Una temporada de escándalo - Catherine Brook - E-Book

Una temporada de escándalo E-Book

Catherine Brook

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Beschreibung

Su vida la marcó el escándalo. Cuatro años atrás Adriana Bramson fue casi plantada en el altar, y aún era un tema de conversación el las tardes de té. Pesa que a aquel hecho, Adriana estaba feliz siendo una solterona y escribiendo su famosa columna de chismes. No tenía intención alguna de volver a casarse, y no solo porque ya no hubiera propuestas, sino porque no quería volver a enamorarse y decepcionarse. Cuando Andrew Blane se interpuso, literalmente, en su camino, ya nada volvió a ser igual. El canalla despreciable puso su vida patas arriba, pero ella no estaba dispuesta a dejar las cosas como estaban. Andrew Blane era un sinvergüenza que vivía con la culpa de la muerte de su padre atormentándolo. Cuatro años después, descubre que hay una cláusula en su testamento, donde indica que si no se casaba antes de los 30 años, toda la fortuna que le había legado pasarían a manos de un familiar lejano. Poco dispuesto a dejar que lo que tanto trabajo le había costado levantar se fuera de sus manos, incia la busqueda de una esposa dispuesta a casarse en el corto período de un mes. Cuando Adriana Bramson tropieza con él en aquel baile de mascaras, Andrew Blane ve la solución de sus problemas, aunque tenga que recurrir al chantaje y confirme lo que todo el mundo, incluida su propia hermana, piensan de él, que es un desgraciado. Dos corazones atormentados que encontrarán refugio y salvación en el otro, ¿naciendo un hermoso amor? Todo puede ocurrir en Una temporada de escándalo.

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Seitenzahl: 302

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Una temporada de escándalo

 

 

 

Catherine Brook

 

 

 

 

 

Los personajes y situaciones que se narran en esta historia son ficticios, cualquier hecho parecido a la realidad es mera coincidencia.

 

Una temporada de escándalo

©Catherine Brook

©De esta edición: Red Apple Ediciones

www.redappleediciones.com

[email protected]

 

Diseño de la cubierta y maquetación: Isla Books Studios

Imagen de la cubierta: ©lakow

 

 

 

 

 

 

Bajo las sanciones establecidas por las leyes queda rigurosamente prohibidas, si la autorización expresa de su titular, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro —incluyendo la impresión para su posterior copia o la difusión a través de “amigos” en internet—y la distribución de ejemplares de esta edición o posteriores y futuras mediante alquileres o prestamos públicos.

 

 

Prólogo

Inglaterra, 1816.

Muerto. Henry Blane estaba muerto.

Andrew Blane pasó las manos por sus rubios cabellos en un gesto de desesperación y miró el cuerpo inerte de su padre incapaz de creer sus ojos no le estuvieran jugando una mala pasada. No podía estar muerto y él no podía ser el culpable. Todo lo que había dicho, lo había pronunciado guiado por la rabia. Nunca fue su intención que su padre muriera del coraje.

Admitía que no sentía especial afecto hacia su progenitor, pero eso no significaba que deseara su muerte, y mucho menos que esta no le doliera.

Paseó de un lado a otro de la habitación incapaz de permanecer quieto. La culpa empezaba a apoderarse de él y eso no le gustaba.

Cuando había entrado en la habitación hace poco más de veinte minutos y había visto la expresión de desprecio y desaprobación en el rostro de su padre, aún más intensa de lo común, supo que algo no estaba bien, y no había tardado en descubrir qué.

Alguien, posiblemente su administrador, había informado a su padre de la considerable reducción que habían sufrido las arcas familiares; siendo Andrew el responsable del dinero debido al estado de salud de Henry Blane, la culpa cayó toda en sus hombros. Era su culpa, no lo negaría, había invertido en malos negocios, no había analizado bien ciertos contratos y eso le había costado una gran perdida de dinero.

Henry se había puesto furioso, y no solo porque su hijo había derrumbado el esfuerzo de toda una vida, no; se había puesto furioso porque llegó a la conclusión de que Katherine, su hija predilecta, había sido casada por conveniencia. Ahí es que había perdido la paciencia, y es que después de veinticinco años intentando ganarse su favor, su favorita siempre había sido Katherine.

Andrew se había enojado mucho, y en un arrebato de rabia que le fue imposible evitar, contó a su padre el verdadero motivo de la boda de su hermana. Le dijo que esta se había tenido que casar porque había sido encontrada en una situación comprometida y también le confesó que la muy insensata había intentado huir para evitar el matrimonio que la salvaría de la ruina.

