Volver a Freud - Rodrigo Cornejo - E-Book

Volver a Freud E-Book

Rodrigo Cornejo

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Los trece textos que conformar el libro Volver a Freud: Una revisión de la metapsicología freudiana surgen de un conjunto de ocho jornadas realizadas durante los meses de agosto a noviembre de 2015 en la Universidad Andrés Bello, sede Viña del Mar organizadas por el área clínica de la carrera de Psicología a propósito de los cien años de la publicación de los primeros escritos dedicados a lo que Freud denominó en su momento como la bruja metapsicológica.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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VOLVER A FREUD

Una revisión de la metapsicología

©PÓLVORA EDITORIAL

Luis Thayer 95 Of. 510

ISBN: 978-956-9441-13-4

ISBN digital: 978-956-9441-65-3

Comité científico:

Alejandro Reinoso

Patricia Castillo

Editor: Lucas Sánchez

Corrector de estilos: Victor Saldaña

Productor: Jaime Sánchez

Diseño y portada: Simón Jara

Co-Financiamiento: Universidad Andrés Bello

Diagramación digital: ebooks [email protected]

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTEPulsión e Inconsciente como elementos centrales de la metapsicología

La pulsión, horizonte metapsicológicoGianfranco Cattaneo

El pulsionar de la lenguaNiklas Bornhauser

Los hoyos de la esquizofrenia en “lo inconsciente”: Freud entre las palabras y las cosasManuel Coloma

La metapsicología y los fundamentos delpsicoanálisisRolando Karothy

Estéticas del psicoanálisis: pulsión de muerte, sublimación y creación en freudLorena Souyris

SEGUNDA PARTELas relaciones entre historicidad, filogenia y temporalidad metapsicológica

El tiempo del inconsciente: la metapsicología freudiana a la luz del problema de la atemporalidad en psicoanálisisRodrigo Cornejo

Niños fonógrafos, lógicas bajo cero y la pulsión por lo real. La filogenia freudiana en su génesis textual(1895-1897)Mauro Vallejo

La “sinopsis de las neurosis de transferencia” y la imaginación onto-filogenética de freudSilvana Vetö

TERCERA PARTELa metapsicología en sus relaciones a la clínica psicoanalítica

Lo que se vuelve a jugar ¿qué pone en juego?Leticia Délano

Velar lo íntimoBelén Valdés

“Estoy cansada de pensar”. Presentación de un caso clínico iluminado por pulsiones y destinos de pulsión (1915) de S. FreudMiriam Pardo

CUARTA PARTEAcerca de un más allá de la metapsicología freudiana

La metapsicología freudiana y el saber del psicoanalistaMiguel Reyes

La metapsicología freudiana y el problema de la eficacia simbólica: notas para un programa de investigación interdisciplinarioFernando Valenzuela

INTRODUCCIÓN

Por otra parte te pregunto seriamente si para mi psicología que lleva tras la consciencia es lícito usar el nombre de metapsicología.

Carta a Wilhelm Fliess, del 10 de marzo de 1898

En 1915, Freud emprende la tarea de —según sus propias palabras— “aclarar y profundizar las hipótesis teóricas que podrían ponerse en la base de un sistema psicoanalítico”.1 Para ello, iniciará la labor de escribir, entre marzo y agosto de ese mismo año, una serie de doce artículos referidos a un conjunto de temas que determinarán la estructura misma del cuerpo psicoanalítico. Ese mismo año, se publican tres de los doce escritos de Freud (Pulsiones y destinos de pulsión; La Represión; Lo Inconsciente). En 1917 fueron publicados dos artículos más (Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños y Duelo y melancolía) los cuales serán los últimos conocidos de esta serie por los lectores de la época. Respecto de los otros siete artículos, nunca salieron a la luz pública (a excepción del texto sobre la Sinopsis de las neurosis de transferencia, descubierto en 1985 por Ilse Grubrich-Simitis) llevando a especular que estos fueron destruidos por el propio Freud. En la introducción a la recopilación de textos metapsicológicos, que lleva por título Trabajos sobre metapsicología, James Strachey señala tener conocimiento de los temas trabajados en cinco de esos siete artículos: la conciencia, la angustia, la histeria de conversión, la neurosis obsesiva y el ya mencionado acerca de las neurosis de transferencia en general; y menciona que posiblemente la sublimación y la proyección habrían sido los temas principales de los otros dos artículos no especificados.2

Pese a que el plan original no pudo ser materializado en su totalidad, los textos que sí fueron publicados permitieron sentar las bases (ya avanzadas en El proyecto de psicología para neurólogos y La interpretación de los sueños), a través de modelos conceptuales, sobre los cuales podía descansar el psicoanálisis (al menos hasta la primera tópica). El esfuerzo de Freud, plasmado en el desarrollo de esta “criatura ideal de mis desvelos”,3 es decir de su metapsicología entendida como superación de la psicología, como un más allá de la psicología, como psicología de lo inconsciente, o como dirá Assoun, el núcleo teórico del psicoanálisis,4 no puede obviar el hecho que en el origen, la metapsicología está estrechamente vinculada a la metafísica. Assoun plantea que ella (la metapsicología), podría ser vista como una especie de “hijo bastardo de la metafísica y de la psicología”.5 Por cierto, para Freud, este vínculo se establece al modo de una superación. Para el primer psicoanalista, la metapsicología no es sólo superación de la psicología, es también y necesariamente una superación de la metafísica.

Creo, de hecho, que buena parte de la concepción mitológica del mundo, que penetra hasta en las religiones más modernas, no es otra cosa que psicología proyectada al mundo exterior. El oscuro discernimiento (una percepción endopsíquica, por así decir) de factores psíquicos y constelaciones de lo inconciente se espeja -es difícil decirlo de otro modo, hay que ayudarse aquí con la analogía que la paranoia ofrece en la construcción de una realidad suprasensible que la ciencia debe volver a mudar en psicología de lo inconsciente. Podría osarse resolver de esta manera los mitos del paraíso y del pecado original, de Dios, del bien y el mal, de la inmortalidad, y otros similares: trasponer la metafísica a metapsicología.6

La necesidad de Freud de cimentar su psicología sobre la base de la observación y la clínica (es decir, sobre fundamentos científicos), lo conducen rápidamente a tomar distancia del ámbito meramente especulativo (pese a su temprano interés por asuntos de filosofía, asistiendo por ejemplo a los cursos de Brentano sobre Aristóteles). No obstante, estas aprehensiones hacia lo especulativo7 comienzan a perder fuerza hacia el final de su obra. Si en 1901, cuando debuta el término metapsicología en la obra de Freud, aquel hace referencia principalmente a una psicología de lo inconsciente, en 1937, en uno de sus últimos trabajos, el término apunta más bien a una especulación necesaria sin la cual no se puede avanzar en los caminos que permitirían despejar la relación de la pulsión al yo. Reticencia.

