Yo soy la cumbia - Enrique Blanc Rojas - E-Book

Yo soy la cumbia E-Book

Enrique Blanc Rojas

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Beschreibung

En esta obra la cumbia no solo se escucha… se baila, se hereda, se transforma y se comparte. Los sonidos del acordeón, el bombo, la guacharaca, el cencerro, el güiro y los platillos resuenan desde Colombia, Nicaragua, Argentina, Estados Unidos, Paraguay, Chile, México, Perú y Brasil, y transmiten esta memoria cumbiambera en movimiento. A través de los textos de diversos periodistas y creadores escuchamos las experiencias, las confesiones y las trayectorias de los artistas de este género musical. Yo soy la cumbia transita por el legado de aquellos que son leyenda hacia quienes hoy exponen con una sonoridad propia la energía germinal de la chicha, el porro, el fandango o el cumbión, en convivencia con el rock, el hiphop, el jazz, el punk o incluso la psicodelia. Luego de recuperar la singularidad geográfica y social de este lenguaje transgeneracional en Cumbia somos, este nuevo libro se lee y se escucha desde los barrios, los sonideros, las cunetas y los picoteros hasta los grandes conciertos. Con Yo soy la cumbia déjate arrastrar por el sonido del llamador, porque el mundo se acaba, pero la cumbia, no.

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Seitenzahl: 452

Veröffentlichungsjahr: 2025

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La cumbia no solo se escucha… se baila, se hereda, se transforma y se comparte

Yeison Landero

San Jacinto, Bolívar, Colombia, julio de 2025

He aceptado con profundo agradecimiento la invitación de Sayri Karp, directora de la Editorial Universidad de Guadalajara, y de Enrique Blanc, prolífico periodista musical, para escribir el prólogo de Yo soy la cumbia, obra que continúa el libro Cumbia somos. Ambos fueron responsables de la publicación de este último libro en 2023, que incluye el artículo titulado “Yeison Landero, el heredero de la cumbia”, escrito por la periodista Luisa Piñeros. Desde entonces, más que colegas, los considero amigos entrañables en este viaje musical y humano.

En ese mismo año de 2023 hubo dos acontecimientos importantes para mí: en septiembre, mi esposa Yisela y yo recibimos a nuestra segunda hija, Helena. Y dos meses después, viví el nacimiento simbólico de una nueva etapa en mi camino musical: viajar por primera vez a Guadalajara, Jalisco, con mi agrupación, para presentarnos en la Feria Internacional del Libro (FIL) y anunciar el lanzamiento de Cumbia somos.

Asistimos a la FIL Guadalajara por medio de la recomendación de mi gran amigo Betto Arcos, reconocido periodista y escritor radicado en Los Ángeles, Estados Unidos, quien en su visita a San Jacinto, en el quiosco de mi casa, nos entrevistó a mí y a varios colegas de España y Colombia que se encontraban en Cartagena para el Festival Internacional de Música. Betto no dudó en proponerme para presentar el libro y para interpretar la cumbia de los Montes de María ante un público internacional.

Nuestra presencia en la FIL Guadalajara fue apoteósica. Primero fui invitado a tocar en la fiesta que la Editorial Universidad de Guadalajara y la Librería Carlos Fuentes realizan para los profesionales de la industria del libro al inicio de la semana de la Feria. Esa noche la cumbia se apoderó del espíritu de todos, los asistentes se levantaron de sus sillas y armaron una rueda como si estuviéramos en la plaza de San Jacinto. En medio de la multitud vibrante, se destacaba un gran bailador que brazos arriba incitaba a todos a moverse al ritmo, gritando con entusiasmo: “¡Que viva la cumbia colombiana!”. Más tarde supe que se trataba de Juan Felipe Córdoba Restrepo, director de la Editorial de la Universidad del Rosario, Colombia, y coeditor de Cumbia somos.

Fue precisamente en ese espacio, conversando con varios colegas y amigos, cuando propuse la idea de realizar el primer Festival Internacional de la Cumbia, CumbiaFest, en San Jacinto. De inmediato ellos confirmaron su participación como parte de la agenda académica y de la presentación del libro en territorio colombiano; se convirtieron en nuestros primeros invitados y con su presencia engalanaron nuestro festival, dándole oficialmente la categoría de internacional. Este día quedó grabado en todos los presentes.

Para el martes, en la semana de la FIL Guadalajara, Cumbia somos era ya el libro más sonado de la Feria. Cuando se anunció que el estand de la Universidad de Guadalajara, decorado con frases célebres de canciones de cumbia, había ganado el premio especial al Mejor estand, en la categoría Espacio sustentable, tuvimos el privilegio de tocar allí mismo y después en el estand de Colombia, que también recibió el premio al Mejor estand, en la categoría Plata.

Al día siguiente, en la presentación del libro, el auditorio estaba completamente lleno desde el inicio del conversatorio, y cuando sonaron las primeras notas de mi acordeón, fue como si toda la Feria se hubiera volcado a vernos. Muchos de los asistentes comenzaron a bailar al ritmo de los tambores, contagiados por la fuerza de nuestras raíces. En medio de esa multitud eufórica, nos llevamos una grata sorpresa: entre el público estaban dos de los hermanos Mejía Avante, integrantes de Los Ángeles Azules, de México, y también descubrimos la presencia de Los Mirlos, de Perú. Ambas agrupaciones, íconos de la cumbia continental, forman parte de esta obra con artículos dedicados a su legado, así que verlos allí fue una bendición. La emoción fue tal que se armó un cumbión espontáneo, una fiesta auténtica nacida del corazón.

También nos acompañaron Antonio Hernández, mejor conocido como Toy Selectah, el DJ y productor originario de Monterrey, así como Betsaida Pardo y Jairo Heli, destacados maestros de las artes escénicas en Jalisco, con quienes desde entonces hemos tejido múltiples proyectos artísticos que han fortalecido el puente cultural entre México y Colombia.

Fue así que la cumbia se convirtió en la protagonista indiscutible en esa edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

El 2024 llegó cargado de nuevas experiencias y emociones profundas. Desde sus primeros días, sabía que sería un año inolvidable. El 4 de febrero marcó un hito en la historia de San Jacinto: se llevó a cabo el primer Festival Internacional de la Cumbia, CumbiaFest, en honor a mi querido abuelo, Andrés Landero, conocido en el mundo entero como el Rey de la Cumbia. Para mí era fundamental conmemorar el día de su nacimiento, a pesar de que partió en marzo del año 2000. Si no fuera por él, probablemente no habría dedicado mi vida a compartir su música, su leyenda, su legado. Y es que, más que una celebración, este festival fue un acto de memoria y continuidad: un tributo sentido desde el corazón del pueblo que lo vio nacer y que también me vio nacer a mí.

