Y nos pegamos la fiesta - Víctor Alarcón - E-Book

Y nos pegamos la fiesta E-Book

Víctor Alarcón

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Beschreibung

«Todas tienen algo en común: la libertad y la belleza, como un par de accidentes que acaban de cruzarse frente a sus carros o algún hallazgo feliz al fondo de sus carteras»: eso es lo que comparten los relatos de Víctor Alarcón en «Y nos pegamos la fiesta». Un detenerse en el tiempo para observar «una grieta en la realidad» a través del lenguaje: el escrito y el oral, por lo que sus historias se ven y se escuchan al mismo tiempo. Discípulo de Guillermo Cabrera Infante, de Julio Cortázar y de Franz Kafka, sus cuentos son una incitación a bucear en la memoria de los que fuimos para hallar, tal vez, a los que seremos en ese espacio intermedio cuando somos y todo nos es posible: Juego, humor negro, ironía y musicalidad. Su prosa invita a adentrarse en ella como quien se encuentra ante una saga de muchos tomos y no puede dejar de leerla. Esta publicación de Isla de Libros es una segunda edición corregida y aumentada (incluye su relato «La casa del olvido» que mereció una mención en el segundo Premio Anual de Cuento Salvador Garmendia, 2017) de este libro que ganó I Premio Equinoccio de Cuento Oswaldo Trejo 2012

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Seitenzahl: 216

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Y nos pegamos la fiesta

Y nos pegamos la fiesta

Víctor Alarcón

@edicionesisladelibros

Y nos pegamos la fiesta

Primera edición en Equinoccio, Caracas, 2014

Segunda edición corregida y aumentada en Isla de Libros, 2021

Esta obra obtuvo en 2012 el I Premio Equinoccio

de Cuento Oswaldo Trejo, Caracas, Venezuela

© Víctor Alarcón, 2021

© Isla de Libros, 2021

Carrera 5, 34-13, AP 101, Bogotá, Colombia

[email protected]

www.isladelibros.com

Dirección editorial: Álvaro Castillo Granada

Edición y producción: Isla de Libros

Logo Isla de Libros: Zilah Rojas

Retrato del autor: Uma P. A.

Diseño de la cubierta: Nicolás Consuegra

Diseño gráfico: David Arneaud

Conversión a libro electrónico|eBook conversion: Apex

ISBN 978-958-53107-5-9

CONTENIDO

Carlitos Fon

El Ale

La ballena negra

Saly, el judío errado

Y nos pegamos la fiesta

La casa del olvido

A Florentino Galán.

¡ay, el sexo, ay el amor, ay la JODIENDA!

CHARLES BUKOWSKI

Carlitos Fon

A Carlos Sandoval.

Este güey era un nerdo particular y en el máster se notaba más.

Lanzado a las discusiones sobre teorías y profesores que no parecían cansarse de que les hicieran la pelota, Carlos trataba de pasar desapercibido entre las pocas filas de estudiantes. Pero no podía. Bastaba que abriera la boca y hablara para que todos vieran la comiquita que era. No es que los otros fueran normales, empezando por la bollera vestida de niño y terminando con el gay pijo que agarraba todo con asco. Pero ellos querían ser extraños, mientras tanto este mexicano se desesperaba por ser normal o pasar como un cachondo más; no lo habría hecho aunque le fuera la vida en ello.

Cuando entré lo vi sentado como una piedra perdida en el desierto, detrás de la mesa y su cuaderno, con el bolígrafo perfectamente colocado frente a él y me dije: ¿éste de dónde salió? Por supuesto me alejé. En la jaula de animales idiotas que era nuestro salón no convenía verse débil, y él tenía una debilidad contagiosa. En el máster, con tanto feminismo, comunismo y deconstruccionismo trasnochado, las posturas teóricas se confundían con los complejos personales y, como es obvio, Carlos no tenía ninguna. Mientras su compatriota fresa hablaba del grupo de géneros y nuevas sexualidades —con lo cual me daba cuenta de que nunca se la habían follado bien—, otro hablaba de Derrida y un tercero defendía la cultura de masas —pero era un fascista de mierda. Él hablaba de la literatura fantástica del siglo XIX y cuando veía que nadie lo escuchaba abría un libro de Lovecraft que tenía escondido. Esto no quiere decir que no tuviera complejos. Al contrario, si soplabas muy fuerte seguro se caía y se le partían los lentes. Pero en lugar de usarlos en su trabajo, montaba una fachada de literatura fantástica y recitaba de memoria toda la mitología de Cthulu o las particularidades sobrenaturales de la novelística de Balzac.

