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«Baluchistán», «Beluchistán», «el Beluchistán», elijan ustedes, no había sido más que un eco lejano del Gran Juego entre rusos y británicos, poco más que una ilusión óptica en uno de esos mapas militares del siglo xix pegados en tela. Es un topónimo rotundo, sonoro y, sobre todo, evocador, aunque el procesador de textos insiste en subrayarlo siempre en rojo.
Un proverbio pastún dice que Dios no encontró páramo más inhóspito ni periferia más remota para arrojar los escombros de la creación. En cuanto a la ciencia, geólogos norteamericanos lo catalogaron como «lo más parecido a Marte sobre la Tierra»; de hecho, uno busca «Baluchistán» en Ebay y casi todo son piedras: axinitas, brucitas, tremolitas, fluoritas… Pero también es oro, uranio, petróleo y gas, mucho gas, lo que se esconde bajo las sandalias de este pueblo (más de quince millones de personas) atrapado justo donde chocan las fronteras de Irán, Pakistán y Afganistán.
Hay que hacer un pequeño esfuerzo para entender todo esto: uno ha de dirigir su mente hacia Oriente y pensar en aquello como un naufragio del que nadie informó. Sobrevivieron camelleros y taxistas, estudiantes, profesoras y peluqueros, escritoras, guerrilleros, refugiados, nómadas e incluso aristócratas. Sus historias coinciden en que empiezan, o acaban, en uno de los lugares más desconocidos del planeta.
SOBRE EL AUTOR
A Karlos Zurutuza (Donostia, 1971) le habría gustado embarcarse en Nantucket, pero sus pies le llevaban siempre hacia el este, generalmente por los lodazales y polvazales más periféricos. Los kurdos o los baluches, el colectivo LGTBI iraquí, los mandeos en Irán, los mingrelios atrapados en la gran zanja del Cáucaso… Son ya dos décadas contando historias por las que nadie apuesta pero que, contra todo pronóstico, ha conseguido publicar en las cabeceras más grandes (The Guardian, The Independent, Al Jazeera, Politico…). No es tanto el ir como el poder volver al lugar donde se escribe la cara B de la historia. Eso dice siempre.
Es autor de "Tierra adentro. Vida y muerte en la ruta libia hacia Europa" (Libros del K.O., 2018) y, junto a David Meseguer, de Respirando fuego. En las entrañas de la lucha kurda por la supervivencia (Península, 2019).
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Seitenzahl: 359
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Karlos Zurutuza
una trinchera
en marte
Historias de Baluchistán
Prólogo de Mikel Ayestaran
primera edición: abril de 2024
© Karlos Zurutuza, 2024
© del prólogo, Mikel Ayestaran, 2024
© Libros del K.O., S. L. L., 2024
Calle San Bernardo 97-99, entresuelo 8
28015 Madrid
isbn: 978-84-19119-69-8
código ibic: 1FBN, 1FKP, 1FCA
imagen de cubierta: Marc Wattrelot
maquetación: María OʼShea
corrección: Melina Grinberg e Isabel Bolaños
Baluchistán no es solo remoto geográficamente,
sino también en nuestra imaginación.
Mohammed Hanif
Prólogo
Son 1120 kilómetros desde Teherán a Zahedán, la capital del Baluchistán bajo control persa. Desde el punto de vista informativo, la distancia resulta ya interestelar, sobre todo cuando Irán está a punto de acudir a las urnas para evitar que Mahmud Ahmadineyad siga otros cuatro años en el poder. A comienzos de junio de 2009, las calles de la capital de la república islámica eran un foro al aire libre en el que seguidores de Ahmadineyad y de Mir Husein Musavi debatían la mejor opción política para la presidencia del país. Miles de teheraníes picaron el cebo del régimen, se emocionaron con este ejercicio de aparente democracia y vivían con pasión cada minuto antes de acudir a las urnas.
No había momento mejor para trabajar en las calles de Irán que una campaña electoral, unos días en los que las autoridades levantaban el pie del freno opresor para animar a la gente a votar y fortalecer así la legitimidad de un régimen prematuramente envejecido bajo los pesados turbantes de los ayatolás. La semana previa a las elecciones generales el régimen tenía la costumbre de abrir la puerta a enviados especiales de todo el mundo, que podíamos viajar y trabajar con visados de una semana de duración que expiraban justo un día después del sufragio.
Todos enviábamos de manera puntual las solicitudes de visado a las embajadas iraníes de turno y después, una vez en Teherán, pasábamos por el Ministerio de Cultura y Guía Islámica (Ershad) para retirar la acreditación, previa contratación de los servicios de una de las agencias paralelas establecidas para «guiar» al reportero durante la cobertura. Este sistema mafioso sigue vigente y sirve para que los altos funcionarios salten al sector privado, monten una agencia y cobren miles de dólares a los reporteros a cambio de casi nada, porque casi todo está prohibido.
¿Todos los periodistas cumplíamos con el guion marcado por Irán? No. Como la aldea gala en los libros de Astérix, un reportero donostiarra se resistía a pasar por este tipo de trámites formales y viajaba como turista con una misión marciana para los demás: seguir las elecciones en la provincia de Sistán y Baluchistán, una parada previa a su paso a Pakistán. Ese periodista se llama Karlos Zurutuza y nos citamos a las puertas del Gran Bazar de Teherán. Debía ser un encuentro casual en el que mis acompañantes del ministerio no se dieran cuenta de que era periodista. La confidencialidad estaba garantizada gracias al euskera, un idioma fuera del radar de los traductores que imponen las agencias del régimen, normalmente jóvenes recién graduados que hablan inglés y a quienes les exigen informar sobre el comportamiento y movimientos de sus clientes.
