Walter Benjamin - Rafael Díaz Silva - E-Book

Walter Benjamin E-Book

Rafael Díaz Silva

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Beschreibung

La obra es producto de doce años de investigación, en los que el autor consultó fuentes en archivos de Jerusalén, Tel-Aviv, Berlín, Marbach y Portbou, entre otros. Narrado, simultáneamente, como una biografía, un diario de viaje y una tesis de investigación, el autor intenta transmitir con su relato la cruda experiencia de la migración forzada de Walter Benjamin en sus últimos ocho años de vida. También, nos alumbra sobre su trabajo filosófico y da a conocer fragmentos de su último ensayo, —desconocido hasta ahora— dedicado a analizar la justicia kafkiana.

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Seitenzahl: 545

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© 2022, Rafael Francisco Días Silva

© De esta edición:

2022, Empresa El Mercurio S.A.P.

Avda. Santa María 5542, Vitacura,

Santiago de Chile.

ISBN: 978-956-9986-90-1

ISBN DIGITAL: 978-956-9986-91-8

Inscripción Nº 2022-A-6818

Primera edición: agosto 2022

Edición general: Consuelo Montoya

Diseño: Paula Montero

Fotografía portada: Alamy

Diagramación digital: ebooks [email protected]

Todos los derechos reservados.

Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de Empresa El Mercurio S.A.P.

PREMIO REVISTA DE LIBROS

Treinta años de trayectoria

Con el propósito de estimular la creación literaria chilena en diversos géneros, El Mercurio y CMPC crearon, en 1991, el Premio Revista de Libros, el que —tres décadas más tarde— se ha consolidado como un hito anual de las letras nacionales. Desde su vigésimo novena versión, el certamen es organizado en conjunto con la Pontificia Universidad Católica de Chile y tiene un país invitado: el primero fue Argentina y en esta oportunidad, Perú.

Una alianza con el sello editorial El Mercurio-Aguilar en 2001 permitió sumar al premio la publicación de la obra ganadora, lo que a partir del año 2016 es responsabilidad de Ediciones El Mercurio.

Con extraordinarias convocatorias, este concurso ha reconocido principalmente a poetas y novelistas, y también ha premiado el cuento y las memorias y biografías. El primer año resultó ganadora la novela La ciudad anterior, de Gonzalo Contreras, lo que le dio un impulso decisivo a la carrera de este autor. En 1992, Adán Méndez triunfó con sus versos recopilados en Antología precipitada. Como integrante del jurado de ese año, Nicanor Parra apoyó con entusiasmo la obra del joven poeta.

La novela policial ¿Quién mató a Cristián Kustermann? fue la ganadora en 1993, y en ella Roberto Ampuero dio a conocer al personaje que protagonizaría varias de sus siguientes ficciones, convirtiéndolo en un superventas internacional: el detective cubano radicado en Valparaíso Cayetano Brulé. En 1994, Marcelo Rioseco se destacó con Ludovicos o la aristocracia del universo, libro de poemas que explora las verdades intemporales. El periodista y dibujante Tito Matamala se impuso en 1995 con la novela Hoy recuerdo la tarde en que le vendí mi alma al diablo (era miércoles y llovía elefantes), un singular ejercicio de lenguaje ambientado en el sur del país. En 1996, el galardón recayó en Juan Cameron, con sus poemas reunidos bajo el título Viles ejecutorias, en los que sobresale una voz elegante, sabia y nostálgica.

El ya fallecido dentista Juan Pablo Uribe-Etxeverría recibió el premio en 1997 por Uñas de muerto, una novela sobre la corrupción cotidiana, ambientada en los años ochenta. En 1998 se realizó la primera versión del concurso en el género cuento, y ganó el relato Lentes oscuros/Gafas ahumadas, de Hernán Rivera Letelier, escritor ya conocido por su novela La reina Isabel cantaba rancheras (1994). Además, se otorgaron premios al segundo y tercer lugar, que recibieron Óscar Garaycochea y Luis López-Aliaga, respectivamente.

En 1999, la poeta de origen cubano Damaris Calderón obtuvo el premio con Sílabas Ecce Homo, obra que fue distinguida por su tono lúdico, austero y vanguardista. Y en el año 2000, Herman Schwember —fallecido en 2008— se adjudicó el galardón por su novela Yo, pecador, que se adentra en la vida del sacerdote Mario Duval. En 2001, el Premio Revista de Libros se amplió a un nuevo género: por primera vez en Chile se realizó un concurso destinado a memorias, biografías y autobiografías. Con una contundente respuesta de participantes, finalmente se impuso el cineasta Fernando Balmaceda (1924-2014) con De zorros, amores y palomas, un verdadero fresco de todo el siglo XX.

La versión 2002 tuvo como ganador al joven Gustavo Barrera, con un poemario que aúna tradición y ruptura: Adornos en el espacio vacío. Otra voz nueva fue la de Carlos Tromben, autor de Poderes fácticos, novela elegida por el jurado en 2003. A partir de un hecho policial ocurrido en 1973, el autor reconstruye con inteligencia, dinamismo y emoción una época clave en nuestra historia.

Un año después, en el concurso dedicado al cuento, el fallo del jurado debió ser declarado nulo al comprobarse que la obra escogida no cumplía con el requisito de ser estrictamente inédita.

En 2005 se premió a Patricia Poblete, joven narradora que sorprendió al jurado con su peculiar novela Marcha atrás, en la que reúne a siete personajes vinculados por experiencias límite. El poeta y músico Julio Carrasco sobresalió en 2006 con la articulación y propuesta de su poemario Despedidas Antárticas.

Por segunda vez, en 2007 el concurso estuvo dedicado a memorias y biografías, y fue premiado el trabajo de la periodista Marilú Ortiz de Rozas, Historia de un sueño fragmentado. Biografía del pintor cubano Mario Carreño, uno de los artistas visuales latinoamericanos más importantes del siglo pasado.

En la décimo octava edición del certamen también se impuso una autora joven, Siret Torres, con una novela que se publicó con el título No llevados ni traídos: en ella se recrea la memoria de una familia y del país a través de la mirada de un niño. En 2009, el premio lo obtuvo El breve latido que burla al silencio, de Julio Núñez Rivera, poemario de tono sentencioso y desencantado que aborda la precariedad de la condición humana.

Al conmemorarse el Bicentenario de Chile, en 2010, el certamen estuvo dedicado por tercera vez al género de memorias, biografías y autobiografías, y resultó ganadora la obra Contra viento y marea. Hasta erradicar la desnutrición, del Premio Nacional de Ciencias y fundador del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos de la Universidad de Chile (INTA), Fernando Mönckeberg Barros. Al año siguiente, el jurado eligió la novela Fotos de Laura, del escritor y guionista Marcelo Leonart, una historia construida a partir de una serie de imágenes recuperadas por la memoria. Obra del poeta y editor Daniel Calabrese, Ruta Dos se impuso en 2012 como una lograda metáfora del paso del tiempo. Un año después, en el género cuento, se premió el trabajo Apart hotel, de David Núñez, compilación de siete historias de íntimos conflictos humanos. En 2014 se convocó nuevamente a los novelistas y el jurado otorgó el premio al escritor Cristián Barros por su obra Jinete en la niebla.

