Yo, el director - Mario de Marchis - E-Book

Yo, el director E-Book

Mario de Marchis

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Beschreibung

¿Qué puede hacer el directivo de hoy frente a los retos que le impone el nuevo paradigma administrativo? Desde hace unos años se habla con insistencia del "cambio de paradigma". Se nos dice que se trata de una transformación radical que, de un tiempo a esta parte, está modificando nuestra relación con el mundo, con nuestros semejantes y con nosotros mismos. Pero, ¿en qué consiste exactamente este cambio de paradigma?, ¿cómo se manifiesta?, ¿de qué manera afecta nuestra vida? Mario de Marchis emprende en estas páginas una apasionante e iluminadora exploración que busca definir, desde el punto de vista del directivo y tomando como marco de referencia a las organizaciones de hoy, las reglas que el nuevo milenio impone a los individuos y, de manera particular, a los que han decidido asumir una posición de liderazgo.

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Seitenzahl: 317

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Introducción

Aprendemos a ser hijos cuando somos padres;y aprendemos a ser padres cuando somos abuelos.

ANÓNIMO

Si los hombres pudieran aprender de la historia, ¡qué lecciones nos enseñaría!Pero la pasión y el partidismo nos ciegany la luz que la experiencia nos da es unalinterna en la popa que sólo brilla ante las olas que vamos dejando

SAMUEL COLERIDGE

El propósito principal de este libro es explorar la mente del directivo. Para entender esto, primero tenemos que comprender quiénes somos y qué lugar ocupamos en el universo. El nacimiento de nuestra especie tiene mucho que ver con nuestra capacidad de aprender. Gracias a esta habilidad nos distinguimos tanto de otros animales: a diferencia de ellos, lo que aprendimos logramos transmitirlo, de cerebro a cerebro, primero gracias al lenguaje y luego gracias a la palabra escrita.1 Así, el conocimiento y las habilidades se pueden acumular de generación en generación por vía no genética, de tal forma que cada individuo tiene acceso al conocimiento producido en generaciones anteriores. Por lo tanto, lo verdaderamente distintivo de nuestra especie es que podemos aprender colectivamente. Cuando comparamos al chimpancé individual con el hombre individual, vemos diferencias notables pero no transformativas. La diferencia se vuelve abismal si comparamos los cerebros de chimpancés con los gigantescos cerebros colectivos creados por los humanos en el curso de muchas generaciones.

“El advenimiento de la cultura acumulativa es un acontecimiento sin precedentes en la naturaleza. Funciona como el interés compuesto, permitiendo a las sucesivas generaciones partir de un punto cada vez más avanzado en el camino del desarrollo cultural y tecnológico. Por seguir este camino, la especie humana se ha distanciado de manera creciente de sus raíces ecológicas. La transmisión de conocimientos, ideas y técnicas, ha dado a los humanos una capacidad añadida, también sin precedentes, para sobrevivir en medios hostiles y para crear medios nuevos que satisfagan sus necesidades y deseos inmediatos.”2

Los humanos actuales, considerados individualmente, no somos mucho más inteligentes que los chimpancés o los neandertales; pero como especie somos muchísimo más creativos, porque intercambiamos conocimientos entre los miembros de una misma generación y entre las generaciones. Para tener una idea de esto es suficiente pensar cómo sería la vida si nuestro conocimiento tuviera que partir casi de cero, y si de la familia y de la comunidad recibiésemos nada más un puñado de indicaciones sobre el comportamiento social y sobre las costumbres alimenticias, que es más o menos lo que heredan los chimpancés jóvenes.3 ¿Cuántos instrumentos que nos rodean seríamos capaces de inventar o fabricar durante nuestra vida? La respuesta impresiona: serían realmente escasos, si no nulos, los utensilios que pudiéramos crear sin contar con todo el conocimiento heredado de miles de generaciones que nos precedieron.

Esto nos lleva a una de las principales tesis de esta obra: el conocimiento técnico lo podemos transmitir fácilmente de generación en generación, pero el conocimiento humano, que lamentablemente depende de una experiencia de vida propia, difícilmente lo podemos comunicar de manera efectiva. Es por esto que decimos que “nadie aprende en cabeza ajena”. Tristemente, en este aspecto somos como los chimpancés: tenemos que volver a experimentar lo que otros hombres, en otros tiempos, ya experimentaron, y en su caso fracasaron. Este tipo de conocimiento casi no tenemos la capacidad de hacerlo acumulativo, y en este aspecto somos idénticos a los primeros hombres de hace 100,000 años. Muchas veces he escuchado la pregunta: “¿por qué si un médico de hace trescientos años entrara en un quirófano moderno, no sabría ni remotamente qué hacer, rodeado por máquinas de las cuales no entendería el funcionamiento ni el objetivo; mientras que si un maestro de la misma época entrase en un salón de clase moderno, simplemente tomaría el gis y seguiría con la clase?” La respuesta es clara: nuestro avance, nuestro aprendizaje colectivo, que transmitimos de generación en generación, se da respecto a los conocimientos técnicos, mientras que las experiencias de vida las tenemos que afrontar y vivirlas para que puedan generar, en el mejor de los casos, un aprendizaje individual. Por esto la frase con que empezamos el capítulo de que aprendemos a ser hijos cuando somos padres, es cierta porque todo lo que nos dicen nuestros padres carece de significado hasta que lo experimentamos en nuestra persona. Como el chimpancé, en mucho de nuestro conocimiento personal y en gran parte del social tenemos que volver a cometer los mismos errores que cometieron nuestros antepasados, para poder entender y aprender algo nuevo.

