Una tierra para sembrar sueños - Jan de Vos - E-Book

Una tierra para sembrar sueños E-Book

Jan De Vos

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Beschreibung

El autor narra la historia de la selva a través de los sueños de ocho personajes que son representativos de cada tema: la explotación maderera, la colonización campesina, la iniciativa finquera, la intervención gubernamental, la unión ejidal, la evangelización autóctona, el refugio guatemalteco y el alzamiento zapatista.

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Seitenzahl: 747

Veröffentlichungsjahr: 2015

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SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA

UNA TIERRA PARA SEMBRAR SUEÑOS

JAN DE VOS

UNA TIERRA PARA SEMBRAR SUEÑOS

Historia reciente de la Selva Lacandona

Primera edición, 2002     Segunda reimpresión,    2011 Primera edición electrónica, 2015

En la portada: Vida y sueños de la cañada Perla, mural pintado en la comunidad de Taniperla, Chiapas, por hombres y mujeres de 12 comunidades aledañas dirigidos por Sergio Valdez Ruvalcaba, Checo, para celebrar la inauguración del municipio autónomo Ricardo Flores Magón el 10 de abril de 1998. Fue destruido por las fuerzas de seguridad.

D. R. © 2002, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen, tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-2558-8 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

AGRADECIMIENTOS

Para la escritura de este libro pude contar con la generosa ayuda de mucha gente. Agradezco en especial a Pedro del Villar, Jaime Bulnes, Pedro Vega, Javier Vargas, Carlos Martínez, Pablo Iribarren y Mardonio Morales, quienes me dieron acceso a sus archivos personales; a Ruth Jiménez, quien tuvo a su cargo la cartografía, y a Gonzalo Celorio, quien dio su apoyo personal para la publicación.

PRÓLOGO

Este libro es el último volumen de una trilogía dedicada a una de las regiones más fascinantes de México. Inicié su escritura en 1980 con la publicación del libro La Paz de Dios y del Rey. La conquista de la Selva Lacandona por los españoles (1525-1821), y le di en 1988 secuencia con un segundo tomo: Oro verde. La conquista de la Selva Lacandona por los madereros tabasqueños(1822-1949). De esta manera había yo cubierto cuatro siglos y medio de historia, desde el momento de la primera entrada de soldados españoles en aquella región, hasta el año en que salió de ella la última troza de madera preciosa en rollo. Pero me faltaba reseñar los 50 años restantes (1950-2000), durante los cuales la Selva Lacandona sufrió cambios mayores que los experimentados en todo su pasado anterior. Captarlos me llevó una década de trabajo de archivo, biblioteca y campo, es decir, una investigación de largo aliento, en la cual confieso no haber podido ser siempre un observador imparcial. De 1973 a la fecha he estado involucrado personalmente en varios de los procesos que describo en el libro. Esta posición, lejos de ser una limitante, me ha proporcionado información de primera mano que fue material esencial para la escritura. La historiografía regional invita a acercarse lo más posible al proceso en análisis. Tratándose, además, de sucesos contemporáneos en una región en la cual pasé tiempo caminando y trabajando, el involucramiento fue inevitable.

Debido a ese conocimiento íntimo, el análisis aquí presentado posee elementos que no responden a la llamada “objetividad científica”. La Lacandona ha sido “mi tema” durante más de 25 años y hablar de ella significa liberar sentimientos, además de expresar opiniones. Considero que en los últimos 50 años de su ya larga vida ha experimentado sucesos tan excepcionales que por ellos conquistó para siempre un lugar especial en la historia moderna de México. En ninguna otra región del país hubo cambios tan profundos y tan drásticos en por los menos seis ámbitos de la vida humana. La migración campesina, la degradación ambiental, la movilización popular, la radicalización religiosa, la efervescencia política y la insurgencia armada: en La Lacandona se dieron más que en cualquier otro lugar de la República. Precisamente por llevar la delantera en esos seis renglones, la región llegó a ocupar el centro del escenario nacional. Antes marginada y poco atendida, cobró de pronto una relevancia que por mucho ha rebasado las fronteras mexicanas.

¿Cómo escribir la historia de tan tremenda y tan compleja sacudida ecológico-social? En un primer momento pensé formar un equipo interdisciplinario entre varios colegas y repartirnos la tarea. La idea, nacida antes del estallido de 1994, fue abandonada al verme “comido el mandado” por la avalancha de publicaciones acerca del rezago centenario chiapaneco, el movimiento armado en la selva o el papel de la Iglesia católica en el conflicto. Decidí volver a la tradicional factura del “libro de autor único”, pero con la condición de ofrecer al lector un acercamiento al tema que fuera original. Encontré la solución al percatarme de que ya en 1988 había escrito sobre La Lacandona como “una tierra para sembrar sueños”. Presento ahora el resultado de mi investigación bajo ese enfoque, con el peligro de que aquel sea calificado, junto con el texto que le corresponde, como “poco científico”. Pero quiero correr ese riesgo, porque las tres palabras —tierra, siembra y sueño— evocan, de la manera más feliz, la suerte de los actores principales del drama de la selva: sus pobladores indígenas.

En el último medio siglo, fueron muchos los sueños sembrados en tierras lacandonas, pero pocos los que llegaron a madurar y aún menos los que lograron ser cosechados. He aquí otro terreno más en donde La Lacandona se distingue de otras regiones de México: la descomunal cantidad de proyectos de desarrollo ideados por un sinnúmero de funcionarios especialistas de las dependencias gubernamentales, pero raras veces llevados a cabo. Hubo, sin embargo, excepciones que confirman la regla y que en su mayoría fueron iniciativas tomadas al margen de las decisiones oficiales. Entre los proyectos así sembrados —¡y cosechados!— he seleccionado ocho que transformaron, de manera decisiva, a La Lacandona, tanto en lo natural como en lo social. Sus respectivos autores fueron: una compañía maderera, un gobierno populista, una diócesis misionera, varias organizaciones campesinas, medio millar de colonias pioneras, medio centenar de campamentos de refugiados, y un pequeño pero aguerrido ejército de insurgentes indígenas.

Estos colectivos serán introducidos por medio de ocho individuos que estuvieron involucrados directamente en alguno de los proyectos mencionados. Son los que dan nombre y apellido a los capítulos de este libro: Pedro Vega, Trudi Duby, Carlos Hernández, Jaime Bulnes, Domingo Gómez, Porfirio Encino, Roselia García y El Joven Antonio. Los dos últimos son los únicos que no llegué a conocer personalmente, pero no excluyo la posibilidad de encontrarme con Antonio algún día. Roselia ya no me dará ese gusto, ya que murió de cáncer a principios de 2001. Con los otros seis, en cambio, tuve trato directo en varias ocasiones y pude así enterarme de sus puntos de vista... y de vida. Algunos de ellos incluso fueron, o son, amigos míos.

Antes de entrar a conocer a esos ocho soñadores, ofrezco al lector, en calidad de Introducción, un panorama general de La Lacandona durante el último medio siglo. La evolución de la región se dio, básicamente, en torno a dos ejes principales: el poblamiento de sus espacios por campesinos sin tierra y el aprovechamiento de sus recursos por empresas privadas, primero, y gubernamentales, después. Pero la reducción a estas dos grandes líneas de acción no debe hacernos perder de vista la enorme diversidad de actores involucrados en ellas y de escenarios por ellas producidos. De allí la necesidad de reconocer varios ejes adicionales que fueron complicando y enriqueciendo la problemática fundamental. Antes de acercarse a ellos uno por uno mediante los ocho sueños, el lector recibirá ya una primera idea global de lo que fue en La Lacandona: 1) la labor concientizadora de la Iglesia católica; 2) el activismo político de los grupos maoístas; 3) la instalación de los campamentos de refugiados guatemaltecos; 4) la diversificación de las subregiones al paso de la colonización y de la conformación sociopolítica de las comunidades; 5) la polarización de los poblados en torno a la vía armada; 6) la creciente militarización por el Ejército mexicano, y 7) el proselitismo de grupos e individuos ecologistas. Consideré necesario primero abrir al máximo el abanico lacandón, para después fijar con mayor provecho la atención en cada segmento.

