Zappa - Quim Casas Moliner - E-Book

Zappa E-Book

Quim Casas Moliner

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EL RETRATO DE UN MÚSICO EXTRAORDINARIO, ORIGINAL, ECLÉCTICO E IRREVERENTE COMO POCOS Este libro ofrece un retrato de uno de los artistas más controvertidos de la contracultura estadounidense de la segunda mitad del siglo XX. La vida y la obra de Frank Zappa se recogen aquí de la mano de Quim Casas, uno de los periodistas que mejor conocen el universo musical y humano de este personaje iconoclasta y vanguardista como pocos. En sus páginas se recogen hechos de su vida personal, su labor como líder de The Mothers of Invention, su papel en la escena californiana de los años sesenta, sus disputas y abandono de la industria musical y su labor como artista independiente, así como la influencia recibida de personajes tan dispares como Jimi Hendrix, Edgar Varèse o Pierre Boulez. * La excentricidad, la provocación y la ironía subversiva en una figura inclasificable. * The Mothers of Invention, algo más que el grupo de acompañamiento de Zappa. * Bongo Fury: el único disco realizado a medias por Zappa & Beefheart. * Un personaje denunciado por la Iglesia católica, vetado por las emisoras de radio e investigado por la policía. * Sus 20 discos esenciales, giras y material en directo. * El particular estilo de tocar la guitarra de Frank Zappa. *Puedes escuchar su música a lo largo del libro mediante enlaces QR.

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Seitenzahl: 321

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© 2022, Quim Casas Moliner

© 2022, Redbook Ediciones, s. l., Barcelona

Diseño de cubierta: Dani Domínguez

Diseño de interior y Maquetación: Gabriel Pérez Conill

Fotografías interiores: Wikimedia Commons / AGE fotostock

Fotografía p.40: Juan Cervera

Todas las imágenes son © de sus respectivos propietarios y se han incluido a modo de complemento para ilustrar el contenido del texto y/o situarlo en su contexto histórico o artístico. Aunque se ha realizado un trabajo exhaustivo para obtener el permiso de cada autor antes de su publicación, el editor quiere pedir disculpas en el caso de que no se hubiera obtenido alguna fuente y se compromete a corregir cualquier omisión en futuras ediciones.

ISBN: 978-84-9917-716-8

Producción del ePub: booqlab

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.»

ÍNDICE

Prólogo

I.Freak Show, Freak Out, Le Freak c’est chic

II.Francis Vincent Zappa

III.Zappa… y los demás: The Mothers of Invention

IV.Zappa & Beefheart, ¿amigos y rivales?

V.La política del personaje público o la publicidad del personaje político

VI.Una guía: 20 discos esenciales

VII.Zappa live

VIII.Mientras mi guitarra llora suavemente

IX.¡Quiero ser director!

X.Anexo: Discografía, filmografía y bibliografía.

PRÓLOGO

ZAPPA HOY

¿Cuántas caras tiene Frank Zappa, tanto su obra musical, tan escurridiza y cambiante, como su forma de relacionarse con el mundo, con la industria discográfica, los seguidores, los fans, la crítica, los integrantes de sus bandas y el resto de la comunidad musical?

Muchas, homogéneas pero inabarcables. Enfrentarse al personaje es, directamente, iniciar una aventura rumbo a lo desconocido. Porque aun creyendo que lo sabemos casi todo sobre él, sobre su música, su forma de entender la guitarra eléctrica, idiosincrasia, exabruptos, provocaciones y conflictos, la verdad es que seguimos sabiendo muy poco.

Puede parecer una contradicción, ya que dio muchas entrevistas, teorizó sobre lo que hacía musicalmente hablando, encendió generosas polémicas y sus archivos siguen abiertos, goteando año a año nuevos materiales que había guardado como oro en paño.

Pero Zappa fue un personaje público que supo guarecerse muy bien, seleccionar lo que decía, cuándo y cómo lo decía, y presentar su obra de la forma más conveniente según las épocas, modas y flujos y reflujos del gusto colectivo y la memoria histórica. Memoria, algo que, en materia rock, sigue resultando muy conveniente.

De manera consciente o no, generó una profunda antipatía. Los gestos y comentarios (los árboles) no dejaron ver a veces la productividad y originalidad de su música (el bosque).

Y en ese tópico, el del personaje que no cae bien por guasón, sexista e irreverente contra todos los sistemas –y eso es lo importante, que cuestionó por igual a los burgueses y a los hippies, a los apocalípticos y a los integrados del famoso ensayo de Umberto Eco sobre la cultura de masas–, lo que ha legado musicalmente ha salido perdiendo. En esa cotización de la memoria histórica, sigue estando por debajo de muchos otros nombres, más, menos o tan importantes como él.

¿Machista y políticamente progresista? Zappa vivió confortablemente en la contradicción, aunque corriera el riesgo de que el personaje devorará al artista.

