Una mujer - Judith Juanhuix - E-Book

Una mujer E-Book

Judith Juanhuix

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Beschreibung

«Las mujeres más escondidas de la historia siempre hemos existido. Seguro que hace poco que nos conoces, quizás somos totalmente nuevas en tu mundo, pero hemos alcanzado la superficie para quedarnos. Estamos aquí. Y te he escrito un libro». Hay momentos en la vida en los que nos observamos por fin en plenitud. Es entonces cuando dejamos de cuestionarnos, nos entendemos y decidimos, sencillamente, ser. Instantes de una imponente capacidad transformadora que nos marcan porque nos definen y nos hacen libres para siempre. En la vida de nuestra protagonista, esta fotografía clarificadora y mágica se produjo, después de años de dudas íntimas sobre la identidad de género y la sexualidad, al abrir el armario de Pandora y probarse el camisón azul cielo de su pareja: «En el espejo de la habitación me veo al fin con una forma propia. He cuajado. El Tabú se resquebraja. La vida que giraba como una peonza ahora adquiere sentido». Judith Juanhuix es investigadora, doctora en física y activista trans. En este libro, de una honestidad y una belleza literaria extraordinarias, relata su paso por la miseria de la violencia, la culpa, el miedo y el desprecio de quien se cree superior «por ser más igual a todos». Pero también por todas las formas posibles de felicidad. Su trayecto vital está lleno de tropiezos y de retos para mostrarse al mundo tal y como es: una mujer que lucha contra una montaña de estigmas cómodamente instalados en nuestra sociedad. Su lucha es también la íntima lucha por tu libertad. Encontrarás a una mujer con ganas de vida. Una mujer trans. Una mujer.

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Seitenzahl: 386

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Una mujer

Editorial Dos Bigotes

Una mujer

Judith Juanhuix

Traducido del catalán por Judith Juanhuix

Primera edición: marzo de 2023

Una dona © 2021 Judith Juanhuix

© de la traducción: Judith Juanhuix

© de esta edición: Editorial Dos Bigotes, s.l.

Publicado por Editorial Dos Bigotes, s.l.

www.dosbigotes.es

isbn: 978-84-126535-3-3

Depósito legal: M-2045-2023

Corrección:

Javier Sánchez Meco

Diseño de colección:

Raúl Lázaro

www.escueladecebras.com

La traducción de esta obra ha contado con una ayuda del Institut Ramon Lull.

La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.

Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.

El papel utilizado para la impresión de Una mujer es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.

Impreso en España — Printed in Spain

«You only live once, but if you do it right, once is enough».

(‘Solo se vive una vez, pero si lo haces bien, con una basta’).

Mae West (1893-1980), actriz

1. Las hijas de Donatello

50

Hace calor en Florencia en esa tarde pesada de agosto de 2017 y la cola para subir al campanile de Santa Maria del Fiore se hace eterna. Mi hermana Meritxell, que está siempre que hace falta pero solo cuando hace falta, ha decidido que aprovechará mejor el rato mirando tiendas que aguantando sol y críos. Hace bien. Aparte de los dos míos, Abril y Pol, yo me puedo encargar de los suyos, Elna y Joan. Las criaturas, de entre ocho y doce años, gritan y juegan y corren felices por toda la plaza del Duomo. La cola va lenta. Los sobrinos reclaman mi atención:

—¡Tía, tía, mírame cómo salto!

—¡Tía, tía, Joan me ha pegado!

Mis dos hijos también me llaman y continúan la atávica lucha para captar la atención del referente adulto.

—¡Papa! ¿Verdad que yo no tengo la peste?

—¡Papa, papa! ¿Tienes agua?

En caso de conflicto con la chiquillada, la política o el amor, distraer la atención funciona a corto plazo. Los hago cambiar de espacio.

—¡Niños, jugad en la sombra!

Están excitados y su griterío llena toda la plaza. Los miro absorta de amor y les respondo o aviso a gritos de tenor. Al fin, en un momento, me distraigo de ellos, me giro hacia la gente con la que comparto la larga cola y me quedo pasmada. Veo el silencio. Hace rato que los turistas ya no se divierten con las criaturas, sino que clavan su mirada en mí, con la boca abierta e inmóviles como los mármoles de los muros. En los turistas no veo odio, simpatía, complicidad o asco; tampoco veo lo contrario. Solo me observan, ojipláticos, con incredulidad absoluta, con la incomprensión con la que los habría observado a ellos mismos un canónigo del año 1436, cuando se consagró el templo. Soy incomprensible para la gente en la cola: la plaza del Duomo es la misma para todos, pero estamos a siglos de distancia.

No soy inteligible de manera plena en la plaza de Santa Maria del Fiore ni dondequiera que vaya porque no he pisado nunca la faz de este mundo. No soy inteligible para ti que me lees porque no has tenido noticia de mí ni de las demás mujeres que son como yo en la sociedad donde vives ni en ninguna otra que conozcas, sea extinguida o perviviente. Quizá sí has leído o visto esperpentos creados sobre nosotras, pero de la mujer que hay detrás, de esa, no has sabido nunca nada. De haber conquistado antes la superficie del mundo, ya habríamos removido todo lo que se construye porque habríamos resquebrajado uno de sus pilares: el género. De haber pisado antes la superficie, el mundo sería otro, quizá no mejor pero sí con otras glorias y miserias. Y aun así, a pesar de que no hayamos caminado por la superficie de tu planeta, las mujeres como yo hemos existido siempre. Somos tan viejas como la leyenda más ancestral de tus raíces, escondidas en el Tabú desde que el macho se hizo hombre y la mujer resistencia. Hemos sufrido a tu rey más odiado y también al más amado, hemos luchado en las guerras que has perdido y en las que has ganado, hemos vivido en el rincón más recóndito de tu pueblo y hemos compartido el lecho de tu antepasado. Quizá incluso, si lo piensas, en la tiniebla, nosotras somos tu antepasado.

