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De Mon Laferte a Rosalía, de Miss Bolivia a Natalia Lafourcade o de Ana Prada a Marta Gómez, cada vez son más las artistas que reflejan el empoderamiento femenino en sus canciones. Cantoras todas reúne veinte perfiles de algunas de las voces más trascendentes del siglo XXI en Iberoamérica. Tanto en sus historias personales como en los procesos creativos, así como en sus influencias y en los grandes hitos de sus carreras, la cuestión de género atraviesa estos textos, que con rigor periodístico, empatía y, en muchos casos, intimidad, construyen un mapa de la canción femenina de nuestra época.Este libro fue realizado por integrantes de la Red de Periodistas Musicales en Iberoamérica (REDPEM), melómanos comprometidos con la difusión de la música y sus creadores.
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Seitenzahl: 321
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Cantoras todas. La generación del siglo 21
se terminó de editar en octubre de 2020
en las oficinas de la Editorial Universidad de Guadalajara,
José Bonifacio Andrada 2679, Lomas de Guevara, 44657
Guadalajara, Jalisco.
Índice
Todas las voces, todas
Enrique blanc, gabriela robles y humphrey inzillo
Prólogo
Julieta Venegas
Presentación
Lila Downs
La noche alternativa habanera tiene una diosa: Telmary
Rafa G. Escalona
Rozalén: de agua, fuego, tierra y viento
Lara López
Las Áñez: paralelas por igual
Umberto Pérez
Natalia Lafourcade: la musa enamorada de México
Natalia Cano
Rosalía y el vértigo de los flamencos
José Manuel Gómez Gufi
Mariela Condo: azul, rojo y los collares que la decoran
Gabriela Robles
Periplo musical de Silvana Estrada
Enrique Blanc
Ana Prada: la militancia de la canción
Kristel Latecki
Mabiland: una euforia que no acaba
Diego Londoño
Mon Laferte: mar, canciones y feminismo
Humphrey Inzillo
Nathy Peluso: sabor a mí
Paz Azcárate
Gaby Moreno: latin soul
Betto Arcos
Nidia Góngora: alma pacífica
Luisa Piñeros
Miss Bolivia: poner el cuerpo
Gabriel Plaza
Marta Gómez: el alma es el arma
Jaime Andrés Monsalve B.
Jessy Bulbo: entre el rock, el sexo y la locura
Liliana Estrada
Goyo: del Pacífico afrocolombiano al mundo
Sara Melguizo Gavilanes
La canción ecléctica de Laura Guevara
Mercedes Sanz
El vuelo alto de Madame Periné
Simona Sánchez
Camila Vaccaro: la bruja
Angie Giaverini
Anexos
Playlist 1: la banda sonora de Cantoras todas
Playlist 2: voces femeninas que debes escuchar
Playlist 3: cantoras de Brasil
Autores
Todas las voces, todas
El 24 de febrero de 2020, Mon Laferte apareció —por segunda vez en su exitosa carrera artística— en el escenario del popular festival de Viña del Mar. Para la ocasión, la compositora y cantante chilena radicada en México, guardó una sorpresa para su actuación: llevar consigo a otras 50 cantautoras y mostrarse junto a ellas portando un pañuelo verde en mano, símbolo de la campaña por el aborto libre, seguro y gratuito para las mujeres en Latinoamérica. Entre aquellas cantantes que entonaron juntas un par de cuecas, todas parte de una de las escenas musicales más efervescentes de la historia musical chilena, estaban Francisca Valenzuela, Natisú, Daniela Sepúlveda, Cecilia Astorga, Natalia Pérez (Cancamusa) —también baterista del grupo de Laferte—, La Chinganera, Andrea Andreu, Catalina Blanco, por sólo mencionar algunas. El gesto, además de mostrar la solidaridad de género que hay hoy entre quienes se dedican al oficio de hacer canciones, simbolizó el momento de lucha por condiciones de igualdad que las mujeres viven en la actualidad en el mundo. Momento que días más tarde tendría una de sus expresiones más contundentes: la marcha durante el Día Internacional de la Mujer, aunado al paro nacional que se llevó a cabo un día después, el 9 de marzo de 2020, en múltiples ciudades de Latinoamérica y el resto del orbe.
En Viña del Mar, Laferte, a mitad de su espectáculo, recorrió la tarima del escenario para encontrarse con sus colegas. “No vine sola”, dijo. Una vez que los reflectores iluminaron a las allí presentes, ella continuó hablando. “Vine acompañada de un montón de amigas. Todas cantoras. Y, como es difícil tener espacio en los escenarios las mujeres, yo dije voy a invitar a todas mis amigas poderosas que admiro”.
Si bien el hecho no representa la primera vez que un grupo de cantoras se reúne para acompañarse en una canción y de paso manifestarse a favor de los derechos de su género, sí realzó el reciente sentimiento de sororidad que, como nunca antes, identifica a las mujeres en el siglo XXI.
