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En los siete años que duró la vida artística de Yves Klein (Niza, 1928-París, 1962), que van desde su primera exposición en 1955 hasta el año de su muerte, este experto yudoca tuvo tiempo suficiente para cambiar las cosas. Con la actitud de un preclaro prestidigitador, puso a la vista del público sus múltiples invenciones (los monocromos, la escultura de fuego, la pintura antropométrica, la arquitectura de aire, el vacío, las esponjas, etc.) como reclamos para seducir a la experiencia del mundo en una dimensión perfeccionada. Del color, el principal objeto de su obra, dijo: "Es lo que más se sumerge en la sensibilidad cósmica".
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Seitenzahl: 170
Veröffentlichungsjahr: 2016
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JAVIER ARNALDO
NEREA
La colección Arte Hoy ha contado con la colaboración del Programa de Subvenciones de laGetty Grant Program de Los Ángeles.
Este título ha sido escrito con el apoyo de una beca de la Fundación Alexander von Humboldt.
Ilustración de sobrecubierta a partir de una fotografía deYves Klein detrás de suMuro de fuego(Krefeld, 1961)
Dirección de la colección: SAGRARIOAZNAR YJAVIERHERNANDO
© Javier Arnaldo Alcubilla, 2000
© Editorial Nerea, S.A., 2000
Aldamar, 38
20003 Donostia-San Sebastián
Tel: 943 432 227
www.nerea.net
Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de este libro pueden reproducirse o transmitirse utilizando medios electrónicos o mecánicos, por fotocopia, grabación, información, anulado u otro sistema, sin permiso por escrito del editor.
ISBN: 978-84-15042-69-3
EL PINTOR MONOCORDIAL
Cinturón negro, color azul
Yves: Peintures
Obra comentada:Monocromo rojo en escena
INTERNATIONALKLEINBLUE
Desapegado y distante
Droga azul
El teatro de Gelsenkirchen
Obra comentada:Bosque de esponjas y bajorrelieves monocromos
EL VACÍO Y SU OPUESTO
Sensibilidad pictórica estabilizada al vacío
Del 10 al 0 (la cuenta atrás)
Se acabó la incredulidad
Obra comentada:El vacío
LOS ELEMENTOS
Astrofísica del color
Anatomía del color
El fuego creador
Obra comentada:Aquí yace el espacio
APÉNDICE: ESCRITOS DEYVESKLEIN
Mi posición en el combate entre la línea y el color
Sobre la monocromía
Manifiesto del Hotel Chelsea
Las esponjas
Evolución general del arte de hoy hacia la inmaterialización (no desmaterialización)
BIBLIOGRAFÍA
ILUSTRACIONES
En 1958, el mismo día en el que cumplía treinta años, Yves Klein inauguraba en París una exposición en la que no se mostraba nada. Había vaciado la galería Iris Clert y pintado de blanco sus paredes, declarando que se trataba de una zona de sensibilidad pictórica inmaterial. “Esta inmaterialización de la pintura debe actuar con mucha más efectividad que las pinturas comunes”, dijo. El silencio de la pintura podía ser tan bienvenido como unas vacaciones, si no fuera porque el pintor no se las tomaba y señalaba a ese vacío blanqueado como a un campo magnético a cuya fuerza muda había que someter la sensibilidad pictórica. Quiso además Klein que ese mismo día se iluminara de azul ultramarino el obelisco de la plaza de la Concordia, dejando el pedestal en penumbra, para convertirlo en una masa erecta en suspensión que anunciara majestuosamente en la noche el triunfo de una sensibilidad manumitida. Como se lo prohibieron, no se pudo disfrutar de tal visión, hasta que, años después de la muerte de Klein, París le homenajeara proyectando luz azul sobre el célebre obelisco (fig. 1). Después de la exposición del vacío le quedaron, hasta 1962, aún cuatro años de vida a este pintor, cuya historia fue la de una entrega, la de un viaje narcótico, la de una pasión por la experiencia del color, que lo desfondó. Ya intuyó que podría ocurrir esto cuando, estando en Londres, el 21 de mayo de 1950, después de haber practicado, casi por primera vez, algo de pintura a la acuarela, anotaba en su diario: “Esta tarde y esta mañana pinté, solamente pinté, ¡y pensé mucho sobre esto! El resultado es muy deprimente, porque es muy difícil pintar, más de lo que cualquiera pudiera imaginar. Comprendo ahora por qué mi padre solía decir que un pintor debía ser muy fuerte y muy resistente, porque la pintura puede llegar a matarte en muy poco tiempo, ¡destrozando tus nervios y tus células mucho más rápidamente que cualquier otro arte! En todo tipo de arte o deporte o trabajo, uno emplea más o menos energías para desarrollarlo. En la pintura uno da sus energías y, además, algo más. Desconozco exactamente qué es lo que te arrebata toda tu fuerza. He notado que hoy era incapaz de hacer otra cosa sino pintar ¡porque había comenzado como es debido esta mañana! No era capaz de detenerme y de comenzar otra tarea. Tengo una sensación extraña y debo analizar esto en profundidad” (Stich, 1995: 25). Cinco años después arranca su dedicación a la pintura, y con un objeto que es, desde ese momento, diáfano.