Fue entonces cuando sucedió. Su padre se había puesto rojo de rabia, y empezó a quejarse de un dolor bajo el brazo. En pocos minutos, en los que Andrew no había sabido que hacer, su padre cayó al piso, muerto.

Desesperado, y sabiendo que le sería imposible confesar la verdad, bajó y mintió diciendo que había encontrado a su padre muerto.

A Andrew le hubiera gustado creer, para aligerar su conciencia, que su padre murió por la decepción que sintió al enterarse de que su hija preferida había caído en un escándalo de tal índole, pero en el fondo sabía que no era así; Henry Blane amaba mucho a Katherine para que algo así le afectase tanto. No, él había  muerto al escuchar la forma en la que él había hablado de Katherine.

No es que odiara a su hermana, porque no lo hacía; de hecho, siempre habían tenido una relación llevadera, de hermanos, incluso había soportado los arrebatos dramáticos de Katherine y esquivado uno que otro jarrón. Su relación siempre fue buena, al menos hasta que un sentimiento de lo más detestable entró en acción; la envidia. En el momento en que se dio cuenta de que Kate era la preferida de su padre, y que todos sus esfuerzos por ganar su favor caían en saco roto, todo el afecto que le tenía a su hermana fue sustituido por envidia.

Esa envidia y esa rabia acumulada durante tantos años, sumado al sentimiento de culpabilidad por la muerte de su padre, fue lo que lo llevó a decirle a su hermana, después del entierro, esas palabras de las que tanto se arrepentía, donde la acusó de la muerte de su padre sabiendo que no era cierto.

—Tal vez padre murió por la decepción de saber que su hija preferido había caído en un escándalo y no era tan perfecta como creía —había dicho.

Sabía que no era  justificación, pero no podía decir más en su defensa. Solo cuando Kate le había gritado «te odio» llena de dolor, había reaccionado.

Muy tarde se dio cuenta de que había estado actuando mal toda su vida; que la juzgó muy duramente. Así como él había sufrido por la indiferencia de su padre, ella había sufrido por la de su madre, que admitía siempre lo prefirió a él. Ninguno de los dos era culpable, solo víctimas de la preferencia de sus progenitores. El único problema consistía en que se había dado cuenta demasiado tarde. Su padre estaba muerto, su hermana lo odiaba y posiblemente jamás se lo perdonaría, pero se lo tenía merecido, porque él tampoco se lo perdonaría nunca.

**  **  ***  **

Por más que lo intentó, Adrianne Bramson no podía creer ni entender lo que su gemela Amber acababa de informar a la familia. Claro que nadie culparía su lenta capacidad de asimilación, pues cuando una se enteraba de que su prometido acababa de fugarse con otra a tres días de su boda con ella, era normal que su cerebro se negara a creer y entender los motivos.

Técnicamente la había dejado plantada en el altar. Todo estaba listo; las flores, el vestido, la organización del banquete, la orquesta, todo; bueno, solo faltaba algo, el novio.

El compromiso entre ella e Ian había transcurrido tan normal como los otros, por lo que no podía entender el motivo que lo impulsó abandonarla, justo a unos días de la boda cuando tuvo tres meses para retractarse y sabiendo, como sabía que ella lo amaba más que a su vida. Se había enamorado de él en el primer momento en que lo vio, y creía que él también sentía lo mismos por ella. Él empezó a cortejarla y su alegría no pudo ser mayor cuando le propuso matrimonio, pero ¿Para qué lo hizo? ¿Para aumentar su alegría y abandonarla a tres días de la boda? ¿La había hecho anhelar cada minuto el momento en el que se volvería su esposa solo para al final romperle el corazón?

Contuvo las ganas de llorar. No se mostraría débil ante su familia, no les haría ver lo mucho que ella sufría.

Armándose de valor, se atrevió a mirarlos a los ojos para evaluar sus reacciones.

Su padre, rojo de rabia, despotricaba una serie de insultos olvidándose de las damas presentes. Su madre mostraba una expresión de clara indignación y su hermana…su hermana la veía con tristeza y…

«Compasión no, Amber, compasión no» rogó en silencio. En ese momento se veía capaz de soportar todo, menos la compasión.

—¡Esto es indignante! —bramó el Señor Bramson levantándose de su asiento—. ¡Nadie le hará esto a una hija mía! ¡Lo retaré a duelo apenas regrese y lo mataré!

—No, no lo hará padre, cálmese por favor —intervino Adrianne utilizando hasta el último gramo de autocontrol para parecer tranquila, lo que menos necesitaba en ese momento era que a su padre le diera una apoplejía.

—¡Pero esto es inaudito! ¡Claro que lo retaré! ¡La mujer con la que se haya fugado quedará viuda rápidamente! —siguió gritando el hombre mientras Adrianne pensaba la mejor forma de hacerlo desistir, no pensaba exponer a su padre a un duelo en el que podría morir.