[…], queremos significar otra cosa, que en términos aproximados se puede designar como el «domeñamiento» de la pulsión: esto quiere decir que la pulsión es admitida en su totalidad dentro de la armonía del yo, es asequible a toda clase de influjos por las otras aspiraciones que hay en el interior del yo, y ya no sigue más su camino propio hacia la satisfacción. Si se pregunta por qué derroteros y con qué medios acontece ello, no es fácil responder. Uno no puede menos que decirse: «Entonces es preciso que intervenga la bruja».” La bruja metapsicología, quiere decir. Sin un especular y un teorizar metapsicológicos —a punto estuve de decir: fantasear— no se da aquí un solo paso adelante. Por desgracia, los informes de la bruja tampoco esta vez son muy claros ni muy detallados. Tenemos sólo un punto de apoyo —si bien inestimable—: la oposición entre proceso primario y secundario, y a este he de remitir aquí.8

Si en un primer momento del desarrollo del psicoanálisis, el proyecto de una serie metapsicológica se vuelve necesario para dar consistencia conceptual y teórica a la observación clínica, en un segundo momento, el conjunto de nuevas elaboraciones que emergerán alrededor de 1920 (lo que se conoce como “el giro freudiano”) y que significará, entre otras cosas, repensar el papel de las pulsiones al interior del aparato anímico (en particular la incorporación de la noción de pulsión de muerte), el rol de la compulsión a la repetición y la reorganización de lo traumático, y las insuficiencias del yo de la primera tópica (que llevan a Freud a postular una segunda tópica), implican repensar la tarea de organizar una serie de escritos en torno a una metapsicología. La sistematización conceptual que había pensado Freud en torno a sus doce textos metapsicológicos a mediados de la década de 1910 se veía entonces cuestionada a causa de los nuevos descubrimientos teóricos y de las dificultades que presentaba la clínica. Freud siempre se cuidó de no abandonar el terreno clínico y de no construir teorías que no estuvieran sostenidas en la observación, tomando así distancia del terreno especulativo.

Así, la propuesta de una pulsión de muerte (1920) que lleva a una reorganización del punto de vista económico y la aparición de la segunda tópica (1923), entre otros aportes, terminarán por hacer desistir a Freud, del proyecto de una metapsicología. Dos intentos de sistematización a partir de la idea de modelos habían sido propuestos con anterioridad a este proyecto (en El proyecto de psicología para neurólogos de 1895 y en el capítulo VII de La interpretación de los sueños de 1900-1901). Por el contrario, este tercer intento (los textos de la metapsicología), no vio la luz más que de modo fragmentario. Como sabemos, Freud renuncia finalmente a publicar una metapsicología. Así lo expresa a Lou Andrea Salome el 2 de abril de 1919:

¿Dónde está mi Metapsicología? En primer lugar, no ha sido escrita aún. No me es posible elaborar el material de manera sistemática; la índole fragmentaria de mis observaciones y el carácter esporádico de mis ideas no lo permitirían. Sin embargo, si vivo diez años más, puedo seguir trabajando durante todo ese tiempo, no me muero de hambre, no soy asesinado, no quedo demasiado sumergido por la desdicha de mi familia o de quienes me rodean —y es pedir que se den muchas condiciones—, entonces prometo hacer ulteriores contribuciones a ella. En esta línea, una primera estará contenida en mi ensayo “Más allá del principio de placer”.9

Durante el tiempo comprendido (desde El proyecto…, hasta los Trabajos sobre metapsicología, pasando por La interpretación de los sueños) el problema, de orden epistemológico, que intentó resolver Freud no es sino el mismo: como dice Lutereau (2010) “formalizar el factor cuantitativo”.10 Las dificultades de Freud en poder definir el terreno de acción de la pulsión y las relaciones de esta con la representación vienen a evidenciar la complejidad de dicha formalización. De esta forma, el proyecto de un compendio de metapsicología que pudiese incorporar el conjunto de su obra (al menos la primera y la segunda tópicas) se vuelve una tarea imposible para Freud. En este sentido, con los aportes contemporáneos a la teoría del psicoanálisis ¿se puede pensar en una nueva metapsicología?, ¿qué otros conceptos podrían estar incluidos en esta nueva metapsicología? O quizás, ¿por qué no desistir de la tarea de una metapsicología tal como lo expresa Lacan?

Los textos que componen esta obra tienen como origen un conjunto de ocho jornadas que se realizaron durante los meses de agosto a noviembre de 2015 en la Universidad Andrés Bello, sede Viña del Mar, organizadas por el área clínica de la carrera de Psicología y cuyo nombre fue “Jornadas de Metapsicología Freudiana”. El libro no retoma el orden ni la integralidad de las ponencias presentadas en aquellas jornadas. El orden del texto está referido a cuatro ejes que corresponden a las cuatro partes de la obra:

• Pulsión e Inconsciente como elementos centrales de la metapsicología.

• Las relaciones entre historicidad, filogenia y temporalidad metapsicológica.

• La metapsicología en sus relaciones a la clínica psicoanalítica.

• Propuestas de superación de la metapsicología freudiana.

Así, en la primera parte, Cattaneo abre la recopilación trabajando el concepto de pulsión, noción fundamental para la metapsicología e insistiendo sobre el carácter transgresor, de artificio, de “montaje” dirá Lacan, de toda sexualidad humana, superando así toda visión psicológica y biológica de aquella, en la cual siguen inmersos muchos discursos científicos actuales. En un segundo tiempo, explorando el espacio de trabajo de la pulsión, el autor pone en tensión el discurso de la psiquiatría y la necesidad de construcción de un concepto como el de instinto frente al discurso psicoanalítico, para finalmente persistir en el hecho que la pulsión es una insistencia perturbadora que atraviesa y constituye a la subjetividad satisfaciéndose sólo por su recorrido, su tensión es un lazo y su meta el retorno en circuito, sin nunca alcanzar una totalización biológica.

El texto de Bornhauser, atravesado por el análisis filológico, propone que la metapsicología deviene tal no tanto por proponer un nuevo topos, un más allá de la psicología (más allá de la consciencia), sino principalmente porque ella pone de relieve y permite el despliegue de una diferencia no domeñable de la pulsión, en sus relaciones a la lengua. Así, partiendo de la búsqueda y sentido de los primeros registros freudianos del término metapsicología hasta un interesante examen del vocablo alemán Trieb, Bornhauser nos muestra cómo la metapsicología no podría ser pensada sin el estudio de la pulsión.