Con toda seguridad, algo muy similar debe haber acontecido en alguna de las ya varias ediciones del Ruidosa Fest, el festival fundado por la también chilena Francisca Valenzuela y que presenta exclusivamente talento femenino. En el manifiesto que lo sustenta —y que puede consultarse en su página oficial—, se dan a conocer sus objetivos, entre los que está el siguiente: “Queremos romper normas inconscientes, sesgos explícitos y todas las acciones cotidianas que sustentan y reproducen la desigualdad de género”. En el mismo texto puede leerse: “Ahora somos un festival, una plataforma de conversación, una red de activistas y un sitio web. Haremos todo aquello que esté a nuestro alcance para que el feminismo deje de ser una mala palabra, y se transforme en el diagnóstico compartido de que el género puede ser una fuente de diversidad, pero nunca de exclusión”.
El empuje demostrado por quienes se han identificado con Ruidosa, evoca aquel esfuerzo que llevó a la compositora y cantante canadiense Sarah MacLahan a fundar en 1997 la iniciativa Lilith Fair, el festival que sirvió de plataforma para que otras cantoras se diesen a conocer, entre ellas Suzanne Vega, Jewel, Liz Phair, Holly Cole, Natalie Merchant e Indigo Girls. Tal ejemplo hizo eco en México, inspirando a Julieta Venegas, Ely Guerra y Aurora y la Academia a reunirse en una gira que se denominó De Diva Voz, que no sólo mostró la complicidad de estas tres cantautoras, también exhibió sus intenciones de reclamar un lugar en la escena del rock mexicano, que entonces, a fines de los noventa, era masculina casi en su totalidad. Su solidaria aventura incluso trajo como consecuencia que la prestigiosa revista estadounidense Time les dedicara la portada en su edición del 3 de agosto de 1998. En aquella foto aparecen Guerra y Venegas acompañadas de la frase “Era de la rockera” y una breve descripción del contenido del artículo sobre ellas incluido páginas más adelante: “La sororidad de cantantes de fuerte tono está tomando la delantera en el rock latinoamericano, tradicionalmente macho”.
Pero nada tan elocuente en lo que a los logros femeninos en la música concierne como Sirenas al ataque, la investigación que la periodista y también compositora Tere Estrada publicó en México, y que emprende un exhaustivo y revelador recorrido histórico por las aportaciones que muchas mujeres han hecho en el desarrollo del rock y los estilos afines a éste. En su prólogo, la socióloga Julia Palacios consigna:
En Sirenas al ataque, Tere Estrada nos dice que entre 1956 y 1969 se lanzaron en México ciento seis cantantes mujeres, de las cuales el cuarenta por ciento realizaron un solo disco. La cifra no me sorprende. En Estados Unidos se dio un fenómeno parecido. Por ejemplo, a principio de la década de los sesenta, los llamados “grupos de niñas”, producidos por Phil Spector (The Ronettes) y Berry Gordy (The Supremes) fueron, en la mayoría de los casos, mujeres, o grupos de mujeres, de un solo éxito. Es interesante hacer notar que muchas de las portadas de los discos de estos “grupos de niñas” aparecían sin fotografía. Los productores en las compañía disqueras —a quienes sólo les interesaban las voces— sostenían que no valía la pena invertir en la imagen de una mujer que finalmente se iba a casar, a tener hijos y a retirarse del medio.
Vaya contraste es identificar las portadas de cantantes actuales que a lo largo de Latinoamérica han conseguido afianzarse como las voceras de una nueva generación. Mujeres que transitan por la industria musical, cuya imagen es hoy tan reconocida como su voz. Allí está la Natalia Lafourcade de Hasta la raíz, la Carla Morrison de Amor supremo, la Mon Laferte de La trenza, y tantas otras, algunas de las cuales también están incluidas en las páginas de este libro.
Memorable es también en este recuento de postales que recorren varias de las incontables aportaciones de las chicas al rock, el folclore, el jazz, la música electrónica, el cierre del espectáculo Reluciente, Rechinante y Aterciopelado,donde Andrea Echeverri y Héctor Buitrago interpretaron una versión de “Florecita Rockera”, acompañados por tres figuras de la canción femenina colombiana de hoy —todas, por cierto, incluidas en estas páginas—: Catalina García, Goyo y Las Áñez. Un detalle que de nueva cuenta refrenda la solidaridad que hoy se percibe entre cantoras y la relevancia que todas ellas se han ganado en el horizonte de la música latina.
Un ejemplo más de la solidaridad que las mujeres han provocado entre sí mismas, apoyándose y demostrando que juntas pueden ganar mucho, es el que se dio en la sesión unplugged de Julieta Venegas —la prologuista de este libro—, grabada en la Ciudad de México en 2008. Allí, la compositora y cantante mexicana tuvo la genialidad de convocar no sólo a un par de paisanas suyas de renombre, como Natalia Lafourcade y Cecilia Bastida, sino también a figuras femeninas de prestigio en Hispanoamérica, como las argentinas Mariana Baraj y Sol Pereyra, la brasileña Marisa Monte y la española Mala Rodríguez. El espectáculo, por ende, resultó una delicia musical y una prueba contundente del talento de todas ellas juntas sobre un escenario.