Los países invitados para esta primera edición fueron México y Estados Unidos, que estuvieron representados por grandes artistas y organizaciones culturales. Desde un inicio, tuve claro que este festival debía contar con la presencia de los grandes maestros que caminaron junto a mi abuelo en los comienzos de este movimiento cumbiambero. Por eso, invitamos a quienes lo conocieron y lo quisieron profundamente: los maestros Carmelo Torres, Roy Rodríguez y Betty Ochoa. Nos acompañó la querida Adriana Lucía, quien hizo énfasis en que la cumbia es nuestro patrimonio. Desde Monterrey llegaron nuestros hermanos: Toy Selectah, el DJ Jorge Balleza de Sabotaje Media, y el bailarín El Golo de la Milenio, quien nos mostró el estilo “cholombiano”. También nos acompañaron desde Guadalajara Sayri Karp y Enrique Blanc y, desde Bogotá, Juan Felipe Córdoba y Jaime Andrés Monsalve, de Radio Nacional de Colombia, para presentar oficialmente Cumbia somos en territorio colombiano.

Otro de los momentos más significativos de la agenda académica fue la intervención de Adrianna Abarca, una apasionada defensora de la cumbia y la cultura latinoamericana, representante de la organización Centro Cultural Américas, quien se convirtió desde entonces en una integrante fundamental del equipo que impulsa este gran festival.

La noche del primer festival fue una verdadera fiesta de raíz y de futuro. Ofrecimos a nuestro pueblo —y a los invitados— una muestra viva del alma de San Jacinto. El Colectivo Arte y Vida de Montería abrió la jornada con una emotiva presentación de danza tradicional de cumbia, también realizamos la nominación de la mejor pareja de baile, como símbolo del amor y la tradición que sostienen a nuestra comunidad en el marco del carnaval del pueblo.

El escenario brilló con presentaciones de alto nivel: los ganadores del Latin Grammy, Los Gaiteros de San Jacinto, con la participación del maestro Rafael Castro; Adriana Lucía, que una vez más llenó el aire con su voz comprometida; y los vibrantes Bazurto All Stars, que llegaron desde Cartagena con toda su energía caribeña.

Yo tuve la oportunidad de subir al escenario con mi agrupación, pero no estuve solo: canté “La pava congona” junto a mi hija Samantha Landero, de tan solo seis años, a quien cariñosamente llamamos la Princesa de la Cumbia. Fue un momento profundamente emotivo, un lazo vivo entre mi abuelo Andrés, mi hija y yo. Una noche inolvidable, no solo en lo personal, sino para todo un pueblo que, entre gaitas, acordeones y palmas, reafirmó el orgullo de su herencia cultural.

En el mes de abril, tuve el privilegio de presentarme en el histórico Teatro Ford de Hollywood, en Los Ángeles, California. Fui invitado por mi amigo, el productor Iván Flores, de Discos Resaca Collective, y su esposa, la talentosa Zacíl Vásquez Peech, conocida artísticamente como DJ Sizzle, para participar en el evento Cumbiatón: una noche de cumbia. Más que una presentación, fue un momento de gran proyección artística y un valioso encuentro con la diáspora latinoamericana, así como con la escena musical independiente de la costa oeste estadounidense. Sentí que la cumbia, lejos de su tierra, también se reconoce, se celebra y se baila como un idioma común entre pueblos hermanos.

En ese mismo viaje tuve la gran fortuna de ser invitado por don Manuel y Mamá Chayo Ciprés, entrañables amigos de mi abuelo Andrés Landero, a quienes conoció en la Ciudad de México durante los años setenta. Fue un reencuentro cargado de historia y afecto, pues los Ciprés no solo compartieron vida y amistad con mi abuelo, sino que también fueron anfitriones, cómplices y pilares de la escena cumbiambera de aquella época. Su casa fue punto de reunión para muchos de los más grandes exponentes de la cumbia: Aniceto Molina, Poncho Samudio, Víctor Nani, Humberto Pavón, Lucho Aguiar y Pluma y sus Cumbiamberos —agrupación que con el tiempo se transformaría en el reconocido Grupo Cañaveral—, así como también los legendarios músicos de La Sonora Dinamita.

Estar con ellos fue como abrir un libro vivo de memorias cumbiamberas, donde los relatos, los discos y las fotografías revivían una época dorada en la que mi abuelo y tantos otros sembraron las semillas de una tradición que hoy sigue creciendo. Ya en los años noventa y la primera década del siglo XXI, don Manuel llevó su pasión por la música aún más lejos, trasladando su equipo sonidero a Los Ángeles, donde siguió difundiendo la cumbia entre las comunidades migrantes. Allí, desde barrios y fiestas populares, mantuvo encendida la llama del ritmo que lo unió con mi abuelo décadas atrás. Gracias a él y a doña Chayo, comprendí que la cumbia no solo se hereda por sangre, también se comparte por cariño, por barrio y por convicción.

Quién se hubiera imaginado que, en el mes de junio, tendría el honor de presentarme junto al Rey de la Música Sonidera, Alberto Pedraza, interpretando dos canciones con él en el emblemático Auditorio Nacional de la Ciudad de México, como parte de la celebración de sus cincuenta años de trayectoria musical. Fue un momento inolvidable, cargado de historia, gratitud y ritmo.

Ese viaje también reforzó mi vínculo con la cultura sonidera, un movimiento clave en la expansión de la cumbia, nacido en los barrios de la Ciudad de México como símbolo de identidad, orgullo y resistencia popular. En ese contexto, cómo no mencionar la cumbia tumba, un homenaje al ambiente sonidero y a los pioneros de la cumbia rebajada, como Sonido Dueñez, Sonido Murillo, Sonido Rada y Sonido Gabino. Hablar del sonidero es reconocer a leyendas como Ramón Rojo (Sonido La Changa), Sonido Fascinación, los Hermanos Perea y Colombia Chiquita, referentes de una tradición que ha hecho de espacios, como El Peñón de los Baños, verdaderos templos populares de la cumbia. Unos días después grabamos el videoclip de la canción “Yambao”, una colaboración que reflejó la energía desbordante de la escena sonidera y el respeto profundo por nuestras raíces compartidas.

En julio viajé a Monterrey, Nuevo León, donde tuve la oportunidad de reunirme con los Hermanos Piña para comenzar el proceso de grabación y producción audiovisual de la canción “Landero”. Este tema, que salió casi un año después, fue concebido como un doble homenaje: a mi abuelo Andrés Landero, el Rey de la Cumbia, y al querido Celso Piña, el Rebelde del Acordeón. Dos leyendas, dos linajes, un mismo espíritu musical.

A finales del verano de 2024, gran parte de mi tiempo estuvo dedicado a tocar música en California y Baja California, donde también grabamos un nuevo videoclip junto a El Golo para la canción “Catricumbia”, lanzado a inicios de noviembre.

En octubre tuve el privilegio de presentarme nuevamente en el Teatro Ford, y la noche siguiente en el icónico Hollywood Bowl, acompañado por Los Gaiteros de San Jacinto, como parte del ciclo Noches de Cumbia, una serie de conciertos dedicados a llevar la cumbia a los escenarios más emblemáticos del mundo.

