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Julia 996 Mimi Pickford quería hacer en su vida algo más que servir comidas en el restaurante del pueblo. Pero el único hombre que podía ayudarla a alcanzar su sueño secreto había desaparecido de repente. Gibson St. James, el héroe de Grace Bay, era conocido por salvar bebés de edificios en llamas... y por llevar su soltería en la solapa. Pero también se había ganado una sólida reputación como hombre duro en todos los sentidos: en mente, cuerpo y decisiones. Pero Mimi necesitaba su ayuda... y ella nunca retrocedía ante un desafío. Al menos, ante uno tan atractivo.
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Seitenzahl: 168
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 1998 Vivian Leiber
© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Una mujer muy decidida, JULIA 996 - mayo 2023
Título original: THE 6’2”, 200 LB. CHALLENGE
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 9788411419024
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Si te ha gustado este libro…
EL constituía la segunda y última oportunidad de Mimi Pickford, y no iba a permitir que una insignificante obstinación sobre si abrir o no la puerta se interpusiera en su camino.
—¿Señor St. James? —gritó, abriendo la puerta de mosquitera y llamando una vez más a la puerta principal del chalé de dos pisos—. Gibson St. James, ¿podría concederme un minuto de su tiempo? Me envía el jefe de bomberos.
Con eso debería bastar.
Mencionar el nombre de su jefe debería hacerle saber que no era ni una vendedora de seguros, ni una periodista. El jefe le había comentado que se habían presentado montones de periodistas.
Gibson St. James era un héroe, pero un héroe de la vida real. Quizás el único en Grace Bay, una pequeña ciudad de Wisconsin. Mimi le conocía, al igual que todo el resto de los habitantes de la ciudad.
Gibson era un nativo que había emigrado a Chicago para cursar sus estudios como bombero, y que había vuelto el año anterior cansado de la gran ciudad y dispuesto a continuar la tradición familiar de los St. James. Y había empezado a trabajar en el mismo cuerpo de bomberos en el que trabajaran su abuelo y su padre.
La noche del incendio, Mimi se quedó mirando hipnotizada la pantalla del televisor, al igual que todos los clientes. Las televisiones de Milwaukee interrumpieron su programación habitual para cubrir el incidente.
Cuando Gibson St. James salió del edificio de cuatro plantas con un niño pequeño en los brazos, las cámaras capturaron no al hombre sino al mito. Su casco cayó al suelo, dejando al descubierto un pelo rubio tocado de ceniza y sudor, y unos rasgos fuertes y duros surcados por los tiznajos del humo.
Traía metido dentro de su chaqueta amarilla al pequeño que un momento antes habían dado por muerto, y al abrirla para sacar al niño, el edificio del que acababa de salir se hundió entre bocanadas de fuego.
La imagen capturada por el fotógrafo del Milwaukee Herald aparecería después en la revista Time, y el gobernador de Wisconsin dedicaría parte de su siguiente conferencia de prensa a alabar las acciones de los bomberos de Grace Bay.
Cuando el reloj daba las doce de la noche del día del incendio, el fuego estaba bajo control y los bomberos y los voluntarios se apresuraban a llenar Bori's.
No pensaban en heroísmos, sino en sus estómagos vacíos.
Con Boris en la parrilla y sólo un camarero, Mimi había atendido a todos los clientes con una sonrisa, un servicio rápido y un café que nunca dejaba que se acabase en las tazas.
Le había extrañado no encontrar a Gibson entre todos ellos, pero es que no sabía que le habían llevado al hospital. Con su larga lista de heridas: un hombro desencajado, una costilla rota, un pulmón lastimado, el fémur astillado y una muñeca torcida, era un milagro que hubiese salido de aquel edificio por su propio pie. Para no hablar del niño que había conseguido sacar sano y salvo.
Pero para Mimi, el verdadero milagro sería convencer al jefe de bomberos de que ella sería capaz algún día de hacer un trabajo tan bueno como el de Gibson.