Por su parte, Manuel Coloma se propone acceder a la metapsicología abordándola desde los aportes realizados en los trabajos de Victor Tausk a la noción de inconsciente freudiano en relación al lenguaje; en particular, desde su abordaje de la esquizofrenia, que permite esclarecer el modo de trabajo de los procesos primarios y secundarios, y el problema de las representaciones-cosa y representaciones-palabra, tanto en la neurosis como en la esquizofrenia. Para ello, un singular eje atraviesa implícitamente todo el trabajo del autor: el triángulo intelectual-afectivo Freud- Lou Salomé-Tausk, mostrando la influencia de este último en el texto “Lo inconsciente” de 1915 de Freud, uno de los ejes de su metapsicología.

El texto del psicoanalista Rolando Karothy aborda el tema de la metapsicología partiendo del vocablo griego que le da origen: la μετὰ φισικα, y un comentario de Ferenczi al respecto, del cual tomará distancia. Para el autor el psicoanálisis se ocupa del Otro, de la relación al semejante y del objeto sexual, en una tarea cuyo eje articulador no es otro que el inconsciente. Mostrando el valor que tienen las diferentes épocas de la enseñanza de Lacan para la comprensión del inconsciente, el autor nos conduce a una interesante reflexión en torno a la estrecha relación entre goce y palabra, insistiendo en que en el último tramo de la enseñanza de éste, pensar la comunicación no tenía tanto una exigencia ética o técnica sino una perspectiva metapsicológica, en la que sólo existe el monólogo. De esta forma, la interpretación en análisis, ese espacio autístico de a dos, podría poner límite al monólogo autístico de l’apparole.

El trabajo de Lorena Souyris se inscribe en las relaciones de la metapsicología con la pulsión de muerte. Para ello, la autora penetra en la complejidad de lo ominoso, ocupándose de aquello “no-yo” que, repudiado por el yo, vuelve al yo como doble a través de la experiencia de la creación en la obra de arte. Pulsión de muerte y experiencia de despersonalización que muestran al deseo como ese resto, esa pérdida que es plasmada en la representación estética. Tomando algunas referencias freudianas y articulándolas a los trabajos de Bataille, Souyris se interroga acerca de la estética y el erotismo, en razón de sus lazos a la pulsión destructiva, afirmando que la actividad erótica no se reduce a la reproducción sino al ejercicio de transgresión que le liga a la muerte.

En la segunda parte, el texto de Cornejo trae a presencia el problema del tiempo en psicoanálisis. En el seno de la disciplina creada por Freud, ya no es posible hablar de tiempo, sino de temporalidad psíquica en la medida en que el tiempo es un dato de la consciencia mientras la temporalidad psíquica (o atemporalidad/Zeitlos como la llamaba Freud), gobernada por los procesos inconscientes, da cuenta de una insistencia de las mociones de deseo cuya estructura se expresa a través del concepto temporal de Nachtraglichkeit. Si bien Freud nunca postuló explícitamente una teoría del tiempo o de una temporalidad inconsciente, el autor intenta rastrear los textos que permitan dar luces acerca de la posición freudiana frente a la temporalidad psíquica.

El texto de Mauro Vallejo inicia recorrido subrayando el carácter de fallido de la metapsicología (Freud abandonó el proyecto de publicar un libro con varios de los textos que había escrito y que había pensado inicialmente como el edificio conceptual sobre el cual se sostendría el psicoanálisis), sosteniendo que en gran medida las dificultades para llevar a buen puerto el proyecto metapsicológico radicaron en que dos de sus componentes siempre fueron y han sido aún en la actualidad, un obstáculo en la interpretación freudiana: la filogenia y lo real. Realizando un recorrido de la etapa pre-analítica (correspondencia con Fliess), Vallejo pone en tensión el concepto de temporalidad en sus relaciones a la filogenia y la ontogenia, mostrando cómo la búsqueda de “lo real” traumático en el sujeto fue un problema frente al cual Freud nunca cedió terreno.

Silvana Vetö nos presenta uno de los textos perdidos de la metapsicología freudiana: Sinopsis de las neurosis de transferencia (recuperado en 1983 por Ilse Grubrich-Simitis) con el objetivo de discutir a la historiografía y ciertas corrientes postfreudianas que han tendido a ocultar la “hibridación”, tal como la denomina la autora, entre el psicoanálisis y la biología. Vetö destaca una afirmación de Ritvo, para quien estos textos desechados por Freud (El Proyecto…, los escritos metapsicológicos que no vieron la luz), en su carácter de restos, permitirían demostrar que las especulaciones o incluso los errores, tienen un lugar fundamental en el proceso de construcción de su pensamiento. En este sentido, Vetö muestra cómo la tesis filogenética expuesta en este documento extraviado, aún con el componente de especulación resaltado por el propio Freud, es una idea que no abandona jamás la pluma del creador del psicoanálisis, estando presente hasta en su última obra.

La tercera parte de la obra, centrada en una reflexión que toma a la clínica psicoanalítica como eje, Délano nos introduce en el problema del juego infantil en sus relaciones a lo inconsciente. Para ello, nos ofrece un recorrido que va desde la clasificación de juegos en Roger Callois, pasando por el trabajo de Freud en torno al juego, hasta la presentación de un caso clínico. Esta puesta en escena de los personajes por parte del niño, similar a la posición de espectador de un adulto frente a la obra de teatro, no sólo movilizaría un goce inconsciente que explicaría el carácter repetitivo de esta actividad en el niño, sino que al mismo tiempo le posibilita situarse en otro lugar, crear una nueva realidad que le permite elaborar el displacer de la ausencia materna.

Belén Valdés se toma del concepto de lo traumático en sus relaciones a Freud y Ferenczi, para comenzar una reflexión que la llevará a compartir y analizar algunos casos clínicos en los cuales se revela la complejidad de escuchar y trabajar en torno a lo traumático, proponiendo la posibilidad de construir un velo que permita soportar y hacer existir al sujeto más acá y más allá del trauma.

Por su parte, Miriam Pardo nos presenta un detallado examen del concepto de pulsión en Freud, partiendo de Pulsiones y destinos de Pulsión, pero también haciendo referencia a otros textos, como Tres ensayos de teoría sexual y Más allá del principio del placer, en un esfuerzo por establecer una reflexión, incluyendo la presentación de un caso clínico, acerca del papel del juego y su vínculo a la pulsión de muerte, la compulsión de repetición y al lugar vacío dejado por el objeto perdido.

