Vida y muerte de la democracia - John Keane - E-Book

Vida y muerte de la democracia E-Book

John Keane

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Beschreibung

Revisión histórica heterodoxa de la democracia, de sus orígenes y de sus mitos fundacionales. Dividido en tres partes, este libro aborda los diferentes tipos de democracia que se han instaurado en cada época de la historia y sus características. Rastrea los orígenes de esta forma de organización en las antiguas civilizaciones de Mesopotamia. Revisa los principales ideales acerca de la naturaleza de la democracia representativa, permeada por los idearios de la ilustración del siglo XVIII, y las formas que ésta ha adoptado. Finalmente, introduce una nueva forma de democracia que se gesta a partir de la segunda mitad del siglo XX y que el autor concibe como democracia monitorizada.

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Seitenzahl: 2106

Veröffentlichungsjahr: 2018

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John Keane, reconocido a nivel mundial por su pensamiento creativo sobre la democracia, es profesor de política en la Universidad de Sidney y en el Wissenschaftszentrum de Berlín (WZB). Entre sus libros más conocidos se encuentran Tom Paine: A Political Life (1995), Václav Havel: A Political Tragedy in Six Acts (2000), Democracy and Media Decadence (2013) y When Trees Fall, Monkeys Scatter. Rethinking Democracy in China (2017).

SECCIÓN DE OBRAS DE POLÍTICA Y DERECHO

VIDA Y MUERTE DE LA DEMOCRACIA

Traducción GUILLERMINA DEL CARMEN CUEVAS MESA FAUSTO JOSÉ TREJO GERARDO NORIEGA RIVERO ALEJANDRO PÉREZ-SÁEZ RICARDO MARTÍN RUBIO RUIZ

John Keane

Vida y muerte de la democracia

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA INSTITUTO NACIONAL ELECTORAL

Primera edición en inglés, 2009 Primera edición en español, 2018 Primera edición electrónica, 2018

Diseño de portada: Teresa Guzmán Romero Imagen de portada: Covenanters [fragmento], hombres y mujeres, firmando el Covenant Nacional antipapista en el camposanto de la iglesia de Greyfriars en Edimburgo, el 28 de febrero de 1638. Pintura de sir William Allan.

Título original: The Life and Death of Democracy © 2009 by John Keane

D. R. © 2018, Instituto Nacional Electoral

D. R. © 2018, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-5692-6 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

SUMARIO

Presentación

Presentación a la edición en español

Malas lunas, breves sueños

Primera parteDEMOCRACIA ASAMBLEARIA

I. Atenas

II. Occidente visto por Oriente

Segunda parte DEMOCRACIA REPRESENTATIVA

III. Sobre el gobierno representativo

IV. El siglo estadunidense

V. La democracia del caudillo

VI. El cementerio europeo

Tercera parte DEMOCRACIA MONITORIZADA

VII. Bajo el baniano

VIII. Cambios radicales

IX. Recuerdos del futuro

X. ¿Por qué la democracia?

XI. Nuevas reglas democráticas

Créditos de las fotografías e ilustraciones

Índice analítico

Índice general

PRESENTACIÓN

Cuando el presente se nos muestra confuso o demasiado complejo, la revisión del pasado puede ser un faro para transitar entre la niebla del hoy hacia un futuro más claro. Dados los tiempos por los que transcurre la democracia en la actualidad, de desafección y desencanto con la vida pública, Vida y muerte de la democracia representa una linterna que nos ayuda a comprender por qué las prácticas, las instituciones y la lógica misma de la democracia, forjadas en una historia de 2 600 años, todavía importan y son centrales en la vida pública de nuestro presente.

Como lo apreciarán los lectores de este texto, Vida y muerte de la democracia, de John Keane, es un proyecto intelectual de amplio alcance, tanto por las dimensiones de la indagación histórica que la obra nos presenta como por la profundidad de las reflexiones que ofrece. Además de ser un proyecto intelectual de gran calado, este libro es un proyecto vital en por lo menos dos sentidos. Por un lado, es el resultado del tesón intelectual y de la curiosidad académica y de investigación de su autor, John Keane; ésta es quizá la faceta vital más evidente de este proyecto. Por otro lado, nos ofrece elementos para comprender el proceso de construcción de una institución política, de una idea de comunidad, que ha sido columna vertebral de la humanidad desde hace más de dos milenios. Se trata, pues, de un proyecto vital en lo individual y en lo colectivo.

Sin pretender agregar mucho más a lo que ya constituye una obra rica en exploraciones históricas y argumentaciones sobre el devenir de la democracia y sus perspectivas futuras, quiero aprovechar la oportunidad de presentar Vida y muerte de la democracia para subrayar algunas reflexiones a las que la obra de John Keane nos conduce y que me parecen relevantes en la coyuntura actual de la democracia en México —país que acoge la primera edición en español de esta obra—, pero también en otras latitudes. Se trata de cinco reflexiones básicas.

1. La democracia es mucho más que elecciones, pero no hay democracia auténtica sin voto libre, secreto e informado. La historia que John Keane nos narra en esta obra confirma que la democracia es mucho más que acudir periódicamente a ejercer lo que ahora es —y no desde hace mucho tiempo— un derecho ciudadano universal: votar de forma libre y secreta por nuestros representantes. La vitalidad de la democracia, en su sentido más amplio, se observa también en una diversidad de espacios sociales: en las relaciones entre los géneros, en el combate a la discriminación, en el respeto a la identidad, entre muchos otros. Dicho en una frase, una sociedad democrática es aquella en la que todas las personas tienen derecho a tener derechos.

Desde otra óptica, el voto también es clave no sólo por la posibilidad de elegir, en libertad, a los gobernantes de una comunidad política. El voto es importante en la medida en que conduce a otros procesos y prácticas que son consustanciales a la democracia y que, en cierta medida, le dan sentido y fuerza al voto mismo. En efecto, los procesos electorales, que culminan con el sufragio ciudadano, permiten al mismo tiempo abrir espacios y oportunidades para la deliberación pública, dar cauce pacífico a las diferencias y divergencias que están presentes en sociedades plurales y son además un instrumento privilegiado, acaso no el único pero sí uno de los más poderosos y efectivos, para la exigencia y el control ciudadano de los gobernantes. Hay que insistir en ello: la democracia no se agota en el ejercicio del voto, pero es impensable si se carece de él, si no se puede ejercer en libertad, con garantías de secrecía, y si los votos no se cuentan bien para hacerlos efectivos. Se trata de una condición necesaria, si bien no suficiente.

Recordar lo anterior no es menor en tiempos en los que cada vez es más insistente la búsqueda de pretendidas soluciones alternativas a la vía electoral para designar a los gobernantes. Ello ocurre en medio de un generalizado menosprecio a las elecciones, olvidando que se trata de un momento privilegiado de la vida democrática que resume la expresión de la autonomía individual de cada una de las y los ciudadanos. La lectura de Keane es un buen antídoto, pues, para las tesis que tienden a reducir el momento electoral a un mecanismo meramente instrumental que puede ser eventualmente sustituido por otros, menos farragosos, más “sencillos” y más prácticos. Estas posturas olvidan que las elecciones son sin duda un procedimiento, pero también son algo más: son un espacio que permite igualar a todos los individuos en el ejercicio de sus derechos políticos —de hecho son el momento más igualador de la vida pública— y logra que la voluntad individual de los ciudadanos incida en la construcción de la voluntad colectiva que anima a las políticas públicas. Se trata justamente de aquello que la larga tradición democrática que viene de Kant y pasa por Kelsen define como autonomía y que constituye el valor que le da fundamento a la democracia.