Formo parte de las mujeres más escondidas de la historia, las mujeres que crecemos ocultas bajo la apariencia de hombre tal como lo establece tu mundo, que, quiera o no, también es el mío. A las mujeres como yo nos han crecido como hombres, nos han hecho como hombres y, no obstante, durante milenios hemos tenido la misma certeza y terror profundos de que algo fue terriblemente mal. Quizá venga de nuestro interior, quizá venga de fuera, tanto da ahora, sea lo que sea sufrimos un error monstruoso que se hace terror, que se hace silencio, que se hace Tabú. Lapidamos así nuestra alma con una piedra que no solevantaremos jamás. Y si, a pesar de la lápida, el secreto de una de nosotras ve la luz y se derrama, un atávico mecanismo social se engrana para anular la quimera y asignarnos un destino que llevaremos con orgullo: vestal, prostituta de calle, imitadora de folclórica o, simplemente, mujer muerta. Sea el esperpento, la miseria o la nada, nuestro destino nos llevará al margen, sea el social o el de una carretera sucia. El Tabú es un tobogán sin escalera para volver; en el parque donde todas nos la jugamos, es el Tabugán siempre abierto al abismo.

Más allá de occidente encontramos la misma estrella. Lejos de donde estamos hay sociedades con más de dos géneros, y en estos géneros extraordinarios aparecemos siempre nosotras. ¡Cómo no iba a ser así si venimos de más lejos que las palabras! Encontramos las muxes en México, las hijras en la India y tantas otras maravillas que dan fe de nuestra existencia ancestral. Pero incluso en aquellos mundos que han resistido a la colonización binaria, el sistema reserva a las hermanas un destino no elegido: seremos chamanas, sacerdotisas, cuidadoras o prostitutas. Tendremos igualmente una vida ligada a un rol social inamovible, una vida de la mano de una pequeña muerte. Las sociedades no occidentales que rompen la dualidad del género no nos reservan la muerte física en los márgenes de la carretera, gracias, pero nos reservan una jaula que no podemos elegir.

Despierto de mis pensamientos. Veo gente en la cola que me olvida y retoma la conversación con su grupo. Otra gente continúa viviendo en su siglo.

Hay quien a lo largo de la historia nos ha reconocido y querido a pesar de tanta oscuridad, los porqués se pierden en el tiempo. Es el caso de Donato di Niccolò di Betto Bardi, Donatello, que nos percibe resonando entre los surcos más hondos del estigma. Ya es viejo, tiene cerca de setenta años y, enfermo, pronto no se podrá levantar de la cama. Pero Donatello todavía nos percibe el alma lapidada y el terror en los ojos, y antes de apagarse ha decidido esculpirnos así. Lejos de los mármoles y los bronces, toma el cincel y nos talla en madera en cada onda de los pelos mugrientos, de las arrugas de los harapos y de las escamas de la piel de la Magdalena Penitente.

En esa misma mañana de la cola del campanile visitamos el Museo dell’Opera del Duomo, premonitoriamente situado en la otra punta de la plaza del Duomo. Mientras la familia se queda en la sala de las grandes puertas de Ghiberti, yo me escapo hacia una sala lateral, doblo la entrada y, de golpe, en medio de la oscuridad, la Magdalena Penitente de Donatello me revela y me atraviesa. Me veo nítida y cristalina en aquellas ondas de madera. También veo a mis hermanas. La Magdalena Penitente somos todas las mujeres que hemos luchado por serlo a lo largo de la historia: las esclavizadas, las sometidas, las violadas, las negras, las gitanas, las lesbianas, las tullidas, las putas, las trans. Percibo en ella todas y cada una de las mujeres escondidas en los rebujos de la historia. Las manos separadas de Magdalena no rezan, sino que ofrecen todo lo que tiene: la poquita de aliento que ha podido guardar después de una vida pisoteada. Ya no importa la losa, la Magdalena da un paso adelante, levanta lentamente las manos y me invita a tomar ese aliento de vida. La Magdalena no es solo Penitente, es Magdalena Oferente y es Magdalena Resistente. Y no es una, somos todas.

Aquella tarde hay una Magdalena Oferente que sale de la sala oscura del museo para llenar la plaza del Duomo. A la luz del mundo guarda a hijos y sobrinos mientras juegan y reina en la cola de la gente. La Magdalena soy yo.

51

La visita a Pisa del día siguiente se tuerce como la torre. La plaza de los Milagros se convierte en la del Calvario cuando se juntan el calor, el gentío, los celos entre hermanos, la tontería y las peleas por hacer la mejor foto cutre del campanario. No hay madre ni arcángel que aguante aquello. No puedo entender por qué la torre de mármol deja de levantarse al cielo y se dirige a la tierra donde berreamos. Huimos llorando de allí y nos refugiamos en unos spaghetti al ragù para comer que permiten distraer la atención y cortar la hemorragia. Probaremos mejor suerte por la tarde, cuando vayamos a la playa.

Es la primera vez en mi vida con hijos, sobrinos, hermana… y bikini. ¡La familia y la playa, templo de los cuerpos de la norma y horror mundi de los trans, juntas conmigo por primera vez! Armada solo con el bikini y unas tripas musculadas, me preparo para la lucha por el cuerpo y el espacio, pero la batalla no tiene lugar: la playa de San Vicenzo, preciosa, se abre franca y se convierte en un paraíso. La temida arena del circo romano no es más que arena fina de playa toscana. Estiramos las toallas, nos bañamos, buscamos guijarros. Mi familia me quiere, yo lo amo todo. Todo es perfecto, inimaginable hace pocos años, cuando el Tabú me aplastaba. Todo es banal ahora, como si el mundo entero fuera trans.

