. Este en particular era el de una mujer hermosa y ególatra a la que había asistido en el parto de su segunda hija. A pesar de haberla perseguido durante años, jamás le había pagado los honorarios por sus servicios. Cuando la secuestraron, Akhmed decidió pintar en su retrato un pelo rizado que le salía por el agujero izquierdo de la nariz. Después de aquella pequeña burla, había hecho las paces con el espectro de la vanidosa mujer. Parecía una giganta que mirara fijamente desde el tronco de un árbol. Al poco tiempo no era más que un par de ojos, una nariz y una boca que se difuminaban entre los árboles.
A su alrededor se elevaba el alto bosque de sauces raquíticos con espirales de corteza grisácea colgando de los troncos. Caminaban por el arcén de la carretera, matorrales congelados se extendían por la grava. Por allí, lejos de las huellas de las rodaduras de los tanques, había menos posibilidades de pisar una mina. De todas maneras no le quitaba ojo a cualquier posible montículo sobre el hielo. Por si acaso, caminaba unos metros por delante de la niña. Se acordó de otro chiste, uno sobre un comisario político locamente enamorado, pero decidió no contárselo. Cuando comenzó a quedarse rezagada, la condujo durante cinco minutos hacia el interior del bosque y se sentaron en un tronco caído que no se veía desde la carretera. Ella le pidió su maleta azul. Se la dio y ella la abrió para llevar a cabo un inventario silencioso de su contenido.
–¿Qué llevas ahí?–, preguntó.
–Mis souvenirs– dijo ella, pero él no comprendió a qué se refería. Sacó un trozo de pan negro seco que llevaba envuelto en un pañuelo blanco, lo partió en dos trozos de distinto tamaño y le dio el más grande a la niña. Ella comía con rapidez. Él se tomaba su tiempo. El hambre llevaba tanto tiempo instalada en su estómago que ya la sentía como si fuera un órgano inflamado. Con la lengua convirtió la pulpa del pan masticado en un óvalo que se colocó contra la cara interna de la mejilla como si se tratara de una píldora. Si el pan no le llenaba el estómago, que al menos le llenara la boca. Antes de que le diera un segundo mordisco al pan, la niña ya se había terminado la mitad de su ración.
–No tengas tanta prisa. Las papilas gustativas no están en el estómago.
Ella se detuvo a considerar aquel razonamiento y le dio otro mordisco al pan.
–El hambre tampoco está en la lengua–, murmuró mientras masticaba. Una de sus manos era una bandeja con la que recogía las migas y las lanzaba a la boca.
–Yo antes odiaba el pan negro–, dijo él. Cuando era niño sólo comía pan negro si tenía encima una buena cucharada de miel. En el transcurso de un año su madre le quitó el hábito cortándole rebanadas cada vez más grandes hasta que el desayuno se convirtió en un diminuto y triste oasis de miel en un enorme desierto de pan.
–¿Entonces, me lo das?
–He dicho antes–, respondió mientras se imaginaba un bote miel lleno hasta el borde sobre una encimera y ninguna tabla de cortar pan a la vista.
La niña se puso de rodillas y empezó a curiosear bajo el tronco. –¿Estará bien Ula allí sola?
Su mujer no estaba bien sola, ni con él, ni con nadie. En su opinión padecía, en términos médicos, de lupus asociado a alguna forma de demencia temprana, pero en la práctica sus nervios estaban tan destrozados que le dolían los codos al hablar y tenía más cerebro en los tobillos que en la cabeza. Aquella mañana antes de salir le había dicho que estaría fuera todo el día. Mientras lo miraba con ojos aturdidos y vacíos, Akhmed se sintió como una más de sus visiones. La tomó de la mano y le describió de memoria los apacibles campos, el jardín de hierbas aromáticas y la cabaña de un óleo de Zakharov, hasta que el sueño volvió a apoderarse de ella. Cuando despertara otra vez aquella mañana, ¿le seguiría viendo allí sentado en la cama a su lado? Quizá una parte de él estaba aún allí; quizá él mismo era algo que ella había fabricado en sueños.
–Ya es mayor–, respondió por fin sin pensar demasiado. –No te preocupes por los adultos.
Detrás del tronco, Havaa no dijo una palabra.
Siempre había intentado tratar a Havaa como a una niña y ella siempre lo había aceptado, como si la inocencia y la niñez fueran criaturas míticas desaparecidas hacía siglos y resucitadas tan sólo por medio de la fantasía de los juegos. Ella sólo había pisado una escuela las veces que habían ido a robar pupitres para hacer leña, pero a veces él se imaginaba que compartían la misma sabiduría y únicamente los años y la experiencia los separaban. Aquello, por supuesto, no era verdad, pero él necesitaba creer que la niña había vivido más años de los que tenía, que era capaz de enfrentarse a lo que nadie con ocho años es capaz de enfrentarse. Se volvió a subir al tronco sin mirarle.
–¿Qué es eso?–, le preguntó. Ella levantó con delicadeza algo de color amarillo en la palma de la mano.
–Un bicho congelado–, respondió metiéndoselo en el bolsillo del abrigo.
–Por si te da el hambre luego, ¿no?
Sonrió por primera vez en todo el día.
Siguieron avanzando por el arcén de la carretera y el paso más ligero de la niña compensaba el tiempo perdido en la pausa. Respirando profundamente, Akhmed buscaba hilos de humo de motor diésel o de goma de neumático quemada en el aire. La luz del día confería un cierto grado de seguridad. Nadie les confundiría con perros salvajes.
Oyeron a los soldados antes de ver el puesto de control. Akhmed levantó la mano. El viento rellenaba el espacio entre sus dedos. La carretera de servicio del bosque de Eldár, antiguamente utilizada para el transporte de madera, conectaba el pueblo con la ciudad de Volchansk. Los huecos entre los troncos de los árboles eran los únicos puntos de salida entre la ciudad y el pueblo. En los últimos tiempos los federales habían reducido su presencia a un solo puesto de control. Se encontraba medio kilómetro más adelante, al final de una curva muy pronunciada.
