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En un pasado no muy lejano, la humanidad se enfrentó a una de las peores crisis humanitarias de su historia. Al mismo tiempo la aparición de un misterioso virus, que transformaba el comportamiento de las personas, aumentó la confusión social hasta el punto de obligar a todos los países a tomar decisiones en conjunto, en un intento desesperado por contener la pandemia que amenazaba con desestabilizar incluso a las naciones más prósperas. Este riguroso trabajo periodístico narra los hechos ocurridos en el año 2041, cuando las decisiones de quienes gobernaban situaron al conjunto de la humanidad al borde de un precipicio social sin precedentes.
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Seitenzahl: 311
Veröffentlichungsjahr: 2022
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2041EL AÑO DE LA UTOPÍA
FELIPE C. FIGUEIRA
2041EL AÑO DE LA UTOPÍA
EXLIBRICANTEQUERA 2022
2041. EL AÑO DE LA UTOPÍA
© Felipe C. Figueira
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2022.
Editado por: ExLibric
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ISBN: 978-84-19520-14-2
FELIPE C. FIGUEIRA
2041EL AÑO DE LA UTOPÍA
El nuevo coloso
Dadme tus cansados, tus pobres,tus masas amontonadas, gimiendo por respirar libres,los desdichados rechazos de tu inmensa orilla.Envíame a estos, los desamparados, sacudidos por la tempestad.¡Levanto mi lámpara junto a la puerta dorada!
Emma Lazarus
Dedicado a quienes emplean sus vidasen mejorar la de los demás.
Sala de prensa de la Casa Blanca. Cientos de periodistas ocupan sus asientos desde mucho antes de la hora para la cual habían sido citados. Las cadenas de radio y televisión de todo el mundo interrumpen su programación habitual para conectar en directo. La expectación es máxima. El presidente va a hablar. Sin embargo, esta historia no comienza aquí. Lo hace dos años antes, en África, en una localidad remota llamada Rumuruti, cerca de Nanyuki, en Kenia. Allí, lejos del objetivo de cualquier cámara y del sonido de cualquier micrófono, un pastor acababa de sentarse a descansar en lo alto de una colina. Se apoyaba en su cayado mientras oteaba el horizonte y observaba el cielo en busca de alguna señal que le indicara la formación de una tormenta o la proximidad de algún peligro. Todo parecía estar en calma. Tan solo el zumbar de un par de mosquitos rompía la tranquilidad del momento.
El pastor trató de espantarlos con la mano, aunque lejos de conseguirlo, tuvo la impresión de que cada vez había más bichos voladores a su alrededor. Al ver que era imposible deshacerse de ellos, no le quedó otra alternativa que levantarse y continuar el camino. Un paso, dos pasos, tres pasos y en el cuarto tuvo que detenerse ante el acoso incesante de los mosquitos. Hacer aspavientos con las manos no hacía más que empeorar las cosas. Era como si aquellos diminutos insectos se hubieran enfadado con el pastor por haber invadido su territorio. Después comenzó a sentir escozor por varias zonas de su cuerpo, principalmente a la altura del cuello. Estaba desconcertado. Por eso se arrodilló y trató de cubrir su cabeza con la túnica lo mejor que pudo. Al cabo de unos minutos luchando contra el enfurecido ejército volador, el pastor acabó perdiendo el conocimiento y no volvió a recuperarlo hasta pasadas varias horas.
Así fue al menos cómo lo contó el propio protagonista a los pastores que lo encontraron tumbado y así se lo contó al resto del mundo años después de que se produjera la epidemia. En un principio no había sido más que la picadura de un par de mosquitos, una extraña evolución de la mormotomyia hirsuta, cuya especie se creía casi extinta y que, aun contando con un par de alas y siendo considerada como una especie más dentro de la familia de los mosquitos, no poseía la capacidad de volar y su aspecto externo era semejante al de una araña o una hormiga. Esto fue lo que más extrañó a la comunidad científica, dentro de la cual surgieron varias corrientes de opinión: unos defendiendo la asombrosa evolución de la mormotomyia hirsuta hasta convertirse en una mosca voladora, y otros argumentando la posibilidad de que no fuese ninguna evolución y sí una especie nueva hasta entonces desconocida. Más tarde se haría público un interesante estudio científico donde se probaba con relativa certeza que, en realidad, el causante del contagio no había sido por culpa de ninguna mosca, sino de un virus transmitido por esta a través de su patas y que podía encontrarse en cualquier ser vivo que hubiese pisado aquel remoto lugar del mundo.