Y ya de noche y cansados, después de recorrer todos los mareos de esa piel toscana para volver a Florencia, de nuevo estalla la guerra con mis hijos entre lo importante y lo urgente y en las disputas rompemos cuatro platos y lloramos cuarenta lágrimas. Los amores también duelen. Arriba y abajo, en una dialéctica frenética, el paisaje personal se me ondula como la piel de la Toscana que hemos atravesado. Encontramos vida y dolor en cualquier frase al azar de quien queremos.

Necesito descansar como lo hemos hecho las travestis en toda la historia: de noche en una barra de bar amigo. Una vez la chiquillada duerme, salgo y hago la noche en el Piccolo Caffè con unos españoles jovencillos que aún no han aprendido a ser malos. Volviendo a casa, un hombre se me cruza y grita:

—Do you wanna fuck?

Estoy harta. La onda rabiosa de mi «¡NO!» resuena por los palacios florentinos y agota el vértigo de los recodos del día. Basta de violencia. Llevo años, quizá siglos, gritando y llorando entre recodos, rizos y meandros. La ubicuidad de estas ondas, efímeras en presencia y eternas en esencia, es la resistencia de las mujeres. Todas resonamos entre los palacios y dentro de las casas y así, entre todas, resistimos contra quien nos arranca la humanidad. Nuestras vidas serán corpúsculos, pero se propagan como ondas. Mi vida es corpúsculo, pero se expande en ondas atronadoras. Todas somos Magdalenas Resistentes.

Veinte años antes de que Donatello talle nuestra madera, su amigo y amante de juventud Filippo Brunelleschi ordena retirar el tinglado que ha estado escondiendo la cúpula de Santa Maria del Fiore durante su construcción. No ha querido en ningún momento que nadie la vea incompleta: se verá plena o no se verá nunca. Filippo Brunelleschi manda colocar la última piedra y aguanta la respiración mientras retiran los andamios. La cúpula no cae, ni caerá. Por fin libre y maravillosa, se eleva para siempre como una paloma hacia el dios que ocupe el lugar de Dios.

Mientras las campanas del campanile de Giotto celebran alegres el vuelo de la cúpula nueva y eterna, en un taller cercano Donatello también está conteniendo la respiración. Ha vertido la colada en el molde para fundir una estatua, la primera de una figura desnuda desde hace más de un milenio, la primera desde la Antigüedad clásica. El bronce no representa el poder de un dios, la violencia de un rey o el dominio del hombre sobre la tierra y, por tanto, sobre la mujer. Donatello quiere darnos la forma perfecta que tenemos cuando luchamos por existir y nos recrea como David, que ha decapitado al Goliat que es este poder. Desmoldado y desbarbado, David se muestra con curvas de terciopelo, la espada en reposo, Goliat a los pies, una mirada de paz y la fuerza para doblegar el metal y abrazarnos. David lucha para vivir y no para matar, lucha para ser y querer. Ofrece amor, entendido como la verdad que nos hace libres y mejores, a todas las lapidadas por el Tabú. La cúpula de Filippo Brunelleschi eleva el mundo a Dios, la David de Donatello eleva la persona al amor.

He dicho la David, sí, porque David también es mujer. Donatello nos hace visibles la magia y la belleza que llevamos dentro y que va más allá del género, el deseo y el poder. David es mujer y es hombre no-hombre porque vence la categoría que nos separa. El amor y la magia colman como el bronce nuestro nuevo molde de persona desalojando la vacuidad de nuestros Tabús. Veinte años más tarde, ya viejo, Donatello nos creará otra vez triunfantes en la Judith que vence a Holofernes con la misma espada y, poco antes de morir, también en la miseria y esperanza más profundas de la Magdalena Penitente.

Y ahora, seis siglos después de soñarlo Donatello, el Tabú al fin se desvanece. A pesar del riesgo de soberbia, me alzo y afirmo que por primera vez en la historia nosotras, las mujeres del Tabú, estamos resquebrajando en pleno día la telúrica muralla del género sin destruir nuestra vida ni quedar encerradas en el nicho asignado. Las mujeres que siempre hemos existido ocultas en una masculinidad fangosa o ahogadas en el estigma, por fin, vemos la luz. Tenemos aún ese terror profundo y un íntimo lamento por el error monstruoso, pero ahora sabemos que el error no era nuestro. Estamos libres de culpa.

Os anuncio la victoria que vendrá. Encontraréis entre vosotros mujeres que no habréis visto jamás y que ahora llamamos trans, y las encontraréis más y por todas partes. Somos las hijas de las Magdalenas Resistentes, las David-mujer que hemos atravesado el género en el sentido de la caída, hacia el lugar violado de la historia, sin morir ni caer por el Tabugán. Ahora empuñamos la espada y, una vez nuestros Tabús vencidos, atacamos vuestros Goliats. Y cada vez seremos más, hemos dejado de escondernos. A pesar de las batallas perdidas y los territorios prohibidos, tenemos la fuerza que millones de madres Magdalenas Resistentes nos ofrecen en cada rincón de su madera. Con su lucha contra cualquier determinismo, ellas nos han enseñado a abandonar el privilegio no querido y entrar en el ser mujer, un ser que, sea lo que sea lo que signifique, también es nuestro con toda su gloria y miseria. Y ahora no preguntéis qué es la feminidad o qué es ser mujer, hay demasiadas respuestas y esto no es un ensayo de teoría de género. Soy mujer como veo la luz, vivo rodeada de ella, y no necesito saber si son fotones, ondas electromagnéticas o éter revuelto para avanzar según mi conciencia y situación. Veo la luz, he cortado la cabeza de mi Goliat y, orgullosa, te estoy mirando con la fuerza de una David-mujer y la profundidad de una Magdalena.

