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Nuestra experiencia lectora con un texto de archivo, desde una particular conciencia individual, es de naturaleza vivencial, pues forma parte del mundo que experimenta el sujeto conocedor, aunque el contexto histórico sea diferente. Este es el poder de atracción que despliega el archivo, un poder que, desde nuestro conocimiento y conciencia histórica, exterioriza y hace comunes y presentes las vivencias de quienes protagonizan una determinada situación plasmada por un registro documental. Voces del archivo presenta fragmentos textuales que formaron parte de una determinada cultura y ahora reaparecen en otra distinta, escindidos de su contexto de producción y presentados en un marco en el que debemos reinstaurar sus códigos burocráticos originales para poder interpretarlos desde una simbología literaria. La "realidad" de los relatos institucionales conduce a esa esencia del sentimiento de la vida y nos enseña a contemplar la sociedad como vivencia. Su extracción de un contexto documental mayor los ubica fuera de su creatividad original para llevarlos al plano de las representaciones, donde nuestra vinculación con el pasado es emotiva, de ahí la dimensión poético-expresiva del escrito histórico.
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Seitenzahl: 255
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Rubio, Alfonso
Voces del archivo. El documento burocrático como relato literario/Alfonso Rubio. -- Cali : Programa Editorial Universidad del Valle, 2020.
252 páginas ; 21.5 cm. -- (Colección Artes y Humanidades - Historia)
1. Archivos históricos - 2. Narración (Retórica); - 3. Literatura e historia 4. Aspectos políticos y sociales - 5. Nuevo Reino de Granada
025.3412 cd 22 ed.
R896
Universidad del Valle - Biblioteca Mario Carvajal
Universidad del Valle
Programa Editorial
Título: Voces del archivo. El documento burocrático como relato literario
Autor: Alfonso Rubio
ISBN: 978-958-5144-56-9
ISBN-PDF: 978-958-5144-57-6
ISBN-EPUB: 978-958-5144-58-3
DOI: 10.25100/peu.435
Colección: Artes y humanidades-Historia
Primera edición
Rector de la Universidad del Valle: Édgar Varela Barrios
Vicerrector de Investigaciones: Héctor Cadavid Ramírez
Director del Programa Editorial: Omar J. Díaz Saldaña
© Universidad del Valle
© Alfonso Rubio
Imagen de portada: Alcalde del Departamento de Soto, Estado de Santander, 1859. Banco de la República de Colombia, Colección de Ramón Torres Méndez
Diseño de carátula y diagramación: Diana Lizeth Velasco D.
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Este libro, salvo las excepciones previstas por la Ley, no puede ser reproducido por ningún medio sin previa autorización escrita por la Universidad del Valle.
El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad del Valle, ni genera responsabilidad frente a terceros. El autor es responsable del respeto a los derechos de autor del material contenido en la publicación, razón por la cual la Universidad no puede asumir ninguna responsabilidad en caso de omisiones o errores.
