8 de agosto de 1828 - Rafael Sagredo Beza - E-Book

8 de agosto de 1828 E-Book

Rafael Sagredo Beza

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Beschreibung

La instalación de la Convención Constitucional en el año 2021 —órgano elegido y convocado para la elaboración de una nueva carta fundamental— actualizó hechos del pasado que hasta entonces no habían sido objeto del interés social. Lo ocurrido en 1828, cuando por primera vez en Chile se eligió un Congreso Constituyente, se transformó en una referencia obligada por la expectativa que despertó en la ciudadanía la redacción de la nueva constitución. También es una oportunidad para ilustrar el potencial de la historia en la educación del pensamiento crítico. Este libro evidencia lo contingente que puede resultar el pasado. Lo hace a través de un inédito relato de lo cotidiano, que revela las estructuras que sustentan un orden social compuesto por elementos que perduran hasta nuestro tiempo, mientras otros, ya obsoletos, nos muestran la distancia de ese primer Chile constituyente. Un elocuente ejercicio historiográfico que confirma que la historia no se repite, pero también que siempre hay precedentes para contribuir a analizar la realidad, restando así dramatismo a la contemporaneidad y contribuyendo a su comprensión.

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Seitenzahl: 113

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Este libro es la versión in extenso de la conferencia inaugural del XI Festival Puerto de Ideas de Valparaíso realizada por Rafael Sagredo Baeza, el día 12 de noviembre de 2021.

8 de agosto de 1828. Un día histórico como cualquiera

Rafael Sagredo Baeza

Santiago de Chile, junio de 2022.

Imagen portada: “Plaza de Santiago”. John Miers, Travels in Chile and La Plata, 1826 (Gentileza Museo Histórico Nacional).

ISBN impreso: 978-956-9058-54-7

ISBN digital: 978-956-8058-57-8

RPI: 2022-A-4450

© Rafael Sagredo Baeza

Colección Puerto de Ideas de Orjikh editores

www.puertodeideas.cl

www.orjikheditores.com

Diseño y diagramación: María Soledad Sairafi

A mi nieta Pilar, cuyo nacimiento en octubre de 2021 en un Chile efervescente y expectante, no solo fue un feliz acontecimiento familiar, también una expresión elocuente de que la vida continúa en medio de los sucesos que ocasionalmente conmueven a la sociedad.

Índice

Presentación

Mil ochocientos veintiocho

Enero

Febrero

Marzo

Abril

Mayo

Junio

Julio

Agosto

Septiembre

Octubre

Noviembre

Diciembre

1828-2022

Fuentes y bibliografía

Agradecimientos

Rafael Sagredo Baeza

Fig. 1 | Representación de la República de Chile que La Clave reprodujo en sus notas sobre el 18 de septiembre de 1828, confirmando así su condición de imagen o emblema de la patria. Anterior al escudo oficial que data de 1834, esta alegoría utiliza ¿un cóndor?, un volcán y tal vez una rama de canelo, además de las lanzas que aludirían a la guerra, acaso por la resistencia que los mapuche opusieron a los españoles.

Presentación

Los fragmentos que expondremos a continuación, conforman una historia inédita que ilustra el presente. Como adelantó un periódico de Valparaíso en su edición del 31 de diciembre de 1828, constituyen acontecimientos, experiencias, “dignas de todo respeto para la posteridad” y, creemos, válidas para nuestro desempeño como personas y, por qué no, también como ciudadanía.

Entre otras razones, porque reflejan que aun en las coyunturas más desafiantes para una sociedad, esta continúa con su existencia y rutina, inconmovible a las adjetivaciones. También, porque representan una elocuente evidencia de que los hechos, actos y situaciones fundamentales que una comunidad experimenta, no siempre están asociados al acontecimiento inesperado o extraordinario que paraliza la cotidianeidad. Por último, porque muestran que la representación de la existencia como tragedia o drama, que transforma cualquier acto o palabra en un hecho épico y definitivo, instantáneamente “histórico”, además de dificultar comprender el pasado que llamamos historia, no facilita discernir sobre el futuro que inevitablemente llegará.

Entrelazando lo cotidiano con lo institucional, apelamos al acontecimiento, en este caso un rito republicano, y lo aprovechamos para develar las tendencias que se prolongan en el tiempo, para identificar las bases sobre las que se sostiene nuestro orden político y social pues, como otros antes, creemos que el sencillo relato de lo corriente “puede ser el indicador de una realidad perdurable y, a veces, maravillosamente, de una estructura”, como certeramente lo advirtió el historiador Fernand Braudel según cita Georges Duby en su libro dedicado a El domingo de Bouvines. 24 de julio de 1214. El acontecimiento ratificado el 8 de agosto de 1828 refleja elocuentemente no solo una época y un proceso, además, dio lugar a numerosas reacciones dividiendo a la sociedad chilena, entonces y después, entre quienes ponderaron y los que denostaron la Constitución de 1828 y, a través de ella y las posiciones que motivó, una política y sus promotores. Pero también este hecho constituye un momento de la historia nacional que dejó un legado que perdura hasta nuestros días, tanto por su contenido como por las opiniones y corrientes políticas a las que dio origen.