2. La democracia es un concepto que congrega múltiples significados y expectativas, lo que tiene ventajas y desventajas. En su devenir histórico, nos muestra Keane, la democracia ha adquirido un amplio número de significados. Esto ha facilitado, en ocasiones, la movilización ciudadana en favor de sociedades más plurales, tolerantes y libres. Víctima de su propio éxito como fórmula de convivencia política, en particular a partir de su “triunfo” a finales de la década de 1980 y de su expansión en los pasados 30 años, la democracia también ha llegado a sobrecargarse de expectativas y de la más amplia diversidad de preocupaciones de la vida pública. En el espejo de la democracia vemos reflejada, sólo por mencionar un puñado de preocupaciones, lo mismo la libertad de expresión y la rendición de cuentas que el empoderamiento ciudadano y la transparencia en el ejercicio de los recursos públicos, la participación ciudadana o la división de poderes.

Hay cosas que las instituciones de una democracia representativa están diseñadas para atender, pero no todo puede ser resuelto por la democracia y, en particular, por su dimensión electoral: por el ejercicio del voto. Es positivo que la democracia condense anhelos y por ello mueva a la acción pública, pero la sobrecarga de expectativas, en especial en un contexto con problemas de alta sensibilidad social (corrupción, inseguridad) y complejidad (desigualdad, violencia), corre el riesgo de extender el desencanto en la democracia al desencanto con la democracia, sobre todo si las autoridades electas se convierten, como ha sucedido en más de una ocasión, en óbice para la solución misma de esos problemas.

3. Al ser altamente sensible y contingente al juego político, la democracia demanda, para su recreación, de responsabilidad y validación constantes. El recorrido histórico que John Keane hace en Vida y muerte de la democracia es una llamada de alerta sobre el carácter contingente, vulnerable incluso, de la democracia y sus instituciones a las ambiciones políticas de todo tipo y origen. Hasta hace relativamente poco tiempo, quizá hasta el periodo previo a la explosión de la burbuja financiera de 2008 y la consecuente crisis económica de aquellos años, la democracia se presentaba como el destino al que toda comunidad política llegaría en algún momento, la meta inescapable de una sociedad en progreso. Pero lo que hemos visto en la década pasada, en especial en años recientes (además de la vasta evidencia que Keane aporta en su análisis histórico de siglos), es que si bien es probable que no haya forma de gobierno más favorable al desarrollo humano incluyente que la democracia, tampoco hay ninguna que sea tan frágil y vulnerable, desde dentro y fuera, a su propia continuidad. Dicho con brevedad, la democracia no puede darse por sentada. Si algo debe quedar claro con la lectura de este texto es que la democracia es el arreglo organizativo más demandante para cualquier comunidad política que decida tomar esa ruta. La democracia exige la responsabilidad de todos los que participan en su recreación, acaso de formas diferenciadas, en función del espacio que cada uno ocupa: de partidos y candidatos, de legisladores y gobernantes, de medios de comunicación, de servidores públicos, y por su puesto de las y los ciudadanos.

4. El surgimiento de prácticas antiliberales, incluso autoritarias, dentro de regímenes nominalmente democráticos es un recordatorio de por qué debemos revalorar algunos de los componentes básicos de la democracia. Éste es uno de los fenómenos descritos por John Keane en su obra: países que eligen por vías democráticas a sus líderes y representantes, quienes, sin embargo, al paso del tiempo, vulneran los derechos y libertades que la democracia liberal se supone debe garantizar. Con el fin de mantenerse en el poder, autoridades electas por la vía de las urnas buscan imponer una visión única, que desplaza disidencias y diferencias, avivando sentimientos populares de seguidores acríticos. Ilustro el punto de forma muy breve, con ejemplos ya por algunos conocidos.

En Birmania (Myanmar), el proceso de democratización de años recientes ha ido deteriorándose de tal forma que ha favorecido la incitación a la violencia en contra de una minoría, los rohinyás. Como medio para “cortejar” el voto popular, algunos políticos electos han proyectado una imagen de las minorías de ese país como las culpables de sus problemas. Se trata de un recurso que también fue empleado en las elecciones presidenciales en los Estados Unidos en 2016, donde los migrantes, los mexicanos o los musulmanes, se convirtieron en los “enemigos favoritos” de candidatos y políticos para obtener el favor de algunos segmentos del electorado. En Turquía, las autoridades democráticamente electas han ido coartando en años recientes las libertades de la oposición y de la prensa, con el argumento del control al terrorismo. En Europa Occidental, partidos populistas de extrema derecha, como Alternativa para Alemania, han propuesto instaurar una versión de la democracia que relaja o trastoca los controles que establecen las instituciones de un Estado democrático liberal, incrementando, por ejemplo, el uso de instrumentos de la democracia directa como el referéndum.

Se trata, en mayor o menor medida, del resurgimiento y la difusión de la lógica schmittiana de concebir la democracia y la política como un ámbito (como el ámbito, diría Carl Schmitt) para identificar las diferencias y, paulatinamente, negar la “otredad” erosionando, con ello, las bases de una convivencia pacífica y tolerante de la diversidad ideológica y política. Hoy vivimos una acentuación cada vez mayor de la paradoja que es intrínseca a las democracias: el llevar el germen de la antidemocracia latente en sus entrañas y tener que convivir con ello.

Todos estos procesos y eventos históricos enfatizan por qué es preciso revalorar la democracia representativa y liberal, y qué sucede cuando abandonamos los componentes básicos que le dan sentido y razón de ser: el ejercicio del voto libre y secreto, los pesos y contrapesos entre poderes públicos, la libertad de prensa y de expresión, la tolerancia y el respeto a quien es o piensa distinto como base de la convivencia civilizada y el papel que tienen los ciudadanos y los partidos políticos como actores en cuyos comportamientos y prácticas se cifra la consolidación y permanencia de una democracia liberal.

5. La redefinición de los partidos políticos como instrumento de agregación de preferencias e identidad ideológica. En un contexto de laxitud ideológica y de pragmatismo electorero de los partidos, lo que parece definir la identidad partidista no es tanto el apoyo ciudadano a propuestas, plataformas y políticas de partido, sino el rechazo y la oposición, con frecuencia más emocional que racional, a las opiniones y prácticas de los contrarios. En tiempos recientes, lo que define el clivaje político entre partidos depende cada vez menos de la defensa de una postura ideológica o programática. En la era de la fragmentación política, de la indefinición ideológica, del pragmatismo a ultranza, lo que parece definir más una identidad partidista es “contra qué (o peor aún, contra quiénes) me opongo” que “a favor de qué me movilizo”. El mecanismo de identidad opera enfatizando los defectos del otro (de lo otro), más que construyendo opciones y alternativas de futuro. El resultado tiende a ser la polarización política que, por cierto, termina por ser a la larga un caldo de cultivo ideal para que la lógica schmittiana antes mencionada germine y madure.