Teherán se había convertido en una urna enorme en la que los ciudadanos cobraban forma de papeleta. Aunque fueran cuatro los candidatos aprobados por el Consejo de Guardianes, solo dos rostros aparecían en las paredes de la capital: Ahmadineyad y Musavi. Los seguidores del primero usaban los colores rojo, verde y blanco, los de la bandera nacional, los de Musavi se quedaron con el verde para protagonizar lo que se bautizó como la «revolución verde». El más puro debate entre conservadores y reformistas cobraba de nuevo un interés máximo en la república islámica, y por momentos uno tenía la sensación de estar trabajando en la campaña de unas elecciones en un país democrático, con debate televisivo cara a cara incluido.
A Zurutuza los nombres de Ahmadineyad y Musavi no le emocionaban lo más mínimo y mucho menos el gentío en las calles y la fuerte presencia de enviados especiales de todos los medios del mundo. Zuru trataba de unir las piezas de un pueblo legendario repartido hoy entre Irán, Afganistán y Pakistán para tener la fotografía completa de un rincón perdido en el mundo llamado Baluchistán. Su preocupación no era la «revolución verde» de Musavi o que Ahmadineyad repitiera mandato, estas eran historias del breaking news alejadas de la leyenda de clanes con cualidades mágicas como los Marris, los Mengal o los Bugtis que ocupaban su cabeza en esos momentos. Yo tenía que contar el día a día de Irán, mientras que Zuru tenía ante sí una historia de la que quedaba todo por contar: la historia de los baluches.
Descubridor incansable de historias sin titulares, perseguidor de personajes en mayúsculas, Zuru es ese tipo de persona observadora, silenciosa, reservada y sigilosa capaz de meter Baluchistán en su mochila para luego traerlo hasta nosotros y explicarlo como un padre lee historias a su niño antes de dormir. El padre piensa que el objetivo se alcanza cuando el pequeño cierra los ojos. Se equivoca. El objetivo se cumple cuando a la mañana siguiente el pequeño te pregunta nuevos detalles de la historia que se quedó a medias cuando el sueño le sorprendió. El objetivo se cumple cuando la historia sigue viva en su cabeza.
El encuentro iraní entre reporteros fue fugaz, sin tiempo ni para un té. Nos despedimos con un «gero arte» (hasta luego), seguros de que nuestros caminos se volverían a juntar muy pronto. Nos citamos en Pakistán como quien se cita en el reloj del Bulevar de Donostia para tomar un café y nos deseamos suerte. El mundo es inmenso, pero siempre nos movemos los mismos, así que el reencuentro con Zuru era inevitable, aunque poco probable que se repitiera en una ciudad como Teherán, donde huelen a los periodistas a distancia y prefieren tenernos lo más lejos posible.
La brújula de Zuru apuntaba al sureste, la mía estaba fija en Teherán. Por un error de las autoridades, mi visado no expiraba el día siguiente a la votación, sino una semana después. Esto me permitió asistir a la victoria oficial de Ahmadineyad y a la explosión de ira de una «revolución verde» que acabó teñida de sangre por la brutal represión en las calles. A Musavi le pusieron en arresto domiciliario desde entonces y no se lo han levantado. A mí me incluyeron en una lista negra de la que tampoco he salido y que me impide desde entonces trabajar en Irán.
Mientras el mundo miraba a Teherán, Zuru se adentraba en silencio en los inexplorados caminos del Baluchistán. Esa mochila que ha ido cargando desde entonces se ha vaciado en este viaje que el lector está a punto de comenzar. Cuando termine el libro, pensará que poniéndolo en la estantería de casa ya ha concluido el viaje. Como el padre lector de historias, se equivoca. Cerrar este libro es abrir una enorme ventana a una trinchera en Marte.
Jerusalén, 31-01-2024
Mikel Ayestaran
Todo por contar
—¿Puede repetir lo que acaba de decir?
El verano de 2009 licuaba sin piedad la megalópolis de Karachi, en el sur de Pakistán. Las aspas de aquel ventilador girando sobre nuestras cabezas apenas aliviaban el castigo, pero seccionaban cada frase de aquel venerable anciano.
—¡Perros, he dicho perros! —carraspeó el nonagenario.
Temía resultar impertinente y dejé pasar unos segundos para que Khair Bux Marri recuperara el aliento antes de continuar. Para los baluches, aquel hombre de barba blanquísima y piel extrañamente rosácea era lo que el Che para los cubanos, o Ahmad Sha Massud para los tayikos de Afganistán. De hecho, era muy posible que hubiera conocido a ambos, pero él seguía vivo. Y se sentaba justo enfrente mío.
Mi viaje había arrancado ocho meses antes en una barbería al oeste de Londres. Enmarcada en la pared, entre fotos de cortes de pelo a la navaja y un par de diplomas, una noticia amarilleada recortada de The New York Times informaba de que Kalat —el antiguo reino que corresponde aproximadamente a la actual provincia pakistaní de Baluchistán— era un «Estado independiente y soberano desde el 12 de agosto de 1947».
—Una vez tuvimos nuestro propio país, ¿sabe usted?