***
En medio de una ciudad en conflicto y con los pies andantes, el 12 de octubre de 2019 las mujeres empezaron a cantar. Unidas por la ola de protesta de América Latina y en otras latitudes de la Tierra, en Quito armaron su propia marcha y salieron a caminar juntas hacia el parque de El Arbolito, como a tantas les enseñaron sus madres, como tantas aprendieron de sus abuelas: zapateando. Manai, una artista visual indígena quien participó de estos momentos de sacudón, recordaría ese episodio meses más tarde, reflexionando acerca de la energía que nace del canto al unísono. Esa fuerza interna que daría tanto sentido al canto femenino colectivo que escuchamos esos días. La cadencia que da impulso al grito en la protesta es parte del rito, “porque mientras zapateas, te metes en el ritual, entonces zapateas con más fuerza y cantas con más ganas”. El canto de esos días acompañó a las caminantes, todas provenientes de lados distintos y les recordó que, en esa misma forma, cuando la voz sale del mismísimo corazón, la mujer se permite una conexión con lo sagrado, y algo así vemos en macro, cuando ese canto personal resuena en el eco de la otra para convertirse en un manifiesto en el que las mujeres son más que el acompañamiento de las grandes composiciones lideradas por hombres.
Dentro de la cosmovisión andina, la ceremonia de inmersión en las zonas sagradas a través de la música no sólo está presente en los grandes eventos, sino que ilumina también las labores diarias. Pasa cuando se canta para sembrar, cuando las mujeres cantan para hacerse compañía o cuando entre la vela y lo profundo una mamá susurra un arrullo con la que sus niños conciliarán el sueño y el día habrá terminado. La rapera chilena Anita Tijoux decía en una entrevista que tal vez muchas madres cantan a sus hijos canciones de cuna no sólo para dormirlos, “la mamá se la canta a sí misma para calmarse”. Así, con las revoluciones bajas, la casa entera se calma. Y esa muletilla, sea por la razón que sea, toma fuerza y se hereda, como todo rito que cobra sentido en la repetición.
Quizá muchas de las mamás de esta generación en Latinoamérica no nos cantaron canciones de arrullo porque estuvieron trabajando, pero la herencia del canto o del simple tarareo que acompaña las actividades del día forjó acaso en muchas mujeres —hoy cantoras— ese primer adarme musical que años más tarde se convertiría en razón de vida. La misma madre de Anita, quien algún día quiso ser cantante, sembró en su hija el deseo inquieto por la música. Esa herencia que viene acompañada del cariño también la vemos en tantas mujeres que hoy son fruto de sus días pasados con sus mamás cantando. Andrea Echeverri siempre ha recalcado que su madre, Amparito, tiene mucho que ver en lo que ha hecho Aterciopelados, al punto en que hace unos años hasta le produjeron su disco, Locura mía, como un agradecimiento a tanta inspiración, acompañándola en su sueño de grabar sus boleros predilectos. Como lo leeremos con mayor detalle más adelante en este libro, Catalina García, la colombiana líder de Monsieur Periné, no fue la excepción en el juego de aprendizajes musicales y legados. Cantó y cantó tanto con su mamá, Luz Marina, en los viajes, en la casa, en las buenas y en las malas, que hoy ser vocalista más que una profesión es una inevitable consecuencia. En las conversaciones con Mariela Condo, la ecuatoriana que empezó cantando en kichwa y hoy ha transformado su esencia vocal a una música que trasciende lo tradicional, habla harto de su progenitora, pero también de las mujeres que abrigaron su canto y lo acompañaron; las que la animaron a ser lo que ella quisiera, no lo que el resto esperaba que fuera; las que armaron el puente para que su voz fluyera y ella pudiera hacer lo que le diera la gana.
Este siglo agradece a quienes, quitándose la etiqueta del género, han sido dueñas de esa liberación suya, y cuyo performance consolida la intención de hacerlo notar; son puras, inquietas, incómodas, todo al mismo tiempo. Desde la brasa de los ritmos urbanos, las propuestas femeninas embebidas de poder y afirmación llegaron para quedarse. Quienes crecieron con la misoginia del reguetón (y del rock, y del pop, y del bolero) hablándoles al oído, han empezado a jugarle la contra a ese sistema que reduce el papel de la mujer al acompañamiento y la sumisión. La puertorriqueña Ivy Queen cantó en 2003: “Porque yo soy la que mando / soy la que decide cuándo vamos al mambo”, cuando aún las mujeres dudaban si debían tomar protagonismo en un género musical aparentemente producido desde el placer masculino. Hoy, una larga lista de mujeres que incluyen perfiles esenciales como el de Tomasa del Real, Ms. Nina o la misma Rosalía, se han tomado de largo la incorrección de lo urbano y su derecho de interpretarlo para cantar su propia revolución, para celebrar lo femenino, el goce femenino de perrear hasta abajo como un acto político.