El caso es que, más allá de que el epicentro de la epidemia estuviese o no situado en un país africano, aquel pastor se convirtió en el primer caso conocido de posible contagio. No obstante, hubo una serie de acontecimientos ocurridos entre la traumática experiencia vivida por el pastor y la fecha en la que se hizo oficial la aparición de la supuesta epidemia. Acontecimientos que, de haberse detectado a tiempo, no habrían derivado en el caos mundial que sobrevino más tarde. De hecho, el que fuera por aquel entonces director de la OMS, François Lefebvre, reconocía en una entrevista a La Vieux République y en plena crisis internacional que había habido «cierta pasividad en los primeros días, debido básicamente al desconocimiento del nuevo virus, lo cual ha entorpecido la rápida activación de los protocolos existentes para estos casos». En la misma entrevista también se atrevía a asegurar que la supuesta epidemia ya estaba bajo control, justo dos días antes de que se descubrieran cinco nuevos casos de posibles contagios, esta vez dentro del continente europeo. Pero para entonces en África ya habían surgido voces que alertaban sobre lo que estaba sucediendo, sobre los extraños y cada vez más frecuentes cambios de comportamiento de algunas personas, sin que tales advertencias fuesen escuchadas por el ensimismado mundo occidental. Hasta que fue demasiado tarde.
Tal vez el episodio de posible contagio más destacado fuese el de Jabulani Fontbute, líder del ejército rebelde de Eritrea compuesto por varios miles de hombres fuertemente armados y que gobernaban el país con mano de hierro tras haber derrocado al presidente golpista Emmanuel Sarr. La historia de Fontbute es poco conocida más allá de la frontera de su país, pero conviene tenerla presente para hacerse una idea de la peligrosidad del supuesto virus al que el mundo estaba a punto de tener que enfrentarse.
Es sabido que el continente africano ha sido durante mucho tiempo el campo de batalla de una multitud de tribus enfrentadas entre sí para hacerse con el dominio y control de un territorio. «Mueren a diario centenares de hombres, mujeres y niños, bajo el yugo de un opresor que se autoproclama salvador y que, como mucho, tal vez solo alcance a ser un mísero siervo de la muerte», escribía con acierto el famoso dramaturgo sueco Johannes Karlsson. Y es que África ha sido siempre un germen para la guerra, una tierra sin mayor ley que la de la selva, la de la supervivencia. La venta descontrolada de armas, las mafias y la corrupción no parece que hayan tenido nunca una frontera que fuese implacable contra ellas. En este contexto tan extremo no es de extrañar que haya habido un número tan elevado de lo que en su momento se denominó como «señores de la guerra». Uno de estos «señores» ha sido sin duda Jabulani Fontbute, probablemente uno de los hombres más crueles y brutales que la historia reciente puede recordar, capaz de ordenar desollar vivos a una decena de niños ante la mirada horrorizada de sus madres mientras se fumaba un puro y jugaba a las cartas. Fontbute se jactaba también de haber arrasado varios pueblos sin que quedara en él ni una cabra con vida con la única intención de que su ejército afinara la puntería. Era despiadado, un verdadero psicópata comandando un grupo de psicópatas que acabó tomando Asmara, la capital del país, en unos pocos días. Su gobierno de terror duró más de quince años, tiempo suficiente para que gran parte de la población se viera forzada a abandonar sus hogares y emigrar a tierras lejanas, muchas veces perdiendo la vida en el intento, bien ahogados en el mar, bien tras ser capturados y posteriormente torturados por el ejército después de ser acusados de traición. Un ejército que, entre otras tareas represivas, tenía la de llevar a cabo redadas para alistar a los jóvenes y entrenarlos con métodos atroces hasta aniquilar todo atisbo de humanidad en el individuo.
Fontbute vivió cuarenta y cuatro años, pero podría haber vivido muchos más si él mismo lo hubiese impedido. Porque, pese a haberse convertido en el hombre más poderoso de la nación, aquel genocida, aquel dictador implacable al que nadie era capaz de contradecir, enfermó de un modo que nadie logró entender y acabó pasando sus últimos días sumido en una profunda tristeza hasta que hallaron su cuerpo en el salón del palacio, meciéndose suavemente en el aire y con una soga atada al cuello. Nadie sospechó que hubiese sido un asesinato. De hecho, fue el propio Fontbute quien se encargó de despejar dichas sospechas poco antes del suceso, llegando incluso a decir a sus más cercanos que si querían encontrar un culpable a su muerte, debían buscarlo en el interior del ataúd que él ocupase. Estas enigmáticas palabras no eran sino un ejemplo del cambio que había experimentado. En este sentido, los testimonios registrados y contrastados fueron tan diversos y numerosos que la posibilidad de un asesinato fue considerada como una idea descabellada.
