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Los raperos me llamaban «Abuelo». Uno de ellos, al que llamaré «Nano», un chico bajito y delgado, con un deje macarra al hablar y voz endurecida por el tabaco, siempre andaba con algún porro escondido en la palma de la mano. A veces, coincidíamos en el parque de la Juventud, el lugar donde íbamos a parar punks, jevis, raperos y demás fauna. En aquel parque me cogía algunas cogorzas de vergüenza ajena en interminables botellones de litrona y hachís. Cuando me pillaba por allí una curda de no lamerme, el Nano se reía y gritaba: —¡Abuelo! ¡Eres un vinagre! Entre algunos se extendió el uso de la palabra «vinagre» para definir a alguien que se pasaba tres pueblos con el alcohol. Este libro está escrito para una sociedad aletargada que vive entrando y saliendo de los cientos de miles de bares de nuestro país. «Este libro cuenta la historia de una persona que se equivocó muchas veces».
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Seitenzahl: 177
Veröffentlichungsjahr: 2023
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El alcohol vació mi vida y dejarlo casi llena mi cuenta bancaria
JORGE MATÍAS
© Del textoJorge Matías
© Next Door Publishers, SLPrimera edición: octubre 2023
Editor: Oihan IturbideDiseño: Ex.EstudiCorrección y composición: NEMO Edición y Comunicación, SL
Next Door Publishers, SLwww.nextdoorpublishers.comwww.yonkibooks.com
ISBN: 978-84-126300-8-4ISBN ebook: 978-84-126300-9-1DEPÓSITO LEGAL: NA 1875-2023
Gráficas AlzateImpreso en Navarra, España
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Era mi cumpleaños, un 29 de agosto. Salí a celebrarlo yo solo, por la mañana. En Alcalá de Henares eran las fiestas de San Bartolomé. Me la sudaban fuerte las fiestas de San Bartolomé. Caminé hasta la calle Libreros. Un poco antes de llegar a los Cuatro Caños, giré sobre mis talones. Mientras volvía sobre mis pasos, fui probando todos los bares que me encontré de camino. Al llegar a la primera terraza justo después de la plaza de Cervantes, ya en la calle Mayor, me senté y llamé a la camarera. Una jarra grande de cerveza. ¿De medio litro? Sí, de medio litro. ¿Helada? Helada o no helada, me da igual. Me la bebí rápido. Pedí otra. La segunda fue cayendo con más lentitud. Saqué el teléfono móvil. Creo que hablé con alguno de mis hermanos, que llamó para felicitarme. Puede que hablara con mi padre, no lo sé. Para entonces llevaba bastante cerveza en el cuerpo. Dejé el móvil en la mesa. Y entonces llamó Nieves.
Me felicitó. Su cumpleaños es un mes y pico antes que el mío, así que nos acordamos de las fechas. Un montón de preguntas y respuestas insustanciales. Me gustaba hablar con ella, pero no esperaba su llamada a aquellas horas. Apenas eran las doce de la mañana. Y entonces ocurrió.
—¿Estás bebiendo? —preguntó.
—Sí. Estoy celebrando mi cumpleaños.
—¿Y te parece normal?
—Bueno, es mi cumpleaños.
—Estás bebiendo por la mañana, tú a solas el día de tu cumpleaños. Y se te nota en la voz que estás medio borracho. ¿No te parece que tienes un problema?
Siguió una bronca. Un repaso. Una advertencia. Me dijo que no quería volver a verme si mi intención era seguir bebiendo. Que tenía que buscar ayuda. Que tenía un problema. Que no podía seguir así, pues perdía los papeles y no me aguantaba ni mi padre. Que me quería, pero no quería verme así. Se me heló la sangre.
No lo había pensado seriamente. Que alguien pudiera encontrar problemático mi consumo de alcohol. Cuando ella estuvo viviendo en Latinoamérica, me había visto a través de Skype. Y, por mucho que me asegurara de ocultarle a la cámara del ordenador las latas de cerveza, era evidente que durante aquellas charlas me estaba poniendo hasta el culo, o ya me había puesto. Durante la bronca de su llamada de cumpleaños, noté cómo le temblaba la voz. No supe contestar. No me salían las palabras. Fue una de las veces en las que el pedo se me pasó de golpe. En ocasiones, un acontecimiento inesperado, un golpe emocional o un accidente de tráfico te llevan de cabeza a un aparente estado de sobriedad. Nos despedimos. Ella no dejó de decirme lo mucho que me apreciaba. Fue la primera vez que alguien me dijo abiertamente que soy un alcohólico.