Durante los tiempos extraños de la covid-19, la pandemia nos sometió al ejercicio ineludible de reconocernos y decidir qué hacer para sobrevivir. Luego de un año, el 2020, de agitación política bajo la consigna del feminismo, para muchas artistas fue un acto-consecuencia el continuar la lucha con mensajes de aliento a las mujeres confinadas, a las que sufren violencia en el encierro y a las que temen aun por sus familias, por sus trabajos, por su futuro. Si algo aprendimos es que en soledad no hubiéramos logrado reafirmar lo femenino y lx no binarix con la potencia con la que ahora reconquistan nuestros cantos. Y que la música nos junta, pero los motivos para hacer música y amar la música son el motor que nos hace seguir creando.
***
“La única persona que no es hombre que ha ganado este premio fue Mercedes Sosa hace 19 años: hoy lo gana una lesbiana.” Con esta frase, tan provocativa como real, Marilina Bertoldi celebró la obtención del Gardel de Oro, el máximo galardón de la industria discográfica vernácula, el 14 de mayo de 2019. A diferencia del Zorzal Criollo, que cada día canta mejor, los Gardel eran premios devaluados, y a partir de gestos estéticos y políticos, que una artista outsider (así la definió Rolling Stone cuando la puso en la portada de su edición de junio de ese año) se llevara la distinción más importante del año es una muestra del impacto que el empoderamiento femenino y disidente tiene sobre el grupo de poder.
Unos meses antes, el productor José Palazzo, fundador y productor del Cosquín Rock, el festival más convocante de Argentina, fue consultado sobre el proyecto de ley que proponía que el cupo femenino en ese tipo de eventos sea de, al menos, el 30%. “Si yo tuviera que poner el 30%, tal vez no lo podría llenar con artistas talentosas y tendría que llenarlo por cumplir ese cupo”, explicó. En una entrevista con el periodista Martín Castillo, del diario Los Andes, de Mendoza, declaró:
Esas artistas no estarían a la altura del festival y tendría que dejar afuera otro tipo de talentos. Lo único que considero es que la ley tiene que reforzar que la mujer tenga más posibilidades, porque el rock nuestro es muy joven todavía y desgraciadamente la mujer ha tenido un papel distinto. Hoy lo van ganando de a poco, hemos encontrado cosas interesantes y hay varias bandas que van a estar tocando: Led Ladies, Alapar, Marcia Blues, Deborah Dixon, Lorena Gómez.
Esas declaraciones generaron una gran polémica, y Marilina Bertoldi fue una de las voces en salir a responderle de manera más radical: “La solución es la siguiente: No toquemos más en el Cosquín. […] Apostemos a otro tipo de festivales, con otras propuestas, otros productores y productoras, que eso lleva a otro tipo de público. Un tipo de público que entiende que este tipo de decisiones no son cosas para tomar a la ligera: son decisiones que hablan mucho sobre postura, política, ideología… Cómo nos vemos en el futuro”.
A fines de 2019 se promulgó en Argentina la Ley 27.539, que tiene por objeto regular el cupo femenino y el acceso de las artistas mujeres a los eventos de música en vivo, que ayudan al desarrollo de la industria musical. La grilla del Cosquín Rock incluyó a muchísimas artistas, nacionales e internacionales: Mon Laferte, Nathy Peluso, Cazzu, Celeste Carballo, Cristina Dall, Déborah Dixon, JJ Thames, Fran Duarte, entre otras. “Haciendo un mea culpa… ¡Busqué mujeres y encontré! Y podría haber habido más todavía en la grilla, porque hay artistas de sobra. Tal vez en el reggae, en el punk y en el heavy metal no tanto, pero sí, en el global del festival, ahora hay. Solamente había que buscar”, reconoció Palazzo.
De Mercedes Sosa a Ramona Galarza, de Lois Blue a Paula Schocron, de Nacha Guevara a Marilina Ross, de Dana (Arco Iris) a Gabriela, de María Rosa Yorio a Hilda Lizarazu, de Sandra Mihanovich a Fabiana Cantilo, de las Viudas e Hijas de Roque Enroll a Las Taradas, de Sugar Tampaxxx a Eruca Sativa, de María Gabriela Epumer a Paula Maffia, de las Kumbia Queers a Sofía Viola, la música popular argentina en general, y el rock en particular, ostenta una infinidad de exponentes femeninas cuya trayectoria, visibilización y reconocimiento ha implicado, en general, una cuota extra de esfuerzo. Salvo contadas excepciones, han ido por fuera del canon, construyendo un camino al costado de un mundo dominado por una visión masculina. Sin embargo, el aporte de todas ellas es indispensable para construir una historia, para que la foto sea completa.