Con la palabra “segmento” quiero indicar que el libro está estructurado de manera que el lector tenga la posibilidad de acercarse a la problemática general desde varios ángulos, ya que cada sueño tiene un punto de partida diferente de los demás. Eso significa que algunos temas centrales serán tocados una y otra vez, aunque nunca desde la misma óptica ni con la misma profundidad. Cierta repetición será, pues, inevitable, ya que los ocho caminos se cruzan en varios puntos de su trayecto. Sin embargo, he procurado respetar, en la medida de lo posible, el orden cronológico en el cual los sueños se dieron.

La figura de Pedro Vega nos introducirá al mundo de la explotación de la madera preciosa, tan preponderante en La Lacandona hasta mediados del siglo XX. Por pertenecer a una familia de origen español que se dedicó a este negocio desde finales del siglo XIX, Pedro Vega es el eslabón perfecto que relaciona los tiempos de la montería tradicional con la época moderna. En efecto, aprenderemos que La Lacandona fue sometida nuevamente a la explotación por una empresa maderera, mexicana en apariencia, pero estadunidense en cuanto al capital invertido. Nuestro personaje no fue más que un simple peón en la batalla de intereses que aquella compañía libró, en los años sesenta, con el gobierno federal. Pero la contienda no se habría dado si el mismo gobierno, en el decenio anterior, no hubiera vendido toda la parte norte de la selva al mejor postor. Seremos, pues, testigos de un suceso verdaderamente insólito de la historia reciente de México: la reprivatización de La Lacandona a partir del modelo porfirista por un gobierno dizque posrevolucionario. Además, nos enteraremos de la fatal relación que surgió entre la explotación forestal y la destrucción ambiental, debido a las nuevas técnicas introducidas.

El afán de Trudi Duby de salvar la selva de la destrucción y proteger a sus habitantes originarios dará pie a una lectura crítica del decreto presidencial que convirtió a la diminuta comunidad lacandona en el mayor latifundista de Chiapas. Una vez descubiertos los múltiples errores que el documento contiene, estaremos en condiciones de evaluar en su justa medida las fatales consecuencias que la decisión arrojó para propios y extraños. Seguiremos de cerca la suerte de los colonos tzeltales y ch’oles que fueron excluidos de la repartición y amenazados con ser desalojados de sus asentamientos por la fuerza. Tendremos la oportunidad de ponderar la profunda frustración que se apoderó de los miles de afectados. Entenderemos cómo y por qué la lucha contra “la Brecha” los llevó a organizarse, primero, y a levantarse en armas, después. Aprenderemos, finalmente, que la intervención populista de 1972, lejos de ser remediada por los gobiernos posteriores, proyecta su nefasta sombra sobre la región hasta el día de hoy. Los problemas agrarios, ecológicos y militares que La Lacandona padece actualmente son herencia directa de aquella resolución.

Jaime Bulnes es otro personaje en quien pasado y presente se confunden. Igual que Pedro Vega, descendiente de una familia de madereros españoles, fue además heredero de un latifundio porfirista de respetable tamaño enclavado en el corazón de La Lacandona. Lo acompañaremos en su intento por salvar la herencia familiar contra la creciente invasión de sus tierras por colonos indígenas particularmente emprendedores. Serán éstos los vencedores en ese combate desigual, ya que emigraron de comunidades del noroeste de Chiapas, poseedoras de una larga experiencia de lucha agraria contra el finquero opresor. Darán una demostración de su fuerza colectiva, enraizada en una probada tradición de rebeldía campesina, rejuvenecida por ideas libertarias recientes. También nos enseñarán lo difícil que fue para ellos lograr una cohesión social a pesar de las diferencias étnico-lingüísticas, religiosas y políticas. Finalmente, veremos que de la misma forma entre los finqueros hay de todo y que la agresión no vino precisamente de don Jaime.

Carlos Hernández representa a los miles de campesinos sin tierra que, apremiados por la necesidad, fueron poblando la selva y de esta manera crearon nuevas formas de hacer comunidad. A través de él conoceremos las implicaciones materiales y espirituales de lo que significó para los colonos la doble experiencia del éxodo y del arribo. El fenómeno de la colonización debe su complejidad no sólo a los distintos rumbos de asentamiento, sino también a los no menos diversos lugares de origen. Llegar a conocer ambos universos es parte del objetivo que tiene el capítulo referente al sueño del hermano Carlos. Él forma parte de esa generación de migrantes que pasó por el tremendo proceso de desarraigo que significó el abandonar lo conocido y abrazar lo desconocido. A sus hijos y nietos ya no les tocó ese “rito de pasaje”, puesto que ellos ya nacieron en la selva y en ella han de encontrar el modo de subsistir. Presentamos aquí uno de los mayores problemas producidos por la colonización: la rápida saturación de los espacios aptos para la agricultura y la consiguiente falta de perspectivas para las generaciones por venir.

En este universo limitado —territorial y socialmente— creció Porfirio Encino, representante de miles de jóvenes campesinos sin posibilidad de repetir la hazaña de sus padres o abuelos: hacerse de un pedazo de terreno en tierra virgen. Al contrario, el reto consiste ahora en preservar lo que aún queda de vegetación primaria y aprender a vivir con y de la selva. Eso significa que hay que abandonar el tradicional sistema de roza-tumba-quema y aprender a practicar la agricultura intensiva. La milpa ya no puede caminar, tampoco la vaca y el cerdo. Se trata de un cambio que es aun más profundo que el éxodo a la selva que hicieron los primeros colonos. Pero las nuevas generaciones están dispuestas a tomar ese otro rumbo desconocido porque ahora la “necesidad” que los apremia es la escasez y el agotamiento de la tierra disponible. Veremos cómo y por qué estos campesinos finiseculares han llegado a poner el recurso de la biodiversidad en el centro de su preocupación. Es esta sensibilidad muy postmoderna la última toma de conciencia en un largo y admirable proceso de reflexión y organización colectivas. Avanzaron por estos dos caminos gracias a la ayuda de tres grupos de asesores venidos de fuera: los agentes de pastoral de la diócesis de San Cristóbal, los activistas maoístas surgidos de la experiencia de 1968 y algunos ecólogos convencidos del valor de la milenaria convivencia mesoamericana con la naturaleza.

De estas tres influencias, la más fuerte y duradera ha sido, sin duda, la ejercida por la Iglesia. Tendremos oportunidad de medirla al ver realizarse, lentamente y no sin sobresaltos, el sueño de Domingo Gómez, “principal” tzeltal de la comunidad de Tacuba. Veremos nacer una Iglesia autóctona cuyos miembros han aprendido a vivir su fe de manera muy distinta de la “costumbre” tradicional. Igual que en el terreno de la agricultura, el cambio fue profundo y constituyó otro rito de pasaje, del cual los iniciados salieron renovados en cuanto a creencias y prácticas religiosas. Podremos observar que en ese proceso también los agentes de pastoral hicieron notables ajustes a su propio modo de pensar y actuar. Su búsqueda de nuevos caminos los hizo experimentar rupturas dolorosas que no dejaron de causar cierta perplejidad en sus feligreses indígenas. Veremos también por qué, a pesar de tanto esfuerzo, los credos protestantes avanzaron a pasos acelerados en las comunidades. Éstas se hicieron, además de multiétnicas, pluriculturales, lo que significó para sus miembros trocar la acostumbrada homogeneidad religiosa por la pluralidad confesional. Y pasar de esta situación de pluralidad a una posición pluralista es un aprendizaje muy delicado, sobre todo cuando la convivencia tiene sus exigencias inmediatas y diarias, como es el caso en los poblados rurales donde “todo el mundo conoce a todo el mundo”.

