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En un panorama actual donde las innovaciones tecnológicas son tan articuladas y rápidamente cambiantes como no lo han sido nunca, es ilusorio pensar que se puede ejercer un control absoluto sobre una realidad tan compleja. En Visiones e innovaciones el autor nos guía hacia las vías que parecen más prometedoras considerando no tanto las innovaciones tecnológicas en sí o sus aplicaciones genéricas, sino la contribución que su uso hace a la transformación de la cultura material contemporánea. Y nos invita a poner bajo la lupa los efectos reales y potenciales de las innovaciones tecnológicas en la vida cotidiana donde el diseño puede desempeñar un papel crucial a este respecto. Un apasionante y moderno panorama del diseño industrial de nuestros días.
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Seitenzahl: 400
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Medardo Chiapponi
Chiapponi, Medardo
Visiones e innovaciones : Diseño para la transformación de la cultura material contemporánea / Medardo Chiapponi. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Infinito, 2024.Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descargaTraducción de: Néstor Dante Saporiti.ISBN 978-987-3970-43-6
1. Diseño Industrial. I. Saporiti, Néstor Dante, trad. II. Título.
CDD 745.2
Idea y supervisión general: Cristina Lafiandra
Diseño gráfico: Karina Di Pace
Traducción al español: Néstor Dante Saporiti
Imagen de tapa: Pato digerente, de Jacques de Vaucanson, 1739.
© Medardo Chiapponi
© Ediciones Infinito, de todas las ediciones en español
e-mail: [email protected]
http://www.edicionesinfinito.com
Digitalización: Proyecto 451
SBN 978-987-3970-43-6
Al gran Tomás Maldonado,
maestro generoso
El panorama actual de las innovaciones tecnológicas es tan articulado, complejo y rápidamente cambiante como nunca antes.
De hecho, estamos asistiendo a profundos cambios cualitativos en este ámbito. Ya no estamos en presencia de una nueva tecnología que, en el momento en que se afirma, hace surgir otras conectadas a ella e integradas en el propio sistema sociotécnico. En un período de tiempo relativamente corto, hemos visto y estamos viendo la aparición de una pluralidad de innovaciones relativamente independientes. Es el caso ahora de las tecnologías de realidad aumentada e inmersiva o de la inteligencia artificial. Anteriormente, por poner algunos ejemplos, es lo que ha ocurrido con las biotecnologías y las nanotecnologías, las tecnologías para la producción, el almacenamiento, el transporte, la transformación y la utilización de las diversas formas de energía, los materiales innovadores, a veces «hechos a medida», para obtener prestaciones específicas, las tecnologías de producción aditivas con el uso de las llamadas impresoras 3D, los sensores, las tecnologías para la detección y la gestión de los big data. Las fronteras entre la investigación científica y tecnológica son cada vez más lábiles, se registran avances poderosos en una tecnología omnipresente como la digital, las conexiones inalámbricas en red se vuelven cada vez más eficientes y fiables, las nuevas tecnologías ocupan el centro de la escena, se convierten en protagonistas de los programas nacionales e internacionales de investigación estratégica básica en apoyo de la competencia tecnológica y económica entre países y continentes, y recogen grandes inversiones de importantes operadores económicos. Por otra parte, el agotamiento de la fase «radical» de estas innovaciones deja sobre el terreno una multitud de sujetos que producen innovaciones incrementales en cada una de ellas.
Otro factor importante de multiplicación de los procesos innovadores es la presencia de innumerables innovaciones «combinatorias», es decir, resultantes de la interacción en la fase de aplicación de dos o más innovaciones.
Por lo tanto, es ilusorio pensar que se pueda ejercer el control de una realidad tan compleja, entre otras cosas porque la velocidad de las transformaciones hace aumentar el temor de que las propuestas en este sentido ya se hayan superado en el momento mismo en que se formulan.
Por otra parte, no se puede ni siquiera pensar en confiar totalmente en los mecanismos de autorregulación de un sistema de innovaciones que se supone que es autopoiético y autorreferencial. Es más, quizás precisamente por la dificultad de este desafío se hace aún más urgente buscar alguna clave interpretativa fiable no solo en lo inmediato y esbozar alguna propuesta para orientar, al menos en parte, los procesos de transformación en curso.
Una de las formas más prometedoras desde este punto de vista consiste en tener en cuenta no tanto las innovaciones tecnológicas en sí mismas o sus aplicaciones genéricas, sino más bien la contribución de su utilización a la transformación de la cultura material contemporánea. (1) Esto permite atribuir el debido peso a los componentes culturales, sociales y, en general, no tecnológicos de los procesos de innovación y, al mismo tiempo, poner bajo la lupa los efectos reales y potenciales de las innovaciones tecnológicas sobre la vida cotidiana. Por otra parte, mostrar su potencial de aplicación también puede indicar la dirección en la que hacer avanzar las mismas innovaciones tecnológicas.
Centrarse en la relación entre las innovaciones tecnológicas y la cultura material contemporánea permite, entre otras cosas, disponer de criterios confiables para reconocer la prioridad cultural, social y económica de algunas aplicaciones y la inutilidad de otras. Esto es particularmente cierto en circunstancias extraordinarias como la reciente difusión, casi contemporánea a nivel planetario, de la pandemia Covid-19. En esta coyuntura ha aumentado el ya elevado nivel de inestabilidad del equilibrio entre innovaciones tecnológicas y cultura material típico de una situación en rápida y profunda transición como la que ya estábamos viviendo. Se ha acentuado el grado de incertidumbre también respecto al futuro de nuestros comportamientos individuales y colectivos, de nuestros hábitos pasados y de su base material. Nos parecen obsoletos y quizás irrepetibles muchos de nuestros modos de vida, también porque nos vemos obligados a compararlos de manera más directa e implacable con los de la mayor parte de la población mundial. Nos vemos obligados a tener en cuenta también los eventos de riesgo que presentan una probabilidad muy baja, pero efectos potencialmente catastróficos, pero debemos hacerlo privilegiando capacidades de reacción flexibles y oportunas, sin cultivar el espejismo de la inmunidad ante todo riesgo. Más aún, la caracterización de la sociedad actual como sociedad del riesgo teorizada por Ulrich Beck (2) nos parece hoy profética. De alguna manera, la pandemia que nos hemos visto obligados a enfrentar parece haber desempeñado el papel de un inmenso y dramático laboratorio al aire libre que ya no deja lugar a dudas sobre temas que considerábamos controvertidos, nos obliga a abandonar las imprudentes y apresuradas huidas hacia adelante, a cuestionar opiniones que pensábamos ya adquiridas y rescata del olvido y la irrelevancia en que creíamos que se habían precipitado cuestiones muy discutidas en el pasado, pero que evidentemente todavía no se han resuelto.
