Universitarios - Francisco Esteban Bara - E-Book

Universitarios E-Book

Francisco Esteban Bara

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¿Quiénes son los universitarios? El diccionario señala que son profesores, graduados o estudiantes de Universidad. Y la historia y filosofía de la Universidad dice que son ellos, sí, pero siempre y cuando se dediquen a buscar verdades, bellezas y bondades, para ellos mismos, todos y todo. Eso es, individuos que tratan de alcanzar su mayor plenitud para poder mejorar cualquier cosa. Y como resulta que hay universitarios que no van tras lo verdadero, lo bello y lo bueno, se puede afirmar que no todos los universitarios son universitarios. Nos hemos conformado con esta situación, pero así no resolveremos el grave problema que tenemos. El profesor Francisco Esteban Bara explica con hondura, cercanía y fluidez en este ensayo que lo mejor que puede ofrecer la Universidad al mundo y una de las cosas que más necesita el mundo son buscadores de verdad, belleza y bondad, y no solo profesionales altamente cualificados. Mucha gente espera que la formación universitaria sea algo diferente de lo que hoy es, que despliegue su misión humana y humanizadora. Esperemos que pronto llegue el día en el que sus deseos se vean cumplidos.

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Seitenzahl: 291

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Francisco Esteban Bara

Universitarios

Lo que son y lo que dicen ser

© El autor y Ediciones Encuentro S.A., 2023

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Colección Nuevo Ensayo, nº 111

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN: 978-84-1339-146-5

ISBN EPUB: 978-84-479-4

Depósito Legal: M-8009-2023

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa

y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

Índice

I. ¡YO SOY ESPARTACO!, ¡YO SOY UNIVERSITARIO!

¡Yo soy Espartaco!

¡Yo soy universitario!

II. LA SEDICENCIA Y SU PAPEL

En manos de un sujeto indeterminado

¿Contra qué vamos?

III. BOSQUEJO DEL SEDICENTE UNIVERSITARIO

Lo que se necesita

Y algo se nos escapa

IV. EL ADVIENTO DE LA UNIVERSIDAD

Preparación para la Universidad

Otra preparación es posible

V. LA OBERTURA DE LA UNIVERSIDAD

Esto es lo que hay

Un intervalo de tiempo en el templo universitario

VI. LA EXPERIENCIA DE UN TRÁNSITO

De cabeza al mundo profesional

Una auténtica aventura

VII. CONVERSACIONES UNIVERSITARIAS

Qué hay de lo mío

Sentémonos, conversemos y pensemos juntos

VIII. TODO BAJO CONTROL

Ordenando la Universidad

Algo de luz

IX. EL PROTAGONISTA DE LA UNIVERSIDAD

Atender al protagonista

Lograr el protagonismo

X. EL CALOR DEL HOGAR

Una terminal universitaria

Una corporeidad edificada y embellecida

XI. LITURGIA UNIVERSITARIA

Oda a la informalidad

El arte de comportarse universitariamente

XII. A VUELTAS CON LA CULTURA

Profecía cumplida

La profesión de intelectual

EPÍLOGO

Dedicado a esos pocos, soñadores y valientes primeros universitarios medievales, anónimos la mayoría. Si pudiese veros os daría un abrazo fraternal, las gracias os las doy siempre, aunque no os vea.

I. ¡YO SOY ESPARTACO!, ¡YO SOY UNIVERSITARIO!

«En tanto que haya alguien que crea en una idea, la idea vive»

José Ortega y Gasset

En el año 1960 se estrenó la película Spartacus1, dirigida por Stanley Kubrick y basada en la novela histórica homónima de Howard Fast2. Recibió diversos galardones de reconocido prestigio: mejor guion drama por parte del Sindicato de Guionistas de Estados Unidos (WGA) y 6 nominaciones y el premio a la mejor película en los Globos de Oro. Aunque quizá los más renombrados sean los 4 Óscar al mejor actor secundario (Peter Ustinov), fotografía, vestuario y dirección artística. El largometraje forma parte de las AFI’s 10 Top 10 del American Film Institute en la categoría de películas épicas; y en el año 2017, la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos lo seleccionó para su preservación en el National Film Registry al considerar que se trataba de una producción cultural, histórica y estéticamente significativa. Qué decir respecto al reparto, es ciertamente espléndido. A Kirk Douglas, protagonista con el papel de Espartaco, le acompañan actores de la talla de Tony Curtis, Lawrence Olivier, Charles Laughton, Jean Simmons o el ya mencionado Peter Ustinov. En fin, se está hablando de una película de esas que, como suele decirse, vale la pena ver.