En el transcurso del libro analizaremos obras de arte, pinturas y esculturas, obras musicales, textos filosóficos y literarios antiguos, así como sucesos históricos del pasado remoto, y descubriremos que nos enseñan mucho más del trabajo directivo que muchos de los textos especializados actuales. Que aquellos grandes hombres que nos precedieron pudieron captar mucho mejor que la mayoría de los expertos de hoy en día cuál es la naturaleza del hombre, cuál es su personalidad y cómo se relaciona con sus similares, esto es precisamente lo que necesita saber un buen directivo. Su trabajo es principalmente una tarea que lo relaciona con otras personas.4

En el primer capítulo, que llamé “Un marco de referencia”, analizaremos nuestro lugar, primero en el universo, y luego en la escala de nuestra especie, para darnos cuenta de que el barniz de lo que llamamos civilización e historia humana en realidad es una capa muy pequeña y nueva si la comparamos con la vida del animal que llamamos “hombre”.

En el siguiente capítulo, “Una cuestión metodológica”, sentaremos las bases para poder hablar acerca de cómo aprendemos de forma científica y cómo podemos transmitir ese conocimiento a otros, y propondremos unas reglas básicas de discusión que creo serán muy útiles, no sólo en el trabajo, sino también en la vida diaria.

En “Homero ya lo tenía claro…y Dante también” nos daremos cuenta cómo mucho del conocimiento humano que tenían dos grandes poetas, como lo fueron Homero y Dante, sigue vigente hoy en día y cómo podemos tomar enseñanza de su obra para la vida diaria de un directivo.

En “¿Hacia una sociedad basada en el conocimiento?” estudiaremos cómo en las últimas dos generaciones ha venido presentándose un cambio que está modificando todos nuestros paradigmas administrativos, una nueva revolución comparable con la Revolución industrial, con la aparición masiva de lo que Peter Drucker nombró “el trabajador del conocimiento”. Este cambio implica un reto para los directivos formados en la época industrial y la dificultad, casi la imposibilidad, de entender que muchas de las prácticas que antes fueron útiles, hoy en día no sólo no sirven, sino que son perjudiciales para la eficacia de la organización.

El cerebro, la mente, es nuestra principal herramienta de éxito tanto como especie como también en el ámbito individual, pero se convierte en nuestra peor enemiga cuando nos descuidamos y dejamos aparecer los que llamé “Los jinetes del Apocalipsis directivo”, el principal de los cuales, también conocido por los antiguos griegos como “Hybris”, la desmesura, es azote de la mayoría de los ejecutivos exitosos hoy en día, fue bautizado modernamente como “Síndrome de la Inteligencia Autodestructiva” (SIA). No menos destructivo para las empresas es la incapacidad del directivo de retirarse a tiempo y pasar la estafeta a la siguiente generación, antes de convertirse en un verdadero problema para la institución en la cual labora, que junto con la adulación se presenta con una frecuencia impresionante. Descubriremos cómo el viejo adagio socrático “Conócete a ti mismo” sigue siendo la única medicina frente a estos síndromes negativos que invaden a las empresas. Nos daremos cuenta de que existen cuatro tipos de temperamento, que, dependiendo de cuál es el propio, nos permiten ver el mundo de una forma que los otros no pueden percibir; por eso tenemos que fomentar la diversidad en la conformación de los equipos directivos, construyendo sobre nuestras fortalezas y aceptando nuestras debilidades y deficiencias.

En el último capítulo, “Paideia Management”, entraremos de lleno en la propuesta de gerenciamiento que rescatamos desde Aristóteles con toda su actualidad, primero definiendo dos características que debe tener nuestro directivo: magnanimidad y phronesis, conceptos que definiremos en su momento. También de los clásicos tomaremos el concepto de paideia y la importancia de su aplicación al trabajo diario del directivo y en la formación de equipos, actividad cada vez más importante en unas instituciones donde el jefe ya no sabe más de sus subordinados, sino más bien éstos son los expertos en cada una de sus disciplinas, lo cual vemos magníficamente representado en el fresco de Rafael “La escuela de Atenas”. Tanto en esa época como, principalmente, en el “Siglo de Oro” de la civilización griega, “El siglo de Pericles”, así como en el Renacimiento, bajo la familia Médici, acontece una explosión de creatividad y emprendimiento humano, que traerá grandes enseñanzas para la administración moderna. Por último, terminaremos con algunos ejemplos de éxito directivo, cada uno con las características propias de su temperamento, de tal forma que podremos demostrar que no hay una sola forma de hacer las cosas, sino muchas, cada una de las cuales, bien implementadas, son tan eficaces como las otras.