Y mi mirada te cambia: si me digo trans, te llamo cis. El posicionamiento político de las personas, nuestra huella en este mundo, te define como persona cis, lo quieras o no, como la negritud luchada define nuestras blanquitudes, lo queramos o no. Si me digo mujer trans, te llamo mujer cis. Y si no sabes qué quiere decir cis, lo eres. Formas parte de esa normalidad que nunca ha necesitado nombre ni concepto. Pero esto se acabó: empuño la espada, invoco a mis madres Magdalenas y decapito uno de tantos Goliats. Si me digo trans, te llamo cis, y ya va siendo hora de que una trans te lo haga ver, porque aquí tenemos que caber todas y tú eres tan anormal como yo y también necesitas un nombre. Eres persona cis, y está bien que lo seas, como está bien que yo sea persona trans. Te sonrío tiernamente y te abrazo: yo también te acepto tal como eres.

Quien te escribe, Judith, vive de manera libre en el género. Vivo una situación única, diría, en la historia: soy solo mujer y trans. No tengo otros condicionantes que me provoquen discriminación, pobreza, exclusión o muerte. Vivo una realidad trans redimida de las opresiones y violencias que hemos sufrido durante milenios. Más hermanas viven esta misma circunstancia. Vivir así tendría que ser un derecho de nuestra sociedad, que se reclama «de derechos», pero ¿se había dado nunca esta situación? ¿Ha sido mi vida jamás habitable en sociedad? A mi entender, no. Nunca. Las David-mujer siempre hemos sido el sueño de bronce de Donatello, solo las Magdalenas Resistentes hemos sido carne y vida. Hasta ahora.

Aunque podamos existir, todavía no hemos ganado. Faltan muchas, la realidad nos muestra que vivir libremente en la superficie del mundo y no escondida en los pliegues de la existencia no está al abasto de todas. Soy libre en el género porque fuera de él sigo la norma: blanca, europea, con papeles, con educación formal, no precaria y sin diversidades físicas o neuronales. Lo quiera o no, me hago Goliat para las otras. A las Magdalenas Resistentes decoloniales, neurodiversas, putas, disfuncionales: espero que vuestras Davidas y Magdalenas me sitúen en el lugar justo, el de una entre tantas, que me corresponde. Que nadie descanse si no estamos todas.

Soy mujer, David-mujer. Pero me reclamo también con todos los nombres de las Magdalenas. Me apodero de ellos. Yo, Judith, también soy transexual, travelo, manolo y travesti y vivo en el centro de tu planeta cisgénero. Soy transexual y entro en tu tienda. Soy travelo y paseo por tu barrio. Soy manolo y trabajo en tu empresa. Soy una turista travesti y con mi familia, a la que cuido, visito Florencia y estoy delante de ti en la cola para subir al campanile de Giotto. Soy una mujer que ahora vive a tu lado, lo quieras o no, a pesar de tantos siglos de terror, fango, silencio, sangre, violación y muerte sobre nosotras. Soy una mujer a quien ser trans no marca como una condena, sino como una cicatriz de lucha e, incluso, cuando tengo la fuerza que me ve Donatello, como un tatuaje orgulloso.

Nadie sabe aún cuál es el potencial transformador que las mujeres como yo tendremos en la sociedad. Ojalá redefinamos relaciones de poder, difuminemos la carga del significado de los penes y las vaginas, sembremos dudas en la masculinidad hegemónica y debilitemos la tiranía del canon estético de las mujeres. No estamos solas: somos hermanas de los hombres trans y las personas no-binarias, somos la misma lucha contra la norma. Sean cuales sean las armas que blandamos y los ámbitos que alcancemos, nos tenemos a todas, y a todas iremos. Pero el enemigo es poderoso y tenemos un peligro cierto de perdernos, de quemar la madera de nuestras madres y acabar como una anécdota más de la historia. Me detengo y me explico, es importante.

Muy cerca del Duomo, en la piazza della Signoria, el nombre es perfecto, reina otro David, el de Michelangelo. Este David se quiere como modelo absoluto de belleza, detentor moral del poder y juez tutelar. Es un David autosuficiente de manos demasiado grandes y tensas que aparta la mirada, que oculta el espacio que deja atrás y que reclama atención y adoración. Michelangelo y su David conceden a las mujeres la belleza y bondad puras de la Virgen María de la Pietà, pero las ponen al servicio de Jesús, que no es sino el mismo David después de sus batallas contra sus Goliats. La humanidad de todas de Donatello es así borrada por el Humanismo absoluto de Michelangelo, que se levanta por encima de los cuerpos de la alteridad. El HombreTM contra todo lo no-hombre. ¿Qué hacemos, mundo, adorando la majestad de mármol del David de Michelangelo cuando hay tan cerca, en la misma Florencia, la pasión y la verdad de la Magdalena Oferente de Donatello? ¿Por qué esta hipocresía de proyectarnos, más allá de nuestra piel, hacia el dios del poder antes que reconocer, piel adentro, nuestra miseria en las ondas de la Magdalena? Y nosotras, mujeres trans, ¿ansiaremos la norma única y cisgénero concedida por este David absoluto en lugar de reclamarnos herederas de nuestras madres? Ya basta, David de Michelangelo, baja del pedestal y míranos a los ojos. No lo sabes aún, pero la Magdalena Oferente también te salvará a ti de ser tu propio Goliat. Baja del pedestal y acércate, haremos de la cúpula de Santa Maria del Fiore la casa de todas.

Ojalá recordemos cada pliegue de nuestras Magdalenas Resistentes de toda nuestra historia y agitemos la espada para decapitar incluso a los Goliats más fuertes. Ojalá las mujeres trans no nos convirtamos en Goliats para otras, guardemos en el corazón las Magdalenas y seamos las David-mujer de Donatello. Que no acabemos absorbidas por el sistema de géneros entendidos como castas hasta ahora. Todo está abierto en nosotras, la lucha continúa, pero tengo esperanza y una cosa clara: transitamos hacia el lado bueno y profundamente humano de la historia, el de ese amor que nos hace libres y mejores.