—¿Con quién se ha fugado? —preguntó a Amber.

—Con la hija del conde de Bridgwater, Lady Alice —informó—. ¿Cómo creen que me he enterado? Ya saben que su hermana menor, Lady Margaret, es muy amiga mía, fui a su casa en respuesta a la invitación que me había hecho para tomar el té y cuando llegué encontré todo un revuelo en la casa. Lady Margaret me explicó rápidamente el asunto, me pidió discreción y que por favor me fuera. Creo que se fugó con ella por su dote, todos sabemos que Lady Alice no es muy agraciada.

Adrianne respiró hondo para contener las lágrimas. Un caza dote, eso había resultado ser su querido Ian, un caza dote. Oh, como duele saber que no se conoce en absoluto a una persona. Se dijo que fue lo mejor, se había librado de un futuro al lado de un desgraciado y mal hombre, se repitió que tuvo suerte, y que el destino decidió salvarla a tiempo, pero aunque sabía que era verdad, no ayudaba a que el asunto le doliera menos.

Incapaz de aguantar más, murmuró una disculpa y se fue hacia su cuarto, donde se desplomó en la cama y ahogó en la almohada los sollozos que no podía contener.

¿Cómo pudo haberle hecho eso? ¿Cómo pudo romper de esa forma su corazón? ¿Cómo fue capaz de abandonarla de esa manera sin ni siquiera darle una explicación? Eso último sin duda era lo peor de todo, que no tuvo los pantalones para decirle en persona que no se casarían; no fue capaz de romper el compromiso, sino que fue tan cobarde para huir, sabiendo que la dejaba a merced de la sociedad. Sería la burla de todos; la verían con lástima, hablarían a sus espaldas e incluso en su cara, puede que no recibiera ninguna otra propuesta de matrimonio, en resumen, viviría un calvario por un buen tiempo, pero ¿Qué importaba eso cuando una estaba ya destrozada por dentro?

Siguió llorando hasta que se quedó sin lágrimas. Lloró por todo; por su corazón roto, por las injusticias de este mundo, por los desgraciados hombres, por la gente cruel, por todo. Al final, estaba un poco mejor, seguía triste, pero se había quitado un peso de encima.

Rato después, sonaron unos golpes en la puerta y sin siquiera haber formulado una respuesta, Amber entró.

—¿Cómo estás? —preguntó sentándose al lado de su hermana en la cama.

—Todo lo bien que se puede estar cuando a una casi la dejan plantada en el altar

—Vele el lado bueno Adrianne, te has librado de un mal hombre.

Adrianne sonrió débilmente ante la actitud de su hermana. Amber siempre le veía el lado bueno a todo. Pese a que compartían el mismo aspecto, pelo castaño, ojos verdes, nariz respingona, y labios gruesos; no podían ser más distintas. Adrianne era pícara, atrevida, audaz; Amber por su parte era dulce, tímida, prudente y lo más importante, siempre sabía que hacer o decir, justo lo que Adrianne necesitaba en ese momento, aunque nosirviera para que la tristeza desapareciera.

—Eso no me hace sentir mejor.

—Pero en un futuro sí, cuando el dolor pase, lo agradecerás.

Adrianne sabía que Amber tenía razón, pero como cuando ella misma lo pensó, saberlo no hacía que doliera menos. La herida estaba ahí, clavada profundamente en su corazón, y por más que intentaba convencerse de que todo estaría bien, no podía, pensaba en lo sucedido y no podía.

—¿Es que no lo entiendes? —sollozó incapaz de contenerse, hablando con el dolor de una persona a la que le clavaron un puñal en el pecho y ahora se lo retorcían—. Me dejó, me abandonó sabiendo que lo amaba; me dejó y no tuvo el valor de decírmelo a la cara. Me dejó casi plantada sabiendo que tenía que enfrentarme a la dura crítica de la sociedad.

—Nadie te juzgará —aseguró Amber aunque no parecía muy segura—, no es tu culpa.

Adrianne soltó una carcajada amarga.

—¿Acaso importa que no sea mi culpa? Daré de que hablar y eso es lo que importa. Sabes que hablaran Amber, ellos no tienen piedad.

Amber no lo negó.

—Lo sé —admitió—, es muy triste, apuesto a que no serían tan crueles si supieran lo que se siente que verse involucrados en un escándalo.