Es importante subrayar lo que NO encontrarán en este libro: no encontrarán una panacea que se pueda utilizar para todos los problemas directivos ni una receta de cocina en la que, al seguir los siete u ocho pasos fatídicos, podremos convertirnos, en algunas semanas, en líderes visionarios y carismáticos o lograr que nuestra empresa, al aplicar la mágica receta, alcance un estatus de excelencia internacional. Lamentablemente, como bien le recordaba Euclides a su soberano, que le pedía un camino más directo y fácil para resolver un problema de geometría, no existe un “camino del rey”, es decir, no hay caminos cortos para aprender la matemática.5 Y esto es válido también para desarrollar conocimientos y habilidades directivas o gerenciales. Sin embargo, nos gustan las panaceas, las soluciones únicas y simplistas, que son fundamentalismos administrativos,6 porque dan seguridad al transferir la responsabilidad al autor de la receta: si ésta no funciona, la culpa es del de la teoría y no de quien la implementa. Debemos aceptar que el trabajo directivo es difícil y complejo; demanda inteligencia y experiencia, y más que nada, requiere de capacidad de razonar, de estar expuesto a prácticas y a teorías diferentes que amplíen nuestra capacidad de juicio y nos permitan formar el carácter necesario para afrontar tan gran responsabilidad.

Unas últimas aclaraciones: con el término “hombre” nos referimos a varón y mujer; se utiliza en su significado de humano, humanidad, para no plagar el texto de inútiles “hombre y mujer”, “él y ella”, etcétera.7

Se decidió utilizar varias referencias de Wikipedia por ser ésta una nueva forma de organización muy acorde con varios de los temas que trataremos en el transcurso del libro y porque algunos estudios han validado la exactitud de la información que ofrece, aun siendo una enciclopedia en la red que crece diariamente, con la aportación libre de los “cibernautas” que quieren enriquecerla.8 También usaremos referencias como programas de televisión y películas varias, dado que ya vivimos en un mundo en el que mucha de la información relevante se puede encontrar en medios diferentes al papel escrito.

Agradecimientos

Estaba furioso por no tener zapatos;entonces encontré a un hombre que no tenía pies,y me sentí contento de mí mismo.

ANÓNIMO

Creo que vivimos una época en la cual, en lo general, hemos perdido la capacidad de agradecer, y si hay alguien que no sabe agradecer es el directivo. A distancia de pocos días, dos personas me comentaron este problema: la primera, diciéndome que había recibido mucho de su jefe, como también de muchos otros de sus directores, pero nadie se sentía agradecido; y la segunda, comentándome que no pedía un aumento de sueldo, pero se sentiría mucho mejor si su jefe, de vez en cuando, le agradeciera su trabajo. Lo mismo cuando nuestro rol es de subordinado, como cuando nosotros somos los jefes, no sabemos dar las gracias. Hasta hace poco, antes de empezar a comer, se acostumbraba dar gracias por los alimentos, y parece que desde que esa costumbre se perdió, nos volvimos incapaces de darnos cuenta de la suerte que hemos tenido. Digo “hemos tenido”, porque tanto quien está escribiendo como quien está leyendo este libro, debe estar agradecido de tener la posibilidad de leer: el cuarenta por ciento de la humanidad no lo puede hacer, y probablemente también cuenta con instrucción universitaria y esto nos convierte en menos del uno por ciento de los habitantes de este planeta. Es aterrador pensar que el mejor indicador para pronosticar el desempeño futuro, el nivel de vida, el grado de estudios y la esperanza de vida de una persona es el lugar donde nació.1 Y este lugar no se determinó por mérito, o como consecuencia del esfuerzo personal, sino por pura suerte.

Y éste es mi primer agradecimiento.

También estoy agradecido por tener unos padres extraordinarios, que me dieron educación e instrucción y la posibilidad de aprender lo que es realmente importante en la vida. Doy gracias por tener dos buenos hermanos, con los cuales compartí y comparto parte de mi vida. Hasta aquí, todo lo anterior, ocurrió por alguna razón que desconozco, como también desconozco si hay una razón. De aquí en adelante, la diferencia consiste en que también yo participé conscientemente en construir lo que tengo, aunque no sé hasta qué punto.

Tengo una hermosa familia: una esposa, Lupita, más única que rara, que es mi complemento y a la cual agradezco, además de veinte años felices de matrimonio, haberme dado dos estupendos niños y haber tenido la paciencia de escuchar mi libro conforme lo escribía, tortura a la cual no escaparon tampoco mis dos hijos, Giovanni y Paolo, a quienes agradezco haberme ayudado pues gracias a ellos muchas de las ideas plasmadas en el libro se pulieron y se volvieron mucho más entendibles.