Al cumplir 25 años, en 2015, el Premio Revista de Libros dio un paso más en su trayectoria, incorporando un nuevo género: la crónica. Y no solo eso, abrió la convocatoria a participantes de América Latina y España y estableció en sus bases la posibilidad de compartir el galardón entre un máximo de seis concursantes. El jurado resolvió premiar cuatro crónicas y otorgar tres menciones honrosas. Los ganadores fueron los argentinos Marcelo Moreno, con «Elogio de la sombra», y Leandro Aramburú, con «Ajedrez», y los chilenos Sergio Mardones con «Orates, fabuladores y fantasmas del Haití», y Nicolás Vidal con «El efímero vuelo de Aviación». Las menciones honrosas, en tanto, fueron para «Crónica de un secuestro», de Carlos Basso; «La esquina frita», de Patricio Araya, ambos chilenos, y «Vendedor de Internet, traficante de historias», del argentino José Montero. Estas siete crónicas conforman el volumen La memoria del día.

La vigésimo sexta versión estuvo dedicada al género de biografía y memorias. El jurado otorgó el premio a la saga familiar Prefiero Chile, de Hernán Rodríguez Fisse. En su siguiente versión, el premio distinguió la novela Buganvilia, de Rodrigo Cortés Muñoz, quien con elementos autobiográficos retrata, de manera cruda y descarnada, la violencia de nuestra sociedad y los elementos que se encuentran en su origen, como la pobreza, la marginalidad y la droga.

El joven poeta y guionista Pablo Paredes se convirtió en el ganador de la vigésima octava versión con Los animales por dentro, un libro de poemas más cerca del bestiario que de la alegoría o la fábula, en el que hablan zorros, perros, gatos, un zunzuncito, polillas, osos y un huemul.

Con Argentina como primer país invitado, la décimo novena versión premió la novela del escritor, periodista y cientista político chileno Rodrigo Atria, Clara de noche, Muriel en la aurora. En ella se combinan la nostalgia por un Santiago desaparecido, la historia política del país y la valoración de la botánica, los árboles y los parques.

En esta nueva edición, en la que celebramos con alegría, orgullo y también asombro una trayectoria de treinta años, el Premio Revista de Libros estuvo dedicado al género de memorias y biografías y en él resultó ganador el chileno Rafael Díaz Silva, doctor en Etnomusicología y profesor del Pontificio Instituto Ambrosiano, en Ravena, Italia. En Walter Benjamin. La herida de la libertad se abre hacia adentro, el autor entrega nuevas claves sobre el filósofo judío alemán, revisa sus últimos años y establece una curiosa relación con su propia experiencia como extranjero indocumentado. El jurado, que integraron el escritor peruano Alonso Cueto y los académicos chilenos Rodrigo Cánovas y María José Cot, eligió por unanimidad esta obra que hoy entregamos al juicio de los lectores.

María Teresa Cárdenas Maturana

Editora de Libros

El Mercurio

Prólogo

«Walter Benjamín nunca debió presentarse en el cuartel de policía de Portbou. Debió seguir su camino hasta llegar a Portugal. Tenía todo a su favor, conexiones con la intelectualidad republicana, cartas de apoyo para ser presentadas a escritores españoles y, sobre todo, su nombre, que ya era respetado en los círculos progresistas de España. Habría llegado a Portugal sin necesidad de gastar una sola peseta de su escuálido patrimonio. Una red de colaboración republicana lo habría llevado a su destino. Pero el miedo fue más fuerte».

Escrito con la limpidez de una prosa que alcanza a menudo lo magistral, el libro que el lector tiene entre sus manos, Walter Benjamin: La herida de la libertad se abre hacia adentro, de Rafael Díaz Silva gira en torno a uno de los más grandes pensadores del siglo pasado. Walter Benjamin, cuya visión penetró los deslindes de una época y con ella, los oscuros signos que arrojaba el porvenir, nos va mostrando, como si fueran las piezas aterradoramente perfectas de un cronómetro que continúa marcando el tiempo independiente de la inminencia de su final, los últimos días de Benjamin y, junto a ello, las secuencias de un extravío: la pérdida del manuscrito de un ensayo sobre Kafka, a quien Benjamin considera su hermano espiritual y en cuya escritura había estado empeñado los últimos ocho años de su vida.

Encadenando ambas situaciones en una sucesión de escenas que parecen esculpidas en el tiempo, Rafael Díaz Silva sigue los últimos días de Walter Bendix Schönflies Benjamin, nacido en Berlín el 15 de julio de 1892, filósofo, quien después de un frustrado viaje a Estados Unidos que lo habría salvado y ante la inminente posibilidad de caer en manos de las autoridades alemanas, acaba con su vida el 27 de septiembre de 1940 en Portbou, un pequeño pueblo catalán ubicado en la frontera con Francia.

Siguiendo así las huellas del último ensayo de Benjamin, escrito según el autor de este libro «en condición liminal, y cuyo paradero ha sido objeto de estudio de innumerables investigadores, durante los últimos ochenta años, entre los cuales me incluyo», para afirmar en seguida que «desde el 2006, comencé a rastrearlo, y hoy puedo decir que lo encontré». Desplegado entonces como una suerte de vórtice en el que confluyen distintos planos que a su vez se recortan contra el trasfondo de una época dramática, Walter Benjamin: La herida de la libertad se abre hacia adentro es tanto una elegía, una gran elegía en prosa, como un ensayo interpretativo; es un responso fúnebre y a la vez la crónica del encuentro por parte del autor del manuscrito perdido que, como él afirma, «habría bastado para haberlo publicado pero que se fue transformando en un estudio sobre los límites».

La fidelidad a esos límites mencionados en el párrafo citado arriba y la estupefaciente, esplendorosa perfección de líneas como esta: «El ser humano suele ser errático en los límites, y, sin embargo, todo lo importante acontece allí», que cruzan permanentemente este libro, nos pone a nosotros, sus lectores, un sentido extremo de la belleza, que no desmerece la precisión conmocionante que caracterizó la escritura de Walter Benjamin.Si el libro de Rafael Díaz Silva nos concierne, y nos concierne tan íntimamente, es porque en un mundo que muy pronto conocería Auschwitz y el Holocausto la herida que se menciona en el subtítulo de este libro, irremediablemente había de dejar pasar el fin absoluto de toda libertad, esto es: debía de dejar pasar la muerte.

En el final de su libro, el autor está en Portbou, y mira el monolito que recuerda a Benjamin. Es obra del escultor judío Dani Karavan, se llama Pasaje, y consiste en «un largo pasillo cuadrado de bronce que, al fondo, deja ver un cuadrado de mar. Se oxida irremediablemente. Un día será un mojón de lata corroído por el mar». Afirmará entonces que: «Afortunadamente, para Benjamin, el pensamiento se construye con palabras». Luego continúa: «Entre las paredes mohosas de la estructura, se leen cientos de epitafios marcados con clavos o cortaplumas. Yo dejo otro, pero de papel, lo pego en una esquina del marco de bronce y el viento lo hace flamear. Antes que termine la tarde, la brisa de Portbou se lo llevará, como un volantín, a los acantilados».

El papel decía: «No conozco mi fin pero el fin me conoce…» dos líneas adelante Rafael Díaz Silva concluye Walter Benjamin: La herida de la libertad se abre hacia adentro con su comienzo: «Cada segundo fue la estrecha grieta de un pasaje por donde la libertad pudo entrar».

Es el final. Irradiado por la inevitable tristeza que siempre acompaña a esos extremos casi indecibles de lo bello, este libro de Rafael Díaz Silva honra la escritura y nos honra a nosotros como lectores.

Raúl Zurita

Julio de 2022

El Talmud dice que a cada ser en este mundo se le conceden tres cosas:

el dolor, la lluvia y la resurrección.

Las dos primeras me las dio la vida.

La tercera se la debo a Priscila Oses Vásquez.

