Volver a casa - Encarna Compán Almeida - E-Book

Volver a casa E-Book

Encarna Compán Almeida

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Beschreibung

La fuerza y la valentía a veces silentes, otras incomprensibles y las más, como coraza, plantando cara a la adversidad con el único fin de sobrevivir. Tres mujeres, tres generaciones, tres vidas conectadas que comparten sangre, emociones y tragedias encadenadas. Tres hombres que las acompañan en sus tortuosos destinos, con tres formas diferentes de amor, pero con un denominador común, las relaciones tóxicas. Tres etapas de la vida, cuajadas de acontecimientos que se entrecruzan en el camino de los protagonistas, marcando sus destinos para siempre.

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Seitenzahl: 572

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Volver a casa

Encarna Compán Almeida

ISBN: 978-84-19198-29-7

1ª edición, noviembro de 2021.

Editorial Autografía

Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona

www.autografia.es

Reservados todos los derechos.

Está prohibida la reproducción de este libro con fines comerciales sin el permiso de los autores y de la Editorial Autografía.

Índice

PREÁMBULO

PRIMERA PARTE

SARA

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPITULO 5

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 7

CAPITULO 8

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 13

SEGUNDA PARTE

ÁNGELA

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 16

CAPÍTULO 17

CAPÍTULO 18

CAPÍTULO 19

CAPÍTULO 20

CAPÍTULO 21

CAPÍTULO 22

TERCERA PARTE

EVA

CAPÍTULO 23

CAPÍTULO 24

CAPÍTULO 25

CAPÍTULO 26

CAPÍTULO 27

CAPÍTULO 28

CAPÍTULO 29

CAPÍTULO 30

CAPÍTULO 31

CAPÍTULO 32

EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS

Para mamá.

Para las mujeres de mi vida,

todas ellas fuertes y valientes…

PREÁMBULO

eva

mayo de 2020

Eva abrió la puerta y escapó angustiada dejando atrás el sonido estridente de golpes y gritos histéricos y, tras cerrarla muy despacio, sintió un desasosiego aún mayor. Se dirigió a las escaleras y subió dos pisos hasta el descansillo de la azotea. Quiso salir, se abalanzó hacia la única puerta que daba acceso a la terraza comunitaria, pero al girar el pomo comprobó que estaba cerrado con llave. Intentó recobrar la calma, su corazón latía con tanta fuerza que temió desmayarse, pero sabía que no lo iba a hacer, conocía perfectamente el proceso. Primero las palpitaciones y las náuseas, después la presión en el pecho y unas manos invisibles comprimiendo su garganta, y la falta de aliento que la hacía doblarse, ovillarse en posición fetal hasta que su cerebro guiaba sus pensamientos y se repetía «esto pasará, no te vas a morir, respira tranquila, solo tienes que dejar que pase, espera, espera…»

Acurrucada en el último escalón trató de calmarse. Sabía que no iba a subir nadie, nunca subía nadie hasta allí. La puerta antiincendios se había cerrado tras ella cuando subió, tampoco la escucharían y dejó que sus sollozos ahogados se convirtieran en un llanto desconsolado.

—¿Qué puedo hacer? ¿Qué hago? ¡No puedo más! —se repetía una y otra vez.

Tendría que volver. No quería hacerlo, pero tenía que volver. Siempre pensaba que era una cobarde por correr escaleras arriba y no elegir bajarlas, salir a la calle, huir, buscar ayuda, romper con todo. ¿Qué se lo impedía? ¿Por qué no era capaz de salir del infierno?

Y conocía la respuesta, siempre era la misma…

Haciendo acopio de toda su entereza bajó despacio las escaleras con el estómago hecho un nudo y todos sus sentidos alerta. En el descansillo ya no se escuchaba nada. Temblorosa se colocó ante su puerta e introdujo la llave en la cerradura con el sigilo de un ladrón. El leve sonido que emitió al abrirse le pareció un estruendo y la mantuvo paralizada unos segundos, controlando el impulso de darse la vuelta e irse de nuevo.

—Quiero irme a casa…

El mensaje se repetía en su cabeza.

—Quiero irme a casa…

A casa, su casa era la paz donde quiera que esta estuviese. Inspiró profundo llenando los pulmones de aire y su espíritu de una convicción desconocida. Con cada paso que la llevaba al interior, se afianzaba en ella la serenidad, y recordó que era fuerte y valiente. Esa tarde acabaría todo y otro nuevo todo comenzaría de cero.

Un cúmulo de vivencias propias y ajenas dicta nuestro destino. Cada uno de los recuerdos que atesoramos nos persigue, nos convierte en lo que somos, y los que nos marcan para siempre caminan a nuestro lado, dictando en silencio cada decisión tomada, trazándonos la ruta a seguir. Y así, con la suma de lo vivido por su abuela Sara, y su madre, Ángela, antes de que ella llegara a nacer siquiera, Eva, como el resto de almas vivas, fue guiada a su suerte.

Todo comenzó así…

PRIMERA PARTE

SARA

CAPÍTULO 1

invierno 1976

Ángela corría en dirección a su casa después de salir del colegio. Era una buena estudiante, pero esa mañana no se había enterado de nada de lo que explicó la hermana Margarita. Estuvo toda la última clase adormilada, incapaz de concentrarse, sus pensamientos estaban en casa con su madre, Sara. La noche pasada no pudo dormir, la pasó tumbada junto a ella en la cama, acariciando su pelo, intentando que dejara de llorar, tratando de mitigar su dolor. Por agotamiento debió quedarse dormida durante la clase. La monja le lanzo el borrador del encerado desde su puesto de profesora hasta el pupitre, rebotando de pleno en su cara y sacándola de golpe del sopor. Las niñas no se atrevieron a reírse por si corrían la misma suerte, ¡menuda puntería tenía la hermana!, sin embargo, se irguieron en sus asientos y atendieron con más interés las explicaciones.

Llegó a su portal y subió los escalones de los cinco pisos de dos en dos. No solo cargaba su cartera a la espalda, también sostenía una responsabilidad que no correspondía a una niña de nueve años. Siguió corriendo por la galería que llevaba a su casa, sacó la llave de debajo del felpudo de la entrada y abrió impaciente la puerta.

Desde hacía poco más de un año vivían en Madrid, en un diminuto piso interior del céntrico barrio de Chamberí que Eloy, el padre de Ángela, había heredado de su tía. Hasta entonces formaron parte de una comunidad hippie en Ibiza, donde Ángela nació y creció libre, pero Sara decidió que era hora de volver a la civilización. Aprovechó la coyuntura de disponer de un piso cerrado para convencer al padre de Ángela, de que estaban comportándose de un modo egoísta negándole a su hija una educación y una vida normal, en familia, priorizando su ideología en vez del futuro de la niña. Eloy era completamente reacio a abandonar su forma de vida, no obstante, comprendió la inquietud de Sara y terminó cediendo a sus insistentes peticiones.