En efecto, todo indicaba que Jabulani Fontbute había tomado la decisión de quitarse la vida; sin embargo, las causas que le habían conducido al suicidio no estaban del todo claras. Entre todos esos testimonios los más llamativos provenían de una de sus múltiples mujeres y del considerado como su mano derecha, el general Samuel Battaner. La primera insinuaba que Fontbute podría haberse contagiado del virus y, aunque no lo mencionaba claramente, sí parecía referirse a ello cuando hablaba sobre la «incomprensible amabilidad de la que venía haciendo gala últimamente». Algo a lo que también parecía referirse Battaner, al dejar caer la sospecha de la posible infección declarando en un diario regional que «no veía normal que un hombre tan imperturbable, temperamental y temido como Jabulani llorase a lágrima viva mientras deshojaba una margarita», escena que, al parecer, él presenció sin poder salir del asombro. Ambos testimonios daban un componente de verosimilitud a los rumores que, a los pocos días de su entierro, indicaban que el contagio del virus era algo mucho más serio que una simple suposición sin fundamento. Todo ello, dicho sea de paso, rodeado de un enorme secretismo, pues no era conveniente aumentar el grado de preocupación y miedo de un pueblo, ya de por sí lo suficientemente asustado con el gobierno autoritario que tenían.
Esta noticia pasó desapercibida para la mayor parte de los medios de comunicación, ocupando tan solo unos minutos en los informativos televisivos y un recuadro poco significativo en los periódicos. Pero, yendo más allá de la muerte del dictador eritreo, lo cierto era que nadie parecía haberse dado cuenta de un detalle.
En 2039, dos años antes de que la crisis internacional estallase, un informe oficial presentado a las Naciones Unidas alertaba sobre lo que estaba sucediendo en la mayoría de las naciones africanas, donde se estimaba que más de noventa millones de personas habían huido de sus países. La cifra de desplazados había crecido un ochenta por ciento en el último año y los campos de refugiados un cuarenta por ciento. Aun así, la comunidad internacional tenía mejores cosas que hacer que pensar en cómo atajar este problema.
En una conferencia sobre el calentamiento global, el psicólogo alemán y experto conocedor del pensamiento de los emigrantes africanos, Bartholomäus Nussbaum, trataba de restar importancia al gigantesco movimiento social argumentando que «el africano está acostumbrado a buscar nuevos asentamientos debido, básicamente, a que posee una naturaleza inestable y no se encuentra seguro en ninguna parte», palabras que fueron duramente criticadas por varias organizaciones humanitarias, pero que, al mismo tiempo, venían a resumir la postura global de Occidente respecto a la migración. De modo que, salvo los voluntarios que trabajaban in situ, el resto del mundo miraba hacia otra parte tratando de reducir el conflicto a la normalidad y a una serie de acontecimientos puntuales.
Fue precisamente por este motivo por el cual la que ha sido considerada por todos los expertos como la mayor y más peligrosa posible epidemia en la historia de la humanidad llegó hasta las fronteras del mundo desarrollado. Los desplazados no solo escapaban de los gobiernos corruptos o de la tiranía de sus dirigentes, también buscaban estar a salvo de la miseria, los diversos virus y las enfermedades que estas provocaban. Sin embargo, muchas veces viajaban acompañados del propio enemigo del que querían alejarse, que iba sigilosamente oculto en algún equipaje o en cualquier prenda de ropa. Y es que cuando una persona se ve obligada a abandonar su hogar, y además casi siempre de un modo precipitado, se lleva consigo unas pocas pertenencias, las más básicas, entre las cuales se encuentran la incertidumbre, el temor y la esperanza. La incertidumbre de hasta dónde podrán llegar, el temor de todo lo malo que podría sucederles y la esperanza de poder comenzar una vida mejor en un lugar en el que puedan ser tratados como seres humanos. El problema surge cuando, después de sortear innumerables obstáculos, se encuentran frente a las puertas de una civilización donde sus ciudadanos se sienten protegidos, a salvo en una democracia avanzada y que, bajo ningún concepto, están dispuestos a poner en riesgo al permitir que unos extraños venidos desde muy lejos pasen y se sienten a comer en la misma mesa. El filósofo portugués Ladislao de Lima dijo una vez: «En realidad, compartir está bien como ideal, pero ponerlo en práctica resulta doloroso, y en eso no somos muy distintos al niño que se muestra desconfiado si tiene que prestarle su juguete a otro niño. También somos muy dados a compararnos con los demás cuando vienen mal dadas, preferiblemente con desconocidos, pues puede servirnos de consuelo; en cambio, evitamos hacer lo propio cuando vivimos una situación privilegiada, pues al repartir esos privilegios, tememos que vaya a quedarnos menos por disfrutar. No creo que seamos egoístas por naturaleza, pienso más bien que esta sociedad nos transforma en pequeños tiranos».