El esclavo tracio Espartaco es vendido como gladiador, pero escapa de su cautiverio y acaba liderando una rebelión que pone en jaque a la Roma de los años 73-71 a. C. Logra que se tambalee uno de los imperios más poderosos que la historia haya conocido jamás. Ese levantamiento de esclavos fue llamado por Plutarco «Guerra de los Gladiadores» y también se conoce como la «Tercera Guerra Servil»3. Espartaco representa una épica de la libertad y se ha erigido como un símbolo para diversas generaciones de militantes de izquierdas. Aunque, a decir verdad, puede ser un estandarte para cualquier persona que, independientemente de cuál sea su ideología política, defienda esa facultad natural y derecho de valor superior, además de la dignidad humana. La película está llena de escenas memorables, como cuando Espartaco se ve obligado a luchar a vida o muerte contra su querido y fiel amigo Antonino (Tony Curtis) y acaba con él rápidamente para ahorrarle la agonía de la cruz; o cuando nuestro protagonista es crucificado y se despide de su mujer y de su hijo recién nacido. Les dedica una apacible y emocionada sonrisa, ya no le quedan fuerzas para articular palabras; pero sí, o eso se da a entender, para escuchar lo que le dice su amada Varinia (Jean Simmons) que está al pie de aquella cruz con lágrimas en los ojos y el bebé en brazos. «¡Este es tu hijo, es libre Espartaco, libre, es libre!». Espartaco hizo lo indecible para que eso sucediera y también jugaron a su favor las estratagemas políticas entre el senador Tiberio Sempronio Graco (Charles Laughton) y el patricio Craso (Laurence Olivier). Se puede pensar que el esclavo que luchó por un mundo mejor murió en paz y esperanzado. Hubiera podido expirar diciendo algo así: misión cumplida, a pesar de todo, valió la pena.

¡Yo soy Espartaco!

Sin embargo, hay una escena de la película que ha pasado a la historia del cine y llama nuestra atención. Tras una antológica, brutal y definitiva batalla, el ejército de millares de esclavos que lidera Espartaco es derrotado por las legiones romanas de Craso, su eterno rival. Quedan pocos con vida, acaso cuatrocientos o quinientos, pero no muchos más. Espartaco se encuentra entre ellos, pero Craso, que ansía capturarlo a toda cosa, tiene un problema. Unos años antes, el gladiador Espartaco había luchado ante él para su regocijo, pero ahora no reconoce a su adversario, no le pone cara, solo sabe su nombre. Craso propone entonces un malévolo trato a los maltrechos y agazapados supervivientes: «Esclavos fuisteis y esclavos seguís siendo, pero la terrible pena de crucifixión ha sido anulada con la única condición de que identifiquéis el cuerpo o la persona viva del esclavo llamado Espartaco». Alma cándida y mente insensata, menudo error de cálculo. Espartaco anda sobrado de valentía y honor. También sus seguidores, aunque ni Craso ni el propio Espartaco sabían hasta qué límite. Ninguno de los dos imaginaba cómo iban a reaccionar ante aquel execrable órdago. Quien estaba en búsqueda y captura se pone en pie y exclama: «¡yo soy Espartaco!», pero Antonino, que estaba a su lado, hace lo mismo al unísono, como si se hubieran puesto de acuerdo. Ya son dos Espartaco, pero aún hay más, muchos más. Los esclavos allí presentes se van levantando paulatinamente diciendo lo mismo con todas sus fuerzas. Al final no queda ninguno sentado ni en silencio. «¡Yo soy Espartaco!» es un grito ensordecedor para Craso y, sobre todo, la prueba de su derrota.

Bastaron tres palabras y un gesto para que Craso entendiera que aquellos esclavos estaban con Espartaco hasta las últimas consecuencias. Y parece ser que le estaban queriendo decir algo. Dinos, Craso, ¿habrían reaccionado así tus soldados si te buscasen a ti? o tú, ¿qué hubieras hecho tú si fuesen a por alguno de los que te acompañan?, porque Espartaco no nos dejaría jamás en la cuneta, estamos completamente seguros, él también habría dado la cara si anduvieras tras cualquiera de nosotros. Con apenas tres palabras y un gesto también demostraron que la causa de Espartaco era la de todos y cada uno de ellos. Su líder y amigo había creado una comunidad con una meta que alcanzar. Queremos ser libres y que no haya esclavos nunca más. Como suele suceder con este tipo de historias, quedan cuestiones en el tintero. Espartaco no derrotó a Craso y sus legiones y cabe preguntarse qué habría sucedido entonces. Tras tanto sufrimiento y humillación, lo normal hubiera sido servir la venganza en un plato frío o seguir la ley del Talión: ojo por ojo y diente por diente. Sin embargo, Espartaco estaba demasiado enamorado de su causa como para perder el tiempo en esas cosas. Un mundo libre, debería pensar, es un mundo sin vendettas y en el que la gente no vea peligrar sus ojos y sus dientes. Queremos ser libres y que cualquier persona viva en libertad, sí, Craso, también tú, todos los que te acompañan y los que te amparan desde Roma, pues sois personas como nosotros. Espartaco podría haber dicho algo así si hubiese vencido.