Agradezco al Tecnológico de Monterrey el haberme dado la posibilidad de terminar formándome profesionalmente y de permitirme impartir clases, en especial el curso sello de la maestría, asignatura que imparto desde hace más de quince años en diferentes campus, parte de cuyos temas y reflexiones que abordamos en el transcurso del trimestre están plasmadas en este libro.

Agradezco a mis amigos que me han ayudado en la realización de este libro, pero en primer lugar por haber hecho cierto lo que Cicerón decía respecto a un verdadero amigo: “¿Qué cosa más grande que tener a alguien con quien te atrevas a hablar como contigo mismo?” A todos ellos que, gracias a las discusiones que tenemos regularmente durante por lo menos la última década, me han ayudado enormemente en el desarrollo de las ideas expuestas en esta obra, y por la revisión de los borradores: al ingeniero Eudaldo Rubio, que además de amigo es para mí como un hermano mayor; al doctor Macario Schettino, mi gran amigo; al doctor Dídimo Dewar, compañero durante veintitrés años en el Tec; al doctor Javier Pulido, con quien compartí la experiencia de fundar un campus, y a la doctora Teresa Liedo, amistad más reciente pero no por eso menos profunda. Gracias a ellos puedo decir, junto con Cicerón: “No sé si, con excepción de la sabiduría, los dioses inmortales han otorgado al hombre algo mejor que la amistad”. Gracias por su amistad.

También tengo que agradecer al doctor Álvaro de Garay, porque me dio un empujón para escribir esta obra. Agradezco a varios de mis alumnos y a Gabriela Paz que al leer este libro, en su etapa de formación, me ayudaron a limpiarlo de errores.

Incorporé el trabajo final de un grupo de alumnos de la maestría en administración del campus Santa Fe, que mencionaré posteriormente, este trabajo es la prueba de que cuando se da libertad a un grupo, fijando unos estándares de calidad altos, se logra crear un ambiente donde la creatividad puede aparecer y lograr un resultado excelente como el que ellos lograron: si no, júzguenlo ustedes.

Por último, agradezco a mis editores Rogelio Carvajal y Guadalupe Ordaz por haber creído en mi trabajo; a Carlos Mapes, mi corrector, por haber logrado hacer más legible este libro; y a Guadalupe Reyes su apoyo y gentileza.

Un marco de referencia

UN MARCO DE REFERENCIA “CÓSMICO”

Existe al menos un rincón del universoque con toda seguridad puedes mejorar,y eres tú mismo.

ALDOUS HUXLEY

No creo que el universo sea simplemente un escenariopara que Dios pueda observar a los seres humanosluchando entre el bien y el mal.El escenario es demasiado grande para el drama.

RICHARD P. FEYNMAN

Me moriré de viejo y no acabaré de comprender al animal bípedo que llaman hombre; cada individuo es una variedad de su especie.

MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA

Para poner en contexto el lugar que ocupamos en nuestro universo y para definir un marco de referencia con el cual podamos trabajar, unas analogías podrán ser muy útiles.

Sabemos que nuestro universo se originó aproximadamente hace unos 14,000 millones de años y durante los primeros segundos de su existencia se definió cómo iba a ser constituido y estructurado: todo empezó con una gran explosión, el BigBang. Cuando hablamos de números tan grandes, nos cuesta mucho trabajo entenderlos y es más fácil si logramos utilizar una escala de tiempo más acorde con nuestro horizonte de vida. Así que les propongo traducir los 14,000 millones de años a una escala equivalente a un solo año,1 es decir, construir un “año cósmico” que incluye todo lo que sucedió en el universo desde su inicio hasta el día de hoy. En esta nueva escala de tiempo el día de hoy corresponde a la medianoche del último día del año y el BigBang se produjo justo hace un año, en la mañana del 1° de enero.

Antes de ese primer día no había nada, ni espacio ni tiempo, de tal forma que consideramos sin sentido hablar de un antes de la gran explosión; en esos primeros instantes se formaron los ladrillos fundamentales de la materia como la conocemos hoy en día: partículas elementales y energía. Es perturbador pensar que, según las investigaciones más recientes, no podemos dar cuenta de más de 95% de la materia que se formó2 entonces. Lo que vemos, y es lo que conocemos como materia, no representa más de 5 a 10% de la sustancia total presente en el universo; el resto se encuentra en una forma “oscura” y misteriosa, donde una clase de “energía oscura”, que aún no sabemos en qué consiste, posiblemente represente tres cuartas partes de lo que constituye el cosmos.3 Aún ignoramos muchas cosas del universo que nos rodea.