Cali, Colombia, septiembre de 2020
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
IEL DOCUMENTO BUROCRÁTICO COMO RELATO LITERARIO
Introducción
La correspondencia. Una construcción literaria de la subjetividad
El escribano. Un constructor de relatos
El arca de tres llaves. Medio de comunicación textual
El archivo hace señas a la literatura
Para contemplar vivencias
Referencias bibliográficas
IIVOCES DEL ARCHIVO
Inventario de celda, 1556
Mil necesidades, 1672
Cargada de pesares, 1680
La sucesión de Jacinto López Tuesta, 1708-1710
Venta de bienes, 1709
La sucesión de Antonio Rojas, 1713-1718
Pasiones melancólicas, 1720
Culebras que caminan. Medicina popular para el incurable de la edad, 1730-1731
Casa en disputa, 1740
Depósito por Ignacio el esclavo, 1757
La captura, 1758
Anatema, 1759
El cimarrón, 1765
El pícaro negrillo, 1766-1767
En esta tierra hablan mucho, 1771
Despojo a libertos, 1771
Experiencia, 1771
Sobre un trozo de palo, 1775
Amparo de pobreza, 1777
Violar la casa de mi morada, 1777
La tontera de esos hombres, 1778
El indio Juan Jiménez, 1779
Devolución de dote, 1780
Astucia de moradores, 1782
Libertad del mulato José Antonio, 1782
Flujo de sangre uterina, 1784
Remisión de esclavos, 1787
El concierto de Justa Guerra, 1795
Los esponsales de María Cruz, 1796
Vindicta pública, 1798
Juego prohibido, 1799
Concubinato, 1800
El confitero y su aprendiz, 1803
Visita de la Santa Inquisición al Palacio Arzobispal, 1804
Libertad solapada, 1806
La reina negra, 1806
Carta al Señor Gobernador, 1808
Abuso de autoridad, 1808
Los indios del pueblo de Pereira y Chuscal al Juez del Retiro, 1815
Listado de figuras
Notas al pie
Cerré los seis armarios o estantes del archivo y sus seis llaves las guardé dentro del séptimo estante, cuya llave para en mi poder. Conté el papel blanco y había dieciocho cuadernillos, de los cuales tomé seis y dejé doce. De los seis que tomé se va gastando uno en este Diario.
Agosto de 1783
Francisco Javier Caro
Diario de todos los acaecimientos que van ocurriendo en esta Secretaría de Cámara y del Virreynato del Nuevo Reino de Granada
En las habitaciones de la antigua vivienda del secretario, los legajos yacían sin orden ni concierto, como cadáveres de un naufragio que las mareas hubiesen arrastrado hacia un mismo cementerio submarino. Aquel verano de mil novecientos noventa y tres no tuvimos otra opción de viaje algo más segura o liviana a nuestros gustos por el placer de la aventura. Contemplamos las aguas, ansiosas de esperar a un buzo todavía inexperto y, más que un mar de ligeros papeles, parecían una espesa pasta mancillada por los siglos y la penuria. Decidimos, pues, lucir nuestras galas con la más maravillosa de las escafandras que por aquel entonces nos vestía y sumergirnos en el Fondo Documental del Ayuntamiento de Ocón, de la Comunidad Autónoma de La Rioja (España), con el fin de poner orden a tanta memoria acumulada.
Habilitada la dependencia contigua a la Secretaría del Ayuntamiento, con sede en la localidad de Los Molinos de Ocón, esta serviría de sala de clasificación. Allí se trasladó el peso de la historia contenida en los polvorientos y desgastados legajos, con su inseparable aroma de hojas rancias y de tinta reseca. La luz de un bajo ventanal y una mesa austera en el centro de la sala, nos acogerían durante un tiempo, un tiempo inmovilizado que ahora pertenecía al pasado. No habían transcurrido muchos días cuando aquella mañana, solos y ante el rumor monótono de una infinidad de papeles, vimos que un anciano vecino asomaba a la puerta, siempre abierta, y todo él jubiloso, nos lanzó aquello de… ¿Qué, no te sale nada del Guindilla? Al momento ya estaba casi susurrándonos una historia llena de crímenes donde un tal Ciriaco, apodado el Guindilla, resultaba ser el protagonista; y a la mañana siguiente, sobre los expedientes que se apilaban encima de nuestra mesa, puso “las coplas”, así llamó al contenido escrito de las hojas que traía.
Eran tres folios sueltos de un montón de versos apiñados y escritos a golpes de una máquina de tinta negra. Estaban encabezados por un título de caracteres en mayúsculas: LA MUERTE A CUCHILLO. HORROROSO Y SANGRIENTO DRAMA OCURRIDO ENTRE LOS MOLINOS Y PIPAONA DE OCÓN, PROVINCIA DE LOGROÑO, EL DÍA 29 DE JUNIO DE 1885.