La mejora de la calidad del aire y del agua que todos hemos podido percibir como claramente relacionada con la interrupción, o al menos con la drástica reducción, de actividades como la actual producción industrial y la movilidad de masas con los actuales medios de transporte hacen indiscutible el nexo causal que regula las relaciones recíprocas entre biosfera y geosfera, por una parte, y sociosfera y tecnosfera, por otra. (3) Por lo tanto, el desafío al que nos enfrentamos para buscar alguna salida viable de la emergencia nos lleva a reconsiderar algunos principios inspiradores y algunas modalidades con las que ejercemos la actividad productiva prestando más atención a sus consecuencias ambientales. Desde este punto de vista, muestran todos sus límites una deslocalización extrema de la producción en busca de costos de producción, sobre todo costos laborales, cada vez más bajos y la reaparición global de la fragmentación del trabajo y de los modos de producción fordistas que se afirmaba habían sido suplantados en las fábricas. La admiración por una logística exitosa, en un tiempo récord, al mover elementales componentes de un producto realizados en países lejanos el uno del otro, haciéndolos confluir en el lugar de montaje para entregar rápidamente el producto acabado en otro continente, da paso a la preocupación por la multiplicación de los transportes y sus repercusiones en el medio ambiente.
Tal experiencia en la que, en una primera fase, han faltado productos que no son tecnológicamente sofisticados como mascarillas y guantes de látex y en la que ha resurgido el valor estratégico de la agricultura, nos invita también a desconfiar de la narración de una revolución industrial o de un «cambio de paradigma» apresuradamente anunciados en que tecnologías y productos analógicos serían «superados», habrían agotado su razón de ser. De hecho, los productos que utilizan tecnologías emergentes deben considerarse, al menos en esta etapa, integradores en lugar de sustitutos. La historia nos ha enseñado que muy pocas revoluciones culturales han podido producir efectos estables y longevos, lo que es aún más cierto cuando se supone que la revolución se refiere a una realidad muy resiliente como la cultura material. El inicio de una incisiva «reforma» de la cultura material sería ya un resultado apreciable.
Por otra parte, ahora estamos aún más convencidos de que algunas metas tecnológicas ya al alcance de la mano no son socialmente ni sostenibles, ni mucho menos deseables. Pensemos, por ejemplo, en las hipótesis de una robotización generalizada que podría afectar a ocupaciones cada vez más numerosas, privando a amplios sectores de la población no sólo de la dignidad que les da el trabajo, sino incluso de medios decentes de subsistencia, Por lo menos, al agotar la actividad laboral transformada en un simple control de lo que se realiza mediante máquinas herramienta totalmente automatizadas. Derrochar así el patrimonio de conocimientos adquiridos puede incluso hacer estéril esa forja de creatividad que en otras épocas ha sido uno de los factores determinantes para el nacimiento, a partir de una rica dote de competencias adquiridas en el campo, un sistema empresarial innovador, amplio y articulado. El trabajo a domicilio, ahora llamado de manera atractiva smart working, no es muy diferente de lo que en las últimas décadas del siglo pasado se llamaba «teletrabajo», conserva todas las contraindicaciones, sobre todo las vinculadas a la desaparición del papel fundamental de agregación social del trabajo y no puede superar los límites de una necesaria solución de emergencia. Las mismas consideraciones se aplican al uso generalizado, y hasta ahora improvisado, de la formación on line.
Relacionar las innovaciones tecnológicas con sus efectos sobre la cultura material abre también interesantes perspectivas para afrontar de modo diverso un tema no nuevo pero siempre fecundo, es decir, la relación entre necesidades, objetos y servicios. (4) De este modo, se puede evitar acabar prisioneros de una alternativa sin salida entre un consumismo desenfrenado e irresponsable y una austeridad miope y, de hecho, impracticable. Tampoco podemos olvidar que las diversas formas de austeridad para buena parte de la población mundial no son fruto de una libre elección. Para salir de este cul de sac puede ser de ayuda la aguda distinción propuesta por Alexandre Dumas según la cual «necesidad y falta son dos sinónimos separados por una distancia enorme». La «falta» ocupa los niveles más bajos de la pirámide de Abraham H. Maslow y se limitan a garantizar la supervivencia, las «necesidades» y su creciente articulación tienen, en cambio, la tarea delicada pero insustituible de enriquecer nuestra condición humana. Para decirlo con el elocuente ejemplo de Karl Marx, existe una diferencia fundamental desde el punto de vista del proceso de humanización entre beber solo agua o diferentes tipos de vino.
Los problemas surgen cuando se establece una relación biunívoca entre necesidades y objetos, que a la articulación de las necesidades corresponde una proliferación incontrolada de objetos y viceversa vincula indisolublemente todos los intentos de gestión del sistema de objetos que constituyen la cultura material contemporánea a una drástica limitación de las necesidades. Esclarecedora es la observación de Friedrich Dessauer que debe, en su simplicidad, constituir una inspiración continua y una referencia constante: «El fin de la construcción no es la casa sino el habitar […] el fin de la producción de locomotoras no es la locomotora, sino el transporte». (5) Es decir, el fin último es la satisfacción de necesidades cada vez más refinadas sin aumentar indiscriminadamente la «población de productos» destinada fatalmente a transformarse en «población de residuos». Para ello, el uso de tecnologías emergentes puede ser de gran ayuda. Pueden hacer una contribución significativa a la creación de productos y servicios «a medida» para satisfacer necesidades cada vez más específicas y de nicho. De hecho, permiten no solo enriquecer la gama de modelos, variantes dentro del mismo tipo de objeto, sino también crear tipologías completamente nuevas para garantizar prestaciones específicas y satisfacer así necesidades particulares. (6)
Por ejemplo, la combinación de hardware, software, sensores, nubes y plataformas de comunicación puede abrir perspectivas desafiantes y sorprendentes, ya que puede cambiar el rendimiento e incluso la identidad de estos nuevos productos con el tiempo. Nuevas tareas combinadas con estas posibilidades nos esperan, a partir de la identificación de los criterios para asignar una identidad precisa a estos tipos de objetos y reconocer el carácter de novedad y originalidad de los productos individuales pertenecientes a cada uno de esos tipos. Para aprovechar oportunidades de este tipo, especialmente en una fase transitoria como la actual, la actitud más apropiada consiste en mantener la mente abierta a la experimentación y a los estímulos que pueden venir de los más diversos campos del conocimiento, las artes plásticas, la literatura, el teatro, el cine.