Aquel barbero bajito de camisa de cuadros recién planchada se adelantó a mi pregunta. Hasta ese preciso segundo, «Baluchistán», «Beluchistán», «el Beluchistán», elijan ustedes, no había sido más que un eco lejano del Gran Juego entre rusos y británicos, poco más que una ilusión óptica en uno de esos mapas militares del siglo xix pegados en tela. Desde luego, es un topónimo rotundo, sonoro y, sobre todo, evocador, aunque el procesador de textos insista en subrayarlo siempre en rojo. Gedrosia es como llamó Alejandro Magno a aquella tierra; allí decidió castigar a sus hombres obligándolos a marchar por el desierto tras negarse estos a aventurarse más al este. Ya dice un proverbio pastún que Dios no encontró páramo más inhóspito ni periferia más lejana para arrojar los escombros de la creación. Aquel lugar al que ni siquiera llegó Julio Verne fue una vez catalogado por geólogos norteamericanos como «lo más parecido a Marte» en nuestro planeta; uno busca «Baluchistán» en eBay y casi todo son piedras: axinitas, brucitas, tremolitas, fluoritas… Pero también es oro, uranio, petróleo y gas, mucho gas, lo que se esconde bajo las sandalias de esta gente. Hay que hacer un pequeño esfuerzo para entender todo esto: uno ha de dirigir su mente hacia Oriente y pensar en aquel peluquero de Londres como un superviviente de un naufragio del que nadie informó. También sobrevivieron camelleros y taxistas, estudiantes, profesores, escritoras, guerrilleros, refugiados, nómadas e incluso aristócratas como Marri. Sus historias coinciden en que empiezan, o acaban, en uno de los lugares más desconocidos del globo. Ni siquiera sufrir el conflicto más longevo del sur de Asia lo pone en el mapa; Marte vuelve a convertirse en un símil del que echar mano cuando descubrimos que las noticias de allí son más escasas que las que llegan desde el planeta rojo. ¿Exagerado? Piensen que, de vez en cuando, nos enteramos de que se ha encontrado hielo en su superficie o bajo ella, o incluso se ha calculado que los huracanes pueden superar los trescientos kilómetros por hora. Ahora intenten recordar la última noticia sobre Baluchistán.
A través de Google Earth sobrevolamos una superficie ocre del tamaño de Francia, dividida por las fronteras de tres de los países más convulsos del mundo: Irán, Pakistán y Afganistán. La salida de los británicos del subcontinente indio en 1947 posibilitó que los baluches declararan un Estado propio durante siete meses, antes de que fuera anexionado a Pakistán. El pequeño recorte de prensa en aquella peluquería era una prueba tan elocuente de su existencia como la libra palestina que Arafat llevaba siempre encima para denunciar la ocupación de su tierra. Era una historia de manual: tras la retirada de las potencias coloniales, el pez grande siempre se comía al pequeño; desde el Sahara Occidental hasta la pequeña isla de Papúa.
Los «perros» a los que se refería Marri en Karachi eran los colonos punyabíes desplegados por el Gobierno pakistaní, que succionaban las riquezas del subsuelo y a los propios baluches de su tierra. El anciano desgranaba su discurso con un hilillo de voz que bordaba un inglés exquisito, a pesar de que vestía siempre ropa tradicional y se declaraba un gran aficionado a las peleas de gallos. Durante aquella entrevista en su residencia en Karachi, se dejó fotografiar como lo hacía siempre: junto a un muflón disecado en un gesto altivo y desafiante. Además de ser el líder tribal del clan de los Marri, también era considerado como el actor más influyente del movimiento nacionalista baluche. Su abuelo era Khair Bux el Grande, quien había liderado la resistencia contra la ocupación británica en el siglo xix; su padre, Meherullah Khan Marri, cabecilla del movimiento clandestino contra Londres. De este tomó el testigo para seguir liderando un movimiento insurgente tras reorganizar la guerrilla en el exilio afgano. Es cierto, abruma tanto nombre y tanta historia. Lo sé porque así me sentía yo entonces, con la presión añadida de tener que entender aquello literalmente sobre la marcha.
Nunca fue fácil. Un antropólogo americano que pasó un año entre los Marris documentó «cualidades mágicas y sobrehumanas» que los miembros del clan atribuían a sus líderes, algo que, subrayaba el investigador, se reservaba únicamente a hombres santos en Oriente Medio. Pronto descubriría por mí mismo que no era algo exclusivo de los Marris, sino que los Mengal o los Bugtis —los otros dos grandes clanes baluches— funcionaban en las mismas claves. Además, la saga de los Marri continuaba más allá de mi contertulio. Khair Bux era el padre de Balach Marri, líder insurgente asesinado en 2007 en Afganistán. La icónica imagen de Marri hijo, enfundado en un casquete baluche rojo y mostrando un fusil de asalto M16 bajo su barba negra, era omnipresente en bazares y casas de té, así como un recurrente salvapantallas en teléfonos móviles. Bajo el estertor de aquel ventilador sobre nuestras cabezas, Khair Bux Marri pareció honrar la memoria de su hijo con unos segundos de silencio antes de seguir.
—Los ingleses se portaron como se puede esperar de una potencia colonial más, pero lo peor que pudieron hacer fue dejarnos en manos de estas bestias.
Marri decía que la única alternativa era la lucha armada, «una herramienta para combatir una enfermedad, así como un instrumento de propaganda, aunque esta sea mala». También servía para demostrar «la misma existencia de la nación». Por supuesto, renegaba de la política institucional; él mismo había participado en ella en su juventud, algo de lo que nunca se arrepentiría lo suficiente. Era todo mucho más sencillo: los partidos baluches solo podían presumir de ser nacionalistas cuando actuaran como el IRA, Hamás o los Tigres Tamiles. La única política válida en aquella tierra era la del AK-47.
¿Cómo podía el que era considerado el líder baluche más hostil al Gobierno de Pakistán, una auténtica leyenda viva, recibirme en un barrio residencial de Karachi con una legión de criados a su servicio sin ser molestado? Años atrás, un amago de arresto por parte de la policía pakistaní se había saldado con una movilización masiva en el barrio de Lyari, un arrabal marginal al sur de Karachi y hogar para cientos de miles de baluches. A las pocas horas, Marri volvía a beber té con leche bajo el ventilador de su salón: meterlo en el calabozo habría significado gestionar una guerra abierta en pleno motor económico del país.
—Simplemente, están esperando a que me muera —dijo el anciano, en un alarde de humildad que no parecía impostada. Sabía que su tiempo ya había pasado.