Ciertamente, su título nos sorprendió, pero no por ese par de intensos adjetivos: “horroroso” y “sangriento”, sino por lo largo que era. Luego, a medio tono, a medida que leíamos las coplas, parecía que ellas solas, no sin ciertas dificultades, se iban cantando… Pero fue un esfuerzo, tantos errores gramaticales y tantas repeticiones nos agotaban. Aun así las volvimos a leer, pues entre los agobiantes efectos desorbitados, perdimos la cuenta de los muertos que habían aparecido. No eran personajes religiosos, míticos o fantásticos. En esos tres folios arrugados, parecía que muy desgastados por su uso, se hablaba de personajes tan anónimos y anodinos como aquel que se grabó en nuestra memoria, “aquel Ciriaco Fernández / que de Pipaona era”. Ciriaco Fernández, claro está, era el tal Guindilla y el asesino en la historia que las coplas nos contaban.
Estábamos ante una literatura sin complicaciones, sin grandes aspiraciones, e imaginamos a su autor, tal vez por ser una historia que precisaba el nombre de las pequeñas localidades y concretos escenarios donde sucedió y leímos dentro del Ayuntamiento que regía su jurisdicción, como un secretario o escribano de concejo, anciano y nativo. La verdad es que no sabíamos qué teníamos entre las manos y aquellos personajes con nombre y apellidos que aparecían versificados, como los de Ciriaco Fernández, Babil Fernández, Manuel Burgos o Matías Fernández, podían estar en el archivo, de ahí la pregunta del anciano, pero en ese momento, con seguridad confuso, no se nos ocurrió pensarlo. Quizá, todavía no habíamos asumido que esas muertes a cuchillo fueran reales.
Además, por otro lado, en el archivo, más que en cualquier relato o novela, los personajes que lo habitan son incontables. Nombres develados de una población inhabitual de hombres y mujeres refuerzan en el lector la sensación de aislamiento. El archivo impone con firmeza una sorprendente contradicción: “al mismo tiempo que invade y sumerge, remite, por su desmesura, a la soledad. Una soledad donde bullen tantos seres ‘vivos’ que no parece en absoluto posible dar cuenta de ellos, hacer su historia, en suma”1. El archivo es una avenida infinita donde se cruza en multitud el paseo de los vivos y de los muertos sin que ninguno de ellos levante la cabeza, a no ser que alguien, ajeno a su íntimo paseo, les salude por gusto o amablemente, como si de una escena cotidiana de ciegos se tratara, les prestara la mano después de reclamar su atención, como Ciriaco, tiempo después, comenzaría a hacerlo: —Por favor, que alguien me ayude a pasar el semáforo.
Fue mucho más tarde, a última hora de una nueva jornada, cuando el Secretario del Ayuntamiento entró apresurado en la sala donde nos encontrábamos y abrió unos altos y grises armarios metálicos. Nos dijo que necesitaba una partida de nacimiento y extrajo un libro de cubiertas ocres y estrecho lomo. Mientras se fue a consultarlo a su despacho, tal vez por las prisas, o tal vez por la confianza que, no sin esfuerzos, ya habíamos tomado —somos muy celosos con nuestro trabajo y tampoco se sabe muy bien para qué sirve esa extraña figura del archivero que llega por primera vez a una institución; más que un “organizador”, parece un “invasor”—; el caso, sea por una cosa o por otra, es que el armario quedó abierto. La curiosidad nos acercó a él y supimos entonces que allí se custodiaban todos los libros del Registro Civil de Ocón desde 1871. Repentinamente relacionamos aquellas muertes de las coplas y aquel nombre de Ciriaco Fernández con los libros registro que todavía estábamos observando detalladamente, pues pertenecen al Fondo Judicial del Ayuntamiento y habría que asignarles otro tipo de clasificación.