El diseño puede desempeñar un papel crucial en el uso de las innovaciones tecnológicas para la adaptación de la cultura material y este potencial deriva de sus propias características constitutivas. Se trata, en efecto, de una disciplina destinada a satisfacer las necesidades humanas mediante artefactos objetuales, (7) que cumple esta tarea proyectando su forma, entendida como síntesis de factores funcionales, simbólicos y culturales, técnico-productivos y técnico-distributivos. (8) Una disciplina y un conjunto de instrumentos operativos capaces de valorizar las tecnologías emergentes y de utilizarlas para perseguir objetivos de emancipación y de enriquecimiento cultural y social. Para ello, es indispensable revisar también la relación entre la profesión que ejerce un diseñador y la formación que le proporciona los conocimientos, la experiencia y las capacidades adecuadas.
Un sector ejemplar de este tipo de utilización de las tecnologías emergentes es el de la medicina. El objetivo estratégico en este caso es garantizar para todos el derecho a la salud y a la asistencia sanitaria, pero también la búsqueda de un bienestar que vaya más allá de la salud misma. Esto se puede lograr gracias a una serie de innovaciones puntuales que tienen su punto fuerte en una correcta aplicación de las tecnologías emergentes. Esto se traduce en diagnósticos más precisos, prevención, tratamiento y rehabilitación más eficaces, puede tener en cuenta diferentes culturas corporales y satisfacer mucho más la necesidad de los ciudadanos de estar informados sobre su estado de salud, acceder, con mayor comodidad y limitando los costes sociales, a una red de servicios adecuadamente distribuida en el territorio y puede responder de manera más puntual y adecuada a las necesidades de categorías de ciudadanos específicas, pero cuantitativa y cualitativamente relevantes. La disponibilidad de grandes cantidades de datos y algoritmos para su gestión también puede apoyar eficazmente los estudios epidemiológicos, abordar con mayores perspectivas de éxito los problemas relacionados con el vínculo entre la salud humana y el medio ambiente.
Las consideraciones que se pueden hacer, a partir de este ejemplo, sobre la relación entre objetivos estratégicos y acciones concretas de innovación son bastante fáciles de generalizar. Una transformación de la cultura material que la haga idónea para apoyar los contemporáneos proyectos de vida individuales y colectivos y para satisfacer sus necesidades, solo puede nacer de un entramado multiforme de visiones e innovaciones. Unas (las visiones) dan sentido a las otras (las innovaciones) colocándolas en un marco prospectivo de mediano-largo plazo del que emergen permanencias y cambios de todo el sistema de artefactos. Por su parte, las innovaciones sirven para dar posibilidades concretas de realización a las visiones.
1 Una precisión merece el término cultura material y la interpretación que se le da en este texto. Utilizamos una acepción temporal ampliada de este concepto, proyectándolo hacia el futuro, en lugar de referirlo solo a las herramientas de un pasado tan remoto como lo hace, por ejemplo, la arqueología cuando se confía en los pocos objetos de uso encontrados para conocer la vida cotidiana de las civilizaciones enterradas. La extensión temporal se acompaña también de un fuerte crecimiento cualitativo y cuantitativo de los objetos, y de los artefactos en general, que constituyen la cultura material actual y futura. Véase la legitimidad de una extensión a la contemporaneidad de la cultura material Innovación y cultura material moderna, en T. Maldonado (1987, p. 109-127).
2 Véase el ahora clásico U. Beck (1986). Temas profundizados en el siguiente U. Beck (1991) con contribuciones, entre otros, de Oskar Lafontaine, Claus Offe y Joschka Fischer. Interesante en la sociología del riesgo de Niklas Luhmann la referencia a las categorías de tomadores de decisiones (Entscheider) y de quienes sufren las consecuencias de las decisiones (Betroffene) N. Luhmann (1991).
3 Sobre el carácter sistémico del medio ambiente cf. M. Chiapponi (1989a).
4 Sobre el tema véase T. Maldonado (1987) y M. Chiapponi (1999a).
5 F. Dessauer (1959, p. 142).
6 El uso de LLM (Large Language Model), por ejemplo, puede proporcionar a los productos la capacidad de aprender, interactuar con el usuario y así personalizar y refinar su rendimiento a lo largo del tiempo.
7 G. Bonsiepe (1993, p. 30).
8 T. Maldonado (1991, p. 12).
Mi primer y más sincero agradecimiento es para Tomás Maldonado, a quien está dedicado este libro. No he podido, como en muchas otras ocasiones, discutir con él el primer borrador del texto, pero he aprovechado ampliamente su rara generosidad intelectual, su amistad y sus enseñanzas que he tenido el privilegio de seguir desde los bancos de la universidad.
A Lisa Matilde Albani, Laura Badalucco, Ennio Bianco, Alessia Buffagni, Martina Frausin, Simona Morini, Barbara Pasa y Raimonda Riccini mi gratitud por haber compartido conmigo su tiempo y sus conocimientos leyendo y verificando lo que he escrito y ofreciéndome sus valiosos comentarios y sugerencias.