Soy feliz ahora, mis palabras se escriben hacia ti y mi mirada te atraviesa. Vengo de muy lejos y no he recorrido tanto camino para quedarme a las puertas de la libertad. Yo, otras antes y muchísimes más después somos la dimensión trans de tu sociedad. Seguro que hace poco que nos conoces, quizá somos totalmente nuevas en tu mundo, pero hemos alcanzado la superficie para quedarnos. Hemos salido de la sala oscura del museo y estamos aquí, en la plaza del Duomo y en tu barrio, y te he escrito un libro.

Los compañeros de cola parecen haberme convertido en una de tantas y ahora hablan de sus cosas distraídamente a mi alrededor. Txell, mi querida hermana cis, vuelve de las tiendas con las manos vacías, sabe que no necesita nada que no tenga, justo cuando llegamos a la puerta de entrada. Ahora sí, familia, nos toca.

—¡Niños, venid ya! Basta de esperar, subimos al campanile. ¡Todo el mundo para arriba!

2. Tres fotos cristalinas

1

Tengo seis o siete años y como tantos niños me gusta la playa. Con mis gafas de buceo me paso horas sumergiéndome en las rocas de Cala Salionç, en la Costa Brava, entre Tossa y Sant Feliu, donde mi familia tenemos un pequeño apartamento para pasar el verano. Me fascinan los peces, me inquietan las anémonas y tengo pánico a los erizos de mar. Los bichos menos antropomórficos me despiertan más miedo pero son los que más me atraen. No lo sabía entonces, pero ahora lo veo evidente: me estoy entrenando para aguantar el terror. Todo el mundo lo ha hecho, y es bueno que así sea, adquirir resistencia contra el terror de la vida adulta es una de las misiones esenciales de la infancia.

Mis padres están encantados de que dedique tanto tiempo a la zoología marina, les doy así un momento de respiro en plena fase infantil del porqué. Ayer ya tuvieron bastante con responder por qué el mar es azul si el agua de un vaso no, y hoy ya han tenido suficiente inventándose por qué tenemos dedos en los pies. Una cosa es que me quieran y otra que no necesiten descansar de sus hijos. Me voy al agua y por unas horas, hasta que mis labios se vuelvan azules, los peces, las algas y los mejillones, y solo ellos, serán mis amigos.

La exploración del bicherío costero mediterráneo no es mi única actividad dentro del agua ni es, de lejos, la más importante. En aquellos momentos de íntima soledad, también y sobre todo me estoy encontrando conmigo misma de una manera que no me confesaré hasta veinte años después. En las partes de mí que sobresalen del agua veréis un niño quieto, contemplativo, pero por debajo del agua aprovecho que la espuma y el reflejo del sol me esconden para viajar a lo que el Tabú, así escrito, con mayúscula, me prohíbe: ser una niña. Muevo el cuerpo, me contorneo y articulo brazos y caderas imitando a las niñas como sé hacerlo, de manera torpe y estereotipada. Imagino que soy la reina de las sirenas y convierto un rincón de roca recubierto de algas suaves en un balancín que me mece al vaivén de las olas. Me subo la pernera del bañador para crear un corte de chica, me tapo los pechos con pudor y pausadamente cruzo las piernas, siempre juntas y con los dedos de los pies estirados. No es que piense que las niñas son cursis, de hecho no tengo ninguna opinión de ellas. Solo razono con lógica diáfana que si ellas pueden desplegar sin problemas toda esa performance que he visto en televisión mientras que yo la tengo prohibida, será que así es la feminidad auténtica que a mí no me corresponde, como se me repite implícitamente de muchas maneras. No recuerdo haber estado nunca oprimida explícitamente en el género, cierto, pero no es necesario: el clima social contra la exploración del género reprime de manera muy efectiva, tanto en la época de mi infancia, a finales de los setenta, como ahora.

El tiempo vuela en el agua como vuela mi imaginación por mis mundos de feminidad ideal, es decir, de las ideas, hasta que abruptamente salta la alerta cuando algún bañista pasa demasiado cerca de mí. Temo que sospeche alguna cosa terrible, ni más ni menos que la verdad, y me entra un ataque de culpa por hacer cosas prohibidas. De repente la magia desaparece y a la sirena le crecen las piernas y el bañador pasa a ser de chico. Convertido de nuevo en el niño de preguntas cansinas, me alejo del trono de algas y me dirijo discretamente a otras rocas a reposar la resaca de la exploración de mi género y a prepararme contra terrores más fáciles, los que vienen de fuera. Porque en el mar, así como en la tierra, ya entonces lo tengo claro: los peores monstruos no son los erizos o los tomates de mar, sino mis propios sueños.

Recuerdo más fotos de momentos de disrupción. Recuerdo entrar a escondidas en el profundo armario donde mi madre guarda los vestidos, esos vestidos de finales de los setenta y principios de los ochenta con estampados y colores brillantes, pliegos, mucha caída —la fibra sintética está subiendo— y suaves, muy suaves. Toco uno a uno todos esos vestidos y faldas con la cara. Desde la pequeñez de mis seis años miro esas ropas y veo cortinas caídas del cielo como auroras boreales que se ondulan e iluminan el armario de mi madre y, sobre todo, iluminan el armario que llevo dentro, mucho más profundo todavía.

No son anécdotas solitarias. En mi infancia aparecen recurrentemente estos momentos de disrupción, como fotos instantáneas, en los que me significo de otra forma y actúo de manera inexplicable a juzgar por lo que podría aprender de mi entorno. En las fotos, mi recorrido vital esperable se interrumpe para crear algo nuevo que, lejos del azar, va siempre en la misma dirección. Ahora sé que esta experiencia no es en absoluto única. He compartido imágenes idénticas con más de un centenar de amigas de muchos países en las que aparecemos fascinadas o aterradas por la magia y el terror que nuestro impulso conlleva. En un atardecer estoy paseando por una calle perdida del distrito de Zhongshan en Taipéi, Taiwán, vuelvo la cabeza hacia la peluquería que veo abierta y allí nos encontramos una mujer trans, o como se defina ella, y yo. No importa la etiqueta, nos reconocemos el sufrimiento, la lucha y la victoria y nos hablamos por los ojos.