Tomamos en las manos uno de ellos. Suponemos que por instintiva elección, el más delgado. Sus tapas habían sido cambiadas por unas de cartón blando, cubiertas de un pliego laminado y decorado con un salpicado de difusas manchas verdes y blancas. Estaban sujetas por un protector de papel blanco, recio y arrugado, que cubría el lomo. Su tejuelo, indicando el número del libro, se había desprendido y unos trozos de celofán ya amarillento y reseco le colgaban. Lo pusimos encima de la mesa. La esquina superior derecha de la tapa principal tenía un corte limpio por donde asomaban sus páginas dobladas. Adherida a la cubierta había una especie de pegatina, donde al lado del nombre comercial de la imprenta, a trazos gruesos de tinta negra, se leía: Libro 6º de defunciones de 1884-1887. Directamente, sin pensar en ningún otro año, lo abrimos por el de 1885 y muy despacio y emocionados, como un amante esperanzado, comenzamos a pasar páginas de un tacto áspero. Allí estaba, era el Acta de Defunción número 50 y el fallecido, “a consecuencia de heridas recibidas”, Ciriaco Fernández Tejada. Sentimos repentinamente una extraña sacudida afectiva. Era un pedazo de vida, allí estampado, breve y que, sin embargo, impresiona. Había surgido después de más de un siglo de silencio y la lectura de esas escasas palabras que cumplimentaban el Acta número 50 sí consiguieron conmocionarnos. Aquella literatura de las coplas, que todavía no comprendíamos, no nos había despertado un afecto verdadero y, tal vez desde la ignorancia, desdeñamos lo que en principio adjetivamos despectivamente como una literatura populachera.
Por supuesto, acompañando a Ciriaco Fernández en el libro se encontraban sus cinco víctimas. La sensación de realidad todavía fue mayor. De esta manera, nos atrapó una especie de sensación ingenua, pero profunda, de acceder, como tras un prolongado viaje incierto, a lo esencial de los seres y de las cosas. Es la “atracción del archivo” y en muchas ocasiones así funciona, como un despojamiento, en pocas líneas aparece, no solo lo inaccesible, sino lo vivo. Son flashes de una verdad ya vencida que aparecen ante nuestra vista y ciegan la nitidez que produce lo creíble.
No había necesidad y no sabríamos decir por qué tomamos la decisión de desenmascarar la “verdad” que encierra La muerte a cuchillo. La lectura del pasado en viejos manuscritos, sobre todo en documentación judicial, cautiva al lector y produce en él la sensación de aprehender la realidad. Desenterrar la escritura del archivo no devela lo que existió tal cual, pero ella, como resto de lo que fue, encierra un poder de sugestión que anima a su reconstrucción en un movimiento que va del gesto evocativo al dato legítimo. De esta manera, a la vez que los trabajos de organización archivística nos facilitaban la consulta de los fondos documentales, comenzamos a realizar en la zona las primeras entrevistas etnográficas tras las pistas de lo que oculta la fría narración del romance. Así, a través de esta inmersión en la verdad, sepultada en los archivos como huellas positivas de unos seres y unos acontecimientos, y aunque estuviéramos más allá de esas huellas y nunca pudiéramos hacernos con ella, nació el interés por las coplas. Teníamos que saber ante qué tipo de literatura nos encontrábamos y de qué género literario se trataba, pues todavía eran indicios lo que nos hacía pensar que las coplas fueran un “romance de ciego”.
Tampoco había motivos, por otro lado, para sacar del olvido unos nombres que no formaban parte de una colección de personajes célebres como los que pueden aparecer en obras literarias o en documentos solemnes emitidos por las instancias del poder ¿A quién podrían interesar unos cuantos nombres y unas cuantas fechas de sinnadies? Ni siquiera llamarlos en la lectura del Romance suponía obtener una respuesta de voces de ultratumba que rogasen ser escuchadas desde unos cuerpos sin llagas, antes de ser acuchilladas y después de tanto tiempo. Seguramente no tomamos ninguna decisión a la hora de rastrear en esas vidas que podrían ser las vidas de cualquiera. Como al “don José” de Todos los nombres, la novela de Saramago, la decisión nos tomó a nosotros.