En estos años he tenido la oportunidad de intercambiar opiniones con numerosos amigos y colegas y de recibir de ellos estímulos e ideas de las que he sacado enormes beneficios para las reflexiones que han estimulado. Quiero dar las gracias por ello, en particular, a Giovanni Anceschi, Paola Antonelli, Noemi Bitterman, Gui Bonsiepe, Michael Burke, Franco Clivio, Oberdan Forlenza, Jorge Frascara, Carlo Gaino, Michael Klar, Joachim Krausse, Paolo Legrenzi, Francesco Messina, Maria Grazia Modena, Roberto Montanari, Luciano Perondi, Gianluigi Pescolderung, Roger R. Remington, Maximiliano Romero y Luigi Rovati.
Sin embargo, nadie más que yo debe responsabilizarse de las posiciones que se defienden en este libro.
Un sincero agradecimiento va también a todos los colegas, a los estudiantes y a los doctorandos de Diseño de la Università Iuav di Venezia que he tenido la oportunidad de encontrar en estos años y de los que he aprendido mucho.
Por último, lamento no poder dialogar esta vez como provechosamente lo hiciera en otras circunstancias con los amigos de la Universidad de Buenos Aires Juan Manuel Borthagaray, Reinaldo Leiro y Carlos Alberto Méndez Mosquera.
La relación y las influencias mutuas entre las grandes innovaciones tecnológicas que han caracterizado una era, sus efectos en la vida cotidiana, el orden social y político y la consiguiente mayor o menor libertad de autodeterminación de los individuos han sido el centro de una literatura inmensa. A lo largo de los siglos, enfoques temáticos y disciplinarios, posiciones y puntos de vista muy articulados y, a menudo, contrastantes, han sido objeto de amplios y profundos estudios en los campos de la filosofía, la sociología, las ciencias políticas, la antropología, la etnología, la economía, la historia y la filosofía de la ciencia y de la técnica, de diversas formas de narración, desde la literaria a la teatral y cinematográfica, así como, por supuesto, de las disciplinas científicas y tecnológicas. Este amplio y valioso patrimonio de reflexión ha acompañado la aparición, la afirmación y la difusión de diversas tecnologías, y algunos temas recurrentes se han vuelto a plantear de manera diferente según las tecnologías y el contexto social, cultural y político de referencia.
Aludir a las etapas del debate teórico e interpretativo sobre las tecnologías y sus respectivas innovaciones no tiene, y no puede tener, aquí el objetivo de reconstruir la rica gama de posiciones, desde las ingenuamente entusiastas hasta las prejudicialmente críticas, hasta rozar el ludismo, o tomar partido a favor o en contra de alguna de esas posiciones. Más bien sirve para no descuidar importantes cuestiones contemporáneas ya en el pasado en el centro de la atención y de la reflexión de los prestigiosos pensadores que han animado el debate sobre estos argumentos.
Por ejemplo, temas como la relación entre ciencia, tecnología y visiones del mundo; el reconocimiento del valor cultural de la tecnología o, por el contrario, la admisión de una pura y simple función instrumental; el poder liberador y emancipador en contraste con los efectos alienantes de la tecnología; el dilema entre una tecnología que se supone capaz de determinar las relaciones sociales o, por el contrario, una sociedad capaz de determinar el desarrollo tecnológico ha cruzado la historia de la filosofía occidental desde sus orígenes. (2)
Aunque en la realidad rara vez la relación entre la sociedad y la tecnología ha estado en equilibrio, ahora vivimos un momento en el que el control social sobre el desarrollo tecnológico parece ser particularmente débil. Incluso podríamos decir que se está viviendo una situación paradójica en algunos aspectos. Frente a un conjunto de tecnologías muy penetrantes y capaces de producir procesos de transformación cada vez más acelerados y consecuencias muy incisivas sobre la vida individual y colectiva de sectores cada vez más amplios de la población mundial, la reflexión teórica y crítica sobre estos fenómenos parece marcar el paso y su capacidad de medirse con las innovaciones científicas y tecnológicas resulta casi inversamente proporcional a la velocidad de los cambios en curso. En realidad, existen reflexiones importantes y agudas, pero, a menudo, fragmentadas en giros no comunicantes y solo en pocos casos interesadas en la reconstrucción de un marco de referencia conceptual plausible y operable. Ciertamente, un desfasaje entre los «tiempos de la técnica» y los «tiempos de la reflexión teórica y crítica sobre la técnica», en efecto no es una novedad absoluta.
Sin embargo, parece que a este desfasaje se le añaden hoy motivaciones internas al universo de tipo cultural y filosófico que, de hecho, ralentizan la superación de esta brecha. Es un poco como si estuviéramos presenciando los efectos secundarios perversos de ese conjunto de teorías filosóficas atribuibles al llamado «relativismo absoluto». (3) A esto se han añadido los pronósticos que preconizaban el fin de los «grandes relatos» y la muerte de las ideologías, de la historia, del arte y de mucho más. Estos lúgubres presagios están lejos de realizarse y, de hecho, a menudo se contradicen (por ejemplo, no hay nada más ideológico que la retórica del fin de las ideologías) pero parecen inhibir, o al menos obstaculizar, la elaboración y el intercambio colectivo de visiones generales respecto a los grandes temas de la contemporaneidad. Uno de los ejemplos más emblemáticos a este respecto es la ausencia en el orden del día disciplinario de la elaboración de una teoría económica y social general (o, mejor aún, de varias teorías contrapuestas). Así, quedaron suspendidos en el vacío teórico y tratados de manera episódica hechos y acontecimientos históricos como la transformación de la economía en finanzas, la mundialización de los mercados y de la producción y, viceversa, el retorno a posiciones aislacionistas. De hecho, es difícil encontrar hipótesis teóricamente fundadas sobre las vías de salida de disturbios como los que, en las últimas décadas del siglo XX, han llevado al fin de los regímenes del socialismo real en la antigua Unión Soviética y Europa del Este o han producido la crisis financiera global de principios del siglo XXI. (4)
La inadecuación del análisis teórico y crítico es aún más marcada si nos referimos a las transformaciones que las tecnologías emergentes están determinando y pueden determinar sobre productos individuales y sobre la cultura material contemporánea en su conjunto. Un punto crítico del debate actual es el hecho de que se tiende demasiado a menudo a poner las innovaciones técnico-científicas en relación directa con las transformaciones de la vida individual y social, casi prescindiendo del sistema de artefactos que de esas innovaciones son las aplicaciones concretas y el medio principal entre tecnologías y vida cotidiana. Artefactos en los que es más fácil detectar la inextricable interrelación entre tecnologías, culturas y modos de vida. En una situación en la que la cultura material nunca ha sido tan articulada, rica en potencialidades de transformación y en puntos de reflexión proyectual y teórico, parece poder decir, con una fuerte simplificación, pero sin alejarse demasiado de la realidad, que la atención se centra en una gama muy limitada de objetos-símbolo de las tecnologías digitales de la información y la comunicación: la computadora, la tablet y el smartphone, la nueva mercancía reinante. (5) Parece que estos objetos, relevantes sobre todo por su camaleónico contenido comunicativo, han tendido un velo sobre todas las demás aplicaciones tridimensionales de las tecnologías emergentes haciéndolas desaparecer de nuestro horizonte analítico y crítico. Se pierden de vista y se descuidan así las oportunidades que esta fase histórica ofrece para intervenir de modo incisivo sobre un conjunto de artefactos en profunda transformación.