La cuarta parte y final del libro, consagrada a las propuestas que intentan pensar la metapsicología y sus limitaciones, abre con el texto de Miguel Reyes quien, partiendo de la pregunta de por qué Lacan no utilizó con regularidad el término metapsicología en su enseñanza, realiza un recorrido histórico y epistemológico mostrando la necesidad freudiana de elaborar una metapsicología, estableciendo una diferencia entre la “actividad metapsicológica” y los “trabajos metapsicológicos”, para luego dar paso a una reflexión que revela el carácter renovador del saber lacaniano y en qué medida, permaneciendo fiel a la enseñanza freudiana, toma distancia de su metapsicología.

Por su parte, Fernando Valenzuela, situándose desde el estudio de nuevas formas de interacción en contextos de salud, se propone trabajar en torno a la posibilidad de comprensión del fenómeno de la eficacia simbólica en Lévi-Strauss a la luz de la metapsicología freudiana, observando en esta última un modelo eco-sistémico que abriría las puertas a un trabajo interdisciplinario, posibilitando modos de acoplamiento estructural entre los sistemas psíquicos y otros sistemas (fisiológicos, culturales y sociales).

A más de cien años de la publicación de los primeros escritos dedicados a lo que Freud denomina su “bruja metapsicológica”, la reunión de estos trece textos demuestra que ella sigue muy viva y a la espera de nuevas discusiones en torno a su legado.

Rodrigo Cornejo

I PRIMERA PARTE

Pulsión e Inconsciente como elementos centrales de la metapsicología

LA PULSIÓN, HORIZONTE METAPSICOLÓGICO

Gianfranco Cattaneo

Lo que propongo a continuación con el título de este trabajo –La pulsión, horizonte metapsicológico– será desarrollado de dos maneras diferentes pero que considero complementarias. No como un horizonte del horizonte, podríamos decir de entrada, sino como la duplicación del mismo. En la primera parte, el propósito es describir y analizar una suerte de contexto que acompaña el surgimiento del problema de la pulsión sexual en Freud. La pulsión es un concepto propio del psicoanálisis así como un debate con el “horizonte médico-psiquiátrico” de su época. Me refiero con esto a que lo que Freud identificaba en Tres ensayos de teoría sexual (Freud, 1992a: 123) como “la opinión popular” respecto de la pulsión sexual –que faltaría en la infancia, advendría en la pubertad y consistiría esencialmente en la atracción que un sexo ejerce sobre el otro– se encontraba fuertemente afianzada por el descubrimiento del instinto genésico y de la psicopatología derivada de la perversión de dicho instinto hecho por la psiquiatría del siglo xix. Veremos que la normalidad se constituye a sí misma fundamentalmente como norma, y por lo tanto, como dispositivo de normalización antes que como un estado de cosas. Y que además, el “descubrimiento” del instinto, tal como lo señala Foucault, será la puerta de entrada de la psiquiatría a esa “opinión común”. Ahí donde parece que hay un solo interlocutor, el texto de Freud sitúa dos.

En abierta oposición a la supuesta “evidencia” con que se presenta el instinto, así como también a las condiciones que sostienen su “descubrimiento”, Freud introducirá a la pulsión sexual desde el comienzo de su trabajo de 1905 como aberrante, desviada y transgresiva. Sin embargo, para Freud la pulsión sexual no es simplemente la constatación de la existencia de un desvío respecto de una “sustancia sexual” predeterminada –en su variante biológica, psicológica o sociológica (Freud, 1992a: 200)– se reflejaría en el desconocimiento patológico de un sujeto del objeto sexual que le corresponde y de la meta que con él se quiere conseguir. Freud sabía que conformarse con esta concepción de la transgresión perpetrada por la pulsión respecto de toda necesidad, solamente lo habría conducido a sostener con más fuerza lo que buscaba rebatir con ella: que existen objetos y metas normales, adecuados unos a otros. Esta adecuación es la que traduciría erróneamente el “carácter esforzante [Drang]” de la pulsión (Freud, 1992b: 117) entre la satisfacción anhelada y la conseguida, en el alejamiento infinito de los objetos ideales, producido por prácticas sexuales descarriadas y excesivas respecto del trayecto ya trazado. Como si fueran la síntesis de la percepción o del pensamiento, los objetos permanecerían velados en el horizonte de la representación, convirtiéndose en un fantasma que sobrevuela los tratados de psicopatología para sostener la normalidad del instinto por la única y paradójica razón de que nunca se han presentado como tales.

Contra esto es que Freud propone que la pulsión sexual como desvío, aberración y transgresión, como un “montaje” de parcialidades dirá Lacan (1997: 176), ya es la sexualidad humana; los ejemplos clínicos de las “numerosas desviaciones respecto de la meta y del objeto” que inundan Tres ensayos de teoría sexual, son por lo tanto mucho más que ejemplos, son ya la cosa misma. No hay más ni otra cosa que artificio y desvarío en la sexualidad –tanto dinámica como económicamente hablando, ya que la pulsión es fuerza y movimiento, cantidad de trabajo al mismo tiempo que magnitud. La necesidad de una metapsicología es lo que despunta aquí, habida cuenta de que el problema que presenta Freud es irreductible a datos biológicos. Lo que constituye esencialmente a la pulsión sexual es la inexistencia de una justa medida para la sexualidad; es la denuncia freudiana de toda suposición de una moral de la naturaleza y sus exigencias idílicas. El deseo encuentra en esa inexistencia su único terreno fértil, circunscrito a partir de la imposible conciliación de los contrarios. Pero que “Venus esté proscrita de nuestro mundo” –como afirma Lacan (2008: 810)– no es el efecto de una decadencia, sino que la demostración de que la norma, en lo que a la sexualidad respecta, no tiene afuera. La norma no es la aplicación de un régimen abstracto respecto de algo que estaría ya dado, sino que ella misma, a partir de su mismo gesto normativo, es la que debe soportar el salto de la división de lo normal y de lo anormal, lo que la expone a una horizontalidad que no deja de desplazarse y expandirse.