Un día, un mes, doce meses, una experiencia política y social representada en el viernes 8 de agosto de 1828. Una jornada que se prolongó por mucho más que 24 horas, nos acercará a la vida cotidiana en el país en un año como cualquier otro, que ha pasado a la historia por el significado que hoy le atribuimos a lo ocurrido entonces.

Mil ochocientos veintiocho

1828 fue un año bisiesto. El 8 de febrero nació Julio Verne y el 16 de abril murió Goya. Aquel año se desató la guerra ruso-turca, una de cuyas consecuencias fue la independencia de Grecia; en Inglaterra se derogaron las leyes que discriminaban a los católicos y otros disidentes religiosos, las Test Act, que limitaban sus derechos cívicos y su acceso a cargos públicos (fig. 2); entonces Portugal se debatía en una guerra civil entre absolutistas y liberales; mientras que en México, el general López de Santa Anna protagonizaba el motín de la Acordada y el congreso decretaba la expulsión de los españoles; en el sur, Perú —todavía resentido por la pérdida de un territorio que había formado parte del Virreinato— invadía Bolivia y, el miércoles 27 de agosto, Uruguay proclamaba su independencia.

En 1828 también, el 18 de septiembre, en Berlín, Alexander von Humboldt pronunció su discurso de inauguración de la asamblea de la Sociedad de Naturalistas y Médicos Alemanes en la cual, y a propósito de los objetivos de la organización, habló de la “patria común”, el sentimiento de unidad de la nación alemana y los frutos que ofrecía la “gloriosa historia patria”, que para él se expresaban en los que llamó “los más bellos frutos del humanismo, la ciencia y el arte”. Aludiendo así a tópicos también fundamentales en los estados que se organizaban en América.

Fig. 2 | Representación de la derogación de las leyes discriminatorias en Inglaterra, un hito más del avance de los derechos civiles en el siglo XIX.

Enero

En Chile, el año 1828 se inició para sus habitantes (entonces más de un millón de personas) sin que estuvieran consagrados sus derechos individuales, aquellos que posteriormente se asegurarían como “imprescriptibles e inviolables”. También comenzaba con la publicación del almanaque correspondiente a ese año, “el decimonono de nuestra libertad política” según se advertía en su portada (fig. 3). Una elocuente expresión del significado que se atribuía entonces al movimiento juntista de 1810, frase que había comenzado a incluirse en la edición de 1821. Tal vez siguiendo el Almanak patriótico de Buenos-Ayres para el año décimo de nuestra libertad (1819).

Fig. 3 | Portada del almanaque. La publicación incluía información sobre los fenómenos naturales, festividades religiosas, fechas patrióticas y datos útiles para la vida cotidiana.

Dedicado a las indulgencias, había sido preparado conforme a los preceptos de la “corrección gregoriana año de 1582”. Gracias a este la población, en particular la urbana que era solo el 20 por ciento del total, se enteraría de que no habría eclipse de luna aquel año y que los de sol no serían visibles, pero también de que habían transcurrido 7.027 años de la creación del mundo, 4.785 del diluvio universal, 2.581 de la fundación de Roma y 6 del pontificado de León XII. Junto a estos antecedentes, considerados relevantes en la época, el texto ofrecía informaciones más prácticas como los días y horas de las salidas de los correos hacia el sur, hasta Concepción; los dirigidos al norte, hasta Copiapó; hacia Buenos Aires y el de Valparaíso, el único que saldría todos los días, a las cinco de la tarde en verano y a las cuatro en invierno, y que también conduciría la correspondencia para Casablanca, Melipilla y Quillota. Datos que además de servir a quienes hacían uso del correo, muestran los límites del territorio en que se desenvolvía la vida nacional, así como los principales circuitos comerciales existentes (fig. 5).

Por el almanaque, quienes se interesaran podrían informarse de las fiestas móviles del año, de las témporas (días de ayuno de la primera semana de cada estación) y de la época de velaciones matrimoniales. También, que el viernes 8 de agosto se celebraba a san Ciriaco y que el siguiente sábado 9 habría luna llena a la una y once minutos de la tarde, expresando así otra característica de la época: la estrecha convivencia entre la fe religiosa y la ciencia capaz de predecir los fenómenos celestes.

Fig. 5 | Borrador del mapa de Chile que el naturalista Claudio Gay comenzó a delinear desde su arribó al país en 1828 (Archivo Histórico Nacional, Chile).

Fig. 4 | Representación original de Claudio Gay que muestra los edificios públicos existentes en 1828 en la gran plaza de Santiago, hoy Plaza de Armas (Biblioteca Nacional, Chile).