Por si esto no fuera poco entre los cachondos del máster había un ambiente de ligoteo que abrumaba a cualquiera o lo hacía reír. Apenas lo vi pensé que Carlos era virgen o hacía eras que no se comía un coño. Percibía cómo sudaba cuando estaba rodeado de hombres que hablaban de las tías del máster o se burlaban de las bolleras. Un par de veces me tocó sentarme con él y se explayaba, como si pudiera hacerlo, para hablar de mujeres. Entonces veía que juntaba el dedo índice con el pulgar de su mano derecha mientras la movía muy cerca de la mesa o al nivel de su estómago al mismo tiempo que mencionaba el nombre de una mujer:

—Pues, mira güey, a ésa le ponía apartamento en el centro —yo me reía porque no sabía si conversaba con un mexicano salido del siglo antepasado o me estaba hablando en serio. No era tanto la frase sino su calvicie y su frente sudada, que se secaba constantemente con un pañuelo a cuadros. Eso junto con los suéteres de lana y las camisas de botones perfectamente planchadas, todas a cuadros con el fondo blanco. En un curso lleno de gente que estaba más cerca que lejos de la treintena pero se negaban a crecer y se vestían como adolescentes tardíos, él desentonaba aunque cambiara toda su vestimenta.

De resto hablábamos de cómics. Yo no sabía que podían existir tantos: cómics sobre pueblos en el norte de Europa o de América donde la gente se convertía en gusanos; cómics sobre manicomios y fantasmas; cómics sobre personas normales que de repente se ven sumidas en un universo desesperante; cómics sobre mexicanos que se van perdiendo en el mundo de los mayas y los aztecas, un mundo que se parecía más a las ciudades intergalácticas de Lovecraft que a la verdadera Teotihuacán. —A que está chingón, güey— decía con cara de alucinado. El otro tema que teníamos no me gustaba: la literatura del siglo XIX. No por la materia sino por la actitud que asumía. Se volvía distante y ampliaba su cara de sapo. Se transformaba en un reptil solemne y empezaba a describir el manejo de la novela fantástica o de los cuentos mexicanos del siglo XIX. Yo no sabía de qué estaba hablando pero él podía recitar toda la bibliografía de Balzac como si fueran los títulos de las películas de moda. Sentía que se ponía guantes para hablar de literatura decimonónica y no se atrevía a decir nada malo.

—La literatura norteamericana se puede resumir en Poe, Whitman y Twain —decía alguno tratando de ser contundente—, quizás agregaría a Melville.

Le pedían su opinión como si estuvieran hablando con el cabrón de Harold Bloom y él, sin moverse, quieto como un lagarto asoleándose, respondía:

—Me parece un poco apresurado —así, sin más, como si le estuvieran dando mal la receta para unos taquitos al pastor y no tocando una de las tradiciones que más le dolía.

Le dolía por Lovecraft.1 Él era como un Lovecraft mexicano y bizarro —si es que Lovecraft podía ser más bizarro todavía— que habría follado una vez y listo, se habría quedado así el resto de sus días (¿lo peor? Seguro le encantó, como el mejor sueño del cual no quieres despertar). Pero había decidido venir a Barcelona, en lugar de quedarse en un pueblo perdido comiendo helados y escribiendo cuentos sobre monstruos interestelares. Había venido a Barcelona para mezclarse con unos güeyes que zopiloteaban para ver cuál era la primera chava que se resbalaba, porque todas caen, güey, y las que no caen se resbalan.