Adrianne asintió. Dudaba que la sociedad dejará de ser cruel aunque cada miembro de esta se viera involucrado en un escándalo, sin embargo, no les vendría mal saber lo que se siente…Enderezó la cabeza cuando una absurda idea empezó a rondarle la mente. No, no podía hacer eso… ¿o sí? ¿Por qué no? Cada quién debería tener un poco de su propia medicina…

Adrianne sonrió,

—Creo Amber, que alguien debería darles una lección.

Su gemela asintió, pero rápidamente notó que había algo raro en la actitud de su hermana.

—¿Qué estas planeando Adrianne? —preguntó con cautela presintiendo que no le iba a gustar la respuesta.

—Oh, algo muy divertido.

Sin más preámbulos, contó su plan su incondicional confidente.

Capítulo 1

Londres, 1821.

Lo admitieran o no, la mascarada del “Pleasure Club” era el evento más esperado de la temporada, y no solo por caballeros libertinos en busca de entretenimiento, sino por ciertas damas que ante la sociedad eran respetables. Y es que el famoso club de juego, que abría sus puertas a las mujeres una vez al año, les garantizaba gracias a las máscaras, el anonimato necesario para que hicieran todo tipo de actividades indecorosas, sin correr más riesgos de los que ellas permitieran a la hora de pecar.

Por su parte, a Adrianne Bramson, esta mascarada le brindaba un excelente banquete de chismes que luego publicaría en su columna.

La famosa columna “«comentan por ahí», llevaba exactamente cinco años  escandalizando a la sociedad londinense y atacando sin piedad a sus miembros. ¿Por qué? La respuesta era simple, venganza… no, para darles una lección, sí, eso sonaba mejor, para darles una lección.

Durante al menos un año, Adrianne fue su tema de conversación favorito y aún lo era. La pobre chica que había sido abandonada a tres días de su boda fue compadecida y criticada por casi todos los que tuvieran lengua. Tuvo que aguantar cometarios impertinentes disfrazados de amabilidad. Soportó miradas de burla y compasión cada vez que se encontraba con Ian en alguna velada, y fue la comidilla de la sociedad hasta que se cansaron del tema. Lo que ellos desconocían era que esa persona que destapaba sus más oscuros pecados, era ella.

Su gemela, Amber, era la única que conocía su secreto, y seguiría siendo así hasta que Adrianne se cansara de martirizar con los chismes a la sociedad; cosa que solo sucedería cuando se quedara sin fuerzas para salir a investigar. Como contaba con solo veinticuatro años, faltaba mucho para eso, y dado que no se pensaba casar nunca, no habría nadie que se lo impidiese.

Cualquiera diría que una joven soltera no estaba en posibilidad de obtener la información que ella siempre conseguía; así como tampoco se atrevería a ir al lugar en donde ahora se encontraba. Pero a Adrianne ya nada le importaba, ni las reglas de sociedad, ni lo correcto o incorrecto según matronas amargadas. Admitía que la libertad de una mujer soltera no era la misma que la de una casada, pero siendo ya considerada una solterona en toda regla, tampoco estaba sometida a constante vigilancia.

Escaparse de casa para ir a ese tipo de eventos no suponía ningún problema; no era miedosa por naturaleza y ya las cosas no parecían afectarle demasiado. Tampoco le era difícil sobornar a ciertos personajes para que el proporcionaran información previa a la publicación, por ejemplo, los impresores de la Gacette, donde se colocaban los compromisos matrimoniales. Todo eso le había ganado fama de bruja y Adrianne se divertía con ello.

Con disimuló, se movió por el elegante salón a través de la gente. Sus ojos verdes, enmarcados en una máscara de igual color, escrutaron con  meticulosidad a los presentes,  en busca de algún jugador empedernido, alguna dama de clase alta cometiendo infidelidad, o alguna otra cosa que pudiera interesar y perjudicar a la sociedad.

Varias escenas se presentaron ante sí y empezó a tomar notas mentales que pasaría en papel a la mínima oportunidad. Lord Marcus pierde una gran fortuna en las cartas, Lady Ravenck comete adulterio con El señor Smith, Lady Sothy está tan borracha como una cuba…

Adrianne sonrió. Siempre se encontraban cosas interesantes en el «Pleasure club» y esta vez había bastante información. Ella nunca daba nombres, pero siempre se encargaba de que todos descubriesen de quien hablaba.

Sus detallistas ojos detectaron al duque de Bedford subiendo a las habitaciones de arriba con una dama bien vestida, pero no lograba distinguir quién era. Dispuesta a averiguarlo, se escabulló entre la gente para verlos mejor antes de que desaparecieran por las escaleras. Estaba a punto de averiguar la identidad de la mujer cuando alguien le bloqueó el paso.

—¿Buscas compañía, cielo?