Dejé el móvil en la mesa y encendí un cigarrillo. Vale, tenía un problema. Uno que te cagas. Así que tomé la decisión de dejar la bebida. Llamé a la camarera. Pedí otra jarra de cerveza, me daba igual que estuviera helada o no. Me la bebí rápido. Noté cómo volvían a flojearme las piernas y los brazos. Apagué el cigarrillo. Vale, ahora sí. Se acabó. Pagué la cuenta de mi última borrachera. En aquel momento aún no sabía que ladecisión se iba a mantener. Era muy fácil tomar una decisión en caliente, pero al día siguiente podría pensar que quizá la había tomado de forma precipitada y que podía controlar mi consumo bebiendo un poco menos. Sin embargo, las palabras de Nieves rebotaban en mi cabeza y, cada vez que afloraba el recuerdo, sentía una vergüenza tremenda. ¿Alguien más se había percatado y no me ha dicho nada? En el fondo, yo sabía que mi comportamiento no era normal. Los días posteriores, afloraron a mi mente recuerdos intrusivos que en su momento no me habían causado desasosiego. En casa, asado del calor, descubrí que sí había habido alguna advertencia anterior, más tímida, menos obvia, en la que no se mencionaba abiertamente el alcoholismo. La llamada de uno de mis hermanos mientras me emborrachaba en la plaza Mayor de León, por ejemplo. La advertencia de una amiga que me llevó al barrio en coche, advirtiéndome que fuera directo a casa (y, con ello, dejando claro que no se fiaba de que no fuera a seguir bebiendo). La bronca de mi padre al escucharme intentando abrir la puerta sin lograrlo aquel mismo día. Miradas, censuras fugaces. Quizá era más evidente de lo que yo pensaba.
Cómo había llegado a aquella situación es más complicado de discernir. Quizá había algo malo en mí. Quizá no. Puede que fuera la timidez lo que me llevó a beber para intentar vencerla, pero no todas las personas tímidas acaban intentando destruirse bebiendo. Puede que viniera arrastrando los males del pasado desde mi infancia, o puede que estos hubieran surgido en la adolescencia. Puede que las sucesivas rupturas sentimentales y desengaños, o no querer transigir con una existencia mediocre, me hubieran llevado a beber más de la cuenta.
He tomado decisiones en la vida de las que me arrepiento, como todos. Pero no a todo el mundo las decisiones les han ido lastrando el futuro, destruyendo la posibilidad de tener la vida que desean o aproximarse ligeramente a ella siquiera. Siempre he deseado ser escritor, siempre he escrito. Lo suyo es que hubiera cursado BUP y haber acabado en la universidad, pero no fue así. Mis deseos iban orientados a estudiar Historia, pero la realidad se convirtió en un muro edificado a mi alrededor para combatir el miedo.
Sufrí acoso escolar en EGB. Algunos me veían débil, supongo, así que era un blanco fácil. Me esperaban a la salida del colegio para darme «el aguinaldo», y adquirí un perfil gris y cabizbajo para evitar llamar la atención. La única ocasión en la que le comuniqué al director del centro lo que me estaba pasando, el tipo se lo tomó a la ligera y me dijo que no era para tanto. Aquel día me habían estado pegando justo delante de su despacho. Eran otros tiempos.
Los profesores me recomendaron hacer BUP, pero en aquellos años no había muchos institutos en Alcalá, y las posibilidades de encontrarme con algunos de mis compañeros del colegio eran altas. El miedo me llevó a FP. No tengo nada en contra de la Formación Profesional, pero en mi época era el lugar a donde iban a parar los despojos. «El que sabe, sabe; y el que no, a FP», se decía. Era un estigma. También era una mierda. De hecho, no tenía mucho que ver con lo que es hoy.
Así que empecé a estudiar para administrativo. Hace mucho, sí. La escasez de plazas era tal que el primer año me quedé fuera. No pensé en replantearme lo que quería, solo deseaba esconderme. No terminé el segundo grado. En realidad, sentía un profundo rechazo por lo que estaba estudiando. Y, para colmo, empecé a sentir desprecio por todo lo que hacía. Sentía una frustración tremenda. La disimulaba en casa como podía, pero la única verdad es que no deseaba hacer lo que estaba haciendo, no quería estar allí. Sin embargo, pensé que ya era tarde para arrepentirme.