Por esos días también se presentó el libro Cumbia somos, con la participación de Betto Arcos, quien tuvo a bien acompañarnos en ese momento tan especial. Este libro reafirma los lazos entre la comunidad cumbiambera y, gracias a ese impulso, continuamos haciendo lanzamientos que cuentan la historia que nos une.

De regreso en Colombia, nos presentamos en Cali en el marco de la COP16, una conferencia internacional sobre biodiversidad y medioambiente, donde tuvimos el honor de compartir cartel con el legendario Grupo Niche.

Pocos días después realizamos un homenaje a Andrés Landero en Bogotá, durante el evento Tortazo Cumbia, que incluyó un panel especial con la participación de dos destacados invitados mexicanos: Enrique Blanc y Jorge González Balleza, de Sabotaje Media. En este evento se llevó a cabo una emotiva presentación más del libro Cumbia somos.

Para cerrar el año grabamos un video junto al Ballet Folklórico Nuevo Jalisco para una canción de mi autoría dedicada a la virgen de Guadalupe, además ofrecí un concierto en el Foro Larva de Guadalajara. Allí compartí un nuevo panel con Sayri Karp, Enrique Blanc y Groncho, de Sonido Satanás, para continuar la difusión de Cumbia somos. De allí pasé unos días en Monterrey para grabar más material audiovisual con amigos del movimiento “cholombiano”, en el emblemático Puente del Papa, un lugar cargado de simbolismo para la cultura urbana regiomontana.

El 2025 comenzó con una gira por la costa este de Estados Unidos, con escalas en Nueva York, donde nos presentamos en la prestigiosa conferencia APAP, y en Washington D. C., donde estuvimos en el Kennedy Center. Terminamos justo a tiempo para regresar a San Jacinto y llevar a cabo el segundo Festival Internacional de la Cumbia. En esta edición realizamos un homenaje a la memoria y el legado ancestral del maestro Andrés Landero, con el propósito de fortalecer el camino del acordeón en la cumbia y celebrar sus múltiples manifestaciones musicales. Fue un encuentro donde grandes maestros y nuevas generaciones se unieron en una sola voz, exaltando, al ritmo de la cumbia, la riqueza y vitalidad de esta tradición que nos conecta.

Dimos inicio al festival con una agenda académica que abrió con un panel moderado por el talentoso Primo E’Costa, reconocido comentarista e influencer de la música caribeña, cuya voz se ha convertido en una referencia clave para las nuevas generaciones de melómanos y cumbiamberos en toda América Latina. Tras una emotiva presentación musical a cargo de la maestra Betty Ochoa, el reconocido cantante Juan Carlos Coronel tomó la palabra para reflexionar sobre la importancia cultural de la cumbia, a pocos meses del lanzamiento de su nuevo álbum Chamba cumbia.

La noche del concierto comenzó con Coronel interpretando “Colombia, tierra querida” junto a mi hija Samantha y yo. A lo largo de la velada se presentaron artistas como Javier Alerta (Bogotá), los Gaiteros de Pueblo Santo (Cartagena), La Negra Mexa (Ciudad de México), Daniela Serna/Akupercu (Nueva York), Aaron Bernal de Sonido Prende la Vela (Monterrey) y Discos Resaca Collective (California), entre otros. Asistieron cerca de 2 000 personas tanto locales, nacionales, como internacionales, y el evento fue transmitido por televisión y Radio Nacional de Colombia, alcanzando una audiencia aún mayor.

Después del festival realicé un viaje a Medellín, donde visité las oficinas centrales del legendario sello Discos Fuentes. Allí me mostraron fotos inéditas de mi abuelo utilizadas en varias portadas de sus álbumes. En esa misma visita grabé la canción “Kolombia” junto a Los Cumbia Stars y La Delio Valdez, una de las orquestas de cumbia más reconocidas de Buenos Aires. Fue muy especial acompañar a los músicos argentinos en sus conciertos en Bogotá y Medellín.

Actualmente me encuentro grabando nuevas canciones, entre ellas una colaboración con el maestro Alfredo Gutiérrez, titulada “Cumbia chill”, así como el tema “Sombras de olvido”. Me preparo también para una gira de verano por Estados Unidos, que incluirá más de quince ciudades y varios festivales, seguida de otra más por Europa. Uno de los logros que más orgullo me genera es haber sido seleccionado como uno de los veinticinco participantes del Festival Internacional WOMEX, una de las ferias y conferencias más importantes dedicadas a la música global. El evento se celebrará en octubre en Finlandia, y esta distinción me fue otorgada entre más de 1 800 postulantes de todo el mundo.

Este año conformé el equipo Proyecto Landero, en colaboración con la Fundación Landero, con el propósito de visibilizar y promover la cumbia tradicional. Uno de nuestros objetivos centrales es acompañar a la diáspora cumbiambera: músicos, portadores y comunidades que mantienen viva esta expresión en distintas regiones del mundo. Creemos que es fundamental que el público reconozca el origen, la riqueza y la diversidad cultural que conforman esta música tan entrañable.

El equipo cuenta con aliados y socios en Colombia, México y Estados Unidos. Entre nuestras propuestas más significativas destaca La Casa de la Cumbia, un proyecto que se materializa con la apertura de centros culturales en San Jacinto y Santa Fe, Nuevo México. Estos espacios ofrecerán clases de interpretación instrumental, canto y composición, enfocadas en repertorios cuyas raíces se nutren de la cumbia tradicional.

Artistas de distintos países serán bienvenidos para compartir sus experiencias, saberes y formas de sentir la música con nuestras comunidades locales. Entendemos que la cumbia es un gozo que se vive en familia y entre amistades, pero también reconocemos que, para quienes desean llevarla más allá de sus territorios, es vital ofrecer herramientas concretas para su desarrollo artístico. Por ello, el intercambio cultural y la colaboración internacional serán pilares fundamentales de nuestro trabajo.

La cumbia no solo se escucha… se baila, se hereda, se transforma y se comparte. Este viaje continúa con el libro Yo soy la cumbia. Al recorrer sus páginas, invito a cada lector a reconocer en la cumbia su ritmo, su forma de nombrar el mundo, de resistir con alegría y de tejer comunidad a través del tiempo y la distancia, y a honrar el testimonio vivo de esa memoria en movimiento.

Como heredero de esta tradición y representante de la familia Landero, reafirmo mi compromiso con las raíces que nos sostienen y con las nuevas generaciones que seguirán haciendo de la cumbia una música del presente. Que este libro inspire a escuchar con atención, a bailar con pasión y respeto, pero, sobre todo, a sentir con el corazón. ¡Que viva la cumbia y que vivan los cumbiamberos del mundo entero!

