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Este libro se define a partir de la presentación de una investigación doctoral realizada sobre la base de la experiencia ObSBA con relación al abordaje integral de las violencias por razones de género, desde una construcción compleja que articula la perspectiva de género, la irreductible posición en defensa de los Derechos Humanos y la consideración del paradigma del Curso de la vida. El diseño propone un sistema de evaluación en violencia misógina con vistas a la promoción de políticas públicas responsables: el sistema de evaluación diagnóstica, de procesos, y de resultados habilita un campo de intervención enriquecido, capaz de definir parámetros precisos de transformación singular. Del dictámen con relación a la tesis doctoral: "El tema presentado es relevante, de gran importancia social. Su originalidad reside en la descripción de un dispositivo institucional que promueve un cambio cultural y en las fuertes potencialidades transformadoras que exceden ampliamente una mirada contextual. El planteo de la investigación desde una perspectiva compleja, así como el enfoque holístico que enmarca el modelo ecológico investigativo para el abordaje de la violencia, se vuelve un aspecto de altísima originalidad, algo que se ve potenciado por la evaluación de los dispositivos de atención, que le otorgan solidez y confiabilidad a la labor realizada".
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Seitenzahl: 420
Veröffentlichungsjahr: 2022
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VIOLENCIA MISÓGINA
Diseño integral de programas y de sistemas de evaluación
Liliana Carrasco
Carrasco, Liliana
Violencia misógina : diseño integral de programas y de sistemas de evaluación / Liliana Carrasco. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tercero en Discordia, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-8971-19-3
1. Violencia de Género. 2. Ciencias Sociales. 3. Estudios de Género. I. Título.
CDD 305.42
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos,
sin el permiso previo y por escrito del editor.
ISBN 978-987-8971-19-3
Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723.
ÍNDICE
Prólogo
Presentación
Introducción
Primera parte: marco teórico
El núcleo entre complejidad e integralidad
Las bases patriarcales y la complejidad social
El Estado presente y la implementación de políticas públicas
Modelo ecológico integrativo
Vinculaciones entre el modelo ecológico y el sistema de salud en Argentina
Subsistema de obras sociales y rol de los sindicatos
Sistema de salud y violencia de género
La mirada ecológica ante el paradigma del curso de la vida
Modelo ecológico y perspectiva de género
Consideraciones sobre la violencia de género
Enlace de las categorías violencia, género y generación
La violencia de los hombres hacia las mujeres en el contexto de las masculinidades heteronormativas tradicionales
Los perfiles de los hombres que ejercen violencia
El abordaje de la violencia masculina. Antecedentes y rutas
Síntesis de la primera parte: enfoque teórico integrado
Segunda parte: presentación de la investigación
Fundamentos desde el sector salud
Otras experiencias institucionales
Anclaje institucional: Programa CEVI. Cambios y eventos
en el curso de la vida
Justificación de la investigación
Objetivos
Objetivo general
Hipótesis de trabajo
Metodología
Descripción general
Técnicas aplicadas de recolección de información
Procesamiento de la información
Universo de estudio: hombres que ejercen violencia misógina
Criterios de selección de la población de hombres
asistidos en el SAIVG
Definiciones conceptuales
Selección de variables para el momento de evaluación diagnóstica
Selección de variables para el momento de la evaluación del proceso
Selección de variables para el momento de evaluación de resultados
Las otras voces en el territorio de las violencias
Tercera parte: sistematizaciones
A. Sistematización de la experiencia de construcción del SAIVG. Mediaciones a nivel del endosistema institucional
El Méndez, la intervención del servicio social y la visibilización de las violencias
La evaluación institucional: diagnóstico y viabilidad para el
surgimiento del SAIGV
Resistencias y fortalezas iniciales
El equipo de trabajo: condiciones para integrar un equipo especializado en violencia de género. La intervención transdisciplinaria
La coordinación del equipo y la supervisión integral
Estructura y dinámica del SAIVG
El encuadre normativo
Derivaciones e interconsultas. El trabajo en red
inter- e intrainstitucional
Organización por áreas y proyectos
Área de prevención
Área de capacitación
Área de investigación
Área de asistencia
Dispositivos del área de asistencia
Entrevistas de orientación y entrevistas en crisis
Abordaje individual
Dispositivos familiares y vinculares
Abordaje grupal: concepto y encuadre general
Características de los dispositivos grupales
Desarrollo de dispositivos grupales de mujeres en el SAIVG
Grupo de primer nivel de abordaje
Grupo de segundo nivel de abordaje
Grupo de tercer nivel de abordaje
Taller de adolescentes
Grupo de mujeres madres con dificultades en la crianza
Desarrollo de dispositivos grupales de varones en el SAIVG
Criterios de inclusión, condicionalidad, no inclusión, y exclusión a dispositivos grupales
Grupo de primer nivel de abordaje
Grupo de varones con suspensión del proceso penal a prueba
Grupo de segundo nivel de abordaje
B. Sistematización de los procesos de evaluación en violencia misógina. Mediaciones a nivel microsistema grupal-singular
El contexto general de la evaluación
Población general de afiliadxs y población vinculada al SAIVG
Sistematización general del área de asistencia en SAIVG
Cantidad de grupos implementados en SAIVG en el período en estudio (2004 a 2018)
Sistematización del área de asistencia según el criterio de años testigo
Aplicación del modelo de intervención en violencia misógina a la población objeto de estudio
Caracterización general de la población de hombres asistidos
en SAIVG
Prototipo de hombre que ejerce violencia misógina, según
población en estudio
Cuarta parte: resultados en el universo de estudio. Mediaciones a nivel singular ontológico
La evaluación diagnóstica
La evaluación de procesos
La evaluación de resultados
La evaluación «boca a boca»: sus voces en el proceso
de deconstrucción
Síntesis de la cuarta parte
Quinta parte: conclusiones
De las mediaciones a nivel del endosistema institucional
De las mediaciones a nivel del endosistema grupal
De las mediaciones transversales ecológicas
De las mediaciones a nivel microsistema grupal-singular
De los aportes al sistema nacional de salud
Recomendaciones
Referencias
Protocolo de evaluación de riesgo y potencial de letalidad para
varones que ejercen violencia misógina
PRÓLOGO
Como integrantes de la Red de Equipos de Trabajo y Estudio en Masculinidades, RETEM, nos sentimos honradxs de escribir el prólogo de esta innovadora producción de nuestra queridísima compañera de trabajo Dra. Liliana Carrasco. Dicha producción se da en un contexto social donde las violencias nos atraviesan y, en este sentido, nos exige encuadrar el abordaje de las violencias por motivos de género desde una mirada abarcativa y permeable a la construcción de un entramado que requiere de la interrelación permanente entre políticas públicas, instituciones, profesionales y equipos que atienden esta singular y compleja problemática.