Festivales como el GRL PWR, el Festi-Pantera (curado por Miss Bolivia), el Arta (que incluía distintas expresiones artísticas) o el Belladona (a fines de los noventa) fueron algunos de los espacios curados bajo una perspectiva de género. Tanto el documental Una banda de chicas (2018, dirigido por la exbajista Marilina Giménez y centrado en la escena under), la serie Sirenas (2020, Canal Encuentro) o el libro Mina de rock(editado por 1997, de la periodista Karim González) son registros tan aislados como necesarios. Del mismo modo, el aporte de Gloria Guerrero a la crónica del rock argentino, fundamentalmente en los años 80 y 90, en revistas como Humor Registrado y Rolling Stone, la posicionan como un referente indispensable en el periodismo musical vernáculo. Su libro La historia del Palo (1994, Ediciones de La Urraca) compila sus artículos publicados entre 1981-1994, y es insoslayable para entender una época del rock local.
Más allá de las leyes y las coyunturas, en Argentina (en todo el continente, en todo el mundo), el empoderamiento femenino —feminista—, que incluye a las disidencias, no hace más que visibilizar problemáticas a resolver, al tiempo que promueve la igualdad de oportunidades. Desde Redpem, sentimos la obligación de acompañar ese proceso, por eso existe este libro.
Enrique Blanc, Gabriela Robles y Humphrey Inzillo
Guadalajara, Quito y Buenos Aires
Septiembre de 2020
Prólogo
Julieta Venegas
La voz femenina, lo que cuenta y lo que escribe. Esa voz que ha ido creciendo en los corazones de las mujeres, en cada una de ellas sea donde sea que se encuentran, en el país y en el entorno que les toca, y en el lugar en donde crecen. Si esas mujeres son ignoradas, si no tienen miedo, si salen con un nudo en la garganta, si son blancas, si son morenas, si su vida es radicalmente distinta a lo aceptado o si no, si tienen que vencer obstáculos. No hay dos vidas iguales. Todo proyecto musical empieza desde una necesidad de expresión encerrada en la cabeza de una mujer, entretejida con sus pensamientos, con su cuerpo, su entorno y su historia. Va más allá del estilo que su música vaya tomando o como la quiere presentar; antes de todas las formas, está esa esencial necesidad de contarse.
Estos últimos años han sido importantes para las mujeres en todo el mundo, porque han sacado sus problemáticas, una vez más, del silencio. Desde siempre hemos ido conquistando espacios propios desde casa, con la familia, así como en los ámbitos profesionales, sociales y políticos. Ahora más que nunca las mujeres estamos saliendo a la calle, en donde nos encontramos entre nosotras poniendo el cuerpo; y al salir en esos encuentros, podemos percibir nuestra fuerza humana y nuestra fuerza política. Convivimos y vemos que, así como cada persona es un mundo, también hay muchas problemáticas que compartimos, que son, por desgracia, cosas que tenemos en común. Las marchas de mujeres están siendo importantes para cambiar la conciencia que tenemos de nuestros problemas individuales; el saber que las cosas que todas enfrentamos por separado las podemos compartir y contar, y al señalarlas y protestar sobre ellas también las podemos cambiar. Nuestros mundos se conectan en todo sentido, y más aún con la música que hacemos, en las historias que elegimos contar cada una, porque estamos sacudiendo la realidad con cada canción que escribimos y cantamos.
El universo femenino no tiene límites, y el hecho de que se resalte en este libro cada propuesta da la posibilidad de que esas voces se sigan alimentando, sigan creciendo; que esas voces se conozcan más con sus historias. Pensemos en la multiplicación de voces que se sienten afines, que cuentan su visión del mundo en lo que expresan; todas esas voces que suman al universo musical con variedad y composiciones únicas.
Si me preguntan lo que opino sobre ser mujer en la música, les diré que estoy segura, sin conocer a todas, que nos hemos enfrentando con obstáculos de algún tipo tanto en la vida como en la música. Pero esa es sólo una de las partes, lo mejor de todo viene en la creación. Y si me preguntan si ser mujer es difícil, les diré que lo ha sido pero no nos habíamos dado cuenta. Quizás porque era lo establecido, pero cada día lo cuestionamos más. Hacemos más preguntas, vemos los huecos en donde no estábamos. La industria de la música se mueve en medios masivos, y esos medios suelen mandar un mensaje sobre lo que las mujeres podemos ser. Nuestro papel participando en lo que sea que hagamos tiene más limitantes, tantos que nos hemos acostumbrado a trabajar siempre con trabas. Yo creo que hay que pensar en positivo, no tengo tiempo para el resentimiento. A cada mujer nos toca pasar esos obstáculos, abrir puertas, contar más historias y que otras mujeres se sientan reflejadas por esas historias.