Y, musicalmente, fue muchísimo en ese sistema geométrico en el que tan bien se movió, el triángulo (bizarro) con tres vértices claros: rock, humor y música clásica y de vanguardia. Del doo woop a Edgar Varèse sin pestañear. Del blues del delta del Misisipi a la música abstracta sin problema alguno. De la jam session blues-rock, con la guitarra como espina dorsal, a la técnica de montaje en el estudio de grabación. De la sátira al lirismo. Del instante puro a la reflexión meditada.

Zappa, a diferencia de otros músicos de su generación, la que empezó a destacar a mediados de la década de los sesenta, acabó teniendo un envidiable control sobre su obra, algo que todos los músicos (y creadores en general) han perseguido y pocos han conseguido.

No era solo un control económico, que siempre es importante para que otros no se aprovechen de tus logros y los rentabilicen. Era un control artístico que le ofrecía la oportunidad de reconsiderar su obra realizando nuevas versiones y remezclas de su imponente legado y seguir editando periódicamente todo aquello que, por una razón u otra, las discográficas no se habían atrevido a publicar.

Es más, acostumbrado a que sus grabaciones en directo fueran lanzadas al mercado sin su aprobación, Zappa comenzó su particular cruzada antipirata en 1991 con el proyecto Beat the Boots!, integrado por ocho discos. Dijo entonces: «Estoy contento de robar a los ladrones».

En la época de honor y gloria de este sub-género, el de los vinilos o cintas de casete capturadas en los conciertos por espectadores anónimos, proliferaron en el mercado alternativo muchísimos discos de Zappa hasta que este dijo basta y comenzó a sacar a la luz sus archivos, ya que grababa todas y cada una de las actuaciones que realizaba. Zappa Records, primero en manos de su esposa, después en las de sus hijos, no ha parado de editar compactos con sus conciertos.

Creó cinco sellos propios –Bizarre, Straight, DiscReet, Barking Pumpkin y Zappa Records– y, con ellos, pudo expandir en el pasado, el presente y el futuro –ahora en manos de sus herederos– ese legado cuantioso e inapreciable que pocos otros músicos poseen.

Neil Slaven, autor de uno de los libros sobre su obra, lo definió como un Don Quijote eléctrico. A diferencia del personaje creado por Miguel de Cervantes, que fracasó en su combate desigual con los molinos de viento, Zappa, aunque le costó, acabó triunfando en sus disputas con las compañías de discos.

Fracasó en la política, pero ¿qué se puede hacer contra un gobierno entero que quiere estigmatizar las letras de las canciones de rock porque causan una mala influencia en la juventud? Richard Nixon, Ronald Reagan y George Bush padre fueron algunos de sus objetivos preferidos. Diría que hoy, en general, se recuerda mejor a Zappa que a los tres presidentes republicados de los Estados Unidos. O se le recuerda para bien.

Frank Zappa no ha muerto. Lo podríamos decir, aunque no sea realidad física. Es cierto que de muchos músicos de rock fallecidos siguen editándose discos con tomas inéditas, versiones alternativas, canciones que quedaron escondidas y ese largo etcétera que, no nos engañemos, forma parte también del negocio. Jimi Hendrix, el otro gran guitarrista de la generación de Zappa, sería un buen ejemplo de ese memorial permanente.

Pero el caso que nos ocupa es algo distinto, porque antes de morir, en 1993, dejó bien preparado ese legado: desde entonces, siguen editándose discos suyos con absoluta normalidad, preparados por él en vida o diseñados por sus descendientes. La sensación es que, en definitiva, Zappa sigue estando ahí, como si nunca se hubiera ido, contemplando de qué manera su música sigue generando tantas sorpresas y tantos rechazos, descubrimientos e innovaciones.

Los números, siempre fríos e inflexibles, no engañan. Estando vivo, salieron al mercado, sin contar recopilaciones, una setentena de discos suyos o de The Mothers of Invention. Desde 1993, han aparecido cerca de treinta. ¿Triunfar después de morir? Quizá sí a tenor de los muchos libros sobre él que han aparecido en los últimos años. Sobre él y sobre The Mothers of Invention.

La banda de Zappa. Cierto. Pero también un grupo esencial por sí mismo, inclasificable, imprescindible para entender que pasó en la música rock de los últimos sesenta y primeros setenta, la época en la que se sentaron todas las bases posibles.

Un ejemplo creo que perfecto, por sonido y por actitud: para Zappa el punk ya había surgido en los años sesenta, y cristalizó en el trabajo de los primeros Mothers.

En cuanto a postura antisistema tiene más razón que un santo, aunque el punk, originado a mediados de los años setenta en Reino Unido y Estados Unidos, fuera vampirizado por cuestiones estéticas, devorado y fagocitado como todos los movimientos radicalizados, y Zappa, con altibajos, seguiría bastante fiel a sí mismo.

En este libro se habla mucho de Zappa y bastante de The Mothers of Invention. No es justicia poética. Es la pura realidad. Aunque el grupo en sí, en sus tres etapas más o menos diferenciadas –1964-1970, 1971 y 1972-1975– ocupa solo una década de las tres que abarca la obra zappiana, la resiliencia de sus componentes al efecto vampírico del compositor y guitarrista es digna de elogio.

