Tiempos felices (a veces) - Felipe C. Figueira - E-Book

Tiempos felices (a veces) E-Book

Felipe C. Figueira

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Beschreibung

Mientras el director de la residencia Arcadia se pregunta por qué unos ancianos habían decidido atrincherarse en el comedor y el inspector Serranillos pone en marcha una investigación para intentar arrojar más luz al delicado asunto de los desaparecidos, Jimena del Río y Villescas y su nieta Clarece unen sus fuerzas, esta vez para demostrar que, cuando se lo proponen, pueden hacer temblar los cimientos del sistema o, como mínimo, alterar la tranquilidad que parecía haberse instalado en las vidas de quienes fueron testigos de lo ocurrido en su finca años atrás.

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Seitenzahl: 554

Veröffentlichungsjahr: 2022

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TIEMPOS FELICES (A VECES)

FELIPE C. FIGUEIRA

TIEMPOS FELICES (A VECES)

EXLIBRICANTEQUERA 2022

TIEMPOS FELICES (A VECES)

© Felipe C. Figueira

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric

Iª edición

© ExLibric, 2022.

Editado por: ExLibric

c/ Cueva de Viera, 2, Local 3

Centro Negocios CADI

29200 Antequera (Málaga)

Teléfono: 952 70 60 04

Fax: 952 84 55 03

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Internet: www.exlibric.com

Reservados todos los derechos de publicación en cualquier idioma.

Según el Código Penal vigente ninguna parte de este o cualquier otro libro puede ser reproducida, grabada en alguno de los sistemas de almacenamiento existentes o transmitida por cualquier procedimiento, ya sea electrónico, mecánico, reprográfico, magnético o cualquier otro, sin autorización previa y por escrito de EXLIBRIC; su contenido está protegido por la Ley vigente que establece penas de prisión y/o multas a quienes intencionadamente reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica.

ISBN: 978-84-19520-23-4

FELIPE C. FIGUEIRA

TIEMPOS FELICES (A VECES)

«No todos los que deambulan están perdidos».J. R. R. Tolkien

1

Si un historiador hubiese tenido que explicar a sus alumnos el árbol genealógico de la familia Del Río y Villescas, probablemente habría tenido que emplear el mismo proceso narrativo en cada una de sus generaciones. Y es que toda la línea descendiente de la familia había seguido un mismo proceso de asentamiento, realización y expansión de sus bienes. El mayor mérito recaía en Hugo del Río y Villescas, quien cinco siglos atrás tuvo el espíritu emprendedor necesario para levantar los cimientos de la que en poco tiempo se convertiría en una de las familias más influyentes del antiguo reino de Castilla. Hugo fue un gran hombre de negocios que supo sacar provecho del contexto histórico en el que vivía. El hecho de que los Reyes Católicos (Isabel y Fernando) hubiesen sido partidarios de hacer un uso responsable del comercio de esclavos fue para el joven Hugo una oportunidad que no podía dejar escapar. Porque el oportunismo formaba parte de los genes familiares. Él lo había heredado de su padre, Federico del Río y Villescas, del que, según cuenta la leyenda, logró adquirir los terrenos en los que más tarde se asentaría el dominio familiar, tras haber llegado a un oportuno acuerdo con el dueño de una pequeña parcela manchega en mitad de la nada. Dicho acuerdo había consistido en una intersección de caminos, una navaja de afeitar bien afilada y una discreción previamente planeada. Es sabido que en aquella época la facilidad para falsificar documentos ayudaba a que hubiese un intercambio de bienes y a gestionar la burocracia de una manera mucho más dinámica. Federico del Río y Villescas supo gestionar el papeleo con un par de cuchilladas en el costado, y esta capacidad innata de hacer negocios pasó a formar parte de la naturaleza empresarial de su hijo. Hugo aprendió de su padre todo cuanto había que saber para generar riqueza con relativa facilidad, empleando objetos parecidos en intersecciones igualmente solitarias. Así fue cómo el hijo de un humilde ganadero se convirtió en don Hugo del Río y Villescas, quien logró su objetivo de hacerse con una flota naval para surcar los mares del Nuevo Mundo durante gran parte de su vida, y gracias a la cual pudo cerrar varios acuerdos con las diferentes poblaciones de tribus indígenas para la exportación de oro y esclavos a cambio de una generosa cuantía de cañonazos. Para don Hugo del Río y Villescas supuso un gran desgaste estar alejado tanto tiempo de su hogar, y se cuenta que sólo volvió a su alcoba para morir en la cama, aquejado de alguna de las decenas de enfermedades contagiosas que asolaron los territorios conquistados por los españoles. El intercambio de fluidos corporales fue sin duda el arma más letal del Imperio español, y aunque muchas veces se le atribuye el mérito de la expansión del reino de Castilla a las genialidades estratégicas de los conquistadores, lo cierto es que las epidemias contribuyeron de forma crucial a mermar el número de indígenas, hasta el punto de reducir su población en millones en tan solo un par de décadas.

En cualquier caso, dejando a un lado el impacto que supuso para la economía global y los intereses empresariales la drástica reducción de la mano de obra, lo cierto es que, fruto de las negociaciones amorosas con las que los hombres convencían a las mujeres en discretas intersecciones, don Hugo del Río y Villescas dejó tras su muerte una descendencia aproximada de veinticuatro bastardos y tan solo un hijo legítimo reconocido, que fue el que nació de su unión con una de sus criadas y que moriría después de haber dado a luz al pequeño Ambrosio del Río y Villescas. Poco o nada se sabe del resto de sus hermanos, pero a Ambrosio le reconocen el mérito de haber seguido los pasos de su padre en su particular pasión por las mujeres indígenas. La suerte del hijo de don Hugo estuvo ligada siempre a su obsesión por el sexo femenino, que fue al mismo tiempo la causa de su muerte con tan solo veintiocho años, cuando se rompió el cuello al caer de un caballo sobre el que perseguía a una indígena que se había empeñado en no llegar a ninguna clase de acuerdo con él. Sin embargo, a pesar de haber muerto a tan temprana edad, Ambrosio del Río y Villescas tuvo tiempo de, al menos, dejar dos descendientes: Manuel y Castora. El primero murió a los cinco años a manos de su hermana mientras esta practicaba con la ballesta, lo que le llevó a ser conocido como Manuel el Breve. Castora tuvo un destino mucho más afortunado. Fue la primera y única mujer en la familia durante varias generaciones. Se dice que fue el propio Carlos V quien le concedió los permisos necesarios para que pudiera alargar la longitud de sus terrenos a cambio de alargar otro tipo de asuntos en los aposentos privados de palacio.

Sea como fuere, el caso es que la dinastía Del Río y Villescas supo adaptarse de una u otra forma y usando todo tipo de armas e intersecciones a los tiempos históricos que le tocaba vivir, bien apoyando a los Habsburgo, a los napoleónicos o a los Borbones. Sin embargo, la era moderna trajo consigo algunas variaciones significativas: España había cambiado mucho y lo iba a continuar haciendo, lo que obligó a la familia a tener que redefinir su ideología política y social varias veces en muy poco tiempo, algo que provocó la confusión en alguno de sus integrantes hasta el punto de ver en las filas de un ejército a familiares combatiendo contra aquellos a los que en un principio debían defender. Un malentendido ideológico que acabó con Santiago del Río y Villescas frente al pelotón de fusilamiento del bando nacional. La historia familiar ha tratado siempre de mantener en silencio este desagradable episodio que llevó a Santiago a gritar «viva España, viva el Caudillo» y que dejó asombrados a los soldados que debían abrir fuego contra él, quienes acabaron por descargar sus fusiles contra aquel lunático, convencidos de que estaban ante un traidor que renegaba de sus creencias comunistas en el último momento, tal como recogía un documento de la época.