—Hola hermana, te reconozco.

—Yo también, hermana. ¿Estás bien?

—Sí… Bueno, ya sabes qué quiere decir estar bien. ¿Y tú?

—He estado peor. Ahora estoy bien.

—Te tengo que dejar. Cuídate mucho.

Sin una sola palabra y en pocos segundos de mirada nos lo hemos dicho todo. ¡Qué magia verme tan identificada en mujeres de las que no sé nada! Las mujeres que vemos devaluado o, directamente, no-valuado nuestro cuerpo, seamos trans, gordas o tullidas, migramos como cigüeñas donde sea que haya un campanario abrigado para hacer un nido a nuestra alma. Dejaremos el nido pronto como las niñas trans, más tarde como yo o quizá nunca, pero siempre tendremos momentos en los que regresaremos para guarecernos del juicio severo y constante al que estaremos sometidas por explorar lo que nunca nadie nos pidió.

Es cierto que tener algunas de estas experiencias en la exploración del género no te hace necesariamente trans. Se puede ser trans o, ni menos ni poco, una extraordinaria usuaria avanzada en el género. ¿Por qué no podría ser posible identificarte con el género que te asignaron y, al mismo tiempo, tener momentos mágicos de exploración fuera de esta identidad? ¡Qué bonito es que gente bien diferente seamos capaces de la misma magia! Pero en mí el deseo es tan constante, orientado y diferente a todo lo que conozco que tiene que haber alguna cosa íntima mía que no encaja. No es un juego. Alguna cosa que no veo fallar en los otros niños falla en mí. Algo me impulsa a ir a contracorriente antes incluso de aprender a nadar o remar. No llevo mucho tiempo en este mundo pero ya soy consciente de esta voluntad de resistencia. Me surge por primera vez la primera de las grandes preguntas de las vidas disconformes:

—¿Qué coño me pasa?

La respuesta es un silencio tan cristalino que me fuerza a ir aún más atrás, a la fatídica e irreductible pregunta existencial:

—¿Quién soy?

La gran mayoría de las personas trans, tal vez todas, nos hacemos esta pregunta con una honestidad dolorosa, y nos la preguntaremos como una maldición si no la respondemos de verdad. Será nuestro mantra vital hasta que se nos dispare una instantánea, una foto número 51 nítida, la que tenía que llegar, en la que se nos marcarán todos los trazos. Nos veremos en la foto, nos confesaremos la respuesta y nos haremos vivir en nuestros actos. Será extenuante asumir las consecuencias de un posicionamiento que nos cambiará la vida, pero no hay una alternativa válida. La foto se habrá revelado y el dolor de romperla y mirar hacia atrás otra vez nos rasgaría aún más la vida.

Cuando escribo estas líneas tengo medio siglo de vida, he pasado por diferentes playas, armarios y camas y tengo un álbum repleto de fotos en las que no siempre salgo bien. Aun así, en todo este recorrido solo he tenido tres grandes fotos instantáneas, nítidas, solo tres y con décadas de diferencia, en las que respondo mi duda existencial de manera diferente a como lo hacía hasta entonces. Asumo las consecuencias. Doy una respuesta distinta, no sé si honesta porque no creo en las verdades del pasado, que me llevará a una vida diferente. El peso de la vida cambia de lugar, y la mirada de foco. Todo toma otro sentido. Razones y acciones de vida antes imprescindibles serán anécdotas, y nimiedades antes desapercibidas devendrán esenciales. Por aquí comienza mi vida: tres quién soy, tres fotos cristalinas ante un espejo.

2

Primera foto. Estoy acabando la tesis doctoral en biofísica bajo la dirección de Joan Bordas, entonces director del sincrotrón ALBA y para siempre padre científico mío y prototipo de anarquista de derechas. Como buen estudiante de tesis que soy, me obsesiona acabarla y ni las noches de Barcelona me quitan de encima la preocupación. Quien ha pasado por una tesis doctoral sabe bien que es una actividad más dura e ingrata de lo que sugiere el imaginario. El objetivo final es depositarla, pero los doctorandos sabemos que las tesis se deposicionan, se excreta por el túnel más sucio del cuerpo aquello que las vísceras han ido estercolando durante años. La deposición se realiza, además, con el orgullo y el miedo de los niños cuando muestran la excrecencia producto de su trabajo en la fase anal freudiana. Que mi director tenga altas responsabilidades y que, además de hacer una tesis, me ocupe del diseño preliminar de una parte del sincrotrón tampoco ayuda a hacer más ligero el tránsito intesisnal. Aquella tesis es mi tesis y la querré como se quiere el primer poema mal tornado, pero ahora hace de mis maravillosos veintinueve años un lugar mal habitado.

Para completar el cuadro poco optimista, mi pareja de entonces vive lejos, en Madrid, y nos vemos solo cada dos fines de semana. Para no cargar ropa de un lado a otro, ella tiene unas mudas en un armario de mi piso en Sants. Un par de vestidos, unas cuantas camisetas, dos pantalones, ropa interior y sobre todo, sobre todo, un camisón azul cielo que me tiene enamorado, tanto si se lo pone como si no. ¡Cómo me lo miro de reojo! Cuando mi pareja se vuelve a Madrid, el armario que guarda la ropa se convierte en el cofre de un tesoro abandonado. Es mi nueva puerta al Tabú, a la feminidad sumergida como la Atlántida y misteriosa como una aurora boreal de fibra sintética en la oscuridad. Me acerco al armario, dudo si abrirlo o no porque sé que es una caja de Pandora de puerta corredera que podría no cerrar nunca más. Paso los meses sin abrirlo y cada noche me meto en la cama con regusto de derrota vital.

