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"Los charros son tipos populares que han tenido su propia trayectoria, tanto en España, vinculados a la provincia de Salamanca, como en México, donde han llegado a ser considerados un símbolo nacional. Los estereotipos relacionados con ellos comenzaron a forjarse en el siglo xix, en el contexto de las guerras de independencia y en pleno auge de los nacionalismos liberales. No obstante, estos jinetes heroicos no surgen de la nada: son herederos de una tradición histórica y mítica que el poder político ha utilizado a lo largo de los siglos para justificarse en términos ideológicos, refiriéndose frecuentemente a la confrontación entre la civilización y lo salvaje, entre lo autóctono y la alteridad. Una de las principales virtudes de dichos relatos consiste en que consiguen generar figuras emblemáticas y heroicas que vinculan, a quienes se identifican con ellos, a una tierra y a un pasado idílico. En este libro, el análisis histórico y etnográfico se complementa con el estudio de los relatos fundacionales que preceden al origen de los Estados nacionales; mostrándonos la manera en la que el mito ha reproducido y establecido criterios de verdad, transformándose y adquiriendo nuevas formas en el presente; evidenciando las rupturas y los nuevos derroteros que han tomado dichos relatos en los actuales contextos políticos y sociales; así como exponiendo la manera en que las sociedades amerindias contemporáneas los han adaptado a sus propias lógicas culturales. El caso de los charros es propicio para pensar en términos comparativos; para contemplar que es posible derrumbar los muros que hemos levantado entre la historia y el mito; para revelar la habitual convivencia entre las diversas maneras de generar memoria, que se manifiestan en la oralidad, la escritura y la actividad ritual, entre otras. El libro describe, a partir de dichas narrativas, los múltiples rostros de los vaqueros charros, los cuales han adquirido dimensiones míticas, a la vez que ocupan un espacio importante en las historiografías nacionales."
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Seitenzahl: 668
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Antropología comparada de los charros en España y en México
Héctor Medina Miranda
Vaqueros míticos. Antropología comparada de los charros en España y en México
© Héctor Medina Miranda
Primera edición enero de 2020, Ciudad de México, México
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© Editorial Gedisa, S.A.
Avda. Tibidabo 12, 3°
08022 Barcelona, España
Tel. 93 253 09 04
www.gedisa.com
eISBN 978-84-17835-58-3
Esta publicación se realizó en el marco del proyecto de Ciencia Básica CONACyT 243126.
Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o cualquier otro idioma.
A Coqui, Alicia y Luis
España… sobre tu vida, el sueño; sobre tu historia, el mito; sobre el mito, el silencio…
León Felipe
El hombre contemporáneo ha racionalizado los mitos, pero no ha podido destruirlos. Muchas de nuestras verdades científicas, como la mayor parte de nuestras concepciones morales, políticas y filosóficas, sólo son nuevas expresiones de tendencias que antes encarnaron en formas míticas. El lenguaje racional de nuestro tiempo encubre apenas a los antiguos mitos. La utopía, y especialmente las modernas utopías políticas, expresan con violencia concentrada, a pesar de los esquemas racionales que las enmascaran, esa tendencia que lleva a toda sociedad a imaginar una edad de oro de la que el grupo social fue arrancado y a la que volverán los hombres el Día de Días.
Octavio Paz
Se diría que los universos mitológicos están destinados a ser desmantelados apenas formados, para que nuevos universos nazcan de sus fragmentos.
Franz Boas
Prólogo
Introducción
Primera parte. Héroes, toros y alteridad
Capítulo I. El mito de Hércules y el robo del ganado
Capítulo II. Los herederos del héroe mítico y su empresa “civilizadora”
Capítulo III. Toros, alteridad y fiesta nacional
Capítulo IV. Las otras fiestas de toros y el salvaje autóctono
Capítulo V. Entre el totemismo y la cópula sacrificial
Segunda parte. El charro salmantino, símbolo provincial
Capítulo VI. Antiguas fiestas taurinas y ecuestres en la provincia de Salamanca
Capítulo VII. El charro salmantino en la alteridad
Capítulo VIII. La conformación del símbolo provincial salmantino
Capítulo IX. Tierra de charros
Capítulo X. El traje tradicional
Capítulo XI. Música, bailes y danzas
Capítulo XII. Actuales fiestas taurinas y ecuestres en la provincia de Salamanca
Tercera parte. El charro mexicano, símbolo nacional
Capítulo XIII. El ganado mayor en suelo novohispano
Capítulo XIV. Héroes, alteridad y fiestas taurino-ecuestres en la Nueva España
Capítulo XV. Nuevos héroes para una nación emergente
Capítulo XVI. El traje del charro y sus parejas imaginarias
Capítulo XVII. Orquestas “típicas”, mariachis y charros cantores
Capítulo XVIII. La charrería, el “deporte nacional” mexicano
Capítulo XIX. La reinvención del charro
Cuarta parte. Los charros en ambos lados del Atlántico
Capítulo XX. ¿De dónde son los charros?
Capítulo XXI. Charros y toreros, nuevos héroes “civilizadores”
Capítulo XXII. Ímpetus “civilizadores” y violencia lúdica
Capítulo XXIII. El héroe mítico y algunas de sus metamorfosis
Capítulo XXIV. Otros derroteros del charro mexicano
Conclusiones
Bibliografía
La primera versión de este libro apareció en España en 2013, publicado por el Instituto de las Identidades de la Diputación de Salamanca, con un tiraje de 500 ejemplares, que se preparó bajo la esmerada coordinación de Juan Francisco Blanco. La publicación representó un enorme esfuerzo para los editores, ya que en aquellos años iniciaba una fuerte crisis económica en Europa, y se comenzaban a aplicar planes de austeridad. Esto explica que su difusión no fuera muy amplia, y porqué dicho texto sigue siendo desconocido en este lado del Atlántico. Como no cabe la menor duda de que se trata de un tema de amplio interés en México, decidí preparar esta edición ampliada y revisada. El lector que conozca la versión anterior notará que los apartados han sido reformulados y revisados, y la bibliografía, actualizada y corregida. La mayor parte de los cambios y adiciones se han llevado a cabo en la primera y en la cuarta parte, donde se encontrará también que he agregado un capítulo a cada una de ellas. Esta incorporación pretende apuntalar la postura teórica que ya se expresaba en la edición anterior, pero que no se había detallado. Esto permitirá precisar un poco más las contribuciones de la investigación, y reforzar algunos aspectos que soy consciente de haber dejado en el aire. También he procurado eliminar reiteraciones que quizás hacían más cansada la lectura.
El título original de la obra era Los charros en España y en México. Estereotipos ganaderos y violencia lúdica, pero ha cambiado para distinguirlo de esta versión revisada y ampliada. Además, debo mencionar que particularmente por el subtítulo, algunas personas llegaron a imaginar que se trataba de un trabajo antitaurino, pero ésa no es la postura. Considero que las fiestas de toros son fenómenos de gran interés antropológico, que deben ser analizados sin las pasiones encontradas de los más reacios opositores o de los entusiastas panegiristas. Más importante es prestar especial atención a las transformaciones que estos eventos muestran sobre el amplio territorio en el que se han cultivado. Para ello es necesario echar mano de la antropología comparada, del “saber de la variabilidad cultural, que necesariamente debe relacionar las diferentes producciones culturales en la historia de nuestra especie” (Detienne, 2007 [2005], p. 9). De ahí que este trabajo haya tenido que recurrir a la combinación del método antropológico con el histórico. El principal objetivo es el análisis de los mitos que han dado forma a los charros salmantinos y mexicanos, labor que también exige el conocimiento del contexto etnográfico de las sociedades donde se genera esta materia mítica.