Su calma de serpiente no me molestaba tanto como me desesperaba, sobre todo cuando se ponía a hablar de literatura y se tiraba sus largos monólogos sobre cánones literarios y las virtudes de diferentes escritores. A veces sentía que estaba hablando con un académico de la Universidad de Salamanca o, peor, de alguna ciudad mínima y perdida de España. Pero después de cerrar los ojos pidiéndome paciencia volvía a abrirlos para encontrar, de nuevo, a Carlos allí sentado; a su vera, el sevillano que se sonreía sin dejarse ver. Cuando se calló, cuando dejó de lado el listado interminable de nombres, Jordi, sentado a mi derecha, estaba harto de tanta parrafada y dijo:

—Mare de Deu, cuánta cultura.

—Claro, illo —decía el sevillano—, no ves que estamos hablando con Carlos Fuentes —y los tres nos partíamos de risa mientras Carlos sonreía con cortesía.

—Ay —replicaba— pero qué honor. Cómo me río, pero qué honor, son unos caballeros —y Jordi mostraba su sonrisa detrás de sus lentes afilados tratando de compensar el aburrimiento que había sufrido:

—Podemos hacer la versión catalana: Carles Font —y seguía riéndose.

Me tocaba volver a verlo cuando me llamaba para pasear por Barcelona. Caminar con él era perderse en el polvo de las librerías de usados viendo libros viejos y papeles amarillos que no entretenían a nadie, salvo a él. Yo deambulaba por las estanterías tratando de encontrar algo que me interesara o como un método para matar el tiempo hasta que llegara la noche para ir a hartarme de cubatas en un bar lleno de guiris de cuyo nombre no me habría podido acordar aunque quisiera.

Luego salíamos de las tiendas y le suplicaba que nos fuéramos por unas cervezas porque no aguantaba el tedio de seguir cazando putos incunables del siglo XIX. Sobre todo porque al lado de los nombres que él refería, los cabrones de Bécquer y Ruiz de Alarcón eran unos best-sellers.

—Coño, chamo, vamos a tomar algo.

—Sale, güey, vamos a chupar —respondía acercándose a mí—, ¿ah? ¿Ah?

Allí estaba el bueno de Carlos con la boca entre abierta, alargada y con un fondo negro donde se asomaba su lengua. Me daba golpecitos delicados en la espalda, tan delicados que llegaba a creer que me estaban ligando y no me daba cuenta, porque todo lo tocaba con cuidado y distancia. Nos sentábamos, pedíamos un par de cañas y hablábamos de la ciudad y lo mucho que nos gustaba. Cuando entraba en este tema, tratando de llevar la conversación a un terreno distante del siglo XIX y de las mitologías intergalácticas, él decía que sí, que estaba fascinado; pues ya ves, güey, continuaba diciéndome, desde que llegó había estado así: y abría la boca y movía la cabeza de lado a lado, sentía que su lengua se iba a desbordar por el labio inferior y miraba hacia los balcones más altos de los edificios sin levantar el rostro, como si no tuviera cuello o fuera demasiado corto. Yo no veía la hora de despedirnos e irme a ligar.

Una tarde salíamos de tomar una cerveza antes de entrar a las insoportables clases de «Cos i textualitat» cuando Jordi dijo:

—Mira quien va por allí —levanté la vista para verlo con su bolso de lado, una maricona de cuero, caminando apresuradamente sin ver a los lados, fijos los ojos en los cristales de sus lentes que, sospecho, veían las cosas de otro modo. Los pocos cabellos que se resistían a caer de su cabeza como en una guerra efímera, como las últimas huellas de una civilización perdida hace mucho tiempo y que se conserva como un secreto. La barba bien cortada, los cachetes grandes y caídos, los labios alargados y el cuello corto. La camisa de botones y los pantalones perfectamente planchados; en la mano, como si fuera un mesonero de lujo sosteniendo una servilleta de tela, la chaqueta de pana; los mismos zapatos de siempre que desaparecían entre el resto de su vestimenta. Así era Carlos, callado, pasando desapercibido entre la gente de la universidad como un personaje extraño pero casual en una novela de misterio:

—Illo, es Carlitos Fon.

