7 días con Xukla - Antonio Sanz - E-Book

7 días con Xukla E-Book

Antonio Sanz

0,0

Beschreibung

 Tito piensa que son muchas cosas las que uno puede aprender de su perro, pero nunca sospechó que ese aprendizaje pudiera cambiar su vida  7 días con Xukla  trata de un viaje, un proceso de transformación, una enseñanza que se desvela a través de una larga conversación y donde se traza  un mapa del desarrollo personal al alcance de cualquier persona  que desee trabajar sobre sí misma. Trabajar sobre ti mismo es dejar de esperar a que las circunstancias cambien y tomar las riendas de tu vida independientemente de cómo sean estas circunstancias. Es comenzar a ver una oportunidad de crecimiento donde antes veías un problema. Es entender que la felicidad no es la ausencia de conflictos, sino la habilidad para gestionarlos. En definitiva, esta narración trata de  aprender a vivir con menos drama, menos sufrimiento y una mayor plenitud, conexión y calidad de vida. Antonio Sanz acompaña en sesiones individuales y grupos, en su proceso de crecimiento personal.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 397

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Autor: Antonio Sanz

© Título original: 7 días con Xukla

@into-mindfulness

https://into-mindfulness.com

© Maquetación y diseño: LoQueNoExiste

© Fotografía autor: Ángel López Soto

ISBN: 9798839962842

eISBN: 9788412554830

Reservados todos los derechos

A Eliana y Eco

7 DÍAS CON XUKLA

Antonio Sanz

ÍNDICE

TITO

XUKLA, EL PODER DEL DESEO

DÍA 1.- LA IMPORTANCIA PERSONAL

DÍA 2.- NO-SEPARACIÓN

DÍA 3.- AMANECER. LA VIDA ES UNA PROYECCIÓN

DÍA 3.- ATARDECER. HABLA CORRECTA

DÍA 4.- AMANECER. MEDITACIÓN

DÍA 4.- ATARDECER. LO QUE TE ENSEÑA TU PERRO

DÍA 5.- AMANECER. LA LEY DEL ESPEJO

DÍA 6.- ATARDECER. GRETA

DÍA 7.- MADRUGADA. RAMOS

DÍA 7.- MEDIODÍA. CRISTINA

DÍA 7.- OCASO. XUKLA

RENACER. MI VIDA SIN XUKLA

NOTA FINAL

Si no cambias de rumbo,llegarás a donde te dirigesLao-Tsé

TITO

–Xukla, dame esa pelota –dije seriamente a mi perra.

En realidad, el mensaje es para el dueño de la bola de tenis, para que sepa que estoy de su lado, porque Xukla, me temo que no la va a devolver. El pobre tipo, que hace un minuto jugaba felizmente a la pelota con su perrito, comienza a sospecharlo, pero yo lo sé, mientras Xukla me mira con la pelota agarrada por un lado de la boca, moviendo el rabo. No puedo menos que reírme, tiene un aspecto de lo más parecido a uno de los muñecos de los Muppets. Ella nunca ha entendido la dinámica de este juego de perros. Piensa que lo más divertido es que yo corra detrás de ella para arrebatársela, en vez de que sea ella quien deba correr tras la pelota. Bueno, cada uno es como es y, como sé que no me la va a dar, solo me queda sentarme en un banco a esperar que se canse de mi indiferencia y la suelte. Entretanto, la mordisquea vigilándome de reojo por si se me ocurre ir a quitársela.

Sentado en este parque, la observo y después de cinco años que lleva conmigo, me sigue haciendo la misma gracia. Xukla es una Gos d’Atura, una bola de pelo que esconde una perra en su interior de la que solo asoman a duras penas sus ojos marrones y una trufilla negra con la que olfatea y explora el mundo. Xukla tiene miedo a los truenos, los petardos y el sonido que hacen las bolsas de basura cuando las sacudes para desplegarlas. Cuando esto sucede, busca refugio debajo de las mesas, de las camas o en los lugares más recónditos de la casa, donde permanece escondida esperando que pase la repentina y arbitraria furia de los dioses y el cielo no se desplome sobre nuestras cabezas.

Iba a decir que lo nuestro fue amor a primera vista, pero no, no fue así. En realidad, Xukla me eligió a mí, y yo no pude menos que aceptarla. Son los perros los que nos eligen y no al revés, como pretendemos creer.

Xukla y yo nos conocimos en casa de mi amigo Carlos, cuya perra había tenido cachorros y llevaba dos meses desesperado, sin saber qué hacer con tanto perro. Yo había acudido a ver a Carlos por otro motivo y, por supuesto, ni se me había pasado por la imaginación llevarme un perro de vuelta a casa. Ir a ver la camada era parte obligada de la visita. La perra madre, completamente exhausta, dormía en un lugar aparte y los ocho cachorros permanecían en una habitación cercada para ellos. Unos dormitaban, otros exploraban torpemente el entorno tropezando y cayendo al suelo de una forma muy cómica y, ya que estaban de nuevo en el suelo, por qué no echarse una siestecita…

Nos partíamos de risa mirándolos. Pasamos un buen rato comentando sus reacciones y la conducta de algunos de ellos, sin poder evitar hacer divertidas comparaciones con algunos conocidos en común, creo que les pusimos nombres a todos. En eso estábamos, cuando una de las cachorritas se acercó al borde del cercado. Me miraba y trataba de saltarlo, en un repentino empeño de llegar hasta mí. Finalmente se quedó de pie, apoyando sus patas delanteras en el borde de la valla, oliscándome y moviendo el rabo.

–Creo que has ligado, Tito –me dijo Carlos.

–Bueno, ya sabes que soy irresistible –respondí cogiendo a la cachorrita.

Era muy delicada y tenía una cara encantadora. La acuné durante un instante entre mis brazos y se quedó inmediatamente muy quieta, creo que dormida. Permanecimos así un buen rato, con mi mano sobre ella, al tiempo que seguíamos con nuestras bromas.

–¿Por qué no te la quedas? –preguntó de improviso Carlos, sin poder ocultar una cierta expectación.

–¡Buff! Quita, quita –respondí–. Apenas soy responsable de mí mismo, como para ocuparme de alguien más –añadí, dejando a la cachorra en su pequeño mundo.