Inscribieron a la pequeña en el registro a los ocho años de edad, con los apellidos de Sara, porque Eloy hacía mucho tiempo que había renunciado a llevar documentación, se deshizo de ella en sus primeros años en Ibiza. Sara no quiso esperar a que la consiguiera de nuevo, ya tendrían tiempo de retomar ese tema más adelante. A ella le urgía formalizar su situación. Quería bautizar a su hija para que pudiera ir a un colegio de monjas y hacer la comunión como las otras niñas de su edad. Eloy, ateo declarado, lo vivió como un requisito necesario para integrarla en la sociedad, tal y como Sara se encargaba de recordarle cada día. Intentó por todos los medios adaptarse, pero el cambio fue traumático, para él y para Ángela. Añoraban el mar, la vida al aire libre y el trabajo en el huerto. Recordaban con melancolía las noches de tertulia al calor del fuego, los atardeceres acompañados por los tambores que despedían el día y, sobre todo, sentirse rodeados de gente amiga. Pero esto último fue lo que empujó a Sara a marcharse de allí. Se veía desplazada, incapaz de acaparar la atención exclusiva de Eloy, lo quería solo para ella y sufría viéndolo divertirse rodeado de iguales, despreocupados y felices como él. Soñaba con un hogar tradicional, como en el que ella creció. Deseaba disfrutar de la intimidad de su casa y recibir a su marido, cuando volviera cansado de trabajar, en un lugar acogedor, con un buen guiso. Quería darle el descanso del guerrero, ser su amiga, su esposa y su amante, sin estar preocupada por tener competencia en otras mujeres, darle una estabilidad, que su hija fuera al colegio todos los días y salir juntos al campo los domingos. No soportaba más compartirlo con nadie.

Sara estaba enfermizamente enamorada de Eloy, así sufría tanto como amaba y él se sentía asfixiado por su control. La devoraban los celos, por eso quiso volver a Madrid donde le tendría solo para ella. No le importó cambiar su pequeña y bucólica cabaña en la granja, rodeada de naturaleza, por un piso de treinta metros a cinco alturas del suelo sembrado de asfalto. Eloy, sin embargo, solía comparar la corrala con una colmena repleta de celdillas, donde malvivían las abejas obreras serviles a los zánganos y a la reina. Se había acostumbrado a los grandes espacios y a la naturaleza, a salir a la puerta de su cabaña recién levantado y ver el mar, a dormir desnudo sobre la arena en verano.

El edificio donde vivían le parecía una prisión. No era ni más feo ni peor que el resto de casas humildes del centro de Madrid y, sin embargo, se sentía atrapado desde que entró a ese portal oscuro y desvencijado, donde nacía una montaña interminable de escaleras de madera desgastada, de las que de vez en cuando, se abría algún agujero por el que asomaban las ratas que anidaban en su interior. Al fondo se encontraba el sombrío patio alrededor del cual se elevaba el edificio de seis plantas, cuyos corredores protegidos por barandillas de hierro forjado, daban acceso a las viviendas. Entre los dos extremos del edificio, flotando sobre el patio en cada planta, colgaban las cuerdas siempre ocupadas por ropa tendida que hablaba de sus habitantes, y ocultaba el cielo y su luz natural. El bloque era muy antiguo, hacía años que no se realizaban labores de mantenimiento por lo que la apariencia del lugar dejaba mucho que desear. Sin embargo, no había perdido su mayor encanto, el que aportaban las coloridas flores, las múltiples plantas y las trepadoras que las vecinas se afanaban en cuidar a las puertas de sus casas, y que se enredaban por entre las forjas de las rejas en las ventanas y las barandillas de los descansillos.

A Sara le gustaba vivir allí, no por el entorno sino porque no tenía rival a la hora de acaparar la atención de su hombre. Pero Eloy lo odiaba, intentaba que su hija estuviera el mayor tiempo posible al aire libre, y pasaban las tardes en la Casa de Campo o en el Parque Oeste. Los días especiales visitaban el jardín botánico, y al salir comían barquillos en el Paseo del Prado o se tomaban una horchata en el Retiro. Y todas las mañanas de domingo estaban destinadas a pasear por el Rastro de Cascorro, donde se sentían transportados a su mundo en los mercadillos de Ibiza. Sin embargo, todo esto duró poco, pronto la rutina de la ciudad los devoró. Ángela empezó a ir al colegio y Sara se encargaba de la casa y de la niña a la que ya no permitía moverse a su aire. Y Eloy, el chico que cambió una vida acomodada por la libertad y la bohemia, salía ahora cada mañana a trabajar para cubrir las necesidades más básicas de su pequeña familia. Aunque se esforzó en no perder su ánimo, la opresión a la que Sara lo sometía lo iba consumiendo, la tristeza anidó en su interior y la melancolía hacía cada vez más difícil mantener su optimismo. Y mientras ella se crecía en la inercia del día a día, él, antes de romperse por dentro, decidió tomar las riendas de su vida y prefirió marcharse sin pensar en las consecuencias, en lo que dejaba tras él, en lo que les deparaba el futuro a Sara y a su hija.

Ángela giró la llave y de un empujón abrió la puerta de madera que se quedaba encajada. Todo estaba oscuro. La persiana de la única ventana del minúsculo comedor que daba al patio de luces estaba bajada. Siempre estaba así. Su madre últimamente no soportaba la claridad y ella lo sabía, por eso nunca la levantaba. La casa había comenzado a oler muy mal, a podrido, aunque Ángela ya no lo percibía.

Sara hacía semanas que se mantenía la mayor parte del día en cama, no hacía nada en la casa ni salía a la calle. Desde que se fue Eloy y ella se quedó sin trabajo solo quería dormir. Estaba inmersa en una espiral de apatía y desidia en la que solo existía su habitación y su pena. No se vestía ni se miraba al espejo y tampoco atendía a la niña. Le daba igual si iba al colegio o se quedaba en la cama, no estaba pendiente de si comía o se duchaba, si llevaba ropa limpia o salía sin peinar. Si no hubiera sido por la pequeña, se hubiera dejado morir de hambre ella misma, aunque desde que perdió su trabajo había aumentado considerablemente de peso, el sedentarismo y el abatimiento la mantenían exánime.

Ángela encontró a su madre en la misma posición en que la había dejado esa misma mañana, cuando se levantó para irse al colegio después de asearse y calentar leche para las dos en el infernillo que hacía las veces de cocina. Antes el fogón de leña siempre estaba encendido y su madre cocinaba en él, que además cumplía la función de mantener la casa caliente, pero, desde que Eloy no estaba, había dejado de usarse. Esa mañana, la niña colocó un vaso de leche templada sobre la mesilla de la habitación de su madre, junto al montón de cajas de medicamentos y la foto de su padre.

—Me voy al cole Sara, tómate la leche —había susurrado junto a ella a la espera del gesto cariñoso que nunca llegaba.

Desde pequeña llamaba a sus padres por su nombre de pila en vez de papá o mamá. Sara nunca permitió ningún tipo de sensiblería por parte de la niña, y Eloy, por no incordiar, prescindió de la ternura que le provocaban esas cuatro letras pronunciadas en boca de su hija. Aun así, intentaba resarcir a la pequeña de la distancia afectiva de su madre, multiplicando las carantoñas y atenciones a sus espaldas para evitar su mirada inquisitiva. Se acostumbraron a disimular ante ella convirtiéndose en cómplices de juegos y aventuras.

A la vuelta de la escuela, nada más entrar en la habitación, comprobó que el vaso seguía intacto en el mismo sitio en el que ella lo había dejado. Su madre parecía no haberse despertado.