La confusión política de aquellos tiempos era evidente y habría arrojado a la familia al abismo económico de no ser por la oportuna aparición de Ricardo del Río y Villescas, hermano de Santiago y firme defensor del orden militar por ser, según él mismo reconoció, el sistema de gobierno más eficaz para dirigir una nación. Gran parte del éxito nobiliario de Ricardo, más conocido como el Mariscal, residió en su facilidad para granjearse las simpatías de varios altos cargos estrechamente ligados al círculo más próximo del general Francisco Franco y, sobre todo, por haber sido el inventor de diversos métodos de tortura con los que obtuvo unos notables resultados para que los traidores a la patria confesaran todas y cada una de sus fechorías. Tal debía ser la eficacia de dichos métodos que el tránsito de camiones militares cargados de presos entrando y saliendo de la finca generó más de un embotellamiento en la entrada y no pocos comentarios de los vecinos de la zona, quienes jamás se atrevieron a averiguar qué podía estar sucediendo en su interior, suponiendo que el hecho de ver unos camiones vacíos abandonando el lugar aclaraba gran parte de sus dudas.

La aportación personal de Ricardo del Río y Villescas a la consolidación del nuevo régimen le otorgó un prestigio que situaría el apellido familiar en lo más alto de la jerarquía aristocrática y de la que no se movería hasta el presente. Solo la muerte del general Francisco Franco y el posterior golpe de Estado trajeron alguna incertidumbre a la flexibilidad ideológica de Ricardo, quien, tras la llegada del nuevo sistema democrático, no supo si seguir siendo un ferviente protector de la anterior dictadura o pasar a ser un reconocido defensor de la nueva monarquía reformista, que apoyaba, como no podía ser de otra forma, a los nuevos partidos políticos emergentes. Cuando cayó el intento de golpe de Estado, Ricardo se convenció a sí mismo de que, siendo ya un hombre de avanzada edad, aunque aún con la suficiente agilidad mental como para afrontar una nueva transmutación ideológica, debía abrazar la nueva situación política del país y adaptarse nuevamente a los tiempos si no quería poner en peligro los logros conseguidos. Así fue cómo Ricardo se convirtió en uno de los firmantes de la Constitución española, poniendo un especial empeño en cerrar viejas heridas e insistiendo particularmente en que no tenía ningún sentido hurgar en el pasado, en que era necesario mirar hacia adelante y en que había que educar a las nuevas generaciones de españoles en la creencia de que mirar hacia atrás llevaría a la nación a caer en los mismos errores que tanto daño habían causado ya al país. Este oportuno talante pacífico le llevó a ocupar altos cargos de gobierno durante un par de años, hasta que un inesperado ataque al corazón —las malas lenguas culparon al excesivo ardor amoroso de una de las prostitutas a las que solía acudir con frecuencia— le llevó a ocupar el panteón familiar de una manera permanente.

Tuvo que ser su hermana pequeña, Jimena del Río y Villescas, quien se vio obligada a ocupar el hueco dejado por su primogénito muy a su pesar, pues ella había preferido siempre situarse en un segundo plano. Jimena se convirtió de esa forma en la segunda mujer de la familia encargada de dirigir sus designios. Y su llegada no trajo cambios significativos en las expectativas de un linaje que, para entonces, ya gozaba de una solidez pétrea. Lo que sí hizo fue mantener, consolidar y fomentar la afición que sus descendientes habían demostrado tener desde los primeros Del Río y Villescas por el intercambio de fluidos corporales con personas del sexo opuesto. Esta sospecha hereditaria recayó sobre Jimena al poco tiempo de saberse que su marido había quedado tetrapléjico para el resto de su vida, después de que una maceta se desprendiera del balcón y cayera sobre su cabeza justo cuando él se disponía a entrar en su casa. Un accidente fortuito que, además, causó en Jimena una profunda desolación al admitir que ella había sido testigo del fatal desenlace por encontrarse tomando el sol en el balcón contiguo. Teniendo en cuenta que este hecho tuvo lugar una semana después de haberse casado con él y que supuso que, a partir de ese momento, el infeliz de su marido contara con una invalidez del ochenta por ciento de su cuerpo, lo que le impedía mantener cualquier tipo de relación sexual con su esposa, comenzó a extenderse el rumor sobre ciertos aspectos de la vida personal de Jimena que pudieran explicar sus dos milagrosos embarazos. En ambas ocasiones ella aseguró que su marido aún contaba con la hombría necesaria y que todo lo demás eran habladurías a las que no había que hacer demasiado caso. Sin embargo, eso no explicaba por qué el segundo embarazo se produjo tras el fallecimiento de su esposo, el cual sufrió un nuevo accidente al despeñarse por un barranco cuando paseaba junto a Jimena. En este caso la policía no supo explicar qué pudo haber impulsado la silla de ruedas para que alcanzara los cincuenta kilómetros hora en una pendiente que terminaba justo donde comenzaba un precipicio de más de cien metros de altura.

Para los hijos de Jimena del Río y Villescas siempre había resultado complicado tener que enfrentarse a la cuestión de su paternidad. Quizá no tanto para Horacio, el hermano mayor, pero sí para Sigfrido, el segundo en nacer y quien tuvo que aceptar el curioso paralelismo entre el ADN de su padre y el de alguno de la docena de hombres que habían estado trabajando para él, entre médicos, enfermeros y masajistas. Profesionales que, naturalmente, fueron contratados por Jimena para que su marido recibiera todos los cuidados necesarios. El delicado asunto de la paternidad siguió siempre presente; si bien, ninguno de sus hijos se atrevió nunca a preguntarle directamente a ella y las dudas acabaron desplomándose dentro del pozo de los temas familiares que no debían ser tratados.

Desde el punto de vista afectivo, esto generó en el ánimo de Sigfrido cierto desasosiego paternal, lo que le llevó a aceptar finalmente la opción del embarazo milagroso antes que otras posibilidades mucho más traumáticas, de modo que en la finca de los Del Río y Villescas las cosas estaban relativamente ordenadas. O al menos lo habían estado hasta que Jimena del Río y Villescas anunció que había decidido contraer matrimonio con su enfermero. Aquella noticia fue el detonante de una serie de acontecimientos que desencadenaron unos cambios significativos en el interior de la estructura familiar. Si bien los hechos sucedieron dos años atrás, lo cierto era que la inesperada muerte del mayor de los hermanos, junto con la posterior desaparición de Jimena, obligaron a Sigfrido a tener que ponerse al frente de los designios familiares. Y es que, por aquel entonces, Sigfrido se había convertido en todo un referente político a nivel nacional, así como en el recientemente elegido secretario general del partido conservador y claro aspirante a convertirse en el próximo presidente del Gobierno, tal como pronosticaban las encuestas electorales.

Para Sigfrido no había resultado nada sencillo tener que aceptar no solo la muerte de su hermano y amigo, sino también la abrupta desaparición de su madre. Nadie sabía dónde se encontraba ni cuál podría ser su paradero, aunque él no dudaba de que su ausencia se debía a un deseo personal y absolutamente premeditado. Por otra parte, tenía que hacer frente a la meteórica ascensión de su propia imagen personal, la cual había pasado de ser la de un simple diputado con una hábil oratoria a la misma que la de un héroe de guerra. Y no era para menos. Su intervención en los lamentables hechos ocurridos en la finca de la familia logró ser crucial para evitar que se hubiese producido un desastre mayor.