–Volvamos al bosque.
–¿Vamos a comer otra vez?
–No. Sólo a caminar. Y tenemos que estar callados.
La niña asintió y se llevó el índice a los labios. El bosque entero se había congelado y caído al suelo. Ramas torcidas surgían de debajo de la nieve y les arañaban las espinillas desde todos los ángulos mientras se alejaban lo más posible del puesto de control. Visto a través de los árboles, no era más que un estropeado trozo de lona del ejército, clavado al tronco de un álamo en un fracasado intento de darle un cierto aspecto oficial, con un puñado de soldados aquí y allá. Atravesar aquel espacio lleno de hojas congeladas en silencio era imposible, pero los soldados, ocho hombres que entre todos sumaban más enfermedades venéreas que palabras en checheno, no parecían estar más alerta que una panda de conejos enloquecidos, así que volvieron a la carretera unos trescientos metros más allá del puesto. Entre las nubes blancas brillaba un sol de color amarillo huevo. Era casi mediodía. Detrás quedaban los árboles, repitiéndose una y otra vez por todo el bosque. Ninguno tenía nada de especial comparado con el de al lado, pero cada uno era único en algún aspecto: el número de ramas, la anchura del tronco, el círculo de hojas caídas rodeando el pie. No eran más que detalles nimios, y sin embargo, gracias a los detalles nimios una cara, un par de ojos y una nariz se transformaban en un rostro.
Los árboles dejaron paso a un amplio prado cortado en dos por la carretera.
–Vamos a darnos prisa–, dijo; detrás de él, la niña aceleró el paso. Iban casi por la mitad cuando se encontraron con los cuartos traseros amputados de un lobo. Más adelante la sangre teñía la nieve de un marrón rojizo. El frío lo había conservado todo. La cabeza y las patas delanteras yacían en el suelo conectadas con la parte de atrás por medio de tres metros de vísceras reventadas. Lo que quedaba de la congelada cara del lobo conservaba la expresión con que lo sorprendió la muerte. La lengua sobresalía de las fauces.
–Qué animal tan imprudente–, dijo Akhmed. Trataba de mirar a otro lado, pero había trozos de lobo por todas partes. –No tuvo en cuenta las minas.
–Nosotros tenemos más cuidado.
–Sí. Seguiremos por la carretera. No caminaremos por los campos.
La niña estaba a su lado. Su hombro le rozaba el costado. Aquello era lo más lejos que había estado nunca de su casa.
–Esto no ha sido siempre así. Antes de que tú nacieras había lobos y pájaros y bichos y cabras y osos y ovejas y ciervos.
La nieve espesa se extendía cien metros hacia el bosque. Unos tallos muertos sobresalían del hielo marrón en el que el lobo yacería hasta la primavera. Sus alientos pesados moldeaban el aire. Ningún profeta había augurado aquel momento. Ni el sonido de las trompetas ni el batir de las alas de los ángeles habían anunciado jamás que algún día precisamente aquella niña sostendría su mano precisamente en aquel prado.
–Vivían aquí–, dijo él con la mirada fija.
–¿Adónde se los llevaron los federales?
–Deberíamos seguir andando.
Polillas blancas volando alrededor de una bombilla fundida.
Una mano firme sobre el hombro la sacó del sueño. Sonja estaba dormida en una cama de la sala de traumatología con la ropa de quirófano aún puesta. Antes siquiera de volver los ojos hacia la mano que la despertaba, antes siquiera de levantarse de la marca que su cuerpo había dejado sobre la débil gomaespuma del colchón, se llevó la mano al bolsillo, más por instinto que por necesidad, y agitó el bote de pastillas de color ámbar como si su contenido la hubiera seguido al mundo de los sueños y también necesitara despertarse. Las anfetaminas tintinearon en respuesta. Se sentó, ya consciente, parpadeando para sacar de su vista las polillas que aleteaban.
–Hay alguien que desea verla–, anunció la enfermera Deshi, y comenzó a retirar las sábanas sin darle tiempo a levantarse.
–¿Verme para qué?–, preguntó. Se agachó y se tocó los pies, aliviada de que aún siguieran allí.
–Ahora se piensa que también soy su secretaria–, dijo la vieja enfermera negando con la cabeza. –Dentro de nada también querrá pellizcarme el trasero como el oncólogo aquel que en un solo año acosó a cuatro enfermeras hasta que salieron corriendo. Qué vergüenza de profesión. Jamás he conocido a un oncólogo que no fuera un hedonista.
–Deshi, ¿quién quiere verme?
La vieja enfermera la miró con sorpresa. –Un hombre de Eldár.
–¿Es sobre Natasha?
Deshi tensó los labios. Podría haber dicho no o esta vez no o ya va siendo hora de que se dé por vencida, pero en vez de eso se limitó a negar con la cabeza de nuevo.
El hombre estaba apoyado en la pared del pasillo. En la parte de atrás de la cabeza llevaba un pes con borlas y cuentas demasiado pequeño y sobre los hombros una chaqueta que parecía estar colgando de una percha. A su lado una niña revisaba el contenido de una maleta azul.
–¿Sofia Andreyevna Rabina?–, preguntó.
Ella dudó un instante. No había oído ni pronunciado su propio nombre en ocho años y ya sólo respondía a su diminutivo. –Llámeme Sonja–, dijo por toda respuesta.
–Me llamo Akhmed–. Una barba negra y corta le cubría la cara. La espuma de afeitar era un lujo prohibitivo para muchos. No podía saber si aquel tipo era un insurgente wahabí o sencillamente un mendigo.
–¿Es usted un barbudo de esos?–, preguntó.
Se llevó la mano a la barba con incomodo. –No, no, en absoluto. Es que llevo algún tiempo sin afeitarme.
–¿Qué desea?
Señaló a la niña con la cabeza. Llevaba un pañuelo naranja, un abrigo rosa demasiado grande y una sudadera del Manchester United procedente, imaginaba Sonja, del aluvión de ropa del Manchester que había inundado los cargamentos de donaciones el año que Beckham fichó por el Madrid. Tenía la pálida piel cerúlea de una pera verde. Cuando Sonja se acercó, la niña había abierto la tapa de la maleta y sostenía en la mano algo que quedaba fuera de su vista.