Este estrecho margen social se dio aún más fuerte en los campamentos que los refugiados guatemaltecos levantaron en el sur de La Lacandona, al huir de las matanzas en sus pueblos de origen. Conoceremos su suerte por medio de la experiencia de Roselia García, quien llegó muy jovencita a México y supo aprovechar el exilio para crecer humanamente, igual que muchas otras niñas de su edad y condición. Se trata, una vez más, de un proceso único en la historia reciente de México, que consiste en la paradoja de haberse desarrollado al máximo un modelo organizativo en condiciones extremadamente precarias. Valoraremos el inmenso esfuerzo colectivo de estos pobres entre los pobres, colonos de tierras nuevas al igual que sus vecinos mexicanos, pero condenados a volver a la “errancia”, ahora en tierras extranjeras. Al escuchar el relato de Roselia recibiremos noticia fidedigna sobre un asunto poco conocido porque es callado en los informes oficiales de ACNUR y Comar: el rechazo que los refugiados recibieron inicialmente por parte de las autoridades mexicanas y el desalojo violento que padecieron los que no quisieron mudarse a Campeche y Quintana Roo.

Nuestro abanico lacandón no estaría completo si no diéramos su lugar merecido al movimiento armado que escogió lo más inhóspito de La Lacandona como base de sus operaciones militares. Nuestro previo seguimiento de las rutas de colonización nos facilita entender dónde se implantó la guerrilla y cómo logró el contacto indispensable con las comunidades selváticas cercanas. El personaje que representa ambos grupos humanos será El Joven Antonio, a quien el subcomandante Marcos en uno de sus textos describió “afilando el machete para la guerra”. A través de su sueño aprenderemos que la insurgencia no comenzó en La Lacandona, sino que tuvo su origen en el norte de Chiapas y nació allí del encuentro casual entre un número muy reducido de mestizos urbanos radicalizados y unos pocos campesinos indígenas formados en la militancia de los movimientos populares. Acompañaremos a estos fundadores del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en su esfuerzo por convencer a los colonos de la validez de la vía armada y por qué razón éstos finalmente decidieron cambiar su estrategia de autodefensa por la ofensiva insurgente. Lo descrito en los capítulos anteriores ayudará a comprender mejor la fascinación que la insurgencia ejerció en las mentes de los campesinos selváticos. Cayó la semilla en un campo abonado desde hacía años por tres incentivos: una novedosa religiosidad liberadora, una larga experiencia organizativa y una creciente toma de conciencia de la propia dignidad pisoteada durante tanto tiempo.

A la lista de esos ocho “sembradores de sueños” decidí añadir, en un último capítulo, a los que dieron a conocer su mirada onírica por medio de “obras de arte”. Escogí, entre las múltiples representaciones, tres géneros creativos que llamaron particularmente mi atención: el cuento maravilloso, el fresco monumental y la novela testimonial. El primero está representado por las Historias de El Viejo Antonio, publicadas por el subcomandante Marcos en la prensa nacional a partir del 31 de mayo de 1994. El segundo aparece en el mural Vida y sueño de la Cañada de Taniperla, con el cual unos 20 pintores anónimos adornaron, en abril de 1998, la fachada de la casa del municipio autónomo rebelde Ricardo Flores Magón. Y al tercer género pertenece el libro Ceremonial, escrito por el chiapaneco Jesús Morales Bermúdez. De nuevo, se trata de una selección hecha con base en preferencias muy personales. Desde un principio, me interesaba destacar en las tres obras no sólo el valor artístico que sin duda tienen, sino también su calidad de construcción metahistórica. En efecto, en la tríada formada por cuento, fresco y novela, La Lacandona aparece, además de lugar de acontecimientos reales, como universo mítico, con todos los alcances y riesgos que dicho procedimiento implica.

Esta reconstrucción del pasado reciente de La Lacandona no pretende ser exhaustiva. Es sólo una de tantas maneras posibles de acercamiento y su lectura debe ser completada con las de otros autores. Entre ellos quiero destacar a Rodolfo Lobato, Xochitl Leyva, Neil Harvey y Víctor Manuel Toledo, quienes durante muchos años estudiaron con particular agudeza los cambios sociales y naturales producidos por el proceso de colonización. Reconozco la deuda que tengo con ellos y con muchos otros más, al aprovechar al máximo los conocimientos vertidos en sus publicaciones. La lista bibliográfica al final de este volumen es sólo una parte de lo que acerca de La Lacandona actualmente existe. Contiene apenas lo consultado y seleccionado por mí a lo largo de los últimos diez años. He leído mucho más de lo que allí aparece; entre ello, una respetable cantidad de artículos publicados en revistas y periódicos en torno al conflicto armado. Faltaron el espacio y las ganas de incluirlos, porque soy, a fin de cuentas, historiador regional, no politólogo ni teórico de la cuestión indígena. En cambio, me habría gustado dejar constancia pormenorizada de las casi 400 titulaciones de tierra ejidal que los campesinos de La Lacandona recibieron a lo largo de los últimos 50 años. Estos documentos oficiales ilustran —de la manera más contundente— el avance humano sobre “El Desierto de la Soledad” que La Lacandona aún era a mediados del siglo XX. Pero el enlistado hubiera engrosado indebidamente este libro, cuyo exagerado número de páginas será uno de los principales obstáculos a vencer por el lector. Espero que la hojeada inicial, en vez de desanimarlo, despierte su curiosidad, porque a pesar de las apariencias de erudición esta historia no tiene mayor ambición que la de interpretar algunos sueños.

Tepoztlán, Cerro de Jade31 de marzo de 2001

I. EL ABANICO LACANDÓN

Laguna de Miramar [Foto: María de Lourdes Alonso Castillo]

 

 

LOS ESTUDIOSOS de la Selva Lacandona —que ya son muchos, sobre todo a partir de 1994— estarán de acuerdo conmigo en afirmar que la región, objeto de nuestro interés común, es un universo natural y humano que se caracteriza por su complejidad. Lo reconocen los geógrafos y ecólogos al intentar describir la extraordinaria variedad de paisajes allí encontrados.1 Lo admiten también los científicos sociales al interpretar la no menos asombrosa diversidad étnica y sociocultural de la población que allí se estableció durante el último medio siglo.2 Esta sensibilidad académica contrasta con la visión simplista de quienes desde su respectivo coto de poder o interés de corto plazo tienden a convertir la región en objeto de aprovechamiento o control: gente del mundo de los negocios y de los medios de comunicación, funcionarios de los gobiernos estatal y federal, autoridades militares, entre otros.

La compleja realidad llamada Selva Lacandona no refiere exclusivamente a lo que cualquier observador más o menos atento descubre con rapidez. Tiene que ver también con la diversidad de conceptos que acerca de ella se han formado. Es decir que la Selva Lacandona no se reduce al mosaico natural y humano creado a partir de los diversos elementos geográficos e históricos que moldearon su identidad como región. Incluye también las múltiples Selvas Lacandonas construidas a partir de los intereses o preocupaciones de quienes se acercaron a ella.

Esta doble heterogeneidad puede fácilmente confundir a un lector desprevenido. Por eso considero útil explicarla brevemente en un capítulo preliminar, antes de entrar en materia. Lo haré por medio de un análisis que respeta las tres dimensiones que posee toda región: el espacio natural, la trayectoria histórica y el conjunto de interpretaciones que de ella se hicieron. En otras palabras, antes de contar la historia reciente de la Selva Lacandona, quiero destacar su diversidad en cuanto a paisajes, procesos y proyectos.