Es un libro que propone de una manera respetuosa un modelo de abordaje integral de la violencia misógina, a través de la sistematización de una experiencia de quince años de trabajo, que le otorga, sin duda, una gran solidez empírica, teórica e ideológica.
Un aspecto para destacar es que el desarrollo de la experiencia se encuentra en un espacio de salud, enmarcada en la Obra Social de Empleados del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, ObSBA. Esta propuesta pionera en el abordaje de las violencias por razones de género tiene como eje la complejización de diversas miradas, construyendo intervenciones con otros actores, a través del trabajo inter- y transdisciplinario, intersectorial, intra- e interinstitucional, trascendiendo las posturas médicas hegemónicas tradicionales que aún intervienen desde el sector salud.
Otra mirada innovadora de esta producción es amalgamar tres ejes centrales: la perspectiva de género, los derechos humanos y el curso de la vida. Este último concepto tiene en cuenta la observación y la valoración de las experiencias en sus contextos sociohistóricos no solo de las personas participantes, sino también el recorrido político que impacta en la gestión institucional. Lo propuesto surge de un modelo institucional con un abordaje coherente, capaz de resistir los cambios coyunturales que, en ocasiones, atentan contra los procesos instituidos.
El núcleo ético de la propuesta de la autora es la creación de tres instancias en el proceso de evaluación de los hombres que ejercen violencia misógina: evaluación diagnóstica (riesgo y letalidad), evaluación de procesos y evaluación de resultados. Quienes trabajamos en la temática consideramos que este proceso de evaluación viene a llenar un vacío que nos debíamos hace tiempo, ya que fortalecerá a los equipos de trabajo, incorporando nuevos recursos y prácticas específicas y, en consecuencia, a la sociedad toda en la lucha contra las violencias de género.
Quienes se han desempeñado en el sistema de salud conocen lo laborioso que resulta instalar la mirada de las ciencias sociales en los procesos de salud-enfermedad-atención-cuidados y más aún cuando se trata de fundar nuevas lecturas a viejos problemas, que están muy sostenidos por el sistema social patriarcal dominante. Mostrar e incluir los procesos histórico-sociales y relacionales en las prácticas asistenciales implica fundar nuevas lógicas de comprensión e intervención de la problemática. Este modelo es un importante aporte a los equipos interdisciplinarios para trabajar con población que no reconoce un problema, por lo tanto, no demanda y es enviada (en muchos casos, en forma compulsiva por los actores judiciales) a realizar procesos de trabajo para aprender nuevos modos de relación libres de abuso de poder.
El sistema de salud destina muchos recursos materiales y humanos en abordajes de salud mental que, en ocasiones, son consecuencia de historias de violencia no visibilizadas o problematizadas por la falta de perspectiva de género en los procesos de diagnóstico y tratamiento, con lo que se corre el riesgo de sostener intervenciones iatrogénicas.
Los medios de comunicación nos muestran a diario las reincidencias en las situaciones de violencia y las limitaciones de las medidas punitivas, que son insuficientes para lograr cambios subjetivos en los varones que ejercen violencia por motivos de género.
La intervención basada en el modelo ecológico integrativo, que aborda las dimensiones cognitiva, conductual, psicodinámica e interaccional, es una propuesta desarrollada, ejecutada y evaluada en esta experiencia, que muestra importantes logros en la población objetivo, con miras a frenar el impacto de las violencias y, consecuentemente, en la prevención de los femicidios.
La Dra. Carrasco nos ofrece un modelo transdisciplinario de intervención, con aportes conceptuales y metodológicos para abordar una problemática compleja, que es en sí mismo un recurso de prevención secundaria para quienes ejercen violencia y encuentran en esta propuesta una oportunidad para la restauración de los derechos humanos en la búsqueda de relaciones saludables.
Los equipos que integramos RETEM adherimos y defendemos este modelo de trabajo, que valora los procesos sostenidos en el tiempo en la lucha contra las violencias, con un visible posicionamiento ético-político-ideológico y conceptual. Especialmente, destacamos el compromiso del equipo ObSBA con la temática y resaltamos la generosidad de la autora de compartir sus saberes y experiencias en pos de nutrir y enriquecer a esta red, de la que es parte, y a los lectores de este libro.
RETEM
Red de Equipos de Trabajo y Estudio en Masculinidades
Fundador: Lic. Mario Payarola
PRESENTACIÓN
El abordaje de la violencia familiar requiere de diferentes enfoques, que se inician en la prevención y continúan con el diagnóstico, el abordaje, la evaluación de las intervenciones. El sustento de todas esas etapas es la investigación, como forma de sistematizar experiencias, evaluar las modalidades puestas en práctica y producir nuevos conocimientos. El propósito de la tesis de Liliana Carrasco es, justamente, investigar acerca del abordaje de los hombres que ejercen violencia a sus parejas: esposas; compañeras; novias; actuales o ex, con las que se ha producido la separación.
El tratamiento de este tipo de población fue surgiendo posteriormente al de las mujeres víctimas de violencia por parte de estos hombres. En las primeras etapas de abordaje de la violencia, se los consideraba como irrecuperables, y el acento se ponía en el empoderamiento de las mujeres para poder salir de esa situación en la medida de lo posible.
Pasar de esta etapa a la reflexión acerca de la posibilidad de cambio de los hombres violentos significó un avance en el tratamiento de esta problemática. La prevención es, sin duda, el camino previo para modificar el ejercicio de este tipo de violencia, camino fundamental para las nuevas generaciones.
El problema permanece, sin embargo, en que aquellos hombres con historias de malos tratos severos por parte de su familia, que vivieron situaciones de violencia de los padres hacia sus madres, sin una intervención que cortara ese ciclo o mostrara que era inadecuado, incorporaron cogniciones acerca de la definición de los roles, la superioridad de unos frente a los otros. También hay que tener en cuenta, en muchos casos, la propia inseguridad de algunos hombres.
Así se fueron armando equipos de trabajo, con las lógicas dudas y las reflexiones acerca de cómo abordar a este grupo, en el cual se pueden encontrar hombres con nulas dificultades de cambio y otros con posibilidades de trabajar la problemática.
Este nuevo abordaje llevó a la necesidad de registrar y sistematizar los avances, de reformular intervenciones y establecer nuevas pautas.