–Necesita un sitio donde quedarse.
–Y yo un billete al Mar Negro.
–No tiene adonde ir.
–Ni yo he tomado el sol en diez años.
–Por favor.
–Esto es un hospital, no un orfanato.
–No quedan orfanatos.
Se volvió hacia la ventana por pura costumbre, ya que no se veía nada a través de los paneles fijados con cinta americana. La única luz procedía de los tubos fluorescentes del techo, bajo cuyo brillo azulado todos tenían aspecto de sufrir hipotermia. ¿Había una polilla revoloteando alrededor de uno de ellos? No, de nuevo eran sólo alucinaciones suyas.
–A su padre se lo llevaron anoche las fuerzas de seguridad. Al Vertedero, lo más seguro.
–Lo siento mucho.
–Era un buen hombre. Antes de las guerras se dedicaba a la arboricultura. No tenía dedos. Era muy bueno al ajedrez.
–Es muy bueno al ajedrez–, le interrumpió la niña fulminándole con la mirada. La gramática era el único ámbito en el que podía mantener vivo a su padre. Después de corregir la afirmación de Akhmed apoyó la espalda en la pared y con una serie de exhalaciones cortas y llenas de certeza dijo es, es, es. Su padre era la primera cara que veía al despertar y la última al acostarse, lo era todo, llenaba de tal manera el mundo de Havaa que era una presencia tan difícil de describir como el mismo aire.
Akhmed invocó la figura del arbolista por medio de pequeños detalles y Sonja le permitió continuar durante más tiempo del que normalmente le hubiera concedido porque ella también había intentado resucitar a alguien mediante la enumeración de recuerdos, también había intentado devolver a una persona a la vida dibujando su silueta sobre cenizas, y también esperaba que por medio de la confección de listas con las canciones favoritas, los platos preferidos y las irritantes costumbres de Natasha, su hermana se materializaría espontáneamente bajo la presión de sus particularidades.
–Lo siento–, repitió.
–Los federales no sólo buscaban a Dokka–, dijo él en voz baja dirigiendo su mirada a la niña.
–¿Qué querrían de ella?–, preguntó Sonja.
–¿Qué quieren de cualquiera?–. A la doctora aquella urgente prepotencia le resultaba familiar, la había contemplado en las caras de innumerables maridos, hermanos, padres e hijos, y se alegraba de poder verla en la cara de un extraño sin conmoverse.
–Por favor, deje que se quede–, repitió Akhmed.
–Imposible–. Era la decisión correcta, la decisión responsable. Ocuparse de los moribundos ya era una tarea que la superaba. No podían pedirle que se ocupase también de los vivos.
El hombre miró al suelo con una cara de decepción que inexplicablemente le trajo el recuerdo de b) sustitución electrofílica aromática, la única respuesta de su examen final de química orgánica que había fallado. –¿Cuántos doctores trabajan aquí?–, preguntó él, aparentemente decidido a intentar una estrategia distinta.
–Una.
–¿Se ocupa usted de todo el hospital?
Se encogió de hombros. ¿Qué esperaba? Los que podían permitirse el lujo de huir gracias a la titulación superior, los ahorros o los poderes de predicción ya lo habían hecho. –Deshi es la encargada. Yo sólo trabajo aquí.
–Soy médico de familia. No soy cirujano ni especialista, pero tengo el título–. Se llevó la mano a la barba. Una miga de pan salió disparada. –La niña se queda y yo trabajo aquí hasta que le encuentre un hogar.
–Nadie la acogerá.
–Entonces seguiré trabajando aquí. Me licencié en la Facultad de Medicina entre los diez primeros de mi clase.
A esas alturas la capacidad de aquel hombre de convertir un ruego en una orden la estaba poniendo nerviosa. Ya hacía ocho años que había vuelto de Inglaterra con su título de doctora y aún recibía aquel respeto que tanto le sorprendió el día que llegó a Londres para estudiar Medicina. Daba igual que fuera mujer, daba igual que fuera de etnia rusa; era el único cirujano de Volchansk y eso hacía que fuera respetada, honrada y apreciada en la guerra como nunca lo sería en la paz. ¿Y ahora aquel médico rural, aquel hombre tan flaco que podría tocarle la columna vertebral simplemente apretándole el estómago, esperaba su conformidad? No le molestaba tanto su tono de voz como lo preciso de la valoración que hacía de sí mismo. Como único miembro restante de una plantilla de quinientos empleados estaba completamente agobiada por la cantidad de trabajo. Se alimentaba de anfetaminas y leche condensada azucarada, sufría alucinaciones habitualmente, tenía dificultad para empatizar con los pacientes y había visto suficientes casos de trastorno por estrés traumático secundario como para contarse a sí misma entre ellos. Al final del pasillo, a través de la puerta entreabierta de la sala de espera, podía distinguir el dobladillo de un vestido negro, unos tenis negruzcos que un día fueron blancos y un hijab verde que en lugar de cubrir el frondoso pelo negro de su dueña servía de cabestrillo al brazo roto de una mujer que tenía huesos de pájaro y deficiencia de calcio, y que estaba segura de estar sufriendo su vigésimo segunda fractura cuando en realidad era solamente su vigésimo primera.
–¿Entre los diez primeros?–, preguntó Sonja con franco escepticismo.
Akhmed asintió enfático. –Nueve con seis de media para ser exactos.
–Entonces explíqueme qué haría con un paciente que no responde.
–Mmmmm, veamos–, titubeó Akhmed. –Lo primero sería hacerle rellenar un cuestionario para tener una idea de su historial médico y de cualquier enfermedad o dolencia de carácter hereditario.
–¿De verdad le daría un cuestionario a un paciente que no se encuentra consciente y no responde a estímulos?
–Claro que no, no sea tonta–, dijo él con tono dubitativo, –se lo daría a la mujer del paciente.