Abandoné la casa con una desagradable sensación de la que intenté desprenderme caminando hasta el mar. En una inmensa playa donde el Índico hedía a acequia y se ofrecían paseos en camello, pensé que aquel encuentro había llegado demasiado pronto, sin apenas tiempo para entender y asimilar la magnitud de aquel personaje. Marri murió cinco años más tarde. Nunca he lamentado haber malgastado una entrevista tanto como aquella.
Quedaba todo por contar.
1. Periferias (Pakistán)
No hay fuerza en la Tierra que
pueda deshacer Pakistán.
Muhammad Ali Jinnah
Los puros y los impuros
—¿Qué opináis de Mussolini?
Es un día más de 1932 a punto de extinguirse sobre el Támesis. Chowdhary, Pir y Waja, estudiantes de Derecho, pasean a menudo por sus dos orillas y se han acercado al puente de Lambeth por primera vez. Lo acaban de inaugurar, hay mucha gente. Todos quieren palpar la criatura con las plantas de sus pies.
La pregunta de Chowdhary sigue suspendida en el aire mientras contemplan juntos esa masa de agua que transita compacta hacia el Atlántico, o los últimos rayos de sol estrellándose contra Westminster y Victoria. Es fácil sentirse en la capital del mundo cuando uno está en la capital del mundo. Pero Chowdhary, Pir y Waja saben que no pertenecen a este lugar. Su tez oscura les delata como gente de la periferia, no ya de Londres, sino del Imperio. Tres sombras alargadas sobre las aguas marrones del Támesis ignoran que son pakistaníes. ¿Cómo saberlo, si faltan aún quince años para que ese país exista? Un inglés acaba de descubrir los neutrones y un americano la guitarra eléctrica, pero nadie ha oído hablar nunca de una región, provincia, distrito, condado, cantón… nada que se llame «Pakistán».
Solo Chowdhary lo ha visto.
No sabemos si Chowdhary Rehmat Alí llegó a formular aquella pregunta, pero sí que fue él quien acuñó ese término y, dicen, durante aquel paseo. Otra teoría apunta a que el vocablo apareció como un letrero luminoso en su cabeza mientras atravesaba Londres en el segundo piso de uno de esos autobuses rojos. Da igual. Lo importante es saber que «Pakistán» es una palabra inventada, y que significa «la tierra de los puros». Un año más tarde, Alí, todavía un estudiante de Derecho en Cambridge, publicó un panfleto titulado Ahora o nunca, que abogaba por un Estado propio para los musulmanes del subcontinente indio: se trataba de segregar, de separar a los «limpios», a los más «puros» del resto, algo que sintonizaba con las corrientes supremacistas al alza en la época. No en vano, el ideario fascista también prendió entre esos estudiantes punyabíes que pertenecían a las clases más privilegiadas del subcontinente pero que, por supuesto, jamás ascenderían al escalafón más alto de la sublimación clasista que era el Imperio británico. Sin embargo, nadie apuntalaría como ellos el sistema de castas: «nosotros», la élite punyabí, somos los elegidos para gobernar el destino de «los otros»; baluches, pastunes, sindis, bengalíes y el resto de los pueblos que quedarán atrapados en eso que se llamará «Pakistán». Esa es la voluntad de Dios.
Muhammad Alí Jinnah, otro abogado punyabí formado en Inglaterra, sería el encargado de convertir la idea en realidad. Si bien inicialmente este defendía la unidad política entre musulmanes e hindúes, Jinnah acabaría apostando por un Estado independiente que protegiera a los musulmanes de la marginación que sufrirían en un país donde quedaran en aplastante minoría. El 13 de agosto de 1947, Jinnah ofreció un banquete para despedir a lord Mountbatten, el virrey británico; a la mañana siguiente ambos saludaban a las multitudes en Karachi desde un Rolls Royce. «Pakistan Zindabad» («larga vida a Pakistán»), gritaba una masa borracha de euforia en cada pausa entre discursos y apretones de manos. «El mundo entero se maravilla ante esta revolución sin precedentes», dirá Jinnah durante el discurso inaugural de la Asamblea Constituyente.
Desde luego, el recién nacido no dejaba indiferente a nadie. Carecía de una forma reconocible sobre el mapa y, por si fuera poco, contaba con un enclave desconectado a dos mil kilómetros de distancia. El eje Lahore-Karachi era «Pakistán occidental», mientras que la provincia india de Bengala —actual Bangladesh— sería la parte oriental. Frente a la rotundidad y a la coherencia cartográfica con la que se presentaría India un día después, Pakistán era como un accidente, tan aleatorio como los salpicones de sangre sobre el delantal de un matarife tras la faena. Solo una minoría hablaba el urdu, la lengua nacional, y todas sus fronteras estaban disputadas por sus vecinos: desde China hasta Irán y desde Afganistán hasta, por supuesto, India. Como todos habían anticipado, delimitar las lindes comunes entre ambos Estados iba a ser algo más que un mero ejercicio cartográfico. Para octubre del 47 ya había muerto más de medio millón de personas (hasta dos millones según la fuente) y se había desatado un éxodo bíblico. El recuerdo aún latente de aquello es la inestabilidad endémica en Cachemira, un territorio en el que han estallado cuatro guerras hasta la fecha (1947, 1965, 1971 y 1999). Y luego, claro, está Baluchistán.
El escueto relato nacional pakistaní podría provocar complejo de identidad a un país de la edad de un AK-47, pero eso se arregló enseguida: el islam no era sino la última capa de una unidad cultural y ancestral que rivalizaba con la de Egipto, y que llevaba siglos esperando a ser llamada «Pakistán». Su liderazgo político y militar caería en la administración punyabí occidental, la que había sido la mano derecha del poder colonial británico para contener los deseos de libertad del resto. Baluches, pastunes, sindíes, bengalíes… Todos eran musulmanes y, en teoría, gente «pura» dentro de esa ecuación despejada en Punyab. Pero no lo suficiente.