El teclista Don Preston, uno de los muchos –y de los más importantes– que pasaron por el grupo, escribió en la introducción para el libro de Billy James centrado en la primera época de The Mothers que «el grupo era algo más que la música. El grupo era, como decía Frank, una gestalt, no en el sentido de la terapia, sino como en la novela corta de Theodore Sturgeon, Más que humano, donde sugería que se puede lograr una experiencia de percepción extrasensorial por parte de los miembros de la banda que viven y actúan juntos durante varios años».

Sturgeon fue un influyente escritor de ciencia ficción de los años cincuenta, un tipo de literatura devorada por Zappa y sus colegas. La gestalt es una corriente de la psicología nacida a principios del siglo XX y fundamentada en la teoría de la percepción y su relación con el medio ambiente. Freaks, indiscutiblemente, y muy cultos.

¿Habría sido lo mismo la música de Zappa sin Preston, Ian Underwood, Jimmy Carl Black, Ray Collins, Roy Estrada, Bunk Gardner, Aynsley Dunbar, George Duke, Napoleon Murphy Brock, Terry Bozzio, Ruth Underwood o los hermanos Tom y Bruce Fowler? Nunca lo sabremos a ciencia cierta, pero nadie nos criticará demasiado por aventurar que Zappa los necesitó tanto a ellos como ellos necesitaron a Zappa.

La historia es la historia, y ahí está, encapsulada en tantos discos y tantos textos. Este libro se hace eco de ella e intenta adentrarse, aclarándolos en la medida de lo posible, en algunos de los misterios que siguen rodeando al Zappa-personaje y al Zappa-compositor-arreglista-guitarrista-cantante, aunque en esta segunda faceta resulte cada vez más diáfano y nada escindido entre sus dos pasiones: hizo rock abstracto y comercial al mismo tiempo, del mismo modo que realizó música clásica siguiendo patrones puros y acercándolos a consumidores de géneros más populares.

¿Y el legado? Se ha publicado un montón de discos de tributo –un género bastante importante a finales del siglo XX, con auténticos ideólogos como el productor Hal Willner, aunque hoy sea una modalidad algo en desuso– en los que bandas y solistas de todas las tendencias dentro del gran espectro del rock versionan a Tom Waits, Neil Young, Jimi Hendrix, The Beach Boys, Leonard Cohen, The Velvet Underground, The Byrds, Gram Parsons, Bob Dylan, Syd Barrett, Laura Nyro, The Kinks, Grateful Dead, Rocky Erickson, Alex Chilton, Marvin Gaye, Doc Pomus, The Carpenters, The Monks, The Saints, The Rolling Stones o Jeffrey Lee Pierce.

Estupefacción. De estos discos de tributo con bandas anglosajonas no hay ninguno dedicado a Zappa. Sí un par, merecidos, por supuesto, a su amigo Captain Beefheart, con el que, como veremos a lo largo de las páginas que siguen, mantuvo una pugna no real, sino generada por los detractores de uno y admiradores del otro: Fast’n’ Bulbous (1988) y Neon Meate Dream of a Octafish (2003). Un detalle: en el segundo de estos tributos, un grupo creado para la ocasión, Vig ESP, acomete la versión de «Willie the Pimp», el tema que canta Beefheart en el disco de Zappa Hot Rats (1969). Algo es algo.

Todo lo contrario que en Europa. Y en concreto en España, donde Luis Miguel González Martínez, más conocido como Caballero Reynaldo y creador del sello Hall of Fame Records, ha consagrado buena parte de su obra al homenaje permanente y persistente al temario de Zappa con la serie Unmatched/The Spanish Zappa Tributes, inaugurada con un primer volumen del año 1996 en el que participaron Mil Dolores Pequeños, Siniestro Total, El Niño Gusano, Julio Bustamante, Malcolm Scarpa y el propio González desdoblado como Caballero Reynaldo y como Amor Sucio (por el tema «Dirty Love»).

El tributo y las alusiones zappianas las ha proseguido en bandas como The Grand Kazoo, en referencia al álbum The Grand Wazoo (1972); discos como Clásico con twist (1995), donde aparece pintado y encuadrado en la cubierta igual que Zappa en la portada de Joe’s Garage (1979), y otros artilugios sonoros del tipo Traca/Matraca (2010) y Marieta y las Jetas/Ruben Demos (2013), homenajes con sentido del humor a Waka/Jawaka (1972) y Cruising with Ruben & the Jets (1968).

En el contexto español, también cabe consignar experimentos como el organizado por el saxofonista Perico Sambeat, que el 30 de abril de 2021 protagonizó un concierto con distintos músicos valencianos interpretando temas de Zappa en formato jazz.

En el ámbito anglosajón, el homenaje, la cita y la devoción se reducen, general –e incomprensiblemente– al entorno de sus colaboradores: el grupo The Grandmothers, ideado por exmiembros de The Mothers of Invention, Jean-Luc Ponty con su disco de 1970, la banda de tributo The Band from Utopia –integrada por sus músicos Tom y Bruce Fowler, Ed Mann, Chad Wackerman, Ike Willis, Tommy Mars y Arthur Barrow, y cristalizada en un único disco en directo, A Tribute to the Music of Frank Zappa (1996)– o el proyecto Zappa’s Universe (A Celebration of 25 Years of Frank Zappa’s Music), dos conciertos celebrados en Nueva York en noviembre de 1991 con una formación en la órbita de Zappa: su hijo Deweezil, los guitarristas Steve Vai y Mike Keneally, el bajista Scott Thunes, la cantante Dale Bozzio y el coro doo woop The Persuasions, entre otros.