Límites

En 2020, se cumplieron ochentaaños de la muerte de Walter Benjamin. Y en 2022, se cumplirán ciento treintaaños de su nacimiento. Los aniversarios, como las cifras de la Cábala, son puntos que se marcan en la superficie plana de la historia. Si los unimos, comienzan a trazar figuras que, de pronto, cobran sentido. Los puntos son signos abstractos que se transforman, con los años, en monolitos. Gracias a ellos podemos orientarnos en el desierto del tiempo.

Hay países que tienen pocos monolitos, porque han querido borrar su pasado crítico. España es el caso. Sus pueblos los destruyeron durante el franquismo. Resultó peor, el vacío que dejaron se terminó transformando en un límite.

No hay lugar en el mundo donde no haya un límite. Los de España son espacios vacíos cargados de tensión, como el barranco de Viznar, llamado el «Gólgota de los rojos». En alguna parte de ese limbo reposan los huesos de Federico García Lorca. Los límites de Latinoamérica son casitas llamadas «animitas». Ellas marcan el lugar donde alguien sufrió. Los límites de Alemania son memoriales de dimensiones descomunales, como el panteón judío de Berlín, en el que hasta el símbolo liminal desaparece en la infraestructura.

Este libro relata la vida de un hombre que desapareció en un límite. Se le perdió la pista hace ochenta años, en un cuarto de hotel de Portbou, Catalunya. Ese hombre era Walter Benjamin. Cargaba con él un manuscrito que cuidaba más que a su vida. Benjamin escribió ese manuscrito durante sus últimos ocho años de existencia, los que vivió como apátrida y fugitivo. El día en que se suicidó, el 27 de septiembre de 1940, el manuscrito no estaba entre sus cosas. Su paradero ha sido objeto de estudio de innumerables investigadores desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Ese documento es un estudio sobre El proceso, la novela de Franz Kafka.

El último ensayo de Benjamin fue escrito en condición liminal. Desde el 2006, comencé a rastrearlo, y hoy, en este libro, puedo decir que lo encontré. Al menos, páginas de él pude sacar a la luz. Ese hallazgo pudo haber justificado, por sí mismo, este libro. Sin embargo, en el transcurso, esta investigación se convirtió también en un estudio sobre límites.

Walter Benjamin, el filósofo que interrogó las tinieblas del siglo XX, que desafió los edificios teóricos del marxismo, el fascismo y el capitalismo, que predijo el siglo XXI, que inventó la palabra distopía, no pudo impedir que sus papeles fueran desperdigados por el tiempo, el karma de todo hombre que muere en soledad.

Hoy, muchos buscan sus trabajos perdidos. Especialmente, buscan su último manuscrito. Sucede que El proceso se volvió, conforme pasaba el siglo, en el manifiesto de la existencia humana. No hay expresión de nuestras vidas que no esconda lo kafkiano. Brod, el editor de Kafka, renovó en el final de su vida los derechos de edición del libro más famoso del escritor checo, para dejarle una buena herencia a Ilse Esther Hoffe, su pareja sentimental y secretaria. Todos esos años, Brod vivió preocupado de un hombre que tenía más autoridad intelectual que él para editar a Kafka. Ese hombre se desvaneció. Ese hombre era Walter Benjamin.

El ser humano suele ser errático en los límites, y, sin embargo, todo lo importante acontece allí. Walter Benjamín nunca debió presentarse en el cuartel de policía de Portbou. Debió seguir su camino hasta llegar a Portugal. Tenía todo a su favor, conexiones con la intelectualidad republicana, cartas de apoyo para ser presentadas a escritores españoles y, sobre todo, su nombre, que ya era respetado en los círculos progresistas de España. Habría llegado a Portugal sin necesidad de gastar una sola peseta de su escuálido patrimonio. Una red de colaboración republicana lo habría llevado a su destino.

Pero el miedo fue más fuerte.

Al finalizar esta investigación, quise publicar un paper para revelar algunos aspectos desconocidos de la vida de Walter Benjamin. También, me importaba dar a conocer los fragmentos que pude encontrar de su último manuscrito.

Nunca lo hice, terminé escribiendo una biografía alumbrada por zonas de memoria. La memoria es el único género donde la herida de la libertad se abre hacia adentro. No hay que dar explicaciones de nada, todo es memoria. Y la memoria es arbitraria, solo guarda lo que le sirve y elimina todo lo demás.

En 2022, se producirá una eclosión de productos vinculados con los 130 años del nacimiento de Walter Benjamin. Ofrendas y flores para un monolito en el tapete blanco de España.

Yo me pararé frente a mi propio monolito. Está en el andén de la T4 de Madrid.

«Así pues, ya solo queda, en la espera permanente del asalto final,

dirigir la mirada hacia lo único que aún puede aportar salvación:

lo extraordinario».

Walter Benjamin

VII

Portbou

«Cuando estés en tinieblas, quédate inmóvil,

hasta que tus ojos se acostumbren a la luz».

Paul Celan

El 25 de septiembre de 1940, Walter Benjamin llega a Portbou, Catalunya, por un sendero montañoso todavía caliente por el paso de otros fugitivos.

Benjamin, al borde de sus fuerzas, baja la pendiente, rigurosamente vestido con un traje negro. Carga un pesado maletín. Tres meses atrás, había dejado París ante la inminente llegada de las tropas alemanas y el agobiante ambiente antisemita.

Ochenta años después, yo estoy sentado bajo un enorme espino florecido, justo en frente de un cartel que dice: «Sendero Lister», en plena sierra de Portbou. Estoy leyendo mis notas:

«Benjamin, tal vez el pensador más influyente en el mundo desde la Segunda Guerra Mundial en adelante, de intelecto versátil, que le permite abordar la teoría del lenguaje, la filosofía de la historia y de la justicia, la crítica literaria, la traducción, es, en el mundo real, algo parecido a un discapacitado. Apátrida y judío, huye sin papeles. Como a los poetas, el mecanismo de las cosas no le interesa. Vive sumergido en su trabajo teórico, comiendo cuando puede y arrendando modestas habitaciones en pequeños pisos de París. La vida se había convertido en eso, en una sucesión de habitaciones. La noche del 25 de septiembre de 1940, buscó refugio en su última habitación».

Le dije a mi madre que vendría a Portbou. Ella me dijo, con una sonrisa cáustica:

—Dile que no se presente en la Policía.

Sigo leyendo:

«Benjamin desciende la quebrada de Belitres, entra al pueblo por la calle del Mercat. Ingenuamente, se reporta en la Guardia Civil, pidiendo una visa para atravesar España. Lo que no sabe es que funcionarios de la Gestapo controlan la oficina de inmigración. Se le informa, escuetamente, que nuevas legislaciones impiden seguir viaje a inmigrantes sin visa de salida de Francia. No puede transitar por la España franquista y menos volver a Francia. Su problema no era entrar, sino salir. Necesitaba la visa de salida de Francia. Pero ya está afuera. Es la lógica de la inmigración del franquismo, por un lado, y del nazismo, por el otro. De algún modo es una lógica kafkiana, ambas se reflejan la una en la otra como una imagen especular».

Siempre me pregunté por qué Benjamin no busco refugio en algún pueblo del sur de Francia, donde tenía más posibilidades de sobrevivir que en España. La región por donde se mueve está bajo el régimen de Vichy, el nombre con el que se conoce al régimen político instaurado por el mariscal Philippe Pétain, tras la invasión de Francia por la Wehrmacht. Pétain asumió el poder y solicitó un armisticio a Alemania, el Armisticio del 22 de junio de 1940. El gobierno del mariscal Pétain se subordinó a la ideología de Hitler, y esa es la razón por la que Alemania permitió la existencia de esa «otra Francia». Aunque Hitler reconoció al gobierno de Pétain, procedió a establecer un régimen administrativo puramente alemán sobre todo el país y, especialmente, sobre las regiones de Alsacia y Lorena, anexadas en la práctica al Reich, estableciendo la germanización de ambas y expulsando a los habitantes que deseaban conservar la nacionalidad francesa. Entre esas personas expulsadas, estaban mis abuelos maternos.

