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Visión panorámica de la historia del estado de Zacatecas que permite observar el desarrollo de este territorio. Abarcando aspectos trascendentes como la conformación de una cultura que tuvo decisiva influencia en la formación de la toltequidad, la obra resalta los inicios de una época identificada como plenamente mesoamericana, con las culturas de Alta Vista y Tuitlán. Asimismo se observa la aparición subsecuente de la industria minera, cosa que ayudara a su florecimiento pues se establece como uno de los puntos de extracción más importantes del país y siendo esta industria parte de su identidad como estado hasta la actualidad.
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Seitenzahl: 397
Veröffentlichungsjahr: 2012
JESÚS FLORES OLAGUE. Doctor en historia por la Universidad Iberoamericana. Director del proyecto Historia de Zacatecas, 1987-2010. Coautor de La fragua de una leyenda. Historia mínima de Zacatecas y de la Glosa histórica de Zacatecas. Además de historiador, es poeta.
MERCEDES DE VEGA. Doctora en historia por El Colegio de México. Coordinadora general del proyecto Historia de Zacatecas, 1989-2003. Coautora de La fragua de una leyenda. Historia mínima de Zacatecas y de la Glosa histórica de Zacatecas. Autora también de Los dilemas de la organización autónoma. Zacatecas, 1808-1832. Desde 2001 es directora general del Acervo Histórico Diplomático de la Secretaría de Relaciones Exteriores.
SANDRA KUNTZ FICKER. Profesora-investigadora de El Colegio de México. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel III. Su campo de estudio es la historia económica de México (1850-1950), y entre sus libros se pueden mencionar El comercio exterior de México en la era del capitalismo liberal, 1870-1929 y Las exportaciones mexicanas durante la primera globalización, 1870-1929, ambos publicados por El Colegio de México.
LAURA DEL ALIZAL ARRIAGA. Profesora-investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa. Licenciada en relaciones internacionales por El Colegio de México y doctora en estudios políticos por la Universidad de París X-Nanterre. Es coautora de la Glosa histórica de Zacatecas.
SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA
Fideicomiso Historia de las Américas
Serie HISTORIAS BREVES
Dirección académica editorial: ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ
Coordinación editorial: YOVANA CELAYA NÁNDEZ
ZACATECAS
EL COLEGIO DE MÉXICO FIDEICOMISO HISTORIA DE LAS AMÉRICAS FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, 2010 Segunda edición, 2011 Primera reimpresión, 2012 Primera edición electrónica, 2016
Diseño de portada: Laura Esponda Aguilar
D. R. © 2010, Fideicomiso Historia de las Américas D. R. © 2010, El Colegio de México Camino al Ajusco, 20; 10740 Ciudad de México
D. R. © 2010, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672
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ISBN 978-607-16-4030-7 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
LAS HISTORIAS BREVES de la República Mexicana representan un esfuerzo colectivo de colegas y amigos. Hace unos años nos propusimos exponer, por orden temático y cronológico, los grandes momentos de la historia de cada entidad; explicar su geografía y su historia: el mundo prehispánico, el colonial, los siglos XIX y XX y aun el primer decenio del siglo XXI. Se realizó una investigación iconográfica amplia —que acompaña cada libro— y se hizo hincapié en destacar los rasgos que identifican a los distintos territorios que componen la actual República. Pero ¿cómo explicar el hecho de que a través del tiempo se mantuviera unido lo que fue Mesoamérica, el reino de la Nueva España y el actual México como república soberana?
El elemento esencial que caracteriza a las 31 entidades federativas es el cimiento mesoamericano, una trama en la que destacan ciertos elementos, por ejemplo, una particular capacidad para ordenar los territorios y las sociedades, o el papel de las ciudades como goznes del mundo mesoamericano. Teotihuacan fue sin duda el centro gravitacional, sin que esto signifique que restemos importancia al papel y a la autonomía de ciudades tan extremas como Paquimé, al norte; Tikal y Calakmul, al sureste; Cacaxtla y Tajín, en el oriente, y el reino purépecha michoacano en el occidente: ciudades extremas que se interconectan con otras intermedias igualmente importantes. Ciencia, religión, conocimientos, bienes de intercambio fluyeron a lo largo y ancho de Mesoamérica mediante redes de ciudades.
Cuando los conquistadores españoles llegaron, la trama social y política india era vigorosa; sólo así se explica el establecimiento de alianzas entre algunos señores indios y los invasores. Estas alianzas y los derechos que esos señoríos indios obtuvieron de la Corona española dieron vida a una de las experiencias históricas más complejas: un Nuevo Mundo, ni español ni indio, sino propiamente mexicano. El matrimonio entre indios, españoles, criollos y africanos generó un México con modulaciones interétnicas regionales, que perduran hasta hoy y que se fortalecen y expanden de México a Estados Unidos y aun hasta Alaska.
Usos y costumbres indios se entreveran con tres siglos de Colonia, diferenciados según los territorios; todo ello le da características específicas a cada región mexicana. Hasta el día de hoy pervive una cultura mestiza compuesta por ritos, cultura, alimentos, santoral, música, instrumentos, vestimenta, habitación, concepciones y modos de ser que son el resultado de la mezcla de dos culturas totalmente diferentes. Las modalidades de lo mexicano, sus variantes, ocurren en buena medida por las distancias y formas sociales que se adecuan y adaptan a las condiciones y necesidades de cada región.
Las ciudades, tanto en el periodo prehispánico y colonial como en el presente mexicano, son los nodos organizadores de la vida social, y entre ellas destaca de manera primordial, por haber desempeñado siempre una centralidad particular nunca cedida, la primigenia Tenochtitlan, la noble y soberana Ciudad de México, cabeza de ciudades. Esta centralidad explica en gran parte el que fuera reconocida por todas las cabeceras regionales como la capital del naciente Estado soberano en 1821. Conocer cómo se desenvolvieron las provincias es fundamental para comprender cómo se superaron retos y desafíos y convergieron 31 entidades para conformar el Estado federal de 1824.
El éxito de mantener unidas las antiguas provincias de la Nueva España fue un logro mayor, y se obtuvo gracias a que la representación política de cada territorio aceptó y respetó la diversidad regional al unirse bajo una forma nueva de organización: la federal, que exigió ajustes y reformas hasta su triunfo durante la República Restaurada, en 1867.