Ella comenzó a llorar y volvió a buscarme, levantándose de nuevo sobre la valla mientras Carlos y yo nos dirigimos al salón a tomar un café.

Diez minutos más tarde, no sabemos cómo, apareció la perrita muy resuelta por el salón. Me buscó, se puso entre mis pies y allí se quedó tumbada.

–Te lo pueden decir más alto, pero no más claro –dijo Carlos, señalándola con la barbilla–. Cuando una hembra te elige, me temo que ya no puedes hacer nada, ya sabes, es una señal del destino.

Las palabras “señal del destino” me ponen alerta de inmediato, resuenan en mí de un modo poderoso, supersticioso, casi reverente. La vida me desconcierta, se hace en orden a un plan trazado que desconocemos, así que trato de indagar atento a los signos, esperando que Dios, o el destino, o quien quiera que sea el que mueve los hilos, me dé alguna señal, alguna pista. Miré de nuevo a la cachorrita y pensé que quizá debería hacer caso a lo que la vida me estaba diciendo. Sin embargo, era una decisión de mucha responsabilidad que no me atrevía a tomar. Decidí que cuando me levantara, si me seguía hasta la puerta, de acuerdo, esa sería la señal. De esa manera, fue como Xukla me eligió y se vino conmigo aquella noche. Durante el trayecto a casa, estuve barajando argumentos con los que intentaría convencer a Cristina, mi pareja, de que ya teníamos un perro, un paso enorme en el proceso de fundar una familia.

Aquello sucedió hace cinco años, otros tiempos, desde luego mejores para mi relación de pareja, que en aquel entonces gozaba de una estupenda salud. Las cosas han cambiado desde aquella época. Todo lo que tiene un principio, tiene un fin, dice un viejo adagio, y no sé si es eso lo que ahora estamos transitando Cristina y yo. Si me preguntaran, “¿cuál es el problema?”, no sabría exactamente qué responder. Hay algo en el fondo de nuestro corazón que te dice que la cosa se está torciendo, es como una conciencia sorda, sutil, insistente. Hay algo que está carcomiendo, trabajando desde dentro, en la oscuridad. No sabes qué es exactamente, quizá una suerte de incomunicación, mezclada con unos gramos de hastío y una cucharadita de hartazgo. No sé. No hace falta que te lo digan, pero sabes que la cosa no va bien.

Quizá el problema no sea una sola cosa, sino un cúmulo de muchas muy pequeñas que van poco a poco reduciendo el diámetro de la arteria, hasta que un buen día, sucede el infarto. Desde luego, la falta de compromiso de Cristina no ha ayudado a la relación. Su deseo de mantenerse libre de ataduras, de evitar la palabra novios, el no querer oficializar nuestra situación de cara a nuestras familias… siempre me produjo la sensación de que en cualquier momento podía largarse por la puerta. Y eso me genera desconfianza, no en ella, sino en nuestra relación. Ser conscientes de que hoy hemos superado la semana juntos, pero no sabemos qué puede pasar la que viene, no ayuda a generar estabilidad.

Entiendo que la realidad es así, y si algo nos ha enseñado la pandemia es la incertidumbre, pero uno necesita, en un momento concreto, expresar dónde deposita su confianza. Pronunciar eso de “hasta que la muerte nos separe”, es algo que miramos con prudencia, por no decir, con escepticismo, pues uno nunca sabe, pero el valor que tiene esa afirmación, es ese preciso y concreto instante. Quiero decir, que a pesar de que sabemos que la vida es larga y da muchas vueltas, emplear esas palabras significa que mi confianza y mi entrega en esta relación es total. “Hasta que la muerte nos separe” no habla en absoluto del futuro, es una declaración que se hace en el presente. Por eso es justo y necesario que esa fórmula o cualquier otra de similar calado, sea pronunciada para abrir el corazón al otro sin ningún miedo. O al menos, yo lo veo así.

Cristina es ocho años más joven que yo, lo que nos posiciona en circunstancias vitales diferentes, y esto acaba por manifestarse de una u otra forma. En cosas sencillas, como en la más simple cotidianeidad como por ejemplo que después de las 21:00h no tengo nada que gestionar fuera de casa, salvo alguna cena inesquivable. Por el contrario, Cristina, aún siente ganas de salir a cualquier hora y volver cuando ya se pueden escuchar a los pajaritos. También se nota en cosas más vitales como la paternidad. Yo rozo una edad en la que, en vez de hijos, voy a tener nietos directamente, así que creo que debería darme prisa. Ella, en cambio, todavía no ha escuchado el tic tac del reloj biológico y, bueno, ahí andamos.

Si pienso en Cristina, lo que veo son sus ojos, una chispa vital que hay en ellos que capta mi atención y no consigo dejar de mirarlos. Trato de asomarme, de entender qué es ese fuego interno que aflora a sus pupilas y está más allá de lo racional, quizá más allá del tiempo. Porque en esa luz subyace algo intemporal y enigmático, que la hace tremendamente atractiva. Cuando le hablo, ella tuerce levemente la cabeza, concentrando su atención, y entonces esa luz se aviva de forma hipnótica para mí. Tal vez sea esa chispa la que le permite ver algo más allá de lo obvio y la que la llevó a interesarse por el arte. Las obras de arte son capas superpuestas de significados. Siempre hay un estrato adicional donde ir, o contemplar, o interpretar. Son palimpsestos que muestran de forma desnuda todas sus capas y, esta manera de estar expuesta a las miradas, es paradójicamente una veladura, una clase de ocultación que solo las miradas vivas como la de Cristina, tienen la capacidad de desvelar. Trabaja en un importante museo y lo suyo es vocacional. Estudió historia del arte, le fascina el arte y organiza viajes culturales y todo tipo de saraos internacionales para satisfacer la demanda de personas interesadas en el arte, las ferias de arte, las colecciones de arte y los museos de arte. Cristina es muy culta, elegante, tremendamente inteligente y además, guapísima, o a mí me lo parece. Sí, también me he preguntado a veces qué hace con un tipo como yo.