Por último, debo aclarar que al hablar de mitos no pretendo juzgar que dichos discursos sean simples pamplinas, delirios individuales, engaños o falsedades necias. Nada de eso, el mito es un recurso que reproduce y establece criterios de verdad, otorgando sentido a las cosas. Parafraseando a Foucault (1999 [1969]), podemos decir que los períodos de la historia poseen ciertas condiciones fundamentales de verdad –o epistemes– que determinan lo que es aceptable y lo que no. Las epistemes que han dado lugar al charro suelen florecer en los mitos generados por la ideología política, cuyas condiciones han cambiado a través del tiempo. El estudio de estos sistemas y sus transformaciones, son la principal motivación de este libro. Dicho esto, sólo resta agradecer a mis apreciados lectores, esperando que este trabajo anime a la discusión de los fenómenos sociales aquí abordados.
En España y en México los charros son estereotipos ganaderos y símbolos colectivos que nacen paralelamente en la primera mitad del SIGLO XIX, momento en el que en ambos países tienen lugar las guerras independentistas, y se gesta el proceso de construcción de los estados-nación. En este contexto, los charros aparecen como figuras heroicas, idealizadas por su intervención en dichos conflictos armados, adquiriendo una dimensión desmesurada. Se trata de héroes populares, provenientes de un ámbito social devaluado, que serían empleados como nuevos referentes colectivos con los que el pueblo podía identificarse en la categoría de ciudadano, remplazando a los monarcas absolutos en el imaginario colectivo. El romanticismo, los estudios de folclore y la reconstrucción ideológica, ubicada entre el mito y la historia, contribuirían de manera importante en la conformación de estos nuevos símbolos.
Estamos ante un fenómeno muy frecuente en las sociedades occidentales modernas, donde el mito tiene como una de sus formas de manifestación privilegiada, ciertos discursos que se pretenden históricos, en los que –como diría Caro Baroja (1992)– se producen falsificaciones a través de la invención de textos que se suponen pretéritos, o elaborando discursos fabulosos. Esto nos ubica en una situación muy similar a la que tendría que enfrentarse el etnógrafo que descubre los juegos de manos empleados por un curandero, procedimientos con los que trata de demostrar que ha extraído del cuerpo de su paciente algunos objetos que mágicamente fueron introducidos. En nuestro caso, como en el del hipotético etnógrafo, carecería de relevancia concentrarnos en denunciar supuestas falsedades etiológicas. Para nuestra empresa será más importante analizar, en términos antropológicos, cómo estas prácticas forman parte y operan en el ámbito cultural, su contenido simbólico y su relevancia social, así como cuáles son los discursos que les dan fundamento y se elaboran en la reproducción de las tradiciones.
En España, el charro es un símbolo de la provincia de Salamanca. En México, el charro es considerado un “símbolo nacional”, y se ha convertido en un importante producto mediático que ha recorrido el mundo con la música “vernácula” y las historias románticas que el cine le ha confeccionado. Actualmente, hay un número importante de personas que se identifican con estos estereotipos: citadinos que sienten nostalgia por un pasado rural, grandes y pequeños propietarios de tierras ganaderas, así como aldeanos salmantinos y rancheros mexicanos que buscan el ennoblecimiento de la vida en el campo. Todos ellos suelen converger en asociaciones folclóricas, principalmente de carácter urbano, que se entregan a la defensa de lo que consideran un “patrimonio cultural”. Se trata de sociedades alternativas en el mundo moderno, de agrupaciones tradicionalistas y conservadoras que apelando a un origen común y a una autenticidad regional, pretenden mostrarse como emblemas de lo más representativo de sociedades más amplias, complejas y culturalmente plurales.
Sin embargo, todo hay que decirlo, los charros son símbolos de identidad no prioritarios, es decir, existen otras identidades que las personas anteponen a la del estereotipo ganadero. Por ejemplo, los salmantinos consideran más relevante auto-definirse como españoles, castellano-leoneses u originarios de un pueblo determinado, o diferenciarse por la edad, la posición social o la ocupación. Incluso, pareciera más importante para ellos decantarse entre simpatizar con la política de derecha o de izquierda, ser católicos o apóstatas, o sentirse hinchas del Real Madrid o del Barcelona. La misma situación se observa en México, donde el estereotipo ganadero es “un símbolo nacional”, pero muy pocos se atreverían a afirmar que son charros, prefiriendo definirse sólo como mexicanos u originarios de un estado o poblado en particular. No obstante, en ambos casos, identificarse como charro se convierte en una prioridad cuando las personas se adscriben a alguna agrupación folclórica, o cuando participan en determinados festejos, especialmente, en aquellos de tipo taurino-ecuestre. De ahí que este libro se haya centrado en el análisis de los perfiles estereotípicos, la violencia lúdica que les es inherente, y los discursos míticos que les justifican.
Los charros de ambos lados del Atlántico comparten una especial afición a las fiestas taurino-ecuestres, en las que destaca el juego para burlar y someter bovinos. Dicha actitud ya la encontramos en el Antiguo Régimen y su toreo caballeresco, en el que la lucha contra los bovinos se equiparaba con la conquista “civilizadora” que –según el mito fundacional– realizó Hércules en la península ibérica, así como con las guerras en defensa de la religión que la monarquía emprendió contra la herejía y el paganismo. Además de las corridas en las que la nobleza alanceaba toros a caballo, existían un conjunto de celebraciones en las que la gente del pueblo se enfrentaba a pie con los bovinos. Estos dos tipos de celebraciones formaban parte de un mismo complejo festivo que se introdujo en América desde el SIGLO XVI, adquiriendo características propias en el contexto colonial.
En el transcurso del SIGLO XVIII, el toreo caballeresco cayó en desuso y empezó a configurarse la tauromaquia, una nueva versión que se definiría como heredera de dicha práctica nobiliaria. El toreo moderno se difundió muy pronto por todo el continente americano, conviviendo con las prácticas taurino-ecuestres locales. Para entonces, las transformaciones del complejo festivo europeo ya habían dado lugar al surgimiento de las tradiciones de los jinetes ganaderos mestizos, tipos populares que se convirtieron en símbolos nacionales a partir de las guerras independentistas. Me refiero a los charros mexicanos, los cowboys estadounidenses, los llaneros venezolanos y colombianos, los qorilazos peruanos, así como los gauchos argentinos y uruguayos.
De hecho, los charros mexicanos compartieron escenario con los toreros modernos, hasta el momento en el que sintieron la necesidad de crear un espectáculo propio que los distanciara de la “fiesta nacional” española. Así nació la charrería, festejo taurino-ecuestre que llegaría a ser considerada el “deporte nacional” mexicano. Por su parte, los charros salmantinos adoptaron la tauromaquia, pero también conservaron algunas de sus tradiciones taurino-ecuestres, a pesar de los panegiristas del toreo moderno, quienes acusaban a las corridas populares de “bárbaras” y “salvajes”.
Tanto los héroes del Antiguo Régimen como los toreros modernos, han influido de manera sustancial en la configuración de los charros que aquí estudiamos, y han dejado una huella indeleble en sus tradiciones, por lo que será preciso comenzar por el análisis de estas figuras heroicas y sus celebraciones. El propósito será describir, desde una perspectiva comparativa, los procesos a través de los cuales se conformaron los perfiles de los charros en España y México, explicar su cristalización, transformación y persistencia. En este recorrido demostraremos que los charros y sus prácticas taurino-ecuestres son transformaciones paralelas de los modelos del Antiguo Régimen, que se adaptan a nuevos contextos políticos y sociales. Asimismo, veremos que todos ellos destacan por su ambigüedad, y que simultáneamente, son fundadores de un nuevo orden y personajes trasgresores de las normas sociales, característica que comparten con los héroes que los estudiosos de los mitos han identificado como tricksters.