La segunda mitad del siglo XIX marca la nueva relación entre la federación y los estados, que se afirma mediante la Constitución de 1857 y políticas manifiestas en una gran obra pública y social, con una especial atención a la educación y a la extensión de la justicia federal a lo largo del territorio nacional. Durante los siglos XIX y XX se da una gran interacción entre los estados y la federación; se interiorizan las experiencias vividas, la idea de nación mexicana, de defensa de su soberanía, de la universalidad de los derechos políticos y, con la Constitución de 1917, la extensión de los derechos sociales a todos los habitantes de la República.
En el curso de estos dos últimos siglos nos hemos sentido mexicanos, y hemos preservado igualmente nuestra identidad estatal; ésta nos ha permitido defendernos y moderar las arbitrariedades del excesivo poder que eventualmente pudiera ejercer el gobierno federal.
Mi agradecimiento a la Secretaría de Educación Pública, por el apoyo recibido para la realización de esta obra. A Joaquín Díez-Canedo, Consuelo Sáizar, Miguel de la Madrid y a todo el equipo de esa gran editorial que es el Fondo de Cultura Económica. Quiero agradecer y reconocer también la valiosa ayuda en materia iconográfica de Rosa Casanova y, en particular, el incesante y entusiasta apoyo de Yovana Celaya, Laura Villanueva, Miriam Teodoro González y Alejandra García. Mi institución, El Colegio de México, y su presidente, Javier Garciadiego, han sido soportes fundamentales.
Sólo falta la aceptación del público lector, en quien espero infundir una mayor comprensión del México que hoy vivimos, para que pueda apreciar los logros alcanzados en más de cinco siglos de historia.
ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ
Presidenta y fundadora delFideicomiso Historia de las Américas
ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ
QUIEN ES DEL NORTE Y RESIDE EN CHIHUAHUA, Durango, Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas, acostumbra su vista a las cordilleras escarpadas, a la belleza del desierto, a su flora, a las casas de adobe de un piso con morillos de soporte de puertas y techumbre que protegen de las inclemencias del tiempo.
La percepción del espacio es distinta si uno descubre la región zacatecana a partir del centro del país a que si la percibe desde el norte. Cuando uno arriba del norte a Sombrerete, Fresnillo, Guadalupe, Vetagrande y a la capital, Zacatecas, ¡entra en otro mundo: en el corazón de la España colonial, un escenario insólito cuya riqueza cultural y estética maravilla! Conocí Zacatecas habiendo vivido en Dinamita, Durango, habituada a los desiertos, a la sierra de pichachos escarpados y a los campos de algodón laguneros. Mi primer viaje a México fue a los 10 años. De Dinamita llegué a Sombrerete y Fresnillo. Mi sorpresa inmediata fueron los poblados de calles estrechas con templos, conventos, porterías, plazuelas y edificaciones coloniales de cantera de gran riqueza arquitectónica. El “ojo de aguas del fresnillo”, de ser lugar de paso del Camino de Tierra Real, se convirtió en un estratégico punto minero. Aún permanece su obelisco, los chacuacos de la hacienda y los templos del Tránsito, la Purificación y el santuario de Plateros. Su fortuna deriva desde tiempos antiguos de sus feraces minas de plata y metales industriales.
¡El arribo a la capital, Zacatecas, es deslumbrante! Se accede por callejuelas que más bien parecieran seguir atajuelos de torrentes de agua o el paso de ovejas y mulitas cargadas de plata o mezcal. Callejuelas y escalinatas nos descubren conventos, casas señoriales, plazas y plazuelas, vecindades como la del actual Mesón Jovito prensadas entre cerros, cañadas y lo que fueran antiguos barrios indios. La ciudad de Zacatecas es una fortaleza amurallada por sus templos y conventos. En lo alto, desde el crestón de La Bufa, se domina su señorío y opulencia. De donde se mire, la vista topa con coronas de plata y cantera: las cúpulas de iglesias, conventos y el espléndido barroco de la catedral de Nuestra Señora de la Asunción son circundados por los cerros de La Bufa, del Grillo, de la Virgen y del Padre.
Los edificios coloniales son pocos. Predominan bellos palacios del siglo XIX, época en que la riqueza se expresa en la hermosura de sus construcciones. Se edifica en ese entonces el teatro Calderón, el mercado González Ortega y la plaza de toros San Pedro. Al lado del teatro Calderón se encuentra el hotel que me aloja en mis visitas a la Universidad de Zacatecas. Desde mi habitación abro la ventana y apenas cabe la imponente portada de la Catedral gobernada bajo el cielo cruel zacatecano. La Catedral con su portada principal es definida desde un puro estilo barroco con sus dos torres, de las cuales la del norte no se terminó hasta 1904; al alcance de la vista están las plazas del templo de Santo Domingo y el templo de Fátima, construido éste a mitad del siglo XX y única construcción de su estilo en el estado. Ciudad merecidamente declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1993.
Los museos de Guadalupe y Zacatecas, como los archivos de todas sus villas, son deleite del intelecto. Guadalupe, hoy municipio unido a la capital, posee una rica pinacoteca virreinal. Hacia 1707, fray Margil de Jesús estableció el Colegio de Propaganda Fide en el convento de Guadalupe, donde se educaba a los frailes para la obra misional; fue la puerta al norte para continuar la evangelización. Los religiosos construyeron la impresionante Capilla de Nápoles con retablos ornamentados en oro. Nochistlán, poblado colonial fundado en 1532, cuenta con joyas arquitectónicas como el templo de San Francisco, cuya construcción se inició en 1584, y el de San Sebastián, que data de 1743, además de la presidencia municipal, el parián y el acueducto construido en 1792.
Entre los 31 estados que conforman los Estados Unidos Mexicanos, Zacatecas ocupa el octavo lugar en cuanto a extensión territorial, 75 040 km2. Sus coordenadas extremas son 25°09’ al norte y 21°04’ al sur de latitud norte; al este 100°49’ y al oeste 104°19’ de longitud oeste. Enclavado en la Meseta Central, al norte lo circunda la Sierra Madre Oriental y al sur la Sierra Madre Occidental. El estado de Zacatecas —en náhuatl, lugar donde abunda el zacate—, localizado en la zona centro-norte de la República, colinda con Coahuila, Aguascalientes, Jalisco, Durango, San Luis Potosí, Nuevo León y Nayarit, como se observa en el mapa que da comienzo a este libro. La administración política está dividida en 58 municipios; cuenta en el siglo XXI con unas 4 000 localidades y 1’367 692 habitantes. Su altura promedio sobre el nivel del mar es de 2 230 m. Su capital lleva el nombre del estado: Zacatecas, fundada en 1548, y sus principales villas son Guadalupe, Fresnillo, Río Grande, Sombrerete y Jerez.