Quizá es en parte por ello que en años recientes, y cada vez más, la política se asemeja a una contienda deportiva. Preguntar “¿Por quién votarás? o ¿por qué partido se simpatiza?” se asemeja mucho a lo que un aficionado desea saber de los otros como punto de partida de un encuentro deportivo: “¿A quién le vas?” Bajo esta lógica, se desarrolla otra peligrosa práctica en la contienda político-electoral reciente. Cunde la sensación de que el foco de atención, el objetivo principal de la contienda, se desplaza del triunfo del “equipo propio” (léase partido político) a evitar a toda costa el triunfo del “equipo adversario”. Impugnar los resultados electorales como “práctica sistemática” (la judicialización de la política) o no reconocer el triunfo bien obtenido del contendiente son evidencia de esta forma de entender la política como deporte, del énfasis en evitar el triunfo del adversario, más que buscar el triunfo propio como objetivo. Paradójicamente, a pesar del pragmatismo de políticos y partidos en el escenario electoral, este desplazamiento en la atención de los objetivos de la contienda, hace difícil encontrar posiciones de negociación, puntos de acuerdo —conceder y obtener algo a cambio—, una práctica que, por cierto, caracteriza la vida en democracia, donde ninguna de las partes contendientes gana siempre o en todo y quien pierde tampoco lo hace en todos los temas y posiciones.

Hay muchos otros temas que surgen de la lectura de Vida y muerte de la democracia, y que ameritan discusión y análisis. Por ejemplo, la idea de la democracia monitoreada, y las crecientes demandas ciudadanas para establecer nuevos mecanismos de control que complementen y en algunos casos compensen la disfuncionalidad de órganos de representación que no pueden o no quieren ejercer sus facultades de contrapeso frente a otros poderes públicos. Se trata de una sugerente idea, por cierto, que podría —debería— convertirse en el cauce institucional del creciente descontento e insatisfacción con los resultados insuficientes y hasta precarios que a juicio de muchos hoy ofrecen los sistemas democráticos. La democracia monitoreada como idea para encauzar el descontento actual en un mayor involucramiento político representa una interesante alternativa para rescatar a la democracia en tiempos de desafección, alejamiento e indolencia. En suma, Vida y muerte de la democracia, de John Keane, es una lectura sin duda estimulante, vasta en introspecciones y sugerente en desmitificaciones sobre los antecedentes y las perspectivas de la democracia.

Como titular responsable del organismo de Estado que tiene a su cargo la organización de los procesos electorales en México, como académico e investigador interesado en los problemas que afectan la vida democrática en nuestro país y en otras latitudes, y como ciudadano, agradezco a John Keane, su disposición para publicar Vida y muerte de la democracia por primera vez en español y, al mismo tiempo, por ser el primer intelectual extranjero en participar, en el verano de 2017, en el ciclo de Conferencias Magistrales Estacionales que organizó el Instituto Nacional Electoral. Extiendo también mi más amplio reconocimiento al Fondo de Cultura Económica por la edición de esta obra, que les permite a los estudiosos en democracia y política, y a la sociedad mexicana toda, acercarse a un texto que habrá de enriquecer nuestra comprensión sobre los orígenes de la democracia, su larga historia y entender qué debemos hacer para recuperar y mantener su vitalidad.

LORENZO CÓRDOVA VIANELLOConsejero Presidente del INETlalpan, Ciudad de México, febrero de 2018

VIDA Y MUERTE DE LA DEMOCRACIA

Para Alice y George

PRESENTACIÓN A LA EDICIÓN EN ESPAÑOL

Es un gran honor y placer compartir Vida y muerte de la democracia con los lectores de habla hispana. La traducción busca darles a conocer la historia tormentosa, trágica y triunfante de este sistema de gobierno. Esta historia de la democracia a escala completa, que es la primera en más de un siglo en cualquier idioma, se distancia de la fanfarria y algarabía de la política contemporánea de primera línea. Indaga en las fuerzas que hoy en día son responsables del sentimiento cada vez mayor de que la democracia se tambalea sonámbula hacia un futuro ajeno definido por su propia impotencia, o completa irrelevancia. El libro muestra por qué la democracia era importante en el pasado y por qué sigue siendo importante en nuestro tiempo. Asimismo, busca llevar a los lectores al borde del universo conocido de la democracia, transformar la manera en que se considera ésta habitualmente, en fin, ofrecer una mirada nueva sobre la democracia.

Espero que los lectores encuentren no pocas sorpresas en estas páginas, entre ellas los detalles de las luchas dramáticas de las mujeres por derechos políticos iguales, el origen de las instituciones democráticas en Oriente, el auge y caída de los caudillos y el poderoso papel que desempeñó la religión a lo largo de la historia de la democracia. Los lectores descubrirán por qué la democracia se ha visto aquejada por patologías como el populismo, y por qué colapsó o sufrió un “democidio” en el pasado. También llegarán a ver por qué, en estos primeros años del siglo XXI, las brechas cada vez más grandes entre ricos y pobres, la vigilancia del Estado, los fondos opacos (dark money) y la colusión entre gobiernos y bancos, y otras corporaciones gigantes, son peligrosos para la democracia.

El libro señala que aún estamos viviendo en una época moldeada por la poderosa convicción de que las elecciones nacionales “libres y justas” son el cuerpo y alma de la democracia. Indaga en los orígenes profundos de esta convicción, que se remontan a la Europa del siglo XVIII. Sin embargo, el libro advierte que la ortodoxia resulta extrañamente anticuada, en cuanto que se aleja de una tendencia global igualmente poderosa que está cobrando impulso en todas las democracias que de hecho existen, entre las que se incluyen España, Chile, Bolivia y México. La afirmación más audaz de este libro es que una nueva forma histórica de la democracia está en ascenso. Desde 1945, los años han atestiguado la creación de veintenas de nuevos cuerpos de vigilancia y rendición de cuentas diseñados para mantener bajo control a aquellos que ejercen el poder, en especial en los ámbitos empresariales y gubernamentales, aunque también en entornos fronterizos. Una de las cuestiones fundamentales en las que insiste la presente obra es que la democracia está adquiriendo un nuevo significado histórico, que en la actualidad debería entenderse como el autogobierno de los ciudadanos y sus representantes designados por medio de elecciones periódicas además del escrutinio público continuo y la contención del poder en donde sea que éste se ejerza (ya sea en la alcoba, en la sala de juntas, a puerta cerrada o en el campo de batalla). La democracia se está volviendo un asunto dinámico, ruidoso y afectado por fugas. Hemos entrado en la era de lo que este libro denomina la democracia monitorizada.

La tesis de la democracia monitorizada supone un desafío a todo el pensamiento convencional sobre el pasado, presente y futuro de la democracia. Al investigar y llevar al límite los horizontes que dábamos por hecho de la democracia, el planteamiento entero de este libro está inspirado en la observación del famoso académico japonés Masao Maruyama (1914-1996) de que la democracia nunca es una constante fija e incontestable, y no debería darse por sentada. En varios puntos de sus prolíficos escritos, Maruyama insistió en que la democracia es una forma política única que se nutre de saltos de imaginación —horizontes ficticios— que dan forma al sentido de la realidad de las personas. Estos horizontes motivan a los seres humanos a rechazar la “psicología de los dominados”, para considerarse iguales entre sí, como ciudadanos que rechazan el poder arbitrario porque suponen que son capaces de gobernarse a sí mismos sin recurrir a la conducta mandona y la manipulación que se asocian inevitablemente con el fascismo, la dictadura militar, la plutocracia y otras formas políticas antidemocráticas.

