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Este libro es mi historia, un legado que con humildad quiero dejar a las generaciones actuales que ven en el emprendimiento el camino de su desarrollo profesional y personal. Es mi testimonio de que es posible aprender a emprender, desatar lo establecido y volar alto, mucho más alto de lo que imaginan. Es también la respuesta a un grupo de líderes de la vida nacional, directores de medios de comunicación, rectores de universidades y colegas del sector de la aviación, quienes generosamente consideran que la creación de dos aerolíneas comerciales en Colombia es un logro extraordinario y me animaron a compartir estas experiencias". Así resume Alfonso Ávila Velandia el espíritu de este libro, que sintetiza sus ideas sobre qué significa emprender y aporta valiosas lecciones para quienes quieran hacerlo. Este testimonio empresarial aporta una visión única sobre el emprendimiento a partir de la experiencia de su protagonista demostrando que las oportunidades están donde muchos solo ven obstáculos y que el éxito empresarial es cuestión de método, estudio y perseverancia.
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Seitenzahl: 166
Veröffentlichungsjahr: 2024
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¡Volar alto!
Lecciones de emprendimiento del fundador de AeroRepública y de EasyFly
©Alfonso Ávila, 2024
Primera edición en esta colección: Bogotá, julio de 2024
ISBN: 978-958-792-719-1
La Colección MENTES es un desarrollo editorial original de Cable a Tierra Agencia Editorial, Mentes a la Carta y Ediciones de la U
Concepto de la Colección Mentes: Cable a Tierra Agencia Editorial
Diseño de la colección y cubierta: Estudio Huevofrito SAS / Ana María Sánchez
Diseño de maqueta y diagramación: Blanca Villalba Palacios
Fotografía del autor: David Osorio
Prohibida la reproducción total o parcial de este libro y sus contenidos, su incorporación a sistemas informáticos, transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico, mecánico, por fotocopia, grabación, escaneo, fotografía u otros métodos existentes o por desarrollar, sin el permiso previo y por escrito del autor.
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Los negocios no son tan complicados. Lo que pasa es que hay demasiada gente dedicada a complicarlos. La forma de combatir la complejidad es siendo simple. Es así de sencillo, sólo se trata de intentar simplificar las cosas.
El poder de lo simple
JACK TROUT
Introducción
Capítulo 1. El emprendedor nace
Capítulo 2. Desafiar paradigmas
Capítulo 3. Pensar fuera de los moldes
Capítulo 4. Convertir el carbón en diamantes
Capítulo 5. El salto al vacío y el desafío a los gigantes
Capítulo 6. Posicionamiento en el Mercado
Capítulo 7. Un nuevo éxito empresarial
Agradecimientos
Notas al pie
Quiero compartir con mis lectores un resumen de mi experiencia como emprendedor. Estos años fueron los más exigentes de mi vida, pero también los más gratificantes. El camino del emprendedor viene acompañado de sacrificios, caídas, reveses y también trae consigo enormes beneficios, éxitos y satisfacciones. La clave es persistir, estudiar, analizar y atreverse.
Primero, no hay nada de suerte ni de magia para tener éxito en un emprendimiento; se trata de tener clara la visión de lo que se quiere obtener. Trabajar dieciocho horas al día da una ventaja de ocho horas sobre un competidor. Hay otras recomendaciones para quien empieza en este universo del emprendimiento que cada vez se hicieron más claras para mí. Por ejemplo, no fijar objetivos económicos en un emprendimiento, porque ello le pone talanqueras a la innovación y a la creatividad; se trata de darlo todo a una idea. Es indispensable eliminar de la mente el temor al fracaso, pues ese es el principal enemigo del emprendimiento. De igual manera, la confianza, la constancia y la tenacidad son las vacunas más efectivas contra el miedo al fracaso. Y, sobre todo, creer en la visión de que los objetivos de un emprendimiento, en el fondo, deben ser crear algo que mejore la calidad de vida de los seres humanos en alguna faceta y por eso mismo vale la pena poner toda la pasión para lograrlo.