A lo largo de la descripción del proceso de conformación de las figuras charras, se demostrará también que los discursos a través de los cuales se construyen pueden ser analizados de manera análoga a los mitos, no en la búsqueda de una versión prístina o más completa, sino con el objeto de comprender la manera en que se elaboran y reproducen los elementos de los relatos. Explicaremos cómo los mitos que sustentaban a los toreros del Antiguo Régimen fueron desmantelados para construir, a partir de sus escombros, nuevos discursos sociales del mismo tipo. Desde esta perspectiva podremos derrumbar la barrera imaginaria que hay entre mito e historia, de manera que se abra la posibilidad de analizar comparativamente narraciones –de distinta índole– producidas en el mundo occidental, y su relación simbólica con otras provenientes de sociedades no occidentales, entre las que se encuentran los indígenas americanos.
Veremos que con frecuencia en estos casos, la historia y los estudios de folclore han desempeñado la misma función que tienen los mitos, presentando las tradiciones como un conjunto de costumbres que han permanecido intactas desde tiempos inmemoriales. Al respecto resulta muy significativo que de acuerdo con las normas que dictan los tratados de folclore, los trajes charros deban mantener las características que presentaban en el SIGLO XIX –no antes ni después–, y que lo mismo suceda con otros elementos que se consideran representativos. Sin embargo, sabemos que las tradiciones se transforman de manera inevitable, ya que como bien ha observado Sahlins (1988 [1985], p. 136), el uso de conceptos convencionales en contextos empíricos, somete los significados culturales a revaluaciones prácticas para adecuarse a la realidad.
Ya en los textos en los que se fundamentan los folclores charros, encontramos una actualización de las tradiciones, transformación que Lévi-Strauss había observado en sus análisis de las mitologías americanas. Según el etnólogo francés, los mitos se transforman por dos vías, sin dejar de existir: “la de la elaboración novelesca y la de la reutilización con fines de legitimación histórica. Esta historia, a su vez, puede ser de dos tipos: retrospectiva, para fundar un orden tradicional en un lejano pasado, o prospectiva, para hacer de tal pasado el primordio de un porvenir que empieza a esbozarse” (1979 [1971], p. 253). En el tema que aquí nos ocupa, veremos que los charros se convierten en auténticos personajes míticos, y los relatos acerca de ellos optan tanto por la elaboración novelesca como por la legitimación histórica. Incluso, en ocasiones encontraremos que ambos aspectos se entremezclan en obras como La batalla de los Arapiles de Benito Pérez Galdós o en Astucia… de Luis G. Inclán. En el contexto del nacimiento de los estados nacionales español y mexicano, textos como los antes citados buscan fundar un nuevo orden tradicional en el lejano pasado, que a la vez se asume como el origen de un futuro que se empieza a gestar. Veremos que muchas de las obras acerca de los charros adquieren formas literarias, históricas o científicas, pero que éstas –parafraseando a Octavio Paz (1998 [1950], pp. 257-258)– sólo son nuevas expresiones que antes encarnaron en formas míticas, las cuales son parcialmente encubiertas por el lenguaje racional de nuestro tiempo.
De esta manera reconstruiremos el proceso de conformación de los símbolos colectivos charros, así como de un discurso mítico complejo que se manifiesta en relatos verbales y escritos, en contextos festivo-rituales, o en representaciones visuales y musicales. Coincido con Lévi-Strauss (1996 [1964], p. 14) en que es necesario rechazar las opiniones demasiado apresuradas acerca de lo que es mítico y lo que no lo es, a favor de reivindicar –para nuestro uso– toda manifestación de la actividad mental o social de las sociedades estudiadas, que permita completar el mito o alumbrarlo, pese a que no constituya un acompañamiento obligado de éste.
Debo agregar que el punto de partida de esta investigación fue el registro etnográfico de las celebraciones taurino-ecuestres charras, y el levantamiento de entrevistas en el centro y occidente de México, así como en la provincia española de Salamanca. No obstante, a lo largo del trabajo de campo se hizo evidente que además de dicha recolección de datos, sería necesario recurrir a las fuentes documentales en las que se establecen las normas de las costumbres a las que pretenden mantenerse fieles, y a los relatos –que a la manera del mito– dan coherencia a la reproducción de la tradición. Buena parte de los textos con los que empecé a trabajar fueron sugeridos por los mismos charros, e incluso, algunos fueron escritos por charros famosos. Así, en el presente trabajo, el método antropológico se combinó con el análisis histórico para describir las relaciones entre diferentes discursos y prácticas que forman parte de un mismo grupo de transformaciones.
Como ya he mencionado antes, para abordar el análisis de los procesos a través de los cuales se conformaron las figuras de los charros, es necesario comenzar por describir y analizar los modelos y los discursos míticos que les precedieron. Así, en la primera parte de este texto nos adentraremos en los prototipos heroicos del Antiguo Régimen, prestando especial atención a Hércules, el ladrón de ganado que según el mito incorporado en la historia fundó la monarquía española, y cuya misión continuó la casa real en América. Esta misión “civilizadora” cobró también dimensiones religiosas a través de la figura de Santiago Matamoros, que se convertiría en el caballero mataindios al otro lado del Atlántico. En el toreo caballeresco de la época, se representaba esa lucha a favor de la “civilización”. Además, se analiza cómo la nobleza empleó estos elementos para distinguirse del pueblo llano, sector del que provienen los charros y los toreros modernos, con sus festejos taurino-ecuestres particulares. Respecto de la tauromaquia, se describe la manera en que ésta trata de reivindicarse como continuadora del toreo caballeresco en sus discursos de origen, y cómo adquiere una posición de autoridad frente a las corridas populares. Veremos también cómo la historia y la antropología han pensado el origen de dichas prácticas muy propias de los charros.
El análisis de la primera parte pretende también aportar elementos generales que permitan explicar la manera en que el mito y la historia dialogan construyendo relatos sobre los que se fundamentan los símbolos colectivos. En esa misma tónica abordaremos el caso de los charros de España y de México, tema que nos ocupa en la segunda y tercera parte, respectivamente. En cada apartado comenzaremos analizando el impacto del toreo caballeresco y bosquejando en qué consistían las celebraciones populares en cada caso. Posteriormente, ahondamos en la descripción del proceso que convirtió a los charros en símbolos colectivos, su transformación de miembros de una alteridad devaluada a personajes emblemáticos, el papel del romanticismo y el folclore en ese proceso, y las fiestas taurino-ecuestres charras actuales, las cuales siguen dialogando con el toreo caballeresco y la tauromaquia moderna.
La cuarta parte está dedicada a hacer un balance desde una perspectiva comparativa. En ésta se discute la posibilidad de encontrar los orígenes de los charros, así como el papel del “proceso de la civilización” –como lo llamó Norbert Elias– y de los mitos nacionales. Finalmente, haremos un balance en torno a los mitos y las ideologías políticas, para bosquejar brevemente los nuevos caminos que han abierto los charros mexicanos en los mitos de los indígenas del occidente mexicano –tierra que se reputa como la más charra–, tratando de explicar cómo se han incluido en las lógicas amerindias. Si este trabajo consigue explicar la manera en la que los héroes de la historia adquieren dimensiones míticas, y cómo los héroes míticos han llegado a habitar la historia, nuestro objetivo se habrá cumplido.