Sin embargo, esos mismos nombres con el distintivo de sus apellidos detrás, aparecidos en el archivo, resuenan de otra manera, con una especie de temblor emocional. La resurrección intacta de sus pasados es imposible, pero ellos, surgidos de un inmortal manuscrito de archivo, en algunos momentos, incluso con sus propios garabatos de firmas y rúbricas de tinta reseca, se parecen a un requerimiento. Están pidiendo ser correspondidos. La sensación presencial, de no ser unas sombras chinescas, de poder entablar un diálogo con ellos, nos atrapó:
La emoción no necesariamente genera contemplación, ni tampoco oblación, asimismo, es el ensañamiento empleado en comprender la violencia y la debilidad de las cosas. La mediocridad y lo inaudito de las situaciones; es también la confrontación con lo insólito al mismo tiempo que una manera de dejarse conmover por lo que ya se conoce […] Trastorna porque asombra: la sorpresa o el terror, el asco o el miedo hacen que uno habite fuera de sí mismo. En ocasiones el archivo, al restituir personajes extraños, remueve nuestras costumbres y la emoción que se aferra a su descubrimiento toma caminos inciertos, incitando a una parte desconocida de nosotros mismos a salir lejos del enternecimiento tan descrito y prohibido. La emoción es accionante2.
Tal vez, desentrañar las existencias escondidas detrás de esos nombres era una manera de sustraernos a una impresión inquietante que emanaba del archivo; como una presencia que nos rodeaba, sustraernos a ese temor por lo oculto e ignoto. Tal vez, tan solo fuese la misma necesidad físico-química de engordar la estela de curiosidad morbosa que todavía consigue que hoy en día se sigan transmitiendo las coplas. Quién sabe, es posible que haya algo mucho más importante, algo en lo que no se haya pensado nunca y que sea lo esencial de esta extraña aventura u obsesión absurda; una aventura investigativa que, después de muchos años, dio como resultados el texto titulado Memoria de un romance, de donde ahora, para esta introducción, tomamos algunos de sus apuntes3.
El archivo mantiene una estrecha relación con la muerte porque en él se hallan miles de huellas que solo pueden pensarse en relación con la ausencia, con aquellos seres que las dejaron como marcas de su pasada presencia. Las huellas del archivo no pueden dar cuenta de plenas existencias, no pueden reconstruir escenarios o procesos del pasado tal y como se dieron y se pensaron porque solo son piezas de un puzle de imposible reconstrucción en su totalidad. Pero si la huella existe, es posible la resurrección de un relato acerca del pasado. La muerte entonces no significa evaporización. Mientras siga existiendo el mundo de los vivos, las huellas del archivo funcionan como guía que nos dirige hacia un puente por el que se cruza al mundo fantasmal4. La historia se escribe con fantasmas cuyos destellos pretenden llevarnos al origen, allí donde las cosas comienzan, un principio, según Derrida, constitutivo del concepto de “archivo”5.
La muerte en la historia se presenta planteando una división temporal entre pasado y presente. Sitúa así al archivo en el lugar donde se acumulan las ausencias, no tanto para negar su pérdida, sino para consolarse con ella. Cuando no hay eliminación completa del registro documental, cuya función se convierte en ser huella de la supresión de lo vivo, de quien estuvo ahí, hay conservación para el consuelo de quien cuida y alimenta el recuerdo. La lectura del archivo, cuando opera sobre la escritura cotidiana de los silenciados, se asemeja a una aparición fantasmal en el espacio público, porque hace parte de lo efímero, de lo transitorio. Pero no por ello es menos sustancial que cuando opera sobre el ejercicio continuo que fija la escritura ostentosa del poder. Captar lo que hay detrás de un instante requiere revisar los lugares donde hemos estado, limpiar las telarañas que impone la rutina o la costumbre para ver, en esos mismos lugares, lo que antes no veíamos.
El archivo guarda retazos de acontecimientos comunes que van acumulándose en documentos públicos o privados, civiles o eclesiásticos, dispuestos al juicio de quien los desenmascare para poder formar narrativas vivenciales que parecen configurar espacios biográficos fragmentarios, interrumpidos. Bajo ciertos intereses institucionales, el archivo diseña un discurrir biográfico, más cercano a formas abiertas, inconclusas, propias de la escritura marginal, del cuaderno de notas o el borrador, que a la detallada y conclusiva biografía de un célebre personaje. El nombre de una calle, el número de una casa natal, un término topográfico, la fecha de un nacimiento, de una defunción; un nombre personal, una cifra monetaria, lo imaginable y lo inimaginable, lo previsto y lo accidental de la vida surgen en el arco de una temporalidad distante; textos o formularios burocráticos aparentemente acabados recuerdan que las huellas particulares se inscriben en una articulación misteriosa entre la vida obligada al control social de las instituciones y los deseos, iniciativas personales y, en ocasiones, hechos azarosos que, enmarcados en una vida grupal, también deben ser registrados por la autoridad legal.