DIVERSOS PAISAJES

Debemos al geólogo alemán Federico Mülleried el haber puesto las bases para la interpretación fisiográfica del estado de Chiapas en su libro Geología de Chiapas (1955).3 A partir de esa obra se estableció la costumbre de dividir a la entidad en siete paisajes naturales: 1) la Llanura Costera del Pacífico; 2) la Sierra Madre; 3) la Depresión Central; 4) los Altos de Chiapas; 5) las Montañas del Oriente; 6) las Montañas del Norte, y 7) la Llanura Costera del Golfo. Esta división fue retomada en 1976 por otro alemán, el geógrafo Carlos Helbig, en su obra Chiapas. Geografía de un estado mexicano,4 y se ha mantenido hasta la fecha, como lo atestigua el reciente mapa oficial editado por el actual gobierno del estado.5 En él siguen vigentes las siete regiones de Mülleried, teniendo en cuenta las inevitables correcciones hechas al trazado muy esquemático de aquella ordenación pionera de 1952 (véase el mapa 1).

En los dos libros citados uno buscará en vano el nombre de “Selva Lacandona” para identificar la región que nos interesa. Sus autores coinciden en llamarla “Montañas del Oriente”, ya que según ellos no es la exuberante vegetación su principal característica, sino el accidentado relieve. Helbig habla también a veces de “Lacandonia”, pero ese nombre no es invento suyo: fue introducido por el escritor Pablo Montañez como título de una novela publicada en 1961.6 Recientemente volvió a aparecer, encabezando dos libros: Lacandonia, el último refugio (UNAM, 1991) y Lacandonia al filo del agua (Fondo de Cultura Económica, 1996). Sin embargo, tanto “Montañas del Oriente” como “Lacandonia” seguirán siendo topónimos de excepción en comparación con el de “Selva Lacandona”, nombre introducido por el arqueólogo Enrique Juan Palacios en su libro En los confines de la Selva Lacandona,7 y popularizado por Frans Blom y Gertrude Duby a partir del suyo propio La Selva Lacandona.8

Para salir del enredo toponímico, varios estudiosos ahora prefieren referirse a la región como “La Lacandona”, porque de selva le queda cada vez menos. Por otro lado, se sigue considerando al medio millar de indios lacandones como los habitantes autóctonos de la región, a pesar de ser ahora una minoría diminuta frente a los más de 200 000 colonos venidos de fuera. Se retoma así, de alguna manera, la costumbre que prevalecía durante la época colonial, cuando el área era conocida como “El Lacandón”, nombre que fue remplazado en el siglo XIX por el de “Desierto o Despoblado de los Lacandones”.9

Otro problema es la circunscripción del área. Todos están de acuerdo en aceptar la frontera entre México y Guatemala como su límite nororiental y meridional: procedimiento que no deja de sorprender en estudios biológicos, geográficos o ecológicos acerca de la región. En efecto, la naturaleza no se altera al cruzar unos ríos (en este caso, el Chixoy, el Pasión y el Usumacinta) y, menos aún, una línea geodésica (en este caso, la línea que separa a la subregión de Marqués de Comillas de los departamentos guatemaltecos de Huehuetenango, El Quiché y la Alta Verapaz). Pero aquí las exigencias de la geopolítica, obviamente, tienen mayor peso que las evidencias físicas, y al parecer nunca fueron cuestionadas con seriedad, ni siquiera por los científicos naturales.

En cambio, hacia el occidente y el norte, la región ha recibido las más variadas delimitaciones, dependiendo de los criterios utilizados. Tendremos oportunidad de revisar dichos criterios en la tercera parte del presente capítulo, al analizar las diversas miradas que se han echado a La Lacandona, tanto desde dentro como desde fuera. Aceptemos, por lo pronto, la demarcación propuesta por Mülleried y Helbig, al separar, de alguna manera, las Montañas del Oriente de los Altos de Chiapas y de las Montañas del Norte, ya que aquella nos conviene para nuestra identificación inicial de la región, es decir, la fisiográfica.

Al sobrevolarla desde Comitán con rumbo hacia el río Usumacinta,10 llama la atención el ligero declive en dirección suroeste-noreste que ostenta por ambos lados de la línea geodésica que divide a México de Guatemala. En la parte mexicana, la altitud de 1 200 metros sobre el nivel del mar en la meseta tojolabal desciende a 500 metros en las serranías que se extienden a lo largo del río Usumacinta y a 300 metros en los lomeríos que dominan el paisaje entre los ríos Lacantún y Chixoy o Salinas. El valle surcado por el río Usumacinta tiene sólo 100 metros sobre el nivel del mar en el punto en donde deja de pertenecer a las Montañas del Oriente para formar parte de las Montañas del Norte.

Pero la impresión de declive es engañosa por simplificada. En realidad, la parte montañosa de La Lacandona está formada por tres elevaciones casi paralelas que se extienden de noroeste a sureste, hasta terminar en la depresión causada por el río Lacantún. Las separan dos cañadas en cuyo fondo corren los ríos Jataté y Lacanjá. La primera serranía constituye la frontera entre los Altos de Chiapas y las Montañas del Oriente y tiene un promedio de 1 200 metros de altitud. La segunda, que se extiende entre el Jataté y el Lacanjá sobre casi 150 kilómetros, llega a un promedio de 1 000 metros de altura y 45 kilómetros de anchura. La tercera, situada al noreste, entre el Lacanjá y el Usumacinta, sólo tiene 500 metros de alto y apenas entre diez y 15 kilómetros de ancho. Estas tres serranías abarcan grosso modo la mitad de La Lacandona; la otra parte es la ocupada por las tierras bajas formadas por la pequeña llanura al occidente del lago Miramar y los valles extensos por donde corren los ríos Lacantún, Chixoy y Usumacinta (véase el mapa 2).

De las dos subregiones —montañas y llanuras—, la primera es la más heterogénea, ya que la caracterización de sierra trifurcada es sólo una aproximación burda a un relieve mucho más complejo. Para ser preciso, la montaña lacandona se compone de una decena de serranías más o menos paralelas, separadas por igual número de cañadas formadas por ríos que en su gran mayoría corren de noroeste a sureste.

Tomando el río Jataté como línea divisoria, se pueden distinguir dos cuencas muy parecidas en cuanto a la composición y dirección de su red fluvial (véase el mapa 3). La primera está constituida por los ríos Dolores, Seco, Caliente y Euseba, los cuales desembocan en el río Santo Domingo, el que en su curso inferior corre hacia el noreste. En esta misma dirección se desplaza el río Lacantún, nutrido asimismo por cuatro afluentes provenientes del noroeste: el Tzendales, el San Pedro, el Lacanjá y el Aguilar. En medio de estas dos subcuencas está la del río Jataté, engrosado en su curso inferior por dos afluentes (el Perlas y el Azul), que le llegan por la izquierda desde el noreste. Corriente más arriba ha recibido por su derecha las aguas del río Tzaconejá que repite el esquema presentado por el Santo Domingo y el Lacantún, más al sur, y el Jataté superior, más al norte: corre hacia el noreste, recibiendo en su curso varios afluentes que le llegan desde el noroeste.

Pero tanto la subcuenca del Tzaconejá como la del Jataté Superior ya no pertenecen a La Lacandona y por esta razón no entran en nuestra área de estudio. Es importante hacer esta precisión porque varios autores tienden a incluir en La Lacandona los llamados “Valles Primero y Segundo de Ocosingo” y demás cañadas vecinas. A diferencia de ellos, sostengo que pertenecen a una zona intermedia que denomino “Franja Finquera”11 y que se extiende, en forma de media luna, desde Palenque hasta Comitán, pasando por Yajalón, Ocosingo, Altamirano y Las Margaritas. Esta subregión, que separa de alguna manera Los Altos de La Lacandona, se pobló de haciendas desde finales de la época colonial y, debido a su actividad agropecuaria, ha estado, a partir de entonces, integrada a la vida económica y social de Chiapas. Entra en la historia reciente de La Lacandona sólo como zona de expulsión, cuando a partir de la década de los cuarenta los peones empezaron a salir de fincas y rancherías en busca de un futuro mejor.

