Unidos para siempre - Caroline Anderson - E-Book
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Unidos para siempre E-Book

Caroline Anderson

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Beschreibung

De adolescentes habían coqueteado, aunque nunca pasaron de ser amigos. Cuando Mac volvió a casa años después, Ruth y él se dieron cuenta de que aquel inocente coqueteo se había trasformado en una ardiente pasión. Ruth necesitaba un hombre capaz de comprometerse y Mac, despechado, no era el candidato ideal. Ella se centró en su trabajo de enfermera, pero las necesidades de sus pacientes no hacían más que reunirlos y, finalmente, hicieron que cayera en sus brazos. Y ese era el mejor lugar para que Mac pudiera convencerla de que confiara plenamente en él… para siempre.

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Seitenzahl: 225

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2000 Caroline Anderson

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Unidos para siempre, n.º 1612 - enero 2020

Título original: Give Me Forever

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1328-968-7

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

ESTABA en casa.

Mac detuvo el coche delante de la valla un instante; se quedó dentro con el motor encendido y dejó que la tensión fuera desapareciendo. Había sido un largo trayecto, pero afortunadamente ya había llegado a su destino.

Estaba en casa y se sentía bien. Era tarde, pero la familiar silueta de la casa baja y amplia de estilo Tudor, de la granja con sus cobertizos y establos, brillaba misteriosamente bajo la luz de la luna. En la valla, el césped y los arbustos que rodeaban la casa había hielo y la escarcha cubría las ramas de los árboles. La luz de la luna iluminaba los muros color crema pálido y los cristales de las ventanas.

Dentro de la casa no había ninguna luz encendida excepto la de la cocina, su estancia favorita, el lugar donde habían pasado años charlando, riendo y arreglando el mundo; el lugar donde, cuando era pequeño, había dado de comer a los corderos, donde su madre había alimentado a toda la familia, donde todo el mundo era bienvenido. La luz estaba encendida, como siempre, proyectando un haz anaranjado sobre el camino de grava. Y allí vio a su madre atareada; probablemente poniendo el hervidor para hacerse una taza de té.

Y aunque hacer un té fuera algo tan habitual, había en ello una normalidad que lo tranquilizaba. Necesitaba relajarse. Se sentía cansado, crispado y tenso, y un poco de normalidad le iría francamente bien. No había cenado, claro, pero eso no importaba. Siempre había comida suficiente, además no tenía tanto hambre; tan solo estaba feliz de estar de nuevo en casa.

Salió del coche y abrió la verja. La cruzó y encendió las luces del patio. La grava crujió bajo los neumáticos y dentro de la casa los perros empezaron a ladrar. Se encendió la luz del vestíbulo y su padre apareció a la puerta. Alto, fuerte y tan entrañable como siempre. Entrecerró los ojos para ver mejor.

–¿Andrew? ¿Eres tú?

Mac apagó el motor y salió despacio.

–Hola.

Su padre fue hacia él con una sonrisa de bienvenida en los labios.

–Qué pronto has llegado; no te esperábamos hasta el fin de semana. ¡Qué estupenda sorpresa!

No era el único sorprendido, pensaba Mac con pesar; solo que su sorpresa no podría calificarse de «estupenda».

–No me necesitaban, así que decidí venirme –dijo, tristemente consciente de lo poco que le estaba contando–. Debe de ser que echo de menos la comida de mamá.

–Seguramente –su padre le dio un abrazo–. Me alegro de verte, hijo –retrocedió un poco y lo miró detenidamente–. Tienes cara de cansado.

–De Cumbria a Suffolk hay un buen trayecto, papá –le recordó Mac, que seguidamente fue a cerrar la verja para alejarse de aquella mirada escrutadora.

–Lo sé, pero… te notó más que cansado. Pareces agotado… triste.

Mac se encogió de hombros y sacó la bolsa de viaje del coche. El resto de las cosas las dejaría dentro hasta el día siguiente. Las había guardado un tanto al azar; claro que, dadas las circunstancias, no resultaba nada extraño.