Así como funciona el archivo, también los retazos biográficos de la gente común oscilan en un umbral difuso entre lo público y lo privado, entre el encubrimiento y la revelación. El archivo transforma lo privado en público y juega a revelar secretos individuales dentro de una convivencia social. Pero lo individual y lo social no se oponen, interactúan. Se es en relación con los demás y la trama individual de una biografía será indisociable del medio, de la comunidad. Lo que el archivo conserva, por tanto, es la vida de ciertos personajes que hablan por todos y alimentan, no solo un patrimonio cultural común, sino también un patrimonio vivencial y perdurable que se presenta a las conciencias como garantía de lo que se ha vivido, un momento o unos momentos dentro de la totalidad de una vida, dentro de la infinitud del archivo6. Esbozos de vida cotidiana, firmas y declaraciones en registros de obligaciones civiles, religiosas y judiciales, atrapados por la arquitectura del pasado, van delineando rostros que producen construcciones simbólicas, intelectuales y sentimentales, discursos que merodean siempre alrededor de un encuentro con la oficialidad, casi siempre no querido; un encuentro que bordea lo trágico y se recrea en un sentimiento paralizante o, tal vez, en un escalofrío emergente que es el que nos dirige hacia la ficción tomada como un encuentro literario.
En aquella ocasión, el descubrimiento de un romance de crímenes como La muerte a cuchillo, creado a fines del siglo XIX e inscrito en la tradición española de los romances de ciego o literatura de cordel, hizo que partiéramos de un texto literario para descubrir y exteriorizar a través del archivo y en la medida de lo que fue posible, la identidad real de los personajes que aparecían en él. Tras sus nombres propios se ocultaba una vida y unas relaciones sociales que se habían producido dentro de una comunidad y en un contexto geográfico y temporal concreto. Para ello partimos del texto literario hacia el archivo, de la escritura en verso hacia el registro documental. Pero esta vez, nuestro propósito es otro. Partimos del propio documento de archivo para presentarlo como un objeto literario, como un registro escrito que desde su concepción original y, sobre todo, desde la experiencia lectora, concentra su recepción en la consideración literaria del texto, sin olvidar otro tipo de aspectos que lo envuelven como el de su origen institucional o burocrático.
Estos itinerarios, uno que va del relato poético o literario hacia el documento burocrático, y el otro en viceversa, parecen oponerse, pero en realidad son itinerarios que se retroalimentan mutuamente, pues todo individuo que nace en sociedad, nace marcado con un registro de archivo y está expuesto, mientras dure su vida, a mantener diversos tipos de relaciones con el archivo institucional; relaciones igualmente expuestas a la consideración literaria con que puedan quedar fijadas en un documento donde el tiempo potencia la conversión de los individuos en personajes de un relato vivencial.
Si en la primera ocasión utilizamos los archivos españoles, esta vez serán los colombianos. Las circunstancias académicas personales han hecho que esto sea así. Pero más allá de ellas, el principio de universalidad del archivo institucional del que hablamos luego, en tanto su función de control y memoria es inherente a cualquier aparato estatal que lo alimenta y lo mantiene, hace posible encontrar similares situaciones en los registros documentales de los archivos de ambos países; más, tratándose, como ahora, de registros producto de las instituciones coloniales que la Corona española fundó en el Nuevo Reino de Granada, con las que trasladó su tradición burocrática y archivística.
