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En 1940, Marc Bloch, uno de los mayores historiadores franceses, escribió La extraña derrota, una intervención que dejaba al desnudo lo que entonces era un tabú: la colaboración con el nazismo de los intelectuales, dirigentes y parte de la sociedad de su país. Entendía que, sin una revisión honesta, cualquier consenso de posguerra tendría pies de barro. A Didier Fassin lo mueve un propósito similar: interpelar el silencio, el consentimiento o la complicidad de responsables políticos y élites respecto de la aniquilación de Gaza, y la condena o censura que ejercieron para acallar las voces críticas acusándolas de antisemitismo. Nada justifica el brutal atentado de Hamás del 7 de octubre de 2023, que produjo la mayor cantidad de víctimas israelíes desde la fundación del Estado de Israel en 1948; tampoco hay modo de negar el antisemitismo y la saña con la población civil. Pero lo que siguió no puede entenderse simplemente como legítimo derecho de defensa, sino como un episodio (¿el final?) de una historia más larga en la que Israel, con la anuencia de sus aliados de Occidente y de países árabes, ha ocupado ilegalmente territorios palestinos y ha sometido a su población a segregación y violencia cotidianas. ¿Cómo harán los países occidentales, de ahora en más, para hablar como portavoces de los derechos humanos? ¿Por qué creerles, cuando casi todos asisten pasivamente o proveen armas para asesinar población indefensa (niños, sobre todo) y arrasar la infraestructura básica de la vida, desde hospitales y escuelas hasta plantas potabilizadoras, de modo que si los gazatíes no mueren por las bombas mueren por hambre, deshidratación o falta de atención médica? Este libro sienta las bases para un debate respetuoso, sin doble vara, que no tilde de "antisemitas" las peticiones para dejar de matar civiles, que no llame "respuesta" a una empresa de aniquilación, ni "guerra Israel-Hamás" a una operación militar frontalmente dirigida contra un pueblo, su historia y su cultura.
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Seitenzahl: 168
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Índice
Cubierta
Índice
Portada
Copyright
Prefacio a la presente edición. Un momento de verdad para el mundo
Una extraña derrota
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
Coda
Didier Fassin
UNA EXTRAÑA DERROTA
Cómo el mundo consintió la aniquilación de Gaza
Traducción de Agustina Blanco (texto) y Luciano Padilla López (prefacio)
Fassin, Didier
Una extraña derrota / Didier Fassin.- 1ª ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2026.
Libro digital, EPUB.- (Singular)
Archivo Digital: descarga y online
Traducción de: Agustina Blanco
ISBN 978-987-801-552-1
1. Historia Contemporánea. 2. Ética. 3. Genocidio. I. Blanco, Agustina, trad. II. Título.
CDD 956.94
Título original: Une étrange défaite. Sur le consentement à l’écrasement de Gaza
© 2024, Éditions La Découverte, París
© 2026, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.
<www.sigloxxieditores.com.ar>
Revisión: Laura Granero y Luciano Padilla López
Diseño de portada: Emmanuel Prado / <manuprado.com>
Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina
Primera edición en formato digital: febrero de 2026
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-552-1
Prefacio a la presente edición
Un momento de verdad para el mundo
Hace un año y medio, di los últimos retoques a este libro; lo concebía como un archivo de los seis primeros meses de una guerra que no era una guerra, porque consistía en una operación militar que un ejército por demás equipado llevaba adelante contra una población civil sin defensa alguna. En la práctica, era un proceso de aniquilación; desde entonces, lo calificaron de genocidio gran cantidad de expertos en asesinatos en masa y organizaciones internacionales (incluidos ciudadanos y núcleos israelíes) tanto como numerosos relatores y organismos de las Naciones Unidas. Sin embargo, aun más que esa acción criminal, mi expectativa era documentar la abdicación moral de la mayor parte de los países occidentales ante el arrasamiento de un territorio y del pueblo que lo habita. Ante esa situación, no había modo de que las palabras alcanzasen a expresar la realidad de los hechos: más que hablar de un renunciamiento –lo cual dejaría suponer que se atisbaba y se dejaba de lado una iniciativa de reacción que pudiese cesar la destrucción y la masacre–, se debía hablar de complicidad, ya que los gobiernos de esos países y parte de sus élites daban su apoyo a la empresa de devastación, y llegaban a reprobar, denunciar y hasta sancionar a aquellas y aquellos que intentaban oponer resistencia. Entonces, me propuse dar cuenta de un derrumbe ético y político –sin equivalentes desde la Segunda Guerra Mundial–, mientras quedaban de manifiesto las primeras señales de un revisionismo.