El territorio de la totalidad, el de la vida en forma de clímax y de máximos, en un presente infinito, fue el campo de cultivo de Yves Klein, para quien Pierre Restany encontró, sin mucho ingenio, el alias de Yves,el monocromo. En 1958, además de exponer el vacío, trabajaba a menudo en colaboración con el arquitecto Werner Ruhnau, entre otras cosas en proyectos de arquitectura de aire, una arquitectura sustentada por grandes estructuras de aire comprimido. Y fue por esa época cuando escribióVen conmigo al vacío, una canción cuya música fue compuesta por Hans Martin Majeski y que más tarde, en 1960, quiso que se interpretara durante la escenificación de sus “pinturas antropométricas”, de las pinturas que resultaban de la impresión sobre el papel blanco del cuerpo desnudo de una modelo impregnada de color fresco. La canción decía:
Siempre que pienso en ti sueño con los días de vacaciones cuando abrazados recorríamos los caminos, y acuérdate cómo se iluminó nuestro sendero todo empezó a desaparecer los árboles las rocas y las flores ya no había nada a nuestro alrededor de repente se acabó también el camino estamos en el fin del mundo ¿y si regresáramos? jamás ven conmigo al vacío También tú sueñas con el vacío con nuestro amor absoluto sé que, sin decirnos una palabra, nos dejamos caer por el precipicio que salvaguarda nuestro amor el vacío espera a nuestro amor como yo te espero cada día ven conmigo al vacío(Stachelhaus, 1976: 63)
Ese vacío lleno que queda al final del camino, el vacío como lugar en el que se satura un sentimiento del orden de “nuestro amor absoluto”, es lo que quiso encontrar Klein a cada paso, y celebrarlo en sus trabajos. Teniendo en cuenta lo intenso, lo perturbador y lo breve de su trabajo, no tiene nada de tópico decir que el paso de Yves Klein por la historia del arte del sigloXXes el de una estrella fugaz. Entre su primera exposición, en 1955, y su muerte, en 1962, median nada más que siete años. Su trabajo resplandece, digamos, con temeridad, al tiempo que su vida nos hace identificar al autor con una existencia romántica, que es, por lo común, corta y se consagra a la poesía de lo ilimitado. Como el canto de las sirenas, la obra de Klein seduce magnéticamente a quien la conoce y, como las estrellas fugaces, realiza deseos por encima del horizonte de la mirada.
Yves nació en Niza el 28 de abril de 1928. Hijo de Fred Klein y Marie Raymond, el padre holandés con ascendencia malaya y ella francesa de la Provenza, y ambos artistas de profesión. “Llegué a la Tierra en 1928. Nacido en una familia de pintores, adquirí el gusto por la pintura con la leche de mi madre”. Para cuando él mismo cae en la cuenta de que quiere ser pintor ya tiene 27 años, y a partir de ahí su dedicación al arte será intensísima.