Tocó su frente y notó que estaba viva. Era un gesto que había adquirido como costumbre desde que, hacía unos días, a la vuelta de la escuela la encontró sobre la cama envuelta en sangre. Horrorizada había reparado en sus manos completamente teñidas de rojo, pensó que había muerto. Entonces gritó con desesperación, no entendía nada, ¿qué le ocurría a su madre? Aterrada comprendió que sin ella estaba completamente sola. Sara despertó sobresaltada al escuchar sus alaridos, observó confundida la sangrienta escena a su alrededor y, ante la mirada atónita de su hija, como una autómata se incorporó. Con su camisón todavía ensangrentado cambió las sábanas, y como si no hubiera ocurrido nada, se volvió a acostar ignorando la desazón de la pequeña. Pero esta conocía muy bien a su madre. La palidez de su piel y sus ojos vidriosos indicaban que había llorado mucho. No quiso mostrar sus manos, enseñarle sus heridas, ni explicar lo ocurrido, solo dijo que estaba bien, que no fuera dramática y la dejara descansar. Aquella vivencia la marcó. Recordó cómo un niño de la comuna había contado que, al morir, las personas se quedan muy frías porque el calor se escapa con el alma, y desde sus ojos abiertos vuela el espíritu para convertirse en eterna energía. Por eso, desde que creyó haberla perdido, siempre que volvía a casa y la encontraba inmóvil se fijaba en sus ojos y en la temperatura de su piel. Pensaba que todo eso del alma, el espíritu y la energía era muy bonito, pero tenía miedo de que su madre se volatilizara y quedarse sola ahora que su padre tampoco estaba.

—Vale, solo descansas —pensó aliviada.

En dos pasos volvió a cruzar la puerta al comedor y, por fin, soltó la cartera que pesaba en su espalda. Miró el reloj de madera con forma de plato que colgaba en la pared. La una menos veinte, solo había tardado quince minutos en llegar a casa, tres menos que el día anterior. A las tres debía estar de vuelta al colegio. Abrió la pequeña nevera, colocada junto a la butaca porque no cabía en la ínfima cocina, y comprobó lo que ya sabía. Únicamente quedaba una manzana, dos botellas de leche y un pedazo de chocolatina que había guardado el día anterior. Se la regaló Lola, su vecina, una joven y desenvuelta bailarina y actriz en ciernes que vivía en el piso de al lado.

Cogió la botella de leche empezada y, antes de beber un sorbo, leyó el eslogan impreso en letras rojas en el vidrio: «Tomando leche Collantes los niños se hacen gigantes». Sonrió tristemente con la melancolía de un adulto y negó con la cabeza.

—Gracias vacas, siento vuestro sufrimiento, pero me tengo que alimentar… —dijo en un susurro como aprendió de Eloy.

Bebió un trago directamente de la botella y se quedó con ganas de comerse el chocolate, pero pensó en reservarlo para antes de marchar al colegio o, de lo contrario, le sonarían las tripas en cualquier momento y sus compañeras notarían que tampoco ese día había comido.

Estaba agotada, la carrera hasta su casa había consumido las pocas fuerzas que le quedaban. Se sentó en la butaca heredada, como todos los muebles y enseres, de la tía abuela Rosa a la que nunca conoció. Quería descansar un rato, después rebuscaría en los bolsillos de la ropa de su madre, colgada en las perchas del único armario de la casa. A lo mejor había suerte y encontraba algo de dinero olvidado para ir a comprar comida. Perdida en ese pensamiento se quedó dormida…

CAPÍTULO 2

diciembre 1976

Hacía más de siete meses que el padre de Ángela había decidido irse para siempre. Volvían de la verbena de San Isidro cuando confesó a Sara su inquietud, necesitaba libertad, se ahogaba en esa rutina y estaba decidido a marcharse. Sara no se lo tomó muy en serio, no quiso creerle, pero a la mañana siguiente lo observó atónita preparar su mochila. Afectado expresó su angustia, su aura se estaba apagando, se marchaba en busca de la paz que había perdido. No dijo dónde. No pidió a Sara que le acompañaran, ni que llamaría, y tampoco prometió regresar.

De pie, en medio de la sala, llamó a su hija que salió pizpireta de su habitación sin imaginarse lo que estaba a punto de ocurrir. Tomó su mano y se sentó en la butaca invitándola a subirse sobre sus rodillas. Entonces, en un susurro, mientras la estrechaba entre sus brazos entonó el estribillo de su canción, Angie. Ella la había escuchado mil veces, interpretada en inglés por Mick Jagger cuando la ponían en el tocadiscos, y en la voz de su padre en castellano, con su personal adaptación para ella. Adoraba esa canción, pero esta vez sonaba muy triste. Eloy borró las lágrimas que rodaban por sus mejillas antes de bajar a la pequeña de su regazo para acomodarla en el asiento, mientras él se acuclillaba frente a ella colocándose a su altura. Enmarcó su cara con las manos en un gesto de ternura infinita y, sin perder su eterna sonrisa, habló.

—Me marcho Angie. Me voy porque me siento infeliz aquí y no quiero convertirme en una persona amargada. Sabes que eres mi tesoro, la única razón por la que me quedaría si me lo pidieras. Pero sé que no quieres verme triste y que me dejaras ir, ¿verdad? —hizo una pausa anhelando la comprensión de la niña que, con los ojos llorosos como los de él, asintió—. Eso pensaba nena. Ya eres grande y vas a comprender muy pronto por qué te tengo que dejar. Quizás, algún día, el destino nos vuelva a juntar, mientras tanto sé libre, no permitas que te contaminen las cosas materiales que no valen la pena, mira a las personas, entrega amor y lo recibirás multiplicado, y no tengas arraigo. Vive Angie, brilla y sé feliz.

El abrazo que siguió al mensaje de Eloy fue cálido y amargo a la vez. La niña, consternada, lloraba sobre su hombro, aunque no se quejó por su marcha. No quería que su padre se quedara si eso le hacía desdichado. Se apartó de sus brazos y sacó por su cabeza el cordón que siempre llevaba colgado al cuello. De él pendía un pequeño atrapasueños ojibwa que su padre había hecho para ella.

—Toma, llévate mi cazador de sueños, así no tendrás pesadillas ni te olvidarás de mí —aguantaba los sollozos que formaban un nudo en su garganta.

Eloy se puso el colgante que Ángela le ofrecía mientras se ponía en pie. Miró a Sara, apostada delante de la puerta de salida como si con ese gesto pudiera contener su marcha. El gesto duro y ansioso en ese rostro aniñado reafirmó su necesidad de huir, le insufló el ánimo que necesitaba para escapar de ella. Calmado se acercó en dos pasos, estrechó su delicado cuerpo despidiéndose con un largo y apasionado beso que la desarmó. Después echó un último vistazo a su pequeña, la deseó paz en el camino y, con su petate al hombro, apartó a Sara y se marchó sin más.

La niña lloró en silencio sabiendo que era a ella a la que las pesadillas no dejarían dormir. Nadie, nunca más, la llamaría Angie, solo su padre lo hacía y así sería para siempre.

Su madre no la consoló. Sara no había sido capaz de decir nada. Ni un reproche, ni una súplica. Sabía que no iba a volver. Ni siquiera tuvo la esperanza de que se arrepintiera de dejarla así, sin dinero, sin trabajo y con una niña pequeña a su cargo. Le conocía muy bien, necesitaba volver a empezar solo, sin lastres. Nunca hablaba si no había tomado una decisión firme y jamás se desdecía después de haberlo hecho. No volvería.