Sonja cerró los ojos con la esperanza de que cuando los volviera a abrir, tanto aquel médico idiota como su protegida hubieran desaparecido. No hubo suerte. –¿Le gustaría saber lo que haría yo?–, preguntó. –Yo comprobaría que las vías respiratorias no estuvieran obstruidas, después el ritmo respiratorio, después le tomaría el pulso, después estabilizaría la zona cervical. Nueve de cada diez veces me concentraría en la homeostasis. Cortaría las ropas para descartar la existencia de heridas abiertas en el cuerpo del paciente.
–Sí, claro–, dijo Akhmed. –Me ocuparía de todo eso mientras la mujer del paciente rellenaba el formulario.
–Probemos con algo más de su nivel. ¿Qué es esto?–, preguntó levantando el pulgar.
–En mi opinión se trata de un pulgar.
–No–, dijo ella. –Se trata del primer dedo de la mano, compuesto de primer metacarpiano, falange proximal y falange distal.
–Es otra manera de decirlo.
–¿Y esto?–, preguntó apuntando a su ojo izquierdo. –¿Qué puede decir de esto, aparte de resaltar el hecho de que se trata de un ojo, es de color marrón y se usa para ver?
Akhmed arrugó la frente pensando qué más podía añadir. –Dilatación de pupilas–, dijo finalmente.
–¿Se molestaron en enseñarles la sintomatología de la dilatación de pupilas a ustedes, los diez primeros de su clase?
–Contusión craneal, consumo de drogas o excitación sexual.
–O más probablemente, la pésima iluminación de este pasillo–. Se golpeó con el dedo una pequeña cicatriz en la sien que nadie sabía cómo se había hecho. –¿Y esto?
Akhmed sonrió. –De lo que pasa ahí dentro no tengo ni la menor idea.
Ella se mordió el labio y asintió. –De acuerdo–, dijo. –Necesitamos a alguien que lave las sábanas sucias, de todas formas. Ella puede quedarse si usted trabaja–. La niña estaba detrás de Akhmed. En la palma de su mano había un bicho amarillo en medio de un charco de hielo derretido. Sonja ya se estaba arrepintiendo de haber accedido. –¿Cómo te llamas?–, le preguntó en checheno.
–Havaa–, respondió Akhmed. La empujó suavemente hacia la doctora. La niña se apoyó contra su mano, temerosa de alejarse de su alcance.
Un año antes, cuando Natasha desapareció por segunda y última vez, las estancias de una o dos noches de Sonja en la sala de traumatología se fueron alargando hasta durar semanas. Cuando llegaron a pasar cinco semanas desde la última vez que había metido la llave en la cerradura de doble vuelta de su piso, abandonó completamente la idea de volver. Era como si las doce manzanas que la separaban de su hogar fueran el desierto del Sahara. Esperar a su hermana en aquel silencio era mucho peor que cualquier sonido procedente de la mesa de operaciones. Años antes de aquello, su prometido la había fotografiado posando con la mano apoyada en el Big Ben en perspectiva, de forma que parecía que lo estaba sosteniendo. Eso había sucedido en el octavo día de los diecisiete que había durado su compromiso. La foto estaba pegada con cinta adhesiva encima de la mesa del dormitorio, pero ni siquiera la idea de recuperarla la animaba a volver a casa. Vivir en la sala de traumatología no era tan diferente, ya que de todas formas pasaba allí al menos diecisiete de sus dieciocho horas de vigilia. Conocía los cuerpos que abría, arreglaba y cerraba mucho más íntimamente que sus cónyuges o sus padres y aquella intimidad era tan parecida a la creación como el aliento de la primera palabra de Dios.
Así que cuando aceptó que la niña se quedara con ella, quería decir allí en el hospital, cosa que de todas formas la niña ya había comprendido mientras la seguía hasta su habitación.
–Nosotras dormiremos aquí, ¿vale?–, dijo mientras colocaba la maleta contra una pila de colchones. La niña todavía sostenía el bicho. –¿Qué tienes en la mano?–, preguntó Sonja con indecisión.
–Un bicho muerto–, dijo la niña.
Sonja suspiró, agradecida y aliviada de saber que por lo menos no eran imaginaciones suyas. –¿Por qué?
–Porque me lo he encontrado en el bosque y lo he traído.
–¿Y por qué has hecho eso?
–Porque tenemos que enterrarlo mirando a La Meca.
Cerró los ojos. No estaba dispuesta a entrar en eso. Cuando era niña ya odiaba a los niños, y seguía odiándolos. –Luego vuelvo–, dijo, y regresó al pasillo.
Por lo menos Akhmed se cambiaba deprisa. En el tiempo de llevar la niña a su habitación ya se había puesto una bata blanca. Lo encontró pavoneándose frente al espejo del vestíbulo.
–Esto es un hospital, no un salón de baile–, dijo.
–Es la primera vez que me pongo una bata–. Le dio la espalda, pero el espejo conservaba su sonrojo.
–¿Cómo pudo hacer la residencia sin usar una bata?
Él cerró los ojos y se sonrojó aún más. –Mis profesores no esperaban gran cosa de mí. Residencia, lo que se dice exactamente una residencia, nunca la hice.
–No es lo que esperaba oír después de contratarle.
–Para mí es un privilegio trabajar aquí–. Sus pálidos bíceps asomaban por las mangas. –Siempre pensé que esto quedaría más holgado.
–Son batas femeninas.
–¿No hay ninguna de hombre?
–Aquí no trabaja ningún hombre.
–Así que llevo puesta ropa de mujer.
–Y también tendrá que usar un hijab–. Se puso pálido. –Es una broma–, añadió, –con un pañuelo será suficiente.
Asintió poco convencido. Era evidente que había contratado un bufón, pero un bufón capaz de lavar sábanas, hacer camas y lidiar con los familiares de los pacientes era mejor que nada. –¿Ha estado aquí antes?–, preguntó ella, que no estaba dispuesta a darle más que un breve tour por el edificio.
–Sí.
–¿Cuándo?
–Nací aquí.