Un precedente interesante: la era de la mecanización
Para aquellos que deseen realizar una encuesta sobre la cultura material contemporánea, sus tendencias evolutivas y, en particular, su subconjunto caracterizado por las aplicaciones de las tecnologías emergentes, una referencia metodológica ineludible es la imponente obra de Sigfried Giedion, publicada por primera vez en 1948, Mechanization takes command. (6) Son bastante evidentes las diferencias sustanciales entre los contenidos, el enfoque y las intenciones del trabajo de Giedion y los que nos guían en el análisis de la situación actual. No obstante, Mechanization takes command también conserva para nosotros muchas y significativas razones de interés. La primera y más evidente diferencia consiste en que la de Giedion es una investigación histórica que quiere interpretar la mecanización a partir de su fase «arqueológica» en la Edad Media hasta el completo despliegue de sus efectos en el siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX. Por lo tanto, su observación y sus líneas interpretativas se refieren a un fenómeno, la mecanización, del que son conocidos y ya «historiables» el recorrido evolutivo, los campos de intervención, los contextos más dinámicos y los protagonistas. Nosotros, por el contrario, nos ocupamos de una realidad y de tecnologías todavía en plena y rápida evolución, cuyas aplicaciones se encuentran en cierto modo en el momento inicial de una compleja fase de transición. En una situación de este tipo, es difícil contar con criterios de juicio absolutamente fiables y con instrumentos de intervención de resultado seguro. Sin embargo, no se debe ceder a la tentación de renunciar a cualquier acción encaminada a orientar la evolución en un sentido social e individual deseable, y los anteriores debates teórico-críticos pueden constituir una base sólida desde la cual se puede partir.
El valor de una investigación histórica para una reflexión como la nuestra, orientada al presente y al futuro, depende también de las opciones estratégicas que subyacen a esa investigación. (7) Quizás la más influyente de estas elecciones es enunciada explícitamente por Giedion con estas palabras: «La tarea del historiador hoy parece ser […] extraer de la amplia complejidad del pasado aquellos elementos que serán puntos de partida para el futuro». (8) Es decir, una historia que no se limita a una cuidadosa y documentada reconstrucción e interpretación de un pasado ya concluido, sino que distingue en ese pasado entre elementos «constitutivos» y «transitorios», permite resaltar las líneas de desarrollo que han encontrado continuidad y se abre a la premonición del futuro.
Entre los elementos constitutivos más relevantes de esta historia de la mecanización, al menos desde nuestro punto de vista, está ciertamente el confort entendido como hilo conductor y objetivo prioritario. No se trata de una valoración completa del fenómeno del confort y sus implicaciones culturales y sociológicas que encontramos en otros autores, (9) sino, más simplemente, de una lectura de la mecanización como herramienta para mejorar la vida cotidiana. (10) El mismo Giedion declara que «el origen de su investigación fue el deseo de comprender los efectos de la mecanización en los seres humanos». (11) Todo esto a partir de las fases primordiales en la Edad Media tardía y con referencia a todos los campos de intervención de la mecanización considerados, desde la producción con el paso de la artesanía a la industria fordista, (12) a la agricultura y, sobre todo, al entorno doméstico y sus artefactos, en particular la mecanización del baño, la cocina y la introducción de electrodomésticos. Nuestra insistencia en la mejora de la vida cotidiana como objetivo primario de la difusión generalizada de la mecanización y de las consiguientes transformaciones se explica por la intención de subrayar la diferencia con la actual fase de expansión de las tecnologías emergentes que parecen, al menos en las descripciones más entusiastas, responder principalmente a lógicas autorreferenciales, dentro del universo del discurso tecnológico.
Hay también algunos contenidos específicos de la obra de Giedion que pueden constituir, a posteriori, estimulantes puntos de reflexión para un análisis de la situación contemporánea y sobre los cuales nos detendremos un poco más detalladamente.
El principal motivo de interés de su profunda investigación histórica y la razón por la que le estamos dando tanta importancia en una reflexión prospectiva es que la mejora de la vida cotidiana se ve como una consecuencia directa de la renovación inducida por la mecanización en el sistema de artefactos del tiempo. Renovación que se manifiesta tanto con el desarrollo de tipologías existentes, en particular en su potenciación prestacional, como con el nacimiento y el proceso evolutivo de tipologías completamente nuevas. (13) También es interesante la aclaración de que «El historiador […] debe ver los objetos no como aparecen a su usuario cotidiano, sino como el inventor los vio cuando tomaron forma por primera vez». (14)
Otras características de la mecanización son fácilmente identificables, y en algunos casos acentuadas, en las tecnologías emergentes actuales y en sus aplicaciones. Nos referimos, por ejemplo, a la «estandarización y a la intercambiabilidad estrecha de las piezas» (15) vista como característica de la mecanización y enfatizada con la introducción de componentes sumamente estandarizados e intercambiables como los microchips.