A veces, trato de mirarme con los ojos de Cristina en un intento de entender qué es lo que ve cuando ella me mira. Imagino que a un tipo alto, maduro, con el pelo, aunque ya escaso, todavía insumiso y ceniciento, clareándome el cartoncillo. La figura esforzándose inútilmente en ser esbelta, que no triste, como la de aquel caballero, con un andar cansino como si me pesara la vida, con una inteligencia que anima una expresión adusta, y que se asoma a unos ojos oscuros de mirada inquieta.

Pero me temo que ella no ve, o no piensa lo que yo, acerca de mí. Averiguar lo que los demás piensan sobre ti es una tarea estéril y perniciosa. Es imposible saber cómo nos perciben los otros. La verdad, es que apenas alcanzo a entender cómo me percibo yo mismo porque soy muy variable, tanto, que a veces creo ser personas diferentes.

Procesamos y almacenamos nuestro pasado en forma de relatos. La memoria es similar a una biblioteca que construye a duras penas nuestra vida, nuestra identidad. Podemos decir que son nuestras narraciones quienes nos escriben a nosotros, en vez de nosotros a ellas. ¿Qué es la religión? ¿Nuestra ideología política? ¿Quién soy yo, y de dónde vengo, en qué trabajo? Qué son nuestras creencias y la forma de ver el mundo, sino relatos almacenados en la memoria, que nos definen, nos dan identidad y moldean el inconsciente. Vivimos la realidad a través de esos relatos de forma que, por un lado, aportan sentido, nos sitúan en el mundo, pero por otro, son incapaces de explicar, de abarcar lo ilimitada e infinita que es la vida, que no cabe en los límites estrechos de nuestras creencias, fuera de los cuales, nos encontramos con la frustración, el desconcierto y aún más allá, el desamparo.

Entre Cristina y yo, lo que había era una narración compartida o coincidente. Un relato que reescribíamos juntos sobre los pilares de nuestro deseo y una carencia emocional solo satisfecha con la presencia del otro. Creo que así se podría definir el enamoramiento. En nuestras fantasías, uno de nosotros jugaba un papel determinante en el imaginario del otro y la cosa funcionó hasta que dejamos de fantasear, ella conmigo y yo con ella. ¿Cuándo aparecieron nuevos personajes en la representación emocional y sexual de nuestra compleja psicología? No lo sé. Además, el “cuándo” es ahora irrelevante. Lo importante es que la narración ya no converge, se ha vuelto divergente. Vamos en trenes cuyas vías se separan sutilmente, quizá sea solo medio grado, que nos va llevando indefectiblemente a lugares muy lejanos el uno del otro. Me temo que el tren de nuestra relación, ya de seis años, probablemente esté llegando al fin de su trayecto.

La incomunicación da paso a la soledad y a la culpa en igual medida, y ambas se retroalimentan en una espiral sin fin. La incomunicación es en sí misma un problema, por no decir, el problema. Cuando se abre alguna ventana, una oportunidad de hablar sobre “el asunto”, uno se encuentra diciendo no lo que siente, sino lo que cree más adecuado y correcto, en base a una imagen que supone que debe mantener frente al otro. No hablas desde tu corazón, sino desde un personaje que solo existe en tu mente. Comienzas a no ser tú, sino otro, que cada vez que habla, trata de dejar claro que la responsabilidad del problema, no es suya. Cuanto más soy ese personaje, menos soy yo mismo. Se trata de un proceso de despersonalización que avanza generando grandes dosis de angustia. Pero, ¿de dónde sale ese interlocutor, cómo se ha creado? No lo sabes, pero ahí está, y te encuentras interpretando un papel cada vez más difícil de mantener, de justificar, que te va metiendo en una cámara donde solo se escucha el eco de tu propia voz, un lugar vacío, lleno de nada.

El sexo es el Mr. Proper de una relación. Limpia, pule y da esplendor, y sobre todo limpia, desinfecta. Posee la capacidad de quemar los rencores viejos, las frustraciones que no se hablan y se almacenan, pudriéndose en la cuenta del “debe” de la pareja. La terapia, la sanación, la reconciliación del conflicto, sucede a través de esta coreografía, de una comunión de los cuerpos que, en definitiva, tiene el poder de hacer borrón y cuenta nueva. Por el contrario, cuando el sexo va perdiendo su frecuencia, es como si paulatinamente dejáramos de tomar el medicamento que nos cura. Después de cinco años de relación, no sabemos cómo hemos llegado a este punto, en qué lugar nos ha colocado el tiempo. Desconocemos la manera de cómo abordar el asunto, de cómo tomar el toro por los cuernos, y nos vamos sumiendo en un mutismo casi autista, y la arteria sigue su proceso de estrechamiento, camino del infarto.

Cristina y yo nos encontramos ahora en modo “tenemos que hablar”, en su versión más grave y solo nos cruzamos mensajes:

“¿Qué tal estas? / Bien, procesando el asunto. Necesito un poco de espacio, de silencio. / Por supuesto, solo quería saber cómo andabas. Un beso fuerte”.

Mensajes más en la línea del decoro que pide lo delicado de la situación, que de un reflejo real de nuestras emociones.

Y si bien, todo este asunto de Cristina es algo que viene cocinándose desde mucho tiempo atrás, hay un nuevo ingrediente en mi vida que me ha pillado de sorpresa por completo: mi despido. Esto sí que no lo he visto venir. Me llamo Tito Huerta, tengo cuarenta y cuatro años y se supone que soy periodista, y digo “supone” porque ya no sé sinceramente en que consiste eso. Aquello que estudié en la Facultad y pensaba de lo que iba esta profesión, no cuadra nada con lo que es ahora. Entonces, existía todavía una devoción por la palabra escrita. Ahora ya nadie sabe de qué va esto, en realidad, nadie sabe de qué va nada.

Creo que estamos pagando la novatada de la gran revolución digital. Me ha tocado ser de una generación bisagra, el cambio de un mundo a otro que se lleva por delante dos o tres generaciones. Crecí en una época donde no existían móviles ni internet. De niño jugaba en la calle y por las cosas que hacíamos, hoy seríamos severamente medicados con diagnósticos de déficits de atención, agravados con trastornos de personalidad y con evidencias de psicopatía. Y a toda esa banda, con la que nos dábamos de puñetazos en la calle, nos toca reciclarnos en la crudeza de la cuarta revolución industrial, sin que nos hayan preparado lo más mínimo para esto. Tampoco es que quiera culpar a nadie, no pretendo tirar balones fuera, pues nadie tenía la menor idea de lo que iba a pasar en el siglo XXI, pero permítanme decir que el sistema de enseñanza básica y superior actual, fue diseñado en el siglo XIX. Hemos sido educados con dos siglos de retraso, por lo que la revolución digital se está encarnizando con mi generación. De la anterior, ni hablamos, son cadáveres en la cuneta de la autopista profesional.