Llaman a la puerta
Año 2040. En algún lugar entre Ceuta y Melilla. Desde hace décadas este viene siendo el punto clave en el tránsito de los desplazados que huyen del continente africano en busca de mejor vida; sin embargo, la mayor parte de las veces se convierte en justo lo contrario. Un lento y casi seguro viaje hacia la muerte que se inicia en distintos países y que, en ocasiones, las personas efectúan sabiendo que es muy probable que perezcan en el intento. Atravesar cientos de kilómetros por el desierto sin apenas provisiones, luchando contra el clima, las fieras salvajes y, sobre todo, contra la siempre amenazante presencia de las mafias y sus múltiples tentáculos, es una aventura suicida que solo puede ser llevada a cabo por quienes sienten que lo han perdido todo y deciden jugarle al destino la casi segura última partida de sus vidas.
Por si eso no fuera poco, si a pesar de haber superado con éxito todos esos peligros lograban llegar a las puertas de lo que ellos creían era su salvación, debían enfrentarse a la prueba más dura: las vallas situadas en las fronteras del Primer Mundo, sus extremadas medidas de seguridad o, lo que era lo mismo, «el inagotable intento de este por mantenerse alejado del que siempre ha considerado como inferior», según el sociólogo argentino Gustavo Palomares.
El desplazado llegaba, por tanto, a la terrible conclusión de que si él y sus respectivas familias querían continuar viviendo, debían escoger entre dos opciones: o se decidían a intentar llegar al otro lado de las fronteras salvadoras escalando muros y enormes vallas, u optaban por pagar con el único dinero que les quedaba a las distintas mafias que, convenientemente organizadas, sacaban provecho de su desesperación prometiéndoles un final feliz a tanta penuria. Estas mafias, a diferencia de las que existían para colaborar con los gobiernos corruptos de África, se financiaban gracias a las enormes ganancias que conseguían con el tráfico de personas. Hasta tal punto este negocio era así, que en 2040 Marruecos legalizaba dicho tráfico, aunque tuvo la delicadeza de prohibir el uso de esta palabra en los anuncios publicitarios de las empresas que se dedicaban al novedoso negocio. De ese modo surgieron diversas agencias de viajes, las cuales solían ofrecer a sus clientes amplios descuentos en sus ofertas, junto con una variedad de regalos muy prácticos para la ocasión, tales como salvavidas, almohadas, cojines, kit de salvamento marítimo formado por tiritas, alcohol y agua oxigenada, y alguna que otra barrita energética para hacer más ameno el largo trayecto. Entre todas estas agencias la AVP merecía una atención especial. La Agencia de Viajes en Patera era, sin lugar a dudas, una de las empresas más fuertes del sector turístico a nivel mundial. Sus ganancias se multiplicaban cada año y se estimaba que la fortuna acumulada por su presidente, Youssef El Bakkali, ascendía a más de noventa mil millones de dólares.
En este contexto debía moverse el desplazado. Si contrataba un viaje con todos los gastos pagados, probablemente conseguiría su objetivo, aunque después de haberse ahogado y de que su cuerpo llegara a alguna orilla empujado por la corriente; en cambio, si se decidía por escalar los muros o la vallas, pronto se daría cuenta de que al final de dicha escalada le esperaba un nutrido número de miembros de seguridad y, antes que eso, unas alambradas bien afiladas junto a un novedoso sistema disuasorio de láser instalado globalmente desde el año 2040, capaz de realizar heridas mortales a cualquier cuerpo material que se cruzase en su trayectoria, por muy gruesa que fuese la protección.
En los pocos casos en los que el emigrante pisaba con vida el suelo del Primer Mundo, se encontraba es un escenario muy diferente del que había imaginado; un nuevo y desconcertante horizonte plagado de incertidumbre donde lo humanitario se fundía con la burocracia y con la conveniencia política. Así, si los que llegaban pidiendo una oportunidad eran descubiertos, probablemente se toparían primero con la incomprensión y después, tras alimentarles y curar a los heridos para apaciguar la siempre maltrecha conciencia de Occidente, se les obligaba a regresar a sus países de procedencia, lo cual significaba haber invertido una enorme cantidad de terribles esfuerzos hasta situarse en el mismo punto de partida. «La vida del desplazado no es más que el fracaso de toda la humanidad en su conjunto. Su mera existencia implica el desinterés general por acabar con la desigualdad mundial», decía el antropólogo norteamericano William Woods, quien también advertía al mundo del riesgo que corrían los países desarrollados por no atajar a tiempo los conflictos internos de las naciones más desestructuradas al decir lo siguiente: «Ante todo debemos admitir nuestro error de base como ciudadanos teóricamente mejor preparados. ¿Mejor preparados en qué y para qué? Contamos con grandes escuelas, magníficas universidades y un sistema económico teóricamente indestructible, a pesar de haber estado cerca de colapsar hasta hace bien poco. Sin embargo, tengo la impresión, por no decir la completa certeza, de que todo nuestro bienestar social no se asienta más que en eso mismo: una simple teoría. Los hechos demuestran justo lo contrario. En realidad, somos unos seres vivos en constante peligro de extinción, como cualquier otra especie. Si dentro de una semana se anunciara la caída de un meteorito o la llegada de una epidemia imparable, existen muchas más posibilidades de que nos aniquilásemos nosotros mismos al sumirnos en la más absoluta desesperación, antes de que dicha catástrofe nos destruyera».