“Vamos a cambiar el mundo”, le decía Steve Jobs a los ejecutivos que vinculaba en Apple; en un comienzo, nadie le creía, pero ahora vivimos en un mundo totalmente diferente con la revolución que iniciaron con los teléfonos celulares, los dispositivos móviles y todo lo relacionado con tecnología.
He tratado de consignar mi experiencia en el sector aéreo, que duró 45 años, periodo durante el cual tuve el privilegio de liderar en calidad de presidente tres de las aerolíneas más representativas del país: SAM, AeroRepública e EasyFly, y de ocupar la vicepresidencia financiera de Avianca, la aerolínea más tradicional del Colombia.
Esta empresa fue mi plataforma de lanzamiento en el mundo de la aviación. Allí me formé como líder, entendí los misterios de estas máquinas maravillosas y la complejidad del mundo de la aviación, y adquirí los conocimientos que luego fueron factores fundamentales para la creación y la consolidación de mis dos emprendimientos.
Viví épocas convulsionadas dentro de este mundo apasionante. El atentado de las Torres Gemelas cambió la forma de viajar en avión, pues pasó de ser una experiencia emocionante a una situación estresante por todos los protocolos de seguridad que empezaron a exigir los aeropuertos y las aerolíneas a los pasajeros.
En Colombia, las aerolíneas nacionales (incluida Avianca) participaban en más del 70 % del mercado total (nacional e internacional). Durante este periodo, se crearon diez empresas, pero solo sobrevivieron dos, AeroRepública e EasyFly, empresas que tuve la fortuna de fundar y que dirigí por más de quince años cada una; las demás se liquidaron o fueron adquiridas por firmas extranjeras.
Por supuesto, los logros en el éxito de estas empresas no son solo míos, sino que se deben a que fui un coordinador de voluntades y de todo el talento que existía en los equipos que lideré.
Aprecio mucho el compromiso y la solidaridad de los funcionarios que me acompañaron y dedicaron sus esfuerzos a estos proyectos empresariales. Fueron socios dedicados al progreso de las compañías, cuya labor es un ejemplo para las nuevas generaciones de emprendedores colombianos. Frases como “sí se puede”, “no hay cosas imposibles sino personas incapaces”, y “el mejor regalo que Dios nos dio fue la imaginación”, entre otras, eran parte de nuestro lenguaje corporativo.
¿El emprendedor nace o se hace? Esta pregunta me la he hecho varias veces en mi vida y también surge con frecuencia en foros académicos, empresariales y en conversaciones informales. En mi caso, considero que emprender ha sido innato, algo que de manera natural ha fluido en mis acciones y en mi manera de ser y que me ha motivado a crear empresas y a obsesionarme con su desarrollo, muchas veces sin tener la certeza de cuál sería el resultado final y sin tener miedo ante la posibilidad del fracaso.
Por mi experiencia, puedo afirmar que el emprendimiento es una cualidad con la que algunas personas nacen y que las impulsa hacia la acción y la ejecución de manera espontánea, pero detrás de la cual también hay método, estudio, curiosidad intelectual, observación, perseverancia y sobre todo un espíritu inquieto que quiere dejar una huella en el mundo. Es decir, creo firmemente en que hay algo innato en los emprendedores que los diferencia de las demás personas, un impulso y una energía especiales que los hace creer que siempre es posible conseguir las metas que se proponen. Tienen una manera de ser que es el inicio de todo, la chispa que enciende el motor y que alimenta lo necesario para emprender exitosamente: trabajo, estudio, dedicación, disciplina. Siento que esa llama ha sido innata en mí y ha evitado que desfalleciera en el camino. Nada más cierto que la famosa frase de Einstein de que “el genio se hace con un 1 % de talento y un 99 % de trabajo”.
Por eso me he propuesto compartir, a través de este libro, y en especial con los lectores más jóvenes, mi experiencia profesional, primero como empleado y luego como emprendedor, la cual me permitió crear de cero las dos empresas de aviación más exitosas del sector aéreo colombiano en los últimos cuarenta años, AeroRepública (hoy Wingo) e EasyFly (hoy Clic), compañías que generaron 2500 empleos. Ojalá, a partir de estas vivencias, los lectores encuentren inspiración para echar a andar sus propios negocios e ideas en cualquier actividad o sector de la economía. Este libro también está orientado a aquellas personas que ya han emprendido e, independiente de si han tenido éxito o no, hallen en mi recorrido un referente o ideas para seguir construyendo su propio camino.