Paradójicamente, Benjamin pudo haber encontrado la salvación en el territorio de Vichy. Pese a que Pétain persiguió a los judíos y fue una de las fuerzas más antisemitas de Europa, protegió a los judíos franceses. La policía de Vichy participó activamente en la búsqueda de judíos franceses, a los que capturaba, a veces, con el subterfugio de protegerlos1.

Pétain supo jugar el juego con Hitler. De hecho, no había ninguna razón de sospechar de él, externamente parecía sufrir de antisemitismo crónico. Decretó que, en el territorio de Vichy, todos los judíos debían ser excluidos de los cuerpos oficiales del ejército, debían ser expulsados de la carrera judicial y debían ser despedidos de los colegios y universidades.

Sin embargo, si un judío lograba probar su nacionalidad francesa, el gobierno de Vichy lo protegía. Esa protección podía significar desde el trabajo como obrero en obras municipales hasta labores administrativas en instituciones del gobierno. ¿Cómo es posible esto? Se conocen los testimonios de los judíos franceses protegidos por Pétain, pero no se sabe por qué se les perdonó la vida. Se puede argüir, no obstante, que Pétain fue compañero de estudios y amigo de Alfred Dreyfus, en la Escuela Militar Saint-Cyr. En 1894, Dreyfus fue acusado de traición a la patria. Fue condenado a prisión perpetua y desterrado a la colonia penal de la Isla del Diablo, situada a 11 kilómetros de la costa de la Guayana Francesa, en Sudamérica. Allí vivió una vida miserable, hasta que, con el apoyo del coronel Georges Picquart y Émile Zola, pudo demostrar su inocencia. Dreyfus era un judío de la región de Alsacia y con Pétain tuvieron un vínculo fraterno basado en la camaradería militar. Pocos saben que Pétain declaró a favor de Dreyfus en el juicio de este último. ¿Habrá quedado en la conciencia de Pétain un sentido de responsabilidad por la suerte de un judío-francés? Es posible. No debe olvidarse que Dreyfus era un judío de la región de Alsacia. Alsacia siempre fue reclamada por Alemania en cada guerra que inició y recuperada por Francia en cada derrota alemana. La mayoría de los judíos franceses que hicieron carrera militar, provenían de allí. Siempre ha existido en el alsaciano una necesidad de pertenecer a Francia, tal vez porque los alemanes pasaron siempre por ese territorio haciendo su guerra.

Benjamin estaba tramitando su nacionalidad francesa, tenía documentos que lo atestiguaban. Pudo haber sido considerado un judío francés. En vez de terminar sus días en una ratonera de Portbou, habría vivido la guerra como escribano a tiempo forzado en una oficina de Vichy. Pero, para eso, habría tenido que deshacerse del manuscrito y los documentos que portaba en su maletín. No hubiera costado nada, en la sierra pirenaica le sobraba el espacio, el tiempo y la intimidad para hacerlo. La razón dice que debió hacerlo. Esos papeles, si los revisaba un agente de la Gestapo, le significaba la detención inmediata. Benjamin lo sabía y, aun así, asumió el riesgo. Sabemos, por Scholem, que Benjamin cruzó la frontera con el manuscrito en su maletín2. Asumió que ese trabajo le importaba más que su vida.

Benjamin está parado ahora frente al cuartel de policía de Portbou, y no tiene visa ni ciudadanía. Seguramente recordó sus notas sobre Kafka, las que lleva en su maletín de cuero. De algún modo, Benjamin ha llegado a Portbou siguiendo un remoto designio: «La culpa, según Kafka, se incorpora a nuestro futuro próximo bajo el aspecto del castigo. El porvenir nos está asignado, no como efecto de una causa reciente, sino como castigo de una culpa quizá de lo más remota. El castigo es más importante que quien castiga. La profecía más importante que Dios» (Benjamin citando a Kafka, 2014:160).

La brisa comienza a soplar desde el mar hacia la sierra. Mi sombra se alarga bajo el espino. Oigo clara la voz de mi madre:

—Dile que deje una nota de despedida a su hijo.

Escribo en mi cuaderno:

«La noche del 26 de septiembre de 1940, Benjamin escribió dos notas de despedida: una para la señora Gurland y otra para Theodor Adorno. Ninguno de los dos eran sus amigos más cercanos. Con Adorno tuvo siempre una relación llena de desacuerdos y desconfianzas. A la señora Gurland la había conocido, apenas, dos días atrás, cuando se preparaba para cruzar la frontera hacia España. Ninguna de las dos notas era para su hijo Stefan Raphaël. Ninguna de ellas para su amigo más entrañable: Gershom Gerhard Scholem3. Ni una sola letra para Gretel Karplus, la mujer que más permanentemente amó y la que más permanentemente lo amó. Sin embargo, ocho años antes, en un pequeño hotel de Niza, y con la tranquilidad que da saber que se tiene todo el tiempo del mundo, se despidió de quienes más amaba».

Es extraño el destino de Benjamin. Lo que escribió para unos pocos o para nadie, se volvió un incontenible torrente, un incesante huracán en el que vemos alejarse de nosotros, hacia el futuro, la novela de su vida.

Paso Belitres, en la sierra pirenaica de Portbou. Fotografía del autor. Septiembre de 2020.

El antiguo cuartel de la Guardia Civil de Portbou. Aquí se paró Walter Benjamin el 25 de septiembre de 1940. Fotografía del autor. Septiembre de 2020.

Encrucijadas

Para Kafka hay encrucijadas que son paradójicas, van de la eternidad a la eternidad. Portbou es una encrucijada de ese tipo. Lo que ocurría allí se perdía en el infinito. Lo supo Machado al pasar por ahí rumbo a Colliure, un destino del que jamás volvió. Lo supo Benjamin un año después.

Portbou, cruce de caminos, refugio de anarquistas, republicanos y judíos. Portbou, la mitad en ruinas, resultado del bombardeo por cielo y mar de la aviación fascista y la marina alemana. Benjamin, la señora Gurland y su hijo Joseph, llegan por el paso conocido como Belitres, el sendero por donde pasó el coronel Lister con sus diezmadas tropas republicanas huyendo hacia Francia.

Un pastor mira asombrado a esas tres personas bajando la pendiente: una mujer delgada y rubia; un joven alto y desgarbado, y un hombre con anteojos de miope, de pesada figura, vestido de traje y corbata en plena sierra pirinea. El hombre se tambalea por el sendero con un pesado maletín en sus manos. El pastor los guía hasta la ciudad. Cuando se encuentra frente al cuartel de la Policía, en la rambla de Portbou, el fantasma de Kafka se le aparece nuevamente a Benjamin: «Tienes dos adversarios, el primero te asedia desde atrás, desde el origen. El segundo te corta el paso hacia adelante. Tú peleas con los dos» (Benjamin citando a Kafka, 2014:161).

Ese párrafo, escrito por Kafka en La construcción de la muralla china, le dice a Benjamin que su vida fue escrita por alguien más. Hace rato que piensa que El proceso es la parábola de todo hombre proscrito en la tierra. Tiene la convicción de que Kafka leyó la vida como la distorsión permanente entre un enigmático misticismo y la cruel experiencia del sin sentido. Según Benjamin, Kafka abrió un portal hacia un mundo paralelo, hacia una dimensión autónoma que parece haber sido creada por un dictado ciego.