Los días siguientes fueron muy difíciles. El dinero que traía Eloy a diario, lo ganaba descargando camiones y prestando ayuda a los proveedores del mercado de abastos. No era un trabajo fijo, había días buenos en los que los tenderos le requerían y otros en los que no recaudaba ni una peseta por su esfuerzo, pero nunca volvía con las manos vacías. A diario traía frutas y verduras, a veces demasiado maduras o algo feas de apariencia cuando tenía que elegirlas de entre las cajas que desechaban los vendedores. Tampoco les faltaba el pan que le guardaban en la tahona, y siempre le regalaban algún bollo o dulces para su niña. El pollero le ofrecía los huevos que estaban un poco cascados y no podía vender y así, cada uno de los tenderos del mercado, le abastecía ignorantes de que, debajo de esa fachada de largos pelos, barbas y ropa hippie, se escondía un licenciado en leyes heredero de un importante apellido, y una no menos notable fortuna amasada durante la dictadura por su ilustre padre. Lo que sí sabían era que se encontraban ante una gran persona amable y dispuesta. Él recibía lo que le ofrecían con sincero agradecimiento y, sin admitir limosnas, como trueque, pagaba ayudando en lo que hiciera falta. Además de las provisiones, sin importar si estaba cansado o decepcionado, también llevaba a diario a casa su perenne sonrisa, y el inagotable optimismo que era un soplo de aire fresco para la madre y la niña.

Después de su marcha se sintieron perdidas. Además del vacío inmenso que las había dejado, Sara tenía que pensar en cómo buscarse el pan. Se marchó de casa con dieciocho años y ahora, casi doce años después de haber desconectado completamente de su familia, ni siquiera pensó en ellos para pedirles ayuda. En su desesperación intentó ocupar el sitio de Eloy en el mercado de abastos, pero no estaba bien visto que una mujer realizara trabajos duros y no funcionó. Además, ella carecía de su carisma. No obstante, lo intentó muchos días y, por conmiseración, doña Luisa le ofreció un empleo en su puesto de ultramarinos.

Desde que Sara se puso a trabajar en la tienda, Ángela pasaba mucho tiempo sola. Alguna vecina empezó a hacer preguntas, pero fue Lola la primera que se percató de la situación. No es que Sara y ella fueran íntimas amigas, pero vivían puerta con puerta y eran jóvenes. Habían compartido conversaciones y risas durante esos casi dos años, mientras tendían la ropa o regaban las plantas a deshoras. Lola tenía el horario cambiado, dormía casi todo el día y, a última hora de la tarde, se iba a trabajar al teatro. Sara, por su parte, evitaba en lo posible coincidir con ciertas vecindonas que disfrutaban con las comidillas y habladurías de las que nunca participó. Entonces, cuando no había nadie en los corredores, aprovechaban para salir a hacer sus cosas sabiéndose vigiladas y riéndose de lo que hablaran de ellas en los corrillos al día siguiente.

Lola detectó de inmediato la ausencia de Eloy. Ella siempre miraba por su ventana al oírle llegar y se hacía la encontradiza. Era un hombre con una personalidad especial, muy atractivo y atrayente. Le habría encantado que la hubiera hecho caso las veces que coqueteó con él, pero, aunque no dejó de hacerlo a la más mínima ocasión que se le presentaba, sabía que no estaba en absoluto interesado en sus exuberantes encantos. Le gustaba tanto que no la hubiera importado lo más mínimo quitarle el marido a su vecina.

El día que Eloy se marchó lo había visto pasar por delante de su ventana con una mochila de montañero a la espalda. Por primera vez parecía triste. Oyó después a la niña lloriquear a través de la pared que separaba los dos apartamentos y, como no escuchaba casi nada, apoyó el extremo abierto de un vaso de cristal en el tabique y puso su oreja en el contrario para que la sirviera de amplificador. Consiguió un sonido más claro, pero solo escuchaba los débiles gimoteos de Ángela llamando a su padre. Supuso que Eloy se había marchado de casa y sus sospechas se confirmaron en los días posteriores. Él no volvió y Ángela pasaba todo el día sola. La curiosidad la carcomía.

—Hola guapa, ¿dónde están tus padres? —preguntó a la niña abiertamente unos días después.

—Trabajando, mi padre en otra ciudad y Sara en el mercado —la niña estaba aleccionada para no dar más explicaciones.

—¿Y a qué ciudad se ha ido tu padre? ¿En qué va a trabajar?

—No me acuerdo.

—¿Y sabes cuándo va a volver? —insistió Lola.

—Pronto.

—Vale, vale, ya veo que no tienes ganas de hablar, dile a tu madre cuando vuelva de trabajar que me gustaría verla. Que, si me necesita llame a mi puerta, pero por la mañana temprano no que tengo que dormir… —terminó decepcionada por no haber podido obtener más información.

Las horas que Sara pasaba fuera de casa ayudaron a que pensara menos en Eloy. Su jefa era una buena persona y la trataba como a la hija que nunca tuvo. Esa mujer la sacó de muchos apuros y crearon un vínculo materno filial entre ellas que hizo que Sara ocupara todo el tiempo que podía en la tienda, porque al volver a casa, retornaban la soledad y la carga de atender a su hija. Así mantenía unas jornadas de trabajo interminables, aunque aparentaba no acusar el cansancio. Dejó que Ángela volviera a manejarse sola, como cuando estaban en el campo, con la diferencia de que ahora vivían en un ambiente hostil lleno de peligros para una cría de nueve años. Sin embargo, la niña había aprendido a cuidar de sí misma y se adaptó con facilidad a las nuevas circunstancias. Se levantaba sola al sonar el despertador, Sara se marchaba más temprano y casi nunca iba a casa a comer, por lo que madre e hija no se volvían a ver hasta la noche. La pequeña la esperaba con ansia, quería charlar con ella, contarle cómo había ido el día y enseñarle los cuadernos con los deberes impecables. Sin embargo, Sara volvía desganada, la mayoría de los días se iba derecha a la cama, entonces Ángela cenaba cualquier cosa y se encerraba en su habitación desilusionada, buscando refugio en la lectura de alguno de los muchos libros que guardaba de su tía abuela. Ya no había risas ni juegos en esa casa, la melancolía lo invadía todo.

Ángela recibía el trato hosco y distante de su madre como una acusación. La hacía sentir culpable de la marcha de su padre y ella, para compensarla, se volcaba en satisfacerla de todas las maneras posibles. Pero nunca recibía un gracias ni un gesto de cariño. Tuvo que aceptar que su madre siempre había sido así, que solo recordaba buenos momentos con ella en presencia de su padre. En su interior, su corazón madurado a fuerza de desprecios sabía que no la quería, que nunca la quiso y jamás lo haría.