Quien busque en este libro fórmulas para el éxito inmediato no las encontrará; lo que sí hallará serán algunos principios y estrategias que me dieron resultado. Toda la vida he sido lector y estudioso de distintas teorías de la administración que, sin duda, podrían ser útiles para los emprendedores y por eso les recomiendo investigar y formarse de manera continua. Sin embargo, también he sido un creyente de que, en ese camino de investigación, de pruebas y de errores, uno debe encontrar y crear su propia metodología a partir de “lo que funcione” o LQF, como le digo yo, sin apegarse ciegamente a una teoría o modelo prestablecido, sino tomando de cada uno lo que sea útil para el esquema propio.
Siempre he sentido algo en mi manera de ser que me ha empujado a crear, imaginar, construir escenarios novedosos y querer romper paradigmas. Nunca me he sentido del todo conforme con lo que veo o con lo que he hecho porque siento que cada vez hay algo más por mejorar o renovar. La inacción y la pasividad no me gustan, y por eso he preferido dejar mi marca personal en todo lo que he hecho. Existen cientos de libros que contienen teorías de gestión de compañías, pero no hay una fórmula mágica para crear una empresa con éxito. No está en el vademécum del emprendedor. Por eso hablo de LQF como una manera sencilla de analizar los problemas, ser efectivos en la gestión por resultados, mantener en la práctica la máxima de desarrollar acciones que cumplan los objetivos, desechar las que no lo hacen o no conduzcan a una meta.
En ese sentido, considero que ha habido algo innato en mí, un espíritu emprendedor especial que incluso afloró y se perfeccionó en los años durante los cuales fui empleado, puesto que jamás me faltó iniciativa y no me limitaba a hacer lo que me pedían o me exigían mis funciones. Ser empleado no riñe con la idea de ser emprendedor, porque puede haber personas con un gran espíritu creativo, innovador y autónomo, que prefieren poner a disposición de una empresa que no es de su propiedad toda su capacidad de trabajo, y se sienten a gusto haciéndolo.
De la misma manera, como me ocurrió a mí en la segunda mitad de mi carrera profesional, hay personas que, motivadas por su espíritu emprendedor, dan el paso a ser empresarios independientes, dueños de su propia compañía y ponen a volar más alto ese espíritu individual sin los límites que imponen cargos o responsabilidades corporativas. Los empresarios independientes y emprendedores tienen una personalidad que les ayuda a asumir el riesgo y la incertidumbre como la norma de sus vidas.
¿Qué entiendo por emprendedor? Creo con firmeza en la capacidad individual de cada ser humano de imaginar, crear algo o mejorar algo ya existente, y, sobre todo, en la posibilidad que tiene cada persona de sobresalir por sus acciones en beneficio de la sociedad. Dios nos dio imaginación a los seres humanos y todos tenemos la posibilidad de decidir libremente qué hacer con ella. Todos al nacer estamos dotados de las mismas capacidades; sin embargo, cada persona se desarrolla de manera distinta, porque crece en contextos y circunstancias completamente diferentes.
El emprendedor cuestiona todo en aras de una mejora y se apoya en su imaginación para plantear escenarios en los cuales se pueda materializar la alternativa de que algo se haga de una manera distinta a como se venía realizando. “¿Qué tal si se creara algo para...?”, “¿cómo sería esto si en vez de A se hiciera mejor B?”, suelen ser el inicio de conversaciones que llevan a ideas innovadoras, y, por lo general, surgen de las visiones emprendedoras. La mentalidad del emprendedor es disruptiva por naturaleza, ya que busca cambiar un entorno al introducir algo que antes no existía.
El temor al fracaso es el principal obstáculo del emprendedor, perder la seguridad del ingreso que le proporciona un empleo o el riesgo de perder sus ahorros acumulados de varios años. Habrá muchas circunstancias en la vida del emprendedor que lo enfrentarán a esos temores, pero una fuerza interna y la confianza en sí mismo y en sus capacidades deben llevarlo a vencer todos esos miedos.