Esta investigación de Liliana Carrasco apunta, justamente, a esta sistematización y registro de una modalidad de trabajo que se llevó a la práctica, a los fines de brindar un material teórico-práctico que pueda ser analizado, replantado y replicado y, de esta manera, ir dando forma a una posible nueva forma de abordaje en el campo de la violencia familiar.
Como todo trabajo circunscripto a un espacio de atención y a un grupo determinado, no permite extrapolarlo a otros grupos o instituciones, pero abre un interesante camino para su puesta en práctica y, de esta manera, validarlo y facilitar su aplicación.
Las variables de análisis determinadas en su sistematización permiten una primera evaluación de las posibilidades de ser incluidas en nuevos abordajes.
Se trata, sin duda, de un trabajo que articula una fuerte motivación de la tesista y un abordaje teórico-práctico que abre un avance en la temática.
Como directora de esta tesis, quisiera señalar que ha sido un trabajo conjunto fructífero, donde compartimos maneras de entender el problema, formas de sistematizar y también diferencias que enriquecieron el trabajo.
Es, sin duda, un aporte para incluir en la reflexión e investigación a los fines de llevar a cabo abordajes que amplíen y completen este trabajo.
Dra. María Inés Bringiotti
Directora de tesis
INTRODUCCIÓN
Este libro replica en gran parte el documento que constituyó mi tesis de graduación doctoral, concluida en la Universidad Nacional de Luján en septiembre de 2021. Su proceso de producción fue dirigido por la Dra. María Inés Bringiotti y codirigido por la Dra. Liliana Bilevich de Gastrón.
El estudio que se presenta está orientado hacia un horizonte concreto: contribuir a mejorar la calidad de vida de la población. A partir de allí y a efectos de focalizar aspectos constitutivos de tal finalidad, se realiza un recorte temático, temporal, institucional y político, con la convicción de que la suma de aportes tendientes al bien común lo pueden hacer posible.
Este trabajo de investigación pretende dar cuenta del recorrido colectivo hacia la construcción de un espacio institucional concreto, dedicado al abordaje de la violencia de género en un ámbito en vías de sensibilización, como es el subsistema de obras sociales.
Se intenta aportar un encuadre metodológico ante la percepción del avance para el sistema de salud que podemos haber construido desde el equipo del Servicio de Abordaje Integral en Violencias de Género —en adelante, SAIVG—, resaltando tanto el trabajo desarrollado desde el inicio, en sentido instituyente, como los principales aportes surgidos de tal ejercicio. Se pretende, a su vez, recuperar las visiones de los distintxs actores sociales involucradxs en la temática, en aras de promover una propuesta de acción integral y conjunta desde el subsistema de obras sociales y facilitar el acceso al recurso de asistencia y prevención de la violencia de género de la población con esta particular cobertura de salud. Como tal, se considera relevante identificar los mecanismos de construcción con vistas a movilizar su réplica en el sistema nacional de salud.
Respecto a la motivación que motoriza el desarrollo de la investigación, es necesario encuadrar mi interés prioritario hacia el sector de la salud. Hace algunos años, durante la formación de grado en la Universidad Nacional de Luján, se realizaron unas jornadas cuya convocatoria fue nombrada en términos de interrogante: ¿Salud para Todos en el Año 2000? Como consecuencia de la amplitud teórica, de las experiencias y de la riqueza del intercambio, entendí que el área para mi inserción socioocupacional sería la de la salud, y aquella pregunta rectora de las jornadas se convirtió en un conjunto de inquietudes personales, las cuales me acompañaron en los años siguientes: ¿cómo garantizar la salud para todxs?, ¿cómo generar estrategias de asistencia en salud universales?, ¿por qué no se asignan recursos desde el campo de la salud hacia la problemática de la violencia?, ¿no se consideran como tema prioritario?, ¿acaso se presupone que la problemática es inherente a los sectores más desfavorecidos económicamente y que la población con mayor acceso a recursos no sufre situaciones de violencia familiar?, ¿será posible, desde el subsistema privado de salud, dar visibilidad a las formas de violencia y lograr acciones preventivas y asistenciales? Las obras sociales, ¿pueden, quieren, saben, se preguntan acerca del problema de violencia que puede afectar a sus afiliadxs?
Ya graduada y desempeñándome en el área de salud, observé el nivel con que la naturalización e invisibilidad de las violencias arrasaban las vidas de quienes, además, atravesaban procesos de enfermedad. Cursé y egresé de la carrera de Especialización en Violencia Familiar, en la Facultad de Psicología de la UBA. Posteriormente, a raíz del desempeño como especialista en violencia familiar, en el contexto del trabajo cotidiano en la obra social, es que surge la motivación para investigar al respecto.
ObSBA —la obra social de los trabajadores de la Ciudad de Buenos Aires— ha logrado instituir, desde el año 2004, un espacio para el abordaje integral y especializado en la temática. En los últimos tiempos, distintas obras sociales han empezado a organizarse en este sentido, lo que promete un esperado avance dentro del sistema nacional de salud.
La creación del SAIVG en el Sanatorio Municipal Dr. Julio Méndez ha sido una decisión institucional basada en dar prioridad a la garantía de los derechos humanos, en conjunto con los principios organizadores de solidaridad y compromiso, que ObSBA asume para la atención de sus afiliadxs.
El camino de viabilización institucional para su surgimiento estuvo avalado y promovido por SUTECBA, Sindicato Único de Trabajadores del Estado de la Ciudad de Buenos Aires, que actualmente vincula actividades con el SAIVG a través de la Secretaría de Igualdad de Oportunidades y de Género, bajo su égida.
El estudio se ha desarrollado en el Sanatorio Municipal Dr. Julio Méndez (en adelante, SJM), principal efector de salud de la Obra Social de la Ciudad de Buenos Aires.1
El SAIVG está situado en la planta baja, dentro del espacio físico correspondiente al servicio social, del cual dependía formalmente hasta el mes de mayo de 2016. Luego, se independizó en su carácter de subservicio, con lo que logró mayor autonomía y guardó relación directa con la dirección médica del SJM.
La población que accede a la obra social ObSBA es toda aquella contratada en cualquiera de las áreas del Gobierno de la Ciudad y sus grupos familiares. Lxs empleadxs municipales residen prioritariamente en la Ciudad de Buenos Aires y en la Provincia de Buenos Aires, y tienden mayormente a radicarse en el primer cordón del conurbano bonaerense; también se registran afiliadxs en la Costa Atlántica y en la provincia de Córdoba, donde se localizan centros vacacionales pertenecientes a la obra social y, por lo tanto, afiliadxs que transitan y/o residen en el lugar; en menor medida, por diversas razones, se encuentran dispersxs por el territorio argentino.