Quizás a quienes hacemos música nos toca participar de esta forma, haciendo con certeza lo que hacemos. Sí, hay muchas mujeres que han sido pasadas por alto, muchas que no pudieron desenredar el entramado que nos ha rodeado desde que el tiempo es tiempo. Pero ahora tenemos más plataformas, más posibilidades, y lo más importante es que podemos escucharnos unas a otras, podemos construir una realidad en donde todo es posible y la voz femenina suena, acompaña, cuenta, observa, grita, llora y habla para sí misma y para todas.
Contemos muchas historias, canciones llenas de historias que acompañen nuestras vidas. Contemos al mundo desde una visión propia, individual, que se reconoce como parte de algo más grande y como una voz que puede cambiar la conciencia individual de quienes escuchan. Que poco a poco ese eco genere cambios cada vez más grandes, porque los cambios empiezan en lo individual y único, como es individual y única cada una de las voces de este libro, que cuentan su historia y la hacen parte de unanueva visión del mundo.
Presentación
Lila Downs
En otros días, la creación artística de la mujer en el universo de la música se mantuvo al margen. Pero hoy podemos ver cambios. Al igual que en otras profesiones, hay una transformación, en la cual la mujer figura más que ayer. A través del tiempo, en la historia más reciente, las mujeres compositoras y cantantes se han ganado un lugar indiscutible, a la par del reconocimiento de los músicos varones. Creo que es importante mostrar por medio de escritos y testimonios el que estas actitudes están cambiando.
Recientemente, a nivel internacional, las mujeres hemos mostrado una unión y dado forma a una agenda política, en la que nos planteamos cambios institucionales desde nuestros países de origen. Hemos avanzado en este planteamiento y en responder de forma activa a esta coyuntura. Cada generación de cantautoras y compositoras ha ido creciendo, cada vez más. Esta compilación de textos es una muestra del cambio tan importante que se ha dado en la comunidad artística de la canción popular iberoamericana.
Las mujeres percibimos el mundo de una manera distinta, desde las realidades que cada una de nosotras vive. Nuestras vivencias están expresadas desde una poética introspectiva, desde la narrativa de nuestra propia realidad. Nosotras plasmamos en el trabajo creativo nuestra visión. La difusión de nuestro pensamiento depende también de escritoras que analicen y debatan el mensaje de otra mujeres.
Transitamos por un momento único que siempre anhelé ver: todas las mujeres, de diferentes caminos y en todo el mundo, unidas. Los movimientos sociales empujan hacia adelante y solventan las necesidades de los grupos marginales. Esa acción ejerce presión en las instituciones, y ello crea leyes para proteger y abogar, en este caso, por la mujer.
Cuando la mujer participa en cualquier área de las artes, realiza las cosas al mismo nivel con que puede crear el hombre. El retomar estilos y géneros liderados principalmente por hombres es ahora un estándar del pasado. Desde hace unos diez o quince años todo comenzó a cambiar. Hoy vemos a más artistas mujeres creando y reinventando cómo dirigir, componer y producir en su estilo particular, el que las identifica con su género. Y cómo cada una se autodefine en su gusto estético con mayor libertad.
Me da mucho gusto oír letras de mujeres aguerridas, contentas, amorosas, sentimentales. Existen nuevas formas de manifestar realidades y opiniones. Corren más riesgos en su libertad de expresión cultural, sin miedo de mostrarse tristes y enojadas, con el puño al aire. Valoro mucho leer sobre Frida Kahlo, pero también escuchar el canto de Lucha Reyes, Mercedes Sosa, Nina Simone, ChocQuibTown, Silvia Pérez Cruz y Rosalía.
Reconozco que las cosas sí están cambiando: las actitudes de las mujeres compositoras son más aceptadas. También la libertad de expresar realidades de género son más diversas y dan movilidad a una mujer que proviene de diferentes contextos sociales, con la sabiduría de culturas milenarias e incluso exaltando el mestizaje de nuestro continente. Las mujeres están más presentes en la difusión de la música.
La noche alternativa habanera tiene una diosa: Telmary
Rafa G. Escalona
© Cortesía de Håkan Moberg.
Es pasada la medianoche de cualquier sábado en La Habana, y el café-teatro Bertolt Brecht está a reventar. Los cientos de personas ahí reunidas aguantan estoicamente el calor mitigándolo con una procesión de cervezas. En algún momento la música grabada cede, se oscurece el salón y las luces se enfocan en un escenario en el que vemos aparecer a Telmary con un turbante; lleva un colorido vestido de aires africanos, con un broche en forma de T que diseñó para ella la casa Rox-950.
A un lado del micrófono un asistente coloca una banqueta, un incienso y algo que puede ser unos días té y otros alguna bebida alcohólica. Telmary prende el incienso mientras los miembros de su banda van ocupando el escenario. Sus acompañantes, sin llegar a vestir un uniforme, tienen una especie de código de vestimenta compartido con ella. Sin haber sonado una sola nota, uno siente que está frente a una banda. Pocos segundos después, una energía se expande por el Brecht. Hay que verla en escena combinando rimas en las que el spoken word y las melodías se suceden con fluidez desconcertante; comandando esa orquesta de sonido rotundo con congas, tambores batá, teclados, guitarra eléctrica, metales y unos coros celestiales, como no hay otros en la actual escena cubana; volviendo contemporáneos los ritmos africanos que bombean savia desde el origen de los tiempos.