El rey Andrés Landero sigue vivo en su cumbia

Juan Carlos Díaz Martínez

Por caminos de piedra, arroyuelos cristalinos y frondosa vegetación de los Montes de María, en las laderas del cerro de Maco, donde el viento juega con los maizales y las tardes tienen olor a brasa apagada y sabor a tabaco seco, corrió con franela “amansaloco” y abarcas “tres puntá”, el que más tarde sería llamado el Rey de la Cumbia.

Antes de que el acordeón se le fundiera al pecho como un tatuaje indeleble, Andrés Landero fue simplemente un niño de campo: risueño, con las manos curtidas por la tierra, los ojos llenos de asombro y extremadamente travieso.

Nació el 4 de febrero de 1931, y desde niño se inició en el monte donde su padre de crianza le enseñó los secretos de la madre tierra.

Según palabras del propio Andrés Landero, su mamá, Rosalba Landero, era una mujer muy pulcra y decidida, que nunca tuvo problemas con los vecinos de la casa de palma y baraheque en donde nació, ubicada en el barrio Miraflores, en la calle 25 de San Jacinto, cerca del tanque del acueducto municipal.

Desde que tenía dos años de edad, Landero fue criado por Manuel Dolores Estrada, quien se comprometió con su madre en vida marital. Desde entonces, el futuro juglar vio en él la figura paterna que no había conocido hasta entonces. En realidad, así fue, porque con Estrada fue que Landero conoció las minucias del campo, de la agricultura, de las aves y, también, fue quien le brindó la mano cuando tenía alguna dificultad, ya en su juventud.

De su padre biológico, Isaías Guerra, Landero poco hablaba. En San Jacinto decían que era un gaitero que tocaba el tambor alegre y las gaitas, y que llegó a El Carmen de Bolívar proveniente de Rincón Hondo, en el departamento del Cesar, en unas fiestas patronales. Allí conoció a Rosalba, quien era natural de la cuna de Lucho Bermúdez, ese otro gran músico colombiano.

Uno de los biógrafos de Landero, Numas Gil Olivera, asegura que el amor de Rosalba con Isaías se consumó en una noche de fandango con gaitas en una plazoleta de El Carmen de Bolívar, en donde del calor del baile y del licor se pasó al desenfreno y, en un breve cortejo de música y danza, la joven cayó seducida en los brazos del músico forastero. Fue un amor fugaz, pero eficaz, pues esa misma noche se engendró al que sería años más tarde el rey de los cumbiamberos del mundo.

Sobre la procedencia de Isaías Guerra, el juglar montemariano, Adolfo Pacheco Anillo, compadre y compositor de buena parte de los éxitos de Landero, tenía una versión distinta a la que han pregonado los vallenatos, en la que se afirmaba que la familia Guerra sí estaba afincada en Rincón Hondo, Cesar, pero era natural de El Carmen de Bolívar, de donde salieron rumbo a nuevos territorios en un año que hubo una profunda sequía.

Travesuras al extremo de la montaña

Landero recuerda que fue un niño muy precoz y bastante ladino, que le hacía maldades a los amigos: les botaba el café cuando se lo iban a tomar, les escondía los trompos, les quitaba las bolitas de cristal y salía corriendo, les cobraba por hacerles barriletes y nunca se los entregaba. Su madre tuvo que pagar dinero por todas esas travesuras que hacía.

Su madre decidió mandarlo con Manuel Dolores Estrada —a quien también le hacía jugarretas y maldades— al terreno que tenía en las estribaciones del cerro tutelar de San Jacinto. Allí, entre cafetales y veredas polvorientas, rodeado de verdes altos y el eco lejano de tambores que ya, sin saberlo, lo llamaban, su niñez transcurrió entre las faenas del campo, como si cada surco sembrado fuera también un pentagrama invisible. Aprendió a sembrar yuca, a deshojar el maíz con paciencia ritual, a colgar el tabaco para que secara con dignidad. El café, en cambio, se recogía como quien junta secretos, grano a grano, con los dedos atentos y la mirada baja.

Pero era en las tardes, cuando el sol comenzaba a ceder y los árboles cantaban como si tuvieran alma, que el pequeño Andrés se detenía. Quedaba inmóvil, embelesado, oyendo aquel concierto silvestre: los jilgueros, los canarios, los mochuelos, los turpiales, los loros y las guacamayas. Cada trino parecía una nota sagrada. Era su primera escuela musical, sin pupitre ni pentagrama, pero con una orquesta de monte que le enseñaba el poder del ritmo natural.

Cuenta su gran amigo de la niñez, Rafael Ortega, que a Landero le gustaba correr. Lo hacía tras conejos que parecían burlarse de su agilidad, tras armadillos testarudos y venados que se perdían entre los árboles como fantasmas tiernos. Corría libre, como si el mundo fuera una fiesta sin final. Y cuando el cuerpo no podía más, se dejaba caer en la hamaca colgada entre dos árboles, con los pies aún sucios y la risa fresca.

Landero les contaba a sus amigos cercanos, como Carlos Martínez, que en la montaña dormía profundo, pero era arropado también por el temor del canto lejano de algún guasalé y el murmullo del monte. Eso era apaciguado por el sueño con gaitas, tambores y acordeones que aún no conocía, pero ya lo habitaban en su interior.

Pero en medio de todo ese mundo nuevo al que estaba adaptándose, en ningún momento dejó sus pilatunas, al punto de que su padre tampoco resistió los embates del niño, que pintó muy bien como trabajador, pero tenía un diablillo metido en su cabeza: deshojaba las flores, se robaba las ciruelas que guardaba con celo, ordeñaba las vacas sin permiso para tomarse la leche a escondidas, arrancaba las mazorcas todavía biches para asarlas en las brasas que dejaba el fogón de leña, y cortaba las matas de caña o de maíz aún pequeñas. Así, una tras otra, hasta que no pudo más, Manuel le dijo a Rosalba que no aguantaba más las picardías de Andrés.

No obstante, cuando Andrés tenía unos ocho años de edad, su padre se lo llevó de nuevo a la pequeña parcela que tenía, llamada Piedras Blancas, donde terminó por aprender los secretos de la tierra para sembrar yuca, ñame, frutales, maíz, café, tabaco y muchos productos más.

Su gran amigo Rafael Ortega, quien lo acompañó en las faenas agrícolas en los Montes de María, en las cercanías de los cerros Capiro y Maco, recordaba en las entrevistas que le hacían por su cercanía con Landero que, desde que lo conoció, a lo sumo de tres años de edad, siempre lo escuchó silbando o cantando.

Como en las faldas de la montaña se escondieron muchos esclavizados que se habían fugado de los españoles en Cartagena, allí se conformaron grupos de música, con tambores y palmas, para después agregar las gaitas y marímbulas, según el testimonio de Ortega. “Andrés aprovechó que por la zona se escuchaba música a lo lejos para ir donde estaban tocando y allí aprendió a manejar los tambores: el alegre y el llamador, y también algunas nociones del pito de cardón”, expresó.

