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En un rincón de la calle Paradís hay una piedra de molino que recuerda la cima del monte Tàber, el lugar más alto de la ciudad romana y desde donde los hombres del emperador Augusto empezaron a construir la ciudad que llamaron Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino. Desde entonces son muchas las anécdotas y curiosidades que esta ciudad nos ha dejado. Al leerlas, el lector podrá trazar un recorrido emocionante por nuestra historia y de esta manera entender mejor la realidad que le envuelve. La historia de Barcelona es visible para el viandante que pasea por sus calles y plazas, que observa sus edificios y escucha con sorpresa y admiración los relatos de otros tiempos. Las calles de la ciudad esconden historias latentes que esperan ser descubiertas por el paseante al ritmo de sus propios pasos. Porque cada rincón, cada pasaje, cada fuente, esconden páginas apasionadas, relatos de amor o de guerra, tragedias, revueltas, gritos, ilusiones y esperanzas. Quien conoce el pasado que le envuelve puede entender mejor que el futuro que le aguarda. Este libro nos muestra, en forma de pinceladas y de una manera lúdica, cuáles fueron los orígenes de la ciudad Condal, qué queda de aquella Barcino romana. Es evidente que el paisaje urbano ha cambiado mucho a lo largo de todo este tiempo, pero las huellas de aquel pasado aún pueden verse, no solamente paseando por Ciutat Vella sino también en el rincón más insospechado de la ciudad. Tan sólo hace falta sentarnos en un banco de piedra y alzar la vista hacia alguno de los edificios históricos y contemplar su fachada, o pasear sobre alguna de las pocas calles adoquinadas que quedan. Son mudos testimonios de un pasado que nos invita a escucharlo. -Un monasterio para una reina solitaria. -El campesino que intentó matar a Fernando II. -El bandolero más mediático. -El dedo robado de santa Eulalia. -Un prostíbulo muy prestigioso. -La torre Eiffel podía haberse instalado en Barcelona. -La Mercè que hizo desaparecer 1000 langostas.
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Seitenzahl: 300
Veröffentlichungsjahr: 2017
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La ciudad de las historias
1. Curiosidades de la historia de BarcelonaUna urbanización para los jubilados romanosUn ayuntamiento en el lugar de una mezquitaEl primer conde de Barcelona: un señor de CarcasonaCuando la pereza de los francos independizó BarcelonaLa residencia más espléndida de Barcelona: el Palau Reial MajorLa condesa que cortaba el bacalaoLos gemelos que se odiaban a muerteRamón Berenguer III y la polémica cola de su caballoCataluña ya se puede llamar CataluñaEl primerísimo Parlament de CatalunyaEl Mediterráneo, un mar bajo la ley catalanaLa Generalitat: un impuesto para beneficio del reyLos inventos químicos del rey JuanMuerte a los acusados de la peste negraEl edificio más alto del mundo estaba en BarcelonaLa Generalitat toma impulsoDel pactismo a la imposición: una nueva dinastía entra en juegoCuando Barcelona se partió en dosEl campesino que intentó matar a Fernando IIEl terror de la Inquisición llega a BarcelonaCuando de una guerra nació un himnoEl castillo de Montjuïc: un fortín para los horroresLlega Felipe V: Barcelona da un paso atrásLa Ciutadella: la fortaleza militar de Felipe VTres mártires barceloneses contra NapoleónLa calle más ancha de BarcelonaUn mal toro y media ciudad en llamasBarcelona crece por encima de sus conventosLa expansión más espectacular de la ciudadLa calle más festiva de BarcelonaBarcelona se exhibe en el mundo: la Exposición Universal de 1888Destruir para construir: una historia de la Vía LaietanaLa Semana Trágica o cómo evitar ir a filas con unas cuantas monedasLa plaza de Catalunya, una madriguera de desordenLa mala suerte de la Exposición Internacional de 1929La tormenta más temida de CataluñaUn cuartel repleto de material bélicoLos bombardeos más salvajes