Pero regresemos a nuestro esbozo fisiográfico. Tal vez el fenómeno más destacado es el giro de 45 grados que dan todas las aguas hasta ahora mencionadas al recibir el río Lacantún por la derecha y al río Chixoy, a su vez engrosado, un poco más al sur, por el río De la Pasión. Convertidas por esta triple confluencia en río Usumacinta toman un rumbo totalmente opuesto en dirección noroeste, recibiendo, antes de salir de La Lacandona, por la izquierda a dos afluentes que asimismo corren de sur a norte: el Butsijá y el Chocoljá. Este último es más conocido con el nombre de Santo Domingo, igual que el amplio valle formado por él.

El panorama no quedaría completo si no mencionamos la presencia de dos series de cuerpos lacustres, la primera ubicada en mesetas por encima de los 900 metros sobre el nivel del mar: Ocotal, Ojos Azules, Escobar, El Suspiro y Santa Clara; la otra en llanuras de menos de 300 metros sobre el nivel del mar: Lancanjá, Carranza y Miramar. Este último es el lago más grande de La Lacandona y también el más atractivo por su importancia histórica y belleza natural (véase el mapa 3).

El relieve heterogéneo ejerce una marcada influencia en el clima, el cual es básicamente lluvioso y cálido, pero con dos variaciones: tropical y subtropical, debido a las diferencias altitudinales. La precipitación oscila entre 1 200 y 3 000 milímetros anuales, mientras la temperatura lo hace entre 14 y 38 grados, con una media anual de 25 grados. La estación lluviosa abarca la mayor parte del año, con dos periodos de menor intensidad: entre febrero y junio y entre julio y agosto, siendo este segundo intervalo una breve canícula de dos a tres semanas. Tanto la humedad como el calor presentan variaciones importantes, dependiendo de la altura y la cobertura vegetal. Esta última se encuentra en un proceso de creciente deterioro desde mediados del presente siglo. En general, se observa un incremento pluviométrico en dirección nortesur y un aumento en la temperatura de oeste a este.

Los suelos varían según las condiciones propiamente pedológicas combinadas con el grado de humedad, calor y vegetación. Es posible afirmar que en general son delgados (menos de 50 centímetros de profundidad) y poco fértiles en las laderas y lomeríos debido a la gran pérdida de nutrientes que causa la lixiviación. Sólo en las partes planas y bajas, entre ellas las márgenes de los ríos, los suelos son más profundos y más arcillosos, lo que los convierte en los únicos con vocación agropecuaria. En teoría, los demás sólo sirven como sustrato apto para mantener el frágil equilibrio ecológico que constituye el bosque tropical (véase el mapa 4).

Todas estas variables fisiográficas han producido un abanico de paisajes naturales cuyo número oscila entre diez y 20, según los criterios de clasificación utilizados. Un botón de muestra es el registro elaborado por el equipo de especialistas que en 1990 trazó El Plan de Manejo de la Reserva Integral de la Biosfera Montes Azules.12 Identifica 17 ecosistemas, entre ellos la pradera acuática, el bosque ripario de galería, el bosque de palmas pinatifolio, el bosque de palmas fabelifolio, el bosque de nubes siempre verde, el bosque de pino-encino-liquidámbar, el encinar tropical, el bosque de encino, el bosque de pino, la selva lluviosa de montaña, la selva lluviosa de montaña baja, la selva tropical lluviosa y la pradera tropical.

Por su parte Roberto de la Maza, en el libro Selva Lacandona, un paraíso en extinción, reduce a 13 las asociaciones vegetales: la selva tropical lluviosa, la selva lluviosa de montaña baja, la selva lluviosa de montaña alta, la selva tropical estacional, el palmar tropical, el palmar subtropical, el bosque ripario en galería, el bosque nublado siempre verde, el bosque de pino-encino-liquidámbar, el bosque de encino, el bosque de pino, la pradera acuática latifolia y la sabana de árboles bajos.13

Aún más impresionante es la variedad de fauna silvestre que puebla esa naturaleza poliforma. Hasta la fecha han sido registradas 39 especies de peces, 25 de anfibios, 84 de reptiles, 340 de aves y 163 de mamíferos.14 En todos estos ramos, el inventario aumenta en la medida en que se descubren entidades aún desconocidas. Un ejemplo es el armadillo de cola desnuda que se registró en 1986 por primera vez en el país. Pero también se presenta el proceso inverso: en la medida en que se destruye la selva, van desapareciendo varias especies conocidas y otras que nunca llegaron ni llegarán a ser identificadas.

DIVERSOS PROCESOS

No es exagerado afirmar que La Lacandona ha sufrido en el último medio siglo mayores cambios por la intervención humana que en los 500 años anteriores. Y eso teniendo en cuenta el efecto causado por la explotación maderera desde 1870 en buena parte de su territorio. Responsable principal de esa transformación reciente es la población campesina que a partir de 1950 empezó a ocupar los espacios hasta entonces casi despoblados. Junto a esta inmigración humana, sin parangón en la historia contemporánea de México, están los esfuerzos de la iniciativa privada y las dependencias gubernamentales para seguir aprovechando los recursos naturales de la zona. Al principio aquellos se redujeron a la explotación de las reservas forestales dejadas intactas por las empresas porfiristas. Sin embargo, muy pronto hubo un intento, por parte de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), de preparar el terreno para una vasta red de represas con el fin de convertir el inmenso caudal de los ríos en energía hidroeléctrica. El proyecto no llegó más allá de algunos atrevidos esbozos, a diferencia de la posterior iniciativa de Petróleos Mexicanos (Pemex) que sí llegó a perforar varios pozos en busca de una variante de hidrocarburo que pudiera rivalizar con la extraída en la Sonda de Campeche.

La historia reciente de La Lacandona, con las dos vertientes de aprovechamiento moderno de sus recursos y ocupación humana de sus espacios, se inscribe en un proceso de larga duración que Jean Revel-Mouroz ha calificado como “la conquista del trópico húmedo mexicano”.15 Se trata de un movimiento colonizador que arrancó en el Porfiriato y tuvo como objetivo el de integrar al “México útil” los extensos despoblados selváticos del sureste que habían quedado fuera del circuito socioeconómico de la nación. Desde su comienzo poseía su contraparte en la colonización de las regiones semiáridas en el norte del país. En el sureste, sin embargo, la explotación de las riquezas naturales monopolizó durante mucho tiempo la atención de autoridades y empresas privadas, en detrimento de posibles proyectos de poblamiento. Estos empezaron a ser objeto de preocupación y planeación apenas en la segunda mitad del siglo XX.

Punto de partida fue la decisión del presidente Miguel Alemán (1946-1952) de retomar la “Marcha al Mar”, lanzada por su predecesor Manuel Ávila Camacho (1939-1945), pero dándole una orquestación de gran envergadura. Debajo del lema oficial se ocultaba una nueva política de apropiación privada concebida como sustituto de la reforma agraria: en vez de distribuir las tierras de los latifundios hacendados entre los campesinos, se les invitó a éstos a ocupar terrenos nacionales vírgenes, no sin abrirlos al mismo tiempo a la iniciativa privada de inversionistas capitalistas. De esta manera se quiso fomentar, de manera simultánea, el aumento de pequeñas propiedades y posesiones ejidales (la cara populista del proyecto) y la formación de nuevos latifundios (la cara oculta del proyecto). El carácter escandaloso de esta política residía en que estas grandes propiedades se crearon a partir de terrenos nacionales y en la doble medida empleada: una para el campesino y otra para el neolatifundista.16

Los candidatos a terratenientes ya no iban, sin embargo, a obtener las extensiones exorbitantes de los tiempos porfiristas. Las propiedades se redujeron a algunos centenares de hectáreas para la explotación agrícola y de varios miles de hectáreas para la ganadería extensiva. Pero hubo una notable excepción: la explotación forestal, sobre todo en las zonas en donde el clima tropical, un accidentado relieve y una densa capa boscosa no hacían atractiva la tierra para el campesino con otras opciones. Muchos despoblados del sureste mexicano encajaban en esta categoría, en especial la Selva Lacandona. Los estados de Campeche, Quintana Roo, Tabasco y Chiapas pronto recibieron la visita de empresarios nacionales y extranjeros interesados en obtener grandes extensiones de terreno baldío apto para la extracción maderera.