Su geografía es de contrastes. En partes es desértica; en cambio, en el Altiplano hay tierras mejor irrigadas que recogen el agua de lluvia de las dos sierras constituyendo áreas agrícolas de importancia, aunque el clima del estado es seco y semiseco en más de 75% y sus mantos acuíferos, mal cuidados y alimentados por escasas lluvias, tienen limitada posibilidad de bombeo. El agua en general padece el mal contemporáneo: la contaminación. La figura I.1 muestra la estructura del agua subterránea. Los mantos freáticos proceden del deshielo de glaciares y del escurrimiento del agua de las sierras y la lluvia. La Comisión Nacional del Agua (Conagua) advierte que en el norte del país están en riesgo 104 mantos acuíferos de un total nacional de 653 debido a la sobreexplotación urbana, doméstica, industrial y agrícola. Lo grave es que ésta lleva a la desaparición de ríos y manantiales, y que las descargas y sobreexplotación han contaminado y envenenado el agua del subsuelo. De los 20 estados de la República, Chihuahua es la que más daño ha producido a sus mantos (seis); le siguen Sonora, Durango, Guanajuato y Zacatecas. Este último cuenta con 20 mantos acuíferos sobreexplotados con derecho de extracción limitado.
FIGURA I.1. Estructura del agua subterránea
Los ríos del estado se agrupan en dos cuencas: la del Pacífico y la del Interior. Las regiones hidrológicas son: la Lerma-Santiago y El Salado, donde se encuentran los valles más productivos como Fresnillo, Calera, Chupaderos, Ojocaliente, La Blanca, Loreto, Villa de Cos e Hidalgo, pero allí la extracción de agua está limitada por su escasez. La región hidrológica Nazas-Aguanaval comprende parte del norte del estado y es básicamente zona desértica, una cuenca cerrada y sin salida. Por último, en la Cuenca Presidio-San Pedro los principales ríos —San Pedro, Juchipila, Jerez, Tlaltenango, San Andrés, Atengo y Valparaíso— desembocan en el Océano Pacífico. Los ríos Calabacillas, Zaragoza, Los Lazos, San Francisco y Aguanaval se localizan en la Cuenca Interior y no tienen salida al mar.
La vegetación de Zacatecas es muy variada. En las sierras existen bosques mixtos de pinos y encinos, árboles de hoja perenne verde. También hay regiones áridas y semidesérticas que albergan gran cantidad de plantas, como las cactáceas. En llanos y valles abundan los mezquites y las gobernadoras, que son arbustos de escasa raíz que en las tolvaneras ruedan por las planicies y carreteras; huizaches, nopales comestibles, lechuguilla para lejía y lavado, guayule o hule natural empleado desde tiempos prehispánicos, muy cotizado a fines del siglo XIX y durante los años de la Gran Guerra, hoy conocida como primera Guerra Mundial. Como en el estado de Zacatecas existen varios tipos de relieve de suelo y de clima, variada resulta su vegetación: bosques, matorrales y pastizales conviven con especies de zonas desérticas y semidesérticas, y hay partes de selva baja con árboles de 15 metros de altura. Por lo mismo se encuentran varias especies de fauna silvestre, algunas en peligro de extinción. Abundan aves como la codorniz (común y pinta), la paloma (de collar y torcaza), la huilota o tórtola, el cenzontle y el cardenal, además de mamíferos como coyote, zorra gris, oso negro, mapache, jabalí de collar, venados cola blanca y cola negra, armadillo, conejo, puma, gato montés, liebres torda y cola negra, y una variedad de reptiles.
Tres cuartas partes del territorio zacatecano corresponden a zonas áridas y semiáridas. En el estado se cosechan cereales, cuya producción depende del agua de lluvia, y el maguey, que crece en climas secos. Los principales cultivos cíclicos son frijol, maíz, avena forrajera, chile y cebada. Asimismo, se produce sorgo, cebolla, ajo, durazno, nopal, alfalfa y guayaba. Es importante la cría de ganado bovino (incluido el de lidia), porcino y ovino.
La región fue asiento de culturas y grupos antiguos: zacatecos, tecuexes, guachichiles y caxcanes principalmente. En el norte todos fueron agricultores sedentarios cuando el agua y el tiempo lo permitían, y andariegos cuando se trataba de cazar o guerrear. Como en todo el mundo antiguo, fue intenso el intercambio cultural y de bienes como peyote, cerámica, pieles y metales. Las crisis en el norte son resultado de sequías, aun en la época previa a la llegada de los españoles; las crisis agrícolas y las sequías agudizaban por lo general las guerras entre las bandas. Como toda frontera, la zacatecana es móvil, en parte mesoamericana, en parte área de la Gran Chichimeca. Así, encontramos civilizaciones de fuerte influjo mesoamericano como Altavista (Chalchihuites), La Quemada (Villanueva), Sierra de Órganos (Sombrerete) y Sierra de Cardos (Jerez).
El antes y el después de la geografía política colonial del norte los marca la Guerra del Mixtón de 1541-1542, una de las más grandes insurrecciones indígenas contra los españoles y sus aliados tlaxcaltecas y otomíes. Encabezadas por el líder caxcán Tenamaxtle, tribus confederadas de distintas regiones, como se observa en el mapa I.1, lucharon por detener el avance español. Después de cruentas peleas adversas a los europeos, el mismo virrey de la Nueva España, Luis de Velasco, debió intervenir para triunfar finalmente en la famosa Batalla del Mixtón. Su importancia reside en que por vez primera estamos frente a una empresa del Estado español: con recursos de la Real Hacienda se arma a más de 20 000 indios aliados, otomíes y tlaxcaltecas que rompen la línea caxcana de defensa.
Las expediciones de penetración en tierras inhóspitas condujeron al descubrimiento de ricas vetas de plata; en especial la de 1546, del español Juan de Tolosa, dio lugar a la fundación de la Noble y Leal Ciudad de Zacatecas. Esta ciudad y sus distritos mineros fueron puntos estratégicos, pues eran sede del desarrollo del real de minas de plata más rico de la Nueva España y el nudo articulador del centro, la Ciudad de México, con el extremo septentrional, Santa Fe, delimitando el desarrollo del extenso territorio de la Nueva España (véase mapa I.2).