Lo llevó por las fantasmagóricas salas: cardiología, medicina interna, endocrinología. Sus pisadas quedaban registradas en una gruesa capa de polvo y ceniza. –¿Dónde está todo?–, preguntó él. Las habitaciones estaban vacías. Colchones, sábanas, jeringas, camisones desechables, esparadrapo, apósitos, termómetros y bolsas intravenosas, todo estaba en el piso de abajo. Lo que quedaba era de obra o estaba atornillado al suelo. También había cosas que no servían de nada: retratos de familia, premios profesionales y marcos con diplomas de las facultades de medicina de Siberia, Moscú y Kiev.
–Nos lo hemos llevado todo a las salas de traumatología y maternidad–, dijo ella. –Es todo lo que podemos mantener abierto.
–Traumatología y maternidad.
–Tiene gracia, ¿no? Los que follan y los que mueren.
–No, no tiene ninguna gracia–. Se acarició la barba y se metió los dedos en ella hasta el primer nudillo. En momentos de dificultad o indecisión siempre se hurgaba la barba, rastreando el espeso pelo negro con los dedos sin encontrar jamás ni una pizca de sabiduría. –Vienen y van y todo sucede aquí.
Subieron por una escalera bañada por la luz azul de emergencia. En el cuarto piso lo condujo por un pasillo hasta el ala oeste del edificio. Abrió la puerta de un almacén sin avisarle. Una maliciosa alegría la recorrió cuando lo vio retroceder asustado para no precipitarse al vacío. –¿Qué ha pasado aquí?–, preguntó. A un metro de la puerta el suelo había desaparecido, así como las ventanas y el techo. La silueta de la ciudad conformaba un mural pintado en el aire del invierno.
–Hace unos años refugiamos a unos rebeldes. Los federales volaron la pared como represalia.
–¿Resultó alguien herido?
–Maali, la hermana de Deshi.
–¿Tan sólo una persona?
–Ventajas de la falta de personal.
Los días en que ambos bandos respetaban el alto el fuego, Sonja solía asomarse por aquella puerta para observar la ciudad y tratar de identificar los edificios por sus ruinas. Aquel que brillaba con diez mil relumbres de sol había sido un edificio de oficinas de vidrio laminado en el que trabajaban novecientas dieciocho personas. Bajo aquel minarete, un obeso imam dirigía las plegarias. Aquello era una escuela, aquello otro una biblioteca, más allá el club de los Jóvenes Pioneros, la cárcel, una tienda de alimentación. Allí estaba el lugar donde su madre le había aconsejado no fiarse jamás de un hombre que afirmara desear una esposa inteligente; donde su padre le enseñó a montar en bicicleta imitando el ruido de un autobús a toda velocidad que la atropellaría si no pedaleaba más rápido; donde resolvió su primer problema de álgebra con un profesor de primaria para quien los éxitos de Sonja servían de consuelo mientras se lamentaba por no haber seguido a su hermano a la mucho más lucrativa profesión de guardia de prisiones; donde había pedido ayuda al ver como un estudiante atacaba a otro con una lanza sólo para enterarse después de que estaban ensayando una tragedia de Esquilo. Parecía una ciudad hecha de cajas de zapatos que hubiera sido aplastada por un niño repelente. Podía pasarse toda la tarde reconstruyéndola y repoblándola hasta que la alucinación se convertía en la más verosímil de las realidades.
–Antes desde aquí no se veía el río–, dijo. –Ahora este es el edificio más alto de la ciudad.
Se habían construido altos edificios y se habían trazado planes para construir otros más altos aún. Tras la disolución de la URSS, las reservas petrolíferas prometían a Chechenia un futuro próspero en el seno de la inminente sociedad capitalista. Yeltsin había animado a las repúblicas a tomar toda la soberanía que pudieran asumir, así que, tras dos mil años de ocupación extranjera, parecía que la república alcanzaría por fin la independencia. Sus abuelos se habían trasladado a Volchansk en 1946, cuando Stalin decidió incluir a los conductores de camión y a las costureras en la lista de profesiones a purgar, pero ella se sentía tan jubilosamente patriótica como sus compañeros de clase chechenos, que podían remontarse hasta la semilla de sus árboles genealógicos. Aquel eléctrico optimismo se notaba incluso en los edificios encargados a arquitectos de Riad, Melbourne y Minsk. Las autoridades de la ciudad colgaron los planos en carteles por las calles y también los repartieron en forma de octavillas por el bazar para que todos los vieran. Sonja nunca había visto nada igual. Los bocetos sugerían que el sumun del diseño ya no consistía en embutir la mayor cantidad de hormigón armado posible en el rectángulo más espantoso que se pudiera. Un día puso al trasluz una octavilla y, mientras la luz roja del sol atravesaba el papel, las torres se convirtieron en parte de la silueta de la ciudad.
–¿De verdad que buscaban a la niña?–, preguntó volviendo a prestar atención a Akhmed. No es que le extrañara, simplemente lo preguntó. Las desapariciones caían aleatoriamente, como los rayos. Sólo los que eran verdaderamente culpables de apoyar a la insurgencia –una parte infinitesimal de los desaparecidos– disfrutaban del privilegio de comprender por qué morían.
–No tiene sentido–, dijo Akhmed. Sonja no sabía si se refería a la habitación sin suelo, a la ciudad destruida que había detrás o a la niña. En la distancia, una borrosa estela de balas trazadoras subió hacia el cielo y desapareció entre las nubes.
–Pronto será día de paga–, dijo Akhmed.
Ella asintió. A los federales sólo les pagaban si usaban un determinado porcentaje de sus municiones. Cuando los soldados se cansaban de disparar al aire, solían enterrar los proyectiles sobrantes para desenterrarlos unas horas después y reclamar la recompensa por el hallazgo de un arsenal rebelde oculto. –Vámonos–, dijo Sonja.