Mi periódico ha sido fagocitado por un grupo inversor, que viene a ser un tiburón del siglo XXI, que nada a la búsqueda de presas, por los letales arrecifes de la bolsa internacional. Para los grupos inversores, las empresas, entre ellas mi periódico y su modesta plantilla, son simplemente activos a los que se les puede hincar el diente, números, que gestionados con eficacia podrían dar beneficios. Ramos, el jefe de personal y miembro del consejo de administración, un tipo muy bien situado y que ha jugado un papel esencial en la operación de compra, se halla poco menos que liquidando la empresa, cortándola en trocitos cada vez más pequeños.

En uno de esos trocitos y sin que yo tuviera la más mínima sospecha, iba yo con mi despido. Se supone que antes de que pase algo así suele haber indicios, señales que anticipan la catástrofe. Obviamente, no supe interpretar los signos. Cuando Ramos nos habló de la política de rejuvenecimiento de la plantilla para edulcorar la primera tanda de despidos, imaginé que no iba conmigo, primero porque tampoco soy tan mayor, o quizá cuarenta y cuatro años sí lo sean para los tiempos que corren.

Me sentía a salvo, alguien especial en la redacción, pues hace unos años destapé una mina de información en las cloacas de un importante partido político. Tirando del hilo, se pudo ir sacando a la luz un importante merdel que llegó a salpicar a lo que coloquialmente se denomina “las altas esferas del poder”. Fue una saga cuidadosamente dosificada, que se publicaba semana a semana como un verdadero folletín del XIX, aderezado con los ecos televisivos de los programas de análisis político del XXI, que no paraban de entrevistarme. Aquello duró dos largos años y sus secuelas en el siguiente. Mi periódico se apuntó el tanto, ganó prestigio social y profesional, se posicionó en la cúspide de la información digital y multiplicó por cien sus suscriptores.

Por mi parte, gané un despacho, bueno un cubículo para ser exactos, apenas el espacio de una mesa entre cuatro mamparas y una puerta, pero eso, en los tiempos que corren, era poco menos que un palacio. Me convertí en la estrella de la temporada. Desde entonces, han pasado ya cinco años y de aquel éxito no se acuerda nadie porque, literalmente, no queda nadie en la redacción de esa época. Los han ido despidiendo uno por uno, a todos. No sé si he mencionado lo efímero de nuestro trabajo. Firmar un contrato ya es poco menos que imposible y si lo consigues, lo normal es que dure menos que la casa del primer cerdito.

Ramos ha sentado en mi cubículo a un chaval que aún no ha cumplido los treinta años. Parece ser un experto en redes sociales, porque ahora el número de seguidores en redes se pone en los currículums y es un ingrediente de peso a la hora de contratarte. No le deseo ningún mal a este joven, de hecho me pareció muy majete, pero reconozco un sordo rencor hacia Ramos y lo que ese tipo representa.

Cristina dice que me he apalancado y que estoy viviendo de la misma historia desde hace años. Quizá tenga razón, pero mi periódico se niega a tirar las mondas hasta que no se haya exprimido la última gota de este jugoso asunto. Quizá sea momento de reflexionar y ver cuánto de verdad hay en su versión de mi persona. Dice que mi apalancamiento va más allá de lo profesional, que afecta a mi físico, a mi forma de vestir, de pensar, que me he abandonado, que no hay en mí una sola gota de romanticismo.

No. No es cierto que no tenga un lado romántico. Por ejemplo, me he comprado una furgoneta camper, con cocinita, fregadero, calefacción y nevera a gas. Una monada. Lo que más me gusta es que en el techo alberga una tienda de campaña que se despliega, abriéndose como un libro. Y el supuesto lomo del libro está situado en el borde lateral del coche, así que cuando abro la tienda, multiplica por dos la superficie del techo, generando un espacio de dos metros y medio que está genial. La parte volada por el lateral del coche se sustenta sobre dos patas apoyadas en el suelo, creando un porche pequeñito donde uno puede sentarse a comer protegido del sol y de la lluvia, con la puerta corredera de la furgo a tu espalda. Me encanta. Aún no he encontrado el momento de lanzarme a recorrer el mundo, porque me la he comprado hace poco. De hecho, todavía no he pagado el último plazo, que aunque es de segunda mano, sigue siendo una pasta.

De acuerdo, adquirir una camper no me convierte en un aventurero, pero ya me da un alto porcentaje, digamos que lo soy al cincuenta por cien. Sin embargo, Cristina mantiene su mirada en el vaso medio vacío. Cuando se refiere a la autocaravana es para poner en evidencia mi cincuenta por cien no-aventurero, la parte apalancada en el sustrato más precámbrico de mi personalidad que, además sirve para obviar que la otra (la parte aventurera, quiero decir) es totalmente falsa. Ella afirma que es una expresión exacta de mi vida, que la parte más interesante de mí, se quedó encerrada con la camper en un garaje.

Me he convertido en el hombre “sin”, como la cerveza: sin trabajo, sin novia y pronto, si esto sigue así, sin casa. Si eso ocurre, me iré a vivir a la autocaravana. Imagino que tal medida me convertirá en un tipo 100% romántico por falta de recursos. Cuando te expulsan de tu zona de confort, ya sabes, te puedes refugiar en el romanticismo, ahí hay sitio para todos.

Lo que buscas, te está buscandoRumi

XUKLA, EL PODER DEL DESEO

Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes, dice un viejo proverbio judío. Me temo que Dios debe partirse de risa a menudo, en realidad, le imagino riendo constantemente, porque son muchas las ocasiones en las que nos surgen deseos como “A partir de mañana dejo de fumar”, “En cuanto me quede libre, acabo ese libro, o terminaré tal proyecto, o realizaré tal cosa”… Y estos propósitos, que solo dependen de nosotros, curiosamente, los lanzamos al universo. ¿Por qué? ¿De dónde nos viene esa inseguridad, estas dudas de si seremos capaces de hacer esto o lo otro? ¿Por qué ponemos fuera de nosotros la responsabilidad, como si no fuera un asunto del todo nuestro?