Por esas calendas también escuchó tocar a un sexteto, quedando flechado de los dos pequeños bastones que conforman las claves, como instrumento de percusión. Así, una vez de regreso en la parcela de su padre, lo primero que hizo fue buscar la rama de un árbol de roble, y con sus propias manos creó, de manera rústica, su primer utensilio musical.

En esos exóticos parajes, rodeado de una madreselva ferviente, Landero veía a unos campesinos que a la par de cortar yerba, arrear ganado y sembrar, cantaban con brío lo que se les viniera a la cabeza, a manera de gritos de monte, haciendo más apacibles sus faenas diarias.

Eran los cantos de zafra y vaquería, las décimas infinitas, los versos del “pío pío gavilán” y los “cantos de gallo” que se hacían cada 24 de junio, día de San Juan, en el que los jornaleros salían en sus caballos a “brazar” por todas las rancherías y caseríos vecinos.

Mamá drástica y decidida

La madre de Andrés Landero era una mujer de armas tomar en asuntos de decisiones efectivas. Lo aplicó cuando su hijo, ya de unos catorce años de edad, trabajaba en la finca Piedras Blancas, y uno de los trabajadores se molestaba porque Landero no lo dejaba dormir porque se la pasaba cantando la canción el “Tigre mono”, que se había aprendido escuchando al acordeonista Pello Arrieta en el pueblo.

Rafael Ortega, quien fue testigo, refiere la historia:

Esa noche, después de comer, a Andrés le dio por seguir cantando el bendito “Tigre mono”, y el señor Manuel Caro, que era el que nos cuidaba, le dijo que no siguiera cantando, que eso llamaba al diablo. Cuando Andrés se durmió en la hamaca, Manuel se le acercó sigilosamente y le cantó de cerca el mismo tema y se acostó rápidamente. Atortolado por el sueño, Landero se le acercó y le dijo que había escuchado un eco que cantaba esa canción, y Caro, ni corto ni perezoso, le dijo que ese era el mismísimo demonio que él había invocado. Al día siguiente, cuando amaneció, Landero se marchó al pueblo y llegó con una fiebre muy alta a su casa en Miraflores, lo que obligó a su madre a impedir que siguiera trabajando en esa finca y desechó la historia de que era una broma que Manuel Caro le había hecho.

Landero recordaba, de igual forma, que su madre, cuando él tenía apenas unos cinco años, y en vista de que lo había visto varias veces comiendo tierra, le enseñó a fumar tabaco. “Prefiero verlo fumando tabaco antes de verlo con la barriga grande con lombrices de tanto comer tierra”, decía Rosalba.

La madre del futuro cumbiero, acorde con las costumbres del Caribe colombiano, utilizó uno de los remedios montunos para evitar que los niños comieran tierra —que era un síntoma inequívoco de que había lombrices habitando en el estómago de la persona—: fumar el tabaco que producía la misma tierra. Así logró combatir los parásitos de su hijo. Años más tarde, el 24 de agosto de 1975, el mismo Landero contó en una entrevista para el Canal Telecaribe que juró no fumar nunca más, promesa que cumplió hasta el último día de su vida.

Otra de las decisiones drásticas que tomó Rosalba Landero ocurrió cuando llegaron a su casa a avisarle que a Andrés, quien aún no había cumplido los seis años, lo estaba ahorcando otro menor, pero mucho más grande que él, esto en la escuela de banquitos del maestro Damián Zuleta. Rosalba corrió como alma en pena y llegó vociferando palabras de grueso calibre —algo que no era normal en ella—, tomó a su hijo por el brazo para llevárselo y lo sacó para siempre del colegio. Andrés no tuvo tiempo de aprender a leer y escribir, y solo varias décadas después, de la mano de su esposa Lastenia Alvis, aprendió a garrapatear su nombre para firmar contratos, cheques y dar autógrafos.

Pacho Rada y Miguel Landero: claves en su proceso

Andrés Landero, hijo del retumbe del tambor y del lamento de la gaita, fue un músico que, sin título de rey en Valledupar —en donde ocupó dos veces el segundo lugar con evidente enojo del público—, fue coronado en el corazón de quienes supieron escuchar su nota única, su cumbia vegetal, su acordeón que imitaba el canto de los pájaros.

En San Jacinto lo recuerdan como el niño que practicaba escondido durante las tormentas, cuando la lluvia golpeaba los techos como un tambor cómplice y el sonido del acordeón aún se atrevía a ser imperfecto, en tiempos de la violencia entre liberales y conservadores. Fue su primo Miguel quien le regaló el primer acordeón, y fue el silencio del monte el que le enseñó a imitar a la suiri que da las horas, a la gallineta, al juanpolo, a la pava congona. Landero fue el agricultor que sembró música en la tierra y cosechó armonías imposibles de clasificar.

Para ello tuvo un ángel que le indicó el camino: Francisco Pacho Rada, el Rey del Son, en quien Landero encontró, sin conocerlo, su fuente de inspiración. La primera canción que aprendió a tocar con el acordeón fue “Tigre de la montaña”, y con el son “La democracia” empezó a estructurar su cumbia en tonalidad menor.

Antes de cumplir los veinte años, Landero ya tenía su propio conjunto y tocaba, según lo cuenta Adolfo Pacheco, para los matarifes del mercado del pueblo, en donde le pagaban poco dinero, aunque triplicaba lo que ganaba en un día como jornalero en la montaña.

Más tarde lo buscaban en los pueblos circunvecinos como San Juan Nepomuceno. Allí, en una de las parrandas que amenizaba, conoció al amor de su vida, Lastenia Alvis, en la finca del padre de ella, llamada Elena Ramona. Para homenajear lo que ocurrió en ese lugar cuando conoció a su esposa, Landero compuso una canción con el nombre de ese paraje.

Andrés Landero convirtió la cumbia en un rezo de tambor y acordeón; no solo hizo bailar a pueblos enteros, sino que se volvió semilla de identidad en otras latitudes. Su música es testimonio de tierra y cielo de Colombia / Archivo Público de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

Como también sabía tocar la percusión de la gaita y era muy buen bailador, los hermanos Delia y Manuel Zapata Olivella lo incluyeron entre los músicos de San Jacinto que encabezaban Toño Fernández y José Lara, en la primera gira folclórica que hicieron por el interior del país varios grupos de música y danza del Caribe colombiano, en el año 1952.

La primera canción que compuso fue el paseo “Alicia la campesina”, y la primera cumbia que grabó fue “La sanjacintera”. Más tarde, a finales de los años cincuenta del siglo pasado, Landero hizo mancuerna con el joven compositor Adolfo Pacheco, creándose una dupla de enorme poder musical en la región: Pacheco le entregó muchas de sus mejores composiciones y Landero fue, según el propio autor, su mejor intérprete.