Dieciocho meses después de poner punto final a mi manuscrito, la faena de borrar de la faz del planeta la franja de Gaza y su población parece cerca de concluir. No solamente las bombas, los misiles y los drones desbarataron viviendas e infraestructuras, incluidos hospitales y escuelas, sino que el ejército israelí quiso sumar a esa obra de muerte la reducción de las palestinas y los palestinos del enclave a una forma de infravida, expulsándolos constantemente de lugares declarados peligrosos hacia lugares donde los reagrupaba y después los asesinaba, e imponiéndoles la privación de alimento, de modo que los escasos repartos de provisiones sirven de contexto y ocasión para nuevas matanzas. Gran parte de quienes habitan Gaza dice que preferiría morir en un bombardeo que de hambre y de sed y, sobre todo, que asistir al lento perecer de sus hijos por inanición. Esa tragedia que las grandes cadenas periodísticas terminaron por revelar, a menudo sin dejar de mencionar las declaraciones en que el gobierno israelí la negaba o la justificaba, suscitó emoción a escala internacional, en el público que descubría una realidad a la cual durante mucho tiempo le habían dicho que era imposible tener acceso e igualmente en los recintos del poder. Entretanto, salvo algunas condenas puramente verbales y por lo general moderadas, no se decidió sanción alguna.
En cuanto a Europa, si bien España, Irlanda, Suecia, Dinamarca y los Países Bajos llamaron a suspender los acuerdos de cooperación con Israel, los demás países –con Alemania y Hungría a la cabeza– se abstuvieron, y hasta se opusieron. Por su parte, los Estados Unidos no solo siguieron proveyendo armas pesadas a Israel y apoyando a su gobierno mientras imaginaban la limpieza étnica de Gaza para construir allí un complejo residencial de lujo, sino que a la par tomaron medidas represivas contra los representantes de las instituciones judiciales y diplomáticas de las Naciones Unidas y contra las universidades y las organizaciones acusadas de haber dado vía de expresión a voces en favor de los derechos de los palestinos. Además, la mayor parte de los países occidentales –entre ellos, el mío, Francia– cerraron sus puertas a los palestinos, aun en casos en que estos últimos tienen familia allí; no importó que necesitasen imperiosamente asistencia sanitaria o que ya fuesen beneficiarios de programas de acogida. Y si bien varios países acaban de anunciar su disposición a reconocer un Estado de Palestina –siete décadas después del solemne compromiso de las Naciones Unidas en ese sentido–, dicha concesión tardía llega cuando, con el impulso aportado por la ausencia de reacción de la comunidad internacional ante las declaraciones incendiarias de los responsables políticos israelíes y la vejación sangrienta perpetrada por su ejército, ya se está en un punto de no retorno en Gaza, pero también en Cisjordania y en Jerusalén Oriental.
Al respecto, los dos años transcurridos desde el ataque de Hamás no son otra cosa que la culminación –celebrada por los líderes políticos y los jefes religiosos israelíes– de un largo proceso colonial que comenzó junto con el siglo XX y se aceleró después del nacimiento del Estado de Israel. La conquista y ocupación de la entera Palestina histórica estaba incluida en los proyectos declarados de las organizaciones sionistas. Ya en su plataforma de 1977, el Likud –que de 1996 a esta parte lleva unas tres décadas en el poder, casi sin interrupciones– afirmaba la soberanía israelí del mar al río Jordán. Y lo que se está concretando es precisamente ese proyecto de erradicación de los Territorios Palestinos. Todas las interpretaciones que oficialmente –vale decir, sostenidas por los gobiernos y, asimismo, por los medios– postulan como fecha de inicio de la operación actual el 7 de octubre de 2023 apuntan a hacer tabula rasa de una historia larga. Por esa vía, escamotean la responsabilidad del Estado de Israel en la situación actual, del mismo modo que callan la responsabilidad de los países occidentales; tampoco tienen en cuenta la de amplia parte de los países árabes, que desde hace más de medio siglo hicieron ojos ciegos ante las violaciones del derecho internacional y de los derechos de las palestinas y los palestinos. Entonces, los acontecimientos de estos dos años constituyen un momento de verdad para el mundo occidental, que debe comenzar a admitir que desde hace largo tiempo sacrificó a los catorce millones de hombres, mujeres y niños de Palestina para darles a los judíos ese hogar nacional que les había negado dentro de su ámbito.