Tenemos que esperar medio mes para que el universo se enfríe lo suficiente para producir la primera generación de estrellas y galaxias, debido a que la gravedad logró amasar, partícula por partícula, cuerpos celestes tan grandes que por su mismo peso se comprimieron, produciendo en su centro suficiente calor para “encender” a las estrellas e iniciar su ciclo de vida, quemando hidrógeno y produciendo helio. Es difícil imaginar este proceso: pensar que una nube de polvo con una concentración de átomos miles de veces menor que nuestra atmósfera, gracias a la fuerza de la gravedad y en miles de millones de años, se colapse hasta tener la densidad necesaria para producir la fusión nuclear, es algo tan complejo que casi escapa a nuestro entendimiento. Después de millones de años de brillo, que en nuestro “año cósmico” serían unos cuantos meses, explotarán violentamente, produciendo en este proceso los elementos que conocemos. Todos los elementos que constituyen las moléculas que forman nuestros cuerpos y la tierra misma en la cual estamos, como el carbono, el hierro, el oxígeno el silicio, etcétera, fueron sintetizados a partir del hidrógeno en los núcleos de las estrellas primitivas y esparcidos por el universo al explotar con violencia al final de sus vidas (es una descripción un poco simplificada pero nos da la idea del proceso). Así que realmente, como decía Carl Sagan, somos “polvo de estrellas”.4 De los restos de esas gigantescas explosiones nacieron los primeros sistemas solares más jóvenes, como nuestro sistema solar.

Tenemos que esperar hasta mayo, el quinto mes de nuestro año ficticio, para que se forme nuestra galaxia, la Vía Láctea. En septiembre nace el Sol y nuestro sistema planetario, siendo una segunda generación de estrellas, formadas con el resto de aquella primera generación de astros que, como indicamos un poco antes, terminaron su vida en unas explosiones cósmicas y que sembraron el universo con los elementos más pesados, necesarios para la vida. Es interesante reflexionar que se necesitaron casi siete meses del año cósmico para que el sistema solar se formara.

En nuestra tierra recién nacida, un mes después empezaron a aparecer las primeras formas de vida, pero no será hasta mediados de noviembre que encontraremos los primeros seres pluricelulares en los mares primordiales. Pocos días después se formara la “Pangea”, el super-continente que pensamos dio origen a la superficie de la Tierra como la conocemos hoy, de donde poco a poco se separaron los continentes hasta tomar la configuración que hoy en día posee.

La extinción de los dinosaurios, en nuestra escala de tiempo, ocurrió hace apenas un día y medio, la tarde del 30 de diciembre, permitiendo la expansión de los mamíferos por todo el planeta, los cuales se convirtieron en la especie dominante: pocas horas después, aparecieron los primeros primates, con manos hábiles y visión estereoscópica.

El periodo paleolítico empezó hace cuatro horas, es decir a las ocho de la noche del 31 de diciembre: los primeros homínidos hicieron su aparición en África y después de varias horas, hace seis minutos, el Homo sapiens deambulaba por las planicies africanas, recolectando y cazando el alimento necesario para sobrevivir y emprendiendo su expansión por los diferentes continentes; llegó a Australia hace un minuto y a América hace apenas treinta segundos.

Figura 1. El “año cósmico”.

Hasta aquí dejamos nuestro primer mapa de tiempo para hacer las siguientes reflexiones: en realidad, la Tierra es muy joven si consideramos la edad del universo y el tiempo de vida de nuestra especie es sólo un “instante” en esta escala de tiempo cósmico: del año de existencia del universo, sólo aparecemos en la escena como especie en el último minuto del último día del año. Toda nuestra historia documentada ocurrió en los últimos dos segundos antes de la medianoche del último día del año, es decir, a las once de la noche con cincuenta y nueve minutos y cincuenta y ocho segundos del 31 de diciembre.

El próximo año nuevo, cuando comiencen a comer las tradicionales doce uvas durante la noche de fin de año, acuérdense, al llegar el momento de ingerir las últimas dos, que el tiempo que requerirán en ese proceso es exactamente el lapso que dura nuestra historia documentada en el año cósmico. Cuando pensamos en estos términos nos damos cuenta de lo insignificantes que somos: toda la vida que con mucha suerte y buena medicina esperamos vivir, en esta escala de tiempo sería equivalente a poco más de una décima de segundo, una fracción tan pequeña, que difícilmente podemos distinguir en nuestro reloj de pulsera. Toda la historia del hombre no es más que un parpadeo en la historia del universo, pero también nos susurra nuestra grandeza, que como reconocía bien Pascal: “El hombre no es más que una caña…Pero una caña pensante”.5 Es, por ahora, el único animal conocido que utiliza la razón para entender cómo se formó él y cómo evolucionó el cosmos y se pregunta sobre sí mismo y su origen. Es impresionante el hecho de que podamos entender eventos que sucedieron hace millones de años y que logremos plasmarlos en teorías científicas que podemos investigar y validar, mejorando día a día nuestro conocimiento.

Figura 2. Diciembre en el año cósmico.