La nobleza europea reclamó con frecuencia a Hércules como antecesor y parte integrante de su linaje. En cada territorio se destacaba el episodio hercúleo más vinculado al país: “En Italia, por ejemplo, se impuso la historia de Hércules y Caco, episodio exclusivo de la mitología romana; en Francia, la imagen de Hércules gálico; y en España, se resaltó, sobre todo, la colocación de las columnas de Hércules en el estrecho de Gibraltar” (López Torrijos, 1995 [1985], p. 140). Dichas columnas fueron colocadas durante uno de los doce trabajos del héroe, el cual consistía en viajar a la península ibérica para robar el ganado de Gerión. En este episodio, el bovino se nos presenta como un elemento distintivo del ámbito hispano, cuyo control representa un acto civilizador y legitimador del poder de la nobleza.
Desde la antigüedad, la imagen de España se ha vinculado al ganado bovino. Estrabón, en el libro III de su Geografía nos dice que “Iberia se asemeja a una piel de buey extendida a lo largo de Oeste a Este con los miembros delanteros en dirección al Este, y a lo ancho de Norte a Sur” (III, p. 1, p. 3).1 Líneas más adelante menciona la abundancia de ganado que otros autores griegos observaron en Gádira, actualmente Cádiz, así como la creencia de que a partir de esto se ha forjado el mito de los rebaños de Gerión (III, p. 5, p. 4), rey gigante de tres cabezas y cuerpo triple, cuya riqueza consistía en ganado vacuno.
El mito cuenta que Hércules asesinó a sus hijos en un acceso de locura inducido por Hera. Recobrada la lucidez, emprendió doce trabajos como medio de expiación. Las representaciones más recurrentes del héroe lo muestran ataviado con una piel y portando una maza que talló para su primer trabajo, cuando se enfrentó con el león de Nemea. Muerta la fiera la desolló, se revistió con su piel, y la cabeza le sirvió de casco. Gerión aparece en el décimo trabajo, el cual consistía en robar las vacas rojas del rey tricéfalo y entregarlas a Euristeo. Apolodoro lo relata de la siguiente manera:
Como décimo trabajo le ordenó traer de Eritía las vacas de Gerión. Era Eritía una isla situada cerca del Océano, que ahora se llama Gadira. Ahí habitaba Gerión, hijo de Crisaor y de Calírroe, la hija de Océano […] Poseía unas vacas rojas que tenían por boyero a Euritión y por guardián a Orto, perro bicéfalo nacido de Equidna y Tifón. Así pues, marchando a través de Europa en busca de las vacas de Gerión, penetró en Libia después de aniquilar a muchas fieras salvajes; al llegar a Tartesos,2 levantó en los límites de Europa y Libia dos columnas como prueba de su paso, la una frente a la otra.3 Abrasado por Helio4 durante su viaje, dirigió el arco contra el dios, que, admirado de su valor, le regaló una copa de oro, dentro de la cual cruzó el océano. Cuando llegó a Eritía acampó en el monte Abante; el perro, en cuanto lo sintió, arremetió contra él, pero Heracles lo golpeó con la maza y dio muerte al boyero Euritión, que había acudido en auxilio del perro. Entonces Menetes,5 que se hallaba allí apacentando a las vacas de Hermes,6 comunicó lo sucedido a Gerión. Éste sorprendió a Heracles junto al río Antemunte cuando se llevaba las vacas y, tras entablar combate, pereció atravesado por una flecha. Heracles, por su parte, embarcó las vacas en la copa y, una vez que arribó a Tartesos, devolvió la copa a Helio (II, p. 5, p. 10).
Para los griegos, Iberia era la región más desconocida y exótica de toda la ecumene o tierra habitada. Lo anterior, aunado a su situación geográfica en el extremo occidental del continente, daba lugar a que se identificara con la morada de Hades, nombre del dios de los muertos, y por extensión, de la morada de ellos: el mundo subterráneo. De ahí que Menetes, el pastor de Hades, fuera testigo y tratara de impedir el robo que preparaba Hércules. Estrabón explica, analizando unas líneas de Homero, que esta asociación se debe a que Iberia se encuentra en dirección al sol poniente, donde termina la tierra, y a una confusión etimológica: “[…] la noche, por ser algo nefando, es también, evidentemente, noción cercana a la de Hades, y Hades a su vez a la de Tártaro;7 podría, pues, imaginarse que Homero oyera hablar de Tartessos e identificara desde entonces su nombre con el de Tártaro, el último de los lugares subterráneos […]” (III, p. 2, p. 12). Asimismo, en otro apartado debatía en torno a los efectos visuales y auditivos que se experimentaban en esa zona durante el crepúsculo (ibídem, III, p. 1, p. 5). Resulta significativo que los bovinos abundaran en la región más lóbrega y salvaje, características que como veremos más adelante, siguen acompañando la imagen de este ganado.
Los historiadores españoles incorporaron el mito de Hércules y Gerión en sus relatos, combinándolo con las leyendas católicas. A principios del SIGLO XIII, Rodrigo Jiménez de Rada escribe Historia de rebus Hispanie, recientemente publicada con el título de Historia de los hechos de España, donde señala que los iberos descienden de Tubal, hijo menor de Jafet y nieto de Noé (I, I-III). Narra que tras el diluvio universal, la descendencia de Noé construyó la torre de Babel, estructura que provocó la diversificación de las lenguas y la separación de la familia original para poblar el mundo. Tubal y sus hijos cruzaron los Pirineos y se establecieron en España. Ya asentados tuvieron distintos jefes, entre los que se cuentan Gerión y otros que llegaron en la época de Hércules.
Para Jiménez de Rada, Gerión era un príncipe rico en ganados que poseía tres reinos: Galicia, Lusitania y Bética, motivo por el cual considera que se le describe con tres cabezas en la mitología grecolatina (I, IV). Hércules, tras ocupar casi toda Asia, llegó a España, construyó las columnas del estrecho de Gibraltar, mató a Gerión para apropiarse de sus haciendas y construyó diferentes ciudades (I, IV-V). Hércules puso bajo el yugo de los griegos a los habitantes de las tierras conquistadas, y nombró rey a Hispán, un noble al que había criado desde la adolescencia, y por el nombre de éste llamó España a esa región (I, V). Hércules, por su parte, volvió a Italia.
Aunque las versiones pueden llegar a variar, los relatos de este tipo son frecuentes hasta comienzos del SIGLO XVII (véase Caro Baroja, 1992, passim). En la Historia general de España de Juan de Mariana, como lo hizo Estrabón, el autor compara la forma del territorio español con la piel de un buey: “La postrera de las tierras hacia donde el sol se pone es nuestra España […] Tiene figura y semejanza de un cuero de buey tendido” (1867 [1601], p. 15). En cuanto a los primeros pobladores de la península, coincide con Jiménez de Rada: “Tubal, que fue su quinto hijo [de Jafet], enviado a lo postrero de las tierras donde el sol se pone, conviene a saber a España, fundó en ella dichosamente y para siempre en aquel principio del mundo, grosero y sin policía, no sin Providencia y favor del cielo la gente española y su valeroso imperio” (ibídem, pp. 10-11). Mariana también acepta la existencia de Gerión, a quien considera el primer rey de España, pero para él se trata de un tirano extranjero que se enriquece aprovechando los abundantes recursos que le ofrecían las tierras españolas:
El primero que podemos contar entre los reyes de España, por ser el muy celebrado en los libros de griegos y latinos, es Gerión, el cual vino de otra parte a España, lo que da a entender el nombre de Gerión, que en lengua caldea significa peregrino y extranjero [sic.]. Este, venido que fue en España, gustó de la tierra y riquezas que en ella vio. Enriquecióse con los montes de oro, cuyo uso no era conocido, y por esta causa granos y terrones de este metal se hallaban por los campos, no afinados con el crisol y con el fuego, sino como nacían: por donde de los griegos fue llamada Chrisea, que es tanto como de oro. Demás de esto poseía muchos ganados, por la grande comodidad y aparejo de los pastos y dehesas, y industria que tenían en criarlos (ibídem, p. 46).