En este contexto hay que situar la iniciativa de Vancouver Plywood Company, en ese entonces una de las empresas madereras más poderosas de los Estados Unidos, con sede en la pequeña ciudad de Vancouver, Washington.17 En 1949 la compañía decidió abrir un frente de explotación en La Lacandona, más precisamente en su parte norte, puesto que ésta colindaba con dos vías de transporte ya existentes: el río Usumacinta y el Ferrocarril del Sureste. Supo convencer a varios inversionistas mexicanos para que adquirieran a nombre propio la tierra, fundaran una sociedad por acciones y por medio de ella contrataran el permiso de aprovechamiento industrial con el gobierno federal.

La nueva sociedad, con fachada mexicana, pero capital estadunidense, se fundó en enero de 1951 con la razón social de Maderera Maya, S. A. Su director, el licenciado Pedro del Villar, logró comprar, en menos de tres años, las zonas Sala, Doremberg, Dorantes, Romano III, Sudoriental y Valenzuela, todas ellas constituidas durante el Porfiriato al ser repartidas por el gobierno entre un grupo selecto de ricos terratenientes del centro y norte del país. A principios de 1954, Maderera Maya, mediante sus 80 accionistas, ya era dueña de un latifundio que abarcaba 437 334 hectáreas de terrenos boscosos (véase el mapa 5). Durante los siguientes diez años, de 1954 a 1964, trató en vano de conseguir el permiso federal para establecer en Arena, Tabasco, la proyectada unidad industrial para el procesamiento de maderas tropicales. El gobierno, alarmado por la posible monopolización de la extracción maderera por el capital extranjero, dio marcha atrás y se rehusó a dar la autorización.

La resistencia oficial no fue el único contratiempo que enfrentó la compañía mexicano-estadunidense. A partir de 1954 experimentó también la creciente presión ejercida por colonos indígenas y mestizos que empezaron a penetrar su latifundio desde el oeste y el norte. Ya en ese año se establecieron las primeras colonias en las antiguas zonas Sala, Doremberg, Dorantes y Sudoriental, formadas por campesinos tzeltales y cho’les originarios de Bachajón y Tumbalá, y por rancheros mestizos venidos de Salto de Agua y Palenque. Estos invasores venían respaldados en cierta manera por el Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización (DAAC), que desde 1950 preparaba un nuevo deslinde de la selva para anular los títulos de propiedad expedidos durante el Porfiriato. Esta dependencia gubernamental actuaba por órdenes de la Presidencia misma, decidida a abrir La Lacandona a la colonización y de esta manera integrarla social y económicamente a la nación. Su labor culminó en dos decretos, promulgados en 1957 y 1961, respectivamente, por los cuales la zona Sala fue declarada “apta para colonización con fines agrícolas” y las zonas Dorantes, Romano y Valenzuela convertidas en “terrenos nacionales” (véanse los mapas 5 y 6).18

Mientras, los campesinos y los ganaderos continuaron su avance sobre los terrenos vírgenes de La Lacandona, sin respetar los títulos de propiedad de Maderera Maya y los demás terratenientes herederos de los latifundios porfiristas que aún existían en el centro y sur de la selva. A partir de 1960 se intensificó la penetración por el norte y se ampliaron de modo notable los frentes de colonización que desde Las Margaritas y Ocosingo se habían abierto en la década de los años cuarenta por las cuencas de los ríos Santo Domingo y Jataté y las cañadas formadas por sus afluentes.

Los nuevos pobladores eran, en su gran mayoría, indígenas que habían abandonado sus pueblos en Los Altos por la falta de tierra cultivable o habían salido de las haciendas ganaderas y cafetaleras de la Franja Finquera por ya no encontrar cabida allí o por no soportar más las duras condiciones laborales. Constituyeron una segunda generación de colonos que fueron llenando los espacios agrestes que los pioneros de los años cuarenta y cincuenta no habían podido ni querido ocupar. El gobierno del estado consideraba esas salidas espontáneas como una bienvenida y cómoda solución al problema agrario, ya que lo liberaba de la obligación de afectar a los terratenientes in situ. Así, mucha gente se encaminó al Qu’ixín Qu’inal (La Tierra Caliente) o Ahlan Qu’inal (La Tierra Baja), con la convicción de que todos aquellos terrenos baldíos no tenían dueño y que las autoridades estaban felices de verlos ocupados.19

No cabe duda de que estos colonos iniciaron, a partir del medio siglo, la destrucción de la selva. Ellos no eran gente interesada en aprovechar la riqueza forestal; consideraban más bien al bosque como un adversario que era necesario eliminar. Su sueño era convertir el monte en milpas y potreros, y para conseguirlo empleaban un método sencillo y antiguo, aunque laborioso: la roza-tumba-quema.

En 1964 encontraron un aliado inesperado en la empresa Aserraderos Bonampak, con sede en Chancalá.20 Esta compañía campechana, contratada por Maderera Maya para explotar el bosque en sus terrenos, introdujo maquinaria moderna con la cual aceleró el ritmo del corte y transporte de las trozas. Además, al abrir brechas hacia puntos hasta entonces inaccesibles, indujo a los colonos a instalarse a lo largo de estos nuevos caminos según fueron avanzando los campamentos de explotación. De 1964 a 1974, madereros, campesinos y ganaderos formaron así tres frentes de destrucción que se unieron para devastar, en un tiempo récord, la parte norte y occidental de la selva.

La tala provocada por Aserraderos Bonampak y decenas de colonias de campesinos hambrientos de tierra no dejó de preocupar al gobierno federal, pero éste no reaccionó ni a tiempo ni con las políticas adecuadas. En 1967 declaró como propiedad nacional una superficie de 401 959 hectáreas, localizadas en los municipios de Ocosingo, Trinitaria, La Independencia, La Libertad y Las Margaritas (véase el mapa 6).21 Con esta medida quiso ganar el control sobre la parte sur de La Lacandona para desarrollar una colonización dirigida mediante la creación de Nuevos Centros de Población Ejidal (NCPE), en especial en la zona de Marqués de Comillas.22 En 1972 creó la llamada Zona Lacandona, con una superficie de 614 321 hectáreas, proclamándola “tierra comunal que desde tiempos inmemoriales perteneció y sigue perteneciendo a la tribu lacandona” (véanse los mapas 7a, 7b y 7c).23 Intentaba poner así un alto al avance de los colonizadores espontáneos en la parte norte y oeste de la selva y cerrar el centro de la misma a toda forma de penetración humana. Dos años más tarde, en 1974, creó por decreto presidencial la Compañía Forestal de la Lacandona, S. A. (Cofolasa), con el fin de eliminar la iniciativa privada de la explotación maderera y poner esta última bajo control y provecho propio.24 Finalmente, en 1978 hizo un nuevo intento por proteger un todavía importante núcleo de bosque virgen contra la inminente invasión humana, con la creación de la Reserva Integral de la Biosfera Montes Azules (RIBMA), dándole una superficie de 331 200 hectáreas (véase el mapa 8).25

Estas cuatro medidas sólo son las que se plasmaron en documentos oficiales, publicados en el Diario Oficial. Hay que añadirles un sinnúmero de proyectos y programas elaborados, de 1960 a la fecha, por decenas de instituciones gubernamentales del ámbito federal y estatal, de los cuales muchos nunca llegaron a realizarse o quedaron a medio camino. Contemplándolos en conjunto, no es posible evitar la impresión de que la política oficial ha sido a menudo poco definida y a veces francamente contradictoria y contraproducente.