MAPA I.1. Regiones étnicas involucradas en la Guerra del Mixtón (1541-1542)
Las riquezas minerales del estado, provenientes de una considerable extracción de plata —cuya producción ocupa el primer lugar mundial desde hace décadas—, oro, mercurio, hierro, cinc, plomo, bismuto, antimonio, sal, cobre, cuarzo, caolín, ónix, cantera, cadmio y otros, fueron aprovechadas incluso antes de la Conquista, y algunas de las minas actuales datan de mediados del siglo XVI. Recientemente se han descubierto importantes reservas de litio, de uso en fertilizantes, y potasio, esencial para las telecomunicaciones, que prometen ser de los yacimientos más ricos entre los cinco que existen en el mundo. Los nuevos yacimientos de litio y potasio se ubican en la region semidesértica zacatecana contigua a San Luis Potosí.
MAPA I.2. Minería y manufactura en el siglo XVIII
FUENTE: Colin M. MacLachlan y Jaime E. Rodriguez O., The Forging of the Cosmic Race. A Reinterpretation of Colonial Mexico, University of California Press, Berkeley y los Angeles, 1980.
La población contemporánea, al igual que en el resto del país, es bastante joven, en promedio de sólo 23 años. El flujo migratorio es importante dentro del país y hacia Estados Unidos por los bajos precios agrícolas y el desempleo. Me recuerda la Galicia española de hace 30 años, privada de varones. Los hombres salen hacia Estados Unidos y dejan familias y tierras abandonadas. Se estima que la mitad de los zacatecanos viven fuera del estado: en Estados Unidos entre 800 000 y un millón, la mayoría en Chicago, Denver, Dallas, Houston, Los Ángeles y Phoenix. En 2003 la población zacatecana residente en Zacatecas ascendía a 1’413 115 habitantes, mientras que la residente en Estados Unidos era de 1 468 747. Es decir, 50% de los zacatecanos viven “del otro lado”, sin olvidar la gran cantidad de zacatecanos que han emigrado principalmente a Jalisco, Nuevo León, Chihuahua, Coahuila y Aguascalientes. Gracias a esta migración internacional muchas comunidades se han quedado sólo con los viejos, otras con las mujeres mayores y unas más sin habitantes, como pueblos fantasmas. La migración interna de las regiones rurales a las ciudades es relevante debido a los bajos precios de los productos agrícolas, principalmente frijol y maíz. La zona metropolitana Zacatecas-Guadalupe es la más poblada del estado, con 261 422 habitantes; le siguen Fresnillo con 196 538; Río Grande con 60 243; Sombrerete con 58 201, y Jerez con 52 594, según los registros del censo de 2005.
Actualmente el ingreso principal del estado son las remesas —que en promedio suman 481 millones de dólares anuales, equivalentes a 8% del PIB estatal—, seguidos por el turismo, los servicios y la minería. La inseguridad en México y la crisis en Estados Unidos han reducido sensiblemente todo, en especial las remesas. Hoy las condiciones de pobreza y marginación, inseguridad y violencia en el estado son alarmantes: 34% de su población vive en condiciones de pobreza extrema, principalmente pobreza alimentaria, o mejor dicho, padece hambre. Zacatecas se ubica entre los cinco estados con menor ingreso per cápita de México; dado el desempleo y emigración masiva, la mayoría de los municipios zacatecanos presentan un decrecimiento en número de habitantes. La población se concentra en las ciudades de Fresnillo, Zacatecas, Guadalupe, Sombrerete y Río Grande. La esperanza de vida para los zacatecanos es igual a la del actual promedio nacional, 72 años los hombres y 77 las mujeres.
Con una pirámide de población que exige trabajo y profesionalización, el rezago educativo de la entidad es uno de los más grandes del país, ya que desde 1990 hasta el censo de 2005, la educación promedio sumaba 7.2 años, lo cual demuestra que en los últimos 15 años no se han logrado avances en esta materia. Asimismo, 8% de las personas mayores de 15 años son analfabetas y 23% no concluyeron la educación primaria. Actualmente, sólo 0.3% de la población zacatecana habla alguna lengua indígena, principalmente tepehuano, náhuatl y huichol. El estado de Zacatecas tiene recursos en materia educativa y sus bibliotecas poseen acervos valiosos para los estudiosos. Hay al menos cinco escuelas de educación normal superior (en Zacatecas, Juchipila, San Marcos, Loreto y Nieves) así como otras de música y artes. Su universidad cumplió recientemente 175 años de fundada; además de representar la más importante institución de educación superior en el estado, significa un lazo indisoluble con la vida cultural, social y política de la entidad.
En todo el estado es famoso el corrido, que reseña los principales eventos que se vivieron en la Revolución de 1910. Miles de interpretaciones ha tenido La marcha de Zacatecas, de Genaro Codina, que se ha oído por años en toda la República y el extranjero; es el himno de las asociaciones charras y está considerado, por su frecuente interpretación en actos oficiales, el “segundo himno nacional”.
Causan asombro los valores artísticos zacatecanos de ayer y de hoy. El estado ha dado músicos como Manuel M. Ponce, Candelario Huízar y Tomás Méndez, y pintores como Francisco Goitia, Pedro Coronel, Manuel Felguérez, Alfonso López Monreal y Alejandro Nava. Tiene a su famoso Santo Niño de Atocha en el Santuario de Plateros, sede de peregrinos. Jerez de García Salinas, rumbo al sur, cerca de Jalisco, fue sede política y literaria; de ahí es el poeta Ramón López Velarde y el gran federalista de principios del siglo XIX Francisco García Salinas. Ramón con su Suave Patria y Francisco con su defensa del federalismo le dieron identidad histórica a Zacatecas.
JESÚS FLORES OLAGUE
EN EL ESTUDIO DE LAS CULTURAS PREHISPÁNICAS es prioritaria la definición de lo que tradicionalmente se ha llamado Mesoamérica. En 1943, el antropólogo Paul Kirchhoff estableció esos límites mesoamericanos con base en la ubicación de los grupos indígenas a la llegada de los españoles (1521). Contrariamente a su intención, lejos de favorecer la investigación del mundo prehispánico, esa demarcación ha sido una camisa de fuerza que ha obstaculizado el avance de los estudios en la materia, y no un concepto metodológico como lo propuso Kirchhoff.
