Yo, Como El Cristal - Laura Laurenti - E-Book

Yo, Como El Cristal E-Book

Laura Laurenti

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Beschreibung

Camelia: talentosa pianista, bella y frágil como la flor que lleva su nombre. Andreas: fascinante fotógrafo, lleno de luces y sombras. Dos fragmentos del mismo cristal. Frágil, Brillante, Cambiante, Agrietado, Invertido, Claro, Centelleante, De piedra, Transparente, Ligero, Reluciente, Destellante, Afilado... Adecuado para quienes prefieren historias de la era del postromanticismo y para los amantes del suspense, “Yo, frágil como el cristal” es el primer capítulo de una serie actualmente en desarrollo.

Camelia es una joven frágil, como la flor de la que lleva su nombre. Después de la pérdida de su padre, el mundo se vuelve más duro e incierto. Si no fuera por su gato Mozart, por Terry, su amiga de la librería, y por Andrés, su vecino de alma inquieta, estaría completamente sola. Con Andrés nace un vínculo complejo, hecho de atracción y miedo; tal vez Camelia ha sufrido demasiado para reconocer y aceptar el amor. Lo único que la mantiene a flote es la música: tocar el piano es su forma de expresión más auténtica. Una velada especial, recibida con un estruendoso aplauso, le da una nueva esperanza. Sin embargo, el pasado pesa como una sombra en su vida diaria, lo que le dificulta abrirse y amar verdaderamente. “Yo, como el cristal” relata con una mirada lúcida y delicada el difícil paso hacia la edad adulta temprana, entre heridas que piden ser curadas y sueños que buscan espacio para florecer. Una novela que explora con profundidad la psicología de sus personajes.

PUBLISHER: TEKTIME

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Laura Laurenti

Yo, como el cristal

Io, Come Cristallo

Copyright © 2022

Todos los derechos reservados.

ILUSTRACIONES DE: Sabrina Stella

TRADUCCIÓN DE: Elizabeth Garay

Trasforma un sueño roto en una nueva y preciosa realidad.

Frágil

“Aquí vamos”.

Suspiro desconsolada cuando levanto la mirada y me encuentro con el brillo rojizo de las decoraciones que se ven a través de la puerta de cristal.

Fueron instaladas en la ciudad hace poco más de una semana, pero hasta hoy fueron encendidas: al parecer hay una fecha que debe ser respetada por toda la nación.

Mis compañeros del trabajo me invitaron a la plaza principal para presenciar el encendido del árbol, pero me negué diciendo que estaba resfriada. No sé si lo creyeron o no, y en el fondo, no me importa.

De nuevo bajo la mirada hacia el libro que tengo en mi regazo: una novela policiaca de poco más de quinientas páginas.

Me encanta leer, pero esta obra definitivamente no es de mi agrado: está llena de términos técnicos y descripciones que no puedo seguir, y la historia tiene algunos giros demasiado sangrientos.

Lo peor es que, por uno de mis principios inquebrantables, no puedo dejarlo a medias y temo que si no me apresuro a terminarla tendré que lidiar con esa historia al menos hasta el año nuevo.

Un thriller brillante, imposible dejar de leer.

Destaca en letras mayúsculas debajo del título y del nombre de la autora.

Quizá lo más brillante de este tomo sea precisamente la portada.

Tengo ganas de arrojar el libro contra alguna pared, pero no es mío, ni el libro ni la pared, así que lo cierro y en el interior meto un marcador de páginas de cuero sintético con flecos para señalar el lugar donde me he quedado sin tener que doblar las páginas.

El viento se ha levantado y puedo oírlo aullar inquietantemente.

Tal vez sea mejor que baje las persianas; hace frío y ya está muy oscuro, aunque ni siquiera son las cuatro.

Tiemblo cuando aparto la manta con un puntapié y siento que tendré que subir la temperatura de la calefacción.

Me acerco al balcón y veo que las plantas se la están pasando peor que yo o quizá, martirizadas por la helada, ya no sienten nada.

¡Parece que llevar el nombre de una flor no es ninguna garantía y ¡pensar que yo creía que tenía buena mano para las plantas!

Lo cierto es que, a medida que me acostumbraba a mi casa, descubrí a mi costa que era el clima el que lo hacía todo por mí: una mezcla armoniosa de aire fresco, sol y lluvia.

Nunca como ahora, los tiempos me habían parecido tan lejanos cuando aquel pequeño lugar, en una posición privilegiada respecto al resto del pueblo, era mi mundo entero.

«La nieve, otra vez. ¡No!», refunfuño enojada.

No me había dado cuenta de que había caído una ligera capa, espero que se derrita y no se repita esta noche, aunque temo que con la caída de temperaturas los copos se cristalicen formando escarcha y no pueda mantener el equilibrio.

La semana pasada estuve a punto de caerme al menos cinco veces en un día. Y vaya que esa es una estimación conservadora.

Me dejo caer de nuevo en el sofá.

Mozart, mi gato persa blanco, ni se inmuta.

Mientras no le den una patada, todo está bien para él.