La violencia de género es un problema cuya magnitud tiene repercusión en todas las áreas inscriptas en lo social; en particular, el sistema sanitario en su conjunto reconoce que la violencia afecta severamente la salud de las personas, pero no ha logrado aún integrar los mecanismos adecuados para afrontar el problema. Algunas obras sociales han organizado respuestas orientadas a brindar información y realizar encuentros, jornadas y capacitaciones. No obstante, ante la necesidad de asistencia especializada, las respuestas son inexistentes o escasas, lo que genera un circuito cíclico2 dentro del sistema de salud, en el cual las personas deambulan por múltiples servicios, sin lograr que el sistema localice el origen de sus malestares físicos y emocionales. En los últimos años, y como resultado de la masividad de los movimientos tendientes a visibilizar la emergencia por violencias de género, las obras sociales se encuentran mayormente motivadas a la construcción de equipos que puedan brindar respuestas más adecuadas.
En nuestro país, la problemática de la violencia familiar3 se instala como un problema de agenda pública fundamentalmente a partir de un hecho de alcance mediático: el asesinato —cuya figura jurídica actual es el femicidio— que Carlos Monzón, excampeón mundial de boxeo, comete contra Alicia Muñiz en febrero de 1988. El caso se constituyó en el hecho desencadenante de la nueva mirada sobre un fenómeno existente, pero hasta entonces oculto y absolutamente naturalizado. La sociedad observaba con atención cómo se resolvía, en el ámbito de la Justicia, un hecho que por primera vez situaba al problema privado-familiar en el ámbito público-social.
El tratamiento de la violencia aún atraviesa innumerables obstáculos de orden ideológico, político, cultural y económico, tanto en cuanto a la capacidad de comprender a quienes buscan ayuda (a veces, desconociendo que su padecimiento se relaciona en forma directa con la situación de violencia) como en torno a la decisión de crear nuevos espacios para su abordaje, fortalecer los existentes, favorecer la especialización de quienes trabajan en la temática y desarrollar estrategias de cuidado para quienes a diario se abocan al trabajo con víctimas y perpetradores de actos de violencia contra las mujeres.
Sus consecuencias impactan en todas las áreas de la vida cotidiana: laboral, social, económica y en su salud. En este plano, las personas se encuentran más expuestas a sufrir daños en su cuerpo, no solo por efecto directo de las agresiones que padecen, sino además por efecto indirecto, que se expresa mediante la aparición de enfermedades. Asimismo, la disminución masiva de las defensas orgánicas —por alteraciones del sistema de inmunidad debido a la exposición crónica a altos niveles de estrés y alerta— quiebran las defensas emocionales y dan lugar a la objetivación de los malos tratos en el cuerpo.
Es necesario entonces que, desde el campo de la salud, se generen estrategias «centradas en las personas» para comprender los fenómenos que invisibilizan las consecuencias de la violencia: alojar a las víctimas en un ámbito al cual generalmente accedan con menor dificultad con relación a otros espacios, decodificar sus múltiples formas de expresar lo que les sucede y aprender a escuchar a quienes ejercen acciones violentas en el ámbito familiar, ya que también dan cuenta, a través de sus cuerpos y de los dolores vividos, de su propia historia.
Tales estrategias son tan complejas como la construcción de un espacio institucional para el abordaje de las violencias de género, cuyo recorrido implica un arduo trabajo de flexibilización personal de quienes integran el espacio. También implica la búsqueda de consensos, la comprensión de las distintas maneras en que cada disciplina accede a la realidad, el tránsito de aciertos y desaciertos y la tendencia a un constante crecimiento que colabore diariamente en el fortalecimiento de la identidad profesional.
Lo complejo nos remite a la necesaria intersección e interdependencia de las dimensiones que colaboran con la construcción del espacio: lo cultural, lo organizacional, lo grupal, lo personal-singular, todas dimensiones inscriptas en un tiempo histórico en el cual se juegan distintas posiciones referidas al constructo género. En este sentido, el trabajo en equipo resulta esencial a la hora de propiciar la viabilidad institucional necesaria, con el objetivo de lograr decisiones de tipo organizacional.
La perspectiva de género asociada a la atención de las violencias habilita un campo de intervención amplio, en el cual es necesario repensar la necesidad de inclusión de espacios especializados en los distintos efectores del sistema de salud. Partimos desde una base sólida: el trabajo en violencias exige un posicionamiento en el cual la perspectiva de género es una necesidad indiscutida.
Creemos que el modo particular de comprender una problemática (en este caso, las violencias de género) define el conjunto de estrategias de intervención adecuadas para su abordaje; por lo tanto, no se procede del mismo modo si un hecho violento en el ámbito familiar es explicado como «emoción violenta», como producto de una «relación sadomasoquista», como «placer» femenino por el carácter dominante del hombre o como hecho culturalmente naturalizado y basado en la aceptación de prerrogativas masculinas.
Las diferentes visiones tienden a responsabilizar a distintos actores:
La interpretación de la acción femicida como «emoción violenta»4 en un marco de violencia de género claramente colabora en la invisibilización del hecho, al definirlo a partir de un evento humano involuntario, como son las emociones.
La relación sadomasoquista implica un acuerdo de partes en el modo particular de generar y obtener placer, lo cual presupone simetría en una relación con posibilidad de desarrollo de acuerdos; según E. Fromm (1993, pp. 174-180), «los rasgos del carácter masoquistas como los sádicos tienden a ayudar al individuo a evadirse de su insoportable sensación de soledad e impotencia», por lo que se resuelve tal emoción a través de comportamientos sádicos o masoquistas.5
Estas situaciones no suelen llegar como motivo de consulta a espacios especializados en violencia de género. Lo relevante es distinguir que, en el marco del proceso diagnóstico en la evaluación de mujeres, es importante explorar y poder diferenciar si se trata de tal acuerdo de partes o se ha implantado un discurso que justifica el maltrato con un consentimiento viciado: el placer femenino por el maltrato culpabiliza directa y unívocamente a la mujer, en una encerrona profundamente genérica.
Otras visiones, con sesgo unidireccional en la comprensión del fenómeno de la violencia, pueden contribuir a invisibilizar la desigualdad en la construcción de poderes interpersonales; por ejemplo, algunas intervenciones desde la perspectiva sistémica incluyen, en la lectura del escenario, a todos los actores involucrados como sistema familiar, y explica sus resultados como consecuencia de movimientos propios del sistema, pero a riesgo de dejar fuera del esquema de observación a las diferencias en la asunción de comportamientos asertivos anteriores a la conformación del escenario en cuestión.