2. Curiosidades de las calles y edificios de BarcelonaCalles, plazas, edificios y parques donde vivirLa horca más famosa de CataluñaNi nucleares ni residuos ni horcasSi quieres muralla, constrúyelaHacerse mujer con un cambio de zapatosAzotes públicos para castigar los delitosLa Casa de la Pia Almoina: cien pobres al díaLa judería: el banco privado de los gobernantesA hacer ruido fuera de las murallasLa catedral de las pequeñas historiasUna mártir del Llano de BarcelonaGárgolas: ¿protectoras o demonios?El dedo robado de santa EulàliaCuando tener armas en casa era una obligaciónHabas milagrosas en el Llano de BarcelonaLas mil y una mudanzas de las mujeres alegresCuando Barcelona tenía puertas de entradaLas primeras evasiones de impuestosEl hombre que recogía animales... muertosUna iglesia hecha entre todosLa Rambla: de alcantarilla a espina dorsal de BarcelonaLos primeros turistas de Barcelona no llevaban sombreros mexicanosCuando se estilaban las justasCómo convertir un hospital deficitario en una obra de arteAnuncios de prostíbulos para los analfabetosEl fabricante de moneda falsaEl bandolero más mediáticoCuando enviar cartas era un lujoEl dueño y señor de MontjuïcEl último beso antes de morirLa Mercè que hizo desaparecer mil langostasReyes, teatro y un laberintoBarcelona se aficiona a la prensaUn palacio financiado en las AméricasQuien la hace, a veces, la pagaOrinales detrás de las puertasUn teatro de la ópera con mala suerteUna plaza con farolas de GaudíUn palacio impresionante para la música catalanaUn prostíbulo muy prestigiosoEl Barça: un nacimiento fruto de un rechazoHabía una vez un Jordi que se convirtió en santo
3. Curiosidades de una ciudad que crece: industria, negocios, transportesLa vida urbana en el campoLas primeras máquinas modernasCuando comer chocolate no era pecadoLa pobreza del progresoUna revolución en estado gaseosoEl holding más poderoso del siglo XIXLa saga de los Güell, entre los negocios y el arteLópez y López, el controlador del transporte marítimoManuel Girona, el hombre que coleccionaba entidades bancariasCon el capitalismo surge el proletariadoY se hizo la luz... eléctrica. La Canadenca se instala en BarcelonaLas consecuencias obreras de la Exposición UniversalUnos contra otros: los años del pistolerismoEl transporte colectivo en BarcelonaLa guerra por el control de las cuatro ruedasDel metro de paseo a los subsuelos de la ciudad
4. Arte, cultura y espectáculos en una ciudad siempre de modaLa literatura en BarcelonaEl modernismo arquitectónicoLos artistas de pluma, pincel y notaLos personajes más internacionales de la ciudad
Créditos
La ciudad de Barcelona es como un libro abierto. Repartidas entre sus calles y plazas, miles de historias viven latentes esperando a ser descubiertas por los paseantes. Las grandes construcciones de la Edad Media y del Modernismo se mezclan con los recuerdos que aún quedan de las guerras. A lo largo de los siglos, la política ha levantado edificios y los ha destruido, pero la ciudad nunca ha dejado de seguir mirando hacia el futuro.
Los romanos la hicieron grande y la opresión de las murallas casi la aniquila. Barcelona ha tenido momentos brillantes y ha luchado contra las injusticias que la querían degradar, ha sido una ciudad violenta y ha visto la creación de obras de arte insólitas.
Barcino, Barshaluna, Barcelona ha acogido a arquitectos maravillosos, a actrices de fama internacional y a pensadores y científicos que con sus obras han ayudado al progreso de la sociedad de cada momento. Repasando las anécdotas de la ciudad haremos, casi sin quererlo, un emocionante recorrido por los puntos más importantes de nuestra historia: las batallas de condes y reyes, las luchas obreras, los descubrimientos más extraordinarios y, sobre todo, el día a día de la gente corriente. Y es que las calles de la ciudad respiran historia. Una historia llena de anécdotas que vale la pena saber para entender mejor el mundo que nos rodea.
En Barcelona todo empieza y todo termina. Acompáñenos en esta historia llena de curiosidades que explican, en gran o menor medida, nuestra manera de ser.
Dos leyendas hablan del origen de la ciudad de Barcelona. Una, de origen romano, dice que Hércules llegó a la costa catalana después de haber sufrido una fuerte tormenta. Parece que les gustó tanto que le pusieron Barca Nona, en honor a uno de sus barcos hundidos aquí. La otra leyenda es de origen cartaginés y otorga la fundación de la ciudad a Amílcar Barca, padre de Anníbal, en el 230 a. C. Ambas leyendas parecen, pero, muy alejadas de aquello que fue la realidad.
Aunque los orígenes de la ciudad de Barcelona no son muy claros, se sabe que por estas tierras se instalaron íberos, griegos y cartagineses. Los romanos, con su expansión imparable, refundaron la ciudad a finales del siglo I a. C. Con el nombre Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino, el emperador Augusto creó una colonia para los veteranos del ejército. Barcelona nacía como una urbanización para jubilados romanos.
El dato
Las columnas, que delimitaban uno de los ángulos del templo, son de fuste estriado y tienen capitel de orden corintio.