Y así pasaron los cinco primeros meses desde que Eloy se marchó. Después Sara perdió el trabajo y el rumbo. Doña Luisa, muy a su pesar, tuvo que contratar en su puesto a la sobrina de su marido que había quedado viuda de repente y ella, que estuvo triste y derrotada desde el minuto en que su hombre salió por la puerta, terminó de hundirse. Se abandonó, renunció a su dieta vegetariana y comenzó a engordar por días, su precioso pelo siempre iba atado en una coleta baja y no volvió a mirarse en un espejo. Dejó de quererse y no quiso luchar, no recuperó el ánimo en ningún momento. Mientras tuvo trabajo se manejaba por la necesidad de salir adelante y no fallar a Eloy desatendiendo a su hija, pero ni siquiera la prestaba atención mientras estaban juntas. Ella solo quería irse con él, y lo hubiera hecho de saber a dónde dirigirse. Sin trabajo y sin su amor se dejó caer en la depresión más profunda. Ya nunca más se comportó como antes de que él se fuera. Se quedaba en cama casi todo el día. No limpiaba la casa ni atendía a la niña, solo bajaba de vez en cuando a comprar comida mientras quedó dinero de su último sueldo y de la generosa liquidación que recibió por parte de su jefa, quien también se encargó de buscarle otro trabajo que Sara rechazó diciendo a la buena mujer que ya tenía uno. Ya no la acompañaban las fuerzas para volver a empezar, no se sentía capaz. El dinero terminó agotándose y ella no buscó alternativa. Se dejó llevar por la tristeza abandonándose ella y a la niña, a quien sentía como una condenada carga. Cada vez que la miraba sentía que el rencor hacia ella crecía. No soportaba su presencia. En su cabeza se fijó un pensamiento que la martilleaba día y noche: Si no hubiera sido por la cría, Eloy no se habría marchado solo, estaríamos juntos en cualquier lugar del mundo…

CAPÍTULO 3

diciembre 1976

Ángela despertó sobresaltada. Soñó que estaba sentada a la orilla de la playa y una ola la engullía arrastrándola hasta el fondo marino. Aún despierta necesitó esforzarse para tomar aire y normalizar su respiración. De pronto recordó que se había sentado en la butaca para descansar un rato al volver del colegio y miró intuitivamente el reloj.

—¡Oh no, me he quedado dormida, las tres menos diez! Ya llego tarde… —dijo levantándose de un salto.

Se colgó la cartera a la espalda, cogió el chocolate de la nevera, lo partió por la mitad y se asomó a la habitación de su madre. Estaba acurrucada sobre la cama. Le pareció más pequeña que nunca, en unos días había adelgazado mucho y la preocupaba que estuviera enfermando. Se acercó, tocó su pierna y notó la piel caliente. Sin tiempo que perder dejó la mitad del chocolate sobre la mesilla, dio media vuelta y salió corriendo.

Cuando llegó al colegio tras una carrera de obstáculos por tener que esquivar personas y vehículos a su paso, vio que acababan de cerrar el portón de entrada. Desde la verja pudo ver como las niñas terminaban de recogerse en sus aulas. Bordeó la valla corriendo hacia la puerta lateral, a veces las madres entretenían a la hermana responsable de cerrar, pero esta vez no había nadie y tampoco estaba abierta. Decepcionada se dispuso a deshacer el camino andado. Estaba un poco mareada por el esfuerzo y por su estómago vacío. Sacó el chocolate de la cartera y se lo metió en la boca sin masticarlo. Caminaba despacio, saboreándolo, disfrutando del dulce que se deshacía entre su lengua y su paladar y, sin embargo, afligida porque a Sara ni siquiera le importaría que hubiera llegado tarde. Odiaba faltar a clase, prefería mil veces estar en la escuela que quedarse en casa, ver a su madre tumbada en la cama a cualquier hora del día la hacía sentir sola e insegura.

El chocolate se había derretido en su boca y el delicioso sabor acrecentaba la sensación de hambre que ya la devoraba antes. El olor a pan caliente hizo que mirara a un lado, estaba pasando por delante del mercado de abastos y se acordó de su padre. Mientras él trabajaba allí, pasaba cada día a darle un beso al salir del colegio y él la paseaba orgulloso por los puestos, en los que los tenderos la obsequiaban con halagos, dulces y frutas. Después, cuando su madre era dependienta en la tienda de doña Luisa, también fue a verla un par de veces, pero a Sara no le gustaba que interrumpiera su trabajo y, aunque a su jefa no le incomodaba y era muy amable con ella, no pudo volver.

Se paró a la entrada dudando. No quería pedir nada a nadie, pero se daría una vuelta y, con suerte, algún tendero la reconocería y quizás consiguiera algo para comer.

Pasó las grandes puertas tímidamente. El mercado estaba oscuro y la mayoría de los puestos cerrados, pero las luces de navidad que decoraban los pasillos y el gran árbol apostado en la entrada centelleaban con el anuncio de las próximas fiestas. «Claro, hasta las cinco no vuelven» pensó Ángela decepcionada. Estaba allí parada mirando a su alrededor cuando escuchó una voz conocida.

—Hola preciosa, ¿tú eres la hija de Sara y Eloy verdad?

—Si señora —contestó la niña a la mujer que había entrado tras ella.

—¿No te acuerdas de mí? Tu mamá trabajaba aquí, conmigo…

—Sí, me acuerdo. ¿Cómo está usted doña Luisa?

La mujer sonrió satisfecha por la educación que mostraba la niña y le gustó que recordara su nombre.

—Muy bien bonita, pero ¿qué haces aquí?, ¿no deberías estar en el colegio? —preguntó observando la cartera que cargaba en su espalda.

—Sí, he llegado tarde y no he podido entrar.

—Vaya, que mala suerte. Pero dime, ¿cómo está tu madre?, ¿encontró otro trabajo? —la mujer hablaba muy alto y su voz hacía eco en la galería vacía.

—No, no tiene trabajo y está muy triste por eso y porque mi padre todavía no ha vuelto. Pero yo creo que regresará pronto y mi madre se pondrá bien —Ángela había hablado sin pararse a pensar, sus sentimientos a flor de piel salieron por su boca sin pedir permiso.

La mujer la miró preocupada, se inclinó con dificultad por los muchos kilos que le sobraban, y se puso a la altura de la niña. Ángela observó que olía dulce, como un caramelo.

—Si no trabaja y tu padre no está ¿quién os ayuda?, ¿tenéis dinero?, ¿hay comida en tu casa? —preguntó bajando considerablemente el tono de su voz con la intención de que sólo lo escuchara la niña.

Ángela no contestó. Bajó la mirada a sus zapatos sin saber cómo deshacer el entuerto.

—Tranquila cariño —acarició su carita preocupada—. ¿Te importa que te acompañe a casa?

Ángela abrió mucho los ojos en un gesto de alarma. Estaba metida en un buen lío. No podía presentarse en casa acompañada por esa señora, su madre se enfadaría muchísimo.

—Perdone, pero es que mi madre está acostada porque le duele la cabeza y no puede recibir visitas. ¡Mejor otro día que se encuentre bien! Yo le diré que la he visto y que la manda recuerdos —dijo atropelladamente intentando zafarse.

—No te preocupes nena, tu madre y yo somos buenas amigas y me recibirá bien, ya lo verás. Ven que vamos a coger unas cosas y voy contigo.

La mujer la cogió de la mano y tiró de ella. Ángela quiso escapar corriendo, pero la mano de esa señora apretaba fuerte la suya. Angustiada sintió que había cometido un gran error al entrar allí.