También hay otro asunto que llama la atención. ¿Qué hizo Espartaco para meterse a tanta gente en el bolsillo? El asunto del liderazgo es un auténtico enigma y quién sabe si alguna vez se logrará descifrar. No parece ser que se trate solo de aplicar técnicas depuradas e insuflar grandes dosis de motivación y entusiasmo. Habrá que contar con la inteligencia, la personalidad y el carácter, con enamorarse de motivos buenos, bellos y verdaderos y saber transmitirlos a la perfección, combinando la palabra, el silencio, el gesto y la acción, para que la gente los entienda y también consiga amarlos; con saber permanecer a las duras y a las maduras y con muchas cosas más. En fin, el líder tiene más de artista que de técnico sobre estimulado, eso demuestra Espartaco y tantos y tantos líderes de todos los tiempos, hombres y mujeres que, usualmente sin pretenderlo, han hecho méritos para estar en un pedestal4. Y también lo demuestran muchísimas otras personas que nosotros no conocemos, pero usted sí. Entre nuestros familiares, amigos, profesores, colegas de profesión o vecinos del pueblo puede haber personas junto a las que nos pondríamos en pie y diríamos algo así como «¡yo soy Espartaco!» si alguien preguntase por ellas.

Volvamos al hilo de la cuestión. Si se me permite el juego de palabras, el amigo Craso cometió un craso error para sus intereses personales, sin embargo, abrió un melón de los buenos. Aquella escena parece representar algo más profundo que la lealtad hacia un líder y la comunión con sus ideas. Se puede pensar que aquellas gentes estaban queriendo decir otra cosa. Craso tocó sus identidades y eso son palabras mayores. Espartaco no está solo porque no puede estar solo, lo cierto es que Espartaco ya no es solo Espartaco. Todos lo somos de una manera o de otra cuando nos miramos, charlamos, trabajamos, pensamos, reímos, nos cuidamos y compartimos mesa. Y no es una cuestión de subordinación, nadie ha dejado de ser quien es, se trata más bien de enriquecimiento personal y de amor. ¡Ay, Craso!, podría haber dicho alguno de aquellos esclavos, la persona que buscas anida en todos y cada uno de nosotros, ¿cómo piensas identificarla y aislarla? Tu maliciosa propuesta nos alegra porque nos da la oportunidad de explicarte quienes somos.

¡Yo soy universitario!

Se viene hablando de esta emblemática y maravillosa escena porque se parece mucho a lo que, desde nuestro punto de vista, puede llegar a conseguir la Universidad, y más concretamente, la formación universitaria. Imaginemos que alguien salta a la palestra para preguntar quién es universitario. Y no con mala sangre, como hizo el pérfido Craso, sino porque tiene la curiosidad de saber qué personas se identifican como tales. ¿Quién se pondría en pie entonces y exclamaría «¡yo soy universitario!»? Con toda seguridad, los primeros serían profesores y estudiantes, personas que mantienen una relación formal y casi diaria con la Universidad. Y desde luego que no habría problema en encontrarlos, especialmente a los últimos5. Pero no solo hay que contar con ellos, ni mucho menos, también se apuntarían abogadas y médicos, ingenieras y pedagogos, arquitectos y geógrafas, periodistas y químicos, en fin, personas que se han graduado en alguna institución universitaria. Claro que siempre habrá titulados que consideran que no son universitarios porque dejaron atrás la Universidad hace años, porque reniegan de ella o porque apenas la recuerdan, pero el título que tienen colgado en la pared, guardado en un cajón o metido en una carpeta certifica que lo son. Hasta aquí todo correcto. El propio diccionario de la Real Academia Española lo confirma: un universitario es un profesor, graduado o estudiante de la Universidad.