—¿Qué fon?, tío —respondía Jordi—, és Font, pronuncia bé, si us plau.

—Ah —replicaba el sevillano con desprecio antes de que me riera de la discusión.

Pero visto a la distancia me doy cuenta de que eso era su vida. Si en un máster universitario donde nos respetábamos, o pretendíamos hacerlo, se burlaban de él con disciplina de investigador, cómo habría sido en el instituto. Esto puede resumir su existencia: un sapito sentado en los pupitres pequeños, ya con sus lentes gruesísimos que parecen culos de botella y los compañeros llamándolo cuatro ojos. Él permanece impávido y cuando lo incentivan para que hable se pone a dar cátedra sobre Batman y Spiderman, detallando toda la mitología de los superhéroes de Marvel o DC. Con un poco de suerte, en ese momento lo dejarían en paz mientras se comía una torta de jamón, justo antes de que otro niño pasara corriendo, lo empujara y se le cayera la comida al suelo. Podía ver cómo era usado por los amigos para estudiar y pasar las materias o para pedirle prestado los apuntes de clase. Él, tratando de combatir la soledad despiadada que enfrentaba, aceptaría sin reticencias, abismado en su cuarto que se poblaba de tebeos, cómics y libros del siglo XIX o con su portátil que iría llenándose de porno para hacerse chaquetas diarias, nocturnas, reiterativas, hasta la exasperación.

Con la adolescencia solo aumentaría el asedio y su proceso de nulificación hasta convertirse en la sombra que terminaría siendo. Primero la crueldad despiadada de los cuates que iría creciendo a medida que les crecían los pelos de los huevos; segundo la indiferencia de las viejas que lo mirarían por encima del hombro cuando no se reían de él a sus espaldas. Él pelearía sus batallas perdidas antes de empezar con una retórica de caballero cursi de principios de siglo XX, apenas rozando con temblor los brazos de las chavas que se retiraban apresuradas. Quizás se acercarían a él pidiendo algún favor o algún alma caritativa lo adoptaría en ciertos momentos neutros de la prepa. Excepto esta salvadora ficticia, sus amigos serían iguales a él: los imagino escuálidos y blancos o de una tez morena pero neutra e insípida, con los cachetes comidos por el acné, hablando toda la noche de sagas intergalácticas o cómo haría Guepardo para salvar a Tormenta en el próximo capítulo de los X-men.

Con la admisión en la universidad se habría construido su zona segura y la hipocresía social lo protegería de las agresiones a las que estaba acostumbrado. Le sobraría el tiempo, sin amigos ni mujeres solo lo perdería haciéndose pajas. De resto, pasaría su soledad memorizando clásicos del siglo XIX y planeando miles de estudios sobre cómo debía leerse la novelística latinoamericana y europea. Quizás trataría de crear un nuevo grupo de amigos para recibir el discreto y educado desprecio que caracteriza a la madurez; o habría arremetido con nuevos ímpetus la misión imposible de conseguirse una vieja. ¿El resultado? La crueldad despiadada de la mujer latina que desconoce la palabra compasión. Con un poco de suerte, le pido a Dios que se la haya dado, alguna chavita igual de desgraciada se habría refugiado con él. Pero yo no le había escuchado de ninguna novia.

Su gran problema con las mujeres, más allá de la gordura, de la calvicie, de la baja estatura, de su composición de hombre decimonónico, de su lenguaje empolvado y viejo, de sus gruesos lentes que le conferían unos ojos saltones, de sus cachetes caídos, más allá de todo eso combinado con su completa incapacidad para el ligoteo, estaba su desesperación. Las mujeres pueden oler la desesperación de un hombre aunque lo vean a la distancia. No sé cómo lo hacen, pero basta que tú estés bien follado para que llegues a una reunión y una de las tías te vea sonriéndose y te pregunte tu nombre, sin que tú hayas dicho esta boca es mía. Es como si el olor de las pajas te quedara en las manos o en el cuerpo, como si se te viera en la cara. No sé. Pero si había alguien desesperado, alguien que tenía las manos llenas de pelos y de callos por tantas pajas, ése era Carlitos Fon.