También se acentúa la inescrutabilidad de los nuevos artefactos. «Desde el punto de vista del consumidor, el producto se hace cada vez más difícil de conocer a fondo. Si el motor de su automóvil falla, el propietario a menudo no sabe qué parte está causando el problema», señala Giedion. (16) Si queremos continuar con este ejemplo, refiriéndonos a los automóviles contemporáneos y al papel fundamental que desempeña la electrónica en ellos, deberíamos decir que el problema no es tanto identificar qué parte está causando dificultades. Un complejo sistema de sensores puede realizar un diagnóstico preciso y devolver una imagen detallada del estado de eficiencia de cada parte del motor y la carrocería. Sin embargo, se trata de un conocimiento pleno pero que prefiere dialogar con servicios de asistencia y equipos automáticos. Sin embargo, es casi imposible, y no solo para un automovilista desprevenido, sino también para un experto mecánico, comprender cómo y dónde reparar la avería. Dificultades de intervención que tienen en común todos los artefactos en los que los componentes mecánicos o electromecánicos han sido sustituidos por componentes electrónicos multifuncionales e indistinguibles entre sí, a menos que se utilicen equipos sofisticados que operen tanto a nivel de hardware como de software.
Inescrutabilidad de los nuevos artefactos, esencial desde nuestro punto de vista, también porque afecta a un tema crucial y de alcance más general: la brecha que se extiende cada vez más entre saber colectivo y saber individual a partir de una acentuada división del trabajo. (17) Ahora la articulación del saber en saber «qué» (knowing «what»), saber «por qué» (knowing «why») y saber operativo-performativo pone en juego al menos en parte la distinción neta entre saber individual y social. (18) Sin embargo, no cabe duda de que la hiper especialización disciplinaria puede hacer perder de vista los vínculos esenciales entre piezas de saber especializado y que los automatismos del saber operativo-performativo pueden hacer perder el control sobre la fiabilidad de los resultados obtenidos. (19) A los «hechiceros» contemporáneos ya no se les confía la totalidad del saber colectivo sino sectoriales «saber qué» y «saber por qué», mientras que los individuos se limitan a poseer saber operativo-performativo con respecto a un cierto número de instrumentos.
Consideraciones totalmente análogas a las hechas sobre la mecanización son absolutamente actuales también por lo que se refiere a la evolución de la relación entre «milagroso» y «utilitarista». Milagroso que constituye un campo de experimentación libre de obligaciones de inmediata utilidad, pero que ofrece perspectivas para posibles aplicaciones inteligentes y utilitarias de las nuevas tecnologías. (20) En esta interpretación lo «milagroso» puede ser comparado con lo «lúdico» y con el papel que esta actitud ha desempeñado para la asimilación cultural de las tecnologías sobre todo en su fase inicial. Por otro lado, «utilitarista» introduce temas como la relación investigación pura y aplicada y la relación entre ciencia y tecnología, que tienen una importante tradición a sus espaldas y que se pueden ver en una nueva luz. Una visión simplista y guiada por la ansiedad de encontrar rápidamente aplicaciones tecnológicas rentables tiende a subestimar la ciencia y la investigación pura, consideradas como primeros y poco influyentes pasos de un camino lineal en el que solo los puntos de llegada tienen interés. Un análisis histórico, incluso no particularmente preciso, hace evidente que los entrelazamientos entre investigación pura y aplicada, entre ciencia y tecnología han sido siempre más complejos y casi nunca lineales. Las ciencias, pero también la filosofía y la literatura, han sabido vislumbrar con mucha anticipación y sin las complicaciones de una aplicación inmediata, lo que, en presencia de las condiciones necesarias, quizás después de siglos, se convertiría en innovaciones tecnológicas exitosas. (21) Mantener la mente abierta y pensar también en tiempos medios y largos es especialmente importante en una fase frenética como la actual.
Internet y redes sociales
Está más que justificado centrar la atención en fenómenos relacionados con tecnologías emergentes como Internet y sus usos como las redes sociales que, a pesar de ser de «baja densidad objetual» están provocando cambios profundos en nuestros modos de vida individuales y colectivos. De hecho, sería una negligencia imperdonable no hacerlo también por parte de quienes centran su interés en las transformaciones de la cultura material, Aunque solo sea para insinuar alguna duda sobre las interpretaciones que tienden a atribuir a estas tecnologías el objetivo de llevarnos a un, francamente triste, mundo virtual y carente de materialidad.
Estos temas fueron tratados con la habitual lucidez y la habitual previsión de Tomás Maldonado, sobre todo en su trilogía dedicada a las primeras fases de difusión generalizada de la tecnología digital y a las consecuencias que de ella se derivarían. (22) En esos textos encontramos muchas de las cuestiones que hoy nos ocupan, y nos preocupan. Cuestiones relativas a la identidad personal, las relaciones interpersonales y las formas de concebir y organizar democráticamente las relaciones sociales. Nos limitamos aquí a retomar algunas de estas cuestiones, cuya relevancia es hoy aún más evidente a la luz de las experiencias realizadas, de las que solo hace algunos años podían ser simples prefiguraciones, aunque basadas en datos ya objetivamente detectables. No es posible prever si las realizaciones parciales de hoy se extenderán en el tiempo y en el espacio, ya que hemos aprendido que el determinismo tecnológico no es una clave de lectura fiable de la realidad y, afortunadamente, la historia humana nos puede dar sorpresas. Sin embargo, no es prudente tomar a la ligera fenómenos como la virtualización progresiva de nuestra realidad personal de referencia, la rarefacción de las relaciones interpersonales e incluso el paso a formas de democracia directa apoyadas por tecnologías digitales e Internet, pero todavía indefinidas en lo que respecta a la consiguiente organización de nuestra convivencia civil.
