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A la mitad de la segunda década del siglo XXI, la violencia que vive el mundo adquiere niveles inconcebibles. Desde las guerras entre naciones hasta la violencia intradoméstica, en el espacio público y el privado. La humanidad vive acechada por una galopante violencia física y simbólica. Se trata de una situación de retorno a lo más primitivo, pues muestra la conducta violenta del ser humano y, con ello, la actualidad de la sentencia de Hobbes: el hombre es el lobo del hombre. Si en el mundo no impera la razón, en México la barbarie adquiere niveles que permiten hablar de una cultura del miedo que muestra la crisis de un Estado incapaz de generar la credibilidad que exige una sociedad presumiblemente democrática. La política se corrompe y el poder parece que se ejerce sólo con el uso despiadado de las armas. Así que adjudicar el adjetivo de narcopolítica como rasgo de nuestro sistema de gobierno es reconocer el fracaso de la democracia liberal. Este libro colectivo reúne a especialistas de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y de la Universidad Autónoma Metropolitana para tratar el tema de la violencia desde diversos puntos de vista. Valga esto como un aporte a un fenómeno que seguramente marcará el rumbo de nuestro país en las siguientes décadas.
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Seitenzahl: 276
Veröffentlichungsjahr: 2022
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UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE LA CIUDAD DE MÉXICODIFUSIÓN CULTURAL Y EXTENSIÓN UNIVERSITARIA
RECTORATania Hogla Rodríguez Mora
COORDINADORA DE DIFUSIÓN CULTURALY EXTENSIÓN UNIVERSITARIAMarissa Reyes Godínez
RESPONSABLE DE PUBLICACIONESJosé Ángel Leyva
COLECCIÓN: REFLEXIONES
Violencia: nueva crisis en México. Reflexiones y posibles interpretaciones.
Primera edición 2021
D.R. © Porfirio Miguel Hernández Cabrera.
D.R. © Universidad Autónoma de la Ciudad de México
Dr. García Diego, 168,
Colonia Doctores, alcaldía Cuauhtémoc,
C.P. 06720, Ciudad de México
ISBN (ePub): 978-607-8840-28-1
publicaciones.uacm.edu.mx
Esta obra se sometió al sistema de evaluación por pares doble ciego y su publicación fue aprobada por el Consejo Editorial de la UACM.
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A los desaparecidos
A Pancho
Presentación
La violencia en sus diferentes formas acontece diariamente en todo el orbe. Desde la guerra hasta el ejercicio de la violencia personal, que demuestra cómo el proceso de la civilización no se desprende de lo primitivo. Aquel estado humano donde priva la violencia y nos aproxima a lo más salvaje y sanguinario, demostrando que la animalidad humana no se ha superado, en todo caso, se ha vuelto más sofisticada, dada la ayuda que ha prestado el avance de la tecnología, y contrasta con formas de violencia evidentemente primitivas.
De esa forma los valores de la Ilustración: libertad, igualdad, justicia y solidaridad, que debieran guiar la construcción de sociedades realmente democráticas, revelan el fracaso, cuando menos, del mundo occidental. La guerra sigue presente y seguimos observando todo tipo de violencias en los diferentes espacios sociales, del público al privado, siempre tenemos escenas de terror y de la mano corre una crisis económica que pone en duda el futuro. Sí, la incertidumbre es el rasgo característico de fin y principio de siglo.
No importa si estamos lejos de las formas más grotescas de la violencia, por más que nos resguardemos en una burbuja, siempre estaremos como testigos, víctimas y hasta victimarios, demostrando la vigencia de la máxima de Hobbes: el hombre es el lobo del hombre.
No obstante, el propósito de este libro colectivo no es analizar la problemática mundial, sino reflexionar y sumarnos a muchos esfuerzos que intentan comprender lo que pasa en México, provocar la discusión sobre el tema de la violencia, y con ello vislumbrar acciones efectivas para resolver esta grave situación, con la esperanza de ver algunos resultados en el mediano plazo. A sabiendas de que varios de los que aquí participamos, seguramente, no alcanzaremos a ver beneficio alguno sobre este fenómeno.
El primer artículo que presentamos arriesga una interpretación respecto de la crisis societal que vive el país, con referentes nada comunes para la ciencia política, pero muy válidos para la sociología, la antropología y la psicología.