Diferenciamos dos tipos de emprendimiento; el emprendimiento clásico, que lo hacen miles de personas en el mundo y permite generar procedimientos y productos nuevos orientados a mejorar la calidad de vida de las personas y el emprendimiento disruptivo, ese que crea soluciones innovadoras que rompen los esquemas tradicionales, generando un impacto profundo en la sociedad, superando las fronteras de los países y cambiando la manera de vivir de las personas.
Uno de los emprendimientos disruptivos con mayor impacto es el teléfono celular, el cual tuvo un efecto trascendental en todas las actividades de la vida a escala global, cambió la forma de comunicarse entre las personas y la forma de nacer negocios, cambiando reuniones presenciales por reuniones virtuales, llegando incluso a transformar la manera de hacer trámites con el Estado, reduciendo la presencialidad en la mayoría de las actividades de la sociedad.
En este nuevo mundo, surgieron dos aerolíneas que irrumpieron en forma modesta en el sector aéreo: AeroRepública e Easyfly al crear conectividad directa entre múltiples regiones del país, algunas totalmente aisladas y otras unidas precariamente. Como consecuencia de este nuevo modelo de conectividad, en Colombia se presentó una migración importante del transporte terrestre al transporte aéreo durante los últimos 15 años.
Este fenómeno fue el producto de la irrupción de estas dos aerolíneas que sacudieron el mercado aéreo colombiano, abriendo nuevos destinos, creando tarifas más bajas y contribuyendo al desarrollo de las regiones más desconectadas del país.
Sin caer en autoelogios o falsas modestias, puedo decir con total certeza y felicidad que he sido el único colombiano que ha fundado dos aerolíneas exitosas en el país que todavía existen: AeroRepública, hoy propiedad de CopaAirlines, e EasyFly, hoy Clic. Esta es una hazaña que vale la pena contar, además de mi trayectoria como vicepresidente de Avianca y presidente de SAM.
En 1993, fundé AeroRepública, mi primera aerolínea cuando tenía 50 años, y la segunda, EasyFly, en el año 2006. Antes de ello fui empleado durante dos décadas; primero por un corto periodo de tiempo en Price Waterhouse, luego en otro breve lapso en Saint Gobain y, por último, en Avianca y SAM (aerolíneas que en ese momento eran propiedad del Grupo Santo Domingo), pero siempre tuve en mente una meta más ambiciosa que iba más allá de los importantes cargos que había ocupado en estas dos empresas, y era crear mi propia aerolínea.
Buscaba todo el tiempo formas de optimizar procesos, crear alternativas distintas de cómo se hacían las cosas, abrir oportunidades innovadoras. Sin embargo, cuando sentí que como empleado no había más espacios para generar y poner en marcha nuevas ideas, decidí dar un salto al vacío, arriesgarme y crear mi propio negocio, donde los límites y reglas las pondría yo. Me motivaba el fuerte e inapelable deseo de hacer algo realmente diferente que tuviera mi impronta personal.
Este libro es mi historia, un legado que con humildad y generosidad quiero dejar a las generaciones actuales que ven en el emprendimiento el camino de su desarrollo profesional y personal. Es mi testimonio de que es posible aprender a emprender, desafiar lo establecido y volar alto, mucho más alto de lo que imaginan.
ALFONSO ÁVILA VELANDIA
Bogotá, julio de 2024
Quizás el primer emprendedor con quien tuve contacto en mi vida —o en quien vi varias de las cualidades que para mí definen a un emprendedor— fue mi padre, Roberto Ávila. La Violencia bipartidista que se vivía en Colombia en los años cuarenta del siglo XX nos había obligado a salir de Chitaraque, Boyacá, de donde él era oriundo y donde habíamos nacido mis dos primeros hermanos y yo. Dejó atrás las propiedades familiares, tierras que él había trabajado durante años, y tomamos rumbo a Barranquilla, donde un tío mío que era sacerdote, Ciro Ávila, lo acogió y lo ayudó a instalarse con nosotros y mi mamá, Isabel Velandia.