Es importante señalar que este aspecto referido a las distintas perspectivas teóricas es un elemento significativo para el análisis de las posibilidades de inclusión institucional de la asistencia de las violencias en el sistema de salud; constituye un punto de acción propositiva desde la integralidad, al definir líneas de trabajo conjunta allí donde las perspectivas teóricas interpretan de manera opuesta determinadas situaciones del ámbito familiar.
La postura ideológica de las universidades que ofrecen formación de posgrado especializada en el área da cuenta de la importancia de considerar a la violencia doméstica6 desde una perspectiva de género en nuestro país, al diseñar propuestas con carácter interdisciplinario y, por lo tanto, integradoras de sus múltiples variables de análisis y miradas disciplinares diferentes.
El encuadre de la presente investigación se posiciona desde el modelo ecológico, como marco teórico general. La perspectiva epistemológica, transdisciplinaria y compleja, permite poner en diálogo los distintos niveles operativos que forman parte del campo de investigación: el recorrido entre el sistema de ideas, las instituciones y la vida cotidiana de las personas habilita la posibilidad de hacer foco en esos distintos aspectos de la realidad.
El objeto de estudio del presente trabajo se encuentra ubicado, dentro del mapa conceptual del modelo teórico, a nivel del exosistema o nivel institucional, y construye relevancia particularmente respecto a los movimientos, las intervenciones y los resultados por parte del equipo de trabajo, que se objetivan en las transformaciones subjetivas y objetivas de las personas asistidas, en el proceso de tal construcción.
Por último, podemos afirmar que el enfoque necesariamente transversal, en sintonía con el posicionamiento teórico propio del servicio de abordaje integral en violencias de género, incorpora, además, como teorías sustantivas, aspectos y elementos de análisis proveídos por la perspectiva feminista y por el curso de la vida, a través del armado de un modelo conceptual triangulado con el marco teórico general.
1 Se encuentra ubicado en el barrio de Caballito, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. En el capítulo siguiente, se accede a la caracterización.
2 En analogía con el concepto del ciclo de la violencia, acuñado por Leonore Walker (1979) —del cual se presentará una actualización teórica en el cuerpo del trabajo—, que se refiere a una dinámica circular en la cual no existe una salida al problema de la violencia sin mediaciones externas, por lo contrario, el ciclo tiende a reforzar la intensidad de su ocurrencia y reiniciar el proceso cada vez con más frecuencia; así, quien recorre servicios de salud partiendo de una visión distorsionada de su problema no encuentra un camino que le facilite la salida si no es a través de la asistencia especializada en violencia.
3 Inicialmente, la nominación del problema remitió al concepto de violencia familiar; lo introduce la ley 24417. Actualmente, la ley 26485 se refiere a la violencia contra las mujeres desde la perspectiva de género (Título II. Políticas Públicas).
4 Al respecto, se puede consultar jurisprudencia s/recurso extraordinario de inaplicabilidad de la ley, de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires, que se refiere a la solicitud de revocación de la condena al imputado por el delito de homicidio calificado por el vínculo matrimonial, en circunstancias extraordinarias de atenuación. 17 de agosto de 2016. Cita MJ-JU-M100777-AR / MJJ100777 / MJJ100777. Por otra parte, coexisten las posiciones respecto a la consideración de la emoción violenta como atenuante, tal como en el fallo del 31 de agosto 2011, de la Cámara de Apelaciones en lo Penal de Rosario, que dictaminó por mayoría tal consideración.
La emoción violenta es claramente conceptuada por Soler, en su obra Derecho penal argentino. Parte especial, actualizado por Manuel Bayala Basombrio, TEA, Buenos Aires 1992, Tomo iii, pág. 62: «Se trata del estado psíquico —una alteración violenta— en el cual el sujeto actúa con disminución del poder de los frenos inhibitorios de manera que cuando esa situación sea excusable por otros motivos distintos que la emoción misma, la ley atenuará la pena en razón de cierta atenuación de la culpa, porque cabe muy distinto reproche para aquel que mata sin culpa alguna de la víctima que para aquél que fue llevado a ese hecho por gravísimas ofensas».
5 Según recupera el Dr. Viar, acerca de sus inicios de formación como especialista en violencia familiar en la UBA, las categorías de violencia referidas por la psicóloga especialista Cristina Vila eran las siguientes: a) violencia a la mujer, 75 %; b) violencia cruzada, 20 %, c) violencia hacia el hombre, 2 %; acuerdos sadomasoquistas, 3 %. Se incluye una cuarta categoría dentro del espectro de las formas de violencia. Esta categorización luego fue reconsiderada, y se estableció a través de múltiples estudios epidemiológicos en diferentes países que la violencia se dirige en un 75 % hacia la mujer, un 23 % de manera cruzada y un 2 % hacia los hombres, lo que restringió la cuarta categoría mencionada (Cadoche, 2002, p. 261).
6 En adelante, nos referiremos a violencia doméstica cuando se aplique a la población de mujeres en situación de violencia, y a la violencia misógina cuando se aplique a la población de hombres que ejercen violencia. Los distintos nombres que han sido asignados a las situaciones que ponen en riesgo a las mujeres por discriminación de género han variado en consonancia con los momentos históricos y sus propios debates. Sin embargo, es necesario el registro de tales transformaciones, sin negarlas y sin invisibilizarlas; por lo tanto, sus nominaciones dentro del trabajo recuperarán ese aspecto temporal, sin que ello suponga una confusión de definiciones teóricas.
PRIMERA PARTEMARCO TEÓRICO
El núcleo entre complejidad e integralidad
El cuerpo teórico general del trabajo incluye diferentes áreas temáticas, necesarias para elucidar los vínculos y los factores influyentes: lo complejo social; el género y la violencia de género; las instituciones y su dinámica; las víctimas de la violencia y sus vidas en riesgo, en el curso de su historia de vida.
El enhebrado conceptual pretende ofrecer un modo flexible de reconstruir lo elaborado, sumando aportes que permitan enriquecer la visión social del problema de la violencia y elucidar alternativas de abordaje. El sentido del uso del vocablo enhebrar persigue la intencionalidad de describir tanto el alcance y funcionalidad del término (palabra cuya significación verbal es «pasar una hebra de hilo por el ojo de una aguja de coser, o bien, «pasar un hilo, cordel o alambre o una serie de cosas») como su uso y sentido coloquial, vinculado a «encadenar palabras o frases».