–Estoy bien –dijo, quitándole importancia–. Nada que unas cuantas horas de sueño no remedien.

Ojalá fuera así de sencillo. Aparte de los acontecimientos de aquel día, sentía una profunda insatisfacción que lo estaba carcomiendo. No se había adaptado a su último empleo, ni al anterior tampoco, y en cuanto a su vida privada… Bueno, no quería ni pensar en su vida privada en ese momento. Había vuelto a casa a pasar una temporada, a encargarse de la clínica veterinaria de sus padres mientras estos se tomaban unas merecidas vacaciones, y a curar sus heridas en privado. Tendría tiempo de pensar en su futuro, de planear su próximo y sin duda desastroso paso.

Pero lo dejaría para después. Porque en ese momento su madre iba hacia él con los brazos abiertos, regañándolo por no haber llamado, y después abrazándolo contra su cuerpo menudo aunque sorprendentemente robusto. Y Mac olvidó sus preocupaciones y se dejó llevar dentro, al calor y a la seguridad de su casa de siempre, donde se entendía y respetaba la honestidad y la decencia.

Los perros saltaban a su alrededor, rozándole las manos con el morro para que les hiciera una caricia, y Mac se sentó a la mesa de la cocina y les rascó las orejas con afecto.

–Qué bien estar en casa –dijo con una sonrisa y los perros menearon la cola.

Sus padres se miraron. Probablemente fue una mirada de lo más significativa, pero estaba demasiado cansado como para fijarse. En lugar de eso cerró los ojos y se dejó envolver por los conocidos olores y ruidos de la casa.

–¿Has cenado? –le preguntó su madre, rompiendo el silencio–. Queda un poco de guiso; podría calentártelo.

–Sí, estupendo –dijo, pues de repente sintió hambre–. Voy a cambiarme y a lavarme las manos; me siento un poco sucio. Salí nada más terminar de operar.

Después de encontrar a Krista y a su sustituto.

–Un día te vas a matar de tanto trabajar –lo regañó su madre con dulzura y lo miró con preocupación, tal y como había hecho su padre.

Sabía lo que su madre estaba mirando. Él mismo lo veía cada vez que se miraba al espejo cuando se afeitaba.

Se pasó la mano por la barbilla e hizo una mueca.

–Solo necesito arreglarme un poco. Dadme veinte minutos.

Subió a su antiguo dormitorio, tiró la bolsa sobre la cama y sacó el neceser. En la habitación hacía frío, como siempre, pero el cuarto de baño contiguo estaba sobre la cocina y siempre resultaba más acogedor.

Se desnudó y se dio una ducha rápida. Después de eso se afeitó. La verdad era que estaba mucho mejor. Tal vez su madre dejara de mirarlo de ese modo. Se puso ropa limpia, unos vaqueros, una camiseta de algodón y una sudadera gorda encima, y bajó a la cocina. Justo cuando entró su madre estaba colocando un plato humeante sobre la mesa.

–Come –dijo con firmeza, y Mac no se molestó en discutírselo. De pronto tenía un hambre de lobo y le sonaban las tripas.

No hablaron hasta que terminó de comer. Entonces su madre le puso delante una taza de café caliente.

–¿Mejor?

–Mucho mejor. Gracias.

Le echó el brazo por las caderas y la abrazó; ella se apoyó sobre él y lo abrazó a su vez.

–Es estupendo tenerte en casa. Te hemos echado de menos –le dijo.

–Yo también a vosotros. ¿Qué tal todo? ¿Alguna novedad?

El teléfono sonó en ese momento y su padre sonrió con pesar.

–Sí, estoy de guardia. Como siempre.

Se levantó y descolgó el teléfono. Durante unos minutos habló con monosílabos e hizo algunas notas.

–De acuerdo, estaré ahí dentro de un rato. Caliente agua para templar la parafina, por favor –colgó–. A un caballo le ha dado un cólico. Tal vez tarde varias horas. Jenny, ¿puedes llamarme al móvil si alguien más me necesita?

–Yo me ocuparé de tus llamadas hasta que vuelvas –se ofreció Mac.