Son cada vez son más incisivas las transformaciones antropológicas que han hecho posible, si no inducidas, las tecnologías digitales, en particular para lo que Howard Gardner y Katie Davis han llamado «generación app». (23) Los dos estudiosos especulan que además de las generaciones identificadas por datos y eventos genealógicos, políticos, económicos o culturales, se puede «pensar en una generación como el período en el que una cierta tecnología se pone de relieve y, en particular, cuando los jóvenes —en general sus primeros usuarios— llegan a usarla de manera habitual, natural, desenfadada, nativa». (24) Las áreas de la vida de la generación app consideradas por Gardner y Davis, sobre la base de la comparación de experiencias personales y la investigación empírica, se refieren a la identidad, la intimidad y la imaginación que han sufrido una reconfiguración significativa gracias a la tecnología digital cuyo uso caracteriza a esta generación. Sin embargo, los aspectos más vistosos y característicos señalados, sin prejuicios de valor, captando sus criticidades pero sin dejar escapar las potencialidades, consisten: en la «configuración» de una identidad multifacética en la que las distintas facetas no son necesariamente coherentes entre sí; en el cada vez más marcado aislamiento social y en la sustitución de las relaciones personales directas por las mediadas por la tecnología «a una distancia de seguridad»; en la disponibilidad de herramientas que, al ser más fáciles de utilizar, favorecen la producción de innovaciones, por ejemplo en el ámbito artístico y literario, pero que, al mismo tiempo, pueden crear obstáculos a una «Creatividad con C mayúscula» porque inducen a utilizar soluciones preenvasadas. (25) Nos parece importante tener en cuenta la advertencia de los autores que, a fin de cuentas, también nos concierne a nosotros: «nuestra descripción se basa, y puede aplicarse principalmente a jóvenes de clase media y media-alta que viven en sociedades ricas y desarrolladas». (26) Lo que no excluye la posibilidad de extender a otras realidades razonamientos hechos en este ámbito, pero tampoco excluye que puedan existir en otros contextos culturales, sociales y políticos desarrollos totalmente diferentes, precisamente porque la relación de causalidad entre técnica y sociedad no es unidireccional sino «circular», es decir, se presenta en forma de «cadenas causales» caracterizadas por una sucesión de situaciones en las que técnica y sociedad intercambian el papel de causa y el de efecto. (27)
Roles, identidades digitales y formas de democracia
Maldonado también profundiza en la relación memoria-identidad personal situándose en el surco de un debate sobre este tema que ha involucrado a muchos protagonistas del pensamiento filosófico occidental a partir de John Locke. (28) Su posición en ese debate consiste en sostener para ambos términos del binomio memoria-identidad una articulación más o menos rica. «[…] nuestra crítica a la posición adoptada por estos filósofos sobre el papel de la memoria estaba dirigida a su tendencia a concebir la memoria como una entidad única, algo que excluye en absoluto las articulaciones y las diversificaciones […] es interesante constatar que la misma crítica se puede hacer a su manera de afrontar la cuestión de la identidad personal». (29) Para nosotros es crucial el vínculo que él señala entre la articulación de la identidad personal y la pluralidad de roles que cada uno de nosotros puede interpretar, y de hecho interpreta, según la teoría sociológica de los roles, de la que reconoce su facilidad de uso sin identificarse totalmente con el funcionalismo sociológico que la ha propugnado. Esa conexión no marca una posición aislada en el debate filosófico y sociológico. Ha tenido por ejemplo amplio espacio en el encuentro del grupo «Poetik und Hermeneutik» de septiembre de 1976 en Bad Homburg y dedicado precisamente al tema Identität. (30) En aquella ocasión, varias intervenciones, que relacionaban el rol sociológico con el teatral, destacaron el carácter, al mismo tiempo privado y público, de este concepto y, por lo tanto, el intercambio social de las expectativas y funciones asociadas a cada rol individual.
Carácter privado y público del rol aún más interesante si, como hace Maldonado, se va más allá de la teoría tradicional de los roles y se la utiliza, conectándola a las múltiples identidades que cada uno puede autoasignarse en internet, creando comunidades virtuales homogéneas, con un rol único, se podría decir, a las que se adhiere plena y simultáneamente, como con algún tipo de esquizofrenia digital múltiple. (31) Tomar en serio estas diferentes identidades virtuales significa también orientar los propios comportamientos como actores sociales en cada circunstancia real haciendo referencia a los roles virtuales que se han elegido y a las expectativas que se les han ligado. Esta consideración pretende llamar la atención sobre la existencia de un trait d‘union que vincula roles virtuales y comportamientos reales, identidades individuales y sus formas de interacción social. Es interesante en este sentido la posibilidad que ofrece la tecnología de asignarse roles e identidades de otros de tal manera identificándose así y tratando de entender sus razones aunque sean opuestas a las nuestras. Es un ejercicio de comprensión que David Grossman identifica como vinculado al modo de actuar social y político del escritor «Cada uno de nosotros cuenta una historia oficial entre las muchas posibles, que a veces se convierte en una prisión. […] Para mí escribir significa ser libre para moverme con agilidad y ligereza a lo largo del eje imaginario entre el niño que era y el viejo que seré, entre el hombre y la mujer que soy, entre la cordura y la locura, entre el yo israelí y el palestino que podría haber sido.» (32) Probablemente es un exceso de optimismo pensar que la capacidad de un escritor para identificarse con personas «otras» y comprender así las razones, se pueda extender, gracias a la tecnología, a un número relevante, si no mayoritario, de ciudadanos. Sin embargo, es una perspectiva interesante y vale la pena no excluirla a priori.
La posibilidad de disponer de medios de comunicación interactivos como Internet en sustitución de los medios tradicionales en los que estaban bien diferenciados los roles de productor y destinatario (esencialmente pasivo) de información, ha hecho que alguien preponga también hipótesis de modificación radical de los mecanismos que rigen la vida democrática. «Los teóricos del ciberespacio sostienen […] que la red telemática, por su carácter interactivo, excluye la existencia de un punto focal, de un centro de control del que, según un esquema jerárquico clásico, se ramifican mensajes destinados a una periferia pasiva, indolente y supina». (33) Hay algo de verdad y de importancia en esta interpretación de la red, pero ya no es convincente si lleva a especular sobre el paso a formas de democracia electrónica directa, sin intermediarios institucionales, sin asambleas electivas y sin el equilibrio mutuo de los diferentes poderes. Ya se han señalado las incoherencias de esa interpretación y de esas hipótesis. Se ha observado que, de hecho, hoy más que nunca existen operadores y centros de control de la red que hacen improbable una igualdad absoluta entre sus usuarios. También se subrayó la dificultad de hacer creíble la idea de que basta un instrumento tecnológico, aunque sea potente como Internet, para gobernar las realidades actuales mucho más complejas y dimensionalmente incomparables con la Grecia de Pericles a menudo tomada como modelo. (34) Por otra parte, es indicativo que no se puedan citar ejemplos concretos de democracias contemporáneas que funcionen de este modo.