También fue eso lo que terminó de distanciarme de él.

Al principio fue su inseguridad cuando comenzaba el cachondeo sobre las mujeres con los amigos del máster. Cuando surgía el tema, él quedaba desarmado. Pero como si no notaran su presencia o su preocupación, los demás seguían con nuevos ímpetus. Tal vez se afincaban al notar la consternación de Carlos. Así empezábamos con cosas ligeras:

En la noche todos los gatos son pardos, con alusiones homosexuales.

Después de que tiene trece, paga. Y el sevillano afincaba: con trece apetece, con doce apetoce.

Quien coge feas, coge doble. Y quien coge feas y bonitas se las coge a toditas.

El palo es de quien lo cultiva.

No habían pasado tres frases cuando se afilaban.

Si la sientas en el váter y los pies le llegan al suelo te la puedes coger.

Si alcanza al timbre me la cojo.

Si pesa más que un pollo me la follo.

Si hay pelito no hay delito.

Si el césped está crecido hay partido.

Si cruza la calle sola...

Si carga dos tobos de agua...

En tiempo de guerra cualquier hueco es trinchera (la de gordas que han agradecido esta frase).

No me entere yo que ese culito pasa hambre.

¿Tienes hambre? Pues para ti tengo todo mi fiambre.

Hacerle el Peter Pan: metérselo hasta la campanilla.

Metérselo hasta donde dice Made in Taiwan.

Hacerle el Houdini o la Torre Eiffel a una tía.

Se la voy a meter hasta por las orejas.

No era tanto que él tratara de desaparecer entre las risas o que fuera el repelente de mujeres más efectivo en toda Barcelona, cosa que habría podido tolerar una noche a la semana (nunca una noche de viernes o sábado, por supuesto). Por encima de todas las cosas estaba que, sin saber cómo ni cuándo, me había convertido en un imán de mujeres. Venía de un grupo reducido de novias largas e insoportables y llegué a un lugar donde mi acento y mi aspecto de caribeño exiliado eran una bendición. Eran muchas cosas. Entre estas estaba haberme metido en un gimnasio diariamente para pasar la depresión con que me dejó la última. Eso me había dejado con una sola cosa flácida en el cuerpo, pero no importaba porque se endurecía con el primer roce. Además era alto y sobresalía entre los otros latinos para que las europeas me vieran con gusto. Pero sobre todo eran cosas innatas:

—Me gusta que seas negrito —me decían con su español por donde se escabullía la fuerza de las lenguas centroeuropeas—, me gusta que tengas churritos en el pelo, tío.

No me detuve a pensar en estas cosas en aquel momento; acepté lo que me daba el destino. Nunca en mi vida había comido tantos coños y tan diferentes. No tenía que hacer nada para que las mujeres se voltearan a verme, entonces las veía y me decía: ya ésta cayó. Así trataba de vengarme de las mezquinas que me habían tocado por novias y descubría un mundo que nunca imaginé cuando me dieron mi beca. Así, con tanta fiesta y tanta checa, húngara o alemana enamorada, no tenía tiempo para nada, ni siquiera para el máster, lo cual se volvería un problema grave. Pero en ese momento no me importaba: me iba un lunes a tomar una caña con Jordi y salíamos con un par de turistas húngaras; me iba el jueves al cine y salía de la sala hablando con una polaca que estaba loca como una cabra; salí el sábado por la noche a un bar de salsa y conocí a una francesa que estaba haciendo un año de intercambio.

Esa noche, más bien, esa mujer estaba perdida por mí. Nos conocimos en El Bombón y cuando le agarré la mano para irnos a bailar casi se cae de lo ebria que estaba. Traté de no reírme hasta que ella lo hizo aferrándose a mis brazos y luego, pelando los ojos, dijo:

—Dieu, ce qu’est un negre.

Mientras bailábamos le agarré el culo y lo sentí firme debajo de mi palma. Ella no decía nada, se agarró de mí y trataba un par de pasos mal dados. No habían sonado dos canciones cuando ya me la estaba comiendo en el bar y un par de colegas hacían lo mismo con sus amigas. Salimos cuando nos echaron y ella no podía mantenerse en pie.