UN MARCO DE REFERENCIA “HUMANO”

Un segundo mapa nos servirá para entender el desarrollo del hombre y nos dará una perspectiva temporal para comprender qué significa en realidad “ser humano” y cuánto tiempo llevamos en el estado que llamamos “civilizado”. Si expandimos los últimos tres minutos del “año cósmico” a un año, tendremos un nuevo horizonte temporal que correspondería ahora al “año humano”, el cual abarcaría, en la escala de tiempo normal, los últimos 100,000 años,6 que es cuando podemos constatar que empieza la historia moderna de nuestra especie, de tal forma que el día de hoy correspondería al 31 de diciembre justo a la medianoche, mientras que el 1° de enero correspondería al amanecer del Homo sapiens, justo hace 100,000 años.

A principios del año podemos encontrar que el hombre ya utilizaba el fuego que había descubierto probablemente en incendios provocados por los rayos y fabricaba piedras punzocortantes que le servían como herramientas para cazar y trabajar. En enero el hombre experimenta uno de los cambios más importantes en su evolución: empieza a hablar. Es trascendente poner en contexto este gran avance: debemos reconocer que primero hablamos con el cerebro, así que algunos científicos han asociado el gran desarrollo de nuestro cerebro con el nacimiento del lenguaje,7 y luego con cambios fisiológicos que hacen que la anatomía de nuestras vías aéreas superiores (especialmente la laringe) sean diferentes a las de cualquier otro mamífero. Es increíble la poca capacidad de asombro que poseemos, pues en general no nos damos cuenta de la complejidad del proceso que se verifica para realizar algo que consideramos tan trivial como hablar: tienen que intervenir la lengua, los labios, el paladar, los músculos faciales y los dientes, sin olvidarnos de la laringe y los pulmones, todos ellos controlados cuidadosamente por nuestro cerebro.8 Es algo muy complicado que requiere un control y una coordinación muy precisos.

Tenemos que esperar a que transcurra la primavera y parte del verano, para llegar a finales de junio, y encontrarnos con otra gran innovación: las pinturas rupestres. Por primera vez el hombre representa al mundo que lo rodea, plasmándolo en las paredes de las cavernas donde vive.9 Ese avance conceptual es muy significativo porque permite representar de manera simbólica la realidad que nos rodea y esta actividad, por sencilla que nos parezca hoy, se encuentra fuera del alcance de todos los demás animales.

En los siguientes dos meses prácticamente no ocurre nada nuevo: el hombre vive, o mejor dicho sobrevive, como cazador-recolector, nutriéndose de lo que el medio ambiente le provee, con una vida promedio de alrededor de cuarenta años, aunque muchos de nuestros antepasados Cro-Magnones, alcanzaban los sesenta años de edad,10 pero la mortalidad infantil era muy alta y provocaba que el promedio de vida bajara considerablemente. En esa época primitiva, en realidad nos nutríamos de fast food: cazábamos animales que eran tan rápidos, que si no corríamos más velozmente que ellos, o no lográbamos atraparlos en trampas, nos quedábamos con el estómago vacío.

En noviembre los hombres pueblan América, a partir de esa primera y mítica migración a través del congelado estrecho de Bering, que durante la última glaciación unía a Eurasia con América. A mediados del mes se produce lo que Alvin Toffler llamó “la Primera Ola”:11 la revolución de la agricultura y la domesticación de algunos animales. No podemos pasar por alto la importancia de este cambio en la humanidad; por un lado permitió fundar ciudades y por consiguiente empezar la civilización como la conocemos hoy en día (no por nada la palabra civilización proviene del latín “civitas”, que tiene que ver con el establecimiento de las primeras ciudades). Por otro lado, es imposible poseer estatuas, cuadros, etcétera, mientras el hombre es nómada: es oneroso tener todo ese superfluo que, como decía Einstein, es tan necesario para la civilización. En este momento se determina el predominio mundial de Eurasia, inaugurado en la “Media Luna Fértil” (actualmente Irak, Siria, Jordania, Israel y partes de Turquía), debido a las condiciones climáticas, que propiciaron la agricultura, y a la presencia de animales de gran tamaño, que se pudieron domesticar y que hicieron posible el desarrollo de centros urbanos, con densidades poblacionales altas, y, en consecuencia, de sistemas sociales cada vez más complejos,12 que se extenderán a las diferentes regiones del planeta.

Figura 3. El “ año humano”. En esta figura podemos ver que el año humano comienza hace 100,000 años, en enero, con el hombre primitivo cazador y recolector. Tenemos que esperar hasta mediados de noviembre para que ocurra la primera gran revolución, con el descubrimiento de la agricultura y la domesticación de los animales. Toda nuestra historia documentada empieza unos días después de mediados de diciembre.