–Ya veremos –dijo su padre–. Tú necesitas descansar.

El teléfono volvió a sonar y su padre contestó.

–McWilliam –arrugó el entrecejo y después miró a Mac y arqueó las cejas–. Bien. Le enviaré a alguien enseguida. Deje una luz encendida fuera, ¿de acuerdo? –colgó el teléfono–. Uno de los perros de la señora Blewitt se ha desmayado mientras perseguía a un gato. Tal vez sea un problema de corazón. ¿Me harás el favor de ir a verlo?

Mac se levantó con prontitud, contento de poder marcharse y evitar las inquisitivas miradas de su madre y el interrogatorio que intuía cercano.

–Claro. La vieja señora Blewitt me cae muy bien. Iré a ver al perro. Seguramente está demasiado gordo.

–Sin duda –su padre concedió–. Sabes ir a la cabaña Clemati, ¿no?

Mac asintió, y su padre se marchó a ver al caballo enfermo. Mac se despidió de su madre con un beso, se puso el abrigo y salió ciertamente aliviado. No podría huir de la verdad para siempre, pero al menos tendría esa noche para aclararse un poco.

Recordaba la casa de la señora Blewitt. Estaba en el pueblo, bajando por un camino; un lugar algo abandonado pero muy pintoresco. También recordaba un montón de perros y gatos con sobrepeso que habían pasado por la clínica de su padre para ser sacrificados.

Jamás aprendería, pensaba Mac con una sonrisa.

Condujo por las tranquilas calles del pueblo donde se había criado. Había llegado el momento de reflexionar. Aquel pueblo tan conocido para él, tan seguro, tan suyo, era precisamente lo que necesitaba.

Aparcó a la puerta de la casa, sacó su bolsa del coche y abrió la desvencijada verja. Inmediatamente comenzó un coro de ladridos. Cuando tenía la mano sobre el llamador se abrió la puerta y una mujer lo miró; una mujer joven y bella con una sonrisa encantadora y unos ojos que parecían dos estrellas luminosas. Mac conocía aquellos ojos como los suyos propios.

–¿Ruth?

Por un instante se miraron el uno al otro con sorpresa, entonces la mujer sonrió aún más y se echó a reír con asombro.

–¿Mac?

Aquella risa cantarina le calentó el alma y la tristeza comenzó a disiparse.

–¡No puedo creer que seas tú! –dejó la bolsa en el suelo y la abrazó con fuerza.

Seguidamente la soltó y se apartó para mirarla bien.

–¡Cuánto me alegro de verte! –dijo sin dejar de reír, y entonces volvió a abrazarla.

Ruth Walker, pensaba con alegría mientras que el frío que sentía por dentro terminaba de desvanecerse. Volver a casa le pareció de pronto la mejor idea que había tenido…

 

 

Ha madurado, pensaba ella de modo ilógico. No era más alto, por supuesto que no, sino más grande, más fuerte. Tenía el pecho más ancho, los brazos más grandes. Era un hombre, no el muchacho larguirucho con el que había crecido, pero su sonrisa seguía calentándole el corazón, como siempre lo había hecho.

Retrocedió y tiró de él para que pasara; cerró la puerta con la cadera y le sonrió complacida.

–Debería habérmelo imaginado cuando he hablado con tu padre. Tendría que haberlo adivinado, pero aún no te esperaban en casa.

Él se echó a reír.

–No tenía ni idea de que estuvieras aquí, él no me dijo nada. Supongo que estás de guardia, ¿no? ¿Acaso la señora Blewitt está enferma?

Ruth dejó de sonreír.

–Ay, ya veo que no sabes nada, Mac. Murió hace diez meses –dijo con suavidad–. Ahora yo vivo aquí.

Él arrugó el entrecejo.

–Pero mi padre dijo que uno de los perros…

Ruth suspiró.

–Es complicado. Pasa. Toby está en la cocina. No hace más que dar vueltas y vueltas y tiene la cabeza torcida. Y no te molestes en decírmelo; está enorme de gordo. Le tengo a dieta, pero no parece pasar hambre. Creo que debe de estar hurgando en algún basurero y comiendo lo que encuentra.