Benjamin consigue una pieza en un hotelito de Portbou, el «Hotel de Francia», cuarto número 4. Tal vez permaneció tendido en su cama la mayor parte del día, en una soledad impuesta desde afuera, no desde el interior, la del alma, la que caracteriza a los personajes kafkianos. La noche del 26 de septiembre, a las 22 horas, se traga dos cápsulas equivalentes a un gramo de morfina. Agoniza toda la noche, muere durante la mañana del día 27 de septiembre de 1940.

En el Ajuntament de Portbou, Arxiu Walter Benjamin, se encuentra una boleta de consumo, con fecha 1 de octubre de 1940. La secretaria del Ayuntamiento de Portbou, Isabel Camafreita García, me muestra la boleta que consigna los gastos de Benjamin en sus últimos días de vida:

«Una habitación y cena.

4 días de habitación.

5 gaseosas con limón.

4 llamadas telefónicas.

Farmacia, tarea de vestir al difunto.

Lavado y blanqueo del colchón.

Desinfección de la habitación.

Servicio, Sellos móviles.

Beneficencia»4.

Después de ochenta años, el suicida Benjamin aún le debe a Juan Suñer 166, 95 pesetas. En 1982, veinte años antes que la peseta dejara de existir, la deuda de Benjamin ascendía, por los intereses, a 26.578 pesetas. Una pequeña fortuna. Benjamin habría tenido 90 años y una deuda que, sin duda, no habría podido pagar. Todos los derechos de sus escritos estaban en manos de Theodor Adorno.

La secretaria Isabel Camafreita, del Arxiu Walter Benjamin, me muestra fotografías del Portbou de 1940. Me permite registrarlas. Esta es la cara del pueblo que vio Benjamin al entrar por la calle del Mercat:

Portbou en 1940. La ciudad fue bombardeada 54 veces durante la Guerra Civil Española. Registro del Ajuntament de Portbou.

La factura que Benjamin dejó impaga. Registro del Ajuntament de Portbou.

Trabajo de campo

18 de septiembre de 2015

12:03 horas

«El historiador logra leer las imágenes oníricas de la sociedad,

solo si incluye en el análisis su propia situación amenazada».

Walter Benjamin

Madrid es una ciudad cómoda. Es muy fácil moverse en ella. Si conoces el idioma, tienes algún dinero y tus papeles están en regla, la ciudad se te ofrece como un regalo.

Pero no es mi caso.

Estoy parado en la estación del metro T4 Aeropuerto, justo frente a la máquina que expende boletos. No tengo mis documentos de identificación.

Tampoco tengo dinero.

Alrededor de la máquina suele haber boletos tirados en el piso. Más de algún turista compra un boleto del tren Cercanías y trata de usarlo en el metro. Por cierto, no le sirve. Entonces lo bota y decide comprar un ticket de metro para no tener que volver al terminal de Renfe. Busco en el suelo, en el cubo de la basura, y encuentro uno. Dice: «Renfe Cercanías, combinado C». Aún no ha expirado. Llega hasta Chamartín. Me guardo el boleto y me voy a la estación Aeropuerto T4 de Renfe. No me alcanza como destino, porque yo trato de llegar al centro de Madrid, al Consulado de Chile. Pero yo sé que el viaje entre Chamartín y Atocha es gratis. El turista despistado que arrojó a la basura el billete nunca supo que estaba comprando un pasaje de larga distancia que implica hacer, de forma gratuita, el trasbordo entre Chamartín y Atocha. No es problema, un turista puede botar sus opciones a la basura. A ellos, el sistema les brinda siempre una segunda oportunidad.

Estoy sentado en el andén y me siento algo nervioso. Pueden encontrarme aquí, aunque es altamente improbable. Ellos no saben que estoy aquí. ¿Y si lo saben? No puedo estar seguro de que no lo saben.

Cuando el convoy se asoma por el túnel comienzo a sentirme aliviado. Las puertas del carro se abren. Abordo el tren.

Me paro adentro, enfrente de la puerta del carro, sin atreverme a mirar hacia atrás. No sé si hay más pasajeros en el vagón. Tal vez sí, pero no veo a nadie a mi alrededor. Son las 12:03 de un día viernes, a esta hora no hay mucha circulación de pasajeros. Mis piernas tiemblan un poco, tengo un leve acceso de angustia. El sudor corre por mi espalda.

Por primera vez en ese día tomo conciencia de mi cuerpo. En la manga de mi chaqueta tengo una cinta amarilla fosforescente que dice: «Policía internacional». Arranco la cinta con violencia. Miro con preocupación que el tren entra a la estación Valdebebas. «Hasta aquí llego», pienso, «en el andén deben estar esperándome». Pero no se detiene, el tren sigue su marcha.

Es sorprendente pero, al llegar a Fuente de la Mora, el tren tampoco se detiene. Comprendo que me había subido a un tren en modalidad «expreso», los que van directo a Chamartín. Una gota de sudor entra en mi ojo izquierdo, el ojo malo, el que tiene miopía. Por un instante me nubla la vista. Decido que, si en Chamartín me están esperando, me voy a entregar.

El tren se detiene en Chamartín. Bajo del carro. Nadie baja conmigo, el carro estaba vacío. El andén luce normal. Miro hacia la izquierda, hacia la estación, esperando lo peor, pero nada ocurre. Avanzo hacia la nariz del convoy esperando ver el rostro del maquinista. La cabina está vacía. Decido seguir en la inercia, subir hasta el hall que está en la planta superior, a ver qué pasa. Justo en frente de la caseta de billetes hay una máquina donde puedo sacar mi boleto para Atocha. No tengo que pagar. Con mi billete de tren consigo otro, más pequeño, que me sirve para el Cercanías.

Hago trasbordo, parto para Atocha. En el centro de Madrid está el Consulado de Chile, tal vez pueda recibir ayuda allí, tal vez no, tal vez sea mejor hacerle caso a mi instinto.

Nunca quise escribir este libro sobre Walter Benjamin. Quisiera poner eso en claro desde el principio.

La vida como una novela

El 21 de enero de 1931, en un pequeño hotel de las afueras de Niza, Benjamin escribe esta pequeña nota. Trata de la forma de vivir y de morir en un hotel. Una sola frase: «Asumir la vida como algo tan ficticio como una novela»(Benjamin, 2012:74).

Vivir dentro de su propia novela no fue tan solo una forma de evasión para Benjamin. Y si lo fue, estaba basada en convicciones. Para él, la escritura novelesca permite la captación de un sentido del devenir que la vida ordinaria no provee. Tan solo los sueños nos entregan, a veces, indicios sobre ese sentido. El sueño, como «acto poético involuntario», según Jean Paul Sartre, es una forma posible de acceder a la causa que provee el efecto de nuestros pasos. Incluso, aunque esa causa no tenga sentido, los sueños le otorgan uno. Pero es el acto de novelizar el que revela el ciclo completo de los pasos de un hombre, porque es la síntesis de su transformación de persona a personaje.

Benjamin se marcha de Marsella a San Remo y, de ahí, a Berlín. Ha logrado eludir, por una noche más, el hito final de sus pasos. Decide continuar basado en una convicción: asumirá su vida como el personaje que vive dentro de su propia novela. Un día, el lector, con ese curioso sexto sentido que lo caracteriza, buscará en la novela de Benjamin el relato de su propia muerte.

Un manuscrito con aura

«Las parábolas de Kafka se despliegan

como un capullo se convierte en flor.

Por eso su prosa es afín a la poesía».

Walter Benjamin

El destino de las notas sobre Kafka, que Benjamin carga en su maletín, fue un «aura» para mí. Las busqué por diez años. Al final, no fue el trabajo metódico, sino la suerte, la que aportó la solución.