Aunque eso que llamamos libre albedrío nos produce la ficticia sensación de ser dueños de nuestro sino, me da la impresión de que no somos el autor de la novela de nuestra vida, sino más bien el personaje. El relato lo escribe eso que llamamos destino, por más que nos creamos o mantengamos la ficción de que somos los autores de la narración. Me temo que no somos dueños de nuestras vidas, no van tal como deseamos que vayan, se salen constantemente del guion.

¿Qué nos falta para dar el salto desde ser el personaje, a convertirnos en el autor de la obra y decidir el argumento, la trama y el desenlace? No sé si esto es posible. La verdad es que siento que mi vida se va haciendo a base de bandazos, giros bruscos de un timón manejado por algo misterioso, cuyos motivos o razones no alcanzo a entender. Estoy en un momento de mi vida que necesito ser yo quien coja el timón, pero como uno más de esos deseos que uno lanza al universo, no tengo la más remota idea de por dónde empezar.

Hoy me he levantado tarde, es decir, horas después de haberme despertado pronto y haber estado leyendo en la cama toda la mañana, que es algo que me resulta completamente excéntrico por lo inusual. Me encuentro desconcertado en este modo “sin”. Me invade la convicción de que todo anda torcido y súbitamente siento mi vida entera como una forma de fracaso. No es una idea, sino un estado de ánimo que me vacía de toda energía y permanezco tumbado en la cama con la mirada fija en una grieta del techo que me recuerda el curso del río Nilo, cuyo dibujo aprendí en los mapas del colegio y que culmina en un desconchón a modo de delta. Pienso en mis seres queridos, en Cristina, en mi hermano Kike, en lo que queda de mi familia, pero los siento a todos como ausencias, nombres vacíos tras los que no hay personas sino espectros, carencias, que me provocan una soledad infinita. Me siento como un carro sin ruedas, cubriéndose de musgo y herrumbre, arrojado en una cuneta de la carretera mi vida.

Nada me resulta apetecible, no encuentro motivo alguno que me mueva a levantarme de la cama. Tal vez sea así como comienzan las depresiones, la idea me asusta. ¿Somos responsables de entrar en un proceso depresivo? ¿O es una enfermedad que te asalta como quien se contagia de una gripe? Repaso mi pasado, creo que no soy un tipo depresivo, aunque he tenido mis momentos bajos, pero imagino que como todo el mundo. Quedar atrapado en la cama con la certeza de que cualquier movimiento o acción sería inútil e ir incubando un miedo irracional a salir de la cama, es uno de los peligros que debo evitar, porque es exactamente como me siento ahora mismo. Así que haciendo un esfuerzo hercúleo salgo a la calle.

Camino sin rumbo durante una hora o así, rodeado de una gente que me es ajena. Siento el cansancio y el desánimo a mi alrededor, creo escuchar el silbido de los bronquios de esta ciudad exhausta cercana al colapso. Mis pies me han llevado por una querencia equina a mi oficina, bueno, a mi ex oficina. De lejos, he mirado furtivamente mi ex cubículo donde ahora vive el joven bien parecido que mantenía lo que parecía una animada conversación con dos jovencitas. He sentido envidia y nostalgia. Envidia por las jovencitas, esas tampoco estaban en la redacción cuando yo poseía el cubículo, y nostalgia por esas mamparas horrorosas que durante años han sido un país propio, un lugar donde yo era el monarca de ese diminuto reino. Pero todo reinado tiene un fin y me han obligado a abdicar en este joven príncipe de las redes sociales que es seguido por cientos de miles de súbditos virtuales.

Alicia, la secretaria de Ramos, me ha dado el despido sin dejar de hablar por teléfono, como quien te da un kleenex para sonarte. Con un ademán de la mano, me ha dado a entender que Ramos no recibe, o no me recibe. Debo leer el despido e ir a firmar algún día de la semana que viene, o si no lo firmo, poner a mi abogado en contacto con Ramos, que imagino lo despachará rutinariamente. Me cuesta admitirlo, pero mi caso es un simple procedimiento estándar, nada especial ni personal, nada que hablar, mero papeleo.

Vuelvo a casa sin saber muy bien qué hacer con el sobre que contiene mi despido. Caigo en la cuenta de que carezco de abogado a quien remitírselo, así que lo deposito en la mesita que hay a la entrada de casa donde pongo las llaves. Sospecho que va a pasar ahí unos cuantos días, sufriendo el látigo de mi indiferencia.

Me recibe Xukla dando saltos de alegría. A esta le importa un pito cómo me visto o me alimento o si soy romántico o aventurero. Me quiere tal cual soy, agradece mi presencia de una forma sincera. La acaricio y me agacho, centrando mi atención en sus ojos marrones, que brillan de sinceridad. Nos miramos los dos sin filtros, con transparencia, con honestidad. Me pregunto por qué no podrá ser así entre los seres humanos, pero entiendo que todos arrastramos un paquete grande de deseos e intereses inconfesables, de aversiones y rechazos imposibles de manifestar, traumas y conflictos de los que no somos conscientes. En fin, la maravillosa y a la vez infernal mente humana.

En la cocina preparo la cena de Xukla mientras ella, de pie, alejada unos metros, me mira escéptica, como suele hacer, y sé exactamente lo que está pensando:

“Espero que no me pongas ese pienso a palo seco, supongo que te habrás enrollado y me habrás traído algo más jugoso, ¿no? Porque estoy de esa basura hasta los pelos”.

Le desmenuzo un par de generosas cucharadas de ese paté que venden para perros y que no puedo evitar oler. Me dan ganas de ponerme una tapita, no sé que le echan, pero a juzgar por la rapidez y la avidez con la que se lo zampa, debe tener de todo y todo adictivo.

Nos sentamos en el salón, Xukla frente a mí y no puedo dejar de reírme siempre que me mira con su lengua colgando, es lo más parecido a un monstruo de las galletas, me parece de lo más simpática y graciosa.

