Violencia - Luís Moya Albiol - E-Book

Violencia E-Book

Luis Moya Albiol

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¿Por qué hay personas más violentas que otras? La verdad es que no existe una única respuesta a la pregunta dado que la generación de la violencia humana se produce como resultado de la interacción de diversos factores biológicos, psicológicos y sociales. Los genes, la configuración de los cerebros y la química de nuestro organismo, así como las experiencias tempranas y el ambiente en que crecemos y vivimos desempeñan un papel importante en la expresión de la violencia. Pero no podemos generalizar el peso de cada uno de estos factores a todos los tipos de violencia y, mucho menos, a lo que llamamos perfiles o patrones estables de comportamiento violento. Es más, su influencia va a ser diferente en cada perfil, lo que hace más complicado, a la vez que apasionante, vislumbrar las vías más efectivas en cada caso para una prevención y una intervención adecuadas. Este libro analiza el peso de todos esos factores, y repasa los trastornos mentales y de personalidad que pueden derivar en comportamientos violentos, del individuo narcisista al psicópata pasando por el pederasta. Asimismo, se analizan los diferentes contextos en los que se puede producir la violencia, ya sea en el ámbito doméstico, en el laboral, en el escolar o en la intimidad de las relaciones sexuales. Esta obra parte de las más recientes investigaciones científicas para darnos a conocer los principales perfiles de personas violentas, y facilitarnos la comprensión de los motivos que llevan a alguien a comportarse de forma violenta.

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Seitenzahl: 191

Veröffentlichungsjahr: 2022

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VIOLENCIA

VIOLENCIA

Una visión actual desde la Psicología

LUIS MOYA ALBIOL

Biblioteca de psicología

Violencia

© de la idea original, EMSE EDAPP, S. L., 2021.

© de los textos, Luis Moya Albiol, 2021.

© de la edición original, PRISANOTICIAS COLECCIONES y EMSE EDAPP, S. L., 2021.

© de esta edición digital, EMSE EDAPP, S. L., 2022.

Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S.L.

Diseño de cubierta: Pau Taverna

Diseño (edición papel): Manel López (GRAFCO)

Maquetación (edición papel): Kira Riera

Conversión a ebook: Iglú ebooks

ISBN: 978-84-1354-950-7

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.

Índice

Introducción
¿Está la violencia en el cerebro?
¿Qué entendemos por violencia?
¿Violencia o violencias?
Quién ejerce la violencia y contra quién
¿Nacemos o nos hacemos violentos?
¿Es solo cosa de hombres?
Genes de la maldad
Cerebros violentos
Procesos mentales y violencia
Alcohol y drogas, ¿nos hacen más violentos?
Perfiles violentos
La edad de la inocencia: menores violentos
Cerebros psicopáticos, ¿todos asesinan?
Personalidades límite, narcisista y paranoide
¿Lleva la enfermedad mental a la violencia y al crimen?
Los lobos y sus presas: pedófilos y pederastas
¿Puede alguien dejar de ser pedófilo?
Tu dolor es mi placer: sadismo sexual
Vivir la violencia en el día a día
¿Fue víctima el verdugo? El ciclo de la violencia
El síndrome del emperador… y de la emperatriz
Quien me agrede es mi pareja: violencia en las relaciones íntimas
Necesito que me cuiden, sin embargo me agreden
El acoso en la escuela: bullying y ciberbullying
La escuela de mayores: el acoso en el trabajo
La violencia terrorista
¿Es posible un mundo sin violencia?
Comportamientos prosociales vs. antisociales
La educación en empatía, el antídoto de la violencia
Bibliografía consultada

A mi padre, Sebastián Moya Hidalgo, mi más fiel lector, y a todas las personas que como él han fallecido por causa o consecuencia de la pandemia de la COVID-19. Me has acompañado en todas las presentaciones de mis libros, y quiero dedicarte especialmente este que escribí cuando ya no estabas. Gracias por tantos recuerdos, que de algún modo te mantienen vivo mientras lo estemos tu familia y amigos.