La mutabilidad de los horizontes los vuelve una metáfora útil para lo que este libro pretende lograr. Aquellos que tratan día a día con horizontes —pilotos aviadores, pescadores, guardias costeros, vigilantes, paisajistas— saben por experiencia que éstos son engañosos y discutibles. Los horizontes no son puntos fijos o lugares tangibles. A menudo les juegan bromas a nuestros sentidos, nos inducen a creer que las distancias y los destinos son tangibles, que pueden definirse, planearse y buscarse con cierta medida de certidumbre. Hablar de la transformación de los horizontes de la democracia por medio de un dedicado estudio de su pasado y presente, como busca hacerlo este libro, significa por ende llamar la atención sobre la necesidad de pensar más allá de lo establecido, de lo que los filósofos a veces llaman razonamiento abductivo. Lo que esta historia de la democracia se propone, en otras palabras, es aplicar un enfoque completamente nuevo a un tema viejo, un pensamiento creativo, una comprensión fresca de los asuntos que son de una importancia apremiante para el presente y futuro de la democracia, ya sea en México o España, o en el mundo hispanohablante más extenso, que incluye a los Estados Unidos.

El enfoque del libro está guiado por una combinación de métodos. En la tradición que se delinea por primera vez en la odisea pionera de Alexis de Tocqueville, La democracia en América (publicada originalmente en 1836), esta obra supone que las interpretaciones nuevas de la democracia deben buscar enriquecerse a través de observaciones cuidadosas de experimentos pasados y presentes con la democracia. El libro presta especial atención a una amplia gama de lenguajes, instituciones y actores democráticos, ya sea en la Grecia clásica, las ciudades medievales tardías de Europa, el imperio emergente de los Estados Unidos, las repúblicas de caudillos de Hispanoamérica, o la India, Indonesia y China contemporáneas. Además, el enfoque supone que las realidades democráticas pasadas y presentes siempre están permeadas de ideales, de modo que las consideraciones de la ética democrática no son una distracción teórica o una complacencia de los filósofos, sino un componente vital del estudio de la democracia. Los argumentos que compiten y pugnan en favor y en contra de la democracia, junto con las nuevas justificaciones del siglo XXI de su superioridad como una manera de contener públicamente el ejercicio del poder, son una buena parte de su apasionante historia.

Esta nueva historia de la democracia también pide a los lectores de habla hispana un sentido nuevo y mucho más fuerte de conciencia histórica sobre los orígenes y el destino de ésta en el siglo XXI. El recurrir sistemáticamente a la historicidad se hace no sólo porque la ignorancia del pasado inevitablemente engendra una mala comprensión del presente; de manera menos obvia, la historia en verdad importa porque, tal como lo intenta demostrar a detalle este libro, la democracia es una forma política singularmente sensible al tiempo que cultiva un sentido compartido del carácter contingente de las relaciones de poder. La democracia despierta entre los ciudadanos y sus representantes el sentido de que el estado presente de las cosas, o el que tendrán en el futuro, nunca es simplemente “dado” o “natural”, sino que está siempre sujeto al cambio que impulsan sus decisiones políticas. El libro también exhorta a los lectores a considerar la democracia de manera expansiva, como una forma de vida completa. La democracia es más que sólo un modo de electoralismo o un tipo de gobierno. Este libro trata de mostrar que la democracia no sólo afecta quién gana las elecciones y gobierna a través de instituciones del Estado, sino que también concierne a cómo los hombres tratan a las mujeres, si los niños, las personas con discapacidad y de la tercera edad se consideran ciudadanos y si la democracia se ve alimentada por creencias religiosas o es capaz de prevenir accidentes industriales a gran escala, o abrir espacio para la consideración de la biosfera en los asuntos humanos.

Vida y muerte de la democracia adopta una perspectiva panorámica de la democracia. Aborda temas tan diversos como las contribuciones de las ciudades a la vida democrática, el declive de los partidos políticos y el auge contemporáneo de las iniciativas de los ciudadanos y los cuerpos de escrutinio público como Greenpeace, Transparencia Internacional y WikiLeaks. También pone atención en el poder que tienen el nacionalismo y la violencia para moldear la democracia en los procesos de democratización. Además, insiste en el poder de los medios de comunicación, el auge de las clases medias, la relación tensa entre el capitalismo y la democracia, la fuerza persistente de la creencia religiosa en la vida cotidiana y los peligros del populismo.

Finalmente, la obra está motivada por una fuerte insatisfacción ante el hábito irreflexivo de aplicar estándares occidentales al estudiar la democracia. A pesar de muchas altas y bajas, como muestra este libro, el espíritu, el lenguaje y las instituciones de la democracia en su forma monitorizada han dejado huella en prácticamente cada parte de nuestro planeta. Algunos académicos concluyen que la mayoría de estas democracias, sean de Sudáfrica, la India, Japón, Taiwán o Uruguay, en esencia son réplicas del modelo angloamericano de “democracia liberal” bipartidista. Este libro muestra que esta conclusión no está justificada, desde el momento en que no logra ver que la “indigenización” de la democracia en contextos locales se encuentra entre las tendencias más importantes de nuestro tiempo.

No sólo se trata de que desde 1945 los llamados modelos de Westminster o de Washington de una democracia liberal parlamentaria no hayan podido echar raíces fuera de la región atlántica; el punto más importante es que el mundo no atlántico está dejando huella en la democracia, al hacer cosas importantes para su espíritu, lenguaje y dinámica institucional. Esta metamorfosis ha pasado inadvertida en gran medida en la literatura sobre democracia, que en su tratamiento al estilo de un libro de texto (pensemos en la tesis del “fin de la historia” de Francis Fukuyama, o en el trabajo de académicos ingleses como John Dunn y David Held) tiene un sesgo eurocéntrico distintivo que ignora el número creciente de casos anómalos, tanto pasados como presentes. Los procesos de democratización entre los pueblos indígenas, en la India, México y Taiwán, no menos que en Indonesia y entre los exiliados tibetanos, son diferentes; no son simples repeticiones de los patrones europeos pasados. El punto de partida de este libro es que el centro de gravedad de la investigación sobre la democracia sigue estando en las universidades, los think tanks o laboratorios de ideas y otras instituciones localizadas en la región atlántica, y que su control monopólico es insostenible y debe romperse. Por lo tanto, este estudio aboga por un enfoque radicalmente nuevo que reconozca que las patrias imaginarias de la democracia están cambiando, lejos de la región atlántica; y, con igual importancia, supone que el futuro global de la democracia se verá determinado poderosamente por sus vicisitudes presentes y futuras en otros lugares, en especial en la región de Asia-Pacífico. En materia de democracia, propone este libro, lo que pueda pasar en Caracas, la Habana, Beijing y Manila, y en Tokio, Bangkok, Rangún, Sídney y Yakarta, rebasa el mero interés local: se trata de asuntos de interés e importancia globales.

JOHN KEANESídney y Berlín, noviembre de 2017

Traducción de Alejandra Ortiz Hernández

MALAS LUNAS, BREVES SUEÑOS

Time present and time past

Are both perhaps present in time future,

And time future contained in time past.

[El tiempo presente y el tiempo pasado

Acaso estén presentes en el tiempo futuro

Y tal vez al futuro lo contenga el pasado.]

T. S. ELIOT, “Burnt Norton”, Four Quartets, 1936*

Suele decirse que la historia es un catálogo de desdichas humanas, una infinita historia de servilismo, un encadenamiento de asesinatos, un matadero. Mas no siempre fue así y el cúmulo de la cruel servidumbre puede allanarse, como ocurrió hace 2 600 años, cuando los griegos que habitaban en los límites sudorientales de Europa reivindicaron una invención cuya importancia hoy se compara con la rueda, la imprenta, la máquina de vapor y la clonación de células madre. Nacida de la resistencia a la tiranía, su invención inicialmente no causó mayor alboroto y muy pocos alcanzaron a ver su naturaleza innovadora. Algunos la condenaron por implantar el caos en el mundo y nadie predijo su alcance universal, pues parecía ser simplemente parte del eterno ciclo del devenir de la humanidad, un ejemplo más de las luchas de poder entre enemigos. La invención pronto sería vista de otro modo: como un imán, habría de atraer a millones de personas y de despertar pasiones a escala mundial; comprensiblemente, pues requería que los seres humanos se pensaran a sí mismos de una manera enteramente nueva y viviesen como nunca antes. La invención fue una poderosa forma de expresión esperanzadora que hoy nos sigue acompañando: los griegos la llamaron dēmokratia.