En uno de los rincones de la sede del Centre Excursionista de Catalunya (CEC), en la calle Paradís número 12, hay una piedra de molino incrustada en el suelo. Este es el símbolo que recuerda la cima del monte Tàber, el cerro donde los romanos empezaron a construir la nueva ciudad. Pero la sorpresa es aún mayor cuando se observan las cuatro columnas levantadas durante el Imperio Romano que aún se conservan dentro de las dependencias de la asociación. Son ruinas del templo de Augusto, las únicas que quedan en pie de este majestuoso edificio que escenificó el nacimiento de la nueva Barcino. Los romanos estructuraron la ciudad del mismo modo que lo habían hecho con el resto de asentamientos fundados: siguiendo una forma ortogonal y una distribución en cuadrícula llena de viviendas y edificios.
Restos del templo de Augusto.
EL DETALLE
Tres de las columnas del templo de Augusto no se han movido nunca de donde fueron construidas por los primeros romanos «catalanes». La cuarta, junto a una galería gótica del CEC, estuvo durante mucho tiempo en la plaza del Rei.
En la época romana las ostras eran muy apreciadas en Barcelona, pero la brutal industrialización del siglo XIX cambiaría el paisaje incluso bajo el agua. Este molusco era tan abundante en el pasado que hoy en día es bastante habitual encontrar conchas de ostra en las excavaciones urbanas. La función de Barcino era la de aglutinar y controlar un territorio no demasiado extenso, pero sí muy productivo. La fertilidad de la tierra aseguraba la riqueza de un territorio donde básicamente se cultivaban cereales y viñedos, a los que había que sumar los recursos mineros como la explotación de hierro (y quizá de plata en la zona de Gavà) y la abundancia de productos del mar. Tanta fama conseguirían estos bienes marinos que el poeta Ausonio, en el siglo IV, alabó la salsa de pescado y las ostras de la zona.
Como buenos estrategas, los romanos construyeron una muralla alrededor de Barcino con el objetivo de defenderla de posibles ataques. Sin embargo, se podría decir que en los primeros siglos de nuestra era la frase renovarse o morir tenía que entenderse en su sentido más literal. De este modo, en más de una ocasión los romanos vieron la necesidad de renovar sus murallas para asegurarse la protección de lo que había intramuros.
Torre romana cerca de la plaza de Ramon Berenguer.
Barcino no había nacido como una gran potencia. Desde un inicio, Tarraco había sido siempre más fuerte. Pero el desarrollo de la ciudad a lo largo de los siglos siguientes fue tan notable que, durante el Bajo Imperio, Barcino acabó convirtiéndose en una plaza militar de gran importancia. Fue en esa época, el siglo IV, cuando se levantaron las grandes murallas que rodearían la ciudad durante mucho tiempo.
En la plaza de Ramon Berenguer el Gran se encuentra uno de los tramos de muralla romana mejor conservados de la ciudad. Si damos por buena la información extraída de una losa encontrada en Montjuïc en el siglo XIX, se puede decir que esta pared defensiva se construyó entre los años 270 y 310 bajo las órdenes del magistrado Caius Coelius. Probablemente, la nueva construcción se erigiría sobre los restos de una muralla anterior.
EL DETALLE
Para levantar los muros se utilizaban sillares de piedra de Montjuïc. Se seguía la técnica del opus quadratum, que consistía en unir los sillares con un relleno de mortero y cal.
El dato
El perímetro original de la muralla, que aún es visible en este trazo, era aproximadamente de 1.270 metros.
En la calle Duran i Bas se pueden ver cuatro arcadas integradas en una pared. Se trata de los restos de uno de los dos acueductos que suministraban agua a la ciudad romana directamente desde Collserola y el Besòs.
En la plaza Vila de Madrid hay una necrópolis romana al aire libre. Conserva ochenta y cinco elementos funerarios, construidos entre los siglos II y III. Entre los restos son numerosas las sepulturas que se utilizaban para la gente más humilde.
Necrópolis romana al aire libre en la plaza Vila de Madrid.
Cuando en el año 476 desaparece el Imperio Romano de Occidente, muchos pueblos germánicos aprovechan el momento para aposentarse en las tierras huérfanas de dueño. Así pues, después de algunas luchas los visigodos de Ataúlfo ocupan casi todo el territorio de la Península Ibérica. Los francos se quedarán con los territorios galos.