Las notas sobre Kafka son un ensayo de largo aliento sobre El proceso5, la célebre novela que marcó al siglo XX. Se sabía que Benjamin lo había escrito, pero se le consideraba irremediablemente perdido. Las últimas personas que acompañaron a Benjamin en su huida a España: Lisa Fittko, Grete Freund y Carina Birman, testimoniaron que cuidaba su maletín con celo. Benjamin declaró muchas veces que su trabajo no podía caer en manos de la Gestapo. Entonces, solo era importante para él y unos pocos amigos, entre ellos, Scholem. Hoy, es importante para el mundo. El mundo se ha vuelto más kafkiano que nunca.

Los textos que Benjamin escribió sobre Kafka, entre 1929 y 1938, fueron publicados en vida del autor. Ninguno de ellos es el manuscrito del maletín. De los publicados, uno de ellos, Franz Kafka: La construcción de la muralla china, fue escrito para la radio y no para la imprenta. El mismo Benjamin lo leyó en la Radio de Berlín, el 3 de julio de 1931. Benjamin, junto con las reseñas de libros, se ganó la vida haciendo programas de radio. No eran programas de radio convencionales, sino algo muy parecido a lo que hoy llamamos podcast. Eran ciclos de programas agrupados por temas, que se transmitían bajo la fórmula de «temporadas» y cuyas transcripciones se podían vender a los interesados previa suscripción. Los mismos suscritos eran los que proponían un tema a discutir. Es decir, lo mismo que un podcast. Solo han cambiado las plataformas. Es muy posible que Benjamin haya inventado el género. Solo tenemos descripciones de estos programas, ya que los archivos de audio de la Radio de Berlín fueron quemados, con el advenimiento de Hitler, en mayo de 1933. La transcripción del podcast:La construcción de la muralla china sobrevivió escondida por un suscriptor de la radio. En 1977 fue publicada en Frankfurt6. El asunto es que, antes de morir, en 1940, Benjamin logró ver impreso todos sus textos sobre Kafka, menos uno7.

Fue Max Brod8, checo de ascendencia judía, quien se autodenominó albacea de los manuscritos de Kafka, a partir de su muerte, en 1924. Y fue Brod el primero en encargarle a Benjamin un texto sobre Kafka. Benjamin escribió Franz Kafka. En el décimo aniversario de su muerte. En esencia, es un corpus de ensayos breves dedicado a diferentes tópicos.Fue publicado en Alemania en 1934, en el mismo año de su redacción9.En este corpus, Benjamin incluye un ensayo llamado Una fotografía de infancia: «Hay un retrato de Kafka niño, y pocas veces ‘la pobre y breve infancia’ se ha traducido en forma más aguda. Debe haber sido hecho en uno de esos estudios fotográficos del siglo pasado que, con sus decorados y sus palmeras, sus arabescos y sus caballetes, estaban a medio camino entre la cámara de torturas y la sala del trono. Allí, en un trajecito estrecho, casi humillante, sobrecargado de bordados, un niño de unos seis años aparece delante de un paisaje de invernáculo. Sobre el fondo, hay rígidas ramas de palmera. Ojos infinitamente tristes se sobreponen al paisaje que les ha estado destinado y la cavidad de una gran oreja aparece escuchando» (Benjamin, 2010b:82).

A partir de esa foto, que es un montaje, una superposición entre un paisaje artificial y un niño en pose, Benjamin elabora un análisis sobre el recurso literario fundamental de Kafka, algo que él llama «el gesto de la apariencia», es decir, el gesto de una persona real devenida en personaje y que se recorta sobre un paisaje artificial. Para Benjamin, resulta asombroso cómo una foto de la niñez puede determinar el futuro. Él ve algo «kafkiano» en esa foto, pero el término no existe todavía. Lo que ya existe en el mundo es esa sensación de déjà vu, ese «ya visto» que el presente nos pone en frente cuando estamos distraídos. Para Benjamin, el niño Kafka había sido condenado al encierro y al anonimato por el Kafka adulto.

«Algún día seré el dueño de la letra K», le había dicho Kafka a su amigo Max Brod. En realidad fue así. En todas sus novelas el personaje principal es designado con esa letra. Kafka no se dirigió nunca a un personaje suyo con más que el murmullo de una inicial. En la novela Amerika10, por primera vez, el personaje principal aparece con un nombre y apellido: Karl Rossmann. De pronto, vemos a Rossmann en el teatro natural de Oklahoma, que es un hipódromo. Este hipódromo es a la vez un teatro, un enigmático e inquietante teatro, digno del imaginario de David Lynch.

Benjamin no llegó a conocer a David Lynch, ni tampoco llegó a saber que el término «kafkiano» terminaría definiendo este tipo de situaciones, en que un personaje común y corriente se ve, inopinadamente, instalado en una situación extraordinaria y en un espacio que no es del todo natural. Súbitamente, sin más, el personaje encuentra que sus posibilidades de liberarse son mínimas y no comprende por qué. Benjamin tampoco sabe que él mismo, con el documento que lleva en su maletín, está ayudando a definir el adjetivo «kafkiano». Se encuentra en una habitación de un hotel de Portbou, de la cual no puede salir porque tiene orden de arraigo, y está escribiendo sobre la extrañeza del encierro en El proceso, de Kafka. Se metió en esa situación como se mete un niño en un desván. Como a Karl Rossmann, el personaje de Amerika, a Benjamin le sucede que el lugar que habita se transforma en otra cosa. La habitación de un hotel es una celda y la extrañeza de la situación no tiene explicación. Benjamin parece un personaje atrapado en el gesto de la apariencia. Es la mímica de un hombre devenido en prisionero dentro de un cuarto de hotel. No es el hombre el que cambia, es el espacio y su situación. Un cuarto de hotel hace ligeramente siniestros a todos los cuartos de hoteles del mundo. La habitación es un escenario con destino propio, solo basta que la situación cambie. Es la gran metáfora del espacio inquietante, espacio que Kafka llama «el teatro natural de Oklahoma», y que Benjamin comenta así: «Es un teatro mímico. Una de las funciones más importantes de este teatro consiste en resolver el acontecer en gesto. Y es posible ir más allá y sostener que, toda una serie de estudios de Kafka, se ven plenamente iluminados solo si se los pone en relación con ‘el teatro natural de Oklahoma’. Puesto que solo entonces se puede ver, con certidumbre, que toda la obra de Kafka representa un código de gestos que no poseen, a priori para el autor, un claro significado simbólico sino que son interrogados a través de ordenamientos y combinaciones siempre nuevos» (Benjamin, 2010b:84-85).

Lo que nos dice Benjamin es que Kafka no explica el comportamiento de sus personajes, ni tampoco pretende generar un significado simbólico o una moraleja, simplemente los pone en un escenario con reglas del juego permanentemente cambiantes. Parece un juego macabro e inescrutable. Los personajes terminan sintiéndose culpables de todo porque, si desconoces las reglas del juego, las infringes todo el tiempo. Y cuando el personaje comienza a comprenderlas, las reglas cambian. Ese cambio «desrealiza» el espacio porque las reglas de comportamiento se vuelven enigmáticas. De algún modo «desrealiza» también a los personajes. Estos parecen mimos de sí mismos.

La situación recuerda las prácticas de los campos de exterminio de la Segunda Guerra Mundial. «Ningún reglamento era anunciado, ni se buscaba algún medio de darlo a conocer a los prisioneros», decía Robert Sussefeld11. «No existía ningún reglamento. Nada era prohibido, sin duda porque todo lo era, Un gesto permitido un día, se convertía al siguiente en el motivo para una golpiza o la muerte» (Shmerkin, 1947:51-52).