Esto tuvo muchas cosas positivas, como por ejemplo haber ganado mayor poder o acabar con la imagen de rico acomodado que consigue llegar a la cima gracias a su ilustre apellido. Pero también le obligaba a tener que estar más alerta, pues ahora era examinado con lupa a nivel social y cualquier paso en falso podía suponer la destrucción inmediata de todo lo que tanto esfuerzo y no pocas vidas le había costado conseguir.

Cierto era que la muerte de Horacio supuso para él un golpe tan brusco como traumático en su natural y delicado estado de ánimo. Cada una de las decisiones que tomaba, por muy pequeñas que estas fueran, ni siquiera eran tenidas en cuenta sin haberlas consultado antes con su hermano mayor. Desde entonces, Sigfrido del Río y Villescas no solo había perdido a un hermano y amigo, también a su mejor consejero, alguien a quien podía confiarle cualquier asunto, por muy turbio que pudiera ser, y esperar de su criterio la mejor solución posible. En cambio, ahora solo contaba con su único punto de vista, pues se había vuelto extremadamente desconfiado con todo el mundo, hasta el extremo de haber tenido que cambiar varias veces de residencia ante el temor de que, tarde o temprano, le acabara sucediendo lo mismo que a su familia. Es decir, y según la versión oficial que se contó de los hechos, que pudiera terminar siendo secuestrado por un grupo terrorista con la intención de desestabilizar los valores democráticos del país.

Es sabido que una mentira a base de ser mil veces repetida y, a ser posible, de una manera insistente, con el paso del tiempo se convierte en una verdad incuestionable. Pues bien, aunque Sigfrido conocía de primera mano lo que realmente había sucedido en la finca de los Del Río y Villescas dos años atrás, lo cierto era que hasta él mismo había acabado por convencerse de que, tal como aseguraba la versión oficial, un grupo de terroristas encabezados por una colombiana exmiembro de las FARC fue capaz de infiltrarse en el interior de la finca mediante una estrategia basada en ganarse la confianza de su madre y aprovecharse de su deficiente estado mental hasta lograr encontrar el momento adecuado para asestar el golpe definitivo. El hecho de que la mente de su madre hubiese demostrado poseer mucha mayor lucidez de la que nadie pudiera imaginar no era tenido en cuenta para Sigfrido, pues prefería seguir pensando que Jimena del Río y Villescas continuaba siendo una pobre anciana en silla de ruedas, cuya capacidad cognitiva estaba seriamente deteriorada.

En cualquier caso, su imagen pública había mejorado como consecuencia de una notable puntería y una no menos considerable capacidad de maniobra militar. Esa era, al menos, la opinión general de un amplio sector de la sociedad, la cual comparaba su valentía con la de un soldado en el frente de guerra, por lo que le fue concedida la medalla al mérito. Los homenajes públicos también contribuyeron en gran medida a que nadie fuese capaz de poner límite a su meteórica carrera política.

Con todo ello, no era de extrañar que Sigfrido acabara convenciéndose a sí mismo de que todo lo que se contaba acerca de lo sucedido en la finca era absolutamente cierto. Tan cierto como que su esposa había sido asesinada por la asistenta de Jimena tras haberse negado a colaborar con los secuestradores, en un intento de conseguir chantajearlo a él como político. La escena en la que su madre le clavaba un cuchillo en el pecho cuando desayunaban había sido sustituida por otra más amable en la que su difunta esposa moría estrangulada por la malvada colombiana. Y pese a que la muerte de Katy Etxegarai no fue ni mucho menos tan traumática como la de su hermano, sí trajo consigo una preocupación de la que no fue capaz de deshacerse. Dicha preocupación tenía forma de pendrive, cuya memoria guardaba una serie de fotos bastante comprometedoras. Fotos que le conducían inevitablemente a tener que realizar un incómodo viaje en el tiempo y trasladarse hasta una habitación con luz de ambiente, donde una mujer —su mujer— embutida en un horrible traje de cuero y un hombre con tacones de punta, demostrando que la lencería femenina podía ser usada de forma repulsiva, le obligaron a tener una de las peores experiencias de su vida.

Aquel era un recuerdo que no podía ser sustituido, entre otras cosas, porque no existía una versión oficial paralela que pudiera suplantarlo. Como mucho podía actuar como si, en realidad, no hubiese sucedido, pero esa misma realidad resultaba ser demasiado efímera, pues el verdadero recuerdo poseía el poder de manifestarse con todo tipo de detalles. Eso era lo peor de algunos traumas, que se quedaban fijos en el cerebro y no había forma de borrarlos. Afortunadamente solo un par de personas conocían lo que había sucedido en aquella habitación un par de años atrás. Uno de ellos estaba muerto; de hecho, murió ante sus propias narices a pocos metros de distancia. Sin embargo, el otro protagonista de su terrible experiencia consiguió escapar gracias a la ayuda de su propia sobrina, Clarisa del Río y Villescas. La hija de su difunto hermano había sido otro testigo, aunque indirecto. Y pese a todo, también era la única culpable de la muerte de Horacio. Las razones de que hubiese decidido acabar con la vida de su propio padre no estaban muy claras. Sospechaba que debía haber alguna explicación aberrante de fondo, pero Sigfrido prefería no profundizar demasiado por miedo a descubrir que su hermano había sido un psicópata mucho mayor de lo que pensaba.

Dejando esta incómoda cuestión a un lado, lo cierto era que Sigfrido tenía sobrados argumentos para considerar a Clarisa como su principal enemiga. Para empezar, porque poseía el pendrive con las malditas fotografías, fotos en las cuales quedaba bien claro que no eran propias de la imagen de hombre intachable que el conjunto de la sociedad guardaba de él. Por tanto, podía chantajearlo en cualquier momento. Lo extraño era que, al igual que sucedía con su madre, tampoco sabía nada de su paradero. Desde lo sucedido en la finca familiar no había coincidido con ella en ninguna parte. Y esto tenía dos lecturas. La positiva era que no parecía tener ningún interés en ponerle a prueba, ahora que gozaba de una posición más fuerte. No obstante, conocía lo suficiente a su sobrina como para saber que no era el tipo de persona con la que pudiera relajarse. En eso había salido a su abuela, desde luego.

Así reflexionaba Sigfrido mientras se encontraba en el despacho principal de la sede de su partido. Sentado frente a su escritorio y con la mirada perdida en los oscuros rincones de su pasado más reciente, analizaba la situación desde el punto de vista de quien no tiene mayor preocupación que la de mantener sumergido en un profundo abismo todo aquello que pudiera amenazar su posición privilegiada. Contaba con la seguridad de estar convencido de que el dueño de aquellos tacones de aguja no volvería a aparecer en su vida, a menos que no quisiera mantener la suya a salvo. A pesar de haber estado cerca de quitárselo de en medio para siempre cuando logró dispararle en su pierna —y este fue un fallo del que siempre se lamentó, pues prefirió alargar su agonía antes de dispararle en la cabeza—, sabía que no se le ocurriría contarle nada a nadie. Él también había sido testigo de la muerte de su esposa y habría aprendido la lección. Por eso para Sigfrido no representaba una amenaza significativa. La verdadera amenaza la encontraba en su sobrina, quien podía aparecer en cualquier momento con el objetivo de presionarle con algún asunto a cambio de no hacer públicas las dichosas fotos. Y aunque era una posibilidad relativa, sobre todo por el tiempo que había transcurrido sin saber nada de ella, no podía eliminarla de su mente y pensar que no representaba ningún peligro. Nunca podría sentirse a salvo mientras aquel pendrive estuviera escondido en alguna parte lejos de él. Resultaba ser una amenaza silenciosa, pero constante.