Aquella mañana había ido a ver al jefe, pero éste no había mostrado interés alguno en hablar de su carrera, sino sólo de la de Gibson. El hijo favorito de Grace Bay había dejado la rehabilitación tras dedicarle sólo una semana y, al parecer, en contra de la opinión del médico. Había insistido en que podía arreglárselas solo en casa y que no necesitaba la ayuda de nadie.
Gary Redmond, el propietario y conductor del único taxi de la ciudad, había dejado la carta de dimisión de Gibson sobre la mesa de del jefe de bomberos mientras el héroe cansado y herido esperaba fuera.
—Ya le dije a Gary que no iba a aceptar su dimisión —le contó el jefe a Mimi—, pero él me dijo que Gibson le había ofrecido diez dólares si podía encontrar un lugar, el que fuera, en mi despacho donde dejarla. Pero fui yo quien lo encontró.
Y el jefe le mostró de buen agrado el avión de papel que había construido con la breve nota de Gibson. Lo hizo volar por el almacén del parque de bomberos sin darse cuenta de la humillación que tan claramente se reflejaba en el rostro de Mimi. Después, por fin, se decidió a abordar el tema que les ocupaba.
—No has pasado el examen —le dijo sin más, poniendo los pies sobre la mesa—. La mayoría de las mujeres no consiguen pasarlo. Es demasiado duro, incluso para la mayoría de los hombres, pero es que ser bombero es así. Fui yo mismo quien diseñó esa prueba de obstáculos para poner a prueba las habilidades que necesita poseer un buen bombero. No hay nada deshonroso en decir que una mujer no ha podido superarlo.
—Pero hay mujeres en los cuerpos de bomberos de todo…
El jefe levantó la mano en alto para silenciarla.
—Yo creo fervientemente en la igualdad de derechos para hombres y mujeres —le aseguró.
«Sí, ya», pensó Mimi.
—Y en las grandes ciudades —continuó—, puede haber una o dos mujeres sin que la eficacia del parque se vea afectada. E incluso puede que tener a mujeres en el cuerpo aporte algo bueno.
Pero su tono de voz no dejaba lugar a dudas de que, en caso de que le preguntara por algo, no sabría qué contestar.
—La fuerza física no lo es todo —replicó Mimi.
—Aquí, en Grace Bay, no tenemos más que cinco hombre por turno, y un territorio muy grande que cubrir, de modo que no puedo contratar a alguien que no pueda subir y bajar una escalera con un peso de noventa kilos. No puedo poner a nadie en una patrulla que no pueda llevar una manguera cargada. No puedo hacer excepciones con un hombre, o una mujer, que no sea lo bastante fuerte para hacer el trabajo.
—¡Pero es que yo deseo de verdad trabajar como bombero!
No pretendía hacer tal confesión, pero era cierto. Boris era un buen jefe, y su restaurante era un buen sitio en el que trabajar. Llevaba allí tanto tiempo que conocía a todo el mundo, y ganaba suficientes propinas para vivir con holgura.
Pero no se trataba de eso.
Vivía con holgura, sí, y cualquier otra mujer de su edad, veinticinco años, habría tenido la opción de marcharse de allí e irse a una gran ciudad en busca de algo más.
Milwaukee, St. Paul, Minneapolis, incluso Chicago, no quedaban lejos. Pero la abuela Nona, que era quien la había criado, estaba enferma, y no podía abandonarla, porque además sabía que las residencias de la tercera edad eran en opinión de su abuela, la antesala de la muerte.
Pero Mimi quería hacer algo en su vida además de servir café y las especialidades de la casa en el único restaurante de la ciudad.
El anuncio publicado en el Grace Bay Chronicle en el que se solicitaban jóvenes que quisieran llegar a ser bomberos había llamado su atención, aunque no hubiera estado dispuesta a admitir que parte de ese interés se había despertado por las heroicidades de un bombero que no conocía.