Pero sé que una noche el deseo ganará al miedo y abriré la caja, o cofre, o, si somos justos con la magnitud de la tragedia personal, la nave industrial de Pandora. Si me pongo filosófica, diré que paso de la potencia a la perfección por necesidad teleológica. Si me pongo trágica, diré que me inunda una hybris de género, una falta cometida contra la norma aun sabiendo que me espera el final inexorable de las tragedias griegas: la locura o la muerte. Pero mi vivencia, lejos de los clásicos, será solamente visceral y abriré el armario porque tengo que abrir el armario, así lo mandarán el corazón, el hígado y las tripas cuando tomen el control sobre mi mente. Abriré ese armario sabiendo que aquella anécdota será el hecho íntimo más relevante de mi vida.

Es una noche de martes de febrero del 2000. Con un milenio recién estrenado y la novia a seiscientos kilómetros, una noche cualquiera, sin ninguna razón anterior ni pensamiento de futuro, me acerco al armario y reposo la mano en la puerta. Siento como bate estridente mi corazón. Abro la puerta lentamente como se retira la losa que sella un sepulcro. De golpe, una feminidad huérfana de persona me ilumina los ojos, veo delante de mí una vida entera para una mujer como yo, una mujer tan pobre que ni se reconoce. La ropa está colgada o doblada y noto su latido reposado e invitador que contrasta con el mío, excitado. Tengo miedo, curiosidad, deseo, terror. Mi racionalidad, duramente entrenada en el género y con una tesis doctoral en ciencias experimentales, toma momentáneamente el mando y sale al rescate para justificarme:

—Tengo una novia a la que amo y estoy acabando la tesis de las narices. No tengo problemas, ya decidí que soy un chico, y hasta ahora todo me ha salido bien. ¿Qué me podría pasar si me pongo el camisón? No tiene que pasarme nada, porque ya soy lo bastante fuerte.

Y como sonámbula, por instinto, me pongo el camisón azul cielo. De golpe el cielo del camisón se convierte en el mío, la tierra desaparece y me late como nunca el alma. Me giro hacia un espejo, me miro el cuerpo y los ojos y me inunda la pregunta de la existencia. Pero esta vez me reconozco:

—¿Quién soy?

—Soy la chica del espejo.

Al fin ha llegado. En el espejo hay una chica compartiendo por primera vez los ojos del chico en el que me he convertido. Vosotras veríais un cuerpo de veintinueve años, un metro ochenta, castaño, con pelos en la barba, brazos y piernas, vestido con un camisón azul cielo con blonda en el escote de palabra de honor. Pero la mirada os iría a mis ojos brillantes como nunca y al aura que tenemos las personas cuando somos libres. Al instante sé que mi miseria existencial, que ya se alarga más de veinte años, se ha acabado. En mi vida se han acabado ese silencio y ese Tabú que me horchatan la sangre.

Yo, la chica, estoy media hora mirándome al espejo, inmóvil, sin decir nada. Vuelvo un poco la cabeza para verme de tres cuartos, pero retorno pronto a la mirada directa, la única posible después de decenas de años de sentir removida la tierra donde he crecido. Me miro a los ojos y me interrogo, porque no me entiendo: a pesar de la claridad de la chica que me sacude por dentro, veo también en el espejo al chico que me ha acompañado siempre. Se lo ve con sus glorias y miserias, pero con una dignidad entera y cierta. ¿Cómo es posible que vea un chico y una chica a la vez? Ahora, veinte años después, lo sé: estoy viendo una persona que no tiene nombres o ideas que le sean auténticas. Sin un concepto propio, los referentes de que dispongo me decantan bien del lado de la chica soterrada, bien del chico construido, pero ninguno de ellos da una respuesta completa de mí.

Con las herramientas a mi alcance no puedo elegir entre las dos figuras poderosas, y mi respuesta, inundada de miedo por el fango vital al que me lleva, es la del medio.

—Pero ¿quién soy?

—Soy una travesti.

3

Segunda foto. Soy pequeña, quizá tenga ocho años, y ya no sé qué hacer con el festival de sensaciones y el chorro de vida que estallan con la magia. Soy pequeña, pero ya sé que ese placer no puede ser compartido, porque la policía social del género ya me ha hecho saber que estoy contraviniendo la norma. Y ante la duda, callo. Ante la contradicción entre el placer íntimo y el deber social, caigo en un silencio paralizador y temeroso del vértigo que supone, aunque sea por un instante, vivir con un género prohibido. Edifico así el Tabú, que crece a medida que ruedan los años. Aprendo a esquivar la contradicción con buenas excusas: tengo que hacerme mayor, me digo, y el género y el sentido de la vida deben de ser de esas cosas que se curan y curran con la edad. Y patada a seguir, que quien día a día resiste, año empuja.

La chiquillada sabemos convivir con el terror del abandono, y lo hacemos a partir del juego, claro. De mi género abandonado hago juegos solo para mí. Cuando regreso solo de la escuela y de lejos veo en verde el semáforo del estanco de la calle de la Rutlla en Girona, pienso:

—Venga, si consigo cruzar la calle antes de que el semáforo se ponga en rojo, quiere decir que soy un chico.

Y siempre cruzo a tiempo la calle, claro. Siempre. ¿Quién no querría ganar como sea a su fantasma particular? Sí, yo también lo quiero ganar, y si hace falta recurro a las artes ocultas que tan bien ofrecen la respuesta que deseamos recibir. Con las luces del semáforo, recurro a una forma moderna de piromancia, digámosle electropiromancia o semafomancia, notablemente más práctica e igual de precisa que destripar animales o rezar rosarios.