De todos modos, de momento no podía hacer otra cosa que no fuera esperar a que todo siguiera el mismo cauce pacífico que había llevado hasta entonces. Era una especie de acuerdo entre ambos, un pacto de no agresión: si ninguno movía ficha, nadie tendría que lamentar nada. Y es que, según Sigfrido —y según cualquiera que llevara su apellido—, lo importante no era la tormenta, sino que cuando esta estallara pudiera contar con el mayor número posible de recursos hasta que lo peor hubiese pasado. Tenía la certeza absoluta de estar preparado, porque una cosa era sentirse amenazado y otra muy distinta era enfrentarse a dicha amenaza totalmente desprotegido.

—Disculpe, señor. El presidente de la patronal de empresarios acaba de llegar.

Quien hablaba era su secretaria, que acababa de entrar en el despacho para avisarle de la visita. Sigfrido la miró durante unos segundos en silencio hasta que logró situarse en el presente.

—Que espere —dijo al fin—. Dígale que estoy al teléfono.

Cuando volvió a encontrarse a solas, dejó escapar un suspiro y pensó en las responsabilidades que tenía que asumir ahora como líder del partido de la oposición. Reunirse con toda clase de buitres carroñeros, oportunistas de medio pelo y un nutrido grupo de hienas dispuestas a luchar por su simpatía para beneficiarse, en caso de que se convirtiera en el próximo presidente del Gobierno, formaba parte de su vida cotidiana; de hecho, era algo que había sucedido siempre. Su apellido traía consigo que los parásitos sociales se acercaran a su familia con la intención de continuar pareciendo gente importante que, en realidad, no servían para nada. Estaba acostumbrado a estrechar la mano a ese tipo de personas, lo que significaba que también estaba acostumbrado a tratar con ellos, y hacerles esperar siempre funcionaba. Se ponían nerviosos pensando que cuanto más tiempo transcurriera, menos relevantes resultaban, lo cual les situaba en una posición inferior, que era justo donde Sigfrido del Río y Villescas quería situar a todo aquel que quisiera negociar con él.

Tras unos minutos observando a través del cristal de la ventana, miró su reloj y vio que ya había hecho esperar suficiente a aquel cretino. Porque, si algo había aprendido desde que estaba metido en política, era que mostrarse ocupado equivalía a hacerle creer a todo el mundo que tener ases guardados en la manga no servía de nada ante quien contaba con tantas opciones.

—Mi querido Aresti —dijo Sigfrido mientras avanzaba para recibirlo—, no sabe cuánto lamento la demora, pero creo que nadie mejor que usted sabe lo que es tener que lidiar con estos mamones del Gobierno. Vamos, vamos, tome asiento. No hay tiempo que perder. ¿Le apetece tomar algo?

2

El inspector Serranillos también había aprendido algo en los últimos dos años. Dominar el arte del sueño había sido un proceso lento y laborioso, pero al final fue capaz de encarrilar una racha de diez horas diarias de plácido descanso sin que ningún ruido ajeno a sus propios ronquidos consiguiera interrumpirlo. Y lo mejor de todo era que lo había conseguido de una manera natural, sin ningún medicamento o tratamiento especial. Probablemente gran parte de su éxito recaía en el hecho de que el trabajo era más bien escaso. Los casos a resolver se habían reducido al mínimo y la mayor parte de las labores cotidianas consistían en investigar denuncias por hurtos o robos de poca importancia que, como no podía ser de otro modo, relegaba al buen hacer del agente Miranda, con quien, tras lo sucedido en la finca de los Del Río y Villescas, había establecido unos lazos de unión basados en el respeto mutuo. Un respeto que, curiosamente, se fue consolidando a medida que transcurría el tiempo. Ambos habían vivido experiencias similares dos años atrás, en concreto en el interior de la mansión de la poderosa familia. Hasta podría decirse que ambos también habían sufrido experiencias parecidas, por no decir idénticas. Aunque ninguno de los dos se había atrevido a hablar del asunto —dando por hecho que la investigación policial llevada a cabo por aquel entonces era lo suficientemente esclarecedora como para sacar algunas conclusiones que no era necesario contrastar, tanto para el agente Miranda como para el inspector Serranillos—, resultaba evidente que sus experiencias en la finca iban encaminadas a un hecho incuestionable. Por mucho que la lógica y el sentido común indicaran lo contrario, incluso que estuviera fuera de cualquier capacidad de razonamiento, ambos sabían de un modo categórico que habían sido narcotizados por, al menos, dos miembros de la familia Del Río y Villescas, con el único fin de satisfacer sus perversiones sexuales.

De la primera solo había quedado la evidencia científica tras los análisis de sangre y orina realizados al agente Miranda, pero las pruebas para demostrar los abusos contra el inspector Serranillos eran tan comprometedoras como visibles. Sus análisis también habían demostrado que fue narcotizado, pero la grabación de vídeo a todo color registrada por las cámaras de vigilancia de la mansión aclaraba tanto el cómo como el quién. Dicha grabación había sido archivada bajo petición expresa del nuevo director general de la Policía y fue utilizada para recordarle que no debía seguir investigando nada que estuviera relacionado con la familia, algo que para el inspector Serranillos había resultado ser un alivio al principio, aunque no un impedimento para continuar más tarde tras la pista de los desaparecidos.

No obstante, el silencio premeditado tras los sucesos ocurridos en la finca de los Del Río y Villescas trajo consigo un periodo de paz que al inspector le sirvió para intentar enterrar el pasado más reciente, con el objetivo de hacer desaparecer de su memoria episodios que podían considerarse como traumáticos. Después de todo, este solía ser el mecanismo psicológico más común en la mayor parte de las personas cuando se enfrentaban a las mismas experiencias turbadoras e inquietantes que él había tenido. Eran como horribles pesadillas capaces de generar heridas latentes imposibles de superar. Aunque en el caso del inspector hubiese sido más apropiado decir que vivió una especie de sueño placentero, convertido en pesadilla posteriormente al verse a sí mismo en las imágenes durmiendo como un lirón mientras le practicaban una de esas paradojas de la vida difíciles de explicar.

Sea como fuere, lo cierto era que el día a día del inspector Serranillos había mejorado de forma considerable. Para empezar, los ruidos de la urbanización en la que residía fueron disminuyendo en idéntica proporción a la frescura de sus peores recuerdos. A esto había que sumarle la magnífica noticia de la mudanza del vecino, cuyos perros y mala educación contribuyeron en un momento determinado a que tuviera que plantearse la posibilidad de tener que ser él quien se viese obligado a hacer las maletas. Afortunadamente los nuevos vecinos se comportaban de manera civilizada.

De modo que, si no tenía en cuenta el tema de las desapariciones en el entorno de la finca de los Del Río y Villescas durante más de una década o que nadie supiera dónde se encontraba la dueña de la misma, no parecía haber motivos para que algo alterara aquella etapa de armoniosa tranquilidad. Hasta los agentes Vidales y Maguregui estaban realizando bien su trabajo, pese a que este solo consistiera en patrullar por las calles de Fresnedillas del Álamo. Un pueblo que también había sido azotado por la desgracia, concretamente por las cornamentas enfurecidas de una ganadería de toros con fama de haber perdido su antigua bravura y que, a tenor de los hechos recogidos por los informativos de medio mundo, había resultado ser una fama completamente errónea. Por eso, los agentes habían sido destinados a este pueblo. Su misión, más que la de vigilar cualquier anomalía, era la de tranquilizar a la población con su presencia, asegurándose de mantener el orden en un pueblo cuyos habitantes aún seguían mostrándose reacios a salir a la calle, a no ser que fuera absolutamente necesario. Y es que el susto continuaba muy presente, así como los diversos regueros de sangre impregnados en los adoquines cercanos al ayuntamiento municipal. Este fue, de hecho, el principal motivo por el que el pueblo decidiera cancelar cualquier festejo en el que pudiera verse algún toro paseándose por sus calles. El miedo por lo sucedido era tal que ni siquiera estaban permitidas vaquillas sin cornamenta.