—Ya sé que quieres el trabajo —masculló el jefe, y sacó un pañuelo de papel de la caja que tenía en el cajón de la mesa y se lo tendió, pero Mimi lo rechazó, conteniendo las lágrimas que amenazaban con desbordarla por la vergüenza de no haber sido capaz de superar las pruebas del jefe. En esas pruebas se incluía el levantamiento de pesos, carreras con las mangueras cargadas de agua a presión, avanzar a cuatro patas hacia delante y hacia atrás en una escalera puesta en posición horizontal, todo ello amenizado con flexiones y fondos en todas sus variantes. Para todo ello se contaba con un tiempo límite.
Había hecho el recorrido tan despacio que el jefe, en un arranque de rara compasión, había guardado el cronómetro en lugar de mortificarla con la inmensidad de su retraso.
Ella era la única que estaba haciendo las pruebas en el almacén y la única que estaba fracasando. Al menos, lo había hecho mucho mejor en la prueba escrita.
—Mira, Mimi: tú ya sabes que yo siempre he sentido algo especial por ti porque siempre me has servido el trozo más grande de tarta que hay cada vez que voy a Bori's. Sobre todo cuando es de crema de limón.
—¿Sabía que soy yo misma quien hace todas las tartas? Estaré encantada de hacerle una sólo para usted si me permite repetir la prueba física.
—Es una oferta tentadora, pero he pensado en algo un poco más complicado —replicó, frotándose la barba—. Algo un poco más difícil de hacer que un merengue de limón.
Y la había enviado a casa de Gibson con una misión.
No iba a fallarle.
No podía fallarle, así que llamó de nuevo a la puerta de la casa con fuerza.
—¡Señor St. James, necesito hablar con usted!
Nada.
—Señor St. James, sé que está usted ahí, y si no me contesta, pienso echar la puerta abajo.
Una amenaza que sería incapaz de cumplir, pero…
—Está bien. Entre —le llegó una voz irritada desde dentro.
Mimi hizo girar el pomo. «Ojalá hubiera sabido que estaba abierto», se dijo, y pasó de una brillante tarde de últimos de agosto, al recoveco más profundo y oscuro de la guarida de un soltero.
Gibson apagó el control remoto y se recostó en el sillón para poder echarle un buen vistazo a la rubia que estaba en la puerta.
Parpadeó una vez, dos, y cabeceó despacio. El rayo cegador del sol que entraba por la puerta abierta estaba iluminando a un verdadero ángel… sin alas, claro.
Pero Gibson tuvo de pronto la certeza de que un ángel podía llevar unos viejos vaqueros ajustados y una camiseta blanca.
Era una belleza alta y etérea, con la clase de curvas que a un hombre le hacen pensar que debe tratarse de una muñeca hinchable. Tenía el pelo largo y rubio que el verano había veteado y rizado a su capricho, los ojos color azul aciano enmarcados por unas gruesas y curvadas pestañas. Sus mejillas habían recibido la caricia del sol del verano y su boca parecía hecha de algodón dulce.
Fue la boca lo que le hipnotizó, lo que le hizo desear… lo que fuera, porque en cuanto habló, rompió el hechizo.
—Me envía el jefe de bomberos —dijo—. Quiere que me ocupe de que vuelvas a estar en forma. Yo creía que iba a ser un trabajo fácil, pero ya veo que me había equivocado.
Y recogió varios cartones de comida china para llevar que había desperdigados por la habitación, haciendo un gesto de desagrado con la nariz.
Aquellos cartones tenían varios días. Quizás una semana. No más de dos. Máximo.
—Madre mía… no me extraña que me haya enviado —exclamó, dejando de nuevo los cartones en el suelo y contemplando la pila de ropa sucia y arrugada que había en el sofá—. El jefe se imagina que voy a fracasar, pero quiero que sepas que, cuando Mimi Pickford toma una decisión, jamás se rinde. Nunca.
—Pues qué bien —replicó él.
—Vamos a ponerte en pie y listo para devolverte al parque de bomberos en un abrir y cerrar de ojos.
—De eso, nada.
Ella lo miró fijamente y Gibson supo inmediatamente qué estaba viendo: barba de una semana rara en él y pelo largo y necesitando un peine. Pecho desnudo porque el esfuerzo de levantar los brazos para ponerse una camiseta era demasiado doloroso… algo que notó porque ella mantuvo en su pecho la mirada un segundo más de lo necesario.