Dejo más rastros. En sexto de primaria dibujo caricaturas de señores con bigote que travisto luego dibujándoles pelucas y collares de perlas. Miro el dibujo, miro que nadie me mire y me niego garabateando con rabia y miedo el papel hasta agujerearlo. Tampoco es casualidad que mi personaje de cómic preferido sea Mortadelo, que sin mucho motivo se disfraza de mujer en cada historieta. Los cambios son posibles, me muestra el personaje, pero no me sirve: yo no quiero un mundo de disfraces, al contrario, quiero un mundo mágico de verdad. Por ello el carnaval es un dilema irresoluble. Por una parte, no puedo disfrazarme de personaje femenino porque, claro, ¿qué pasaría si se descubriera que el vestido de princesa o de bruja no es realmente un disfraz para mí? No quiero de ninguna manera destapar la caja de los truenos, las consecuencias serían imprevisibles, lo sé. Por otra parte, no puedo disfrazarme de personaje masculino, sea de vaquero o superhéroe, porque me frustra. Sería la evidencia perfecta de mi derrota personal e íntima ante el Tabú. Como única respuesta al dilema, me cierro en banda y me derroto.

He crecido, tengo trece o catorce años y el sólido miedo a mi identidad de género ahora también agita mi orientación sexual. En este siglo tenemos muy claro que estos dos conceptos son diferentes y que uno no implica al otro. Correlación no es causalidad. Pero estamos en los ochenta del siglo anterior y ni yo tengo clara la distinción ni la tiene la sociedad. Necesito confirmar también la orientación sexual con el oráculo del semáforo, por supuesto, así que al día siguiente de haber certificado por enésima vez que soy un chico me propongo un nuevo reto:

—Venga, si consigo cruzar la calle antes de que el semáforo se ponga en rojo, me gustan las chicas.

Y siempre paso a tiempo y me gustan las chicas, y soy un chico, y por lo tanto soy normal. Es indiscutible, la semafomancia me lo demuestra cada vez que supero el reto. Sí, excusatio non petita, accusatio manifesta, dice el saber medieval, tan dado a la fiscalización: te acusas con certeza si te excusas sin habértelo pedido. O, si te dices mil veces que no, quizá en el fondo te estás diciendo de una vez por todas que sí, ¿no? No, no responderé. Tengo demasiado miedo.

En esa preadolescencia silenciosa en la que soy elegida siempre la última en los equipos de fútbol del patio, me aíslo en la fantasía de los libros de ciencia ficción. Se dice que un Tabú empuja a sobreactuar para preservar el secreto inconfesable con un celo obsesivo. ¿Quién no ha oído alguna vez el mito del hombre alfa que esconde en una masculinidad agresiva su deseo de follar con otros hombres? El mismo mito se nos aplica a las mujeres trans: ¿será que muchas que todavía no nos lanzamos al abismo reforzamos la masculinidad para esconder que íntimamente estamos en otro sitio del género? No lo creo. Aun conociendo mujeres escondidas con un carácter fuerte impostado, mujeres trans campeonas de aeromodelismo, pilotos de carreras o, no podía faltar, legionarios, la sobreactuación es más mito que realidad. Somos mayoría las que no utilizamos este mecanismo y evitamos, así, una vida de cartón-piedra.

Voy por los quince y la adolescencia tampoco me responde la gran pregunta de qué hacer conmigo misma, y ello me lleva a la parálisis vital. Mientras los chicos aprenden el código social de su género, yo me planto durante años en una especie de infancia madura y dolorosamente consciente. En primaria la letargia no es tan problemática, en parte porque voy a una escuela no mixta o, mejor dicho, segregada, y solo hay chicos. ¿Por qué aún no está prohibida esta segregación si lo está para otros ejes de discriminación como la etnia? Pero en el instituto, mixto, mi ausencia vital es más problemática. Llega el momento de la lucha por la escala social de popularidad, cuando el valor como persona se decide en función del deseo de los otros sobre ti. Los límites de los egos se estrellan, se pisan y crean una jerarquía que dispone con quién hablamos, jugamos, compartimos y, por supuesto, comenzamos a tener sexo, si lo tenemos.

En aquella época de celo humano ajena a mí me siento cómoda en los ambientes nada sexuales y de actividades dirigidas. Sin sorpresas, mi mejor lugar de socialización es una parroquia, la de Sant Josep de Girona, donde se respira una religiosidad implícita y, por tanto, sana. Hago allí todos los papeles del reparto: niño de catequesis y de campamentos y miembro del Grup Groc, un grupo parecido al Boy Scouts que forman mediante campos de trabajo entre montañas de la Alta Garrotxa, en los rescoldos del Pirineo. No es mala idea, viendo la ciudad. En compensación por los servicios prestados, después haré de monitor e intendente. En resumen, completo una remarcable trayectoria seglar que me hace bien. En aquellos años de invierno adolescente, la parroquia es mi ancla social. A menudo en nuestras adolescencias difíciles o desubicadas hay lugares o personas que sin querer y solo por el hecho de estar soportan una vida y la mantienen conectada a algo, lo que sea, y nos permiten seguir hibernando hasta la primavera para la que aún no estamos preparadas.

La falta de arraigo íntimo se interpreta como una forma de extravagancia. Con once años, en unas colonias, suelto en una conversación que la picha solo es un trozo de piel y carne sin ningún otro significado. Lo creo sinceramente, pero soy la única que piensa así. A los otros niños se les ilumina la cara y con una lógica aplastante y una sonrisa replican:

—Si es así, no tendrás problema en enseñar tu trozo de piel a las niñas de la habitación de al lado, ¿no?

—Claro. ¿Qué tiene de especial ese pellejo?

Naturalmente. ¿Por qué no, qué podría fallar en mi razonamiento? Entre gritos que no entiendo me llevan en volandas ante las niñas, sin pensar me bajo los pantalones y calzoncillos y muestro mi trozo de piel y carne llamada picha, oportunamente rebautizada como polla por los niños con más sentido del marketing.