Introducción

El 1 de agosto de 1966 Charles Whitman, un estudiante de la Universidad de Texas en Austin nacido en 1941, subió a una torre del campus y disparó indiscriminadamente a los viandantes; asesinó a 15 personas e hirió a 32 más antes de que lograran abatirlo. La víspera había acabado con la vida de su esposa y su madre. En la carta que dejó escrita antes de subir a la torre, Whitman explicaba que no sabía lo que le había llevado a matar a sus seres queridos, pero que se trataba de algo incontrolable y pedía que se destinase su dinero a la investigación en salud mental para prevenir otras tragedias similares. Resultaba sorprendente la disociación entre la claridad de lo que decía, su consciencia, y la brutalidad de sus actos. El joven padecía un tumor cerebral en el lóbulo temporal.

Otro caso de violencia extrema perturbadora es el de Ilse Koch (1906-1967), una de las máximas exponentes de las atrocidades cometidas en la Alemania nazi. Ocultaba su verdadero ser bajo la apariencia de una atractiva pelirroja de ojos verdes, responsable y popular en sus años de estudiante, amiga de sus amigos e incapaz de hacer daño a nadie. Sin embargo, en el campo de concentración de Buchenwald, ordenó y participó en torturas y asesinatos selectivos. En concreto, hacía desnudar a los prisioneros y señalaba con su fusta a los que llevaban tatuajes, que eran ejecutados y llevados al quirófano, donde se les extraía la piel para hacer guantes, fundas de libros o pantallas de lámparas. No era su única afición cruel y aborrecible: su casa estaba decorada con cabezas de presos disecadas y reducidas químicamente. Llegó a matar a cerca de 5000 prisioneros del campo de concentración con las peores torturas imaginables, inspiradas a menudo en las empleadas en el medievo.

En los dos casos mencionados, se observa una violencia desmesurada. Sin embargo, para la psicología clínica son muy diferentes, pues mientras que en el de Charles Whitman la alteración cerebral explicaría los cambios de su comportamiento y situaría el asesinato como una reacción emocional imposible de controlar, en el de Ilse Koch hay un patrón estable de conducta relacionado con su personalidad. Se trata de una psicópata que lleva a cabo sus crímenes de forma fría y premeditada. En ambos casos, vemos una violencia extrema, pero con causas y modos de manifestarse diferentes. Desde sus inicios como disciplina científica, la Psicología ha investigado las causas de todo tipo de conducta violenta, con el fin de conocer, es más, de comprender, su origen en cada caso.

Pero la violencia no es siempre tan extrema, pues en ocasiones aparece de forma más sutil o incluso pasa desapercibida. Como cada mañana, hoy he abierto en mi móvil las dos aplicaciones de los periódicos que me gusta leer mientras desayuno. Las mismas noticias, diferentes perspectivas, pero algo en común: muchas de ellas hablan de violencia. Te encuentras con informaciones referentes a guerras, asesinatos, malos tratos, tráfico de menores, sexismo, racismo, transfobia, acoso escolar, violencia en el deporte, violencia doméstica y un sinfín más de ejemplos. La violencia humana está presente en muchos momentos y situaciones a lo largo de nuestras vidas. Ha ocurrido en todos los momentos históricos, en todas las sociedades y culturas.

La violencia puede producirse en varios niveles: desde uno individual, como el caso de dos personas que se agredan física o verbalmente, hasta otro mucho más amplio, como cuando dos naciones entran en guerra. Pero mirando al pasado, no podemos obviar que las sociedades son cada vez menos violentas. Es evidente cuando comparamos la seguridad o los derechos de una persona de una edad, género, etnia y nivel educativo que vive en un lugar concreto con otra similar de hace uno, dos o tres siglos. La probabilidad de morir de forma violenta era mucho mayor entonces. Y sin llegar a tanto, tiempo atrás era superior el riesgo de sufrir violencia física o sexual o de ver vulnerados los derechos fundamentales. Afortunadamente, las sociedades occidentales respetan, y cumplen cada vez más, los derechos humanos. Las nuevas leyes tienden a establecer que la violencia ya no tiene cabida en nuestra sociedad. Hay, por lo tanto, un factor cultural que está contribuyendo a frenar la expresión de la violencia, fundamentalmente la física y extrema. Queda aún mucho por hacer, pero estamos en el buen camino.