Al hacer de Gerión un forastero, se descarta la posibilidad de vínculos de parentesco con los primeros pobladores, descendientes de Tubal, así como con los reyes que le suceden. Sin embargo, persiste la distinción entre los descendientes de Tubal y los herederos de Hércules, en la cual subyace la oposición entre lo salvaje y la civilización, entre el pueblo llano y la nobleza. Según Mariana, la población original de España eran grupos incivilizados y en constante rebelión: “que eran de ingenios groseros, a manera de fieras vivían apartados y derramados por los campos en aldeas sin tener alguno por gobernador cuyo imperio reconociesen, y por cuyo esfuerzo se defendiesen de la voluntad de los más poderosos” (ibídem, p. 47).
La civilización fue llevada por Osiris, al que también “le llamaron Baccho y Dionisio, no el hijo de Semele, criado de la ciudad de Mero […] sino el egipcio” (ibídem, p. 47). Al homologar a Osiris –héroe civilizador egipcio y soberano del reino de los muertos en la región occidental– con Baco o Dionisio, dios grecolatino de la viña, el vino y el delirio místico, Mariana pretende conciliar la tradición egipcia con la grecolatina. De igual manera, identifica a Hércules con Horus, a quien considera hijo de Osiris o Dionisio.
En la Historia general de España se dice que Osiris emprendió una peregrinación desde Etiopía, pasando por la India, Asia y Europa. En todos los lugares por donde pasaba enseñó la manera de plantar viñas, el cultivo del trigo y el uso del pan. Al final de su recorrido visitó España, donde liberó a los naturales de la tiranía de Gerión, dejando a los tres jóvenes hijos (“las tres cabezas”) en el lugar del padre. Posteriormente, Osiris regresó a Egipto.
Los hijos de Gerión crecieron y buscaron venganza. Para este efecto convencieron a Trifón de matar a su hermano Osiris y apoderarse del reino de Egipto. Horus, hijo de Osiris, vengó a su padre matando a Trifón, y después se enfrentó con los Geriones. Según Mariana, a Horus “unos le llamaron Apolo, otros por la valentía y destreza en la pelea le pusieron nombre de Marte, y todos le llamaron Hércules. No fue este Hércules el hijo de Anfitrión, sino de Lybio, de quien se dice que domó los monstruos armado de una porra o maza y vestido de una piel de león: que en aquel tiempo aun no usaban, ni habían inventado para destrucción del género humano las armas de acero” (ibídem, p. 50). No deja de llamar la atención que el héroe se presente ataviado con pieles burdas y su arma predilecta sea la maza, la única que no recibió de los dioses (véase Apolodoro II, p. 4, p. 11). Si se le compara con Teseo, héroe ático que sólo emplea las armas propias de los hombres civilizados, su aspecto resulta rudo y salvaje. Incluso, podemos decir que en este aspecto, Hércules se identifica con la población conquistada. A esto cabe agregar su ambigüedad, pues simultáneamente se presenta como ladrón de ganado y héroe justiciero. No obstante, Mariana procura destacar su labor civilizadora.
Más adelante, Mariana relata que Hércules Libio reunió un ejército numeroso y entró en Cádiz, donde días antes los hijos de Gerión se habían fortificado para resguardar las riquezas del reino. Hércules, para evitar derramamientos de sangre innecesarios, retó a los Geriones a enfrentarse personalmente con él y ellos aceptaron. En la batalla, los hijos de Gerión fueron vencidos y degollados por Hércules. Una vez conseguida la victoria, erigió las columnas del estrecho de Gibraltar, nombró gobernador a su compañero Hispalo8 y se marchó a Italia (ibídem, pp. 51-53). En Italia dejó a Atlante como gobernador y volvió a España para construir diferentes ciudades (ibídem, p. 57). Hércules e Hispalo murieron sin descendencia, por lo que Hespero, hermano de Atlante, asumió el gobierno de España (ibídem).
El robo del ganado representa un acto de justicia civilizadora y conquista de la región más lóbrega en el occidente. Ya en SIGLO XIII, la obra de Jiménez de Rada mencionaba las grandes obras que produjo la intervención de Hércules en la península ibérica:
Hispán, a quien Hércules había puesto al frente del desdichado pueblo de los hespéros, como era hábil, valeroso y de estirpe de héroes, reconstruyó la devastada España y llevó a cabo con sabiduría grandes obras, de las que aún quedan algunas: las torres en el faro de Galicia y en Gades, que todavía admiran los tiempos presentes. Levantó también una ciudad junto a una cordillera del Duero, al pie de una peña llamada Cobia, y como estaba situada junto a Cobia [secus Cobiam, en latín] fue llamada Segovia, en donde construyó un acueducto que con su formidable estructura continúa sirviendo a la ciudad con el suministro de agua (I, VII, pp. 1-10).9
La creencia que atribuía a Hércules la construcción de grandes obras encontró eco en autores posteriores. Un ejemplo de esto lo podemos encontrar en Gil González Dávila, quien atribuye la construcción del Puente Romano de Salamanca al héroe grecolatino:
[El puente] es edificio Romano de cantería todo, y en la labor de las piedras tiene mucha semejanza con el acueducto (también edificio antiguo) de Segovia […] Por ser este puente la cosa mas insigne que tiene esta Ciudad, la tiene por armas, juntamente con un Toro de piedra, que está al principio de ella. De cuya antigüedad en una declaración que escribí, di larga, y bastante noticia. Quien haya sido el fundador de este edificio, lo cierto, mas por tradición, que por escritura, es, que Hércules fuese su autor, y que como cosa sujeta a las destemplanzas del tiempo, viniendo por su antigüedad de mas a menos, la reedificase el Emperador Trajano, en la sazón que mandó restituir el camino de la Plata, que va desde Salamanca a Mérida (1994 [1606], pp. 13-14).
Todavía en la segunda mitad del SIGLO XIX encontramos que Manuel Gonzáles de la Llana no deja de mencionar el mito hercúleo para explicar la construcción del Puente Romano de Salamanca, pero en este caso la creencia se ve reforzada por el hallazgo de una moneda con la imagen de Hércules:
Entre sus principales monumentos [de Salamanca] figura, a no dudarlo, el gran puente de piedra que está sobre el Tormes […] Hoy, solamente la mitad es de construcción romana, pues el resto se reedificó en tiempo de Felipe IV […] La obra romana es igual a la del famoso Puente del Diablo de Segovia, y a los puentes de Mérida y Alcántara. Hasta el año 1834 se conserva a la derecha del puente, saliendo de la población, una piedra informe que quería representar un toro, atributo sin duda igual al que campea en los cuarteles del escudo de armas de la ciudad.
Es opinión bastante admitida que el puente de Salamanca lo construyó Hércules, reedificándolo después el emperador Trajano, cuando terminó su vía Argéntea, que iba de Salamanca a Mérida. En 1767, cuando se verificó la recomposición de dicho puente, se halló debajo de una piedra de la primera arcada una caja de platina y una medalla del mismo metal representando a Hércules con la clava en la mano izquierda y la derecha apoyada en un pilar (1869, p. 44).