En el año 711 los musulmanes desembarcan en la Península Ibérica y derrotan a los visigodos en la batalla de Guadalete. Los nuevos invasores consiguen instalarse a lo largo y ancho del territorio menos en un punto: un pequeño reducto del norte, en la actual Asturias, desde donde años más tarde se iniciará la llamada Reconquista. Acaba la dominación visigoda y empieza Al-andalus, la etapa musulmana que durará casi un siglo en Barcelona.
Ataúlfo, rey de los visigodos.
Los nuevos invasores cambian el nombre de Barcelona, que ahora será Madinat Barshaluna. A nivel urbano, este período no implica muchos avances. Los nuevos inquilinos destruyen el Palau Reial Major y buena parte de los templos de culto cristiano y aprovechan los nuevos solares para construir mezquitas. Algunos historiadores apuntan que los musulmanes levantaron la mezquita mayor en el terreno donde, en 1369, se construiría el Ayuntamiento de Barcelona. ¿Os imagináis una gran mezquita en el lugar que ahora ocupa el consistorio?
Pintura que representa la batalla de Guadalete entre los visigodos y los musulmanes.
En el territorio de la antigua Galia, la dinastía merovingia será sustituida por la carolingia. Carlomagno, como indica su nombre, pertenece a la segunda y, con el deseo de reconquistar el antiguo Imperio Romano de Occidente, en el año 800 es coronado emperador. Un año más tarde, los francos ocupan Barshaluna y Carlomagno decide incorporar la ciudad dentro de la Marca Hispánica.
La Marca Hispánica, que se dividía en condados, era el territorio creado para defender el imperio franco de los posibles ataques forasteros.
Entre tanto combate, un noble de Carcasona demostró con mucha valentía la fidelidad hacia los monarcas carolingios. Se trata de Guifredo el Velloso que, como recompensa por el buen trabajo realizado en el campo de batalla, es nombrado conde de Urgell, la Cerdanya y Conflent. Unos años más tarde, su territorio se verá ampliado con la inclusión de Barcelona y Girona, concentrando, de este modo, la mayor parte de los condados de la Marca Hispánica en sus manos. Hasta el momento, los francos habían elegido a dedo a los once primeros condes de la Marca Hispánica. Con Guifredo, ser conde se convertirá en cuestión hereditaria. Comienza la dinastía de la Casa de Barcelona.
Con el conde Guifredo el Velloso surge una de las leyendas más significativas de Cataluña: el nacimiento de las cuatro barras, futuro emblema de los catalanes.
El cuadro escenifica el momento en que Luis el Piadoso dibuja las cuatro barras con la sangre de Guifredo el Velloso.
Guifredo ya tenía un escudo. Este era dorado y sin dibujo, demasiado sencillo para el gusto del noble. Pero cuando el hombre quedó gravemente herido en una batalla defendiendo los intereses de los carolingios, el hijo de Carlomagno, Luis el Piadoso (778-840), mojó sus dedos en la herida de Velloso y dibujó cuatro rayas con la sangre del conde sobre el escudo amarillo. Con este nuevo ornamento, el rey franco quería recompensar el coraje de Guifredo ante los enemigos. Y así empieza la vida de las cuatro barras.
La tumba de Guifredo el Velloso se encuentra en el monasterio de Santa Maria de Ripoll.
EL DETALLE
De la Marca Hispánica nacerá la llamada Cataluña Vieja.
Al final de la calle de Sant Pau, en el barrio del Raval, se encuentra el antiguo monasterio benedictino de Sant Pau del Camp. Se cree que su nombre viene del hecho que la construcción se encontraba fuera de las murallas, en el campo. En él está una lápida, fechada en el año 911, de Guifredo II, hijo del Velloso. El convento sufrió diversos ataques, ya que en el año 985 fue destruido por el caudillo musulmán al-Mansur y algún tiempo después también sería asaltado por los almorávides. La iglesia se reconstruyó alrededor de 1117 en estilo románico lombardo.
Claustro del monasterio de Sant Pau del Camp, al final de la calle Sant Pau de Barcelona.
Va de vocabulario
Velloso significa peludo. Es de suponer que el hombre tenía una buena protección natural para los inviernos más duros de la Barcelona del siglo IX.
Aunque con Guifredo el Velloso se inicia el principio hereditario de los condados, no es hasta Borrell II (947-992) cuando la Casa de Barcelona rompe el deber de vasallaje a la Corona franca.
Viendo la potencialidad de la ciudad marítima, en el año 985 los musulmanes deciden volver por tierras catalanas con al-Mansur al frente. La ocupación solo durará unos meses, pero los francos, obligados a ayudar a la ciudad de Barcelona cuando esta esté en peligro, no mueven ni un dedo para protegerla de los nuevos atacantes. La ruptura del pacto, junto con la desaparición de la dinastía carolingia a la que Guifredo había jurado fidelidad, hacen que el conde catalán no se sienta obligado a rendir homenaje al nuevo rey franco. La Casa de Barcelona empieza a caminar sola.