Como profesor universitario, imparto diversas materias en las carreras de Psicología y Criminología. Al hablar con mi alumnado sobre la violencia, le explico que es el resultado de muchos factores. Como cualquier conducta humana, es compleja y causada en parte por nuestra biología, pero también por nuestras experiencias y circunstancias. Por eso, para abordar y tratar la violencia empleamos el llamado «modelo biopsicosocial», un enfoque multidisciplinar que considera que cualquier comportamiento es el resultado de la interacción de factores biológicos, psicológicos y sociales. Este modelo está en auge en el siglo XXI, ya que las técnicas de neuroimagen nos han permitido obtener información sobre cómo es nuestro cerebro, pero también de cómo funciona en personas normalmente violentas o cuando alguien, lo sea o no, reacciona violentamente ante una situación concreta.

La violencia humana es resultado de muchos factores que interactúan, y que se reparten entre los genéticos (pues nacemos con unos genes que nos pueden predisponer a la violencia); los biológicos, es decir, aquellos que explicarían el funcionamiento de nuestro cerebro y las sustancias químicas que por él circulan, incluyendo el alcohol y las drogas, como resultado de todo nuestro desarrollo, desde la gestación hasta la edad adulta; además de los factores culturales, los sociales y las experiencias vividas. No es igual nacer en un ambiente empático en el seno de una familia que te cuida y te ofrece protección y amor incondicional que en un hogar carente de afecto, en el que los gritos y los golpes forman parte del día a día. Debido a esta complejidad y diversidad de factores, no hay una única respuesta a la pregunta «¿por qué hay personas más violentas que otras?», ya que cada caso es distinto y específico.

¿Es la neurocriminología el futuro de las ciencias criminológicas?

Muchas personas se asustan cuando oyen hablar de genes o biología de la violencia. Piensan erróneamente en un determinismo que nos llevaría irremediablemente a ser violentos si tuviésemos, por ejemplo, ciertos genes, un cerebro formado de un determinado modo o un nivel alto de una hormona como la testosterona. Nada más lejos de la realidad. El modelo biopsicosocial entiende que todos los aspectos nombrados interactúan entre sí e influyen en la violencia, pero a su vez la aparición o no de esta los afecta a todos. Y aquí es donde entra en juego la Neurocriminología, disciplina científica que utiliza la información proveniente de las neurociencias para comprender, frenar, predecir e incluso llegar a prevenir la violencia y los crímenes. Desde mi punto de vista, se trata del presente y el futuro de las ciencias criminológicas. Tanto es así que conocer los aspectos del cerebro implicados en la violencia nos puede ayudar a diagnosticar a personas o, incluso, a perfilar un modo concreto de comportamiento violento, con el fin de ver qué opción de tratamiento podría ser la más adecuada en cada caso. Puede también servir para calcular el riesgo de reincidencia de una persona que ha delinquido previamente, y para evaluar si hemos aplicado un tratamiento efectivo. Desde una visión positiva de la Psicología, supondría un gran avance en la prevención y tratamiento de la violencia.

¿Qué aprendemos con este libro?

La presente obra ofrece una visión general de la psicología de la violencia en el momento actual, cuando los conocimientos provenientes de los estudios de imágenes cerebrales tienen una función destacada. Trazar este panorama no es sencillo, pues hay que elegir los contenidos más relevantes entre una multitud de líneas de estudio. Aun así, es posible presentar, aunque sea brevemente, los aspectos más relevantes. Quizá esta visión de conjunto nos permita comprender algo que todos observamos: el mayor índice de violencia física, así como de homicidios y asesinatos, en hombres que en mujeres, aunque no de violencia verbal o relacional. Todo ello ayudará al lector a entender los principales motivos que llevan a alguien a comportarse de forma violenta, y también las características específicas y el modus operandi de los principales perfiles violentos. ¿Cómo puede ser que, ya a edades tempranas, se produzcan atisbos de violencia? Trataré de explicarlo y hablaré de mujeres y hombres psicópatas, diferenciando entre los llamados «integrados», que respetan las normas sociales, de quienes no controlan su impulso y las violan, llegando a asesinar, incluso de forma serial. Dedicaré un espacio a otras personalidades potencialmente violentas, en concreto, la límite, la narcisista y la paranoide. Y aunque no hay que relacionar de forma directa la enfermedad mental con la violencia, tampoco podemos obviar la influencia de la primera. La mayoría de las personas que padecen psicosis u otros trastornos mentales no cometen actos violentos hacia otras, pero hay casos en que sí ocurre. ¿Por qué?