Para el inspector Serranillos, lo que sucedía en Fresnedillas del Álamo simbolizaba el sentir general de toda la comarca. La sensación de temor, inseguridad e inquietud se mezclaba con una esperanza cautelosa de recobrar la normalidad tras lo sucedido en la finca de los Del Río y Villescas. Y esto no dejaba de parecerle curioso, pues en cuanto pensaba en las decenas de personas desaparecidas en la zona durante años, llegaba a la conclusión de que a la gente le traía sin cuidado lo que pudiera suceder mientras no se convirtiera en un drama retransmitido a nivel nacional. Solo entonces era cuando se sentían amenazados, quizá porque empezaban a percibir que el sistema no lo tenía todo bajo control. Poco importaba que los ciudadanos supieran que existían cientos de miles de informes con sus respectivas investigaciones policiales, o que hubiese algo llamado «secretos de Estado», que contenían datos tan espeluznantes que, de hacerse públicos, nadie conseguiría pegar ojo en años —y de esto último el inspector tenía una larga experiencia—. Lo que importaba realmente era que toda esa porquería continuara metida bajo la alfombra para que todo el mundo pudiera vivir sin la presión constante de la amenaza.

El inspector Serranillos era consciente de que, básicamente y salvando algunos matices, la presencia de la policía servía para salvaguardar el orden y delimitar con una línea imaginaria que separaba la cordura de la desesperación más absoluta lo que suponía un riesgo para la estabilidad social. Y pese a ello, no dejaba de darle vueltas al asunto del que el nuevo director general de la Policía ya le había dejado bien claro que bajo ningún concepto debía investigar. Aquella era una lucha interna que a veces establecía consigo mismo, como cuando quieres dejar de pensar en algo concreto y lo único que consigues es tenerlo casi todo el tiempo rondando por la cabeza. Y él sabía mejor que nadie lo que sucedía cuando tratabas de esquivar los asuntos más delicados, que acababas corriendo el riesgo de convertirlos en obsesión. Tal vez por eso llevaba varios días conviviendo con esa mosca detrás de la oreja. El tipo de moscas mentales que al principio aparecen y desaparecen de forma aleatoria, pero que poco a poco le van ganando terreno a esa otra parte mucho más conservadora que trata de convencerte de que todo anda bien tal como está y que no es necesario complicarse la vida.

Pues bien, desde los hechos acaecidos en la finca de los Del Río y Villescas, el inspector Serranillos se había situado en el lado más acomodadizo y pragmático de la situación. Desde ese lado todo iba viento en popa. Había conseguido dormir como un bebé y hasta el trabajo se había reducido considerablemente; de hecho, bajo su punto de vista, era una reducción preocupante. A veces pensaba que el conjunto de la sociedad se estaba transformando y que los ciudadanos se habían vuelto, por fin, civilizados. Un pensamiento que desaparecía a los pocos segundos. Sabía de sobra que era cuestión de tiempo volver a tener que perseguir a todo tipo de delincuentes.

Y, aun así, a pesar del periodo de la tranquilidad por el que estaba pasando a nivel personal y profesional, el inspector continuaba escuchando el leve zumbido de una pequeña mosca en su cabeza. Era un zumbido casi imperceptible, pero lo suficientemente constante como para que de vez en cuando el inspector se viera a sí mismo tamborileando con los dedos sobre el escritorio o meciéndose sobre sus talones, mientras observaba pensativo a través del cristal de la ventana de su despacho.

Aquella era una de esas ocasiones en las que debía enfrentarse a su maldita conciencia. Fue un combate que se detuvo un instante, justo cuando una mujer pasaba por delante de su ventana empujando un carrito de bebé. Y esta sencilla escena le llevó a hacerse una breve reflexión. ¿Cuántas madres esperaban volver a pasear tranquilamente junto a sus hijos y cuántas familias continuaban esperanzadas en recibir alguna noticia de sus seres queridos, desaparecidos en la comarca durante años? Esta pregunta consiguió que todo su cuerpo se estremeciera y le obligó a cerrar los ojos para evitar seguir observando a la mujer que se alejaba por la calle. Después contuvo la respiración y apretó los labios con fuerza. Resultaba evidente que acababa de perder la batalla contra su conciencia.

—Mierda —dijo tras dejar escapar un prolongado suspiro.

3

No muy lejos de la comisaría del inspector Serranillos una chica acababa de sentarse en un rincón de un conocido local de comida rápida. No es que fueran sus favoritos, pero de vez en cuando resultaban útiles si no querías perder el tiempo en un lugar que te pillaba de paso. Había pedido un menú y se había sentado frente a un ventanal que le permitía observar tanto su moto, aparcada en el parking del establecimiento, como el vaivén de gente en el interior. Aunque se sentía algo incómoda al estar rodeada de tanto movimiento, pues se había vuelto bastante antisocial, se consolaba pensando que solo serían un par de minutos. No le gustaba nada eso de estar rodeada de desconocidos. Por eso, de vez en cuando lanzaba miradas de desagrado a quienes estaban sentados cerca de ella. A su derecha había una pareja que parecía discutir sobre la estabilidad de su relación, la cual, según pudo distinguir cuando levantaban el tono de voz, no pasaba por su mejor momento. Justo en frente tenía a otra pareja con dos niños a su cargo que no dejaban de hacer ruido. Odiaba a los niños. No era que tuviera animadversión hacia ellos por ser niños, sino por lo que representaban. Se pasaban el día intentando llamar la atención, no dejaban de chillar y se comportaban de una forma estúpida. Y el hecho de verlos jugar con esos horribles muñecos que les regalaban en agradecimiento por comprar la comida basura que estaban engullendo no ayudaba nada a mejorar la opinión que tenía de los niños en general y de los que tenía delante en particular.

Por otra parte, también se fijó en un grupo de universitarios que no paraban de quejarse a la empleada del local por lo mucho que estaban tardando en servirles lo que habían pedido. Lo peor de todo era ver el modo en el que lo estaban haciendo. Uno de ellos se le quedó mirando y ella, tras beberse un trago de su refresco, le guiñó un ojo mientras le sonreía. Cuando el chaval le devolvió la sonrisa, creyendo que había logrado llamar la atención de una chica tan atractiva, recibió a cambio la visión de un puño levantado con sutileza y el dedo corazón sobresaliendo por encima del resto. Un gesto que le hizo ponerse serio de pronto y girarse para disimular. A ella le parecían los típicos niñatos pijos acostumbrados a hacer lo que les diera la gana, porque nadie había tenido el valor de darles un buen guantazo en la cara para quitarles sus aires de grandeza. Pero lo que menos le gustaba era contemplar la actitud cobarde del vigilante de seguridad, incapaz de cumplir con su trabajo y, sobre todo, de comprender el significado de la palabra compañerismo. Estuvo a punto de levantarse y dirigirse hacia él para decirle que dejara de sujetarse el cinturón como si fuese un vaquero del salvaje Oeste y borrara la cara de interesante de su rostro. Pero decidió ignorarlo, porque el asunto no iba con ella. Otra cosa hubiese sido de haber estado en la posición de la trabajadora del local, a la cual veía cada vez más agobiada. Sintió pena por ella. Le faltaba carácter y no parecía que nadie la hubiera enseñado hacerse respetar.