Había leído en alguna parte que los gatos

sufren si los mueves del lugar donde siempre han vivido, pero parece que el mío ni se dio cuenta de que hace tres meses cambiamos de casa y de ciudad.

A decir verdad, soy yo la que está apegada a los lugares físicos: crecí a la orilla de un lago y cuando me alejaron de él no pude aceptarlo durante mucho tiempo. Odiaba al hombre que no conocía y que me había alejado de lo que durante años había considerado mi amada familia, odiaba todo sobre el lugar al que me había llevado a pesar de que tenía una pequeña habitación para mí sola y la naturaleza exuberante a mi alrededor.

Desde que tuve que dejar ese lugar también, lo añoro todo y no sé si alguna vez me acostumbraré a este apartamento pequeño, frío y vacío, el único que podía permitirme con el escaso presupuesto que había destinado para el alquiler.

«El árbol, tienes que hacer el árbol».

Una pequeña voz dentro de mi cabeza repite obsesivamente.

«Termino el capítulo y me detengo, lo juro».

Hablo sola, pero no me preocupa: me encuentro mucho más interesante que mucha gente que he conocido en el camino.

Desafortunadamente, solo faltan un par de páginas y, antes de darme cuenta, me encuentro agarrando el cartón alto y delgado que contiene el abeto comprado ayer en la tienda de descuento de la planta baja del edificio donde vivo.

«A ver, ven aquí».

Me siento como una mala maestra que toma a un estudiante indisciplinado de la oreja.

¡Y pensar que nunca he aprobado esos métodos de trogloditas!

La cinta adhesiva se desprende fácilmente, pero cuando agarro la punta, no solo el arbolito no se mueve ni un centímetro de su sarcófago, sino que me queda en la mano un puñado de agujas de las hojas del árbol mal cortadas.

Abro la caja y descubro que las ramas están firmemente ancladas con metros de alambre.

«Gran compra».

Comento críticamente cuando, después de interminables minutos de intenso y doloroso trabajo, el arbolito emerge en todo su “esplendor”.

Está irremediablemente torcido, desaliñado y desprende un fuerte olor químico.

Creo que ahora entiendo por qué estaba en oferta…

Podría haber gastado mejor ese dinero, tal vez en una agradable salida de compras al mercado, pero en lugar de eso quise cumplir una promesa estúpida.

Por suerte, no tuve que gastar ni un centavo en las decoraciones, porque en una caja de cartón de colores, bajo innumerables capas de papel de burbujas, descansa una colección de preciosas esferas de cristal.

Una reliquia lejana de una familia aún más lejana que ahora ya no existe.

Las había escondido en el ático, un nombre altisonante para un desván oscuro y húmedo donde los objetos se enmohecen a un ritmo casi aterrador.

Hubiera deseado que se quedaran allí, fuera de la vista y del corazón.

Y en cambio, puntual, como cada año, llegó diciembre.

Intenté ignorarlo, ni siquiera pasé la página del calendario.

Intenté fingir que el tiempo no pasaba, pero el tiempo fue mucho más listo que yo.

El tiempo pasa y sabe cómo afectar a las personas y sus sentimientos.

La gente dice que el tiempo todo lo cura, pero nadie ha pasado por lo que yo he atravesado.

Me siento incómoda manipulando estas decoraciones, especialmente cuando pienso que los últimos dedos en tocarlas fueron los suyos.

Era extraño mirarlo con esas frágiles cositas en sus manos. A él, que parecía una extraña colección de bestias feroces: rubio y con una gran melena de león, alto y fuerte como un oso.

Cuando nos veían juntos, nadie creía que yo fuera su hija.

Pero qué alma tan gentil era él. Era quien creía en la Navidad y en su espíritu; el que esperaba que todo fuera posible; el que estaba a mi lado incluso cuando yo estaba en guerra con él; quien me salvó la vida cuando en cambio yo merecía ser abandonada a mi suerte; era él quien terminó solo de esa manera por mi culpa.

Oigo pasos fuertes en el pasillo que hay más allá de la puerta principal.

Imagino que es alguien que vive en el quinto piso porque solo hay dos apartamentos en este piso, pero solo hay una persona cuyos pasos me gustaría escuchar ahora mismo.

Andreas.

Las entradas a los apartamentos en los que vivimos dan al mismo balcón.

Desde hace más de un mes que no lo veo. Dijo que se iba a trabajar y que no sabía cuándo regresaría.

Imagino que puede cuidar de sí mismo y no necesita niñera, pero la verdad es que lo extraño terriblemente: es una de las pocas caras amigables en el océano de indiferencia de la ciudad.

No debo pensar en ello, siento que me estoy volviendo loca... Me siento frágil...

Como el cristal.

Me puse los auriculares en los oídos. Rock ácido.

Deslizo mi dedo índice sobre el dial, ajustando el volumen al máximo.

Supongo que no debería, porque trabajo con la audición.

En realidad, solo quiero huir y no sentir nada más…

Me doy cuenta de que mi cara se está mojando, una lágrima corre por mi cuello.

Silenciosa.

Supongo que es el corazón gritando de desesperación.