Diferenciaré al pedófilo del pederasta, pues tener un deseo sexual hacia un menor no lleva, por fuerza, a dar rienda suelta a ese impulso. Y ya para cerrar los perfiles violentos, hablaré de los sádicos sexuales, que experimentan placer con el dolor físico de otro.

Pero la violencia aparece siempre en un contexto concreto, por lo que dedicaré otra parte del libro a analizar uno de los más cercanos: la violencia doméstica, comenzando por el maltrato infantil. No obviaré la violencia paterno-filial, la que se da de hijos a padres. ¿Y por qué aparece la violencia en las relaciones íntimas? ¿Hay algo que caracterice el cerebro de quienes maltratan? Contestar a este interrogante es un punto crucial de mi empeño, y aquí puedo hacer referencia a los resultados de más de diez años de investigación. No me olvidaré de quienes sufren violencia desde una situación de vulnerabilidad: personas ancianas y dependientes.

El bullying suele producirse en la escuela, aunque en el momento actual se extiende a otros ámbitos por el uso de móviles y ordenadores, y la expansión de las redes sociales. El acoso en el trabajo y el terrorismo cerrarán esta parte. Nos centraremos, pues, en la violencia más extrema, y no tanto en la que podemos encontrar en las redes sociales o en las interacciones cotidianas, y que se caracteriza por ser de menor intensidad. Sin embargo, todos los factores explicativos que se expondrán en la primera parte, así como los de prevención que se comentarán en la última, podrían servir para explicar y contener cualquier tipo de violencia. Finalizaré con una visión en positivo, la de la posibilidad de revertir la violencia, una reflexión sobre cómo tratarla, predecirla y, lo que es más, prevenirla. Un camino en el que la educación en empatía y el fomento de conductas prosociales, como la cooperación y el altruismo, son unas de las claves angulares. Tengo un gran interés por hacer que el conocimiento llegue a todos, que haya una conexión clara entre ciencia y sociedad, porque la difusión permite que las personas estén mejor informadas y tengan mayor capacidad de decisión en sus vidas. Por esta razón he escrito este libro, totalmente fundamentado en la ciencia, pero enfocado a lectores de todo tipo, pues conocer los principales perfiles de mujeres y hombres violentos facilita la comprensión del porqué de muchos de los actos que nos rodean en el día a día.

¿Está la violencia en el cerebro?

Así lo ha afirmado la Organización Mundial de la Salud (OMS): la violencia es un problema de salud pública, sobre todo por las consecuencias que tiene para quien la padece, es decir, para las víctimas, porque va a repercutir en su salud física y mental, y también en sus relaciones sociales. Quizá lo primero que nos viene a la cabeza al pensar en violencia es un asesinato, pero solo es el caso más extremo. En muchas ocasiones no produce lesiones físicas de gravedad, pero aun así quien la sufre puede requerir atención por parte de los profesionales de la salud. Pensemos, por ejemplo, en la niña que intenta suicidarse tras ser constantemente acosada por parte de sus compañeras, en la mujer maltratada psicológicamente y humillada por su pareja o en el empleado que sufre acoso laboral por parte de cualquier superior. Podríamos poner muchos otros ejemplos. Todo ello tiene además un alto coste económico, tanto en sanidad como en procesos legales e incluso en bajas laborales. Quizá un aspecto que está frenando el avance en la resolución de la violencia es que no se tienen muy en cuenta los datos científicos a la hora de abordarla, es más, muchos países siguen basando sus políticas al respecto en ideologías. Como científico he dedicado mucho tiempo y esfuerzo a tratar de comprender por qué algunas personas se comportan violentamente. Me mueve a ello un fin social: contribuir a una mayor efectividad en su tratamiento, pero además poner en marcha formas de prevenirla.