Tres días antes de aquel paseo triunfal en Rolls Royce de Jinnah y Mountbatten, los baluches habían declarado su propia independencia, una emancipación que, paradójicamente, el propio Jinnah y su nueva patria llegaron a reconocer como «legítima». Sin embargo, Pakistán no era exactamente el país que aquel punyabí había esbozado en Londres. Su visión iba mucho más allá, incluyendo gran parte del Afganistán e Irán. Por supuesto, tampoco anticipaba el baño de sangre que lubricó la partición de la India en 1947.
Chowdhary Rehmat Alí volvió a Lahore en 1948 y, lejos de disimular su frustración, se dedicó a llamar «traidor» públicamente ni más ni menos que a Jinnah. ¿Por qué se conformaba con una versión de Pakistán tan pequeña? En sus propias palabras, el mismísimo padre de la nación estaba a la altura de Vidkun Quisling, el líder colaboracionista noruego durante la ocupación nazi. No hubo sorpresas. Como manda el protocolo en estos casos, Alí fue considerado «indeseable» y deportado tras confiscársele todos sus bienes. Volvió a Inglaterra en octubre de 1948, donde moriría solo y casi en la indigencia tres años más tarde. Apenas había pasado seis meses en el país que él mismo bautizó.
Nacionalistas hiperventilados los ha habido siempre y en todas partes, y Baluchistán no es una excepción. Algunos remontan sus orígenes hasta tres mil quinientos años atrás en el tiempo y hasta Mesopotamia en el espacio: su tierra original estaría en la actual Siria, y su árbol genealógico incluiría deidades babilónicas, el rey caldeo Nemrod, el profeta Abraham y Noé. Pero la ciencia lo discute. Basándonos en análisis puramente lingüísticos, el baluchi es una lengua indoeuropea de la rama irania, prima del farsi y casi hermana del kurdo. Tras entrevistas o simples encuentros con los Marris u otros baluches residentes en Londres, siempre acabábamos sentándonos alrededor de una mesa en un restaurante persa al oeste de la capital británica. Me fascinaba comprobar cómo los camareros, la mayoría kurdos de Irán, se entendían sin aparente dificultad con los comensales baluches. Ya lo decía una balada del siglo xii: ambos pueblos son miembros de una misma tribu que partieron juntos desde el norte de la actual Siria.
La ciencia, lingüistas, antropólogos e historiadores sitúan la casilla de salida de los baluches en algún punto del sur de la región del Caspio; de ahí comenzaron a migrar en los siglos vii y viii, durante el periodo sasánida, en una odisea que se prolongó durante cientos de años. Aquel pueblo nómada tuvo que capear los embates de la naturaleza más hostil mientras soportaba el acoso de árabes, seléucidas, mongoles y varias dinastías persas. Acabaron instalándose donde nadie más se atrevió, en el rincón más hostil, siempre organizándose a través de vínculos de sangre. El sardar erael cabeza de la tribu, el custodio absoluto, un ser superior. Administraba y dictaba justicia entre los suyos porque para eso heredó ese poder de su padre, el mismo que le pasará a su hijo. No es lo más justo, pero es mejor que nada. Es una alternativa al caos. Los conflictos por el territorio, por las rutas de tránsito, el ganado o el agua se encadenaron durante siglos. Fue en el xv cuando, a medio camino entre el mar de Arabia y la India, Vasco de Gama descubrió puertos como el de Gwadar, así como las posibilidades que esa costa ofrecía para aprovisionarse y comerciar en su ruta hacia las Indias. De hecho, en el sur de Baluchistán sigue siendo habitual dar con baluches de piel muy oscura y rasgos subsaharianos. Se habla de «afrobaluches» para referirse a los descendientes de aquellos esclavos traídos por los portugueses hace quinientos años o por los árabes mucho antes.
Los portugueses eran excelentes navegantes y comerciantes, pero también brutales allí donde desembarcaban. Fue en el siglo xii cuando se forjó una alianza de cuarenta y cuatro clanes bajo el mando de Mir Jalal Khan; le seguirán la de Rind-Lashari en el xv, y luego la de los Malik, los Dodai, los Boladai, los Gichki… Así hasta la fundación en 1666 del Kanato de Kalat. Esta confederación de tribus vivió su época dorada durante los cincuenta años de mandato de Nasir Khan I (1749-1795). Khan —«una auténtica combinación de virtudes», «un fenómeno entre los príncipes de Asia» en palabras del coronel inglés Henry Pottinger— compró semillas, regó, manufacturó y comerció; selló una alianza estable con su homólogo afgano, incorporó importantes plazas costeras al kanato, canalizó la hasta entonces rígida jerarquía baluche hacia un modelo más inclusivo y creó un ejército de veinticinco mil hombres y mil camellos. Así nació el protoestado baluche.
Hasta que llegaron los británicos. Corría la segunda mitad del siglo xix y Kalat era clave no solo para defender su colonia —la India— de rusos, franceses y alemanes, sino también para apuntalar a Irán y Afganistán como «barreras» que impidieran cualquier avance de Moscú. «Su Excelencia desea que el capitán Sandeman se dirija a la mayor brevedad a las montañas de los Marris para recabar información sobre disputas tribales entre ellos y los Bugtis, los afganos y los brahuis», fueron las órdenes que Robert Sandeman, oficial del Imperio británico, recibió en 1875. Se encadenaron varias expediciones por todo el territorio hasta que, ya con el rango de coronel, el peso de la administración colonial cayó sobre sus hombros. No habría sorpresas en el modelo. Con las excepciones de Irlanda (integrada en el Reino Unido) y Argelia (dividida en tres departamentos franceses), los imperios europeos se cimentaban con el asentamiento de colonos procedentes de la metrópoli. Era aquella gente «superior» la más capacitada para dirigir las vidas de las poblaciones autóctonas mayoritarias. Como todo planteamiento supremacista, sonaba sencillo, pero era una tarea ímproba, sobre todo en un lugar como Baluchistán, que llevaba siglos más o menos cohesionado y gestionando sus propios asuntos. Sandeman, no obstante, tenía un plan para dinamitar la unidad baluche y suprimir cualquier conato nacionalista: había que diluir el poder del kan de Kalat entre los sardares, dándoles a estos el control total sobre sus respectivas áreas. «Pacificación tribal» llamaron a un sistema que no dejaba nada al azar. Jóvenes reclutados a la fuerza que rendían cuentas ante su líder tribal, y también al asistente «indígena» de los oficiales políticos británicos, generalmente alguien que no procedía de la misma zona tribal.