Por tal motivo, si se quiere profundizar en el tema es necesario establecer una nueva delimitación en la que los grupos prehispánicos no se vean como conglomerados fijos, sino en su transcurso continuo a través de fronteras más amplias y más flexibles, así como en los intercambios que entre estos grupos surgieron para posteriormente integrarse a culturas más vastas y complejas.
En este capítulo abordaremos el estudio de las áreas mesoamericanas que ocupa en la actualidad el territorio del estado de Zacatecas. En aquellos remotos años esas áreas abarcaron parte de las regiones de Surmesoamérica y del Centro-Norte, con vínculos hacia la Norponiente, pero todas dentro de la Gran Mesoamérica. Para lograr nuestro objetivo se consultaron los numerosos trabajos sobre la etapa prehispánica de Zacatecas, rescatando críticamente lo valioso, y analizando y ordenando datos e interpretaciones que nos permiten precisar la historia que deseamos conocer.
MAPA II.1. La Gran Mesoamérica y sus regiones
MAPA II.2. Surmesoamérica y sus vecinos inmediatos al norte
Como ya se dijo, el territorio surmesoamericano que aquí se describe no es el fijado por Kirchhoff (mapa II.3) en la ya mítica conferencia dictada en la Sociedad Mexicana de Antropología (1943). Comprende un área más amplia, que incluye lo que se ha dado en llamar “la expansión norteña” y que abarca gran parte del actual estado de Zacatecas. Es aquí donde localizaremos la región y cultura de Tuitlán, parte del primer Chicomoztoc, sitio al que arribaron migrantes de la región central de México y donde comenzó a establecerse una de las bases de la cultura tolteca-chichimeca —resultado de la interacción entre estos migrantes y la población local— que luego, en la última etapa de su existencia, avanzaría sobre las regiones centrales de Surmesoamérica. El área geográfica que comprende dicha expansión norteña incluye parte de Jalisco, Durango, Nayarit, Zacatecas, Aguascalientes, Guanajuato, Querétaro y Tamaulipas. Existen teorías que indican que esta amplia zona tuvo relación con Chupícuaro, Teotihuacan, Tula y Tenochtitlan. La cultura de Tuitlán (mapa II.4) se sitúa principalmente al occidente del actual estado de Zacatecas con importantes prolongaciones hacia el sur de Durango y norte de Jalisco.
Antes de hablar de la cultura de Tuitlán y para tener idea de las condiciones a las que tuvo que adaptarse haremos referencia al medio físico en el que probablemente se asentó. Señalaremos sus principales aspectos geográficos, fisiográficos, hidrológicos y climatológicos, destacando el tipo de suelos y su probable uso agrícola, dadas sus facilidades climáticas y de irrigación.
El actual territorio de Zacatecas pertenece a cuatro regiones fisiográficas: Sierra Madre Oriental, Sierra Madre Occidental, Mesa Central y Eje Neovolcánico. En las dos últimas y en un pequeño territorio al sur de la actual ciudad de Durango se desarrollaron la agricultura prehispánica y la cultura de Tuitlán, cuyos principales sitios se encuentran en regiones de la Sierra Madre Occidental: Altavista, en la sierra y las llanuras de Durango; Tuitlán, El Teúl y Juchipila, en los valles y sierras zacatecanos, y Nochistlán, en el Eje Neovolcánico.
MAPA II.3. La Mesoamérica de Kirchhoff
La región fisiográfica Sierra Madre Occidental empieza al sur de la actual frontera entre México y Estados Unidos; abarca parte de Sonora, Chihuahua, Sinaloa, Durango, Zacatecas, Nayarit, Aguascalientes y Jalisco, hasta llegar al Río Grande de Santiago y el Eje Neovolcánico; es un gran sistema montañoso con elevaciones de 2 500 a 3 000 msnm. Al occidente, es decir, hacia el Océano Pacífico, presenta un frente escarpado que desciende gradualmente al centro del país, formando suaves y extensas planicies que alternan con pocos paisajes abruptos.
En los valles y las sierras de Zacatecas, concretamente, se asentó la cultura de Tuitlán. El territorio comprende desde el límite noroccidental ubicado entre la actual entidad de Zacatecas y Durango, hasta la Mesa Central en las inmediaciones de las ciudades de Sombrerete, Fresnillo y Zacatecas. La zona occidental del estado y algunas partes de Aguascalientes y Jalisco se caracterizan por sus altas sierras que corren de norte a sur, a menudo rematadas por mesetas o valles de pendiente ligera, con terrazas y lomeríos producto de la erosión. Las corrientes fluviales del norte se dirigen al noreste y son endorreicas; las del sur, hacia el Río Grande de Santiago y al Río Chalchihuites-Súchil-Mezquital-San Pedro, con una de sus fuentes en la Sierra de Valparaíso, en la laguna nayarita de Mexcaltitlán, cerca del Océano Pacífico.
Sin duda existieron zonas de desarrollo agrícola alrededor de los principales sitios prehispánicos de Zacatecas, sin que éstas puedan identificarse, pues no se conocen estudios al respecto. Sólo podemos suponer que en torno al Valle de Malpaso, asiento de Tuitlán, existió una agricultura planificada con canales de riego, terrazas de cultivo y caminos que, desde diversos puntos del valle, conducían al centro del poder. Parecería que este tema ha sido subestimado por los arqueólogos.
Sobre el medio físico cabe agregar que el lugar de menor precipitación pluvial es precisamente Tuitlán, lo que determina cultivos más laboriosos. El clima de Zacatecas es seco, con temperatura media anual de 16°C y precipitación media de 510 milímetros.
Según los estudios disponibles sobre la Sierra Madre Oriental, la Sierra de Tamaulipas y el Valle de Tehuacán, la historia de la agricultura en México se remonta al año 6500 ± 100 a.C., cuando se intensificó la recolección de vegetales y aumentó la población. Parece que las primeras plantas domesticadas fueron el aguacate y la calabaza, al mismo tiempo que se recolectaba algodón, chile, amaranto y maíz.