En su conjunto, todo lo que estaba sucediendo a su alrededor le parecía patético. El ejemplo más claro de una decadencia social en pleno apogeo, donde a las nuevas generaciones se les enseñaba a comportase como idiotas descerebrados y faltos de un mínimo de educación, y ante la cual los adultos estaban demostrando una indiferencia e irresponsabilidad más que preocupante. A nivel general, resultaba un futuro poco halagüeño.

En cualquier caso, ese no era un problema para ella en aquel momento. Apenas llevaba quince minutos comiendo y ya tenía ganas de salir de allí cuanto antes. El contacto prolongado con más personas le resultaba tan incómodo como innecesario. Sin embargo, cuando iba a llevarse una patata a la boca, tuvo que detenerse y dejarla a unos centímetros de sus labios. La discusión que estaba manteniendo la pareja a su derecha había ido en aumento.

—A lo mejor si no fueses por ahí zorreando con tu amiguita y hubieses estado más pendiente del puto móvil, no tendría que haberte llamado tanto.

—Estábamos en el cine. Ya te he dicho que lo siento, joder.

—¡Qué lo siento ni qué pollas! Me lo tendrías que hacer dicho. Me dices: «Oye, que me voy con mi amiga al cine», y asunto resuelto. Pero no, primero tu ombligo y después los demás.

—Sabes que no es así. Y baja la voz, joder.

—¡Pues me avisas!

—Surgió en ese momento, hostias. ¿Te aviso también cuando vaya a mear? ¿Eso quieres?

—No te pases de lista conmigo, ¿eh? ¡No te pases!

Acto seguido, él se acercó a ella, le dijo algo al oído, se levantó y salió del local hecho una furia. Durante unos segundos la chica no supo cómo reaccionar, pero después lo hizo de la única manera que suelen hacer las personas sensibles cuando sienten que han sufrido una agresión verbal. Se echó a llorar desconsoladamente.

Al verla en aquel estado, su primer pensamiento fue el de ignorarla. Supuso que era una de esas chicas acobardadas por la sociedad machista en la que vivían. Una de tantas que se venían abajo en cuanto el macho alfa de turno se crece y ve la oportunidad de avasallar a quien considera que es inferior a él. Había conocido a unas cuantas en su breve paso por la universidad. Mujeres aparentemente fuertes e independientes que se convertían en muñecas de trapo cuando comenzaban relaciones amorosas sin tener ni puta idea de lo que era sentirse fuertes. Se dejaban arrastrar a las primeras de cambio y se olvidaban de su dignidad personal con tal de que sus machos protectores no las abandonasen. A veces no sabía si las detestaba más a ellas o los propios comportamientos patriarcales.

Aun así, entre patata y patata, no pudo evitar volver a mirarla. Continuaba llorando como una magdalena y sentía curiosidad por saber lo que su novio le había dicho antes de irse. Esto la llevó a levantarse, recoger la bandeja y depositar los restos de la misma en unos recipientes cercanos. Luego observó el exterior, donde vio al macho alfa de turno apoyándose en el coche mientras se fumaba un cigarro.

Acababa de tener una idea.

—¿Cuánto tiempo lleváis juntos? —le preguntó a la chica cuando se sentó en una silla frente a ella.

Esta dudó un instante.

—Unos… tres años —respondió un tanto confusa tras sonarse la nariz.

Normalmente la gente no se acercaba a los desconocidos en aquel tipo de situaciones para mantener una conversación. Quizá fue ese el motivo por el que hizo un amago de levantarse.

—Lo siento, pero creo que debo irme…

—Vuelve a sentarte —dijo la mujer que tenía delante en un tono autoritario.

La chica volvió a tomar asiento, aunque no muy convencida. Parecía estar acostumbrada a que le hablasen de aquella forma, porque, tras sentarse, se cruzó de brazos y dejó caer los hombros en una clara señal de sumisión.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó, esta vez procurando resultar más amable.

—Azucena. ¿Y tú?

—¿Qué te ha dicho ese mierdas al oído? —repuso ella, evitando responder a su pregunta.

—No… no es un mierdas. Es solo que…

—No, Azucena, no —la interrumpió mientras negaba lentamente con la cabeza—. No intentes justificarlo. Es un mierdas, un gran mierdas; de hecho, existen en el campo mierdas menos grandes que ese tipo. Y ahora dime, ¿qué te ha dicho al oído antes?

—Pues que… —Y antes de terminar la frase, volvió a echarse a llorar. Luego trató de calmarse cogiendo aire y añadió—: Pues que ya no soy su novedad y que, si no fuera por lo buena que estoy, me habría dejado hace mucho tiempo.

Azucena vio entonces como la chica de ojos claros y cazadora de cuero roquera que tenía ante sí asentía con la cabeza sin dejar de observarla mientras masticaba una patata que había cogido de su bandeja. También pudo observar que llevaba un tatuaje sobre el pulgar de su mano derecha. Le recordó a alguna letra del alfabeto chino, aunque no se atrevió a preguntarle. Tenía algo que conseguía que se sintiera muy pequeña.

—Es la runa de la resistencia —la escuchó decir de pronto, antes de extender su mano sobre la mesa para que la viera mejor—. La llaman stamina. Simboliza la energía vital o el coraje en el combate. Y a ti no te vendría nada mal, por cierto.

Ambas guardaron un instante de silencio y se miraron fijamente.

—¿Y te paga?

Azucena volvió a quedarse sin saber qué decir.

—¿Cómo dices?

—Te lo preguntaré de otro modo a ver si así lo entiendes mejor. ¿Te paga por ser su puta?

—Yo no soy ninguna puta —dijo ofendida Azucena cuando se repuso del desconcierto que le había provocado la pregunta—. Si te refieres a lo de…

—¿Zorrear con tu amiga? Sí. Yo también pienso que zorreas con tu amiga. Y si además ese capullo te dice eso al oído, será porque eres una puta y no una Premio Nobel, ¿no te parece? Al menos, dile que te pague un sueldo por serlo. No sé, no te ofendas, pero después de tres años de relación es lo menos que podría hacer. Sería todo un detalle por su parte y, además, podría decirte que eres una puta con toda la razón del mundo. PUTA en mayúsculas. Una puta como Dios manda, vaya. Mujer, no pongas esa cara de asombro. ¿Es que no te das cuenta de que entre tú y una puta y tu novio y un proxeneta no hay gran diferencia? Bueno, salvo que a ti no te paga por echarte un polvo y que, me imagino, a él tampoco le entusiasmará que te folles a otros. Eso sí que sería el colmo de la desfachatez, ¿eh? Se supone que es un machote alfa y te quiere sólo para él, como si fueras una maldita muñeca hinchable.

Esta última frase la pronunció sin dejar de sonreír. Era una de esas sonrisas sarcásticas que dejan helado a quien la contempla, como acababa de suceder con Azucena, quien no esperaba aquel torrente de ataques contra ella. Por eso, prefirió pensar que estaba sentada frente a una chalada.

—En fin, cariño —la escuchó decir mientras la veía ponerse en pie—, tú verás lo que haces. Pero, si me permites el consejo, yo en tu lugar tomaría una decisión lo antes posible. O le pides a tu macho alfa que te pague o mandas a ese mierdas a tomar por culo. Lo que estás haciendo ahora es de niñatas estúpidas y sin personalidad.

Azucena no se atrevió a abrir la boca. Solo observó que la chica se despidió de ella con un saludo militar y salió del local. Continuó siguiéndola con la mirada cuando atravesó el parking y se subió a una moto tan oscura como la indumentaria que llevaba puesta. Segundos más tarde, lejos ya del alcance de su vista, se preguntó si lo que acababa de suceder había sido producto de su imaginación. Al menos, una cosa si parecía haberle quedado clara desde aquel momento: ni era una puta ni dejaría que la trataran como si lo fuera.