Pese a su ascendencia y a su buena leche, nada hacía prever que Klein se fuera a decidir por la pintura. El objeto de sus pasiones había sido antes el judo. Le ocurrió lo que a su amigo el rumano Daniel Spoerri, quien fue bailarín y daba clases de danza antes de dedicar sus energías a la creación plástica. Klein era un experto judoka que acabó aplicando sus saberes a la pintura. Se formó en la disciplina del judo Kodokan, cuyas técnicas llevan la impronta de la filosofía zen. No era tanto el componente marcial del judo lo que cautivó a Klein, sino más bien el dominio de relaciones energéticas en el espacio y la exploración simultánea de lo físico y lo mental. “Efectivamente –así lo expresó Klein– el judo es el descubrimiento de un espacio espiritual por el cuerpo humano”. Fue en una clase de judo en 1947, en Niza, donde Yves conoció a dos grandes amigos: el poeta Claude Pascal y el futuro artista plástico Arman, por entonces Armand Fernández, con quienes compartió –aquellos años, y también después– su ciega confianza en la aventura, unas enormes ganas de jugar y el interés por el judo, el zen, la poesía, la astrología y la cosmogonía de los rosacruces, a cuya Sociedad se adhirieron Pascal y Klein ya en 1948. En cierto modo, los tres se iniciaron juntos en doctrinas y misterios discrecionales con rituales autosuministrados. Así, por ejemplo, cada uno de estos inspirados habitantes de Niza tuvo que hacerse responsable de un reino de la naturaleza (el mundo animal, vegetal y mineral) en un ritual improvisado en la playa. Que no sintieran esa responsabilidad como una carga excesiva dice algo a su favor, sobre todo en favor de su talento de poetas. Con Claude Pascal pasó Klein una larga temporada en Inglaterra e Irlanda entre 1949 y 1950. Aprendió inglés, a montar a caballo (no muy bien) y pintaba, lo mismo que antes, de forma muy ocasional, aunque resueltamente interesado en el color, y ahora específicamente en la monocromía. En Londres trabajó Klein en la fábrica de marcos Robert Savage, donde tenía que preparar colores y dorar, lo que estimuló su interés por el color y los pigmentos. Los amigos hicieron nuevos proyectos de viajes, particularmente planearon ir a Japón, pero Claude Pascal tuvo que desistir, debido a la tuberculosis que padecía. Todo lo que ha podido incluir el catálogo de Klein realizado por Paul Wember de esa época temprana son seis pequeños monocromos sobre papel de los años 1949-50. El resto de las creaciones están datadas a partir de 1954.
Ante las numerosas dificultades que se le presentaban para realizar el viaje a Japón, donde Klein quería perfeccionar sus conocimientos de judo, en febrero de 1951 se vino a España. Aquíse quedará cinco meses, y aquí, imprevisiblemente, dará clases de judo, en la academia que dirigía en Madrid Fernando Franco de Sarabia, quien, aparte de confiar en él como profesor de judo y de entablar con él una estrecha amistad, llegará a ser unos años después su primer editor. El viaje a Japón no se hizo esperar mucho tiempo: el 23 de septiembre de 1952 llegaba al puerto de Yokohama, tras haber zarpado de Marsella un mes antes. Hasta finales de 1953 Klein se quedará en Tokio, enseñando francés, aprendiendo japonés y formándose concienzudamente como judoka en el Instituto Kodokan (literalmente, “Casa para la Extensión de los Valores”), donde terminará por recibir el distintivo cuarto dan o cuarto nivel, una titulación que está entre las de máxima categoría, con el rango de cinturón negro. En un tiempo sorprendentemente corto, Yves había alcanzado metas importantes en su formación como judoka, actividad en la que quería centrar su futuro, y ahora llegaba el momento de atender a la exigente llamada del judo Kodokan a la entrega total a su ritual de vida. “Un ideal moral” era aquello en lo que le habían formado en Tokio, y sus técnicas lo que él quería enseñar en Francia. No se lo pusieron fácil en su país, puesto que la Federación de Judo no reconoció la titulación del Instituto Kodokan, con lo cual le quedaba vedada la enseñanza oficial y se le ponían trabas decisivas a su flamante carrera de judoka.
Encontró fuerzas para responder a esas dificultades. Redactó el libroLes fondements du Judo(Los fundamentos del judo), que sería publicado por Bernard Grasset en 1954, y montó también películas sobre el judo con el material filmográfico que tenía grabado. El libro, muy ilustrado, era una aportación de enorme valor, pues en él analizaba las seiskataso posturas en las que se basaba el judo Kodokan, sobre el que se ignoraba casi todo en Europa. Es más, se trataba de técnicas que diferían absolutamente del judo que se practicaba en Francia. Tal vez ésa fuera la razón de que se topara con una notable resistencia en el circuito francés de este deporte.
