Vivir en Monte Alto - Ángel Badenas - E-Book

Vivir en Monte Alto E-Book

Ángel Badenas

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Beschreibung

Vivir en Monte Alto es esa historia que muchos están queriendo vivir. Comienza con la decisión de Carlos, el protagonista, que le llevará desde la urbe natal a la villa rural, escenario de nuestro relato, en busca de un contacto más íntimo y sostenible con la naturaleza. La obra describe no solo los paisajes o el patrimonio de este entorno, sino que nos acerca las vivencias de un ser humano comprometido que pretende no solo vivir, sino que aspira a sentirse vivo y para ello tiene que reinventarse.

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Seitenzahl: 141

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Vivir en Monte Alto

Ángel Bandenas

ISBN: 978-84-10347-44-1

1ª edición, abril de 2024.

Conversión de formato de libro electrónico: Lucia Quaresma

Editorial Autografía

Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona

www.autografia.es

Reservados todos los derechos.

Está prohibida la reproducción de este libro con fines comerciales sin el permiso de los autores y de la Editorial Autografía.

A mis gabachos preferidos, Ángel Badenas Castellote y María Donís Esteban, que me dieron la vida.

Al pueblo de Montán, a los que aman esta tierra y a los que se enamoraran de ella, por ser mi inspiración.

A Jorge y a Javier, esas dos personas que empecé a querer antes de que nacieran y a las que querré hasta mi último suspiro.

Capítulo 1

La decisión de Carlos

Carlos tenía más de 50 años, una edad en que por ser amables diremos que la mayoría pensaría que ya estaba en el otoño de su vida. Aquella mañana estaba desayunando en la mesa de su improvisado despacho. Una mesa con un ordenador portátil y un bloc de anillas. La mesa situada debajo de una gran ventana, en la que se vislumbraba un pequeño jardín con apenas árboles y un mal cuidado césped. Eso sí, lo que no faltaba a un lado y a otro de su poco agradable vista era el hormigón de los edificios de su ciudad, el ruido constante del tráfico y la sensación de que todos a los que veía pasear por la calle iban corriendo sin saber muy bien a dónde ni para qué.

Un frenesí que él había experimentado los últimos 30 años, en los que sus responsabilidades en una factoría cerámica y su breve pero intenso paso por la vida pública y política de su localidad le supusieron una buena posición económica, el reconocimiento de sus capacidades por un buen número de personas y quizás el desprecio o la envidia de aquellos que siempre supieron que era una persona independiente y que su ética siempre pondría por delante de todo su visión de aquello que estaba bien hecho y además se había llevado a cabo con la voluntad de construir y generar un futuro lleno de oportunidades. Era un ser íntegro, con mucha personalidad, quizás con cierta prepotencia; no necesitaba ser el protagonista, pero sin ninguna duda aspiraba a ser respetado, reconocido y, con el tiempo, recordado.

Mientras permanecía sentado, no podía dejar de pensar en su vida sentimental. Su corazón le decía que Alba, la mujer con la que tenía una relación difícil de describir, era la mujer con la que siempre había soñado; guapa, elegante, inteligente, con saber estar, quizás la compañera ideal. Su cabeza le recordaba lo que vivió con Laura, la mujer con la que compartió 20 años, con la que formó una familia y de la que se divorció porque sentía que se había convertido en un mero pagador de facturas, que él y ella evolucionaron de forma diferente y que, aunque tenían dos hijos, era el momento de terminar la convivencia. Quizás ese era su punto débil, la convivencia. No es fácil convivir y pensar en un nuevo proyecto de vida, de convivencia, y esta vez además de sus hijos estaban Alba y su familia, que aportaban tres miembros más.

Se levantó de la silla para dejar la taza del desayuno en el lavavajillas y encendió la televisión. Todos los medios se hacían eco de una noticia que cada día asustaba más; el mundo estaba inmerso en una pandemia en la que cada minuto aumentaban los fallecidos y las autoridades daban palos de ciego intentando frenar el río de cadáveres. La última noticia era que se restringiría la libertad de las personas debiendo permanecer estas en su casa salvo en circunstancias muy puntuales. A Carlos no le importaba quedarse alguna vez en casa y pasar la tarde viendo películas y comiendo palomitas, pero ahora tendría que ser por obligación, durante un periodo desconocido y con la histeria cuando salía a hacer la compra de no contagiarse con el maldito virus.