Lo condujo hasta la cocina, donde se agachó junto a una antigua cocina de leña. El cesto del perro estaba en un espacio bajo la encimera, al abrigo de la corriente. Era el único sitio acogedor en toda la casa, y había días en los que Ruth había pensado en acurrucarse allí junto a los perritos en lugar de subir a dormir a su cuarto.

Acarició al perro con dulzura.

–Mira, Toby. Mac ha venido a verte. Dile hola.

El perro levantó una ceja y movió el rabo una sola vez.

–Pobre chico. ¿Qué es lo que le pasa? –Mac se agachó junto a ella y le tendió la mano al perro para que se la oliera.

De pronto Ruth sintió que estaban demasiado cerca el uno del otro, y cuando sus muslos se rozaron fue totalmente consciente de aquel cuerpo musculoso y bien formado pegado al de ella. Se levantó y se apartó un poco; entonces se fue a llenar el hervidor de agua mientras analizaba su confusa reacción.

–¿Café? –le ofreció con voz quebrada, pero él parecía ajeno a lo que ella sentía.

–Sí, por favor –murmuró Mac distraídamente mientras acariciaba al perro–. ¿Cuánto tiempo lleva así? Mi padre dijo algo de que iba persiguiendo a un gato.

–Es cierto. De pronto estaba bien, y de repente oí un golpe seco y me lo encontré inconsciente.

Se apoyó sobre los armarios y lo observó mientras auscultaba al perro. Mac le miró los ojos con un aparato especial. Sin duda nunca había tenido los hombros tan anchos…

–¿Has dicho que oíste un golpe seco?

Ruth asintió.

–Sí, algo así. ¿Por qué?

–Me preguntaba si podría haberse dado un golpe en la cabeza. ¿Había algo cerca? ¿Una silla o algo así? Tiene cataratas, podría no haberla visto, y parece que le noto un pequeño chichón en la cabeza.

Ruth pensó en el incidente.

–Puede ser. No ve bien… Sí, la verdad es que es bastante posible. Se cayó justo al lado de una pequeña mesa de alas abatibles. Pensé que se habría tirado sobre la mesa, pero bien podría haberse chocado contra ella.

–¿Me dejará que lo levante en brazos?

–Oh, desde luego. A cualquiera. Es un mimoso.

Observó mientras Mac lo sacaba del cesto y lo ponía en el suelo. Al principio se tambaleó un poco, pero enseguida recuperó el equilibrio.

–¿Puedes llamarlo? Quiero verlo andar.

Ruth se agachó y estiró el brazo.

–¿Toby? Ven aquí, bonito –el dijo en tono animoso y el animal echó a andar hacia ella despacio y al momento se desvió un poco hacia la derecha. Aún tenía la cabeza un poco torcida y se veía que estaba desorientado y quizá tuviera alguna conmoción.

–Buen chico –murmuró, y fue hacia Toby y lo acarició como recompensa a su esfuerzo–. ¿Tiene alguna contusión?

Mac asintió.

–Eso creo. Ojalá que no sea nada más grave, pero creo que necesitas observarlo un poco. No creo que haya necesidad de llevarlo a la consulta para reconocerlo esta noche, tú lo cuidarás mejor que nosotros, pero tal vez por la mañana, si ves que sigue igual, deberías traerlo.

–Mañana estoy libre; podré quedarme con él –le explicó.

Mac asintió, colocó de nuevo al animal en el cesto y lo acarició suavemente.

–Bien. Creo que necesita descansar. Y no le des nada de alimento durante un par de horas. No le hará daño, le sobran los kilos. ¿Qué le das de comer?

Ruth se echó a reír.

–Más bien poco. Lo mismo que a los demás; galletas para perros y comida de lata. Les corté la ración a todos cuando los heredé, pero a él le está costando perder peso.

Mac levantó la cabeza y la miró con aquellos ojos azules tan impresionantes. Eran del color más bonito que…

–¿Heredado? –repitió Mac.