Hay algunas excepciones como la de la big band neoyorquina del saxofonista Ed Palermo, que ha consagrado cuatro discos a versionar su obra; bandas miméticas –The Muffin Men y los suizos Zapping Buzz Band– y tercetos y ensembles que se han acercado a Zappa desde la música de cámara, como The Trio Cucamonga, Meridian Arts Ensemble y Harmonia Ensemble. Incluso un grupo italiano que en 1997 tomó su nombre de un concepto de Beefheart, Fast & Bulbous, para interpretar temas de Zappa.

Y existe también un caso singular, y hasta lírico, el de los veteranos The Persuasions, a quienes produjo un disco en 1970, A Cappella, y que, tres décadas después, le dedicaron Frankly A Cappella-The Persuasions Sing Zappa (2000): una señal de reconocimiento a través del tiempo y del estilo musical que más encandilaba a Zappa, el músico fanfarrón, belicoso, arisco y adusto que se derretía con las dulzonas melodías duduá.

I. FREAK SHOW, FREAK OUT, LE FREAK C’EST CHIC

GENTE INSÓLITA

El término en inglés freak tiene muchos y antagónicos significados que, empleados en épocas diversas, y siempre en un contexto de cultura popular, van a parar todos al mismo lugar: lo anómalo, extraño, insólito, diferente, desconcertante, provocador, aquello que se aparta de las convenciones y, por ello, puede llegar a inquietar o molestar. También se utiliza como sinónimo de fanático, colgado, fenómeno, monstruo y extraordinario. Etimológicamente, en su terminología más coloquial, la de friqui o friki, tiene dos significaciones que llevan el concepto hacia interpretaciones casi opuestas: «Que tiene un comportamiento o aspecto raros o extravagantes» y «Que es muy aficionado a una actividad determinada o que la practica con pasión». Podríamos añadir una tercera opción, la que define al freak como «representación de unos valores propios que son distintos de los socialmente establecidos», lo que nos encaminaría hacia el pantanoso ámbito de la marginalidad.

La primera definición parece negativa. La segunda no, aunque a veces sea utilizada también de forma despectiva: «¡Qué friki eres!», en relación con un entusiasmo desmesurado por algo. De este modo, un forofo de los cómics, por ejemplo, es un friki (forma más suave de decir bicho raro) solo por demostrar ese apasionado entusiasmo, algo que nunca se dice de alguien sumamente apasionado por la pintura, la ópera o cualquiera de las artes consideradas mayores. Es más, si por ejemplo ese forofo de los tebeos tiene una edad digamos que superior a los cuarenta o cuarenta y cinco años, lo más probable es que sea visto como un friqui por otros de su generación que no comulgan con ese entusiasmo y les parece ridículo, cuando no infantil.

Lo mismo podríamos decir de pasiones tan diversas como los videojuegos, el manga, las historias de superhéroes o el fútbol. Incluso hay freaks con categoría propia, como los trekkies o fanáticos de la serie Star Trek (La conquista del espacio); tan potente es el término, y los encuadrados en él como epígonos del fan en la cultura popular, que Trekkie está admitido por el prestigioso y competente Oxford English Dictionary. Con todo, la expresión sigue teniendo, aunque con menos acritud que antaño, algo de peyorativo, lo que nos devuelve a la raíz: siempre desconcierta, extraña, turba, intranquiliza o inquieta lo que se desconoce y no se puede controlar ni etiquetar.

Freaks es igualmente el título de una obra maestra (y maldita durante décadas) que el cineasta Tod Browning realizó en 1932. En España, la película se estrenó como La parada de los monstruos: la monstruosidad en su representación más cotidiana, los dramas comunes, esperanzas, ilusiones e inadaptaciones de un grupo de ‘maravillas’ de la naturaleza. Son enanos, torsos humanos sin extremidades, individuos con piel de reptil, la mujer barbuda, dos siamesas unidas, el hombre esqueleto, una joven sin brazos y las hermanas con cabeza de alfiler. Este grupo de freaks, de anomalías reales, sin trampa ni cartón, vive y trabaja en un circo convertido en espectáculo de barraca de feria para espectadores curiosos y morbosos. Un freak era entonces un monstruo, entendiendo al monstruo como extrañeza y excentricidad, que motivaba la repulsa física y el rechazo, además de la curiosidad, la inquietud y el miedo en épocas de incerteza económica y temores atávicos de la sociedad. Pero Browning retrató como auténticos monstruos a quienes son corporalmente «normales» y se muestran incapaces de aceptar la diferencia. Freaks, la película, era desde su misma génesis una propuesta tan contracultural como lo sería después la escena freak. De hecho, durante su rodaje, se produjo el mismo rechazo: el equipo de intérpretes y técnicos se negaba a comer en la misma sala con los seres con taras físicas reclutados por Browning a lo largo y ancho de los Estados Unidos.