El segundo, nos coloca en uno de los temas más claros en cuanto a la nocividad de la violencia generada por la narco-política, en contra de uno de los valores más importantes de la democracia: la libertad de expresión. Específicamente de la violencia ejercida en contra de los y las periodistas, lo cual ha colocado a nuestro país como uno de los más peligrosos para el ejercicio de tal profesión.
En el tercer y cuarto, se ofrece una mirada al tipo de violencia que se ejerce en una de las instituciones más valoradas por toda sociedad: la educación. En estos trabajos se explican las formas de violencia que se reproducen en el espacio de una de las instituciones de educación superior más importantes del país: la UAM. En el siguiente, una lectura sistémica donde se relaciona la familia, el barrio y la escuela, sugiriendo la complejidad del problema de la violencia.
En el quinto y sexto se ofrece un amplio panorama para comprender y discutir los aspectos más importantes, y los que no parecen serlo, sobre el tema de la violencia. Se trata de dos artículos que, esperamos, sean de utilidad para reflexionar acerca de la violencia en general, y en particular de lo que acontece en este catártico país.
Gezabel GuzmánRafael Montesinos
México, fracaso del monopolio legítimo de la violencia y crisis de la sociedad moderna
RAFAEL MONTESINOS
Introducción
El término mundo civilizado presume, en sí mismo, la superación del estado primitivo donde surge el hombre como una de las especies animales, como parte de la naturaleza: un estado de violencia. Y es ahí donde habríamos de colocar la pregunta respecto a la esencia humana ¿Cómo es que el hombre supera su estado de naturaleza? ¿Cómo deja o sigue ejerciendo la violencia? ¿Por qué al pensar en la civilización, occidental por supuesto, anula de antemano la imagen de la violencia? Aunque esto fuera un espejismo que termina cuando volvemos la vista al siglo XX y las tendencias que impone al nuevo siglo.
Se trata, entonces, de cuestionar la idea respecto de que la razón es el motor de un complejo proceso sociohistórico mediante el cual el avance de los sistemas sociales que se mueven, al menos, en función de las directrices que los principios de la democracia liberal colocan como objetivos que guían el rumbo de sistemas sociales, donde la condición humana constituye el máximo referente para garantizar una relación solidaria entre los miembros de dichas sociedades.
Esto supone el hecho de que los miembros de una sociedad compartan valores, principios, conductas, etcétera, que refrenden el compromiso de no atentar contra los demás. De tal manera que el respeto hacia el otro no sólo guía el tipo de interrelaciones e instituciones que refuerzan en una sociedad su intento para evitar, lo más posible, el ejercicio de la violencia física, sino se coloca como referente de las relaciones entre los estados, sin importar que se trate de sociedades liberales democráticas o no.
La cuestión es que hoy, ya avanzada la segunda década del siglo XXI, se observa con una preocupación universal todo tipo de violencia, tanto en lo global como en lo local. Las añejas guerras del Medio Oriente, el conflicto entre Estados Unidos y el mundo musulmán, los conflictos derivados de la reconfiguración de lo que fue la Unión Soviética, la lucha por la democracia en la ciudad de Pekín, los disturbios en varias ciudades de Estados Unidos por la decisión judicial que libera de responsabilidad al policía que asesinó a joven afroamericano en la ciudad de Ferguson, la guerra del narcotráfico y el crimen organizado, así como las protestas estudiantiles en México por el nivel de violencia provocado por la narco-política, entre otros casos más, confirma, al inicio de siglo, una tendencia global hacia la destrucción de los sistemas sociales que hoy todavía se reproducen como paradigmas, fundamentalmente del mundo occidental, donde se ejerce todo tipo de violencia, ya sea en el espacio público o en el privado.
Si bien la actual crisis mundial tiene su origen en las relaciones económicas de carácter global y local, en la progresiva concentración de la riqueza y de la miseria a la que se somete a la contraparte, la violencia generalizada experimentada hoy día comprueba la incapacidad de los diferentes gobiernos por controlar la violencia que hoy amenaza la subsistencia de la especie.
Entonces, el punto es cómo comprender el papel que juega la violencia en el proceso civilizatorio, particularmente el que corresponde a la sociedad moderna, aquella identificada como liberal democrática.