Era Lord Carmichel ¿no se acababa de casar? Bien, le encantaría ver la cara de la esposa cuando se enterara. Destruir matrimonios no era su actividad favorita, así que consideraría el asunto. La joven condesa le caía bien, ¿sería mejor dejarla vivir en la ignorancia? Después lo pensaría.

A pesar de las máscaras, a Adrianne no se le hacía difícil descubrir la identidad de los presentes. Siempre había sido muy detallista, y tantos años en sociedad le había permitido saber que cada quién tenía una peculiaridad que los identificaba; ya fuera la forma de caminar, algún gesto, algún detalle simple como un lunar en un lugar específico, una contextura única, o en el caso de Lord Carmichel, una pequeña cicatriz en la comisura del labio izquierdo, que según se comentaba (por ella misma) se la había hecho una amante furiosa cuando él terminó su relación.

Adrianne se sintió nerviosa pero intentó no parecerlo. Cada año, cuando iba a ese lugar sabía perfectamente a lo que se exponía y no era la primera vez que alguien quería hacerle una propuesta indecente. Cualquiera diría que a esas alturas ya debería dejar de preocuparle el asunto, pero lo cierto era que nunca estaba totalmente tranquila con ello; uno jamás podía sobreestimar a un hombre que visitara esos lugares, menos si estaba tan borracho como Lord Carmichel.

—En este momento no —respondió cortante y como si no quisiera darse a delatar por completo añadió con voz fría—, quizás luego. —Después de que terminara con su búsqueda de información y se fuera del lugar a buscar la compañía de su hermana para contarle.

El hombre soltó una extraña carcajada como si ella hubiera dicho algo muy divertido.

—Vamos —dijo y la tomó del brazo—, estoy seguro de que este es el momento adecuado.

Las alertas de Adrianne se dispararon y en un impulso intentó quitarse de encima al hombre, pero este no cedía. Supo entonces que tenía que salir de ahí si no quería estar en un problema.

—Le he dicho que no —dijo en tono tajante pero el hombre volvió a reír y empezó a arrastrarla.

—No se haga la difícil, le aseguro que solo por llevar ese vestido, me tiene a sus pies.

El hombre fijó sus azules ojos en el prominente escote del vestido verde manzana y Adrianne maldijo en su mente. El vestido era de su madre, por supuesto, estaba algo pasado de moda y ya no se lo ponía, pero a ella le venía muy bien pues si se aparecía en ese tipo de lugares con un vestido de joven soltera la descubrirían de inmediato.

Intentó que el miedo causado por las palabras del hombre no la embargara y pensó en la mejor forma de librarse de esa situación.

Pedir ayuda sería algo absurdo considerando el propósito del club, por lo que se las debía arreglar sola. Con rapidez, le dio una patada en la pierna y el hombre sorprendido la soltó el tiempo suficiente para que ella pudiera salir corriendo. Él intentó agarrarla pero ella solo corrió todo lo rápido que su vestido lo permitía.

No le importaba  ser el centro de atención, su vista solo estaba fija en la puerta de salida que se apresuró a traspasar sin interesarle dejar olvidado uno de sus mejores abrigos. Viendo hacia atrás, ella siguió corriendo aún después de salir y bajó con soltura los escalones sosteniendo su vestido a una altura que dejaba ver sus tobillos.

Si había alguien delante de ella, no le importó, al menos, no hasta que llegó al jardín principal y tropezó con fuerza contra un duro cuerpo cuyo dueño debía estar también distraído ya que no la sostuvo con la suficiente rapidez para evitar que ambos perdieran el equilibrio y cayeran al piso, aunque debía decir que él se llevó la peor parte pues ella le cayó encima.

Después del impacto inicial, vio la cara del hombre que le había servido de amortiguador y lo reconoció al instante porque no llevaba máscara. Andrew Blane.

Andrew masculló en su mente al menos tres maldiciones distintas cuando un lacerante dolor empezó a recorrer los nervios de su espalda debido al golpe. Definitivamente ese no era su día.

La mala fortuna parecía ser la compañía de Andrew durante todo ese día, comenzando todo con la visita del notario de su padre esa mañana.

Él estaba tranquilo en su despacho cuando le fue informado que el notario de la familia quería verlo. Andrew supo que había un problema, pero creyó que era algo que tenía solución, y en efecto, la tenía, solo que una bastante drástica.

De todas las situaciones que se imaginó cuando el Señor Carter lo visitó esa mañana jamás pensó que era para informarle que si no se casaba en un mes, es decir, para su cumpleaños número treinta, su hacienda y los bienes provenientes de esta pasarían a un familiar lejano. La noticia le había caído como un balde de agua helada y alegó que eso era imposible pues en el testamento que se leyó de su padre no decía nada semejante, no obstante, el notario, con la cara roja de vergüenza le notificó que el testamento había sido cambiado el mismo día de la muerte de su padre y que el nuevo aún no había llegado a sus manos en el momento en se realizó la lectura.