Representación de Borrell II.
Dice la leyenda que Borrell II contó con la protección de San Jordi cuando Barcelona cayó en manos de al-Mansur. Para hacer frente a los musulmanes, el conde se había refugiado en Montserrat donde prepararía un ejército capaz de reconquistar Barcelona. Acompañado de seis caballeros de su confianza, Borrell II emprendió el camino hacia la Ciudad Condal escoltado por su ejército. El imaginario popular cuenta que San Jordi se unió a la comitiva protegiendo la hazaña de malos augurios. Con una ayuda tan destacada, no es de extrañar que Barcelona volviera a caer en manos cristianas.
Escultura de Sant Jordi en el claustro de la Catedral de Barcelona.
Las escaleras de la plaza del Rei conducen al actual Museu d’Història de la Ciutat de Barcelona, pero durante siglos, más que por turistas, esta escalinata fue pisada por condes y reyes, ya que forma parte del conjunto arquitectónico del Palau Reial Major.
Las famosas escaleras de la plaza del Rei de Barcelona.
El conjunto monumental de la plaza del Rei está formado por cuatro edificios: el palacio propiamente dicho, el Salón del Tinell, el Palau del Lloctinent y la Iglesia de Santa Àgata.
De arriba a abajo: la Capilla de Santa Àgata, el Retablo del condestable o de la Epifanía, el Salón del Tinell i el Palau del Lloctinent.
Se cree que el Palau Reial fue construido por Ataúlfo, el primer rey visigodo que tomó Barcelona el año 415. El monarca moriría ese mismo año en la ciudad catalana, asesinado por su propia gente.
La Capilla de Santa Àgata es un edificio gótico del año 1302 que mandaron construir Jaime II y su esposa, Blanca de Nápoles. El oratorio, que sustituyó el antiguo santuario del palacio, alberga el Retablo del condestable o de la Epifanía (1464) del vallense Jaume Huguet. Esta obra se considera como una de las mejores muestras existentes de la pintura gótica catalana.
El Salón del Tinell (1359-1362) es una de las estancias góticas de la Edad Media europea más impresionantes. En sus momentos de esplendor se utilizaba como salón de ceremonias del palacio.
El Palau del Lloctinent (1549) debía servir como residencia del representante del rey en Cataluña, aunque nunca llegó a cumplir esta función. Durante muchos años, eso sí, fue el Archivo de la Corona de Aragón.
Va de vocabulario
Ataúlfo significa «lobo noble» en germánico.
La zona que actualmente conocemos como plaza del Rei formaba parte del corral del Palau Reial. Se dice que a los condes catalanes no les gustaban las grandes solemnidades. La sobriedad que les caracterizaba puede apreciarse en la sencillez de la arquitectura del palacio y en el hecho que dejaron que su corral se empleara como mercado y lugar de reunión de la plebe durante tres siglos. A partir del siglo XIV pero, el mercado cambiaría diversas veces de ubicación hasta instalarse, definitivamente, en la Rambla.
Entre la capilla y el museo de la plaza del Rei hay una entrada acristalada: es el acceso de la casa del verdugo. El oficio de verdugo era respetado y temido a partes iguales. Tenía que existir, pero nadie quería establecer amistad con un personaje que mataba por imperativo laboral. La gente que vivía dentro de las murallas no lo quería cerca por el recuerdo que suscitaba, pero los políticos de la época consideraban cruel obligarlo a vivir alejado del centro porque, al fin y al cabo, no hacía otra cosa que acatar sus órdenes.
En el palacio también vivía el verdugo.
Va de vocabulario.
El estiracordetes (= el que tira de las cuerdas) era el nombre que recibía el ayudante del verdugo. Dónde vivía este personaje ya es un dato que se nos escapa.
El problema de la vivienda del verdugo alcanzó tal magnitud que llegó a plantearse en el Consell de Cent. Después de discutir varias opciones, sus miembros encontraron la solución: si el verdugo no podía vivir ni dentro ni fuera de la ciudad, se establecería entre las paredes de la muralla. Y así fue como le acondicionaron un pequeño espacio en las murallas más cercanas a la corte.
El hijo de Borrell II, Ramón Borrell (972-1017), gobernará entre el año 992 y el 1017. Pero de este conde no nos interesan tanto sus aventuras como las de su mujer: Ermesenda de Carcasona (972-1057).