Una expresión esperanzadora —el anhelo de transformar el presente en un mejor futuro— suele ser motivo de burla, pero el hecho simple es que constituye un aspecto intrínseco de la condición humana. Cuando nos referimos al mundo circundante en forma oral, normalmente aludimos a cosas que están ausentes. Conjeturamos, decimos cosas desacertadas o que transmiten la ilusión de que las cosas fueran de otro modo. Vivimos de nuestras ilusiones. Nuestro lenguaje hablado es una serie infinita de sueños breves, en el curso de los cuales ocasionalmente vislumbramos nuevas formas de decir las cosas utilizando palabras que son sumamente apropiadas, y que extrañamente inspiran a los demás. El sustantivo femenino dēmokratia es uno de esos pequeños términos que surgió de un breve sueño y tuvo un enorme efecto. Habría de despertar a muchos millones de personas en todos los rincones del mundo y de ayudarlas a tener control de su mundo al cambiarlo en una forma tan honda que todavía no es valorada o entendida en su justa medida. A diferencia de las cosas que inmortalizan el nombre de sus inventores —la unidad newton, las Hoover (aspiradoras), el cubo de Rubik, por ejemplo—, la democracia carece de un artífice conocido. Las raíces de la familia de términos que forjaron el lenguaje de la democracia, así como el dato de cuándo y dónde se usó la palabra por vez primera, siguen siendo un misterio: la democracia guarda celosamente sus secretos. De la niebla del pasado sólo unas cuantas pistas al azar surgen encarnadas en personajes excéntricos y desaliñados, con nombres sugerentes como Demonacte de Mantinea, el sabio político barbado de toga y sandalias que alrededor del año 550 a.C. fuera convocado por las profetisas del oráculo de Delfos para que otorgase al pueblo de Cirene, ciudad agrícola griega en las costas de Libia, el derecho a oponerse a la tiranía del rey Bato III, cojo y tartamudo, y reunir su propia asamblea para gobernarse soberanamente con sus propias leyes.

Demonacte fue quizá una de las primeras figuras públicas que manifestó su adhesión a la democracia, pero no podemos saberlo a ciencia cierta,1 en parte porque no ha sobrevivido ninguno de sus escritos, discursos o leyes. Esto lo convierte en un símbolo incontestable de los misterios que la democracia oculta a quienes piensan que la conocen a la perfección. El tema de la democracia está repleto de enigmas, confusiones, cosas supuestamente ciertas. No son pocas las sorpresas que alberga, entre ellas la certeza de que no fue una invención griega, como este libro demuestra por primera vez. La creencia de que la democracia es o podría ser un valor occidental universal, un regalo de Europa para el mundo, se niega obstinadamente a morir. Es por ello que uno de los primeros asuntos que se debe aclarar en toda historia actual de la democracia es lo que podría describirse como el plagio griego de la democracia. Difundida por la mayoría de las obras teatrales, poemas y tratados filosóficos griegos, la versión de que la Atenas del siglo V se lleva el crédito de haber creado la idea y la aplicación de la democracia convencía a sus contemporáneos y sigue convenciendo hasta hoy a la mayoría de los observadores; sin embargo, es falsa.

Vida y muerte de la democracia, el primer intento de escribir sobre la vida y los acaecimientos de la democracia por más de un siglo, revela que la breve palabra “democracia” es mucho más antigua de lo que supusieron los cronistas griegos clásicos. De hecho, sus raíces se identifican en la escritura lineal B del periodo micénico, entre siete y 10 siglos atrás, correspondiente a la civilización de la Edad del Bronce tardía (ca. 1500-1200 a.C.), que se extendía principalmente en Micenas y otros asentamientos urbanos del Peloponeso. No se sabe con exactitud cómo y cuándo recurrieron los micénicos a la palabra de dos sílabas dāmos para referirse a un grupo de pueblos inermes que tuvieron alguna vez control común sobre una misma tierra, o a palabras trisilábicas como damokoi, que designa a un funcionario representante del dāmos. Lo que tampoco se sabe es si los orígenes de esas palabras, y de la familia de términos que utilizamos en la actualidad para hablar de la democracia, se encuentran más al oriente, por ejemplo en las antiguas referencias sumerias a los dumu, los “habitantes”, “hijos” o “niños” de un lugar geográfico. Pero el efecto de estas incertidumbres se mitiga merced a otro descubrimiento notable de los arqueólogos contemporáneos: resulta que la práctica democrática de las asambleas autogobernadas tampoco es una innovación griega. La lámpara del modelo democrático asambleario se encendió por vez primera en el “Oriente”, en las tierras que corresponden geográficamente a los actuales países de Siria, Irak e Irán. Más adelante, la costumbre del autogobierno popular fue transportada hacia el este, hacia el subcontinente indio, donde en algún momento después del año 1500 a.C., en el periodo védico temprano, se tornaron comunes las repúblicas gobernadas por asambleas. La costumbre viajó también hacia el oeste, primero a ciudades fenicias como Biblos y Sidón, y después a Atenas, donde en el siglo V antes de la era común se proclamó como un sistema político exclusivo de Occidente, un signo de su superioridad sobre el “barbarismo” del Oriente.

Igual que la pólvora, la imprenta y otras importaciones de lejanas tierras, el arribo del concepto de asambleas populares y, más adelante, de la extraña palabra dēmokratia a la región que hoy denominamos Occidente transformó radicalmente el curso de la historia. Sería incluso justo decir que hizo que la historia fuese posible. Pues entendida simplemente como el pueblo soberano, el que se gobierna a sí mismo, la democracia tenía una implicación radical que sigue perdurando: suponía que los seres humanos podían inventar y hacer uso de instituciones diseñadas específicamente para dejarlos decidir por sí mismos, como iguales, cómo habrían de vivir juntos en la Tierra. Esto quizá pueda parecernos simple y llano; sin embargo, reflexionemos en ello un momento. El pequeño sueño portador del gran concepto de que los simples mortales son capaces de organizarse a sí mismos, como iguales, en foros o asambleas que les permitan considerar detenidamente los asuntos y decidir las formas en que se debe proceder: eso era la democracia, una invención estremecedora porque fue de hecho la primera forma humana de gobierno.