—¿Dónde vamos? —afirmé más que pregunté.

—Chez moi, mon amour.

—Ou est ta maison?

—En Gracia, caribeño, en gracia...

Me dio risa que no se decidiera por un idioma y empezamos a caminar con los demás para alcanzar la boca del metro. Cuando llegamos a La Rambla, como si nos estuviera esperando, paseando como una sombra entre las putas subsaharianas, los pakis que vendían cervezas, hachís y marihuana, los guiris ebrios y gritones, los charcos de luz sobre la acera, estaba Carlos viéndonos desde sus lentes, plantado en medio de todo, imperturbable como una roca mítica.

—Carlitos Fon —grité ebrio de alegría y de alcohol porque me parecía un chiste encontrarlo. Nos paramos a saludarlo mientras sosteníamos a las mujeres que lo miraban entre las brumas del cansancio y la ebriedad. Entonces se afincó la distancia entre nosotros: vernos allí parados, él solo, pasando desapercibido incluso para las putas que brincaban alrededor de los nórdicos, y yo con la francesa que se sujetaba de mí y cada cierto tiempo me comía la boca y el cuello pidiéndome que nos fuéramos.

No hablamos mucho, un par de palabras y ya estaba montado en el metro cuidando que la francesa no se durmiera. Le costó dios y su ayuda encontrar la calle donde vivía y acordarse de cuál era su número. Llegamos justo cuando pensaba dejarla tirada en la calle, cabreado con su borrachera. Subimos a su piso y nos metimos en su habitación: la desvestí y me dediqué a chuparle las tetas y comerle el coño mientras ella soltaba gemidos en francés y me acariciaba el pelo. Cuando estaba bien mojada me levanté para ponerme un condón y volví a la cama para penetrarla. Al hacerlo se volvió loca y empezó a arañarme y gritar con más fuerza. Me asusté, o me sorprendí, pero luego me gustó que se pusiera de ese modo, el problema fue que apenas se vino dejó de hacerlo y a mí todavía me quedaba la mitad del recorrido. No entendía por qué estaba tardando tanto en venirme. Ella se quedó como noqueada entre las almohadas y las sábanas, autosatisfecha con su orgasmo, olvidándose de mí, algo muy parecido a la necrofilia.

Entonces recordé a Carlitos Fon. Me molestó estar allí entre las piernas sin vida de la francesa que dormía su borrachera, con las dificultades de venirme, y acordarme del puto nerdo mexicano obsesionado con Lovecraft. Lo imaginaba a esa misma hora sentado frente a la pantalla que mostraba una escena de porno lésbico y al lado una torta de jamón serrano y una botella de cerveza, chupando y cascándosela solo en su habitación.

Como era de esperarse, me dañó el polvo. Me salí de la francesa y de su habitación para echarme una paja en el baño. Dejé mi semen sobre los bordes de la tapa del wáter y me vestí mientras escuchaba los ronquidos de animal de la mujer que hace unos momentos había estado sin vida. Salí a las calles de Gracia sin sueño, sin borrachera, sin nada más que el mal gusto de un polvo mal echado. Me puse a pensar en Isa, mi exnovia, y en Cthulhu, casi la misma cosa.

Meses después sentí el llamado del máster.

¿Qué esperaban? Esto no es The social network. Inevitablemente llegaría el final del semestre y tendría que meterme en mi habitación a redactar los trabajos pendientes. Además debía hacer el balance de gastos investigativos para redactar el informe de la beca, encontrar las palabras adecuadas para disfrazar los amplios vacíos que poblaban mi estancia en Barcelona. Como si estuviera montándole un cuento a la novia para que me creyera la escapada de la noche anterior.

Por fin pude sentarme durante más de una semana frente a la computadora, con todos los ensayos que no había leído durante el semestre, para inventar cuatro trabajos de quince páginas y luego llevarlos a la universidad. La verdad, no me quedaron nada mal, incluso alguno podría mandarlo a una revista. Pero sabía que no lo haría por esos días porque tenía pendiente organizar mi tesina, que aplazaría para septiembre —solo faltaba conseguir la excusa adecuada—, y resistirme a entrar en Facebook o ver el celular que estaba lleno de llamadas perdidas o mensajes para que saliera a buscar la noche.