Miró hacia abajo: seguía manteniendo el tono muscular, pero… había olvidado abrocharse el botón de los pantalones.
No debía parecer un héroe, sino casi un chulo de playa. Y lo peor de todo es que le importaba un comino.
Con cuidado, ella sorteó los montones de periódicos que había en el suelo para llegar a la ventana que daba a la calle.
—Vamos a empezar con una limpieza —le dijo, ignorando su falta de entusiasmo—. Una limpieza a fondo.
Tiró de la persiana y un explosivo haz de luz entró en la habitación. Gibson se cubrió la cara con las dos manos.
—¡Cierra ahora mismo esa persiana!
Se había sentido tan hipnotizado por ella, tan embrujado por su belleza, por su olor tan femenino, que casi había olvidado que no quería luz, ni consuelo, ni alegrías. Es decir, que no quería visitas de ningún tipo.
Y eso incluía amigos, compañeros de trabajo, periodistas, vendedoras, enviados de la oficina del gobernador y quienquiera que pudiese enviarle el jefe.
Especialmente rubias explosivas y risueñas.
—¡Baja inmediatamente esa persiana y lárgate! —le ordenó, entornando los ojos al mirar contra la luz.
Si pudiera, se habría levantado del sillón y físicamente la habría lanzado por aquella ventana al césped, y después, se habría sacudido las manos con la satisfacción de un trabajo bien hecho.
Pero, dadas las circunstancias, sólo podía usar la voz… y su recién adquirida falta de encanto.
—¡Fuera!
Y añadió unas cuantas palabras que normalmente jamás usaría delante de una mujer, pero ella se encogió de hombros como si estuviera ante un crío de cuatro años con rabieta.
—¿Por qué te gusta estar tan a oscuras? —le preguntó, recogiendo la montaña de correo que se apilaba junto a la puerta.
—Me gusta porque… ¿y a ti qué te importa?
—Es sol es bueno para ti.
—Me importa un comino si es bueno o si es peor que una adicción a la cocaína. Y deja el correo donde estaba.
Ella le ignoró, y se agachó para ordenarlo. Revistas y catálogos, facturas y cartas personales, y la propaganda que iría directa al cubo de la basura.
—¡Déjalo!
Y seguiría tratándola así hasta que se sintiera cansada, insultada, ofendida… o las tres cosas.
Luego, le dejaría en paz.
Tenía que funcionar, sobre todo porque parecía de esa clase de mujeres con las que todo el mundo es amable.
Y Gibson St. James no sentía gana alguna de ser amable con nadie.
Pero cuando ella se daba la vuelta para ocuparse del correo, no se le ocurrió ninguna maldición particularmente repulsiva que decir. La verdad es que tenía un trasero tan redondo y curvilíneo que…
«Estás perdiendo, Gibson».
—¿Qué has dicho que venías a hacer aquí?
—No soy periodista, si es eso lo que te preocupa —contestó, aun de espaldas—. Y no pretendo venderte nada.
—No eres de la Wisconsin Guaranteeed Life?
—No.
—¿Y no vas a pedirme que sea portavoz de nada de seguros?
—No.
Gibson entornó los ojos.
—¿Eres de la oficina del gobernador?
—¿Por qué iba a molestarte alguien de la oficina del gobernador?
—Quieren darme una medalla.
—¡Fantástico! —exclamó, volviéndose a bendecirle con una breve sonrisa antes de volver a ocuparse de las cartas.
Cualquier hombre moriría feliz con aquella sonrisa como última imagen de esta vida.
—No la quiero —masculló.
—¡Bueno, que no es para ponerse así!
Le llevó un montón de revistas y catálogos, y Gibson se dio cuenta de que olía a vainilla y talco. Un olor limpio, pero de algún modo más provocativo que los perfumes que llevaban las chicas de los bares de carretera. Y no es que a él le hubiesen gustado nunca esos perfumes tan fuertes y almizclados.