Y llegamos a diciembre, el último mes del año. Durante este mes empezaremos a reconocernos como hoy en día nos imaginamos, con nuestra historia, nuestro desarrollo y nuestras guerras; con nuestras grandezas y con nuestras pequeñeces. A principios de diciembre el hombre desarrolla los primeros ladrillos, base para la construcción de las primeras casas, y a mediados del mes nos encontramos uno de los más grandes inventos de la historia: la rueda,13 que, como se imaginarán, inmediatamente será utilizada, junto con el caballo, en la construcción del primer “tanque” de la historia: el carro de guerra, impulsado por caballos, que proporcionaba una base estable y rápida para un guerrero y un conductor. Casi al mismo tiempo, el hombre empieza a poner por escrito diferentes conceptos e ideas por medio de pictogramas, y poco después aparece la primera obra de literatura: la epopeya de Gilgamesh. Aún hoy en día, estas fechas no son totalmente seguras, dado que no había empezado la historia escrita.

Figura 4. El “mes humano”.

Por el día diecisiete encontramos registros del primer código legal, el de Hammurabi, primer soberano de Babilonia, y tenemos que esperar unos días más para ver el desarrollo de otra gran innovación, de consecuencias dramáticas: la invención del alfabeto, que se produjo alrededor del día diecinueve. La invención del alfabeto es trascendente porque permite, por primera vez, transmitir de generación en generación y de manera sencilla los conocimientos adquiridos durante la vida y plasmar registros escritos de los sucesos que ocurrieron en el pasado, para crear una memoria común que no desaparece con la muerte de las personas. La civilización minoica ya tiene unos días de vida en Creta; por esas fechas se combate la guerra de Troya, a la cual retornaremos en los próximos capítulos.

Confucio, Buda, Sócrates, Aristóteles y Platón vivieron el día veintitrés de diciembre de nuestro calendario: es importante resaltar que pisaron el planeta sólo siete días antes del final del año, y que toda nuestra historia escrita no es más que una semana en el año de vida del hombre “moderno”. Esto es algo que debemos tener siempre presente por las grandes consecuencias que implica para las relaciones humanas, la gerencia y el liderazgo. Nuestra parte animal, primitiva e instintiva nos permitió sobrevivir durante mucho tiempo y fue desarrollándose y amoldándose al medio ambiente paleolítico, que era bastante regular y sin grandes cambios, dado que las modificaciones las producía la naturaleza, la evolución o la dinámica de la tierra, que son procesos extremadamente lentos en comparación con la vida de un hombre.14

Por coincidencia, en esta escala de tiempo, el 24 de diciembre, a las nueve de la noche, nace un niño en una gruta que marca el comienzo de nuestro calendario moderno en referencia a ese acontecimiento. El 25 de diciembre, a las siete de la tarde, Diofanto escribe el primer tratado de álgebra, y a medianoche de ese mismo día Constantino declara al cristianismo como religión oficial del Impero romano, haciendo posible su difusión primero por Europa y luego por todo el mundo.

Con este calendario simplemente queremos proporcionar un marco de referencia de la historia humana y hacer énfasis en la juventud de nuestra historia documentada y en cómo sucesos que nos parecen lejanos en realidad transcurrieron hace unos pocos instantes en el pasado. Aquí prescindiremos de un mapa exhaustivo de acontecimientos históricos y por lo tanto, nos brincaremos hasta la mañana del 30 de diciembre, que señala el inicio del Renacimiento, la explosión creativa y artística que se produce después de siglos de relativa oscuridad de la Edad Media. Ese mismo día, a las dos de la mañana, Guttemberg imprime el primer libro, invento de proporciones parecidas a la aparición del alfabeto: abarató los libros, que hasta entonces eran copiados a mano por los monjes amanuenses, haciéndolos accesibles a un número cada vez más amplio de personas y provocando una primera revolución del conocimiento. Guttemberg es considerado el hombre más importante del último milenio por la influencia que tuvo en el desarrollo de la civilización.15

A las cuatro de la mañana se verifica el descubrimiento de América y Miguel Ángel pinta la Capilla Sixtina, a las siete. Lutero provoca el cisma con la Iglesia católica; a las diez y a las once respectivamente, Carlos V es emperador e Isabel I reina de Inglaterra. A las seis de la tarde Galileo observa las lunas de Júpiter y junto con Copérnico revolucionan nuestra concepción del mundo: es la primera vez que el hombre ve el mundo que lo rodea potenciando sus sentidos naturales por medio de instrumentos creados por su cerebro.

Y así llegamos al último día del último mes del año, el 31 de diciembre. Durante este día, solamente uno de los trescientos sesenta y cinco del año, ocurrió todo lo que nos hace modernos. Vamos a ver: a las cuatro de la mañana, James Watt construye la primera máquina de vapor, que transforma la energía calorífica en mecánica y da inicio a la “Segunda Ola”,16 la Revolución industrial, que en pocas décadas cambiará la vida del hombre, propiciando una explosión productiva que nunca antes se había visto, al utilizar la energía del vapor en lugar de la limitada energía producida por los músculos humanos y animales; a las cinco se promulga la Constitución de los Estados Unidos y su independencia de Inglaterra, creando unas ideas nuevas y revolucionarias: “Nosotros el pueblo”, “Todos los hombres han sido creados iguales”, “Tenemos derecho a la búsqueda de la felicidad”, que en realidad no son “verdades evidentes”, sino construcciones culturales que han sido muy difíciles de lograr y que aún actualmente no se entienden en gran parte del mundo.