A finales de los años sesenta llegó el Festival Vallenato con un revolucionario modelo, y allí Landero mostró sus dotes de gran acordeonista, aunque nunca le dieron el primer lugar. No obstante, es verdad que los festivales vallenatos lo trataron de relegar; no así el mundo. En Londres, Joe Strummer —el mismo de The Clash— mostraba un casete con la leyenda Andrés Landero, el Rey de la Cumbia, como si fuera un tesoro rebelde. En sus palabras se mezclaban admiración y vértigo. “Martha Cecilia”, aquella cumbia con nombre de reina de belleza y fondo de gaita, acompañó su documental póstumo junto a íconos como Elvis y Dylan. Landero había cruzado fronteras con el mismo burro con que recorría pueblos en su juventud: sin apuro, pero con certeza.

Más allá del Caribe, Will Holland, el selector inglés que diseccionó durante años la cumbia colombiana, encontró en Landero una herencia blusera, visceral, casi africana. “No hay nadie como él”, dijo en una entrevista con la revista Arcadia, confirmando lo que muchos sabíamos sin saber decirlo: que la cumbia de Landero no era solo música, era testimonio de tierra y cielo, una manera de ser sabana con los dedos.

Y sin embargo, en casa, aún hay quienes no lo conocen.

Aunque perdió dos veces el Festival Vallenato, nunca perdió al público. En Valledupar lo amaban tanto que lo convertían en epicentro de disturbios cada vez que los jurados le negaban la corona. “La gente no entendió que la puya que tocó no era ortodoxa”, recuerda Carlos Alberto Atehortúa, periodista y víctima de una pedrada en medio de la trifulca. Pero Landero ya no tocaba para los ortodoxos. Tocaba para los que escuchaban con el alma.

Héctor Peki Romero, su cajero, cuenta que, tras su última derrota en Valledupar, Landero, resignado pero sin rabia, dijo: “No vuelvo al Festival; ahora voy pa’trás”. Fue quizá su forma de decir que no necesitaba escenarios oficiales para seguir marcando el compás de la cumbia. En los barrios de Buenos Aires lo veneran con festivales en su honor. En México, sus devotos le encienden velas y le ponen flores. En Europa lo estudian como uno de los más grandes. Y en todo el Caribe colombiano, basta con escuchar de lejos su nota para que alguien diga: “eso suena a Landero”.

Adolfo Pacheco, compadre y poeta, lo definió como “el más parecido a Francisco el Hombre”. Porque Landero era eso: leyenda que camina, que compone mientras viaja, que canta con la garganta y con el fuelle, que improvisa sin miedo. Dueño de más de cuatrocientas composiciones —paseos, porros, cumbias, bullerengues, fandangos, chalupas—, fue un músico inclasificable, de esos que no imitan porque nadie los antecedió.

Para Rodrigo Rodríguez, ganador del premio Grammy en el 2012, también acordeonista y paisano de Landero, la diferencia entre el Rey de la Cumbia y los demás ejecutantes del acordeón está en que el sanjacintero supo aprovechar el sonido de los pitos de la gaita para adaptarlas a su estilo. “Landero se inició en el campo escuchando a los pájaros del monte y en el pueblo escuchando a los gaiteros; así que desde muy niño fue influenciado por las notas quejumbrosas y melancólicas de la gaita, algo que no todos los que tocamos acordeón podemos hacer”, afirmó.

Rodríguez, que estuvo tocando varios años al lado de Landero, afirma que no hay ninguno en el país que se equipare a su maestro en la pureza de la nota. “Como él no ha nacido otro. El sonido que salía de su acordeón era distinto al del resto de colegas; quizá por eso causaba tanta admiración cuando tocaba”, agrega.

Y sin embargo, no fue hasta el ocaso de su vida cuando recibió un título que merecía, pero que no lograba ocultar la infamia que cometieron con él: Rey Vitalicio del Festival Vallenato. Distinción otorgada junto a otros juglares de huesos ya frágiles, pero de leyenda intacta. Un gesto que parecía pedirle perdón. Un homenaje tardío para muchos.

Lescano y Celso: idolatría a nombre de cumbia

La música de Andrés Landero, el juglar de San Jacinto, el hombre que convirtió la cumbia en un rezo de tambor y acordeón, no solo hizo bailar pueblos, sino que, sin proponérselo, se volvió semilla de identidad en otras latitudes.

Pablo Lescano, arquitecto de la cumbia villera en Argentina, no tuvo dudas cuando nació su primera hija y la llamó Mara del Carmen, un nombre que para él sonaba a canción. Era el mismo título que décadas atrás Landero había dado a una composición dedicada a la hija de una amiga, entre gaitas, palmas y un sentimiento que todavía suena a pueblo. Así, la cumbia no fue solo música en la casa de Lescano, en las villas de Buenos Aires, como tampoco lo fue en la casa de Mara del Carmen Martínez en Cartagena; fue también herencia, bautismo, legado.

Al otro lado del continente, en Monterrey, México, otro revolucionario del acordeón, el inolvidable Celso Piña, encontró en “Martha Cecilia” algo más que una melodía pegajosa. La convirtió en nombre propio para su hija, como si esa canción que tantas veces había interpretado guardara el eco íntimo de un cariño compartido con Landero, aunque nunca se hubieran conocido en vida.

Ambos músicos, cada uno en su trinchera, tejieron nuevas formas de la cumbia. Pero cuando miraron a sus hijas por primera vez, se rindieron ante el maestro. No escogieron nombres por azar, sino por gratitud. Landero, sin saberlo, les dio a sus hijas un himno de cuna.

Andrés Landero, el campesino que atrapó en las notas del acordeón el universo solemne y festivo de las montañas que conoció, allá en los Montes de María, y lo transformó en cumbias y gaitas sin proponérselo y sin que ninguna academia se lo recomendara, murió en Cartagena, en la habitación 613 del sexto piso del Seguro Social, en el año 2000, víctima de secuelas de un accidente.

Landero vive en Yeison

Se fue el hombre de carne y hueso, pero su música sigue respirando. Su cumbia, salvaje y sofisticada, sobrevive en vinilos, en remixes, en altarcitos paganos, en tatuajes, camisetas, playeras, en mashups con Madonna, en las cintas polvorientas que algún DJ europeo encuentra como quien descubre oro puro en un mercado de pulgas, y en el acordeón de su nieto, Yeison Landero, quien, a pulso temerario, ha recorrido el mundo llevando la voz de su abuelo como un eco infinito de pájaros silvestres cantando en la montaña.

Su performance en tarima o en parrandas lo ha catapultado como el ejemplo vivo de que la cumbia landereana tiene respiración propia. Yeison se apropia de su personaje con la misma vitalidad que su abuelo tenía para atrapar al mundo en sus cantarinas fauces.

Ante el público, adopta el carácter de deidad de su alter ego, el soberano. Se ajusta el sombrero vueltiao, toma el acordeón con ambas manos y respira hondo. El fuelle se abre por primera vez y un primer acorde se cuela entre las luces y el humo que esta vez sí tiene olor y sabor: a cumbia. Entonces empieza la sinfonía, lo que se escucha no es solo música: es la memoria viva de Andrés Landero, su abuelo, su maestro, el hombre que en su tiempo fue coronado como el Rey de la Cumbia.