¿Qué entendemos por violencia?

Resulta harto complicado definir la violencia. Pese al esfuerzo de la investigación científica en ofrecer una definición válida e inclusiva, sigue todavía habiendo mucha discrepancia entre lo que es y no es violencia, tanto en lo que significa como en aquello que la causa. Eso sí, parece haber acuerdo en que tiene que existir una intención de causar daño, independientemente de que al final se acabe produciendo. Así, cuando alguien crea rumorología contra otra persona con el fin de dañarla, hablaríamos de violencia, en este caso verbal e indirecta. Pero si alguien accidentalmente atropella a una persona por no haberla visto cruzar el semáforo en rojo, no podríamos hablar de un acto violento. Para la OMS, la violencia sería «el uso intencional de la fuerza física o el poder, tanto si es real como una amenaza, contra uno mismo, otro individuo o contra un grupo o comunidad, que resulta o tiene una alta probabilidad de acabar en lesiones, muerte, daño psicológico, alteraciones en el desarrollo o deprivación». ¿Cuál es el criterio para considerarla como enfermiza o patológica? Pues que se exprese de forma exagerada, persistente o sin relación con el contexto, o sea, sin respetar las normas sociales y culturales de un lugar en una época histórica concreta. Muchos de los actos que actualmente consideramos como violentos no lo eran en otros periodos. Así, por ejemplo, el maltrato físico o psicológico a un niño, por parte de alguno de sus progenitores, hoy sería considerado un delito de violencia contra un menor, pero en otros momentos de la historia se tuvo por parte de la educación, y era, por lo tanto, aceptado por la sociedad.

No es tampoco tarea sencilla diferenciar el término «violencia» de otros que, aunque estén muy relacionados, no se refieren a lo mismo, como hostilidad, ira o cólera. Cuando decimos que alguien es muy hostil, en realidad queremos enfatizar que tiene una inclinación a realizar actos violentos, aunque luego no se produzcan. La ira o cólera, por su parte, estaría más relacionada con la activación del tono muscular y del sistema nervioso autónomo, que controla, sin que seamos conscientes de ello, órganos como el corazón o el estómago. Si por ejemplo nos enfrentamos a una situación de estrés, como cuando nos encontramos con que alguien entra en nuestra casa con la intención de robar, dicho sistema se activa, y pone en marcha los mecanismos para que podamos atender la situación, haciendo que nuestra energía se centre en ella. Si bien «ira» y «violencia» no son conceptos intercambiables, mientras sentimos ira es más fácil que reaccionemos con violencia. Podemos sentirla puntualmente, ante una situación concreta, pero también puede ser parte de nuestro carácter, y si es así tenderemos a reaccionar con enfado ante la más mínima provocación. Considero fundamental resaltar este aspecto, pues muchas intervenciones psicológicas van a ir encaminadas a que se pueda reconocer y gestionar la ira. Es el primer aviso de lo que puede venir después en personas que se comportan violentamente con asiduidad.

Pero ¿son impulsivos los violentos?, o bien ¿son violentos los impulsivos? La respuesta a ambas preguntas sería: no necesariamente, aunque una persona impulsiva suele actuar de forma rápida y sin reflexionar, por lo que tiene menor contención de su comportamiento. Si pudiésemos ver lo que ocurre en su cerebro, observaríamos que hay una fuerte activación del diencéfalo, o parte del cerebro más primitivo, en comparación con la corteza prefrontal. Esta última es la estructura cerebral que se ha desarrollado más tarde en los seres humanos, y que nos diferencia del resto de animales. Además de controlar la conducta social y moral, también está implicada en la empatía, la planificación de aquello que vamos a hacer y el control de nuestros impulsos. Y aunque la impulsividad no tiene por qué llevar a la violencia, puede ayudar a que se produzca en mayor medida.