Pero no debe darse el asunto por zanjado porque para nada está resuelto. Y no se trata de buscar más gente, sino de fijarse bien en los universitarios que ya tenemos identificados. Respecto a los estudiantes, ¿estar matriculado en la Universidad es motivo suficiente para ser universitario? Será en cualquier caso una condición sine qua non, pero no es una consecuencia. Lo mismo puede decirse cuando se habla del profesorado. ¿Tener un contrato laboral con una institución universitaria es bastante para identificarse como universitario? Será un requisito indispensable, pero no la resulta. Cumplir con las exigencias académicas, tanto si se es profesor como estudiante, es una cosa, pero ser universitario es otro cantar. Por extraño que parezca, no todas las personas que hay en las universidades son universitarias, encontrarlas en los campus no es tan fácil como dar con deportistas en un gimnasio, astronautas en una nave espacial u hombres y mujeres de fe en un templo religioso. Y respecto a los graduados, antes licenciados o diplomados, ¿sus titulaciones son la prueba de que son universitarios? Decía el filósofo Michael Levine, muy graciosa y certeramente, que «tener hijos no lo convierten a uno en padre, del mismo modo en que tener un piano no lo vuelve pianista». Eso mismo puede aplicarse a este asunto. También puede parecer raro, pero encontrar universitarios en el mundo profesional y en la realidad social no consiste solo en localizar titulados. Así las cosas, se podría confundir a nuestro personaje imaginario que le dio por preguntar quién es universitario.

Como se dijo más arriba «¡yo soy universitario!» es una afirmación que tiene la misma fuerza y profundidad que aquella de «¡yo soy Espartaco!». Para identificarse como universitario es imprescindible mantener una íntima relación con la Universidad, es necesario estar vinculado con ella y sus cosas. Cuando uno pone en su boca esa frase está afirmando que es Universidad esté donde esté, con fulano o mengano, ante cualquier circunstancia, se dedique a lo que se dedique y las 24 horas del día. Quien se declara como universitario está diciendo que la Universidad es un modo de vida y que él es uno de sus legítimos representantes, algo así como una Universidad encarnada. La Universidad es un proyecto humano, de personas, con personas y, sobre todo, para personas. Y no solo eso, o precisamente por eso, la Universidad también responde a un plan humanizador. Es buena para todos, hayan puesto un pie en ella o no, y para el mundo que cohabitamos.

No se está exagerando un ápice. Se debería pensar en estas cosas cuando uno se cruza con universitarios con los que, digámoslo así de momento, da gusto estar, trabajar, charlar, cruzarse por la montaña y compartir asiento en el autobús. También cuando uno se topa con universitarios que van a la suya, siendo esa suya perjudicial para el resto de las personas, empresas, instituciones públicas, montañas y autobuses, es decir, cuando uno se pregunta para qué demonios le ha servido la Universidad a esa gente. Se podría elaborar un compendio de casos de universitarios de aquí y de allá que ponen en evidencia y ridiculizan a la Universidad. Y del mismo modo que no se exagera, tampoco se está diciendo nada nuevo. El propósito humano y humanizador de la Universidad aparece en sus orígenes6, se vislumbra en su larga, complicada y apasionante historia7 y se trata en su extensa filosofía8. La idea de una Universidad que optimiza a la persona y restaura el mundo a mejor no solo no es ajena a la Universidad, sino que forma parte de su propia naturaleza.

Habrá que reconocer, sin embargo, que durante los últimos años hay algo que no se está haciendo bien. La idea de una Universidad humana y humanizadora vive, sí, ¿pero en qué condiciones? No se la alimenta ni defiende como sería menester y, en consecuencia, presenta un estado angustioso. Es más, en ocasiones ni tan siquiera se la respeta, por no decir que se la ningunea. Sirva de ejemplo: pensemos en los actos de graduación que año tras año se celebran en la inmensa mayoría de instituciones universitarias. En esos momentos de alegría y orgullo se proyectan vídeos y fotos para el recuerdo, se reparten diplomas, se aplaude y se proclaman discursos por parte de las autoridades competentes antes del brindis. Pues bien, sería prácticamente imposible encontrar alguno de esos parlamentos en el que esa idea universitaria de índole humana y humanizadora no se vista de gala. Podrían resumirse así: ¡Muchas felicidades a todos! Han aprendido ustedes muchas cosas en la Universidad. Ya están preparados para ser excelentes profesionales y comprometidos ciudadanos, para colaborar en la construcción de un mundo mejor, más profesional, emprendedor, crítico, culto, dialogante, justo, sostenible, equitativo y bla, bla, bla. Muchos de los jóvenes que reciben ese tipo de mensajes saben que no es así. Quizá hayan oído esas campanas durante su periplo universitario, pero no han sido formados para la enorme empresa de reconstrucción de la que se les habla. En relación con lo humano y humanizador se les ha dejado con lo puesto. Algunos incluso se quedarán boquiabiertos, ¿cómo dice usted?, ¡primera noticia que recibo en todos estos años! Salimos de la Universidad sabiendo muchas cosas, pero siendo más o menos igual que como entramos. También saben que no es cierto muchos de los profesores y familiares que están allí escuchando la misma arenga y, por supuesto, la mayoría de esas personas que tienen el micrófono en la mano y que se quedan más anchas que largas diciendo lo que dicen. Quién sabe si es porque están dispuestas a creer aquello que les gustaría que fuese cierto o porque tienen miedo a decir lo que realmente piensan.