Desde niño, Yeison aprendió que en San Jacinto la cumbia no se estudia, se hereda. Creció escuchando las historias y los compases del abuelo, y con el tiempo decidió que no bastaba con preservar ese legado: había que renovarlo. Así nació Landero vive (2022), un álbum que respeta la tradición sabanera, pero se asoma al presente con mirada contemporánea, conciencia social y arreglos frescos. Entre sus pistas conviven versiones renovadas de los clásicos de su herencia y canciones propias como “Noche de cumbia”, “La época de oro” y “Manojo de vela”.

Su trayectoria también está marcada por colaboraciones que han dejado huella. Con Los Gaiteros de San Jacinto grabó “Campesino cimarrón”, nominada al Grammy Latino; y junto a Los Cumbia Stars de Medellín lanzó “Llora mi acordeón”. Cada proyecto parece trazar un puente entre el pasado y el futuro de la cumbia.

El mapa de su carrera es global. Ha representado a Colombia en el Kennedy Center de Washington D.C., el Hollywood Bowl y The Ford Theatre en Los Ángeles, el Auditorio Nacional de Ciudad de México, y en festivales de Barcelona, París, Viena, Londres, Dubái y Marrakech. También ha llevado su acordeón a escenarios donde la música se mezcla con causas sociales y ambientales, como la Expo Dubái 2021 y la Cumbre Mundial Ambiental COP16.

En cada presentación, Yeison no solo hace sonar melodías; revive una historia. El público baila, pero también escucha. Sabe que en cada nota hay un pedazo de San Jacinto, un eco del Caribe y la respiración de un fuelle que, mientras suene, mantendrá viva la voz de ese personaje que hoy es venerado por decenas de miles de cumbieros en todo el universo y que, para suerte de esta comunidad planetaria, se mantiene jovial y dinámico en las notas de su nieto, quien, desde niño, fue el escogido por el propio rey para su sucesión en el trono. El mundo sigue de fiesta: Landero vive en Yeison.

La Changa es Ramón Rojo y Ramón Rojo es La Changa

Alejandro González Castillo

“Mi nombre es Ramón Rojo Villa y nací en el popular barrio de Tepito un dos de junio de 1948, en una vecindad con diez viviendas ubicada en la calle Caridad, número 25, interior cuatro. No tuve hermanos ni hermanas, soy el único hijo que tuvo mi madre, la señora Alicia Villa López. Fui, soy y seré sonidero. Esa es mi vida, mi gusto, mi orgullo. Mi vicio. Uno nace para ser lo que va a ser, ya sea carpintero, mecánico o cantante; yo nací para ser sonidero”. Así se presenta, elocuentemente, el hombre detrás de La Changa, simplemente el sonido por antonomasia en México si de música tropical se habla.

La Changa está rondado ya sesenta años de trayectoria. Su historia empezó en 1968, una época tan olímpica como sangrienta para México. La historia arranca humildemente, apenas con un tocadiscos y un par de bocinas; aunque, ahora el mundo lo sabe, en el camino La Changa se convertiría en un coloso calificado como patrimonio cultural, un gigante que a la larga cruzaría fronteras de diversa estirpe para andar por una brecha que encontraría sus primeros pasos en la pasión de Ramón Rojo por la música colombiana.“Todo lo que huela a Colombia me fascina”, confiesa el hombre risueño.

“Solo hice la primaria, no estudié más. En aquel tiempo, hablo de los años cincuenta, las mamás les decían a los hijos, ‘¿vas a querer estudiar o te vas poner a trabajar?’ Y eso fue lo que mi madre me dijo: ‘de una vez, cuéntame para no estar gastando en libros y que en lugar de estudiar te andes yendo de pinta’”, recuerda Ramón. “No mamá, yo no voy a estudiar, lo que quiero es trabajar —le dije—, yo quiero andar como los mecánicos, con las manos y la cara llenas de grasa. ‘Órale pues’, me respondió”. Lo que ninguno de los dos sabía entonces era que en lugar de hacerlo con aceite para autos, ese joven iba a ensuciarse las manos con el scratch de montones de discos de corte tropical, yendo de arriba a abajo, usando únicamente su intuición, ese gusto musical —virtud celeste— que naturalmente corría por sus venas.

“Desde muy joven me metí a trabajar en un taller de rótulos de neón, allá por la calle de Bolívar, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, en un callejón que se llamaba Salvador El Seco, a unos cuantos pasos de Fray Servando Teresa de Mier”, detalla Rojo con la precisión de Google Maps de su lado. Y continúa:

Como obrero, tuve la mala suerte de tener un patrón muy enérgico con todos sus empleados. A mí me trataba peor por ser un chamaco baboso porque, y perdón por la palabra, la verdad yo sí era medio pendejo, pero con sus gritos y regaños me ponía peor. Me pagaba sesenta pesos a la semana, pero a veces la raya no le alcanzaba para pagarme a mí. “Ay”, me decía seguido, “ya no alcanzaste, hasta el lunes te pago”. Y así me regresaba los sábados al corazón de mi barrio, Tepito, sin dinero, bien triste.

Ramón era el último en salir del taller donde laboraba, su deber era quedarse hasta el final “porque me ponía a recoger la herramienta, a lavar los escusados, a barrer. Ya sabrás, yo no era más que un chalán. Fue triste mi historia porque seguido llegaba a mi vecindad sin un peso, pero me aliviaba escuchando música, a La Sonora Matancera”. El entonces joven tomaba un autobús que lo dejaba a dos cuadras de donde vivía, en la ya mencionada calle Caridad; sin embargo, en cierta ocasión, al pasar por otra vecindad marcada con el número 13 en su fachada y ubicada en esa misma calle, detectó que emergía del interior el sonido de una música que encontró cautivadora. Decidió acercarse para descubrir que muchas parejas entraban al sitio preparadas para bailar. El acceso costaba un peso, monto que el chico cubrió para que a partir de entonces su vida diera un giro definitorio.

Allí mismo, en Caridad 13, vivió el boxeador José Medel, el Huitla­coche, así que el lugar estaba marcado para ser célebre, aunque esta vez por cuestiones lejanas a los puños y más bien cercanas al contoneo de caderas. “Sí. Me entró la curiosidad de saber qué había adentro al ver que llegaban parejitas a esa vecindad. Pagué en la puerta y me metí a ver cómo bailaban. Un señor tocaba discos, Ángel Fernández; pero ni se anunciaba ni nada, así, nomás ponía música los fines de semana”. Ramón trabó amistad con Ángel para terminar siendo su asistente, o chalán, como el propio Rojo prefiere definirse.