—Mira a ver qué quieres guardar y qué quieres tirar —le dijo.
Él negó con la cabeza.
—Tienes que marcharte.
—Bien —dijo, y por un breve instante, Gibson creyó que se marcharía—. Si no quieres hacerlo tú, lo haremos entre los dos. ¿La dejas o la tiras?
Era un ejemplar del Esquire.
—¿La dejas o la tiras? —repitió.
—Tírala —suspiró—. ¿Por qué estás aquí?
Dejó el Esquire en el suelo y le mostró un ejemplar de venta por catálogo.
—Quiero ser bombero —dijo—. ¿Tirar o guardar?
—Tirar. ¿Por qué te ha enviado aquí el jefe? Soy la última persona con la que deberías hablar sobre ser bombero.
Dejó caer el catálogo sobre el Esquire.
—No he pasado el examen físico —le explicó—, así que el jefe me ha ofrecido un trato: si consigo hacerte volver al parque, me da una segunda oportunidad para repetir el examen.
—He dimitido.
—A él no parece importarle. ¿Guardar o tirar?
Era un catálogo de herramientas de jardinería. Plantar bulbos no era algo que precisamente fuese a hacer aquel otoño, ya que no podía levantarse de la silla, y pensar en nueva vida, en los colores brillantes de la primavera le ponía enfermo.
—Tirar. Pues a mí no me pareces la clase de mujer que se metería a bombero.
—¿Y qué aspecto se supone que debe tener una mujer que aspire a bombero?
Él la miró de arriba abajo y luego una segunda vez, más despacio, deteniéndose en todas las curvas, y una sonrisa lenta y perezosa se dibujó en su cara.
—Espera un momento. ¿Dices que te envía el jefe?
—Sí. ¿Quieres dejar esta revista de deportes o la tiras?
—Tirar. Eh… ¿cómo has dicho que te llamas?
—Mimi. Mimi Pickford.
—Muy bien Mimi. Bonito nombre. Ya puedes dejar todo eso.
—¿Por qué? Acabamos de empezar.
—Ya. Acabo de darme cuenta por qué te ha enviado el jefe. He tardado unos minutos en caer en la cuenta.
—Me alegro, porque llevo explicándotelo desde que entré por la puerta.
—Bueno, pues he captado el mensaje y ya puedes darle las gracias en mi nombre al jefe.
—Entonces, ¿me ayudarás? —preguntó Mimi, y su voz le pareció tan inocente que le hizo dudar de su conclusión por un instante.
El instante pasó contemplando sus curvas.
Desde luego estaban hechas para un hombre.
Podían ser lo que él necesitaba.
Podían ser exactamente lo que él necesitaba.
Y como si fuese un hombre que a punto estaba de darse por muerto y que de pronto encuentra un rayo de esperanza, sonrió.
—Claro que sí.
Y se estiró complaciente: Mimi Pickford iba a ser una forma la mar de agradable de pasar la tarde.
—¿Necesitas música? —le preguntó—. O sea, ¿necesitas música para empezar?
—No, pero ¿te apetece a ti oír algo?
—¿Sueles trabajar sin música?
—Bueno, Boris pone a veces cintas de música de su país. Es macedonio.
—¿Queda eso cerca de aquí?
—Está al lado de Grecia.
—¿Y usas música macedonia? —le preguntó, considerando brevemente quién sería Boris—. ¿Cómo es esa música?
—Tiene muchas palmas, cantos y percusión —le explicó—. Muy primitiva y evocadora, y resulta bastante pegadiza.
—Ya. Bueno, supongo que debe estar bien, pero es que yo soy más un hombre de rock and roll. ¿Y por qué no lo haces sin música y ya está?
—De acuerdo.
—Puedes empezar cuando quieras.
—Ya he empezado. El Newsweek, ¿lo dejas o lo tiras?
—No, Mimi; todo esto es muy divertido. Me refiero a lo de limpiar la casa —puntualizó con una sonrisa—, pero deja esas revistas y empieza a quitarte la ropa.