4

Alipio Sonseca no quería tampoco que lo trataran como a un cualquiera, aunque en su caso resultaba más acertado decir como a un policía del montón. Llevaba ya más de una década al frente de un cargo de enorme responsabilidad, como era el de ser jefe de policía, y acababa de ser ascendido a director general, el máximo cargo policial posible. Ahora tenía una mayor exigencia, mayor poder si cabía y, sobre todo, un considerable aumento de sueldo y condecoraciones. Conseguir algo así no estaba al alcance de cualquiera. Muchas veces solía repetírselo a sí mismo para recordárselo, ya que, al parecer, todo el mundo a su alrededor no lo tenía muy presente.

En ese momento se encontraba en su despacho repasando las fotos colgadas en la pared a modo de trofeos. Fotos junto a los peces gordos más importantes a todos los niveles, desde el rey a varios presidentes del Gobierno, pasando por un buen número de ministros y un puñado de artistas de talla mundial. Era curioso cómo siendo la misma persona de meses atrás nadie le había hecho el más mínimo caso. En cambio, ahora, tras ocupar el despacho del director general de la Policía, hasta él parecía más importante que los demás. Y en aquellas fotos quedaba bien reflejado. Sabía que lo realmente importante a la hora de alcanzar grandes logros profesionales era el currículum. Pero el currículum vitae, y el suyo era impecable desde su paso por la universidad, no solía mostrarse enmarcado en los despachos. Así que el único modo de impresionar a los visitantes era disponer de una amplia gama de fotos desplegadas por toda la habitación, con el objetivo de crear un halo de respetabilidad en torno a su persona.

Sin embargo, pese a que contaba con medio centenar de imágenes, algunas incluso en blanco y negro para resaltar los contrastes y forzar la atención en los rostros, no había conseguido aún que nadie se sorprendiera al visionarlas o le felicitara por contar con admiradores tan importantes. Porque, al contrario de lo que pudiera parecer, no era él quien admiraba al conjunto de personalidades relevantes que le acompañaban en las fotos. Alipio Sonseca mantenía la absoluta certeza de que, en realidad, eran ellos quienes querían tener un recuerdo junto al nuevo y no menos prestigioso director general de la Policía. No en vano, su eficaz intervención en los hechos ocurridos en la finca de los Del Río y Villescas le había granjeado las alabanzas de los políticos y los aplausos de no pocos empresarios. Por eso era obligatorio sentirse orgulloso de sus logros.

Aún recordaba los años en los que creía que iba a pasarse toda la vida dirigiendo el tráfico, sin mayor aspiración que la de poner alguna que otra multa. Por fortuna todo cambió el día en que le propusieron asignarlo a una comarca manchega donde andaban escasos de efectivos policiales. Este oportuno traslado supuso una mejora profesional, y en particular desde que descubrió que comerse los marrones de los demás le ayudaba a ganarse las simpatías de sus superiores. Hasta ese momento él había pensado que eso de asumir responsabilidades era una forma digna de admitir errores, lo que solo podía conducir a obtener una imagen de incompetencia absoluta en el ámbito laboral. Algo así solo podía estar reservado a los más torpes. No obstante, dicha perspectiva se transformó en darse cuenta de que cuanto mayores eran los errores de los demás que él asumía como propios, mayor era el número de agradecimientos por parte de sus compañeros, más amistades conseguía y más facilidad tenía a la hora de ascender en el Cuerpo Nacional de Policía.

Mientras paseaba la vista yendo de foto en foto, vanagloriándose de los logros obtenidos, una media sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios. Su mirada se detuvo entonces en una imagen que no recordaba y, sin embargo, estaba allí, tan presente como todas las demás. Alipio Sonseca se acercó un poco más a la foto y hasta llegó a descolgarla de la pared para observarla detenidamente. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde entonces? ¿Cinco años? Seis como mucho. Por aquel entonces él tenía algo más de pelo, y su acompañante en la foto llevaba puestas unas gafas de pasta gruesa que acentuaban aún más su natural sobrepeso. Sí, aquel cabronazo era Horacio del Río y Villescas, el antiguo director de un importante periódico que, tras su muerte, estaba pasando por un momento complicado para lograr reflotar el prestigio perdido. Había sido un tipo influyente, como el resto de sus familiares. Un pez gordo en toda regla, y nunca mejor dicho, al verlo con una chaqueta americana que nunca se abrochaba para no parecer un cetáceo trajeado.

Su muerte, aunque inesperada por la forma en la que sucedió, le estuvo bien merecida. Sabía que tarde o temprano alguien decidiría quitárselo de en medio. Lo que nadie podía imaginar, ni tan siquiera sospechar, era que sería su propia hija la que se encargaría de hacerlo. A saber qué podía haber sucedido entre ambos para que la cosa acabara desembocando en un final como el que Horacio tuvo. El director general de la Policía nunca tuvo la más mínima intención de conocer los motivos que había tras su violenta muerte. Por lo que a él respectaba, lo que sucedía dentro de la familia Del Río y Villescas se quedaba dentro de la familia Del Río y Villescas. Era una máxima aceptada por los distintos cuerpos de seguridad del Estado y hasta por el Estado mismo. Y desde luego él no tenía ninguna intención de querer cambiar eso; de hecho, jamás se le había pasado por la mente, ni siquiera cuando el coche en el que viajaba Horacio explotó ante sus ojos después de haber recibido un certero disparo en la cabeza. Estaba claro que en aquella familia no se andaban con tonterías.

Desde aquel día habían quedado dos cosas claras. La primera era que Clarisa del Río y Villescas tenía una puntería fuera de lo común, no solo en una mujer civil, sino en cualquiera que hubiese recibido una formación profesional dentro del Cuerpo Nacional de Policía. Y la segunda era que desde ese momento nadie en su sano juicio podía atreverse a enfrentarse a un miembro de aquella familia si no quería jugarse el pescuezo. En su caso, la decisión era más que evidente, sobre todo cada vez que recordaba lo que había sucedido años atrás en la finca, y en especial la habilidad que había demostrado tener la madre de Horacio en sujetar un lanzacohetes, cargarlo y disparar con sorprendente soltura para acertar en un blanco en movimiento con forma de helicóptero de un canal de televisión que se acercó imprudentemente a la mansión. Aquello había sido un hito histórico, un hecho único en el contexto de la criminalidad y un aviso a navegantes para quienes hubieran olvidado el verdadero significado de la propiedad privada. Por eso, cada vez que oía mencionar su nombre acompañado de sus apellidos en una frase que no terminara en «fue arrestada y conducida a la silla eléctrica», prefería no querer saber nada del asunto. Y era evidente que ninguna de las dos cosas iba a suceder nunca. Los tentáculos de aquella familia no tenían límites, y para colmo unos días atrás había visto al menor de sus hijos siendo presentado como candidato a la presidencia del Gobierno. El único consuelo era que, al menos, Sigfrido le caía algo mejor que su difunto hermano. Por no mencionar el hecho de que, al parecer, desconocía ciertos aspectos personales relativos a sus particulares preferencias sexuales con animales de compañía.