En efecto, William Woods no iba mal encaminado, pues tras anunciarse la existencia del supuesto virus, el índice de criminalidad aumentó de forma alarmante en algunos países, pasando por ejemplo de un diez por ciento a un ochenta por ciento en tan solo unos meses en varias naciones limítrofes con el continente africano. Y es que, como bien decía el filósofo indio Usman Mirchandani: «El hombre ha preferido siempre seguir las imaginarias directrices de sus miedos y entregarse con obediencia ciega a sus propias suposiciones, anticipándose a menudo a algo que únicamente ha sucedido en su mente».
Por su parte, el psicólogo Erik Myklebust reflexionaba acerca del motivo por el cual muchas veces un emigrante es considerado como una amenaza: «En la imagen del refugiado vemos siempre reflejado lo peor de la condición humana. Es sinónimo de miseria, pobreza y enfermedades. Lleva el mismo estigma del condenado que desea salir de la prisión. Pensamos que el que migra lo hace porque quiere vivir igual de bien que nosotros, y tal creencia genera un rechazo casi instintivo que, a su vez, nos predispone a levantar barreras defensivas para tratar de disuadirlo». Y entre Ceuta y Melilla, así como en el resto del continente europeo, ese rechazo era constante. Allí la vigilancia no consistía solo en proteger, también estaba para disuadir. Pese a ello, todas las medidas de seguridad resultaron inútiles. «Los microorganismos, a diferencia de los hombres, no conocen fronteras, no se detienen ante una aduana a mostrar su pasaporte, no preguntan si se puede pasar y, sobre todo, no hacen distinción entre refugiados y el resto de la humanidad; máxime cuando es la propia estupidez la que los genera», sentenciaba con contundencia el profesor de historia Luis Linares.
Jimmy era una persona normal
Cuando sucedieron los hechos, él contaba con veinticinco años, tenía una presencia imponente y quizá por ello lograba encontrar empleo con relativa facilidad. Pese a su corta edad, Jimmy había sido ya albañil, carpintero, vendimiador, montador de muebles, guardaespaldas y, finalmente, portero de discoteca. Todos los trabajos tenían que ver con la fuerza física y en ninguno se le había exigido tener la documentación en regla. Jimmy era oficialmente un extranjero ilegal, pero sabía desenvolverse con la suficiente habilidad como para poder ir de un lugar a otro sin que ninguna autoridad detectase su situación irregular. Así vivió durante el tiempo que estuvo en España, país al que había llegado en una patera no registrada en ninguna agencia de viajes y en la que él fue uno de los cuatro supervivientes que no se ahogaron antes de pisar la costa gaditana. Pero un día todo cambió de un modo inesperado cuando Jimmy participó en una manifestación para protestar por el desalojo de un edificio abandonado en el que vivían varias familias de origen magrebí. Bajo el lema «el rey también es un okupa, nadie le votó», los participantes de la protesta se sentían indignados por lo que creían era una injusticia. A medida que avanzaba la marcha, un grupo de unas seis personas y que, según dijeron varios testigos a medios de prensa locales, nada tenían que ver con los manifestantes, empezaron a prenderle fuego a contenedores y a destrozar las ventanillas de algunos coches, lo que llevó a la rápida intervención de la policía para poner punto y final a la concentración. La carga y posterior persecución de los participantes duró varias horas. Jimmy consiguió escabullirse. Después decidió escapar a Francia, donde fue detenido en un control rutinario nada más cruzar la frontera.
Para entonces, la existencia del supuesto virus ya era conocida, aunque nadie había dado aún la voz de alarma en ningún país del continente europeo. Primero porque todavía no se sabía con exactitud cómo afectaba a los humanos y segundo porque la epidemia como tal no fue aceptada hasta varios meses más tarde. De modo que los extranjeros de procedencia africana no eran considerados más peligrosos que de costumbre. «Su presencia no era más amenazante que la de uno de esos grupos formados por personas de piel oscura que en mitad de la muchedumbre extiende sobre una acera su negocio, mientras reza para que no aparezca la policía y deba echar a correr por las calles de una gran ciudad», decía el periodista español Julio Marcel.