–Si supieras la que se nos viene encima, Xukla –le digo.

Xukla ladeó un poco la cabeza, como si me hubiera entendido. Asiento sin dejar de mirarla. Y de repente, me doy cuenta de que me mira de una forma diferente, no con expectativas de comer o de salir a dar un paseo, parecía una mirada reflexiva, como si detrás de aquellos ojos existiera un entendimiento del proceso que estaba atravesando. ¿Estaría percibiendo mi tribulación, mi desamparo?

–¿Te das cuenta, Xukla, de lo que me está, mejor dicho, de lo que nos está pasando? Porque a ti también te afecta, me temo.

Nos miramos. Le dediqué esa mirada de ternura que me provoca, mientras la suya seguía estando llena de la pureza de los perros, sin dobleces, que les da a sus ojos una belleza especial, tremendamente expresiva y con eso basta para entender qué quieren o qué les pasa.

Pensé lo maravilloso que sería ser así, o tener a alguien cerca que fuera como ellos, que lo que dijera y sintiera lo expresara con absoluta sinceridad y siempre dentro de ese amor incondicional que nos dedican nuestras mascotas. Comprendí que el salto a la conciencia humana, el tener una identidad, una conciencia del yo y el paquete que trae consigo, exige un elevado coste. Traté de imaginar cómo sería la vida si la experimentáramos con tal inocencia y frescura, si nos relacionáramos sin doblez alguna, siendo nosotros mismos a cada instante.

¿Cómo serían nuestras relaciones de pareja si de repente nos comportáramos de ese modo? Muy pocas parejas aguantarían la prueba, pero formaríamos otras desde ese entendimiento. La humanidad sería otra, desde luego. Una idea se me cruzó por la mente. ¿Y si me comportara así? ¿En qué forma cambiaría mi vida? Y, sobre todo, ¿serían mis relaciones más satisfactorias? ¿O un completo desastre? ¿Necesitamos de veras esconder nuestros pensamientos y emociones, nuestros deseos, para que no nos asesinemos unos a otros? ¿No es acaso eso la buena educación? ¿O quizá fuera posible una relación más honesta con nosotros y con los demás?

Intenté imaginar cómo se comportaría Xukla en mi situación. ¿Qué diría? ¿Qué haría? Durante un instante tuve un profundo deseo de tener esa percepción del mundo, verlo desde sus ojos, ponerme en sus pupilas y averiguar cómo podría ser la relación con mis semejantes, mis padres, mi novia, Ramos, incluso conmigo mismo. Cerré los ojos e intenté sentirlo, imaginarlo más allá de mi razón, con el cuerpo, como si fuera real y en mi nueva mente de perro encontrase una respuesta convincente, verdadera. Deseé durante un instante, con fuerza, ser de una sola pieza, con total honestidad.

Había una extraña quietud a esa hora de la tarde en casa, todo se mostraba en calma. Me abandoné y dejé que mi mente flotara durante unos minutos en aquella paz y comencé a ensoñar plácidamente, siendo totalmente perro, sintiéndome perramente a mí mismo en la honestidad perruna de mis emociones más sinceras. Pasé así un tiempo indeterminado, hasta que súbitamente, la ventana del fondo del salón, que tiene el cierre estropeado, se abrió por un golpe de viento sacándome de mi repentino ensimismamiento.

Me levanté para cerrarla y, pese a estar el día bastante fresco, un súbito golpe de aire caliente me envolvió como un torbellino, girando a mi alrededor y pareció entrar por todos mis poros. Los ojos comenzaron a escocerme. El viento arrastraba unas hojas secas de la calle y me vi envuelto en un vórtice revestido de hojas convertido, de repente, en una Ofelia de secano en el pasillo de mi casa. Con el calor, vino una oleada de placer, de bienestar y me detuve dejándome invadir por aquella súbita y extraordinaria corriente de aire que parecía venir de otra latitud y, que poco a poco fue desapareciendo hasta que un escalofrío me recorrió el cuerpo.

–Vaya, cómo está la primavera este año –comenté en voz alta.

Cuando estoy solo en casa con Xukla, suelo hablar en voz alta y en primera persona del plural, para reforzar nuestra comunicación y enfatizar que la tengo presente.

–Tenemos que arreglar el cierre de esta ventana un día de estos, Xuklita, o vamos a tener un disgusto –comenté, a la vez que cerraba la ventana y trataba de ajustar con la maneta, lo mejor posible, sus pequeños y dañados postigos.

Volví a sentarme en el sofá. Xukla seguía sentada, mirándome. Me sentía descansado, respirar resultaba especialmente agradable. Me quedé mirando mi apartamento y me sentí a gusto allí. Era un lugar agradable, fuera como fuera, mi lugar, los restos del repentino naufragio de mi zona de confort. No sabía hasta cuándo podría seguir pagando la renta de aquel sitio y recé para que el destino se conformara con sacarme solo de mis dos zonas de confort esenciales y no necesitase, para aplacar su sed, como un Dios iracundo e insaciable, una tercera zona de confort… mi casa.

Suspiré.

–Se esta bien aquí, ¿verdad Xukla? –pregunté en voz alta.

–Ajá –sonó una voz alta y clara.

Pegué un respingo en el sofá y miré por detrás. Había alguien en el apartamento. Me levanté alarmado, como un resorte, cogí el atizador de la chimenea y recorrí la casa con el hierro en ristre. Aparté violentamente las cortinas de la ducha, dispuesto a abalanzarme sobre quien estuviera allí escondido, busqué debajo de la cama, abrí los armarios, hasta por debajo de la encimera de la cocina, lo que era absurdo. Imposible, en la casa no había nadie, pero yo había escuchado una voz, de eso estaba seguro.

Me asusté. Aquello podría ser el primer síntoma de esquizofrenia o de algo aún peor.

–Pobre Tito, perdió el empleo, su mujer le abandonó y sufrió un brote psicótico.

Cuando escuchas voces en tu interior, malo. Me senté y permanecí expectante, con la respiración agitada, esperando que la voz volviera a hablar. Quizás había sido una especie de espejismo sonoro. Tal vez no tuviera importancia. Volví a mirar a mi perra, que continuaba con su aire usual y penetrante. Comencé a tranquilizarme.