La violencia y la condición humana
Es inevitable eludir esta discusión, pues normalmente se escuchan dos voces respecto al origen de la violencia y su relación con la naturaleza humana. Esto es, si la violencia proviene de la propia naturaleza humana o, si en algún momento del paso de la civilización, el hombre aprendió a ejercer la violencia. Desde luego hablamos de la forma más obvia de la violencia, que es la física, la que representa la fortaleza del cuerpo humano que violenta a otro cuerpo menos fuerte. Y quizá, se pueda resumir a través de una imagen evolucionista y la conclusión que pudiese desprenderse de ésta: el pez grande se come al pez chico. El fuerte destruye al débil, amenaza su supervivencia. En el sentido más animal posible, donde la ley de la selva es la violencia, ésta determina la relación de dominación y con ello se explica la voluntad o satisfacción de las necesidades del más fuerte.
No obstante la posibilidad de recurrir a una argumentación darwiniana, parece más pertinente la interpretación que nos ofrece Freud en su libro El malestar en la cultura, donde este importante autor establece la contradicción entre naturaleza y cultura. El choque entre el estado primitivo o salvaje y una forma de organización social a la que se integra el nuevo ser humano. El conflicto entre la violencia implícita en un ser humano en estado de naturaleza, esto es con pulsiones latentes, y un conjunto de reglas y normas que ha permitido la organización social y la persistencia en el tiempo del grupo humano que lo acoge.
Los impulsos de un humano son aquellas manifestaciones de su naturaleza animal propios de la reproducción, como es comer, reproducirse y defenderse de la hostilidad de su medio ambiente. Estas pulsiones son las que ponen en riesgo las formas de convivencia establecidas por las diferentes culturas a lo largo del tiempo. Por tal razón, todas, sin excepción, ejercen el peso de la colectividad sobre la individualidad, hasta que el hombre «acepta» moldear su conducta a partir del conjunto de elementos materiales y simbólicos propios de la cultura a la que se integra.
Esto es, el hecho de que el hombre como individuo renuncie o supere su estado primitivo y la comunidad a la que pertenezca cree una forma de organización social que permita la subsistencia del grupo, tribu, pueblo, marca la génesis del proceso civilizatorio.
Pero regreso puntualmente a los principales planteamientos de Freud, para después seguir con otras argumentaciones sobre el complejo proceso civilizatorio.
La primera afirmación de Freud es que «los seres humanos suelen aplicar falsos raseros; poder, éxito y riqueza es lo que pretenden para sí y lo que admiran en otros, menospreciando los verdaderos valores de la vida».1 La contundencia de tal planteamiento permite, entonces, presuponer que la civilización, las diversas sociedades que le dan forma, construyen un sistema (normas, valores, principios y reglas) que definen la forma en que los individuos que la conforman acceden a esos objetivos de carácter simbólico o material.
Desde luego, nos remite a otro tipo de planteamientos que apuntan en el mismo sentido, como en el caso de Rousseau, quien en su obra El contrato social cifra la atención en la cuestión de la violencia. Es decir, que el acuerdo o convención de un grupo o comunidad ha de resolver, antes que otra cuestión, cómo administrar el ejercicio de la violencia que ha de ser utilizada en favor de la colectividad.
Si aceptamos este planteamiento también estaremos de acuerdo en que ese manejo del significado del contrato social nos puede colocar, al menos, en el momento de génesis del proceso civilizatorio, en el cual se transita del estado natural, primitivo o salvaje, a las primeras formas de organización social que permiten el inicio de la civilización. Es aquí donde nuevamente debemos tener presente la pregunta respecto a qué pasa con la violencia característica del estado de naturaleza, acaso ¿la génesis civilizatoria o su avance supone la eliminación o al menos superación de la violencia?
Pues desde el sentido común sabemos que la forma de conseguir los objetivos que, según Freud, todos los humanos deseamos, es a través del ejercicio de la violencia, del ejercicio de la fuerza, lo cual podría permitirnos obtener la riqueza que posee o creó el otro.
Qué pasa, según Freud, cuando no toda la comunidad puede acceder u obtener poder, éxito y riqueza, que por cierto, y como segundo planteamiento de nuestro autor, cuando no se accede al placer simplemente, se vive en una situación de displacer. Esto es lo que marca el dilema del ser humano: vivir en el placer o en el displacer.