El toro de piedra, mencionado en los dos últimos fragmentos citados, forma parte de una tradición escultórica probablemente céltica. Estas esculturas se han encontrado principalmente en la meseta central de la península ibérica. Los historiadores españoles, a partir del Renacimiento, las quisieron explicar a través del mito de Hércules y pensaron que se trataba de memorias y recuerdos de su décimo trabajo (Caro Baroja, 1984, p. 17; véase también López Monteagudo, 1984, pp. 148-167).
Tratando de explicar el motivo por el cuál en el escudo de armas salmantino aparece el Puente Romano, y sobre él un toro y un árbol, González de la Llana documenta dos versiones:
[…] unos lo atribuyen a la fundación del puente por Hércules, por haber existido hasta el año 1834 en el costado del puente la piedra que representaba un toro. Hay, sin embargo, una tradición popular que combate la explicación [sic.] anterior.
Dícese que cuando estaban perdidas las ruinas de la antigüedad, escapóse un día un toro de una de las dehesas del país, siguióle la pista un pastor, y después de grandes afanes por encontrarle, vio de lejos que el toro estaba escarbando cerca del árbol, y que entre la maleza aparecían algunos escombros, llegando de este modo a descubrirse los vestigios de un puente, por cuyo motivo, reedificada la población, tomó por armas el puente, el toro y el árbol (1869, p. 44).
Este cronista nos proporciona la fecha de 1834 como el momento en que el toro de piedra deja de ocupar su lugar al lado del puente. Según López Monteagudo, “en 1835 el gobernador de Salamanca, José María Cambronero, ordenó la destrucción del toro del puente y de todas las esculturas análogas que existían en la provincia por considerarlas un signo de ignominia mandadas colocar por Carlos I en todas aquellas ciudades que se habían levantado en la guerra de Comunidades” (1984, p. 159). Al parecer, el toro fue arrojado al Tormes y ahí permaneció hasta que fue recogido por la Comisión de Monumentos. Actualmente se encuentra sobre una plataforma al lado del puente, a unos pasos de la escultura en memoria del Lazarillo de Tormes.10
José Ramón Mélida asegura que dichas esculturas: “son parte integrante de un conjunto artístico ante-romano cuya geografía importa conocer siempre tanto como su carácter y simbolismo, que cuando se trata de toros y jabalíes parece relacionarse con la fábula de Hércules, y cuando cerdos con el culto tributario a las deidades de la tierra” (1924, p. 43). Lo cierto es que la arqueología aún está lejos de comprender su significado. No obstante, la asociación de los toros de piedra con la leyenda de Hércules, y de ésta con la monarquía española, permite comprender el motivo por el cual dichas esculturas se atribuyeron a Carlos I. Incluso, podría explicar por qué Isabel la Católica fue proclamada heredera de Castilla y León en el cerro de Guisando (Ávila), donde todavía se encuentra un importante conjunto escultórico de este tipo. De hecho, existe una leyenda según la cual Hércules, siendo rey de España, se enamoró de una mujer africana con quien tuvo un hijo, el cual fundó la ciudad de Ávila y le dio el nombre de su madre (véase Ariz, 1978 [1607]).
Como ya he señalado antes, la fundación de la monarquía fue –para los historiadores españoles– la principal contribución civilizadora de Hércules, la cual sustituye al gobierno tirano por uno más justo e impone un nuevo orden social. Así, el mito historiado enfatiza la diferencia entre la nobleza (heredera del “civilizado” héroe grecolatino) y el pueblo llano (los “incivilizados” descendientes de Tubal).
La apropiación del ganado es la metáfora empleada por el mito para justificar el gobierno que a partir de entonces se ejerce sobre el pueblo, así como para definir la identidad imperante y la alteridad local. Los nobles se identifican con el ladrón del ganado, mientras que los supuestos descendientes de Tubal, pobladores originales de la región donde se oculta el Sol y las tierras con forma de piel bovina, son identificados con los astados. Hércules se muestra como un personaje mediador entre la parte gobernante y la gobernada. Aunque es un héroe civilizador, su apariencia es la de un hombre rudo y salvaje, lo cual hace que se asocie también con los habitantes primitivos de la península.
Hércules es un héroe ambiguo que transgrede las normas sociales y morales, y al mismo tiempo, es fundador de las mismas. Por una parte es un personaje que asesina a sus hijos en un ataque de locura, se vincula a seres situados al margen de la estructura establecida, (fuera de los límites del ecúmene), usurpa el poder de Gerión y comete abigeato. Por otra, los doce trabajos son ejemplo de su virtud, valor y fuerza; la confrontación con personajes marginales lo convierten en un guerrero victorioso, la muerte de Gerión y el robo del ganado son considerados actos de justicia y creadores del orden imperante. En este sentido, Hércules es una figura liminal y mediadora entre el momento primigenio y el tiempo de la monarquía. La evocación de esta ruptura en el tiempo –antes de la norma y después de ella– permitió que el pasado mítico alimentara al presente, a la vez que el pasado se modificaba con el presente y la visión del futuro, haciendo del mito un gran aliado de la historia.
1Para Estrabón, el Pirineo estaba al oriente y no al norte como actualmente se aprecia en los mapas.
2Antigua ciudad al sur de España.
3Se refiere a las columnas míticas del estrecho de Gibraltar.
4El Sol.
5Pastor encargado de guardar los rebaños de Hades.
6Heraldo de Zeus, consagrado particularmente a su servicio y al de Hades y Perséfone.
7“El Tártaro es la región más sombría y alejada del Hades, donde sufren su castigo los condenados como Ixión, Tántalo y Sísifo” (nota del editor).
8Juan de Mariana menciona que el nombre de España se debe al rey Hispalo (1867 [1601], p. 54).
9Algo similar se puede leer en la Primera crónica general (Menéndez Pidal, 1906 [1289], p. 11).
10La escultura dedicada al Lazarillo de Tomes rememora la primera lección que este personaje recibió:
“Salimos de Salamanca, y llegando al puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro; y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo:
–Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.
Yo, simplemente, llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo de toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:
–Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de ser más que el diablo.
Y rió mucho la burla” (Anónimo, 2005 [circa 1554], Tratado 1º).
La monarquía española asumió a Hércules como un ancestro mítico, considerándose continuadora de la labor “civilizadora” que emprendió en la península ibérica. La identificación con el héroe grecolatino permitió destacar el espíritu caballeresco de la casa real, justificando su política bélica contra el islam y el protestantismo, así como promover la exploración y evangelización de América. Aunque en principio Hércules era una figura de origen pagano, el mito le convirtió en un caballero católico y el acto “civilizador” del héroe se equiparó a la misión evangelizadora de Santiago apóstol. La lucha contra el paganismo y la herejía encontró su manifestación festiva en los juegos de cañas y las corridas de toros. Tanto el mito de Hércules como el de Santiago destacan las hazañas de estos con el ganado bovino, presentando la dominación de los toros como un acto heroico y milagroso; a su vez, este tipo de proezas se emplean como una metáfora de la empresa “civilizadora” que realizaron en territorio español y que fue extendida allende sus fronteras por la monarquía.
La pretensión de tener a Hércules entre los antecesores de la casa real española ya era clara en la Edad Media, así lo evidencia la Historia de rebus Hispanie de Jiménez de Rada y la Primera crónica general escrita por mandato de Alfonso X el Sabio. La figura hercúlea también despertó gran interés en la Casa de Austria, cuyo reinado en España fue inaugurado por Carlos I (V del Sacro Imperio Romano). Su vínculo con el héroe grecolatino se hace patente en un importante número de obras encargadas por el propio Carlos, por personas relacionadas con él o por organismos que querían rendir homenaje a Hércules y al emperador conjuntamente. Ejemplo de esto lo podemos encontrar en la famosa fachada de la Universidad de Salamanca, la cual se edificó entre 1520 y 1528, cuando reinaba el primer Habsburgo hispano.