Como muestra de lo que intentamos sugerir al hablar del documento burocrático como relato literario, en la segunda parte de esta obra (Voces del archivo) relacionamos una selección significativa de escritos que van de mediados del siglo XVI a comienzos del siglo XIX, siendo la mayoría de ellos del siglo XVIII. Aunque, en su condición de fragmentos, pertenecen a una unidad documental mayor, mantienen un sentido completo, tanto en su forma textual como en su contenido, de ahí, entre otras cosas, que podamos mostrarlos como “relatos”. Los textos titulados Inventario de celda y Visita de la Santa Inquisición al Palacio Arzobispal están tomados del Archivo General de la Nación de Colombia, en Bogotá. Pasiones melancólicas, cuyo ofrecimiento debo a Juan Camilo Galeano, es del Archivo Histórico Arquidiocesano de Popayán; y Sobre un trozo de palo y Vindicta pública pertenecen al Archivo Central del Cauca, con sede también en la ciudad de Popayán. Anatema está extraído del fondo documental del Juzgado Civil Primero de Cali y El confitero y su aprendiz, un texto que se aleja del contexto neogranadino pero que sirve igualmente como ejemplo de nuestras intenciones, está tomado del Archivo Municipal de la ciudad de Arnedo (La Rioja, España).
El resto, la mayoría, pertenecen al llamado Archivo Histórico Judicial de Medellín (AHJM), cuyos fondos se encuentran ahora en el Laboratorio de Fuentes Históricas de la Facultad de Ciencias Humanas y Económicas de la Universidad Nacional, con sede en la ciudad de Medellín. Se han tomado del informe público titulado “Transcripción de documentos del Archivo Histórico Judicial de Medellín, siglos XVII y XVIII”, que reposa en dicho Laboratorio. Como dice el propio informe, es un instrumento de consulta útil para investigadores y agradecemos al Archivo que podamos hacer uso de él. Con la misma función práctico-utilitaria con que las transcripciones se presentan en dicho informe, incluimos aquí el conjunto de textos que compone la segunda parte de este escrito7.
Vienen acompañados de imágenes pictóricas que, aunque fueron realizadas después del arco cronológico que aquí abarcamos, representan escenarios, personajes y situaciones de vida cotidiana que se aproximan al contexto social en que estos textos se escribieron.
Los documentos que ahora hacen parte del AHJM fueron originados por el Cabildo, Justicia y Regimiento de la Villa de Medellín como institución dependiente del dominio español. Los alcaldes ordinarios del cabildo colonial tenían potestad judicial y de ella se desprendieron actuaciones cuyo reflejo, puesto por escrito, ahora custodia dicho Archivo. Solicitudes, representaciones, informes, cartas de libertad, correspondencia; tipos documentales que hablan de pobreza, de concubinatos, de esclavitud, de abusos de autoridad. Testimonios donde la ley hace aparecer a sujetos subalternos en situaciones sociales de subjetivación/sujeción. Fragmentos como viñetas sociales de los que no precisamos su contexto documental, o sea, su pertenencia archivística al contenido o proceso completo de un expediente. Se presentan así porque así quedan representados como situaciones de microrrelato dentro de una estructura narrativa superior que representa el archivo donde se encuentran.
Para aminorar las implicaciones de carácter archivístico y de metodología historiográfica a la concepción literaria de estos textos, hemos preferido no indicar su signatura de localización y, de todas las formas, la correspondiente a los textos extraídos del AHJM puede consultarse en el informe mencionado. La transcripción del resto de los documentos, con el indicativo de su ubicación archivística, se encuentra en nuestro archivo académico personal que, como un Diario de investigación, sigue conformándose a medida que vamos consultando diversos fondos documentales que hacen parte de los archivos colombianos. Sí hemos intentado facilitar su lectura con una transcripción que emplea normas ortográficas y de puntuación actuales. Somos conscientes de que restamos mucho significado al contexto lingüístico de la época y al de las competencias escriturarias individuales de quien formuló los documentos, tanto si hablamos de una representación indígena como si no, pero tratamos así de potenciar lo literario de los relatos con su mejor y más cómoda comprensión para el lector actual. También para ello y, además, para identificar particularmente cada uno de los textos, estos se han encabezado con un título de propia invención al que le sigue el lugar y el año en que se escribieron. Modificaciones mínimas formales, entre otras, que en nada desvirtúan su sentido original.