Encontramos así la estrategia del dispositivo. Mientras la norma sólo puede dividir a partir de un acto soberano, sostenida sólo en el abismo de su propia voluntad –ya que debe fundarse a sí misma para ser lo que pretende ser– será la “opinión popular” la que le otorga la sustancia en que dicha operación de división opera, porque ella es la que, como afirma Freud, “representa claramente la naturaleza de la sexualidad” (Freud, 1992a: 123). Pero la sustancia de la “opinión popular” no es extensa, sino simbólica. Lo que concede el lenguaje popular –al no tener una designación precisa para la necesidad sexual– es el asentimiento subjetivo del que carece la norma para fundarse como tal.

Ahora bien, para que esto que nos propone Freud pueda sostenerse en el psicoanálisis –tanto clínica como epistemológicamente– por encima del horizonte médico-psiquiátrico, la pulsión debe delimitar su propio horizonte, cercándose a sí misma de un modo que debe ser claramente determinado. Luego de desanudar instinto y objeto, poniendo de relieve la fuente, el impulso y la meta de la pulsión para dejar atrás aquel primer horizonte, Freud buscará la manera de volver a enlazar la libido que allí persiste, pero de manera que ella inscriba la pérdida que se produjo: la de la “sustancia sexual” como la del acceso directo a sí mismo. De esta manera, la pulsión freudiana –como el “dato radical de la experiencia psicoanalítica” (Lacan, 1997)– será pensada por Lacan como constituyéndose en un trayecto circular, el que cerrándose sobre sí, en una deriva que deslinda sus propios límites, vacía toda representación y desfonda toda norma. Sólo de esa manera, un objeto, devenido cualquiera para la pulsión, podrá venir a su encuentro para que esta circunde su vacío. Explorar el espacio de este dato radical y de uso específico del psicoanálisis, será la segunda vía de entrada que he elegido para desarrollar nuestro tema, y que encontramos extensamente desarrollada por Freud una década después de Tres ensayos de teoría sexual” en “Pulsiones y destinos de pulsión (Freud, 1992b). A partir de este texto, y en una lectura conjunta con el seminario de Lacan Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (Lacan, 1997), trataré de aproximarme a lo que sería un horizonte pulsional y a por qué la pulsión nos permitiría concebir un horizonte metapsicológico.

I.

Procediendo por “analogía” respecto de las necesidades que hacen a la conservación de la vida, la biología –nos dice Freud en la primera página Tres ensayos de teoría sexual– se hace del supuesto de una “pulsión sexual” para explicar la existencia de “necesidades sexuales” en el hombre y el animal. La “pulsión de nutrición” es al “hambre”, lo que “la pulsión sexual” es a la “libido” (Freud, 1992a: 123). De esta manera, de lo que se trataría con la pulsión en ambos casos, es de la expresión de una necesidad, la que suponemos se encuentra a la base del acto que la expresa con el fin de cancelar su excitación. Cuando el hombre se nutre, decimos que lo que hace con ello es satisfacer su hambre. El hambre es la necesidad que empuja y conduce su actuar para alcanzar una meta, la nutrición, lo que completa una suerte de ciclo pulsional. Pero lo que hace el hombre a partir del acto con que satisface su “necesidad sexual” ya implica una complejización de este esquema. Porque ¿qué significa satisfacer la “libido”?, ¿qué necesidad es la que nombra ese nombre? Este movimiento del texto, nimio a primera vista, me parece sin embargo decisivo para lo anunciado al comienzo, por lo que vale la pena detenernos un instante en él. Siendo precisamente una analogía lo que Freud nos presenta, es decir, una figura retórica, el problema de la sexualidad y el de la necesidad que la representaría, se entrama “con la más determinante figuración poética de Occidente” (Claro, 2014).

A diferencia del paralelismo como hábito figural de Oriente y de la tradición hebrea, la analogía metafórica ha marcado nuestros hábitos de pensamiento desde la Grecia clásica. Esta consiste en una comparación entre dos elementos sensibles, con el fin de producir un concepto o una idealidad que habilita la comparación. Así, en la comparación analógica a la que alude Freud al comienzo del texto, coloca un término que no aparece como tal –carecemos de palabras para su “designación precisa” nos dice Freud– pero que se desprende del modelo “sensible” del hambre y de la nutrición, y a la que se le da un nombre por su equivalencia con ese modelo: “libido”. Por lo tanto, la realidad de las necesidades parece de esta manera constituirse a partir de la comparación con algo que no podemos designar directamente, como una idealidad que la trasciende y se le impone a la sexualidad a partir de un esquema que con el cristianismo se convertirá en la separación de la carne y del espíritu, y que concluirá, en nuestra actualidad, con la ideología del progreso, donde la historia material avanza en vías de un final ideal. Si a partir de la analogía el lenguaje sólo imita o representa a la realidad al modo de una alegoría, si la “libido” tan sólo es el nombre que une la necesidad un poco más acuciante, sólo podremos referirnos a nuestro deseo y nuestro goce “como si” fueran una apetencia, como el excedente inaprensible que demuestra una necesidad satisfecha. Cuando nos demos cuenta de esto –nos informa el sentido común– podremos volver a nuestros asuntos.

Pero esta idealidad en la que permanece suspendida la “necesidad sexual” es la que vemos a Freud criticar en la misma estructura lingüística y retórica que la constituye, con el fin de desplazar aquella forma de vinculación a partir de la consideración económica y dinámica de una libido entramada inseparablemente en el lenguaje. Como una referencia vacía pero plena de significaciones, esta se desplaza y se fija en el lenguaje. Por eso es que todas las figuras que la representan no podemos nombrarlas como tal, y cuando lo hacemos, ese nombre no les queda. Sus figuras y sus nombres abundan y proliferan, lo que explica que para Freud no hay sexualidad sin discurso, así como tampoco satisfacción sin lenguaje. Es en torno a esta especie de “espacio en blanco” dejado por el término ausente de la proporción –el que, por lo demás, es donado por la ciencia, en un gesto que cubre el vacío de un lenguaje que al enfrentarse a la sexualidad no nombra nada como tal– donde Freud no sólo hará pivotear el vaivén de la pulsión sexual, sino que además demostrará la perturbación económica que esta produce en el ordenamiento razonado de las necesidades. La libido disloca la proporción sin mezcla propuesta por la analogía.