En el periodo de 4900 a 3500 a.C. se domesticó el maíz, el chile, el frijol y el zapote; y, en el periodo de 3500 a 2300 a.C., el maíz híbrido en Tehuacán, que apareció en la zona de la Sierra Madre Oriental entre 3000 y 2000 a.C. Se calcula que las plantas cultivadas constituían 30% de la alimentación, suficiente para un mínimo sedentarismo. Sin embargo, la vida agrícola y propiamente sedentaria se dio entre los años 2300 y 1500 a.C., cuando apareció la cerámica. En la región norponiente de la Gran Mesoamérica, la fase agrícola se registró a partir del año 2000 a.C., con la introducción de maíz y calabaza provenientes de Surmesoamérica. Se cree que en esta zona la vida sedentaria se arraigó hacia el año 500 a.C. Lamentablemente, poco se sabe de los orígenes de la agricultura en Zacatecas; por ahora sólo puede afirmarse que ya había vida agrícola con asentamientos de aldeas en la región de la cultura de Tuitlán entre los años 1 y 100 d.C.
Existen diferentes versiones acerca del origen de estas aldeas. Según Richard Brooks, la agricultura de la vertiente oriental de la Sierra Madre Occidental se originó localmente; ahí se domesticaron especies silvestres hacia el año 6000 a.C. y hubo una continuidad formal entre los utensilios líticos de los grupos nómadas y las primeras aldeas. Otros investigadores opinan que la agricultura llegó de fuera y fructificó gracias al prolongado contacto con grupos humanos situados más hacia el centro de Surmesoamérica. Según la versión más aceptada, el territorio surmesoamericano de Zacatecas fue ocupado por grupos plenamente agrícolas, hecho que se ha intentado confirmar basándose en la similitud entre los materiales culturales de las primeras aldeas agrícolas de Zacatecas y los elementos de las culturas de Capacha y El Opeño, localizadas en el llamado Occidente, de Chupícuaro, Guanajuato, y, del Valle de México, en Zacatenco y Tlatilco.
para los investigadores encabezados por J. Charles Kelley, este proceso —que él llama colonización— fue pacífico y permitió la ocupación de los asentamientos más adelantados a lo largo de un milenio. Hubo dos momentos muy marcados: el primero inmediatamente antes de la era cristiana, y el segundo durante la expansión de Teotihuacan. En contraste, para la corriente que encabeza Marie-Areti Hers, el proceso fue violento y súbito, provocado por grupos agrícolas advenedizos que arremetieron contra los grupos existentes y los desplazaron.
Sobre la relación entre los primeros agricultores que habitaron el actual territorio zacatecano y el complejo conocido como El Opeño —cerca de Jacona, Michoacán, junto al Cerro Curutarán, que floreció hacia el año 1500 a.C. y que pudo ser antecedente de Chupícuaro—, sólo puede señalarse la similitud de algunas figurillas del sitio michoacano (llamadas tipo 1) con la figura recuperada por un agricultor en El Vergel, muy cerca de Tuitlán, municipio de Villanueva. Aunque la pieza carece de fechamiento preciso, también tiene similitud con las figurillas del Cerro Encantado de Teocaltiche, Jalisco, y con las que abundan en Tlatilco. Aún no hay referencias sobre los vínculos entre estos primeros agricultores con el complejo Capacha, ubicado en el actual estado de Colima (con fechas y materiales similares a los de El Opeño), si bien Leonardo López Luján los menciona pero sin precisarlos. La relación entre Tlatilco y Zacatenco con las culturas de Jalisco, Colima y Nayarit está mejor establecida que con las culturas agrícolas que ocuparon el actual territorio zacatecano; la relación de estas últimas con la cultura Chupícuaro es más notable.
La cultura Chupícuaro se extendió a partir de un punto situado en el vértice de unión de los ríos Coroneo y Lerma, en Guanajuato —hoy cubierto por las aguas de la presa Solís—, por una amplia región de Mesoamérica, sobre todo entre los años 600 a.C. y 400 d.C.; su influencia abarcó toda la región de la cultura de Tuitlán, por lo que puede considerarse la cultura madre y antecedente inmediato de aquélla.
La presencia de rasgos de Chupícuaro ha sido documentada en la llamada cultura “Chalchihuites” por J. Charles Kelley en Altavista y por Betty Bell en el Cerro Encantado de Teocaltiche, donde se cree que se sentaron las bases de los desarrollos posteriores de ambos sitios. El papel de la cultura de Chupícuaro en esa región es similar al de la olmeca en otras áreas de Mesoamérica, como cimiento, raíz y fermento cultural de los grupos humanos que les siguieron. El vestigio más importante de Chupícuaro es su cerámica, de la cual se exhiben varias muestras en el museo del ex convento de San Francisco, en Zacatecas. Es una cerámica monocroma y policroma, de fina factura y elaborados diseños perfectamente delineados, con líneas verticales, grecas escalonadas, rombos, elementos cruciformes y cuadriculado de ajedrez. Las figurillas son sólidas o huecas.
La cultura de Chupícuaro se difundió a partir de la región media del Río Lerma, por un lado hacia la cuenca de México en el sur, hasta la región Puebla-Tlaxcala, y por el otro hacia el norte y norponiente, alcanzando lugares como Altavista, en el actual municipio de Chalchihuites, Zacatecas, lugar desde el cual tal vez repercutió hasta el noroeste de Mesoamérica. Es probable que la cultura Chupícuaro haya penetrado en lo que hoy es Zacatecas por los ríos Bolaños y Juchipila, afluentes del Santiago, localizados en una zona donde esta cultura debió de tener contacto con la tradición de las tumbas de tiro y, tal vez, con su derivada, la tradición Teuchitlán. Esta última abarca una región muy amplia donde convergen otras tradiciones culturales, entre ellas una parte de la zona caxcana y la de los alrededores de Teuchitlán, esta última estudiada por Phil C. Weigand. Aquí hubo constantes movimientos humanos de norte a sur, de oriente a poniente y viceversa, que implicaron el intercambio de las culturas. No descartamos otras vías de penetración, quizá localizadas al oriente de las ya mencionadas y que pudieron ser paralelas a lo que fue en el virreinato la ruta de la plata.
Al principio, Chupícuaro predominó en el centro de Surmesoamérica; luego aumentó la influencia de Teotihuacan, que marchó hacia el norte ocupando las zonas de poder de Chupícuaro, constituyendo entre los siglos VII y IX lo que Wigberto Jiménez Moreno llamó cultura pretolteca —desde Zape, en Durango, hasta San Miguel de Allende, en Guanajuato— y que formó un amplio corredor donde se enclavarían también Altavista y Tuitlán.