Pasaron por la sala de maternidad original, fuera de uso desde la muerte de Maali, y bajaron hasta la nueva. Deshi dejó a un lado las agujas de punto y le echó una ojeada llena de recelo a Akhmed mientras se acercaba a ellos. Después de setenta y tres años y doce historias de amor, cada cual con un comienzo más grandioso y un final más devastador que las demás, Deshi había aprendido a desconfiar de los hombres de toda edad y tamaño, ya fueran recién nacidos o tatarabuelos, ya que sabía que todos llevaban dentro el deseo de romper el corazón de las mujeres decentes. –¿Se va a unir a nosotros?–, preguntó.
–Provisionalmente–, dijo Sonja.
–¿Y la niña?
–Provisionalmente.
–Usted es la enfermera, ¿verdad?–, dijo Akhmed. –Nos hemos conocido hace un rato.
–Habla cuando no debe y sin que se dirijan a él–, observó Deshi.
–Sólo quería saludarla.
–Sigue hablando sin que nadie le hable y además tiene una nariz horrible.
–Oiga, que estoy aquí–, protestó Akhmed.
–Ahora nos dice que está delante, como si fuéramos ciegas e idiotas.
–¿Qué estoy haciendo mal?– le preguntó a Sonja. –Lo único que hago es estar aquí.
–Parece creer que su presencia transformará de alguna forma la fealdad de su nariz cuando lo cierto es que la observación del tal apéndice justo delante proporciona pruebas irrefutables de lo contrario.
–¿Qué se supone que debo decir?, miraba desesperadamente a Sonja. Ella sonrió y se volvió hacia Deshi.
–¿Ve usted cómo me mira?–, preguntó Deshi con una voz que temblaba de indignación. –Está intentando seducirme.
–¡Por supuesto que no! ¡Pero si sólo estoy aquí de pie!
–La negación es el primer impulso del traidor.
–Eso es una cita de Stalin–, dijo Akhmed.
–¿Ve usted? Es una sanguijuela y un estalinista.
–No sea ridícula.
–Seguro que es oncólogo.
–Hay pocos campos de la medicina más importantes que la oncología.
Deshi se quedó atónita. –¡Lo que yo decía!–, gritó. –Sanguijuela, estalinista y encima, oncólogo. Esto no puede ser. Es demasiado.
–Con todos los respetos, tengo treinta y nueve años y usted podría ser mi madre. Lo único que deseo mantener con usted es una relación profesional.
–¿Lo único que desea? Primero miradas lascivas y ahora insultos. Burlarse de una mujer mayor como yo… ¿Es que no tiene vergüenza este hombre?
–Lo siento, ¿vale? Lo siento. Sólo intento llevarme bien con usted.
Los labios de Deshi se afilaron en una mueca de desprecio. –Sólo un hombre débil pide disculpas a una mujer.
Akhmed tenía los ojos llorosos cuando Sonja intervino para interrumpir la conversación. Parecía aún más espantado que cuando abrió la puerta del almacén del cuarto piso que daba al vacío. A pesar de su risa no podía evitar sentirse culpable de exponer al hombre a Deshi sin previo aviso. –Basta–, dijo. –Akhmed, ésta es Deshi. Deshi, Akhmed. A trabajar.
–Encantada–, dijo Deshi antes de volver a su mesa junto a la incubadora.
–¿Qué le pasa?–, preguntó Akhmed cuando la enfermera no podía oírle.
–Y ahora se cree que a Deshi le pasa algo–, dijo Sonja. Una mirada de horror apareció en su cara y tuvo que asegurarle que estaba bromeando.
–Una vez se enamoró de un oncólogo. No salió bien.
En la primera cama había una mujer con el pelo negro y grasiento y un bebé que mamaba de su pecho izquierdo. Le tapó la cabeza al niño con la sábana cuando los vio acercarse.
–No pasa nada–, dijo Sonja. –Él también es médico.
–Pero es un hombre–, replicó.
–Este hospital es una casa de locos–, dijo Akhmed alejándose. La mujer le echó una mirada fulminante, poco complacida por la insinuación de que su hijo recién nacido estaba loco, y después retiró la sábana para mostrar la arrugada cara del niño que se agarraba al pezón.
–El bebé tiene hambre–, dijo Sonja.
–Ya se acostumbrará–, respondió la mujer cerrando los ojos.
En la siguiente cama otra mujer dormía con media cara enterrada en la almohada. A su lado, una incubadora sobre un carrito de metal. Dentro, un bebé escuálido y sobrecalentado parecía más un pájaro aplastado que un ser humano.
–¿Deficiencia nutricional intrauterina?–, preguntó Akhmed.
–Ausencia nutricional intrauterina. Desde que empezó la segunda guerra sólo hemos tenido un puñado de madres lo suficientemente sanas para dar a luz a niños sanos.
–Y los padres no serán civiles, supongo.
–No es política del hospital realizar ese tipo de preguntas–. Salió por la puerta. En el pasillo paró ante una bombilla apagada. –¿Ve usted alguna polilla por aquí?
–¿Qué?
–Nada–, dijo ella. En cinco semanas se encontraría una polilla aleteando por el comedor y no la creería real hasta que sintiera el crujido de las alas bajo su palma. –La sala de traumatología está al final del pasillo.
2
Pocos días después de la propuesta de los Acuerdos de Paz de Khasavyurt, Sonja rompió con su prometido escocés, se despidió de su trabajo de residente en el University College Hospital y voló desde Londres a Vladikavkaz vía Varsovia y Moscú. A la parte trasera del taxi pirata que tomó a su llegada le habían quitado los asientos para hacer sitio a los equipajes, de modo que su única maleta se deslizaba de lado a lado con cada curva y golpeaba una y otra vez contra el respaldo de su asiento como si le recordara insistentemente que su vida, a pesar de las ilusiones que se había hecho mientras el pecho de Brendan subía y bajaba junto al suyo, era tan insignificante que cabía entera en una sola maleta. Pensaba, –¿pero qué cojones estoy haciendo yo aquí otra vez?