En este trabajo intentamos promover una mirada crítica, reflexiva, transgresora de lo instituido, compleja, atravesada por la perspectiva de género y habilitadora de la multicausalidad y multipluralidad de sentidos y significados; proponemos una redefinición del término —revalorizando el acto de encadenar y enlazar palabras— a través del análisis de un dispositivo específico (los servicios que asisten violencias), representado por la invisibilidad de la problemática de la violencia contra la mujer y por el ojo, en el sentido kaminskyano (1994, p. 10) institucional, como ojo de la aguja.
Además del significado del vocablo, existe un sentido práctico del uso del término, asociado linealmente a una acción vinculada a lo femenino en un mundo patriarcal: «enhebrar la aguja para coser». Una imagen del lugar de la mujer puede verse en la obra La costurera, de Velázquez (1640 a 1649): coser, tejer y enhebrar, en el mundo patriarcal, forma parte del rol femenino esperado, por lo tanto, asignado culturalmente a la mujer. Para Pelossi (2014, p. 17),1 el telar representa la atadura de la mujer al rol tradicional femenino, y convierte el binomio mujer-telar en objeto de posesión del hombre. Coincidimos en que la imagen y su representación han sido objeto de luchas en sentido de su deconstrucción; una de las formas de lucha activa se expresa en la producción de conocimientos sobre los cuales resignificar aquello que es necesario poner en tensión.
Así entonces, la perspectiva holística de la investigación se centra en el modelo ecológico integrativo para el abordaje de la violencia, en enlace indisociado con la perspectiva de género desde la teoría feminista y con el soporte operativo que expresa los aconteceres desde el ontosistema del curso de la vida. Su capacidad de relación surge de la observación y caracterización de la población general (focalizando específicamente en la población de hombres asistidos), resaltando los cambios en la vida cotidiana, analizados a la luz del impacto en el sistema de salud, con reorientación de las demandas de asistencia.
Desde la perspectiva sociohistórica y cualitativa de Miguélez (2018), el carácter hermenéutico del estudio permite comprender, interpretar y analizar los datos obtenidos en la investigación como parte de un contexto situacional, siendo sensible a la complejidad de la vida humana actual, sin desestimar las necesidades de consolidación de un estudio riguroso y crítico.
Siguiendo a López Ramírez (1998, p. 100), el pensamiento complejo permite construir una teoría general en busca de la integración de miradas disciplinares que permeabilicen a las personas hacia una actitud más solidaria y compasiva. Coincide con Morín en la importancia de lograr conocimientos cruciales, los puntos estratégicos, los nudos de comunicación, las articulaciones organizacionales entre órbitas disjuntas para tender a un nuevo conocimiento organizado y articulado (López Ramírez, 1998, p. 102). También acuerda en la necesidad de promover, desde el equipo de trabajo, habilidades para el desarrollo de una actitud solidaria, compasiva y sorora.2 En su perspectiva, es central el desarrollo de la ética de la compasión y la solidaridad humanas —con anclaje en el contexto sociohistórico como vía de acceso a mayores niveles de autoconocimiento—, que impulse una renovación del pensamiento tendiente a transformar la incertidumbre en posibilidad. Desde allí, se vuelve compatible la visión global sobre la realidad, con su aplicación específica al marco de referencia para violencias de género.
La lectura crítica de la información surgida del trabajo de investigación procurará desvendar los aspectos institucionales y organizacionales que puedan facilitar la tarea de multiplicar acciones en salud sustentables e inclusivas de la problemática de la violencia, basada en la desigualdad de género.
El presente trabajo intenta visibilizar la capacidad potencial de las obras sociales para lograr integralidad en el abordaje de la temática, a la luz de la incidencia de los movimientos obreros, coincidiendo en la búsqueda incesante de la supresión de la injusticia social en función de la cual ella se define (Horkheimer, 1990, p. 270).
En términos de Bronfenbrenner (1987, p. 60),un experimento transformador comprende la modificación y la reestructuración sistemáticas de los sistemas ecológicos existentes, de una manera que desafíe las formas de organización social, los sistemas de creencias y los estilos de vida que prevalecen en una cultura o subcultura en particular. Desde lo social, podemos considerar aspectos constitutivos de su complejidad, como la influencia del sistema patriarcal, sus expresiones a través de las políticas públicas y sus mediaciones de orden institucional.
Las bases patriarcales y la complejidad social
En Argentina, el Plan nacional de acción para la prevención, sanción y erradicación de la violencia contra las mujeres (2016, p. 8), en cumplimiento de las disposiciones de la Ley N.° 26485 y a través del organismo responsable del diseño de política públicas en el tema, posicionándose desde la perspectiva feminista, deja en evidencia que el origen de la subordinación de las mujeres es, sin lugar a dudas, el sistema patriarcal, en tanto las ubica en situación de inferioridad en relación con los hombres.
Dora Barrancos afirma que el patriarcado es en sí mismo un orden violento y reconoce la imposición de la jerarquía masculina en todas las culturas, como fenómeno universal (2015). Resulta interesante revisar la construcción de tal inferioridad desde las mitologías antiguas.
Bachofen descubre (1861, citado en Linares García, 2008) cómo en ellas se establece un enfrentamiento que busca el antagonismo entre los principios femeninos y los masculinos. Así, lo femenino suele asociarse al lado izquierdo, mientras que lo masculino, al derecho; la mujer está relacionada con la noche y el reino de lo nocturno; el hombre, con el día y el régimen diurno; el astro asociado a ella y a lo femenino es la Luna, mientras que, a él, el Sol. A la primera se la vincula con el elemento tierra, mientras que el agua y el mar pertenecen exclusivamente al imaginario del hombre. Lo femenino se asocia a la muerte y a los difuntos; lo masculino, al mundo de los vivos. Debido a esto, el luto es propio de la mujer, y la alegría, del hombre. Asimismo, la mujer siempre es vinculada a la tierra (en tanto es madre), mientras que el hombre, al cielo: el Padre. El mundo femenino es el mundo del sentimiento, de la religiosidad; el masculino, el de la racionalidad y, en consecuencia, posee el dominio del derecho civil, de la cultura y, por tanto, de la sociedad.
Así entonces, las bases del condicionamiento social para la determinación binaria de lo que supuestamente compete a hombres y mujeres en razón de su sexo biológico se expresan entrelazando naturaleza y misticismo, cercando las cualidades, que devienen en estereotipos de género, nuevamente dicotómicos y discriminatorios de otros sexos biológicos, otras sexualidades y posiciones disidentes.