Así se hizo hasta que los británicos se fueron y el Kanato de Kalat emergió como una monarquía constitucional que restauró el poder al kan. Ese era el «Estado independiente y soberano desde el 12 de agosto de 1947» que mencionaba The New York Times. «Te conmino a unirte a Pakistán inmediatamente», le escribió Jinnah al kan de Kalat el 2 de febrero de 1948. El mandatario baluche se remitía al Acuerdo de Paralización que había firmado meses antes junto al propio Jinnah y a lord Mountbatten, y por el que Pakistán reconocía a Baluchistán como Estado soberano. Es más, el Parlamento de Kalat decidió que su relación con Pakistán había de ser «la establecida entre dos Estados soberanos a través de la amistad y no la anexión». Pero Jinnah cambió de opinión: no había trato. Su plan era quedarse con Kalat a través del mismo mecanismo burocrático utilizado con los territorios de la Corona que decidieron ser parte de Pakistán. Cayó Lasbela, luego Kharan, Makran, Pasni, Jiwan, Turbat… Eran ya «territorio anexionado» sobre el papel antes de ser pisoteados por la infantería pakistaní. El kan capituló el 27 de marzo de 1948 para evitar un baño de sangre: era el fin de una independencia de trescientos años. A Punyab solo le quedaba rescatar de un cajón el antiguo manual de instrucciones de administración colonial británico y reactivarlo sin saltarse una línea. Por algo eran, y son, el nuevo poder colonial.
Planeta a la deriva
Me dejaba hipnotizar por el tráfico en Quetta. Uno podía hasta meditar contemplando aquel río de Toyotas que arrastraba camiones decorados como catedrales barrocas, minibuses tragando y escupiendo gente en marcha, y hasta autobuses que parecían llegar no solo desde otro continente, sino desde otra era. Fue casi una hora de ensoñación, hasta que me empezaron a resultar familiares los puestos de comida, las colas en las panaderías, las pilas de neumáticos frente a los talleres… Le pregunté al conductor de mi tuktuk, mi motocarro-taxi, si sabía realmente dónde estaba la dirección que le había mostrado en un papel. Me explicó con gestos que no sabía leer.
Como ocurre en muchos lugares de Oriente Medio, la mayoría de las direcciones en Pakistán también son orientativas: «detrás de la panadería»; «una puerta roja frente a la estación de autobuses»… Ocurre también que, en Quetta (pronúnciese cueta), la mayoría de los conductores son refugiados pastunes llegados de Afganistán que se ven prácticamente obligados a vivir en un pequeño vehículo que ni siquiera es suyo. Casi siempre son analfabetos, demasiado jóvenes para haber conocido el Afganistán donde había escuelas. Confían en que el pasajero reconozca el lugar en cuestión o, simplemente, se canse y pida bajarse. Aquel día lo hice en la avenida Jinnah, la arteria principal de Quetta. La habíamos atravesado tres o cuatro veces aquella mañana.
Aquel viaje de 2009 lo haría sin acreditación de prensa. Mi idea era fundirme entre aquel magma humano y resultar invisible. Suele ser una cuestión de sentido común, como no llevar cámaras a la vista ni nada que te delate como extranjero, evitar repetir trayectos y rutinas, nunca dar a un taxista (ni a nadie a ser posible) la dirección del hotel donde te alojas… Ya en un grado superior de sofisticación podemos incluir lo de no caminar con las manos en los bolsillos (nadie lo hace por allí, ni tampoco en Oriente Medio) o llevar siempre una bolsa de plástico colgando de una mano; que parezca que vas a alguna parte, que simplemente circulas, y no observas. Lo de no pasar más de tres días en el mismo hotel lo arregló alguien de quien hablaré más tarde. «Es un amigo turco de la familia», le dijo al recepcionista. También que no me registrara ni se quedara con una copia de mi pasaporte para evitar ser rastreado por la policía. No fue caro, ni tampoco esa habitación sin ventanas que presidía una pecera enorme. Solía saludar al encargado desde la cama cuando entraba cada mañana a darles de comer, siempre antes de que saliera el sol. Supongo que me identificaba con aquellos peces tropicales que nadaban a 1600 metros de altura y bajo una nube perpetua de polvo en suspensión.
Durante la ocupación británica, a Quetta se la conocía con el sobrenombre de Little London («pequeña Londres»). Restos de aquella época colonial son, entre otros, la leche que los locales añaden al té o que el tráfico circule por la izquierda. Se habla de Quetta como la capital de la provincia pakistaní de Baluchistán, pero lo cierto es que los baluches se encontraban en minoría ante las decenas de miles de desplazados llegados desde Afganistán. Desde Quetta se tarda una hora a la frontera afgana y dos a Kandahar. Es el lugar en el que ardían los camiones de la OTAN antes de llegar a cruzar el puesto de frontera, así como uno de los grandes nudos neurálgicos del tráfico de armas y de opio. Ciertamente, la vida en la calle realmente recordaba a la de Kandahar o cualquier otra ciudad afgana del sur de Afganistán, aunque quizá más cosmopolita. Vengan de donde vengan, todos visten el shalwar kamiz, ese conjunto de camisa holgada hasta las rodillas y pantalones bombachos cuya hegemonía resulta aplastante en Asia Central y el subcontinente indio. En el caso de las mujeres, el burka también es la norma, aunque algunas se desmarcan del azul dominante en Afganistán por otros de color amarillo, blanco o incluso rojo.