Tenemos un problema que viene arrastrándose desde hace mucho tiempo, que no se quiere ver y con el que nos hemos acostumbrado a convivir: andamos faltos de universitarios, no de profesores, graduados y estudiantes de la Universidad, no, de universitarios. O si se prefiere así, vamos sobrados de individuos que cuando se identifican como universitarios se acogen a versiones reducidas de dicha condición, cuando no a otras versiones que poco o nada tienen que ver con la Universidad. Todo indica que la formación universitaria seguirá adelante y el mundo girando, aunque no solucionemos el problema. ¿Pero no tenemos derecho a pensar que las cosas podrían ser de otra manera? Es necesario analizar el asunto, saber en qué se está fallando y dar con posibles soluciones. Quizá así se consiga, por lo menos, que los jóvenes que están en nuestras universidades y los que según parece llegarán en un futuro próximo puedan graduarse diciendo con tranquilidad y certeza: «¡yo soy universitario!». No está de más insistir, eso sería bueno para ellos mismos, para todos los demás, para la propia Universidad y para muchas cosas de este mundo.

II. LA SEDICENCIA Y SU PAPEL

«Es un error creerse más de lo que uno es o menos de lo que uno vale»

Goethe

La sedicencia puede ser entendida como una corriente, doctrina o patrón de pensamiento. Tiene un papel importante en los tiempos que vivimos y eso debería preocuparnos. Determina sobremanera cómo concebimos nuestra existencia, modos de relación y prácticas sociales, es decir, ocupa un lugar de preminencia en el actual imaginario social9. La sedicencia campa a sus anchas y está pletórica, su lista de afiliados y simpatizantes crece día tras día y a marchas forzadas. Que no se hable de ella no quiere decir que no esté actuando, es más, seguramente es así como mejor le va, instalada en la trastienda, pasando desapercibida, moviéndose entre bambalinas. La sedicencia ni tan siquiera aparece en el diccionario, pero sus afiliados sí. Un sedicente, según señala el diccionario de la RAE, es «una persona que se da a sí mismo tal o cual nombre, sin convenirle el título o condición que se atribuye». También indica que es un calco del término francés soi-disant (soi, se, a sí mismo y disant, dicente, que dice). Algunos de sus sinónimos son: supuesto, autoproclamado, pretendido o autodeterminado.

La sedicencia viene de muy lejos, puede encontrarse en la Apología de Sócrates y Cármides, entre otros diálogos platónicos10. Ortega y Gasset también la tenía localizada y, como Sócrates, no estaba demasiado tranquilo, pues la tildaba como «la raíz de todos los males». De modo vehemente afirma que:

El pecado original radica en eso: no ser auténticamente lo que se es. Podemos pretender ser cuanto queramos, pero no es lícito fingir que somos lo que no somos, consentir en estafarnos a nosotros mismos, habituarnos a la mentira sustancial11.

Esta reflexión del gran filósofo madrileño aparece, curiosamente, en su famoso libro Misión de la Universidad12. Puede servirnos como el tentempié de lo que vendrá en sucesivos capítulos. No hace falta darle demasiadas vueltas para concluir que la colección de problemas que trae la sedicencia puede ser considerable. Sin embargo, el asunto es más complejo de lo que parece y requiere ser analizado con calma.

Detengámonos en la definición de sedicente. Admite por lo menos dos interpretaciones. La primera: que la persona que se atribuye un título o condición que no le corresponde sea consciente de lo que hace y de lo que dice. Imaginemos que fulano es un jugador de bolos y anda diciendo que gana todos los torneos en los que participa, incluidos los que pierde. Y que mengano se presenta como conde, cuando se sabe que no tiene ese título nobiliario ni se tiene constancia de que sea el consorte de una condesa. Fulano es un sedicente campeón de bolos, mengano un sedicente conde y ambos son unos mentirosos, farsantes y cuentistas. La segunda interpretación es la siguiente: que la persona que se atribuye un título o condición que no le corresponde lo haga por desconocimiento, ignorancia o falta de información. Podría ser, por ejemplo, el caso de Zutano. Otra persona que también juega a bolos, que también dice que siempre gana, pero que no sabe cómo se contabilizan las tiradas o qué es un strike o un doble, vamos, que no tiene ni pajolera idea de las reglas de los bolos. Incluso podría ser que, en casa, en el colegio o vaya usted a saber dónde, le hayan inculcado tirria a la derrota y cebado de orgullo, y no es que no acepte perder, sino que no sabe perder en sentido literal. Aquí no se debería hablar de individuos mentirosos y malintencionados. Puede pensarse que estos últimos casos son propios de niños y los primeros de personas adultas, pero nada más lejos de la realidad. Los pequeñajos también saben mentir de manera voluntaria, vaya si saben, y las personas de una cierta edad pueden decir embustes sin ser conscientes de ello, y tanto que sí.

