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En una oscilación perenne entre los celos y el morboso deseo obsesivo, el protagonista cornudo (que encuentra placer al ceder a otros su pareja) relata su propia experiencia matrimonial con un lenguaje crudo y realista.
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Veröffentlichungsjahr: 2017
Una historia de cuernos
Enrico Cinaschi
Traducido por Muriel De Armas
“Una historia de cuernos”
Escrito por Enrico Cinaschi
Copyright © 2016 Enrico Cinaschi
Todos los derechos reservados
Distribuido por Babelcube, Inc.
www.babelcube.com
Traducido por Muriel De Armas
“Babelcube Books” y “Babelcube” son marcas registradas de Babelcube Inc.
UNA HISTORIA DE CUERNOS
AUTOBIOGRAFÍA DE PAREJA
ENRICO CINASCHI
Primera edición digital: septiembre 2014 © 2014
Sigo repitiéndome que no todas las mujeres
son unas putas, sólo las mías.
CHARLES BUKOWSKI
Capítulo I
LA HORA DE LAS (FALSAS) VERDADES
No llegaba a entenderlo.
De verdad que no podía.
Cuando, con cautela, comencé a mencionarle la temática de mis fantasías (aunque le insistía en que no esperaba que se hicieran realidad), me sometió durante días a una lista interminable de preguntas que yo me esforzaba por responder aun advirtiendo su desconfianza, que acompañaba con un desprecio mal disimulado.
Atravesó distintas fases: en primer lugar, se preguntaba si ya no me sentía atraído por ella. Pensaba que, quizás, lo que yo buscaba al ofrecérsela a otros era quitármela de encima ayudado por una suerte de coartada con la que poder repudiarla después.
Intenté (en vano) hacerle entender que tenía una necesidad total (tanto física como mental) de nutrirme de sus emociones positivas, que mi deseo (para nada apagado a pesar de las deficiencias físicas) ahora estaba incluso sublimado por una auténtica obsesión erótica que me llevaba a fantasear con aquellos orgasmos femeninos que yo ya no podía procurarle.
Me preguntaba con insistencia si me había disgustado o molestado por algo, si ese dominio de naturaleza sexual que me había impuesto no me habría quizás conducido a un rechazo subconsciente y si mis fantasías no constituirían la fase inicial de un abandono interior definitivo.
Tales preocupaciones, dictadas evidentemente por un fuerte interés en mí y en nuestro matrimonio, las manifestaba dejando filtrar un resentido desprecio. «¿Pero qué clase de hombre se hace pajas imaginando a su mujer siendo penetrada por otro?», llegó a preguntarme.
«El que es incapaz de olvidarse de la mujer a la que ama aun sabiendo que ya no puede satisfacerla como querría», le respondía sin convencerla.
En las semanas sucesivas empecé a notarla cada vez más fría y distante. En ocasiones me miraba como a un bicho raro y por primera vez en muchos meses (me gustaría decir que por fin) advertía una fuerte turbación.
Sin perder el ánimo pasé al contraataque. Eso de ser un maníaco depravado a los ojos de mi mujer no me iba nada, así que empecé a mostrarle las páginas web que contenían (a miles) anuncios de toda clase donde se ofrecían cónyuges a la atención de otros, e hice que echara un vistazo al inmenso material audiovisual vertido en las redes por los amantes del género.
—¿Ves, mi amor? Las fantasías de las que te he hablado no son el delirio de unos pocos pervertidos, sino prácticas muy difundidas a través de las cuales pienso que muchas parejas han conseguido reencontrarse —le repetía intentando recuperar su estima.
La reacción no tardó y fue inesperada. Esta vez la había convencido.
Mi argumento le dio curiosidad a Monica y se mostró deseosa de profundizar en las dinámicas psicológicas, cosa que hizo en los días sucesivos. Comenzó a leer mucho material subido en la red que narraba las experiencias de otros, así como discusiones incluidas en distintos foros femeninos.
También me di cuenta de que el tema le había comenzado a excitar. Los polvos volvían a ser magníficos y parecía que hubiésemos retrocedido cinco años atrás.
Durante uno de estos polvos me hizo una propuesta: quería que nosotros también publicásemos un anuncio. Tendría que hacerle fotografías en las poses más obscenas y luego leeríamos juntos las respuestas que llegaran para empezar a jugar como hacían los demás. Por supuesto, cuando volvió en sí, especificó que sería sólo por diversión.
Según su parecer no tendríamos experiencias reales, pero con estos juegos nuestra complicidad saldría reforzada.
Cada vez era más explícita en nuestras relaciones íntimas.
—Imagina las pajas que se harán todos esos cerdos mirándome el culo... me ahogaría si derramasen en mí todo su esperma —me susurraba despacio, mientras yo le derramaba en la garganta una pequeña parte del mío.
¿Cómo habíamos llegado a este punto?
Capítulo II
CAÍDA DEL CIELO
A Monica, mi mujer, la conocí una noche de primavera hace quince años.
Una historia como tantas otras: yo había sobrevivido a un largo y tormentoso noviazgo que había llegado a su fin por puro agotamiento y ella se me apareció de repente en una de esas noches en las que no te esperas nada.
Con una sonrisa me preguntó que quién era, ya que nunca me había visto en el grupo.
Me atrapó en seguida, sobretodo por esa ágil y natural voluptuosidad con la que se contoneaba.
Tenía unas caderas muy tentadoras y unas curvas deliciosas favorecidas por el pantalón oscuro que vestía y que se estrechaba en la parte delantera, entre las piernas, mostrando con descaro las formas de sus partes más femeninas. Algo de lo que, extrañamente, nadie parecía haberse dado cuenta.
Conectamos en seguida. Y a la pizza de aquella noche, consumida en grupo, le siguió sólo otra más, porque desde ese momento empezamos a salir solos.
De esa época conservo muchos recuerdos, pero uno destaca sobre los demás: una velada primaveral en la que hablamos y paseamos después de haber asistido a un espectáculo teatral. Otra imagen más de su cuerpo curvilíneo y cautivante, envuelto en un vestido quizás demasiado estrecho que hizo crecer en mí un deseo tenaz y descarado.
Agotamos velozmente los pasos siguientes gracias a la madurez de nuestra edad (mis treinta y dos y sus veintiocho) y su exasperante situación familiar (una madre posesiva y egoísta), pues tras conocernos rápidamente durante un par de semanas, en seguida comprendimos la seriedad de nuestras recíprocas intenciones y decidimos probar suerte al iniciar la convivencia en mi casa. Nueve meses después, nos casamos.
Era el año 2000.
Los inicios no estuvieron privados de dificultades.
Ambos somos de carácter terco y nos costó un tiempo aprender a respetarnos y a delimitar el espacio de cada uno.
El sexo ayudaba: los primeros años fue satisfactorio para los dos, teniendo en cuenta la falta de experiencia de ella y mi agradable interés por ponerle remedio.
Monica decidió muy rápido seguir la senda de la maternidad. Quería evitar el riesgo de los problemas de salud que surgen en ed [...]