Las decisiones que tomas condicionan tu vida. Cada persona elige lo que cree que más o menos le conviene entre las opciones que tiene delante; y, dependiendo de su clase social, ese abanico de opciones puede ser más amplio o menos. La gente valora qué puede hacer para tener un futuro mejor, qué le permitirá salir adelante con mayores posibilidades de prosperar. Uno nunca sabe si realmente acertó, y la frustración puede surgir incluso si tiene éxito con lo elegido. Pero yo no elegí nada. Solo quería desaparecer. Por aquel entonces no habría calificado de error la decisión, pero sabía que no deseaba hacerlo, que odiaba profundamente haberme metido allí. Y sabía que no tenía futuro. La mala decisión sobre mis estudios me convirtió en una persona frustrada que odiaba lo que hacía y que se autodespreciaba. Cuando llegó el alcohol, lo vi como una vía de escape, una fuga hacia delante, un vivir rápido para no enterarte de que vienes arrastrando numerosos problemas desde la adolescencia. En mis tiempos de instituto todavía quedaban algunos años paraque empezara a beber, y todavía más para emborracharme por primera vez, y bastantes más para convertirme en un alcohólico curtido. Podría haber sido alcohólico igualmente de haber ido a la universidad, por supuesto. Pero eso, el hecho de ser un alcohólico con estudios superiores, me habría abierto posibilidades de solucionar el asunto que, desde luego, no tuve cuando necesité ayuda profesional.
Durante mi adolescencia, me fui enganchando a pintar casas. De hecho, fue mi oficio durante más de diez años. Lo odiaba un poco menos que la Formación Profesional, pero tampoco mucho menos. Sabía que seguía sin tener un futuro y, lo que era peor, el presente me parecía una mierda pinchada en un palo.
Esconderme, pasar desapercibido, huir. Desde adolescente, aquella había sido mi vida. La vida de alguien que vive con miedo y para quien aquel miedo se tornó en peligros muy tangibles. Alguien que dejó que todos aquellos peligros (los reales y los posibles) formaran una nebulosa que le impidió vivir con normalidad.
Unos días después de mi cumpleaños, cuando le conté al médico todo lo que bebía, me confirmó que tenía un problema. No había vuelto a beber desde el rapapolvo de Nieves. Desgrané en la consulta las cantidades que ingería diariamente desde hacía años. Me mostró las opciones, sin disimular su asombro. Podría pedir ayuda a Alcohólicos Anónimos, esperar un tiempo indeterminado a recibir ayuda médica del sistema público o acudir a alguna de las asociaciones evangélicas que había por el barrio a rodearme de «aleluyos» que me explicaran quedios es mejor que el alcohol (algo que, desde luego, no entraba en mi cabeza). ¿Me lo pensaría? Me lo pensaría. Al salir del centro de salud, tenía que pasar por la puerta de una de aquellas asociaciones evangélicas de camino a casa. En el barrio había unas cuantas, casi todas surgidas ante la necesidad de desintoxicar a docenas de heroinómanos. Ninguna de ellas se iba a conformar con que dejara el alcohol: debía llenar con Jesús el hueco dejado por la bebida. ¿Era aquella toda la ayuda que podía esperar?
En mi escala de valores no cabían dios ni su club de fans. Regresé a casa derrotado, sin saber muy bien qué hacer. De vez en cuando, me la jugaban pensamientos intrusivos que intentaban relativizar mi consumo de cerveza. Las ganas de beber seguían allí. Quizá podría empezar a beber menos. Beber normal. Pero no podía engañarme. Nunca he bebidonormal.Si salía a beber, mientras otros se bebían dos tercios, yo me bebía cinco. Podría aguantar un día o dos intentando ser normal. Seguramente, llegaría un punto en el que rompería con aquello. Qué más daba, solo una más.
Pero nunca era solo una más. Nunca.