Luisa la hizo pasar a su puesto de ultramarinos, uno de los más grandes de todo el mercado. Le dio un cucurucho de papel que llenó de patatas fritas y se dispuso a recopilar legumbres, pasta y latas de conservas que cogía de las estanterías. Ángela comía las patatas con avidez y su estómago la llevó a pensar que igual no había sido tan mala idea hacer esa visita. La mujer seguía colmando bolsas mientras se escuchaba como empezaban a levantar los cierres de los puestos. Antes de salir del mercado pararon en la frutería, la carnicería y el obrador de pan, en donde los tenderos preparaban el género para la tarde. Cuando por fin tomaron el camino a su casa, iban tan cargadas que tuvieron que parar varias veces para descansar.

Luisa trabajaba en el mercado desde joven. Sabía reconocer la mirada del hambre, la había detectado muchas veces en las personas que pasaban por delante de su puesto y nunca lo pasó por alto. Aprendió que el hambre no mira los dulces sino el pan, no mira los refrescos y sí la leche, en fin, no mira las delicias sino el sustento. Esa niña estaba famélica y ella no se iba a quedar impasible. Además, dijo que su mamá estaba triste, dios sabía lo que estaría ocurriendo en esa casa. Aceleró el paso con la impaciencia sana de ayudar a su antigua dependienta, esa pobre chica abandonada por la suerte y por su pareja, perdida en la soledad, que ella había conocido contada por su propia boca.

Antes de llegar al quinto piso, Luisa tuvo que parar a coger aire varias veces. Últimamente se fatigaba y le dolía el pecho cuando hacía esfuerzos, aunque normalmente se le pasaba enseguida. A sus sesenta y cinco años, con muchos kilos de más y cargada como un mulo, subir las escaleras le supuso una verdadera penalidad. Después del extenuante esfuerzo se sentó en el último escalón para recuperarse de la fatiga y la opresión, pensó que tendría que decírselo al médico. Esta vez sí se había asustado. Ángela se sentó a su lado mientras observaba preocupada su forzada respiración. Acariciaba su espalda convencida de que eso le ayudaría a recuperar el aliento. Mientras se reponía, Luisa no podía quitarse de la cabeza la inquietud que mostraba esa niña, parecía temer el momento de enfrentarse a su madre.

—¿Está bien doña Luisa?

—Si hija, lo que estoy es vieja y gorda, las escaleras son para los jóvenes. Venga vamos…

La mujer se levantó torpemente. Tomó las bolsas que no había cogido la niña, que ya iba por mitad del corredor arrastrando los paquetes y, al comprobar que podía respirar algo más aliviada, echó a andar con dificultad.

Ángela paró delante de su puerta, se agachó y cogió las llaves de debajo del felpudo, pero dudó antes de abrir el cerrojo. Luisa observaba su miedo y la acariciaba el pelo para tratar de tranquilizarla.

—Ya verás que tu madre se alegra de verme —dijo, aún fatigada, dando ánimo a la niña.

Esta abrió la puerta y dejó entrar a la señora, pasó y cerró tras de sí. Sin decir una sola palabra, señaló en dirección a la habitación de su madre quedándose expectante en el pequeño comedor.

La mujer dejó las bolsas junto a la puerta y se dirigió decidida donde la niña indicaba. Se paró en la entrada observando la abundante melena cobriza de Sara desmadejada sobre la almohada, a la vez que hacía un esfuerzo por contener las náuseas que sintió por el horrible olor que rezumaba la habitación.

—Sara, soy Luisa, he venido a verte —dijo con una nausea en la garganta.

Sara no reaccionó. Seguía dormida, emitiendo unos extraños ronquidos apagados y desiguales. Se acercó a la cama y, sentándose en el borde, acarició su cara.

—Sara, Sarita, soy yo…

La mujer intentaba no vomitar mientras observaba las cajas de pastillas que cundían sobre el tablero de la pequeña mesita de noche. Había analgésicos de varios tipos y otras medicinas que no reconoció. Supuso que Sara tomaba ansiolíticos o alguna otra sustancia que la mantenía sin fuerzas, postrada en su cama.

La joven abrió los ojos a duras penas y, al reconocerla, su mirada se nubló por las lágrimas.

—Doña Luisa, ¿por qué ha venido? No quiero que me vea usted así —sollozó ocultando su cara con las manos.

—Sara cariño, ¿estás enferma? ¡Has adelgazado mucho y estás pálida! ¿Quieres que llame a un médico?

—No, yo no necesito medicinas, necesito a Eloy —dijo Sara en un susurro amargo, mientras sujetaba contra su pecho la foto de él, que había cogido de su lugar sobre la mesilla.

—¡Pero Eloy no está y tú has de seguir viviendo hija!

—No, no quiero vivir sin él. Él es mi vida, no soy nada si no estoy a su lado ¿no lo comprende? —la joven hablaba con la cabeza medio hundida en la almohada que absorbía su voz y sus débiles sollozos.

—Sara, aún eres una cría, tienes que recomponerte y seguir viviendo. Esto no se ha acabado, te queda lo mejor por vivir. Además, tienes una maravillosa hija que te dará muchas satisfacciones cuando salgas de este pozo en el que estás hundida. Ella te necesita, es un cachorrillo que depende de su madre. ¡No la puedes abandonar a su suerte Sara, no puedes hacer eso!

—No quiero seguir luchando doña Luisa. Solo quiero estar con él —Sara lloraba con amargura.

Luisa también lloraba, abiertamente, sintiendo en el pecho la congoja de la honda tristeza de esa joven a quien, en el poco tiempo que compartieron, había aprendido a querer como a una hija.

Con la firme convicción de una madre la animó para que se levantara de la cama y se diera una ducha. Ángela escuchaba atenta, no se había movido del sitio desde que llegaron. Sara, de camino al baño, pasó por delante de ella que se sintió aliviada al no recibir ningún reproche de su madre, y también porque alguien estaba tomando partido en su ayuda. La niña observó su lamentable aspecto, su pelo revuelto y las oscuras ojeras que la hacían parecer muy pálida. Luisa la acompañaba al baño que estaba situado al fondo de la minúscula cocina, pero no pudo entrar, era diminuto, solo cabía una persona allí dentro. Sara le dijo que no se preocupara por ella, que estaría bien sola. La mujer salió y, en cuanto se escuchó el agua correr, fue rápidamente a la habitación.

—¡Ángela ayúdame! —instó a la niña—. Quiero tener la habitación preparada cuando salga tu madre de la ducha, vamos a hacer la cama, corre…

La niña acudió animosa, haría lo que fuera porque su madre se sintiera mejor.

Luisa, de un tirón, echó toda la ropa de cama al suelo. Abrió de par en par la estrecha ventana y recogió completamente la persiana de madera verde para eliminar las telas de araña que allí anidaban desde hacía meses. Con la escoba se deshizo de las del techo y luego barrió el suelo recogiendo la ropa tirada por cualquier parte. Se movía con dificultad y jadeaba. Las pequeñas dimensiones del cuarto y su gran envergadura complicaban la tarea.