El ejemplo más flagrante de esa falta de coherencia y eficiencia es, precisamente, el decreto de 1972 que proclamó a 66 jefes de familia lacandones como dueños legítimos de más de 600 000 hectáreas, convirtiéndolos así en unos latifundistas con derecho a extensiones de tierra mucho mayores que las que habían pertenecido a los 80 latifundistas de Maderera Maya en la década anterior (compárense los mapas 5 y 7). Este documento populista, hecho a todo vapor, originó un grave enfrentamiento entre los nuevos propietarios —la comunidad de los lacandones— y unos 5 000 tzeltales y ch’oles que desde hacía tiempo habían establecido más de 30 colonias en la zona ahora para ellos prohibida. Los miembros de una veintena de estas comunidades no vieron otra solución que la de abandonar sus asentamientos y reagruparse en dos grandes centros de población, llamados —muy significativamente— Frontera Echeverría y Doctor Velasco Suárez. El desalojo forzoso de los desplazados y su reubicación en las dos reducciones echeverristas significaron para el gobierno una pesada carga económica y causaron graves desajustes socioculturales entre los campesinos afectados.26

Las 20 colonias que accedieron a la reducción actuaron así debido a la promesa gubernamental de otorgarles cuanto antes títulos de posesión comunal y servicios adecuados. Hubo, sin embargo, una decena de comunidades que se negaron a salir, entre ellas sobre todo las que tenían sus trámites agrarios ya avanzados. Sus habitantes pronto se vieron amenazados por el cerco que sobre el terreno mandaron efectuar las autoridades con el fin de deslindar de facto el área reservada a los lacandones. Decidieron oponerse a la apertura de “la brecha”, a veces llegando a formar barreras humanas que por su sola presencia impidieron las mediciones. Estos irreductibles, en buena parte ex peones de las fincas, no quisieron volver a la condición de acasillados, ahora en un latifundio gubernamental.27

El gobierno volvió a cometer los mismos errores de 1972 al crear, seis años más tarde, la Reserva Integral de la Biosfera Montes Azules (RIBMA). Elaboró el decreto, de nuevo, sin conocimiento de la situación demográfica de aquella parte de La Lacandona. El área, considerada como despoblado por los expertos oficiales en el momento de su constitución, en realidad estaba ya ocupada por más de diez colonias con una población aproximada de 5 000 habitantes. Para colmo, se sobreponía, en 80%, al territorio de la Comunidad Lacandona, e invadía, por el noreste y el occidente, una considerable extensión ya colonizada. Por ejemplo, los habitantes tzeltales de Velasco Suárez, ahora llamado Nueva Palestina, descubrieron que vivían, una vez más, en terreno prohibido (véase el mapa 8). En la Sedue se elaboró un plan de reposicionamiento de la RIBMA, rodeándola con dos zonas de amortiguamiento. Era una propuesta mucho más adecuada a la realidad que la reserva decretada, pero los funcionarios que la idearon no lograron llevarla más allá de sus escritorios (véase el mapa 9).

Ante el creciente descontento de los colonos selváticos, el gobierno no tuvo más remedio que dar marcha atrás. En 1979, los integrantes de Nueva Palestina y Frontera Corozal (el antiguo Frontera Echeverría) consiguieron el reconocimiento de sus derechos sobre los bienes comunales decretados en 1972, con voz y voto en la toma de las asambleas, en donde los lacandones, sin embargo, conservaron la presidencia.28 En 1986 el gobierno hizo entrega formal de los terrenos de la Comunidad Lacandona, ahora mutilada en 70% de su territorio, ya que las 614 321 hectáreas iniciales, reducidas a 349 561 en 1978 por el decreto de la RIBMA, alcanzaron apenas 252 631 hectáreas por el nuevo ajuste. Esta superficie ya muy restringida fue de nuevo afectada por cuatro decretos que en agosto de 1992 establecieron sendas áreas protegidas que vinieron a aumentar la RIBMA con 81 035 hectáreas adicionales en detrimento de la Comunidad Lacandona (véase el mapa 10).29

A pesar de las políticas de conservación, reflejadas en las últimas decisiones presidenciales, los tres frentes destructores —madereros, ganaderos y campesinos— continuaron avanzando sobre las reservas vegetales y animales de La Lacandona. Caminaron a pasos cada vez más rápidos y devoraron áreas cada vez más extensas. En 30 años destruyeron más de la mitad de la arboleda original. Muchos espacios talados entraron en un proceso irreversible de empobrecimiento de la tierra, debido a la erosión y al progresivo agotamiento de la delgada capa de suelo fértil que la selva posee. Las lluvias, antes abundantes y regulares, se hicieron más escasas y eventuales.

CUADRO I.1. Crecimiento de la población en los municipios selváticos

FUENTE: INEGI, Censos de Población, 1920-2000.

El deterioro ecológico no es, sin embargo, el problema más agudo que sufrió la región. En La Lacandona existen actualmente más de 1 000 asentamientos humanos, entre colonias, rancherías, ejidos, nuevos centros de población, ranchos y demás pequeñas propiedades, los cuales aglutinan una población total de más de 200 000 habitantes. Comparando esta última cifra con el número calculado para 1950 (casi 1 000 colonos), para 1960 (cerca de 10 000), para 1970 (unos 40 000), para 1980 (aproximadamente 100 000) y para 1990 (casi 150 000), se desprende que la población creció a un ritmo acelerado (véase el cuadro I.1).30

Si bien la inmigración casi ha terminado —ya no hay tierra por repartir—, el aumento demográfico sigue su curva ascendente debido a una tasa de natalidad que es una de las más altas del país. En el año 2010 habrá una población de casi 250 000 habitantes (véase la gráfica I.1). Eso llevará inevitablemente a la sobreexplotación de las áreas ya abiertas a la agricultura y a la ganadería. Causará, además, una enorme presión de las nuevas generaciones sobre las áreas vírgenes aún existentes, en especial el territorio de la RIBMA. Asimismo, es de temer que los jóvenes sin tierra tomen el camino de regreso hacia la Franja Finquera y traten de posesionarse de los latifundios —ahora en su mayoría fraccionados en ranchos y pequeñas propiedades— que el gobierno no quiso repartir entre sus padres y abuelos, hace medio siglo.

GRÁFICA I.1. Crecimiento demográfico y deforestación en La Lacandona

Para completar el panorama demográfico hay que mencionar la llegada, en 1981 y 1982, de casi 20 000, tal vez 30 000, refugiados guatemaltecos a la parte sur de La Lacandona, es decir la zona Marqués de Comillas y la franja fronteriza del municipio de Las Margaritas. La mayoría vino huyendo de las colonias de El Ixcán, fundadas una década antes por misioneros estadunidenses de Maryknoll y ahora arrasadas por las tropas del Ejército guatemalteco. Establecieron campamentos provisionales en la cercanía de ranchos y ejidos mexicanos, en las inmediaciones de la frontera, pues no perdían la esperanza de regresar a su tierra en cuanto fuera posible.