La condesa se convirtió en una figura muy relevante de la Edad Media catalana porque supo demostrar que ella no tenía suficiente con ser la señora de. Ermesenda quería formar parte de los hechos importantes que pasaban a su alrededor y por eso estuvo presente en todas las decisiones de gobierno que tomaba su esposo.
Ermesenda de Carcasona.
EL DETALLE
Ermesenda puso todo su empeño en reconstruir Barcelona tras el paso de al-Mansur.
Durante la Alta Edad Media era el futuro marido el que dotaba a la mujer con el 10% de sus bienes cuando se casaban. A partir del siglo XIII pero, comenzaría a ser ella la que debía aportar una dote al matrimonio. En caso de que la chica quisiera entregar su vida a la contemplación, la dote era para el convento donde sería acogida.
Ermesenda estuvo presente en todas las decisiones de gobierno que tomaba su esposo.
Este cambio de costumbre hizo que padres y madres con hijas a su cargo sufrieran desde el momento en que estas nacían. Y es que su futuro dependía, en gran parte, de la dote. Independientemente de la clase social a la que se pertenecía, sin dote la mujer estaba destinada a la indigencia o a cualquier otra forma de marginalidad.
El dato
Siguiendo las normas de la ley visigótica, Ramón Borrell regaló la décima parte de sus bienes a Ermesenda en el momento de la boda. Antiguamente, la dote era cosa de hombres.
Ermesenda fue entregada como esposa a Ramón Borrell I cuando tenía diecisiete años. El matrimonio, que duró hasta la muerte del conde, tuvo tres hijos, pero solo uno de ellos sobreviviría el tiempo suficiente para acceder al poder.
Cuando el rey muere en 1017, Ermesenda toma las riendas del condado a la espera de que su hijo Berenguer Ramón I tenga la edad suficiente para ejercer de conde. La regente se rodea de consejeros valiosos y, con una gran capacidad de liderazgo, toma las decisiones a su gusto. Solo tendrá un obstáculo: su propio primogénito. Y es que finalmente llega el día en el que este le reclama lo que por herencia paterna le toca: las riendas del condado. Ermesenda se siente tan a gusto mandando, que solo cede el destino del condado a Berenguer Ramón cuando ve que no puede luchar más para mantenerse en el cargo. Pero este no será el mutis definitivo de la gran condesa, ya que Ermesenda volverá a gobernar. El año 1035, su hijo muere dejando como descendiente un Ramón Berenguer I de tan solo doce años. Retomando enseguida el contacto con sus antiguos consejeros, la mujer vuelve a ocupar el mando. Pero el nieto crece y, de nuevo, Ermesenda debe abandonar la primera fila política.
Ramón Berenguer I (1023-1076) tiene el poder de la Casa de Barcelona bajo el brazo. Casado en segundas nupcias, el conde se encuentra circunstancialmente en Narbona de vuelta de un viaje a Roma, donde ha tenido audiencia nada menos que con el papa. En la ciudad franca conoce al noble Ponç de Tolosa y, aún más importante, a la mujer de este: Almodis de la Marca (1020-1071). Y decimos importante porque el encuentro entre el conde y Almodis influirá decisivamente en el futuro del Casal. Las crónicas de la época hablan de un amor a primera vista sin límites. Seguramente fue verdad, porque los enamorados quisieron empezar una vida en común enseguida. Pero los dos estaban ya casados y, por mucho que él fuera conde, su unión sería difícil de aceptar, sobre todo, por la abuela de todas las abuelas: Ermesenda.
El retablo representa el amor entre Ramón Berenguer i Almodis.
Algunos creen que el conde raptó a la mujer para llevarla a Barcelona, otros dicen que se trataba de un plan pensado entre los dos para huir juntos. Sea como fuere, a pesar de su amor confeso, la pareja no lo tuvo nada fácil para sacar adelante la relación. Ante el pecado que los amantes estaban cometiendo a ojos de Dios (o quizás buscando nuevamente abrazar el poder, quién sabe), Ermesenda pidió la excomunión papal para el nieto y su nueva mujer. Pero la pareja no estaba dispuesta a ceder y la abuela, comprendiendo que la pelea podría llegar a comprometer el futuro de la Casa de Barcelona, acabó jurando fidelidad al matrimonio y se retiró a Osona donde moriría en sus posesiones de Sant Quirze de Besora con ochenta y tres años.
EL DETALLE
Tumba de Ermesenda de Carcasona, en la Catedral de Girona.