Buscó en la cómoda y encontró un juego de sábanas, viejo pero limpio. Las estiraron bien sobre el sucio colchón y pusieron la misma manta porque no había otra. La niña, resuelta, acataba con presteza todo lo que esa señora le pedía. Limpiaron el polvo y tiraron papeles rotos y restos de comida que se acumulaban en la coqueta. El olor allí era nauseabundo y Luisa se preguntaba de dónde saldría aquel hedor. Buscó debajo de la cama y en los rincones, pero solo encontró suciedad. Limpió con lejía las superficies de los muebles para eliminarlo y colocó ordenadamente los medicamentos en el cajón de la mesilla. Al cerrarlo vio la foto de Eloy junto a la lamparita de noche, la observó con indignación y la escondió en el fondo del cajón del que había sacado las sábanas. Después salió al comedor seguida por la atenta mirada de Ángela y volvió con el retrato de una niña pequeña que jugaba desnuda con la arena de una playa, la había visto sobre la nevera y supuso que era Ángela. La miró con ternura antes de colocarla en el lugar que el otro retrato dejó libre. Ángela, molesta, se acercó al mueble pasando por delante de Luisa, abrió el cajón y sacó la foto que la mujer acababa de guardar. La observó y después miró a la mujer.

—Él no tiene la culpa, quien quiso vivir en la ciudad fue Sara. Si no hubiéramos venido aquí seguiríamos en nuestra playa juntos y felices, con todos nuestros amigos —dijo la niña abrazando la foto y llevándosela con ella a su habitación.

Luisa no lo entendió, pensó que lo lógico era que la pequeña estuviera resentida con su padre por haberlas abandonado. No lo entendió porque desconocía lo que impulsó a Sara a volver a Madrid. No sabía que enfermaba de celos, que lloraba de impotencia cuando Eloy hablaba con otra mujer, que le hacía chantaje emocional con la responsabilidad que compartían, su hija, y le arrastró al sistema de vida que detestaba y del que había huido dejando todo atrás. Ella quiso enjaularle y él era un alma libre.

En diez minutos habían terminado con la habitación. Sara seguía en la ducha. Tras comprobar que estaba bien, Ángela y Luisa aprovecharon para vaciar las bolsas de comida y colocarla entre el armario de la cocina y el refrigerador. Cuando acabaron la mujer se sentó a descansar, un extraño dolor irradiado desde el centro de su espalda hacia los brazos la tenía inquieta. Sentía nauseas, pero pensó que era por el intenso olor a lejía y el disgusto de ver a esas dos criaturas desvalidas. Mientras esperaba que Sara saliera del baño cogió un bolígrafo que había sobre la mesa, tomó el cuaderno que reposaba al lado y, después de abrirlo por la primera hoja que encontró en blanco, se dispuso a escribir algo. Hizo varias pausas en las que, pensativa, secaba el abundante sudor de su frente. Al término dobló el papel y entró en la habitación de Sara. La niña la observaba, pero no quiso seguirla. El ruido del agua había cesado, su madre no tardaría en salir, y Ángela quería darle la sorpresa al descubrir la cantidad de comida que ahora tenían.

Sara era otra persona al aparecer en el comedor. Había peinado su pelo húmedo hacia atrás, el agua caliente encendió sus mejillas, y su mirada era serena. La cubría el cuerpo un albornoz blanco y al contraste su piel tostada, denotaba atisbos del moreno que había acumulado durante ocho años viviendo casi al aire libre. Se la veía de nuevo joven y bonita, y su cintura volvía a marcarse bajo el cinturón.

—¡Mira Sara! —dijo Ángela entusiasmada abriendo la nevera que apareció repleta de alimentos.

Sara no se había fijado antes en las bolsas llenas de comida, que estaban todavía en el suelo cuando salió de su habitación. La tristeza y el agradecimiento volvieron a aflorar en sus ojos. Si cualquier otra persona la hubiera traído alimentos los habría rechazado, no admitía limosnas, no quería humillarse. Pero Luisa era como una madre.

—Algún día pagaré lo que ha hecho por mí —dijo a la mujer casi al oído mientras la abrazaba.

—Esto no es nada Sara —la separó de ella sujetándole los hombros para sostener su mirada—. Págamelo cuidándote y velando por esta criatura. Tú la trajiste al mundo, ella no lo pidió, tienes la obligación de ser fuerte por ella y por ti. Y si tu hombre no vuelve será porque no quiere, no se acaba el mundo, tienes la vida por delante.

Sara miró a la niña y sintió indiferencia. El único lazo que la ataba a ella ya no estaba. De nuevo la ausencia se instaló en su pecho, volvió a su habitación y se tiró sobre la cama boca abajo, sollozando de nuevo desconsoladamente.

—¡Sara, por favor! —Luisa la había seguido y miraba impotente.

La joven dejó de llorar de repente y se sentó en la cama. Se dirigió a ella con una determinación iracunda que contrastaba con el agotamiento que mostraban sus ojos.

—Él fue quien quiso ser padre. «Hazme el regalo de una nueva vida Sara» me dijo, y yo que solo quería complacerle, acepté. Lo único que me importaba era hacerle feliz. Incluso estaba dispuesta a darle otro hijo para que no me dejara, pero llegué tarde. Lo hacía todo por él y ahora se va y me deja a mí con la cría… No debí complacerle, los hijos te roban el amor. Por eso me da igual lo que le ocurra a esa niña que no tenía que haber nacido nunca.

Las palabras, cuajadas de rabia, salieron a borbotones por su boca. Llevaba meses queriendo soltarlas. Era lo que sentía, no podía maquillar la realidad delante de Luisa que era la persona más cercana que había tenido desde que Eloy se fue. Esa mujer era su tabla de salvamento, tenía que poder hacer algo por ella. Esperó su reacción. Un gesto, una palabra, una caricia…

Pero Luisa dio media vuelta y salió de la habitación desolada. Sara comprendió que no iba a tener su aprobación. La acababa de perder sincerándose tan crudamente, aunque todavía guardaba su secreto más imperdonable. Había estado tentada de confesárselo y, sin embargo, se sentía tan violenta por lo que escondía que prefirió callarlo. Esa mujer, que lo que más había deseado en el mundo era ser madre, no podía compartir el peso que ella sentía por serlo. Nunca podría entender el rechazo y la inquina que profesaba a Ángela y hacia cualquier otro ser que pudiera significar un lastre para ella. Había sido un intento fallido, no consiguió hacerla entender que ella nunca deseó tener hijos, que Ángela fue poco menos que un regalo que entregó al hombre de su vida, un capricho de la persona que idolatraba y a la que nunca fue capaz de negar nada.

Si, fue Eloy quien quiso traer esa vida al mundo. Sara tenía entonces veinte años y no sentía la necesidad de ser madre, pero tras quedarse embarazada vivió los mejores momentos con su pareja. Él acariciaba su barriga hinchada, le daba masajes con aceites naturales, peinaba su cabello siguiendo sus ritos samskaras con los que aseguraba que no la abandonaría nunca, y cantaba en susurros para que su hija estuviera tranquila y conociera su voz. Pasaba más tiempo que nunca a su lado, se dedicaba casi en exclusiva a ella. Mostraba tal reconocimiento y estaba tan agradecido que la idolatraba, como si estuviera haciendo un milagro gestando esa criatura que nacería de la unión de los dos.

La noche que Ángela nació de forma natural, dejando a la madre fluir, toda la comuna participó en el alumbramiento. Se generó un ambiente místico. Iluminaron la cabaña donde Sara estaba pariendo con decenas de velas, encendieron incienso y flores de marihuana para mitigar el sufrimiento de la madre, y todos se mantuvieron cerca de la entrada tocando suaves melodías con sus guitarras y tambores a la espera de la inminente llegada. Ayudaron en el parto las mujeres que se encargaban de recibir a las nuevas criaturas que nacían en la comunidad, y tras el alumbramiento, envolvieron en una gasa blanca a la niña y ofrecieron a la madre tierra esa nueva vida recién estrenada. Eloy no podía dejar de acariciar a Sara con un agradecimiento infinito por su sufrimiento. La tomó en sus brazos y salieron de la cabaña a participar de la celebración. Ella le limpió una lágrima que rodaba por su mejilla. Le pidió que la dejara en el suelo para tomar a su niña de las manos que se la entregaban. Sin pararse a mirarla extendió los brazos y se la ofreció a Eloy.