Haciéndome su chalán dejé el taller de rótulos. Me di cuenta de que me gustaba más esa vida, la vida de Ángel, la vida del sonidero, porque cada fin de semana lo contrataban para amenizar bodas y bautizos. Así comenzó todo para mí, en Caridad 13. Ese señor me enseñó a tomar, a ser borracho, cuando estaba yo bien chamaco; pero también a ser sonidero.

Los tíos de Rojo eran comerciantes, vendían cosas usadas, chácharas, como se les llama en México. Ellos contaban con un local en el mercado de zapatos de Tepito, la accesoria 36, donde Ramón les ayudaba a atender. Un día, al desocuparse del negocio, el joven se fue al Centro Histórico capitalino a vagar un rato. En la esquina que forman las calles de Argentina y Costa Rica descubrió una discotienda llamaba Casa Vera, donde ponían danzones (Acerina, Carlos Campos, Alejandro Cardona) así como los chachachás de moda (Ramón Márquez, Pérez Prado), todo a buen volumen. “¡Qué bonita música se escuchaba allí, tantos discos!”, añora Ramón.

Desde esa vez, todas las tardes me iba a parar ahí, a un lado de las bocinas del lugar, hasta que en una ocasión me enteré de que iban a traspasar el negocio. “¿A poco ya van a cerrar?”, le pregunté a la señorita que estaba atendiendo. “No, esto va a cambiar de giro”, me dijo ella, avisándome que todos los discos estarían pronto a la venta.

Ramón corrió a contarle ese detalle a sus tíos, quienes, él mismo asiente, “compraban de todo para vender en la cháchara”. Juntos fueron a husmear en el local, hicieron un trato y se mudaron a la tienda dos días seguidos, a puerta cerrada, para sacar todos los discos en una camioneta.

Llegamos al barrio con montones de discos y en el tianguis, sobre el suelo, pusimos pilas y pilas de acetatos, pero, no sé, como que no se vendían. Entonces pedí prestado un aparato para poner todo lo que vendíamos, para que la gente escuchara lo que traíamos, pero también para no aburrirme. Ese tocadiscos me lo prestó la primera sonidera mujer de Tepito, del sonido La Socia, y al tocar lo que yo vendía mejoró la venta.

Rojo había dado un paso decisivo.

Una vez llegó al puesto una persona que me preguntó si aparte de vender discos yo rentaba el tocadiscos. “Ah, caray”, dije, “¿para qué lo quiere?”, pregunté. “Pues para poner discos en una fiesta el sábado que viene, porque mi hijo va a cumplir tres años, ¿cuánto cobra usted la hora?”. La fiesta iba a ser en la colonia Clavería, en Azcapotzalco, estaba bien lejos como para andar cargando el bafle, los discos y el tocadiscos, pero esa persona me dijo que no importaba, que me pagaba el taxi de ida y de regreso. Total, que le cobré a cinco pesos la hora. No, pues olvídate, allí empezó la cosquillita de hacer un sonido. Y nació La Changa.

“En los años sesenta uno se divertía con los programas de la radio, como en la XEW”, recuerda Ramón,

y en esa estación todos los días se transmitían las aventuras de Chucho, el Roto, quien se dedicaba a robarle a los ricos para darle a los pobres y tenía dos ayudantes, elRorro y la Changa. De ahí nació el apelativo del sonido y el apodo con el que me conocen muchos también. Luego, Jaime Ruelas diseñó el logo del sonido, él también hizo el de Polymarchs.

Al comienzo, Rojo se movía por sus rumbos, en Tepito, acaso se iba a fiestas en la colonia Morelos; sin embargo fue haciéndose de un nombre usando apenas un tocadiscos, un bafle y una trompeta, además de su amplificador de bulbos Radson.

Y así fue hasta que tuve la oportunidad de conocer el sistema Electro-­Voice. Esto pasó una vez que viajé de indocumentado a Estados Unidos, cuando me fui a Los Ángeles, donde me instalé tres años y medio para con La Changa visitar un montón de lugares; Atlanta, Nueva York, Chicago. Yo no podía creer que unas bocinas tan compactas pudieran llenar espacios tan grandes, fue una gran sorpresa. De pronto ya no era una cosa de cantidad, sino de calidad.

Pablo Perea, de Sonido Arcoíris, solía viajar a Colombia para traer discos de orquestas desconocidas en México, y al tiempo hacía lo mismo en Venezuela, Perú y toda Centroamérica, donde escarbaba con tal de desenterrar gemas sonoras tropicales. La Changa siguió sus pasos. “Eso hacía yo, conseguir música de grupos que en México nadie conocía”, subraya Rojo, recalcando también una práctica común en la comunidad sonidera, la de ocultar los nombres de los intérpretes así como los títulos de esas melodías que él y otros encontraban viajando a Sudamérica, asegurándose, así, en una era sin internet, de germinar hits propios, canciones que ninguno más pudiera replicar. “Para que nadie nos copiara, yo tapaba los créditos de los discos y rebautizaba cada melodía, jamás decía los nombres verdaderos”. De este modo, “La cumbia del solitario”, de Alfredo Gutiérrez, fue renombrada por Ramón como “El diario de un borracho”; mientras que “Mira mira” se volvió “La cumbia de las castañuelas”, por citar dos ejemplos.

En medio de tal dinámica, Rojo mandaba saludos al micrófono a todo aquel que lo solicitara, ya fuera acercándose a su oído mientras este pinchaba discos o mostrándole una hoja de papel en donde solicitaba mencionar un barrio en especial o el nombre de alguna persona o familia. A la fecha, es común que de pronto esos saludos se conviertan en auténticas letanías de larga duración, espacios donde simplemente se baja de golpe el volumen del tema para hacer las menciones pertinentes. Esto ocurre a lo largo de todo el set, ininterrumpida y, curiosamente, sin que las parejas en la pista de baile extravíen el ritmo ante la repentina ausencia de este. Y aunque el sonido La Changa es reconocido por ser pionero en tal hábito, Ramón acepta que él no fue el primero en llevarlo a cabo.

El sonido La Changa es un coloso calificado como patrimonio cultural, un gigante que ha cruzado fronteras para andar por una brecha que encontró sus primeros pasos en la pasión de Ramón Rojo por la música colombiana / Tania Gabriela.

El primer sonidero que empezó a mandar saludos a la gente, y a quien yo le copié esa costumbre, fue el señor Roberto Herrera Hernández, conocido como Sonido Rolas, del pueblo de San Juan de Aragón; el tocaba pura cumbia de Los Corraleros de Majagual. Yo fui el segundo en hacer eso, lo de interrumpir las canciones para mandarle saludos a los que bailan.

Refiriéndose a la historia de la cumbia en México, el artífice de La Changa señala la importancia de una composición como “La pollera colorá”, pues con esta “la cumbia agarró fuerza en el país”; luego vendría la “Cumbia sampoesana” del Conjunto Típico Contreras; “allí empezó a llegar mucha más música colombiana a México, como la de La Sonora Dinamita”, explica el sonidero sin dejar de reconocer que mucho de su bagaje musical lo aprendió