En cuanto llegué a casa, entré en mi dormitorio. El escritorio junto a la cama, la repisa de la habitación, las estanterías con libros, el suelo, la mesa del ordenador… todo lleno de latas de cerveza vacías que llevaban allí desde antes de mi cumpleaños. Fui a la cocina a por una bolsa de basura y me puse a llenarla. Debía haber más de cincuenta latas. Los culos pegajosos habían dejado marca en muchas zonas. Aplasté un poco las latas vacías para que ocuparan menos espacio. Sin embargo, incluso así, labolsa era voluminosa. Bajé para tirarla en los contenedores junto al aparcamiento. El inconfundible sonido que hacían las latas entre sí a cada meneo me producía desasosiego. La bolsa cayó en el contenedor con un sonido metálico hueco.
Hay pocas cosas más hermosas que una cerveza. Una cerveza bien tirada, con su corona de espuma y todas esas gilipolleces. En cada bar parece distinta (aunque sea la misma marca) porque las cervezas se asimilan al lugar donde se toman. En el Bar Colón te la servían en un vaso de tubo hasta arriba y, cuando ibas por la mitad, estaba caliente como la orina. Era la cerveza del jubilado, larga y barata para abusar menos. En el Bar Extremadura te ponían los dobles en una copa grande y la cerveza adquiría un brillo especial, algo más oscuro que en el Colón, un marrón turbio que tan solo adquiría un apetitoso color cobrizo cuando ponías la copa al trasluz. Un poco más adelante, en un bar regentado por unas hermanas uruguayas, te servían jarras de grueso cristal de un litro que pesaban mucho cuando estaban llenas. En los bares del polígono te ponían tercios o jarras de medio litro que sabían a derrota laboral, a incertidumbre, a España entera. Los fines de semana, las pintas de Guinness me parecían elegantes en su opacidad y su sabor amargo era el pedigrí de los idiotas (todo el que toma una cerveza negra cree estar tomando un elixir divino, sagrado, pues se autopercibe como un bebedor con criterio, y el hecho de que la cerveza negra tenga más graduación que las normales no tiene nada que ver). Luego estaban las cervezas finas, las de cereza, las de extraños nombres extranjeros, las cervezas belgas con monjes en la etiqueta, de esas que casi se pueden masticar y que me sentaban fatal, las alegrespilsenersque piensas que son fruto de un saber ancestral, cuando en realidad su origen se remonta tan solo al siglo xix. Las he bebido todas, pero al final me daba exactamente igual la calidad de lo que bebía, pues no pretendía saborear nada. Cuando llevas varios litros encima, te da igual el sabor. Posiblemente, no me habría enterado si el camarero se hubiera meado en mi cerveza.
Al salir del trabajo, me detenía en los bares del polígono. Pedía dos jarras de cerveza y me las bebía a solas ante la mirada ausente de la camarera. A las cinco y pico de la tarde no había nadie más por allí, pues todos tenían algo que hacer, supongo. Pero yo no: yo estaba muerto, y los muertos descansan. Dejaba el polígono y acudía al Bar Colón a beberme uno de sus repugnantes tubos de cerveza mientras dejaba que los zapatos se me quedaran pegados en el suelo de terrazo. Luego, en la calle paralela, en Reyes Católicos, pedía un par de dobles en el Extremadura. Después iba al bar de las uruguayas y me pedía dos jarras de las grandes. Los pensamientos iban y venían y se diluían, y llegaba un punto en el que ya no podía pensar. Volvía a casa despacio, como si no supiera a dónde me dirigía. Aqueltournunca duraba más de una hora y media o dos. Junto al Colón, había una tienda de una familia china. Allí compraba entre seis y ocho latas de Mahou, dependiendo de la vergüenza y las ganas. En ocasiones, a las nueve o las diez bajaba otra vez a la tienda porque se me habían acabado y ya no podía dormir. Al entrar, el dependiente me saludaba con un ligero cabezazo. Era su mejor cliente. Siempre me sonreía cuando le pagaba, como si supiera que me tenía bajo su hechizo, fruto de un saber milenario. Fue la primera persona a la que decepcioné al dejar la bebida. El amor eterno no existe. Lo nuestro no puede ser,se me ha roto el corazón y se me va a romper el hígado. Ya no queda ilusión, si es que alguna vez la hubo. Ya no tengo sed. Nuestra relación lleva mucho tiempo estancada. Todo eso.