Quetta hacía honor a su nombre (significa «fortaleza» en la lengua de los pastunes) como el lugar en el que se refugiaba el mulá Omar, el misterioso y escurridizo líder de los talibanes. Tras la invasión de Afganistán en 2001, la cúpula talibán se había establecido allí con la ayuda de las agencias pakistaníes. Aquella ciudad fronteriza era el lugar preferido de los insurgentes afganos para descansar y recuperarse antes de volver a plantar cara al ejército más poderoso del mundo. También donde se tomaban las decisiones más importantes y se cerraban acuerdos con todo tipo de actores: desde grupos armados hasta oenegés occidentales (nadie levantaba un hospital en el sur de Afganistán sin pasar antes por Quetta).
El papel de Islamabad en el respaldo a los insurgentes afganos y a toda una plétora de células islamistas ya había sido ampliamente documentado por Ahmed Rashid en su libro Descent into Chaos (Penguin, 2008): el Ejército pakistaní se había embolsado el 90 % de los diez mil millones de dólares que la Administración de EE. UU. había destinado al país para desarrollo desde el 11-S; dinero de sobra para articular tentáculos que lucharan contra los enemigos de Pakistán: desde Cachemira a Baluchistán, pasando por Kabul. Células yihadistas como Lashkar-e-Jhangvi se convertían en el azote de las minorías en la región. Y si por un casual alguno de sus miembros era capturado, acababa escapando «misteriosamente» de prisiones de alta seguridad, aunque se tratara del mismísimo acantonamiento militar de Quetta. Nadie olvida que fue en una casa a escasos metros de un complejo militar pakistaní donde los Navy SEALs mataron a Osama bin Laden en 2011.
A la luz del día, era una ciudad pakistaní más. La vida fluía entre su tráfico correoso, un bazar en el que se vendían desde globos hasta pósters de Osama bin Laden, alguna tienda de alcohol regentada por cristianos o la versión local de una conocida cadena de comida rápida americana (Quetta Fried Chicken). Pero de noche todo era muy distinto, como si aquella gente se buscara para matarse cuando caía el sol. Solían ser tres disparos seguidos —dos en la cabeza y uno en el pecho, o igual al revés—, signo casi inequívoco de asesinato selectivo. Ocurría casi a diario y uno se enteraba del parte de bajas mientras desayunaba té verde y sopa de lentejas. El último en caer podía haber sido un conocido líder tribal pastún, un refugiado hazara, un militar pakistaní o, como aquella primera noche, un líder baluche. Se llamaba Murid Bugti y era uno de los hombres más significados del Partido Republicano Baluche. Dos días más tarde, sus cuadros llamaban a una «jornada de lucha».
¿Que qué se hace en una «jornada de lucha» en Quetta? Fácil. Se colocan nuevas banderas de las facciones baluches —siempre tricolores pero de distintos diseños según quién las enarbole— en postes y farolas y se aprovecha para repintar aquellas ajadas por el sol en muros y fachadas. Tampoco se descuidan los eslóganes. «¡Abajo Pakistán!», es el más recurrente, además de las siglas BRA (Ejército Republicano Baluche) y BLA (Ejército de Liberación Baluche), dos de la miríada de grupos armados que luchan contra Islamabad. También hay neumáticos que arden bloqueando carreteras y levantando una cortina de humo negro, y gente marchando de forma más o menos ordenada. En los barrios baluches, el cierre es total. Es un «seguimos aquí y vamos a dar guerra».
—Esta es la única ley que funciona en Quetta —aseguraba Tahir, un farmacéutico baluche del clan de los Marri, desde la trastienda de su local cerrado aquel domingo. Se refería a los asesinatos selectivos—. Cuando no se trata de los propios servicios de seguridad, los crímenes son muchas veces reivindicados por grupos de los que nadie ha oído hablar nunca. La mayoría de las veces se achaca a vendettas tribales, pero lo cierto es que muy pocos saben quién está realmente detrás.
Las razones para matar a tu vecino en Quetta iban mucho más allá de disputas políticas o desencuentros entre clanes. Los antiguos propietarios de un local estratégico en el bazar principal de Quetta habían tenido que marcharse tras recibir cartas que les amenazaban de muerte. Muchas de estas misivas llevan la firma del maquis baluche, aunque podía tratarse de cualquiera que quisiera ampliar su negocio. Desde el piso que compartía con otros cuatro estudiantes, un chaval de nombre Jamal que decía ser miembro del BSO Azad —la organización estudiantil más activa entre los baluches de Pakistán— negaba categóricamente que dichas cartas fueran reales.
—Se amenaza al propietario de un buen local bajo las siglas de la insurgencia para que se largue y poder hacerse así con su puesto. Sabes que es mentira porque en el bazar apenas verás a un solo baluche, son todos pastunes —defendía Jamal sobre una taza de té verde y un puñado de caramelos de frutas en un cuenco que no tocó durante aquella conversación. Decía que era cierto que la guerrilla estuviera amenazando a los ocupantes punyabíes con ejecutarlos si no abandonaban su tierra, pero, insistió, no era el caso de las tiendas del bazar.
Los locales de la avenida Jinnah permanecieron cerrados todo el domingo, pero la estampa era totalmente distinta a las afueras, en el bazar de Suraj Ganj. Ante la amenaza a coches y furgonetas, el transporte del género corría a cargo de los sufridos motocarros, que hacían el agosto en un solo día. Nasir, un pastún en la treintena llegado desde Kandahar, había abierto su puesto como un día cualquiera. Admitía que apenas quedaban tenderos baluches ni punyabíes, pero decía tener una explicación:
—Los pastunes, seamos de Afganistán o Pakistán, hemos sido siempre un pueblo de comerciantes, mientras que los baluches son nómadas campesinos —explicó, mientras se afanaba en abrir cajas repletas de juguetes made in China.