Voces del archivo es un título que procede de un ensayo de Walter Benjamin titulado “Tesis sobre el concepto de historia”. La imagen de progreso que albergamos en el presente, se dice en él, se halla teñida por el tiempo en el que nos ha relegado el transcurso de la existencia. En la representación del progreso está contenida la de la redención, lo mismo que ocurre con la representación del pasado. El pasado, como el archivo (el arca de tres llaves), contiene secretos que lo remiten a la redención: “¿Acaso no nos roza también un aliento del mismo aire que respiraron las generaciones pasadas? ¿No resuena en las voces a las que prestamos oído un eco de las que enmudecieron?”8. Voces del archivo enmudecidas que resuenan como recuerdos y quieren ahora, en la escritura que las fijó, relumbrar como narraciones literarias donde se conservan pedazos de múltiples vivencias.
Narraciones que van introducidas por una reflexión acerca del registro documental de archivo como relato literario. La estrategia formalista que se evidencia aquí para considerar estos fragmentos como relatos no toma argumentos metafísicos sobre la existencia o no de los sucesos del pasado que relaciona la documentación. Se admite, mejor dicho, se parte de la objetividad y de la confiabilidad de la información que aparece en ella. La trama que encontramos en los sucesos es interpretada como relato en tanto se muestra tal y como parece en el archivo, sin que interese para su consideración como tal relato literario si los hechos inscritos en él fueron verdad o no. El fragmento documental configura una concreta situación histórica y ella, desde su específica trama, contiene su propio discurso.
La narración de una trama, por otro lado, genera más una interpretación de los hechos que una afirmación fáctica y esto acentúa la atención del texto documental hacia una orientación literaria. Cualquier expresión figurativa añade nuevos significados a la representación del objeto al cual se refiere (un caso judicial, un asunto administrativo) y produce una estilización que dirige la atención hacia la creatividad del autor9. Los historiadores refamiliarizan el pasado mostrando información sobre él y mostrando cómo su desarrollo conformó un tipo u otro de relato. Frente a estas narrativas historiográficas se sitúa el puro relato de donde ellas nacen, el relato de archivo. La trama propuesta por el historiador no es algo hallado en los sucesos mismos, sino una reelaboración de ellos. Frente a su discurso, o al lado de él, el discurso virginal del fragmento documental.
En la selección de relatos que se expone, el sujeto aparece como “testigo” que posibilita hacer la historia; pero el historiador, realmente, no trabaja con los propios actores del pasado, sino con la narración que de ellos y de sus testimonios encontramos en los documentos históricos. Por ello, también, antes de intentar contar y leer una “verdad” o formar una memoria acerca del pasado, es importante escuchar los relatos que transmiten una experiencia solo desde su virginidad, desde una originalidad o corporeidad que no ha sufrido de intervenciones interpretativas.
El carácter general de algunos estudios utilizados indica que nuestro deseo, esta vez, no ha sido el de profundizar, a la manera de una investigación científica, en los aspectos que tratamos. La selección que adjuntamos solo es un ejemplo del abundante material que existe en los archivos. Junto a las observaciones generales que la preceden, la coherencia de estas páginas, como dice Foucault cuando presenta el “dossier” que compone Yo, Pierre Rivière,…, no es la de una obra académica. Su contenido mantiene cierta distancia de los métodos de la academia, aunque pueda servir a ella, y solo pretende sugerir un campo de análisis que, con bases constructivas, pueda relacionar la formación y valoración del campo literario con la escritura del documento burocrático.
Figura 1. Banco de la República de Colombia, Biblioteca Virtual, Colecciones, José María Gutiérrez de Alba, El humilladero, primera iglesia de teja que hubo en Bogotá, 1871.Disponible en: https://bit.ly/32TE7Zm
Leemos las cartas de los muertos como dioses indefensos, pero, al fin y al cabo, dioses, ya que conocemos la continuación.