La influencia de Chupícuaro sobre varias regiones facilitó la penetración teotihuacana indirecta porque, conforme crecía la distancia entre la cultura de Chupícuaro y la gran metrópoli del Clásico, esa penetración se extendía mediante los diferentes filtros que constituían los grupos agrícolas sedentarios antes expuestos a la cultura de Chupícuaro. Esto explica por qué la influencia teotihuacana fue desigual: mayor en los lugares más próximos al centro de México, y casi nula en otros, como en el llamado Occidente, permitiendo el surgimiento y apogeo de tradiciones independientes como la de Teuchitlán.
Uno de los probables puntos de la penetración teotihuacana fue el norte de Jalisco y el surponiente de Zacatecas. Ampliaremos el tema al hablar de la tradición de las tumbas de tiro; por lo pronto conviene señalar que lo trascendental de la cultura Chupícuaro radicó en cimentar las culturas prehispánicas del Bajío y del norcentro de Surmesoamérica, facilitando la expansión norteña de los elementos culturales surmesoamericanos, desde el Formativo Tardío hasta el Clásico Temprano.
Esta vasta zona de confluencia del norte de Jalisco y surponiente de Zacatecas, poco estudiada y en la que se mezclaron elementos de Chupícuaro y de Teotihuacan, produjo manifestaciones muy particulares en los primeros seis siglos d.C., que sólo serán comunes en otras partes de Mesoamérica durante el Posclásico. Se trata de la pintura cloisonné, las hachas-efigies y de garganta, las pipas y una peculiar arquitectura que se caracterizó por el uso de piedra, adobes, aplanados de estuco y columnas. Esta región, relacionada con el Bajío y con el Occidente, fue el enlace para la transmisión de los elementos culturales surmesoamericanos hacia la región norponiente de la Gran Mesoamérica y para la difusión de las reelaboraciones de estos elementos.
Emil Haury sostiene que en la etapa final del Formativo o Preclásico hubo una notable migración desde el norte de Michoacán, Guanajuato, Aguascalientes y sur de Zacatecas, hasta el noroeste de lo que nosotros llamamos la Gran Mesoamérica, que ayudó a conformar la fase pionera de la cultura hohokam, alrededor del año 100 d.C. El caso de Altavista es particular: aparte de sus vínculos con los valles centrales, el Bajío y el callejón de culturas situado en la ruta que conduce al noroeste de la Gran Mesoamérica, debió de obtener además productos de la costa, probablemente a través del Río San Pedro. Ello significa que pudo estar en contacto con una amplia zona de Sinaloa y el centro-norte de Nayarit, como parecen indicar los materiales provenientes de Sinaloa encontrados en los sitios de Schroeder y Molino, cerca de Durango, y reportados por Kelley. Las ideas provenientes del centro de México, en caso de haber existido, y su posible reelaboración por lo que Kelley llama la cultura Chalchihuites, sumadas a sus propias ideas, debieron de producir efecto en las manifestaciones culturales de Nayarit, situación que originó una cultura diferente a la de las tumbas de tiro, que en Sinaloa podría situarse en el Chametla temprano, alrededor de los años 300-400 d.C., y que culminó en el Posclásico con la tradición Aztatlán. Así, la tradición de las tumbas de tiro se vería limitada al norte y sur por culturas locales derivadas de la influencia de Chupícuaro y, tal vez, de Teotihuacan.
Llegamos así a una de las partes más oscuras y a la vez más interesantes del pasado prehispánico: la tradición de las tumbas de tiro en Zacatecas, de la que existen muestras en El Teúl (registradas por Otto Schondube) y en La Florida, municipio de Valparaíso (registradas por Ricardo Jaramillo). El principal territorio de desarrollo de esta tradición cultural, ya manifestada en El Opeño alrededor del año 1500 a.C., fue la parte costera sur-central y el altiplano sur de Nayarit, el altiplano central de Jalisco y el altiplano de Colima. En las excavaciones encontradas, generalmente en tepetate, se depositaban muchas ofrendas, lamentablemente desaparecidas por el vandálico saqueo de que han sido objeto. Se llaman tumbas de tiro porque se accede a ellas a través de un tiro vertical que mide de dos a 16 metros, que conduce a una o más bóvedas mortuorias. El suelo puede estar empedrado y hay informes de restos de pinturas hoy desaparecidos.
La región en que se han registrado más tumbas de tiro es la de Magdalena-Tequila-Etzatlán, en Jalisco, donde Phil C. Weigand sitúa el centro de la tradición Teuchitlán, cuyo desarrollo es posterior, pero en apariencia perteneciente a los mismos grupos humanos que conformaron la cultura de las tumbas de tiro, abarcando una cronología de 300 a.C. a 300 d.C. De aquí se deduce que las auténticas tumbas de tiro en Jalisco y Zacatecas corresponden al Preclásico Tardío y al Clásico Temprano, y que la tradición Teuchitlán —caracterizada por un singular patrón arquitectónico circular, por las tumbas de tiro o por tumbas excavadas y asociadas a dicha arquitectura— abarca del año 200 al 700 d.C., lo que permite identificarla como un desarrollo cultural vecino y contemporáneo a alguna fase de la cultura de Tuitlán.
En Zacatecas se registraron tumbas de tiro en El Teúl (sobre lo que no existen estudios publicados) y en San José del Vergel y La Florida, en Valparaíso, donde Ricardo Jaramillo estudió las tumbas, lo que dejaron los saqueadores, la lítica y el patrón de asentamiento del sitio. Elaboró además una cronología, que situaba el lugar entre los años 100 y 1200 d.C., es decir, entre el Preclásico y el fin del Posclásico Temprano. Para varios investigadores, como J. Charles Kelley y Leonardo López Luján, la zona de las tumbas de tiro y los patrones de construcción circulares forman parte de la región llamada Bolaños Juchipila, de la cultura Chalchihuites. Estos autores reconocen que los asentamientos ubicados en las cuencas de los ríos Bolaños y Juchipila difieren de otros sitios de esa cultura y presentan fuertes nexos con el Occidente. Por nuestra parte, creemos que estamos ante otra zona de confluencia de culturas o tradiciones culturales diversas que muestran influencias de las zonas aledañas, sobre todo en el caso de la cuenca del Río Mezquitic-Bolaños, cuyos vínculos apuntan con más fuerza a la tradición de las tumbas de tiro o tradición Teuchitlán en sus límites occidentales, que hacia la zona de sus límites norteños y orientales. Trabajos más profundos permitirán delimitar y precisar las relaciones de esta importante región prehispánica.