Tenía que reconocer que Horacio había sido todo un maestro en el arte del espionaje informativo, y no digamos ya en el arte de chantajear, coaccionar o extorsionar con fines particulares a todo aquel que entorpeciera sus intereses personales o los de su familia. Él lo sabía mejor que nadie. Por eso, conocía una larga lista de nombres relevantes que tampoco querían saber nada de abrir investigaciones que tuvieran que ver con los Del Río y Villescas. Había cosas que era mejor que nadie supiera, cosas que podían existir sin problemas mientras no hubiese ningún foco apuntando hacia ellas. Y es que la mente humana trabaja a veces con un sentido paradójico de la realidad. Algo puede ser vergonzoso, perverso o aberrante en función de si es hecho público o no. Alipio Sonseca conocía muchos casos en los que un personaje importante, al ser descubierto en algún asunto turbio, salía sonrojado a pedir disculpas, tratando de convencer a la sociedad de que había sido un error y que lo que quisiera que hubiese hecho no volvería a suceder. Cuando todo el mundo sabía que, de no haber sido pillado con las manos en la masa, lo habría repetido una y otra vez hasta hartarse. La vergüenza siempre aparece en el momento que lo sabe alguien que no debe, nunca antes de cometer el acto en sí.

De modo que, en su caso, cuanto menos se agitara el manzano, menos manzanas caerían. Era una cuestión de lógica. Pero esto que parecía algo tan sencillo de entender no entraba en la cabeza del inspector Serranillos, empeñado en continuar metiendo las narices donde no debía al intentar seguir tirando del hilo con el tema de unas extrañas desapariciones en torno a la finca de los Del Río y Villescas. El director general de la Policía era partidario de abrir investigaciones, por supuesto, todas las que fuesen necesarias para perseguir la delincuencia, salvo aquellas que se dirigieran en la dirección equivocada. Así que no tuvo más remedio que usar con el inspector la misma estrategia disuasoria que Horacio y su familia habían empleado contra él, pese a que en su caso era una tarea mucho más sencilla, pues hasta se compadecía de la experiencia que tuvo que sufrir años atrás en la mansión, al cometer el error de tomarse un café de una máquina expendedora que previamente había sido manipulada por la dueña de la finca con la intención de narcotizar a quienes probasen sus bebidas. Sin duda, una prueba más de que había que tener las máximas precauciones con ellos si no querías acabar perdiendo la cordura.

En cualquier caso, con la tranquilidad de saber que Horacio del Río y Villescas se había ido al otro barrio —y Alipio Sonseca no tenía dudas de que estaría ardiendo en el infierno—, podía sentirse a salvo de que nadie aparecería con la intención de tratar de chantajearlo bajo la amenaza de hacer público algo que nadie tenía por qué conocer. Y con esta confianza, el nuevo y orgulloso director general de la Policía quitó la foto del marco y la rompió en pedazos muy pequeños. Luego la tiró a la papelera, se sentó en el sillón de su despacho, sacó una caja de habanos que guardaba en uno de los cajones, se acomodó poniendo los pies sobre la mesa y, sonriendo, encendió un puro a la salud de aquel hijo de perra que jamás volvería a molestarle.

5

Los agentes Vidales y Maguregui también habían decidido hacer un alto en sus tareas de patrullaje para fumarse un cigarrillo. El primero llevaba varias semanas sin afeitarse y su aspecto físico en general mostraba a un hombre un tanto descuidado. En cuanto a su compañero, había decidido ponerse a dieta después de que lo vivido en la finca de los Del Río y Villescas le hubiese hecho engordar más de quince kilos, por culpa de la ansiedad provocada desde aquel día y que sólo pudo mitigar engullendo comida de un modo descontrolado. Y no es que el agente Vidales se hubiese recuperado por completo de lo que implicó aquella investigación policial en torno a una familia que, en su opinión, no solo habrían tenido que haber arrestado, sino que, además, deberían haberles prendido fuego posteriormente, tanto a ellos como a todo lo que estuviese relacionado con ellos: finca, mansión y centro social para mayores incluidos, principalmente este último; de hecho, no en pocas ocasiones había soñado despierto con la posibilidad de hacerlo él mismo por su propia cuenta y riesgo. Aún seguía sin comprender cómo era posible que ese lugar continuara abierto. Como si allí dentro no hubiese razones suficientes para derribar el edificio entero, junto al mayor número posible de ancianos depravados enterrados bajo los escombros.

Ambos policías se encontraban apoyados sobre el capó del coche patrulla a las afueras de Fresnedillas del Álamo. Fumaban en silencio mientras observaban el amplio terreno de sembrados que había a su alrededor. Entre ellos existía una especie de pacto silencioso que consistía en no mencionar nunca ciertos hechos del pasado que los dos consideraban superados, al menos desde el punto de vista de la apariencia externa. No obstante, también sabían que algunas vivencias eran imposibles de olvidar. Podrías pasarte la vida haciendo cosas que te mantuvieran distraído, pero en el fondo esos recuerdos continuaban estando ocultos en la sombra, como un tigre camuflado entre el espeso follaje de la selva.

—Me pregunto por qué no construyen todas las carreteras así —reflexionó de pronto el agente Maguregui, rompiendo la armoniosa tranquilidad del momento.

—¿De qué hablas ahora? —preguntó el agente Vidales, molesto por tener que escuchar una de sus particulares preocupaciones.

—Digo que por qué no construyen…

—Sí, eso lo he oído.

—¿Entonces para qué preguntas? O sea, me haces repetírtelo y resulta que lo has escuchado. No entiendo a esa gente a la que le cuentas algo, hacen como que no han oído nada y te piden que se lo repitas, cuando resulta que te han escuchado a la primera. Qué pretendéis, ¿ganar tiempo para ver si se os ocurre alguna genialidad que responder?

—A ver, pedazo de animal, me refería a que no entiendo a qué viene esa pregunta.

El agente Maguregui miró pensativo a su compañero durante unos segundos.

—En ese caso no digas «¿qué dices ahora?», di más bien «no entiendo qué quieres decir». Prefieres fingir que no me has escuchado antes de hacerme creer que no lo has entendido.

A continuación, hizo un gesto negativo con la cabeza y dejó escapar un suspiro. Había cosas que lo sacaban de quicio, y esa era una de ellas.

—¿Ya? —dijo el agente Vidales.

—¿Ya qué?

—¿Me vas a explicar a qué ha venido lo de las carreteras o prefieres que comencemos un debate sobre la retórica en el lenguaje castellano y su puta madre?

—Joder, tío, ¿no lo ves? —comentó el agente Maguregui, señalando hacia el horizonte—. Me refería a estas interminables rectas. Me preguntaba si no podían establecerse unos criterios unificados de construcción vial basados en las rectas como principal opción a la hora de levantar carreteras. Ya sabes, todas en línea recta hasta llegar a los destinos, aunque tuviesen que construir cientos de puentes y atravesar con decenas de túneles las montañas y colinas que se encontraran en los itinerarios, ¿no te parece?

Esta vez fue el agente Vidales quien guardó silencio. Tenía que ganar tiempo para demostrar que sus reflexiones eran más agudas que las de su compañero. Ya no le servía volver a repetir el truco de hacerse el sordo.

—Hombre, supongo que eso tiene que ver con la geología o los ingenieros de caminos —acabó diciendo—. Trazar rectas puede hacerlo cualquiera.

—¿Quieres decir que no se hacen más rectas por culpa de esa gente? —preguntó el agente Maguregui con cierta curiosidad.

El agente Vidales puso entonces cara de interesante.

—No, hombre. También tendrá que ver con las propiedades privadas o con las condiciones del terreno. No creo que a ti te hiciera ninguna gracia que un día te despertaras y te encontrases una jodida autovía justo frente a tu puerta. Dos carriles por sentido. Imagínate.

—Pues yo sí lo he visto en algunos lugares, fíjate tú por dónde. Y hasta vías de tren.

—Eso es porque en esos sitios no vive gente importante. Te lo aseguro.