En la misma obra, Bachofen (1861) describe cuatro fases de la historia de la humanidad. En un principio, la humanidad se hallaba en un estadio de la civilización conocido como el hetairismo, en el que los hombres dominaban por la fuerza y las mujeres estaban sexualmente sometidas a su capricho y voluntad. Como reacción frente a esta situación absolutamente arbitraria, las mujeres respondieron o bien violentamente, haciéndose guerreras y creando una civilización amazónica, en la que el hombre ocupaba un lugar secundario, o bien pacíficamente, introduciendo a la vida cotidiana la institución matrimonial, la agricultura, y fundando la ginecocracia, conocida también como sistema de derecho materno, en la que prevalecían los valores de lo femenino, anteriormente expuestos: los lazos de sangre, la maternidad, la afectividad y la religiosidad.
Este sistema no se caracterizaba por ser lo suficientemente estable. No permitía el desarrollo de las energías de la civilización en su grado más elevado. Consecuentemente, el advenimiento del patriarcado se hizo necesario. Los valores masculinos avalaban el desarrollo del derecho civil, frente al derecho natural matriarcal, la racionalidad y los aspectos considerados «superiores» de la cultura.
El tránsito del matriarcado al patriarcado tendría su punto de inicio en Grecia, y quedaría definitivamente consolidado en Roma, a partir del establecimiento del derecho y la idea de Estado.
La definición de patriarcado desde la concepción de Fontenla (2008, p. 260) lo explica como aquel sistema de relaciones sociales sexopolíticas basadas en diferentes instituciones públicas y privadas y en la solidaridad interclase e intragénero, instaurado por los hombres, quienes, como grupo social y en forma individual y colectiva, oprimen a las mujeres también en forma individual y colectiva, se apropian de su fuerza productiva y reproductiva, de sus cuerpos y productos, tanto a través de medios pacíficos como mediante el uso de la violencia.
Engels (1884, p. 55) resalta que el tránsito del matrimonio sindiásmico a la monogamia tuvo como finalidad asegurar la fidelidad de la mujer; se funda en el predominio del hombre, con el fin de procrear hijos cuya paternidad sea indiscutible, en su cualidad de herederos directos. La familia monogámica estrecha los lazos conyugales y reproduce la adhesión al ideal de amor romántico, por el cual no es posible la disolución, especialmente para la mujer.
Máximo Kovalevski (1890, citado en Engels) define el concepto de comunidad familiar patriarcal aludiendo a la consecuencia de la transición entre la familia de derecho materno (fruto del matrimonio por grupos) a la monogamia moderna, con la cual se desarrolla el derrumbamiento del matriarcado.
Fontenla (2008), sin embargo, delimita el uso exclusivo familiar del concepto, por cuanto señala el riesgo, en ese caso, de dejar fuera de consideración a otras instituciones sociales que el patriarcado comprende. Siguiendo su planteo, las teorizaciones sobre el patriarcado fueron esenciales para el desarrollo de las distintas corrientes del feminismo en sus versiones radical, marxista y materialista, entre otras.
Anna Jónasdóttir(1993) plantea que el patriarcado constituye una cuestión de lucha de poder sociosexual específica acerca de las condiciones políticas del amor sexual, mientras que Shulamit Firestone (1976)lo postula como base de la opresión social de las mujeres, en particular, en referencia a su capacidad reproductiva. En este caso, desde su mirada radical feminista, focaliza en la familia como «fuente de represión psicológica, económica y política», afirmando que «la naturaleza de la unidad familiar es tal que penetra en el individuo más profundamente que cualquier otra organización social que tengamos» (p. 293).
El orden social patriarcal se sustenta en la misoginia: estructura de dominación destinada a desvalorizar, inferiorizar, discriminar y violentar a las mujeres. El desprecio por lo femenino misógino ha dotado de poder y control a los hombres sobre las mujeres, con el fin de reproducir y sostener la estructura patriarcal. Pérez Vázquez (2014, p. 57), en el mismo sentido, considera que «la misoginia se reproduce mediante actos y discursos que median las relaciones sociales de los individuos y que, de manera natural, justifican la hegemonía de lo masculino tanto en el ámbito público como en el privado».
Según Novo (2003, p. 5), el «paradigma patriarcal ha sido antropocéntrico y consecuentemente, androcéntrico», entendiendo de ese modo que existe una diferenciación jerárquica que ubica a lo masculino como referencia generalizable. Fue Charlotte Gilman quien promovió el debate sociológico acerca del concepto «androcentrismo» a partir de su publicación, en el año 1911. El concepto instala lo masculino en términos genéricos y amplía su uso para todas las personas, indistintamente del sexo y de la adscripción de género.
Dentro de las corrientes feministas, hacia 1990 surge un enfoque particular, que tiende a cuestionar las bases de comprensión de la estructura patriarcal, en el seno de la visibilización de otras sexualidades no heteronormativas: se ponen en cuestión nociones como género y patriarcado como normatizadoras de lo heterosexual.
Butler, retomando la idea foucaultiana de la producción política de los sujetos y su representación, cuestiona la naturalidad del concepto sexo por considerar que incluye, en su afirmación, la construcción de la cualidad de género, que es la interpretación cultural del sexo. Así, «el género no es a la cultura lo que el sexo es a la naturaleza» (2007, p. 55). Entiende al género como una complejidad incompleta normativa, desprovista de «fuerza coercitiva» (p. 68); por lo tanto, esa cualidad inestable en el campo de luchas de poderes normativos es una oportunidad política para deconstruir la misma heteronormatividad. Para Butler, «no existe una identidad de género detrás de las expresiones de género; esa identidad se construye performativamente, por las mismas expresiones que, al parecer, son resultado de ésta» (p. 85). Este aspecto —el cuestionamiento a la lógica patriarcal y a los factores de reforzamiento positivo respecto de su uso— será un elemento relevante al momento de desarrollar el análisis del presente trabajo.
Von Werlhof (2006) define al patriarcado como sistema bélico, cuya función es la destrucción del matriarcado, a través del uso de una estrategia que se amalgama con la lógica de acumulación capitalista y con el orden cristiano. La estrategia que requiere para lograr el derrocamiento del matriarcado y, simultáneamente, su negación es la alquimia, en sentido de anular una regla —visión— fundamental: «Toda vida proviene de la mujer, y no debe ser puesta en peligro» (p. 60). El carácter utópico del patriarcado, entonces, se construye a partir de una noción central: para que este perdure, necesita confluir en un escenario dócil, con seres humanos que anhelen el ideal de lograr una vida completa priorizando la noción de propiedad. La propiedad de las cosas, de la naturaleza para su explotación y de las mujeres; desde allí es que la meta del patriarcado deviene en el logro de su autonomía respecto al matriarcado.