En esta situación, las voces de las palestinas y de los palestinos, por sofocadas que estén, se hacen oír de múltiples modos en medios alternativos, redes sociales, testimonios exfiltrados, poemas, audiovisuales. A los discursos de odio, venganza y violencia tan presentes en la sociedad israelí, esas voces oponen el duelo, el desasosiego, la desolación, el sentimiento de renovado abandono, pero a veces también destellos de esperanza y a cada instante la afirmación de la dignidad.
Didier Fassin
septiembre de 2025
Una extraña derrota
De tanto en tanto, el idioma muere.
Está muriendo ahora mismo.
¿Quién queda con vida para hablarlo?
Fady Joudah, 2024
El consentimiento para aplastar Gaza abrió un enorme abismo en el orden moral del mundo. En efecto, conforme pasa el tiempo, es probable que los hechos que se sucedieron en Palestina tras el ataque asesino de Hamás el 7 de octubre de 2023 y las reacciones que produjo en gran parte de los centros de poder –tanto político como intelectual– salgan a relucir con toda la crudeza de su significado. De la Realpolitik internacional de estos últimos tiempos, la historia recordará el apoyo que brindó para destruir a parte de la humanidad, y no tanto las sobradas muestras que dio de dejarla en el abandono. Esa anuencia para devastar Gaza y masacrar a su población, sumada a la persecución a los habitantes de Cisjordania, dejará una huella indeleble en la memoria de las sociedades que deban rendir cuentas al respecto. Inmediatamente después del fracaso del ejército francés en 1940, Marc Bloch escribió La extraña derrota, un análisis implacable de la concatenación de los hechos que desembocó en esa situación. En ese entonces, la derrota era militar. Hoy en día, la derrota es moral. Requiere un análisis que procure la misma lucidez que caracterizó al historiador francés, aunque el contexto y la prenda en juego sean muy diferentes y las divisiones éticas, más profundas.
Por ende, ese análisis tendrá presente qué llevó a responsables políticos y personalidades intelectuales de los principales países occidentales –salvo escasas excepciones, como España–, a aceptar la realidad estadística que dice que las vidas de los civiles palestinos valen mil veces menos que las vidas de los civiles israelíes y a afirmar que la muerte de los primeros merece menos honores que la de los segundos. Tendrá presente qué llevó a que se denuncie como acto antisemita el pedido de un inmediato alto el fuego que interrumpa la masacre de niños, después de que se dio muerte a más de 12.000 y de que se quemó, amputó o dejó en shock a tantos otros; qué llevó a prohibir las manifestaciones y reuniones en reclamo de una paz justa y a sancionar a las personas que hacían referencia a la historia de la región. También tendrá presente qué llevó que en su mayor parte de los grandes medios occidentales reprodujeran en modo automático la versión de los hechos tal como la enunciaba el bando de los ocupantes, sin someterla a verificación independiente, mientras que constantemente propalaban dudas sobre la versión de los hechos tal como la contaban los ocupados; qué llevó a que los poderes públicos, las instituciones científicas y las autoridades universitarias impusieran silencio a las voces que reclamaban la aplicación del derecho internacional de guerra y humanitario, mientras daban carta blanca a quienes conculcaban esa normativa; qué llevó a equiparar con un discurso de odio la crítica a un gobierno integrado por ministros de extrema derecha que profiere un discurso que deshumaniza a un pueblo cuya existencia incluso niega. Y qué llevó a que tantas y tantos que habrían podido hablar, e incluso oponerse, miren para otro lado cuando se extermina a un territorio, su historia, sus monumentos, sus hospitales, sus escuelas, sus viviendas, su infraestructura, sus rutas y sus habitantes, y varias y varios incluso inciten a proseguir esa aniquilación. Semejante trastrocamiento de los valores con los que se identifican las sociedades occidentales, semejante renunciamiento político y semejante derrumbe intelectual exigen ese análisis.