Freaks, de Tod Browning, una película contracultural que retrató como monstruos a seres «normales».

Si vamos al otro significado de la palabra, el del comportamiento y el aspecto, alguien con ademanes extravagantes que hace cosas raras también es considerado un freak. Y en la acepción que nos interesa y ocupa, la de la escena, movimiento o subcultura de los años sesenta denominada freak, asociada a ciertos radicalismos de izquierdas y al underground, y situada musicalmente como el engarce natural entre el estilo clásico hippy y el pre-punk, Frank Zappa se revela la piedra angular de aquella escena artística. Muchas veces, los términos freak y genio han sido utilizados como sinónimos: «¡Este tío es un genio… Vaya freak!» Zappa fue lo uno y lo otro, sin diferencias, alguien que desconcertó y provocó, innovó y experimentó.

En algún momento circuló el rumor que Zappa pensaba presentarse a la presidencia de su país.

The Residents, un colectivo de arte pop estadounidense de principios de los años setenta.

Aquella escena musical, después recuperada en términos conceptuales por bandas como The Residents, tuvo su momento de esplendor entre 1965 y 1968. Una escena cuyos integrantes equivalían a crítico y airado, algo bien distinto al carácter físicamente monstruoso con que eran definidos los freaks reales de la película de Browning. La palabra ha continuado mutando para demostrar su riqueza significante, pero siempre ha seguido asociada a una cierta anomalía, a la diferencia, en definitiva. Freaks han sido dibujantes de cómics como Bernie Wrightson –autor de una especie de reconversión del film de Browning al lenguaje de la historieta con Feria de monstruos (1981; Freaks Show en su título original)– y otros directores como Tim Burton, cuya exposición de un mundo bizarro, el protagonizado por personajes reales o imaginarios como Pee-Wee, Vincent, Bitelchús, Eduardo Manostijeras, el cineasta Ed Wood o el superhéroe Batman, estaría en total sintonía tanto con La parada de los monstruos como con el espíritu libre de la música de aquellos años sesenta. Freak es, en lenguaje coloquial, aquel que hace cosas o tiene actitudes excéntricas. Hasta existe una excelente tienda de cómics y libros en Barcelona llamada Freaks. Barcelona Freak Show es el título de un libro de Enric March que repasa la historia de las barracas de feria y los espectáculos ambulantes en Barcelona desde el siglo XVIII hasta el final de la guerra civil española.

También hay una parte muy vulgar, la del friquismo como manifestación estricta e impúdicamente comercial. Este es un terreno mucho más resbaladizo debido a la vulgarización que, en muchos países, incluido el nuestro, se ha hecho del freak convertido en criatura esperpéntica. A través de determinados programas televisivos (Crónicas marcianas) y películas (FBI: Frikis buscan incordiar), personajes como Carmen de Mairena, El Pozí, Paco Porras, El Risitas o Josmar han llegado a ser figuras mediáticas de las que todo el mundo podía reírse, devueltas al arrabal de la miseria cuando han dejado de tener gracia. Pero olvidemos esto y centrémonos en una cierta poética reivindicadora. En 1991, Alex Winter y Keanu Reeves protagonizaron una comedia fantástica bastante friki, El viaje alucinante de Bill y Ted (Bill & Ted’s Bogus Journey), dirigida por Peter Hewitt. Dos años después, Winter codirigió e interpretó otra comedia de indisimulado título, Freaked (1993), parodia-homenaje a La parada de los monstruos. En 2020, convertido en documentalista de cierto prestigio, Winter cerraría su particular ciclo freak realizando Zappa, metódico retrato del músico a partir de material de archivo y entrevistas con sus familiares y colaboradores.

MONSTRUOS CONTRACULTURALES

Los hippies menos pacifistas (alejados pues de la ideología del flower power y del signo tan icónico de la paz y el amor), los poetas decididos a taladrar el sistema con la música y una actitud determinada frente a la misma, aquellos que canalizaron el rock’n’roll tradicional hacia la diatriba social, los que desafiaban con sus vestimentas y cabellos largos, los que incordiaban y atacaban con humor caustico y música vitriólica los conformismos y conservadurismos, se dieron en llamar freaks o freakies. Podía parecer un mote cariñoso para unos ‘monstruos contraculturales’ que crearon sus propias pautas de comportamiento, ya fuera en la apacible localidad británica de Canterbury, de donde surgió el llamado planeta Gong del irreductible Daevid Allen, o en ambas costas de los Estados Unidos con músicos como Zappa, Captain Beefheart, The Fugs, Kim Fowley o los ácidos humoristas Lenny Bruce y Lord Buckley.

LOS OTROS FREAK

The Fugs fueron pura contracultura. Formados en Nueva York en 1964 por los músicos, poetas y activistas sociales Ed Sanders y Tuli Kupferberg, muy asociados al movimiento beat. Tomaron su nombre de la novela de Norman Mailer Los desnudos y los muertos, publicada en 1948. En sus actuaciones satirizaban sobre todos los estamentos del poder y se significaron en contra de la guerra de Vietnam.