Andrew se había vuelto una furia y le afirmó al notario que eso era imposible. La hacienda la podía perder, pero los bienes los había conseguido él mismo a base de inversiones y otros negocios.

—No obstante —había rectificado el abogado—, el dinero invertido en esos negocios viene de la hacienda, y su padre dejó claramente citado «La hacienda y todos los bienes que se deriven de ella»

—Viene de la dote de mi hermana que mi cuñado no quiso aceptar —replicó.

—Y el dinero de la dote es producto de las ganancias de la hacienda

Las maldiciones sonadas en ese momento pudieron haber escandalizado al pirata más aguerrido y casi hicieron que el pequeño hombre saliera corriendo del lugar. Cuando preguntó porque no se le había notificado antes, tartamudeando el hombrecillo contestó que el siempre creyó que Andrew conocía los cambios y él solo fue a recordarle los términos. Andrew había corrido al hombre para ponerse a tomar mientras pensaba cómo rayos conseguiría una esposa en un mes, una esposa que además, según precisas indicaciones, tenía que ser respetable y no alguien caído en desgracia. Sin embargo, el licor no parecía ser suficiente  para relajarse, así que había decidido ir a la mascarada del Pleasure club para buscar olvido, y ¿Qué había conseguido? Y buen golpe en la espalda que bien podía haberlo dejado lisiado.

Miró a la mujer que había terminado de ponerlo de mal humor y se encontró con los ojos verdes más hermosos que hubiera visto jamás. 

Por un momento, fue incapaz de reaccionar, pero cuando la punzada de dolor regresó, él también volvió al presente.

—Por el amor de Dios, mujer, ¿no ves por dónde caminas?

Ella se apresuró a levantarse y cuando lo hizo, por inercia se alisó los pliegues.

—Lo lamento —murmuró ella y el sonido de su voz hizo eco en los oídos de Andrew. ¿Dónde había escuchado  esa voz?

Era conocedor de que gran parte de las mujeres que visitaban ese lugar eran damas de alta cuna, pero esa voz la había oído y no era precisamente en las damas de falda ligera que conocía bien.

Ella parecía haberse dado cuenta de que su identidad estaba en peligro porque se preparó para volver a correr pero en un instinto primitivo, Andrew la sujetó del brazo.

Su identidad no era su problema, de hecho, las máscaras eran precisamente usadas para proteger identidades  reputaciones. Sin embargo, no podía dejar de escuchar a un diablillo en su interior que le gritaba que descubriera a personalidad y saciara su curiosidad. La vio atentamente y sus ojos verdes de pronto se volvieron conocidos, al igual que el pequeño lunar que llevaba en la parte inferior del labio derecho. Una imagen se formó en su cabeza y sin que ninguno de los dos pudiera evitarlo, rodó la máscara para mostrar la imagen completa del rompecabezas. Ella se cubrió casi inmediatamente la cara con las manos pero no antes de que Andrew averiguara su identidad, o al menos, parte de ella.

—Dios… ¿Srta. Bramson? ¿Qué rayos hace usted aquí?

Capítulo 2

Tenía razón.

Amber Bramson siempre tenía razón y Adrianne debería aprender a escucharla con más frecuencia.

Cuando su hermana le decía que no era buena idea que ella fuera a esas mascaradas porque tarde o temprano la descubrirían, Adrianne se mofaba diciendo que si había salido invicta de cuatro mascaradas, bien podía ir a otra sin que sucediera nada. Ahora, sabía que nunca más en su vida debía desdeñar los consejos de la parte sensata de la familia pues las consecuencias eran garrafales. Andrew Blane la acababa de descubrir y solo Dios sabía que haría con la información.

Lo correcto sería pensar en una excusa creíble. Pero vamos, ¿qué excusa se podía dar para justificar su presencia en un club dónde la gente iba a jugar y a hacer todos los actos indecorosos que la sociedad les tenía vetados? Sin duda no podía decir que había errado la dirección de Almack’s (para la que además no tenía pase) y había terminado en el «Pleasure club» con una máscara que le dieron en la entrada. ¿O sí?

Podía intentarlo, o también podía salir corriendo para evitar así que el hombre confirmara su identidad. Es decir, la había visto, pero no el tiempo suficiente para que no se pudiera convencer en un futuro de que fueron alucinaciones suyas…

Con las manos aún en su cara, Adrianne abrió los dedos para recuperar la vista y se puso en posición para correr cuando recordó que él todavía tenía sujeto su brazo y sin intención de soltarlo, si se tomaba en cuenta la firmeza con que los sostenía. Entonces, supo que no tenía escapatoria. Bonito lío en el que se había metido.