En el ámbito jurídico hay, además, dos términos que merecen ser considerados. Uno es la conducta antisocial, que sería la infracción de las normas sociales y los derechos de otras personas. Bien es cierto que los adolescentes que se comportan de ese modo se exponen más a tener problemas al ser adultos, pueden convertirse en criminales, no tener amigos y aislarse de la sociedad. Quizá no consigan un empleo y, en algunos casos, desarrollen una enfermedad mental. El segundo término es el de delincuencia, o sea, esa falta de cumplimiento de las normas sociales que lleva al castigo o condena legal.

¿Violencia o violencias?

En el caso de los animales hablamos de agresión, en lugar de violencia, pues solemos reservar este último término para nuestra especie, y para hacer referencia a una agresión desproporcionada y, en ocasiones, sin objetivo aparente. En los animales la agresión va siempre dirigida a conseguir un objetivo, como el alimento, la reproducción o el territorio. Parece que en los humanos no es siempre así, aunque podemos establecer similitudes entre algunas de las formas más cruentas de violencia, como el infanticidio, y determinadas agresiones en otras especies. Nos aterran las noticias acerca de personas que acaban con la vida de niños que a veces, incluso, son su propia descendencia, en ocasiones de forma fría y en otras en momentos de cólera. En algunos animales podemos vislumbrar acciones similares. Así, cuando un león joven se apodera de una manada, acaba de forma fría y despiadada con las crías del macho derrotado, pues ello le permitirá preñar a las hembras y transmitir así sus genes. O lo que se conoce como el «efecto Bruce», por el que las hembras de una especie de mono llamada gelada abortan espontáneamente cuando un macho nuevo domina el grupo. Este efecto había sido ya observado y estudiado en diversos roedores de laboratorio, como ratas y ratones. Cada tipo de agresión animal tiene unos mecanismos biológicos diferentes. Así, por ejemplo, la testosterona es clave en la agresión entre machos, mientras que la prolactina lo es para la maternal.

Tipos de violencia en humanos

Si damos el salto a nuestra especie, la humana, se hace también necesario poder diferenciar entre tipos de violencia, pues esta no responde a un concepto unitario, sino que es un gran cajón de sastre. Y así será posible, por un lado, estudiarla y medirla, y, por otro, aplicar los programas de tratamiento y prevención más recomendables y efectivos en cada caso. Pero, para hablar de estas tipologías, lo primero que tenemos que hacer es definir el criterio en el que nos basamos para establecerlas. En cuanto a tipos de acto violento, diferenciamos, por una parte, violencia física, quizá la primera que nos viene a la mente y que incluiría, por ejemplo, los golpes, los empujones o el lanzamiento de objetos (es el tipo de violencia más fácil de detectar por las «marcas» visibles que deja, y también la que suele denunciarse con más asiduidad), y por otra actitudes y acciones de tipo psicológico, como el menosprecio, la humillación, los insultos, la rumorología o el aislamiento social. Al ser menos tangibles y visibles son más difíciles de detectar y frenar, aunque no por ello dejan de tener consecuencias, que pueden ser fatales, para quien la padece.

La violencia psicológica sostenida en el tiempo es, al fin y al cabo, una forma de maltrato, que puede darse en la pareja, el ámbito familiar, el trabajo o la escuela. En algunas ocasiones las personas que la ejercen no son conscientes del daño que causa, pues muchas formas de maltrato están legitimadas socialmente en un momento histórico concreto. Si bien, por ejemplo, las personas homosexuales tienen hoy en nuestro país derechos que las protegen, hasta hace bien poco carecían de ellos, y eran víctimas de burlas y menosprecio en todos los ámbitos de su vida. Cuando ocurre en el hogar y la padecen menores, las secuelas son notorias, pues se ve minada su autoestima y se convierten en personas inseguras y dependientes emocionalmente, e incluso desarrollan de forma crónica depresión o ansiedad.

La violencia sexual, por su parte, incluye cualquier forma de contacto sexual o exposición sin consentimiento, incluyendo sexo oral, anal o genital. Y también el obligar a utilizar ciertas ropas u objetos o a tener sexo con otras personas o con animales. Hablamos, además, de violación cuando se produce la penetración forzada con los genitales o con un objeto.