Pasaban los días y, aunque afortunadamente no falleció ninguno de sus seres queridos, la situación sí que afectó a su manera de vivir, a su gusto por reunirse con amigos y familiares, a su necesidad de salir a caminar todos los días para controlar sus dolores de espalda, a sus deseos de compartir cultura, etc. Se dio cuenta de que, aunque vivía en un apartamento amplio, soleado y bien ventilado, necesitaba vivir más cerca de la naturaleza; necesitaba un pequeño jardín, incluso un huerto en el que cultivar algunas verduras, necesitaba un espacio para recibir visitas. Hasta llegó a pensar que le gustaría que si algún día tenía nietos, estos disfrutaran en su casa de aire fresco y sano, y espacio para correr, jugar y, por qué, no un columpio colgado de uno de los árboles del jardín.

Todos estos pensamientos le resultaban muy curiosos. Carlos no había vivido nunca en el campo, se desplazaba en alguno de sus vehículos y solía tener su móvil cerca para estar en contacto con la civilización a través de las distintas redes sociales, de las que, pese a su edad, era un adicto. Un espacio en el que no fuera posible la comunicación digital no era un espacio recomendable para él.

Lo de tener un huerto sí que sorprendía a aquellos que le conocían. Era un tipo práctico al que le encantaba ir a comer en cualquiera de los restaurantes de su ciudad, una persona curiosa que navegaba para conocer los caldos más recomendables y que maridaban mejor con un plato de pescado o de carne, de los que era muy aficionado. Nadie hubiera pensado que cogería los útiles y las herramientas necesarios y se dedicaría a plantar semillas. Y no porque viera nada negativo en ponerse a ejecutar cualquier acción, sino porque él era más un profesional de la planificación, la supervisión y la verificación de resultados.

El primer paso que dio luz a la decisión que podía tomar Carlos fue el día que su hijo mayor se dio cuenta de que tenía el ordenador abierto en una página de una inmobiliaria con viviendas en Monte Alto. El hijo, sorprendido, le preguntó y Carlos le respondió con gran naturalidad: «Estoy buscando un espacio no demasiado grande para escaparme algún fin de semana con Alba».

Era diciembre cuando Carlos, un día en los que se habían relajado las prohibiciones debidas a la pandemia, agendó una visita con el API y este le enseñó algunas propiedades en Monte Alto para encontrar la candidata a ser el nido de amor que quería compartir con Alba; seleccionó dos y volvió a quedar con el API aprovechando unos días de fiesta. El primero estaba dentro de lo que en su día fue la zona habitacional de los frailes en un convento construido en el siglo XVIII y que pasó a manos privadas con la desamortización de Mendizábal. Aunque con una decoración poco moderna, era el espacio ideal para, sin obras y con el toque de Alba, conseguir el espacio deseado.

El otro, mucho más amplio, disponía de una parcela de tierra anexa al sótano que pertenecía a la propiedad. Tenía el tejado muy deteriorado, lo que provocó problemas de humedad en la planta primera, pero era la oportunidad de sumar al nido de amor con Alba un espacio para compartir con las familias de ambos, aunque fuera solo para temporadas. Las negociaciones y las adecuaciones necesarias para materializar la compra se alargaron algo más de un año. Finalmente, días antes de cumplir años Carlos, la propiedad era suya. Quedaba mucho por hacer, la propiedad era un diamante en bruto con unas vistas únicas a un barranco pasando por el lateral un río que caía a través de una cascada. No sabemos si Carlos era consciente de que su vida estaba cambiando, de que con esta compra y con todos los hechos que acontecerían en los siguientes meses pasaría largas temporadas en Monte Alto. Empieza, pues, la historia de un urbanita en Monte Alto. Una historia de amor en la que Carlos vivirá grandes emociones.