Tendremos que esperar todavía una década para que Pulsiones y destinos de pulsión haga evidente esta cuestión que aquí recién despunta, haciendo de la voz media del verbo ser el punto de giro de la pulsión. De todas maneras, esta idealidad que proyecta su sombra sobre lo sexual ya es tensionada en Tres ensayos de una teoría sexual entre dos extremos –la meta sexual y el objeto sexual– que la vuelven incapaz de elevarse limpiamente por sí misma y separarse de las significaciones que la implican. Por lo tanto, el problema se invierte, porque la palabra se confunde inevitablemente con su uso, y es el que esfuerza y exige a todo término que se proponga en el lugar de lo necesario. Siguiendo en esto a Freud, para Lacan la libido sexual no es una ausencia sino que un exceso de presencia que vuelve vana toda satisfacción de la necesidad allí donde esta se sitúa, y que hace que la necesidad rechace la satisfacción para preservar la función del deseo. Es la necesidad entonces la que como término ideal desaparece doblemente, como arrastrada por la estela de la satisfacción sexual. Esto último ya lo podemos apreciar en la estructura de la analogía, ya que el concepto que debe ser producido por la comparación de los términos sensibles, al mismo tiempo es el término que permite que esa comparación se produzca. Para Freud, el ideal se encuentra plagado de errores; él mismo es una copia infiel de la realidad que busca representar. Toda representación que lo tenga como condición para decir cualquier cosa respecto de la pulsión sexual –en vez de considerarlo como un efecto del exceso que esta implica en la significación– será “tan imprecisa como apresurada”. Más allá de la representación es donde se encuentra todo el problema de la sexualidad para Freud.

Vemos entonces que la analogía es la que sitúa el terreno en el que se llevará a cabo la disputa con la psiquiatría. Antes que rebatir sus objetos, es el discurso de la norma y sus hábitos de representación lo que primero es cuestionado. Para esta, el carácter negativo con que hace existir una necesidad para lo sexual, constituye el zócalo desde el cual se sostiene la presencia pura del instinto. Todas las prácticas que lo niegan, por desconocimiento o por burla, lo sostienen. Para Freud, en cambio, esa negatividad muestra la consecuencia de una constitución en el ser anudada a lo sexual. Es la denuncia misma del concepto de instinto. Por lo que debido a la sexualidad, la existencia del hombre es irreductible a un dato biológico –pero aunque se entrame íntimamente con el nombre que el discurso biológico le presta.

Distanciándose críticamente de la genitalidad y de la fábula de Aristófanes, en la que las dos mitades en las que estaría dividido el hombre aspiran a reunirse –es decir, del complemento genital de los sexos como herramienta de análisis– en el primer capítulo de Tres ensayos de teoría sexual Freud se dedica a investigar lo que denomina “aberraciones” o “desviaciones” sexuales. Analiza primero en detalle la desviación respecto del objeto a partir de sus consideraciones sobre la inversión y sobre “la meta sexual de los invertidos”, con el fin de esclarecer su génesis. Pero lo que Freud consignará finalmente con su indagación resulta de no haber podido cumplir con la tarea a la que se entregó en un comienzo. Es decir, que allí donde se esperaba encontrar una génesis u origen para la inversión, no se encuentra más que una soldadura, una construcción que amalgama pulsión y objeto, y que permanece velada tras lo que se considera como el “cuadro normal” de la sexualidad (Freud, 1992a):

Así, nos damos cuenta de que concebíamos demasiado estrecho el enlace [anudamiento] entre la pulsión sexual y el objeto sexual. La experiencia recogida con los casos considerados anormales nos enseña que entre pulsión sexual y objeto sexual no hay sino una soldadura que corríamos el riesgo de no ver a causa de la regular correspondencia del cuadro normal, donde la pulsión parece traer consigo al objeto. Ello nos prescribe que debemos aflojar, en nuestra concepción, los lazos entre pulsión y objeto. Probablemente, la pulsión sexual es al comienzo independiente de su objeto y tampoco debe su génesis a los encantos de este (p. 134).

De esta manera, Freud no sólo crítica lo que llama en el texto la “concepción popular”, sino también crítica la primera definición que él había propuesto en el texto, cuando definió el objeto como “la persona de la que parte la atracción sexual”. Es un error creer que la pulsión sexual está determinada por una excitación proveniente del objeto, porque el objeto no está predeterminado. Podríamos decir que la meta sexual se alcanza a través del objeto y las acciones correspondientes con este, pero la meta es la satisfacción, no el objeto. La satisfacción es prioritaria respecto de aquello “en lo cual” esta acción placentera encuentra su culminación. En este sentido, es posible afirmar la contingencia del objeto, pues en la medida en que el objeto es aquello en lo cual el fin logra realizarse, poco importa después de todo su especificidad o su individualidad. Basta con que posea ciertos rasgos capaces de permitir que la acción satisfactoria pueda realizarse, esto es, que en sí mismo permanezca relativamente indiferente y contingente. Recién cuando el objeto reclame amor, reclamará un ser que lo caracterice y que lo aleje por un instante de la contingencia y el anonimato. Pero ese reclamo no eliminará la indiferencia inicial, porque el amado no dejará nunca de estar atado a sus atractivos parciales.

Luego de declarada la contingencia del objeto, Freud podrá mostrar su relación con el “carácter esforzante” de la pulsión mediante el análisis de las perversiones o los desvíos de la meta. A diferencia de la necesidad, el esfuerzo ligado a la satisfacción de la pulsión es “constante”. Esto quiere decir que la satisfacción de la pulsión no posee un efecto de reducción o de apaciguamiento de su intensidad. Su impulso no se reduce cuando alcanza la meta, por lo que hasta el acto sexual “más normal” comporta en su origen rasgos de perversión, los que se encuentran desperdigados en las metas preliminares de la sexualidad o formas intermedias de relacionarse con el objeto sexual –intermedias en la vía hacia el coito. La meta sexual perversa y la normal conviven en una misma vía, comparten un mismo trayecto, ya que ambas comportan un placer en sí mismo, al tiempo que aumentan la excitación que busca mantenerse hasta alcanzar la meta sexual definitiva. No es por tanto respecto del contenido de la meta que se diferencian estas dos corrientes, aclara Freud. Es por la pérdida de la plasticidad que implica el pasaje de lo intermedio a lo continuo y viceversa. Es decir, las corrientes se separan desde que hay un momento intermedio que se vuelve exclusivo y fijo como fuente de satisfacción, produciendo un objeto con el que se busca desandar el camino que se ha tomado. A esto se debe que ese tránsito sea considerado por Freud como una elaboración psíquica, como que tambien compare al fetiche con un recuerdo encubridor y que haga de la neurosis, por así decir, “el negativo de la perversión” (Freud, 1992a: 150). Por lo tanto, “es la idealización de la pulsión la que tiene como resultado las perversiones más nefastas”, ya que solamente en la concepción de una “omnipotencia del amor” (p.161) –lo que debe comprenderse como una totalización de las parcialidades pulsionales por la vía de un amor sublime– es que aparecen estos desvíos de la pulsión, como excedentes de la totalidad anhelada y exigida.