Los refugiados, por su gran número y situación de extrema necesidad, constituyeron una carga que rebasaba ampliamente los recursos de la escasa población receptora. Por fortuna, contaron pronto con la ayuda de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas y, más tarde, también con el apoyo del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar).31

La aglomeración, en octubre de 1982, de 14 000 refugiados en el campamento de Puerto Rico, a orillas del río Lacantún, nos da una idea de la repentina inflación demográfica, ya que entonces en toda la zona de Marqués de Comillas no vivían más de 10 000 colonos mexicanos. Este problema recibió una solución parcial cuando en 1984 el gobierno mexicano, por razones de estrategia militar, decidió trasladar a los guatemaltecos a Campeche y Quintana Roo. Más o menos la mitad accedió a la remoción, los demás prefirieron buscar asilo en los ejidos dispuestos a acogerlos, aun perdiendo así el estatuto de refugiados oficialmente reconocido (véase el mapa 11).

En los últimos años se han hecho varios diagnósticos de la precaria situación en la que se encuentra actualmente la región. Por medio de ellos, el gobierno esperaba hacer una planeación más adecuada para atender los múltiples problemas originados por la sobreexplotación de los recursos naturales y la sobrecolonización de los espacios disponibles. Sabemos ahora que La Lacandona tiene el triste privilegio de ser la región más marginada del estado más pobre de la República Mexicana. Llama la atención el cuadro de carencias básicas padecidas por la gente, entre ellas la falta de comunicación, educación, atención médica y servicios elementales como energía eléctrica, drenaje y agua potable.

La diversidad en los procesos de colonización ha provocado la formación de varias subregiones que ostentan un perfil bien diferente el uno del otro. La mayoría de los estudiosos distinguen entre la zona Norte, la Comunidad Lacandona, la Reserva Integral de la Biosfera Montes Azules (RIBMA), Marqués de Comillas y Las Cañadas. Algunos identifican, en la zona Norte, el llamado Corredor de Santo Domingo, y otros, cuando hablan de Las Cañadas, las dividen en dos áreas según su pertenencia a los municipios de Ocosingo y Las Margaritas (véase el mapa 12).

Para enfrentar mejor su precaria situación, los colonos han buscado desde el principio formas alternativas de organización, y eso a casi todos los niveles. En sus esfuerzos aceptaron el apoyo de varias instituciones y movimientos no gubernamentales, tanto civiles como eclesiásticos. Entre estos últimos destaca la diócesis de San Cristóbal de Las Casas, encabezada desde 1960 por monseñor Samuel Ruiz García. Este obispo progresista desarrolló, junto con su equipo de colaboradores, una actuación pastoral inspirada en la llamada Teología de la Liberación. Según esta corriente el evangelio es interpretado como un mensaje de salvación integral del hombre, incluyendo en ella la lucha por sus derechos sociales y políticos. Para los colonos de La Lacandona, el acompañamiento religioso de los jesuitas de la Misión de Bachajón y los dominicos de la Misión de Ocosingo se convirtió en una excelente escuela en donde aprendieron no sólo a “escuchar la Palabra de Dios” sino también a “leer los signos de los tiempos”, es decir, analizar su propia realidad de campesinos indígenas marginados, en el ámbito local, estatal y nacional.32

En los primeros años del éxodo a la selva, la Iglesia católica, y en menor grado las diversas denominaciones protestantes, fueron el espacio privilegiado en donde los colonos más inquietos y dotados pudieron adquirir los elementos necesarios para convertirse en líderes de su comunidad. Convocados por las iglesias a cursos de formación básica, aprendieron a dominar el español, a leer y escribir, a profundizar su fe religiosa, a mejorar sus condiciones de vida, a estudiar y reflexionar acerca de sus problemas personales y colectivos. Regresaban a su comunidad como catequistas y prediáconos, en el caso de los católicos, o como pastores y predicadores de la Palabra, en el caso de los evangélicos.33

Así, la religión se convirtió en primer y principal eje ordenador de la vida social en las nuevas colonias selváticas. Y más allá de La Lacandona, sirvió para cimentar los lazos de identificación con los demás “hermanos en la fe” que vivían en otras partes de la selva y del estado. La estrecha relación que parece existir entre los habitantes de La Lacandona y Los Altos no se explica sólo por el mismo origen étnico de ambas poblaciones, sino también por esa pertenencia común que dan el credo religioso y la estructura eclesiástica que lo respalda.

La cohesión sociorreligiosa llevó a los colonos a buscar también formas de organización política. Así lo exigía la lucha por la tenencia legal de la tierra ocupada y por la apropiación del proceso productivo. En el Congreso Indígena, celebrado en 1974 en San Cristóbal de Las Casas, los colonos de La Lacandona formularon por primera vez públicamente sus demandas agrarias, al unísono con los demás indígenas del estado.34En este momento lo hicieron aún bajo la tutela de la Iglesia católica, pero pronto esta institución tuvo que aceptar la competencia de organizaciones políticas de izquierda venidas del centro y norte de la República Mexicana. Sus militantes entraron a trabajar como asesores de las comunidades pioneras en la difícil tarea de establecer estrategias viables frente a la ineptitud y la reticencia de autoridades estatales y municipales.

Desde un principio, los colonos de la subregión de Las Cañadas de Ocosingo fueron los que mejor respondieron a la oferta eclesiástica y civil de ayudarles en su lucha por una vida más organizada. Su decisión estuvo directamente relacionada con el conflicto generado por el decreto presidencial de 1972 que favoreció a 66 familias de lacandones con 614 321 hectáreas y desconoció los derechos de los 30 poblados de tzeltales y ch’oles previamente asentados en la región. El descontento causado por esta medida fue capitalizado con éxito por los militantes de Unión del Pueblo, movimiento que tuvo su origen en la universidad de Chapingo y cuya ideología era de corte maoísta. El primer resultado de su trabajo, junto con el de algunos agentes de pastoral diocesana fue la creación, en 1975, de la unión de ejidos Quiptic ta Lecubtesel (Unidos para nuestro Progreso), madre de todas las demás uniones ejidales por venir. En 1976 ya eran tres las sociedades de este tipo, y en 1988 se juntaron siete Uniones de Ejidos y cuatro Sociedades Campesinas de Producción Rural para formar una primera organización suprarregional, la Asociación Rural de Interés Colectivo (ARIC) “Unión de Uniones”, que abarcó más de 100 ejidos y más de 25 rancherías.35

También en las otras subregiones de La Lacandona los colonos empezaron a constituir uniones ejidales,36 pero éstas nunca llegaron a tener la fuerza hegemónica de la ARIC. Ésta no tardó en establecer vínculos con organizaciones similares en Chiapas y fuera del estado. También aprendió a negociar con las autoridades estatales y federales para obtener respuesta favorable a sus crecientes demandas. Aquí fue fundamental la influencia de los militantes de Política Popular, movimiento nacido en Torreón, de tendencia maoísta, pero muy bien relacionado con instancias gubernamentales como Coplamar y Conasupo.

La necesidad más apremiante era, sin duda, el reconocimiento oficial de muchos asentamientos formados de manera espontánea en décadas anteriores. En el terreno agrario, la ARIC ganó una importante batalla cuando en 1989, finalmente, 26 poblados en litigio recibieron sus títulos de propiedad.37 Otro logro fue la constitución de una unión de crédito y la obtención, en 1983, de un permiso de la Secretaría de Comercio para exportar café, su principal producto comerciable, a los Estados Unidos y Suiza. Otro paso adelante fue el convenio que en 1987 la ARIC suscribió con los gobiernos estatal y federal, en el cual se comprometió a proteger las zonas forestales aún no destruidas, en particular la reserva de Montes Azules. En 1989, desarrolló con ayuda del gobierno estatal el proyecto de “maestros comunitarios”, en un esfuerzo por remediar parcialmente las vergonzosas lagunas en el sistema educativo oficial. También suscribió convenios de apoyo técnico con la Universidad Autónoma de Chapingo y estableció un sistema eficiente de comunicación intercomunitaria por medio de la radio.

Estos beneficios no se conquistaron sin pagar el precio de la cooptación de varios dirigentes por las autoridades estatales y federales. En el seno de la ARIC