A las seis, Robert Fulton17 aplica el motor de vapor a un barco, librando a la navegación de la esclavitud de depender de los vientos y las mareas; a las siete, Napoleón Bonaparte se corona emperador en la catedral de Notre Dame de París; a las nueve empieza a desarrollarse el ferrocarril, revolucionando las comunicaciones y la concepción espacial del mundo, que se vuelve cada vez más pequeño y accesible, reduciendo el tiempo de los viajes de meses a días y de días a horas; poco después se inventa el telégrafo alámbrico que soluciona el problema de coordinar las comunicaciones entre los trenes.

Hace apenas doce horas, Darwin cambia lo que creíamos saber de nuestros orígenes, postula que la evolución es la fuerza que opera en la naturaleza y el hombre, quien, como parte de la misma, es sujeto de esos principios, y nos desplaza de ser el centro y la coronación de la creación a ser simples parientes del chimpancé, un animal un poco más evolucionado que otros primos, los monos. Edison inventa la bombilla eléctrica, que iluminará las calles de nuestras ciudades, cambiando de forma significativa la dinámica social de las metrópolis, mientras la física experimenta la mayor transformación desde Newton, con la mecánica cuántica de Bohr y la teoría de la relatividad de Einstein. Los hermanos Wright emprenden su primer vuelo y empieza la era de la aviación.

La Gran Guerra, que pocos años después sería rebautizada como “Primera Guerra Mundial”, por ser redimensionada al estallar una mucho mayor, la “Segunda Guerra Mundial”, ocurrió hace apenas siete horas; Hitler murió hace cinco horas en un bunker, en Berlín, y empezó la “era atómica” que marcó el final del último conflicto mundial.

A las nueve de la noche el hombre pisa por primera vez un cuerpo celeste que no es su planeta, y Estados Unidos gana la primera guerra verdadera de una sociedad de conocimiento: quién lograra llegar primero a la Luna demostraría la superioridad de su sistema económicosocial, descalificando a su rival.

Casi al mismo tiempo, en 1984, fecha que nos recuerda el título de un famoso y aterrador libro,18 entra en operación internet y comienza la era de las computadoras personales: “la Tercera Ola”,19 la revolución del conocimiento fundada en el desarrollo de las tecnologías de información, hace su aparición en nuestras vidas y vuelve a cambiar el entorno recordándonos que hay momentos en la vida de las personas en los que el mundo en que nacieron los abuelos es imposible de imaginar por sus nietos, de la misma manera que los abuelos no pueden adaptarse ni comprender todos los sucesos nuevos que se están gestando.20

Figura 5. El “año humano”: 31 de diciembre en la tarde. En el año humano tuvimos que esperar hasta la tarde del 31 de diciembre para encontrar lo que para nosotros significó vivir en un mundo moderno. En la figura se representan las manecillas del reloj con los eventos que ocurrieron: Darwin postuló la teoría de la evolución a la una de la tarde, Einstein formuló la teoría de la relatividad a la cuatro, la bomba atómica explotó en Hiroshima a las siete de la noche, etcétera.

Éste es un problema con profundas repercusiones en los temas de gerencia que vamos a abordar en las próximas páginas: los directivos activos en la alta gerencia fueron formados en un medio ambiente que ya está desapareciendo, vienen de un mundo en que los principios de la segunda ola, la industrialización, eran válidos, pero actualmente se encuentran con que el entorno ha cambiado. Una nueva ola, la sociedad del conocimiento, barrió con gran parte de lo que ellos conocían, y como el abuelo que no puede entender el mundo del nieto, tratan de imponer a la fuerza estructuras organizacionales, sistemas de control y estilos de liderazgo que ya no solamente no son útiles, sino que son contraproducentes en la nueva realidad.

Estamos viviendo un momento histórico muy parecido al que vivieron nuestros antepasados a principios del siglo XIX: cuando los tomadores de decisiones provenían de una sociedad agrícola, pero operaban en una sociedad que se adaptaba a las realidades de una sociedad industrial con trágicas consecuencias. Un solo ejemplo: ¿pueden imaginarse qué habría pasado si Napoleón hubiese entendido el alcance de la innovación que Fulton le estaba entregando?, ¿qué habría pasado si hubiese construido una flota de barcos de vapor, y libre de las inclemencias de la naturaleza hubiese enfrentado a la flota inglesa en Trafalgar? Creo que es fácilmente imaginable pensar que hoy el mundo hablaría francés y la historia sería otra muy diferente. Pero el gran corso evaluó el nuevo entorno con los paradigmas de una sociedad agrícola y no pudo ver el nuevo mundo en que vivirían los nietos de sus colaboradores ni las implicaciones que se derivaban de eso.