—¿Srta. Bramson? —La voz de él seguía teniendo aquel tono de incredulidad y Adrianne se dijo que no tenía escapatoria, pero tampoco pensaba quitarse las manos de la cara hasta no tener su máscara puesta, no quería arriesgarse a que más caras curiosas la reconociera.

Localizando su antifaz en la mano del hombre, ella se lo arrebató y él no opuso resistencia. Cuando lo tuvo de nuevo colocado hizo un infructuoso intento de zafarse pero era imposible. Al final se rindió y enfrentó su destino o ¿podría fingir aún fingir ignorancia?

—Me temo Señor, que usted está confundido —probó con un tono de voz distorsionado. Por favor, prometía hacerle caso a Amber la próxima vez, no por nada era la hermana mayor.

No obstante, sus ruegos fueron en vano porque el hombre sonrió.

—Creo que no, querida, no estoy confundido. Y creo que harías bien en admitirlo, se ahorraría tiempo.

Imbécil. Andrew Blane era un imbécil, por eso debía ser que su hermana nunca le dirigía la palabra en los eventos sociales.

Cuadrando los hombros, Adrianne decidió tomar las riendas.

—Está bien, soy yo ¿Eso le supone algún problema?

—No, pero a usted podría suponerle varios ¿Qué hace una joven soltera en un lugar como estos? ¿Tiene la mínima idea de a lo que se expone? ¿Es que se ha vuelto loca?

Lo que le faltaba, que un desconocido cuestionara su cordura. Aceptaba que lo que había hecho no se podía catalogar como el más cuerdo de los actos, pero ella tenía sus motivos y él no tenía por qué meterse. Con su tono más seguro dijo.

—Eso no le interesa. Suélteme y déjeme marchar. Demás está pedir discreción sobre el asunto.

El señor Blane sonrió como si su petición le causara gracia y ella sintió sus mejillas teñirse de rojo debido a la rabia. «Estúpido, estúpido Andrew Blane» pensó intentando calmarse. Estaba buscando las palabras para volver a hablar cuando una voz cerca de ellos dijo.

—Así que aún estás aquí, pequeña zorra, ahora sí me las pagarás.

Adrianne se tensó al reconocer la voz del hombre que acababa de golpear y forcejó para soltarse del agarre mientras maldecía interiormente. Ese definitivamente no era su día.

Andrew no la soltó, pero sí parecía darse cuenta de que algo no iba bien porque rápidamente empezó arrastrarla hacia adelante. A ella no le quedó de otra que seguirlo, y cuando vio que la iba a montar en su carruaje tardó un segundo en decidir cuál era la peor opción, si quedarse e intentar buscar un coche de alquiler mientras un loco lo perseguía, o montarse en el coche de un hombre que distaba mucho de ser un caballero. Ninguna de las dos opciones la convenció pero al final se decidió por la segunda. Total, las cosas no podrían ponerse peor.

Él la ayudó a subir a su carruaje y ella se acomodó en la esquina más alejada de este. Si salía de esa, prometía ser buena chica.

Andrew la siguió y por un momento se la quedó mirando como si quisiera comprobar que de verdad tenía ante sí a la que para la sociedad era la solterona pero respetable Srta. Bramson. Cuando se convenció, cerró la puerta y habló.

—¿Cuál es su dirección?

¿Su dirección? ¿Significaba eso que pensaba llevarla a casa? Gracias Dios. Puede que después de todo no fuera un canalla despreciable, pero prefería no afirmar nada aún.

Ella le murmuró la dirección de su casa y él se la dijo al cochero por la ventanilla del techo. Pronto, este se puso en marcha.

Andrew observó a la mujer frente a sí y no por primera vez en esos diez minutos transcurridos se preguntó si no estaría alucinando.

Si alguien le hubiera dicho que iba a encontrar a una Señorita soltera en una casa de juego de mala muerte, se habría echado a reír, y es que a pesar de saber lo depravadas que eran las mentes en la alta sociedad y lo no respetables que eran algunas damas, jamás se había dado un caso de que una mujer soltera visitara esos lados. Tenía que tener graves problemas mentales o un espíritu demasiado rebelde para no poder ceñirse a las normas más estrictas de la sociedad londinense.

Los motivos por los que estaba ella ahí no deberían ser de su interés, pero vamos que causaba curiosidad saberlos. No había tratado en demasía con las gemelas Bramson y solo las había visto en un par de ocasiones, pero a pesar de las horribles críticas corridas por las malas lenguas después de la ruptura del compromiso de Adrianne, nunca se había catalogado a las gemelas como parias de la sociedad que rompían las reglas y hacían lo que le viniera en gana.