Sucede con todo artista verdadero. Para entender a plenitud a Telmary, hay que verla en directo, micrófono en mano, desgranando palabras como el mar, ora batiendo furiosa, ora espejo de suaves olas en calma. Si la noche alternativa habanera tiene una diosa, se llama Telmary y el Brecht es su templo.
Telmary Díaz, la mulata amante de todas las artes, la niña inquieta que anotaba cuanto le ocurría o pasaba por su cabeza desde los ocho años, la que iba para trabajadora del turismo o periodista, tenía demasiadas cosas propias que decir. La noche la convocaba como convoca a sus hijos predilectos, los que tienen el muy especial fuego de la música en las venas. Ese que más temprano que tarde sale inevitablemente a flote.
En el principio estaba la palabra. Desde niña leía y escribía de manera furibunda; luego, de a poco, fue llegando la música. Primero en la casa, a través de su madre y los amigos de ella (la canción “Marilú”, de la mítica orquesta Van Van, fue un homenaje de Juan Formell a su madre), y más tarde con un hermano que era trovador aficionado. Pero el estallido vino cuando empezó la escuela de idiomas y entró en contacto directo con el mundo del arte.
En lo más crudo del Periodo Especial —eufemismo para nombrar el agravamiento de la situación económica de Cuba tras la caída del régimen comunista en las repúblicas soviéticas—, Telmary dejó de prestarle atención a las clases de inglés para ir a los cursos de poesía, guion y teatro que se ofrecían en la cercana escuela de instructores de arte, relacionándose con unos entonces desconocidos Athanai, Lester Martínez y X Alfonso, para sumergirse y disfrutar a plenitud la escena underground habanera que explotaba con la música electrónica, el garage rock y el hip hop. “Era una Habana experimental, con espacios como el Café Cantante y El Patio de María. Fue un periodo de explosión del performance”.
Por entonces se acercó al trabajo de su amigo de la infancia Joyvan (Djoy de Cuba, uno de los pioneros de la música electrónica nacional), y se convirtió en la promotora de facto de las fiestas electrónicas, que era donde podían escucharse los demos de la música underground del momento. No existían medios para difundir los eventos de esta escena: no había internet, ni cómo hacer volantes, ni esta música llegaba a los medios masivos de comunicación. Así que Telmary se dedicó a tomar nota de todos los eventos y, mientras Joyvan ponía música, tomaba el micrófono y hacía de su vocera.
“Joyvan me motivó para que interactuara con el público al ritmo de la música, y me empujó para que soltara algunas de las cosas que siempre anotaba en mi libretica, me dio referentes. Así fue como me puse a declamar, en una cuerda más cercana al spoken word que al rap”.
Lo que comenzó como una necesidad expresiva ineludible tomó un cauce profesional en Free Hole Negro. La creación de este grupo significó su entrada al universo del hip hop. Era una banda de cuatro miembros —Lester Martínez (dj), Leonardo Pérez, José Luis Borges “Papo” y la propia Telmary (mc’s)— que al cierre de los noventa hacía rap con unas sorprendentes bases melódicas y en el que podemos encontrar un ingrediente distintivo de la obra de Telmary: un discurso rapeado que aprovecha cuanta influencia musical tenga a la mano.
Yo le debo al hip hop el haberme dado una forma de comunicación, pero no era una apasionada del género, sentía que era —para mí al menos— una estética inorgánica, además de que no me sentía representada, había muy pocas raperas y los temas de rap eran por lo general mensajes supercrudos, violentos. Claro que teníamos como referentes a artistas norteamericanos, en especial a los Fugees, con Lauryn Hill y un formato como el nuestro.
Además, desde el mundo del hip hop no la miraron bien:
Me segregaron, como Free Hole Negro y también como mujer. Agradezco que fuera así, porque gracias a eso desarrollé un estilo particular. No le descargaban a Free Hole Negro porque yo estaba delante, además de que no era el prototipo de rapera que a ellos les gustaba porque no andaba con la indumentaria clásica; yo tenía otra estética, era fuerte y agresiva, pero sin perder mi feminidad.
La participación en el álbum Fortificando a Desobediência (2002), del rapero brasileño Xis, le dio la oportunidad de viajar por primera vez fuera de Cuba y, lo más importante, descubrir definitivamente su vocación, porque hasta 2002, a pesar del incipiente reconocimiento, aquello de la música parecía un juego divertido que no se sabía cuánto iba a durar. La epifanía le llegó cuando Xis la invitó a formar parte del cartel del Festival Agosto Negro, un evento que él organizaba en São Paulo.