Ruth suspiró de nuevo.

–Es una larga historia. ¿Cómo tomas el café?

–No muy cargado, con leche y sin azúcar. Me gustaría quedarme un rato a ver lo que pasa, si no te importa. Si veo que sigue regular me lo llevaré a la consulta durante un par de días pero, como ya he dicho, no creo que sea necesario.

–¿Crees que le hará falta algún tipo de tratamiento? –le preguntó mientras le preparaba el café–. ¿Un escáner o algo? Quiero decir, hay dinero para eso, para lo que necesite, aunque fuera un tumor cerebral. La señora Blewitt se aseguró de que así fuera.

Mac la miró con curiosidad.

–De acuerdo. Ya veremos, pero yo no sería partidario de enviarlo a Cambridge para que lo operaran, por ejemplo. Es viejo ya, y tal vez tenga algún problema en alguna válvula del corazón; es algo muy común en los terrier de Yorkshire. Me ha parecido escuchar como si tuviera un soplo cardiaco, pero podría ser algún ruido de la cocina. Le haremos una radiografía y un electrocardiograma en la consulta, pero creo que debes aceptar que está ya viejo, Ruth –hablaba en tono suave, pero con una seguridad inequívoca–. Se está quedando ciego –continuó diciendo– y está demasiado gordo como para soportar la anestesia si tuviera un tumor, aún asumiendo que fuera operable. Por el momento estoy casi seguro de que no ha sido más que una contusión, pero si me equivocara me inclinaría a dejar que la naturaleza siguiera su curso.

Ruth asintió. Tenía razón, por supuesto. Solo porque hubiera dinero para ello no quería decir que hubiera que mantener con vida a los animales a toda costa. Si al menos pudiera conseguir que adelgazara un poco…

–No estará sufriendo dolores, ¿verdad? –le preguntó, por si acaso–. Quiero decir, está gordo, no hinchado por otra cosa.

–No –se irguió y sonrió–. Te va a odiar cuando vuelvas a ponerle a dieta. Necesitará una comida especial baja en calorías, pero es cara –la avisó.

–No importa, para eso está el dinero..

Él la miró confundido y ella se echó a reír.

–La señora Blewitt me dejó su casa y algo de dinero para cuidar de sus animales durante el resto de sus vidas. Yo no tuve idea hasta que murió.

Él soltó un largo silbido.

–Vaya. Me apuesto a que sus parientes estarían emocionados.

Ella hizo una mueca al recordar las peleas que la decisión de la señora Blewitt había provocado.

–No mucho. Su primo segundo era el pariente más cercano, pero ella lo dejó todo bien arreglado antes de morir y el primo no pudo hacer nada. La señora Blewitt se había ocupado de ello; le dijo al abogado que su primo jamás se había interesado por ella en vida, y que sus animales necesitaban estar en su casa y que eran para ella mucho más importantes que él. Creo que él siguió sus instrucciones al pie de la letra.

Mac se echó a reír.

–Seguro que sería un buen golpe.

–Oh, desde luego. A mí tampoco me emocionó demasiado el asunto, pero le había prometido que me encargaría de que estuvieran bien cuando muriera, así que no tengo otra elección, aunque yo me había referido a buscarles un buen sitio donde vivir. Aparentemente no estábamos en la misma onda.

Él hizo una mueca.

–Se ve que no. ¿Eres capaz de arreglártelas sola?

–Sí, supongo que sí –dijo con expresión algo cansada–. Son buenos. Lo único malo es que haya tantos.

–¿Cuántos tienes?

–Tres perros, Toby y su hermana Twinkle, y un terrier escocés llamado Dougal que parece un mocho viejo. Y siete gatos. Ah, y el periquito.

–¿Siete gatos y un periquito? Huy…

Ruth se echó a reír de nuevo.

–Ay, sí. Yo tengo miedo te llegar un día y encontrarme con un montoncito de plumas en el suelo. Aún así, el periquito entretiene a los gatos, y estos a los perros. Ven a sentarte; la chimenea está encendida, aunque no tira demasiado bien. Tengo que llamar a un deshollinador.