La querella de Tres ensayos de teoría sexual con el gran descubrimiento de la psiquiatría del siglo xix es evidente. Mientras que el instinto o el sentido genésico habían sido “descubiertos” a modo de verdad científica, el hallazgo de Freud de una soldadura entre pulsión sexual y objeto se convierte en un ataque directo a dicha verdad. No hay una relación que pueda considerarse natural entre el hombre y la mujer desde que la sexualidad adulta se constituye en dos tiempos. Su primer movimiento, el de la sexualidad infantil, no comienza en la genitalidad ni para el varón ni para la niña, aun cuando pueda conducir hacia ella. La genitalidad por lo tanto, al igual que la verdad descubierta, es literalmente una construcción. Es el efecto de una unión de parcialidades –orales y anales principalmente– a través de soldaduras y de bisagras –el pequeño Hans hablará en la fantasía que resuelve su fobia, de que su pene y su trasero son desatornillados por un plomero, como si fueran piezas que pueden, por fin, ser separadas de su cuerpo y remplazadas por otras. Freud tiene que oponerse entonces a toda concepción que considere a la sexualidad genital como una fuente de naturalidad de la especie humana. Se ve entonces que no es debido a su genialidad que Freud se opone a la psiquiatría. Su enfrentamiento se debe más bien a que posee una teoría de la sexualidad que se encuentra en las antípodas del instinto genésico y de su correlato directo, que es la teoría de la degeneración. Por esta razón, la disputa que libra Freud en Tres ensayos de teoría sexual podemos considerarla también como la continuación de aquella que sostuvo respecto de la etiología de la histeria.

En busca del ocasionamiento de la enfermedad a través de la anamnesis, el interrogatorio médico solamente alcanzaba acontecimientos biográficos que no tenían la fuerza para producir, por sí mismo, los síntomas tan intensos de la histeria. De esta manera, cada vez que la etiología no alcanzaba a discernirse con claridad, surgía en su reemplazo la hipótesis de la degeneración de las capacidades psíquicas. La “predisposición neuropática” aparecía así en auxilio de la laguna que quedaba en el interrogatorio, habilitando una etiología unitaria para la proliferación sintomática. El único eje de la herencia se convertía en el causante de los síntomas neuróticos, haciendo que el tratamiento médico fuera imposible o inviable, como lo presenta Freud en La sexualidad en la etiología de las neurosis (Freud, 1991):

La predisposición neuropática misma es concebida como signo de una degeneración general, y así este cómodo expediente verbal se usa en demasía contra los pobres enfermos a quienes los médicos son impotentes para socorrer. La predisposición neuropática existe, en efecto, pero yo dudo de que baste para producir la psiconeurosis. Y cuestiono, además, que la conjugación de una predisposición neuropática con unas causas ocasionadoras, sobrevenidas en el curso de la vida, pudiera constituir una etiología suficiente para las psiconeurosis. Se ha ido demasiado lejos en la reconducción de los destinos patológicos del individuo a las vivencias de sus antepasados, olvidando que entre la concepción y la madurez vital se extiende un largo y sustantivo trecho, la infancia, en que pueden adquirirse los gérmenes de una posterior afección. Es lo que de hecho sucede en el caso de las psiconeurosis (p. 272).

Si la etiología de las neurosis no puede conocerse a cabalidad, aun cuando se rastreen con exactitud las vivencias de los antepasados del sujeto que han marcado su destino patológico, es porque la sexualidad infantil, verdadera causa de la neurosis, obviada por la hipótesis degenerativa, no produce sus efectos inmediatamente en el momento en que suceden. No hay nada como tal a lo que acceder en el pasado del sujeto, porque la etiología de su enfermedad no es una causalidad directa, sino que se constituye en el intervalo entre el vivenciar infantil y su reproducción. Si ese intervalo en dos tiempos es el que caracteriza a la sexualidad, no podría extrañarnos de que este se encuentre a la base de la inducción, tan poco obvia a nivel empírico, de que toda pulsión se encuentra originalmente separada de su objeto. Tampoco podría hacerlo el que de ello Freud pueda concluir la separación entre genitalidad y reproducción, y el que la diferencia de los sexos sea un efecto de la historia individual. Al echar por tierra el “expediente verbal” de la degeneración, la libido se desarrolla a lo largo de la historia de un sujeto a partir de una diferencia irreductible, de una relatividad que se tensa entre dos extremos, sin que ninguno de esos extremos pueda fijarse como tal. Polaridad irreductible, que muda varias veces constituyendo la historia de un sujeto. Esto es lo que Freud concluye al respecto en 1923, en La organización genital infantil (Freud, 1992c):

Durante el desarrollo sexual infantil, la polaridad sexual a que la estamos habituados muda varias veces: la primera que se introduce con la elección de objeto, que sin duda presupone sujeto y objeto. En el estadio de la organización pregenital sádico-anal no cabe hablar de masculino y femenino; la oposición entre activo y pasivo es la dominante. En el siguiente estadio de la organización genital infantil hay por cierto algo masculino, pero no algo femenino; la oposición reza aquí genital masculino o castrado. Sólo con la culminación del desarrollo en la época de la pubertad, la polaridad sexual coincide con masculino y femenino (p. 149).

La última versión de la polaridad masculino y femenino no le entrega un estatuto propio a cada una de las determinaciones sexuales anteriores, tan solo es la última estación del tren de las polaridades que proviene desde la diferencia entre activo y pasivo. Si la diferencia entre masculino y femenino demuestra algo, es que ninguna determinación puede apropiarse de sí misma, porque la diferencia a partir de la cual surgen es irreductible. Por esta razón, es que aun cuando la diferencia masculino y femenino puede descomponerse en tres direcciones –biológica, psicológica y sociológica– todas ellas se constituyen a partir de una diferencia que las condiciona. Son todas significaciones [Bedeutung] de la oposición polar macho/hembra, por lo que el par masculino/femenino permanece envuelto en un misterio particularmente denso en su constitución, al no presentar una solución de continuidad –salvo, por supuesto, la que trata de producir y sostener el síntoma. Ni aun en el emparejamiento ocasional de los sexos, en lo que este tiene de acercamiento y de rechazo, podrá levantar finalmente su velo. Con Freud, descubrimos que la laguna que persiste del interrogatorio médico, es en verdad el abismo constitutivo de su saber sobre lo sexual, sorteado bajo el expediente del instinto. Todo lo que no se somete a la continuidad del sentido, debe ser una tara del sujeto, porque su desvío y su aberración será lo que suplemente de un origen pleno a la razón.