–No entiendes nada, ¿verdad? –dijo la misma voz.

Ahora sí que me sobresalté porque juraría que la que me hablaba era mi perra Xukla, un síntoma todavía más preocupante. Recordé a Nietzsche hablándole a un caballo en Turín, ya víctima de la enfermedad mental que finalmente acabaría con él. Miré a Xukla, estábamos solos, no me dio ningún reparo en hablarle como tantas veces había hecho.

–¿Me quieres decir… algo, bonita? –pregunté, con una voz temblorosa en la que el miedo traicionaba el tono simpático y cariñoso con el que suelo dirigirme a ella.

–Ajá –sonó esa voz de nuevo en mi mente.

No podía ser…, Xukla me estaba hablando.

–¿Eres…? ¿Eres… tú? La… la que me está hablando, Xukla –dije, con más miedo que vergüenza.

–Ajá –respondió de nuevo.

Respiré profundo y me senté ante ella.

–Xukla, ¡esto es absurdo! –afirmé en voz alta, con más convicción para mí que para ella.

Decidí volver a empezar.

–Xukla.

–Dime –respondió la voz en mi cabeza.

Traté de mantener la calma.

–¿Me estás hablando?

–Sí, te estoy hablando –respondió condescendiente.

Era una voz con personalidad, como la de una locutora de radio que hace un programa por las mañanas.

–A ver, si eres tú, dime, err…, dime cómo… –no sabía bien qué preguntar–, se llama mi novia.

–Tranquilo, relájate. Tu novia se llama Cristina, tú te llamas Tito y yo me llamo Xukla – aquello era alucinante–. Sí. Sé que esto te resulta raro, de hecho, lo es. Sucede muy rara vez en el tiempo, pasan cientos de años entre un episodio y otro.

Yo no salía de mi asombro. La escuchaba con la boca literalmente abierta.

–Y además no va a suceder siempre, así que vete acostumbrándote lo antes posible, porque no disponemos de mucho tiempo –añadió.

–De cuánto… tiempo… disponemos –pregunté estúpidamente, como si supiera de qué estaba hablando.

–Siete días –dijo con resolución.

–Pero siete días, ¿para qué? –respondí.

–Para satisfacer tu deseo.

–¿Mi deseo?

–Sí. ¿No acabas de formular el deseo de ver la realidad desde mis pupilas? Querías ver más allá de tus limitaciones emocionales y mentales, un deseo de conocerte tal cual eres y de conocer la realidad.

–Err… sí, supongo que sí. ¿Pero qué tiene eso de especial? Imagino que la gente formula deseos sin parar.

–No como tú lo has hecho. Es cierto que la gente desea cosas incesantemente. Generalmente desea lo que no tiene. Quiero ese coche, esa casa, quiero dinero, quiero el amor de mengana o mengano, quiero ese puesto laboral. El mensaje que envían al Universo es de carencia, reafirman una situación en la que están, que es “no tengo”, es constatar un hecho que no modifica el curso de los acontecimientos, y el universo escucha lo que sientes, no lo que dices. Y aún más allá, la gente desea cosas innecesarias para su desarrollo. No puedes tener cosas que no están diseñadas para ti. Esos deseos parten del área más mezquina y caprichosa de ellos mismos. Prácticamente la gran mayoría de los deseos son caprichos momentáneos e innecesarios.

–Y el mío, no era…, ¿un capricho?

–Parece ser que no –aseguró Xukla–, a juzgar por lo que has provocado. Has deseado entender, aprender más allá de tu identidad, con honestidad. Es un deseo sincero de crecer en entendimiento y lo has hecho desde un lugar que se ha alineado con la realidad, con el presente. Además, se han dado un par de casualidades en ese instante.

–¿Cuáles?

–Digamos, para entendernos, que en ese momento estaba abierto un portal, una ventana, y tu deseo iba dirigido a mí, es decir, al lugar correcto.

–Creo que tendrás que explicarte mejor. Todo esto es… muy flipante y muy confuso. De hecho, creo que me voy a tomar un Lexatin –añadí levantándome.

–Siéntate Tito. Tranquilízate. Aunque no deberíamos estar perdiendo el tiempo hablando de esto, me doy cuenta que necesitas entender. En realidad, es de lo que va todo esto, tú deseas aprender y yo he venido a enseñar.

–No entiendo…

–Nosotros estamos aquí por una razón radicalmente opuesta a la vuestra.

–¿Nosotros? ¿Vosotros? ¿Qué quieres decir?

–Vosotros, los seres humanos, estáis aquí, en la Tierra, para aprender –afirmó Xukla.

–Y ¿vosotros no?

–No. Nosotros, y muchos otros animales, pero especialmente los perros, hemos venido a enseñar.

–¿A enseñar qué? –no podía salir de mi asombro.

–Cosas que habéis olvidado y como consecuencia, vivís llenos de drama, ansiedad y desesperación. Nuestro papel es recordaros cómo hay que vivir la vida.

–Agradecería un poco de claridad.

–Es bien sencillo de entender. El amor incondicional, la lealtad, la nobleza, amar sin juzgar y aceptar a las personas como son, sin desear que sean de otra manera, el que entiendas que debes explorar esa arquitectura de la que estás hecho hasta el último rincón de tu ser…

–Espera, espera… –dije, interrumpiéndola–. ¿Cómo se supone que vais a enseñarnos eso?

–De la única forma posible, con el ejemplo. El niño aprende lo que su padre y madre hacen, a pesar de que les digan lo contrario. Aprendemos por imitación, también nosotros, incluso acabamos pareciéndonos a nuestros amos. ¿Hay alguien en la vida de los humanos que muestre un amor incondicional, más allá del amor materno, como lo hace cualquier perro por su amo?

Me quedé pensando y la respuesta era no, ciertamente.

–Es una de las cosas que nos hace amar a nuestros perros.

–¿No te gustaría ser amado así por tu pareja? –propuso.

–Claro.

–Sin embargo, cada vez que la juzgas, cada vez que deseas que sea de otra manera de la que ella es, ¿no crees que eso distancia, separa y corroe la relación?