Ermesenda fue la impulsora del primer románico y ordenó fomentar las construcciones de las catedrales de Girona, Vic y Urgell, así como los monasterios de Cuixà, Ripoll y Sant Daniel y las iglesias de Tavèrnoles, Casserres y Cardona. Su tumba se encuentra en la Catedral de Girona y es uno de los primeros lugares donde aparece el dibujo de las cuatro barras en el escudo.
Ramón Berenguer I y Almodis de la Marca consiguen el fortalecimiento definitivo de la Casa de Barcelona por encima de otros nobles catalanes. Y nombramos a los dos porque, como en el caso de la abuela del conde, Ermesenda, Almodis comparte las tareas de poder con su marido. Haciendo uso de la astucia más ácida, la pareja consigue múltiples adhesiones y, cuando con la palabra no es suficiente, compra fidelidades con el dring-dring de la riqueza. Con tanto movimiento estratégico, la hegemonía de la Casa de Barcelona se vuelve indiscutible entre los condados catalanes.
La tradición dice que Almodis, con una formación cultural bastante destacada, colaboró en la redacción de algunos de los primeros usatges de Barcelona. Estos usos judiciales fueron una compilación de leyes que regularían la sociedad feudal catalana del momento. De hecho, se convertirían en la base del derecho catalán.
Miniatura que muestra a Ramón Berenguer y su esposa Almodis (a la izquierda).
El usatge 112 dice que si un marido acusa a su mujer de adulterio, debe ser ella la que se preocupe de demostrar su inocencia. Y, ¿cómo se las ingeniaba una mujer para demostrar que había sido fiel a su marido en plena Edad Media?
La acusada tenía dos opciones: encontrar a alguien que diera la cara por ella en un torneo o sumergir las manos en agua hirviendo. Era lo que se llamaba Juicio de Dios o Ordalía. Si el paladín ganaba o las manos no se quemaban, la mujer era declarada inocente. Si, por el contrario, el combatiente perdía o las manos de la acusada resultaban heridas, se confirmaba el adulterio y los bienes de la señora pasaban a formar parte de las arcas del marido.
Las tumbas de Ramón Berenguer i Almodis, en la Catedral de Barcelona.
A uno de los hijos del primer matrimonio de Ramón Berenguer, Pedro Ramón, nunca le habían hecho mucha gracia las terceras nupcias de su padre. De hecho, el chico tenía tanto miedo que los cachorros de Almodis pasaran por delante en la línea sucesoria al poder, que en 1071 envenenó mortalmente a su madrastra. Se dice que aquella pérdida por traición consanguínea fue demasiado para el corazón del conde, que moriría de pena cinco años después del suceso.
Este homicidio solo fue el comienzo de una historia señalada por la tragedia. Pedro Ramón, el hijastro asesino, fue juzgado y desterrado y el papa Gregorio VII lo excomulgó. El hombre terminó muriendo en la frontera de los territorios musulmanes en pleno combate.
Si al menos los hijos gemelos de Almodis y Ramón Berenguer hubiesen protagonizado una historia con final feliz...
Los herederos del condado de Barcelona, ahora extenso y poderoso, fueron los hijos gemelos de Almodis de la Marca: Ramón Berenguer II (1053-1082) y Berenguer Ramón II (1053 1097).
Los hermanos gemelos suelen contar historias divertidas de intercambio de personalidades en momentos puntuales (exámenes, fiestas, presentaciones...), pero de los hijos de Almodis y Ramón Berenguer solo ha quedado una historia macabra.
Ramón Berenguer II, llamado también Cabeza de Estopa por tener el cabello de color rojizo.
Cuando los hermanos nacieron, un tribunal formado por obispos y altos dignatarios decidió que Ramón Berenguer, llamado también Cabeza de Estopa por el color rojizo de su cabello, era el mayor de los dos hermanos. En la época se decía que el hijo que se había engendrado primero era el que dejaba el vientre de la madre en segundo término. Y este honor cayó en Cabeza de Estopa. Pero parece ser que la distinción de edades nunca acabó de convencer a Berenguer Ramón, que sabía que se sentiría como un segundón durante toda su vida.
En un esfuerzo por interpretar el papel de buenos hermanos, R. B. y B. R. intentaron llevar a cabo un correinado. A pesar de las buenas intenciones, el invento no funcionó por una simple razón: se odiaban.
Dicen que se detestaban hasta tal punto que ni siquiera eran capaces de dormir, de vez en cuando, bajo el mismo techo. Por este motivo, como si del apartamento de playa se tratara, los hermanos se repartieron el Palau Reial en períodos de seis meses. Se trataba de no coincidir.
La leyenda cuenta que Berenguer Ramón deseaba tanto tener el poder en sus manos, que un buen día urdió un plan definitivo para catapultarse a lo más alto. El chico, ambicioso como el que más, ideó una táctica sencilla, violenta, pero eficaz: mataría a su hermano. Y punto.