Como ya ha señalado Paulette Gabaudan (1995, p. 40), en la fachada de la universidad salmantina las figuras de Carlos V y de Hércules se identifican y avalan una a la otra, exaltando las raíces grecolatinas y la heroicidad de la Casa reinante. Si dividimos la fachada en tres cuerpos horizontales, en el inferior encontramos un medallón con los Reyes Católicos, abuelos del emperador; en la circunferencia se puede leer en griego “Los reyes a la Universidad y ésta a los reyes” (ibídem, p. 32). Al centro del segundo cuerpo se observan tres escudos: el de San Juan que es el de los Reyes Católicos, el escudo de Carlos V con el collar de la orden del Toisón y el águila bicéfala que alude al imperio alemán heredado por este monarca. Al lado izquierdo de los escudos hay un medallón con la imagen de Carlos V, vestido a la romana. Al lado derecho, otro medallón con Isabel de Portugal, su esposa, ataviada de igual manera. El tercer cuerpo tiene en el centro el escudo de la Universidad de Salamanca, y a la izquierda, se observa a Venus apoyada sobre una columna. En el lado opuesto, está Hércules con su maza y la piel del león de Nemea.11
Las esculturas de Hércules y Julio César en la Alameda de Hércules en Sevilla, son otro ejemplo de la identificación de Carlos V, como emperador del Sacro Imperio Romano, con el héroe grecolatino. Éstas fueron encargadas a Diego Pesquera en 1574, para colocarlas sobre dos columnas romanas. En los pedestales aparece una inscripción en latín que traducida al español dice: “Al Hércules augusto, Emperador César Carlos V … que mucho más de las columnas de Hércules dilató su gloria por el Nuevo Mundo” (Morales, 1988, p. 158). Las columnas del pasaje mítico formaban parte de la divisa personal de Carlos V, por lo que encontramos dichos elementos en su palacio de la Alhambra:
Tiene en sus fachadas el aspa de San Andrés con el eslabón y la piedra inflamada [símbolo de la orden del Toisón y emblemas también de la casa de Borgoña] y las columnas de Hércules a las que enlaza una cinta con el lema “Plvs Ovltre”. En la fachada occidental hay además tres medallones, uno con las armas de España y otros dos con la representación de Hércules y el león de Nemea y Hércules y el toro de Creta (López Torrijos, 1995, p. 123).
Los símbolos de la orden del Toisón y las representaciones hercúleas, se combinan con frecuencia en los emblemas de Carlos V (Rosenthal, 1973, passim). En un principio, la divisa de las columnas sirvió para expresar los objetivos de Carlos como Gran Maestre de la orden del Toisón de Oro, fundada por su bisabuelo Felipe el Bueno, Duque de Borgoña. El principal objetivo de la orden fue la lucha contra el Islam, y Carlos, como gobernante potencial de buena parte del mundo cristiano, podía prometer con mayor seguridad que conduciría a los caballeros de la orden en dicha lucha, cruzar el estrecho de Gibraltar hacia África y ejercer presión en Tierra Santa (ibídem, p. 230). La Cruzada fue un antecedente de tal importancia para Carlos, que hizo de Granada uno de sus lugares emblemáticos, y edificó su palacio renacentista en plena Alhambra. Aunque la Cruzada había concluido en época de sus abuelos, Carlos V tuvo la oportunidad de cumplir con su promesa como caballero del Toisón en la conquista de Túnez en 1535.
Los siguientes Austrias hispanos heredaron esta identificación con el caballero hercúleo y su misión “civilizadora”, la cual expresaron en el arte áulico. Ejemplo de esto se puede encontrar en la Casa de la Panadería en la Plaza Mayor de Madrid, la cual se comenzó a edificar a finales del SIGLO XVI. Durante el gobierno de Carlos II, último Austria hispano, un incendio destruyó la casa, pero fue reconstruida en 1674. En el salón que se reservaba a los reyes se colocó el escudo de la monarquía en el centro del techo, y una serie de lunetos en los que se representa el escudo de Madrid y los trabajos de Hércules. El Salón de los Reyes, como es conocido, cuenta con un balcón que da hacia la Plaza Mayor, desde donde los monarcas observaban las corridas de toros y juegos de cañas que ahí se celebraron.
Otro ejemplo es el palacio del Buen Retiro, construido durante el reinado de Felipe IV. El Casón, espacio antiguamente destinado a salón de baile, tiene una cúpula que luce una espléndida pintura al fresco de Luca Giordano, titulada La alegoría del toisón de oro. La imagen muestra la entrega del vellocino de oro a Felipe el Bueno de manos de Hércules, para que lo coloque en el collar de la orden de caballería. Sobre la escena se observa un escudo de los territorios sometidos a la monarquía española, y a continuación, la representación de la bóveda celeste en la que reina Júpiter, rodeado de los dioses del Olimpo. Al lado opuesto, aparece la representación alegórica de España a través de una figura femenina que porta cuatro cetros representando sus reinos. A sus pies se encuentran los pueblos de diverso origen y religión que se someten mansamente a su autoridad, así como la herejía en forma de dragón y otras figuras de difícil identificación.
Detalle de La alegoría del toisón de oro, donde Felipe el Bueno recibe el vellocino de manos de Hércules. Fresco de Luca Giordano (circa 1697) en el Casón del Buen Retiro.
Si bien ya había terminado la Cruzada, se encontraron nuevos motivos para mantener viva la política belicista en defensa de la religión, la cual se enfocaría en las guerras contra el protestantismo y en la empresa americana. Las batallas contra países europeos protestantes se comparaban con los trabajos de Hércules. Así lo demuestra el programa iconográfico del Salón de los Reinos del palacio del Buen Retiro. En dicho salón se encontraba el trono y un conjunto de elementos decorativos que exaltaban a la dinastía de los Austrias españoles. En las partes laterales del techo, entre lunetos, se observaban los escudos de los reinos de la península ibérica y América, que estaban bajo la corona española en el SIGLO XVII. Sobre las paredes figuraban las siguientes pinturas:
[…] retratos ecuestres de Felipe III y Margarita de Austria, a ambos lados del trono; retratos, ecuestres también de Felipe IV e Isabel de Borbón, a ambos lados de la puerta principal, y retrato del príncipe Baltasar Carlos a caballo, sobre ella; doce cuadros de batallas situados en las paredes longitudinales, en los espacios entre los balcones: Toma de Brisach por el Duque de Feria (de Julepe Leonardo), Socorro a Génova por el marqués de Santa Cruz (Pereda), Rendición de Breda (Velásquez), Rendición de Juliers (Jusepe Leonardo), Recuperación de Bahía del Brasil (Maino), Defensa de Cádiz contra los ingleses (Zurbarán), la Expulsión de los holandeses de la isla de San Martín (Cajés?), la Victoria de Fleurus, el Socorro a la plaza de Constanza y la Expugnación de Rheinfelden (los tres de Vicente Carducho), la Recuperación de San Juan de Puerto Rico (Cajés) y la Recuperación de la isla de San Cristóbal (Casteló); y finalmente, diez cuadros con sendos trabajos de Hércules: Lucha con el toro, con Anteo, con el jabalí de Erimanto, desviación del río Alfeo, lucha con Cerbero, la túnica de Neso, la lucha con Gerión, Hércules con los montes Calpe y Abyla, lucha con el león de Nemea y la lucha con la hidra de Lerna (todos de Zurbarán), lienzos situados en las sobreventanas de los diez balcones del salón” (López Torrijos, 1995 [1985], p. 139; véase también Álvarez Lopera, 2005, pp. 91-167).