La siguió hasta el salón, y tuvo que agacharse para pasar por la puerta. Ruth sintió que Mac llenaba la pequeña habitación con su presencia. ¿Había sido siempre así de grande, o sería tal vez los techos bajos de aquella casa? Echó otro tronco al fuego y le indicó una silla, regañando a Twinkle y a Dougal por echarse encima de él.

–Echa al gato y siéntate, si no te importa que se te llene el pantalón de pelo. ¡Dougal, basta ya!

Mac se echó a reír.

–¿Por qué crees que la gente en el campo se viste de tweed y no de colores lisos? –levantó al gato, se sentó y se lo colocó en el regazo–. Así que heredaste la casa y dinero suficiente para cuidar de los animales de por vida –dijo mientras acariciaba distraídamente la cabeza de Dougal.

–Eso es. Lo difícil es dónde poner el límite. ¿Estoy haciendo lo que la señora Blewitt habría hecho, o lo que es mejor y más justo para los animales? No estoy segura de que siempre sea así.

Él se quedó pensativo.

–Es una tarea dura. Creo que debes hacer lo mejor para los animales y esperar que ella lo hubiera entendido. Necesitas tener la conciencia tranquila.

Ella sonrió aliviada.

–Me alegro tanto de oírte decir eso. Es precisamente lo que yo pienso, pero sé que me sentiré tremendamente culpable cuando tenga que tomar esa decisión final con alguno de ellos. ¡Gracias a Dios que no tenemos que tomar esas decisiones para nuestros familiares!

–Desde luego. Los animales son mucho más fáciles; uno puede ser justo y bueno sin quebrantar la ley.

–¿Crees en la eutanasia? –le preguntó con curiosidad, queriendo saber más del Mac que era en el presente.

Él se quedó pensativo.

–¿Para las personas? No lo sé. La practico todo el tiempo con animales por razones sensatas, y hace que la vida sea muchísimo más ordenada. No estoy seguro de si eso sería bueno o malo en los humanos. Yo por mi parte pienso que no hay que tratar todo solo porque haya medios para hacerlo, independientemente de las consecuencias que tenga en las vidas de los implicados. A veces conseguimos que un corazón siga latiendo y lo llamamos conservar una vida. A mí me cuesta justificar eso.

Ruth asintió despacio.

–Estoy de acuerdo. Gracias a Dios que no tengo que tomar ese tipo de decisiones con mis pacientes; solo con estos que tengo en casa.

Acarició al gato color canela y le sonrió comprensivamente.

–¿Entonces qué pasará cuando todos hayan muerto de viejos o de otra cosa? ¿La casa va para obras de caridad, al primo o te la quedas tú?

–Me la quedo yo –estaba sentada en otra silla con la hermana de Toby sobre el regazo–. Aunque debo decir que el regalo tiene lo suyo. Hay que cambiar toda la instalación eléctrica, no hay calefacción central y el frío se cuela por todas las ventanas. Me va a costar un dineral que no tengo arreglarla, empezando la próxima semana con el electricista. Por eso me he tomado mañana el día libre, porque van a venir a que concretemos lo que quiero y a decirme lo que van a necesitar. Así al menos me atreveré a encender algunas estufas sin preocuparme de que me salten los plomos cada cinco minutos.

Él volteó los ojos.

–Vaya herencia.

–Desde luego –sonrió con pesar–. Bueno, pero ya basta de hablar de mí; dime lo que estás haciendo aquí. Tu padre me dijo que ibas a volver a casa a pasar unos días en Navidad, pero estamos en noviembre.

–Casi en diciembre –señaló, pero ella rechazó su argumento con un gesto de la mano.

–Como sea –añadió Ruth–. Aún queda mucho para las vacaciones de Navidad. ¿Cómo es que puedes tomarte un descanso tan largo?