Monte Alto era una localidad de la España vaciada cuyas calles empinadas acababan en pequeñas plazuelas o eras en las que antaño hubo una actividad agrícola, ganadera e industrial muy importante, pero que en las décadas de los 50 a los 80 vio irse a sus jóvenes para buscar oportunidades en los grandes centros fabriles de Castellón, Valencia y Barcelona.

Capítulo 2

La elección de Monte Alto

Alba solía recordarle que ella era la que le había llevado de nuevo a Monte Alto, y no le faltaba razón. Carlos pasó allí alguna temporada de pequeño, era donde habían nacido sus padres, pero los recuerdos que guardaba no eran especialmente felices. Sus padres se casaron ya mayores y se fueron a otra ciudad en busca de oportunidades, quedando en Monte Alto algunos familiares y algunas propiedades rústicas de escaso valor. Eusebio, su padre, era un hombre querido. De carácter independiente, emprendió mil negocios, pero nunca encontró el equilibrio para crear una empresa que pudiera ser el soporte económico de su familia y que le diera alas para disfrutar de las aficiones que tenía. Desarrolló un potencial importante para generar ingresos, pero su falta de control hizo que los gastos innecesarios dejaran a su mujer y a su hijo en una situación de penuria económica importante.

La madre de Carlos era completamente diferente a Eusebio. Anna, que así se llamaba, era todo ternura. Cuando se casó venía de vivir en Barcelona, siempre le quedó pequeño Monte Alto; y, aunque, como ella decía, se fue para trabajar de criada, allí tenía ingresos y pocos gastos, permitiéndole ir siempre bien vestida, con las uñas cuidadas, con cortes de pelo modernos para aquel tiempo y con ahorros para hacerse el ajuar del que hoy día Carlos todavía seguía utilizando toallas, mantas, sábanas, etc. Casarse con Eusebio no fue una buena decisión, pero ella estaba enamorada, y aunque los primeros meses de matrimonio serían una muestra de la caótica convivencia durante los años que pasaron hasta que Eusebio falleció, ella dedicó su triste vida a la única alegría a la que podía aferrarse, Carlos.

En vida de Eusebio este subía a menudo a Monte Alto, Anna raramente lo hacía; sobre todo después de morir su madre, que fue un impacto emocional tremendo para ella. Tres meses antes había fallecido la madre de Eusebio, lo que dejaba a Carlos sin el amor de sus abuelas antes de su primer aniversario. Carlos no conoció al padre de Eusebio, su abuelo, y sí al de Anna, un agricultor rudo, trabajador incansable que nunca congenió con Eusebio. Esto dejó a Carlos y a su madre sin ni siquiera una habitación en la que quedarse cuando estaban en Monte Alto. No es difícil comprender que las visitas eran de un día casi siempre y que en caso contrario acababan durmiendo en las distintas casas que ofrecían habitaciones por una o dos noches en Monte Alto.

Con pocos años, Carlos ya empezó a ir con su padre en sus aventuras para sobrevivir. No era difícil verlo vendiendo naranjas, huevos, patatas y rebollones en los mercadillos mientras su padre iba a hacer otro tipo de transacciones que curiosamente siempre se acordaban en alguno de los bares cercanos. Esto siempre ocurría cuando no había periodo lectivo, pues Carlos siempre asistió al centro docente público, en el que era considerado un buen estudiante, aunque demasiado hablador. El panorama descrito explica que Carlos no tuviera demasiados buenos recuerdos de su niñez en Monte Alto. A diferencia de otros, él no iba a pasar temporadas con sus abuelos, apenas solía jugar con los niños de su edad y además siempre echaba en falta los cuidados de su madre, y no es que Eusebio no se preocupara de su alimentación o de su descanso, pero olvidaba que Carlos era un niño. Con poco más de veinte años, Carlos perdió a su padre y durante más de 30 años las visitas a Monte Alto se limitaban a asistir a celebraciones familiares o a entierros.