La sedicencia consciente y voluntaria no aporta nada bueno. Algunos se han dedicado a estudiar cómo las personas nos hemos mentido desde tiempos inmemoriales y presentan un panorama complicado, no acaban de ver que llegue el día en el que nos digamos verdades13. Ciertamente, el poder de la mentira podría aumentar conforme vaya pasando el tiempo, de momento ya se pueden tramar, enviar y recibir falsedades sin demasiado esfuerzo, basta con abrir el teléfono móvil, tener algún enemigo y no saber aburrirse. Fastidia una barbaridad que la mentira salga gratis y hasta rentable o que haya mentirosos que se van de rositas, por eso hay que poner todo el empeño en identificarlos, ayudarlos, advertirlos o juzgarlos si procede. Es necesario analizar cada caso y cada situación. En fin, la mentira es un peligro constante y quien diga lo contrario miente, o sea que también está conforme con nosotros.

Pero no es mejor la sedicencia involuntaria, ni mucho menos, con ella los problemas también están servidos. Sin embargo, con la sedicencia involuntaria sucede algo curioso. Es como si se hubiera llegado a un acuerdo social. No hay problema en ignorar lo que uno dice que es, no pasa nada si, desde el desconocimiento, cada cual se atribuye la condición que considere oportuna o le venga en gana. Será porque en esta disparatada situación no nos hacemos daño, nos ahorramos dolores de cabeza e incluso nos podemos llevar alguna alegría que otra. Entre todos hemos arado el campo, plantado las semillas y regado la planta de esta sedicencia que, como ya se ha dicho, debería preocuparnos. No obstante, ha habido promotores que vale la pena conocer, no para culparles, eso sería injusto, sino para tenerlos localizados.

En manos de un sujeto indeterminado

¿Cómo se crea la sedicencia involuntaria?, ¿de qué y de quiénes se alimenta?, ¿en qué condiciones se mantiene?, ¿dónde están sus enemigos?, ¿cuáles son sus apologías y sus oprobios? Aunque este tipo de cuestiones requieren un libro aparte, trataremos de responderlas de manera sucinta. El principal lema de la sedicencia involuntaria puede ser este: ahorrémonos la tarea de pensar por nosotros mismos. Pensar, ¡menudo trabajo!, acostumbra a ser arduo y peliagudo, requiere tiempo y paciencia, hay que contar con otros y con cosas y hasta puede resultar doloroso e insoportable. ¡Pero ay, amigo!, no se puede dejar correr, para sobrevivir es necesario pensar, tanto como respirar o comer. La alternativa y solución es ceder la tarea de pensar, dejarla en manos de otros. Ciertamente, a la hora de pensar nunca estamos solos, sino en una urdimbre de interlocución14. Pensamos las cosas y nuestras cosas gracias a otras voces. Cada comunidad dispone de un lenguaje, horizontes de significados, prácticas o costumbres. Nada de eso es eterno, pero sí es de referencia. En otras palabras, pensamos a partir de un mapa compartido que admite desacuerdos y acuerdos y que, por lo tanto, nunca está cerrado del todo.

Pero aquí no se está criticando el pensar conjunto que, como se acaba de decir, resulta inevitable y hasta es saludable desde muchos puntos de vista. Se está señalando que cuando llega el momento de pensar por nosotros mismos, se acostumbra a traspasar esa obligación. Lo que debería hacer uno mismo lo hacen otros, en sus tejados dejamos los criterios y hasta el sentido común15. Cuando lo que toca es pensar por cuenta propia y bajo nuestra propia responsabilidad, nos acostumbramos a lavar las manos como Poncio Pilato. Así se anda más tranquilo y liberado, menos nervioso y comprometido.

La tarea de pensar, como dice Alejandro Llano,

se transfiere a uno cualquiera que no es nadie en particular ni tampoco todos en general, sino un uno indeterminado y envolvente. Ese tal sujeto indeterminado, pero no por ello menos real, es el que impone sus decisiones y nos somete de manera inapelable16.