Probablemente haya que esclarecer la noción de consentimiento, que consta de dos dimensiones distintas. La primera es pasiva y consiste en no oponerse a un proyecto (esto permite que se lo lleve a término). La segunda es activa y consiste en aprobar ese proyecto, de modo que se colabora con su realización. En la guerra en Gaza, esas dos dimensiones se conjugan. Cuando el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se niega a imponer un cese el fuego a causa del veto de uno de sus miembros, o cuando el consejo directivo de una escuela de enseñanza superior rechaza la posibilidad de un voto asambleario que condene la destrucción de las universidades y el asesinato de sus profesores, consienten pasivamente: en el primer caso, que prosiga la matanza de la población palestina y la devastación de su territorio; en el segundo, que avance la aniquilación del sistema educativo y del mundo académico palestinos. En cambio, cuando los jefes de Estado que se van sucediendo en Jerusalén afirman el derecho incondicional de Israel a defenderse, o cuando sus gobiernos envían masivamente armamento, bombas y aviones, prestan consentimiento activo a que no se ponga coto a la intervención en represalia y que se aporten recursos adicionales para llevar a cabo esa acción, aunque a la vez los dirigentes y los militares israelíes, buscando justificar las matanzas de civiles, declaran públicamente que en Gaza no hay inocentes. Por lo demás, luego de que la Corte Internacional de Justicia (CIJ) reconociera que el riesgo de genocidio era bien real y debía evitarse, se observa que (por lo menos, oficialmente) algunos apoyos se han desplazado un poco, de un consentimiento activo a un consentimiento pasivo, aunque entretanto no se interrumpió el envío de material militar.
Sin embargo, en lo que va de la guerra, numerosos Estados occidentales hicieron bastante más que consentir. Impidieron que se expresaran aquellas y aquellos que defendían el derecho de los palestinos a vivir con dignidad –e incluso, sin más, a vivir–, acusándolos de incitación al odio o de apología del terrorismo, interpelándolos en los campus universitarios o prohibiéndoles la entrada al territorio europeo.
En efecto, la paradoja es que esa abdicación moral de los Estados se vio justificada en nombre de la mismísima moral. Los países europeos tenían una responsabilidad histórica con respecto a los judíos y debían garantizar su seguridad, según se decía. Ahora bien, el ataque del 7 de octubre era una acción monstruosa que amenazaba la existencia misma de Israel. Por ende, la reacción de las fuerzas israelíes se planteaba no solo como inevitable, sino también como legítima. En cuanto a la muerte de civiles palestinos, ciertamente era lamentable. Pero cabía considerarla como un daño colateral que el ejército israelí hacía todo lo posible por evitar. En definitiva, la destrucción de Gaza y de parte de su población era un mal menor para eliminar un mal tanto mayor: la desaparición del Estado de Israel buscada por Hamás. En esas condiciones, referirse a los crímenes que estaban cometiendo los israelíes ponía en evidencia la forma de racismo más sospechosa, o sea el antisemitismo, en particular si se hablaba de genocidio para nombrar la masacre de la población palestina, ya que era intolerable que se vieran acusados de estar perpetrándolo los descendientes de un pueblo víctima del principal genocidio de la historia. La buena conciencia estaba a favor del castigo colectivo de los palestinos. En suma, no solo se habían invertido los valores, sino que los cimientos sobre los cuales estos se apoyaban se tornaban inestables.
“De tanto en tanto, el idioma muere”, escribe el poeta palestino Fady Joudah. “Está muriendo ahora mismo. ¿Quién queda con vida para hablarlo?”. En los múltiples intercambios que a lo largo de los últimos meses sostuve con quienes comparten o no mi visión de aquello que se ha dado en llamar consentimiento para aplastar Gaza, surgió que no solo se había estrechado el espacio de la palabra a causa de las amenazas que pesaban sobre ella, sino que las palabras en sí mismas no bastaban para expresar lo que está en juego. Todas y todos éramos conscientes de que, anonadados e impotentes, estábamos asistiendo a un acontecimiento sustancial de la historia contemporánea, cuyas consecuencias morales, repercusiones políticas e implicancias intelectuales iban a ser enormes. Pero la lengua para denominarlo parecía muerta. O, dicho con mayor precisión, se intentaba hacerla morir, ya que se imponían un vocabulario y una gramática de los hechos, se estipulaba aquello que debía decirse y se condenaba aquello que no podíamos decir, so pena de quedar expuestos a la afrenta pública, relegados de la sociedad, despedidos de nuestros puestos, excluidos de nuestra institución de pertenencia, privados de financiamiento, despojados de un premio, apartados de una conferencia, sometidos a pesquisas de las fuerzas del orden, cuando no convocados por un juez para comparecer ante un tribunal. Esa policía de la lengua, que también era una policía del pensamiento, se alimentaba de las denuncias de colegas, profesores, ciudadanos, organizaciones comunitarias que exigían sanciones para las y los contraventores. Así, se volvió una necesidad recobrar una libertad de expresión, reivindicar un debate en torno a las palabras, defender la lengua para que el mundo se vuelva más inteligible.