Pensé en rebatir el argumento, diciendo que eso era precisamente lo que ella hacía conmigo, pero Xukla giró su cabeza a un lado sin dejar de mirarme.

–De acuerdo, tienes razón –concluí.

–Yo no te juzgo –dijo Xukla–. Como sabes, me da igual lo que comas o vistas. ¿Imaginas que cuando salimos de paseo te dijera “¡Ah! no, con esos zapatos y esos calcetines no pretenderás que vaya al parque contigo”? No, para mí nada de eso es importante. Me resulta indiferente si te tumbas en el sofá a descerebrarte con ese aparato que solo te genera ansiedad –comentó, señalando con la cabeza la televisión.

Xukla se volvió un instante hacia la ventana. Luego prosiguió.

–Nosotros, yo, solo deseo sentirme querida y estar contigo, eso es todo, y sabes que yo siempre estaré a tu lado y siempre estaré dispuesta a salir a pasear, a correr, a jugar, a enseñarte que para mí, mientras juego contigo, no hay nada más importante en mi vida.

–Es verdad –acepté conmovido, recordando la cara de atención y expectación que pone Xukla cuando le tiro una pelota.

En ese instante, mientras jugamos, no existe nada más importante en el mundo que ella, yo y el juego que nos une. De aquellos momentos en los que se establece una relación tan limpia y clara, brota una idea de nobleza, de amistad, de juego, de camaradería, de belleza, que me produjo una sensación de nostalgia.

Xukla me miraba, parecía saber lo que estaba sintiendo y pensando.

–En tu deseo había un entendimiento de lo que venimos a enseñar, de experimentarlo. Ahora tenemos una oportunidad, es algo excepcional. Prepárate a aprender como nunca antes lo habías hecho.

–Un momento –dije, tratando de serenarme–. ¿Cómo funciona? ¿Tú me cuentas y yo tomo notas?

–No. Es más sencillo. Vas a vivir siete días como si hubieras aprendido lo que hemos venido a enseñaros. Eso es todo. Y no es poco, créeme.

–¿Magia? –supuse.

–No. Simplemente modificarás tu estado de consciencia. Podrás ser testigo de tu habitual forma de vivir, como básicamente lo hace todo el mundo, como lo has venido haciendo hasta ahora. Pero, y esta es la parte interesante, se te abrirá una posibilidad paralela de experimentar aquello que estés viviendo con un estado de consciencia más elevado y podrás elegir qué hacer, nada te será impuesto.

–¿Y tú?

–Yo estaré contigo, y podré aclarar y explicar el sentido y el proceso de lo que estés experimentando. Seré tu guía. Vas a estar especialmente lúcido, como nunca antes lo habías estado, pero te equivocas si piensas que es magia como dices, es una capacidad que está en ti y en todos los humanos, por supuesto, todos podríais tener acceso a ello.

–¿Ah, sí? ¿Y qué nos lo impide?

–Vuestra mente. La imagen que os hacéis del mundo y de vosotros mismos. Y sobre todo… el drama. Os representáis vuestra vida como un drama con el que vivís completamente identificados. Enfrascados en una vida compleja, llena de ambiciones inalcanzables, ideas catastróficas, deseos imposibles, miedo por falta de dinero, de casa, de pareja, de familia. Miedo a estar solo, a perderlo todo, al cambio, a la enfermedad, a vivir… Al final todo se traduce en sufrimiento, algo en lo que vivís inmersos.

–Bueno, es una descripción de nuestra manera de vivir bastante negativa.

–No es negativa, es objetiva. Pero he venido a contarte que existe en ti, en los humanos, una capacidad que permite vivir la vida sin drama ni miedo, os es posible salir de esa jaula. Para ello es necesario desearlo, tal como formulaste tu deseo, desearlo con fuerza, hasta un punto que te lleve a la acción y comiences a buscar el modo de hacerlo. El que busca, siempre encuentra.

–Pues mira, este es un momento perfecto –dije, sincerándome–, porque estoy deseando que me expliques o que entienda, o de lo que narices trate esto. Me refiero a la situación por la que estoy atravesando. Para empezar, me han despedido, me he quedado sin trabajo y, por tanto, sin dinero y te advierto que esta casa en la que vives, y el pienso, y el paté ese que te encanta, y las cosas riquísimas que comes todos los días, dependían de este trabajo. Y la crisis no se detiene ahí, ya sabes lo de Cristina, así que ya puedes comenzar, soy todo oídos.

–Las crisis están bien –apostilló Xukla.

–¡Ah!, estás siendo de gran ayuda…

–Lo sé –dijo convencida–. Las crisis te ponen cara a cara con la verdad, te plantan los pies en el suelo. Te dicen que llevabas un tiempo viviendo desconectado de tu realidad. Por lo pronto, que te hayan despedido, te informa de que la idea de seguridad que tenías, era solo una ficción, un relato, como te gusta pensar. Lo único cierto es que vivimos en la incertidumbre, algo que os incomoda enormemente. ¿Recuerdas a Simbad el marino?

–Sí, claro.

–En el primer viaje de Simbad, atracan en una isla. Bajan del barco y deciden hacer un fuego entre unos árboles, para cocinar y calentarse. De repente, la isla comienza a temblar por lo que parece un terremoto, porque resulta que la tal isla es una ballena que llevaba una inmensidad de tiempo dormida en la superficie. Y todo lo que había sedimentado sobre ella, la arena, los árboles… se lo traga el mar de un plumazo. Vosotros creéis que andáis sobre tierra firme, cuando os sostiene una ballena llamada incertidumbre.

–Dímelo a mí…

–¿Crees que los perros estamos preocupados por el futuro? –preguntó Xukla–. Aceptar la incertidumbre te da una posición de poder, y cada vez que la vida rompe con ese plan tan perfecto que había en tu mente, se te abre una oportunidad de intentar averiguar quién, qué eres en verdad, y cómo te enfrentas a la vida. Hay que entender la crisis como un ajuste. Tu relato se estaba apartando de la realidad y la crisis te sitúa donde realmente estás.

–¿Me explicas entonces el sentido de que me hayan puesto de patitas en la calle?

–De acuerdo. Si quieres comenzar por ahí, por ahí comenzaremos – Xukla hizo una pausa y miró al techo como si ordenara sus ideas.