El instinto surgirá como un nuevo objeto para el discurso psiquiátrico y jurídico a partir de los llamados crímenes sin razón o crímenes inmotivados. Foucault esquematizó las coordenadas de este surgimiento en su curso Los anormales (Foucault, 2007), a partir de un diálogo ficticio entre la impotencia del poder penal y la codicia de la psiquiatría. El crimen inmotivado –nos dice Foucault– es la confusión absoluta del sistema penal en su poder de castigar, porque frente a él, este no puede ejercerlo con la libertad que quisiera. Sin razones que motiven el crimen no puede castigar, de la misma manera que no puede hacerlo cuando se comprueba de que el acto criminal fue un acto demente. Pero por el lado de la psiquiatría, el crimen inmotivado es el objeto de una tremenda codicia, ya que analizarlo e identificarlo, será la prueba de su saber y de su fuerza. Entonces –dice el poder penal a la psiquiatría– te lo ruego, encuentra razones para poder ejercer mi poder de castigar o declara a ese acto como loco y quítamelo de encima; por favor, dime con qué ejercer mi poder de castigar o con qué no ejercerlo. A lo que la psiquiatría responde, muéstrame todos los crímenes que te ocupan, y seré capaz de encontrar en más de alguno de ellos una ausencia de razón; en el fondo de cualquier locura existe la virtualidad de un crimen y la justificación de mi poder (Foucault, 2007: 119).

Frente al acto sin razón, la psiquiatría será la encargada de producir un objeto que venga a llenar un vacío de saber, a esclarecer la confusión del sistema penal y sacarla de su impasse, otorgándole con qué sí y con qué no ejercer su poder de castigar. Se le presenta así a la psiquiatra la oportunidad de demostrar su realeza y su importancia ante el llamado impotente del poder jurídico, ya que el vacío de saber que produce este llamado, la necesidad que este expresa, le calza a la perfección. En su deseo, ella será capaz de encontrar una enfermedad y de identificar el peligro ahí donde aún no se muestra, ahí donde este permanece todavía en potencia. La psiquiatría tendrá la capacidad de reconocer lo todavía irreconocible, de husmear el peligro ahí donde ninguna razón ha podido todavía hacerlo manifiesto. Y como paradigma de este nuevo trato entre poder penal y psiquiatría, Foucault analiza en detalle el peritaje de Henriette Cornier (p.121), una criada de un hogar de Paris, quien en 1827 va junto a la vecina de sus señores a pedir con insistencia que le confíen por un rato a su hija. La vecina duda, pero finalmente consiente a la petición, a primera vista ingenua, de Henriette. Cuando la señora vuelve a buscar a la niña, se encuentra con que Henriette acaba de matarla y de cortarle la cabeza, arrojándola por la ventana.

El asesinato perpetrado por Henriette no tuvo intención ni motivo. Esto es lo que la misma acusación concluye. Pero cuando uno examina en detalle su vida, mirándola a lo largo de todo su desarrollo ¿con qué se encuentra? Con el abandono de sus propios hijos, de la asistencia pública, el libertinaje sexual, etc. Su vida es una “analogía” de su acto, nos dice Foucault; una serie de preliminares que se actualizan en el momento en que asesina a la niña. El sujeto se parece a su acto y por eso el acto le pertenece, lo que otorga el derecho de imputarlo y de castigarlo. Perfectamente lúcida, sin signos de enfermedad mental, será su historia la marca de la premeditación del asesinato y lo que permite leer de una nueva manera todo lo que ella hizo antes, durante y después del crimen. Lo que en un momento no tenía explicación, aparece ahora fríamente calculado. En ausencia de una razón inteligible para explicar el crimen de Henriette surge la razón; la lucidez mental, la conciencia que tiene de su acto y sus consecuencias, implican la imputabilidad, y por lo tanto, la aplicación de la ley. Será la defensa la que reintroduzca la cuestión de la enfermedad y de la ausencia de razón, pero incluyéndola en lo que Foucault denomina como una “especie de sintomatología general” (p.122).

Es decir, no que Henriette es una enferma mental, sino que ella es simplemente una enferma, y que esa enfermedad, como toda enfermedad por lo demás, posee un comienzo. Todo el desenfreno y el libertinaje que hacían a la acusada asemejarse a su crimen, para la defensa serán los signos de un cambio de humor, de una escisión ocurrida no sólo entre el sujeto y el crimen, sino que además de una ruptura en la propia vida de la mujer. Ruptura en su vida, inscripción de esta en la sintomatología de cualquier enfermedad. Pero lo fundamental, y lo que persiste en hacerla imputable de su crimen, es que Henriette tenía una conciencia moral lúcida, comprendía a cabalidad el acto que había cometido, ella misma le ha dicho a la policía: “esto que he hecho, merece la muerte”.

Pero aun sabiéndolo. Ahí está toda la cuestión. Eso es lo que vuelve paradigmático a este caso para la constitución de la normatividad del instinto. Porque este acto, aun cuando carece de razón, logró trastornar las barreras de la moral, como si comportara “una energía autónoma portadora de una dinámica independiente”. Los principios morales del sujeto no fueron suficientemente fuertes para funcionar como barreras frente a una dinámica que aparece como irresistible (p.125). En palabras de la misma Henriette, es la “energía de una pasión violenta” lo que la invadió aquel día. Es imposible que una psiquiatría ajustada sólo a la cuestión del error, de la ilusión y del delirio pudiese dar cuenta de este fenómeno. Todo el discurso psiquiátrico deberá recomponerse con el fin de reinscribir este acto en su interior. Del acto sin razón se pasa al acto instintivo. El instinto no se lo “descubre”, sino que se lo construye y se lo regula al interior de un discurso que le da su campo de aplicación. Con él, toda una serie de problemas nuevos aparecen para la psiquiatría, su inscripción en la biología y en la patología evolucionista, y con esto una nueva jurisdicción queda a su cargo, la de la conducta anormal y desviada (p.128). La psiquiatría se ha transformado en una tecnología de los instintos.

En su libro Hiatus sexuales, Guy Le Gaufey (2014) nos muestra a un Freud lector de uno de los libros más demostrativos de este nuevo interés de la psiquiatría. Se trata del libro de 1877, Las aberraciones del sentido genésico de Paul Moreau, cuyo sólo título ya nos permite seguir a Le Gaufey en su hipótesis de que Freud lo tuvo a la vista mientras redactaba sus Tres ensayos de teoría sexual