A partir de ahora, lo llamaremos así: sujeto indeterminado. Es difícil ponerle un nombre y unos apellidos, pero es posible conocer, o por lo menos intuir, lo que ha decidido pensar por y para nosotros. Sus ideas nos colman de atenciones y nos pueden mantener contentos, pero nos conducen por la senda de la sedicencia involuntaria. Vamos a presentarlas por separado por una cuestión de claridad expositiva, pero sería bueno considerarlas de manera conjunta, pues así es como actúan e inciden en nosotros. Tampoco están ordenadas por importancia porque cada una de ellas tiene la suya. Vayamos a por la primera. El sujeto indeterminado ha decidido lo siguiente: hay que hacer todo aquello que maximice la utilidad, entendiendo que lo útil es lo que reporta placer o felicidad, o si se prefiere así, cualquier cosa que evita dolor o sufrimiento. ¿No hemos nacido para eso, para buscar una alegría tras otra y esquivar las desdichas?, ¿y no queremos un país, unos gobernantes, familias y profesores que nos ayuden a conseguir tales cosas? El utilitarismo, especialmente el de Jeremy Bentham17, es bastante convincente, por no decir convincente del todo.

Se tiene claro que en esta vida cada uno debe encontrar todo aquello que le haga feliz, intentar saciar sus intereses y preferencias, es decir, quedarse con sus utilidades favoritas. Y también entre todos tenemos que seleccionar qué cosas provocan malestar o tristeza a la mayoría, para reconstruirlas, reducirlas o liquidarlas. Cuesta estar en contra de una propuesta tan apetitosa. Se está hablando de una felicidad a la carta y de una comunidad que se dedique a ampliar y actualizar esa carta todo lo que sea necesario. Se está hablando de una felicidad que también podría llamarse de barra libre.

Pero no deberíamos prometérnoslas tan felices. El sujeto indeterminado se calla cosas que son importantes o quizá es que no les dedica demasiada atención. Que la vida no es un camino de rosas sin espinas, que hay proyectos de supuesta felicidad que son perjudiciales para la salud física, mental, social y ecológica o que no hay derechos sin deberes, son algunas de ellas. El placer y la felicidad tienen la contrapartida del desagrado y el sufrimiento, van de la mano, es más, algunos dirían, y con razón, que los momentos placenteros y felices llegan con cuentagotas y que cuando llegan es porque antes se ha pasado por complicaciones. Eso de que la vida es dura es una verdad de campeonato. Veamos un sencillo ejemplo con el que podamos vernos identificados. Está claro, es más útil ver la película Troya18que leer el libro en el que está basada: La Ilíada19. Sentarse en el sofá de casa o en la butaca del cine y ver una superproducción de unos 160 minutos de duración da mucho más placer que entretenerse con un tocho que supera las 500 páginas. Sin embargo, algo nos dice que leer La Ilíada es más enriquecedor que ver Troya. Quienes han leído ese libro saben mucho mejor de qué va la guerra de Troya, eso seguro, y hasta se podría afirmar que han disfrutado más, a otro nivel, que los millones de espectadores que han visto la película. El propio Stuart Mill, santo y seña del utilitarismo precisamente, reconoce que lo más placentero no siempre es lo más útil y lo mejor para la persona; humaniza el utilitarismo puro y duro,

Las facultades humanas de percepción de juicio, capacidad de discriminación y actividad mental, e incluso las preferencias morales, se ejercitan solo cuando se elige. […] Quien deja que el mundo, o su parte de mundo, elija su plan de vida por él, no necesita de otra facultad que la simiesca de imitar. Quien elige su plan, emplea todas sus facultades20

e insiste en el error que se comete cuando no se apuesta por las facultades humanas superiores, a través de un par de sarcásticas frases que no tienen desperdicio:

Es mejor ser un humano insatisfecho que un cerdo satisfecho, es mejor ser Sócrates insatisfecho que un idiota satisfecho. Y si el idiota o el cerdo son de otra opinión, es porque solo conocen su propio lado de las cosas21.