Kim Fowley navegó por las orillas del underground y aunque, como productor, catapultó a bandas de pop-punk setenteras como The Runaways, donde empezó Joan Jett, también grabó a su nombre sombríos discos de culto sicodélico como Love Is Alive and Well (1967) y Born to Be Wild (1968). En el segundo versionó la gran canción rock de la época, la que daba título al disco, grabada originalmente por Steppenwolf y convertida en himno gracias a su inclusión en la banda sonora del film Easy Rider (Buscando mi destino) (Easy Rider, 1969), de Dennis Hopper.

De Lord Buckley (Richard Mirley Buckley), comediante y monologuista menos conocido que Lenny Bruce, se manifestaron deudores gente tan diversa como Tom Waits, Ken Kessey, Robin Williams, Zappa y el propio Bruce. Bob Dylan llegó a definirle como el predicador del nuevo be bop, en un acertado juego de palabras entre el fraseo de esta corriente del jazz y la locuacidad verbal de Lord Buckley. En cierto modo, en sus actuaciones de los años cincuenta, su mejor década, sentó algunos precedentes de la generación beat y del movimiento freak.

De Lenny Bruce, poco que decir. El gran autor del stand up, hoy tan en boga en todo el mundo, arremetió contra todo y contra todos y fue detenido y condenado por obscenidad el 4 de octubre de 1961, por haber dicho durante una de sus actuaciones la palabra cocksucker (título, después, de un documental de Robert Frank de 1972 sobre los Rolling Stones). No dejó títere con cabeza en cuanto a política, sexo, religión e instituciones públicas. Dustin Hoffman le interpretó en el film de Bob Fosse Lenny (1974), y el productor Hal Willner recopiló muchas de las grabaciones de sus shows en la caja de seis compactos Lenny Bruce. Let the Buyer Beware (2004).

Easy rider (Buscando mi destino).

Musicalmente rompieron muchas normas, deslizándose por las estructuras del rock y del jazz y extrayendo de ellas una curiosa amalgama de sonoridades nuevas, alucinadas, a veces chirriantes, siempre imprevisibles, tan impactante en las grabaciones en disco como en los conciertos y happenings que proliferaron durante la segunda mitad de los años sesenta. En el plano ideológico, crearon el suficiente malestar con unos furiosos e incluso esperpénticos textos que podían conjugar los aullidos proféticos de la beat generation capitaneada por Allen Ginsberg y William Burroughs, y los juegos de palabras que tenían como diana explícita el confort burgués, el capitalismo y sus disimuladas ramificaciones. Fue Zappa quien acuñó el despectivo e hiriente término de plastic people, en el que tenían cabida desde la extrema derecha y los votantes conservadores hasta los hippies más necios. Fue Zappa quien, en los años ochenta, más y mejor arremetió contra Ronald Reagan cuando este, durante su largo mandato presidencial (1981-1989), intentó imponer ciertas normas de censura al rock por cuestiones relacionadas con el sexo o el satanismo. Zappa compareció en el Senado en 1985 y circuló el rumor de que no le disgustaba la idea de presentarse a la presidencia del país. Si un actor tan mediocre como Ronald Reagan había llegado a la Casa Blanca, ¿por qué no podía hacer lo mismo un buen músico de rock como él?

Quizá hoy, en la tercera década del siglo XXI, veamos todo lo relacionado con el concepto freak como una simpática anormalidad, un mundo distinto al que nos acercamos con una mezcla de curiosidad, interés y, por qué no, voyerismo, lo mismo que les ocurría a quienes acudían a los espectáculos de feria itinerantes para ver a las gentes retratadas por Browning, a las mujeres barbudas o al hombre elefante. Algo de eso hay cuando nos adentramos en la música que hicieron Zappa y compañía a mediados de la década de los sesenta. Buscamos la diferencia, lo inesperado, todo lo que aún pueda sorprendernos, conscientes, o no, de que a veces, en la excentricidad, la provocación y la ironía subversiva, se encuentra la verdadera canalización de las nuevas ideas artísticas, de la ruptura y la exploración sin cortapisas. En la música pop esto siempre ha sido muy claro, cuando no rotundo: el glam rock de la primera mitad de los setenta y el punk del último tramo de la misma década también fueron inicialmente absolutas excentricidades o rarezas repelidas por las clases bien pensantes y más conservadoras, y aquí encuadraríamos público, críticos, emisoras de radio e industria discográfica, aunque esta última pase de cuestiones ideológicas cuando el pastel comercial rezuma beneficios. Lo mismo podría decirse de fenómenos más minoritarios como el representado por The Velvet Underground a mediados de los sesenta, con su música hiriente y convulsa y los textos de Lou Reed sobre chaperos, putas, travestis, heroinómanos y camellos, el lado salvaje de la vida en las aceras de Nueva York (una metodología musical y literaria cuestionada, curiosamente, por el propio Zappa). Esa repulsa general, a veces simple indiferencia, hacia los fenómenos de ruptura pop quizá no era tanto por la música en sí misma como por la actitud, ya que la estética y la ética del glam se apuntalaron en la revolución homosexual, las promesas y deseos de la bisexualidad, los trajes de lentejuelas, las botas de plataforma y el artificio visual del desdoblamiento, y en el punk rock resaltaron actos provocadores y después icónicos como los cabellos en punta, los cráneos rasurados a lo mohicano, la cazadora de cuero rota, el imperdible y el escupitajo en los conciertos. Pero lo que impusieron en su momento de David Bowie a Johnny Rotten, y el poso que dejaron, tiene un valor histórico incontable e incontestable.