Tras ser arrestado, las autoridades descubrieron varias cosas de la vida de Jimmy. Primero que era ilegal, que había nacido en Kenia y que los exámenes médicos mostraron la existencia de un agente infeccioso microscópico que empezaba a conocerse sólo en el ámbito sanitario, pese a que jamás se supo nada del informe. Al parecer las muestras debieron indicar algo preocupante, pues se dice que fueron cotejadas con el resto de virus ya catalogados y que la conclusión llegó hasta las más altas instancias del Gobierno francés, quien otorgó a Jimmy el privilegio de ser el primer supuesto infectado por el virus africano dentro del continente europeo. «Es evidente que aquel muchacho fue considerado como el enemigo público número uno de la historia que nadie quería tener cerca, ni siquiera encarcelado», decía con acierto el periodista parisino Pascual Rosental, Premio Pulitzer en 2044. Y es que Jimmy iba a pasar sin saberlo un larguísimo periodo de tiempo estando confinado en una habitación de aislamiento en el interior de una base militar de alto secreto. Al menos, así lo atestiguan varias personas del hospital donde le realizaron las pruebas médicas, una de los cuales trabajaba de enfermera auxiliar en turno de noche y aseguraba haber visto cómo sacaban a altas horas de la madrugada a un joven de raza negra por la salida de emergencia. «Iba rodeado de gente vestida con trajes de protección para casos de epidemias. Me sentí algo desconcertada, la verdad, porque normalmente a los negros se les echa a palos de los lugares y no de una forma tan delicada», declaró la enfermera a los pocos meses en un periódico local.
Después de aquella noche a Jimmy lo dieron oficialmente por desaparecido. No volvió a saberse nada más de él ni de muchas de las personas con las que había mantenido algún tipo de relación cercana. El periodista Alejandro Arteaga, que investigaba el caso durante aquellos días, llegó a escribir un artículo sobre el asunto y su conclusión fue cuando menos curiosa. «Por mucho que vivamos en un sistema donde se nos intenta hacer creer que estamos bien protegidos, no podemos obviar el hecho de que el mismo control que tienen sobre las amenazas puede, llegado el momento, volverse contra nosotros si decidieran minimizar, silenciar y hasta borrar las pruebas para mantener a salvo eso que llaman el “bien común”, y que no es otra cosa que los intereses particulares en detrimento de los generales. Dicho de otro modo: si algo o alguien pone en peligro el statu quo, no puede haber dudas en cuanto a la necesidad de erradicar el problema del modo y manera que sea».
Más allá de su enfoque conspiranoico, había algo de cierto en sus palabras. A nivel nacional Jimmy había importado más bien poco. Ninguna autoridad se había fijado en él cuando estuvo vendimiando o cuando se encontraba subido sobre un andamio jugándose la vida a más de treinta metros de altura. No preocupaba lo más mínimo. Sin embargo, sucedió todo lo contrario cuando se contó la historia de su posible infección meses más tarde. Y lo último que llegó a saberse de Jimmy fue que soñaba con volver junto a su familia y construir un hospital en su pueblo natal, una diminuta aldea situada en el norte de Kenia. El resto forma parte del misterio y la rumorología.
La OMS alerta
Aunque Jimmy fue el primer caso conocido de todo el continente europeo, los datos demuestran que, en realidad, ya había muchos más casos de supuestos contagios. En Turquía, por ejemplo, se tiene constancia de que al menos quince personas ya habían sido consideradas como infectadas y que en Rumanía y en Grecia había otras tantas. Otro dato significativo se encontraba en Polonia, país con fama de poseer por aquel entonces uno de los peores sistemas sanitarios de toda Europa, donde el jefe de los servicios médicos del Hospital Nicolás Copérnico, situado en Łódź, declaró sin la menor discreción que entre sus pacientes había varios contagiados por el virus africano, palabras que trajeron consigo una avalancha de críticas tal que obligaron al Gobierno polaco a destituirle de manera fulminante, argumentando que el doctor estaba trabajando bajo una presión social insoportable y que eso le impedía desempeñar su labor con la diligencia y profesionalidad necesarias. Pese a ello, la sospecha de que el virus ya había penetrado a gran escala en Europa era tan grande que hasta el presidente de la OMS, François Lefebvre, tuvo que dar una rueda de prensa urgente para desmentir los rumores y tratar de tranquilizar a una opinión pública que empezaba a expresar su lógica preocupación. Lefebvre se mostraba tajante y aseguraba que «ni hay, ni ha habido nunca, peligro para la población de los países miembros de la Unión Europea». Al ser preguntado por si existía algún protocolo especial de actuación por si la posible infección llegaba al continente, el presidente se mostró menos categórico y se limitó a echar balones fuera: «No adelantemos acontecimientos», concluyó. Y es que por aquel entonces aún no había casos oficiales.