—Esta es tu hija, la que me pediste. Ahora ella depende de ti— le dijo Sara emocionada aguantándose las ganas de añadir: y yo también.

—Y de ti —contestó él—. La ayudaremos a crecer juntos. La enseñaremos a existir en paz respetando la vida, y cuando pueda caminar sola, seguirá su propia senda. Hemos traído una nueva vida al mundo, no es nuestra, es libre pero aún no lo sabe.

Se quitó la blusa que llevaba puesta y tomó a su hija liberándola del tul blanco que la envolvía, ahora manchado por los restos de la sangre que la había mantenido viva durante nueve meses. Llevando a cabo el Yata-Karma, el samskara del nacimiento, la arrimó piel a piel a su pecho desnudo dándole la bienvenida a este mundo y sus bendiciones. Puso en sus labios una pizca de mantequilla y miel. sintiendo que siempre la amaría y, en su abrazo protector, padre e hija se sintieron uno.

Y lo fueron hasta su partida.

Luisa no había podido reaccionar ante la confesión de Sara. Salió espantada de esa habitación y se topó con Ángela, de pie, estupefacta, en medio del minúsculo comedor. Sobrecogida entendió que los dos metros escasos que separaban a la niña del cuarto donde su madre había expresado tan duramente sus sentimientos, no fueron suficientes para que la pequeña no escuchara todo con claridad y Sara lo sabía, aunque no la importó.

Se encontraba mal, la presión en su pecho había vuelto con fuerza y el aire se espesaba dificultando su respiración. Necesitaba salir a la calle, sentir el frío en su rostro.

—Cariño, ahora me tengo que ir —Luisa estaba pálida y su frente se había cubierto de gotas de frío sudor—. Olvida lo que has oído, tu madre está enferma y no piensa con claridad.

Se apoyó en la mesa, se sentía mareada. Ángela lo advirtió y corrió a por un vaso de agua que la mujer bebió a pequeños sorbos. El líquido alivió la fatiga al bajar por su garganta. Esperó un momento a que se deshiciera el nudo que sentía en el pecho y se recompuso para no asustar más a la niña.

—Escucha pequeña, ven a verme cada día cuando salgas del colegio, si no lo haces creeré que te ha ocurrido algo y vendré. Ven a verme siempre que quieras, cuando necesites cualquier cosa o si Sara se pone peor. No estás sola, yo te ayudaré, pero ahora tengo que irme. Lo siento, de veras.

Doña Luisa se puso el abrigo con la ayuda de Ángela y salió por la puerta con su bolso en la mano. Parecía agotada. Paró uno segundos recapacitando, se volvió hacia la niña lentamente y dijo fatigosa:

—Pequeña, si necesitas algo y yo no estoy, ve a tu colegio y habla con la hermana Regina, dile que yo te mandé. Puedes confiar en ella, es mi hermana y sabrá cómo ayudarte. Prométeme que lo harás Ángela.

—Lo prometo doña Luisa.

Ángela observó preocupada como la mujer se alejaba jadeante por el corredor. Sintió la necesidad de abrazarla y salió corriendo tras ella. La echó los brazos al cuello obligándola a inclinarse y apretó su abrazo.

—Gracias, gracias, gracias. Creo que siento por usted lo que sentiría si tuviera una abuela.

La mujer la miró con una ternura llena de añoranza, sonrió y se fue. Ángela volvió a casa con la sensación de extraña congoja, fue a su habitación, se acurrucó en su cama y se quedó dormida.

Doña Luisa murió aquella misma tarde a las puertas del mercado. Su corazón estalló y el último pensamiento fue para Ángela…

CAPÍTULO 4

diciembre 1976

Ángela salió del colegio y se dirigió directa al mercado, como le indicó doña Luisa la tarde anterior. Iba contenta, había dormido toda la noche del tirón, sin pesadillas, probablemente porque el hambre no la había despertado de madrugada, por eso no tuvo sueño y pudo estar concentrada. Durante la clase de plástica una de sus compañeras repartió una bolsa entera de caramelos Sugus por su cumpleaños. Ella guardó tres en el bolsillo de su babi, uno para doña Luisa, otro para Lola y el tercero para Sara.

Entraba en el mercado con el caramelo en la mano cuando, desde lejos, vio la tienda cerrada. Se le borró la sonrisa de la cara y ralentizó el paso. Al llegar se acercó para leer el cartel que alguien había colocado en el cierre de la tienda de ultramarinos y volvió a sentirse perdida. Centrada en el papel, una cruz negra presagiaba lo peor. «CERRADO POR DEFUNCIÓN» rezaba en grandes letras escritas con rotulador. Debajo, «Doña Luisa Martínez Ordesa falleció ayer. Se ruega una oración por su alma».

Llena de espanto dio dos pasos atrás.

—¡Ha muerto! —exclamó en voz más alta de lo que esperaba.

—Si hija, ayer se murió aquí mismo, en la entrada del mercado. ¡Menudo lío se formó en la calle! Pobrecita, si es que se lo decíamos siempre, ¡estás muy gorda Luisa, tienes que cuidarte! Pero ella solo cuidaba de los demás…

La que habló era la carnicera que despachaba en el puesto contiguo al de doña Luisa. Su respuesta iba dirigida a Ángela, pero cuando esta miró en su dirección ya no hablaba con ella sino con las parroquianas que esperaban para ser atendidas en su puesto, y que curioseaban con morbo, intentando enterarse de todos los pormenores del suceso.

Ángela salió corriendo de allí. Se arrepintió de haber ido el día anterior y juró no entrar al mercado nunca más. Se sintió responsable. Si no la hubiera acompañado a casa, esa señora no habría tenido que caminar tanto, cargada de bolsas. No hubiera tenido que subir andando los cinco pisos ni se hubiera disgustado con su madre. Si no se hubiera dormido habría llegado al colegio a tiempo y esa mujer estaría viva.

Lloró todo el camino hasta su casa. En el momento en que su madre se enterara de la noticia ella también lloraría. Además, la regañaría por haber vuelto otra vez a la tienda. Mejor no contárselo. Guardaría el secreto hasta que Sara se enterara por ella misma. Total, daba igual, doña Luisa no iba a volver.

Entró en casa y fue, como siempre, a la habitación de Sara. Ella no estaba en la cama. Miró en el baño y en su cuarto comprobando que estaba sola. Era muy extraño, su madre no salía si no era para comprar, pero ahora tenían mucha comida, no les hacía falta nada y además no tenían dinero...

Volvió a la habitación, miró alrededor observando que, de nuevo, estaba revuelta. Para pasar el rato y quitarse la angustia se puso a recogerlo todo e hizo la cama. El cajón de la mesilla estaba medio abierto y, al cerrarlo, el pico de un papel asomó de su interior. Tiró de él, era una hoja cuadriculada escrita a mano, la carta que escribió doña Luisa la tarde anterior.

Querida Sarita