Mac se quedó callado un montón de tiempo, allí sentado rascándole la cabeza al gato en silencio, tan solo interrumpido este por el continuo ronroneo del animal y los ruidos del tronco ardiendo en la chimenea. Ruth pensó que no iba a contestar y se preguntó si se habría metido en terreno prohibido. Pero entonces levantó la cabeza y la miró a los ojos, y Ruth entendió que había metido la pata.

–He terminado allí –dijo de plano, y Ruth entendió que no solo se estaba refiriendo a su trabajo–. Yo… No funcionaba. Mi vida personal era un caos, no estaba en absoluto satisfecho con mi trabajo. Había llegado el momento de salir de allí.

Enseguida Ruth sintió una gran curiosidad, pero él no la invitó a hacerle ninguna pregunta. Se fijó en las arrugas de las comisura de los labios y en las ojeras que no había tenido años atrás; en su mirada vio un desencanto que la conmovió, y sintió deseos de abrazarlo.

Ruth suspiró pero no dijo nada. Se veía que Mac necesitaba una mano amiga, y ella siempre había sido amiga suya. No podía dejar de serlo en ese momento; sobre todo cuando más parecía necesitarla.

–¿Quién era ella? –le preguntó en tono bajo.

Mac dejó de acariciar al gato, pero no se hizo el tonto. En lugar de eso esbozó una sonrisa de amargura y desvió la mirada hacia otro lado.

–Una de los médicos; otra veterinaria. Era mayor que yo, tendría unos treinta y dos años más o menos. Se enganchó a mí nada más llegar y a las pocas semanas estábamos saliendo. Pero no fue bien. Peleábamos mucho, pero después hacíamos las paces y las aguas volvían a su cauce… hasta la pelea siguiente. Acabó cansándome.

–¿Estabais prometidos?

Él negó con la cabeza.

–No. No hablamos del futuro; en realidad no éramos una pareja lo suficientemente estable como para hacer planes, y no creo que ninguno de los dos estuviéramos interesados en nada permanente, pero hemos estado así durante dos años. Ni siquiera vivimos nunca juntos… al menos no oficialmente, no del todo. Fue… algo mucho más complejo.

Él dejó de hablar. Ruth esperó un momento y después lo animó a continuar con delicadeza.

–¿Entonces qué ocurrió? ¿Qué fue lo que cambió?

Él se encogió de hombros.

–No funcionaba. No me gustaba el trabajo porque sentí que no me estaban dando suficiente responsabilidad, y el socio mayoritario insistió en pasar él todas las consultas. No me habría parecido mal si él no hubiera sido un inútil. Pero he visto a otros especialistas hacer él mismo trabajo y sabía que él estaba haciendo mal cosas que debería haber hecho más limpiamente. Cosas que yo podría haber hecho mejor. Animales que debían haber vivido acabaron muriendo, y estaba timando a la gente. La verdad es que estaba deseando dejar el empleo.

–¿Y la mujer?

–¿Krista? Ella y yo no íbamos a ningún sitio, así que le dije que se había acabado, presenté mi dimisión y entrevisté a mi sustituto. Empezó el lunes pasado… La idea era que yo me quedara unos días con él para enseñarle cómo funcionaba todo.

Ruth notó, por su manera de hablar, que se estaba poniendo muy tenso, así que le dio otro empujoncito como lo había hecho antes.

–¿Y qué pasó, Mac?

Por un momento creyó que no hablaría. En realidad no le habría importado. Le dio la impresión de que no quería escuchar lo que iba después, pero entonces él levantó la cabeza y la miró a los ojos. Su mirada destilaba odio.

–Estaba operando esta mañana –dijo rotundamente–. Terminamos y todos se bajaron al pub porque era el cumpleaños de una de las enfermeras. Yo me quedé a recoger, y entonces oí ruidos en una de las consultas. Fui a mirar; en las consultas tenemos medicamentos, jeringuillas y agujas, y tenemos que tener cuidado con los drogodependientes. Bueno, pues entré y ella y el sustituto estaban…

–¿Juntos? –preguntó asombrada–. Quiero decir… ¿así?

Él apartó la mirada y tragó saliva.

–Sí. Estaban bien