El hecho era que Andrew no conseguía maquinar su razón para estar allí. Si hubiera querido salir del tedio e inmiscuirse en una aventura amorosa que por su condición de soltera no podía tener, definitivamente no hubiera huido como lo hacía de Lord Carmichel que para muchas era un buen protector. Quizás solo quería aventura y se asustó cuando el asunto empezó a tomar un matiz más serio, después de todo, una mente inocente, como se suponía era la de ella, no debería estar acostumbrada a semejante muestra de inmoralidad como la que se daba en esos lugares. Debía haber algo en ese asunto y que lo asparan si no lo descubría.

—Y bien… Srta. Bramson. ¿Sería tan amable de explicar los motivos por los que se encontraba usted en una casa de juego a media noche?

Adrianne se dijo que hubiera sido mucho esperar que la llevara a casa sin decir nada. Eso sería pedir un favor a la suerte que la había claramente abandonado esa noche.

—Y usted, Señor Blane, ¿sería tan amable de dejar de inmiscuirse en mis asuntos? Le agradezco que me lleve a casa, aunque no se lo haya pedido, pero eso no le da ningún derecho a cuestionarme o interrogarme sobre algo que solo me incumbe a mí —replicó ella cortante y Andrew sonrió ante la bravuconería de su tono.

—Claro… a mi entender entonces no tengo derecho a saber porque una joven dama estaba sola de noche en un club de perdición. Una dama a la que por cierto, he tenido que salvar de un depravado que parecía querer cobrarse una ofensa.

—No me hubiese tenido que salvar si no me hubiese retenido en un primer momento.

—Y yo no la hubiese retenido si usted no me hubiese arroyado por venir huyendo de… ¡Ah, sí! Lord Carmichel, ¿me equivoco?

Adrianne suspiró. No, ese no era su día, pero tenía que tratar el asunto como una mujer sensata. No podía dejar que todo se fuera a la borda por un error.

—Señor Blane —dijo con la voz más calmada que pudo—, la verdad es que este asunto se ha salido de mis manos y no se volverá a repetir, por ello, le pido encarecidamente que lo olvidemos y no se mencione más. He cometido una tontería y mi familia no tiene por qué pagar las consecuencias si esto se llega a saber. Por favor.

Andrew la miró con una mezcla de admiración y diversión. Admiraba su tranquilidad ante la situación y su hábil forma de desviar la pregunta principal hecha por él, pero a la vez le divertía la forma en que intentaba no perder el control. Por lo visto, Adrianne Bramson no era de esas damas dotadas con una infinita paciencia y dispuesta a someterse ante alguien. Era diferente y eso le agradaba. Las damas pasivas habían dejado de llamarle la atención hace mucho rato.

Una idea cruzó en ese momento su mente y fue tomando forma al pasar de los segundos. Podía ser, pensó él, podía ser, pero debía analizar el asunto con detenimiento.

—¿Qué cree que diría su padre si se enterase de eso, Srta. Bramson?

El cuerpo de ella se tensó sin poder evitarlo y sus ojos destellaron alarma.

—¿No se lo irá usted a decir? ¿Cómo podría ser tan canalla? No, mi padre jamás le creería —afirmó ella pensativa—, es una locura.

—Vaya que lo es. ¿Pero está segura que no lo haría? ¿Tiene fe absoluta en ello?

Adrianne se quedó pensativa un momento y se dijo que su padre jamás creería semejante absurdo aunque fuera verdad. No obstante, podría retar al Señor Blane a duelo por blasfemar de esa manera el nombre de su hija y podría salir herido en el proceso, cosa que ella no deseaba. Oh ¿Cómo se supone que saldría de esa?

«Tranquila, Adrianne, tranquila» se dijo. Sin duda ella podría convencer a su padre de que no cometiera una estupidez, pero ¿si el hombre divulgaba el rumor? Habría quien lo creería solo por el placer de tener a quién desprestigiar y entonces su reputación y la de su familia se hundiría. Oh, Dios mío.

—No estamos siendo razonables, Señor Blane. Usted no ganaría nada desprestigiándome ante mi familia o ante la sociedad ¿Lo haría solo por el perverso placer de verme sufrir? Si es así, desconozco qué tipo de caballero es usted. Por favor, olvidemos el asunto y listo.

Andrew no dijo nada, pues en ese momento el carruaje se detuvo en frente de la casa de los Bramson. Un lacayo abrió la puerta y a Adrianne no le quedó otra que salir, no sin que antes pudiera escuchar al hombre murmurar.