© Cortesía de Håkan Moberg.
La conexión con el país sudamericano fue total. Sintió que Cuba era una parte de Brasil que había sido arrojada al Caribe. Allí, fascinada con el descubrimiento de un hip hop inconfundiblemente brasileño, con el encuentro de una comunidad de raperas, con la respuesta de un público entregado a los mc que soltaban ráfagas al ritmo de la samba, bossa nova y batucadas, se dio cuenta de a qué quería dedicarse en la vida y cuál era el sonido que quería para sí como solista.
“A partir de ahí comienza mi búsqueda en las formas de improvisación que son propias de nuestra cultura.” Esto es algo poco común en Cuba (y un sacrilegio para los fanáticos más conservadores del hip hop en el país); un camino que han explorado pocos artistas, con notables excepciones como la propia Telmary, Orishas, Kumar, Danay Suárez y Ogguere.
Llegué aquí y me puse a estudiar el repentismo —que me aportó técnicas que no son comunes en el rap, como salirme de la rima 4 × 4 consonante y el incorporar la seguidilla—, y como parte de mi búsqueda espiritual estudié los patakies (relatos de la tradición afrocubana) y el fraseo de los babalawos cuando recitan las moyugbas (invocaciones de la liturgia yoruba).
Como rapera Telmary tiene un truco: aprendió a meterle la clave a todo, tanto a una canción de rap como a un estándar de jazz o a la recitación de un poema de lord Byron, acompañada por un cuarteto de cuerdas. La clave es su recurso para encontrar la musicalidad, es el centro de gravedad de su fraseo como rapera; es algo tan sencillo y a la vez tan genial.
En cierto momento de 2001, el pianista y productor musical Roberto Carcassés invitó a Free Hole Negro a participar en un proyecto colectivo que estaba cocinando, un encuentro de músicos de todas las fronteras de la escena cubana del momento, reunidos para dejar correr la imaginación sobre una base de jazz. De todos los miembros de la banda, sólo ella acudió al llamado de Carcassés. Ese encuentro provisional fue el detonante de su carrera como solista y su incorporación al grupo cubano más revolucionario de lo que va del siglo xxi.
Lo que empezó como un trío de amigos-genios (Roberto Carcassés, Yusa y Oliver Valdés) jameando con teclados, bajo y batería sobre “I Want You (She’s so Heavy)”de The Beatles, se convirtió en un proyecto con masa crítica cuando se incorporaron cantantes como Telmary y Francis del Río.
Para evitar contaminar su trabajo con Free Hole Negro, la Telmary de Interactivo —este nuevo proyecto del que ahora era parte— asumió otro estilo, más groovy y sensual, surfeando con sus improvisaciones sobre las olas dispuestas por los jazzistas. Para Lester Martínez era inaceptable que Telmary se incorporara a Interactivo y colaborara con William Vivanco (parte de Interactivo y su pareja sentimental en esa época), por lo que su salida de Free Hole Negro fue inevitable.
Era un mundo machista, y a él se le salió al final ese sentido de pertenencia que tienen los directores de las orquestas con un músico suyo. Pero después de mi experiencia con Interactivo, un proyecto en el que todos los músicos que participaban tenían carreras independientes, y de lo que vi en Brasil en materia de intercambio constante entre músicos de diversos proyectos, a mí no me cabía en la cabeza que ellos se molestaran porque quisiera hacer música con otras personas. Me sentí como Lauryn Hill cuando salió de los Fugees. Lloré y me deprimí por la ruptura. Pero había que seguir.
A pesar del triste final, de esos años junto a Free Hole Negro quedaron canciones rotundas como “Rezo” y, sobre todo, una forma de entender la creación. Interactivo es un colectivo mítico que, para parafrasear a Ornette Coleman, profetizó la forma de la música cubana alternativa por venir. Allí, junto a la tropa interactiva, Telmary siguió añadiendo capas a su sonido. “Interactivo es la familia”, explica, “el trabajo con Interactivo es lo que me ha hecho una amante de las colaboraciones”, y efectivamente los featurings constantes son una de las características distintivas de su obra.
Temas como “Cé-lame como ayé” (con Francis del Río), “Pa’ que enamore” (con William Vivanco), “Quién dijo” (con Roberto Carcassés) y “Los Revolucionarios” (con Roberto Carcassés y Francis del Río) son himnos para una franja generacional de cubanos, especialmente para aquellos que vivieron ese momento del cruce de siglos marcado por el agotamiento creativo de la timba y el jazz afrocubano, sumado a la agonía de la trova.
Una amiga, quien sabía del luto que vivía tras su salida de Free Hole Negro, le recomendó acercarse a Kumar —también conocido comoKumar Mora, Dasari Kumar y Kumar Sublevao Beat—, duende de la electrónica nacional que acababa también de separarse de su banda, Familia’s Cuba Represent, y al que conocía de sus días de groupie