«Es un hecho comprobado que cuando un estamento oficial alarma a la sociedad anunciando algún peligro es que dicho peligro está más o menos controlado. Se prepara a los ciudadanos para lo peor con el único fin de hacerles sentirse a salvo en cuanto se anuncia la solución al problema. Esto hace que el sistema se fortalezca a sí mismo y se conciencie al pueblo de que todos los esfuerzos merecen la pena con tal de conservarlo. Sucede justo lo contrario cuando una amenaza está fuera de control. Primero tratan de infundir confianza con vagas explicaciones. Luego suelen cometer el error de no anticiparse a los posibles daños para acabar reconociendo, tras haber perdido un tiempo más que valioso dando absurdos rodeos, que existe alguna que otra dificultad, pero que todo saldrá bien». Así se expresaba el filósofo portugués Ladislao de Lima respecto a la actitud en general de los estamentos oficiales. De modo que la OMS, con su presidente a la cabeza, se encontraba justo en ese trance, en el de dar rodeos intentando que su preocupación no salpicara a la sociedad, lo cual llevaba a la sociedad a sospechar sobre lo que realmente estaba sucediendo.
Frederick Blau, periodista del Deutschland Magazine, fue uno de los primeros en percibir que los gobiernos no estaban siendo nada claros en lo concerniente a la gestión que se estaba realizando en torno al problema. «Para empezar, François Lefebvre no puede decir que no haya un solo contagio en toda la Unión Europea, y menos aún afirmarlo de forma categórica. No puede porque ocupa un cargo en donde la prudencia debe ser la que dirija cualquiera de sus palabras y no digamos ya de sus decisiones, y porque, usando la obviedad propia de un niño, es estadísticamente imposible que conozca la situación sanitaria de los millones de ciudadanos que residen en nuestro continente. Eso sin contar con la constante llegada de desplazados venidos de cualquier parte del mundo, muchas veces de forma clandestina. El señor Lefebvre se equivoca doblemente. Se equivoca o sigue las directrices marcadas por los principales gobiernos europeos, quienes parecen estar a la expectativa de la evolución que tenga el contagio antes de hacer una declaración oficial en conjunto. La postura de la UE es, en este sentido y en otros muchos, exasperante».
La presión social aumentó cuando la prensa de países como Francia, Portugal o Italia se hizo eco del caso de Jimmy y empezó a ser tema principal en programas de gran audiencia. A raíz de esto se registró un aumento de personas que aseguraban haberse contagiado del virus, aunque ninguno de ellos fue confirmado. Este episodio sería el primero de una serie de falsas alarmas en las cuales decenas de ciudadanos, conducidos sin duda por la creciente preocupación colectiva, estaban convencidos de estar infectados por el virus africano, llegando incluso a describir los síntomas, pese a que la ciencia aún no se ponía de acuerdo ni en cómo se contagiaba ni cuál era el nivel de su peligrosidad; sin embargo, la repercusión generada por estos hechos sirvió para que los ojos de medio mundo empezaran a fijarse en el continente europeo.
Oleada de donaciones
El 4 de enero de 2041 sucede algo que marcaría un antes y un después en el desarrollo de los acontecimientos. Dos bancos, concretamente el Bank Norway y el HDN suizo, sufren un desplome en bolsa en apenas unas pocas horas. Ambas entidades reconocen haberse quedado sin liquidez debido a la multitud de donaciones realizadas por varios de sus más poderosos clientes. Un anuncio que deja asombrado al sistema económico internacional y que obligaba a la mayor parte de bancos mundiales a actuar de inmediato. Al principio se habla de un error informático de terribles consecuencias; más tarde alguien filtra la información que apunta claramente a un magnate, cliente habitual del Bank Norway y que decidió donar una fortuna estimada en más de ciento treinta y ocho millones de euros a un equipo de fútbol regional condenado a desaparecer si no pagaba su deuda, fijada en diez mil euros. La desproporcionada diferencia dejó también sorprendido al mundo del fútbol, principalmente a los rivales de dicho equipo, sabedores de que a partir de ese momento no tendrían nada que hacer en la lucha por ganar la liga en la que competían.
En cuestión de unos pocos días varios directivos del Fondo Monetario Internacional y del Banco Central Europeo se llevan las manos a la cabeza y hacen declaraciones cargadas de preocupación en algunos casos y de previsiones desastrosas en otros. Alexander Kirilenko, miembro del comité ejecutivo del BCE en aquella época, se mostraba indignado con lo que él calificaba de «falta de responsabilidad en la descabellada forma de malgastar el dinero de algunos hombres de negocios».