Es curioso, pero la desorientación a las que somete Kafka a sus personajes es la misma que sufrieron los prisioneros de los campos de exterminio nazis. De algún modo, Kafka instala un campo cercado por alambres en sus novelas, los alambres son las reglas; los prisioneros son sus personajes, desquiciados por «desconocer el reglamento».

Hay una profunda y vasta metáfora implícita en este juego kafkiano. Es imposible evitar que el señor K se convierta en nosotros. Los ambientes de su historia nos resultan familiares, es un hipódromo, un tribunal, un dormitorio. Pero, de pronto, nos percatamos de que no es un verdadero hipódromo, que no es un tribunal, que no es nuestro dormitorio. Es otra cosa, pero no sabemos decir qué cosa. Se parece mucho al lugar que conocemos, hasta que sentimos que hay algo «irreal» en él. Los espacios que conocemos no son los que deberían ser. Y nosotros tampoco somos del todo los que deberíamos ser.

El fenómeno es algo tan común en Kafka, que olvidamos que se trata de una perturbación diagnosticada hace más de cien años. En la época en que los psiquiatras se llamaban «alienistas», definían el fenómeno como un déjà vu. El término le pertenece a Émile Boirac, que aseveró que el déjà vu era una paramnesia, un trastorno que hace que una persona sienta algo familiar como perturbador, y que, a la vez, le resulte imposible recordar cuándo y dónde lo ha vivido. Freud tal vez supo de los estudios paramnésicos de Émile Boirac, o tal vez llegó por sí mismo al fenómeno. Lo cierto es que Freud llamó a esta paramnesia unheimlich o «lo inquietante en lo familiar». Lo más probable es que Boirac y Freud trabajaron en paralelo sobre el mismo trastorno.

El concepto de unheimlich lo define primero el filósofo Friedrich Schelling. Alude a algo que se manifiesta cuando debería estar oculto y que muestra una apacible cara familiar, volviéndose, al final, una vivencia aterradora. Schelling partió contraponiendo el término unheimlich con su antónimo heimlich, el que, a su vez, no tiene un sentido único. La primera acepción de heimlich refiere a algo que es familiar, íntimo, amable; la segunda refiere a algo secreto, oculto, impenetrable.

Cuando Freud aborda el término, ya no desde la filosofía sino desde la naciente psicología, el término unheimlich pasó a implicar un estado de ansiedad que lleva a experimentar la realidad familiar como «algo inquietante». Mientras Freud definía el concepto psicoterapéuticamente, Kafka lo narrativizaba. Es posible que Kafka haya nacido unheimlich y lo que hizo fue dramatizar su perturbación en sus novelas.

Fue Benjamin el primero en definir el fenómeno psicológico que hoy llamamos «lo kafkiano», es decir, el unheimlich, o «lo siniestro en lo familiar». Benjamin no usó ese término, pero aisló su naturaleza y lo definió. Para Benjamin, el unheimlich es quitarle al personaje su postura humana y volverlo una mímica, una copia desnaturalizada de sí mismo por acción del ambiente. Kafka nunca usa este recurso en busca del horror psíquico, como lo hizo después Alfred Hitchcock. Lo usa para situar a su personaje en una situación irracional y agobiante, algo así como entrar a un tribunal y percatarnos, de pronto, que el hall tiene cien metros de altura. El personaje es un hombre ordinario, pero la situación es extraordinaria. No es delirante, porque aún se tiene conciencia de lo que se vive. Hitchcock no es kafkiano. Kafka está todavía del lado de la realidad, pero desconoce los códigos de esa realidad. Por tanto, pone a toda persona en situación de riesgo.

Hay un recurso que los evangelistas inventaron para nombrar aquello que es secreto, que es heimlich, que no debe decirse. Ese es la parábola. En una carta a Scholem, Benjamin revela el origen del poder sugestivo de Kafka:

«Kafka disponía de una rara fuerza para crear parábolas. Sin embargo, jamás se agota en lo interpretable; desde siempre ha tomado todos los resguardos imaginables contra la interpretación de sus textos. Con cautela, con prudencia, con desconfianza, hay que ir avanzando a tientas en el interior de ellos. Hay que tener presente la peculiaridad de Kafka al leer la parábola arriba mencionada [Ante la Ley]. Al recordar su testamento, la instrucción por la que ordenaba destruir su legado es, teniendo en cuenta aquellas circunstancias, tan difícil de sondear como las respuestas del guardián ante la ley» (Benjamin, 2014:43).

Trabajo de campo

18 de septiembre de 2015

12:10 horas

Tengo dos opciones: ir a Portugal o ir a Francia. Estoy en el centro de España, las dos fronteras me quedan igual de lejos, pero la opción de Francia parece la mejor.

Mis abuelos maternos eran franceses, judíos franceses para ser más precisos. Ellos no pudieron salir de Europa junto con sus hijos antes de que estallara la guerra. Sacaron a sus hijos primero, entre ellos mi madre. Los hijos, es decir, mis tíos y mi madre, llegaron a Chile en 1939. Lo primero que hicieron mis tíos fue cambiar sus apellidos. Ellos pensaron que llegar a un país subdesarrollado, con apellido judío, y disputarles a los obreros chilenos una plaza laboral, era una mala idea. Mis tíos y mi madre españolizaron sus apellidos y, desde entonces, he vivido con un apellido materno que no llama la atención, pero que no es el mío.

Ahora pienso que la decisión de mis tíos fue la correcta. En los años cuarenta, en Chile, la vida era particularmente sacrificada. Mis tíos se incorporaron de inmediato a la clase obrera chilena. Eran adolescentes con habilidades en carpintería, imprenta y fabricación de papeles. Hablar un español afrancesado no era impedimento para conseguir trabajo, el problema era el apellido. Mi tío Francis me dijo alguna vez que usar nombres chilenos, comunes y corrientes, los acercó a la clase trabajadora en Chile y les dio un sentido de pertenencia que en Francia nunca sintieron.

Mis tíos, de quince y trece años de edad, y mi madre, de nueve, llegaron en el último barco que pudo zarpar de Alemania. La familia había arribado a Hamburgo desde Montagne Verte, región de Estrasburgo, Francia, en agosto de 1939. Una vez allí, mis abuelos desarrollaron una intensa actividad para poder embarcar a sus hijos. Estuvieron a un día de no conseguir la visa de salida. Cuando todo estaba perdido, hubo un golpe de suerte.

Contra todas las expectativas, el profesor primario Pedro Aguirre Cerda fue elegido presidente de Chile en 1938, y hasta su muerte, en 1941, permitió la entrada al país de unos diez mil judíos, entre ellos mi madre. El ingreso era factible, pero conseguir una visa en Alemania para viajar a Chile era muy difícil. Los padres de mi madre primero aseguraron las visas de sus hijos, y, cuando intentaron conseguirlas ellos, ya era demasiado tarde. Fueron detenidos por la Ordnungspolizei12 en Perpignan, cuando trataban de alcanzar Marsella para embarcarse hacia Argentina. Después de permanecer en el cuartel de policía de la SS de Marsella, fueron enviados en tren hacia un campo de trabajo y exterminio en Alsacia.

Pocos saben que una visa en Alemania, hacia 1938, costaba mil dólares, el equivalente a seis mil dólares de hoy. Mis abuelos maternos eran relojeros, sus recursos eran limitados. Para escapar de Europa no solo había que pagar la visa, sino que también impuestos de salida, impuestos especiales por ser judío, derechos de impresión de visa, derechos por vacuna, derechos de administración de la aduana, derechos para abordar, derechos para transportar cosas personales. La emigración judía fue el gran negocio de la desesperación (Goldschmidt, 2016:119).