El ritmo escolar de la época se refleja en el periódico político y noticioso de Santiago, La Clave, el cual, en su primera edición del año, el jueves 3 de enero de 1828, anunciaba que se habían realizado los exámenes de la cátedra de derecho natural de gentes y economía política en el Instituto Nacional, los que, rendidos por treinta jóvenes, “han sobrepasado no solo la esperanza, sino los deseos de sus calificadores”. Mientras esto ocurría en la capital, en el campo —donde habitaba el 80% de la población sin acceso a ningún tipo de escolaridad— se preparaban para las cosechas de la temporada, ocupándose en esos días de las hortalizas.

En esa época, un agudo observador, junto con reconocer en el campesino una constitución fuerte, una inteligencia imitativa y gran sobriedad en sus necesidades, no dejó de advertir, de manera tajante, que “en ningún país el trabajo de los campos es más penoso, más duro, más fatigante y más mal pagado” (fig. 6). Tal vez solo el del minero lo superaba en dureza por las penosas condiciones en que se realizaba.

En pleno verano, uno de los más húmedos en veinte años, gracias a lo cual se creyó entonces que disminuyó la proliferación de moscas, cuyos días más calurosos fueron el 2 y el 28 de febrero y el 2 de marzo, la disentería causaba estragos en la población. Esta enfermedad, asociada a las variaciones de temperatura y a los resfríos, al consumo de frutas verdes y de alimentos mal preparados, también tenía como causa el abuso de bebidas alcohólicas. Primavera y verano, además, eran temporadas de chinganas al aire libre, existentes en todos los sitios y barrios, abiertas permanentemente y donde el pueblo, y también las personas “de tono”, disfrutaban de cantos y bailes. Entre las más afamadas en Santiago, la de ña Teresa Plaza era la principal, incluso, aseguró un contemporáneo, su reputación llegaba hasta el Río de la Plata.

Fig. 6 | Escena de la vida campesina. El arado de madera refleja el atraso de la agricultura en el país a comienzos del siglo XIX. En Peter Schmidtmeyer, Travels into Chile over the Andes in the years 1820 and 1821.

Fig. 7 | Paseo público de la Cañada en Santiago, 1828 (Museo Histórico Nacional, Chile). La representación ofrece una de las formas de recreación y sociabilidad de la población capitalina.

Otro pasatiempo de la época, lo suficientemente cotidiano para ser advertido por el cronista, eran los juegos de naipes, entre los más populares: monte de baraja, malilla y báciga. En particular en el Café de la Nación en Santiago, en donde, entre la una y dos de la tarde, en doce mesas, contando a jugadores y mirones, se reunían unas setenta personas. En los cafés, además, quienes buscaban noticias “frescas”, las encontraban.

Entonces, según relata el músico José Zapiola en sus Recuerdos de treinta años, el consumo de víveres no era caro y las comidas sencillas y abundantes. En sus memorias rememora que dos hojas de bistec, una hoja con un huevo, un respetable trozo de huachalomo asado, un par de huevos, una gran taza de café, té o leche, costaban medio real. Lo mismo los guisos. También, que como en aquel momento se usaba derretir una vela en la leche para evitar que se cortase, muchos notaban que a veces esta tenía un pronunciado sabor a sebo.

Fig. 8 | Ilustración con diversiones populares campesinas, publicada en la obra de John Miers, Travels in Chile and La Plata, editado en Londres en 1826.

En la segunda mitad de la década de 1820, en muchas casas, el té y el café ya habían reemplazado al chocolate después de las comidas. Aunque este se mantenía todavía como la principal bebida, junto al mate, al desayuno. En los sectores populares, el mate estaba arraigado, entre otras razones, por la ritualidad para beberlo que fomentaba las formas comunitarias de sociabilidad. Además, como la yerba se vendía en todas las tiendas y bodegones, su consumo era muy accesible para la población desde que, luego de las alteraciones provocadas por las luchas de la independencia, se había reanudado la provisión regular proveniente de allende los Andes.

Fig. 9 | Lámina del Atlas de la Historia física y política de Chile de Claudio Gay. Todas sus estampas fueron preparadas sobre los apuntes que el científico tomó en el país durante su recorrido entre 1828 y 1842.

En 1828 las importaciones del país que circulaban por Valparaíso tenían su origen fundamentalmente en Gran Bretaña, otras tantas de los Estados Unidos y algunas venían de Francia, aunque también las había del norte de Europa, incluso de Rusia. Muchas menos procedían de España e Italia. Índice que también permite apreciar las potencias de la época. Las exportaciones nacionales se dirigían principalmente al Perú, sobre todo trigo, harina, charqui, sebo, frutos secos y tablas. Mientras que de los peruanos recibíamos azúcar, chancaca, arroz, tabaco, camote y sombreros de paja, entre otros productos. También, ese año se exportaron 6.693 quintales de cobre a Inglaterra, principalmente desde Coquimbo. En Valparaíso el movimiento anual de buques fue de algo menos de 300 barcos, la mayoría ingleses y estadounidenses. Entre estos se encontraban los destinados al comercio de cabotaje que distribuían mercancías, productos y alimentos por todo el país.

De acuerdo con la información de los periódicos sobre la entrada de navíos, por ejemplo, en la sección “Marítima” de La Clave