Oscuras columnas de humo salían de chimeneas lejanas, una cadena montañosa azotada por el viento, el sabor del aire postsoviético como un trapo sucio en su boca. Al llegar a la estación de autobuses esperó a que su maleta estuviera fuera del vehículo antes de pagar al conductor. Al pasar por delante de los baúles de la época imperial de los demás viajeros, la Samsonite, regalo de despedida de Brendan, era un cartel de neón que anunciaba que era extranjera. La compañía de autobuses nacionalizada ya no cubría la ruta a Chechenia, pero después de esperar durante una hora en una cola de tres personas, un empleado le señaló un quiosco en el que se vendía porno lésbico, tabaco ucraniano, casetes de Air Supply y billetes para un autobús privado que hacía un viaje semanal entre Osetia del Norte y Chechenia. La próxima salida no era hasta la mañana siguiente. Aunque estaba cansada del viaje, sabía que no conseguiría dormir. Pasó la noche sentada en un banco de madera con la Samsonite atada al cordón de uno de sus zapatos para evitar que los niños gitanos se la robaran.
–Los voy a llevar derechitos a la tumba–, anunció el conductor mientras recogía los billetes por el pasillo del autobús a las seis y cuarto de la mañana. Caminaba inclinado hacia atrás como intentando mantener un vaso de chupito invisible en equilibrio sobre la barriga. –A la menor ocasión, pienso venderlos al primer bandido, secuestrador o traficante de esclavos que aparezca. El que avisa no es traidor. Yo no tendría que conducir este autobús hasta ese país de no ser porque ustedes han sacado estos billetes, y solamente por eso, pienso coger todos los baches y socavones que vea para que tengan un viaje tan horrible como el mío. No, no habrá paradas para ir al baño y sí, esto se debe a que sé cuánto duele un bache cuando tiene uno la vejiga llena.
Dormitó durante una hora con la cabeza apoyada en la ventana. El cristal transmitía cada sacudida y su sien la registraba. El chirrido de los frenos y las instrucciones amplificadas por megáfono de un guardia de fronteras ruso la devolvieron bruscamente a la realidad. Los soldados eran todo miedo y pelusilla adolescente. Ordenaron a los pasajeros que se bajaran del autobús y abrieran su equipaje en un campo a veinte metros de la carretera mientras ellos se acuclillaban con los brazos alrededor de las piernas y apretaban los ojos como si saltaran a un lago. El pobre conductor se balanceaba de lado a lado. Había vivido en la ribera del Terek desde niño y siempre había soñado con ser propietario de un barco de turistas. Hacía seis años y nueve meses, justo una semana antes de la caída del Muro de Berlín, el conductor había hundido los ahorros de su vida en un barco de turistas que nunca se construyó, y en un contrato para transportar por el río Terek a miembros del Partido que nunca se cumplió. Ahora estaba sentado con la espalda apoyada contra la rueda del autobús, pero la tierra firme era un océano incierto y encrespado y él aún había de sentir el mareo durante muchos años.
El control de carreteras espabiló a Sonja, así que se dedicó a mirar por la ventana sobre la que había dormido mientras cruzaban la frontera entre Osetia del Norte, bajo control ruso, y Chechenia. El conductor demostró ser un hombre de palabra por la carretera plagada de cráteres. Pasaron por campos abandonados. Una granja en ruinas. Un arado abandonado al final de un surco cuatro meses después del fin de la siembra. Un pozo petrolífero en llamas. En el horizonte, las montañas llevaban bonetes de nieve. Tardaron diez horas en recorrer los doscientos kilómetros hasta Volchansk. En la carretera había más controles policiales que gasolineras clausuradas con tablones. En cada uno de ellos tuvo que transportar su maleta a veinte metros de distancia de la carretera y abrirla mientras los soldados se tapaban los oídos por si acaso.
Comenzó a hablar con la anciana que viajaba junto a ella. Cada palabra daba vueltas por su boca como un hueso de aceituna antes de ser escupido. La señora resultó ser una maravillosa oyente, atenta y silenciosa, así que abrió el pestillo y le contó cómo había sido su vida hasta hacía dos días. Incluso le hizo un catálogo de los defectos de Brendan –los padrastros de los dedos sin arreglar, su costumbre de cantar temas de Rodgers y Hammerstein cuando meaba, su reticencia a corregirla cuando cometía errores gramaticales–. Sin embargo, por más que intentara convencer a la anciana de que Brendan habría sido un marido terrible, echaba de menos su costumbre de escribirle las iniciales de su nombre en la yema del pulgar con la punta reseca de los padrastros; cómo el ruido de la cisterna acompañaba los compases de the hiiiiiilllls are aliiiiiiive with the sound of muuuuuuusiiiiiiiic; los errores gramaticales que cometía a propósito para ver si ella los descubría; cómo destrozaban a mazazos las reglas del inglés y volvían a pegar los trozos a su manera para fabricar una lengua que sólo ellos entendían. Era maravilloso desahogarse con un oído comprensivo. Pasó una hora entera antes de que la anciana sacara un cuadernillo de su bolso y le pasara una nota en la que había escrito: pensé que ya te habrías dado cuenta. Soy sorda.
La terminal de autobuses de cuatro pisos de Volchansk se había convertido en un montón de escombros de un piso. Mientras el pasaje bajaba del autobús, el conductor puso la gorra para recoger propinas. –Dado que van ustedes a morir en este infierno–, pronosticó animadamente, –¿no prefieren darme sus rublos a mí, un honesto y religioso conductor que se juega la vida cada semana para alimentar a una familia, que a sus impíos asesinos?
A sabiendas de que era una imprudencia, Sonja depositó en la gorra un billete de mil rublos enfermo de hiperinflación y se apeó del autobús antes de que el conductor tuviera tiempo de echarle una maldición. En la manzana siguiente alcanzó a la anciana, que acababa de parar un Lada de color amarillo limón. La anciana había crecido en una plantación de limones y durante sus primeros diecisiete años no había probado una sola comida entre cuyos ingredientes no figurara el limón. Ensalada de pepino y limón, judías a la vinagreta de limón, pollo confitado al limón, trucha rellena de limón, kebab de cordero marinado con limón, arroz con eneldo y limón, muslos de pollo al horno con limón, salsa de yogur y limón, pudding de limón, tarta de albaricoque y limón, galletas con mermelada de limón y así sucesivamente. Aún le quedaban cuatro años y un mes para su septuagésimo sexto cumpleaños y el milagro de su primera lima.