Subí a casa con paso cansado después de tirar la bolsa de latas vacías. La tormenta estaba en marcha. Todavía no sabía qué hacer. Tenía una idea difusa de cómo afrontar lo que estaba por venir, es decir, de enfrentarme a los demonios. Me tumbé en la cama. La noche caía pero el calor del verano seguía allí, atrapado en el hormigón del vecindario, convirtiendo el barrio en una caldera pegajosa, estridente y sucia. Con la ventana abierta, me llegaban en sordina los sonidos producidos por chavales que bebían litronas y fumaban canutos en la plaza. Eran mucho más jóvenes que yo. El dormitorio se oscureció y la tenue luz anaranjada de las farolas de la plaza se coló como un fantasma en el techo. Los chicos seguían allí de madrugada, hablando bajito para no molestar demasiado a los vecinos que tenían que currar al día siguiente. No por educación, sino para no llevarse doshostias. La primera noche del desconcierto.
Sudé mientras daba vueltas una y otra vez en el maltrecho colchón. Las sábanas eran un guiñapo y el despertador luminoso me recordaba a cada momento que la noche estaba terminando. Al final, fui a trabajar sin haber dormido nada. Me levanté a las siete. Me duché y bebí un café rápido. Me vestí mientras miraba el desolador aspecto de mi dormitorio. Era una pocilga. Un cenicero con tapa y agua en su interior soltaba una terrible peste a cigarrillos mojados. Había libros por todas partes, paquetes de tabaco vacíos, mecheros que no funcionaban, polvo y residuos de cerveza en el suelo de vinilo. Nunca me había parecido tan intenso el desorden.
Llegué a mi trabajo, que estaba a quince minutos andando desde mi casa. Comencé como cualquier día,midiendo la dureza de piezas de acero en un durómetro. Luego me llevé aquellas piezas a otra nave para someterlas al ensayo no destructivo de líquido penetrante. Era un coñazo, era una mierda, era un trabajo para gilipollas, y yo era el gilipollas más indicado. La alienación habitual de los trabajos no creativos solía atenuarse en cuanto se acercaban las cinco de la tarde y, con esa hora, el momento de empezar a beber, pero ahora solo había ansiedad. Medía, inspeccionaba. Las piezas en el líquido, las piezas en la zona de lavado, las piezas en la estufa, las piezas en el polvo revelador, las piezas en la cámara para ser inspeccionadas bajo luz negra. Una y otra vez, una y otra vez, líquido, lavado, estufa, polvo. Líquido, lavado, estufa, polvo. Medir y medir y medir. Conversaciones insustanciales. Líquido, medir, polvo, inspección. Rellenar papeles sobre líquido, polvo, inspección. Malas caras, gritos, desprecios, inseguridad. Ocho horas. Nueve, si contamos la hora de la comida. Beber al salir de allí era un premio.
Pero aquel día no sucedió. No bebí al salir. Pasé por la puerta de los bares del polígono a toda prisa, como si pudieran retenerme contra mi voluntad. Me fui directo a casa. En cuanto llegué al dormitorio, hice la cama como mejor pude y me tumbé. Esperé la llegada de la noche. Tenía la cabeza vacía. No sentía nada. Las palabras de Nieves seguían presentes y recordarlas me producía un bochorno indescriptible.
La ansiedad no me daba ni un respiro. Todavía no sabía que estaba metiéndome en una depresión que te cagas, y las visitas al doctor Google para consultar cosas sobre abstinencia daban unos resultados aterradores, porque todo el mundo es lo bastante gilipollas como para quedarse con lo peor, con lo más alarmante. Incluso así, las pruebas eran las que eran: el síndrome de abstinencia del alcohol te puede matar. La gente suele recaer a los diez años, a los cinco, a los dos, lo que sea. La gente pierde a sus parejas, la gente se suicida, la puta gente drogata tiene malos hábitos para todo, porque somos la mierda, tío. La oscuridad se me metió dentro. Me arrancaba poco a poco la esperanza no ya de dejar el alcohol, sino de llegar a sernormal.
Me comí todo según venía, y fui poco a poco sistematizando un método que no era riguroso ni recomendable. ¿Ganas de beber alcohol? Sorbo de agua. ¿Más ganas? Comer patatas fritas. ¿Tentaciones en el supermercado o en el chino? Comprar galletas o cocacola, salir corriendo. Evitar los bares. Eludir las terrazas de los bares. Mear. Lavarme la cara. No mirar el reloj. El reloj era lo peor de todo. El reloj despertador me ponía de los nervios. Detestaba aquellos estúpidos números rojos que brillaban en la oscuridad.