La cuestión se vuelve más insidiosa y gravosa de posibles consecuencias si abandonamos las profecías más extremas, y por lo tanto menos probables, al menos en un tiempo breve, de cambios en los marcos institucionales y organizativos y analizamos los efectos presentes ya hoy en las formas más tradicionales de democracia. Estamos viviendo en diferentes contextos democráticos una fase en la que el populismo, en particular el populismo informático, parece ganar —no podemos predecir si definitivamente o no— en la vieja disputa con el elitismo. (35) Uno de los aspectos más evidentes de esta prevalencia es la relación cambiante entre «pueblo» y «élite» sociales y políticas. En realidad, parece que ya no existe una verdadera contraposición entre las élites políticas digitales y el pueblo digital, al menos en los términos en los que estábamos acostumbrados a reconocerla sobre la base de la literatura sociológica. (36) En ese contexto, las élites se alejaban narcisistas, para usar la terminología de Christopher Lash, del «pueblo», practicaban el «culto a la profesionalidad» y, de hecho, resultaban más bien desinteresadas en una democracia entendida como amplia y activa participación en la pública confrontación de las ideas. Su autoridad estaba en estrecha relación con su aislamiento.
Hoy, de hecho, pierde toda validez la máxima de Ludwig Leopold que estaba en la base de la autoridad de las élites y legitimaba su rol de gobierno «Los hombres de quienes sabemos todo lo que queremos saber no tienen prestigio». (37) Leopold desarrolla su teoría a partir de la estrecha relación identificada por Georg Simmel (38) entre la relación autoridad-prestigio por un lado y cercanía-distancia por otro. Ya cuando la televisión se convirtió en el principal medio de comunicación utilizado por los políticos, éstos habían abandonado el camino trazado por Leopold teniendo como contrapunto la confidencialidad y el malestar de los intelectuales frente a las cámaras. La red no solo ha llevado a consecuencias extremas el hecho de estar completa y continuamente a disposición de los ciudadanos. Este proceso de identificación también los lleva a no valorar las competencias políticas específicas y la elaboración de ideas orientadoras, sino más bien a seguir en tiempo real las cambiantes indicaciones de las encuestas de opinión y orientar su acción en sintonía con estas encuestas. En otras palabras, las «élites digitales» parecen renunciar a su papel de liderazgo y de propuesta para identificarse con el «pueblo digital» o, en el peor de los casos, para dar la impresión cínica de hacerlo. Simétricamente ha cambiado el comportamiento de los ciudadanos-electores, a los que se les permite alimentar este diálogo virtual con los políticos y con todos los demás ciudadanos, abandonando toda atención a la privacidad, exponiéndose públicamente en busca de su propio cuarto de hora de notoriedad a toda costa, casi resucitando, con un significado muy diferente, el dicho del 68 según el cual «el personal es político». (39)
Uno de los usos más estimulantes de la red es la posibilidad de acceder fácilmente y en tiempo real a información y datos en los campos más diversos del saber. Es cierto que se encuentran en la red informaciones inexactas o incluso intencionalmente manipuladas y parece que esas informaciones sirven hoy más para satisfacer curiosidades que para afrontar seriamente los complejos temas de la contemporaneidad. Ni siquiera es concebible que este instrumento sea capaz, por sí solo, de sustituir a otros más tradicionales como libros y revistas científicas, para investigar contenidos que requieren estudio y conocimiento en profundidad. Pero es cierto que la red y los instrumentos de comunicación (textuales, gráficos, fotográficos, sonoros, cinematográficos) utilizables con ese médium podrían contribuir a potenciar la divulgación científica, pero también institucional, filosófica y jurídica de masas favoreciendo un funcionamiento verdaderamente democrático de la sociedad.
Una posible definición de «democracia», muy simplificada pero capaz de captar un aspecto fundamental, es la que, de hecho, la identifica con la participación informada y competente de los ciudadanos en los procesos decisorios colectivos. No nos referimos únicamente a la información, los conocimientos y las competencias que nos llevan a la elección de nuestros representantes en asambleas electivas mediante votación, ni a la expresión formal de una opinión sobre una cuestión referendaria. Sin llegar a proponer la sustitución de la democracia representativa por la democracia directa, los ciudadanos tienen muchas oportunidades de participar en procesos colectivos de toma de decisiones sobre temas específicos, pero de gran importancia. Ejemplos significativos en este sentido son los procesos de toma de decisiones sobre cuestiones ambientales complejas (localización de infraestructuras y su impacto ambiental, gestión de residuos, producción, distribución y uso de energía, etcétera) donde el nivel de competencia de cada ciudadano orienta sus comportamientos y es directamente proporcional a su posibilidad de intervenir eficazmente en los procesos decisorios colectivos. En estos y otros casos, se cuestiona la legitimidad para decidir de los expertos sectoriales y la propia noción de competencia, como nos recuerda Robert Dahl en su ensayo «¿Democracia o tecnocracia?» en el que sostiene que a la competencia técnico-instrumental deben asociarse también competencias políticas y morales. (40)
Por lo tanto, se plantea el problema de poner a disposición de los ciudadanos datos, información y conocimientos que los capaciten para participar de manera informada y competente en los procesos de toma de decisiones colectivas, y de hacerlo con instrumentos de comunicación fiables y eficaces. En este sentido, una referencia histórica de primera importancia es Isotype (acrónimo de International System of Typographic Picture Education) un sistema promovido y realizado entre 1925 y 1934 por el filósofo y sociólogo Otto Neurath, frecuentador asiduo del Círculo de Viena y director del Gesellschafts- und Wirtschaftsmuseum, con la contribución fundamental de Gerd Arntz que ha diseñado los pictogramas. (41)Isotype proporcionó al público en general información pictogramática sobre temas de interés social, tecnológico, biológico e histórico. Otros países lo han adoptado y Isotype pronto se ha convertido en un modelo y un punto de referencia ineludible en el campo del diseño de la información y en el proceso de emancipación social.
La necesidad de disponer de informaciones fiables y comprensibles incluso por no expertos es quizás hoy más importante que hace un siglo, y la idea de utilizar, aunque de forma no exclusiva, instrumentos gráficos conserva intacta su validez. Sin embargo, esto no significa que se pueda volver a proponer una simple actualización del sistema Isotype