Pero esa necesidad era aún más acuciante luego de la resolución de la CIJ que estimó “plausible” la perpetración de un genocidio en Gaza; por eso, la historia comenzó a reescribirse. Se borraban los rastros más vergonzantes de una incitación a cometer crímenes de guerra en nombre de aquello que daba en llamarse el derecho a defenderse. Se declaraba que el gobierno israelí era responsable de la mencionada crisis humanitaria, que había causado; pero esa declaración llegaba luego del respaldo a sus bombardeos y su embargo. Repentinamente, había pronunciamientos a favor de la interrupción de los combates, sin importar que las personas que antes la habían exigido habían quedado en tela de juicio. Se daban muestras de compasión, después de dar vía libre a la belicosidad. Se minimizaba la censura, después de ejercerla. Se tomaba distancia respecto de la comunicación del gobierno israelí. En el momento en que ese revisionismo estaba en marcha, se volvía necesario reunir algunas piezas para contribuir modestamente a la conformación de un archivo de aquello que va a dejar una profunda herida en un siglo que sin embargo ya estaba marcado por las guerras y las masacres.
Es más, esas guerras y esas masacres son las que terminan siendo invocadas por algunos para relativizar la singularidad del aplastamiento de Gaza. Se esgrimen con razón los casos del Congo y Kivu, Sudán y Darfur, Etiopía y Tigray, Turquía y los kurdos, Rusia y los ucranianos, Myanmar (Birmania) y los rohingyas, China y los uigures. Cada una de esas situaciones es trágica. Algunas incluso causaron una cantidad de víctimas mayor a la que lamentamos en Gaza. Pero ninguna de esas guerras, ninguna de esas matanzas recibió un apoyo tan inquebrantable por parte de los gobiernos occidentales ni una condena tan sistemática de quienes las denuncian, ni tampoco supera la amplitud de la devastación y la voluntad de supresión que pesan sobre Gaza.
“A veces es preferible que nos falten las palabras”, escribía el filósofo británico Brian Klug dos meses después del 7 de octubre.
Acaso entonces deberíamos permanecer callados hasta encontrar alguna palabra que nos permita arrimarnos a la realidad –a la brutal realidad humana del sufrimiento, la congoja, la pérdida y la desolación–. Hay momentos en los que debemos dejar de hablar para comenzar a pensar, a pensar políticamente.[1]
A ese prudente mandato, el antropólogo de origen saudí Talal Asad respondía:
Es cierto. Pero en la situación presente, en que se cometen actos de una crueldad deliberada que luego se niegan de manera desvergonzada, quizá sea necesario no solo pensar, sino también hablar y actuar moralmente.
Así y todo, agregaba: “Determinar de qué manera hacerlo es más difícil de lo que parece”.[2] Esa dificultad torna aún más crucial el esfuerzo. Si ahora no, ¿cuándo?[3]
[1] Brian Klug, “George Orwell, Gaza, and ‘The Debasement of Language’”, Contending Modernities, 15/12/2023.
[2] Talal Asad, “Reflections on the Israeli-Palestinian Conflict”, Humanity, 21/3/2024.
[3] Esta célebre máxima proviene de un aforismo atribuido a Hilel el Viejo, figura de la tradición rabínica y fundador de una escuela de interpretación de la religión judía a finales del siglo I antes de nuestra era: “Si yo no estoy para mí, ¿quién lo está? Y si solo estoy para mí, ¿qué soy? Y si no es ahora, ¿cuándo?”. Primo Levi retoma la frase para el título de una de sus novelas: Si ahora no, ¿cuándo? [ed. cast.: Barcelona, Península, 2018]. También lo retoma, en inglés, Ifnotnow, un movimiento judío estadounidense que lucha por la igualdad entre palestinos e israelíes.
I
Es sabido que la guerra desatada en Gaza tuvo como disparador una sangrienta incursión del brazo armado de Hamás y de ciertos integrantes de otras tantas organizaciones palestinas en el sur de Israel el 7 de octubre de 2023. Ese ataque causó la muerte de 1143 personas; entre ellas, 695 civiles israelíes – 36 de los cuales eran niños–, en distintos kibutzim y durante un festival musical, 71 extranjeros y 376 militares.[4]