Entre los beneficiarios del saber adquirido por Klein en Japón estuvieron claramente los españoles. Atendiendo a una insistente invitación de Fernando Franco de Sarabia, se trasladó a Madrid en marzo de 1954 para incorporarse nuevamente como profesor en el club de judo de su amigo. Impartió también cursos especiales en la Federación Española de Judo, de la que llegó a ser asesor técnico. Klein introdujo el judo Kodokan en España, tanto con sus cursos de Madrid como haciendo demostraciones y dando charlas en diversas ciudades. Al tiempo que el impaciente Klein comprobaba hasta qué punto estaba dando frutos su aprendizaje en Japón, se replanteaba su trabajo en la pintura. La pintura monocroma, esa idea que rondaba a Klein desde hacía años, se empezó a convertir en un proyecto firme durante su estancia en Madrid. Pintó una serie de lienzos monocromos, cada uno de diferente color, y los colgó en la escuela de judo en la que trabajaba. Todos esos cuadros se destruyeron, pero queda el estupendo folleto que publicó. La familia de Fernando Franco de Sarabia tenía una imprenta, y allí se editó el folleto, bajo el títuloYves: Peintures(Yves: Pinturas), con fecha de 18 de noviembre de 1954. Hicieron una tirada de 150 ejemplares numerados. Era verdaderamente su presentación como artista; asomaba el otro Yves Klein, el que nadie demandaba en Madrid, el lado extravagante de un competente profesor de judo. Pero este ensayo de proyección privada es demasiado sofisticado como para tenerlo por un capítulo marginal o caprichoso. El inventor de escenarios reveladores ofrecía su versión artística de las cosas, antes de pensar en ser artista pintor. Klein había pisado un territorio del que ya no se alejaría, y el folletoYves: Peinturescontiene una especie de memorias en clave, con lo cual todo en este episodio deviene especialmente significativo. Al año siguiente se sirvió de ese prospecto en los círculos artísticos de París como, digamos, tarjeta de presentación de su obra, aunque en un principio no cosechara más resonancias que en Madrid. Con mayor o menor acierto, Pierre Restany define la publicación de Madrid como un “manifiesto del primer balance provisional de la aventura monocroma”.
El folleto medía 24,4 x 19,7 centímetros, llevaba un prefacio firmado por Claude Pascal, pero con el nombre invertido (Pascal Claude) y 10 láminas, cada una de distinto tamaño y color, y en todo caso en un color uniforme. Las láminas eran de papel de color pegado, y llevaban, como “pie de foto”, el nombre del autor, una ciudad, un año y, ocasionalmente, medidas. Las medidas coincidían (tomadas en milímetros) con las de las láminas. Las referencias podían ser tan escuetas como “Yves - Londres, 1950”, rótulo que coloca bajo un rectángulo de color azul ultramar. Las ciudades y los años tenían bastante que ver con la vida de Klein: Londres, 1950; Madrid, 1951; Niza, 1951; París, 1951; Tokio, 1952; Tokio, 1953; París, 1954; Madrid, 1954. El prefacio se extendía a lo largo de tres páginas, pero, salvo “PREFACE” y “PASCAL CLAUDE”, no incluía ni una sola palabra. Dos párrafos de tamaño desigual cubrían cada página, contando cada uno de ellos con veinte líneas horizontales, pero sin letras. Los bloques de texto sin palabras precedían a los cuadros monocromos (fig. 2). Una segunda versión del folleto se titulabaHaguenault: Peintures(Haguenault: Pinturas), e introducía en los pies de foto algunas variantes, como referencias a coleccionistas.