Todo eso cambió con la llegada de Alba a su vida. Monte Alto era el lugar ideal para vivir su amor.

Alba y Carlos nacieron en la misma ciudad, en el mismo barrio; fueron al mismo colegio e incluso frecuentaron los mismos locales de ocio; pero, si coincidieron, nunca se dieron cuenta de la existencia del otro. Eso es más fácil de lo que parece en una ciudad en la que se vive deprisa y en una sociedad en la que somos números en ocasiones desconocidos.

Carlos recordaba a la perfección la primera vez que la vio. Alba acudió a un evento de carácter político en el que él era uno de los organizadores; como tal, Carlos sabía que ella era una de las activistas más dinámicas en las redes sociales, aunque no la conocía en persona. Dado que la entrada a la sala era muy poco accesible y ella llegó con su madre y con un bebé en un carrito, se aproximó con la excusa de disculparse por las dificultades en el acceso y entabló una corta conversación, que giró en torno a la preciosa criatura de intensos ojos azules y pelo rizado que iba en el carrito y que resultó ser la hija de Alba. Carlos no era consciente en ese momento de lo importantes que serían esas personas en su futuro y en sus decisiones.

La próxima vez que se vieron fue mérito total de Alba. Carlos recibió un mensaje de ella pidiéndole información sobre un acto cultural y él no solo se la facilitó, sino que quedaron para tomar un café. Él, inmerso en aquel momento en un proyecto que sería el principio del fin de sus aventuras en la vida política, no reflexionó demasiado sobre las posibles intenciones de Alba al pedirle una cita. Era conocida y admirada su capacidad para escuchar a todos sus vecinos e intentar buscar una solución a sus peticiones. Carlos llegó a la cita directamente de una reunión de trabajo muy poco fructífera, habían quedado en un bulevar precioso lleno de árboles, un espacio en el que era fácil ver parejas pasear con niños y con mascotas o personas simplemente sentadas en alguno de los múltiples bancos que había a lo largo del bulevar. Ella llegó puntual, algo que Carlos siempre consideraba una señal de respeto; al verse se aproximaron para saludarse y decidir dónde tomaban el café. Él la vio acercarse y quedó impactado, primero, por su porte elegante; tal como se acercaba, por su bella melena rubia; y cuando estaban juntos, por el intenso azul de sus ojos y su maravillosa sonrisa. Aquella tarde tomaron café, pasearon y hablaron de mil cosas como si se conocieran de toda la vida. Ella buscaba tres entradas para una obra de teatro, él consiguió cuatro y fueron juntos. No se verían hasta el día de la función, en el que compartieron risas, una cena agradable en compañía de su hermano y la pareja de este; y después de tomar una copa, ya los dos solos, Carlos la acompañó a casa. Debería haber sido el primer día que la besara, pero no lo hizo; se despidieron y quedaron en volver a verse el sábado en un espectáculo musical en la calle. Y el sábado llegó y llegaron los primeros besos, las primeras caricias y el inicio de una bonita historia de amor.

Los domingos solían salir a pasear su amor por distintos pueblos del alrededor. Era la oportunidad de compartir sensaciones lejos de la rutina semanal. Podían acudir a una cata de vinos, a un mercado medieval o a una feria gastronómica; siempre se les veía cogidos de la mano, con mucha complicidad, con un brillo en los ojos que delataba la felicidad que les suponía estar juntos. En una de esas salidas Alba propuso conocer Monte Alto y Carlos accedió a sabiendas de que el impacto emocional que le supondría volver al lugar de nacimiento de Anna, fallecida unos meses antes de conocer a Alba, sería considerable. Al llegar a Monte Alto y tras bajar del coche fueron a conocer el pueblo. Alba le cogió la mano y él sintió todo el amor y la protección que sentía cuando caminaba con su madre por aquellas calles bien de la mano o en brazos. Durante el paseo, las gentes del lugar reconocían a Carlos; el cariño trasmitido por los vecinos y el innegable impulso de Alba propició la vuelta de Carlos a Monte Alto.

Capítulo 3

La necesidad de reinventarse