Con el enfado del sistema monetario internacional y el miedo a que cundiese el ejemplo, algunos gobiernos, sin duda presionados por las grandes corporaciones, se vieron obligados a investigar cada uno de los movimientos financieros para tratar de encontrar la razón lógica a tan extraño comportamiento. Ronald Stanford, prestigioso economista y profesor en el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts), se atrevía a vaticinar una nueva crisis a escala mundial si lo ocurrido con los bancos suizo y noruego se generalizaba. No hablaba un cualquiera. Ronald Stanford había sido el hombre que oficialmente había descubierto la existencia de la crisis económica mundial del siglo pasado, y que al mismo tiempo había sido lo suficientemente cauteloso como para mantenerse al margen hasta que esta hubiese caído a plomo sobre las cabezas de los ciudadanos, circunstancia que aprovechó convenientemente para beneficiarse de ella con diversas publicaciones posteriores, en las cuales realizaba profundos análisis sobre lo que había que hacer para salir de la caída económica. «Un buen hombre de finanzas sabe que en el mercado bursátil dos más dos puede sumar la cifra que se le antoje»; «el economista hábil nunca muestra sus cartas y debe estar preparado para cambiar hasta de baraja si fuera preciso» o «los esclavos de la era moderna nunca llegan a final de mes». Son algunas de las frases que definen a este singular personaje.
Sin embargo, ningún estudioso cayó en la cuenta de lo que realmente estaba sucediendo. Nadie supo relacionar las distintas noticias que se estaban produciendo en el primer mes de 2041. Porque al enorme número de donaciones detectadas por algunas entidades, había que añadirle el hecho de que prácticamente ninguna de dichas donaciones tenía como objetivo contribuir a la mejora de algún partido político, medio informativo o grupo paramilitar. Cierto era que este detalle hizo sospechar a los servicios secretos en general, nada acostumbrados a ver cómo las grandes sumas de dinero iban destinadas a ONG de diversa índole. Pero no hubo ninguna voz y, mucho menos, ni un solo documento oficial que uniese las donaciones masivas con la existencia del virus africano. Y llama la atención, visto desde la perspectiva que otorga el tiempo, que tampoco se diera demasiada importancia a lo que estaba ocurriendo en el continente africano desde la aparición del primer posible infectado.
Trueque
África será recordada siempre por sus extraordinarios paisajes, por un inabarcable territorio casi inexplorado y por ser un continente en el que las infinitas llanuras, con sus innumerables tribus cantando y bailando bajo el sol abrasador, nos cautivaban desde la distancia y evocaban en nuestros sentidos el anhelo de viajar para descubrir lugares remotos. Sin embargo, se sabe muy poco de lo que aconteció antes de que el supuesto virus se expandiera por el mundo. La historia tiene poca memoria en lo que a este continente se refiere. «Y es que existe cierta tendencia a querer olvidar acontecimientos que han marcado, queramos o no reconocerlo, parte del presente que ahora tenemos», decía el filósofo noruego Stefan Hämäläinen.
Sea como fuere, lo cierto es que resulta complicado encontrar información acerca del periodo en el que el supuesto virus recorrió casi la totalidad del continente negro. Conocemos lo sucedido con el dictador eritreo Jabulani Fontbute, ya que tuvo una gran repercusión por ser el primer caso que afectaba a un personaje importante del ámbito político-militar relacionado con la epidemia. Pero hubo otros menos conocidos como, por ejemplo, los de Joseph Bonelo (primer ministro de la República del Congo); Simón Bitria (líder del grupo rebelde que luchaba de forma encarnizada contra el Gobierno de Chad) o Akinwumi Kaddour (empresario sudafricano, así como sospechoso de haber sido traficante de esclavos y de armas). Del primero se sabe que, tras dimitir de su cargo, dedicó el resto de su vida al cuidado de los miles de plantas y flores que compró para crear un jardín al lado de su pequeña casita en el campo. El destino de Simón Bitria iba en otra dirección. Habiendo conseguido dirigir un grupo guerrillero compuesto por más de cuatro mil hombres bien entrenados, y estando cerca de aplastar a la oposición militar, decidió en última instancia ordenar la rendición de su propio ejército para asombro y pasmo de todos. El periodista argelino Rachid Slimani dijo haber sido testigo de lo que él describía como «un hecho anómalo en la historia militar», y contaba en un artículo lo que aseguraba haber visto con sus propios ojos: «Después de dos semanas con un intenso intercambio de disparos, Bitria se mostraba convencido de que Ndjamena no tardaría en caer. En el transcurso de esas dos semanas hubo centenares de muertos y todo parecía indicar que se saldría con la suya. Era un hombre decidido a cambiar el rumbo de la nación, aunque para ello tuviese que acabar con todos los chadianos; sin embargo, tal cosa no sucedió jamás.