La versión del tendero era una verdad a medias, ni siquiera eso, que pretendía arrojar algo de luz en un primer nivel. Ocurre que las siguientes capas de la cebolla bajo las que se oculta Quetta están hechas del hormigón tras el que se protegen los líderes de cada clan. Llegar hasta ellos me habría resultado imposible sin la ayuda de Jiand. No puedo revelar su identidad, solo que lo había conocido meses antes de llegar a través de internet. Fue uno de los pocos que había respondido a decenas de e-mails enviados al éter virtual cuando las redes sociales aún no acababan de globalizarse. Solo con el tiempo llegué a entender lo mucho que aquel baluche arriesgaba ayudando a un periodista extranjero en una ciudad tan peligrosa.
Jiand cogía el teléfono y, a veces casi inmediatamente, a uno le venía a buscar un grupo de hombres armados en una pick up. Los de Mahmud Khan Achakzai, líder del Pashtunkhwa Milli Awami Party, el partido de los pastunes de Baluchistán, guardaron silencio durante todo el camino hasta atravesar los muros de la residencia de uno de los hombres más poderosos del sur del país. Sentado sobre una alfombra persa, Achakzai se lamentaba en un inglés sin mácula de la asociación automática entre su pueblo, el pastún y los talibanes. Era cierto que tanto el mulá Omar como el resto de aquellos insurgentes eran de esa etnia pero, según Achakzai, aquella gente no sumaba más del 1 % de entre casi 60 millones de pastunes repartidos a ambos lados de la frontera. Por cierto, ¿sabía yo cómo se había trazado esa linde? Achakzai quería empezar por ahí, por la Línea Durand: casi tres mil kilómetros desde China hasta el sureste de Irán que, por supuesto, trazaron los británicos. Se trataba de convertir a Afganistán en una zona colchón entre su imperio y el de los zares en una partida más de eso que se llamó el «Gran Juego» entre Londres y Moscú. La visión de sir Henry Mortimer Durand —un diplomático británico nacido en India— acabó convirtiéndose en una pesadilla cartográfica que partió la tierra de los pastunes en dos.
Achakzai se tomó su tiempo para desahogarse. Pakistán, decía, era un país levantado sobre una república islámica en la que no existía la libertad de credo; un país que interfería en Cachemira y Afganistán y expoliaba «sistemáticamente» los recursos de pastunes y baluches en el sur del país. Ese era el resumen de un discurso que ya le había costado la vida a su padre en un atentado con bomba en 1973, también en Quetta. Que Islamabad siguiera sin reconocer la existencia de Pastunistán era otra cuestión central.
—¿Le parece normal que sigamos usando el término «Provincia de la Frontera Noroccidental» para designar nuestro territorio?
Era como una broma de mal gusto. En sus siglas en inglés, NWFP, ni siquiera daba para un acrónimo. Sin embargo, eso no evitaría que la principal minoría del país se articulara en un movimiento más transversal e inclusivo poco después: en 2014, ocho estudiantes plantaron el germen de lo que acabaría convirtiéndose en el Movimiento para la Defensa de los Pastunes (PTM), o Tahafuz. Por supuesto, miembros y simpatizantes de aquel movimiento fueron perseguidos, «desaparecidos» y asesinados como mandan los cánones en Pakistán. Por supuesto, la represión no logró detener la marea. En 2018, una protesta contra la represión del Estado liderada por Mansur Pashteen, un joven de veintiséis años, y secundada por otros veinte, se transformó en una marcha de miles hacia Islamabad en lo que se dio en llamar la Gran Marcha Pastún. Fue una inesperada demostración de fuerza contra el Estado, pero también una llamada de atención. En 2022 serían invitados a la Yirga Nacional Pastún, la gran asamblea de este pueblo, junto a representantes políticos y sociales de todo el espectro. Mahmud Khan Achakzai acudió en representación de los pastunes de Baluchistán: son mayoría en el norte de la provincia, mientras que los baluches lo son en el centro y en el sur. Hablamos de territorios étnicos bastante definidos, divididos por líneas tanto geográficas como culturales.
El Estado profundo pakistaní nunca escatimó esfuerzos a la hora de provocar tensiones étnicas entre ambos pueblos más allá de cuitas en el bazar: desde atentados de bandera falsa hasta el despliegue de cuerpos paramilitares exclusivamente pastunes, como los Frontier Corps. Pero los baluches seguían sin reclamar territorio alguno en áreas mayoritariamente pastunes y viceversa. Era como en esa novela de Julio Verne en la que un cometa roza la Tierra llevándose consigo una pequeña parte del norte de África. Sobre aquel nuevo planeta a la deriva viajan una guarnición francesa, un destacamento de ingleses de Gibraltar, un grupo de españoles… Al principio nadie entiende lo que ha pasado hasta que de pronto descubren que están condenados a vivir juntos, que no queda otra que entenderse. No será fácil. La falla entre baluches y pastunes se abrió peligrosamente en 1970, cuando Baluchistán se estableció oficialmente como provincia. Al ser mayoría, fueron los baluches los que se hicieron con el control del Gobierno provincial. Aquello provocó una escisión en el Partido Nacional Awami, una coalición de partidos nacionalistas de izquierdas de todo el país cuyo eje principal era plantar cara a los regímenes militares que se turnaban en el poder en Pakistán. Era esa batalla la que obligaba a Achakzai a seguir tendiendo la mano a antiguos aliados como Ajtar Mengal. Los hombres del líder del clan de los Mengal —probablemente el más grande de Baluchistán— y el presidente del Partido Nacionalista Baluche no tardarían en venir a buscarme.