Finalmente mencionaremos los asentamientos de grupos sedentarios que irían de la frontera entre Chihuahua y Durango a los alrededores norteños de la actual ciudad de Durango. Para el grupo de investigadores encabezado por Kelley, en esta región, conocida como Loma San Gabriel, se desarrolló una cultura “submesoamericana” fronteriza, perteneciente a la tradición del Desierto, que del año 100 al 1200 d.C. recibió gran influencia de la cultura Chalchihuites, la cual, al declinar en la región de Loma San Gabriel, fue sustituida por raíces culturales anteriores y por vínculos antiguos y tradicionales con la cultura Mogollón. Esta cultura se desarrolló en lo que aquí hemos llamado la región norponiente de la Gran Mesoamérica. Para el grupo de Marie-Areti Hers, en cambio, la región de Loma San Gabriel es una variante más de lo que conoce como cultura “Chalchihuites”, que no equivale a lo que el grupo de Kelley entiende por cultura “Chalchihuites”. Debido a que una misma palabra se ha aplicado a diferentes conceptos y a que existen dos formas de entender nuestro pasado prehispánico, cabe reflexionar acerca del saber actual sobre los agricultores prehispánicos de Zacatecas. A ello se dedica el siguiente apartado.
Para el grupo de estudiosos encabezado por la arqueóloga Marie-Areti Hers, miembro de la Misión Arqueológica de Bélgica, esta zona mesoamericana coincide con la que Beatriz Braniff definió como la Mesoamérica “marginal” noroccidental. Hers la divide en cuatro subáreas: Chalchihuites —que a la fecha es la que ha sido más estudiada y a la que denomina cultura “Chalchihuites” stricto sensu—, Malpaso, Loma San Gabriel y Bolaños-Juchipila. El territorio de las cuatro subáreas incluye porciones de los actuales estados de Durango y Zacatecas, y el extremo nororiente de Jalisco, lo que constituye el primer elemento de discusión. Durante muchos años se creyó que la cultura de La Quemada-Chalchihuites comprendía todo el territorio que aquí interesa. Sin embargo, Kelley la restringió a Altavista y al valle del Río Guadiana, en Durango, mientras que el resto del territorio fue considerado como un conjunto de culturas distintas. Para Hers esta división no es correcta, porque aplica indistintamente el concepto de cultura a una zona geográfica determinada, como la cuenca de un río, por lo que se habla de la cultura de Malpaso, y al grado de desarrollo de una comunidad, como la cultura “primitiva” de Loma San Gabriel.
Desde nuestra perspectiva, una consecuencia más grave aún de la regionalización que plantea Kelley —y que por su parte Hers califica de arbitraria— es la marginación de Tuitlán y su ubicación como un centro cultural local y aislado, a pesar de que sus materiales, arquitectura y patrón de asentamiento son similares a los de la cultura “Chalchihuites” y de que es el sitio más imponente de esta cultura, sin considerar su todavía ignorado papel político.
MAPA II.4. La cultura de Tuitlán
Para salvar el problema que presenta la regionalización de Kelley, Hers propone un uso lato sensu del concepto cultura “Chalchihuites”, basado en varios elementos comunes a todas las manifestaciones humanas conocidas del territorio que nos ocupa, aparte de sus inevitables diferencias locales. Este concepto lato sensu implica que la cultura “Chalchihuites” se extendió a todo el territorio considerado. Según el grupo de Hers, esta cultura se desarrolló entre los primeros años d.C. y el año 900. Por tanto, para nosotros, su inicio se situaría poco después de la ocupación surmesoamericana de algunas regiones de Guanajuato y Querétaro, y su fin durante el retroceso de la frontera norte de Surmesoamérica. En consecuencia, la cultura “Chalchihuites” así entendida duró desde el Preclásico Superior hasta la mitad del Epiclásico.
Después del año 900, el territorio que ocupó la cultura “Chalchihuites” recibió la influencia de la tradición Aztatlán en el sur de Durango y experimentó el supuesto apogeo de Tuitlán y de algunos enclaves surmesoamericanos que se prolongaron hasta la conquista. Hers y su grupo no creen que el apogeo de Tuitlán haya ocurrido después del año 900 y afirman que su abandono se dio en forma similar al del resto de los asentamientos de la cultura “Chalchihuites”. La fase agrícola de esta cultura puede abarcar desde hace 2 000 años, aproximadamente, hasta los años 800 a 900 d.C. En su fase inicial comenzó a extenderse de la parte suroccidental (Bolaños-Juchipila) hacia las otras subáreas, durante un largo periodo de aculturación que culminó con la creación de centros hegemónicos como Altavista y Tuitlán. Por tanto, se trata de casi un milenio de historia de grupos sedentarios. Este gran territorio, que forma un ecosistema favorable a la actividad humana, abarca desde la Sierra Madre Occidental hasta las primeras tierras áridas o semiáridas que se localizan al oriente, justo donde la escasez de agua dificulta las cosechas. En nuestra opinión, ésta fue la auténtica frontera de Surmesoamérica, donde existió un gran número de asentamientos humanos en torno de las cuencas y afluentes de los ríos Juchipila, Bolaños, Chapalagana, Mezquital y Nazas.
La agricultura fue la principal actividad de estos grupos humanos: su vida giraba en torno a la producción de alimentos en las tierras irrigadas por ríos en terrazas de cultivo. En el área se han encontrado variedades de maíz, frijol y calabaza, base de la alimentación mesoamericana, y pocos huesos de animales y puntas de proyectil, lo que permite suponer que no dependían de la caza o se daba a los huesos un uso que desconocemos. Las muestras de cerámica localizadas en distintos sitios han permitido a los autores citados afirmar que estamos frente a una gran área homogénea con variantes regionales. Destaca el hecho de que las piezas de cerámica más antiguas son parecidas a las de Chupícuaro.
Aunque todavía se desconoce la evolución interna de la cultura “Chalchihuites”, en este tema se enfrentan las teorías sostenidas por los grupos de Hers y de Kelley, pues las fechas obtenidas por este último en el sur de Durango y en Altavista difieren de las del