Así, es posible interpretar cómo el placer representa la posibilidad de regreso y preservación del yo, mientras el displacer es su distanciamiento y, por ello, el deterioro del yo y con esto la inevitable posibilidad de incidir en cualquier conducta patológica.
Este planteamiento resulta ya de mucho interés en cuanto a su pertinencia para aplicarlo, al menos, a la sociedad occidental. Durkheim dice que en todo sistema de reproducción social se establece una conducta generalizada que garantiza la reproducción de un orden social, una cultura, ese conjunto de elementos materiales y simbólicos que permiten a los individuos conducirse conforme a un orden establecido, que ha sido construido y transmitido de generación en generación y define lo que es colectivamente aceptado, lo que transgrede el orden social o definitivamente, quién actúa fuera de la ley. Este caso, finalmente, en los términos durkhemianos, la anomia, debiera considerarse como conductas excepcionales que adoptan algunos individuos, claramente lejanas de la conducta general que presume el orden cultural de todo grupo social.
Por otra parte, en esas conductas que para Durkheim son anómicas, normales al menos para un sistema social moderno, y distantes del comportamiento general de una sociedad, en El malestar en la cultura de Freud emergen, entonces, como un fenómeno social que acontece de manera generalizada, no excepcional. Se trata de un malestar que es provocado o mitigado por el propio sistema social, dado que quienes acceden al poder, éxito y riqueza disponen de los elementos materiales y simbólicos que les ofrecen placer, ese placer que se cobija debajo del ideal de felicidad creado por la sociedad occidental.
En sentido contrario, aquellos que no tienen la posibilidad de acceder al placer, simplemente sobreviven en condiciones de displacer, lo que en la lógica freudiana se expresa a través de conductas patológicas que el sistema contiene médicamente o, en su versión extrema, con la cárcel. Aquí es importante observar el carácter coercitivo de la cultura el cual, como orden social, impone a los individuos formas de conducta aceptadas por una colectividad, aquellas recreadas con el conjunto de elementos materiales y simbólicos que explican la especificidad de cada cultura.
Así, la lucha entre la naturaleza y la civilización representa, y asumo la responsabilidad de esta interpretación, el choque de diferentes formas de violencia. Una propiamente física y otra, simbólica. La primera relativa al carácter salvaje y/o primitivo de la naturaleza, la segunda, la violencia simbólica, propia de los subsecuentes estadios del proceso civilizatorio. Lo cual, sin pretender el abandono de la violencia física, la esgrime como recurso y la ejerce en la medida de los intereses de las elites de poder.
Lo cual, así, permite comprender que la civilización occidental, al menos, siempre tiene el recurso de la violencia física, aunque recurra a ella según el «interés colectivo». Esto queda perfectamente representado en el significado propio del estado moderno, el cual es, en sentido práctico, la figura general que representa a cada sociedad occidental en su decisión colectiva de reconocerlo como la autoridad legítima, representativa del bienestar común.
No obstante, vale preguntarse, con el simple afán de comprender qué hace el sistema para lograr que cada individuo olvide u omita fijar su atención en cuestiones de su vida cotidiana que hagan inhabitable su rutina diaria, que olvide su incapacidad para crear un mundo que le genere un placer constante, condiciones de vida que reivindiquen su yo, distante de cualquier situación que provoque displacer: «1) poderosas distracciones que nos hagan evaluar en poco nuestra miseria; 2) satisfacciones sustitutivas que la reduzcan; y 3) sustancias embriagadoras que nos vuelvan insensibles a ella».2
Se trata, entonces, de que el sistema social al cual pertenecen los individuos tenga la capacidad de crear situaciones u objetivos de vida que mitiguen una condición social permanente de displacer. Y quizá, de generar mínimamente el reconocimiento colectivo hacia aquel que sacrifique sus instintos y, por ende, asuma una actitud personal para aceptar el displacer, que pone en salvaguarda el bienestar común.
El objetivo de la cultura es inducir a cada individuo que se incorpora a la vida colectiva a valorar todo acto que demuestre el compromiso individual por salvaguardar la integridad de esa sociedad. Esto es, valorar la integridad colectiva e individual, y devaluar las necesidades individuales que pudieran atentar en contra del orden, contemplado en el significado que adquiere la cultura propia de cada grupo social, raza, pueblo, nación; un orden social legítimo y, por tanto, aceptado como referente de conducta individual y colectiva que salvaguarda la integridad del grupo social al que se pertenece.