Toda forma de gobierno es, obviamente, “humana”, en tanto que es creada, desarrollada y manipulada por seres humanos. Lo excepcional del tipo de gobierno llamado democracia es que instó a las personas a percatarse de que nada de lo que ha sido creado por el ser humano es inalterable, a semejanza de una figura esculpida en piedra, pues todo se ha edificado sobre las arenas cambiantes del tiempo y los lugares, y que, por lo mismo, serían sabias al forjar y mantener formas para vivir juntas en igualdad, abierta y flexiblemente. La democracia les exigía a las personas que descubrieran las intenciones ocultas detrás del discurso acerca de los dioses y la naturaleza y de los privilegios basados en la superioridad intelectual o de sangre. La democracia significaba la desnaturalización del poder; implicaba que el problema político más importante es cómo prevenir que el gobierno descanse en manos de unos pocos, o de los ricos y poderosos que aducen ser superhombres. La democracia resolvió ese viejo problema al apostar por un orden político que aseguraba que toda cuestión sobre quién recibe qué, cuándo y cómo debería ser una interrogante permanentemente abierta. La democracia reconocía que, a pesar de que las personas no son ángeles, ni dioses o diosas, al menos son lo suficientemente capaces para evitar que algunos humanos piensen que lo son. La democracia buscaba ser el gobierno de los humildes por los humildes y para los humildes; significaba el autogobierno entre iguales, el mandato legal de una asamblea conformada por individuos cuyo poder soberano para tomar decisiones no estaba más en manos de dioses imaginarios, de las estentóreas voces de la tradición, de déspotas, de expertos, ni era simplemente dejado al hábito cotidiano de la pereza, permitiendo irreflexivamente que otros tomaran las decisiones sobre asuntos importantes.

En ese sentido, ¿por qué perdura el interés por la democracia al cabo de 2 600 años? ¿Para qué molestarse en escribir o leer otra historia más de la vida y los acaecimientos de la democracia? Estas interrogantes sugieren una gama de respuestas distintas, de las cuales la primera es la más directa. Para quienes gustan de la historia de las invenciones humanas, Vida y muerte de la democracia ofrece detalles novedosos sobre los oscuros orígenes de instituciones e ideales ancestrales como el gobierno a través de la asamblea pública, el sufragio femenino, el voto secreto, el juicio con jurado y la representación parlamentaria. Quienes sienten curiosidad por estas y otras instituciones de lo que hoy llamamos democracia —los partidos políticos, el voto obligatorio, el recurso judicial, el referéndum, los colegios electorales, la sociedad civil y libertades civiles como la libertad de prensa— encontrarán en este libro abundantes cuestiones de interés; lo mismo les ocurrirá a quienes no dejan de pasmarse ante el fenómeno de los significados cambiantes de la democracia (acompañado con frecuencia de acalorados debates), o rastrean ávidamente los orígenes de sus términos esenciales, o andan a la caza de los mejores chistes que ha provocado, o indagan las razones eternamente reiteradas (y antagónicas) que se han dado para respaldar el aserto de que es muy benéfica.

Cada página de este libro, y las breves reflexiones sobre la historia y la democracia con las que concluye, intentan remachar el punto de que olvidar, o recordar, las cosas equivocadas es nocivo para la democracia, y de que todo aquello que parece intemporal simplemente no lo es. Tomemos un simple ejemplo que a fin de cuentas resulta ser algo complejo: el lenguaje de las elecciones, cuyo vocabulario es parecido al nido de la urraca por estar hecho con diferentes términos de múltiples orígenes. La palabra elección deriva de la voz del latín clásico que significa “elegir; seleccionar (de entre múltiples posibilidades)”. El término que agrupa a quienes pueden elegir de ese modo, el de “electorado”, es mucho más reciente; su primer uso documentado data apenas del año 1879, y antes de entonces la palabra de uso general era “electores”. El derecho general al voto hoy se conoce como sufragio (en inglés, franchise); sin embargo, ese término, en el inglés del siglo XIII, significaba originalmente “libertad, exención de servidumbre o dominación”. Más adelante, la palabra se usó para referirse a la inmunidad jurídica, para después evolucionar hasta adquirir diferentes significados nuevos, entre ellos el acto de garantizar un derecho o privilegio político —como cuando un monarca soberano concedía inmunidad jurídica—, la concesión del “sufragio electivo” (elective franchise: derecho a voto), o bien su acepción semántica actual en inglés de autorización o licencia otorgada por una compañía para vender o comerciar sus productos en una región determinada. Tenemos también términos como votar, del latín votum, que hizo su aparición en la lengua inglesa del siglo XVI con el sentido de “deseo, jura o promesa”, para, una vez transformado en Escocia alrededor del año 1600, cobrar su significado actual: el acto de expresar la voluntad propia en una elección. El término inglés poll (encuesta, sondeo de votos) se emplea también en los países anglohablantes en relación con el acto de votar. En sus antiguos orígenes holandés y germánico (y en varios dialectos vivos en la actualidad) significaba “cabeza”, mientras que en los años finales del siglo XVI el término se refirió a la práctica completamente nueva de llevar a cabo un conteo literal de las “cabezas” de votantes en una elección. Esta innovación tuvo sus detractores: to poll significaba también cortar el cabello o decapitar a una persona o un animal. No obstante, la instauración de la práctica del poll estaba destinada a poner fin a la vieja práctica corrupta de las elecciones que se decidían a partir de los adeptos que gritaban con más fuerza a favor de sus candidatos. Este término, a su vez, deriva de los días de la República Romana, donde la palabra latina candidatus significaba “vestido de blanco” y se refería a los políticos que buscaban atraer la atención vistiendo togas blancas como parte de sus pretensiones de formar parte del Senado.

Sobra decir que las connotaciones de blancura y pureza de su indumentaria en la actualidad distan mucho de ser asociadas con los candidatos de una elección. Igualmente extrañas resultan las connotaciones de negrura que proyectan palabras electorales como el término inglés ballot (papeleta o boleta) —término derivado del italiano ballotta, una balota o bolita de colores que se coloca secretamente en una urna o caja de votación, que fue precisamente el significado que los miembros de los clubes de caballeros ingleses del siglo XVIII tuvieron en mente al emitir su voto secreto para vetar alguna propuesta o persona introduciendo una “bola negra” en la urna de votación o ballot box (caja para balotas de votación)—. La expresión inglesa blackballing (boicot, veto), cuyo significado es rechazar o votar en contra de algo o alguien, en la actualidad se sigue asociando con las elecciones (como en la campaña de la Alianza Ciudadana en contra de los candidatos “no aptos” durante las elecciones de la Asamblea Nacional de Corea en el año 2000).2 Este breve ejemplo de las bolas blancas y negras, no obstante, nos señala algo mucho más importante: que las familias de términos que conforman los lenguajes con los que hoy conocemos y experimentamos la democracia no son intemporales. Sin importar si se trata de Japón, Nigeria, Canadá o Ucrania, los lenguajes de la democracia son profundamente “históricos”.

Vida y muerte de la democracia busca recordar a los lectores que cada giro verbal, cada costumbre e institución de la democracia como lo conocemos hoy se encuentra atado al tiempo. La democracia no es la consecución intemporal de nuestro destino político. No es una forma del quehacer político que ha estado siempre entre nosotros, o que haya de hacernos compañía durante el resto de la historia humana. Este libro se propone crear conciencia de la frágil contingencia que es la democracia, en un momento en que se manifiestan signos de creciente desacuerdo sobre su significado, eficacia y conveniencia. Obviamente, la democracia por lo general se refiere a un tipo particular de sistema político en el que el pueblo o sus representantes se gobiernan a sí mismos de forma legítima, en lugar de ser gobernados, digamos, por una dictadura militar, un partido totalitario o un monarca. En este sentido, la democracia ha disfrutado en décadas recientes de una popularidad sin precedentes, se ha convertido en una de esas palabras —como “computadora” u “OK”— familiares a millones de personas en todo el mundo. Algunos expertos hablan del triunfo global de la democracia o proclaman que es hoy un bien universal; no obstante, su significado, y la cuestión de si es o no preferible a otros sistemas de gobierno (y por qué), siguen siendo objeto de grandes polémicas. Las opiniones se dividen en cuanto a si democracias actuales como las de los Estados Unidos, Gran Bretaña, la India o Argentina se apegan a sus ideales democráticos; estos ideales también son polémicos. El desacuerdo más común, que este libro intenta conciliar, se da entre los defensores de la democracia “participativa” o “directa”, entendida como la participación de toda la ciudadanía en las decisiones que afectan sus vidas, por ejemplo mediante el sufragio y la aceptación de la decisión mayoritaria, y aquellos que favorecen la democracia “indirecta” o “representativa”, un método de gobierno en el que el pueblo, a través del voto y la expresión pública de sus opiniones, elige representantes que toman las decisiones por él.