De esta manera, la autora vincula la vida de las mujeres con la vida de la madre naturaleza y, desde allí, colige que ambas vidas, ante la meta fundamental, deben ser muertas: la creación de la necesidad de hostilidad entre los sexos, la visión binaria (que también requiere el capitalismo) y la existencia de un sistema basado en el origen del padre (del cual la autora desconoce su existencia, la religión) son estrategias que, en conjunto, buscan garantizar el logro de la implantación del patriarcado como sistema único, indiscutible, dominante, hegemónico.
Es interesante la hipótesis de la autora, por cuanto, desde una perspectiva posestructuralista, no considera al patriarcado como orden social independiente, sino como un proceso que, al invadir a la sociedad matriarcal desde su mismo seno, destruye sus modos de vivir, sentir y pensar, imponiendo puntos de vista propios, naturalizándolos como «los únicos que han existido siempre», generando su existencia y creando la imposibilidad de poner en cuestión los términos de su producción.
Se adoptará para esta investigación la concepción de patriarcado considerado como un sistema de opresión que establece jerarquías genéricas, en supuesto favor de los hombres y en detrimento de las mujeres, desde una perspectiva feminista posmoderna,3 alojando, para su análisis, las consideraciones respecto a la génesis del sistema, la concepción binaria del sexo y sus condicionantes de género inherentes al lenguaje y, particularmente, respecto a las estrategias de lucha para su deconstrucción y/o vaciamiento simbólico.
El Estado presente y la implementación de políticas públicas
Partiendo de que la problemática de la violencia de género está profundamente invisibilizada y de que el recorrido de las mujeres en su construcción de ciudadanía ha sido —y sigue siendo— motivo para la continua lucha por los derechos vulnerados, será necesario considerar la postura del Estado y la del sector salud, a fin de comprender tanto la viabilidad institucional para el afrontamiento de las violencias en dicho sector como la «capacidad de generar acciones para solucionar problemas prioritarios» en su condición de políticas públicas (Tamayo Sáez, 1997, p. 2), entendidas como las acciones u omisiones que expresan lógicas de intervención del Estado (Ozlack y O’Donell, 1981).
La vinculación de la temática de violencia y ciudadanía, en el marco de las políticas públicas en el área, requiere hacer un reconocimiento de la trayectoria en la construcción social de los derechos para las mujeres: en términos de Britos (2003, p. 39),«una mujer trabajadora inmigrante o indígena es el grado máximo de exclusión ciudadana (Ansaldi, citado en Britos, 2003, p. 193). En 1907 apareció la primera legislación para mujeres y niños que trabajaban y fue, a su vez, la primera legislación obrera (Mercado, 1988). Configuró a la mujer obrera como sujeto de derechos sociales en relación con el trabajo, al tiempo que carecía de derechos sociales y políticos (Pautassi, 1995).
Belmartino afirma lo siguiente:
Un análisis en clave pública tiene en cuenta que la gestión se despliega en escenarios de conflicto y resistencia en los que se debe velar por los principios democráticos, al mismo tiempo que se debe impulsar un proyecto de gobierno orientado hacia el logro de lo que, desde nuestra perspectiva, constituye el bien común: la justicia social, la opción por la democracia, el respeto por los Derechos Humanos de primera y segunda generación, la perspectiva de género y el desarrollo incluyente. (2015, p. 22)
La concepción de opresión tomada desde el feminismo marxista se ubica actualmente en un proceso de consolidación hacia la cuarta ola feminista, que se define por su capacidad de organización para la lucha en defensa de los derechos de las mujeres, ante el ataque capitalista, que busca restringir los derechos logrados. En tal escenario, las políticas públicas se encuentran inclinadas a tomar el reclamo de los movimientos feministas y de organizaciones que tienden al pedido por la igualdad social, enmarcadas en una visión antipatriarcal.
En Argentina, el movimiento Ni Una Menos promueve el alerta respecto a una feroz ofensiva del sistema, que instala una mayor feminización de la pobreza y precariza prioritariamente la vida de las mujeres en detrimento de sus capacidades de autonomía.
El 3 de junio de 2015, en respuesta a los femicidios crecientes, se realizó una masiva marcha a la Plaza del Congreso, con ecos replicados en convocatorias a lo largo de todo nuestro país. La acción multitudinaria logró confluir a la población y sus múltiples organizaciones en clara posición de lucha por los derechos de las mujeres, exigiendo al Estado respuestas integrales y acordes a la magnitud de la problemática.
Varios países acompañaron la protesta, y la expresión de la necesidad global se objetivó en el paro internacional de mujeres realizado el 8 de marzo de 2017; así se consolidó, a nivel mundial, la visibilidad de la lucha de la nueva ola feminista. Su lema, altamente significativo («Que produzcan sin nosotras»), buscó poner en relieve el principal ataque consolidado desde la estructura patriarcal y capitalista: el trabajo doméstico no remunerado y la diferencia de salarios para igual trabajo no doméstico, que establecen un orden social que naturaliza el lugar reproductivo de la mujer. De esta manera, se apropian de los beneficios para la reproducción del sistema sin costos, con lo que se invierte la relación entre causa y efecto.
Si bien en países comunistas la situación de las mujeres es igual de arrasadora que en los países capitalistas, se entiende que este sistema se nutre de modos de apropiación de los cuerpos y singularidades reforzando la magnitud del sometimiento. En Estados Unidos, las leyes contra las violaciones fueron originalmente formuladas para proteger a los hombres de las clases altas frente a las agresiones que podían sufrir sus hijas y esposas. Según Davis (2004 p. 37), «habitualmente, los tribunales han prestado poca atención a lo que pudiera ocurrirles a las mujeres de clase trabajadora y, por consiguiente, el número de hombres blancos procesados por violencia sexual infligida a estas mujeres es extraordinariamente reducido».
Un aspecto importante en la relación Estado-movimientos sociales feministas radica en el lugar habilitado para el anclaje de los reclamos que estos realizan. Las exigencias hacia el Estado nuclean expectativas que incluyen las siguientes condiciones: partir de una visión acerca de las mujeres ya no como un colectivo con características comunes, sino como seres humanos con múltiples expresiones referidas a la categoría mujer, por un lado y, por el otro, posicionarse desde una perspectiva laica, inclusiva del género, a favor de la educación sexual integral, en contra de los modelos patriarcales familiares e inclusivo de sexualidades disidentes, que vele por el derecho democrático de la mujer a decidir la continuidad de los embarazos, no solo despenalizando el aborto, sino además legalizando su práctica.
Modelo ecológico integrativo