Todo orden cultural presume, entonces, el intercambio entre el individuo y la sociedad a la que se incorpora. Por tanto, y esto tiene que ver con una interpretación sociológica, la identidad que crea toda cultura presume el compromiso del individuo con la colectividad a la que pertenece y viceversa.
En este intercambio, simbólico y material, se pone en la mesa de discusión el papel de la naturaleza humana, aquella que permite reconocer las pulsiones, los impulsos animales que cada individuo posee y que ponen en riesgo el orden social al que se integran. Lo cual, según mi interpretación, revela la importancia del proceso de socialización en la medida que pueda vencer la animalidad o tendencia violenta de cada individuo, al comprometerlo con la reproducción social colectiva y garantizar la estabilidad del grupo social al que se incorpora. Se trata, en el proceso de socialización de toda cultura, de que el hombre para el hombre deje de ser lobo, como lo planteaba Hobbes.
Freud plantea esta situación al afirmar que todo individuo debe pasar por un proceso de intercambio con la comunidad a la que pertenece, a través del cual transforme y reordene sus pulsiones libidinales, aquellas que lo hacen buscar sus satisfacciones sexuales. Por ello, la importancia de todo proceso de socialización es vencer las resistencias de cada individuo para mantener latentes sus impulsos animales, que explican su necesidad de satisfacción sexual y sus pulsiones de muerte.
Es ahí donde la conciencia individual y colectiva abre la posibilidad, para el ser humano, de contener sus pulsiones a partir de valores que lo vinculan con la colectividad. La religión es un ejemplo insuperable pero también, en la lógica del mundo occidental, los valores de la democracia liberal son referentes para valorar un intercambio simbólico entre los individuos y la colectividad a la que pertenecen.
En mi opinión, la vinculación visiblemente coherente entre la religión que valora el apego individual y colectivo al prójimo refuerza, en la lógica de la cultura ciudadana del mundo occidental, uno de sus valores fundamentales: la solidaridad. Ello revela el valor del papel social que la cultura tiene al introyectar en el individuo su compromiso por respetar el orden establecido al que se incorpora, en la vena de la sociedad moderna, cumpliendo con los principios heredados por la Ilustración: libertad, igualdad, justicia y solidaridad. Este último principio, ya no como principio religioso de amor al prójimo, sino de respeto y compromiso con los otros, con quienes hace comunidad. Por tal razón, Freud afirma: «la cultura yugula el peligroso gusto agresivo del individuo debilitándolo, desarmándolo y vigilándolo mediante una instancia situada en su interior, como si fuera una guarnición militar en una ciudad conquistada».3
Esta sugerente explicación de lo que Freud entiende por cultura revela cómo el carácter violento, que reconoce en la naturaleza humana, inicia un proceso de confrontación entre esa herencia primitiva/salvaje y los valores representativos de una etapa ya civilizada por la que atraviesa la humanidad. En ese choque entre naturaleza y cultura, la sociedad crea, en el proceso de socialización, un compromiso para el individuo que acaba de incorporarse a la sociedad; le enseña cómo interactuar con los demás, cómo conducirse considerando los valores asumidos por los otros y que garantizan la salvaguarda de la colectividad.
En todo caso, el valor desarrolla esa «instancia» interior que tiene presente un sentimiento de culpa y emerge cuando él está a punto de ejercer alguna forma de violencia que afecte a los demás.
Esa es la importancia vital de la cultura, estructura construida a lo largo del tiempo, transmitida de generación en generación, y que prevalece durante cierto tiempo como un orden simbólico legítimo, en principio, respetado por todo individuo. Entonces, en la medida en que una sociedad cuente con una cultura vigente, legítima, las elites del poder deberán recurrir a la violencia física lo menos posible.
El estado moderno, el proveniente de una sociedad capitalista y por tanto liberal democrática, llega a desempeñarse exitosamente, no sólo por la fortaleza militar y policiaca, capaz de disuadir a los individuos de no liberar sus pulsiones, de contener, controlar su esencia salvaje; sino por su capacidad de enseñar a los individuos a comprometerse con el orden establecido, con un orden de conducta que todos respetan.