La tumba de Ramón Berenguer II se encuentra en la Catedral de Girona.
El escenario elegido para el asesinato fue una cacería. Entre la vegetación y las distancias, B. R. esperaba poder pasar desapercibido. Cuando el cuerpo del conde muerto apareció, el hermano asesino señaló como culpable al halconero de la expedición. Posteriormente se instaló en el Palau del Rei y, con la más absoluta tranquilidad, se proclamó conde. Más adelante, sin embargo, la paz se esfumaría para B. R., porque tuvo que luchar en un duelo contra el halconero acusado injustamente. El conde fratricida perdió. Sin embargo, B. R. logró salir absuelto del mal trago gracias a los árabes. Estos amenazaban con nuevas invasiones y se entendió que no era el mejor momento para cambiar de líder, ya que el condado de Barcelona tenía que mantenerse estable y fuerte para lo que fuera necesario.
Va de vocabulario
La repetición constante de nombres como los de Ramón y Berenguer, o como los de Felipe o Carlos en otras monarquías, es una costumbre que siguen las casas gobernantes para hacer patente la continuidad de su casta en el poder.
Así que, salvado por la presión musulmana, el Fratricida, que es como ha pasado a los anales de la historia, reinó en calidad de regente hasta su muerte. El nuevo conde sería el hijo del hermano asesinado, que había nacido poco antes que su padre muriera en circunstancias tan sospechosas. El Fraticida nunca consiguió que la sombra del hermano gemelo desapareciera del todo.
A Ramón Berenguer III (1082-1131), hijo póstumo de Cabeza de Estopa, se le llamó el Grande no solo por sus habilidades militares, sino también por su capacidad de sacar jugo de las rocas.
Con maquinaciones y diplomacia logró sólidas transacciones comerciales y alianzas y, justamente por enlace matrimonial, llegó a ser conde de Provenza. No obstante, vale la pena destacar que antes de casarse con Dulce de Provenza, lo había hecho con María Díaz de Vivar, hija de El Cid Campeador. El matrimonio no duraría mucho, ya que la joven moriría poco después de la unión.
Ramón Berenguer III en el castillo de Foix, cuadro de Marià Fortuny (1857).
El dato
Ramon Berenguer III fue el primero que pensó en conquistar las Islas Baleares. La hazaña, pero, todavía debería esperar varios años.
Poco se imaginaba este gran estratega que, muchos años después de su existencia, la cola de su caballo llegaría a provocar gran malestar entre muchos barceloneses.
La polémica estatua de Josep Llimona restaurada por Frederic Marès.
En 1888, respondiendo a una petición del Ayuntamiento de Barcelona, el escultor Josep Llimona hizo una obra en yeso, de tamaño natural, de Ramón Berenguer el Grande. La obra gustó tanto que incluso recibió un premio durante la Exposición Universal de ese mismo año y se guardó en la galería de estatuas del Palau de Bellas Artes a la espera de un material mejor. Cuando se urbanizó la plaza que lleva el nombre del conde, el consistorio vio el lugar perfecto para situar la estatua de Llimona. Pero el escultor había muerto en 1934. Por ello se pensó en el artista Frederic Marès para que hiciera una réplica en bronce de la estatua del creador. Marès solo se encontró con un inconveniente: la cola del caballo que cabalgaba Ramón Berenguer el Grande se había perdido en algún almacén de la historia.
Sello de Ramón Berenguer.
Ante la falta de apéndice, el mismo Marès rediseñó el manojo de pelos y la escultura se pudo inaugurar en 1950. Pero, como siempre suele ocurrir, aquella nueva cola no gustó a todos y hubo un gran revuelo entre los ciudadanos de la época.
Cuando el hijo de Ramón Berenguer III, con el mismo nombre y un número más a sus espaldas (IV) se casa con Pedronela de Aragón, el condado de Barcelona se enlaza con el reino vecino. Con este matrimonio nace la Corona de Aragón.
El movimiento estratégico no significó la fusión de las dos dinastías. Se trataba, simplemente, de una alianza, pues cada estado continuó manteniendo intactas tanto las leyes como las demarcaciones propias. Lo único que sumaba los dos territorios era la figura del soberano, que pasó a denominarse rey.
Ramón Berenguer III y Pedronela de Aragón.
Gracias a esta unión se acaba la conquista de la Cataluña Nueva y es a partir de aquí cuando ya podemos empezar a hablar de Cataluña con los límites geográficos con los que la conocemos actualmente.
EL DETALLE