DEMOCRACIA O GOBIERNO ASAMBLEARIO

El principio de sabiduría en esas disputas es reconocer que la democracia, como todas las invenciones humanas, tiene una historia. Los valores democráticos y las instituciones nunca son inmutables; incluso el significado de democracia cambia a lo largo del tiempo. Este punto es fundamental en Vida y muerte de la democracia, donde se señalan tres épocas superpuestas en las que la democracia, considerada como una manera de tomar decisiones y como toda una forma de vida, se ha desarrollado hasta ahora.

Su primera fase histórica corresponde a la creación y difusión de las asambleas públicas, iniciada alrededor del año 2500 a.C. en el área geográfica hoy conocida como Medio Oriente. Se extendió a través de las culturas clásicas de Grecia y Roma, hasta abarcar el islam temprano antes del año 950 d.C., y finalizó con la difusión de asambleas rurales (llamadas tings, loegthingi y althingi) a través de Islandia, las Islas Feroe y otros litorales del territorio que tiempo después sería llamado Europa. Excepto por los brillantes momentos asociados con Escandinavia, la Atenas clásica y la Roma republicana, todo este periodo suele considerarse como la época oscura de la degeneración antidemocrática. “Con la caída de la República [romana] —comenta típicamente un respetado politólogo—, el gobierno popular desapareció por completo en el sur de Europa. Excepto por los sistemas políticos de tribus reducidas y desperdigadas, se esfumó de la faz de la tierra por prácticamente mil años.”3

Esa percepción, empapada en prejuicios occidentales modernos, es rotundamente falsa. La verdad es que durante la primera fase de la democracia las semillas de sus instituciones esenciales —el autogobierno de una asamblea igualitaria— se diseminaron a lo largo de muchos suelos y climas distintos, desde el subcontinente indio y el próspero Imperio fenicio hasta las costas occidentales de la provincia europea. Esas asambleas populares arraigaron paralelamente, acompañadas de varias normas y costumbres subordinadas, como las constituciones escritas, el pago a los miembros del jurado y a funcionarios electos, la libertad para hablar en público, las máquinas de votación y el voto por sorteo o juicio ante jurados electos o designados. También se hicieron intentos para frenar a los líderes autoritarios con métodos como la elección obligatoria de reyes, los periodos de mandato limitados y —en una época en la que no existían aún los partidos políticos ni procedimientos de revocación o impugnación— el pacífico aunque comúnmente escandaloso ostracismo de los demagogos de la asamblea por voto mayoritario.

Muchos de estos procedimientos jugaron un papel fundamental en la célebre ciudad de Atenas, donde en el curso del siglo V a.C. la democracia acabó por significar el gobierno legítimo de una asamblea de ciudadanos varones adultos. Las mujeres, los esclavos y los extranjeros estaban excluidos. El resto del pueblo se reunía regularmente no lejos de la plaza pública principal, en un sitio llamado Pnyx, con el propósito de debatir asuntos diversos, someter las diferentes opiniones a voto, normalmente por mayoría de manos alzadas, o introduciendo individualmente en el interior de una vasija fragmentos de cerámica o bronce, y así decidir cómo se debía proceder. En esa primera fase de la democracia se llevaron a cabo los primeros experimentos de creación de cámaras secundarias (llamadas damiorgoi en algunas ciudades-Estado griegas) y alianzas federativas o confederaciones de gobiernos democráticos coordinadas por una asamblea mixta conocida como myrioi, como ocurrió entre los arcadios grecohablantes en la década de 360 a.C. En este periodo también se llevaron a cabo acciones importantes para crear formas de vida que más adelante se considerarían componentes vitales de la forma de vida democrática. Muchas de esas innovaciones tuvieron lugar en el mundo islámico, entre ellas la cultura de la imprenta y esfuerzos para el cultivo de asociaciones autónomas, como las sociedades religiosas altruistas (llamadas waqf) y las mezquitas, y, en el campo de la vida económica, asociaciones jurídicamente independientes de los gobernantes. El islam despreció a la realeza y desató disputas públicas interminables sobre la autoridad de los gobernantes. Hacia el final de este periodo, alrededor del año 950 d.C., sus eruditos incluso revivieron el viejo lenguaje de la democracia. El mundo temprano del islam también puso énfasis en la importancia de virtudes compartidas, como la tolerancia y el respeto mutuo entre escépticos y creyentes en lo sagrado, y en la obligación de los gobernantes de respetar otras formas de interpretar la vida. Durante esta fase surgió también la creencia musulmana de que los seres humanos estaban obligados a tratar a la naturaleza compasivamente, como si se tratara de un igual por ser ambas partes creaciones divinas. Más adelante, esa obligación perturbaría a todas las democracias.

DEMOCRACIA REPRESENTATIVA

Alrededor del siglo X de la era común la democracia entró en una segunda fase histórica cuyo centro de gravedad fue la región del Atlántico, aquel triángulo geográfico marítimo que se extiende desde las costas europeas hasta Baltimore y Nueva York, y de ahí al sur hasta Caracas, Montevideo y Buenos Aires. El inicio de este periodo estuvo determinado por la resistencia a la civilización islámica en la península ibérica, que a lo largo del siglo XII de la era común propició la invención de las asambleas parlamentarias. Terminó con el hecho lamentable de la destrucción prácticamente total a nivel mundial de las instituciones y formas de vida democráticas mediante las tormentas desatadas por las guerras mecanizadas, las dictaduras y los gobiernos totalitarios que asolaron al mundo en la primera mitad del siglo XX. En medio de todo ello, no obstante, ocurrieron cosas extraordinarias.

Moldeada por fuerzas tan diversas como el renacimiento de las ciudades, las luchas religiosas al interior de la Iglesia cristiana y las revoluciones en los Países Bajos (1581), Inglaterra (1644), Suecia (1720) y los Estados Unidos (1776), la democracia adoptó el significado de democracia representativa. Al menos ése fue el sentido con el que empezó a usarse el término en Francia, Inglaterra y la nueva república de los Estados Unidos en el siglo XVIII entre, por ejemplo, los redactores de constituciones y los escritores políticos prominentes al referirse al nuevo tipo de gobierno cimentado en el consenso público. Si bien no se sabe quién fue el primero en hablar de “democracia representativa”, el escritor político precursor fue un noble francés que había fungido como ministro de Relaciones Exteriores bajo el reinado de Luis XV, el marqués d’Argenson. Fue él quien insinuó el nuevo significado de la democracia como representación.