La anciana le hizo señas de que cogiera el taxi y cuando Sonja lo rechazó, sacó de nuevo el cuadernillo y justo debajo de soy sorda escribió: queda poco para el toque de queda y tú eres más joven y más guapa que yo.
Lo que había sido una camioneta de reparto bloqueaba la calle a tres manzanas del piso. Sonja se bajó y el Lada amarillo limón desapareció a toda velocidad antes de que pudiera cerrar la puerta. A su izquierda, la fachada de un bloque de apartamentos había desaparecido. Observó las habitaciones como un ratón curioseando en una casa de muñecas. Giró en una calle en la que faltaban trozos de pavimento a intervalos regulares. Se suponía que en cincuenta kilómetros a la redonda el terreno era plano y no había valles ni colinas y sin embargo, allí estaba ella, trepando por la ladera de un cañón de asfalto y arcilla espesa y húmeda, trastabillando sobre piezas de mampostería rota que se habían desplomado desde seis pisos de altura hasta uno de profundidad, pisando canales de desagüe, maldiciendo y dándole patadas a la Samsonite al recordar que las instrucciones decían claramente que la maleta estaba diseñada para su uso sobre superficies lisas y ella se encontraba, por el contrario, en el fondo de un cráter. Fue entonces cuando la realidad la alcanzó de lleno: –¡Estoy en el fondo de un puto cráter!–, y el impacto la dobló por la mitad, seguido inmediatamente del puñetazo de una pregunta: –¿Qué estoy haciendo yo en el fondo de un puto cráter?–, cuya contestación tenía tan poca sustancia como la palabra en sus labios, como las tres sílabas que daban nombre a la razón de su retorno –Natasha–, su hermosa, arrogante y tremendamente sociable hermana, con la que había hablado por teléfono por última vez el día que estalló la primera guerra, hacía un año, nueve meses y tres semanas; a la que había visto por última vez el día que salió para Londres, hacía cuatro años, ocho meses y una semana; a la que había envidiado por última vez el día anterior al que recibió la noticia de la concesión de la beca para estudiar en Londres, hacía cinco años y dos meses, y a la que había querido por última vez en algún momento indeterminado del pasado, antes de que crecieran y se convirtieran en las personas que habían de ser. No se bajaría de la cama por su hermana pero había bajado al fondo de un cráter. No cruzaría una habitación por ella pero había cruzado un continente.
Su bloque de apartamentos estaba más allá de la panadería donde de niña le daban pastas de té a cambio de barrer la harina del suelo y reempaquetarla en bolsitas de papel marrón. Las ventanas habían estallado y una fila de agujeros de bala dejaba entrar la luz en el interior, pero el edificio aún se mantenía en pie. La puerta principal estaba tirada delante de la entrada como un felpudo. Subió a la tercera planta. Le faltaba el aliento.
La puerta de su piso estaba cerrada. Llamó a la puerta y esperó. No hubo respuesta de pasos acercándose, ni crujido de tablas. Después de que a la cuarta serie de cuatro llamadas le siguiera un cuarto silencio, sacó la llave de repuesto del neceser de viaje y abrió la puerta. No saludó en voz alta. La idea de su propia voz resonando sin respuesta en el piso vacío se le antojaba increíblemente triste. Al otro lado de la habitación, trozos de ocaso se encuadraban en los marcos vacíos de las ventanas. Una vela medio consumida sujeta con cera derretida descansaba en un vaso de chupito sobre la mesa del salón. En los últimos dos días había dormido cinco horas en total y un doloroso cansancio reverberaba por su cuerpo dándole punzadas en la piel. Encendió la vela. Un pequeño resplandor aleteó por las paredes de color blanco huevo. No había facturas ni cartas ni sobres, nada ligero que el viento pudiera haberse llevado por las ventanas rotas, nada sobre lo que se pudiera haber escrito una nota de despedida. El mobiliario seguía tal y como lo recordaba; el sofá junto a la pared derecha del salón, aún con las manchas de la vez que Natasha derramó una olla entera de borscht; la televisión Ekran en blanco y negro sobre un taburete para ordeñar; la mesa de la cocina calzada con tres cajas de cerillas. Aquello había sido su vida. Aquel había sido su sofá. Ahora volvía a él y enterraba la cara en los cojines y lloraba sobre la tela que, a pesar de los años, aún conservaba el olor a remolacha.
A la mañana siguiente llamó a las puertas de los pisos vecinos. No se acordaba de los nombres de sus propietarios pero, a juzgar por la falta de respuestas, habían huido de sus hogares tanto como de su memoria. Al cuarto día oyó pasos por el pasillo. Encontró a una anciana encorvada vestida con un impermeable verde a pesar de que brillaba el sol. La mujer llevaba una docena de bolsas de plástico unas dentro de otras atadas por las asas.
–¿Quién es usted?–, preguntó la mujer con tanta sospecha en la voz como para convertir la pregunta en una acusación. Laina iba ya por el final de la mediana edad cuando Sonja aceptó la beca de Londres. Trabajaba en el departamento de cosméticos de los Grandes Almacenes Principales de la ciudad y tenía una piel preciosa, una piel envidiada por las treintañeras, una piel que, según decía su supervisor con toda la razón, era la mejor publicidad del departamento, una piel cuidada con tantas hidratantes y emulsiones como había en el mostrador de cristal de los grandes almacenes, una piel que Sonja y su madre, e incluso Natasha, habían admirado y que ahora parecía la de un melocotón abandonado al sol durante muchos días.
–Soy Sonja–. Los dedos de Laina la escudriñaron sujetándole las muñecas y doblándole las orejas. –Ya veo–, dijo por fin convencida de la existencia física de Sonja. –Tú vivías aquí.
–La he oído caminar por el pasillo–, dijo Sonja unos minutos después mientras tomaban el té en el piso de Laina. –Pensé que era otra persona.
–No deberías abrir la puerta si oyes a desconocidos. No es buena idea.
–Esta vez sí lo ha sido.