Yves: Peintureses una pieza de iniciación muy afortunada. Representa, en primer lugar, un vistoso resumen de su propia vida. Los cuadros monocromos (fig. 3) asignan un color a diversos episodios de su vida. Las cinco ciudades aludidas eran las estaciones de la historia de su formación. Él había crecido en Niza, su lugar de origen, y en Cagnes-sur-Mer. Siempre volvió a esos dos lugares de su infancia y su adolescencia, y la mención de ese espacio de la Costa Azul atraía sobre sí las connotaciones menos deliberadas. Ya desde 1943, Klein solía pasar largas temporadas en París. Allí vivían sus padres, en cuyo círculo de amistades había numerosos artistas, a los que indudablemente conoció, y allí acabará por instalarse después de su segunda estancia en Madrid. Londres había sido el escenario de sus primeras especulaciones con la monocromía, y Tokio representaba su gran hazaña. Ni qué decir tiene que Madrid engrosaba ese listado como un lugar especialmente significativo, en el que había recalado en dos ocasiones y que había servido de laboratorio para sus primeros ensayos decididos. Los primeros años cincuenta habían sido para Klein, en efecto, los de un gran periplo entre ciudades conocidas y desconocidas, los de su perfeccionamiento como judoka, los de las actividades más dispares y los de un sinfín de proyectos de futuro, entre los que apenas cabe incluir el deseo de ser pintor. Pero, en el inventario personal que Klein confecciona con el carnetYves: Peinturesya presenta su reciente trayectoria como la de un pintor. Ciertamente se cierne sobre esta publicación la sospecha de que Klein se quisiera granjear con ella un pasaporte para la profesión, el certificado de subackgroundde pintor hecho a sí mismo que ha desarrollado su actividad en el plano internacional. Pero, aun en el caso de que esta intención fuera verdadera, nada diría en contra de lo muy afortunado de esta presentación gráfica de su poética. En todo caso, lo feliz del hallazgo se sobrepone al propósito inicial, fuese el que fuese. Los primeros años cincuenta fueron para Klein los de su maduración. Compensaba la disparidad de sus inclinaciones con una firme voluntad de conocimiento y de encuentro consigo mismo, marcada por la autodisciplina del judoka. Escribía con asiduidad, cosa que seguiría haciendo durante toda su vida. Fue un buen poeta, redactó guiones para películas, pero, sobre todo, fue escritor de reflexiones y de diario. Su diario, que abarca de 1948 a 1957, está escrito en francés, y en español o en inglés durante sus estancias en España e Inglaterra e Irlanda, respectivamente. De todo ello deriva ese primer folleto mudo,Yves: Peintures.
Ya Catherine Krahmer (Krahmer, 1974: 13 y ss.) estableció una comparación, en la que han abundado otros autores, entre el folleto de Klein editado por Fernando Franco de Sarabia y elAlbum Primo-Avrilesque, libro del humorista francés Alphonse Allais publicado en París en 1897. Este opúsculo burlesco presentaba siete láminas monocromas, cuadros de un solo color con sus correspondientes títulos, junto a dos prefacios y una “marcha fúnebre compuesta para las exequias de un gran hombre sordo”, que consta de pentagramas vacíos. Los títulos de las pinturas reproducidas justificaban contundentemente la monocromía, que era el objeto estético ponderado por el autor. Así, por ejemplo, el cuadro blanco representaba unaPrimera comunión de jóvenes cloróticas en un temporal de nieve. Y también el fervor por la monocromía estaba documentado con el aval de una incontestable experiencia. Lo contaba Alphonse Allais en el prefacio: “Corría el año 18… Uno de mis tíos me llevó a París en premio por haber conseguido una mención de tercera en clase de religión, y allí tuve ocasión de admirar la célebre pintura a la manera negraLucha de negros en una cueva durante la noche, antes de que fuera transportada a América a cambio de muchos dólares. Hemos reproducido, con el permiso de los herederos del autor, esta maravillosa pintura. Sólo la contemplación de ese cuadro puede hacer comprender la impresión que dejó en mí esa obra maestra. ‘¡También yo seré pintor!’, exclamé en francés, puesto que desconocía la lengua italiana, en la que, dicho sea de paso, tampoco he hecho grandes progresos desde entonces. ¡Apréciese, con todo, mi alusión al ‘Anch’io son’ pittore!’ Si digo ‘pintor’, se entiende que no hablo de chapuceros del tipo de los que necesitan miles de colores para expresar sus ideas macilentas. No, el pintor en el que reconocí mi ideal era aquél que, de modo genial, para un cuadro único sólo necesitaba un único color: el artista monocordial, como me atrevo a llamarlo”.
Las similitudes entre elAlbum Primo-Avrilesquey lasYves: Peinturespueden resumirse diciendo que ambas son publicaciones monocordiales. Su intención y el alcance de su poética difieren, en cambio, en casi todo. Son dos géneros distintos que tratan, por así decirlo, el mismo tema con los mismos personajes. Es muy probable que Klein ni siquiera conociese el álbum de Allais y, en todo caso, las alusiones a él son inexistentes. Pero la comparación nos sirve para aproximarnos un poco más y mejor al propósito y a la originalidad de esa primera publicación de Klein.
En primer lugar, es interesante el hecho de que Klein se identificase como pintor bajo un seudónimo. Hasta enero de 1957, cuando tuvo lugar la exposiciónYves Kleinen la galería Apollinaire de Milán, difuminará Klein relativamente su nombre de autor firmando comoYves. Aquí, en el folleto del 54, firmaYves, o bienHaguenault