La falsa democracia pronto degenera en la anarquía —escribe en un tratado de 1765 que vio la luz pública póstumamente—. Es el gobierno de la multitud, del pueblo insolente que desprecia las leyes y la razón. Su despotismo tiránico se hace evidente con la violencia de sus actos y la incertidumbre de sus deliberaciones. En la verdadera democracia —concluye d’Argenson— uno opera a través de representantes que han sido autorizados por medio de elecciones; la misión de quienes han sido elegidos por el pueblo y la autoridad que representan constituyen el poder público.4

Ésta era una forma completamente nueva de pensar la democracia, un tipo de gobierno en el que el pueblo, a través del voto, tenía la posibilidad genuina de elegir entre al menos dos alternativas y la libertad para elegir a quienes defenderían sus intereses, es decir, a quienes lo representarían al tomar decisiones en su nombre. Mucha tinta y sangre se derramaría para establecer la definición exacta de la representación, para precisar quién tenía derecho de representar a otros y lo que se debía hacer cuando los representantes pasaban por encima de aquellos a los que supuestamente debían representar. No obstante, en esta segunda fase histórica de la democracia predominó la creencia de que el buen gobierno era aquel que se ejercía a través de representantes. La sorprendente afirmación de Thomas Paine: “Si Atenas hubiese adoptado el sistema de representación habría superado a su propia democracia”, ofrece una pista crucial para esclarecer la manera en que a finales del siglo XVIII los promotores políticos, redactores de constituciones y ciudadanos habían de emprender una defensa completamente inédita de la democracia representativa. Frecuentemente comparada con el sistema monárquico, la democracia representativa era elogiada como una mejor forma de gobierno en tanto que ventilaba públicamente las diferencias de opinión tanto entre los propios representados como entre éstos y sus representantes. El gobierno representativo fue elogiado como una manera de liberar a los ciudadanos del temor a los dirigentes a los que se confiaba el poder; el representante temporal “en funciones” era visto como un sustituto adecuado del poder personificado en el cuerpo de los monarcas y los tiranos no elegidos. El gobierno representativo fue aclamado como un método nuevo y eficaz para repartir la culpa de un desempeño político pobre, una nueva forma de alentar la rotación del liderazgo a partir del mérito y la humildad. Fue pensado como una nueva forma de gobierno humilde, una manera de abrir espacio para minorías políticas divergentes y de equilibrar la competencia por el poder, lo cual a su vez les permitía a los representantes poner a prueba su capacidad política y habilidad de liderazgo frente a otros que tenían el poder para destituirlos. Los primeros defensores de la democracia representativa ofrecieron también una justificación más pragmática de la representación, que era vista como la expresión práctica de la simple realidad de que no convenía permitirles a todas las personas involucrarse continuamente en los asuntos del gobierno, aun cuando tuviesen la disposición para hacerlo. A causa de esa realidad, el pueblo debía delegar la tarea de gobernar en representantes escogidos en elecciones regulares. El trabajo de esos representantes era supervisar el gasto público. Los representantes actúan a favor de sus conciudadanos frente al gobierno y su aparato burocrático, debaten temas y redactan leyes, deciden quién gobernará y cómo habrá de hacerlo, siempre a nombre del pueblo.

Como una forma de designar y manejar el poder, la democracia representativa fue un tipo inusual de sistema político. Se basaba en constituciones escritas, sistemas jurídicos independientes y leyes que garantizaban procedimientos que siguen desempeñando una función esencial en las democracias actuales; y en invenciones como el habeas corpus (institución jurídica que evita la tortura y el encarcelamiento), las elecciones periódicas de candidatos a las legislaturas, los cargos políticos de tiempo limitado, el voto secreto, el referéndum y la impugnación, los colegios electorales, los partidos políticos competitivos, los defensores del pueblo (ombudsmen), la sociedad civil y libertades civiles como el derecho a reunirse en asambleas públicas, así como la libertad de prensa. En comparación con la democracia asamblearia anterior, la democracia representativa ampliaba significativamente la escala geográfica de las instituciones de autogobierno. Con el paso del tiempo y a pesar de sus orígenes específicos en pueblos, distritos rurales y ámbitos imperiales de gran dimensión, la democracia representativa llegó a ser adoptada principalmente en Estados territoriales protegidos por ejércitos formales y equipados con poderes para hacer e implementar leyes y recaudar impuestos de las poblaciones bajo su dominio. Esos Estados eran característicamente mucho más grandes y poblados que las unidades políticas de la democracia antigua. La mayoría de los Estados del mundo griego de la democracia asamblearia, Mantinea y Argos por ejemplo, no fueron mayores a unas cuantas veintenas de kilómetros cuadrados. Muchas democracias representativas modernas —entre ellas Canadá (9.98 millones de kilómetros cuadrados), los Estados Unidos (9.63 millones de kilómetros cuadrados), y la circunscripción electoral más grande del mundo, la vasta división rural de Kalgoorlie en el estado federativo de Australia Occidental, que comprende 82 000 votantes diseminados a lo largo de un área de 2.3 millones de kilómetros cuadrados— son incomparablemente mayores.

Los cambios que propiciaron la formación de las democracias representativas no fueron inevitables ni carecieron de oposición política. La democracia representativa no tendría por qué haber emergido, pero lo hizo; nació de múltiples y diferentes conflictos de poder, muchos de los cuales fueron librados en feroces batallas en contra de los grupos gobernantes, fuesen jerarquías de la Iglesia, terratenientes, monarcas o ejércitos imperiales, comúnmente en el nombre “del pueblo”. La definición exacta de quién era “el pueblo” fue un tema muy controvertido que propició enorme confusión. La era de la representación vivió no sólo un notable renacimiento del antiguo lenguaje de la democracia, sino que la palabra en sí adquirió nuevos significados que los antiguos observadores habrían condenado considerándolos oxímoros o bien simplemente despropósitos. La segunda era de la democracia estaba pertrechada de nuevos epítetos; se hablaba de “democracia aristocrática” (surgida inicialmente en los Países Bajos a finales del siglo XVI) y había nuevas referencias (comenzando por los Estados Unidos) a la “democracia republicana”. Más adelante surgieron epítetos como “democracia social”, “democracia liberal” y “democracia cristiana”, e incluso “democracia burguesa”, “democracia de los trabajadores” y “democracia socialista”. Esos nuevos términos correspondieron a las múltiples luchas entre grupos por lograr acceso igualitario al poder gubernamental, lo cual desembocó, en ocasiones por designio y otras por simple accidente o como consecuencia no intencional, en instituciones, ideales y formas de vida sin precedentes. Las constituciones escritas cimentadas en la separación formal de poderes, elecciones periódicas, partidos de oposición y diferentes sistemas electorales fueron algo totalmente nuevo, como lo fue también la invención de las “sociedades civiles” fundadas en nuevos hábitos y costumbres sociales —experiencias tan diversas como comer en un restaurante público, practicar deportes o controlar el temperamento a través de un lenguaje cortés— y en nuevas asociaciones que sirvieron a los ciudadanos para mantener al gobierno a cierta distancia mediante el uso de armas no violentas como la libertad de prensa, la circulación pública de peticiones y pactos y los pactos y las convenciones constitucionales para la redacción de nuevas constituciones. En algunas partes florecieron los gobiernos municipales. Nació una cultura de derechos y obligaciones de los ciudadanos. Notablemente, en este periodo surgió también —por ejemplo en los movimientos cooperativos y de trabajadores en la región atlántica— la primera alusión a la “democracia internacional”.

La era de la representación desató lo que el escritor y político francés Alexis de Tocqueville llamó la “gran revolución democrática” a favor de la igualdad política y social. Diseminada a partir del triángulo atlántico, esta revolución sufrió frecuentes retrocesos y reveses, sobre todo en Europa, donde estuvo a punto de colapsar en las primeras décadas del siglo XX