LOS CONVULSOS SESENTA

En este contexto, el que va del freak show de La parada de los monstruos a la música de Freak Out!, el disco con el que Zappa y The Mothers of Invention debutaron en 1966, o el movimiento freak como acicate contracultural y protesta artística, nuestro hombre se erigió en lo más parecido a una figura totémica, empequeñeciendo a otros gigantes con los que llegó a colaborar, caso evidente del Captain Beefheart, alias de su amigo y colaborador Don Van Vliet. Su ideario explotó en un momento en el que la sociedad estadounidense, bajo el mandato de un presidente del Partido Demócrata, Lyndon B. Johnson, se debatía internamente por la segregación racial, la crisis de los misiles de Cuba, el magnicidio de John F. Kennedy, el conflicto de Vietnam, los brotes pacifistas, los Panteras Negras, la Nación del Islam, los derechos civiles, la experiencia lisérgica, la pronta asunción del movimiento hippy por parte del sistema –algo que siempre combatió Zappa con lucidez y precisión en su definición de la gente de plástico–, la renuncia de Muhammad Ali a ser reclutado por el ejército para combatir en Vietnam, las protestas contra las pruebas nucleares y los estertores de la guerra fría tal como había sido concebida al finalizar la segunda contienda mundial.

The Mothers of Invention.En la imagen: Roy Estrada, Frank Zappa, Don Preston, Jimmy Carl Black y Bunk Gardner.

Después, aquel panorama volcánico, con la mecha siempre a punto de prender por cualquier acto o declaración, se enrarecería aún más con los asesinatos del senador y candidato a la presidencia Robert Kennedy, del activista por los derechos civiles Martin Luther King y de la actriz Sharon Tate, esta, además, a manos de integrantes de la secta de Charles Manson –el fin del sueño de la contracultura–; por la Convención Nacional Demócrata de Chicago en 1968, las revueltas universitarias en pleno apogeo del mayo del 68, las contradicciones ideológicas de un macro-festival como el de Woodstock, los hechos violentos acontecidos en el festival de Altamont, la corrupción política después desvelada en el caso Watergate que finiquitó la trayectoria presidencial de Richard Nixon o, en positivo, el gran éxito cosechado por una película hippy e independiente como Easy Rider, que, unido a un cambio propulsado desde las entrañas de Hollywood con films como El graduado (The Graduate, 1967) de Mike Nichols o Cowboy de medianoche (Midnight Cowboy, 1969) de John Schlesinger, acercaban el cine norteamericano al tipo de espectador que había perdido, el más joven, demandante de películas que hablaran más de su realidad que de cosas absurdas del pasado. La música popular, contrariamente al cine, continuaba pulsando esa realidad rugosa y apremiante a los dos lados del Atlántico: The Jimi Hendrix Experience, Velvet Underground, Jefferson Airplane, Grateful Dead, Buffalo Springfield, Bob Dylan, The Byrds, The Doors, Stooges, MC5, The Who, The Kinks, Sly & The Family Stone, Lovin’ Spoonful, Love, The Rolling Stones… y, por supuesto, las Madres del Invento (o Madres de la Invención) de Zappa.

Mayo del 68.

Época convulsa, atractiva y también violenta, que propiciaba, sin duda, el caldo de cultivo ideal para un nuevo discurso ideológico vehiculado a través de nuevas formas musicales que ya no partían del rock clásico, sino que conjugaban elementos procedentes también de la música negra, la clásica y la concreta, de Edgar Varèse o del free jazz. Zappa, atento a todo y a todos, tocó muchas teclas: músico autodidacta, compositor, arreglista, letrista, guitarrista, cantante, productor, ingeniero de sonido –aficionado a superponer capas de las distintas tomas de un mismo tema grabado en estudio y en directo hasta obtener la versión definitiva–, dibujante, cineasta, polemista… En su juventud, Francis Vincent Zappa fue una verdadera esponja capaz de absorberlo todo. Su padre tenía una nutrida colección de discos de música clásica y por la radio escuchaba mucho rhythm’n’blues, doo woop (el estilo cantado que tanta influencia tendría en sus posteriores arreglos vocales) y música negra en general: los guitarristas Johnny ‘Guitar’ Watson (blues, soul y funk) y Howlin’ Wolf (el blues al estilo de Memphis) serían determinantes en su evolución, pero una de las obras fundamentales en su primera formación fue «Ionisation» (Ionización), pieza de Varèse escrita entre 1929 y 1931 para ser ejecutada por trece percusionistas.

Frank Zappa, ídolo a su pesar.