A esas alturas, agosto de 1939, los pasajeros ya no podían llevar dinero, ni joyas, ni colección de estampillas o monedas, ni cuadros, ni juguetes, ni libros. Mi madre llegó con lo puesto. Ahora sé que mis abuelos maternos privilegiaron el pago de las visas de sus hijos, sabiendo que ellos no lograrían jamás conseguir el dinero para las suyas.

Mientras tanto, el puerto de Hamburgo se preparaba para una guerra inminente. Había dos barcos que cruzarían el océano, de Hamburgo a Valparaíso: el barco chileno Copiapó y el transatlántico alemán Heimatland. Inesperadamente, Alemania prohibió la salida del Heimatland y, por supuesto, los pasajeros que emigraban a Chile en ese barco, lucharon por un lugar en el Copiapó, barco que tenía todos los camarotes ocupados. Hubo pánico, desesperación, horror. Mi madre vio como la naturaleza humana se pervertía. Se hacía de todo por un lugar en el barco de la salvación. Los motores del Copiapó comenzaron a funcionar, pero luego se apagaron. Todos sintieron pavor, los pasajeros sabían que podía venir la Gestapo y hacerlos bajar. El capitán había detenido las máquinas por orden de la Capitanía de puerto. Mientras esperaba la orden de zarpar, el capitán pidió instrucciones a Chile; se le dijo que doblara y triplicara el número de pasajeros para incluir a los del Heimatland. Para eso, se tendría que construir cabinas de emergencia, conseguir colchones y botes salvavidas. El mercado negro de Hamburgo proveyó todo aquello. Los alimentos extras serían subidos al barco cuando recalara en Amberes, Bélgica. Al final, el Copiapózarpó sobrecargado con trescientos pasajeros. Noventa judíos del Heimatland, entre ellos veinte niños, pudieron subir al Copiapó. El Heimatland, por su parte, tenía un total de 300 pasajeros, de los cuales doscientos eran judíos. Significa que se quedaron en Hamburgo ciento diez pasajeros judíos varados.

Si tienes nueve años y miras desde la cubierta de tu barco a más de cien pasajeros llorando en el muelle, porque no pudieron subir a bordo, es una experiencia imborrable.

Así, mi madre llegó a Chile en el último viaje del Copiapó, el último barco que pudo salir de Hamburgo, el día 30 de agosto de 1939. Un día después, Alemania invadiría a Polonia y comenzaría la Segunda Guerra Mundial.

Mi madre se quedó en Chile, con un apellido español, y después se casó con un chileno, funcionario de Ferrocarriles y militante del Partido Socialista. Con los años, y seis hermanos, celebrábamos la Navidad con pan de pascua y pan del Sabbat, vino tinto y licor de mirra. A medianoche, mi padre cantaba los himnos del Partido y mi madre rezaba la Amida en memoria de sus padres muertos.

Nunca necesité un apellido judío. Hasta ahora.

La foto

«¿Qué tengo en común con los judíos?

¡Ni siquiera tengo algo en común conmigo mismo!».

Franz Kafka

Al morir Benjamin, tenía entre sus cosas esta rara fotografía de Kafka:

Franz Kafka niño. Foto perteneciente a la Biblioteca Nacional de Israel. (Uso público autorizado).

¿Dónde consiguió Benjamin esta fotografía? En 1940, no era cosa de meterse a Google para encontrar una imagen. Una fotografía, e incluso una copia de una fotografía, eran algo valioso y costoso.

Benjamin tenía un vínculo afectivo con esta foto. En un texto llamado Mummerehlen13, Benjamin describe la foto de un niño en un estudio fotográfico, montado en un burro, y posando contra un falso paisaje arbolado de fondo. Ese niño es el propio Walter Benjamin. La fotografía fue encontrada en el Archivo «Walter Benjamin», de la Academia de Arte de Berlín. El descubrimiento fue hecho por investigadores que trabajaban para el documentalista David Mauas.

Walter Benjamin niño. Berlín, cerca 1900. Foto perteneciente al Archivo «Walter Benjamin» de la Academia de Arte de Berlín (Uso público autorizado).

Al ver ambas imágenes, es comprensible que Benjamin recordara su propia foto en la imagen de Kafka. Lo que no recordaba, es que él mira de frente al fotógrafo, Kafka lo hace de soslayo. Las infancias de ambos fueron diferentes. Benjamin fue un niño amado y consentido. Su libro, Infancia en Berlín hacia 1900, lo deja en claro. La mirada de Benjamin no es melancólica, es segura y resuelta, habla de un niño que pisó firme por las calles de Berlín. Aquella seguridad la perdió con los años y, cuando se encontró con la fotografía de Kafka, ya era un niño adulto en condición de orfandad. Entonces, ambas fotos se superpusieron.

Jean Selz recuerda una conversación con Benjamin en su casa de verano del pueblo de San Antonio, en la isla de Ibiza. De pronto, ve la foto de Kafka entre las cosas de Benjamin. En un testimonio escrito para un diario francés, dice: «Hablábamos [con Benjamín] sobre todo de literatura, y gracias a él aprendí muchas cosas sobre literatura alemana. Le gustaba hablarme de Goethe, Stefan George, Kafka, a quien había conocido y del que tenía un pequeño retrato fotográfico» (Selz, sobre Benjamin, 2012: 423).

Ese «pequeño retrato fotográfico» es la foto de Kafka niño. La situación que describe Selz ocurre en 1932. Significa que Benjamin se marchó de Berlín, con rumbo a Ibiza, con la foto de Kafka entre sus cosas. Llevaba muy poco en su equipaje: una antología de Kafka, tres libros de cuentos de hadas, seis libretas para anotar citas de libros, una libreta pequeña para anotar exclusivamente los títulos de sus ensayos y la foto de Kafka. La única persona que pudo entregarle esa foto a Benjamin era Max Brod. Y para llegar a Brod, Benjamin debía recurrir a Theodor Adorno14.

Adorno y Benjamin cultivaron una amistad muy condicionada por sus respectivas personalidades y por las circunstancias de la época. Benjamin necesitaba documentos de Kafka, pero había hecho una declaración fuerte sobre Brod y sabía que tenía la puerta cerrada con él15. Pero Benjamin era amigo de Adorno y Adorno era amigo de Brod. Adorno intercedió por Benjamin, pero Brod le pidió algo a cambio a Benjamin que escribiera un artículo apoyando su decisión de publicar la obra de Kafka. Benjamin lo hizo y, a partir de ahí, las cosas fueron mejor.

¿Por qué Brod tenía la foto de Kafka niño? La respuesta obliga a un contexto: en vísperas de la Navidad de 1923, Kafka cae enfermo de pulmonía. Regresa a Praga en marzo de 1924. Vuelve a la misma casa paterna donde se ponía a escribir pequeños relatos y cartas. Escribía en su mente, de memoria, por miedo a que su padre lo descubriera en tareas literarias. Sabía que tenía que esperar hasta que su padre se recogiera en el dormitorio. Entonces, podía contar con la intimidad necesaria para pasar sus pensamientos al papel. Dora Diamant, su última pareja, una joven de 25 años, periodista y proveniente de una familia judía ortodoxa, lo obliga a internarse en el sanatorio Wienerwald, de los alrededores de Viena. La pulmonía de Kafka se transforma en tuberculosis. Lo trasladan a una clínica universitaria en Viena y luego al sanatorio Dr. Hoffmann de Kierling. Allí muere acompañado de Dora Diamant, el 3 de junio de1924.

Al menos se libró del Holocausto. Y murió siendo amado por alguien. No es poco.