A diferencia de la idea que tenía Hobbes respecto a cómo resolver el conflicto de la guerra permanente y progresiva en la que había caído la Europa de los siglos XIII, XIV y XV, para lo cual él proponía el fortalecimiento exacerbado del estado, con una fuerza tal que inhibiera las pulsiones de los individuos, que simbólicamente entendieran su minusvalía ante un estado decidido a exterminar el peligro que el hombre significa para sí mismo, dada su naturaleza animal, y por tanto violenta.
Así, la máxima de Hobbes: «El hombre es el lobo del hombre», constituía el principio que legitimaba su propuesta para realizar todos los ajustes necesarios y fortalecer la imagen del estado monárquico. Un estado de magnitudes leviathánicas que, como dice Freud, erradicara, con su imagen, las pulsiones de los individuos, creando en ellos miedo a las represalias por liberar dichas pulsiones. Se trata de un orden, entonces, impuesto por el riesgo que representa para el transgresor la evidente fuerza de un estado que la ejercerá sin piedad alguna en contra de quien transgreda el orden establecido.
En otras palabras, habrá de reconocerse que la violencia no se erradicará y que, en todo caso, los sistemas sociales modernos representan la síntesis de un complejo proceso social que permanentemente enfrenta el dilema entre el ejercicio de la violencia física y el de la violencia simbólica. Todo dependerá del aspecto sistémico que se quiera analizar del estado moderno.
En ese sentido, vale apuntalar el argumento que aquí se intenta plantear. Se trata de reconocer, primero, que la violencia es inherente a la naturaleza humana y, por tanto, las formas de organización que dan paso a la civilización, a sociedades civilizadas, suponen la superación del estado primitivo, caracterizado por una interacción entre individuos o grupos sociales, cifrado en la ley del más fuerte, donde la divisa es la fuerza bruta.
Las siguientes líneas corren por esa ruta de análisis y parte de los elementos constitutivos de lo que se ha dado en llamar las sociedades modernas, el sistema capitalista y su estrecha relación con la democracia liberal.
La génesis de la sociedad moderna
Si el triunfo de la Ilustración, que adquiere forma a partir del triunfo de la Revolución francesa al final del siglo XVIII, la materialidad a partir de un nuevo sistema social que resolverá el permanente estado de guerra, la extrema concentración y abuso del poder, así como el ninguneo al que se sujetaba a la mayor parte de la población en cada estado monárquico, la nueva sociedad liberal democrática, en contrasentido, representó, en la lógica del proceso civilizatorio, la posibilidad de derribar la relación despótica entre quienes poseen el poder y los que, por la fuerza de las armas y una fuerte dosis religiosa, se someten a ese tipo de regímenes. Se requería una forma de organización social más civilizada, en la que a través de otros principios se reprodujeran relaciones menos conflictivas que las vividas por la Europa medieval.4
Con ello, es posible comprender que lo que guía la construcción de un nuevo proyecto social, y que resuelve las deformaciones de sistemas despóticos, tome como referente los ideales heredados por la Ilustración: libertad, igualdad, justicia y solidaridad. La cuestión es, entonces, diferenciar entre el ideal de una nueva sociedad, de la sociedad moderna, y la realidad, la cual, con una trayectoria de algo más de dos siglos, evidencia una distancia abismal entre ideal y praxis. La pregunta inevitable podría adquirir mayor utilidad en función de lo puntual del cuestionamiento ¿Hasta qué grado ha conseguido el mundo occidental que priven los valores de la Ilustración? ¿Será posible distinguir entre los niveles de violencia del estado primitivo y el moderno? ¿Sola la violencia en el estado primitivo revela la animalidad humana? ¿El proceso civilizatorio ha mermado el instinto sanguinario de algunos individuos o grupos sociales? ¿Quién es más sanguinario: el hombre primitivo o el moderno?