La segunda idea que defiende el sujeto indeterminado que piensa por nosotros también tiene que ver con la utilidad, pero en otro sentido. Necesitamos y queremos conocer cosas. La historia de la humanidad lo demuestra perfectamente. Lo que ignorábamos ayer lo hemos averiguado hoy, cada día que pasa sabemos más de más cosas, agrandamos el conocimiento de cualquier tema que se ponga por delante, no estamos dispuestos a que nada se nos resista. Llevamos el proyecto ilustrado corriendo por las venas y el sapere aude escrito en nuestras frentes. No tenía sentido permanecer en un estado de infancia mental para que algunos, como Aristóteles y compañía, nos dijeran cómo funciona el mundo, la vida y por dónde había que tirar. La Ilustración, básicamente ella, nos ayudó a madurar. Además, y aquí viene lo fundamental del asunto, lo que buscamos debe llevar el certificado de útil en tanto que práctico. Utilidad y practicidad se convierten en sinónimos. El pragmatismo, impulsado principalmente por Charles Sanders Peirce, William James y John Dewey, ha tenido un éxito rotundo22. De poco o nada sirve conocer por el simple hecho de conocer, ensimismarse o mirar las musarañas, se adelanta mucho más buscando las consecuencias prácticas del pensamiento. Un conocimiento es conocimiento si es práctico, si se puede utilizar en el día a día o cuando se necesite. El criterio de verdad de un conocimiento está en su eficacia y eficiencia. Richard Rorty, otro pragmatista convencido, lo dice con meridianas y contundentes palabras: «La finalidad de la indagación es la utilidad, y existen tantas herramientas distintas y útiles como fines a realizar»23. La propuesta parece convincente, al fin y al cabo, ¿qué gracia tiene conocer cosas que no ofrezcan rendimiento alguno?, ¿quién está dispuesto a perder tiempo, esfuerzo y dinero en aprender cosas que no sirvan?

Sin embargo, y aunque suene raro, no es una propuesta demasiado práctica, por lo menos para esta vida. Gustará más o menos, pero hay conocimientos que desprenden utilidad por todos sus poros y que el pragmatismo no los tiene en consideración. Son tildados de inútiles por no poder demostrar su practicidad24. Y cabe preguntarse si no es verdad que cualquier conocimiento es práctico por el hecho de ser conocimiento más que por la practicidad que pueda demostrar. El pragmatismo podría hacer aguas y la propia Ilustración haber fracasado25, o por lo menos, no haberse desarrollado de manera completa o tal y como estaba planificada. Algo así consideran autores como Horkheimer y Adorno, dos de los mejores analistas de ese movimiento que revolucionó el mundo. «La Ilustración ha desechado la exigencia clásica de pensar el pensamiento […] porque tal exigencia distrae del imperativo de domeñar la praxis»26.

Pensar el pensamiento, o también podría decirse filosofar, es una necesidad humana de primer orden y universal, no incumbe únicamente a filósofos e intelectuales. Y no solo eso, sino que es una de las tareas más prácticas y rentables que uno pueda imaginar. Entre sus beneficios destaca el acceso a la teoría, que es lo que ilumina cualquier técnica, práctica y procedimiento. La teoría de una utilidad da sentido a esa utilidad, consigue que se vea con claridad, sirve para desenrollarla, y lo que es la vida, a quienes explican teorías se les suele ver como individuos que sueltan rollos. Solo se salvan los que plagan las teorías de ejemplos, soluciones, pautas o casos de éxito, en fin, si demuestran que a las teorías que están explicando se les puede sacar algún beneficio y rapidito a ser posible. Pero quizá el mayor beneficio de pensar el pensamiento sea el de pensarse uno mismo. El resultado de esa tarea también tiene un valor práctico incalculable. ¿Cómo tasar, por ejemplo, el valor práctico que tienen aquellas 147 frases atribuidas a los Siete Sabios de la Grecia Clásica?27 ¿No es útil el autoconocimiento o meditar sobre esos preceptos délficos, más si cabe en los tiempos que corren? Conócete a ti mismo, quizá sea el más famoso de todos. Conocerse a uno mismo no tiene precio. Sin ir más lejos, es imprescindible para amar, porque solo se llega a amar lo que se conoce, porque quien no se ama no puede amar a nadie ni a nada, no se puede dar lo que no se tiene; y porque quien no ama a los demás ni se ama a sí mismo, ya sabemos cómo va por la vida.

Pero hay muchos otros preceptos que no tienen desperdicio por ser útiles a más no poder, entre otros: reflexiona sobre lo que hayas escuchado, manda de ti mismo, ama la amistad, no censures, aléjate del mal, ten trato con los sabios. Esos preceptos no cotizan en bolsa, ya lo sabemos, incluso uno puede salir escaldado si se los aplica, pero ayudan a ser mejor de lo que uno ya es. Es más, aún está por ver si no es verdad que cuanto menos pueda ser justificado un pensamiento en términos de utilidad y beneficios tangibles o de acuerdo con una ganancia en el mercado, más alto es su valor humanizador28