Hasta entonces, mi padre había sido un hombre dedicado a las faenas del campo como agricultor y pequeño ganadero. Ese cambio brusco lo obligó a plantearse otra manera de ganarse la vida en un medio extraño y despertó en él la iniciativa de probar en el desconocido mundo del comercio urbano, pues, aunque carecía de práctica en ese tipo de actividad, tenía el empeño, la disciplina y una formidable capacidad de trabajo para compensar su inexperiencia.
Tuvo, por lo menos, diez negocios distintos en Barranquilla, algunos de ellos de manera simultánea. Uno de los primeros fue su participación en el Café Roma, en compañía de un socio español, Benigno Armesto, con quien se turnaban para atender a la clientela. Ese negocio, situado en el Paseo Bolívar con calles 43 y 44, fue uno de los sitios de tertulia de Gabriel García Márquez —entonces joven columnista del periódico El Heraldo— y de sus amigos de “La Cueva”, Álvaro Cepeda Zamudio, Alfonso Fuenmayor y Luis Vinyes, entre otros, a comienzos de la década de los años cincuenta.
Mi padre siempre nos inculcó que ayudáramos en los negocios familiares, en especial durante las temporadas de vacaciones. Una de las principales actividades que desarrolló y, de hecho, una a las que dedicó más tiempo, fue la fabricación y venta de maletas en un local de la calle 40, bautizado “Industrias El Viajero”, en el que incluía la oferta de diversas mercancías. Él era un emprendedor en el sentido de estar buscando oportunidades permanentemente, abriendo negocios nuevos, con una energía y una vitalidad sobresalientes. Todo lo que mi padre hacía nos permitió a mi madre, a mis hermanos y a mí contar con lo necesario para vivir, estudiar, viajar y progresar. Fue la semilla que quedó sembrada en mí como un ejemplo motivador y que me dejó la convicción de que la vida nos fue dada para crear, crecer y hacer lo que deseemos. Considero que Dios nos dio la imaginación, el tesoro más preciado de la naturaleza humana, para que, bien utilizada, nos lleve a grandes logros y contribuciones para nuestra especie.
En otra de sus facetas, mi padre fundó una empresa de taxis llamada “R. Ávila”, una de las pocas que existían en la ciudad en esa época. Fue un negocio al cual se dedicó durante quince años; también fundó un taller de mecánica automotriz. De la actividad del transporte derivaría más tarde un convenio con una de las entidades del municipio que lo contrató como perito para el avalúo de sus vehículos. Fueron muchas las tareas comerciales y de negocios que desempeñó con disciplina, sin haber recibido ninguna formación académica, solo guiado por su intuición y experiencia, creatividad, fuerza de espíritu, consagración al trabajo y amor por nosotros. Sin ser impositivo, con las buenas maneras y su forma de ser tranquila, sin necesidad de castigos o de regaños fuertes, logró que cada uno de nosotros descubriera lo mejor para sí mismo.
Los Ávila Velandia éramos una familia numerosa, unida y disciplinada. No fuimos los alumnos más destacados del colegio, pero para nosotros había un requisito sagrado: no perder ningún año académico y así lo hicimos cabalmente y todos terminamos el bachillerato a tiempo. Siempre me ha gustado aprender, entonces para mí no era un problema ir al colegio y cumplir con todo. No era un estudiante sobresaliente en ninguna materia, ni me esmeraba mucho en serlo. Estudié en el Colegio San José de Barranquilla, sobre el cual corría el rumor de que estaba construido sobre un viejo cementerio porque se hallaron restos óseos humanos en las zonas de recreo, e incluso recuerdo que una vez jugamos con alguno que encontramos. Mi rendimiento escolar era bueno y estaba dentro del promedio. En más de una ocasión, antes de presentar las pruebas finales del año, me tocaba recuperar el tiempo perdido, entender los temas no repasados en su momento, cubrir los vacíos que habían quedado por no atender alguna lección y reunirme a estudiar la noche antes de los exámenes trimestrales con compañeros que iban igual de colgados que yo. Nos encontrábamos en el parque del Sagrado Corazón, también llamado “parque del Santo Cachón”, para repasar apuntes y lecciones. Muchas veces, me pasaba esto por distraerme en clase y dejarme llevar por la imaginación porque, eso sí, siempre me ha gustado pensar en cosas nuevas.