En principio, la fundación del estado moderno representa la transición de un estadio del proceso civilizatorio que en lo inmediato resuelve el estado permanente de guerra de la Europa medieval y su sistema monárquico. Da el primer paso para pacificar a Europa e ir dando forma al estado liberal democrático. En palabras de Elias:
De las luchas de competencia y de exclusión de los pequeños señoríos, de los pequeños centros de dominación política, que, a su vez, surgieron de las luchas de exclusión entre unidades aún menores, surgen paulatinamente algunos vencedores, y por último, resulta vencedora absoluta de las unidades de lucha. El vencedor se convierte en centro de la integración de una unidad de dominación mayor; constituye el núcleo monopolista de una organización estatal en cuyo marco muchas de las zonas o grupos humanos que antaño se hallaban en competencia libre se integran en un entramado más o menos unitario, más o menos denso y de mayor extensión.5
Esa pacificación, que permite el nacimiento del estado moderno, se acompaña de otros elementos que explican la complejidad del proceso civilizatorio que supera el ejercicio despótico del poder, y explican la estructura que a su vez explica la génesis del estado-nación:
1) Una población asentada en un
2)espacio geográfico perfectamente delimitado.
3)Unidad política, construida a través de una ideología cifrada en una
4)Ideología nacionalista
5)Monopolio legítimo de la violencia
6)Fuerza policiaca que garantice el orden interno
7)Ejército militar para defenderse de los ataques del exterior.
Estos requisitos son indispensables, como lo demuestra el nacimiento del estado moderno, que da inicio al final del siglo XVIII, para garantizar la estabilidad del nuevo sistema político, económico social, el cual podría tener como parámetro de evolución el estado de derecho que garantice a todos los individuos y la colectividad regirse por los principios de libertad, igualdad, justicia y solidaridad.6
De estos aspectos constitutivos del estado moderno vamos a rescatar de manera directa el que tiene que ver con el estado-nación y la cuestión del monopolio legítimo de la violencia.
ELESTADO-NACIÓNVERSUSELDESPOTISMOMONÁRQUICO
No hubiese sobrevivido la noción de estado-nación, sin la existencia de una unidad política.7 Esa unidad que se hace posible, si y solo si, en torno al líder, vencedor como le llama Elias, se genera consenso entre los líderes regionales para darle forma a un nuevo sistema que ponga fin a la herencia despótica del pasado. En ese sentido, el nuevo estado–nación se guía a través de los principios de la democracia liberal, aquel sistema político que busca concretar los valores de la Ilustración: libertad, igualdad, justicia y solidaridad y que serán los parámetros para construir los sistemas políticos que representen a la nueva sociedad.8
De ahí que no se trate de una figura política surgida por una convención momentánea, por una coyuntura favorable para garantizar el triunfo sobre los regímenes monárquicos, sino de un complejo proceso social que se va tejiendo a través de las resistencias del poder despótico y un nuevo sistema político que abra las puertas a las diferentes fuerzas de una sociedad que también se va desarrollando económicamente tras el paso de la industrialización, la incorporación progresiva de la tecnología y la masificación del mercado.9
Se trata del desarrollo de estructuras, la política y la económica, una apoyada en el liberalismo democrático, la otra, en el liberalismo económico. Una dando juego a la lucha política dentro de los principios democráticos, otra, aceptando la competencia económica. Una dando forma al estado, la otra, acotando la función del estado y claramente fuera del espacio de la producción y el mercado. Se trata, como lo plantea Bobbio, de la fundante contradicción del estado moderno, que intenta hacer iguales, jurídicamente hablando, a los individuos a través de un estado de derecho que se va construyendo a los largo de los años, y un mercado que acepta la competencia entre desiguales, ya se trate del intercambio en un mercado acotado por la figura del estado-nación o del intercambio que hace posible el mercado internacional, el intercambio entre naciones generadoras de diferentes niveles de desarrollo económico. Ese es el dilema que en todo caso, como lo sugería Bobbio, enfrenta la génesis del estado moderno, garantizar que todos los individuos adquieran su igualdad jurídica/legal, condición social que depende del tiempo mediante el cual, históricamente, ha llevado a los países más avanzados en lo político, a la construcción de una sociedad cada vez más democrática.