Los doce cuadros de batallas representaban los triunfos españoles sobre los países protestantes (Inglaterra, Alemania y Holanda) y sus aliados franceses. López Torrijos señala que en un principio se pensó poner los doce trabajos de Hércules en el Salón de los Reinos de manera que estos correspondieran con las doce batallas españolas, pero después se redujeron a diez para adecuarse al espacio disponible (ibídem). Asimismo, para acentuar el vínculo mítico de Felipe IV con el héroe grecolatino, se colocaron también los retratos de los ascendientes y del heredero del monarca. La presencia de los cuadros del héroe grecolatino no sólo destacaba la ascendencia hercúlea, sino que además equiparaba los trabajos de Hércules con las victorias de la monarquía en el campo de batalla. Así, el programa iconográfico del Salón de los Reinos justificaba y promovía la política belicista emprendida en defensa de la religión y en contra de la herejía.
La manera en que el proyecto “civilizador” y evangelizador en América se equiparaba con los trabajos de Hércules, se manifiesta claramente en el empleo que se hizo del emblema de las columnas. Originalmente, la divisa estaría acompañada por el lema “Plus Oultre”, inventada por el italiano Luigi Marliano en Borgoña (Rosenthal, 1971, p. 227). Este lema en francés, evocaba la idea de extender sus dominios y llevar el cristianismo a los confines de la tierra. A su vez, recordaba un famoso grito “Oltrée” o “Outrée” (en latín Ultreia o Ultre y en ingles “Forward” o “Onward”) de los peregrinos que viajaban hacia Tierra Sagrada, el cual trae a la mente el agresivo fervor religioso de las Cruzadas (ibídem, p. 222).
Detalle del techo de la habitación de Carlos V en la Alhambra con el lema francés “Plvs Ovltre”.
En 1517, cuando Carlos ya se encontraba en España, el lema “Plus Oultre” se tradujo al latín para borrar su origen extranjero. Debemos recordar que el monarca había nacido en Gante, Flandes, actualmente territorio belga. Con la traducción del lema se pretendía que el rey no fuera identificado con un área cultural particular de su futuro imperio, y el lema “Plus Ultra” podría emplearse en todas partes (ibídem, pp. 224, 227). Sin embargo, esto no fue suficiente para evitar la Guerra de las Comunidades en Castilla, y otros movimientos que se rehusaban a aceptar un gobernante extranjero.
A mediados del SIGLO XVI, el emblema de las columnas con el lema “Plus Ultra”, se interpretaría como la promesa de explorar y evangelizar el Nuevo Mundo (Rosenthal, 1973, p. 198). Asimismo, los historiadores empezaron a considerar que Carlos V había tomado su lema de la inscripción dejada por Hércules en las columnas de Gibraltar, aun cuando la frase “Non Plus Ultra” derivó del lema del emperador y no a la inversa (ibídem, 1971, p. 215). La primera evidencia de esta asociación se encuentra en la Historia de la ciudad Cádiz de Agustín Horozco:
Por la muerte de los Geriones quedóse Hércules con el señorío y reino de España, y como esta isla de Cádiz fue la primera de ella en que paró de propósito e hizo la desembarcación de sus gentes, puso en su término unas grandes piedras o padrones, que comúnmente llaman columnas, con unas letras que decían: Estos son los mojones de Hércules, y aquéllas tan celebradas letras del Non plus ultra, dando a entender ser allí el remate del mundo (2001 [1598], p. 5).
De esta manera, Carlos V aparece como un nuevo Hércules que emprende un proyecto de conquista civilizadora más allá de los límites establecidos por el héroe, y la empresa hercúlea parece equipararse con la del caballero cruzado. Ya en el SIGLO XV, los libros habían hecho del héroe grecolatino un prototipo de caballero. En su obra intitulada Los doce trabajos de Hércules, Enrique de Villena considera que el primer trabajo de Hércules fue la lucha contra los centauros, que según este autor, eran hombres a caballo que armados recorrían tierras griegas “haciéndose obedecer por temor servil e estragando contra voluntad de los habitadores de aquellas comarcas” (2005 [1417], pp. 14-15). El héroe aparece como un caballero que se enfrenta a los bandidos y los expulsa de aquellas tierras: “Fue así librada la tierra de la sujeción y daño por aqueste virtuoso caballero Hércules a remembranza del cual e gloria pusieron en las historias los poetas aqueste trabajo y aun a ejemplo de los entonces vivientes e de los que después habían de venir” (ibídem, p. 13). Un relato similar se puede leer en la novela de Raol Lefèvre, escrita por mandato de Felipe el Bueno (fundador de la orden del Toisón), donde Hércules es armado caballero en el episodio que vence, con ayuda de Jasón, a los centauros que se habían embriagado en las bodas de Pirithoüs: “Et quand le roi de Thèbes eut armé Hercules chevalier, les uns et les autres abaissèrent leur lance avec ardeur et se mirent à jouter de telle sorte que beaucoup furent jetés à terre, en particulier tous ceux qu’ Hercules afronta” (Lefèvre, 2000 [circa 1460], pp. 1101-1102).12 Tras esta hazaña, los Argonautas partieron en busca del vellocino de oro.
El acto mítico que otorga a Hércules la calidad de caballero, permite que los miembros de las órdenes de caballería se identifiquen con el héroe. En el caso de la casa de Austria, dicha identificación se manifiesta en la emblemática que combina las columnas hercúleas con los símbolos de la orden del Toisón y el lema caballeresco “Plus Oultre” o “Plus Ultra”, fundiendo la figura del héroe grecolatino con la del caballero medieval. Por su parte, la Iglesia consideraba que el mito de Hércules era un recuerdo del pasado pagano, que tenía que ser combatido por el cristianismo. Así lo expresa el Codex Calixtinus:
Dichosa eres España por la abundancia de muchos bienes; pero más dichosa por la presencia de Santiago […] En otro tiempo fuiste célebre por las columnas de Hércules, según las vanas leyendas, mas ahora con más felicidad te apoyas en la columna firmísima de Santiago. Aquéllas, por el pernicioso de la superstición, te ligaron al diablo; ésta, por su piadosa intercesión, te une a tu criador; aquéllas, como eran de piedra, aumentaban tu obcecación; ésta, puesto que es espiritual, adquirió para ti la gracia saludable (Moralejo, et. al., 1992 [circa 1109], pp. 180-181).
Esto no impidió que distintas casas nobles insistieran en conservar la figura de Hércules en sus discursos de origen. La empresa civilizadora del héroe fue continuada por los caballeros que se consideraron sus herederos, pero ahora bajo la consigna de llevar el cristianismo a los confines del mundo y la lucha contra la herejía. De hecho, la transformación del héroe en caballero, pareciera un intento de identificarlo con Santiago, a quien se le representa frecuentemente montando a caballo y dando muerte a los moros. Como Hércules, Santiago viajó al extremo occidental del ecúmene con un proyecto civilizador, pasando por Asturias, Galicia, Castilla y Aragón. Se dice que ahí, en la ciudad de Zaragoza, se le apareció la virgen María de pie sobre una columna o pilar, y le pidió que en ese lugar construyera una iglesia. Actualmente, esta columna es objeto de culto en la Basílica de la Virgen del Pilar, y sin duda, muestra cierta equivalencia con las que construyera el héroe grecolatino. Dicha asociación se refuerza si tomamos en cuenta que a la virgen se le reconoce como la protectora de la empresa llevada a cabo por Cristóbal Colón, ya que fue el día de la virgen del Pilar (12 de octubre) cuando las naves españolas avistaron por primera vez tierras americanas.