LA INFLUENCIA DE EDGAR VARÈSE

«Ionización» fue una de las primeras composiciones escritas para percusión sin afinación que se interpretó en una sala de conciertos. No es de extrañar que el carácter rupturista, y de provocación con el modelo tradicional de la música clásica, de esta singular pieza del compositor vanguardista francés Edgar Varèse (1883-1965) gustara tanto a un iconoclasta como Zappa. Se estrenó el 6 de marzo de 1933 en un concierto celebrado en un anexo del Carnegie Hall neoyorquino, con dirección de Nicolas Slonimsky, director de orquesta, pianista y musicólogo estadounidense de origen ruso. El título de la pieza hace referencia a la ionización de las moléculas.

Edgar Varèse.

Zappa tuvo conocimiento de esta pieza cuando apenas tenía diez años, al leer un artículo sobre una tienda de «discos raros» de Nueva York que promocionaba –o mal promocionaba– el disco de Varèse como un revoltijo de tambores y otros sonidos desagradables. Su objetivo a partir de entonces fue conseguir el disco. Después, aseguraría que era el primer vinilo que se compró –una copia de 45 rpm por tres dólares con ochenta centavos, hallada en una tienda de La Mesa, en San Diego, en la cubeta de saldos–, aunque no hay pruebas fidedignas de ello.

La primera grabación de la obra, llevada a cabo por el sello Columbia en 1933, incluía el sonido de yunques, güiros latinos, bloques de madera chinos, gongs, cencerros, castañuelas, panderos, cascabeles, bombos, tambores, platillos, bongos, claves, maracas, látigos, campanillas, triángulos y sirenas (estas manipuladas por el propio Varèse). En el triple CD Complete Works of Edgar Varèse Volume 1 (Cherry Red Records, 2018) se incluyen cuatro versiones de la pieza, una a cargo de Juilliard Percussion Orchestra registrada en mayo de 1950, otra de The American Percussion Society de 1957, una con dirección de Robert Craft de 1959 y la original de Slominsky del 6 de marzo de 1933.

Al cumplir los quince años, Zappa consiguió el teléfono de Varèse, quien vivía en Nueva York, y le llamó. Nunca llegaron a conocerse físicamente, pero Zappa no dejó de interpretar la pieza en directo, como hizo el 9 de febrero de 1983 en el War Memorial Opera House con el San Francisco Contemporary Music Players.

Los arreglos de música académica y de cámara de Igor Stravinski se combinaban agitados en la mente febril del joven Zappa con las melodías y ritmos de la música negra. La combinación de influencias ha sido históricamente algo normal en la música pop y rock, pero a mediados de los sesenta, cuando Zappa comenzó a actuar y grabar de manera normalizada, su mezcolanza estilística resultaba en todo caso mucho más abierta y radical. Así se gestó, poco a poco, con coherencia, una larga historia, musical y política, a través de la cual emerge un artista inusual, alabado y vapuleado a partes iguales, de esos personajes que no deja a nadie indiferente y que es capaz de representar al ala progresista estadounidense, ser cuestionado por la extrema izquierda alemana o aupado a la condición de icono cultural por Checoslovaquia y otros países centroeuropeos. Un guitarrista revolucionario, un artista político, un polemista con no pocas contradicciones y zonas oscuras; músico reflexivo a la que vez que personaje público. Alguien que distorsionó los sonidos de la guitarra eléctrica mientras de su boca surgían diatribas contundentes sobre unos Estados Unidos sexualmente reprimidos y socialmente castrados, el país al que habían despertado de golpe de su inocencia con el asesinato en Dallas de John Kennedy en noviembre de 1963. Podrá fascinar, gustar, molestar e incluso irritar, pero desde luego, no ha habido en la historia de la cultura rock nadie como Frank Zappa.

Su música representó el espíritu de una época. Es más, esa época sin Zappa probablemente habría sido muy distinta.

Así que, si lo desean, pasen y vean, como diría el maestro de ceremonias de un freak show de antaño anunciando a un torso sin extremidades, un hombre elefante o una mujer barbuda, y observen tantas monstruosidades como maravillas tiene el mundo.

Aunque Zappa, siempre socarrón, siempre provocador, prefería decirnos freak out!, que en castellano podemos traducir como ¡alucina!

Al fin y al cabo, ya lo expresó Chic, la banda de Nile Rodgers que revolucionó la música disco en los años setenta, en su canción “Le Freak”: «Ah, freak out! Le freak c’est chic».

II. FRANCIS VINCENT ZAPPA

NACIDO EN BALTIMORE

Francis Vincent Zappa nació el 21 de diciembre de 1940 en Baltimore, en el estado de Maryland, y falleció en Los Ángeles el 4 de diciembre de 1993, dos semanas antes de cumplir los cincuenta y tres. Tenía cáncer de próstata. Su ciudad natal se le quedó rápidamente pequeña, y eso que es una localidad excelente para la creación subversiva. Allí nació también el director John Waters, cuyas películas han representado una visión realista y deformada a través del humor de ciertos barrios y personajes de Baltimore. Sobre el papel, a Zappa no debería disgustarle en absoluto un film de Waters como Pink Flamingos