Por tal razón, la estructura sobre la que habrá de construirse la nueva sociedad es ese marco jurídico/legal, que en la discusión de la ciencia política y el derecho se ha denominado estado de derecho. Ese es el referente sobre el cual se establecerá la distancia del anterior régimen despótico que concentra el poder en un solo hombre, la familia real y un pequeño círculo denominado sociedad cortesana, y una iglesia que legitima ese sistema político, pero que también acumula, junto con la familia real, una magnitud de riqueza tal, que de manera «natural» aparece como un enemigo a vencer en la rebelión provocada en contra de la monarquía francesa.10
Pero la rebelión no sólo es manifestación de una turba que ya no soporta la explotación física y la denigración moral de un sistema despótico, se trata de una revolución que no deja la menor duda respecto a la existencia de un nuevo proyecto político que ha de cobrar objetivamente el daño causado, en ese caso al pueblo francés. No se trata sólo de desmantelar la estructura de poder, sino de destruirla con el uso máximo de la violencia, en el caso de la monarquía, no se trata de despojar a sus miembros de sus propiedades o de acabar con sus vidas, sino de mostrar lo despiadado que puede ser un pueblo sometido a esa forma despótica de ejercicio del poder, como es simbólicamente representado el estado monárquico. Se trata, también, de dar fin a un sistema abiertamente violento, como es el estado absolutista, sustentado en la legitimidad que le concede la iglesia, pero también, y no sin menor importancia algo tan obvio, por la fuerza de las armas.
La guillotina queda como un símbolo del nivel de violencia al que se llega para derrocar a un régimen de gobierno sustentado en la fuerza de las armas. Entonces, la violencia también es la vía para crear un proyecto social alternativo, para resolver todos los conflictos sociales que hemos visto a lo largo de algo más de dos siglos, y finalmente, para dirimir los conflictos entre los individuos, los grupos, los pueblos y/o las naciones, el último recurso de la política: la guerra.
El nacionalismo es una característica fundante en la génesis del mundo contemporáneo, del estado democrático-liberal, en éste se encierra el complejo proceso que permite crearse en la parte subjetiva implícita de toda cultura. Después del triunfo de la revolución francesa, el principal riesgo para este movimiento era precisamente resolver la violencia a través de la cual se obtuvo el triunfo. El pueblo en armas es el riesgo, se requiere desarmar al pueblo y, en lo inmediato, formar un nuevo ejército que se ponga a disposición del siguiente orden social.
Lo que avanzará en una dinámica más lenta es la construcción del estado de derecho que garantice la igualdad de los hombres ante la justicia, independientemente de su posición social. Se trata de, quizá, lo más complicado para el nuevo proyecto social, un marco legal que dote al individuo de los instrumentos jurídicos para exigir los derechos que le corresponden como ciudadano, así sea su demanda en contra del mismo estado.
En ese caso, estamos en la posibilidad de que el proceso civilizatorio, y el papel que juega la violencia, pase de una expresión material, física, objetiva, a una de carácter subjetivo. Es el poder que concede el estado de derecho a las partes, esa condición jurídica que poco a poco se va construyendo y deja al desnudo, en ese sentido, las diferencias entre sociedades que avanzan en la construcción de esta figura, y sociedades que hoy, después de dos siglos, carecen de este elemental referente para dar certidumbre al mundo moderno.
Como sugiere Freud, en cuanto a reconocer que el miedo es uno de los principales instintos reveladores del carácter animal de la condición humana, un sistema social ha de ofrecer a cada individuo que lo conforma, así como a la colectividad que supone, las condiciones materiales y simbólicas que permitan combatirlo, reprimirlo. En ese sentido apunta también la idea de Rousseau, el estado genera socialmente certeza, la certidumbre, que presume el hombre moderno.
Este tránsito del estado de naturaleza al estado civil produce en el hombre un cambio muy notable, al sustituir en su conducta la justicia al instinto y al dar a sus acciones la moralidad que antes les faltaba. Sólo cuando ocupa la voz del deber en lugar del impulso físico y el derecho del apetito es cuando el hombre, que hasta entonces no había mirado más que a sí mismo, se ve obligado a obrar, según otros principios y a consultar su razón antes de escuchar sus inclinaciones.11
El intercambio está dado, el hombre cumple con el orden establecido tanto en lo legal como en lo culturalmente aceptado, y el estado garantiza la salvaguarda de su integridad física y moral. Si un proceso jurídico le da la razón ante una parte que ha dañado a su persona, el sistema jurídico-legal tomará la mejor decisión para resarcir los daños ocasionados. Sea por la vía de reparación económica o con la cárcel, si así lo amerita la agresión.