Por suerte las fechas de entrega se mantenían en mi cabeza como un ser abominable e indescriptible lleno de tentáculos que me miraba desde una estatuilla mítica. Aunque no pensara en eso cuando me levantaba para prepararme algo de comer o revisaba mis correos, su presencia se colaba por las esquinas de la habitación como una sombra. Era inevitable, aunque tuviera mi pene entre los labios diestros de una mujer.

Sobreviví a las semanas de encierro y poco dormir para subirme en el tren e ir hasta la universidad a entregar los trabajos y hablar con mi tutor para decidir la fecha de la tesina. Abrí la puerta de su despacho y encontré la cara de Carlos frente a un escritorio. Sus manos reposaban sobre su regazo y estaba en medio de uno de sus discursos sobre Lovecraft, lo supe de una vez porque trataba de negros, nativos y viscosidades. Apenas entré dejó de hablar, fijó sus lentes en mí y esbozó una sonrisa con sus labios muy juntos y alargados. Una sonrisa extraña, como si no quisiera revelar la molestia que le causaba ser interrumpido, como si me estuviera haciendo cómplice de algo. Su interlocutor, mi tutor, su tutor, volteó con cara de asombro y dudó antes de hablar. Giró para ver a Carlos quien, me pareció, asentía con la cabeza como si estuviera dando un permiso, y luego me pidió que esperara afuera.

Cuando salió, me saludó parsimoniosamente como solía hacerlo. Después de que me diera un abrazo distante me dejó pasar al despacho para discutir mi tesis. Vi la cara escéptica de mi tutor:

—Un personaje, pero trabaja.

Me pareció un regaño escondido pero no le hice caso. Después de vueltas retóricas y lenguaje alambicado pude pedirle que me dejara entregar la tesis en septiembre. Sí, pero para la segunda semana como muy tarde. Le comenté que era para hacerlo bien, de inmediato pensé que era simplemente para hacerlo.

Salí contento, pensando en todo el tiempo que tenía por delante para escribir cuarenta páginas de tesina, y me encontré, como era de esperarse, con Carlitos Fon:

—Güey, un chingo que no nos vemos, ¿eh? ¿Eh? —me dijo para que almorzáramos juntos.

Como es obvio hablamos de Lovecraft y de su tesis. Me dijo que había escrito muchos trabajos sobre él y que incluso había logrado adaptarlo a los estudios poscoloniales. A mí me gustaba, de hecho lo había empezado a leer con más interés, pero lo de Carlos era una obsesión. Le pregunté cómo coño había hecho para hablar de un gringo fascista2 en una materia de reivindicación política y social.

—Por lo mismo, güey —me respondió—. Es el centro de poder viendo a la periferia. Lo más chingón, es cómo le hace con la exactitud histórica y geográfica. Este güey estaba mal pero no equivocado.

Yo estaba flipado, joder, macho, éste veía a Lovecraft hasta en la sopa. Por si eso fuera poco me empezó a contar de su trabajo de grado. Quería descubrir las verdaderas claves del autor, releerlo en su justa medida como debía ser; entender que en él no hay fronteras entre realidad y literatura:

—Yo quiero ver la realidad en los textos de Cthulhu —esa última frase, mientras terminaba mi natilla de chocolate, la dijo con voz de iluminado, como si me estuviera invitando a formar parte de un círculo selecto. Me reí por no dejar y terminamos de comer en silencio.

Las siguientes semanas mi vida no cambió mucho. Pude relajar el ritmo de trabajo y, como dicen los españoles, no me la pasaba agobiado. Sin embargo, la rutina se había vuelto más plana y cíclica, alienante y ajena. Pasaba los días metido en la casa leyendo lo que no había ni siquiera visto durante todo el año y bajando chorradas en la portátil para procrastinar el trabajo que tenía que hacer.